24/06/26

Erasmus, por decir algo

 



La residencia es un compendio de dependencias provenientes de todos los colegios en los que he estado. Me levanto por la noche y me dirijo a los servicios a lo largo de un pasillo levemente iluminado. Los baños son amplios. Hay unos pocos internos que también se han levantado, pese a ser las dos de la mañana. Miro los habitáculos: en la mayoría faltan las tazas, y en los que quedan, estas están sucias o atascadas. Me desespero porque no hallo ninguno decente donde pueda estar a gusto. Salgo sin haber hecho mis necesidades. En el pasillo me encuentro con un fraile con el hábito desceñido, con el cíngulo flojo, y sin calzar. Me pregunta por la salida del colegio para comprar tabaco. Me sorprende que me pregunte eso a esas horas, cuando es improbable encontrar un bar abierto. Le respondo que son muchos los vericuetos hasta la puerta y que quizá no halle la salida, ni tampoco a nadie que pueda orientarlo. Desilusionado, se da la vuelta y regresa a la estancia de donde ha venido, situada al final del corredor. Desde donde estoy descubro que se trata de un dormitorio común iluminado que me resulta desconocido. Movido por la curiosidad, camino hasta allí detrás del religioso que acaba de hablarme. Hay otros monjes en los jergones, pero sentados, hablando entre ellos. Es una estancia de planta cuadrada, con una altura propia de un torreón. Puede que haya unas quince personas. También se interesan por la salida. Aunque es complicado encontrarla, intento esta vez ofrecerle algunas indicaciones. Mientras hablo, observo esa comunidad de curas ortodoxos. Todos son barbudos, con caras y cabezas redondeadas. Sus ojos saltones son propios de bebedores empedernidos. En sus cuerpos rechonchos sobresalen unas barrigas oblongas. Sus sotanas están sucias, como si hubieran llegado allí después de recorrer caminos polvorientos. Se han acostado sin asearse. Están sudorosos y fatigados hasta el punto de que el cansancio no les permite conciliar el sueño. Sus equipajes se reparten en desorden al lado de las literas, esparcidos por el suelo.
Me pregunto qué pintan en el colegio, pero no me atrevo a planteárselo directamente a ellos. Supongo que son una delegación que llega para participar en un congreso del colegio del que no he oído hablar. Tengo la sensación de que pasarán el resto de la noche con la luz encendida y sin acostarse, como si esperasen el amanecer, tal vez para reemprender su camino.
Ya no pinto nada allí, pues se han convencido de que no les puedo ayudar. No obstante, no me voy. Doy vueltas sobre mí mismo, ensimismado, observando las paredes blancas y las escasas ventanas de esa torre cuadrada, y las caras barbudas y los ojos saltones de ese grupo de monjes de los que oigo retazos de conversación en un idioma que no identifico, aunque puede tratarse de ruso o ucranio. En esos momentos, pienso en mi habitación y en que debería regresar y meterme en la cama para conciliar el sueño y sentirme reconfortado mañana. Sin embargo, soy incapaz de iniciar la marcha. Nadie me retiene, pero me asalta la duda de si, al salir de este habitáculo, sabré encontrar la ruta hasta mi cuarto. En esta incertidumbre permanezco quieto, girando lentamente, fijándome en la blancura algo amarillenta del encalado de los muros y en la oscura techumbre de madera, desde donde las palomas, con su leve zureo, y una lechuza, con su ululato, observan imperturbables a la comunidad de frailes descompuestos. Intento descifrar esas miradas lejanas y enigmáticas de las aves, como si ellas fueran la clave que me permitiera comprender qué hace este grupo de mugrientos cofrades en el mismo edificio de mi residencia; es más, me pregunto si ellas pueden explicarme la incapacidad que siento de salir de ese torreón níveo. Sin embargo, no vislumbro con nitidez el hilo comunicativo. Tal vez no me miren ni estén pendientes de quienes nos hallamos allí, sino que estén meditando, extasiadas en la luminiscencia que se desprende de los paramentos. Así estoy yo, cada vez más perdido en la blancura, sin hallar manchas que rompan la uniformidad del color. En esa contemplación obsesiva, me olvido de que tengo un aposento para mí solo y no me inquieta la cuestión de por qué no salgo de esa prisión sin puertas. Intento rebelarme contra la pasividad, porque no puedo afirmar que allí sea feliz, ni siquiera levemente. Pero no hallo ninguna razón que me proporcione fuerzas que me impulsen a huir. Lo único de lo que soy capaz es de mirar la hilera de camas por si hay alguna libre para tenderme y seguir esperando no sé qué.


07/06/26

La Nisina y la lagartija Martina

 

Había una vez una lagartija que se llamaba Martina. Era media lagartija de lo pequeña que era. Había despertado a la vida un mes de abril, cuando el Sol se despojó de las nubes y la pradera reverdeció con intensidad. No recordaba su pasado. Ese día luminoso de primavera sintió correr una fuerza nueva por su alargado cuerpo y abrió los ojos en una cámara caliente, saliendo de un agradable sueño del que no recordaba nada. Comenzó a mover suavemente la cola, como si barriera el suelo de su casita, mientras alzaba y bajaba su minúscula cabeza triangular. Con las uñitas de los pies y de las manos arañaba la arcilla. Entonces fue consciente de que era una lagartija.
Se dio media vuelta y olisqueó cada rincón de su cueva. No era muy grande, pero resultaba muy acogedora. Saciada su curiosidad, percibió unos sonidos que le atrajeron: se trataba de gorriones que no cesaban de piar. Atraída por los trinos y gorjeos, avanzó por un estrecho pasillo hasta llegar a la salida. Por un momento cerró los ojos por la intensidad de la luz que irradiaba el sol; después lo miró hasta quedar deslumbrada. Retrocedió por el pasillo para que la penumbra aliviara la ceguera. Recuperada, volvió a sacar la cabeza y se fijó en lo que tenía más cerca. Ahora se fijó en lo más próximo. Su cueva se hallaba en alto. Se trataba del último peldaño de la escalera que daba acceso a una casa de dos plantas de color salmón. A continuación, Martina prestó atención al prado y al huerto situados debajo. De frente, más alejado, se alzaba un pretencioso chalet grande y, en la lejanía, unas montañas que se fundían con el cielo.
Martina notó de repente que le faltaban energías. Se le cerraban los ojos; retrocedió a su cámara para descansar.
Estuvo durmiendo tres días y tres noches enteras. Al despertar, sintió aún más vitalidad que la primera vez. Hasta le pareció que su cuerpo era ahora un poco más largo. Se dirigió a la puerta de su cobijo y comenzó a dar pasitos torpemente por una superficie muy pulida; eran los escalones y las baldosas de la terraza de la casa. Al principio avanzó con precaución, pero luego fue corriendo cada vez más. Iba como loca de un lado a otro: su energía era inagotable. Le encantaba que el sol le diera de pleno. Cuando el astro rey cesaba de brillar, Martina buscaba la calidez de su cámara.
En los días siguientes, salía de su cueva cuando notaba que hacía más calor en la terraza que en su cueva.
Pronto se percató de que tenía compañía. En la casa, moraba una mujer. Se llamaba María y estaba sola los días de diario; los de fiesta la acompañaba su marido. Se dio cuenta de que a María también le gustaba tomar el sol. Salía con su plato y comía sentada en el escalón donde residía Martina. Al principio, cuando la veía, se ocultaba. Sin embargo, la curiosidad y la certeza de que no le iba a causar ningún mal la llevaron a ir tomando confianza. Primero asomó la cabeza y, como vio que María le acercaba la mano y hasta le echaba algún granito de arroz, se animó a salir y a corretear por la terraza. Como pasaba sola la mayor parte del día, deseaba que llegara el mediodía para que María saliera a comer y ella pudiera disfrutar un rato de compañía.
Un día de principio de verano conoció a la que iba a ser su íntima amiga: una gatita. Pero la presentación no pudo ser peor. Martina tomaba el sol medio dormida cuando de repente sintió un enorme zarpazo. Instintivamente corrió a su guarida. Una vez en ella, se asustó al comprobar que le faltaba la punta de su cola. No le dolía, pero una profunda desolación le invadía al no notar el miembro mutilado. No era dolor: era angustia por no verse completa.
Aunque no se asomó a la entrada, intuía que el feroz animal permanecía al acecho. A partir de entonces, sus excursiones no fueron tan felices. Se aventuraba a salir, pero siempre alerta y sin alejarse de su agujero. La gatita, cada vez que aparecía por la terraza, se acercaba a la puerta de la lagartija y olisqueaba adivinando la presencia cohibida de Martina, pero pronto se retiraba y se marchaba a cazar ratones, topos, pajarillos y otras alimañas al prado.
La dueña de la casa se percató de que, cuando se sentaba en el escalón a comer, Martina ya no salía de su guarida; tan solo se atrevía a sacar la cabeza. Pronto adivinó la razón del miedo de la lagartija: la Nisina.
-¡Uy, uy, uy, ¿qué me has hecho a Martina? —le dijo a la gata—. Debéis ser amiguitas y jugar con ella con cuidado de no lastimarla. ¡Que tú eres una gatita alocada!
Martina no comprendió lo que decía María, pero vio cómo la Nisina se tumbaba en el suelo con las patas arriba en señal de sumisión. Se acercó poco a poco hasta la boca de la cueva de Martina. Metió el hocico e intentó lamerla. Con la patita, con las uñas guardadas, la acariciaba.
La lagartija tomó confianza rápidamente y salió de su refugio. Con curiosidad se subió encima de la gata para perderse en su espeso pelaje. Jugaba con sus barbas. A Martina le gustaba mucho porque le producía unas cosquillas muy agradables.
La Nisina pasaba cada vez más tiempo en la terraza. Cuando se cansaba de cazar, se tumbaba en una alfombra y se dormía despreocupadamente. Despanzurrada allí, transcurrían las horas.
Martina también se echaba algún sueñecito. Si no, recorría toda la escalera. Se subía a los tiestos y se adentraba por la tupida flora. Allí, camuflada, apresaba las pequeñas criaturas de las que se alimentaba, aunque la mayor parte del tiempo la pasaba curioseando.
Un día de mucho calor, cuando el Sol se situaba en su cénit, la Nisina dormía a pierna suelta como de costumbre. Martina, perdida entre las matas de perejil de un tiesto, vio un animal desconocido. Por su aspecto y por su tamaño supo que era un peligro, no para ella, sino para su amiga. El feroz animal se fue acercando desde el chalet nuevo en zig-zag. El hocico lo traía pegado al suelo y no cesaba de husmear. Era monstruoso. Era el perro Rayo, según le había oído decir a su dueño; pero la bestia no le hizo caso, aunque se detuvo un momento. Sin saber muy bien por qué, viendo tan descomunal fiereza en el perro, gateó escaleras arriba y despertó a la Nisina. Esta no tardó en reaccionar ante el peligro. Con rapidez bajó unos escalones y, en mitad de la escalera, con el pelo erizado, el cuerpo arqueado y las afiladas uñas fuera, se enfrentó al poderoso Rayo lanzando un «fu, fu, fu, fu». El perro se detuvo. Rayo miraba fijamente, pero no se animaba a subir más. El desafío no cesaba. La Nisina emitía un «fu, fu» cada vez que el perro ladraba. Ante tal escándalo, María salió y al ver al perro le regañó:
-Fuera, perro malandrín. No te metas con mi gatita.
El animal retrocedió, pero no cesaba de acometer. Entonces María fue a por la escoba y, en cuanto Rayo la vio empuñándola, se marchó al chalet nuevo.
Ya en la terraza, se juntaron los tres: María, la Nisina y la lagartija Martina.
-No tengáis miedo del perro Rayo —les dijo María—, pero debéis estar alerta las dos para que cuando lo veáis os pongáis en un lugar seguro. Y también, Nisina y Martina, debéis ser muy buenas amigas y protegeros la una a la otra.
Desde aquel día, Martina y la Nisina se quisieron mucho y estrecharon más su amistad.



05/06/26

El vuelo de la navaja

 

En la plaza rectangular, delimitada por edificios con balconadas mirando a su interior, hay un ruedo portátil de madera roja. Consta de dos burladeros, uno enfrente del otro. En la parte baja se ha instalado una grada corrida desde la que el público contempla el espectáculo. También se asoman espectadores en las ventanas, terrazas y balcones de los edificios que bordean el espacio, adornados con madera calada y tallada, tanto en la parte superior como en la inferior a modo de faldones.

El sol impacta sobre mis ojos y hay ocasiones en las que pierdo de vista lo que ocurre. Es una luz plateada e hiriente, como el destello de la hoja de la navaja que vuela por el recinto. Me he situado en una empalizada formada por maderos separados a una distancia que solo permite cruzarlos de costado. Sin embargo, no me siento seguro: el arma puede pasar entre esos espacios o sorprenderme desde el cielo.

Conmigo hay otros mirones tan timoratos como yo. Permanecemos en silencio, procurando no perder de vista la trayectoria de la navaja. El público de las gradas portátiles se protege con paraguas vistosos, amarillos y rojos. Estos colores son los mismos que los de las banderas con las que se cubren las barandillas de las terrazas de las galerías y de los balcones.

Los participantes son sobre todo jóvenes. Hay algún espontáneo solitario, pero la mayoría forman cuadrillas. Entre ellos se saludan y se gastan bromas: parecen conocerse de festejos de otras poblaciones. Se muestran sonrientes, despreocupados, como si fuera una diversión habitual, un ritual al que se someten en las fiestas locales donde se conserva esa tradición. Se saben el circuito veraniego y, si han faltado a algún evento, preguntan por él. Mientras conversan, no pierden de vista a la imprevisible daga que los sobrevuela. Dicen de ella que su hoja es pequeña en comparación con la de otras plazas, pero aseguran que es igual de peligrosa, por ser más corta e invisible. Su fino acero se confunde con los rayos del sol y, cuando menos te lo esperas, se clava en una pierna o en la espalda. Se desplaza en silencio, sibilina, a sorprender al incauto que pierde de vista las cachas negras.

Cuidado —advierte un muchacho con el torso desnudo, al mismo tiempo que aparta con un empujón a un compañero.

Recoge el pequeño puñal de la tierra amarilla. Lo pone sobre la palma de la mano y se lo muestra a sus amigos. Ha perdido parte del filo, pero su lomo es un espejo donde distingue su rostro con una mueca grotesca. Uno de sus compañeros se lo arrebata.

Ahí va —dice, y lo arroja al cielo, mientras contempla su vuelo persistente hasta que, cuando cree perderlo de vista, se cubre los ojos a modo de visera.

El pérfido cuchillo se clava en la puerta de toriles. Varios jóvenes intentan desclavarlo. Al final, el que se hace con el arma lo muestra, contento al principio de ser el afortunado que lo ha conseguido; sin embargo, de inmediato transforma la alegría en ira y amenaza. Los demás se repliegan buscando distancia.

¿A qué esperas? Lánzala de una vez —le conminan, recordándole que transgrede las normas del juego.

El joven, robusto aunque más bien bajo, se queda mirándolos. Los del palco presidencial se han incorporado, porque desde sus asientos solo ven el grupo de los que increpan y no al que porta el arma. El tiempo pasa y el corredor no desiste. Cuando un atrevido se acerca a él con el propósito de arrebatarle la navaja, con un movimiento certero se la clava por encima del corazón y la vuelve a sacar. Intenta mirar la herida que se ha producido, pero solo ve un pequeño reguero de sangre que corre despacio sobre su piel morena. Es en ese instante cuando lanza el arma con energía. La parábola se cierra hasta topar con el albero y dar breves tumbos. Tres de los participantes se abalanzan sobre ella.

Me desagrada el espectáculo y analizo las posibilidades de abandonar la plaza sin que me pase nada. No estoy seguro de estar a salvo, pues la daga volandera describe vuelos de golondrina. Los participantes se desplazan también en olas imprevisibles y temo que una de ellas me arrastre. Me quedo quieto, más alerta si cabe. Uno de los lanzamientos acaba a unos metros de la empalizada donde me encuentro. La ha tomado un chico que viste un llamativo chándal dorado, con simbología oriental en la espalda. Agarra la daga y amenaza; acomete al grupo más próximo, que huye despavorido.

Eh, eh, eh —le abuchean.

Pero no parece escuchar las recriminaciones del público ni las protestas de los demás participantes. Levanta ambos brazos con la navaja en la mano izquierda e incita a que alguien vaya a por él.

¿Qué pasa? A ver, ¿qué pasa? —le oigo perfectamente.

El presidente está a punto de llevarse una mano a la chaqueta en busca del pañuelo, gesto inequívoco de que va a amonestarlo si no desiste. Antes de que se consuma la amenaza, el del chándal dorado se descubre el hombro derecho.

Mirad, mirad —y cuando todos tenemos los ojos fijos en él, se clava el cuchillo por debajo de la clavícula. Es una puñalada de media hoja y la navaja se queda vibrando unos instantes. Cuando se detiene, se extrae la punta y la limpia primero en el albero y a continuación en la pernera. Se dispone ahora sí a lanzarla al gentío que lo ha ido rodeando, por lo cual el corro se deshace. Los que se habían encaramado a la barrera para ver lo que sucedía se bajan, alerta ante los movimientos que están a punto de producirse. Sin embargo, observo que el joven del chándal dorado sonríe alevosamente, satisfecho de haberlos engañado. Su rostro es el de un chico que sobrepasa poco los veinte años. Sus labios finos están enmarcados por un leve embozo de pelusa rubia. Su mirada se empaña con unas sorprendentes lágrimas turbias que surcan su cara curtida por el sol. Seguramente soy el primero que se percata de que no va a lanzar el minúsculo machete y ahogo un grito, porque antes se ha herido de nuevo en el mismo boquete.

Quieto, para, no te muevas —le ordenan cuando cae al suelo.

Parte del público se pierde lo que está sucediendo; yo no. Desde mi posición privilegiada lo oigo decir:

¡Que nadie se acerque! Si no, acuchillo al primero que venga —les dice con un brío que me parece inhumano después de la sangre vertida.

Se incorpora y se tambalea, pero sigue infundiendo un pavor que impide que se acerquen a él. De nuevo se hiere en el mismo sitio y cae al suelo. El más atrevido se acerca corriendo antes de que reaccione. No es de los más jóvenes, sino un veterano con una calva semicircular rodeada por un pelo azabache. Saca la navaja con determinación y, sin pensar en la dirección, la lanza a lo alto. Recibe una ovación viva con la que el público reconoce su valentía. Estoy a punto de aplaudir, pero me reprimo.

Se llevan a los heridos. El gordinflón con tirantes que preside el evento se limpia la frente con el pañuelo blanco con el que dirige los compases del espectáculo. No pierde de vista a los camilleros hasta que abandonan el coso. Se reinicia el vuelo de la navaja. Los lanzamientos son dinámicos y nadie transgrede la normativa. El juego se hace repetitivo. Tal vez por eso hay un momento en el que el minúsculo cuchillo desaparece. Lo buscan por la arena en la zona en la que se presupone que ha caído, pero nadie da con él. En ese tiempo muerto, dos empleados de la plaza, protegidos con gorras a cuadros azules, acuden con rastrillos a remover la tierra ya sucia y reseca. El intento por encontrarlo resulta vano. El público del graderío de la parte baja de la plaza pliega los paraguas y se incorpora para marcharse. Creo que es un buen momento para escapar de ese peligroso recinto. Abandono la empalizada y atravieso parte de esa moqueta de arena en dirección a la salida. Aunque el juego está en suspenso, mi miedo no desaparece. Miro al grupo que busca el arma por si aparece y reanuda el vuelo. Cuando estoy a punto de alcanzar la salida, se produce un griterío ensordecedor y vuelvo la mirada al palco presidencial, adornado con la gran bandera y pañoletas de vistosos colores. El presidente gordinflón, ahora con un sombrero cordobés, a todas luces pequeño para su inmensa cabeza, tiene entre sus manos un estuche de terciopelo rojo. Lo abre con suma delicadeza y muestra su contenido a la concurrencia. Sujeta con dos gomas, brilla otra pequeña golondrina plateada a punto de emprender su primer vuelo. Me parece similar a la que se ha perdido. El director del espectáculo extrae de sus ataduras el arma, besa la hoja y realiza un lanzamiento torpe. Se ríe y extiende las manos en demanda de indulgencia por su torpeza. Esta nueva faca vuela más rápida que la primera. Sus alados movimientos semejan los destellos del sol cuando atraviesan las nubes: deslumbran y asombran por su brillo cegador. El público admira tanto la belleza del arma como la destreza de quienes logran hacerse con ella. Cuando todos estamos pendientes de sus deslumbrantes acrobacias, vemos que de nuevo vuela la desastrosa chaira que se había dado por perdida. Las cabriolas torpes de la vieja navaja se interponen entre las piruetas elegantes de su compañera recién estrenada. El riesgo se duplica: ahora dos hojas cruzan el aire. La gente que permanece en el ruedo es menos, pues no todos disponen de los reflejos necesarios para sortear a estas dos pequeñas bestias de acero.

No soporto más el espectáculo. Cruzo la barrera que separa la plaza de las callejuelas que desembocan en ella. Ya fuera oigo el inicio del repertorio de pasodobles de la banda municipal. Esta sinfonía repetitiva me acompaña mientras recorro las calles vacías. Las casas, bajas y pequeñas, están cerradas. La música se va quedando atrás, pero la escucho hasta llegar a mi coche. Cuando cierro la puerta, me envuelve un silencio vergonzoso. Entorno los ojos e intento dejar mi mente en blanco.




02/06/26

Unas décimas de fiebre

 

No sé qué pensaría mi madre cuando nuestra vecina Mercedes, sobresaltada, le avisara de que la llamaban por teléfono del colegio. No le daría tiempo a que cuajara el susto. El mensaje del director sería muy sencillo y procuraría no alarmarla: «Es conveniente que venga a por su hijo y que pase una temporada con ustedes».

Esto debió de ser por febrero. El invierno crudo y desalmado de la Sierra de Guadarrama azotaba el colegio de los Hermanos Maristas de Villalba. Era el segundo año de Bachillerato. Yo debía tener doce años. Me habían ingresado interno después de que el hermano Florencio me reclutara en las escuelas del pueblo. Acudí a un campamento de verano —donde por primera vez me bañé en una piscina— y al final consideraron los maristas que podría convertirme algún día en uno de ellos.

No creo que fuese muy religioso a esa edad. Tan solo recuerdo haber ido a comulgar el día después de tomar la Primera Comunión, porque me resultaba imposible aguantar sin desayunar una hora antes de misa y me atiborraba a chichipanes de las acacias.

Me acompañaron Román y su primo Félix. Y ya había otros que estaban allí. Por eso creo que no me resultó dolorosa la separación de mis padres, aunque sí, muchísimo, la de mi tierra. Todos los días me acordaba del pueblo. Echaba de menos hasta las vacas y a mis hermanos, a los que me tocaba cuidar cuando mi madre se iba a lavar.

Agradecía a mis padres el sacrificio que realizaban pagándome los estudios. Esto me lo recordaba mi madre. Siempre se me dio bien lo del dinero y consideraba que el precio que pagábamos era razonable; cuando me concedieron la beca en segundo curso, incluso me parecía una ganga. Seguramente con lo del sacrificio se refería a que otro en mi lugar debería sacar la basura de las vacas, llevarlas al prado o ir a por hierba para los conejos o limpiar el gallinero —tarea que siempre me confiaba mi madre, pese a ser el más alto y no poder manejarme en el pequeño habitáculo lleno de porquería; tampoco creo que me lo reservara por el especial afecto por dichos animales, a los que aborrezco—.

No debían haber pasado muchas semanas después de las vacaciones de Navidad y la morriña que sentía por el pueblo y por mi familia debió ser muy grande. Los días debían de ser tan malos que no podíamos salir a jugar a los patios. Los recreos y las horas libres transcurrían entre juegos de mesa. Me acercaba a las ventanas y miraba siempre hacia poniente, donde estaba mi pueblo. Me imaginaba a mi madre, a mi padre, a mis hermanos y al gato, todos sentados a la lumbre en la cocina vieja, y se me partía el alma. Ni las cartas ni el Monopoly me sacaban de mi melancolía. Buscaba a los de mi pueblo para sentirme más arropado, pero ni con eso lograba disipar la tristeza.

Me acerqué a la enfermería y dije que me dolían los oídos. Seguramente me tomarían la temperatura y comprobarían que tenía fiebre. Me llevaron al otorrino en la furgoneta. El pronóstico no lo sé; guardé cama. No sufría casi dolores, pero tampoco mostraba ganas de nada. Me dejaba arrastrar por la pasividad y la inexpresividad. El médico comprobó que no tenía ninguna enfermedad, pero seguía teniendo unas décimas de fiebre. Pasarían los días y mi estado de abatimiento alarmaría a los hermanos y no les quedaría más remedio que avisar a mis padres para que me llevaran a casa.

No me alegré al ver a mi madre, ni cuando montamos en el tren ni al bajar en el pueblo. Me dejaba llevar por los cuidados que me prodigaban. Me abrían botes de melocotón en almíbar y me servían un vasito de quina Santa Catalina para que se me despertara el apetito. Guardé cama y solo me levantaba a las horas de las comidas.

Me encontraba en el limbo: ni sufría ni gozaba. No sentía molestia alguna; tampoco necesitaba reprimir la euforia infantil. Concentrado, serio, inexpresivo: así me mostraba.
Acudíamos a la consulta de don Paco, el anciano médico del pueblo. No iba de mala gana. Esa cita regular era una más de las atenciones que recibía. Sin embargo, sabía que él tenía la última palabra. Si dictaminaba que estaba bien, automáticamente nos subiríamos al tren camino del colegio. A mí no me daban el veredicto. De este me enteraba un poco más tarde cuando las vecinas inquirían el diagnóstico del médico. Mi madre les contestaba invariablemente que me encontraba bien, pero que no desaparecían unas décimas de fiebre. Pronto comprendí cuál era la clave. A partir de ahí sí que fui un farsante consciente, aunque no de mala uva. Eran unas décimas de fiebre. Me fue fácil mantenerlas simplemente permaneciendo en aquel estado de autosugestión y ensimismamiento.

Aunque me levantaron de la cama para que llevara vida normal, no se me ocurrió salir a jugar. De todas maneras, no lo habría tenido fácil porque mis amigos del barrio estaban en otros colegios o en la escuela del pueblo. Tampoco se me ocurrió pisar en la cuadra ni prestarme voluntario para hacer los recados. Simplemente me dejaba llevar por las olas del tiempo.

Mi madre compró un termómetro. Me lo ponía y apenas distinguía las décimas. Hasta que rompí el termómetro y mi madre se hartó de tomarme la temperatura.

No sé si les costó mucho tomar la decisión de enviarme otra vez al colegio, a pesar de la pertinaz fiebre. Después de tres semanas, quizá se percataron demasiado tarde de que les podía estar engañando y que lo mejor era devolverme al colegio lo antes posible. Esta decisión no me afectó: ni me opuse ni me alegré. Continué con la misma cara compungida que había tenido desde el inicio de mi convalecencia.

Fuimos a la estación por el Cerrillo.yh Marchaba detrás de mi madre y miraba desde lo más empinado del camino el pueblo, la torre de la iglesia, nuestra calle de la Costanilla, el tejado y la chimenea de nuestra casa. Me consolaría pensar que ya faltaba relativamente poco para las vacaciones de Semana Santa.

Mi madre regresaba aquella misma tarde, de modo que apenas tenía el tiempo justo para subir hasta Collado Villalba y volver a la estación.

Mi encuentro con los compañeros y con los frailes no fue alegre. Triste y cabizbajo, no me separaba de las faldas maternas. Subimos a los dormitorios para colocar la ropa en el cajón que me correspondía del gran armario común. Los de mi pueblo me buscaron para saludarme, pero ni siquiera aquel encuentro me reanimaba. El director y el hermano Florencio, mi reclutador, debieron de verme tan mal que no tuvieron ánimo para dirigirme palabras alentadoras. Tal vez aconsejaran a mi madre que nos despidiéramos cuanto antes.

Bajábamos muy despacio hasta la entrada de la finca. Iba contando en silencio los metros que faltaban para despedirme de mi madre. Acortaba los pasos para detener el tiempo. Mi madre también aminoró la marcha, pero no me dio la mano. Llegamos al umbral de la portalada y nos detuvimos los dos. Miraba hacia la estación; yo estaba a punto de gimotear, aunque me faltaba el impulso incontenible. No podía llorar abiertamente y las lágrimas que consiguieron salir me dolieron como si hubieran sido piedras. Me resultaba imposible hablar, contestar o decidir cuando mi madre, viéndome en aquel estado, me propuso, no con mucha convicción, volver al pueblo en el mismo tren en que regresaría ella. No me lo planteé abiertamente, pero era consciente de lo que significaba esa decisión. De momento estaban la ternura y la compasión de mi madre; pero más allá veía el hielo, la nieve y las ventiscas de las canteras que me aguardaban en el pueblo si dejaba los estudios. No llegué a decir nada, tan solo balbuceé: «Es que en el pueblo…»

Mi madre me besó, chupeteándome ruidosamente, con un cariño que me avergonzaba. Se fue corriendo, como siempre hacía. Feliz, subí la cuesta deprisa hacia el colegio.

Esa tarde, a la hora del rosario, el hermano Guillermo, nuestro tutor, pidió a mis compañeros que rezaran por mí. Me impresionó el tono tan afectivo y sincero con el que habló; también me sorprendió ver con tanto fervor a mis compañeros. Me avergoncé, porque creía que no era para tanto. Aquel fue el último mimo que recibí.


BOSTON 19,25

  La ciudad se agita como un animal a punto de morir. Por sus calles borbotean sus habitantes arropados con abrigos superpuestos para alivi...