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20/05/26

El ladrón de libros

 

Madrid en agosto está desierto. Las calles, con sus árboles al atardecer, conceden una sombra plácida al paseante. La circulación transcurre con una modorra espesa; los conductores, incapaces de seguir el rastro de los escasos vehículos que los preceden, avanzan con lentitud. Los porteros apacientan sus barrigas prominentes, cubiertas con una camiseta blanca de tirantes, ventilándolas con la brisa que a esas horas corretea por las aceras; sacan una silla de tijera y contemplan atónitos a los viandantes que no han salido de la metrópoli.

Madrid, en agosto y en domingo por la tarde, es una ciudad que ha expulsado a sus vecinos, como si fueran roedores molestos o perros escandalosos. Los ancianos heredan el trono de su antigua ciudad y recorren los parques, las plazas y las avenidas cercanas a su vivienda en busca de viejos bares donde saborear una cañita con berberechos.

Madrid, a últimos de agosto, es un rescoldo que se apaga, pero sus calles y fachadas parecen más doradas y brillantes. No parece tener tiendas, quioscos ni apenas bares. Los que regresan se reincorporan silenciosamente a la ciudad y los habitantes agosteños se recluyen traqueando en destartalados inmuebles. Es una ciudad sin dueño. No pertenece ni siquiera a los niños.

Al atardecer del domingo, un madrileño trajeado se recogía. Era Nicolás Viñas, un anciano de porte estilizado. A punto de cumplir los ochenta, era un jubilado huraño y taciturno que solo salía de su barrio cuando intuía la soledad de la urbe. Nicolás era casi desconocido para sus propios vecinos. No tenía parientes ni amigos con los que compartir las minucias de una existencia que se extinguía como los días de ese estío. Ser de pocas palabras, sonreía, sin embargo, al saludar cuando se encontraba con alguno de los ancianos que vivían cerca de él. No tenía visitas ni llamadas de teléfono. El contacto con el mundo lo establecía a través de una copiosa correspondencia, que incluía un enjuto diario de provincias que le llegaba con bastante irregularidad. Tan solo abría el buzón por la tarde, aprovechando que salía de su enclaustramiento para depositar una lúgubre bolsa de basura en la acera y comprar los pocos alimentos necesarios para su subsistencia.
Esa tarde de domingo del mes de agosto sería la última del estío en que se alejara tanto de su calle, quizá la última de su vida. No presentía un óbito inminente, aunque a esa edad no se permitía el lujo de olvidar la muerte. Lo había decidido en la mesa del bar cuando disfrutaba la blanquísima espuma de su caña. Tenía en la boca una aceituna con anchoa donde parecía concentrarse el sabor de todas las tardes que había disfrutado a lo largo de la temporada. Era un sabor intensísimo que permanecía en el paladar. No se aventuraba a más en la soledad de la capital y creía que era el momento oportuno de hibernar. No convenía esperar demasiado, tan solo el instante inmediato, como podía ser concluir su bebida y llegar con paso lento pero seguro al portal de su casa. Se despidió de Receso, el sempiterno camarero de edad indefinida que siempre le atendía y con el que no compartía sino el saludo seco; le dejó una cuantiosa propina, que en el lenguaje tácito de ambos significaba que se despedían hasta el próximo verano.
Sus andares eran deliberadamente más pausados de lo habitual. Percibía los escasos sonidos de una calle desierta: el murmullo de la brisa, el arrastre de su calzado, el rumor apagado de la urbe, el gorjeo de buenas noches de los gorriones. El paisaje urbano pasaba desapercibido; la única curiosidad malsana que conservaba era mirar la basura y revolver con su bastón lo que le llamaba la atención. Esta costumbre se había transformado en una pasión incontrolada. Hacía ya muchos años que no la reprimía; le daba lo mismo que la gente lo contemplara como un indigente revolviendo las inmundicias. Una de las pocas ventajas que acarreaba el cúmulo de años era la merma de la vergüenza. Nicolás se regodeaba removiendo y curioseando entre lo que otros desechaban, aunque, en realidad, tan solo le causaba un placer indescriptible el hallazgo de libros, revistas, periódicos y cualquier tipo de publicación. Su biblioteca contenía millares de volúmenes que a partes iguales habían ocupado los anaqueles mediante compras o búsquedas en la basura. Su verdadera afición eran los libros. Los quería y conocía a cada uno —sabía dónde los había encontrado o comprado; por qué motivos los adquirió y qué inquietudes le despertaron—. Su memoria se servía de los libros y de las revistas para recordar su biografía, como si se hubieran transformado en hitos que señalaban el itinerario vital de un hombre que se iría de este mundo sin dejar huella.

Los libros seguían un proceso de selección para formar parte de su biblioteca; no todos los que se encontraba pasaban la criba. Lo más importante era su estado. La temática era lo de menos: cualquiera podía ser interesante en un momento oportuno. Este era el criterio principal: si descubría deterioro en sus hojas, o si se hallaban muy manoseadas, le daban asco y se desprendía de ellos lo antes posible como si estuvieran infectados. Su biblioteca era como un colegio de huérfanos: él rescataba de la oscuridad los libros abandonados, que pasaban a formar parte de su librería. Al principio sentía curiosidad por saber quién se desprendía de ellos, pero pronto prefirió ignorar la identidad de aquellos desidiosos propietarios. Los quería a todos por igual.

Las horas del día no daban para más, y eso que eran veinticuatro. Sin embargo, no se quitaba tiempo de sueño. Seguía durmiendo pasablemente bien ocho o nueve horas y echándose su siestecita. También le gustaba enterarse de lo que pasaba en el mundo a mediodía y por la noche en la radio o en la televisión. Incluso no se aburría siguiendo alguna película, aunque no la comprendiera del todo. Así, dedicaba las mañanas a la lectura. Leía varios libros a la vez: siempre una novela junto a otros de temáticas diversas.

Por las tardes, después de siesta, disipada ya la modorra, redactaba fichas con los argumentos y las ideas más llamativas de los textos leídos. A media tarde, encendía el transistor para oír los amenos programas radiofónicos y comenzaban las horas destinadas a su labor de bibliotecario: redactar fichas de catalogación, forrar las tapas, datarlos y firmarlos para atestiguar su pertenencia... Era entonces cuando hablaba con ellos, sentía nostalgia y acudían los recuerdos.

Al mermar la claridad, calentaba un poco de leche y merendaba mojando unas galletas. A veces, con eso, se daba por cenado.

En sus cuatro paredes era feliz. Sin embargo, de vez en cuando, se sentía desdichado. Durante años se había atormentado con la idea de no tener descendencia. Nadie lo recordaría. Pasaría por este mundo sin dejar huella. Se sentía muy desdichado, pues su existencia no tendría valor. Un hijo, o varios, habrían prolongado su paso por la tierra. No consideraba imprescindible su aportación para mejorar la humanidad, aunque quizá sus descendientes dieran con la fórmula para conseguir ser más felices. Hacía ya mucho tiempo que no se torturaba con esa idea. ¿Para qué? Si ya era del todo inviable…

Pero la obsesión no se había detenido ahí. De nuevo le asaltaba la paranoia de la perdurabilidad, de legar algo que mantuviera vivo su nombre después de la muerte. Se trataba de convertirse, aunque solo fuera ocasionalmente, en escritor con el propósito de dejar a la posteridad uno de sus bien amados libros. El que había sido como un padrastro para tantos volúmenes quería convertirse en progenitor de uno; que este llevara la misma sangre que corría por sus venas. Era una forma hermosa de ser recordado, de que el nombre se dibujara en los labios de la gente. ¡Claro que no era ni mucho menos fácil!

Dicho y hecho. Se puso manos a la obra. Con el brío que otorga la claridad de ideas y la seguridad en sí mismo, antes de haber escrito una línea, veía la novela publicada y expuesta en los escaparates de las librerías. No le faltaban ideas para argumentos; si bien se inclinaba por algo autobiográfico. El teatro era uno de sus géneros predilectos, pero no creía conveniente escribir un monólogo, que es lo que era su vida. Descartado ese género, una de sus ambiciones era redactar una voluminosa novela a semejanza de las que crearon los escritores realistas del siglo XIX. No le faltaban ganas, pero calibró bien sus fuerzas y una obra así no se escribe en dos días; quizá era un proyecto que se alargaría durante lustros y él no podía confiar excesivamente en el futuro. Por eso, sus primeros titubeos con la pluma se orientaron a contar su historia en dos centenares de páginas. Lo veía asequible en poco tiempo.

Este proyecto alteró considerablemente su rutina diaria. Por de pronto, como las horas del día seguían siendo las mismas y no estaba dispuesto a quitarse tiempo de sueño, ni renunciar a los ratos de televisión, hubo de abandonar alguna de las actividades. Aunque dudó entre prescindir de la lectura matutina o los trabajos bibliotecarios vespertinos, pronto se percató de que la primera era irrenunciable, porque suponía un acicate que le estimulaba la redacción de su obra; así que no le quedó más remedio que postergar el trato con los libros que todavía permanecían en el estante de los desamparados.

Pronto encontró sus limitaciones. Intentó imponerse una disciplina para sentarse delante del folio en blanco, como había oído que hacían los grandes escritores. A las diez en punto desenroscaba el capuchón de su pluma. Aunque generalmente ya sabía por dónde iba a proseguir el relato porque la tarea la abandonaba no cuando se le agotaban las ocurrencias, sino cuando estas bullían con más energía, las primeras palabras se resistían. Pero pronto se calentaba y venían por sí solas, una detrás de otra. Con todo, el montón de folios apenas subía. Se propuso rendir algo más, aguantar sentado un poco más cada día; sin embargo, eso no se tradujo en más tarea. El ritmo se volvía inflexible y, cuando terminaba un folio, aunque tuviera muchas ideas, el estilo se debilitaba y él se sentía fatigado, de tal manera que dejaba de escribir.

Al pasar las hojas manuscritas, se regocijaba ante la exquisitez de su propia caligrafía. Sin embargo, leía algún párrafo suelto y ya no encontraba en él la chispa ni la calidad que había creído darle. Por eso no se atrevía a releer, ya que se desanimaba.

El desaliento llegó. Las ideas continuaban muy vivas en su imaginación, pero Nicolás presintió que algo no marchaba como era debido. La fe inicial en sus dotes de artista se disipó a medida que el tiempo se prolongaba y no tenía en sus manos esa novela impresa que su imaginación ya confundía con la realidad. Había días en que dejaba la pluma al poco rato de ponerse: no confiaba en que gustara lo que estaba escribiendo. La historia, el protagonista eran anodinos, simples, sin gancho. Su ritmo de vida, sus calamidades resultaban vulgares, desvaídas. ¿A quién podrían interesarle o quién podría sentir curiosidad por ellos? Y lo peor, ¿qué editor arriesgaría un duro en la publicación de una obra de un autor desconocido que, además, tenía un pie en la tumba?

Sin resignarse a concluirla, decidió que lo más conveniente era dejar reposar durante un tiempo los folios manuscritos. Tal vez con el paso de los días, la calidad del estilo y la historia en sí mostraran una faz más atractiva. Guardó en una carpeta azul las hojas, las notas, los borradores y los esquemas, olvidándose del proyecto y regresando feliz a su rutina cotidiana.

La vuelta a sus tareas habituales le produjo al principio una felicidad infantil. El anciano aprendió (si es que los viejos aprenden) que los cambios de actividad son reconfortantes y reaniman la vida. Pero pronto comprendió que esa dicha era un espejismo: su obsesión literaria reapareció, si cabe, con más virulencia. Lo peor era que no se atrevía a tocar la carpeta donde le esperaba el manuscrito; le daba asco. Por ese camino y con aquella historia no podría continuar ni siquiera para rematarla y sentirse a gusto consigo mismo por ser capaz de finalizar un relato.

En esos momentos de duda se le pasó por la cabeza salir a dar un paseo por la ciudad; no obstante, desechó esa puerilidad. La zozobra que le azotaba le impedía concentrarse en la lectura; tampoco se tranquilizaba manejando fichas ni acariciando las tapas de sus libros. Persistía en él el deseo de ser escritor. No renunciaría por comodidad a un ideal que le daba alas para luchar contra un destino que parecía haberlo condenado desde siempre al anonimato. Estaba dispuesto a llegar hasta donde hiciera falta con tal de conseguirlo.

Maquinaba dos alternativas. No cejaba en su empeño de escribir algo. Seguía convencido de que tenía las dotes suficientes como para contar una historia. Tal vez no de la envergadura de una novela, pero sí de la de un cuento. Comparando lo que se publicaba, no desmerecía con respecto a algunos escritores; así, al menos, se juzgaba a sí mismo. La otra posibilidad, por el momento, la olvidó, aunque centellease de vez en cuando en su cabeza.

También con los cuentos se equivocó. No era una modalidad que se acomodara a su estilo. La historia daba más de sí, engrosaba, y los folios alcanzaban una extensión que hacía inviable el proyecto. Los personajes no terminaban de adquirir personalidad literaria, porque era necesario prescindir de los detalles menores. No consistía en complicar el estilo con alardes de magnífica sintaxis; más bien exigía una depuración permanente. La corrección se hacía más que nunca necesaria y Nicolás, cada vez que borraba una palabra o tachaba una frase, enloquecía de disgusto: eran manchas que afeaban su exquisita caligrafía.

Nunca remataba los cuentos. Ensayaba historias diferentes o personajes nuevos: unas y otros sobrepasaban los límites aconsejables de extensión. Se le despertó la curiosidad por saber cómo conseguían los escritores narrar una historia en unos cuantos folios. Leía a grandes cuentistas e indagaba en el alma de su escritura, intentando atrapar algo de ella. Su reflejo del mundo era opuesto al suyo: del detalle al conjunto; del hombre a la humanidad. Los personajes renunciaban a la certeza llevados por la relatividad imperante, que reflejaba el miedo del hombre a la vida y a la verdad. A esta siempre se la devaluaba, así como se atenuaba la mentira o el engaño. “¡Pamplinas! —exclamaba Nicolás, enojado—. Esto no son cuentos ni son nada.” Sin embargo, de poco le servía desazonarse: aunque no comulgara con los cánones literarios del momento, no le quedaba más remedio que adecuar su mentalidad a la de la época en la que vivía.

Voluntad y afán de superación no le faltaban a Nicolás. Escribió mucho y sintió un deleite reconfortante. Sin embargo, ninguno de los cuentos que concluyó le satisfizo por completo. No cuajaban; todos flaqueaban en algo. Hasta que exprimió las ubres de la imaginación y dejó de acudirle cualquier historia a la mente, posibilidad que le parecía incierta y remota, pero que terminó haciéndose realidad.

Lo que más incertidumbre le producía era la valía de sus cuentos. No conocía a nadie a quien pudiera dejárselos leer para recabar su opinión. La suya no contaba demasiado; además, era negativa, aunque cuanto más tiempo transcurría mejores le parecían sus narraciones. No obstante, era incapaz de presentar al sabio público lector un solo cuento que le diera la seguridad de que era bueno.

Guardó los manuscritos en el fondo de un arcón donde no pudiera acceder con facilidad y volvió a sus quehaceres cotidianos. Era mejor olvidar esa quimera y disfrutar, como lo había venido haciendo, de los breves pero intensos placeres de sus ocupaciones de antaño. Creyó haber abandonado aquel proyecto quijotesco, pues disfrutaba como nunca de sus libros y de su vida ordenada. Sin embargo, pasados unos días, la incomodidad de esa espina clavada le hirió en su amor propio. La leve molestia se acrecentó hasta ser un dolor insoportable, sobre todo porque no hallaba un antídoto que lo calmara. Se decía que no era ni siquiera un escritor corrientucho; aquella angustia le acompañaba en su lenta agonía. Desear y no poder. Se humillaba hasta despreciarse…




Esa última tarde de agosto decidió que su proyecto no se quedaría empantanado; merecería un tercer intento. No le había llegado la inspiración oportuna, pero su terca voluntad se imponía mientras se dirigía a sus cuarteles de invierno. Antes de que los días menguaran aún más, le era preciso desenterrar su tesoro literario o inaugurar un cuaderno con un relato inédito. Quizá este fuera su último invierno, su postrera oportunidad de perpetuar su nombre. Su disposición de ánimo era más prudente. Sin embargo, su ilusión se mantenía intacta y eso le proporcionaba el estímulo necesario para no rendirse.

El lento caminar hacia su retiro estaba acompañado por la incertidumbre de la despedida. En el corto trayecto del café a su casa descubrió las basuras apiladas al borde de la acera. Las bolsas eran recientes; aún no habían sido horadadas por los animales vagabundos. Aparte de los escasos sacos de plástico de los vecinos, encontraba montones de cajas depositadas por los tenderos, mientras preparaban sus negocios para la reapertura. Nicolás examinaba la pila de despojos como un chucho. No esperaba encontrar nada digno de ser rescatado del ansia feroz de los basureros; pero, del mismo modo que el cazador no pierde de vista el horizonte hasta abandonar el campo, Nicolás tampoco renunciaba a la esperanza de un hallazgo repentino que le proporcionara una nueva publicación. Vana ilusión de alguien que no cejaba en su ímpetu escrutador y que encontró su veta en una caja insignificante. No llamaba la atención y sus tapas dobladas no dejaban entrever qué ocultaba. Sin embargo, con su bastón tanteó el peso. No estaba vacía. Con cautela abrió la solapa y descubrió varios libros impecables, ordenados de tal manera que recubrían otra caja del tamaño de una caja de zapatos. No se avergonzó: se agachó y se la llevó. Remigio, el portero de la finca, le echó una mano hasta llegar con la carga a su piso.
A la mañana siguiente, recuperó las antiguas rutinas que todo escritor debe imponerse. Poco provecho pudo sacar: entre recuperar los antiguos manuscritos y ordenar el escritorio, se le fueron las primeras horas. La lectura de aquellas hojas le produjo impresiones contradictorias. La mayoría, si se hubiera dejado llevar del ansia de destrucción, la habría quemado; mas el afán de no tirar nada, de guardar las cosas para una ocasión mejor, le contuvo y las volvió a archivar. Una pequeña parte le sorprendió gratamente y hasta dudó de que hubieran salido de su pluma. Eran líneas en las que comenzaba a abrirse paso un estilo primoroso: señalaban un recorrido de ideas iluminadas con elegancia. No obstante, el trayecto de la narración se adentraba repentinamente en túneles oscuros o cruzaba enormes puentes sin continuidad entre sus extremos; otras veces, la historia derivaba en curvas peligrosas que obligaban al conductor a prestar más atención al trayecto que al placer de conducir...

Nicolás se levantó y se dirigió a la cocina. Calmaba su nerviosismo zampándose unas golosinas. También eran su recompensa al finalizar la tarea y, cuando la tensión le acosaba delante del cuaderno, las galletas y un vaso de leche le concentraban y le iluminaban. Tenía otros truquillos. Si se atascaba en mitad de la faena, emborronaba hasta casi desgastar el papel o empapaba con tinta las tachaduras.

Los comienzos eran imprevisibles: surgían solos o se sublevaban porque los vocablos se resistían y las ideas se escurrían en su imaginación. Esto es lo que le sucedía en este tercer intento. De nada le servía la experiencia anterior de sus fracasos.

Una de las conclusiones a las que había llegado Nicolás era que escribir debía ser una actividad lúdica, pasárselo bien. Si no disfrutaba, era como si estuviera pariendo.

En una radio oyó las señales horarias. Miró el reloj. La una. La mañana había pasado. Su cosecha fue un folio. Volvieron los errores de siempre. Aquellas líneas no eran más que una introducción sin función en el relato que pretendía escribir. En cambio, el lenguaje era impoluto y brillante. Nicolás llegó a creer que no sería capaz de conjugar argumento y estilo. Si la historia, las ideas o el tema le parecían interesantes, juzgaba el estilo pobre e indigno. Pero si este era literario, la historia se desdibujaba hasta perder todo interés.

—¡Una birria! —acabó exclamando.

No le sentaron bien las patatas con arroz; las tragó sin masticar. El anciano miraba la televisión, que relampagueaba imágenes de una actualidad incoherente, y se desazonó. Se percató de esto cuando al finalizar no le vino la modorra acostumbrada.

Porque aquella primera mañana hubiera resultado infructuosa no debía desanimarse. Siempre cuesta imponerse un ritmo. Con un talante más relajado, olvidó la frustración. Para destensar los nervios, revisó con más detenimiento la caja rescatada a esos buitres nocturnos que eran los basureros.

El hallazgo era raro y sorprendente. Los libros estaban impecables. La encuadernación era de pasta dura. Su propietario debía haber tenido un gusto exquisito. Se trataba de obras literarias y ensayísticas de autores afamados. Alguien que, se decía el viejo Nicolás, debía de haber pasado muchas horas en su biblioteca. Un alma gemela. Con todo, lo más llamativo fueron los cuadernos de la caja de zapatos: unos tenían hojas cuadriculadas o rayadas; otros, hojas blancas. Nicolás se quedó atónito. No se atrevió a curiosear. Nunca, a pesar de hallar documentos manuscritos de muy diversa índole —desde cartas hasta libros de cuentas—, leyó una línea de aquellos documentos personales. Se sentía un delincuente que violaba la intimidad de la gente. Además, temía leer cualquier asunto que desestabilizara su existencia. Sin embargo, la atracción de hojear los cuadernos era irresistible. Terminó apartando la caja. Aventuró que eran un diario, razón de más para no traicionar a su autor. Especuló sobre su personalidad y dedujo que no había sido él quien había depositado la caja en la basura; asimismo, quien los tiró tampoco era un bibliófilo. ¿Justificaba la muerte de aquella persona semejante abandono? ¡Qué pena! Lo mismo le sucedería a él con su biblioteca y con todos sus enseres. Un almonedista compraría el ajuar y este acabaría en las calles del Rastro. No era capaz de escapar a esos designios. Tal vez fuera mejor quemar todo en una hoguera.

Se había metido en la cama antes de la hora acostumbrada; súbitamente, la fatiga y el sueño lo invadieron y determinó que donde mejor estaría sería en el catre. No tardó en dormirse, aunque el sueño duró poco. Se despertó creyendo que gran parte de la noche habría pasado, cuando en realidad escasamente habían transcurrido dos horas. Se incorporó para orinar y se arropó con el deseo de dormirse otra vez. Su cuerpo, un saco de huesos descolocados, se acomodó; pero su mente no dejaba de dar brincos. Desechaba las ideas fantasiosas que se le cruzaban por la mente. Volvían con más fuerza hasta dejarlo por completo desvelado. Lo peor del insomnio era que, al cabo de un tiempo, las elucubraciones lo dejaban exhausto. Nicolás tuvo que levantarse para escapar del círculo de sus pensamientos. Lo que le traía desvelado y, a esas alturas, fatigado y de mal humor, era lo de siempre. Creía haber descubierto la fórmula ideal para su relato. Lo escribía mentalmente y, al terminarlo, le parecía genial. Sin embargo, al poco, dudaba y terminaba reconociendo que era igual de anodino que los anteriores.

La idea de indagar qué había en aquellos cuadernos cruzó por su mente en mitad de su calamidad creativa. Determinó hacerlo en ese momento de insomnio, pues intuyó que si lo postergaba, no se atrevería nunca.

Avanzando a oscuras por el pasillo al escritorio, donde se encontraba la caja, se sintió como un ladrón que actúa con nocturnidad y alevosía. Le temblaban las manos y contenía los movimientos para no hacer el más leve ruido. La caja de zapatos permanecía sin tocar. Tomó varios cuadernos y regresó al dormitorio para hojearlos a la luz de la lámpara de la mesilla. Los nervios, la mala conciencia también, no le permitían enterarse de nada, tan solo que la escritura era bella, clara, redonda, con trazos similares en todas las hojas. Pasando la vista sobre ellas, aun sin comprender el significado de aquellas líneas, su alma recobraba la serenidad: tanta paz producían.

Comprobó que no se trataba de un diario, como en un principio había especulado. Contenían lo que podían considerarse unos primeros tanteos literarios. Lo entendió así al encontrarse versos en varias hojas. Fue una sorpresa. Era difícil creerlo, pero en sus manos había cuentos, poesías y quizá hasta alguna novela. Leía líneas a salto de mata, mas no era capaz de terminar de leer algo por completo. Solo poesías de las que no entendía el mensaje ni el sentimiento del autor. También lo intentó con textos breves, sin acabar de enterarse del todo.

Se sucedieron varios días hasta determinar el valor de esos textos. La primera reacción, al leerlos con más calma, fue menospreciarlos, creyendo que eran considerablemente inferiores a los suyos. La literatura de Nicolás nada tenía que ver con la de aquel desconocido. Aquellos textos reflejaban un mundo diferente: chabacano, vulgar y, a ojos de Nicolás, antiliterario. No obstante, aquella lectura se convirtió en un acicate inesperado para la inspiración del viejo. Escribió como nunca lo había hecho y terminó una novela corta; se sintió muy satisfecho por haber concluido una obra que antes veía como un objetivo imposible. Su valor literario no le preocupaba en esos momentos.

Tras concluirla, le sobrevino una fatiga repentina. Pasaba más tiempo de lo normal en la cama y las tareas cotidianas se prolongaban más de lo habitual, como si una permanente modorra ralentizara sus movimientos. De las tareas bibliográficas y de la escritura, mejor no nombrarlas. Las repelía.

La novela breve esperaba una corrección. El manuscrito, lleno de tachaduras, seguía siendo imperfecto y faltaba por conseguir la redacción definitiva tras las purgas oportunas. No le agradaban demasiado aquellas labores de corrección y las postergó con la excusa de que cuanto más tiempo pasara de por medio, la distancia entre la obra y su autor sería mayor y los retoques, más acertados. Además, argüía otra disculpa: se había impuesto la obligación de acabar de leer los cuadernos.

El primer paso fue leer los cuentos, los más numerosos. Durante aquellos días, Nicolás permaneció tranquilo. Por entonces, aquel tesoro no era más que otro de los frecuentes hallazgos del chatarrero de libros. El examen, por tanto, fue más aséptico. Leía los cuentos y los comprendía. Su estima por ellos aumentaba. Las oraciones, las palabras, los giros le resultaban familiares, y los asuntos, con un tratamiento original, le interesaban más. La disposición de lo narrado no obedecía a la lógica sucesión de los hechos y los personajes no aparecían descritos como objetos de un examen fisiológico y psicológico. Aquellos enfoques le producían vértigo. El anciano comprendió que esa forma de escribir era más fecunda. La anécdota y la sucesión de los acontecimientos se narraban con un estilo pulcro y sencillo, aunque arriesgado. Las palabras no se deslizaban con suavidad: estaban vivas y resaltaban la pizca de humor, la lágrima ocasional, el sonrojo íntimo, la vergüenza pública, el amor intenso, el odio irracional... El lector se implicaba en la historia.

El pacífico Nicolás pensó que así debía ser la literatura más moderna. Con esta disposición de ánimo más abierta, hincó el diente a la poesía. Fue un hueso duro de roer. No desmerecía con respecto a los cuentos, aunque sus versos fueran ajenos a cualquier regularidad métrica. Nicolás no creía que el versolibrismo y, en general, los versos sin medida ni rima fueran poesía. Para él había más mérito en los ripios publicados en cualquier periódico que en esas líneas desiguales. No obstante, reconociendo su valía como narrador, no se atrevió a emitir un juicio categórico en contra. Sin llegar a sintonizar con sus sentimientos, intuyó que detrás de esos versos no estaba la pluma de un aficionado, sino la de un escritor como la copa de un pino, independientemente de que comulgara o no con su credo poético.

Al leer Cantero, la novela desarrollada en varios cuadernos, no dudó de que se trataba de una obra original. Al igual que en las anteriores composiciones, la lectura no era fácil. La historia y su protagonista parecían anodinos. Era casi imposible que allí hubiera materia narrativa que explotar; pero ahí estaba ese desconocido y enigmático autor que había sido capaz de encontrar un filón de oro en ellos. El recuerdo, la memoria, el almacén de experiencias de un solitario cantero condenado a la soledad.

Lo que le vino a la cabeza tras terminar de leer la obra fue que ya era viejo; un viejo como él que pasaba sus últimos días ociando con la escritura. Sin embargo, el desconocido era mejor escritor que él.

Imitando su ejemplo, le entraron ganas de ponerse a la labor. Ya sabía cuál sería su próxima obra y su impulso inmediato fue sentarse a escribir. Refrenó ese impulso y procuró ser ordenado, como lo era en todas las facetas de su vida. Antes de comenzar nada, concluir, rematar lo empezado.

La corrección en aquellos momentos de inspiración no era muy atractiva. Había que podar, tirar lo construido e incluir detalles pasados por alto; reafirmarse para estar seguro de que el lector entendería el texto. Eran puntualizaciones que llevaban tiempo y servían de abono para que surgieran dudas sobre su valía. En eso consistía ser un buen escritor: en lo más delicado, en el retoque, el pulido final.

La depuración le llevó a iniciar una segunda redacción, pues las tachaduras eran tantas que no se podía seguir siquiera la lectura. Antes de finalizar, Nicolás se torturó pensando dónde podría colocar la novelita. La pretensión de mandarla directamente a las editoriales le pareció descabellada y estéril, aunque no descartó esa posibilidad para un futuro. En las páginas del diario de provincias que le llegaba con irregularidad, encontró anuncios de varios concursos literarios. Sin embargo, no hallaba ninguno que se adecuara a la extensión y al contenido de lo que había escrito.

Antes de enviar la novela al primer concurso, le entró pánico de que el público la minusvalorara o, lo peor, se mofara de ella. No sabía si sería capaz de soportar tal agravio. Nicolás intentaba mentalizarse ante el fracaso o, quizá, se armaba de paciencia hasta que algún jurado la premiara.

Fotocopió el original para enviarlo cuando surgiera una oportunidad. Volvió entonces a su tarea de tantos años: a enredar en la biblioteca, como se decía a sí mismo de vez en cuando. De nuevo, el jubilado disfrutó de sus días y de sus quehaceres. Nicolás llegó casi a olvidar que había escrito una obra y la había presentado a un concurso. Hasta casi se le olvidaron los cuadernos encontrados en la basura, pues nuevas lecturas captaron su atención.
La contradicción y la mudanza rigen inexorablemente la vida de los seres. A la paz beatífica siguieron días de desasosiego. Las viejas obsesiones mostraron de nuevo su faz más amarga y las prisas por publicar retornaron. Encontrar una oportunidad para dar a luz la novela se convirtió en su preocupación constante. Se permitió dejar de poner reparos y enviar el manuscrito a ciertos premios sin suficiente prestigio. Pensó que había cometido un error imperdonable al no haber dado antes cauce a su obra. Mientras tanto, se puso a releerla y no pudo reprimir el deseo de cambiar una coma, retocar la estructura de ciertas oraciones, correcciones que lo obligaron a preparar una nueva versión en limpio. Determinó no volver a leerla.
Preparó los ejemplares correspondientes y la documentación que se solicitaba en un concurso de novela corta en una lejana provincia del Levante español. A esperar largos meses hasta el veredicto. «Hasta es posible que para cuando este se produzca me haya ido para el otro barrio», pensaba el guasón de Nicolás. Le urgía que reconocieran su valía. Esa primera obra le dio alas y se puso a escribir cuentos que también presentó a concursos. Especulaba con las posibilidades de ser el ganador. Unas veces sentía que el premio estaba a su alcance; otras, se desilusionaba y lo consideraba totalmente imposible.



Las semanas más crudas del invierno acudieron como todos los años. Algunos síntomas anodinos de gripe mantuvieron en cama al anciano, pero no le impidieron escribir y leer. Leía con agrado, intentando imitar el estilo particular de cada escritor. Escribía sin concierto, disfrutando con la creación de historias y personajes que actuaban como un alter ego suyo. Se compró cuadernos de espiral a imitación del misterioso escritor, porque comprobó que le facilitaban la escritura no solo en el escritorio, sino en la cocina, mientras tomaba su vaso de leche, o en el sillón del salón, donde hojeaba el diario provincial. Se sentía un verdadero escritor.
Las tardes se alargaban, los árboles mostraban su verdor y los pájaros gorjeaban cada vez con más ímpetu al comienzo de la primavera. Coincidiendo con el despertar de la naturaleza, Nicolás perdió concentración. Los relatos ya no le salían tan redondos y llenar la hoja en blanco le suponía un sacrificio. Fue entonces cuando se percató de que algunos de los certámenes literarios debían haberse fallado. Dedujo que no le habían premiado, pues no había recibido noticias. Se puso de mal humor. Aquello no cuadraba con sus expectativas. Si no le reconocían el mérito en concursos de renombre, por lo menos había creído factible algún accésit de otros menores. No sabía a qué achacar tan estrepitoso desastre. Hacerse con el primer puesto de uno de los grandes era difícil, pero consideraba que tenía posibilidades en concursos menores. Se consolaba pensando que estarían amañados y que los ganadores serían allegados al jurado. «La justicia brilla por su ausencia», pensaba, para justificar su desolación, y se sentía exiliado del Parnaso.
El anciano se atormentaba pensando en el fracaso de su vida. De nuevo, cuando las amapolas, copas de rojo viento, se cimbreaban entre los trigales, hubo de guardar cama por una nueva gripe. En esta ocasión, no escribió ni leyó. Dormitaba apesadumbrado y sufría sueños profundos que le hacían revivir experiencias que le desgastaban y le dejaban exhausto al despertar. Tras varios días postrado, se levantó decidido cuando se le ocurrió una nueva idea, aunque no sabía si era excepcional o común.
Buscó de nuevo la caja de los cuadernos. Seguramente fue el demonio quien le susurró la idea con su intrépida desenvoltura. ¿Por qué no mandar algún trabajo de ese autor desconocido? De resultar premiado sería un reconocimiento póstumo. Ningún mal podía causarle: con certeza esa persona ya no vivía. El asunto lo enfocó desde otra perspectiva: si esas obras no conseguían un premio, nada pasaría. Sería un consuelo: un autor de mucha valía, según su criterio, tampoco era reconocido. Si, por casualidad, se llevaba el máximo galardón, ya pensaría cómo proceder.
Seleccionó los cuentos más mediocres y, por curiosidad, algunos de sus poemas para ver si eran buenos. Envió estas obras a varios concursos con su nombre.



Al final de la primavera, el Imserso convocó un concurso literario para jubilados. Se atrevió, como si fuese el último cartucho que le quedaba, a enviar varios de los cuentos escritos durante el invierno. Al leerlos de nuevo no le parecieron tan malos. Volvió a creer en sus posibilidades, sobre todo si sucedía lo que pensaba, que se presentarían montones de relatos escritos por jubilados ñoños y aburridos. Lo suyo —estaba seguro— destacaría.
La alegría regresó a su casa por los días florales de junio. Hasta la luz dorada de los días parecía brillar con más entusiasmo tras la cristalería del balcón. Era una alegría desbordante, aunque inquieta. Nicolás no apartaba los ojos del almanaque. Arrancaba las hojas del Calendario Zaragozano esperando con ansiedad la correspondencia. Cualquier sobre diferente a los de los bancos y a los de organismos pagadores de su pensión, podía ser la comunicación tan anhelada. No esperaba a la tarde para bajar a buscar la correspondencia. El portero se sorprendió de ver a su inquilino en bata y zapatillas, y se ofreció voluntario para subirle las cartas. No le sentó bien la diligente solicitud del curioso portero; lo consideró un testigo incómodo de su falsificación. Determinó en lo sucesivo comedir su ímpetu y abrir el buzón por la tarde, como lo había hecho durante toda su vida.
Fue un telegrama, no una carta. Y fue Remigio quien llamó a la puerta y el que puso una expresión de sorpresa mayúscula al entregárselo. Nicolás buscó en los bolsillos de los pantalones la moneda de propina. El portero le hizo un gesto tajante con la cabeza para decirle que no aceptaría recompensa y, dándose media vuelta, bajó las escaleras.
En un lenguaje entrecortado y escrito en letras mayúsculas, le ordenaban que se pusiera en contacto con un número de teléfono de un ayuntamiento de la provincia de Toledo. No recordó haber presentado ningún trabajo en ese lugar, hasta que, rebuscando entre las bases de los concursos, halló uno convocado allí. No se aclaraba el motivo, pero intuía que era para comunicarle que había merecido un premio. Se puso nervioso. Lo que tanto había anhelado lo acababa de conseguir, pero le ponía en un brete complicado. Temía confesar que no era el autor. Barajó varias posibilidades: no llamar y hacerse el desentendido; rechazar el premio sin dar más explicaciones; o aceptarlo con la condición de no asistir a la entrega debido a su avanzada edad. Estas últimas eran las más reconfortantes para su conciencia. Pero el demonio, que no cesaba de chincharlo, le picaba para continuar el juego. Nadie tenía por qué sospechar del engaño. Sin embargo, Nicolás se percató de que lo descubrirían con facilidad: le pedirían que hablara de su obra y de su forma de escribir. Para colmo no sabía en concreto qué obra había enviado.
Y no fue uno, sino dos, los premios que recibió casi al mismo tiempo. Otra vez el portero se plantó delante de la puerta con cara sonriente para entregarle el segundo telegrama. Al quedarse tan alelado como la primera vez, Nicolás tampoco recompensó la afable diligencia de Remigio con una propina. Ahora el reconocimiento provenía de un concurso poético. Así que aquel desconocido era, además, un poeta consumado, se decía con envidia.

Entre las condiciones exigibles a los participantes en los concursos literarios figuraba la de recoger el premio en persona en un acto institucional solemne. No reparó en ella hasta que releyó las bases. Aquellos concursos discriminaban a la tercera edad, reflexionó el buen anciano, y a continuación dijo en voz alta: «Los jóvenes pueden viajar y moverse, pero a lo mejor quieren que los abuelitos montemos en cualquier medio de locomoción con la mochila a la espalda».

Como no quería quedar como un marrano y estaba seguro de que nadie lo movería de su pisito, no tuvo más remedio que tomar una decisión. Más que nada porque se ponía en lugar de los organizadores y comprendía que no era un plato de gusto la papeleta que debían resolver. Aquellos remordimientos le producían más daño que la propia falsificación, al considerar que poco mal podría hacer a alguien que no conocía. Pero no acertaba con la fórmula ideal de decir la verdad sin que resultara humillante para él. Al final, la carta iba directamente al grano. Se sinceraba y lo contaba todo con palabras precisas. Nicolás no solo se delataba, sino que se ofrecía a resarcirlos si por su desleal participación había causado daños irreparables. No lo meterían en la cárcel a su edad, pero, de antemano, estaba dispuesto a pagar las multas que las leyes impusieran a los estafadores. Precedido de un preámbulo en el que pedía perdón, proponía otra solución. Escribía en la carta: «No creo que viva muchos años, pues Dios está a punto de llevarme consigo. Casi nadie me conoce, sino unos pocos vecinos. Ya les he confesado el origen de ese manuscrito. Si les parece digno de publicarse lo pueden hacer de manera anónima o con mi nombre. Sugiero que las regalías se donen a alguien necesitado…» La misiva concluía expresando de nuevo arrepentimiento. Después de dudarlo durante un buen rato y de haber fechado y firmado, se atrevió a añadir una posdata en la que pedía que, si por casualidad se publicaba, le enviaran un ejemplar. Él mandaría el importe a vuelta de correo.

La confesión clara y pormenorizada de aquella historia le devolvió la paz nada más escribirla. Cuando echó el sobre en el buzón pensó que todo había concluido. Regresó sosegadamente a casa. El portero lo miró como de costumbre y le saludó lacónicamente. El orden imperaba otra vez en su vida. Una vaga tristeza persistía en su mente, pero el contacto con sus libros y con su pluma le reanimaron lo suficiente como para que acabaran disipándose y se olvidara del asunto.

Una tarde, después de bajar a comprar, cuando regresaba con más peso del habitual, se encontró con una sorpresa en el buzón. Entre el periódico provincial halló un paquetito envuelto en papel de estraza y atado con delicadeza con un cordón azul. Remigio, con la excusa de ayudarle a subir la compra, se acercó a curiosear cuando reparó en el envío. Nicolás, al percatarse de su perplejidad, le cedió las bolsas y la correspondencia, mientras hojeaba distraído el periódico provincial. Esta vez el portero se quedó desconcertado cuando el jubilado le puso una moneda en la mano y se la cerró con fuerza mientras le daba las gracias por ayudarlo.
Más que un libro, era un opúsculo que no sobrepasaría las cincuenta páginas. Allí estaban los poemas que él mandó y su nombre figuraba al lado. Casi se le saltaron las lágrimas. Un sollozo infantil le oprimía la garganta. Aunque aquellos poemas no habían brotado de su pluma, él los había conducido hasta el éxito con su desvelo. ¿Por qué no aceptar la paternidad de aquellos versos, si ya había adoptado la de cientos de libros? El gozo y el orgullo se confundían mientras acariciaba la publicación. Contemplaba la esmerada edición y se henchía de satisfacción.

El librito no iba acompañado de ninguna nota. Nicolás se hubiera quedado más tranquilo si le hubieran escrito para perdonarle. Aunque ¿qué mayor indulto podían concederle que aquella publicación?

Tampoco recibió carta cuando también le enviaron otro libro en el que se habían incluido otros relatos. Se alegró de la misma manera. Aquello le dio alas para entregarse a una nueva ocurrencia.

Su conciencia estaba tranquila, después de reconocer el engaño y de contar el origen de los manuscritos. Alentado por el éxito de aquellas muestras literarias, creyó que, de ahora en adelante, su misión consistiría en divulgar la obra de aquel ignoto escritor. Sería la forma de redimir la osadía de haberse apropiado de su personalidad literaria.

No lo pensó más. Escribió a una editorial seria. Contó la historia de los cuadernos y, como aval, mandó una copia de los originales galardonados en los concursos. Con su estilo conciso y directo expuso al director las pretensiones que abrigaba: que aquella obra se publicara, si, como él estimaba, merecía la pena. Impuso dos condiciones: que trataran de averiguar quién era el autor, sugiriendo que la televisión o la radio difundieran la búsqueda (Nicolás se reservaba para sí la potestad de atribuir la autoría, si alguien la reclamaba —la clave era el lugar y la fecha del hallazgo de la caja con los cuadernos, datos nunca revelados— ); la segunda, si no daban con la persona, era que los ingresos de los derechos de autor se otorgaran a una institución benéfica.

Pronto recibió contestación del director de la editorial. Mostraba interés por aquella propuesta y quería ver los originales; para ello iría a su casa.

Otra vez fue el portero quien condujo a un joven estrafalario a la puerta de Nicolás. No lo dejó subir solo, pues, como sabueso desconfiado, aquel sujeto no tenía buena pinta ni le cabía en la cabeza que el octogenario recibiera una visita tan inopinada. Nicolás no esperaba un señor director tan singular. Su atuendo y sus modales secos despertaron aún más el recelo del jubilado. Sin embargo, cuando tuvo entre sus manos los cuadernos, su talante cambió. Se sentó en el sofá del salón y, sin prestar la menor atención al anciano, comenzó a leer con absoluta concentración. «Nos lo quedamos. Se publicará». Fueron las únicas palabras que pronunció después de dejar los cuadernos en el asiento. No dijo nada de contratos ni de cláusulas. Estrecharon la mano como despedida y como señal de acuerdo.
Al día siguiente, fue otra vez el portero el que acompañó al piso de Nicolás a un hombre, a quien el conserje consideró un vendedor o representante de libros. Los de la editorial no se habían demorado en reaccionar. Ese señor bajito era el director comercial de la misma empresa. Ambos tardaron en ponerse de acuerdo. Mientras Nicolás se empeñaba en concretar los detalles de cómo debería ser la edición, el director comercial incidía en aspectos legales, administrativos y económicos que no le importaban. Al final, el gestor delegó los aspectos editoriales en personal competente de la empresa, asegurando al anciano que el resultado final no le decepcionaría. Nicolás terminó firmando el contrato.



Remigio, el portero, durante aquella época de tanto trasiego, llegó a agudizar de tal modo la intuición que, con solo acercarse al portal, sabía si los visitantes eran de la editorial. Un día se presentaron una secretaria joven y un mozo con una abultada caja. Él mismo ayudó a transportarla mientras les indicaba la dirección que debían seguir.
Esto no se lo habían explicado al anciano o, si se lo habían mencionado, no había llegado a entenderlo. No comprendió cuando desembalaron un aparato. Al ver los fogonazos, se asustó y temió que chamuscaran el papel. Notó un vivo dolor en la boca del estómago al comprobar cómo la señorita torturaba los cuadernos para introducirlos en ese aséptico horno de cristal y plástico. Solo se calmó cuando acarició las hojas calientes de la bandeja de salida.
La primavera despuntaba sin remisión allí donde el suelo era tierra. En la ciudad, tan solo los árboles cubrían de verdor la desnudez invernal. Los cambios de temperatura en ese intervalo estacional fueron suaves. A medida que los días se hacían más largos, el sol calentaba un poco más que la jornada precedente. No obstante, Nicolás, receloso de la bonanza primaveral, se seguía arropando como en los días más crudos del invierno. Después de la visita de la secretaria con el artilugio fotocopiador, no había recibido noticias de los de la editorial. Consideró que la publicación no tardaría mucho en ver la luz. La espera se le hacía eterna. Llegó a creer que se habían olvidado de él o que, por problemas desconocidos, el libro no llegaba a la imprenta. Ni llamada telefónica ni carta en el buzón le consolaban con explicaciones referentes a la obra.




Se extrañaba de que el portero no se hubiera interesado por el origen de tanto trajín en su casa. Nicolás, después de recibir a la gente de la editorial, dio por sentado que sabía lo que se traía entre manos. Cuando el estrafalario editor reapareció acompañado del portero, este mostraba un semblante tan alegre que él mismo parecía haber estado esperándolo desde hacía tiempo. Algo más risueño que la primera vez, pero parco en palabras, el editor mostró una maquetación de la novela. Se le notaba satisfecho, como si él fuera el responsable. A Nicolás no le pareció seria esa apropiación exclusiva del éxito, pero, como solo faltaban unos pocos detalles para rematar la empresa, no era cuestión de sacar a colación susceptibilidades. Al final, sin embargo, no le quedó más remedio que inquietarse con el cínico editor: ahora le pedía, así, con su insolencia inaguantable, que él, Nicolás, contara en un prólogo la historia de ese manuscrito. ¿Qué se habría creído aquel mequetrefe para pedirle algo que le avergonzaba? No obstante, sin apearse de su arrogancia, el jovenzuelo le arrancó la promesa de cumplir su exigencia: debía confesar que se dedicaba a rebuscar en la basura y que había salvado aquella novela del detritus, tal como Moisés fue rescatado del Nilo por la hija del faraón.

La recomendación era que el prólogo no superara las dos páginas. No creyó posible contar, sin dejarse detalles de importancia, el origen del manuscrito en tan poco espacio. Pero, con tal de no vérselas otra vez con el muchachuelo resabiado, se lo propuso y redactó la historia tal y como le habían exigido. Le hubiera gustado explayarse más, pero aceptó el papel insignificante que le correspondía en ese proyecto.

El éxito no llegó rápido; tal vez porque la editora no promocionó la novela como esperaba Nicolás. Fue una novedad que pasó casi desapercibida en la Feria del Libro. Le habían invitado a la caseta de la editorial en el Retiro para que asistiera al acto de presentación. Con la mayor ilusión del mundo, el anciano se enfundó su impecable traje con corbata, convencido de que la ocasión sería solemne. Fue un fiasco. Aunque la novela estaba expuesta en el mostrador de aquella caseta —que más parecía una pescadería de mercado de abastos—, no hubo discursos, elogios ni la menor exaltación del escritor desconocido; nada de nada. Nicolás nunca había sentido una ignominia semejante.

Al lado de la puerta de metal, el anciano observaba el trasiego de editores con los más afamados autores del momento. Se firmaban ejemplares; se saludaba todo el mundo; las caras de los escritores eran radiantes; el público saboreaba las añadas de cada editorial. Era la fiesta de la cosecha: tras pasar noches frías y largas en sus bibliotecas, los autores mostraban al fin sus frutos bajo la radiante luz de la primavera, satisfechos de sí mismos y agradecidos a un Parnaso no siempre bondadoso.

No pintaba nada allí. Su novela no la vendían. Era muy improbable que los lectores se fijaran en ella. Se retiraba con profunda tristeza cuando el insoportable jovenzuelo se cruzó en su camino deliberadamente. Tan solo le dijo que todo iba bien.

“¡Qué gracioso es ese muchacho! «Todo va bien», ¿qué habría querido decir?” Nicolás reflexionaba sobre el significado de esas palabras. No le habían dicho que la tirada fuese ridícula, como si se tratara de una rareza. Algo especial, original, curioso… ¡Una novela anónima en las postrimerías del siglo XX! Esos comentarios eran los que profería ese jovenzuelo cuando obsequiaba la publicación a sus contactos: periodistas, críticos literarios y, sobre todo, escritores. Estos se quedaban atónitos cuando contemplaban la portada sin autoría. Hacían un gesto de incredulidad y guardaban el libro. El avispado chavalejo sabía que aquel sería el primer libro que leería toda esta corte del reino literario: la novela no les dejaría indiferentes. Algunos pensaron que había gato encerrado. Terminada la feria, y con algunos ya camino de su retiro vacacional, comenzaron a llegar los veredictos. Los primeros lectores, los escritores, no se creyeron la patraña del anonimato. ¡Menudo andaba el mundo como para mandar a la porra una novela así! Como si los relatos salieran de la nada, se decían. Sin embargo, el hecho de que el autor fuera desconocido fue una ventaja a la hora de emitir un juicio bondadoso sobre su calidad literaria.

Mucho más tardaron en reaccionar los críticos y profesores de literatura. Pocos dieron señal de vida. La leyeron, pero se guardaron muy bien de proclamar lo maravillados que los dejó esa lectura. Si se les sondeaba la opinión, se escabullían con disculpas pueriles. Se movían en un terreno resbaladizo y lleno de trampas que, como exploradores cautos, procuraban sortear para no perder el pedestal de la última palabra.

Los catedráticos de Literatura Contemporánea esperaban las indagaciones de la jauría de sabuesos del departamento para incorporar la novela a la lista de obras dignas de mención en sus clases magistrales.

El muchachuelo esperaba una adhesión en cadena de lectores anónimos y se encontró con tímidos y esporádicos apoyos. La desolación, sentimiento muy extraño en él, le rondaba. Se fue a ver al descubridor, a Nicolás. No le pudo llevar las noticias que el anciano aguardaba con tanta ansiedad. En cambio, este disfrutó como nunca con el de la editorial. El joven habló sin parar de la novela. La analizó de manera simple, sin hallar el motivo por el que no había funcionado como él había esperado. Nicolás no era más que un receptor al que ni siquiera se dignaba mirar. Al final se marchó sin despedirse. El anciano se quedó preocupado, pero, incapaz de hacer nada, dejó la iniciativa en manos de la editorial.

Las semillas solo prosperan cuando las condiciones son propicias; el sol y el calor impulsan un crecimiento rápido y vigoroso. El fruto de la siembra tardó en manifestarse, pero, al final, se hizo evidente. Algún escritor de fama nombró la novela como una de sus lecturas recientes más impactantes en una entrevista. A esta declaración siguió la aparición de críticas sorprendentemente favorables en revistas literarias especializadas. Después llegaron las reseñas en los suplementos culturales de los periódicos. Hubo nuevos reconocimientos públicos de lectores influyentes que alababan el relato… En fin, la editorial, confiada en que el éxito de ventas sería seguro, lanzó sin grandes aspavientos ni publicidad una segunda edición de veinticinco mil unidades. Y, con el tiempo, una tercera; luego, una cuarta…

Nicolás, cuando oía hablar de la novela en la radio o en la televisión, o leía una reseña en su diario de provincias, no cabía en sí de gozo. Estaba atento a que algún medio de comunicación la nombrara. No se saciaba de escuchar comentarios sobre el libro y sobre sí mismo, sabiéndose también protagonista de aquella historia. Le extrañaba que no le vinieran a entrevistar a su casa, aunque era un sentimiento contradictorio: sentía envidia por no participar en el banquete del éxito; pero consideraba que sería una molestia insoportable ver a Remigio aporreando la puerta con los periodistas detrás. ¡Bah, bah…! «Dejemos las cosas en su sitio», se decía el anciano, disfrutando, con una sonrisa conejil, de una dicha que en ningún momento provenía de las cantidades descomunales que la editorial transfería a su cuenta corriente. No se atrevió a decirles que no le pasaran más, que él no sabía cómo emplear el dinero.




El verano de nuevo vino y se fue. Nicolás regresó a sus costumbres veraniegas: se atrevía a dar paseos ayudado por sus bastones y se acercaba a saborear las deliciosas cañas que tan bien sabía tirar Receso. Quizá fuese el único vecino que percibió algún cambio en la vida agónica de Nicolás. Pero, si lo notó, con su inexpresividad característica, no lo demostró, como si las propinas que le dejaba el anciano no merecieran una mueca de alegría en su cara. Ni el propio Remigio se percató de nada; incluso daba la impresión de haberse olvidado del asunto. Esto también le dio que pensar: ya no le visitaban los periodistas ni la gente de la editorial, si bien estos últimos le abonaban religiosamente sus derechos de autor.

Aunque el éxito literario no decayó, la novela o la editorial, dependiendo de dónde vinieran los ataques, fueron objeto de polémica. Todo empezó cuando un catedrático de una añeja universidad publicó un estudio de la narrativa actual. Con esa capacidad de formular hipótesis que caracteriza a tan ilustres investigadores, sostuvo que el anonimato era ficticio y que se utilizaba como gancho publicitario. No aseguraba en ninguna línea de la reseña que la novela fuera mala, pero aquella afirmación la devaluaba. Según este catedrático, con tono autoritario y seguro, toda obra tiene un autor y hoy en día era imposible que surgiera una novela de estas características. Para él, el prólogo firmado por el hipotético descubridor —se refería a Nicolás— era falso. Es decir, los vericuetos del manuscrito rescatado de la basura por un salvador eran un recurso utilizado numerosas veces a lo largo de la historia de las letras y que, en la actualidad, ya no daba el pego. Continuaba asegurando que el autor del prólogo era también el mismo que el de la novela. Pero no desvelaba el nombre del anciano.

Por aquellos días de otoño, el asunto fue tema de conversación en las tertulias radiofónicas y televisivas. Ningún periodista dio con Nicolás. Los de la editorial seguían el juego, sin afirmar ni negar, sin identificar al anciano. Este solo temía que se fuera de la lengua Remigio, el portero. De momento, no se había ido; tal vez porque los de la editorial lo habían comprado, o simplemente porque a él lo único que le interesaba era el fútbol y que los ciclistas españoles ganaran etapas de montaña.

Como aves de presa, los periodistas oteaban buscando la verdad. Al no acompañarles la suerte, especularon que el candidato idóneo era el jovenzuelo cazatalentos de la editorial. Nicolás se alegró, como si se jactara de una venganza urdida por él. Lo imaginó acosado por los reporteros, cosiéndole a preguntas e insinuándole que era un desaprensivo por haber montado semejante engaño. El viejo estuvo a punto de contar la verdad. Por mucha sed de venganza que anidara, no deseaba el escarnio periodístico ni a su mayor enemigo. Sin embargo, al final desistió porque lo oyó en una entrevista radiofónica y no apreció el menor sufrimiento en él. Es más, hubiera dicho que disfrutaba poniendo de manifiesto su apasionado amor por la literatura. Además, sorteó con mucha elegancia la acusación de autoría, aportando razones muy convincentes. Repitió que la historia del prólogo era verídica, como lo era también su descubridor. Y añadió algo novedoso: cuando el original llegó a sus manos, él había tomado la iniciativa de no indagar quién era el autor. Podrían haberlo intentado perfectamente y con posibilidades de éxito, pero decidieron presentar la obra sin firma, omitiendo la vida y milagros del autor, ya que eso habría mermado su impacto. Como despedida, afirmó que nunca más volvería a arriesgar tanto: mucha había sido la responsabilidad, mas también mucha la satisfacción por haber contribuido a sacar a la luz un novelista magnífico.

Sin autor, el viejo Nicolás era el padre anónimo, el San José en sombras que ve cómo su hijo se convierte en Mesías. De Virgen María hacía el jovenzuelo: ¡que sufriera, que permaneciera al lado de la obra! Bibliotecario, bibliófilo, tú a tus libros, a tus estanterías... Vive feliz en tu rincón, a salvo de la lucha diaria.




Una de las tardes más heladoras del largo invierno, al abrir el buzón, le llamó la atención una carta. Pensó que era de la editorial, pero, al ver el membrete del INSERSO, le cruzó por la mente el temor de que le comunicaran la cancelación de su pensión debido a su abultada cuenta bancaria, suspendiéndola hasta que se le agotara el dinero. El disgusto no se le disipó hasta que abrió y leyó la misiva. Casi le dio un síncope. ¡Por Dios, por Dios! No se lo creía y eso que estaba convencido de estar bien despierto. «Reunido el jurado del concurso nacional de poesía convocado por este organismo, tengo el honor de comunicarle que sus poesías han quedado finalistas y, como tal, le corresponde un viaje gratis de quince días a cualquier punto de la geografía española…»

«¡Por fin! ¡El reconocimiento ha costado lo suyo!», fue la frase que, en voz baja, Nicolás no dejaba de repetir. Cuando menos lo esperaba, cuando casi había olvidado las veleidades literarias, se le otorgaba un galardón que tanto había anhelado. El premio, a decir verdad, no le hizo ni pizca de gracia. ¡Qué se le había perdido a él fuera de casa! Mas, acto seguido, la idea de que en Benidorm —había oído comentar— se ligaba bastante lo espabiló. Esta posibilidad le hizo ser prudente a la hora de negarse a aceptar el viaje, algo que se le pasó inmediatamente por la cabeza.

El alegrón mayor lo recibió, no cuando le notificaron el premio, sino cuando en un sobre de papel de estraza le llegó la revista editada por el INSERSO, en la que se publicaban dos poemas suyos. ¡Qué satisfecho se sentía de sí mismo! Al fin había logrado su sueño: ver en la imprenta algo escrito por él. Aunque más tarde fue atenuando ese triunfo. Había leído los poemas ganadores y, modestamente, llegó a la conclusión de que los suyos eran bastante mejores: no chorreaban babas ni ñoñeces. Era, más bien, un premio de consolación que no terminaba de convencerlo: verse leído por otros ancianos chochos no era su aspiración. Por otra parte, aquel vástago para la posteridad, como no cambiaran las tornas, se iba a quedar en esa insignificancia. Para colmo, la perpetuidad no se podía asegurar. Las revistas eran publicaciones caducas que, una vez leídas, acababan quemadas o en el cubo de la basura. Sin más remedio, su nombre tan solo sobreviviría en la inscripción de la cruz de su tumba.

No era Nicolás de los que se regodean en lo negativo. Al rato, buscaba lo positivo y lo disfrutaba. Podría haber sido mucho peor. ¡No te fastidia! Le habían publicado y le regalaban un viaje, que ya había decidido que sería a Benidorm. ¿Qué más podía desear?

La imaginación es casi siempre caprichosa y se inventa situaciones idílicas que poco tienen que ver con la realidad; de ahí las malas pasadas que suele jugarnos. Salió refunfuñando de la agencia de viajes. Sin saber muy bien por qué, Nicolás había imaginado que sería atendido como un marajá. Sin mencionar su éxito como vate de la vejez, sí había intuido que su sola presencia crearía una aureola de autoridad y reconocimiento. Sin embargo, se encontró con colas, apretujones, voces, recriminaciones, números de espera y preguntas indiscretas. No sabía cómo había sido capaz de soportar tanta humillación. Menos mal que, con la edad, la hoguera del orgullo se va apagando.

Con el nerviosismo de la partida, Nicolás olvidó pronto este mal trago. Surgieron nuevas incertidumbres que le minaban el ánimo: le entró temor a los compañeros desconocidos; no sabía qué ropa meter en la maleta, ni qué utensilios. Cualquier nimiedad que anticipaba de lo que serían esos días se convertía en un obstáculo que debía vencer para terminar de decidirse a ir.

El autobús lo recogió en una glorieta cercana. Junto a él subieron otras personas. El vehículo casi se completó con ellos. No se había acomodado bien cuando comprobó que Madrid se perdía en la monótona meseta. Todos hablaban sin parar. Una jaula de grillos, un gallinero alborotado, una cija de ovejas ateridas…: no acertaba Nicolás a encontrar el símil más ajustado a la algarabía en que viajaba. Ya había dicho su nombre —daban por seguro que era viudo— y sus achaques a varios vecinos, como él había oído los suyos. Los más avezados sabían cómo era el hotel y dónde se ubicaba, porque para ellos Benidorm era como una segunda residencia. Ni un guía turístico habría informado mejor de las movidas de la tercera edad. Antes de llegar, Nicolás se había hecho una idea de lo que serían esos días. No se relajó en ningún momento; el estómago lo tenía contraído y sentía náuseas: ¿quién le mandaría meterse en esta jarana? ¡Con lo a gustito que estaría en su casa!

No dijo a nadie que viajaba gratis al ser ganador de un premio; los demás habían echado mano de influencias para conseguir plaza. Se imaginaba lo que sucedería si se enteraban de su condición de juglar: se pondrían pesadísimos para que recitara.

Observó cómo las mujeres eran las más atrevidas. A él le tocó sufrir el acoso de dos. Nunca había pasado tanta vergüenza. Las picaronas no se cortaban: le pinchaban, le quitaban el periódico y no se lo daban, le hacían cosquillas, le tiraban pedacitos de pan, le hacían carantoñas, le agarraban mimosas del brazo, se recostaban en su hombro… Al ver que las rechazaba, se marcharon desairadas. Nicolás estaba en un estado de excitación nerviosa al límite. Se ganó fama de solitario y antipático. Menos mal que la guía lo salvó del linchamiento de miradas acusadoras y logró reconfortarlo.

Deseaba subir a su habitación y perderse. Fue otro deseo frustrado: la iniciativa individual no está contemplada en esos viajes. El grupo era el que mandaba. Dejaron los equipajes juntos en una esquina del vestíbulo. Los condujeron a un salón y se les agasajó con un recibimiento protocolario por parte del director del establecimiento, así como por la azafata, la encargada de animar el cotarro, término que también oyó repetir varias veces esos días.

Casi no les dio tiempo a deshacer las maletas ni relajarse. Esa misma tarde se había programado una gala de bienvenida, una fiesta por todo lo alto que se celebró en la discoteca, ubicada en los sótanos del hotel. Nicolás nunca había estado en ninguna. Su idea de esos lugares de diversión era la de unos antros infernales: ruido, estruendo, golpes, fogonazos, sombras, delirios… Les iluminaron la escalera de moqueta electrificante y psicodélica para evitar tropezones y caídas. Los responsables comentaron en plan jocoso que no era el primero que se dejaba las caderas rotas en sus escalones… Ya en el local, alguno de sus compañeros, cuando comenzó la música, se quejó de que hubiera tanta luz. El grupo, como manada de lobos, se abalanzó sobre la pista vacía, bailando con desenfreno las canciones más populares.

Nicolás fue tanteando con los brazos columnas, butacones, camareros y se retiró al rincón más alejado de esa hoguera de gritos. Se dejó caer exhausto. No se percató de que a su vera había una mujer con un manantial de luz limpia en su mirada. Se observaron unos instantes antes de cogerse de la mano. No tardaron en salir. Mientras escapaban de aquel infierno, Nicolás decidió que nunca más volvería a presentarse a un concurso literario y que esa era la primera y la última excursión de su vida.


04/05/26

¡Mutis por el foro!


El padre, en alguna medida —aunque él nunca tuvo información fidedigna—, fue un tanto enigmático. Cabe suponer que quien más sabía de todo aquello era la madre. Él apenas pudo comprobar nada durante los pocos años que vivió con su progenitor. Antes de tomar la comunión, desapareció: una noche no volvió a casa y nunca más lo vio. Su madre jamás le explicó las razones que lo llevaron a tomar una decisión así. Hermanos no tuvo.

A partir de ese momento, el tercer piso de la castiza plaza de San Atanasio se volvió más sombrío que nunca. A veces preguntaba a su madre, pero esta no contestaba. Un día respondió, y dejó la situación zanjada para siempre: «Tu padre se ha ido a la mierda».

El niño, cuyo nombre era Pánfilo, tuvo que hacer frente a esta circunstancia ante su único amigo de la infancia, pero no fue una escena embarazosa. Fue una curiosidad extemporánea que duró unos segundos, mientras decidían a qué jugaban: una situación casi ceremonial y falsa, pues la apatía que ambos mostraban por los juegos de los demás niños era evidente. De ahí, tal vez, su afinidad. De no haber sido por sus respectivas madres, que los mandaban a correr un poco y a tomar el aire, no habrían salido nunca.

Su verdadero mundo —donde no lo pasaba ni bien ni mal, pero al menos se encontraba a gusto— estaba en casa, con su madre, cuando esta quería compartir su tiempo y no lo mandaba a su cuarto. Allí, ante su mesa, leyendo cuentos, o en la cama o en el suelo, jugando con su mecano —regalo de su padre y único recuerdo suyo—, pasaba las horas libres o los días enteros en vacaciones.




Según su madre, no tenían familiares cercanos, aunque él se había enterado por otros medios de la existencia de una tía y dos primas madrileñas, pero no mantenían ninguna relación. Su madre procedía del Norte, de una provincia con mar, que evocaba con cierta frecuencia. A sus abuelos maternos no los mentaba nunca. Sin embargo, en alguna ocasión —su madre hablaba en alto sin importar la presencia del niño, al que ignoraba—, entre dientes, le oyó maldecirlos —el encono se dirigía a su propia madre—. Al parecer, la había echado de casa por ponerse de parte de su padre y, sobre todo, porque quería ser cupletista.

Pasaban muchos días sin ver a nadie ni hablar. Entre madre e hijo también transcurrían horas sin que se dirigieran la palabra. Había temporadas en las que la madre parecía estar ausente, como si estuviera sola y no viera al niño. No tardó en distinguir esos momentos en que no podía hablar con ella. Respetaba su intimidad. Tampoco le suponía un gran sacrificio. Sabía que era mejor pasar desapercibido, por lo que procuraba no salir del cuarto, salvo para lo imprescindible. Por el contrario, en otros momentos, la madre era encantadora, simpática y dicharachera. Ambos se sumergían en conversaciones sin límite de tiempo: lo mismo daba que estuviera anocheciendo o amaneciendo. Horas y horas, con algún chocolate exquisito y bizcochos entre medias, compenetrados, sin importar si el brasero se apagaba. En estas ocasiones, madre e hijo mostraban una felicidad exuberante, sin que el cansancio se reflejara en ellos. Pánfilo, en estas ocasiones, esperaba, antojadizo, que su madre lo invitara a acostarse con ella, pero esta nunca se lo propuso, por lo que el niño, al retirarse a su cuarto, después de ese tiempo de dicha, se sentía un poco infeliz, pero él nunca tomó la iniciativa de proponérselo y así no llegó a compartir su lecho.




La madre trabajaba en el teatro Emperador Ramiro, no muy lejos de donde vivían. Era la encargada de los camerinos. Llevaba muchos años con ese empleo, prácticamente desde que vino de su tierra. Cuando empezó a trabajar lo hizo de actriz, aunque fueron papeles escasos y secundarios. Eran otros tiempos. El teatro se llenaba. Su padre también pertenecía al mundo artístico: había oído rumores de que había sido un gran actor de comedias de éxito; también que había sido autor de obras. Incluso, que había sido empresario, pero que huyó a consecuencia de algún fracaso en el que dejó mucho dinero a deber. En cualquier caso, a partir de la huida, la carrera de su madre se vio eclipsada. Aunque, en consideración al nombre de su marido, le ofrecieron trabajar en la empresa para limpiar el local. Durante este tiempo hizo una gran amistad con la encargada de los camerinos. Cuando esta mujer se jubiló, el puesto pasó a ella. Parece que en un principio este cambio la llenó de ilusión, pensando que tal vez le volverían a dar algún papel, pero a medida que iba corriendo el tiempo, pronto fue consciente de que eso no ocurriría. Las compañías eran cada vez menos numerosas y las representaciones permanecían menos tiempo en cartel, por lo que era imposible lograr amistad con los actores. En esas circunstancias era muy difícil demostrar su valía, si ni siquiera se fijaban en ella.
Con los años, las ilusiones se fueron perdiendo. Llegó un momento en que el atractivo y la magia que habían supuesto el teatro se fueron transformando en rechazo y desprecio. Aborrecía todo: las butacas, los palcos, las luces, el público, pero sobre todo odiaba a los actores. Vestirlos, peinarlos, recoger sus trapos y tirar su basura no lo soportaba; pero lo peor era no poder dirigirles la palabra. Le daban órdenes, pero ni siquiera le miraban a los ojos.

El niño nunca le preguntaba nada que tuviera que ver con su oficio, aunque le gustaba ese mundo. Cuando la madre estaba contenta, le gustaba oír cómo contaba detalles curiosos de las representaciones, de los actores... Sobre todo, le gustaba escuchar la anécdota de la ocasión en la que acudieron los reyes a ver la obra "La tristeza en mi alma", en la que ella realizaba el papel de Germana...

La madre lo llevaba a veces; a él le hubiera gustado acompañarla todos los días. Cuando regresaban a casa, entraban a tomar un chocolate con porras y, mientras la madre dejaba que el niño mostrara la euforia acumulada durante la tarde. Le preguntaba por los nombres de los actores y la madre le contestaba, añadiendo algún detalle de su vida, de su papel, y con ello su curiosidad quedaba satisfecha. Cuando entraban en casa, dejaban de hablar de la obra. Cada uno se dirigía a su cuarto. Al niño le hubiera gustado que su madre le contara sus pasos como actriz y los de su padre, pero ella casi nunca revelaba nada, excepto la anécdota de los reyes.




Cuando terminó sus estudios elementales dejó de asistir al colegio. No quiso seguir estudiando: le asustaba el mundo bullicioso de los jóvenes. La escuela no le había entusiasmado. Su madre nunca le preguntó si había aprendido a dividir o le pidió sus cuadernos. Él nunca le contó sus incidencias con el resto de los niños, a pesar de ser numerosas. A partir de entonces la madre ya no le mandó a jugar a la calle. Tenía catorce años. La madre tampoco volvió a llevarlo al teatro: desde entonces el joven iba por su cuenta cuando quería, gracias al gestor, que le permitía entrar sin abonar entrada por ser hijo del personal laboral.

El ritmo de vida era monótono, aunque no aburrido. Su mundo era el teatro. La mayoría de las ocasiones que salía de casa era para ir allí o a realizar algunas compras domésticas, ya que la madre era muy despistada. Seguía pasando la mayor parte del tiempo en el hogar. El piso no era muy grande, pero disponía de una biblioteca. Ese gabinete oscuro había pertenecido a su padre. Era una estancia ciega, por lo que siempre había que encender la luz. En las paredes había estanterías con forma de ángulo recto, repletas de libros desordenados de diferentes tamaños. Su madre rara vez entraba allí, por lo que supuso que se hallaba tal cual lo había dejado su padre. Junto a las estanterías había un gran escritorio, recubierto de hule. Sobre él había numerosos libros esparcidos y mezclados con hojas de papel a medio escribir; era como si su padre se dispusiera a volver en cualquier momento, por lo que nunca se encontró muy a gusto. De todas formas, con esa impaciencia, fue examinando libros y leyendo los papeles dispersos.
Sin embargo, nunca perdió la afición a las historietas ilustradas. En su cuarto tenía dos cajas llenas. Tras haberlas leído varias veces, solía ir cada cierto tiempo a un puesto callejero, atendido por una señora ya muy entrada en años,
para cambiar sus ejemplares por otros. Le resultaba difícil hallar novedades. Así, entre los ratos en el gabinete y los de su cuarto, se sucedían las mañanas, las tardes y las noches, salvo los días que salía al teatro.

Con el paso del tiempo, perdió a su única amistad de infancia. Menos mal que la madre se aficionó a las cartas y jugaban los dos después de comer. Primero fue al chinchón, luego a la brisca, después a las siete y media y al tute. Eran partidas a veces desabridas, con discusiones y trampas, que terminaban cuando la madre arrojaba la baraja al suelo. El hijo ganaba siempre, pero sin ambición. Muchas veces se aburría, pero no podía privarse de ese momento de ocio y compañía mutua.




Una noche observó a una actriz joven casi de su edad. Era bajita y delgada, con el pelo muy corto. El primer día que la vio no prestó atención a la función; solo estuvo pendiente de sus gestos y de las pocas palabras que decía. Cuando terminó la obra, fue consciente de que se había enterado de muy poco. Se asustó. Eso nunca le había sucedido. Fue repasando las escenas, los diálogos, los actos y no le resultaban extraños, pero no era capaz de hilar todo ello. ¡Qué fatalidad! No le quedó más remedio que reconocer que esa muchacha con pelo corto había sido la causa de su despiste.
No se decidía entre quedarse a la siguiente función o volver a casa. Miró el reparto y reconoció a casi todos los actores, salvo a esa actriz.
Se fue por primera vez a tomar solo un chocolate con churros. Cuando quiso darse cuenta de lo que estaba haciendo, se encontró delante la taza humeante. Tomó conciencia de que esa semana se iba a quedar sin su cuento nuevo. Pero no se puso triste; más bien al contrario: sintió un hormigueo en el estómago que terminó en las piernas en un espasmo y en la boca con una sonrisa confusa. Saboreó el chocolate con pequeños sorbos. Reparó en que hacía mucho tiempo que no le sabía tan bien, seguramente desde la primera vez que su madre lo llevó al teatro y al regresar entraron en la chocolatería. Se encontraba tan ensimismado que, cuando quiso darse cuenta, el reloj de la pared marcaba las nueve menos veinticinco: la representación habría empezado ya. Definitivamente, terminó reconociendo que ese día era extraordinario.

Subió apresuradamente las escaleras; entró sin saludar a los acomodadores que ya tenían encendidos los cigarrillos. No se atrevió a pasar muy adelante. No sabía muy bien qué era lo que buscaba. A la chica, tal vez. Fue consciente de una sensación desconocida hasta esa noche: la excitación, la alteración del ritmo cardíaco, la ruptura de una armonía presente hasta esos momentos. Sintió pánico, miedo a que la vida le sorprendiera a su antojo. Una lágrima solitaria se deslizó lentamente por su rostro. Su vida —pensó— hasta ese momento había estado exenta de contrariedades exigentes. Con el paso del tiempo, adaptarse al talante de su madre no había supuesto una carga, más bien todo lo contrario, pues reconoció que esa relación había sido favorable al no exigirle grandes metas en la vida: hacía lo que quería, sin su control, ya que la mayor parte de las veces estaba ausente de la realidad cotidiana. Y sonrió, con una mueca placentera: había tenido suerte. ¿De qué se podría quejar? De nada, absolutamente de nada. A partir de ahora vendrían los problemas, si llegaban, pero hasta esta noche había sido feliz.
Al volver a casa entró en la Peña Taurina Flores. Lo había decidido antes de acabar la obra; estaba ávido de emociones fuertes. La taberna se encontraba semivacía: una partida trasnochada de cuatro albañiles, a quienes se les abría la boca en cada robada, y dos clientes habituales tomándose la última ronda. Al entrar, los de a pie volvieron mecánicamente la cabeza, como si buscaran algún compañero perdido. Estuvo a punto de dar un paso atrás, pero los parroquianos volvieron a su charla. Se acercó a la barra con un brío renovado. El camarero, sentado en una pila de cajas, parecía desganado. Levantó la barbilla y algunos instantes después dijo:
—¿Qué va a ser?
—Una cerveza —respondió Pánfilo—. Una cerveza —repitió.
—¿Botellín o de barril? —requirió el camarero.
La enorme cabeza del toro que presidía el local se le vino encima. Ante el nerviosismo y tartamudeo, el camarero tiró una caña y le puso un boquerón con una aceituna.
—¿Cuánto vale?
Al no sentirse observado, se tranquilizó. Sin embargo, apuró la consumición rápidamente, delatando su incomodidad. Salió apresuradamente a la calle, y el aire, de sopetón, le abofeteó la cara, que empezó a arder. No tardó en llegar a casa. Su madre veía la televisión. Se acostó y se durmió enseguida. Antes había tomado una decisión.




Al día siguiente, por la mañana temprano, acudió a las oficinas del teatro. Quería pedir trabajo al encargado. Su ilusión era llegar a debutar como actor. El señor Fermín sonrió cuando el espigado muchacho le espetó su propósito.

—Está bien, chaval, está bien. Me parece bien —respondió condescendiendo.

Se hizo silencio después.

Antes de volver a hablar, colocó unos folios y les dio unos golpecitos por el canto.
—Mira muchacho —continuó— un actor no se hace porque lo quiera él. Creo que lo podrás comprender perfectamente. Si no es así, es mejor que alguien te diga las cosas muy claras, y me extraña que tu madre no te haya advertido. Ser actor es muy difícil y muy fácil a la vez. Solamente hay uno realmente bueno entre cien, doscientos... Además, no es ser solo buen actor, sino conseguir demostrarlo. No sé si me comprendes. Hay que tener valor y, sobre todo y ante todo, suerte, estrella, o un padrino o una madrina. ¿Comprendes? Es así de fácil y, si quieres, así de complicado. Yo llevo muchos años en el teatro, desde que era más joven que tú. A mí el escenario me llamaba, para que veas que no eres el único, y qué quieres que te diga... No llegué a nada. La vida no lo quiso. Ahora soy el regente del teatro. No he tenido, a pesar de todo, mala suerte: estoy aquí. Es verdad que pinto poco, pues ahora las cosas funcionan de forma diferente... Con lo que quiero darte a entender que no soy nadie, que yo no te puedo ayudar.
De mí dependen tu madre y otros cuantos acomodadores, taquilleras y personas de mantenimiento, pero lo que se representa no lo elijo yo. Lo siento. No te quiero desorientar y menos desanimar. Ahora todo es oficial, todo depende de un organismo... ¡Es la cultura!
Salió Pánfilo del despacho, no sin dar antes las gracias y dejar melancólico al pobre señor Fermín. No sabía si la entrevista con el encargado le había entristecido o dado ánimos. Alguna lágrima se le escapó, pero el corazón palpitaba también más de prisa. La entrevista no había sido alentadora,
para una vez en la vida que estaba decidido a emprender un camino.

Regresó distraídamente al piso, sin reparar en la primavera, que apenas se manifestaba en los escasos muestrarios verdes de la ciudad. Al entrar, su madre cosía. Se había sentado con el cesto de la costura sobre las piernas, cerca de la ventana por donde más luz entraba. Hacía mucho tiempo que no la veía aplicada a esta tarea. No levantó la vista. Pánfilo sintió la necesidad de decirle algo.

—Vengo de hablar con el señor Fermín.

—¡No me digas que vienes del teatro ahora! —dijo incrédula, sin acabar de comprender.

—Sí, he ido a pedirle trabajo.

—Ah, bueno.

—De actor.

—¿Tú estás bien de la cabeza?

—Me gusta, creo que no se me daría mal.

—No me hagas reír.

No esperaba otra reacción de su madre, así que no le afectó su opinión. Simplemente quería que lo supiera. No creía que se enfadara. A esas alturas de su vida, la irritación era permanente: si no era por un motivo era por otro. Lo peor no era su reacción o las escasas expectativas que le había dado el regente, sino cómo seguir adelante. No tenía nada claro, pero esperaba que algo lo fuera encaminando a esa meta.




Cuando, por la noche, el encargado lo vio en el vestíbulo, se detuvo a mirarlo durante unos momentos antes de emprender la marcha. Su presencia habitual en el teatro era asumida por la plantilla como parte del atrezzo del edificio. Pero esa vez Pánfilo sintió que su figura había sido desplazada y que el señor Fermín se percataba en ese mismo instante de la transformación. Ya no era el hijo de Sole con derecho a asistir a las representaciones que le vinieran en gana. Era un aspirante a actor, no un espectador que iba a divertirse o a pasar el rato, sino un alumno aplicado que quería aprender de los maestros. Aquella responsabilidad apabullaba a Pánfilo. Por ese deber, y porque la chicuela que aparecía en escena aún lo aturdía, terminó la representación con la sensación de no haber asistido a ella.

Los días siguientes estuvo inquieto pensando en ella. Su personaje era insignificante; sabía que se movería entre bambalinas mientras esperaba sus salidas a escena. No era un espacio para que entrara nadie ajeno a la obra, pero los trabajadores sabían que era el hijo de Sole y no se atrevieron a darle el alto. La chica se entretenía mirando una revista mientras hacía tiempo. Sobre sus hombros se había echado un chal para no quedarse fría. La observaba a una distancia prudente: allí, casi acurrucada, era más atractiva que sobre las tablas; pero, en esas circunstancias, él no era más que un fisgón, no un espectador fascinado por su actriz favorita. En más ocasiones la espió, pero no se atrevió a dirigirle la palabra. La obra no estuvo mucho tiempo en cartelera y no volvió a saber más de esa chica que le había despertado el deseo amoroso. El teatro era un lugar donde conocer mujeres bonitas, pero eran como maniquíes cuya alma resultaba inalcanzable.



No se entretuvo a ver la segunda sesión de la tarde. A medida que cumplía años, rara vez veía las dos sesiones; incluso tenía que ser muy buena la obra para ir todas las tardes al teatro.

La televisión estaba encendida y, desde el pasillo, vio a su madre echada en el sillón.

—¡Hola!

No hubo respuesta. Entró en el salón.

—Ya estoy aquí —dijo.

Al no responder, se acercó. Parecía dormida, pero su faz tranquila le inquietó. Le acarició la cara y después la zarandeó. Sus manos caídas parecían las de una muñeca exánime.

Avisó a la vecina para que acudiera a auxiliarlo. Era como si necesitara a otra persona que certificara lo que sospechaba.

—Tu mamá está muerta.

Se sentó junto a ella y la tomó de la mano que perdía el calor. Se quedó allí, sin reaccionar.

—Hay que avisar al médico… Ya llamo yo —se ofreció la vecina.

Cuando llegó el facultativo, aún no se había separado de su madre. Apenas la examinó. Le entregó el certificado de defunción: parada cardiorrespiratoria. La vecina continuaba a su lado:

—Debes avisar a la familia.

—No tengo.

—Y a la funeraria...

También fue ella quien se puso en contacto con la compañía. Pánfilo parecía otro muñeco, incapaz de reaccionar.

Se llevaron el cuerpo. Él acompañó a la pareja de empleados de pompas fúnebres en el coche. Asintió a todas las propuestas que le formulaban. Ellos eligieron el féretro, las flores... Su única iniciativa fue rechazar los recordatorios y decidir que su madre no recibiría tierra, sino fuego, pues ese había sido su deseo. Cuando instalaron el pequeño catafalco en una habitación, se sentó frente a él. Continuaba anestesiado. Solo reaccionaba cuando algún empleado le preguntaba si necesitaba algo o le planteaba decisiones aún pendientes. Uno de ellos le recomendó que se fuera a dormir: cerrarían el velatorio y lo volverían a abrir cuando regresara por la mañana. Se negó. No dejaría allí sola a su madre.

La vecina se presentó al rato. Parecía querer asegurarse de que todo estaba en orden. Le había preparado un bocadillo y le animó a que estirara las piernas y se tomara un café: ella se quedaría mientras tanto. No aceptó.

Había estado despejado toda la noche, pero de madrugada lo venció una somnolencia contumaz. Cuando estaba a punto de quedar rendido, le tocaron en el hombro.

—Te acompaño en el sentimiento —oyó que le decían como en sueños.

Eran dos mujeres.

—¿No sabes quiénes somos?

Negó con la cabeza.

—Tu tía y tu prima —afirmó la mayor.

—Hola, primo —saludó la joven—. Me llamo Elvira.

—Nos hemos enterado por la vecina. Me dijo que estabas solo. Con tu madre no manteníamos trato, pero queremos darte el pésame.

—Gracias —fue capaz de responder.

No estuvieron mucho. Antes de despedirse, su tía le aseguró que ya pasarían más despacio un día por casa.

Por la tarde, dos empleados entraron y dijeron que era el momento de comenzar la cremación. Los acompañó mientras trasladaban el féretro hasta unas dependencias a las que le prohibieron entrar.

—Vaya a la sala de espera. Cuando terminemos, le llevaremos allí las cenizas.

La espera se le hizo eterna. Estaba a punto de preguntar qué sucedía, cuando uno de la funeraria le entregó una oscura urna con forma de florero. Se quedó mirando su discreta decoración, como si tuviera que decidir si aquellas flores pintadas eran de su gusto.

Ya en casa, dejó el florero apoyado en el estrecho tresillo de la entrada.. Se sentó en el sillón donde unas horas antes había fallecido su madre y se quedó dormido.




Oyó un timbre estridente. Creyó que era en sueños, pero su persistencia le hizo despertar.

—Ya va —dijo para que dejaran de llamar.

Se recompuso. La luz tenue que entraba por los ventanales del salón no logró sacarlo de la duda de si seguía siendo el mismo día o había pasado la noche. Se contempló en el espejo de la entrada y bajó la mirada hasta la urna para convencerse de que la muerte de su madre era una realidad.

—Muchacho, te acompaño en el sentimiento —delante estaba el encargado del teatro, encabezando una pequeña comitiva de trabajadores—. Hasta hace un rato no nos hemos enterado. Sentimos no haberte acompañado en el funeral.

—Ha sido de repente. Todo ha sucedido de corrido... —articuló como pudo el deudo.

Le estrecharon la mano o le dieron dos besos mientras expresaban su pesar.

—Ya sabes, muchacho, cómo es este mundo. Tenemos representación esta noche y debemos estar en nuestros puestos —se excusó el señor Fermín para despedirse.

Antes de alejarse, le dijo:

—Pásate cuando puedas por la oficina. Quiero hablar contigo.

No fue más explícito.

Antes de que cerrara su puerta, se abrió la de al lado.

—¿Qué tal, hijo?

Era la vecina. Le agradeció la ayuda que le había prestado.

—Así es la vida. Hay que seguir adelante como sea —le exhortó.

El viejo piso de la plazuela de San Atanasio nunca estuvo tan animado como en aquellos dos días. Al segundo, le visitaron su tía y sus dos primas.

—Lo siento muchísimo —le dijo la que no había ido al velatorio mientras le daba dos besos—. Me llamo Marta.

—Y yo, Elvira —añadió esta cuando notó que Pánfilo no se acordaba de su nombre.

Entraron sin esperar a que él las invitara. Miraron el florero con las cenizas sin realizar ningún comentario. La tía conocía la distribución del viejo inmueble. Cuando entró él en el salón, se avergonzó del mal olor. Abrió los postigos para que entrara aire fresco. Cada una se sentó donde mejor le vino.

No se quedaron mucho, pero se enteraron de lo esencial de su vida. Sus primas se interesaron por cuestiones personales. El hecho de que no trabajara les causó perplejidad, como si se tratara de un contratiempo inesperado. Su tía no le preguntó, le dio explicaciones, según sus propias palabras. Ellas nunca se habían apartado de su madre; había sido esta quien había roto la relación. Pánfilo no reaccionó cuando le dijo que su padre también había muerto no hacía mucho. En lo que más insistió fue en que se preocupara por su situación económica. Su hermano —el padre de Pánfilo— no había dejado más que deudas. El piso en el que vivían era alquilado, y no quiso precisar del todo su situación inmobiliaria por parecerle inoportuno entrar en detalles en esos momentos.

—Mira a ver qué ha sido de tus abuelos de Santander —le recomendó, enigmática, como si fueran el único asidero al que pudiera aferrarse.

Se marcharon y le dejaron aturdido.




Se movía con inseguridad por su propio piso. Todas sus idas y venidas terminaban en el tresillo de la entrada. Posaba las manos en la urna y las dejaba allí un instante. En una de esas ocasiones, reaccionó: una idea clara se abrió paso en su mente.

Salió de casa por primera vez. La luz de la primavera, cada vez más descarada, le hirió los ojos. En un almacén compró un saquete de sustrato. De vuelta, trasladó a la bañera los tiestos que su madre tenía repartidos por casa y la urna. Extendió una toalla vieja en el suelo y, sobre ella, posó una de las dos cintas. Se sentó en la taza y sacó la planta del casco. Con un cuchillo redujo el amasijo de raíces; volcó un poco de sustrato en el tiesto y encima parte de las cenizas. Antes de colocar de nuevo la planta, añadió otro poco de esa tierra negra. Añadió más hasta completar el llenado y lo compactó. Del mismo modo procedió con la calathea, con el poto podado y con la lengua de suegra.

Tiró el florero a la basura. Su madre estaría en casa: respiraría y viviría a través de la savia de sus plantas. No creyó que le hubiera reprochado lo que acababa de hacer y se sintió satisfecho de su ocurrencia.

De nuevo volvió a su ser. No había una diferencia abismal: su madre seguía presente en las plantas. Les hablaba y la respuesta materna le resultaba previsible a través de ellas. Cada vez que las cuidaba —si necesitaban agua, si las movía de sitio, si retiraba hojas secas— reproducía el trato que ambos se prodigaban.

El casero pasó a cobrar la mensualidad. También le dio el pésame. No había dedicado tiempo a pensar en esta eventualidad, pero no se arredró ante ello. Del tarro de teja sacó el dinero de la renta y le pagó.

Con su madre tampoco había hablado de cuestiones económicas —eran muchos los temas que se negaba a abordar—, pero Pánfilo no era neófito en este asunto. Desde hacía tiempo era él quien acudía al banco a ingresar y retirar dinero. El tarro de teja era el cofre donde lo depositaban.





No se había olvidado del aviso del señor Fermín de que se pasara por la oficina, pero lo había postergado, porque se encontraba a gusto solo. Suponía que sería para abordar algún asunto de su madre con la empresa.

—¡Hombre, qué alegría verte por aquí! Estaba yo pensando en ir a buscarte a casa. ¿Qué tal?

Le extrañó la efusividad del encargado. Reiteró las condolencias, pero entró pronto en el motivo de la entrevista. Le ofrecía entrar en la plantilla. Antes de que terminara de formular la propuesta, y anticipando por dónde podían ir sus intenciones, se le pasó por la cabeza que le podría ofrecer una oportunidad como actor, pero, en definitiva, le propuso ser un chico para todo: un comodín que sirviera de apoyo en la limpieza, de técnico, de acomodador, de ayudante de camerino, de utilero…

Se desanimó, pero aceptó con templanza, agradeciendo la generosidad de su protector. Así se sentía: alguien que necesitaba ser protegido, y el señor Fermín se asignaba ese papel.

—Aquí vas a estar como en casa; todos nosotros te haremos compañía.

—Gracias, muchas gracias.

—Pues no lo pienses más, y a trabajar...

Le acompañó por las distintas estancias del edificio y lo fue presentando como un nuevo empleado, aunque todos conocían a Pánfilo.

El tiempo antes de comer lo pasó junto a él, en su despacho. Escuchaba con atención a su mentor. De los asuntos del teatro, casi sin percatarse, el señor Fermín pasó a hablarle de todo el papeleo.

—Es un cisco de mucho cuidado, pero te echaré una mano. No te preocupes —le consolaba.

El joven empenzó a inquietarse al oír los trámites que debería gestionar. No se le había ocurrido, pero era lógico que hubiera que hacerlo.

—De todas maneras, estás de suerte —le añadió—: eres hijo único y no hay nada que repartir, que yo sepa.

Tampoco se contrarió por revelarle lo que conocía de sobra.

—De todas maneras, no te preocupes, que mientras yo viva no te faltará de nada.

Al dirigirse a su casa, Pánfilo caviló sobre las últimas palabras del señor Fermín: le resultaban misteriosas o demasiado animosas por su parte. La conclusión fue que no le faltaría trabajo mientras él estuviera de encargado.




Al día siguiente no regresaría a la hora de comer, a pesar de la escasa distancia entre el teatro y la plazuela de san Atanasio. Comería fuera; no merecía la pena cocinar para uno solo. Era uno de los hábitos que cambiaría a partir de entonces. Ya lo hacía desde tiempo atrás, pues a su madre se le olvidaba esta tarea. Lo sentía, porque no cocinaba mal, cuando estaba en sus cabales. Echaría de menos el cocido montañés que algún domingo preparaba, único vestigio de su lugar de nacimiento.

Así su vida acabó encerrada entre cajas. Era de los primeros en entrar a trabajar y de los últimos en irse después de las representaciones. Tan solo recobraba parte de su libertad los días que no había función, pero, aunque no hubiera, su obligación era acudir y ponerse a las órdenes del encargado. No le resultaba desagradable trabajar con él. No era hombre expansivo ni muy hablador, pero, con el paso del tiempo, se sintió a gusto con él. Hasta le invitaba a comer esporádicamente. Con el tiempo, sin que se pusieran de acuerdo, adquirieron la costumbre de compartir mantel siempre los miércoles. En estas ocasiones, el señor Fermín le hablaba de asuntos, a ser posible, diferentes a los profesionales, pero la vida de ambos estaba condicionada por su actividad.

Pánfilo no consiguió entablar amistad con nadie. Con los compañeros de trabajo no resultaba fácil, porque él tenía pocos años y ellos eran de una edad más avanzada y con una situación familiar comprometida. El círculo en el que se movía el joven era igual de reducido que cuando era pequeño. Mantenía sus hábitos de ocio: comer en el restaurante, tomar chocolate con bastante frecuencia después de la última función y entrar en alguna ocasión en la Peña Taurina y pedirse una caña para saborear el boquerón con aceituna que servían de aperitivo. Saludaba a los clientes más asiduos e intercambiaban unas palabras, casi siempre las mismas, referidas al tiempo o a las incidencias laborales; nada de cuestiones personales: todos —se suponía— eran felices y no adolecían de ningún mal.

Durante los primeros tiempos, Pánfilo no perdió la esperanza de saltar de ser un empleado del teatro a convertirse en un actor, pero, a medida que pasaban los meses y se sucedían las puestas en escena, perdió la esperanza. Una desilusión profunda le fue minando y hasta se le pasó por la cabeza cambiar de empleo. En su comunicación más personal con el señor Fermín no se podía abordar esta cuestión. Era un asunto que el encargado había dado por zanjado para siempre al aceptar Pánfilo el trabajo que le ofreció.

Las posibilidades de entrar en contacto con las compañías que pasaban por el teatro eran casi imposibles. A ninguno de aquellos profesionales en su sano juicio se le ocurría imaginar que un simple empleado pudiera dar el salto hasta ponerse delante del público a representar un papel. Eran muchos candidatos de escuelas de teatro que buscaban una oportunidad y estos habían recibido una formación académica y ya tenían una trayectoria, aunque fuera como aficionados. Examinaba esa tropa diversa, pero, en el fondo, similar: actores y actrices ya maduros con un recorrido profesional consolidado, preocupados en seguir buscando papeles de enjundia apropiados a su edad; otros más jóvenes, pletóricos por hallarse en el momento álgido de sus carreras, conscientes de que no debían desaprovechar las oportunidades. Muy pocos satisfechos con el papel que llevaban a escena, pues la mayoría eran secundarios o lo consideraban por debajo de su potencial. Él se habría conformado incluso con los más ínfimos: no se sentiría seguro en los más conspicuos. Pero no había podido ser…

A pesar de estas frustraciones, el teatro era fuente de algunos placeres. No perdió el entusiasmo por disfrutar de las obras representadas; sin embargo, no le resultaba fácil olvidar todo lo que quedaba en el foso y en la chácena, cuando los actores salían a escena: él estaba ahí, rodeado de los cachivaches de utilería, con los decorados como fondo que se sucedían a lo largo de la representación…Esa parte oculta era la armadura, la verdadera esencia del teatro y también de todo ser humano: lo que no vemos en ellos, pero condiciona su comportamiento.

Observaba a las mujeres que, antes de salir a escena, se transformaban en el personaje que representarían en un rato gracias a la intervención de peluqueras y esteticistas. Papeles tan falsos como la tramoya, pero que alcanzaban verosimilitud gracias a la magia de la imaginación del espectador. Él seguía disfrutando como espectador, pese a ser trabajador. Ver lo que sucedía en el escenario desde otro ángulo, desde el alma verdadera del teatro, le permitía descubrir múltiples significados en lo representado. Las obras reproducían fielmente los conflictos de las relaciones humanas: el amor y los celos, la amistad y la traición, el poder y la humillación... En poco más de dos horas asistía a experiencias que él seguramente no viviría, pero, gracias a su inmersión en el drama, padecía o disfrutaba. El teatro era una ventana, y él se asomaba a contemplar las múltiples manifestaciones de la vida. Se enamoraba de esos personajes femeninos y sufría las catástrofes emocionales que casi siempre conllevan esas vivencias. Después, durante el tiempo que la obra permanecía en cartelera, su existencia estaba dominada por las pasiones experimentadas en el escenario.

No siempre era fácil acercarse a las mujeres reales, pero lo intentaba, observándolas cuando era posible: cuando deambulaban al entrar o salir del teatro o entre los camerinos mientras se vestían; en los momentos de concentración antes de salir a escena; cuando realizaban un mutis… No era fácil intercambiar unas palabras con ellas en esos momentos de tensión, pero se aproximaba buscando las vibraciones que emanaban de sus personas.




Aunque intentaba evitarlo, al final, en ese tiempo muerto entre cambios de cartelera, le asaltaba la zozobra de que su existencia era anodina. Lo único valioso era la imaginación, pero no dejaba de ser irreal. No experimentaba las pasiones verdaderas como el resto de los mortales. Aquello lo llenaba de frustración: él nunca sería el protagonista de ningún drama; como mucho, un personaje secundario de una mala comedia, un personaje risible e insustancial, de los que llenan el espacio, o la propia historia, para que no parezca vacía.

El señor Fermín se percataba de estas crisis.

—Muchacho —siempre le llamaba así—, ¿qué mosca te ha picado hoy?

—Nada.

Pánfilo reaccionaba, cuando se abordaba su intimidad, levantando barreras para impedir que alguien escudriñara en su interior.

—Venga, que a mí no me engañas —le continuaba animando el encargado.

Pero el muchacho no se abría, por mucho que le insistieran. ¿Cómo iba a contar a alguien esas congojas pueriles?

El señor Fermín lo atraía hacia sí con el brazo, juntando ambos cuerpos. Era una caricia varonil para disipar las angustias. Aquel hombre de mediana edad era la única persona que se interesaba por él, pero no podía contarle su vida interior.

—No se preocupe, ya se me pasará —le respondía sobreponiéndose a la caricia.

El contacto con el encargado conseguía que se diera cuenta de lo solo que estaba. Sin su madre, pese al tiempo transcurrido, se sentía huérfano por completo, pues la relación con la tía y las primas había sido un espejismo. Ninguna le resultó lo bastante entrañable como para anhelar su trato.




—Tienes que pasarte por mi casa un día —le propuso vagamente el señor Fermín.

No especificó el motivo para sobrepasar los límites de su relación. No se opuso, pero tampoco mostró interés.

Fue un día en que las puertas se cerraron para todos. El señor Fermín le conminó a que lo fuera a buscar para ir a dar un paseo.

Vivía también muy cerca del teatro, en pleno centro metropolitano. Era un piso más bien pequeño. Nada más entrar, Pánfilo se percató del poco espacio disponible para moverse. Incluso, las paredes del distribuidor estaban ocupadas por estanterías, unas cerradas, otras abiertas, donde se mezclaban objetos y libros sin concierto. Le sorprendió el caos reinante en ese espacio existencial en un hombre siempre tan ordenado en el trabajo. Entrar en su vivienda era asomarse al fondo oculto donde el señor Fermín se preparaba para actuar en el exterior, a la vista de quienes dependían de él. Temió que, al conocer ese emplazamiento íntimo, su opinión del hombre cambiara. Por eso le resultaba inquietante que le permitiera explorarlo. La desorganización era patente en cada una de las estancias que le iba enseñando, aunque no percibió suciedad.

—Siéntate donde puedas, que enseguida estoy.

—Gracias, señor Fermín, no se preocupe.

—No hace falta que me trates de señor —le dijo con una clara intención de romper la distancia entre ambos.

Apareció con un álbum bajo del brazo, ya con la chaqueta puesta.

—A la vuelta te voy a regalar algo —le anunció con la intención de crearle expectación.

Pánfilo no dijo nada más que gracias.

Fue un paseo entretenido, más relajado de lo que el joven había imaginado. Dejaron de lado el centro y, caminando, llegaron al inmenso parque del lago. No hablaron de nada en particular, sino comentando lo que les llamaba la atención. Sin embargo, después de la comida en un restaurante diferente del habitual, notó que al señor Fermín le cambiaba el humor. La melancolía tiñó su conversación. Le habló de su vida, sin entrar en detalles que quizá le habría gustado exponer y que si no se atrevía a hacerlo era por pudor o falta de confianza. En algún momento salió a colación el nombre de su madre y le confesó que era una mujer especial, que siempre se había llevado muy bien con ella. No hacía falta que se lo dijera: ya lo sabía; le sonó a ñoñería de un viejo nostálgico.

De regreso al centro, el señor Fermín se empeñó en que pasara un momento por su casa.

—Recuerda que te dije que te iba a regalar algo.

Sin quitarse la chaqueta, para no entretener al joven, abrió el álbum de fotografías y extrajo un sobre.

—He revisado mis recuerdos y he hallado estas fotos de tu madre. Creo que te hará ilusión tenerlas.

Pánfilo las iba a sacar para examinarlas delante de él.

—No. Mejor las miras con calma en tu casa… Ah, se me olvidaba —descolgó dos llaves de un cuadro donde había otras—, quiero que me hagas el favor de que las guardes; son de este piso. Es por si un día se me olvidan las mías.

La jornada había sido agotadora; deseaba llegar a casa y descansar, pero también ver esas fotos. Con la mano en el bolsillo rozó las llaves. Le sorprendió que el encargado confiara en él hasta el extremo de franquearle su puerta. Sin embargo, lo achacó a que el señor Fermín sabía que era un bonachón.

Extrajo las fotos: en todas aparecía su madre. Se enterneció al comprobar lo bonita que era. Se trataba de imágenes anteriores a haber nacido él. En todas lucía el peinado de media melena que llevó durante su vida. Sus ojos grandes desafiaban al fotógrafo, como si estuviera enfadada con él. En una salía acompañada de un joven. Miró detenidamente su cara a ver si le resultaba conocida. Supuso que sería su padre. No guardaba en su memoria el perfil de su rostro. Esta y otra, donde aparecía un grupo con el vestuario propio de una representación, habían sido tomadas sobre el escenario. Mirando con atención, descubrió a ese mismo joven al lado de su madre, desviando levemente los ojos hacia ella, orgulloso de posar juntos. En las demás, el paisaje cambiaba y su madre era más joven, casi una mozuela. En una, tomada en la peana de una gran estatua de un Cristo de piedra, aparecía una muchacha preocupada porque el aire no le levantara la falda; de fondo, ocupando todo el tercio superior, el azul de una costa infinita. La otra la mostraba sentada en el sillín de una Vespa en la puerta de una taberna de pueblo. En ambas lucía el mismo vestido blanco con lunares azules.

Las miró detenidamente varias veces, tratando de imaginar la historia que se escondía trás de cada una. Como su madre se había negado a entrar en detalles de su vida, le sirvió de poco esa información. Lo que más le sugería eran los paisajes: uno verde, el de su infancia y juventud, el de su tierra natal; el otro, el teatro, el mundo fascinante, causa del alejamiento de sus orígenes.

Lo más inexplicable era que el señor Fermín guardara esos recuerdos, en especial las dos de Santander. La única explicación que halló fue que ella le hubiera regalado esas dos instantáneas. Las otras eran más sencillas de comprender. El mismo encargado había reconocido que también le había tentado el mundo de la farándula y es probable que ambos formaran parte de la misma compañía.




La última representación dramática de la temporada antes de verano fue la de una gran compañía. Las funciones se prolongarían bastante. Durante el montaje, pese a su envergadura, Pánfilo pasó más tiempo en la oficina del regente que de un lado a otro. No tardó en percibir que el señor Fermín le introducía en las gestiones que él realizaba como administrador.

—No, esto no se hace así. Antes de encargar los programas de mano, debes esperar a que el director nos envíe la plantilla definitiva con el nombre de todos los intervinientes. Pide a dos imprentas que te den presupuesto y que te manden una muestra antes de decidir...

Había mucho que gestionar, y el instructor guiaba al neófito con paciencia. El joven se dejaba llevar, y realizaba estas tareas con la misma disposición que si le mandaran aspirar las alfombras.

—Tienes que ir aprendiendo —le aconsejaba con cariño el señor Fermín.

—¿Por qué quiere que le ayude, si usted lo hace muy bien? —se atrevió a preguntarle un miércoles, mientras comían juntos en el restaurante.

—Nunca se sabe —respondió, sin ser más explícito.

La programación estival incluyó operetas y zarzuelas. El teatro era diferente. Se habilitaba el foso del escenario para que se colocaran los músicos, y los cantantes tenían otro temperamento. El aire que se respiraba era más fresco y alegre. El hecho de vestir ropa más liviana conseguía desperezar las sensibilidades más placenteras. El único que seguía con su cara circunspecta era el señor Fermín. No parecía que los rigores del verano le sentaran bien. Pánfilo no se atrevió a preguntárselo. Sin embargo, no dejaba de observarlo y acabó convencido de que algo le pasaba. Incluso, un día no se presentó a trabajar. Él fue el que abrió las puertas del Emperador, pues también le había entregado un juego de llaves, por si un día se dormía. Esa era la razón. «¡Cómo se va a quedar dormido el señor Fermín!», pensó el joven, pero se había acostumbrado a obedecerlo ciegamente.

A medida que conocía los entresijos del negocio, Pánfilo ganó confianza en sí mismo. Que el regente confiara en él y le delegara más funciones era prueba de su fe ciega en él. Cada vez lo corregía menos y no era necesario que le recordara las tareas cotidianas. No obstante, comprendió que la falta de observaciones quizá fuera también una muestra del decaimiento de su mecenas. Don Fermín continuaba ocupando el sillón detrás de su mesa de trabajo, pero con frecuencia regresaba a casa. No decía que no se encontraba bien, aunque era obvio que necesitaba retirarse.




La temporada de teatro clásico era la más delicada, ya que aún había una afición selecta y entendida en declamación que hacía gala de sus conocimientos criticando el más mínimo fallo de dicción de los actores y de la puesta de escena. En su boca aparecían juicios en defensa del honor de los escritores del siglo XVII, que a buen seguro habrían sorprendido a aquellos nobles hombres de letras. Sus furibundas miradas no se dirigían a los actores, sino al regente y a los directores.

—No te amilanes ante ellos —le recomendaba su mentor—. Esperan todo el año a que comience la temporada para verse entre ellos y sacar de su cerebro polvoriento las ideas más conservadoras. No aprenderás nada de sus críticas, siempre empeñados en imponer sus criterios… A los que debes tratar bien y ganártelos son a los de la prensa. Es importante que salgamos en las páginas de los periódicos: es propaganda gratis.

Por Navidades, Pánfilo se extrañó de que su protector no apareciera durante dos jornadas seguidas.

—Ando de médicos —le había dicho ya un mes atrás, sin entrar en detalles de sus dolencias.

Cuando el señor Fermín no iba a trabajar, su ayudante acudía a su casa a ver si necesitaba algo y para contarle los pormenores de la actividad. No le pasó por alto que el piso estaba más ordenado, los muebles y las estanterías más vacías. En cambio, el aire era más cargado, propio de un lugar cerrado y sin ventilar. Pronto se acostumbró a aquel ambiente denso, cargado de olor a medicinas y sudor.

Aunque Pánfilo se interesaba por su mal, el encargado lo que quería era que le hablara de sus ocupaciones, de si la marcha del teatro continuaba a pesar de sus ausencias. El joven se henchía de orgullo y le respondía que todo iba bien, aunque le echaban de menos.

Celebraron las fiestas juntos. Pánfilo compraba alguna chuchería que sabía que le gustaba al enfermo y dulces navideños. Hasta se atrevió a llevarle una botella de sidra. Ponían la televisión mientras compartían los alimentos. Estando juntos, la soledad se atenuaba en aquellos momentos entrañables. Cada vez le costaba más hablar a don Fermín.

—Muchacho —le decía después de un rato—, aquí no pintas nada. Vete a dar una vuelta a ver gente, que habrá mucha algazara fuera.

Pánfilo bajaba a la calle. Reinaba el trajín festivo, una alegría pegajosa. No obstante, él no se contagiaba ni se dejaba llevar por el barullo. No se sentía bien por abandonar a ese hombre solo. De nada servía ya su compañía y le costaba admitir que su presencia en el piso le resultaba al convaleciente una evidencia de su deterioro. Buscaba la soledad, como huía de la conversación: malos síntomas.

Las funciones se suspendían desde el día 31 hasta después de Reyes. Las jornadas resultaban tediosas; todos aparentaban ser felices con los villancicos que iban y venían. Pánfilo acudía al Emperador por rutina y siempre, antes de comer, visitaba al señor Fermín. Había tardes que hubiera vuelto, pero no quería atosigar al enfermo. Se sentía responsable de su estado. Al fin y al cabo, desde la muerte de su madre, él era el único que se había preocupado por él y quien le había abierto la posibilidad de trabajar: no era mal empleo y todo se lo debía.

La víspera de Reyes, un poco antes de que comenzara la cabalgata, subió a su piso. No había acudido a la hora habitual; estaba impaciente. Llamó al timbre y golpeó la puerta. Nadie abrió. Su inquietud se desbordó. No esperó más; sacó la llave que el señor Fermín le había proporcionado y entró. Llegó hasta el salón, llamándolo; lo descubrió en el sillón de orejas. Estaba frente a la puerta, como si lo hubiera orientado hacia allí en busca de auxilio. De la calle llegaba el sonido de las explosiones de petardos y la algarabía; ese ruido hacía aún más perturbador el silencio. En la mesa del salón, bien visible, había un sobre a su nombre. Leyó lo que había escrito el señor Fermín y recogió el dinero que le había dejado para gastos.




Lo que vino después ya lo había vivido antes con su madre. No necesitó la guía de una vecina para saber cómo proceder. A las diez de la noche se encontraba delante del féretro, solo en el velatorio. Los empleados le preguntaron si se iba a quedar velando. Afirmó con la cabeza: era mejor estar allí, a su lado, que solo en casa. Le dejaron un termo con café y unas pastas y no lo molestaron. Se sentó en un sillón, frente a la caja donde reposaba el señor Fermín. Siempre que pensaba en él, se refería así: el señor Fermín. Le costaba usar otra denominación y tenía razones suficientes para cambiar, pero en su cabeza no cabía otra alternativa: eran maestro y discípulo. La carta, lo que ponía en ella, le punzaba para que hurgara en su contenido, pero no era capaz de superar el aturdimiento. Ante un muerto no hay más pensamiento que la muerte, el fin de una existencia sin valor para nadie, excepto para la persona que acaba de expirar.

La espera hasta su incineración se prolongó durante toda la jornada siguiente. No le entregaron sus cenizas hasta bien entrada la noche. Regresaba con ellas mientras los transeúntes más rezagados se recogían en casa con la pena que durante unos días habían desterrado a causa de las fiestas. Dejó la urna, en forma de trofeo deportivo, en el tresillo de la entrada y se metió en la cama. En sueños intentaba incorporarse para comenzar a resolver trámites que todavía no era capaz de entrever, pero que le apremiaban. Durmió más tiempo del que quería.

En el sobre con su legado, el señor Fermín había dejado un cartel anunciando su muerte y deseaba que fuera colgado en el panel informativo del teatro: agradecía a todos los empleados, y a los actores y directores, su colaboración. Pánfilo lo colocó allí. Le hubiera gustado no asumir el papel de deudo, pero, a falta de otra persona, recibió el pésame y el homenaje de quienes lo conocían. Tuvo la impresión de que muchos de ellos lo trataban comprendiendo que él era quien más sufriría su ausencia.

De todo lo que sucedió después, lo más inexplicable fue su puesto. En las disposiciones del difunto no figuraba que él asumiera la regencia del Emperador, pero así fue: la dirección del teatro se la encargó a él. El señor Fermín habría gestionado el traspaso con los dueños.

Había releído varias veces esas dos cuartillas en las que se resumían las últimas voluntades de su mentor. Con palabras más evocadoras que precisas, el hombre daba a entender una relación con su madre. Mencionaba las fotografías que hacía tiempo le había entregado como prueba. En su texto solo mencionaba la palabra hijo una vez y no aludía a su padre fugitivo un tiempo y ya muerto. Con estos datos, Pánfilo tendría que reconstruir la historia de su madre con el señor Fermín, que aportaba otro dato de interés: también él era originario de esa tierra marinera.

La aceptación de la herencia no presentó las dificultades administrativas que había imaginado. También el previsor gerente había tramitado ante notario su testamento y había dejado dinero suficiente para costear el cambio de titularidad de la vivienda. Pánfilo abandonó el piso de la plazuela de San Atanasio y se trasladó al nuevo. Tenía pocas cosas: la ropa de su madre la entregó en una residencia de ancianos; vendió la biblioteca a un librero de viejo y su colección de cómics la repartió entre un grupo de niños que jugaban en la calle. Poco se llevó de esa casa alquilada: las plantas y algunos objetos personales de su madre. También el señor Fermín había vaciado su vivienda de las adherencias superfluas para que el nuevo inquilino encontrara un hogar lo más despojado posible de recuerdos y de escenografía que le condicionaran. Él tendría que vivir su vida, no la de él ni la de su madre; con el piso vacío heredado, su vida sería una representación sin escenografía, casi minimalista, como las tendencias más innovadoras que pedían paso.

Una de las primeras decisiones como gestor fue adquirir dos maceteros de copa de mármol blanco para colocar en las esquinas del gran hall del teatro. En una floristería le aconsejaron que pusiera en ellos dracaenas. Realizó el encargo de las plantas y el sustrato y se lo llevaron a primera hora del día siguiente.

—Le ayudo a plantarlas —se ofreció el empleado.

—No es necesario, gracias.

Cuando se marchó el de la floristería, sacó de su despacho una bolsa y la urna metalizada donde reposaban los restos del señor Fermín. En cada macetas echó parte de la turba y, a continuación, antes de asentar la planta, vertió por partes iguales en ambos maceteros las cenizas de él y la tierra de la bolsa procedente de los tiestos de su madre. Afianzó el tronco con más sustrato y regó.




38. El Rivendel

  La noche continuaba su transcurso hasta el amanecer sin importunar con su oscuridad la vigilia de los noctámbulos, para quienes el tiemp...