Los animales que pacen en el prado suelen estar a lo suyo, buscando buenos corros de pasto, y rara vez sienten curiosidad por las personas que caminamos a su lado. Tan solo levantan la mirada para otear cuando escasea la comida o está vacío el bebedero, y esperan a que llegue el amo con el remolque lleno de hierba para esparcirla en los comederos o con la tina rebosante. Cuando el terreno ha quedado arrasado y no hay un mal hierbajo, aguardan a que el amo las traslade a otra finca con el verde alto. A veces me parecen felices: comen y rumian contemplando la inmensa mar o la alargada campiña que se extiende paralela a los desafiantes acantilados. Desde allí, la panorámica alcanza los alejados picos de la cordillera que corre paralela a la costa. Pueden contemplar las cumbres blancas y la salina mar saltarina, y oler el salitre que el viento esparce sobre ellas y sobre nosotros, los animosos paseantes que salimos a estirar las piernas. Sin embargo, la mayoría de las veces, la impresión que me dejan estas mayestáticas bestias es de tristeza, pues creo que son muy inteligentes, pero ponen a prueba su capacidad cognitiva muy pocas veces, concentradas como están en satisfacer su sempiterna hambre. Su materialismo me apena, y tan solo siento que mi alma se aproxima a ellas cuando protegen a su ternero, por el que se desviven, lamiéndolo y dejándole mamar en cualquier momento. Son esas semanas, hasta que el recental va armándose de carnes y extendiendo su esqueleto, cuando la vaca se comunica con la vida, mostrando una ternura que desaparecerá en el momento en que le retiren el becerro. De nuevo comenzarán su etapa ascética de concentración y meditación contenida, con la mirada perdida en la lejanía del horizonte. Este carácter sagrado y monacal es común a estos animales y predomina en el entorno siempre verde por el que transcurre la monotonía de los días y de nuestros paseos.
Después de recorrer las fincas de las vacas, me encuentro con unos burros ociosos, contemplando el infinito, sin ansias de nada, ni de comer ni de beber. Tan solo reaccionan a lo que se les dice, adelantando las enhiestas orejas y mostrando un estoicismo sempiterno que aún guarda el recuerdo de las duras jornadas de esfuerzo y trabajo que hasta hace unas décadas tenían que soportar, como si la memoria de la esclavitud a la que estuvieron sometidos les hubiera dejado una impronta de escepticismo que los años transcurridos no hubieran logrado borrar.
También los caballos me desasosiegan, pues, en este caso, su robustez y envergadura me impiden establecer una relación emocional con unos animales que siempre tengo la sensación de que pueden llevarme por delante y pisotearme. Sus relinchos han de ser interpretados como una invitación no muy respetuosa para que te alejes de ellos y los dejes en paz. Al separme, contemplo la estampa de su beldad y el poder que ejercen en estos predios, donde son los dueños del reino animal.
Nada tienen que ver las vacas, los burros y los caballos con las novillas que campan en dos fincas al final del recorrido. Están enclaustradas en lo que fueron dos prados, pero la pared que los dividía está caída, quizá fruto del continuo trasiego de estos jóvenes animales de una parte a la otra. Siempre están aquí estas alegres y despreocupadas vaquillas. Nunca he visto el trasiego de entrada o salida de los animales recluidos, pero imagino que el dueño las cría o las compra y las mantiene allí hasta que comienza su etapa reproductiva, pues las que corretean siempre tienen la misma edad: son unas chotas que aún no están preñadas. Al pasar, cuando alguien anda por allí, aunque estén alejadas de la cambera, basta que una divise al caminante para que todas salgan corriendo, curiosas por conocerlo. Y basta que una se quede quieta unos minutos para que todas alarguen los belfos, como si quisieran acercarlos para olisquear y dar un lengüetazo al que les habla. Y, si alguna da un respingo, muchas de sus compañeras la imitan y comienzan a brincar y correr alocadamente de un lado a otro, sin saber por qué están tan alegres. Se miran unas a otras y tengo la impresión de que se sonríen y, de nuevo, se inician los brincos y las carreras por todo el prado, saltando por encima de la pared derruida, una barrera fácil de superar. A veces me alejo de allí con temor de que el dueño las sorprenda en tal algarabía y me culpe a mí del escándalo que preparan. Por eso, en ocasiones, me aproximo a ese tramo con sigilo, procurando que no me vean, pero siempre hay alguna que me descubre y se acerca corriendo para observarme de cerca. No puedo por menos que producir un sonido susurrante que consigo sacar doblando longitudinalmente la lengua y aplastando ese lado curvado contra el cielo del paladar, produciendo secuencias repetitivas que completarían su efecto suavizante si pasara la palma de mi mano por el lomo arqueado de sus cuerpos. Cuando veo que el alboroto puede acabar siendo peligroso, temo que se salten la valla y se escapen. Me alejo en silencio para no dar pábulo a más algarabía. Ya rebasada la última pared del prado, me doy media vuelta y contemplo sus cabezas sobrepasando el muro, como si me acusaran de la brevedad de la dicha que habían disfrutado. Me alejo apenado, de vuelta a casa.