No sé qué pensaría mi madre cuando nuestra vecina Mercedes, sobresaltada, le avisara de que la llamaban por teléfono del colegio. No le daría tiempo a que cuajara el susto. El mensaje del director sería muy sencillo y procuraría no alarmarla: «Es conveniente que venga a por su hijo y que pase una temporada con ustedes».
Esto debió de ser por febrero. El invierno crudo y desalmado de la Sierra de Guadarrama azotaba el colegio de los Hermanos Maristas de Villalba. Era el segundo año de Bachillerato. Yo debía tener doce años. Me habían ingresado interno después de que el hermano Florencio me reclutara en las escuelas del pueblo. Acudí a un campamento de verano —donde por primera vez me bañé en una piscina— y al final consideraron los maristas que podría convertirme algún día en uno de ellos.
No creo que fuese muy religioso a esa edad. Tan solo recuerdo haber ido a comulgar el día después de tomar la Primera Comunión, porque me resultaba imposible aguantar sin desayunar una hora antes de misa y me atiborraba a chichipanes de las acacias.
Me acompañaron Román y su primo Félix. Y ya había otros que estaban allí. Por eso creo que no me resultó dolorosa la separación de mis padres, aunque sí, muchísimo, la de mi tierra. Todos los días me acordaba del pueblo. Echaba de menos hasta las vacas y a mis hermanos, a los que me tocaba cuidar cuando mi madre se iba a lavar.
Agradecía a mis padres el sacrificio que realizaban pagándome los estudios. Esto me lo recordaba mi madre. Siempre se me dio bien lo del dinero y consideraba que el precio que pagábamos era razonable; cuando me concedieron la beca en segundo curso, incluso me parecía una ganga. Seguramente con lo del sacrificio se refería a que otro en mi lugar debería sacar la basura de las vacas, llevarlas al prado o ir a por hierba para los conejos o limpiar el gallinero —tarea que siempre me confiaba mi madre, pese a ser el más alto y no poder manejarme en el pequeño habitáculo lleno de porquería; tampoco creo que me lo reservara por el especial afecto por dichos animales, a los que aborrezco—.
No debían haber pasado muchas semanas después de las vacaciones de Navidad y la morriña que sentía por el pueblo y por mi familia debió ser muy grande. Los días debían de ser tan malos que no podíamos salir a jugar a los patios. Los recreos y las horas libres transcurrían entre juegos de mesa. Me acercaba a las ventanas y miraba siempre hacia poniente, donde estaba mi pueblo. Me imaginaba a mi madre, a mi padre, a mis hermanos y al gato, todos sentados a la lumbre en la cocina vieja, y se me partía el alma. Ni las cartas ni el Monopoly me sacaban de mi melancolía. Buscaba a los de mi pueblo para sentirme más arropado, pero ni con eso lograba disipar la tristeza.
Me acerqué a la enfermería y dije que me dolían los oídos. Seguramente me tomarían la temperatura y comprobarían que tenía fiebre. Me llevaron al otorrino en la furgoneta. El pronóstico no lo sé; guardé cama. No sufría casi dolores, pero tampoco mostraba ganas de nada. Me dejaba arrastrar por la pasividad y la inexpresividad. El médico comprobó que no tenía ninguna enfermedad, pero seguía teniendo unas décimas de fiebre. Pasarían los días y mi estado de abatimiento alarmaría a los hermanos y no les quedaría más remedio que avisar a mis padres para que me llevaran a casa.
No me alegré al ver a mi madre, ni cuando montamos en el tren ni al bajar en el pueblo. Me dejaba llevar por los cuidados que me prodigaban. Me abrían botes de melocotón en almíbar y me servían un vasito de quina Santa Catalina para que se me despertara el apetito. Guardé cama y solo me levantaba a las horas de las comidas.
Me
encontraba en el limbo: ni sufría ni gozaba. No sentía molestia
alguna; tampoco necesitaba reprimir la euforia infantil. Concentrado,
serio, inexpresivo: así me mostraba.
Acudíamos a la consulta de
don Paco, el anciano médico del pueblo. No iba de mala gana. Esa
cita regular era una más de las atenciones que recibía. Sin
embargo, sabía que él tenía la última palabra. Si dictaminaba que
estaba bien, automáticamente nos subiríamos al tren camino del
colegio. A mí no me daban el veredicto. De este me enteraba un poco
más tarde cuando las vecinas inquirían el diagnóstico del médico.
Mi madre les contestaba invariablemente que me encontraba bien, pero
que no desaparecían unas décimas de fiebre. Pronto comprendí cuál
era la clave. A partir de ahí sí que fui un farsante consciente,
aunque no de mala uva. Eran unas décimas de fiebre. Me fue fácil
mantenerlas simplemente permaneciendo en aquel estado de
autosugestión y ensimismamiento.
Aunque me levantaron de la cama para que llevara vida normal, no se me ocurrió salir a jugar. De todas maneras, no lo habría tenido fácil porque mis amigos del barrio estaban en otros colegios o en la escuela del pueblo. Tampoco se me ocurrió pisar en la cuadra ni prestarme voluntario para hacer los recados. Simplemente me dejaba llevar por las olas del tiempo.
Mi madre compró un termómetro. Me lo ponía y apenas distinguía las décimas. Hasta que rompí el termómetro y mi madre se hartó de tomarme la temperatura.
No sé si les costó mucho tomar la decisión de enviarme otra vez al colegio, a pesar de la pertinaz fiebre. Después de tres semanas, quizá se percataron demasiado tarde de que les podía estar engañando y que lo mejor era devolverme al colegio lo antes posible. Esta decisión no me afectó: ni me opuse ni me alegré. Continué con la misma cara compungida que había tenido desde el inicio de mi convalecencia.
Fuimos a la estación por el Cerrillo. Marchaba detrás de mi madre y miraba desde lo más empinado del camino el pueblo, la torre de la iglesia, nuestra calle de la Costanilla, el tejado y la chimenea de nuestra casa. Me consolaría pensar que ya faltaba relativamente poco para las vacaciones de Semana Santa.
Mi madre regresaba aquella misma tarde, de modo que apenas tenía el tiempo justo para subir hasta Collado Villalba y volver a la estación.
Mi encuentro con los compañeros y con los frailes no fue alegre. Triste y cabizbajo, no me separaba de las faldas maternas. Subimos a los dormitorios para colocar la ropa en el cajón que me correspondía del gran armario común. Los de mi pueblo me buscaron para saludarme, pero ni siquiera aquel encuentro no me reanimaba. El director y el hermano Florencio, mi reclutador, debieron de verme tan mal que no tuvieron ánimo para dirigirme palabras alentadoras. Tal vez aconsejaran a mi madre que nos despidiéramos cuanto antes.
Bajábamos muy despacio hasta la entrada de la finca. Iba contando en silencio los metros que faltaban para despedirme de mi madre. Acortaba los pasos para detener el tiempo. Mi madre también aminoró la marcha, pero no me dio la mano. Llegamos al umbral de la portalada y nos detuvimos los dos. Miraba hacia la estación; yo estaba a punto de gimotear, aunque me faltaba el impulso incontenible. No podía llorar abiertamente y las lágrimas que consiguieron salir me dolieron como si hubieran sido piedras. Me resultaba imposible hablar, contestar o decidir cuando mi madre, viéndome en aquel estado, me propuso, no con mucha convicción, volver al pueblo en el mismo tren en que regresaría ella. No me lo planteé abiertamente, pero era consciente de lo que significaba esa decisión. De momento estaban la ternura y la compasión de mi madre; pero más allá veía el hielo, la nieve y las ventiscas de las canteras que me aguardaban en el pueblo si dejaba los estudios. No llegué a decir nada, tan solo balbuceé: «Es que en el pueblo…»
Mi madre me besó, chupeteándome ruidosamente, con un cariño que me avergonzaba. Se fue corriendo, como siempre hacía. Feliz, subí la cuesta deprisa hacia el colegio.
Esa
tarde, a la hora del rosario, el hermano Guillermo, nuestro tutor,
pidió a mis compañeros que rezaran por mí. Me impresionó el tono
tan afectivo y sincero con el que habló; también me sorprendió ver
con tanto fervor a mis compañeros. Me avergoncé, porque creía que
no era para tanto. Aquel fue el último mimo que recibí.