El
sol caía sobre el osario de piedras blancas y cenizas areniscas del
cauce seco, que se alargaba retorciéndose valle abajo. Mirar esos
despojos áridos era martillear la conciencia de Colás, recordarle
su miseria y sus deudas. Ya eran tres años consecutivos de sequía.
Los campos eran una piel arrugada de la que emergían gatuñas
traicioneras y cardos gigantes. Sus parcelas de cereal se agostaban
sin que las escuálidas espigas medraran: antenas largas y sin granos
en el cuerpo, que no era de un dorado puro, sino moteado con manchas
negruzcas. Su desesperación quedaba en el páramo; su determinación
le guiaba irremediablemente
a la vega. Sabía lo que buscaba; mejor aún, a quien quería
enfrentarse. Era casi imposible no hallar a don Robustiano en la
huerta más frondosa. Solo iba a ella cuando el calor disminuía.
Allí, bajo la sombra de una parra, se recortaba su oronda figura. Se
abanicaba con el sombrero de fieltro dejando a la vista su blanca
calavera, que contrastaba con el espeso bigote negro. Colás se apeó
del burro y lo ató por el ramal a uno de los olmos que vigilaban la
zona más feraz del término.
—Hombre,
Colás —le saludó don Robustiano cuando apareció ante él.
Tener
delante al terrateniente le enfureció aún más. La idea le rondaba
desde hacía unas horas; le había ido calentando la sangre. No
dudaba; pero en ese momento se vio pequeño, consumido por el trabajo
y las desazones. Por si no fuera poco, el chivatazo de Clemente:
<<Don Robustiano ronda a tu mujer>>.
—¿A
qué te refieres? —le había inquirido.
—Abre
los ojos.
—No
me toques los cojones ni me andes con enigmas.
—Pregunta
a tu mujer.
—Te
pregunto a ti. Habla de una vez.
Clemente
había tardado en contar lo que sabía, pero desembuchó.
—No
dices nada, hombre —dijo don Robustiano, intentando
romper el mutismo del visitante.
—No,
no digo nada. Vengo a ver qué tiene que contarme.
—¿Y
ese horcón y esa soga? —El huertano reparó en estos aperos.
Colás
no respondió. Lo miraba, atento a la aparición del
pánico en su rostro.
Don
Robustiano le ofreció la petaca.
—No
gasto. Échese usted uno.
Le
vio destaparla y sacar un papel del librillo. No le temblaba aún el
pulso. No era hombre para agitarse a las primeras de cambio.
—Mal
año —dijo por decir algo.
—Ya
lo ve usted.
—¿Y
qué? ¿Cómo va la cosecha?
—Para
el diablo. Ya lo sabe usted.
—¡Parece
que estás de mal temple!
—Ya
ve usted.
—¿Tengo
algo que ver yo?
—Usted
sabrá.
Don
Robustiano se fue a incorporar. Colás caló la horca apuntando con
los pinchos:
—Mejor,
no se mueva.
—¿Me
estás amedrentando?
Colás
no respondió.
—¿Qué
te sucede? ¿Te he hecho algún mal?
—Ya
le he dicho que usted sabrá si tiene algo de lo que arrepentirse.
—¿Arrepentirme?
No sé.
—Piense
usted.
—Baja
ese horcón y hablemos. ¿Qué pasa? —Don Robustiano intentó no
perder la calma y tomar la iniciativa—. ¿Es por las deudas?
—Antes
de nada, coja usted la soga y métase la lazada por la cabeza hasta
la cintura, de modo que los brazos queden en el interior.
—Esto
ya se sale de madre, te vas a arrepentir.
—Usted
haga lo que yo le diga.
Se
incorporó para realizar la maniobra, pero Colás le ordenó que
efectuara sentado la operación. Con dificultad consiguió introducir
la soga. Tiró de ella el agresor hasta conseguir que los brazos
quedaran pegados al cuerpo.
—Tú
dirás. Piensa que nos puede ver alguien.
—No
se preocupe, no tardaremos en acabar.
Colás
examinaba el entorno más próximo: la cerca, las tablas verdes de
hortalizas, el estanque, el pozo... El frescor le calmaba. Un
buen lugar para huir del páramo.
Parecía que la poca agua del término había ido a parar al pozo
profundo del huerto de don Robustiano. Del estanque salía un pequeño
chorro que discurría por los surcos de patatas ya calados. Después
sería el turno de las judías verdes, los pimientos, los tomates y
lechugas... No le faltaba de nada al hacendado.
—Lo
tiene usted bien cuidado.
—Ya
ves... —Don Robustiano creyó que Colás entraba en razón—. Te
decía antes que, si estás enfadado por lo de las deudas, podemos
hablar…
—Hablemos.
Claro que quiero hablar de las deudas, de lo que ya no es mío y es
de usted. De esas tierras, que eran las mejores que tenía, y ahora
son de su propiedad. Del huerto, no tan hermoso como en el que
estamos, del que me tuve que deshacer para irle pagando mis deudas.
De la viña, pegada a la suya, que pasó a formar parte de su
patrimonio: este año no he probado el vino, el que usted se bebe sin
pensar que me lo ha quitado. ¿Quiere que sigamos hablando?
—Yo
no tengo la culpa de que vengan mal dadas y de que tú seas una
calamidad —No se arrepintió don Robustiano de decirlo—; sí,
eres una calamidad… ¿Qué quieres que te diga?
Colás
no le replicó. ¡Que se explayara! Pero su mirada era
un dardo clavado en los ojos de su interlocutor.
—Mi
dinero es mi dinero. Eso lo tienes claro, ¿no? Si tú me debes es
porque me has pedido. Si no lo devuelves en el plazo correspondiente
o no me abonas los intereses, yo me veo en la obligación de reclamar
las garantías que me ofreciste. ¿Es así o no? Pues más claro, el
agua.
—El
agua que a usted le sobra y a mí me falta.
—No
digas tonterías. Una cosa no tiene que ver con la otra.
—Ya…
Y, pasando a otra cuestión, ¿entre las garantías que usted me
exigió entraba mi mujer?
Don
Robustiano palideció.
—¿No
tiene nada que decir? —le preguntó Colás como si fuera un juez.
Una
nube oscura ocultó el sol. El inmovilizado guardaba silencio. Una
brisa fría y mortífera cimbreaba sus cuerpos y ascendía por el
lecho cadavérico del arroyo hacia el páramo. Colás se secó el
sudor de la frente con el dorso de la mano sin dejar de apretar el
mango del horcón con el brazo. Un momento de zozobra, que
desapareció cuando la nube se alejó.
—¡Se
ha callado usted!
—No
me incites a hablar… Demasiado he hablado y demasiado te estoy
aguantando este desmán. ¡Ya veremos qué consecuencias tiene!
—Ahora
es usted el que me amenaza.
—No.
Lo que te digo es que dejemos estar las cosas, como si esto no
hubiera sucedido.
—Pero
ha sucedido. Lo peor es que no hemos acabado.
—¡¿A
qué te refieres?! No dices nada.
Veamos, podemos ponernos de acuerdo. Voy a ser comprensivo. No quiero
que te ahogues... ¿Te ríes?
—Me
hace gracia.
—¿Por
qué?
—No
tardará usted en verlo.
—No
sé a qué te refieres, pero, a lo que íbamos. Me imagino que lo que
te preocupa es que este año tampoco vas a poder acometer el pago de
lo que me tienes que devolver. ¿Es así o no? ¿Te quedas callado?
—Sí,
pero olvídese usted de cobrar este año y los venideros. Esto se
acabó.
—No
entiendo lo que quieres decir.
Colás
dio unos pasos hasta acercarse a él. Apuntó con el horcón el
inmenso estómago de don Robustiano.
—Pero
¿qué haces, insensato? ¿Me quieres matar?
Don
Robustiano sudaba. Colás se percató de que el chorro de agua del
estanque había dejado de correr: las hojas caídas de la parra
habían taponado el agujero.
—Le
he preguntado hace un rato por mi mujer; no quiero que ande con
rodeos.
—Tu
mujer hizo lo que tenías que haber hecho tú: venir a mi casa a
hablar, a contarme vuestras penurias…
—Ya.
—¿Tú
no sabías nada? ¿No te contaba que hablaba conmigo?
—No
se haga usted el listo.
—Que
conste que yo no la obligué a nada, que lo que hemos hecho ha sido
con su consentimiento.
—¿Qué
sucedió?
—Me
pidió que fuera comprensivo; que tú no eras hombre de pedir
clemencia…
—Ya.
—Hice
todo lo que estuvo en mis manos, pero ya te he dicho que el dinero es
el dinero. No puedo dejar de cobrar lo que es mío, de una manera o
de otra.
—¿De
una manera o de otra? ¿No me tenía usted ya bien cogido de los
huevos? ¿No ha pasado todo lo mío a ser de su propiedad? Tan solo
me quedan las laderas del monte no roturadas desde hace siglos. Pero
usted no se conforma. No. Su sed insaciable le incita a dejar a un
hombre en la ruina y a quitarle hasta su esposa.
—No
sé qué te habrán contado…
—Eso
a usted no le va ni le viene. Quiero que me lo cuente usted.
—Te
decía que todo tiene un precio y vosotros no me podíais ofrecer
nada, excepto…
—Hable,
no se corte.
—Tu
mujer está de buen ver y le dejé ver que si se entendía conmigo
podíamos llegar a un acuerdo ventajoso para todos.
—Ventajoso
para todos… ¿Para nosotros también?
—¡Eres
un iluso! Sí, para todos. Los garbanzos del cocido y el trigo del
pan que te has comido han salido de mi panera.
—Me
gustaría vomitar sobre usted todo lo suyo que me he llevado a la
boca.
—Tú
piensas solo en ti, pero ella piensa en vuestros dos hijos.
—Calle,
usted.
—No,
ahora vas a acabar de oír todo.
Colás
desvió la mirada hacia el camino, temeroso de que algún testigo
pudiera oír la conversación. Después, la perdió en la inmensidad
de la vega agostada. Tomó una bocanada de aire seco que le erosionó
los labios y la boca. No tenía agua con la que aliviar
la sed ni el ardor que le consumía el alma.
—Adelante.
Ya tarda.
—Mentecato...
En tu propio corral... Allí me veía con ella. Ella lo resolvió
todo, cuando aceptó el trato. No habría más apreturas durante este
año; no exigiría los intereses; así te lo comunicaría si hubieras
venido a mi casa a decirme que no podías pagar. Yo hubiera sido
comprensivo, y no me hubiera cobrado en especie...
—¿En
especie? ¿Me queda algo que no sea suyo?
—Sí,
idiota; tu casa y los corrales; tus aperos; cualquier cosa que te
pertenezca.
—Es
usted un miserable sin piedad... ¿Habría sido capaz si mi mujer no
hubiera...?
—¿Qué
culpa tengo yo?
—Ninguna,
ninguna... ¿No existe la caridad, el temor de Dios?
—Mira,
no me vengas con monsergas ahora.
—Claro,
claro... Sí, mejor continúe usted.
—Además,
cuando he entrado en tu casa, nunca lo he hecho con las manos vacías.
Siempre llevaba conmigo unas alforjas a rebosar con lo mejor de mi
despensa. Y he sido discreto. No sé quién te lo habrá dicho; yo no
he fanfarroneado por ahí.
—Solo
le hubiera faltado eso.
—Mira,
Colás. Ya sé que no está bien lo que he hecho, pero yo no soy el
único que tiene culpa.
—¿La
tiene mi mujer? ¿La tengo yo?
—¿Qué
quieres que te diga? Borrón y cuenta nueva... Hablando se entiende
la gente. ¿Qué quieres? Puedo ser comprensivo, alargar los plazos,
perdonarte algo...
—Hable,
usted.
—Pero,
primero, retira este horcón y desátame.
—Muy
pronto me exige que le suelte. No, usted se queda así hasta que yo
decida.
—No
te voy a llevar la contraria.
—Entraba
en el corral de mi casa...
—Sí,
así era... Ella dispuso la manera. Durante lo que queda de verano,
hasta la Virgen de Agosto, los martes nos veíamos. Yo solo debía
merodear por las eras y, cuando ella retirara los visillos de la
ventana de vuestra alcoba, podía entrar por la puerta desatrancada
de los corrales. No sé quién me pudo ver.
—Alguien.
—¿Así
que no ha sido tu mujer la que te lo ha dicho?
—Déjela
en paz.
—¿Qué
más deseas que te cuente?
—¡Es
usted un ser despreciable! ¿No se le ocurría pensar en su
sufrimiento, en el mío, en el de mis hijos, en toda mi familia? Ya
que no le atemoriza la justicia divina, ¡no le imponía temor si yo
me enteraba! ¡Es una culebra que se merece que le aplaste la cabeza!
Cada
recriminación iba acompañada de la presión de las púas sobre la
faja que le ceñía la tripa.
—¡Me
vas a pinchar al final!... Cállate, desgraciado. ¡La culpa es tuya!
¡Si mi mujer me hace una faena como la que te ha hecho a ti la tuya,
la hubiera tirado al pozo!
—Al
pozo, al pozo... Tiene usted razón: ¡al pozo!
Don
Robustiano se quejó por un pinchazo. Observó su vientre, pero su
faja no estaba húmeda. Contempló a Colás lleno de furia; la
mirada era su única arma; las palabras no habían servido.
Bufó mientras intentaba desasirse de la soga que le oprimía y
lanzaba patadas al aire, buscando derribar a Colás. Este, con un
rápido movimiento, colocó las puntas del horcón en su cuello.
—Pare.
Incorpórese.
Al
negarse, Colás volcó la silla con un pie, sin retirar el horcón
del pescuezo. De momento, no le había causado ninguna herida.
—Levántese
con cuidado.
Se
incorporó ayudándose con las manos.
—Dese
la vuelta muy despacio.
Don
Robustiano obedecía con la docilidad de un anciano. Colás colocó
la punta del horcón en sus anchos hombros y le empujó con suavidad
en dirección al pozo, cuya boca se encontraba parcialmente cubierta
por dos largos travesaños a los lados. Entre ellos había un espacio
por el que se podía acceder a la cavidad. A medida que la distancia
era menor, don Robustiano se detenía, pero Colás lo azuzaba sin
compasión. Comenzó a gimotear.
—Vaya,
tan valiente y se pone a llorar.
A
escaso medio metro, don Robustiano se sentó. Era un hombre de mucha
envergadura y de una altura considerable.
—De
aquí no me muevo.
—Eso
ya lo veremos.
Don
Robustiano arrancó hierba y se la arrojó a los ojos de Colás. Este
le propinó un empujón con la pierna que le puso al borde. Con un
rápido movimiento, cambió de lado y tiró de la soga hasta que el
cuerpo cayó chocando contra las paredes de piedra del pozo. Se
hizo eterno el silencio hasta que, por fin, Colás oyó el chapoteo
del agua. Se
asomó para cerciorarse de que el cuerpo había caído. Don
Robustiano intentaba asirse a la cuerda, que Colás aflojaba, aunque
la sujetaba por un cabo. Desde el pozo arañaba la piedra, buscando
rendijas donde clavar los dedos para sujetarse, como gato huidizo.
—Ayúdame
a salir de aquí, criminal. ¡Auxilio! ¡Auxilio!
Colás
vigilaba el entorno. Don Robustiano gritaba como un
cerdo degollado en la mesa de la matanza.
Convencido de que no saldría después de esperar unos minutos, ató
la soga al tronco de la parra y se dirigió a buscar a su pollino.
—¡Qué
noble eres, Cano! Hoy te va a tocar trabajar bien, pero sé que me
ayudarás.
Tiró
del ramal y el animal obedeció dócilmente. Con calma deshizo el
trayecto hasta el huerto. Oteaba el camino y las laderas a ver si
descubría algún testigo de la fechoría. No divisó a nadie; sin
embargo, era posible que lo hubieran visto: mil ojos vigilan el
campo.
Al
llegar a la noria, se asomó: el cuerpo orondo de su víctima flotaba
llenando casi todo el hueco. Esperó un momento. Sacar aquel cuerpo
no sería fácil. No se desalentó; con determinación,
condujo al burro hasta el borde del pozo
y anudó bien la soga en la collera del animal. Por temor de que la
cuerda se rompiera al rozar la piedra, interpuso la chaqueta de pana
del finado.
—¡Arre,
arre, Cano! Vamos.
Él
tiraba de la soga a la vez que la bestia. A pulso, sin
ceder terreno,
lo izaron hasta que le pudo agarrar del mismo cordel y del cinturón.
—¡Arriba
con él, Cano!
Rodó,
pesado, hasta volverse.
—¡Bien,
Cano! —agradeció a la acémila.
El
cuerpo inerte y la cara bobalicona de don Robustiano parecían
los de un muñeco gigantesco.
—No
hemos terminado. Nos falta aún mucho trabajo, pero hay que
acometerlo.
Desató
el nudo y dejó más cuerda entre burro y el cadáver y volvió a
anudarlo. Tomó la chaqueta de don Robustiano, la dobló y la echó
sobre el lomo para que la soga le rozara lo menos posible. Corrió la
lazada de la tripa del muerto hasta quedar en las axilas.
—¡Ale!,
¡vamos, Cano!
Animal
y hombre tiraron a la vez de la carga. Al ponerse tensa la cuerda,
los hombros y la cabeza caída de don Robustiano se levantaron del
suelo. La mitad del cuerpo arrastraba; la otra iba en
vuelo, dando bandazos. Colás
no cesó de tirar hasta que alcanzaron al camino. Se detuvieron para
tomar aliento. De nuevo, miró alrededor. Ni se oía el susurro de la
brisa, ni el clamor de las aves ni la llamada del remordimiento. En
el mundo solo estaban ellos.
—¡Que
no se diga! Arre —azuzó al burro.
En
los trechos empinados, ayudaba tirando también de la cuerda.
Llegaron
a la parte donde el camino y el lecho eran hermanos. Colás miraba
con amargura ese reguero seco de piedras blancas y arena porosa. Le
parecía que en cualquier momento comenzarían a quejarse como ánimas
del purgatorio.
—¡Cuándo
lloverá! —exclamó Colás, recogiendo las lamentaciones secas y
apagadas de esos despojos fluviales.
El
sol caía sobre su lecho, desviando sus rayos hacia el cenit. Barrió
con la mirada todo el cielo. Por poniente vislumbró un
insignificante cúmulo oscuro. No se atrevió a pronosticar que las
tormentas rondaban la comarca. Lo seguro era que el cierzo
aparecería.
—¡Ale!
¡Arre, que se nos hace tarde!
El
animal daba muestras de agotamiento, pero Colás sabía que no
cesaría de tirar hasta que él se lo ordenara.
—Venga,
un poco más despacio, que ya no falta nada.
El
camino cruzaba el arroyuelo sorteándolo a través de un puente de
piedra. Una vez sobrepasado, por la orilla contraria,
ascendieron hasta el salto del agua, si esta fluyera.
A los pies de las rocas, depositó bocabajo el cuerpo de don
Robustiano. Se santiguó, sin que de su boca saliera una plegaria por
el alma del difunto.
—Vámonos
a casa, Cano. Ya está hecho lo que teníamos que hacer.
La
ladera del noroeste les dejó en una penumbra acogedora después del
esfuerzo realizado; en la cumbre de la otra falda los últimos rayos
del sol arañaban a los matorrales y las encinas polvorientas.
Colás
caminaba sujetando flojamente el ramal. No había montado para no
mortificar más a su fiel Cano, que lo seguía con la cabeza baja y
olisqueando los matojos resecos de la orilla del camino. Él,
en cambio, la levantaba, mirando a lo lejos, al frente, a los lados
y, de vez en cuando, hacia atrás.
No divisaba a nadie. El silencio continuaba envolviéndolo. Le
resultó extraño que, incluso, ya a las afueras del pueblo, no se
encontrara con ningún vecino. Albergó la duda de si rehuían su
presencia.
La
puerta trasera de los corrales de su casa estaba abierta. Su mujer
trajinaba cerrando las gallinas y barriendo.
—Buenas
—le dijo mientras cruzaba el umbral.
—Buenas
tardes… deja el burro y vete a lavarte, que la cena ya está lista;
ya le quito yo la collera y le echo la postura.
—Échasela
doble, que hoy la tiene merecida, y abundante paja.
Justita
no inquirió las razones por las cuales su marido quería ese trato
para el animal.
El
matrimonio cenó junto a sus hijos, sin hablar demasiado. ¡Qué se
podían decir después de una jornada agotadora! Lo importante era
que se habían refrescado y calmado el hambre.
Colás
salió al fresco. El poyo aún guardaba calor. Ese rato era el único
placer de una jornada agotadora. Se podía respirar y aliviar las
congojas del día antes de meterse en la cama. Justita lo acompañó
cuando terminó de acostar a los niños.
—Parece
que hoy se ve poca gente fuera —le dijo su marido.
—Se
habrán metido ya en casa; ya es tarde.
—Bueno,
pues cuando quieras, nos acostamos también, que mañana será otro
día duro —le propuso al notar el relente.
Antes
de apagar la luz, ya en la cama, Colás se percató del cambio.
—¡Has
puesto cortinas!
—Sí,
ya estaba un poco harta de los visillos.
Antes
de amanecer, los ladridos llenaron de lamentos las alcobas. Colás se
despertó, pero no se impacientó. Aún le dolía el cuerpo y el
contacto con su mujer lo relajaba.
—¡Parece
que los perros arman mucho jaleo esta mañana!
—Andarán
detrás de los gatos…
Ya en
la cocina, Justita se alarmó. En la calle había un trajín distinto
al de otros días cuando la gente se levantaba para comenzar una
jornada más de trabajo. Había alboroto de mujeres en corrillos.
—¡Algo
ha pasado! —le dijo a su marido.
—Es
posible…
—Voy
a enterarme.
Colás
no le quitó las intenciones. Más pronto o más tarde lo tenía que
saber.
—No
sé qué comentan de don Robustiano, que ha desaparecido…
—Ya
aparecerá —dijo por decir algo.
Mientras
Colás almorzaba, la intranquilidad fue en aumento. La hoja de arriba
de la puerta de la calle estaba abierta, aunque una cortina ocultaba
el interior. A través de ella observaba las carreras de la gente
atravesando la plazuela.
—¿Me
has preparado la merienda?
—Sí,
pero no te esperas a enterarte de lo que le ha sucedido.
—A
mí ni me va ni me viene. Si no me ocupo de lo mío, nadie lo hará.
—¿A
dónde vas hoy?
—Al
Horcajo, a quitar maleza. Tiene mucho peligro de incendio.
Colás
se dirigió al camino del páramo que transcurría paralelo al lecho
del arroyuelo. El sol aún era amigo placentero, pero sus rayos
anticipaban una jornada de mucho calor, aunque barruntaba que el
cambio estaba por llegar. Pronto fue alcanzado por la yegua de
Santiago.
—Buenos
días, Colás. ¿Te has enterado?
—¿De
qué? ¿De lo de Robustiano?
—Sí,
¡a ver de quién va a ser!
—Algo
ha dicho la mujer.
—Está
ahí mismo, despanzurrado contra los cantos, en la fuente.
A la
yegua de Santiago le costaba ralentizar el paso para adaptarse al del
borrico, pero su jinete la frenaba para no separarse de Colás.
—¿Te
vienes a verlo?
—La
verdad, no me apetece. Ya sabes que los dos teníamos nuestros más y
nuestros menos. Pero no me importa acompañarte.
Al
cruzar el puente, pudieron comprobar que ya había concurrencia. En
ese momento, Santiago arreó su montura. Colás llegó detrás. Al
percatarse de su presencia, percibió que los comentarios se
apaciguaban. El corro que rodeaba el cadáver se abrió para que
pudiera contemplar el cuerpo tendido. Continuaba bocabajo. No
necesitó aproximarse mucho para comprobar que de su boca abierta
salía un hilo de agua muy fino, casi imperceptible, que humedecía
las piedras más próximas.
—¡Buen
día! —les deseó mientras daba la vuelta al burro y deshacía el
trecho de ribera seca hasta alcanzar el puente. Continuó camino
arriba por la otra margen. Sin desviar demasiado la mirada, se
percató de que los curiosos no le quitaban ojo.
La
maleza reseca y áspera se había enseñoreado desde hacía tiempo de
la antigua huertona de El Horcajo. En su día manaba agua que se
recogía en una balsa que era suficiente para mantener la verdura de
las hortalizas. En el foso había depositado légamo agrietado. Desde
este paraje contemplaba la ladera y el nacimiento del arroyuelo, así
como buena parte del valle por donde transcurrían el lecho y el
camino. También se oían las campanas doblando por el finado. No
tardó en aparecer el cura con el monaguillo: él parecía un toro
negro embravecido por el ritmo frenético con el que embestía la
corriente de frescor que descendía por el cauce; el monaguillo, a
unos metros, el torerillo que perseguía a ese animalote que
imprecaba sin cesar.
Antes
de que llegara al puente, los curiosos descendieron. El cuerpo de don
Robustiano quedó en el lecho pedregoso para enfrentarse a la
clemencia del párroco, uno de sus amigotes de sobremesa. Se inclinó
sobre él, sin creerse que estuviera muerto. El monaguillo llegó con
el acetre y se lo arrebató. Se santiguó y comenzó las preces por
el difunto. El sacerdote oró encomendando el alma de su amigo para
que descansara eternamente. Con el hisopo mojado dispersó unas gotas
de agua sobre el cuerpo y las piedras. Desaparecieron al momento.
Devolvió el caldero al muchacho. Se quitó el roquete y también se
lo entregó, ordenándole que regresara solo a la iglesia. Él sacó
la petaca y lió un cigarro. Se sentó en una piedra. Se le notaba
que la fatiga o la tristeza por las circunstancias le embargaban,
porque se limpiaba el sudor y unas lágrimas con un pañuelo blanco.
No
tardó en aparecer el coche del sargento de la guardia civil. Se bajó
el mando y esperó a que llegara la pareja de subordinados que venían
en bicicleta. Saludaron al sargento y lo flanquearon camino del
nacimiento. Poco antes de que llegaran se incorporó el cura. Había
recobrado la respiración.
—Ahí
lo tienes, al pobre Robustiano…
El
sargento ordenó a sus hombres que se detuvieran a unos metros del
finado. Se acercó solo para cerciorarse de que se trataba de él. No
lo tocó.
—¡Qué
raro! Le sale un hilo de agua por la comisura de la boca.
—Así
es…
Al
sargento, pese a que tanto el religioso como el hacendado eran
amistades suyas, no le gustaba que interfirieran en su cometido
profesional, que prefería afrontar solo. Odiaba la conversación en
esos instantes de análisis y formulación de hipótesis.
El
cura se percató de que su presencia ya no era necesaria y dio media
vuelta para regresar.
—Espera
en el coche, que te bajo de un momento —le dijo al cura.
Mandó
a uno de sus hombres que lo acompañara.
—Usted,
dé una vuelta a ver si ve algo raro —ordenó al otro número.
Nunca
le había gustado esa Castilla reseca, herida sin piedad por los
rayos del sol. Cada servicio que pasaba era una carga menos en la
cuenta de los días que le faltaban para jubilarse. No añoraba su
Galicia marinera después de haber cambiado de destino por varios
puntos de la geografía nacional, pero como navegante que concluye su
singladura, era consciente de que había de arribar al puerto del que
partió.
Miraba
hacia ese valle abajo, las laderas y, al fondo, el pueblo. No se
fijaba en el paisaje; buscaba la cara del asesino. Seguro que si lo
tuviera delante leería en sus ojos las razones que le movieron para
arrebatar la vida a ese hombre tendido sobre el lecho de piedras. Sin
embargo, supo que no solo sería una cara… En los ojos de muchos
vecinos estarían escritas palabras como odio, venganza, sed de
sangre, ira, sin misericordia, arrebato… ¿Quién de ellos había
cumplido el mandato de su inamovible voluntad? No podría descubrir
al verdadero, porque todos deseaban ejecutarlo. Nadie hablaría para
delatar ni simplemente para testificar, porque todos eran verdugos.
—Vete
con el compañero —le ordenó al guardia que había acompañado al
cura.
Arrancó
el coche y maniobró para dar la vuelta. Sin parar el motor, dejó al
sacerdote a la puerta de la casa parroquial. Un grupo de personas se
acercó a ellos, ávidos de noticias.
Descendió
por la pequeña carretera hasta el municipio. La vega estaba
iluminada; sin embargo, la envolvía una tenue polvareda que
revoloteaba enloquecida. Sin perder de vista la calzada, escrutó el
cielo en busca de señal iniciaria que ayudara a anticipar el devenir
del tiempo. Una electricidad pujante cargaba el ambiente de
partículas irritantes. Le molestaba la guerrera y cada vez soportaba
menos los zapatos. Sabía que el agobio de la jornada no
desaparecería fácilmente.
En el
juzgado aún no se hallaba el titular. No se extrañó. Don Severino
era un gandul al que no le gustaba madrugar. No eran demasiados los
asuntos que atendía y, una vez en su despacho, era un hombre
práctico que simplificaba los trámites. Dejó recado de que le
avisaran cuando el juez se incorporara a su puesto. Mientras tanto,
se dio una vuelta por el cuartel. Eran pocos los números destinados
con los que contaba. El de puertas le saludó.
—A
sus órdenes mi sargento.
—Fermín,
avisa a los compañeros que se preparen para entrar de servicio.
Cuando estén listos, que vayan a la vega y suban al pueblo. Ha
habido un deceso: don Robustiano.
También
entró en la vivienda situada en el mismo cuartel para avisar a su
mujer de que hoy no sabría a qué hora terminaría.
Regresó
al juzgado. Don Severino acababa de llegar. Al enterarse del suceso
por el relato sucinto del guardia, se preparó diligentemente para
realizar el levantamiento del cadáver.
—¡Tenemos
tiempo cambiante! —le comentó al sargento con el talante
despreocupado del que comienza una jornada de trabajo más mientras
ascendían.
—Eso
parece.
—Ese
Robustiano, ¿qué tal?
No le
apetecía al sargento decir la verdad. No era sencillo buscar el tono
conversacional con el magistrado. Era muy abierto e informal en el
trato, pero, en el fondo, un defensor acérrimo de los derechos de
las autoridades y de los potentados. Bien lo sabía él: nunca iría
en contra de ellos, aunque fueran reos claros de culpabilidad.
Siempre encontraría excusa para eximir su responsabilidad.
—Debía
tener sus más y sus menos con algunos vecinos…, asuntos propios de
las aldeas.
Se
detuvieron un momento en el pueblo. El sargento dio aviso a la viuda
de que dispusiera la recogida del cadáver y la organización del
velatorio.
No
era mucha la segunda parte de la ascensión desde el pueblo. El
sargento fue consciente de la anomalía de la situación. No había
gente en el camino ni en el paraje donde se hallaba el cadáver.
—¿No
ha venido nadie a curiosear? —les preguntó con discreción a sus
subordinados cuando llegaron.
—No.
El
sargento avanzó hasta llegar al cuerpo tendido. Don Severino
procedía como si tuviera que despachar un trámite habitual. De la
boca de don Robustiano aún manaba un fino hilo de agua que conseguía
mantener húmedas las piedras más cercanas.
—Esto
está visto. Procedan como consideren oportuno.
Don
Severino inició la marcha hasta el puente.
—Aguardad
a que venga la familia y la acompañáis al pueblo y esperad órdenes
—dispuso el mando.
El
juez echó mano del paquete de tabaco cuando se arrellanó.
—¿Quiere,
sargento?
—No
gasto. Hace mucho que lo dejé.
—Eso
que gana usted.
—Así
es.
—¿A
qué conclusión llega usted?
El
juez expulsaba el humo con deleitación, con la mirada perdida en un
paisaje que le resultaba extraño.
—Mal
asunto. No va a ser fácil dar con él.
—¡Parece
inverosímil que haya aparecido aquí arriba!
—Por
eso lo digo.
—¿Quién
puede tener la sangre fría y la mente tan perturbada para maquinar
una muerte así?
El
sargento se encogió de hombros, como si fuera una cuestión que no
le concerniera a él.
Bordeando
la localidad, pudieron ver la comitiva que se dirigía a recoger el
cadáver.
No
tardó también en divisarla Colás. Aunque permaneció atento al
devenir en torno al cadáver, no se estuvo de más. Ya iba a ser
mediodía. Se sentó a la sombra de los olmos, en un punto desde el
que seguir los acontecimientos. La comitiva familiar se fue
aproximando. Llevaban un carro uncido a una recua de vacas moruchas.
También portaban una mula torda. Todo lo habían previsto. El
carruaje lo dejaron colocado de vuelta en una parte del puente y
fueron a buscar el cuerpo con el animal. Un hermano de don Robustiano
disponía cómo se debía proceder dando órdenes a dos jornaleros
que no eran del pueblo. Entre los tres izaron al muerto sobre los
lomos de la bestia. A horcajadas, con sumo cuidado, equilibrando la
carga de vez en cuando, consiguieron trasportarlo desde el nacimiento
del riachuelo hasta la caja del carruaje. Lo taparon con una manta de
estameña. Los chirridos de las ruedas mal engrasadas se confundían
con el rechinar metálico de las chicharras, a cada cual más
estridente.
Un
poco antes de las doce del día siguiente, las bajás
anunciaron el comienzo del sepelio. Había amanecido otra mañana de
calor pegajoso. Colás, y la mayoría de vecinos, había aprovechado
la fresca para hacer alguna tarea hasta la hora del entierro. Cuando
regresaron a casa a almorzar, divisaron los primeros rayos sobre las
colinas del oeste. El sol se había ido cubriendo con nubes bajas que
se deslizaban silenciosamente. Corrientes de aire callejeaban
violentamente moviendo puertas y ventanas. Después de asearse y de
ponerse ropa limpia, pero no la de los domingos, se caló la boina
negra. En la calle, se encontró con otros vecinos que se dirigían a
la iglesia. Las campanas continuaban doblando e imponiendo silencio.
Colás se situó junto a los demás hombres bajo el cobijo de las
olmas. El viento insumiso era el único que desafiaba la comitiva
lúgubre que transportaba en hombros la caja del muerto.
Protegiéndola, detrás, sin ninguna muestra contrita, el sacerdote
imponía un ritmo vivo. No dejaba de mirar al cielo, con temor a
calarse si no espabilaban. Hasta parecía molestarle el tañido
lastimero de las campanas, pues levantaba la cabeza con disgusto
hacia la torre con la esperanza de que lo vieran y se percataran de
que era hora de parar.
Colás
y otros muchos permanecieron fuera, mientras se desarrollaban los
ritos litúrgicos. En ocasiones semejantes era el momento de
intercambiar impresiones sobre la cosecha y las tareas que faltaban.
Sin embargo, durante la misa de cuerpo presente de don
Robustiano, permanecieron callados, salvo alguna palabra referida a
la tormenta que se estaba preparando.
Se abrieron las puertas del atrio para alivio de todos. Las mujeres
salieron las primeras; otras lo hicieron detrás de la caja. La cruz
parroquial, acompañada por dos ciriales portados por monaguillos,
abría la comitiva camino al cementerio. Las mujeres formaron corros
a la puerta y los hombres se juntaron a la marcha. Colás también se
sumó a esa procesión mortuoria camino del camposanto. Mientras
daban tierra a don Robustiano, aprovechó para rezar un padrenuestro
en las sepulturas de sus padres y abuelos. Antes de que acabaran los
responsos, los hombres deshicieron el camino hasta llegar al atrio de
la iglesia. Los deudos, en compañía del cura, regresaron al poco.
De nuevo, más relajado por hallarse a cubierto, el sacerdote rezó
las últimas plegarias encomendando el alma del difunto. La corta
familia de don Robustiano se dispuso en fila para recibir el pésame.
Cuando el sacerdote estrechó la mano del primer familiar, un trueno
retumbó en todo el valle y una intensa cortina de agua sorprendió a
los concurrentes.
Colás
fue el primero en retirarse sin llegar a dar el pésame a la familia,
mientras se dejaba empapar con deleite; el resto de
vecinos lo siguió.