20/10/25

El pelo corto te queda mejor


Había un crepúsculo amarillento cuando salí a dar una vuelta por la ciudad. En esa parte alejada del centro abundaban las casas de una planta de piedras no calizas, un material que no predominaba en el resto. Por eso me extrañaba ese color amarillo reflejado sobre las piedras sucias y enmohecidas. La calle era muy amplia. Me parecía una gran majada por la cual antaño pasaban rebaños de ovejas en la trashumancia. Gruesas y redondeadas piedras formaban el pavimento. Se tenía que caminar con sumo cuidado para no dar un traspié. La vía finalizaba en una plaza amplia, cuyos edificios seguían manteniendo la misma arquitectura de las casas situadas a ambos lados de la gran avenida. Ese sitio era peligroso. Otras veces me había encontrado pedigüeños molestos que me amenazaban con navajas si no les daba un cigarro o les entregaba algo de dinero. No me gustaba hacer ni una ni otra cosa; no les dejaba acercarse ni los perdía de vista para, en caso de que me atacaran, salir corriendo, por eso examinaba los espacios libres por donde huir. Sin embargo, esa tarde no tuve que enfrentarme a delincuentes, sino a dos perros hambrientos que no se apartaban de mí reclamando algo de comer. Iba comiendo una naranja y no tenía nada más con lo que aplacar su ansiedad. Se me acercaban cada vez más amenazantes. No estaba muy seguro de que, si emprendía una carrera, no me agarraran, así que los mantenía a raya lanzándoles las mondas que iba sacando de la naranja. No conseguía amedrentarlos, pero, por lo menos, los detenía unos instantes hasta que olisqueaban la cáscara y se convencían de que no era comestible. Me esforzaba por apuntar bien para que mi tiro impactara sobre su cuerpo, pero lo esquivaban con facilidad. Uno de los trozos que lancé contenía albedo, la parte blanca que rodea los gajos, y comprobé que, después de olfatearlo con detenimiento, se lo zampaba. En ese breve instante me alejé corriendo hasta sentirme seguro.

Pronto olvidé este lance. Era consciente de que de una manera u otra siempre me enfrentaría a estas situaciones peligrosas. Hasta ahora había logrado escapar con éxito, aunque me dejaba un tenue temor.

Continuaba mi paseo ya con tranquilidad. El ocaso había emborronado de oscuridad esa parte baja de la ciudad. Para salir de esa hondonada había que subir una escalera muy ancha que permitía ascender a la vez a muchas personas. Estaba construida de la manera más simple: con cabrios cruzados unos sobre otros. El tramo a salvar era el correspondiente a la planta de un edificio. La escalera se apoyaba en la terraza a medio construir de un bloque en obras. Se podían ver las viguetas y parte de la ferralla con la que se había armado el encofrado. No me resultaba desconocido el acceso. Se había integrado en la ciudad y la gente lo usaba igual que si cruzara un paso de peatones o se introdujera en un subterráneo para ir a la acera del otro lado de la calle, por donde transcurría una carretera atestada de coches.

Delante de mí subían dos chicas. La que era más baja marchaba por un tramo más alto que la que era alta y delgada. Me sedujo esta última. Me gustaba. Lucía una melena lisa que enmarcaba una cara de rasgos muy bonitos. Su cuerpo era proporcionado. Lo único que me resultó extraño fue la carencia de pecho. Su busto era el propio de una niña en el inicio de la pubertad. Tan solo se le notaba la protuberancia de los pezones sobre el jersey de rayas que llevaba. Ella volvió la vista. Seguramente fue consciente de que la observaba y quiso saber quién era el fisgón que no le quitaba ojo. Para mi sorpresa no la vi enojada, sino con curiosidad.

—Hola —le dije intentando ser simpático.

Me sonrió también, como si estuviera habituada a ser amable con sus admiradores.

—Córtate el pelo, te quedaría mejor —me recomendó, después de unos segundos.

No habíamos terminado de subir. Ella se detuvo y yo también. Me quedé pensando en lo que me había dicho. No evaluando la orden (no era la primera vez que me recomendaban lo mismo, que no me dejara crecer demasiado el pelo, que estaba más guapo con él corto), sino calibrando la audacia de la muchacha. Terminé interpretándola como una invitación a establecer comunicación. Cuando ya nos encontrábamos en la terraza, arrimados al tabique para no caer al vacío, se volvió a mí para ver mi reacción a su propuesta. Disfrutaba observando mi cara de perplejidad.

—¿Eres estilista o peluquera? —me atreví a preguntarle.

De nuevo me sonrió y sus ojos brillaron sobre la luz del atardecer, recuperada al ascender a un plano superior de la ciudad. Pero no me lo confirmó. Si bien, examinando otra vez su vestuario y el cutis cuidado que lucía, deduje que su preocupación por la estética era incuestionable.

—¿No tienes publicado nada en internet de tu trabajo? —otra vez me lancé sin miedo a averiguar algo más de ella.

Después de recorrer la desprotegida balconada y de torcer a la derecha, por donde continuaba, saltamos sobre un estrecho abismo, hasta situarnos en esa parte elevada. Delante de nosotros teníamos un jardín frondoso. Se oía el revuelo de los pájaros buscando el asiento sobre las ramas donde dormir. Nos detuvimos los tres. Hasta ese momento no pude fijarme en la amiga: percibí su cara de disgusto por hablar conmigo su compañera, no porque fuera un desconocido, sino porque le caía mal. Actué como si no me hubiera dado cuenta. Me interesaba la peluquera o la estilista o lo que fuera, pese a percibir sin ninguna duda que carecía de pecho o este era tan pequeño como el de una niña.

—Sí, un blog que se llama miniminium, pero tengo publicado muy poco y hace mucho que no escribo nada.

No entendí el nombre. Le rogué que fuera ella misma la que realizara la búsqueda en Google directamente en mi teléfono. Me fijé en sus largas manos y en la agilidad de sus dedos al escribir en el teclado.

Casi sin darme tiempo a reaccionar, mientras miraba su blog, me dijo adiós. Se alejaba rodeando el frondoso parque.

Mi decepción fue pasajera. Se trataba de un encuentro fugaz y anecdótico. Continué el recorrido que me propuse al salir de casa a dar una vuelta. Bordeé el parque por el lado paralelo a la ciudad. Antes de llegar al puente sobre el río, dudé si cruzarlo o subir por el laberinto de casas del arrabal. Mi sentido de la orientación (súbitamente me entraron ganas de regresar lo antes posible) me decía que subiría en línea recta y tardaría menos. Pero últimamente me había jugado malas pasadas y mis cálculos en el espacio habían sido erróneos. No me apetecía terminar dando vueltas y no saber en qué parte me hallaba. Así que, prudente, crucé el puente y me dirigí a la Gran Vía. Desde allí no me perdería. De hecho, ese era el plan original: rodear el casco urbano, disfrutando del bullicio de la gente. Sin embargo, mi ánimo cambió después de que la chica sin pecho se alejara. Ya no me interesaban otras personas. Tampoco me interesaba ella, pero había cortocircuitado mis emociones y había desaparecido la curiosidad por la gente.

Recuerdo que llegué a casa con una fatiga desproporcionada con respecto al esfuerzo físico realizado. Me vino bien para meterme en la cama y conciliar un sueño que perduró hasta que sonó la alarma del teléfono al día siguiente. Creo que también contribuyó a que me durmiera tan pronto la desilusión que me llevé al fisgonear el blog de la chica. Lo único positivo del análisis había sido que alguna de las fotografías publicadas estaba firmada por Viki. No le pegaba nada el nombre, o el pseudónimo, con la personalidad que yo le atribuía. Me chirriaba, pero ella me parecía interesante; era un detalle desagradable, mas no por ello mi admiración disminuyó.

La primera impresión de las imágenes también me decepcionó. Me costó identificar el motivo fotografiado. Pensé que la pantalla pequeña de mi terminal no era el mejor soporte para poder contemplarlas; esa fue la excusa para no descartar un análisis en otro momento.

Si no hubiera sido por el blog, no me hubiera acordado más de Viki. ¡Parece inconcebible que algo tan simple sea el nudo que nos une a una persona con la que tan solo hemos compartido unos minutos! Mi vida de estudiante continuó con normalidad. Tan solo de vez en cuando entraba en el blog de Viki. ¿Por qué lo hacía? Ni yo mismo era capaz de responder a esa pregunta. Tal vez buscar algún detalle de su vida que enriqueciera la imagen idealizada que me había formado de ella; quizá una falla que la derrumbara. No lo sé, porque, si soy sincero, la chica tampoco era una belleza incuestionable, simplemente me atraía. Eso sí, su cuerpo me seguía gustando.

Al observar con detenimiento las fotografías de su blog, me convencí de que la primera idea que me había formado de ella era falsa. No creo que fuera estilista ni, por supuesto, peluquera. Tal vez se tratara de una estudiante de Bellas Artes, porque me pareció que sus creaciones eran imaginativas y buscaban la originalidad. No es que fueran pretenciosas ni persiguieran el reconocimiento de los demás, sino que eran la expresión de una mirada distinta sobre los elementos y sus detalles… Eran imágenes de la fragmentación de los objetos o de las personas, o de enfoques imposibles sobre las mismas. No era la mirada del fotógrafo que coloca al fotografiado a la altura de los ojos, sino la de aquel que sitúa el objetivo en el punto menos esperado. Por eso no se sabía muy bien lo que eran ciertas imágenes. Viki tampoco se molestaba en explicar con un breve texto lo que significaban o por qué mostraba esa perspectiva. Era su mirada particular, su mundo, y no necesitaba compartirlo con nadie. ¿Con nadie? Tal vez sí estaba abierta a ciertas personas. A mí me había introducido en su mundo al descubrirme el blog. Y lo hizo a propósito de una simple alusión mía totalmente equivocada sobre la actividad que desarrollaba. De todas maneras, mis elucubraciones eran estériles. Daba por sentadas conclusiones que forzosamente debían ser ilusorias. Viki hacía mucho que no publicaba. Tal vez fuera un proyecto que tuvo su periodo de vigencia y que en la actualidad ya no le interesara a la artista. Pudo ser hasta un trabajo escolar encargado por uno de sus profesores. Así que mi análisis de lo publicado no se alargó en el tiempo, no así su recuerdo, ya que, aun sabiendo las pocas posibilidades de que hubiera alguna novedad, entraba en su blog.

Cuando a las pocas semanas descubrí una entrada reciente, me alegré bastante. La nueva fotografía prolongaba la serie anterior, e iba acompañada de una breve anotación: La luz penetra hasta el último espacio abierto; jueves, a las tres. Sin embargo, no estaba firmada, pero no dudé de que era obra suya. Me costó identificar el punto exacto donde había tomado la imagen, pero con paciencia lo logré. Aparecía una intrincada selva de patas de sillas de una terraza, al final de la cual identifiqué uno de los lados de la Plaza Mayor. No me cupo ninguna duda al cerciorarme de que arriba del único arco que se vislumbraba aparecía uno de los medallones que adornan las fachadas de los edificios que forman el espacio. Este análisis detectivesco no me produjo mayor satisfacción. Era original, y la luz reflejada en el metal plateado producía un juego de rayos único, aunque, aparte del valor estético, poco más me transmitía. Lo que me costó interpretar fue la parte del mensaje que se refería al día y la hora. Viki había publicado la entrada el sábado; la había descubierto el domingo. Quedaban cuatro días hasta el jueves, y llegué a la conclusión de que podría ser una cita. No tenía nada que perder. Era curiosidad y no estuve ansioso durante esos días. Era un juego que a lo mejor no era divertido, pero en ningún caso sería peligroso.

Me presenté en la Plaza Mayor un poco antes de las tres. Sobre el terreno comprobé si mis suposiciones eran correctas. No dudé de que la instantánea se había tomado desde la terraza donde me senté en una de las mesas próximas a los soportales. Pedí un carajillo al camarero. Poco a poco se fue ocupando la terraza. La mayoría de clientes tomaban café y se marchaban a continuar su jornada laboral. Mis clases no comenzaban hasta las cuatro y la facultad me quedaba cerca, así que no tenía prisa. Me di cuenta de lo absurdas que resultaban mis especulaciones y me olvidé de Viki y de las fotografías de su blog. Me puse a leer el periódico. Cuando estaba leyendo la contraportada, la vi acompañada de un chico. Los dos se sentaron en una de las últimas mesas de la terraza: a ella, el sol le daba de lleno; a él, en la espalda. Me quedé perplejo, pero más que la aparición súbita de Viki, me perturbó que apareciera acompañada de un chico. Di por sentado que eran pareja, aunque no observé caricias o detalles cariñosos; era la manera en la que charlaban y se miraban. Pensé que ella no se había percatado de mi presencia, pero pronto deseché esta suposición. Claro que me había visto, y era probable que lo hubiera hecho antes de sentarse (ella había elegido la mesa y la silla orientadas hacia donde yo estaba). Estuve a punto de levantarme. No me resultaba agradable tenerla delante junto a otro chico, pero no fui capaz. Una fuerza gravitatoria irresistible me retenía en la silla. A veces me daba la sensación de que me miraba como si le sonara mi cara sin recordar de qué; otras, estaba convencido de que me reconocía perfectamente. Se levantaron antes que yo. Anhelé que me saludara, mas tan solo me dedicó una mirada que no supe interpretar. Supuse que se dirigirían a su facultad. Estuve tentado de seguirlos, pero no me atreví.

Mientras me alejaba de la Plaza Mayor, intentaba convencerme de que había sido una casualidad y que Viki no se había percatado de mi presencia. Se trataba de imaginaciones mías y, por tanto, la conclusión que debía sacar no podía ser otra que olvidar el blog y a Viki. No lo conseguí. Su recuerdo no me resultaba molesto, aunque me había quedado frustrado. Era una frustración soportable, si bien acrecentaba mi inseguridad.

Tardé en entrar en el blog otra vez. Desde la primera publicación de esta última serie de fotografías había insertado tres más. Las imágenes eran del estilo de las anteriores —minúsculos seres, como una diminuta hormiga roja; los pétalos gigantescos de una florecilla y un ojo—. Sin embargo, en todas había una fecha imprecisa en el pie de página, ya que solo marcaba el día de la semana y la hora. A saber por qué se acompañaban de esa leyenda. Aunque en el caso de la fotografía de la selva de patas de silla la interpretación que efectué había sido válida… Cerré el blog. No deseaba adentrarme en el mundo fabuloso de las intrigas y alucinaciones. No cometería el mismo error. No podía ser que el intercambio de unas palabras vacuas entre dos seres desconocidos fuera la semilla de una relación rocambolesca.

Al cabo de unas horas, me dejé llevar por el aspecto divertido del misterio y me convencí de que tal vez era un juego. Aunque no sacara provecho, el mal tampoco podría ser mucho. Abrí el blog y examiné la última publicación, la del ojo. Era de un hombre; seguramente de su chico. La pupila era la boca negra de un túnel sin salida, donde la luz se extinguía. En cambio, el iris era la caprichosa imagen de un calidoscopio. Pero había quedado reflejado un edificio majestuoso. En la parte superior, había una especie de nube blanca en la que adiviné lo que parecía una de las torres de la catedral. Al principio del análisis, no resultó fácil convencerme de que mis especulaciones eran ciertas, pero, al final, no me cupo ninguna duda. La entrada en el blog había sido publicada el lunes y en el pie de foto ponía: Somos espejo que hiere la luz, jueves, a las tres. No me paré a pensar en la leyenda, sino en la fecha. Coincidía el día y la hora con el encuentro acaecido en la Plaza Mayor. Se me ocurrió mirar las anotaciones de las anteriores entradas: la fecha era siempre la misma. Solo quedaba deducir el lugar del encuentro. No resultaba complicado, conociendo la ciudad. La última toma estaba localizada en la escalinata de acceso a la facultad de Filología. Podía fijar la hora exacta en que se realizó la fotografía por el impacto del sol sobre el modelo: enfrente se situaba la catedral.

Cuando me dirigía al lugar, tenía el convencimiento de que todo era una paranoia. No obstante, me dejé arrastrar sin voluntad a mi destino. Si allí encontraba a Viky, sucedería lo mismo que en la Plaza Mayor: formaría parte de una masa indiferente para ella. Si no la veía, sería la prueba definitiva para convencerme de que se trataba de una obsesión absurda.

No tuve que esperar: Viky y una amiga se encontraban en el último peldaño de la amplia escalera para acceder a la facultad. En esta ocasión era yo el que la había descubierto primero. Además, pude moverme con libertad, porque en ese momento se tumbaron en el suelo a tomar el sol —ambas vestían unos pantalones cortos y unas camisetas de tirantes blanca. Yo me senté en un banco de piedra, bajo la sombra de un tenebroso cedro. Me puse a leer el libro que llevaba. No creo que le resultara posible divisarme si se incorporaba: el contraste era demasiado grande entre la luz brillante que refulgía sobre ellas, y la penumbra que me protegía. Además, esos rayos incandescentes dificultarían su visión. Desde la protectora oscuridad escrutaba cada uno de sus movimientos y adivinaba las palabras que se intercambiaban. Antes de que decidieran irse, sopesé la posibilidad de exponerme a la luz, incluso de acercarme y sentarme a su lado, procediendo con naturalidad y aparentando un encuentro casual. Solo fueron unos instantes de indecisión, los suficientes para perderla de vista. Nervioso e irascible entré en la facultad y en un edificio anexo destinado a aulas. No hallé rastro de Viki.

Cuando me serené, pensé que acababa de perder una oportunidad que solo se presenta una vez en la vida. Esta era la segunda vez que se exponía y no me había visto. Probablemente se olvidaría de mí. Lo pude comprobar con mis propios ojos al verla en la escalinata: no mostró interés en buscarme entre la gente.

No era un juego; y si lo era, las consecuencias de participar no eran inocuas, como me había figurado. Sufría y vivía en un estado alterado. Con frenesí visitaba el blog de Viki, buscando indicios de un nuevo encuentro. Transcurrieron muchos días sin saber nada de ella, ni encontrármela por las calles. Desesperado, la había buscado: recorrí la periferia, esos barrios pedregosos y crepusculares, con la esperanza de que la dicha me acompañara y la volviera a ver; visité la Plaza Mayor, jardín cuidado de almas expuestas a la curiosidad de los viandantes, y la escalinata de la universidad, donde forzosamente me la habría de encontrar si estudiaba allí. Vagaba por las calles vivas de una ciudad siempre despierta: ni de noche ni de día pude hallar a esa chica risueña de cuerpo plano.

Las clases habían finalizado y esperaba con ansiedad las notas de los exámenes. Durante esos días últimos me sentía confusamente fatigado. Suponía que era el cansancio de muchas horas de estudio y pocas de sueño. Sin embargo, notaba en mi cerebro un légamo pegajoso que inundaba cada uno de sus recovecos: me encontraba postrado, sin saber cómo aprovechar esas últimas jornadas en las que mis compañeros se divertían. Me levantaba de vez en cuando de la cama a tomar un café y conseguía durante un rato centrarme en preparar el equipaje para regresar a casa. Sobre la mesa descansaba el portátil. Busqué mecánicamente el blog de Viki, y apareció una publicación que no esperaba. Hacía unas horas que la había colgado. Me defraudó su simpleza: la fotografía era la ventanilla de un coche en la que se reflejaba la palabra BUSES, rodeada de ladrillos de cara vista. Era la estación de autobuses, la misma a la que me tendría que dirigir en unos días cuando decidiera partir de vacaciones. Hay momentos de luz y de oscuridad; tu ambivalencia oscila con la inseguridad de una llama de un cabo de vela en la desnuda realidad de la vida, jueves, a las tres.

En ese instante me espabilé. No dudé en ningún momento de que era la última oportunidad de ver a Viki. Sin pensar bien lo que hacía, metí en una mochila ropa como si fuera a emprender un viaje. Y salí de casa para estar en la estación de autobuses antes de que ella llegara.

Me senté en un banco desde el que controlaba la entrada de viajeros. Esa media hora que esperé a que apareciera se hizo eterna. Durante ese rato, me dio tiempo a pensar lo que había sido mi vida. Eran pocas las decisiones que había tenido que tomar, ya que el propio influjo de las circunstancias u otras personas se arrogaron la obligación de decidir por mí. Ya no había vuelta de hoja, pero en esos momentos me sentía un pelele bamboleado al antojo de otros. Aunque parezca mentira, Viky no ocupó mi mente en esos minutos. Por eso, cuando la vi entrar por la puerta arrastrando una maleta, me sorprendió realmente, como si el momento fuera fruto de la casualidad. Como siempre que algo así me sucede, me quedé sin aliento y sumido en una parálisis incapacitante. Creo que tampoco ella fue consciente de mi presencia. Mis ojos siguieron su estela por los recovecos de la estación hasta que la vi colocar la maleta en el portaequipajes y subir al autocar. En un momento, percibí que se daba la vuelta y buscaba a alguien entre los viajeros; o tal vez, era una mirada para contemplar por última vez lo que dejaba atrás.

Salí de la estación anestesiado contra cualquier tipo de emoción o pensamiento. Lo único que se me ocurrió, mientras caminaba a mi piso de estudiante, fue entrar en la primera peluquería que encontré al paso y ordenar que me raparan. Desde entonces, no me he vuelto a dejar crecer el pelo y cada vez que alguien mete unas tijeras en mi cabello pelirrojo, me acuerdo durante unos instantes de esa chica de pecho plano que se llamaba Viki, que consiguió imprimir un halo en mi titubeante fuego existencial y quedarse conmigo para siempre.







01/10/25

FOSO DE LAVADO

 


Las atracciones de feria se sucedían unas detrás de otras en una gran avenida de cachivaches luminosos que llenaban el espacio de sonidos fragmentados, algunos chirriantes. Con todo, se soportaban los ruidos porque las caras alegres de la gente compensaban las molestias. El gentío se repartía entre las tómbolas, las pistas de coches de choque, las tabernas, las norias, los carruseles… En cada una de las atracciones había gente, pero a todas se podía entrar sin necesidad de esperar colas. Probablemente, se estaba llegando al final de las fiestas patronales y todo el mundo estaba agotado.

El paseante se desplazaba sin prisa, observando a cámara lenta todo lo que sucedía a su alrededor. Avanzaba y la avenida no acababa. Se asombraba de la extensión infinita de tantas atracciones, dispuestas en dos filas que se prolongaban sin fin. En ese recorrido sintió la ambivalencia que siempre le asaltaba ante el reto de subir a la torre en ruinas, que quedaba a un lado no muy alejado de esa rúa. Era consciente de los peligros que asumía al adentrarse en esa construcción inestable, pero no deseaba rendirse al miedo. Cada vez que subía, los derrumbes eran mayores, la senda más reducida, casi inapreciable porque se iba borrando en la penumbra que envolvía la ascensión.

Los tramos que quedaban al aire hacían inevitable que el abismo se hiciera presente y la única manera de seguir avanzando era no mirar abajo, sino arriba, a los peldaños inestables de madera carcomida. Incluso, a veces, la secuencia de los escalones no era continua, sino que había que avanzar de dos en dos, al haberse desprendido alguno. Se llegaba a plataformas donde terminaba un tramo de escaleras y el siguiente no existía, por lo que había que agarrarse a los hierros incrustados en la pared que habían servido para anclar la estructura de madera.

Finalmente llegaba a la cumbre, pero no era el campanario lo que encontraba, sino una pequeña puerta que comunicaba con los dormitorios del colegio donde estuvo internado de niño. No merecía la pena el peligro al que se había expuesto para llegar a ese destino inesperado. Sin embargo, en esta ocasión, aunque albergó las dudas habituales sobre si subir o no, y pese a estar de fiesta, también se decidió a adentrarse en la torre en ruinas. Las dudas y el temor al peligro no lo sorprendieron, porque eran los ya experimentados en otras ocasiones. Por eso subió anticipando los obstáculos habituales, con el convencimiento de que debía afrontar ese reto.

Las telarañas y el polvo creaban una pátina que desfiguraba los bloques de piedra y los peldaños desgastados. Al llegar a una altura intermedia, se topó con unos andamios cuya estructura metálica era una tela de araña que impedía avanzar por el trazado de siempre. No se amilanó; en ese enredo férreo, camuflada, descubrió una escalera por la que se ascendía. Se encaramó hasta plantarse en los tablones que coronaban el andamiaje.

¿Dónde vas? —le paró un obrero al que no había visto.
—Quiero subir a la torre.
—No puede ser, los dos pisos superiores han sido privatizados —puso de excusa el albañil para impedir el paso.

Se quedó en silencio, como si necesitara un tiempo para entender lo que le decía el operario y examinar el sitio invadido por ese amasijo de hierros amarillos. En esa observación, efectivamente, contempló que en el piso superior se habían efectuado una serie de reformas e, incluso, se vislumbraba que estaban muy adelantadas, pues se estaba rematando un alicatado en las paredes. Las plantas superiores ya no producían esa sensación de derrumbe inmediato gracias a la consolidación de la obra que se estaba realizando.

No creo que tarden en ser vendidas —terminó de decir el obrero, al mirar hacia abajo y contemplar las plantas en ruinas que quedaban más abajo.

Descendió sabiendo que sería la última vez que visitaba la torre. ¿Fue un alivio? No se puede afirmar que el paseante creyera que ya no correría más peligros al no tener posibilidad de subir al edificio. Sin embargo, se alejó de mal humor, al pensar que el dinero de unos pocos conseguía arrebatar los bienes que eran de todos, aunque fuera una torre a punto de derrumbarse en la que cualquiera que se adentrara podría precipitarse al vacío.

Tal vez por esta razón continuó pasando de atracción en atracción, con una pesadumbre que no había sentido al comienzo del recorrido. Llegó a lo que parecía el final. Le sorprendió encontrarse con un inmenso foso y dudó de que también fuera un espectáculo más de los feriantes, pero no cabía ninguna otra posibilidad, ya que no recordaba que formara parte del paisaje urbano. Lo inédito era que no comprendía su sentido ni en qué medida podía servir de diversión al público. Tal vez por esto recorrió con curiosidad el gran cubo gris. Todo él era de un hormigón pulido. En el fondo había una pileta. Se enteró de que se trataba de un servicio de lavandería donde se podía lavar a la vez la ropa de muchísimas personas. Las dimensiones de la caja eran descomunales para tal fin: cabría una colada de muchas toneladas.

Se quedó perplejo mirando con detalle las paredes suaves donde adivinaba ovas finísimas. Se sentó con el deseo de observar lo que sucedía. Había algún espectador más. Se le arrimó una chica morena. Le extrañó que se aproximara tanto. En esos momentos lo que le llamaba la atención también era la salida, por una pequeña puerta ubicada en la esquina del cubículo, de personas que descargaban montones de ropa en la pileta central. Desde el borde estrecho en el que se había sentado tan solo vislumbraba figuras empequeñecidas, ya que la altura era considerable desde su punto de observación. Entraban a por más ropa y la volcaban. El montón que se iba originando era inmenso, pero insignificante en proporción a las dimensiones del cuadrado. No tenía sentido llenar con agua, aunque solo fuera la mitad, ese receptáculo para lavar tan poca ropa. No lo podía entender.

En esas cavilaciones se encontraba, cuando por la misma puerta aparecieron unos niños de ocho a diez años. Calculó que podían ser doce o quince. Todos vestían igual: una sola pieza azul, cuya pernera quedaba por encima de las rodillas. Eran un grupo alegre y divertido. Al poco, formando una coreografía perfecta, comenzaron a saltar sobre la ropa y a tirarla por los aires, pero con una armonía sincronizada. Le sorprendió su destreza, aunque se convenció de que el espectáculo no le aportaría ninguna novedad más, así que, mientras los muchachos seguían con la colada, se levantó. Y junto a él, la chica que había permanecido a su lado. El borde del foso era muy estrecho y la posibilidad de caer a él le hizo avanzar arrimado a la pared, en la que se apoyaba la cubierta de esa lavadora gigantesca.

Sintió alivio al salir. Andaba junto a la chica. Los dos en silencio. Mientras deshacían el camino, miraba de soslayo su cara. Era guapa, no escandalosamente bonita. Le resultaba agradable, una belleza tranquilizadora. La única duda que le asaltaba era si entablaba conversación con ella. Era consciente de que debía decir algo, lo mínimo: preguntarle su nombre. Sin embargo, le inundaba una pereza invencible. Se sentía dichoso estando a su lado en silencio, sabiendo que la muchacha no se separaría. No obstante, estaba seguro de que ella no abriría la boca, por lo que se convenció de que debía ser él quien iniciara la conversación. Avanzaban, decía adiós a conocidos, pero no se dirigía a ella.

En la mitad de la avenida se encontró con un grupo de amigos. Se paró a saludarlos. En ese momento, uno de ellos se puso a hablar con la chica. La vio tan despierta y risueña que le sorprendió su cambio de actitud, ya que con él había permanecido seria y concentrada, aunque no retraída. En ese momento sintió celos. Era probable que ella terminara liándose. Cuatro palabras y dos gracias iban a ser suficientes para conquistarla. Sintió una rabia incontenible, aunque continuó departiendo con el colega como si no le importara nada de lo que sucedía. Al poco, la chica se puso a charlar con el mismo entusiasmo con otro de sus amigos, mientras él continuaba hablando con ese amigote pesado, al que hacía un tiempo que no veía. Estuvo tentado de alejarse del grupo, pero tuvo miedo de que, al irse, ella no lo siguiera. Finalmente, de manera discreta, se apartó de ellos y se fue a acostar.

Caminó despacio hasta llegar a su casa. Durante el trayecto siguió pensando en esa muchacha y culpándose por ser tan idiota por no haber aprovechado la ocasión que se le había presentado de entablar conversación. Le molestaba que, después de haber estado sus cuerpos rozándose, sin que ninguno de los dos se apartara, ella se pusiera a hablar con cualquiera y no le prestara atención. Pero merecido lo tenía, terminaba reconociendo, porque no solo habían sido los roces, sino también su mirada suplicante, que le había invitado a abrazarla.

Era tal su malestar que en el último momento, delante de su casa, con la mano en el pomo de la puerta, dudó si entrar o dar media vuelta en busca de la muchacha.

Entró sin hacer ruido para no despertar a sus padres. El rumor del amanecer se podía percibir en la penumbra del pasillo. Se metió en la cama, pensando que no tardaría en quedarse dormido. Sin embargo, la inquietud continuó azuzándolo. No podía descansar con esa carga de culpabilidad. Era verdad que, por miedo, por pereza, por inseguridad —a saber por qué—, no había dicho nada a la chica, pero, reflexionando, lo achacó a que, aunque era guapa, era baja y le hubiera gustado que fuera más alta… También estuvo ponderando que sus posibilidades de ligar con ella no eran tantas como él se había imaginado y que, si le hubiera hablado, lo más probable es que le hubiera dado calabazas. Así que se convenció de que había procedido correctamente. Incluso, si ella hubiera estado interesada, la relación hubiera fracasado, porque él no estaba seguro de estar plenamente enamorado… Se acabó durmiendo.

Al despertarse, hubo de apresurarse para no llegar tarde a clase. Aunque sentía mucho sueño, agradeció que volviera la monotonía de los días de entre semana: llenaría las horas con el tedio y el esfuerzo exigente del estudio y la paciencia para oír las lecciones de los profesores. No tuvo tiempo más que para sorber una taza de café con leche y colgarse la mochila con su material escolar. Salió corriendo de casa; el coche del vecino, que lo acercaba al instituto, lo estaba esperando.

Al pasar delante de la parada de autobuses, la vio otra vez: sus miradas se cruzaron con claridad. La chica portaba una abultada maleta y de su hombro colgaba un bolso grande. Volvió la cara para continuar mirándola; ella también mantenía firmes sus ojos sobre él. Antes de perderla de vista, llegó el autobús y pudo ver cómo introducía su equipaje en el maletero.

No contaba con esta broma del destino. ¡No había sido suficiente con la desolación de la noche anterior, que ahora, cuando creía que comenzaba ilusionado la jornada, le abofeteaba una vez más con la aparición fugaz de esa misteriosa muchacha! De nuevo sintió atribulación y cómo su ánimo decaía.

Se bajó del coche a las puertas del instituto, pero no tuvo fuerzas para soportar a los profesores todas las horas de la mañana, que se prolongarían sin fin. Era siempre el vértigo. El vértigo a la eternidad, a caer desde una torre cuya ascensión no tenía ningún sentido, a resbalar hacia un abismo tenebroso donde expiar las culpas, a unirse a una persona cuyo amor aventuraba ser un misterio insondable...

Se alejó hasta llegar al promontorio ajardinado donde se sentó en un banco mirando el horizonte abierto y lleno de una luz cegadora, esperando que la claridad del cielo le borrara la pesadumbre.

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Pelotón de cola 10

Entrarás en casa sin darte cuenta de cerrar la puerta y buscarás a tu madre y le enseñarás la bolsa a medias de cacahuetes para que ella l...