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14/05/26

CANTERO, CAPÍTULO II (Segunda parte)

 

De la bóveda celeste descendían sombras limpias que, al rozar la tierra, la relamían, y allí donde encontraban hueco, cantera, charco, piedra, chaparro o mata de berceas, anidaban. El espacio, el cielo, el aire, una vez que volcaba esas adherencias artificiales, mostraba un azul intenso de una profundidad ilimitada, acrecentada por los puntos estelares.

Cantero llegó al tajo con el tiempo justo de encontrar la herramienta esparcida por el suelo de rajos. Apartó los punteros votos, las uñetas romas y los colocó encima de la piedra inconclusa para sujetarlos con una goma extensible. El resto lo metió en un saco de plástico y los guardó en un montón de desperdicios. Echó pedruscos por encima del bulto para camuflarlo. En un bidón de gasolina lleno de agua metió el mallo, el porrillo y la bujarda… Los celtas o los vetones, se acordó ahora, trabajaban también el hierro de una forma excelente. Los forjados que se habían encontrado aún mantenían una calidad admirable, tanto en herramientas utilitarias, como en adornos, empuñaduras de espadas, fíbulas... De hecho, los romanos, cuando llegaron allí, con su sencilla y atrayente romanización, supieron aprovechar la buena disposición de aquellos bárbaros para el trabajo. Por supuesto, no opusieron ninguna resistencia a ese proceso que puso fin a su cultura, que no a su forma de vida y de ganarse el pan. Cantero especuló que los buenos herreros trabajarían para ellos forjando armas con las que vencieron los pocos focos rebeldes que mostraron la osadía de plantarles cara. A los canteros, se los llevarían para construir vías, puentes, acueductos, templos… Al resto, medio ganaderos, medio picapedreros, los instalarían a lo largo del río que atravesaba la llanura y construirían a intervalos regulares molinos de agua para transformar los cereales producidos. Así acabó su asentamiento y así se encontraba ahora… Cuando los romanos ya no necesitaron de ellos, los despidieron, y poco a poco regresaron a estos parajes y, aprendidos los hábitos ciudadanos, fundaron un nuevo poblado más cerca de la calzada romana. Así continuaban. De tiempo en tiempo, a la llamada de un mandato divino, han emigrado y construidos catedrales, iglesias y conventos y, cuando la orden ha sido humana, palacios, plazas y cruces victoriosas.

Trepó por el frente escalonado por donde avanzaba el corte. En lo más alto, volvió la vista a la cantera para comprobar que todo quedaba en orden. Observó el montón de material acumulado; en pocos días tendría completo un viaje. ¡Cuántos camiones habría llenado a lo largo de su vida! Millares de losas, adoquines, peldaños y bordillos. Había comenzado a trabajar después de acabar la escuela, pero los cantos habían sido su sonajero. Solo se había ausentado de ellos durante el breve periodo del servicio militar, en las caballerizas. Su vida había transcurrido en la cantera, excepto en los días más crudos del invierno. En la cantera al sol y al frío; en casa, sentado a la lumbre o refugiado en la umbría. A la capital solamente iba cuando necesitaba comprar lo que su madre no conseguía en el pueblo o a solventar trámites administrativos ineludibles. Eso sí, si había de sustituir la moto vieja, se recorría con detenimiento los concesionarios hasta hallar la que más le convenía. Cuando comenzaban a fallar, no lo pensaba dos veces y compraba una nueva, un modelo más moderno que el anterior. Las viejas nos las vendía, las iba alineando en el corral para que con el paso del tiempo se fueran desintegrando. Era uno de los pocos caprichos que se daba. El resto, todo lo que ganaba, lo ahorraba. La cartilla del banco tenía tanto dinero que ya hacía tiempo que no lo llevaba por cuenta. Si trabajaba, no era por ganar un sueldo o por el afán de acumular y acumular. Trabajo y dinero eran realidades inseparables: si trabajaba, ganaba dinero. Pero si el trabajo no implicara necesariamente remuneración, también trabajaría. Esto no quería decir que vendiera la piedra a cualquier precio, ni mucho menos. El valor de la piedra y, por ende, de su trabajo era una cuestión importantísima, pues suponía la dignificación de una actividad que de otra manera hubiera carecido de sentido y, por supuesto, habría sido inaceptable para él. Por eso, a pesar de no serle de utilidad el dinero conseguido con su trabajo, cuando llegaban temporadas en las que el precio de la piedra bajaba, se negaba a vender, mientras que otros canteros despachaban el material al primer contratante que llegara. Se resistía, no podía soportar esa situación tan injusta y calamitosa. Era como si su esfuerzo hubiera sido en balde. Prefería contemplar la cantera llena de piezas acabadas, aunque a veces le impidiera desenvolverse, antes que malvender su trabajo. ¡Que se pudra! ¡Que críe!, se decía atribuyendo cualidades propias de los seres vivos a la piedra inerte. Pese a su aislamiento y poca comunicación con los demás canteros, las referencias del precio del mercado eran fidedignas. El procedimiento para calcular el valor se fundamentaba en varios parámetros objetivos. El precio de los productos siempre subía, nunca bajaba. Bien lo sabía cuando tenía que comprar una moto nueva. El herrero, por otra parte, cada cierto tiempo subía el coste por afilar y arreglar la herramienta. Por último, se enteraba de que la vida era más cara por el precio que Lobete pagaba cada vez que iba a putas. Las mil pesetas de antes, fueron dos y, hacía ya un tiempo, tres mil.

Lobete era el único con el que mantenía alguna relación. Eran algo parientes y habían sido amigos de infancia. Siempre habían trabajado juntos en la misma cuadrilla hasta que cada uno abrió su propia cantera. La intensidad de su relación se había ido diluyendo a medida que la juventud se extinguía sin que en esta circunstancia hubiera mediado conflicto o roce alguno. Cada uno era para el otro un elemento más de la decoración de su vida, que, siempre presente, se va interiorizando hasta perder toda pizca de emoción. En cambio, sus respectivos perros se evitaban y recelaban el uno del otro, aunque nunca se enfrentaban ni se ladraban. De hecho, habían establecido un pacto según el cual, en sus tareas de vigilancia, cuando se acercaba algún extraño solo salía uno a enfrentarse y aullar, mientras el otro seguía acurrucado sin mover el rabo.

A pesar de todo, Lobete no era considerado tan introvertido ni tan extraño como Cantero. De hecho, era querido por muchos. Esta opinión favorable hacia su persona era en parte propiciada por su rostro afable. Su mirada y su expresión era ya la de los solterones resignados a su suerte. Sabía que su vida no cambiaría, que ya no encontraría una mujer, porque no quedaban en el pueblo. No había más que conformarse ante ese hecho irreparable, pero su resignación era aceptada, sin rencor hacia nadie. Era una situación natural: si no había mujeres, ¿cómo se las iba a desear? Era como si en esas tierras sus habitantes añoraran el mar. El amor era extraño y desconocido. Por eso su serenidad era más sincera, ya que provenía de la sabiduría que solo otorga la naturaleza a aquellos que saben acomodarse a sus normas. Quizá el oficio de cantero implicara necesariamente la soltería. Su tarea, el parto de la piedra, exigía un compromiso absoluto con ella. Se podía verificar que la proporción de canteros solteros era bastante superior a la de los casados y, además, eran ellos los que mejor trabajaban, como si la piedra, celosa, no se dejara moldear por manos que no se la entregaran por completo. No era una cuestión baladí ni propia de creencias esotéricas, sino que la piedra castigaba, a veces de forma brutal y vengativa, a aquellos que se atrevían a tocarla con sus manos impuras e incestuosas. Machucones, acero en el cuerpo, ojos tuertos y, sobre todo, silicosis. Al final siempre los casados terminaban comprendiendo las exigencias de la piedra y se veían obligados a decidir entre ella o su mujer. Cuando el amor a la esposa e hijos superaba al amor a la cantera, terminaban abandonando el oficio y emigrando en busca de trabajos no tan duros y menos comprometidos. A pesar de esta entrega de los canteros a su amada, no siempre le eran fieles. Eso le sucedía a Lobete. De vez en cuando tenía que ir de putas. Su entrega no era tan pura y casta como la de él. De todas maneras, las infidelidades eran secretas y escasas. Tomaba el tren al anochecer, escondido entre las piedras para que no lo viera nadie. La vuelta no se sabía con certeza cómo la realizaba, si en taxi o andando por el campo; nunca, en tal caso, por la carretera para que no lo recogieran los automóviles que regresaban al pueblo. También podía suceder que concertara con otros solteros su viaje en coche; no estaba seguro.

Al día siguiente de haber ido al prostíbulo, a la hora de almorzar, Lobete iba a visitarlo. Ascendía con lentitud la escombrera con el propósito de que Cantero lo viera, como si esperara su permiso para encontrarse con él. A fuerza de repetir siempre las mismas rutinas, había llegado a saber con antelación, mucho antes de que abriera la boca, cuál era el motivo que rompía su aislamiento. Los lunes por la mañana, al principio, una visita cada mes, y después, con el paso del tiempo, más espaciadas. Otro motivo para hollar la cantera del compañero era cuando se acercaba algún contratante a comprarles la piedra. En este caso, la visita era anunciada por el aullido de uno de los dos perros, por lo que también adivinaba la razón. Si se acercaba a su cantera un lunes a primera hora, Lobete exhibía una sonrisa que se extendía de oreja a oreja, sonrisa que el otro espiaba sin dirigirle directamente la mirada. En estas ocasiones, Cantero no dejaba de trabajar, lo hacía incluso con más ahínco. Ni lo saludaba ni lo despedía. A él no le importaban estos desplantes y su discurso era siempre parecido. «Vaya morena la de ayer. ¡Vaya furraco más espeso! Vaya qué tetas. Estaba como una yegua. Vaya si estaba buena. Tenías que ver qué señoritas. Unas señoritas cojonudas. Total, por tres mil pesetas. A ver si te animas. La que más te guste. Llegas…, con cualquiera. Todas buenas. Cojonudo. Todas cojonudas». Parecía como si este desahogo no viniera producido por la necesidad de comunicar esos momentos agradables, sino como si buscara prolongar una excitación que no concluiría hasta que volviera a su cantera y se masturbara recreando las sensaciones de la tarde anterior.

La masturbación era lo único que también le quedaba a él. Solo podía encontrar placer en su cuerpo. El objeto amoroso no existía ni en su imaginación. Su aislamiento y su obstinada negativa a contemplar a los demás habían borrado los contornos de la silueta femenina; incluso, era incapaz de recuperar la desvaída imagen de Andrea. La soledad no era el mejor medio para que la imaginación sexual pudiera desarrollarse, más bien se atrofiaba hasta perderse por completo. Masturbarse era una necesidad biológica en la que no entraba la excitación. Se convertía en un proceso mecánico y puntual, por lo que el placer venía más de la sensación de evacuación de unas excreciones que por las ansias de satisfacción propias. De todas formas, deseaba que esto terminara pronto, que no tuviera necesidad de meneársela. Sería otra de las muchas cosas que habría ido dejando atrás a lo largo de su vida: la confianza en los amigos, la falsedad de la comunicación, la diversión rutinaria y, por último, el amor a sí mismo.

Hubo un tiempo en el que se excitaba con una chica atractiva. No es que se hubiera enamorado, solo le gustaba y el recuerdo de su contorneado cuerpo despojado de ropas lo provocaba. Cerraba los ojos, a veces los apretaba como para retener ese cuerpo etéreo, y ahí empezaba y acababa todo. La imagen que se formaba era ya más producto de su imaginación que tomada del modelo real de la chica, pues la observación no había sido minuciosa, sino creada a partir de furtivas miradas a lo lejos o de visiones entrecortadas cuando se cruzaban en la calle, o realizadas desde el observatorio en penumbra del portal. Pero la muchacha abandonó el pueblo, se casó con un forastero y no regresó. Eso había sido todo. En esa admiración no buscaba la correspondencia. De sobra sabía que no quería nada de esa muchacha, solo su presencia etérea y esporádica para corroborar una imagen ya originada. Ella era la muñeca a la que revestía como deseaba por la noche, antes de dormirse. Pero nadie, ni su hermano y mucho menos ella, malició nada, porque nada hizo para originar suspicacias. Otros solterones no solo levantaban sospechas, sino que no tenían recato en mostrarlas, pues aún no había perdido la esperanza de juntarse con alguna. Se creían mozos aún con derecho a la compañía de una mujer, dispuestos a aprovechar cualquier oportunidad que se presentara. Esperaban la ocasión apropiada de forma tranquila, sin agobios. Confiaban en un azar que hasta el momento no había manifestado indicios de ser propicio. Si alguna mujer los fuera a buscar, soñaban ellos, tendrían la osadía de no responder con rapidez, no porque necesitaran pensar en los cambios que traerían a su vida y a su futuro, sino como gesto altivo particular de su orgullo. A veces, no les quedaba más remedio y tenían que humillarse y mostrar unos ímpetus que habitualmente ocultaban de manera decorosa. Estas manifestaciones —rondar o echar una enramada a alguna moza— eran una forma de comunicación no verbal con la que expresaban su desesperanza, porque ellos no se atrevían a dirigirse a ella para decirle te quiero, me quiero casar contigo. Otros solterones, incapaces de expresarse, ni siquiera por estos medios, explotaban, lloraban y rogaban en vano. Eran los que estaban más desvalidos; los que no tenían padres ni hermanas, los que vivían solos y necesitaban compañía y ayuda para lavar, limpiar, cocinar… Cuando alguno lograba contraer matrimonio, se mostraban tiernos y amorosos con sus mujeres, incluso sin guardar el pudor ante los demás vecinos.

CANTERO, CAPÍTULO I (Segunda parte)

 

El sol rayaba el horizonte en lontananza. Una ligera e intermitente brisa refrescaba la cara curtida y negra de Cantero. Era una sensación a destiempo que avivaba el desorden rítmico del golpeteo del porrillo sobre el puntero. La observaba ascender río arriba. Avanzaba con lentitud y a rachas sueltas. Primero notaba removerse un chaparro. Al poco, se agitaba otro y así hasta llegar a las berceas más cercanas para abofetear con descaro su rostro. Entonces su brazo golpeaba con más fuerza la piedra, con rabia. Cuando pasaba, con el brazo se secaba el sudor de su cara y se restregaba el polvo introducido en los ojos por el aire. Sin querer, y sin saber con exactitud si la causa era el escozor o la rabia incontenida, empezaba a lagrimear. Pero lejos de desahogarse con el frescor del viento, este acrecentaba su brío furioso y lo incitaba a aporrear de nuevo el bordillo. Era un malestar que no podía soportar, no por la desazón y por su repercusión en el ánimo, sino porque brotaba de su cuerpo una fuerza inhumana que no era capaz de encauzar y aprovechar en una tarea productiva… Pensó en la historia que había oído contar a Lobete sobre Álamo. «Después de estar todo el santo día en la cantera duro que te pego, cuando volvía a casa, al acabar de cenar y antes de acostarse, se iba al corral, cogía el mallo y se liaba a dar porrazos en un lanchar. Era la única forma posible de acostarse cansado». Temía llegar a eso, a no poder agotarse: siempre con fuerzas. A veces conseguía olvidar esos pensamientos, pero cuando lo rondaban, se transformaba en un caballo desbocado… Para colmo, ahora el desasosiego se aliaba con ese airecillo fresco que debería aliviar su sudor y que, sin embargo, era un vendaval que avivaba el fuego de su cabeza y rebosaba en los dedos que se adherían al mango igual que ventosas para producir movimientos incontrolados. Los pies empezaron a restregar y patalear los rajos esparcidos. Como no pudiera con esto romper sus espasmódicos movimientos ni sus pensamientos obsesivos, como jinete de un caballo desbocado que no encuentra otra solución que tirarse de la montura, pegó una fuerte patada al taller arrojando el bordillo al suelo para frustrar una dinámica interminable. Golpear, aporrillar, golpear, aporrillar. Así siempre; siempre, siempre… Se acordaba de esta palabra en boca de don Aureliano durante la catequesis que impartía a los niños cuando los preparaba para que tomaran la primera comunión. «Siempre, siempre, siempre… Los que morían en pecado mortal iban al infierno». Explicaba lo que era el infierno. «Un lugar siempre en llamas, siempre con calor». Añadía que al infierno se iba para toda la eternidad. Trataba de advertir lo que era la eternidad padeciendo ese tormento: «Siempre, siempre, siempre…, no un mes, ni un año, ni tan siquiera la vida de un hombre, es siempre, siempre, siempre…, no hay lugar para la esperanza, es para siempre…» Siempre golpeando, golpeando…; no lo podía soportar. Se veía condenado ya en esta vida. Su eternidad había comenzado hacía mucho tiempo y el tormento insufrible del que hablaba don Aureliano lo llevaba padeciendo desde siempre. Estaba condenado; condenado antes de haber muerto, sin posibilidad de confesión y arrepentimiento, actos muy recomendados por el sacerdote. «Confieso, padre, que no he vivido, que no he pecado, que estoy en el infierno. Padre, hay algo inconcebible, no he podido vivir, he nacido y vivido en el infierno. Esta cantera, este hoyo, es mi infierno, fue mi cuna y estoy vivo en mi tumba».

Tova, Sola, tova; quis, quis…

La perra, asustada por la estampida y el alboroto, tardó en reaccionar. Cuando comprobó que de verdad el que la llamaba era su amo, corrió solícita a sus pies, como si no hubiera estado dormida un instante antes. Con una palmada en la pierna, la perra se puso de pie y se apoyó en ella. Él la acarició con la mano, que Sola, a su vez lamió y relamió. Un cansancio repentino invadió todo su cuerpo, tal vez debido a la relajación provocada tras las zalamerías de Sola, que lo miraba fijamente a los ojos. Era curioso, nunca hasta ese momento se había dado cuenta de que no sabía mirar a nadie, solo a la perra. ¡Qué mirada la de Sola! Podía saltar, revolotear a su alrededor, sin embargo, nunca perdía el contacto con él.

No quería sucumbir a la zozobra anterior, que lo había dejado exhausto, aunque también más sosegado. Una súbita paz lo invadió a la vez que un cansancio reconfortante. De todas formas, esa idea regresó fugaz, pero con una precisión clara. Sí, nunca había mirado a ninguna persona. Lo cierto es que tampoco tenía muchas ocasiones para comunicarse, pero las pocas veces en que surgía una oportunidad, no solo no decía palabra, sino que no miraba a nadie, únicamente a Sola. ¿Y hablar…? La zozobra se esfumó y la sensación inmediata, tal vez paralela, pero más tardía en su manifestación, fue sentir la boca seca. La perra, quizá más viva que él, adivinó su intención y, antes de que estuviera erguido, se encaminó en silencio y veloz al manantial en su intento baldío y siempre persistente para saltar sobre la rana, ninfa vieja y resabida de la fuente de la Virgen. Esta nacía de la misma piedra, que no era de granito azul o rubio, sino una guija de unos tres o cuatro metros de cuarzo que atravesaba todo el término superficialmente. Manaba un hilillo imperceptible de un agua fresca en verano, por estar en una ladera a la umbría. En cambio, en invierno, al depositarse el líquido en una no muy profunda pila, el sol lo calentaba. En ella abrevaban también animales, sobre todo pájaros y conejos. Sola levantó uno. Lo siguieron con la vista, mientras subía la ladera. Después de saciar la sed, rastrearon su pista, no con la intención de cazarlo, sino para que la perra se entrenara de cara a la apertura de la veda que no tardaría en producirse. Era un gazapillo que halló una buena escombrera en un corte abandonado. Se entretuvo en desmontar el antiguo taller donde intuía se encontraba el cobijo. No quiso desbaratarlo por completo; comprendió que allí con seguridad había un vivar y no era cuestión de, por un ímpetu incontrolado, estropear un buen lugar para sorprender a los animales. Contempló el punto estratégico donde se podría situar para cortar el paso a los conejos y comprobó que, desde el frente de la antigua explotación, sería el sitio ideal para abatirlos, tanto con la fresca de la mañana, como al atardecer. Con idéntica rapidez con la que antes estuvo escarbando, echó rajos en el mismo sitio para dejarlo como se encontraba con el fin de que ningún cazador pudiera descubrir su vivar. De ahora en adelante lo controlaría en secreto cada tarde para confirmar sus sospechas. Sola, en cambio, llevada por su instinto, persistía en su empeño de encontrar la presa, pero, cuando comprobó que su amo se alejaba, bajando el rabo lo siguió resignada, acatando unas órdenes imprecisas y tácitas.

El sol se estaba ocultando, aunque aún persistía cierta claridad; sus rayos ya no calentaban la tierra, sino que apuntaban al cielo, hacia las primeras estrellas, que pugnaban por dibujar su estela en el firmamento azul. La luna había conseguido afianzar su voluptuosa silueta redonda, pero aún batallaba con afán para imponerse sobre los huérfanos astros que con timidez emitían un punto de luz.

De regreso a la cantera, su vista se dirigió hacia la presa, hacia ese pantano en construcción. La obra ya estaba a punto de concluirse. Su pared ovalada ascendía hasta la mitad de dos cerros de piedras y encinas. El color gris del cemento resaltaba con soberbia sobre el paraje pardo. ¡Eran los tiempos! Hacía unos años, en la cuenca del escuálido río, en el punto en el que se erigían antaño los mejores molinos, la vegetación había sido arrancada para construir con monstruosas máquinas la mastodóntica barrera que frenaría su débil caudal. En poco tiempo, desde allí hasta la zona baja de la dehesa todo quedaría inundado y surgiría un gran embalse. ¡Qué engañado había estado!, pensó. La vida, el mundo, le había parecido eterno e inmutable. Los cambios, si los había, se producían de forma lenta y casi imperceptibles. Sin embargo, de repente, observó los vertiginosos cambios que se estaban produciendo. A veces, era necesario apartarse a la orilla de la corriente del vivir para poder valorar las novedades que se habían ido incorporando a nuestra vida. Se acordó de sus motos. Tres habían pasado por sus manos, contando la que le regaló su tío Leónidas. Desde la primera Montesa hasta la actual Derbi, su mecánica era en apariencia idéntica, pero algunos elementos habían mejorado mucho. El arranque era uno de esos avances. A las anteriores había que arrancarlas con la pierna o a la carrera; en cambio, ahora incluían un dispositivo electrónico para ponerlas en funcionamiento. Y los frenos ya no eran de zapatas, sino de disco. Sí, las novedades se integran en nosotros de manera sencilla. Aparecen un buen día y al poco tiempo ya forman parte nuestro mundo. Lo mismo había sucedido con el pantano. Se comenzó hablando de la construcción, pero nadie prestó demasiada atención, dado el escepticismo propio de la tierra. Expropiaron los terrenos, arrasaron las encinas, destriparon las piedras hasta dejar el monte pelado. Abrieron caminos, trajeron maquinaria, levantaron enormes torres y grúas. Trabajaron dos años día y noche, y esa tarde se fijó y comprobó con perplejidad que ya estaba terminado: un colosal muro de ciento treinta metros de altura, y otros treinta de grosor. De la nada había salido esa mole inmensa, así como aparecía entonces. Con seguridad dentro de pocos años esa hondonada estaría llena de agua, habría peces, barcos y hasta se agarraría la niebla. «¡Tendré que cambiar de afición; me convertiré en un paciente pescador! No pasará nada; nunca ha pasado nada. Una mañana vendré a trabajar y me encontraré con que la orilla del pantano está rozando mi cantera».

Sola observaba a su amo y no llegaba a alcanzar las zozobras que pululaban en su cabeza, pero comprendía por su andar ensimismado y lento que algo le apesadumbraba sin atreverse a sacarlo de ese estado inconsciente en el que caminaba.

Al torcer la vista un poco a la izquierda del muro de hormigón, comprobó que este casi se juntaba con los restos de las paredes defensivas del Castro. Esas eran las murallas contemporáneas, reflexionó al descubrir por casualidad ese detalle. Las obras de hoy eran reflejo de las del pasado, aunque los fines fueran distintos. Esas murallas de cemento mantenían su carácter defensivo. ¿Contra quién? No lo sabía. No comprendía el fin de su construcción. Habría que regular el cauce de los ríos para un aprovechamiento mejor del agua. Siempre hubo mentes inteligentes que supieron lo que hacían, lo dispusieron y lo mandaron realizar sin necesidad ni obligación de rendir cuentas de su quehacer. Siempre había sido así.

Había leído un libro, durante las largas y frías noches de un invierno lejano, cuando no le quedaba más remedio que permanecer en casa, bien porque las tardes eran más cortas, bien porque el mismo tiempo no permitía abandonar el calor de la lumbre, que trataba sobre los celtas y, en concreto, de los que habitaron en El Castro. Lo empezó a hojear y a leer por tedio. Los restos del poblado habían estado allí toda la vida y seguramente no se hubieran mantenido hasta el presente, si no hubieran llegado unos señores que colocaron unas tablillas en todo su perímetro con los siguientes mensajes, uno: «CASTRO CELTA. SIGLO VI AL II A. D. CR. RESPETAD EL LENGUAJE DE LAS PIEDRAS» y, otro: «PROHIBIDO CORTAR PIEDRA». También contrataron un guarda para imponer el orden. A los canteros que tenían el corte por las inmediaciones, después de una tremenda reprimenda y bajo amenaza de multa, los expulsaron. Avergonzados, no solo los que trabajaban en esos parajes, sino también casi todos los vecinos del pueblo, en expiación de su culpa y su poca cultura, abandonaron para siempre el lugar, optando, incluso en época de caza, por no aventurarse por esa zona. Los únicos que camparon a sus anchas a partir de entonces fueron los burros del guarda… Más tarde, la gente observó desde las canteras que aparecían por allí visitantes esporádicos, algunos de los cuales se habían desplazado en coches con matrículas extranjeras: viejos profesores de historia, curiosos de la ciudad y hasta jóvenes estudiantes del propio pueblo. Con motivo de la construcción de la presa, las visitas habían aumentado. Ahora venía sobre todo gente importante. También la televisión regional que, al tiempo que mostraba el estado de las obras, dirigía la cámara distraídamente, con un plano muy general, al conjunto de piedras que se sospechaba eran los restos arqueológicos del poblado, aunque, por la duración de las imágenes, era de suponer que el operario no se terminaba de creer que aquello fuera lo que todo el mundo decía, un castro.

En los dos últimos años y sobre todo durante el verano, se presentaron varios grupos universitarios que, bajo la dirección de arqueólogos calvos de largas barbas, removieron lo poco que quedaba sin excavar. Se notaba que había urgencia. El tiempo apremiaba ante la inundación que se produciría de inmediato. Era necesario completar los estudios de la zona que iba a desaparecer sumergida bajo las aguas. Pues bien, con la misma sumisa resignación con que entonces los canteros abandonaron el lugar ante la próxima inundación, los mandamases ordenaron el desescombro. Ya carecían de importancia los restos. Solo eran cuatro piedras que no pintaban nada. Y así se lo hicieron ver a los canteros a los que autorizaron, mientras duraran las obras, a cortar y, además, gratis, toda la piedra que los viniera en gana y esto, casi con apremio, como si fuera una tarea que deberían haber acometido desde hacía tiempo: ¡así era la vida! Y así eran ellos…

De todas formas sabía, por lo leído en el libro, que no fueron celtas los que habitaron allí, sino vetones; por lo menos, así denominaba el libro a los pueblos que habían vivido en el centro peninsular. Su origen era una mezcla de gentes procedentes de las invasiones germanas y de la población aborigen, es decir, los íberos. Los vetones, según coligió de su atenta lectura, una vez imantado al libro por una curiosidad no controlada, se dedicaban a la ganadería. Él, en sus indagaciones posteriores, había descubierto numerosas corralizas esparcidas por todos los alrededores que, con seguridad, habrían servido para recoger el ganado al medio día durante los veranos, cuando apretara más el calor. Por lo visto, no debieron ser muy ricos; tendrían lo justo para sobrevivir. Esto lo habían deducido los estudiosos a partir de los sepulcros descubiertos en la necrópolis, en la que habían identificado seiscientas tumbas. No enterraban a los muertos, sino que los incineraban y las cenizas las introducían en vasijas de barro, junto a pertenencias del difunto. Por estos objetos tan simples, habitualmente, una hoz, una maza, un cuchillo en el caso de ser hombre, o una fíbula, o cualquier adorno, si era mujer, dedujeron que no les iba muy allá. Sin embargo, encontraron otras vasijas, no muy numerosas en proporción, que contenían objetos más valiosos, sobre todo, armas profusamente adornadas… Estos restos debían haber pertenecido a los guerreros, los encargados de la custodia del poblado y de defender los intereses comunes. Algunos aventuraban la hipótesis de que fueran también salteadores que robaran el grano que podían a los agricultores de la llanura próxima. Y, ciertamente, pensaba él, esto pudiera haber sucedido así, ya que las tierras cercanas no eran muy aptas para la agricultura, por estar llenas de piedras. Lo seguro era que grano tenían, puesto que por allí aparecieron muchísimas ruedas de molino, así que de algún modo conseguirían el cereal. Por otra parte, el ganado algo tendría que comer para poder sobrevivir pues, a pesar del abundante pasto, este no era un alimento completo.

En el libro había una fotografía aérea en la que se podía ver la distribución urbanística del poblado. Una muralla defensiva bastante gruesa rodeaba todos los recodos del terreno. Había dos puertas: una, para las personas, y otra, para el ganado. La defensa del recinto se completaba con piedras clavadas en el suelo, con el propósito de dificultar el avance de los enemigos. Dentro del poblado, había una parte destinada a las casas de la gente y la otra, a cercados para el ganado. Existían también varios verracos, esparcidos dentro y fuera del terreno acotado. Estaban tallados en piedra de forma bastante tosca, sin perfiles definidos. Existían muchos. Parece ser que los esculpían para favorecer su ganadería o para que la caza fuera propicia. Los canteros actuales seguían esculpiendo verracos y nadie sabría explicar por qué razones lo hacían. Quizá fuera la única veleidad artística que les quedara después de realizar una labor repetitiva durante toda su vida.

La cuestión de los verracos había sido la única causa conocida capaz de unir a sus ascendientes. Él no la había vivido, pero había oído contar una vez esa historia con desgana, como si aquello hubiera sido un espejismo o la manifestación de una personalidad colectiva de la que todos se hubieran arrepentido y sobre la que hubieran echado una losa para que no transcendiera ni quedara registrada en los anales de la historia local. Cuando descubrieron el castro, lo que más llamó la atención de los estudiosos fue la abundancia de estos animales pétreos, que denominaron toros, marranos, perros y que allí en el pueblo se conocían como verracos. Eran animales de cuatro patas, pero difíciles de identificar. Los únicos rasgos bien definidos que mostraban eran los cuernos y los órganos sexuales de un macho, a veces labrados con exageración. Lo primero que expoliaron fueron estas esculturas, que trasladaron a la capital provincial unas, y otras al Museo Arqueológico de Madrid. Fueron colocadas en jardines, en plazas, puertas de las iglesias... Los paisanos del pueblo, con su indiferencia secular, nunca habían prestado atención a estos pedruscos, y menos confiado en sus poderes mágicos, pero llevados por su amor propio, se opusieron a tal saqueo de forma colectiva y violenta. Mandaron contra ellos a las fuerzas del orden para que el traslado se pudiera seguir realizando. Debió ser tanta la ignominia y el desprecio que sintieron, que, de pura rabia, al mejor verraco, al más grande, al más hermoso, el que se encontraba en la puerta principal del recinto, el último que faltaba de llevarse, le proporcionaron un golpe seco de mallo en medio del lomo partiéndolo en dos. Allí continuaban aún los dos trozos, confundidos con las piedras caídas de la muralla.




CANTERO, CAPÍTULO X (Primera parte)

 

Los días se fueron alargando y las jornadas en la cantera se prolongaban hasta dejar exhausto a Cantero. En la primavera aumentó la demanda de bordillos, rulas, losas, adoquines, piedra de mampostería. Todos acudían alegres a los cortes ante la expectativa de que el material que sacaran de las entrañas de la roca madre no pararía mucho en los cargaderos. Aunque las heladas se prolongaron buena parte del mes de abril, estas eran suaves y no afectaban al ritmo diario de trabajo, pues, una vez que el sol lucía con fuerza sobre las diez de la mañana, dejaba unas jornadas con una temperatura tibia que hacían más soportable la dura tarea.

Cantero y Lobete, no obstante, siguieron con el ritmo habitual. La mayor demanda de piedra no los afectaba de la misma manera que a otros compañeros más ambiciosos o con cargas familiares. El ansia de sacar mayor jornal no era un aliciente en su vida de solteros. Oían los golpes de la piedra al chocar contra la caja metálica de los camiones cuando cargaban, las voces potentes contando las piezas y después los veían pasar repletos hasta hundir con peligro la goma de las ruedas en los caminos. Desviaban un instante la mirada para averiguar quién era el contratista que había comprado el pedido. Cuando hubieran juntado material suficiente para un viaje se pondrían en contacto con él con el fin de vendérselo. Mientras tanto, el rendimiento era el de siempre, unas veces sacaban más bordillo, otras, menos, sin importarles nada los días en los que la producción era menor.

Sin tanta intensidad como después del primer encuentro con Andrea, Cantero pergeñaba la manera de reunirse con ella. A veces se preguntaba con desesperación dónde se metía para no verla ni en los lavaderos ni en la puerta de su casa cuando pasaba a la fragua. Tan solo se conformaba con admirarla en la distancia en la entrada y salida de la misa dominical. Durante la celebración eucarística ya no volvió a regocijarse con su figura en el paseíllo para ir a comulgar. Cuando a continuación se movían de bar en bar estaba pendiente de las muchachas que paseaban para distinguir a Andrea, pero, al no encontrarla, suponía que, después de la salida de misa, regresaba a su casa. Incluso, por las tardes, en vez de sentarse en una mesa a echar la partida de cartas, elegía deambular por las calles de bar en bar con el mismo propósito, sin localizarla.

Sabía de antemano que al baile no acudiría, pero, llevado por sus amigos, entraba con ellos a pasar un rato. Sonaba en el tocadiscos un bolero que las parejas bailaban con ardor. Miraba con inquietud a los grupos de muchachas con la esperanza mágica de distinguir a Andrea entre ellas. Era inútil la búsqueda. Se percató, no obstante, de que había menos mujeres. Examinó con más detenimiento al personal y se convenció de que los mozos eran muchos más que ellas. Con minuciosidad se fijó en la cara de las muchachas y echó en falta algunas habituales, como a la prima de Andrea. En cambio, había chicas más jóvenes que, por su comportamiento juvenil, parecían que se incorporaban por primera vez a la diversión. No se extrañó que hubiera tantos mozos desparejados, ya que ellos eran más numerosos. No es que su soltería fuera elegida, sino que no les quedaba más remedio que renunciar a la compañía femenina. Él era otro solterón, sin embargo, había tenido la dicha de conocer a Andrea y confiaba en que, cuando pasaran los meses de luto, se normalizaría su relación. Si esto sucedía, dejaría de andar de aquí para allá con la panda de amigos y los domingos saldría con su novia. Pasearían juntos por la calle o se alejarían del pueblo por la tarde buscando más intimidad; tomarían un refresco en el bar y bailarían los dos en el salón. No es que le entusiasmara estas convenciones; sobre todo, aceptaría a regañadientes ir al baile porque no le gustaba estar expuesto a la mirada descarnadora de la gente. Prefería que el tiempo de noviazgo se saltara para llegar a la plenitud de su convivencia con una casa para ellos dos solos.

El calor apretó ya a finales de mayo. Pronto cambiaron el ritmo del trabajo dejando las horas centrales del día para el descanso, incorporándose más temprano por las mañanas y alargando las tardes con el fin de evitar la exposición solar más intensa. Lobete se quedaba en la cantera. Buscaba una sombra y allí se echaba la siesta. Él, en cambio, gracias a la comodidad y rapidez de desplazamiento que le ofrecía la moto, prefería ir a comer a casa y descansar la siesta en la cama fresca de su alcoba. Regresaba a partir de las cuatro. La cantera aún en esos momentos era un horno seco y polvoriento, pero, poco a poco, la temperatura disminuía y se soportaba mejor la asfixia. Había tiempo de cansarse, pues las tardes resultaban interminables. Miraba al sol en el cielo y daba la impresión de que no declinaba. Ni los pájaros volaban. Tan solo alguna escurridiza lagartija se revolvía entre los cascajos. Él soportaba peor el calor que Lobete, que nunca se quejaba de la temperatura, ya fuera gélida o tórrida. Rara vez se lo veía sudado ni fatigado, como si el ritmo de trabajo estuviera tan acompasado a su energía que no le requiriera esfuerzo realizarlo.

¿Te has enterado de que la de Faustino se ha marchado a Barcelona?

Había transcurrido la jornada sin que entre ellos se hubiera producido un intercambio de palabras y había esperado el declinar de la tarde, cuando recogían la herramienta, para contar esta noticia. No entendía por qué se la había comunicado. Era una más de las mozas que abandonaba el pueblo para servir en alguna casa rica. En el dilema de cómo afrontar la vida, si al lado de un picapedrero con una vida precaria y falta de alicientes o arriesgarse a enfrentarse al mundo lejano y desconocido de una gran ciudad, la mayoría se decantaba por tentar la suerte y entrar en el mundo laboral con la intención posterior de formar una familia con algún desconocido.

Se trataba de la prima de Andrea. Ni le iba ni le venía. Confirmaba, sin embargo, que el pueblo se quedaba sin mujeres. Comprendía que dieran ese paso. La vida no les resultaba fácil lavando a mano, cocinando con el fuego de un poco de lumbre, trabajando de sol a sol, sin día de fiesta, siempre pendientes de la prole y del ganado del corral. ¿Quién, sabiendo lo que les esperaba, no se arriesgaba a probar otro modo de vida? Algunos mozos, sobre todo si había algún familiar que ya había efectuado el éxodo, también abandonaban la ruda vida de la cantería para aceptar cualquier empleo. Se envidiaba a aquellos que tenían la oportunidad de huir del pueblo sabiendo que, por muy mal que les fuera, no iba a ser peor que si se ataban al duro trabajo de descuartizar piedra. Algunos de su quinta, y otros mayores y menores, habían dado ese paso y ninguno se quedaba en el terruño arrepentido del cambio cuando regresaban de vacaciones, aunque la vida en la ciudad tampoco resultara placentera. Regresaban apesadumbrados porque dejaban a la familia, a los amigos, a su entrañable pueblo, pero paulatinamente afianzaron raíces en sus nuevos lugares de residencia y, transcurrido un tiempo, olvidaron a sus ancestros y el lugar en el que vivieron sus primeras experiencias vitales. A él no se le había pasado por la cabeza emigrar, porque apreciaba demasiado la libertad con la que regía su vida. Sabía que la esclavitud de la cantera era severa, pero, mientras las fuerzas no lo abandonaran, soportaba su servidumbre y, falto de ambiciones, ganaba dinero más que suficiente para satisfacer sus necesidades. Lo mismo le sucedía a Lobete. Aunque alguien le ofertara un trabajo, seguro que lo rechazaba. La vida de ambos era hacía tiempo un proyecto aceptado con resignación sabiendo que habrían de aguantar un trabajo exigente que, a cambio, les facilitaba una independencia irrechazable.

Los días cada vez más largos de junio, junto a una temperatura sofocante, mitigaban las energías de los hombres de la cantería, sobre todo, en la segunda parte de la jornada. Regresaban al tajo, después de la siesta, con desgana; la velocidad de las motos era más lenta, retardando el momento de volver a tomar los punteros incandescentes. Esta época del año no le gustaba a Cantero, no solo por esos inconvenientes, sino porque dormía mal. El único momento de descanso real era la siesta en la fresca y oscura alcoba, pero la madre, una vez que transcurría la hora de rigor, lo despertaba para que no holgazaneara. Por las noches, aunque la fatiga de todo el día de esfuerzo lo hundiera hasta dejarle exhausto, no conseguía descansar, excepto de madrugada, cuando también había de incorporarse para aprovechar las horas de la fresca. En esos momentos de desvelo, su pensamiento recobraba a su querida Andrea. Sin embargo, aunque intentase encauzar su imaginación para lograr unas vivencias oníricas placenteras con su amada, la indómita quimera le conducía a situaciones conflictivas, de las cuales había que renegar para no acrecentar más el insomnio. El análisis racional que la vigilia imponía en esas noches interminables desbarataba los escenarios del ensueño. No le gustaba el laberinto de su relación amorosa. De tanto pensar en lo desdichado que era, había llegado otra vez a la conclusión de que tanto desconcierto no compensaba la satisfacción de haber estado dos veces con Andrea. Sobre todo, era la ausencia de una esperanza, de un momento, de una idea que le permitiera volver a encontrarse con ella. El malestar era mayor ya a esas alturas, pues su origen no se debía solo a su incapacidad para resolver el problema, sino a algo más íntimo y personal, al considerarse un pánfilo por regodearse sin cesar con el asunto y no desterrarlo sin contemplaciones.

Hacía mucho tiempo que no asistía con tanta rutinaria asiduidad a la misa de los domingos. Esperaba con ansiedad el momento de vestirse para misa. Cuando comenzaba el toque de campanas, acudía de los primeros para estar seguro de contemplarla al entrar ella en la iglesia. Se recostaba en el viejo olmo y no se movía de allí hasta que desfilara. Con el paso del tiempo, se había apropiado de esta posición ideal para seguir con la mirada todo el trayecto, desde que aparecía por la calle y doblaba la esquina para recorrer la fachada del templo hasta la entrada. Llegaba siempre momentos después del último toque de campana, más bien con el tiempo justo para entrar antes de que el cura comenzara la misa, por lo cual su marcha era rápida. Desde que su prima se fue del pueblo, iba sin compañía. En el pórtico no se detenía a saludar a nadie. Eran tan solo unos segundos, pero observarla e intentar distinguir una mirada dirigida a él, era suficiente para sentirse feliz. La salida era más lenta y, sin embargo, la visión de ella resultaba más dificultosa, porque la rodeaba la multitud de asistentes que se arremolinaban para saludarse e intercambiar unas palabras con más sosiego.

A últimos de junio, un domingo, se sobresaltó cuando oyó el esquilín anunciando el comienzo inmediato de la celebración y Andrea no apareció. Estaba seguro de no haberse distraído, pero, a pesar de decidir no entrar en misa para cerciorarse de que no se retrasaba, la muchacha no hizo acto de presencia. Esperó, como último anhelo, que ella hubiera entrado sin que él se percatara o que, en vez de venir desde la plaza, hubiera acudido por las escaleras de la parte de abajo del pueblo. Con desesperación, se desplazó, al finalizar la ceremonia, hasta la peana de la cruz situada enfrente del pórtico para no dejar de escudriñar en ningún caso la salida. Con descaro miraba a toda mujer que aparecía, sin prestar atención a la conversación de los mozos. Esperó hasta que no quedó casi nadie en las inmediaciones. Todo en vano.

Ese domingo no acompañó a los amigos por los bares ni acudió al baile. Se montó en la moto y marchó al campo. No deseaba que nadie lo viera en el estado de abatimiento en que había quedado tras la frustración de no ver a su amada. Solo, saltando de piedra en piedra, llegó a la conclusión de que la única razón por la cual no había asistido a misa debía ser que no se encontraran bien ella o su padre. Esta idea lo alentó a esperar siete días más para volver a verla. La semana se hizo eterna. Las horas no pasaban. Deseaba agarrarse a esa idea, pero su propia mente le enviaba andanadas de dudas. Se defendía de ellas intentando afianzar esa única posibilidad. Como estrategia, tomó la iniciativa de mantener más conversación con su compañero de tajo, algo que gustó a Lobete, pero, aunque el intercambio de frases fuera más fluido, este no contó nada de lo que interesaba a Cantero. Hasta se le pasó por mientes, sacar la conversación a su madre a ver si ella se había enterado de algo concerniente a la familia de Andrea, pero no supo cómo plantear el asunto.

Transcurrió la semana en un estado de turbación permanente. Deseaba que llegara el domingo pero, a la vez, el presentimiento de que tampoco acudiría, le imponía temor a enfrentarse de nuevo a otra desilusión más severa. Se avió pronto y, nada más dar las primeras campanadas, salió de casa. Cuando estaba próximo a la iglesia constató que no había nadie en las inmediaciones; sin embargo, la vergüenza no le impidió ser el primero de los mozos en situarse en el lugar de costumbre. Quería asegurarse de que, si Andrea iba a misa, podría verla. La espera, hasta que se sucedieron los toques de campanas y los vecinos fueron llegando, le resultó insoportable.

¡Otra que se marchó!

La sangre se le paralizó al oír esta noticia a uno de los de su grupo. Se refería a Andrea. A partir de ese momento, ya no miraba la procesión de vecinos que entraban en misa, ni los comentarios de sus amigos a propósito del anuncio. De manera extraña no sintió ninguna emoción ni pena. Era como si la noticia lo hubiera anestesiado y dejado en un estado neutro. Por eso, cuando el grupo entró en misa, él los siguió sin aguardar más tiempo para comprobar si ella llegaba. Lo único que pudo hacer, una vez se apoyó en la barandilla de la tribuna, fue mirar al banco en el que se solía sentar y verificar que no se encontraba allí.

La aparente indiferencia con la que reaccionó se prolongó los siguientes días. Se sorprendió de que fuera capaz de no crearse mala sangre ni que la jauría de perniciosos pensamientos le acosara, aunque estaba seguro de que en cualquier momento se presentaría para acongojarlo. La única que se percató de que algo le sucedía era su madre. Él no ofreció ninguna explicación porque le entró un hipo que a punto estuvo de deshacerse en un llanto que contuvo con dificultad. La discreción de la madre al no indagar en el mal, fue suficiente para concienciarse de que había advertido la índole de su desgracia.

Una vez superada la parálisis emocional, la reacción inmediata fue fortalecer su autoestima. Nadie lo iba a consolar porque él no había contado su relación y el fracaso consiguiente, y, por tanto, no iba a sentir vergüenza por ello, pero, aunque no hubiera ninguna persona ante la que demostrar su indiferencia por lo sucedido, un orgullo genuino invadió su actitud desafiante. La consigna íntima fue aparentar que la experiencia pasada no le había afectado; es más, que le importaba muy poco que ella se hubiera marchado del pueblo. El engreimiento se manifestó con su madre, ante la cual nunca más mostró desfallecimiento. También, con su compañero Lobete y los amigos de parranda. Su comportamiento en el grupo fue más intenso y vivaz, como si la compañía de los colegas fuera más necesaria que nunca.

Durante unos días la conversación con su compañero de trabajo fue más suelta. Se sorprendía de los temas que en ella tocaban, si bien el fin último por parte de él era sondear lo que Lobete sabía de la muchacha. A veces lo desconcertaba. Aparentaba ser un infeliz, igual que él; pero, en otras ocasiones, lo dejaba descolocado con lo que decía.

La Andrea se ha marchado.

Lo dijo fuera de contexto, como una ráfaga verbal sin pretensión de avivar la extinta charla. Es más, le surgió la duda de si no sospecharía algo de su relación con la muchacha. Era tan enigmático y reservado que perfectamente podía haber estado al tanto y no realizarle ninguna observación. Él permaneció callado aparentando que la cuestión no le incumbía.

A Barcelona.

El detalle nuevo se transformó en un puñal que le atravesó las entrañas. A pesar de la herida, imperturbable, continuó machacando la piedra, mientras Lobete le acabó de explicar los detalles de la partida. Su prima le había encontrado una casa en la que servir y la había animado a unirse a ella ponderando la vida urbana y la facilidad con la que corría el jornal.

No hablaron más en toda la jornada, ni en las siguientes.

Se sintió un pelele traicionado. Esperó una carta en la que ella le explicara las razones de su huida, aunque, al mismo tiempo, era consciente de que el cartero nunca se pararía en la puerta de su casa. El último cabo al que agarrarse en el tórrido verano, antes de comprender que nunca más volvería a estar a solas con Andrea, fue que ella seguramente regresaría para las fiestas patronales de septiembre.






CANTERO, CAPÍTULO IX (Primera parte)


Estaba sacando la moto a la calle para ir a la cantera, cuando pasó la camioneta con destino a Ávila. Levantó la mirada y creyó reconocer el rostro de Andrea a través de los sucios cristales del vehículo. Hasta intuyó que ella había girado la cara al pasar a su altura. Cantero se quedó paralizado. Dudó un momento, pero de inmediato un plan esperanzador se dibujó en su mente. Entró en el portal dirigiéndose a su alcoba. Se quitó la ropa de faena y se puso una más decente. Su madre se percató de que su hijo no procedía según el plan habitual de un día de trabajo.

Pero, ¿estás tonto? ¿No me digas que te has aviado para ir a Ávila? ¿Para qué te preparo yo la comida?

Procedió según su costumbre una vez que había tomado una decisión. Metió el almuerzo en las alforjas y, de la entradilla previa al corral, cogió un costal para guardar las compras que realizara y la ropa de trabajo. Le explicó a la madre que se había olvidado de que era viernes y que necesitaba ir al banco a ingresar dinero y, de paso, adquirir algunas pertenencias; cuando acabara de realizar estos recados, se dirigiría a la cantera.

No llevaba un plan ni estaba seguro de localizar a la chica en la capital, pero, sabiendo que ella pasaría la mañana por sus calles, albergaba la esperanza de encontrarla. En el trayecto por la carretera repasó los comercios en los que con seguridad habría de entrar. Confiaba en que la razón de su traslado no fuera la consulta con algún médico o dentista, sino aprovechar el día de mercado para adquirir los productos que no conseguía en las tiendas del pueblo. Especulaba que, con pasear por El Grande o por las calles que desde allí se dirigían a El Mercado Chico, era seguro que en algún momento se cruzaría con ella. Aparcó la moto por El Jardín del Recreo, pensando que, como última oportunidad, si no la encontraba antes, cuando la hora de volver estuviera cerca, habría de dirigirse por ese lugar a la estación de autobuses. En un primer momento tomó el costal enrollado para guardar las compras que realizara, pero, una vez en la mano, creyó que sería un estorbo, porque no estaba en su ánimo entrar en ningún negocio, sino vigilar la presencia de Andrea por las calles.

El día estaba ventoso e imprimía un movimiento eléctrico a los transeúntes que se desplazaban a mayor velocidad de la habitual. El aire arrastraba por el suelo la suciedad más liviana hasta incrustarla en los rincones más resguardados. Las mujeres se sujetaban la melena con pañuelos anudados debajo de la barbilla o la apartaban constantemente de la cara; otras luchaban para mantener estiradas las faldas. Los que gastaban boina se la calaban hasta los ojos. De todo el personal que andaba por las calles, él era el único que caminaba con un ritmo menor oteando con minuciosidad a cada una de las mujeres que por su fisonomía se asemejaban a Andrea. Se encaminó hacia el centro. Por las aceras se desenvolvían numerosos morañegos y serranos que los viernes acudían a la ciudad a realizar sus compras o a darse un garbeo por el mercado de ganados a ver cómo cotizaban los animales en venta. Algunos de ellos eran conocidos, a los que saludaba levantando con un impulso la cara. Con los del pueblo intercambiaba unas palabras, pero todos se dejaban llevar por las prisas, ya que la mañana, de coche a coche, se iba en un suspiro. Atravesó El Grande por los soportales y entró en el recinto amurallado. Los comercios se encontraban repletos de clientes. Las estrechas aceras dificultaban el tránsito de las personas que se desplazaban por esas viejas calles de alrededor de la catedral. La plaza de abastos y los puestos de hortalizas del Mercado Chico atraían a los habitantes de la ciudad y a los viajeros procedentes de los pueblos aledaños. La animación, a pesar de lo destemplado de la jornada, reinaba en todos ellos. Cantero merodeó por estos lugares escudriñando entre la masa humana para encontrar a Andrea. Sin embargo, el tiempo transcurría sin dar con ella. Su ánimo desfallecía; intentaba que las ideas más bárbaras sobre su mala suerte no lo obnubilaran, aunque se hacía la cuenta de que pasaría la mañana en balde. Después de vagar por la encrucijada urbana de la vetusta capital, salió por la misma Puerta del Alcázar por la que entró. El público había aumentado en la plaza central. La cruzó por el medio en dirección a la iglesia de San Pedro. En esa afluencia desordenada de personas que se movían en todos los sentidos, alguien lo agarró del brazo. Giró con ímpetu el cuerpo pensando que sería algún conocido con confianza, pero, justo cuando por su boca se anunciaba un improperio para maldecir al bromista que lo había asustado, se paralizó al reconocer la cara de Andrea. La sorpresa fue doble, pues, aparte de que no esperaba que fuera ella, había un desfase entre la cara que él recordaba del encuentro en los lavaderos y la que mostraba en ese instante. Era ella, más los ojos y la expresión, no. El pelo lo llevaba más suelto; la mirada era más clara; su voz llenaba con más sonoridad las palabras; incluso, el vestido siendo recatado, no era el triste negro del primer encuentro. Le costó juntar las dos imágenes en la misma persona que en esos momentos estaba delante de él. Había deseado hasta la desesperación encontrarse con ella y estando juntos, se sentía desconcertado, lleno de vergüenza y timidez, al tiempo que un ardor pasional emanaba de sus entrañas esparciéndose por todo él. Ella parecía alegrarse de haberse encontrado con él fuera del pueblo. Su actitud no era la de saludarlo y seguir con sus ocupaciones. Cantero tomó la iniciativa al proponerle pasear juntos mientras llegaba la hora de coger el autobús. Se dirigieron hacia la parada, pero no por las calles más transitadas por las que hubieran llamado de inmediato la atención de los conocidos, sino por las aledañas, menos concurridas. Caminaban a la par. Se prestó a llevar su capacho para que ella no cargara con todos los bultos que portaba. Avanzaban despacio, saboreando el instante. Eran ellos dos los únicos habitantes de la ciudad. Solos, sin que nadie fuera testigo indiscreto de su amor. Él estaba a gusto a su lado, sin hablar; ella, lo miraba animándolo a que dijera cualquier cosa.

¿Qué piensas? ¿Eres feliz?

No pensaba en nada. Era imposible que en su mente surgieran ideas que suplantaran al goce de estar junto a ella. Casi no osaba mirarla avergonzado de tanta dicha. Cada vez que se aproximaban y sus cuerpos se rozaban, notaba un súbito temblor que lo enternecía. La tomó de la mano con impericia. Ella le apretó la suya y durante un tiempo avanzaron agarrados hasta que los dos se soltaron de repente al reconocer a lo lejos a un conocido. Al llegar a La Escuela Normal, se desviaron en dirección al parque de San Antonio. La masa forestal estaba desnuda y era incapaz de tamizar la luz gris, que llegaba cenicienta a las avenidas y arriates del jardín. Se adentraron en él y, aunque los árboles estaban sin hojas, los setos proporcionaban sensación de intimidad. Los dos se agarraron por la cintura y se fueron apartando hacia los lados escudriñando el rincón que los ocultara. Se sentaron en un banco descarnado notando una gélida sensación sobre sus cuerpos que, sin embargo, se inflamaban de excitación. Se besaron una y otra vez. Sus labios ardían y a su vez transmitían una dulzura fresca. No se cansaban de acariciarse. Él, a pesar de las dificultades de apartar el vestido, introdujo su mano hasta su firme pecho ardiente. Su piel cálida y suave, su pezón chiquitín, su tersa areola fueron acicate de caricias interminables mientras los dos seguían besándose. Después, pasando el brazo por su espalda, la atraía con una fuerza mantenida; ella se dejaba arrastrar anudando su cuerpo con el suyo. Sin embargo, la dicha fue terminando en el momento en que Andrea consultó la hora en su reloj de pulsera. Los arrumacos se desvanecieron con breves roces y apretones de mano. Se levantaron y Cantero la acompañó hasta las inmediaciones de la estación. Se despidieron mirándose a los ojos sin decirse una palabra de despedida. La observó cómo se perdía atrapada por los viajeros que con prisas se adentraban en el vestíbulo para comprar los billetes de regreso a sus localidades. Apresuró el andar hasta el lugar donde había estacionado la moto. La arrancó y siguió por la Avenida de Portugal hasta llegar a San Vicente; descendió bordeando las murallas y, antes de incorporarse a la carretera de salida, paró esperando a que pasara la camioneta que llevaba a Andrea. No tardó en aparecer. Se situó detrás adaptando la velocidad a la de su marcha. No creía que ella fuera consciente de esta maniobra; se consolaba siguiendo su estela. Un poco antes de llegar a El Alto de la Horca, abandonó la calzada para girar a la derecha hacia la cantera. A medida que los dos se separaban, la alegría se difuminaba y el poso de tristeza crecía. No obstante, se esforzó en mantener el regusto placentero que por fin había conseguido después de tantos desvelos e inútiles iniciativas previas para volver a encontrarse con Andrea.

Lobete llevaba toda la mañana en el corte. No se sorprendió al verlo incorporarse al tajo a medio día, pero sí que no transportara en la moto el costal con sus compras. Sin embargo, evitó dirigirse a su compañero para que le explicara los motivos por los cuales se había desplazado a la capital. Cantero se percató de la discreción de su colega y agradeció su respeto. Se cambió de ropa y sacó la fiambrera con la merienda. Lobete dejó de picar y se dispuso también a comer. Prepararon antes un poco de lumbre. A Cantero, a pesar de los celos de su intimidad, le hubiera gustado en esos instantes de tanta felicidad que su compañero se interesara por los motivos que le habían obligado a no ir a trabajar, para que hubiera un testigo de la dicha que lo llenaba. Estaba dispuesto a contarle la relación que mantenía con Andrea y esperaba el mejor momento para darle a conocer la noticia. Ese día su compañero se mostraba más cabizbajo y apesadumbrado de lo habitual; se percató de lo inoportuno de comunicarle que había encontrado una mujer a la que quería, de la misma manera, que su amor era correspondido. Fue consciente de que su soledad, a partir de que oyera la confesión, aumentaría.

Los dos comieron en silencio escuchando las noticias de la radio.

Intentó, alargando el disfrute del sabor que aún perduraba del encuentro, no cavilar sobre lo que sería su vida junto a Andrea, mas su mente avanzaba en el incierto futuro creando situaciones en las que los dos experimentarían la dulzura de la exclusividad de sus personas o se enfrentarían a problemas que habrían de venir. Le surgieron dudas semejantes a las que le impidieron confesar a Lobete el noviazgo recién estrenado. Su familia, más pronto o más tarde, se enteraría. En sus planes no estaba decírselo. Su hermano, cuando alguien le fuera con el cuento, se reiría; su madre, a saber por dónde saldría. En todo caso, no le asustaban las pegas o trabas que le pudieran plantear. La familia de Andrea era humilde, como la suya, igual que la de la mayoría de los vecinos, pero eran honrados. Las preocupaciones tampoco eran económicas. Había ahorrado toda la vida; poco gastaba en las tabernas. Sabía ganar el jornal y, habiendo demanda de piedra, no faltaría de nada en su hogar.

Las horas iban pasando, pero la temperatura seguía baja y la sensación molesta de no entrar en calor se acentuó a pesar de la lumbre en la que aún podía calentarse las manos y los pies. El cuerpo se le había quedado destemplado, después del confort que había sentido abrazando a Andrea. El viento se había calmado, pero la humedad era desagradable. Inició la tarea colocando en el taller una nueva piedra con el objetivo de sacar una rula. Desde hacía tiempo las requerían con el fin de fabricar pequeños molinos eléctricos que adquirían los pequeños ganaderos para moler el cereal. Cazó la pieza y comenzó a devastarla. Trabajaba con desgana porque no hallaba motivación para centrarse en la labor, ya que en su mente no cabía otro asunto que no fuera el de la muchacha.

Pronto reparó que una segunda vez se había separado de ella sin concretar ningún término que rigiera su relación. Su entrega a la pasión momentánea había sido entera, sin reparar en cuestiones que en ese momento le anunciaban nuevas incertidumbres. Los dos se querían. Ella se lo había demostrado con sus besos y con sus caricias; él la deseaba entre todas las mujeres, pero permanecían las trabas rituales que le impedían salir y reunirse con las amigas para ir al baile; como mucho, pasear con discreción. En esa situación, sin haber concertado un nuevo encuentro antes de despedirse en la estación de autobuses, regresaron las inseguridades pasadas.

Después de tantas elucubraciones carentes de sentido, esta era la realidad. Había estado con Andrea; había experimentado su amor, pero la agonía de las próximas semanas sin saber nada de ella, de quizá no verla si no era en misa, regresaría con el mismo padecimiento. Tal vez su vacilación menguaría, pues ya no era una vez, sino dos las ocasiones en las que su pasión se había manifestado, sin embargo, esto no bastaba para tranquilizarlo y, sobre todo, para encauzar su amor. No le importaría esperar unos meses hasta que los rigores del luto se atenuaran, si sabía, que una vez acabados, el noviazgo se podía iniciar. Ninguno reparó en estos puntos. Si en vez de amarse, hubieran hablado de las trabas de su relación, tal vez el futuro habría sido más esperanzador.














07/01/24

CANTERO, CAPÍTULO VIII (PRIMERA PARTE)

 


La vuelta a la cantera y al trabajo cotidiano no fueron un bálsamo que calmara la inquietud de Cantero después de las no acostumbradas vacaciones impuestas por una climatología exigente y unas fiestas que le habían dejado un poso de amargura que iría creciendo de modo gradual impulsado por esa levadura nefasta que envenenaba todo su pensamiento. La cantera le parecía extraña; hasta la herramienta, al agarrarla para comenzar a picar, le resultaba más fría que de costumbre. Las piedras que lo rodeaban lo miraban con animadversión, como a un ser despiadado que se proponía desentrañar su núcleo compacto y esparcirlo por lugares alejados de su nicho. El cielo ceniciento, testigo opaco de su quehacer, impregnaba cada uno de los rajos esparcidos y de las losas y bordillos ya muertos preparados en el cargadero en espera del camión que los sacaría de aquellos parajes para servir de suelo firme en las grandes ciudades. Los chaparros, las berceas, las matas de hierbas parecían a punto de languidecer. Presentía que la jornada no resultaría fácil. Tenuemente llegaban los golpes de otros canteros que con pereza ya habían dado los primeros porrillazos sobre los punteros. A otros, la resaca los impediría la incorporación al trabajo hasta después de comer. ¡Cómo envidiaba a estos compañeros que se entregaban con absoluta dedicación al alcohol! Su alma se encontraba anestesiada frente a un destino sin esperanza. Su sufrimiento se limitaría a sobrellevar la mañana del lunes como pudieran, aunque fuera a rastras; puede que, incluso, aprovecharan para dormir acurrucados al abrigo de una gran piedra y recuperar el sueño perdido las noches pasadas. Para no agobiarse y deprimirse todavía más, dejó la herramienta esparcida y marchó a buscar leña para encender un poco de lumbre con la que disipar la frialdad del entorno. El humo alejaría por unos momentos la pesadumbre y el calor aliviaría con su calidez la tensión gélida de su cuerpo. En cuclillas recogió la hoguera. Metió las manos entre las llamas sintiendo cómo el vello se le quemaba. Contemplando el juego vivaz del fuego, su tensión se fue apaciguando. Intentaba poner en orden su cabeza, aunque sabía que el río de la fatalidad que rodeaba su existencia lo arrastraría a la desesperanza. Si bien no deseaba achacar su desgracia a Andrea, los hilos de su pensamiento lo enredaban en una acusación irracional contra ella. De sobra conocía lo que implicaba el luto. No hacía ni dos semanas que había enterrado a su madre y no era necesario que nadie le recordara cómo habría de regirse durante un año. Ella no podía proceder de otra manera. El hermano no había pisado la taberna ni el baile, pero no tardaría en volver a la rutina anterior; sin embargo, ella debería alargar los rigores durante un año, aunque de manera paulatina se fueran aliviando. Esto lo entendía Cantero y, si no hubiera procedido así, él mismo lo habría juzgado inadecuado. No obstante, no comprendía cómo ella no había sido capaz de dirigirle una señal inequívoca de que la unión entre ellos seguía viva: quizá, que Andrea se hubiera ruborizado al comprobar su proximidad; o, incluso, que, de manera discreta, hubiera arriesgado su decoro para saludarlo. Lo más perturbador, con todo, había sido comprobar la naturalidad de su comportamiento. O, tal vez, no fuera naturalidad, sino indiferencia. Como si el encuentro de los dos nunca se hubiera producido. Si ella había optado por borrar ese momento, lo mejor era proceder del mismo modo. Pero eso era imposible. Esa primera vez no la podría olvidar, aunque fuera el origen de su sufrimiento actual y del venidero.

A medida que avanzaba la mañana, se fue serenando. A veces se percataba de que Andrea, por unos instantes, había desaparecido de su mente y entonces se alegraba por haberla desterrado de sí; no obstante, al momento regresaba la incisiva obsesión. Repasaba su experiencia con ella para encontrar algún comportamiento o alguna palabra suya que hubiera dado qué pensar a la muchacha, mas no hallaba nada más que ternura y pasión. Se imaginaba hipótesis inverosímiles que explicaran su indiferencia. Contempló la posibilidad de que su hermano la hubiera regañado, en el caso de que alguien los hubiera visto sin que se dieran cuenta y de que lo hubiera contado, pero no lo consideraba probable por su carácter afable. El padre era también una persona pacífica y no juzgaba que fuera capaz de recriminar nada a su hija. En todo caso, de haber sido presionada, su semblante hubiera sido de temor o angustia o de súplica, pero estaba seguro de que su rostro reflejaba un desapego neutro.

Comió las tajadas que su madre le había echado de merienda. Se tumbó sobre un saco arrimado a la lumbre. Aunque no llegó a dormir, acurrucado se encontraba a gusto, sin ganas de abandonar esa postura. La perra también estaba echada junto a él. Fijaba sus ojos en el rostro del amo, como si intentara explicarse su abotargamiento. Cantero la llamó.

—Ya vamos, no te preocupes.

El animal se incorporó para darle ejemplo.

—Pero, qué maja eres.

La atusó pasándole la mano por la cabeza y el lomo.

El sol se mantenía oculto tras la opaca nubosidad. Los días habían comenzado a crecer y por la tarde se ganaba aún medio jornal. Comenzó a labrar con más entusiasmo para recuperar la producción que no había sacado por la mañana. Ese acicate alejó por momentos sus malos pensamientos, aunque con el paso de las horas, cuando la jornada finalizaba, regresaron con una insistente idea. La evaluó con detenimiento y la juzgó oportuna. También para Andrea habría sido lunes y entre sus tareas domésticas estaría la de lavar. Discurrió que quizá se podía volver a encontrarse con ella en la Fuenteabajo. Esa ocurrencia le encandiló el cuerpo y avivó su deseo pensando en la repetición de la experiencia. ¿Y si a ella se le había ocurrido la misma idea y se hacía la encontradiza? Contemplando esa posibilidad, empezó a ponerse nervioso. Intentó calcular el momento oportuno de cruzar por los lavaderos. Contaba con la ventaja de que en esta ocasión lo haría con la moto, aunque para ello tuviera que apartarse de su camino habitual de la cantera a casa. Pensó que, si ella se proponía acudir a las pozas, lo haría a última hora, como la vez anterior, cuando ya no quedara nadie en el paraje para que la comunicación fuera secreta.

Lobete, compañero de toda la vida y con cantera contigua a la suya, apareció por el cargadero. Sin acercarse a su posición, le preguntó si no recogía la herramienta y dejaba de trabajar. No se extendió en explicaciones.

—Me quedo un rato más.

Observó alejarse a Lobete en busca de su bicicleta. Caminaba derrotado. La espalda caída, cabizbajo, como si en vez de ganarse el jornal en una cantera, acabara de participar en una cruenta batalla. No hablaba mucho con él, a pesar de haber pasado juntos por varias cuadrillas hasta que los dos se acomodaron en esa zona en la que se apañaban medianamente bien. Era soltero, como él. Las pocas mozas que buscaban novio encontraban mejor partido donde elegir entre los numerosos canteros casaderos. Los dos eran reservados, poco divertidos y ocurrentes. La percepción falsa de que no eran muy agraciados de cara, les infundía una cobardía paralizante, a pesar de ser unos hombres robustos. A esa altura de la vida se habían dicho ya numerosas veces lo poco que podían comunicar. Se pasaban las jornadas sin que apenas se dirigieran la palabra, aunque, a veces, los dos se calentaran en una sola hoguera y comieran a la misma hora. En esos momentos de camaradería escuchaban un transistor y su sonido alejaba el silencio.

Entre dos luces arrancó la moto. El ruido de su motor se expandía por la zona de Las Cubas. Era el último en retirarse. A pesar de lo tarde que era, apuró el tiempo avanzando con lentitud con el fin de que la oscuridad aumentara. Se acercó despacio a las pozas, en ralentí, para comprobar si ella se encontraba allí o había algún cubo o barreño con ropa. Al no ver nada, se acercó hasta la puerta del camposanto, que se encontraba cerrada. Asomándose entre los barrotes inspeccionó las hileras de sepulturas en busca de la muchacha, pero no la descubrió. Contrariado y hundido, aceleró alejándose de ese lugar.

Otra desilusión, otro fracaso que desacreditaba a su intuición. Incapaz de encontrar otra justificación del proceder de Andrea, llegó a casa apesadumbrado.

—Parece que traes mala cara, ¿te pasa algo?

Su madre siempre averiguaba sus estados de ánimo mirándole el semblante. Le daba mucha rabia. En esos momentos en los que sus preocupaciones se mostraban sin tapujos a la observación materna, se hubiera sacado los ojos.

—¿Para qué te entretienes tanto en la cantera? ¡Un día vas a tener un accidente con la moto por llegar de noche!

Tomó agua de la cobra y se lavó sin responder a su madre. Mientras el influjo de su presencia perduró, procuró mantener la calma y proceder cómo si nada le hubiera pasado. Soportó con estoicismo la retahíla de reproches.

Esperaron un rato a que su hermano regresara de la fragua y de la taberna para cenar, pero, como de costumbre, al final comieron sin que él apareciera.

Le habría gustado meterse en la cama y que un profundo e interminable sueño le sumiera en el olvido, pero se sentía tan despreciado e insignificante que no alcanzaba la serenidad suficiente para lograr el descanso después tan largo y penoso día. En el remolino de sus pensamientos, bien se recreaba en las caricias y los besos de Andrea, bien le reconvenía su lejanía y frialdad sin conseguir ahuyentar su presencia. En este estado de desvelo, una nueva propuesta de acercamiento se fue abriendo en su mente. Era muy simple y no garantizaba ni tan siquiera el intercambio de unas frases con ella, pero la sola aproximación a su casa conseguía poner en movimiento las más sensibles fibras de su cuerpo. Al día siguiente, aunque no necesitaba afilar los punteros en la fragua, los llevaría con el propósito de pasar delante de su puerta.

Con la idea clara de cómo iba a proceder, la jornada transcurrió con más tranquilidad. Lobete observó que su compañero cesaba de trabajar y él también dejó la labor para el día siguiente.

—¿Vas a la fragua?

Movió afirmativamente la cabeza mientras apilaba los punteros botos y los sujetaba con una tira elástica. El bulto lo afianzó en el soporte trasero de la moto con un cable extensible. Seguro de que no se caería, emprendió la marcha dejando atrás a su compañero, que ascendía el repecho caminando con la bicicleta agarrada con una mano en el manillar.

Al alcanzar la casa de Andrea divisó al hermano que llegaba también de trabajar. Apoyaba la Mobylette en la pared. Sin ser muy consciente de cómo procedía, aminoró la marcha hasta detenerse a su altura, sin apearse del sillín.

—Te acompaño en el sentimiento.

El hermano, sorprendido, no por el pésame, sino por ser Cantero el que se lo daba, le agradeció el detalle. Se vio obligado a justificar y a aceptar el fallecimiento de su progenitora con palabras gastadas de tan repetidas en los últimos días. No se podía hacer nada por ella y en ese estado, Dios había hecho mil mercedes llevándosela consigo. Aunque le prestaba atención, con discreción desviaba la mirada para comprobar si Andrea asomaba por la puerta. Sin embargo, el que apareció en el umbral fue el padre, al que también dirigió el pésame. Este no dijo nada más que gracias y se metió de nuevo en el portal.

Se alejó en dirección a la fragua, pero no se detuvo en ella. Carecía de la presencia de ánimo necesaria para hablar con nadie. Avergonzado de su llamativo proceder, como percibió con claridad al notar la perplejidad del hermano cuando le estrechó la mano mientras formulaba el pésame, llegó a su casa. Su frustración no le permitía analizar la repercusión de la insensatez que acababa de cometer, aunque recreaba la secuencia que a su vez habría sucedido cuando el hermano y el padre se reunieran con Andrea. Comentarían la extrañeza de que una persona tan hosca se hubiera detenido para intercambiar unas palabras de afecto. No quería representarse la cara de ella al oír su relato porque con seguridad, a partir de ese momento, lo detestaría mucho más.

Los días, las noches, las fiestas transcurrieron sin que encontrara una ocasión en la que poder coincidir con Andrea. No por ello se olvidó de lo que había sucedido entre ellos. Acudía con más asiduidad a la fragua con el exclusivo propósito de pasar delante de su casa, sin que lograra verla; en las misas de los domingos estaba pendiente de sus entradas y salidas, sin que ella mostrara detalle alguno hacia su persona que él identificara con claridad. Aunque era absurdo, pensaba que hubiera sido mejor no haber vivido esa experiencia amorosa, pues el sufrimiento que padecía desde aquella tarde no compensaba el placer momentáneo que había disfrutado. Luchaba por desterrar ese pasado, mas, pertinaz, invadía todo su mundo interior. Solo Andrea ocupaba ese espacio íntimo. Ni los sinsabores laborales, ni los roces domésticos conseguían desplazar la obsesión por la chica. El único consuelo era que la propia vivencia afectiva y el sufrimiento personal eran exclusivos suyos. Estaba seguro de que no había ningún testigo de la tierna unión que los dos disfrutaron esa noche. Él no se lo había contado a nadie y ella, con el paso de los días había llegado a esta conclusión, tampoco había encontrado confidente con el que confesarse.

Algo que le causaba más dolor que la propia frustración era pensar en las veleidades del destino. No lograba explicarse cómo una mujer que nunca antes había despertado su interés, tras ese encuentro casual, se hubiera apoderado por completo de su persona. Le había robado su voluntad, lo había anonadado, lo había embrujado… Sin ella, el futuro no existía. Los días serían tristes y sin alicientes para continuar trabajando. ¿De qué serviría el dinero que ganaba? No para emborracharse, como hacían otros canteros… Sin ella, ni el oficio ni el dinero, ni los placeres que la vida proporcionaba, lo empujarían a seguir adelante. No es que la idea de quitarse la vida fuese recurrente por el momento, pero temía que un día llegara a ser un procedimiento inevitable. No obstante, no se dejaba arrastrar por esa ola suave del suicidio, si bien era un seguro propio que era necesario renovar de vez en cuando para que el miedo a la frustración permanente no le abocara al tedio y al disparate de no embestir el destino mientras brillara un punto de esperanza. 

CANTERO, CAPÍTULO VII (PRIMERA PARTE)

Comieron y su hermano le preguntó si salía a echar la partida. No le apetecía, pero, sobre todo, se negó debido a otra idea alocada que su mente fraguó pensando en Andrea. Discurriendo sobre la manera de encontrarse con ella, o de al menos verla, se le ocurrió que a lo mejor acudía al rosario. Ningún acto social era posible para aquellos que guardaban un riguroso luto, excepto los actos religiosos. No conocía con certeza la devoción de la muchacha y si acostumbraba acudir a estos rezos. Su madre siempre lo hacía y era uno de los momentos en los que disfrutaba de un poco de intimidad. Cuando salió de casa, él apoyó los dos brazos en la hoja inferior de la puerta contemplando la calle. El desfile había comenzado, pero no asistía tanta gente como a misa. Mujeres mayores, alguna moza y los niños arrastrados por sus madres se enfilaban hacia la iglesia. No era necesario que Andrea pasara por su casa, pues, existía un trayecto más corto, pero intuía que, en el supuesto de que asistiera al rosario, no perdería la oportunidad de aproximarse a su barrio, como él había hecho unas horas antes al de ella, camino de la taberna. Los últimos feligreses corrían para no llegar demasiado tarde al acto religioso, pero ella no apareció. Defraudado, sin embargo, no cesó de conjeturar. Tal vez hubiera asistido sin dirigirse por su calle porque ya se le hiciera tarde, pero, quizá, de regreso a casa, rodeara para encaminarse a su barrio. Esperó impaciente la media hora de duración del rosario. Don Aureliano despachaba con prisa pensando que sus compañeros de julepe lo esperaban con impaciencia. Otra vez, ahora con más calma, la gente pasaba por la carretera charlando camino de sus casas o de las eras de Roquete, donde se habían organizado juegos populares. De nuevo, se sintió frustrado al no aparecer la muchacha.

—¿No vas a salir? –le espetó la madre, viéndolo alelado deambulando por el portal cuando entraba en la casa.

Acabados el rosario y las partidas de brisca, los vecinos se concentraban en las eras. Se puso la chaqueta y se marchó sin decir nada. No le apetecía salir, pero no tenía más remedio si no quería oír las monsergas de su madre. Se encontraba desorientado. Su ánimo había sufrido indeciblemente al no lograr contactar o sentir la proximidad de Andrea. No sabía qué pensar de todo ello. Asumiendo un riesgo absurdo, se decidió a atravesar otra vez por su calle. Ideó un argumento por si alguien le preguntaba qué andaba haciendo él solo por allí: diría que se había echado un poco de siesta y que había ido al bar del tío Zacarías a buscar a sus amigos y que, como ya habían finalizado la partida, suponía que se habrían dirigido a los juegos. Juzgó convincente la explicación y, como si en realidad hubiera ocurrido así, sus pasos lo llevaron por segunda vez en el día delante de la casa de la muchacha. Disminuyó la marcha para observar con más calma, pero cruzó la fachada sin intuir la presencia de Andrea. Una nueva desilusión que se podría haber evitado, juzgó, pues era absurdo creer que ella permanecería todo el día detrás de visillos o cortinas espiando a ver si pasaba él delante.

Aún quedaban pequeñas parvas blancas de nieve, pero el espacio verde de las eras estaba lo bastante despejado como para comenzar el programa de juegos populares. Carreras de sacos, de burros, sogatiras entre varios equipos y carrera de bicicletas en la que llamaban la atención las primeras con el manillar en forma de cuernos de cabra y con cambio de piñones, se sucedieron en un programa apretado. Con todo, lo que más expectación levantaba era el chocolate a ciegas. Solo los más atrevidos y con mejor humor se prestaban a participar. Preparados de antemano con ropa vieja, los grupos de amigos con más espíritu juerguista se sentaban unos frente a otros, en una mesa de madera cuyo tablero aparecía sin cubrir por hule alguno. En una perola de porcelana llena de chocolate pringaban los bizcochos que ofrecían, con los ojos tapados con grandes trapos, al compañero sentado frente a él. Los unos abrían sin miedo una enorme boca para atrapar el dulce, mientras la torpe mano de los otros rebozaba su cara o su cuerpo entre las carcajadas de un público que disfrutaba con la entrega de los comensales a este juego infantil. Cantero miraba el primitivo espectáculo, pero no cesaba de otear entre el público por si distinguía la presencia de Andrea. La descubrió junto a su prima y otra amiga. Las tres, en una posición retirada, seguían la fiesta. Hablaban como si el tema de conversación fuera ajeno a lo que contemplaban. Lejos de calmar su impaciencia, la imposibilidad de encontrarse con ella, lo atormentaba tanto como su ausencia. Con discreción se movió del lugar en el que se hallaba para aproximarse al grupo de muchachas. No se atrevería a dirigirse a ellas ni con la excusa de saludarlas, pero se ilusionaba creyendo que a lo mejor la iniciativa surgía de la otra parte. Comprobó que su presencia no pasaba desapercibida. La reacción de Andrea fue natural: ni mantuvo unos segundos la mirada ni le retiró esquivos los ojos, dejándole la sensación de una completa indiferencia. Sin reponerse de esta impresión, cuando quiso darse cuenta, las divisó de espaldas alejándose del sitio. Defraudado, se apartó de la masa de gente para seguir sus pasos hasta descubrir que las tres entraban en casa de Andrea. Dio media vuelta con la esperanza de camuflar su decepción entre la multitud que seguía riendo las escenas cómicas que los participantes de la chocolatada prodigaban aún.

Otra vez la panda se dirigió a los bares, mientras llegaba el comienzo del baile. Preveía que la tarde sería demasiado larga, pero, con resignación, aceptó pasar las horas siguientes junto a sus amigos. Ahora tomaban copas de un recio coñac que se introducía en su garganta dejando un ardor seco que imprimía al cuerpo un calor súbito. Las conversaciones giraban en torno a las anécdotas relacionadas con los juegos… A él le importaban muy poco; tan solo se interesó por la controversia originada entre partidarios y detractores de la participación de bicicletas de carrera junto a las de paseo. Casi todos estaban de acuerdo en que los ciclistas con esas bicicletas nuevas corrían con ventaja y que en competiciones futuras habría que establecer dos modalidades. A él no le incumbía, pues fue de los primeros en comprar una buena moto Montesa sin importarle el dinero que valía. Era un capricho. Las bicicletas de carrera le gustaban por su diseño novedoso con los guías que parecían cuernos y con esas pequeñas coronas de piñones que recorría la cadena según las necesidades del ciclista, pero en ningún momento se le pasó por la cabeza comprarse una.

Cuando llegaron al baile, el salón de Ceferino estaba a rebosar. Desde la puerta pudo contemplar el escenario donde los músicos amenizaban la sesión con una serie de pasodobles que animaban a las parejas a bailar, quedando solo los grupos de mozos solteros y los matrimonios con niños pequeños apoyados en la pared contemplando a los demás cómo se desplazaban con garbo y chulería. Los niños corrían entre las parejas persiguiéndose o se retaban a ver si eran capaces de levantar la falda a alguna moza para ver de qué color llevaba las bragas. En el umbral, indecisos y sin poder avanzar por el gentío en movimiento, pero empujados por los que querían entrar, se abrieron camino luchando con parejas que los apartaban con los codos y mozalbetes que se cruzaban velozmente pisándoles los zapatos. Los danzarines los miraban con descaro, como si fueran unos peleles que no pintaban nada en ese lugar de esparcimiento donde solo deberían encontrarse los emparejados o aquellos que eran capaces de sacar a bailar a una mujer. Con dificultad y acongojados lograron abrirse paso hasta llegar al ambigú, ocupado por otros mozos de su misma condición. Acodados en la barra los más ebrios, o de pie, los que aún aguantaban los embates del alcohol, los recibieron como camaradas. En las mesas, los novios tomaban un refresco y unos cacahuetes mientras charlaban con más tranquilidad. Los mozos desemparejados no les quitaban los ojos de encima, admirando la belleza de la chica y muertos de envidia por la dicha de él por haber encontrado novia. Entre los solterones se picaban para tentar suerte una vez finalizada la primera ronda de cervezas. En tropel regresaron al salón a buscar el respaldo de una pared desde la cual otear. Las chicas solas escaseaban. Bailaban una pieza si algún mozo las sacaba o, con una amiga, si no hallaban pretendientes.

Cantero seguía con estoicismo el ritual de cada baile. Lo que sucedía era siempre lo mismo, las mismas canciones, las mismas parejas, el bullicio de los niños, los pasmarotes como él boquiabiertos o siendo crucificados con miradas desaprobadoras que les reprochaban su falta de porte para estar emparejados… Era demasiado el escarnio al que se sometían para poder disfrutar con la vista durante un instante de las chicas guapas. A veces sentía una valiente inquietud que lo llevaba a animarse a pedir vuelta junto a algún amigo que le solicitaba colaboración para ser dos los que se presentaran ante la pareja de mozas.

A esas horas el disgusto por no haber mantenido un contacto con Andrea se difuminaba en su mente obtusa a consecuencia del aturdimiento provocado por el alcohol y, sobre todo, por una desesperación irremediable. No le quedaban fuerzas ni imaginación que le guiara en su anhelo de volver a estar junto a ella. Lo que deseaba era que todo acabara pronto para ir a dormir y a la mañana siguiente despertarse temprano y regresar a la cantera. No obstante, se le presentó una última tentación a la que se sometió desalentado y anticipando una decepción más. Solo él y otro compañero permanecían arrimados a la pared; los demás, en el intervalo entre canción y canción, se habían ido dirigiendo con disimulo en busca de una posición más ventajosa que los aproximara a las mozas a las que querían solicitar baile cuando sonaran las primeras notas de la siguiente pieza. El compañero lo tocó con el brazo para espabilarlo y con un gesto de la cara le dirigió la mirada hacia la prima y la amiga de Andrea que pasaban cerca de su posición.

—¡Vamos a pedirles vuelta!

No le dio tiempo a pensar con detenimiento la empresa. El compañero agarró a una de ella por el brazo.

—¿Bailáis?

No se fueron. Sin decir ellas ni sí ni no quedaron emparejados. A Cantero le tocó bailar con la prima. No sabía si era la turbación provocada por una situación forzada o la vergüenza de estar tan cerca de una mujer que en la proximidad le resultaba por completo extraña o la sensación frustrante de no estar seguro de saber llevar el ritmo de los pasos, pero nada más cogerle la mano todo su cuerpo se puso rígido y sintió tanto encogimiento que no fue capaz de iniciar la conversación.

—¿Te ha comido la lengua el gato?

Estaba claro que percibía su apocamiento y era consciente de lo forzado de la situación en la que se encontraban, pero para ella, con su desenvoltura, parecía más llevadera, mientras que a él le costaba sobreponerse a la artificiosidad y charlar sobre banalidades. De nuevo albergó la esperanza de que la chica mencionara a su prima o dijera algo que le permitiera sacar la conclusión de que el asunto había sido tratado entre ellas. Pronto se convenció de que no soltaría nada, en el supuesto de que fuera conocedora; es más, concluyó que, tanto ella como Andrea, no querían saber nada de él. Algo así como si te he visto no me acuerdo. Siguieron bailando torpemente sin hablar, cada vez más envarados. El popurrí de pasodobles se prolongaba sin fin y los músicos no se detenían. Buscó al compañero por si encontraba en él una mirada cómplice que denotara fatiga y poder dejar de bailar las dos parejas a la vez, pero ellos se había perdido en las corrientes circundantes que se extendían por el salón. Al final, sin soportar más tanto sacrificio estéril, los dos dejaron de bailar y se retiraron a esperar a que la música cesara.

Enánagos

  La llegada a un lugar nuevo conlleva el descubrimiento de realidades desconocidas. Ya son muchos los años transcurridos desde que llegamo...