No anduvieron mucho trecho antes de entrar en otro bar con el simple nombre de Tal Cual. Allí se encontraron de nuevo con Bárbara y Paloma. Seve se había marchado o le habían dado esquinazo. Se saludaron entusiasmados, aunque no se sumaron a su corrillo por estar acompañadas por un numeroso grupo de estudiantes, entre los que sobresalía un mozo alto con una pelirroja barba que se hallaba concentrado en el ritual de liar un canuto.
El Tal Cual era un bar montado apresuradamente aprovechando el momento en el que toda la movida nocturna se trasladó a esa plazuela. Se abrió con lo imprescindible, sin cuidar para nada la decoración, como si esta fuera algo superfluo y de poca importancia, sabiendo sus propietarios que no necesitarían ningún gancho especial para que el público sediento entrara a su barra en ángulo recto. Incluso, el local en forma de estrecho embudo no era muy adecuado para el negocio de las copas, pero no mostraron reparos en comprarlo, dispuestos a hacerse con parte de la incalculable masa de noctámbulos que se movían noche tras noche. Los dueños, no teniendo remilgos en inaugurarlo rápidamente, lo denominaron con esa locución tan expresiva.
Se situaron en el lado más corto del mostrador, que les quedaba a la altura de los muslos. Era una posición privilegiada al divisarse desde allí tanto lo que sucedía en el bar como el espectáculo de la gente procesionando por la calle.
La cara del camarero que los atendió le resultó familiar, aunque no sabía dónde lo había visto.
—Sí, hombre. Es Paco, el del Macondo, el bar donde nos conocimos —le ayudó a recordar Chus.
Este le explicó que tanto el Macondo como el Tal Cual eran de un grupo de socios. En realidad, estos empresarios de la marcha habían sido estudiantes que se sintieron más atraídos por el mundo del negocio que por los libros. Perspicaces, se percataron de que podrían acumular un pequeño capital con bares casi pensados exclusivamente para universitarios y se lanzaron a la aventura comercial. De todos modos, era habitual que algunos universitarios que andaban mal de dinero se ganaran la vida sirviendo copas los fines de semana o trabajaran en lo que fuera, especialmente en verano, para ganarse unas perrillas con las que costear la estancia en la ciudad universitaria, sobre todo cuando los padres no tenían muchos posibles.
—¿Tú llegaste a conocer a Eustaquio, el profesor y diputado? —dejó caer la pregunta con toda naturalidad el inspector.
Chus, pensativo, permaneció en silencio unos instantes que se le hicieron una eternidad al policía, al creer que no era muy oportuna la cuestión.
—Sí —contestó tomando aliento—. Pero no lo conocía de la facultad. A decir verdad, lo he visto innumerables veces por allá arriba, aunque nunca he mantenido contacto con él. En cambio, no creo que él me reconociera a mí. Por tanto, no puedo afirmar que lo que sé se deba a un conocimiento directo. No sé si sabes lo que quiero decir… En alguna ocasión he coincidido, aunque la idea que me he formado de él es más por lo que me han contado otras personas que sí lo conocían.
Escaleras se rompía la cabeza tratando de hallar el mecanismo idóneo para que el muchacho fuera desgranando datos. Advertía que el confidente presentaba buena voluntad en contar lo que sabía, mas no encontraba la forma de romper. Por otra parte, consideraba que mostraba cierto pudor en sincerarse y que lo examinaba para cerciorarse de que él era lo suficientemente discreto como para sentirse comprendido y a salvo. Estaba inquieto, se frotaba las manos, se mesaba el pelo y su mirada se perdía en el oscuro local. Descubrió dos sitios libres en un banco pegado a la pared y se sentaron. Aún continuaron un buen rato sin menear los labios. Chus, con las piernas cruzadas, no cesaba de balancear la que colgaba. Echaba de continuo pequeños sorbos del Martini, pero este no menguaba, como si solo se mojara sus rojos belfos.
—Seguramente te habrás enterado de que era un poco mujeriego —volvió a hablar, como si la impaciencia le rebosara—. Pues es verdad solo a medias y casi me atrevería a desmentirlo.
Y miró al policía para comprobar el efecto de la afirmación, sin embargo, Escaleras se había hecho una idea tan imprecisa del personaje que no llegó a inmutarse.
—Esa es la fama de la que disfrutaba entre sus colegas y alumnos. Otros, que lo conocían con mayor profundidad, no pensaban igual. Es cierto que era muy simpático y que estaba rodeado de alumnas y otras que no lo eran, pero de ese dato verdadero sacar la conclusión de que ligaba lo que quería o que se acostaba con la mayoría es absolutamente falso. Las chicas no son tan tontas como para meterse en la cama con cualquiera. De esto tampoco deduzcas que era casto, pues, a decir verdad, alguna sí que se enrolló con él. Son, en todo caso, muchas menos de las que se creen. Él, en intimidad con algún camarada, se quejaba de su mala sombra y asumía con estoicismo el papel de donjuán, que no le resultaba de gran ayuda. Le solía pasar algo que es muy frecuente: que la que le interesaba le daba calabazas y otras que lo amaban a él no le hacían gracia. En concreto, me han dicho que llevaba mucho tiempo detrás de una alumna, y esta, aunque no venga al caso, lo rechazaba descaradamente. Zósimo (así lo llamaban en el círculo de amistades íntimas) era un hombre encantador, de esos de los que toda mujer tiene necesidad en ciertos momentos de su vida, pero no como amante, sino como confidente. En ocasiones, ellas se desahogan mejor con tales hombres que con amigas. Estos sujetos (el diputado podría ser uno de ellos), deberían ser patrimonio de todas y permanecer solteros, no comprometerse con ninguna en concreto y estar dispuestos a acompañar a esas atormentadas muchachas durante uno, dos, tres días, hasta que ellas se sintieran reconciliadas consigo mismas. No es fácil para ellas encontrar a un aliado dispuesto a comprenderlas y entregarse sin cortapisas a un encuentro de esta condición. En este sentido, las mujeres son bastante prácticas y nada egoístas y, del mismo modo que saben agradecer la existencia de estos amigos íntimos, no son acaparadoras y no tienen dificultades en compartirlos, porque acertadamente asimilan que estos compañeros no encierran su amor en el pecho de una sola fémina; sería desnaturalizarlos.
Ambrosio entendía la prolija teoría que acababa de exponer, más que nada, porque le daba la vuelta, y meditaba que, del mismo modo, para los hombres debía suceder algo parecido. Es decir, aunque parezca mentira, ellos se pueden sincerar mejor con una buena amiga, especialmente en cuestiones amorosas, que con otros de su mismo sexo. La sensación de que la comunicación con la mujer o la novia es un coloquio de sordos en ciertas ocasiones y con respecto a algún asunto en concreto es muy usual. La frustración es fortísima y poco sencilla de expresar si, además, surge después de una relación de muchos años. Esta circunstancia quizá sea la más difícil de asumir al creer improbable que se produzca una situación de incomunicación y de desavenencia con la persona de tus sueños. De buenas a primeras, cuando se cree que la vida es perfecta y que se mantiene una armonía indeleble y para siempre, ante el menor detalle sin importancia estalla una discusión imposible de encauzar, nace la desconfianza, la inseguridad se adueña y no se atina con la solución. Todo se pone patas arriba, no solo ya el hecho detonante de la trifulca, sino otros cimientos más sólidos que se creían inamovibles… Son crisis muy profundas que atosigan la paz y no se sabe cómo solventar. Uno es incapaz de propiciar la conversación, pero, al mismo tiempo, siente la urgencia de concretar su incomprensión confesándose con alguien que sepa de lo que se habla. No obstante, el expulsar todos los malos pensamientos acumulados no es el fin de la interlocución, pues el conflicto ha de resolverse entre los implicados. Es probable el entendimiento si el deseo de dialogar es férreo y urgente el perdón y, además, se duda de las convicciones propias. Si alguno de los dos es fuerte para dar este paso, el restablecimiento de la paz afianzada en nuevos postulados es casi seguro. Ahora bien, si el ofuscamiento pertinaz es la baza que se juega y si se prolonga la testarudez reforzando la trinchera del amor propio, es probable que se produzca una lucha perenne, sin visos de que ninguno de los dos sea el vencedor y, en conclusión, cualquiera pueda retirarse solapadamente para encontrar un nuevo aliado con el que disfrutar la paz armoniosa de otro vínculo amoroso.
No hace falta incidir en la desgracia que supone tanto para el que sale huyendo en busca de un otro amante como para el que, armado de razones hasta los dientes, se topa con que ya no tiene un adversario al que disparar su ira. Por eso Escaleras llegaba a la conclusión de que la sinfonía del afecto, por muy bella y deliciosa que sea, produce hastío y cansancio en el transcurso de los años y, en conclusión, los amantes, músicos veleidosos, deben esforzarse por escribir partituras novedosas para que la facultad de composición afectiva no se anquilose.
—Personas así, como el diputado, no me producen ni pizca de envidia, más bien las tengo por desgraciadas e incomprendidas. Si, de alguna manera, sus éxitos amorosos fueran más numerosos y resultaran una recompensa a sus desvelos, me sentiría muy aliviado, porque creo que se lo merecen. Lo malo es que, aunque en ocasiones sean el moquero del soliviantado género femenino, estos donjuanes pecan de elitismo, actitud que es crudamente humana. Se sienten magnéticamente atraídos por la belleza, sobre todo de la de las lolitas. Enseguida detectan la candidez virginal a su alrededor y mendigan babeando el infantil juego de las sonrisas y de los devaneos más tiernos. Llegan hasta un punto que chochean. No hay nada más asqueroso que ver una barriga asfixiando unos pantalones de pinzas en los que flotan unas piernas flacas, junto al ceñido talle del voluptuoso cuerpo de una adolescente —expresó con evidente desprecio Chus.
Los silencios reflexivos inevitablemente seguían a sentencias tan solemnes, como si ambos necesitaran mascullar los pensamientos que se vertían en la conversación. El ensimismamiento de la conversación construía una campana de silencio en la que solo se oían las palabras rotundas y las ideas que a la vez se rebelaban en la cabeza. La música, las conversaciones y el inaudible murmullo rebotaban en su diálogo. Casi no se percataron de que el numeroso grupo en el que iban Bárbara y Paloma había pasado delante de sus narices camino a otro bar.
Las consumiciones calientes todavía mediaban. En silencio las apuraron lo antes posible. Escaleras comprendió que la fluidez del intercambio verbal —mejor dicho, de los soliloquios de Chus— no se reanudaría hasta pasar a un nuevo local. El chaval no quiso acabar el Martini y lo invitó a levantarse.
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