09/11/24

El laberinto del páramo


Absorto, fijó su mirada en el camino blanco que ascendía por el valle. La empinada cuesta le supuso un intenso esfuerzo al comienzo. La mañana amenazaba lluvia. Solo pretendía dar un paseo para estirar las piernas. Cauto, se armó de un paraguas por si arreciaba el aguacero. Antes de alcanzar la cota más alta, a su izquierda se presentó el camino real, cuyo cauce estaba despejado de la maleza que habitualmente lo invadía. Cambió de plan: ya no cruzaría la llanura en línea recta hasta alcanzar la fuente. Pensó que, si torcía a la izquierda por la ruta que normalmente no estaba libre, el recorrido sería circular y se adecuaría al tiempo que deseaba dedicar a realizar ejercicio. Siguiendo esa senda, esperaba hallar el camino que unía el pueblo bajo con el pueblo alto. Como era previsible, hubo de abrir el paraguas para protegerse de la lluvia. De momento, en esa dirección, le daba de espaldas.

El cielo era gris; solo se adivinaba, en su blancura, el algodón de alguna nube que parecía mecerse a ras del suelo. Toda la bóveda celeste dejaba caer una llovizna fría. La temperatura descendió, aunque con el movimiento, no le molestaba. La humedad de las semanas anteriores había propiciado una otoñada muy exuberante; las parcelas verdeaban como praderas. A ambos lados del camino surgían viñas plantadas no hacía muchos años y los montones de piedras que los labriegos levantaban al arar. Hierbajos desmesuradamente altos a ambos lados del camino contemplaban al viajero. El silencio era absoluto; la lluvia leve caía sobre la tierra mullida y los pájaros se habían refugiado en los valles bajos.

Esperaba encontrarse a alguien: un cazador, otro caminante, quizá algún labrador, si bien no era momento de realizar ninguna labor hasta que el terreno no se oreara. Silencio. Dejó de pensar y su imaginación se contrajo hasta desaparecer. Solo él, andando, hasta alcanzar el cruce donde tomaría el camino de vuelta. No tenía prisa, no iría a misa. Hasta la hora de la comida había tiempo. Pero ese cruce de caminos tardaba en aparecer. Las rodadas de los tractores dejaban un trazado de hierbas, unas secas, otras aún vivas, por las que pisaba para evitar el barro pegajoso que se iba originando en las partes desnudas.

Miraba a lo lejos. No descubría si no eran las muertas torretas del cableado eléctrico que cruzaba el páramo. Otras parcelas en barbecho exponían con temor su desnudez; en ellas, el frío y el silencio se acrecentaban. Las matas aisladas transmitían una sensación de abandono, como si el labrador se hubiera olvidado de meter el arado en ellas, o estuvieran castigadas en un irremediable purgatorio. Por fin consiguió entrever un espacio blanco en el que suponía se encontraba el cruce. Sí, allí, dos caminos. Se cambió al otro. Una falsa percepción le hizo creer que descendía con suavidad y que no tardaría en llegar al pueblo bajo. En esos momentos, hubo de inclinar el paraguas hacia adelante para que el agua no le diera en la cara. Sin ser la lluvia de mucha intensidad, a fuerza de caer había conseguido que toda la tierra se convirtiera en un barrizal. Ya no era fácil hallar dónde pisar sin que las botas se hundieran en el fango. Ahora, el esfuerzo para avanzar era mayor. El paraguas abierto era una pared contra la que había que luchar. Lo aportaba para comprobar si aparecían señales de que el pueblo bajo se hallaba cerca. Pese a creer que ya había transcurrido un tiempo razonable para conseguir completar la vuelta, el castillo, testigo aislado que marcaba la altura en el valle, no aparecía. Continuó un poco más. Nada, la fortaleza se había hundido en la honda laguna verde del páramo. Se detuvo. Miró en todas las direcciones. Desconcierto. ¿Seguro que había tomado la ruta correcta para regresar? No, se convence de que se ha equivocado. Mira la parte dejada atrás, a los lados y también a la meta a la que se dirigía. ¿Cuál era la dirección correcta? No lo sabe. Está perdido, solo. No hay nadie, ni un cazador, ni un agricultor que le puedan ayudar a orientarse. ¿Se da media vuelta hasta encontrar el cruce y regresa por el camino ya recorrido, o se aventura a continuar en la misma dirección, o desviarse a la izquierda o la derecha?

Mira el cielo gris cercano en busca de un resplandor dorado para orientarse con el sol. No halla el menor destello en esa densa masa que envuelve la llanura. Hasta entonces, el hambre no se había despertado, pero en medio de esa incertidumbre, proclama con aullidos su presencia. Acalla ese temor, convenciéndose de que es pronto para notar su amenaza. Continúa avanzando en la dirección que llevaba. Se pone nervioso cuando en un punto surgen dos caminos. El de la derecha da la sensación de que se desvía; el de la izquierda se adentra en una zona en declive en el que la maleza y los arbustos abundantes dificultan avanzar. Este es el camino que elige.

Ahora, a sus botas se adhieren unos mazacotes de barro que le impiden levantar los pies. La densa vegetación del que parece un antiguo camino le puede herir la piel de las manos y la cara, pero si sube a las tierras que lo bordean, quedará atrapado en el fango de los surcos… No deja de levantar la mirada en busca del castillo del anhelado valle del pueblo bajo. No cree posible lo que está sucediendo. Él, que tantas veces se ha vanagloriado de su buen sentido de la orientación, tanto en el espacio, como en la vida… Ahora, perdido. Sin nadie que le eche una mano. Solo en su desesperación, asfixiado en su propio sudor, empapado con esa lluvia pertinaz que cala en silencio. Sucio de arriba a abajo…

Sí, allí, entre la neblina, parecen ser las almenas de la torre de homenaje. Avanza unos metros y, poco a poco, la silueta de la fortaleza emerge ante sus ojos. 



06/11/24

Habitación interior

 

—¡Fóllatela! ¡No seas tonto!

Me dejó perplejo el consejo de C., el colega al que le conté que había quedado varias veces con M., la novia de otro amigo llamado P. No esperaba que utilizara palabras tan groseras. Era la primera vez que le oía algo tan soez, después de haber convivido con él durante dos años en el pasado.

—No, no puedo.

En ese momento, supe que nunca más podría confiar en él ni sincerarme contándole lo que me sucedía. Apenas había pasado un año y medio desde que me hube de ir de la ciudad para cumplir el servicio militar, pero él ya no era el mismo. Supuse que los primeros años de universidad lo habían curtido en el ambiente estudiantil y de ahí, su grosería.

No es que no se me hubiera ocurrido la idea. Estaba claro que M. buscaba algo. Tan solo era cuestión de que yo dijera que sí, que tomara la iniciativa de atraerla a mis brazos y besarla. Otro en mi lugar no se habría cortado. Yo no estaba pudiendo. Desde el primer encuentro en mi habitación, quedó claro que M. era una osada. Sin embargo, como un caballero, aguanté imperturbable su cercanía fingiendo no notar su sonrisa insinuante. Su visita se me hizo eterna. No parecía tener prisa, pese a decirle cuando entró que estaba estudiando y de ver sobre la mesa los apuntes esparcidos. Le ofrecí una infusión. No sé si porque no era de su agrado o por estar muy caliente, tardó una eternidad en apurarla. No se levantó de la cama en la que había tomado asiento hasta que llegó la hora de la cena.

—Espero no haberte aburrido, y disculpa por la visita.

—No, ni mucho menos —mentí, por no ser descortés.

—Vuelve cuando quieras —la animé sabiendo que con bastante probabilidad me tomaría la palabra, aunque albergaba la esperanza de que se hubiera percatado de que solo era un cumplido.

Me había topado con ella de casualidad cerca del piso en el que había encontrado habitación libre después de retomar mis estudios. Me parecía imposible que llegara ese momento tras someterme quince meses a la disciplina militar. M. vivía cerca, y fue una sorpresa agradable descubrir que éramos casi vecinos. Su novio también estaba realizando la mili. Me imaginé que se sentía sola y aburrida. Se interesó por conocer la dirección de mi piso. Le proporcioné esa información creyendo que tan solo era para hacerse una idea exacta de mi ubicación. Por eso, cuando mis compañeros me llamaron a la puerta de la habitación para comunicarme que una chica preguntaba por mí, no supe quién era hasta que la vi entrar.

—Me he acordado de ti y me he dicho: voy a verlo. Espero que no te moleste.

—No, ni mucho menos.

No podía darle otra respuesta. Me parecía un acto de caridad hacer compañía al solitario. Me vino también a la mente el refrán que decía mi madre: «Mal está el que se mete en una casa, pero peor el que le echa». Era comprensible que, acostumbrada a P., después de varias semanas de ausencia, necesitara pasar el rato con alguien.

M. no estaba mal. Era una chica bastante agraciada, de rostro atractivo y un cuerpo voluptuoso. Quizá me habría sentido más cautivado, si no fuera la novia de P. No es que no disfrutara de su presencia, ni que no ideara acariciarla y juntar mi cuerpo al de ella. Pero un mandato solemne y pesado, como puerta de acero de una fortaleza, me impedía tomar su mano. Y no es que no tuviera necesidad de estar con una mujer tras tan largo periodo de abstinencia sexual encerrado entre los infranqueables muros del acuartelamiento militar. Más bien todo lo contrario. Ninguna mujer se me había acercado mientras tuve la cabeza rapada y vestí el uniforme caqui.

Quizás ella habría entendido mi situación si se lo hubiera contado. Seguro que no era nada extraño, ya que esa necesidad urgente la sentirían tanto ella, como su novio, cuando este obtuviera un permiso. Pero me callé, y me esforcé por contener la tensión sexual, más al saber que se moría de ganas.

Sí. En el análisis que realicé después de marcharse, no solo me convencí de que me buscaba para liarse, sino que me asusté de su ímpetu. Temí que, si me entregaba, me anegaría en su cuerpo. Que ejercería una fuerza gravitatoria hacia su interior hasta hacerme desaparecer. Que su coraje y entrega exigirían de mí una respuesta similar. Me dio miedo de que esto pudiera producirse. Además, supe que, en el caso de que llegara a ocurrir ese encuentro sexual, no me enamoraría y ella también continuaría la relación con P. ¿Cómo si no hubiera sucedido nada entre nosotros? No estaba seguro. Más bien sostenía lo contrario. Antes o después, M. contaría a P. que nos habíamos visto y que acabamos intimando. Lo diría como lo más natural del mundo. No podría soportar si en algún momento se iba de la lengua. ¿Con qué cara los miraría, sobre todo, a P., cuando me encontrara con ellos? Para M. seguro que no supondría una incomodidad, pero me convencí de que P. no lo aceptaría sin planear una venganza. No estaba dispuesto a vivir esperando el momento en el que él decidiera tomarse la justicia por su mano. No era miedo a una agresión, sino a una venganza sutil y corrosiva que sería imposible soportar. Lo que más me molestaba es que cuando esto sucediera, M. pondría una cara angelical, como si no hubiera roto un plato. No lo podía soportar. Por eso aguanté estoicamente todas las embestidas de M. en las sucesivas visitas. Le propuse que tomáramos una copa en algún pub. Dijo que no. O un café a media tarde en un bar. Me sonrió y me respondió que no bebía café. Así que terminábamos encerrados en mi habitación. No volví a ofrecerle una infusión. Charlábamos. Ella se reía y se acercaba. Me halagaba todo lo que yo la permitía. Le notaba cómo se le iluminaban los ojos y cómo, a veces, le temblaba la voz. Fingía no darme cuenta y cambiaba de tema de conversación cuando estaba a punto de confesar sus sentimientos y propósitos. Si se acercaba y nuestros cuerpos se rozaban, procuraba controlar mi excitación. Siempre lo logré, aunque no tenía todas conmigo de que más pronto o más tarde acabara sucumbiendo a sus insinuaciones. Por esto, y porque la habitación daba a un patio interior y no se aireaba lo suficiente, determiné buscar otro piso lo más alejado de M. Nunca más me encontré con ella, si no era compañía de P.



Pelotón de cola 10

Entrarás en casa sin darte cuenta de cerrar la puerta y buscarás a tu madre y le enseñarás la bolsa a medias de cacahuetes para que ella l...