21/10/26

38. El Rivendel

 

La noche continuaba su transcurso hasta el amanecer sin importunar con su oscuridad la vigilia de los noctámbulos, para quienes el tiempo transcurría tan rápido como para los durmientes, que lo habían conciliado nada más recostarse en la cama. De la misma manera que alguien se sorprende cuando se despierta de un sueño reparador que ha durado muchas horas, así también les sucede a los que están de marcha y descubren en el reloj que la madrugada se aproxima sin haberse enterado.

Salieron a la calle y el fresco de las últimas horas de oscuridad los acarició con sus manos frías. En ese instante, Escaleras pensó que sería muy tarde, pero no quiso fijar la hora exacta. Tampoco importaba tanto, sobre todo cuando aún esperaba más información del confidente. Este no mostraba prisa y parecía bastante relajado en su compañía. La noche podía alargarse lo que quisiera, pues él tampoco tenía ni pizca de sueño. Tampoco le pesaba la carga de la obligación profesional; realmente se estaba divirtiendo como hacía mucho tiempo.

Antes de entrar en otro bar cercano situado en la misma acera, oyó el gorjeo de los pájaros en los árboles de la plazuela. Se alegró de escucharlos cuando todavía era noche cerrada, aunque se paró a pensar que quizá los pobrecitos no podían dormir del ruido que se producía en esas calles con tantos bares de marcha.

La puerta del Rivendel, así se llamaba el bar, era de madera, con dos hojas de color verde. Escaleras tuvo la impresión de entrar en una morada de fábula. Parecía la casa de un bosque, si no estuviera enclavada en los locales bajos de un alto edificio moderno y funcional. La decoración era de cuento de hadas. Varios gruesos árboles ramificaban por el techo una vegetación exuberante de la que colgaban frutos exóticos. De tablones rústicos eran las muchas mesas y bancos largos que se situaban junto a las paredes; el mostrador era un tosco tronco, techado con un tejadillo sujeto con negras vigas y recubierto con tejas diminutas.

El personal que se reunía en el bar vestía desgarbadamente y se fumaban porros por todas partes. Había muchos carteles políticos de partidos revolucionarios de izquierda, además de proclamas antigubernamentales y citas para manifestaciones y actos de protesta. Los discos que sonaban en un deficiente equipo de música llamaban a la rebelión contra las normas de una sociedad capitalista y consumista. Sobre todo, eran grupos vascos que lanzaban sus proclamas independentistas con canciones duras y violentas. Los camareros, barbudos ellos y con vestidos amplios y de flores ellas, encarnaban el ideal contestatario del local. Ambrosio no entró con mucha confianza en un sitio así, pero siguió los pasos del estudiante, haciendo de tripas corazón. Se sentaron en dos taburetes en un rincón de la barra.

—No sé cómo pillarán la droga exactamente —retomó la palabra de improviso el confidente para dar cumplida cuenta de la curiosidad del inspector, más que nada para aproximarse emocionalmente a él, no porque hubiera cambiado de opinión sobre la importancia que pudiera encerrar la cuestión—. Me imagino que cada uno tendrá sus propios medios… En concreto, yo sé dos formas, aunque intuyo que habrá muchas más. Lo que está muy claro es que no la compran a camellos callejeros; son bastante precavidos y discretos… Hay un pub pequeñito y no muy frecuentado al que suelen acudir muchos profesores. El que lo rige pasa coca confidencialmente a clientes muy selectos sin que nadie se entere. Sin embargo, sospecho que donde más pillan es en Coral, un pequeño comercio de suvenires que está ubicado en una parte aislada de la ciudad. Evidentemente, tanto la tienda como el bar son una tapadera para este tráfico. A Emilio, que lleva la casa de recuerdos, lo conozco, ya que también es del clan de Ibiza, donde nos conocimos, y alguna vez hemos coincidido aquí, en Salamanca. Pasados unos años, nos hemos vuelto a encontrar con gente que pasábamos en la isla los veranos y vendíamos bisutería a los guiris. Con Emilio me encontré no hace mucho tiempo en uno de estos bares. Andaba con una amiga común y estaba más bien piripi y suelto de la lengua. Me arrimé a ellos y se interesó por mi vida, y de pasada, sería porque en ese momento me preocupaba, le dije que una asignatura me traía por la calle de la amargura. Rápidamente me preguntó el nombre del profesor que me hacía sufrir tanto. Le contesté, sin saber por qué se interesaba por ese detalle. Entre líneas deduje varias cosas, entre ellas que él tenía la suficiente capacidad como para recomendarme ante el hueso del profesor y aprobar la materia. No le hice caso pensando que era un fanfarrón y, naturalmente, no le pedí ayuda. Le toqué sin querer su amor propio y me explicó que me podía echar una mano sin problemas, dándome a entender que no era la primera vez que conseguía ese tipo de favores, pues conocía a muchos profesores de la Universidad. Debido a que no me quería enterar de los detalles de ese asunto, no le presté demasiada atención, esperando que él cambiara de conversación, pero no lo hizo. Me contó esto que te he dicho como si quisiera poner de manifiesto que había logrado una cuota de poder impensable en un tirado, como era él en tierras ibicencas. Por supuesto, luego comprobé que no era una trola lo que me refirió esa noche.

Escaleras se estaba quedando atónito con esa historia. No sabía cómo encajar esas declaraciones. Evidentemente, eran de sumo interés y avivaban su curiosidad profesional, pero tal magnitud de inquietantes detalles delictivos lo desbordaban. ¿Cómo despejar el grano de la paja? Esa era la clave. Hasta temió meterse en vericuetos en los que nadie lo llamaba. El obstáculo era discernir qué le convenía para la investigación de la muerte del diputado y qué no. Incluso aventuró la posibilidad de que esos tejemanejes de la vida universitaria salmantina no fueran del todo desconocidos para Chomín y para la policía charra; por eso temía meterse en investigaciones que no eran de su incumbencia. Se previno, debería andar con pies de plomo, sobre todo en esos asuntos de drogas. En realidad, casi descartaba de antemano que esas cuestiones estuvieran relacionadas con el asesinato. Tal vez por eso no quiso continuar en aquella línea de investigación, reconociendo que no se equivocaba Chus cuando se negó a entrar en ese espinoso tema.

Por un momento se descolgó de su interlocutor. Casi habría preferido dejar la conversación con el confidente en ese punto o, por lo menos, haber hecho un confortable receso. Le habría encantado posar la mirada en cada una de las personas que se encontraban en el bar, ver qué caras ponían, espiar sus conversaciones, observar cómo el personal bailaba al ritmo combativo de la música, escuchar la letra de las canciones, leer minuciosamente el texto de cada uno de los carteles grapados a la pared, recrearse con la decoración vegetal que pendía del techo, mirar las habilidades de los jugadores en las máquinas recreativas, percatarse de quién entraba y quién salía, admirar la belleza de las muchachas, examinar su rostro y su cuerpo, decidir cuál le gustaba por su expresión o cuál le repelía… Menos mal que Chus no se impacientó cuando se percató de que el policía daba muestras de cansancio y que su interés mermaba.

—¿Te va pesando la noche? —se interesó amigablemente por él.

—No. Ni mucho menos —dijo Escaleras, procurando levantar el ánimo—. Estoy muy bien, teniendo en cuenta que no salgo nunca de marcha y de que no suelo beber tanto. Esta sensación de paz y de felicidad hacía muchísimo tiempo que no la sentía. No es eso. Si te soy sincero me encuentro muy a gusto contigo; la pena es que sea en estas circunstancias y casi por motivos profesionales. A lo largo de la noche, me he olvidado de que soy un policía y que me encuentro en esta ciudad investigando la muerte de una persona. Es más, hasta he eludido que posiblemente tú estés conmigo porque Chomín te ha metido en este berenjenal, y que, si no fuera por estas circunstancias, no nos hubiéramos conocido… Esto me apena bastante. Me entristezco un poco al considerar que es una lástima haber tratado contigo en estas circunstancias. Me hubiera gustado disfrutar de Salamanca como lo hace un turista despistado, y haber coincidido contigo por casualidad y haber hablado y gozado de la noche con el solo motivo de pasarlo bien… Esta tarde, cuando me dirigí desde el bar ese en el que te conocí…

—El Macondo.

—… hasta el hotel, me iba muy triste. No me apetecía encerrarme en la habitación, como si temiera que una angustia feroz me fuera a devorar, y decidí dar un paseo. Y lo que son las cosas, ¡cómo se lían! Ahora, después de haber conocido a bastante gente, me encuentro aquí, contigo, hablando de estos asuntos, cuando tan solo hace unas horas que te vi por primera vez…

Se calló y al momento le asaltaron dudas sobre si había hecho bien en comunicar estos sentimientos o no. Indudablemente se había quedado muy bien consigo mismo, pero no sabía si había sido muy pertinente desahogarse con la persona a la que, quisiera o no, interrogaba. Las tribulaciones eran necesarias en una situación que se apartaba por completo de la ortodoxia de la investigación reglamentaria. Por qué no sincerarse y expresar su estado de ánimo, aunque fuera a un testigo. Somos humanos y todos poseemos un patrimonio de flaquezas que a veces salen a flote sin que las podamos reprimir. Ambrosio, el policía novato, se expresaba con sinceridad y no era consciente de que para saber cómo era una persona no era mal procedimiento el que empleaba: si se desea conocer a alguien, muy presumiblemente antes se deba mostrar cómo es uno primero.

Por otra parte, Chus no acertaba a expresar lo bien que, a su vez, se encontraba con el policía. No le cabía la menor duda de que era un tío legal, aunque era sabedor de que poco auxilio más le podía prestar. De momento, con su semblante tranquilo, nada sorprendido por el tono sincero de su interlocutor, ayudaba a Ambrosio a no sentirse ridículo, lo cual ya era bastante. Y respetaba las pausas que jalonaban su conversación, no sintiéndose tenso ni despreciado por los momentos de ausencia de su compañero. Apuraban sin prisas sus bebidas, sonriéndose cuando sus miradas se cruzaban.

Aprovechando ese impasse, Ambrosio notó cómo le presionaba la vejiga y sintió necesidad inmediata de acudir al servicio. La mesnada abertzale gritaba próxima al paroxismo las canciones rotundas de La Polla Records o de Kortatu y pegaban brincos hasta casi rozar con sus cabezas el fantástico techo; también propinaban patadas con sus botas militares al aire para dar rienda suelta a una violencia contenida con rabia. El cuchitril donde se enclavaba el servicio era hediondo, con paredes desconchadas y llenas de inscripciones obscenas y políticas. Hubo un grafiti que le llamó la atención: «La vida es una barca, Calderón de la mierda». Y, mientras meaba, su orina anegaba el suelo encharcado y sucio. No había papel higiénico y del grifo no salía ni pizca de agua. «¡Vaya guarrería!», pensó Escaleras. Alguien empujaba la puerta con insistencia a pesar de comprobar que estaba atrancada y que el ocupante había dado señales para hacer saber que el servicio no se hallaba libre. Sin impacientarse, salió del cuarto de baño procurando no pisar los charcos de orín y fijó los ojos descaradamente en la cara del intruso, desafiándolo con una mirada despectiva, pero el insolente agachó la cabeza y se puso a orinar sin cerrar la puerta y sin disculparse. Ambrosio regresó al rincón echando chispas y sin cohibirse ante toda la parroquia.


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