11/06/25

No toques el equipo de música

 

Salió de la habitación hacia la cocina a vaciar el cenicero en el cubo de basura y a beber un vaso de agua. Allí, en bata, estaba Jara con Javi preparando una suculenta pizza. Llevaba tiempo estudiando y necesitaba estirar las piernas. Intercambió unas frases con ellos y les dejó que continuaran a lo suyo. Jara le caía bien; el novio, no tanto. Regresó a su habitación, que compartía con Tina. Vivía en un piso de estudiantes. Era época de exámenes y había que apretar para dedicar tiempo a todas las materias. Se sentó en su mesa y se enfrentó a los apuntes de clase. Después de otro rato, cuando comprendió que su imaginación se imponía a la concentración para retener los contenidos, se levantó y se dirigió otra vez a la cocina. Antes de llegar, se topó en el pasillo con dos extraños. Supuso que eran conocidos de Jara, posiblemente amigos de Javi, por lo que no se sorprendió de la soltura con la que se movían por el piso. Se saludaron e intercambiaron unas breves palabras. Después del descanso en la cocina, regresó a su habitación y descubrió a estos intrusos tendidos transversalmente en su cama. Tina, su pareja, continuaba sentada en su mesa. No necesitaba descansar con tanta frecuencia como su compañero, que cada poco rato tenía que estirar las piernas y beber agua, constantemente bebía agua. Se sentó sin decir nada a esos dos extraños. Intentó concentrarse, pero con su presencia le resultaba imposible. Chito buscó la cara de Tina y, con la mirada, le preguntó si sabía quiénes eran esos dos que tan plácidamente se hallaban tendidos en su cama. Su respuesta gestual fue tranquilizadora. Debía considerar natural su presencia en su cuarto. Él aceptó con resignación esa situación extraña que no comprendía. Procuró continuar estudiando como si esos dos no se hallaran a sus espaldas, pero le resultaba imposible centrarse en los apuntes de Historia de la Lengua, que era la asignatura que estudiaba en esos momentos. Sin que le oyera moverse, uno, el más alto, que era muy delgado y con un rostro chupado, se había situado delante del equipo de música. Sonaba Force majeur, un disco de Tangerine Dream. Sin consultar, levantó el brazo del tocadiscos y paró la música. Cuando extraía el vinilo con la intención de poner otro, Chito no lo permitió.


—Pero tú de qué vas… —le reprochó al altirucho, que desde el primer momento le cayó mal.

El intruso se quedó quieto ante la actitud tan brava del estudiante. Le miró a continuación. Sus ojos estaban cargados de mala leche.

—Déjame en paz, tío. Pasa de mí, que no quiero hablar contigo —le recriminó con desgana.

Sus palabras se quedaron flotando como si las hubieran hinchado con aire, igual que si fueran globos.

—Parad —intervino Tina con la intención de imponer una tregua.

Sin embargo, por la actitud de su compañera, Chito interpretó que se disculpaba por él por su reacción al no permitir manipular el equipo de música, que había logrado reunir comprando pieza a pieza con mucho esfuerzo, al igual que la colección considerable de discos.

Chito salió de la habitación con la mente perturbada. No quería dar un espectáculo delante de su compañera. El peso de la culpabilidad le aturdía, sobre todo porque no aceptaba que se hubiera comportado mal. ¡Habían sido esos dos tipejos descarados los que habían entrado en la habitación sin pedir permiso, se habían tendido en su cama y se atrevían a meter sus manos en el equipo de música!

Al salir, comprobó que no reconocía el piso. Lo que eran tres habitaciones pequeñas y una cocina minúscula se había transformado en una gran vivienda de planta baja. Sus dependencias eran espaciosas y los techos muy altos, aunque en ellas no había muebles. Reinaba una penumbra perturbadora. Por las habitaciones pululaba una fauna urbana variopinta: punkies, yonquis, pasotas, rokers… Todos parecían estar en una fiesta de alcohol, droga y sexo, aunque el ruido era atenuado. La mayoría se encontraban tirada en el suelo, sobrellevando una resaca vergonzante. Sin saber de dónde le salía el ánimo suficiente y a pesar del espectáculo esperpéntico, sintió deseo de unirse a esa orgía decadente. Deambuló por la casa buscando a alguien con quien compartir la alegría, pero todos estaban para el arrastre y nadie le prestó atención. Al comprobar que no pintaba nada en ese lugar, salió de la casa. Al instante, se percató de que esa vivienda se hallaba en su pueblo. Aún era de noche, pero no se atrevió a recorrer las calles por miedo a que alguien lo reconociera. No se alejó demasiado, deambulando por las eras y los pajares de la periferia.

La noche se le pasó muy rápidamente. Cuando el día despuntó y el sol comenzó su andadura, se halló en la calle donde estaba la casa de sus padres. En el momento de divisarla, se dio cuenta de la vestimenta que llevaba: una sábana blanca que le recubría el cuerpo desnudo, como si se hubiera escapado de una película romana o de un desfile de carnavales. En el instante en que era consciente de su imagen, su padre le divisó cuando se dirigía a la cuadra; también su madre estaba en el umbral de la puerta. Esta lo vio y salió corriendo hacia él llamándolo. Chito se dio media vuelta y huyó con la esperanza de que creyeran que se habían equivocado al identificarlo y así evitar dar unas explicaciones poco creíbles de su presencia en el pueblo cuando debía estar en Salamanca. En su huida, la sábana resbalaba de su hombro y tropezaba con ella. Se angustió con la eventualidad de toparse con algún vecino que lo reconociera. No se paró hasta dar con la casa de la que había salido hacía unas horas. Ya dentro, cerró asegurándose que era imposible abrir la puerta desde fuera.

La luz de la mañana entraba a raudales por las ventanas. Se sorprendió de que no hubiera nadie. Además, no quedaban señales de la fiesta apoteósica. Olía a limpio y a aire fresco de la mañana, como si la acabaran de ventilar. En la cocina espaciosa, descubrió una chica que le dio la impresión de que lo esperaba.

—¿Dónde está Tina? —le preguntó, aunque estuvo a punto de pedirle primero una explicación de la transformación sufrida en la casa.

Chito se asustó ante la eventualidad de que su compañera también hubiera desaparecido entre la maraña de asistentes a esa convocatoria, o peor aún, que estuviera liada con alguno de ellos.

—A mí qué me preguntas… —le respondió despectivamente al tiempo que le señaló una habitación con la puerta cerrada.

La actitud de la desconocida parecía confirmar sus inquietudes.

Con cautela y temor a que fueran verdad sus sospechas, abrió la puerta. En el cuarto había bastantes personas tumbadas en el suelo durmiendo. Entre esa gente, se hallaba Tina, dormida y sin arropar. La despertó y se alarmó en la transformación de su aspecto. Se había cortado el pelo, luciendo una media melena; además, su cabello era liso y se había dejado un largo flequillo.

—¿Qué quieres? —Parecía molesta por la presencia de su compañero.

Chito no respondió y salió de la habitación hacia la cocina, donde ahora se encontraba el individuo alto, serio, con cara de mala hostia, que se había atrevido a tumbarse en su cama y a tocar su equipo de música.

Sin abrir la boca, se abalanzó sobre él dispuesto a pegarlo, pero antes de ponerle la mano, se detuvo. No podía. Daba saltos esquivándolo. La chica permanecía allí. Ambos se reían. En ese instante fue consciente de que el responsable de todas las alteraciones que estaban sufriendo era ese altirucho con mirada despectiva y altanera. Se sintió impotente, incapaz de anularlo. Sin embargo, al mismo tiempo, supo que ese extraño tampoco podría dominarlo. Ese personaje se le revelaba poco a poco. Así se convenció también de que todas las personas, incluso Tina, estaban bajo el hechizo de este individuo descarado. Los dos se quedaron parados, uno frente al otro, y el tiempo se detuvo, como si estuvieran condenados a permanecer así toda la eternidad, enfrentados en una lucha en la que no habría victoria, sino una tregua tensa y vigilante. En esta tensión, Chito notó que sus fuerzas y voluntad flaqueaban, y se recostó en el fregadero. El forastero malvado sonrió como si disfrutase con la agonía incipiente. A punto de quedar abatido, Chito comprobó que los rayos solares que entraban por un ventanuco impactaban contra la cara de ese ser despreciable. Sus ojos le parecieron de cristal y sin pupila. La luz solar los hería hasta conseguir que se transformaran en dos pequeñas cuencas acuosas. Chito supo que el poder de influjo residía en su mirada, pero, a la vez, era su punto débil. Sin pensarlo, se concentró para conseguir lanzar una fuerte patada en sus ojos. Cayó al suelo del golpe y quedó inmóvil.

—¡Aaaah! —gritó Tina despertando a todos.

Unos a otros se miraron interrogándose sobre lo que había sucedido y preguntándose dónde se hallaban, como si hubieran estado durmiendo durante mucho tiempo y despertaran fuera de su entorno.


14/05/25

Triple concierto

 

La afluencia de público era inusual para un evento de música clásica. Llegué de los últimos y me tocó ocupar una de las plazas peores. Tal vez quienes se encontraban más próximos al escenario improvisado estaban sentados, mientras que yo, al igual que muchos otros que solo habían encontrado acomodo en la tribuna, estaba tumbado boca abajo mirando hacia el piso inferior. La actuación se desarrollaba en una iglesia. Se trataba de un concierto raro, por lo menos para mi cultura musical, algo así como Triple Concierto. No recuerdo por qué motivo se había organizado el evento, pero me vi impelido a asistir por compromiso. No soy un aficionado a la música clásica y después de escuchar las primeras piezas considero que en la mayoría de las ocasiones es el momento justo para finalizar, sabiendo que el resto del repertorio me sonará parecido a lo ya escuchado, por lo que me aburriré o mi mente vagará ideando mil disparates. Por supuesto, no me salgo: espero paciente a que la actuación finalice y aplaudo con más energía de la satisfacción que he recibido. Pero así de generoso soy. La verdad es que por nada del mundo voy a decir que me he aburrido o que no me ha gustado. Sonrío y digo: «Muy buenos» si me encuentro con alguien conocido. Considero que el resto de la humanidad es más entendida que yo en música y me anticipo a escuchar su opinión con mis halagos a los músicos. Hay veces que me llevo un chasco, pues mi interlocutor, sin abrir la boca, pone cara de asco, sin saber con exactitud si su expresión demuestra que se ha aburrido igual que yo o, en realidad, si es un experto, que el virtuosismo de los músicos deja mucho que desear.

El tiempo que permanecí entretenido sin fijarme demasiado en el espacio donde nos hallábamos y del público que asistía, coincidió justo con los compases de las dos primeras piezas. Después, paulatinamente, mis ojos se dirigieron al artesonado mudéjar y a los arcos de media punta armados con inmensos bloques de granito. Al fondo, en una oscuridad casi completa, se adivinaba un altar barroco y, en los laterales, otros altares con su correspondiente imagen de virgen o santo. Estimé que la acústica era perfecta cuando mi mente de nuevo se centró por unos segundos en la música. A mis lados había otros tumbados. Habían permanecido casi sin dar señales de vida, pero ya se iban rebullendo, no sé si por la incomodidad de la postura o por el desinterés del concierto. Nuestras miradas se cruzaban por un instante y desviábamos los ojos por sentirnos unos mirones. Controlaba la respiración y contenía a duras penas la picazón de mi garganta para no toser. Sabía que si comenzaba, me iba a costar parar y llamaría la atención de quienes estaban a mi alrededor. Logré contener las ganas y no fui yo el que inició el recital de toses, sino otra persona a la que le quemaba la garganta. Oí cómo desenvolvía un caramelo y se lo introducía en la boca.

Cuando me quise dar cuenta, comprobé que la gente de mi lado se incorporaba para sentarse y los afortunados del piso inferior se ponían de pie y alguno de ellos hasta salía en dirección al atrio. No me hice la ilusión de que hubiera finalizado, pues de inmediato supuse que era un pequeño descanso. Me incorporé para estirar las piernas. Algunos de los espectadores bajaban. Yo no quise desplazarme por si alguien me quitaba el sitio donde había estado tumbado. Sin embargo, sin perderlo de vista, cuando me hallaba a la otra punta de la tribuna, me di cuenta de que desde allí se veía mejor la actuación y, además, había espacio suficiente para mí, aunque no en la primera línea. Me tumbé antes de fijarme en los compañeros de al lado. Lo primero que comprobé, ya tumbado en el suelo, es que mi cabeza quedaba entre las piernas desnudas de una chica cuyo rostro no lograba ver, aunque sí su cabello castaño. Levanté la vista con el propósito de conocerlo, pero antes de conseguirlo, descubrí a una chica conocida de pie a mi lado. No me extrañó encontrármela en el concierto, porque ella era músico. Tocaba el violín. Solo había hablado con ella brevemente cuando me la presentaron por casualidad. Llegué a la conclusión de que era un poco distante por las pocas palabras intercambiadas y por su mirada altiva. No obstante, me impresionó su belleza singular y, sobre todo, el tacto suave de su cara cuando intercambiamos los dos besos habituales. Nunca había tenido la oportunidad de rozar una piel tan suave. Siempre que después coincidíamos, me preguntaba si esa mujer me gustaba o no. Sin saber si era por ese grato recuerdo táctil o por una belleza extraña y perturbadora (estoy convencido de que a muchos no les parecería especialmente guapa), o por su cuerpo desgarbado, difícil de vestir. En todo caso, me seguía llamando la atención y no la perdía de vista. Ahora me contemplaba en esa situación embarazosa. No apartó la vista de mí e, incluso, cuando comprobó que mis manos, como si se hubieran independizado de la voluntad que me regía, recorrían milímetro a milímetro los muslos de la chica entre cuyas piernas había situado mi cabeza. Avancé despacio, no tanto por el deleite del momento, sino para cerciorarme de que no había ningún impedimento en mi exploración. Para ello levanté la cabeza hacia atrás y pude descubrir su rostro. Se trataba de una chica guapa y joven. Su mirada era serena. Nada me indicó que mi proceder la molestara, al contrario, creo que la complacía. Mi discreción era absoluta. Excepto la violinista conocida, nadie más se daba cuenta del contacto que mantenía. No saber si la chica a la que acariciaba era amiga suya, me generó inseguridad por un instante, pero no aparté mis manos de sus piernas. Era posible que las dos hubieran ido al concierto y que la que estaba de pie no solo estuviera sorprendida por mi atrevimiento, sino por la licencia tácita de su amiga que me permitía saborear cada poro de su piel. Hasta es posible (quizá sea demasiada mi pretensión) que sintiera los vértigos de los celos, creyendo que las manos que recorrían el cuerpo de su amiga deberían encontrarse sobre el suyo. Lo afirmo porque cuando el concierto se reanudó permaneció de pie, ajena a la música. Las luces se atenuaron. Me sentí más confiado sabiendo que la intimidad iba a ser mayor y que mi certidumbre sobre el deseo de mi amante desconocida era completo. Mi mano escaló hasta alcanzar uno de sus pechos. Eran pequeños y lo podía abarcar con mi mano. Entretanto fueron mis labios y lengua los que se deslizaron por los muslos. No podía contener mi lujuria al estar tan próximo a su vulva, pero sobre todo era la perspectiva desde la que la contemplaba. Sus piernas se cerraron sin llegar a presionar mi cabeza. Sentía el tibio calor del rincón donde se alojaba, mientras mi mano derecha se hizo con la otra teta huérfana. Nuestros movimientos eran imperceptibles, yo solo presionaba y soltaba, respirando con suavidad, mientras percibía su excitación. En ese estado, descendí en busca de su sexo ardiente. Mi mano lo cubrió todo; presionaba y soltaba suavemente, sin forzar ni aumentar la intensidad de mis movimientos. Estuve a punto de desviar mi brazo izquierdo hacia la violinista. Creo que ella adivinó mis intenciones y se acercó para facilitar mi maniobra, pero no fui capaz de dar ese paso en el último momento. Me quedé con las ganas de haberla atraído hacia nosotros, de decirle que se echara y situarme entre las dos para continuar con el deleite, pero no me atreví. Si ya resultaba incontenible mi deseo, no estaba seguro de que pudiera soportarlo por partida doble. Tal vez fuera vislumbrar su frustración o que mi mente consideró que no debería ir más allá con la chica que estaba, pero me deslicé hacia atrás sin intercambiar una palabra con ninguna de las dos.

Aprovechando el silencio entre pieza y pieza me incorporé y me dirigí a las escaleras. Fue la primera vez que abandoné un concierto antes de que terminara.

22/01/25

34. La sinfonía del amor

 

No anduvieron mucho trecho antes de entrar en otro bar con el simple nombre de Tal Cual. Allí se encontraron de nuevo con Bárbara y Paloma. Seve se había marchado o le habían dado esquinazo. Se saludaron entusiasmados, aunque no se sumaron a su corrillo por estar acompañadas por un numeroso grupo de estudiantes, entre los que sobresalía un mozo alto con una pelirroja barba que se hallaba concentrado en el ritual de liar un canuto.

El Tal Cual era un bar montado apresuradamente aprovechando el momento en el que toda la movida nocturna se trasladó a esa plazuela. Se abrió con lo imprescindible, sin cuidar para nada la decoración, como si esta fuera algo superfluo y de poca importancia, sabiendo sus propietarios que no necesitarían ningún gancho especial para que el público sediento entrara a su barra en ángulo recto. Incluso, el local en forma de estrecho embudo no era muy adecuado para el negocio de las copas, pero no mostraron reparos en comprarlo, dispuestos a hacerse con parte de la incalculable masa de noctámbulos que se movían noche tras noche. Los dueños, no teniendo remilgos en inaugurarlo rápidamente, lo denominaron con esa locución tan expresiva.

Se situaron en el lado más corto del mostrador, que les quedaba a la altura de los muslos. Era una posición privilegiada al divisarse desde allí tanto lo que sucedía en el bar como el espectáculo de la gente procesionando por la calle.

La cara del camarero que los atendió le resultó familiar, aunque no sabía dónde lo había visto.

—Sí, hombre. Es Paco, el del Macondo, el bar donde nos conocimos —le ayudó a recordar Chus.

Este le explicó que tanto el Macondo como el Tal Cual eran de un grupo de socios. En realidad, estos empresarios de la marcha habían sido estudiantes que se sintieron más atraídos por el mundo del negocio que por los libros. Perspicaces, se percataron de que podrían acumular un pequeño capital con bares casi pensados exclusivamente para universitarios y se lanzaron a la aventura comercial. De todos modos, era habitual que algunos universitarios que andaban mal de dinero se ganaran la vida sirviendo copas los fines de semana o trabajaran en lo que fuera, especialmente en verano, para ganarse unas perrillas con las que costear la estancia en la ciudad universitaria, sobre todo cuando los padres no tenían muchos posibles.

—¿Tú llegaste a conocer a Eustaquio, el profesor y diputado? —dejó caer la pregunta con toda naturalidad el inspector.

Chus, pensativo, permaneció en silencio unos instantes que se le hicieron una eternidad al policía, al creer que no era muy oportuna la cuestión.

—Sí —contestó tomando aliento—. Pero no lo conocía de la facultad. A decir verdad, lo he visto innumerables veces por allá arriba, aunque nunca he mantenido contacto con él. En cambio, no creo que él me reconociera a mí. Por tanto, no puedo afirmar que lo que sé se deba a un conocimiento directo. No sé si sabes lo que quiero decir… En alguna ocasión he coincidido, aunque la idea que me he formado de él es más por lo que me han contado otras personas que sí lo conocían.

Escaleras se rompía la cabeza tratando de hallar el mecanismo idóneo para que el muchacho fuera desgranando datos. Advertía que el confidente presentaba buena voluntad en contar lo que sabía, mas no encontraba la forma de romper. Por otra parte, consideraba que mostraba cierto pudor en sincerarse y que lo examinaba para cerciorarse de que él era lo suficientemente discreto como para sentirse comprendido y a salvo. Estaba inquieto, se frotaba las manos, se mesaba el pelo y su mirada se perdía en el oscuro local. Descubrió dos sitios libres en un banco pegado a la pared y se sentaron. Aún continuaron un buen rato sin menear los labios. Chus, con las piernas cruzadas, no cesaba de balancear la que colgaba. Echaba de continuo pequeños sorbos del Martini, pero este no menguaba, como si solo se mojara sus rojos belfos.

—Seguramente te habrás enterado de que era un poco mujeriego —volvió a hablar, como si la impaciencia le rebosara—. Pues es verdad solo a medias y casi me atrevería a desmentirlo.

Y miró al policía para comprobar el efecto de la afirmación, sin embargo, Escaleras se había hecho una idea tan imprecisa del personaje que no llegó a inmutarse.

—Esa es la fama de la que disfrutaba entre sus colegas y alumnos. Otros, que lo conocían con mayor profundidad, no pensaban igual. Es cierto que era muy simpático y que estaba rodeado de alumnas y otras que no lo eran, pero de ese dato verdadero sacar la conclusión de que ligaba lo que quería o que se acostaba con la mayoría es absolutamente falso. Las chicas no son tan tontas como para meterse en la cama con cualquiera. De esto tampoco deduzcas que era casto, pues, a decir verdad, alguna sí que se enrolló con él. Son, en todo caso, muchas menos de las que se creen. Él, en intimidad con algún camarada, se quejaba de su mala sombra y asumía con estoicismo el papel de donjuán, que no le resultaba de gran ayuda. Le solía pasar algo que es muy frecuente: que la que le interesaba le daba calabazas y otras que lo amaban a él no le hacían gracia. En concreto, me han dicho que llevaba mucho tiempo detrás de una alumna, y esta, aunque no venga al caso, lo rechazaba descaradamente. Zósimo (así lo llamaban en el círculo de amistades íntimas) era un hombre encantador, de esos de los que toda mujer tiene necesidad en ciertos momentos de su vida, pero no como amante, sino como confidente. En ocasiones, ellas se desahogan mejor con tales hombres que con amigas. Estos sujetos (el diputado podría ser uno de ellos), deberían ser patrimonio de todas y permanecer solteros, no comprometerse con ninguna en concreto y estar dispuestos a acompañar a esas atormentadas muchachas durante uno, dos, tres días, hasta que ellas se sintieran reconciliadas consigo mismas. No es fácil para ellas encontrar a un aliado dispuesto a comprenderlas y entregarse sin cortapisas a un encuentro de esta condición. En este sentido, las mujeres son bastante prácticas y nada egoístas y, del mismo modo que saben agradecer la existencia de estos amigos íntimos, no son acaparadoras y no tienen dificultades en compartirlos, porque acertadamente asimilan que estos compañeros no encierran su amor en el pecho de una sola fémina; sería desnaturalizarlos.

Ambrosio entendía la prolija teoría que acababa de exponer, más que nada, porque le daba la vuelta, y meditaba que, del mismo modo, para los hombres debía suceder algo parecido. Es decir, aunque parezca mentira, ellos se pueden sincerar mejor con una buena amiga, especialmente en cuestiones amorosas, que con otros de su mismo sexo. La sensación de que la comunicación con la mujer o la novia es un coloquio de sordos en ciertas ocasiones y con respecto a algún asunto en concreto es muy usual. La frustración es fortísima y poco sencilla de expresar si, además, surge después de una relación de muchos años. Esta circunstancia quizá sea la más difícil de asumir al creer improbable que se produzca una situación de incomunicación y de desavenencia con la persona de tus sueños. De buenas a primeras, cuando se cree que la vida es perfecta y que se mantiene una armonía indeleble y para siempre, ante el menor detalle sin importancia estalla una discusión imposible de encauzar, nace la desconfianza, la inseguridad se adueña y no se atina con la solución. Todo se pone patas arriba, no solo ya el hecho detonante de la trifulca, sino otros cimientos más sólidos que se creían inamovibles… Son crisis muy profundas que atosigan la paz y no se sabe cómo solventar. Uno es incapaz de propiciar la conversación, pero, al mismo tiempo, siente la urgencia de concretar su incomprensión confesándose con alguien que sepa de lo que se habla. No obstante, el expulsar todos los malos pensamientos acumulados no es el fin de la interlocución, pues el conflicto ha de resolverse entre los implicados. Es probable el entendimiento si el deseo de dialogar es férreo y urgente el perdón y, además, se duda de las convicciones propias. Si alguno de los dos es fuerte para dar este paso, el restablecimiento de la paz afianzada en nuevos postulados es casi seguro. Ahora bien, si el ofuscamiento pertinaz es la baza que se juega y si se prolonga la testarudez reforzando la trinchera del amor propio, es probable que se produzca una lucha perenne, sin visos de que ninguno de los dos sea el vencedor y, en conclusión, cualquiera pueda retirarse solapadamente para encontrar un nuevo aliado con el que disfrutar la paz armoniosa de otro vínculo amoroso.

No hace falta incidir en la desgracia que supone tanto para el que sale huyendo en busca de un otro amante como para el que, armado de razones hasta los dientes, se topa con que ya no tiene un adversario al que disparar su ira. Por eso Escaleras llegaba a la conclusión de que la sinfonía del afecto, por muy bella y deliciosa que sea, produce hastío y cansancio en el transcurso de los años y, en conclusión, los amantes, músicos veleidosos, deben esforzarse por escribir partituras novedosas para que la facultad de composición afectiva no se anquilose.

—Personas así, como el diputado, no me producen ni pizca de envidia, más bien las tengo por desgraciadas e incomprendidas. Si, de alguna manera, sus éxitos amorosos fueran más numerosos y resultaran una recompensa a sus desvelos, me sentiría muy aliviado, porque creo que se lo merecen. Lo malo es que, aunque en ocasiones sean el moquero del soliviantado género femenino, estos donjuanes pecan de elitismo, actitud que es crudamente humana. Se sienten magnéticamente atraídos por la belleza, sobre todo de la de las lolitas. Enseguida detectan la candidez virginal a su alrededor y mendigan babeando el infantil juego de las sonrisas y de los devaneos más tiernos. Llegan hasta un punto que chochean. No hay nada más asqueroso que ver una barriga asfixiando unos pantalones de pinzas en los que flotan unas piernas flacas, junto al ceñido talle del voluptuoso cuerpo de una adolescente —expresó con evidente desprecio Chus.

Los silencios reflexivos inevitablemente seguían a sentencias tan solemnes, como si ambos necesitaran mascullar los pensamientos que se vertían en la conversación. El ensimismamiento de la conversación construía una campana de silencio en la que solo se oían las palabras rotundas y las ideas que a la vez se rebelaban en la cabeza. La música, las conversaciones y el inaudible murmullo rebotaban en su diálogo. Casi no se percataron de que el numeroso grupo en el que iban Bárbara y Paloma había pasado delante de sus narices camino a otro bar.

Las consumiciones calientes todavía mediaban. En silencio las apuraron lo antes posible. Escaleras comprendió que la fluidez del intercambio verbal —mejor dicho, de los soliloquios de Chus— no se reanudaría hasta pasar a un nuevo local. El chaval no quiso acabar el Martini y lo invitó a levantarse.

32. El mundo de la droga

 

Nada más salir a la calle de la caliginosa madriguera en la que se encontraban, al quedarse solo con Chus —Seve, Paloma y Bárbara se habían despedido simplemente dejando caer el nombre del ignoto bar al que se dirigían—, pronto se percató el servidor del Estado de que rozaba los límites del abismo nocturno que se cernía sobre su espíritu, y se sentía desamparado y perplejo de la mano de un personaje turbio y escurridizo en esas lides. Escaleras se hallaba frente a la persona que podría revelar la solución a ese intríngulis, sin temor de que nadie los pudiera interrumpir; no obstante, cierto pavor lo embargaba. Si una ciudad, aunque sea relativamente pequeña como Salamanca, es un laberinto para el forastero, por la noche se transforma, con la oscuridad y las desfiguraciones de la iluminación escasa, en un caos peligroso en el que el foráneo se ve envuelto en un mar de temores, pero, si además tu guía es un explorador de las cloacas, entonces el pánico es un aliado vigilante que convierte la atención en atalaya donde se otea todo lo desconocido y se analizan los menores ruidos.

La noche persistía en su serenidad, perezosa de despertar a sus hijos, el viento y el hielo. No obstante, un pequeño pariente revoltoso, una brisilla, cortaba con su gélido filo la cara de los noctámbulos al doblar algunas esquinas, penetrando en las profundas entrañas y anidando en sus vísceras.

Chus se abrigó bien, sin dejar resquicio por el que pudiera abrirse paso el helado vientecillo, y Escaleras, más desafiante en su postura erguida, bloqueaba el frío adoptando una gallardía sobrehumana. Especulaba sobre el antro al que se dirigirían, doblegando su voluntad a los deseos turbios del confidente. El camino, bajando callejuelas inhóspitas en las que los únicos seres vivos que aparecían eran los perros husmeando en los cubos de basura, se le hizo una eternidad hasta que fueron a parar a una plazuela con escuálidos arbustos y unos bancos podridos y llenos de carcoma donde se concentraba una docena de bares de los que salían unas vibraciones musicales que se amortiguaban en la noche. El policía se tranquilizó al regresar a un lugar en el que volvía a encontrarse con jóvenes que pululaban entre un bar y otro con tranquilidad.

Por cortesía, Chus le preguntó si quería ir a donde había quedado con sus amigos, cualidad distintiva de su esmerada educación, aunque él dejaba entrever que no era lugar de su devoción.

—No. Adonde tú quieras. Vamos adonde suelas ir.

—Vamos a la Bastilla, que está aquí al lado —eligió el pueblano sin mostrar tampoco un gran entusiasmo, como si le diera lo mismo uno que otro.

En el antro escaseaba la iluminación. Las paredes eran de ladrillo visto y la decoración medieval. Ballestas, espadas, escudos nobiliarios y otras armas pendían de la pared. Del mostrador al alto artesonado ascendían viejas columnas de madera y entre una y otra colgaban pesados faldones de terciopelo negro. Las cortinas, marrones, oscuras y mugrientas, estaban deshilachadas y agujereadas por quemaduras de cigarrillos. El suelo de baldosas rojas se encontraba encharcado y recubierto de vidrios provenientes de vasos y botellas rotos que no se habían molestado en recoger. El artilugio más llamativo era una desguazada guillotina que noche tras noche era esquilmada por los parroquianos y de la que quedaba ya solo el armazón de listones carcomidos. No había mucha gente en el local, los pocos clientes se hallaban desperdigados por los rincones, sentados en bancos frailunos y arcones desequilibrados. Nadie atendía en la barra y solo un disyóquey desgalichado con una carlanca en el cuello, subido en un púlpito y concentrado en su tarea de seleccionar la música, parecía de la casa. Esperaron en silencio hasta que una muchacha vestida de riguroso luto que arrastraba sus vestimentas por los suelos se situó a su altura con una mirada incapaz de centrarse en ellos. Su estado era deprimente y a duras penas se mantenía erguida a causa de su fragilidad. Repitieron las mismas consumiciones, pues, según explicó el estudiante, solo bebía Martinis. La camarera punki se demoró en servirlos, ya que no encontraba la botella y era incapaz de coordinar su mente con las destrezas simples de cortar una rodaja de limón y añadir hielo al vaso. Ambrosio no la perdía de vista y sintió una profunda lástima. Cuando pagó con un billete de mil y ella le dio la vuelta de cinco mil, se los reintegró sin que la chica tuviera la suficiente fuerza expresiva de agradecerle su honradez.

—La Charo anda muy colgada —le explicó Chus, como si supiera todas las flaquezas de la muchacha—. Es una pena encontrarse con personas tan degradadas física y psicológicamente, pero el mundo de la heroína conduce a estos estados sin remedio.

Se refería a ella como si ya no fuera posible su redención y estuviera condenada prematuramente a un final trágico. En el fondo, de su juicio se desprendía un respeto religioso hacia su opción vital. Era una mártir de la colectividad, de la juventud, del éxtasis inalcanzable del placer y de la evasión de la prosaica cotidianidad. ¿Por qué no sentir, incluso, cierta veneración por alguien que ha apostado por algo sublime? Aquellos drogatas eran el modelo equivocado que la sociedad exponía como paradigma de lo que no era una solución a la hora de despreciar la cruda realidad y como tal cumplían a la perfección su rol.

—Es muy difícil mantener el tipo en el universo de la droga si te relacionas con personas que se mueven en ese entorno. Al principio, las alucinaciones y el bienestar son evidentes. Es el sumun de la libertad, sobre todo cuando los alicientes y las metas por los que todos luchan en este mundo se devalúan o se pierden; entonces, la juventud y la vida no ofrecen posibilidades y es indiferente el riesgo ante la felicidad momentánea que, como un canto de sirena, se insinúa en un pico. Si con anterioridad la búsqueda de deleites menores o de evasión ante las pequeñas frustraciones de la vida se ha realizado con el alcohol o con los simples canutos, es presumible que se dé un paso más allá, cabalgando sobre un mítico Pegaso que trasladará al jinete a paraísos fabulosos. Y es fácil sumirse en la incertidumbre del futuro cuando los desengaños afloran pronto —se explayó con un tono depresivo y sincero el joven.

—Parece que conoces bien este ambiente de la droga —reconoció Escaleras.

—Ya ves. Como creo que podrás conocerlo tú por tu oficio.

Efectivamente, no se extrañaba de nada Escaleras, aunque para él el enfoque del problema fuera diferente. En cierta medida, no comulgaba con la visión del estudiante. Para él, hablar del mundo de los estupefacientes era hablar de violación de la ley, y consideraciones como las del alumno de Psicología eran pamplinas. Por su oficio y por su trato cotidiano con los drogadictos, le resultaba inconcebible dar la menor importancia a esas circunstancias atenuantes, ya que no le merecían ninguna conmiseración, sino el desprecio más absoluto. Se había forjado la opinión clara de que eran unos vagos y unos maleantes que procuraban no dar ni golpe y que traficaban con componentes ilícitos o robaban y asaltaban a individuos decentes y trabajadores para juntar el dinero necesario para sus dosis. De todos modos, no le quedaba más remedio que reconocer varias verdades irrefutables que se afianzaban de modo evidente: transgresión de las leyes y drogas eran dos elementos inseparables desde hacía una década, y las estadísticas cantaban, si se consideraba que la inmensa mayoría de los reclusos estaban privados de libertad por delitos relacionados con los narcóticos.

Otra idea se iba abriendo paso de manera contundente y era que resultaba una tarea infructuosa su erradicación al verse desbordados por la avalancha de nuevos maleantes. Las cárceles no eran suficientes y, sin embargo, el enfado de la población con el aumento de la delincuencia resultaba cada vez más opresivo para el estamento policial, que se veía entre dos frentes: la presión política y el descontento social con su labor. Para colmo, no siempre los jueces apoyaban las actuaciones de la policía. Tampoco los estimulaba la deficiente legislación al respecto, al no permitir procedimientos eficientes para combatirla, temiendo bagatelas constitucionales. Otro aspecto era que no contaban con muchos efectivos para su lucha, así que, mientras hubiera demanda de drogas, existirían narcotraficantes sin escrúpulos y mafias dispuestas a forrarse para ofrecerlas. Y en esta vertiente el desánimo era generalizado porque, si ya la contienda contra el tirado drogadicto era imposible de erradicar, la persecución de los grandes contrabandistas era algo perdido de antemano. Ahí la investigación se detenía ante el poder y los mecanismos de protección de los ricos capos del negocio.

No consideraba el detective una pérdida de tiempo esa charla. Vislumbraba que era un intercambio de impresiones positivo a través del cual fructificarían revelaciones más concretas sobre la investigación. Dejaba que Chus se explayara, reafirmando sus comentarios con gestos que, sin manifestar una opinión semejante, daban a entender que le eran muy esclarecedores. Del mismo modo, la postura condescendiente de Ambrosio era una demostración sincera del interés con el que apreciaba la vida del joven, pues intuía que él mismo no se libraba de ese mundo turbulento. Otras cualidades no adornarían al inspector, pero sí podía presumir de la capacidad de escuchar con atención y de sentir curiosidad enseguida por las vidas ajenas. El conflicto surgía cuando las confesiones que le hacían eran excesivamente personales y sinceras, ya que entonces se veía obligado a contar sus propias intimidades, como si le urgiera demostrar a su confidente que él no se encontraba exento de angustias y problemas similares. Aunque, cuando llegaba a confesarlas, se sentía defraudado al comprobar que con frecuencia no lo escuchaban. Por eso era muy cauto en esas circunstancias y, a pesar de no saber muy bien cómo reaccionar, prefería no abrir la boca al sospechar que lo que realmente querían esos atormentados interlocutores era que se los atendiera de manera egoísta para que se pudieran desahogar a sus anchas.

Lo único que era como Dios mandaba en el local era la música, con un sonido perfecto a pesar del exagerado volumen. La mayoría de las composiciones le eran desconocidas y se prodigaban grupos musicales españoles que también le resultaban absolutamente ignotos. De todos modos, no le molestaban. Las canciones eran idénticas a un cortafuegos de armonía que aislaba la conversación íntima que mantenían, limitando su charla a un ámbito personal, aunque a su lado estuvieran otras personas. Chus le hablaba a gritos y se le secaba la garganta, que suavizaba dulcemente con pequeños sorbos del Martini.

31. Expectativas de la carrera de Psicología

 

No acababa de apreciar con claridad las demostraciones de cariño de Bárbara y se torturaba con el titubeo de si simplemente se las prodigaba como consuelo o si eran imperceptibles señales de que sentía alguna atracción por él. Se había entregado al destino de lo inmediato y, aunque la duda persistía, había dejado en manos de la muchacha la iniciativa; si a ella le apetecía algo con él, de sobra sabía que no la rechazaría. Se puso de pie y se movió con torpeza al ritmo de una música excesivamente trepidante para sus gustos. A partir de ese momento, la estrategia sería la de no manifestar sus intenciones, incluso la de presentarse como víctima que ha sufrido tanto que ya solo es capaz de reflejar indiferencia ante el sádico torturador, pensando que hipotéticamente este podría arrepentirse de los sufrimientos infligidos. Miraba cómo el decano había abierto brecha en su batalla por acercarse y abordar a Bárbara. De la trinca le llegaba una abstrusa conversación que consiguió unirlos, a la que él no quiso incorporarse. Quizá Paloma había decidido permitir, viendo que no conseguía interesar por sí sola al decano, que se sumara su amiga y en confrontación parlamentaria dejarla por los suelos para demostrar palpablemente a Seve cuál era más interesante de las dos y si llegado el caso no surtía efecto este plan, pasar a zaherirla sin compasión sacando inoportunamente a la luz asuntillos no muy favorecedores de la personalidad de su contrincante. En el amor todo vale si se consigue a la persona que se quiere. Escaleras no deseaba pensar mal, pero, para él, Paloma era una de esas mujeres que primero sopesan la posición del hombre y luego se dejan embriagar por el atractivo de su carácter, no mostrando muchos escrúpulos en cazarlo si los dones y los parabienes que esperan disfrutar con su dinero son seguros. Le daba asco. Casi todo es perdonable; ahora bien, actuar fríamente de ese modo con el único afán de pillar un buen partido le parecía una conducta de lo más perversa y reprochable. Solo con especular con que a él lo pudieran asediar de ese modo se le ponía la carne de gallina, pues ¿qué se podría esperar de una mujer así?

La natural simpatía que sentía hacia la sensual Bárbara se transformaba en animadversión hacia Paloma. Ambrosio cavilaba acerca de cómo nos forjamos una opinión sobre las personas tan rápidamente, sin conocer los datos fundamentales de su vida y de su temperamento. Nos aventuramos y afirmamos que fulano nos cae bien, a mengano no lo podemos tragar y zutano nos es indiferente, ni fu ni fa. Es posible que en las comunicaciones humanas existan unas fluctuaciones de energía que se armonizan cuando las características son similares o complementarias, mientras que, con otros individuos, esos intercambios no se producen o simplemente se repelen.

No reparó en que Chus se le había acercado subrepticiamente y le había rozado levemente el brazo. En un primer momento creyó que se trataba de otra muestra de cariño de Bárbara, por ser el roce tan leve y cálido.

—¿Ya no te acuerdas de mí o es que no quieres nada conmigo? —le susurró dolido el chivato. Escaleras se vio tan desconcertado que no supo cómo enfocar la situación para no parecer desconsiderado y mostrarse al mismo tiempo felizmente sorprendido—. Veo que tienes amigas que son colegas mías de la facultad.

Y saludó agitando la mano a las dos compañeras. Ellas no mostraron intención de corresponder, como si no quisieran mezclarse con él. A Ambrosio le pareció que se podía establecer una relación embarazosa, sin embargo, no deseaba despachar a Chus después de haber anhelado el encuentro. Lo invitó a tomar algo para granjearse su confianza y para retenerlo a su lado y él aceptó con sumo gusto. Se pidió un azucarado Martini. Los amigos con los que había estado pasaron delante y le dijeron al bar al que se dirigían por si más tarde se sumaba a ellos. El inspector reparó en que Chus no mostró mucho interés por los derroteros que iban a seguir sus colegas, por lo que coligió que el muchacho tenía ganas de hablar y permanecer con él. Incluso, cuando descaradamente dio la espalda al grupo de Seve y lo acorraló junto al rincón de la barra, supo que su intención era desentenderse también de ellos. Escaleras no lo iba a impedir. Notó cómo de nuevo su curiosidad profesional se anteponía ante cualquier otra consideración.

—¡Vaya amiguito que tienes! —inició su deshago Chus—. ¡Cómo se las gasta! Es un maleducado y un bruto. ¡Persona más basta no he conocido! Se cree muy hombre y con derecho a hacer lo que le dé la gana. No le importan los demás. Ya estoy harto de tanta prepotencia. Cualquier día lo voy a mandar a la mierda. ¿Qué se habrá creído?

Ambrosio no sabía cómo disculpar el carácter tan atrabiliario de su colega y, al mismo tiempo, empatizar con Chus. Tampoco creía que mostrarse demasiado condescendiente con el chivato le fuera a dar buenos resultados, pero por todos los medios debía buscar la manera para que le cantara la información que Chomín le había ocultado y hasta, si era posible, indagar más profundamente en ese personaje.

—Tienes toda la razón, pero debes disculparlo por sus modales. Estamos un poco atascados y la información que te solicitaba es de capital importancia para un problema que se nos escapa de las manos. Yo tampoco estoy de acuerdo con esa arrogancia que exhibe, no obstante, cada uno es como es. ¿Qué le vamos a hacer?

Chus saboreaba como un triunfo las explicaciones que a modo de disculpa le acababa de dar Escaleras. Degustaba con fruición la roja bebida dando pequeños sorbos, al mismo tiempo que no paraba de mover el vaso para que los gruesos dados de hielo se fueran deshaciendo.

—Pues yo pienso que hablando se entiende la gente, pero, cuando alguien te viene amenazando e insultando, muy poco puedes colaborar. Él se lo pierde —dijo satisfecho con las explicaciones.

El policía percibía que los ademanes y los sentimientos que exhibía Chus eran contradictorios. Sin querer adoptaba hacia él una actitud sobreprotectora. A pesar de lo que había oído sobre su tendencia sexual, se resistía a tratarlo como tal. Prefería más bien alternar de hombre a hombre. En cambio, su conducta era femenina. También se puso en alerta al considerar la posibilidad remota de que se le insinuara. Los homosexuales le resultaban molestos y, sin llegar a despreciarlos, los rechazaba. No le cabía en la mente que alguien con apariencia de hombre se comportara igual que una mujer. Se salía de los esquemas previsibles y tendía a considerarlos muestras defectuosas o enfermas de la especie humana. Merecían el respeto y la atención que podría requerir una persona con cáncer o un ciego, pero, cuanto más alejados estuvieran de la sociedad, mejor. Aunque aislarlos en guetos tampoco creía que fuera una solución muy solidaria. Posiblemente la respuesta ideal sería admitirlos y no sorprenderse ni rechazarlos, nuestra cultura era como era y no había vuelta de hoja. Con todo, los españoles les iban haciendo hueco dentro de su seno y, tal vez con el tiempo, veríamos pasear a dos muchachos de la mano y besarse sin causar extrañeza. Era cuestión de mentalidad. Al fin y al cabo, la capacidad de adaptación del género humano no tiene límites y, si en otros tiempos y en otras culturas eran normales las relaciones entre seres del mismo sexo, ¿por qué no podía volver a suceder? Menos asumible consideraba la homosexualidad femenina; ahí opinaba que existía vicio y hasta cierto regodeo. Indudablemente, para el inspector, estos asuntos era mejor soslayarlos, pues a veces le producían vértigo y pánico. Pensar demasiado en estos temas era peligroso y era preferible no excavar en las miserias humanas. Argüía que ojos que no ven, corazón que no siente. Por eso no se atrevía a emitir una sentencia condenatoria contundente sobre ellos. En realidad, ante los mensajes que a manera de argumento de su condición lanzaban esos grupos marginales de que existen muchas más personas homosexuales que las que lo confiesan abiertamente y que muchas celebridades lo han sido y son, quién no se ha planteado en alguna ocasión la contingencia de serlo. A él, sin ir más lejos, en una época que no funcionaba con su esposa, buscando razones a su apatía sexual, se le vinieron a la cabeza ideas extrañísimas, como que si no conseguía la erección era porque era del otro barrio. Claro, que la comprobación de si lo atraían y se excitaba con los hombres fue totalmente negativa. Su vista se dirigía a las Bárbaras y no detrás de los Chus o de los larguiruchos Seve.

Escaleras ignoraba si el confidente sabía por qué Chomín le pedía su colaboración. Maquinaba si era oportuno proporcionarle detalles del caso para que el soplón se concienciara de la importancia de su trabajo. Quizá el estudiante se percatara de su relevancia y colaborara abiertamente. No obstante, las dudas se esfumaron por ser él mismo quien le preguntó para confirmar si realizaban pesquisas sobre el profesor de Bellas Artes asesinado. Para Escaleras fue un alivio.

—Conocía bastante bien a Taqui. Sí, al profesor y diputado. Los íntimos lo conocían por Taqui. —Escaleras se mostró sorprendido ante la desenvoltura con la que se refería al asesinado.

Chus deseaba cantar; eso lo vio claro. Era cuestión de tino y de tiempo. Casi suponía que no sería necesario preguntar demasiado. Él mismo hablaría, aunque lo haría poco a poco, según el grado de confianza que le inspirara. La declaración, a modo de desahogo, se iría desnudando de los ropajes más externos hasta llegar a las prendas más íntimas; entonces, solo se vería la crudeza —o la belleza sublime— de la verdad primigenia. Por eso, Ambrosio, comportándose más como un colega que como un inspector, se relajó haciéndole notar que no había prisa. Se interesó por la procedencia de Chus.

—Soy de un pueblecito de Toledo que seguro que no conoces, a pesar de ser muy famoso porque en él nació Fernando de Rojas, el autor de La Celestina. Se llama La Puebla de Montalbán. Es un lugar encantador, aunque cada vez lo piso menos. Mis padres se trasladaron a vivir a la capital, y allí solo permanecen unos parientes lejanos. De todas maneras, aun cuando solo sea una vez al año, me doy una vueltecita, sobre todo en las fiestas del verano. Tengo muy buenos recuerdos de mi pueblo, si bien ya no me quedan amigos.

El otro aspecto por el que creyó oportuno mostrar algún interés eran sus estudios, aunque Ambrosio pensó que era muy arriesgado curiosear en la marcha de esos asuntos, ante el temor de que no fueran muy favorables.

—No me ha ido mal hasta ahora, a pesar de haber repetido primero. Ahora estoy en tercero. La psicología me gusta; bueno, la verdad es que cada vez me voy desanimando más, porque la carrera no cumple las expectativas que yo me había hecho antes de empezar. Con todo, es muy interesante y me ha servido personalmente en muchos aspectos. No ha resuelto mis grandes dudas transcendentales, pero me ha brindado una metodología adecuada para analizar mis problemas y una herramienta práctica de la que siempre puedo echar mano cuando la necesite, aparte de que, claro, todavía me faltan los cursos superiores, que serán los más interesantes. De lo que no me cabe duda es de que, desde el punto de vista profesional, no me va a servir de mucho en el futuro, pues, aunque hay pocas salidas, no valdría para ejercer como terapeuta. De todas maneras, ya que he comenzado voy a terminarla, un título universitario es un título y hoy día, si no llevas uno bajo el brazo, no puedes ir a ninguna parte.


20/01/25

Arena en los ojos

 

Cuando alguien es capaz de dormir en la arena a plena luz del día, con el sol mostrando con ímpetu su brío provocador y el bullicio multitudinario aturdiendo el alma de todos, ese ser humano ha de estar poseído de una fatiga infinita, y su único consuelo ha de ser el sueño profundo. Solo, tendido sobre la toalla, rodeado de padres que vigilan que sus hijos no se pierdan, de jóvenes alegres que irradian vida por todos sus poros, de ancianos ansiosos de una conversación interminable. Solo, sin pensar; solo, atrapado en las alucinaciones oníricas que crean un mundo diverso e incontrolado, tan perturbador como la vida que espera nada más que despiertes. Solo, con el ronquido profundo de un mar que se aleja y que vuelve. Solo, notando los espasmos en las piernas, la picazón de unos rayos ardientes en tu piel. Solo, incapaz de despegar los párpados, cuando sientes que el mundo que te rodea te exige que vuelvas a él y le rindas cuentas.

Solo, desesperado por no querer salir de ese sueño profundo, aprietas sufriendo los ojos, deseando hundir la rutina y las obligaciones en lo más insondable de tu mente… Es una granizada ardiente de arena sobre tu iris, como un latigazo áspero, el que te devuelve a la realidad. Llevas las manos para aliviar el dolor y tratar de apartar esas minúsculas partículas de sílice que se han adherido en el globo ocular y las pupilas. Las presentiste antes de que impactaran, pero no te fue posible bloquear del todo tus párpados, cuando el animal impetuoso se acercó a ti a coger la pelota levantando con su frenada en seco un alud de arena. Te restriegas sin parar, consciente de que a lo mejor tú mismo te provocas heridas, sin lograr apartar las partículas.

—Perdona, es un animal muy juguetón —alguien se disculpa.

No puedes mirarla. Sigues con los ojos cerrados. Es una mujer la que está a tu lado. Se percata de que te encuentras en un aprieto. Se va y vuelve con un pañuelo de papel. Te lo entrega para que lo utilices en vez de tus manos.

—¡Cuánto lo siento!… ¡Cuántas veces te he dicho que no corras como un loco! ¡Mira lo que pasa! —Te quedas perplejo con la regañina de la dueña al animal, que sientes más tú que el perro, como si la culpa hubiera sido tuya por no estar atento a lo que sucede alrededor.

—No te preocupes —le dices para que se aleje y te deje en paz.

Al irse, recuperando la vista momentáneamente, la acechas cuando te da la espalda, hasta que se detiene y te mira de nuevo. Los dos os quedáis observando. Ella se desentenderá; ya ha hecho lo que tenía que hacer: ha sujetado a su animal y te ha socorrido. Lo que suceda a partir de ahora no es de su incumbencia. Tú la sigues observando con insistencia, pese a las molestias. Primero te alegras de haberla alejado, pues por el contacto mantenido, su reacción te parece repulsiva. Pero no eres capaz de quitarle los ojos. Hay algo en ella que te resulta conocido. No puedes estar seguro. Con la visión distorsionada, escrutas sus rasgos caricaturizados intentando encontrar unos anteriores idealizados que el paso del tiempo ha transformado en grotescos esperpentos. Crees identificar un brillo a punto de extinguirse en sus ojos que te evocan a alguien, pero esa persona era muy diferente. Ha transcurrido mucho tiempo entre el recuerdo que conservas de esa chica de poco más de dieciséis años y esta mujer de piernas hinchadas y un cuerpo desbordado y unos mofletes ridículos y un cabello seco. Cierras los ojos, porque con los párpados cerrados, mitigas el dolor, pero, sobre todo, porque aprovechas para recordar a esa chica que con el paso del tiempo puede haberse transformado en esa mujer que se dirige al perro, que, si hubieras continuado con ella, de igual modo te hablaría a ti. Te asustas de que sea posible. No lo puedes aceptar. Sería admitir que todo es vana apariencia. ¿No queda nada de lo que fuimos? Podrías asumir las consecuencias de la erosión del tiempo en nuestros cuerpos. Tú mismo no eres ajeno a ese desgaste, porque el deterioro, aunque no lo aceptes, está en ti. No te importa mirarte en el espejo, pero no quieres ver las fotografías en las que tu imagen se quedó fija en el papel. Esa sucesión de instantáneas que recogen a cámara lenta la película de tu vida son una prueba de tu decadencia. Sin embargo, no puedes aceptar que el espíritu alegre, divertido y entusiasta de esos jóvenes que fuisteis, con el paso del tiempo haya desaparecido en esa mujer que aún persiste en mostrar curiosidad por tu persona.

Sí, ella también te observa. Tal vez solo esté preocupada por la lesión ocular de la que aún te resientes, pero es posible que además te haya reconocido y realice un análisis similar al que tú efectúas. ¿Cómo saldrás parado? Quizá recupere la imagen espigada, atrevida y vitalista de tu juventud y te vea ahora postrado, incapaz de enfocar la vista, y tal vez con la sensación de que tienes miedo a enfrentarte a lo que te queda de vida. Es posible que se haya dado cuenta de que llevas dormido a plena luz del día mucho tiempo, que estás solo.

Te atemorizas de que sea veraz que ella se forme esta imagen de ti, como te abate a ti la posibilidad de que la dueña del perro sea esa chiquilla con la que compartiste la ilusión de un amor durante unos instantes.

Mientras la ves que sale corriendo detrás del perro, llamándolo y regañándolo por ser desobediente, y el animal la mire intentando adivinar en sus ojos y por el tono de su voz lo que le quiere decir, recoges la toalla y tomas las sandalias sin calzártelas y te retiras huyendo de un presente aterrador sin mirar atrás.


El callejón La Sardina

 

Al Comisario le costaba subir la tanda de escaleras por la que se accedía a ese callejón empinado, antro de prostitución y gula marinera. Hacía mucho tiempo que no acudía allí, aunque ese barrio había sido su ojo mimado.

—Desde que soy comisario, nadie podrá afirmar que en La Sardina se ha cometido un delito, ni tan siquiera un insignificante hurto —se vanagloriaba el prestigioso policía.

Era verdad. Todos lo veneraban. Él les había establecido los principios por los que se habían de regir, asegurándoles que, siempre que los respetaran, la policía no metería sus largas narices entre esos edificios enfrentados, que compartían cuerdas atadas a los balcones en las que tendían sábanas y toallas, muchas sábanas y toallas, y trapos de cocina, muchísimos trapos de cocina. Las primeras, porque las camas se utilizaban; los segundos, porque se manchaban de tanto servir sardinas.

Era un distrito pobre, cuyas fauces amenazaban a la ciudad moderna en su mismo corazón, enfrente del ayuntamiento. Era un barrio marinero que no quería oír el oleaje del mar, sino la respiración febril de la ciudad. Repartidas en cada fachada había tabernas, donde servían sardinas asadas, y pensiones, en las que un enjambre de mujeres se ganaban la vida ejerciendo la prostitución. Eran dos focos de atracción que conseguían llenar el callejón de clientes que saciaban el apetito a primeras horas de la mañana. Una ración de sardinas con una frasca de vino; una mujer, o un mancebo, si el frenesí obnubilaba la mente. La satisfacción de dos placeres juntos era infinita. No importaba el orden: primero, las sardinas; después, el magreo. O, al revés, después de la cama, las sardinas.

El callejón era una fiesta de olores. Predominaba el de las sardinas asadas, ya que las humaredas se quedaban adheridas a las paredes y a esas mismas prendas colgadas. Pero también se percibían las emanaciones sutiles del trabajo del sexo. Confundidos ambos efluvios, embriagan los sentidos de los concurrentes.

Hacía tiempo que el comisario no levantaba sus posaderas de la silla frailera. Como el director de un banco que desde su despacho controla el movimiento del dinero entre las manos de sus empleados, él dirigía a sus hombres como si se tratara de marionetas que él manejaba aflojando o apretando los casi invisibles hilos que eran sus etéreas órdenes. Pero en esta ocasión supo que tenía que hacer acto de presencia. Necesitaba enterarse de quién había osado saltarse los principios por los que se habían regido durante cuatro lustros.

El coche se había aproximado al barrio a velocidad moderada, como si en él viajara una autoridad que no admitía brusquedades en sus desplazamientos. Se subió a la acera, donde la policía municipal había creado un espacio expedito delimitado por vallas herrumbrosas. Le habían tenido que ayudar mientras ascendía. No le importaba que le tendieran el brazo y que la gente lo contemplara cómo levantaba el pie con dificultad para salvar el desnivel. Era consciente de que los vecinos lo observaban. Quería que supieran el esfuerzo que estaba realizando para llegar hasta ese apestoso callejón. No iba de mal humor, pero prefería que se imaginaran que difícilmente contenía su enojo. Superado el tramo de escaleras, apareció la subida adoquinada, en la mitad de la cual se arremolinaban sus hombres. Antes de continuar, se detuvo, para coger aire y mirar las ventanas, en las que había mujeres asomadas, y las puertas de los bares, desde donde los clientes ponían sus ojos en su figura inmóvil. Los portales permanecían cerrados. Suponía que habían echado la llave para que nadie pudiera acceder. Cuando sus hombres se percataron de su presencia, abandonaron el cadáver que custodiaban y acudieron a auxiliarlo para que pudiera avanzar. De repente notó un brío que le impulsó a sacudir las manos que se prestaban a servir de apoyo. Quería recorrer solo esos metros. Se detenía delante de cada grupo de personas y los miraba. Antes de desviar sus ojos, ellos se metían en los bares y ellas cerraban los postigos. No quería testigos de su encuentro con ese cadáver. Sus compañeros se apartaron y lo observaron cómo meditaba delante ese hombre con un disparo en la nuca. No había charco de sangre a su alrededor.

Levantó la cabeza y fue posando su mirada en cada una de esas puertas y ventanas cerradas. ¿En cuál de ellas lo habrían disparado? Sabía que sería difícil averiguarlo. Allí, donde lo hubieran sorprendido, habrían borrado las huellas del crimen. Tampoco sería esencial saber en qué garito, y no merecería la pena perder tiempo en realizar esas pesquisas. Podía haber sido en cualquier tasca o burdel, sin que el dueño del local tuviera responsabilidad. Y un muerto trae mala reputación; mejor que lo maten en la calle, que no es de nadie y es de todos. Nadie ha sido testigo y todos han visto cómo el asesino se ha acercado a él y a escasa distancia ha disparado su arma. Lo mismo da que haya cuatro testigos o doscientos, seguro que nadie reconocerá al atacante.

—Un estibador —le respondieron al leve movimiento del mentón de El Comisario dirigido al tendido—. Un mal tipo, dedicado al tráfico de personas…

Esperó sin estar seguro de qué es lo que debía hacer ya allí. No quería marcharse tal como vino, todos ocultándose de él, igual que hijos que esquivan la presencia de un padre autoritario, avergonzados de una falta imperdonable.

Dejó el centro de la calle y descendió con lentitud por la pequeña acera de la derecha. Se detenía en cada umbral, esperando que alguien saliera y lo saludara. Estuvo tentado él mismo de empujar para comprobar si la puerta estaba trancada, pero no se atrevió. Detuvo con la mirada a los suyos, que parecían dispuestos a forzarlas. No deseaba ninguna violencia. No le importaba que sus hombres contemplaran su impotencia y se convencieran de que ya no era nadie en el barrio.

Buscó el apoyo de su auxiliar, pero antes de emprender la bajada, se volvió para llevarse un último recuerdo de la callejón de La Sardina; todo seguía igual: las sábanas, las toallas, los trapos de cocina tendidos, pero el callejón estaba vacío y esa mañana no olía a pescado. En ese momento, se convenció de que había llegado al final, de que no merecía la pena continuar arrastrándose en un mundo que estaba cambiando y que no entendía.

Nada más sentarse en su dura silla de madera, rellenó la solicitud de retiro y uno de sus hombres la llevó al Gobierno Civil.


38. El Rivendel

  La noche continuaba su transcurso hasta el amanecer sin importunar con su oscuridad la vigilia de los noctámbulos, para quienes el tiemp...