El aislamiento y, en consecuencia, la falta de vida comunitaria conllevan la pérdida de mucha información esencial para conocer la vida de los miembros de esta comunidad verde. Aunque nuestra actitud al llegar nunca fue la de encerrarnos y no querer saber nada de la vecindad, tampoco quisimos involucrarnos en sus aconteceres ni mostrar inclinación por unos o por otros. A todos saludábamos, pero sin entrar en asuntos profundos ni establecer vínculos de confianza. La razón de esta actitud fue evitar los conflictos derivados del roce y del trato. Con todo, nos gusta saber lo esencial de cada uno de ellos, no solo por curiosidad, sino por seguir su devenir y preguntar por sus cuitas al cruzarnos. Advertí a los vecinos más inmediatos de que me avisaran cuando se produjera algún deceso o alguien enfermara de gravedad para poder preguntar por la evolución del mal o dar el pésame cuando me encontrara con los afectados.
Siempre me intrigó cómo se enteran de estos avatares cotidianos, porque no hay actos colectivos y la mayor parte del tiempo permanecen en sus casas. Sin embargo, me percaté de que yo salgo de los límites de la población para ir a trabajar, mientras ellos rara vez se alejan de sus hogares y y durante el tiempo que estoy fuera puede que mantengan relaciones que desconozco y que, en ellas, se pongan al corriente de los pequeños sucesos de la comunidad.
A pesar de no haber establecido vínculos profundos con algunos de mis vecinos, les echo de menos cuando, después de un tiempo sin saludarlos, me entero de manera accidental de que ya murieron o sospecho -porque no me atrevo a preguntar por ellos- que ya no viven. Se produce un vacío existencial extraño e inquietante. Es una sensación semejante a la que se experimenta cuando desaparece una pertenencia nuestra y nunca volvemos a encontrarla. De tanto en tanto, te acuerdas de ella; a pesar de haberla buscado innumerables veces, vuelves a revolverlo todo por si aparece, por casualidad, en el rincón menos pensado. Después te cansas de buscar y continúas con la zozobra inicial de no haberla encontrado. Así me pasa con los que no sé si han muerto, si siguen viviendo recluidos en sus casas o si los han trasladado a residencias para que sean atendidos porque ya no pueden valerse por sí mismos. Al pasar por sus viviendas, giro la mirada y su recuerdo vuelve a mi memoria, sin atreverme a preguntar por lo que ha sido de ellos y confiando, aunque con una esperanza cada vez más difuminada a medida que pasa el tiempo, en volver a saludarlos. Al final, de una manera u otra, acabo por saber que ya fallecieron o que llevan ingresados en el geriátrico desde hace años. Con todo, aun confirmándomelo, mi ser más profundo no acaba de hacerse a la idea del fin o el alejamiento de estas personas.
No obstante lo anterior, la peor sensación no es la descrita, sino el encuentro con vecinos que siguen vivos a los que hace años que no veo. Incluso, es probable que los haya saludado en la lejanía cuando han pasado delante del jardín. Desde la distancia y a través de las escasas frases intercambiadas, he sacado la conclusión de que siguen viviendo, con sus más o menos achaques. Pero, si la ocasión ha propiciado un acercamiento y he podido caminar a su lado unos minutos, compruebo los estragos que el tiempo ha causado en su cara, en su cuerpo, en la vibración de sus palabras, ahora más cercanas. Apuro este tiempo junto a ellos, consciente de que quizá no volvamos a encontrarnos en mucho tiempo y de que, para algunos, este encuentro pueda ser el último.
No solo queda en mí este sentimiento, sino otro que subsiste flotando cuando la separación se ha producido. Reflexionando sobre lo hablado, recordando la impresión que me produjo su rostro y evocando su presencia, me alarmo del deterioro que los años han causado en las personas. Intento calcular cuánto tiempo ha transcurrido, sin ser capaz de cuantificarlo, pero con la extrañeza de que en ese periodo se haya podido originar ese desgaste. Sin embargo, la mayor tristeza llega después, cuando comprendo que el deterioro de los demás es un espejo fiel de mi propia decadencia.
Por esta razón, cuando salgo por el término verde y solitario, camino con el temor de encontrarme con otros muchos vecinos a los que hace muchísimo tiempo que no veo. Si vuelvo a encontrarlos, no necesitaré mirarme en el espejo ni revisar antiguas fotografías para descubrir la erosión del tiempo en mi vida.