—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve; cuarenta y cinco; uno, dos, tres; trescientas. Y cincuenta.
—Bueno, hasta la próxima; si tienes algo me avisas, ya sabes el teléfono.
—No creo; ya hasta Navidades, cuando esté más caro, no tendré nada que quitar.
—Pues hale, ¡que te vaya bien!
—¡Hombre, Taciano! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué te cuentas?
—Pocas cosas. ¡Lo de siempre! ¡Dame una cerveza!
—Taciano, ya era hora de que te dejaras ver el pelo. Pensaba si te habrías muerto.
—Ya ves que no; aún sigo dando guerra. ¿Qué quieres?
—Petronio, dame un sol y sombra.
—Dime qué te doy, de esto, y de lo que tú ya sabes: la cuenta corriente.
—¡Pues aguarda, macho, que haga cuentas, que esta vez se ha acumulado mucho! ¡Oye! ¡Lo que sea! Tú me dices lo que es, y sin problemas. Tú ya sabes que yo pago siempre; puedo tardar uno, dos meses, pero hasta ahora nunca he fallado. A mí no me gusta lo de nadie.
—¡Vale, Taciano! No te preocupes.
—A mí me gustan las cosas muy claras; ¿por qué voy a tener que llevarme lo que no es mío? Danos otra cerveza; bueno, tú lo que quieras, y súmalo. Borrón y cuenta nueva.
—Aquí tiene, el señor: siete mil pesetas.
—¡Oye, lo que sea! Tú ya sabes... Petronio.
—¡Hostias, Taciano! Estás fuerte hoy... ¿eh?
—¡Ay, madre! ¿Cuándo acabará...?
—Ya tuviste que meter la jeta. Si es que las mujeres...
—Bueno, hombre, tampoco es para tanto.
—Di que sí, que las mujeres...
—Es de unas chotillas que acabo de vender.
—Eran unas jodías castas. No valían para nada.
—¿Otra? No empieces como de costumbre. Más valiera que te fueras para casa.
—Déjale, que hacía mucho tiempo...
—Para que luego dé el tostón. Ya veremos...
—¡Me cagüen en Dios! ¡Qué mal me podrá ver esta mujer! ¡Si yo no me meto con nadie!
—Eso es lo que te piensas tú, majareta.
—Bueno, buenooo... Dejadlo por hoy.
—¡Será posible! No le dejan a uno en paz. ¡Qué jodía manía de meterse con uno siempre! Digo yo, ¿qué coño le importará lo que haga o deje de hacer? Vengo, me tomo una cerveza y, ¡ale!, venga a dar la tabarra. ¡Será posible! ¿Cuándo será el día en que le dejen a uno en paz? La madre que las parió. Todas son iguales en todas partes. Bueno, vamos a ver. Dame otra cerveza. Ve apuntando.
—Sí, claro. ¡Qué jodío Petronio! Tú sí que entiendes bien la vida. Sin ver a cuatro en un burro, pero todo te importa un huevo.
—¡Quién fue a hablar! ¡Nos ha jodido el señor!
—Ah, claro; y si no, tómatelo a pecho, que ya verás tú... Cuando te lleven al hoyo, chilla entonces. Hay que dar jaleo. Mira, yo estoy harto de este rollo macabeo: si te lo tomas todo en serio, peor; peor que peor. No te jode ahora....
—No empieces con el rollo. Como cura no habías tenido precio.
—Pues seguro. Esos sí que viven bien; la madre que los parió. Y lo peor es que hay gente que les hace caso.
—Cada vez menos. Pero siempre habrá alguien que comulgue y le guste la cera.
—¡Bah! ¡Los de siempre! Las mujeres y los cuatro maricones que se convierten a última hora. Y si no, tú me dirás... Mira el puto Quintín... y el Barbazas, que nunca fue a misa, ni a ningún entierro, que no acompañaba a nadie... Y, desde eso del accidente, todos los domingos a comulgar. ¡Me cagüen en Dios! Los dos juntitos, uno detrás de otro, con las mujeres. Oye, y que no se separan. ¡La madre que lo parió!
—No, si a mí, ya ves... Peor para ellos. Ponme de beber. ¿No tomas nada? ¿Qué, jodío Petronio? ¡No te falta nada! ¡Vives como un rey! ¡Ele!
—Como tú podrías haber vivido. No me digas que tú no sabes lo que es esto, que antes que yo, que tú abuelo fue tabernero. Toma y calla.
—Pues hombre, la verdad es que sí... He dado tantas vueltas en la vida... y las que me quedarán. ¡Anda que si le dijeran a uno cuando es un chaval esto y lo de más allá! Esto da más vueltas que un peón. ¡Que si en Alemania! ¡Que si una tienda! ¡Que si vacas! Bueno, buenooo... ¡Menudo lío! ¡Ah! ¡Y lo que nos tocará ver...! Aunque... ¡quía! Yo creo que esto ya va de vuelta. Parece que no, pero los años no pasan en balde. Esto es una máquina... Ya lo creo... Esto va a matacaballo. No te das cuenta de la jodía sombra de atrás cuando la tienes delante. Por eso hay que entender la vida y los cuatro ratejos que hay de jarana, pues va... ¿A que sí, Petronio?
—No, si a ti no te hace falta rogar mucho, que enseguida te pones a bailar.
—¡Uy, madre! ¡Ahí está Taciano! ¿Cuándo parará?
—Hasta que no tenga ni una perra.
—...la familia. Tu padre y mi primo son casi de mi misma edad. Creo que me saca algo, pero no mucho; tu padre lo que pasa es que ya está más cascao. Desde pequeño ha trabajado más que un burro. Están mis cuñaos. Mi hermano —oye, cada uno hace lo que quiere, que para eso dicen que estamos en esa democracia—, pues mi hermano, ahí está. Yo no digo nada. Mi hermano ahí está en Teléfonos. Oye, y allá cada uno, cada cual es quien... Mala familia. Oye, que esto no quita para que no nos hablemos... A mí me gusta hablar con todo el mundo... saludar... hablar... Pero, oye, allá cada uno... Porque entre tu padre y el mío... pero mis hijos, vosotros... a mí me gusta decir las cosas como son... ¿que duelen? Pero vosotros estáis ahí y yo aquí, cada uno se toma su chato o lo que sea, yo una cerveza, vosotros un vino, ¡o un corto! Bueno, para el caso lo mismo da, digo yo, pues eso. Lo bonito es que nos saludamos. Tú, ¿de quién eres? Ah, sí, Lechugo o Bicicletas; sí, ya, no te había conocido. Está bien. Petronio, ponme de beber y dime qué te doy de esto.
—Bueno, si queréis tomar otra.
—Pero niño, ¿no piensas salir de aquí? Venga, hombre... que luego se te nublan las ideas y dices majaderías. Hay que tomar el aire. ¿No tienes que ir a recoger las vacas? ¡Que se va haciendo tarde! Ve a dar una vuelta a casa y avía los animales, que luego ya sabes cómo son...
—Dame una cerveza. Bueno, y si no, dame un cubata.
—Chiss, Petronio, ya sabes... Tú, tranquilo, tranquilo, tranquilo. Despacio y buena letra. Las prisas no son buenas para nada.
—¿De qué lo quiere el señorito? ¿De coca?
—¡Ah! Claro, di que sí. ¿Qué jodío Petronio?
—¡A la tuya! Me voy a servir una yo. Vamos a cambiar de tercio. Esto es como los toros. A cada hora lo suyo.
—Los que os teníais que callar erais vosotros dos, cacho pendones. Más valiera que te dieras cuenta de que tienes una mujer e hijos. ¡La madre que te parió! Luego que no te demos de beber... Si fuera yo, te agarraba y te daba unas cuantas que te espabilaba. Te espabilaba pero rápido, unas cuantas a derecha y otras cuantas a izquierda, y vamos que te apañaba, como que yo me llamo Áurea. ¡Estaríamos apañados con este mocoso! ¡No te pongas delante que te doy un mandoble que te estampo contra la pared!
—Pero qué mujer tienes, qué a gusto se tuvo que quedar la tía Candelaria cuando la echó. ¡Dios bendito!
—Cállate tú, a ver si abortaras.
—Si abortaras... si abortaras...
—Anda, a ver, si no pare, tendrá que abortar; dentro no se va a quedar.
—Y tú a ver si te espabilas y entras a cenar... Que me tenéis hasta las mismas narices.
—Anda, Taciano, guapito, vete a dar una vuelta... si no, la Candelaria todavía te fríe.
—Mira, Petronio, las cosas claras, ¿para qué vamos a andar con rodeos? Entre tú y yo, ya sabes... Bueno, voy a ver a Papas, a ver qué se cuenta...
—Ale, ¡que mientras vas y vienes no falta gente en el camino!
—"La tía Juana andaba caliente, las caderas las movía como una mula, las tetas como cántaros y el chumino como las vacas. ¡Cómo anda la Juana...!"
—Dame una cerveza, a poder ser.
—Así me gusta a mí, obediente el tabernero... porque lo primero que llama la atención en los sitios es la atención. El camarero que esté al menor aviso en su sitio. Entras en un sitio, aquí o en otro cualquiera, para el caso es lo mismo, y eso de ¡ale!, antes de entrar que te estén: "¿Qué desea usted?", "¿Algo más el señor?". Eso está bien... ¡Oye! Y esto no es porque esté aquí, tú ya lo sabes, para qué vamos a andar con rodeos, pues ya se sabe... aquí en el pueblo todos nos conocemos, ya se sabe del pie que cojea cada uno... pues eso. ¡Papas! No es porque esté aquí, que a mí me gusta hablar claro aquí, y no hará falta que te diga nada, pero si hay algo que decirte, no creas que no lo digo. Vamos, que te lo digo en la cara, como que me llamo Taciano, pero, oye, sin ningún reparo... pues entras, pongamos por caso, aquí, por ejemplo —y no te ofendas, que es un caso—, y no hay nadie que te ponga un vaso de vino, pues tú me dirás. Y, oye, esto no va por ti, pues a la siguiente vez, antes de entrar te lo piensas dos veces... ¡digo yo!
—...Eso es normal. La gente...
—¡Nos ha jodido! Si eso lo sabrás tú mejor. De todas formas, esto lo puede ver cualquiera, para esto no hace falta estudiar... salta a la vista. A ti, pongamos por caso, vengo yo...
—Sí, hombre... Ya se sabe que el que depende de un negocio tiene que mirar por el público.
—Desde luego, cada uno tiene que mirar para su casa... que las habichuelas no vienen solas... porque hay gente que piensa que ¡ale!, pones una taberna y ya está resuelto todo... pues yo creo que no, ni mucho menos. Ah, claro, es muy fácil: compras una botella de vino, o una cántara —bueno, para el caso es lo mismo—, te cuesta cincuenta, y tú por el vaso cobras quince, pues seguro que ganas el doble... Pero todo tiene sus más y sus menos... y te voy a decir una cosa: que como no se trabaje, las cosas no producen... Eso está más claro que el agua. Tú, pongamos por caso, antes de abrir el bar, eras cantero, ¿no? Pues ¡bueno! Desde que abriste el bar, ¿a que no has vuelto a coger el porrillo? Bueno, tienes unas cuantas ovejas... luego tan mal no te irá, digo yo. Y... vamos, no es porque a mí me importe, pero yo creo que está muy claro, y ¡oye!, esto no es porque estemos aquí... que a mí me gusta hablar muy claro.
—Oye, que yo, al fin y al cabo, hablo por hablar... Bueno, dame otra cerveza y dime qué te debo.
—Sí, dame otra. Bueno, ¡hombre! Tú tranquilo que no pasa nada. Las cosas todas requieren su tiempo; ¡oye!, el que tenga prisa, ¡allá penas! Yo, ya ves, aquí presente, sin prisas. El caso es que me tenía que ir a dar una vuelta a ver qué hacen los muchachos..., pero si voy para allá, la voy a armar... Bueno, ya van siendo mayorcitos, que se las arreglen ellos solos... Total, para lo que se saca... Por un día no creo que se vayan a morir... Total, ya está armá... Está uno harto de trabajar, esto es la hostia, y no he visto animales más jodíos... ¡y luego dicen por ahí que dan! Lo que dan son disgustos..., pero grandes. Tienen más teclas que el órgano de la iglesia... ¡La madre que los parió! Cuando no es por pitos es por flautas, pero no hay época en la que no tengas alguna faena: que si ahora no le da la gana de parir como tienen que parir; que si luego la cría le da un patatús y para los perros —a lo mejor, después de haberte gastado un saco de leche—; y si no una mamitis y un pecho para el demonio; que si las echas más de comer, una que se implá, otra que no quiere comer... ¡Dios! De buena gana las mandaba a tomar por culo... disgustos, problemas... bueno, bueno... vale, que las den por culo, a ver si aparecieran todas muertas. Perdía uno, pero a la larga a lo mejor ganaba... ¡Que te vaya bien! ¡Voy hasta arriba...!
—"Ando rondándote todas las noches, paso más frío que un perro y tú, condenada, no apareces. ¡La madre que te parió...!"
—Despejen la pista, que va a aparcar Taciano. ¿Qué tal por casa de Mamas? ¿Qué rollo le has metido?
—¡Oye! Lo primero, ¡buenas noches!
—Las cosas bien dichas bien parecen.
—Y el que más sepa que más diga, como decía el tío Segundo...
—¡Manos arriba! ¡Que no se mueva nadie! ¡Que entra la Chicharra!
—Si estás borracho, a acostar; aquí no quiero oír decir tonterías.
—¡Qué te calles, mira que te suelto una...! ¡Eh!
— Bueno, menos alboroto, jodío bobo; ¿qué quieres?
—Hace una hora que te lo he pedido, así que ahora te aguardas y cuando te capen, chías; mientras tanto, vete a tomar por culo...
—Chiss, ¡alto! ¡Rompeespejos! Ponme un cubata...
—Anda, sí, dáselo a este pelele... no te pases, echa menos, di que sí...
—Hago lo que me sale de los cojones...
—Habíamos estado tranquilos, pero...
—Que te calles, que te doy un soplamocos que te pongo al corriente... ¿Te has enterado?
—Si estás en Babia. ¿Cuánto cobras?
—Pues hay alguno que te lo está soplando...
—No, pues tú estate ahí, que ya verás qué bien le viene... Por si no te enteras, que va siendo hora ya, desde primero se cobra cinco por cada uno. ¿Cuántos tienes? Seis.
—Bueno, cuatro y la mujer cinco, ¿no? Pues cinco por cinco, veinticinco; así que cinco que te soplan y no te das cuenta...
—¿Que no? Cuando quieras vamos a preguntar...
—¿Qué trolas te ha metido? Cada vez anda peor este jodío Chicharra.
—...Esos sí que viven bien: todos los días de comidas, banquetes, que si un viajecito para allá, que si para acá, que si un regalo. ¡La madre que los parió! ¡Petronio, una cerveza! ¿Te das cuenta de cómo viven esos?
—Esos se lo montan mejor que tú y yo. Ahí los ves, los señoritos que son...
—Esos seguro que no tienen callos. ¡A vivir del cuento! ¡Y lo mismo les da! Cuando hay que votarles, entonces los maricones se acuerdan de venir; que si mi partido, que si... mierda. ¡Hijos de puta! Y todos son iguales, los mismos unos que otros... A mí no me importa que haya democracia, la verdad, para mí casi me gusta más; hemos conocido a los otros y la verdad, esos... Ahora mismo cada uno dice y hace lo que quiere y eso me parece muy bien. Antes las cosas eran distintas: había más orden, sí, ¿quién lo niega?, pero también eran más canallas. Eso de ¡hale!, por su cara bonita esto hago, pero vosotros cuidadito... Eso no estaba bien, por eso qué mal lo tienen que pasar ahora... Los que seguimos igual somos nosotros. Lo mismo nos da que haya democracia que no, para estar hartos de trabajar lo mismo nos da. lo mismo que hago ahora lo he hecho siempre. Las tabernas siempre han estado abiertas y siempre se ha bebido vino, ¿a que sí? ¿Pues entonces? Los tontos siempre seremos los tontos. Antes sí, te hacían ir a misa y no podías trabajar; ahora puedes trabajar hasta reventar que nadie te va a ir a echar una mano. ¡Lo mismo da que sea día de fiesta que no! ¡Ni verano ni invierno! Como no lo hagas tú, no creas que lo va a hacer nadie, y nadie va a venir a darte un kilo por toda la cara...
—Eso era lo que tenían que hacer, repartir billetes...
—Ve
apurando, que no vamos a estar toda la noche...
—Oye, yo no
tengo prisa...
—Eso ya lo sé yo, nos ha jodido.
—Siéntate
un poco ahí...
—Anda... anda.... Bueno, voy a tomarme un
cacharro...
—Ya estoy como de costumbre...
—Bueno, hombre,
tampoco es para tanto...
—Oye, Petronio, ¿se debe algo?
Cóbrame...
—No, hombre, creo que tienes pagado hasta el
presente todo, y esta no andes sacando dinero.
—Voy apañado,
pero a saber, Petronio…
—Joder, tan mal no irás cuando estás
más derecho que una vela... Voy a ver qué tripa se les ha roto a
estos.
—Mirar, yo, aunque esté solo... mi familia, mis
hermanos, mis primos y mis cuñados, ¡allá cada cual! A mí no me
gusta meterme con nadie; a mi me gusta venir a la taberna.... ¡Hay
algunos que, joder, para invitar...! A mi no me importa: si hay que
convidar, se convida... Muchas veces no tengo un duro... pero hay
gente... Hombre, Molleras, tenía ganas de verte para darte un par de
hostias....
—... ¿y cómo así?
—Porque me tienes hasta
las mismas narices, y sabes qué te digo: que te vas a ir a reír de
tu madre...
—Bueno, hombre, no te pongas así; aunque, la
verdad, no sé a qué coño viene esto... No sé cómo me dices
eso.... Ponle una cerveza.
—No creas que me asustas...
— Me
cagüen en Dios! ¿Pero que haces? ¡Será gilipollas! ¡La madre que
te parió! ¡Toma, a ver si te espabilas! ¡Las navajas son para
comer la merienda! ¡Jodío casta! ¡Levántate ahora mismo de ahí y
arrímate al mostrador! ¡Tómate la cerveza! ¡Si no sabes beber,
para casa! ¡Eso que has hecho no es de hombres! ¿Te he hecho daño?
Pues te arrascas, para que aprendas... ¡Gilipollas! ¡Ale! ¡Bebe y
calla!
—Me voy a la cerca.
—¿Tienes mantas? Ten cuidado,
no te vayas a arrecir. ¿No quieres tomarte un café? Ve con cuidado
a ver si te vas a caer en algún sitio.
—No... ¡La hostia! ¡La
que he preparado! Bueno, digo yo que tampoco es para tanto... ¡No
hace malo, aunque se ve más poco...! ¡Apenas hay luna! ¡Me cagüen,
qué tropezón! A ver si quieren asfaltar de una jodía vez las
calles. ¡El Alcalde este no vale para nada! ¡Hasta luego!
—¡Que
te vaya bien!
—Creo que voy bien; a ver si no me equivoco, que
la última vez no sé dónde fui a parar... Creo que voy bien, ahí
parece que está el cementerio... ¡Oye! Por aquí, no sé si será
por los jodíos árboles, la marea parece que se nota más! Espero
que haya algún jodío saco para arroparme una mieja. ¡Estos jodíos
muchachos no levantan un portillo ni para Dios! ¡Luego que si se
salen las vacas! ¡Cómo no se van a salir!
—...
Ya estás aquí. ¿Qué tal? ¿No has pasado frío?
—No, qué
va. ¡Hasta ahora de un tirón!
—Pues ha caído una buena esta
mañana.
—Ahora hace bueno. No sé qué tomar.... Bueno, ponme
un café con leche, que parece que tengo algo de hambre.
—Bueno,
ya ves si no vas tenerlo. Ya es hora de comer. Anda que vaya una que
armaste ayer. ¡Ay que joderse! Te querías cargar al Molleras. ¿Cómo
se te ocurren esas cosas con lo pacífico que tú eres? No me jodas,
Taciano... ¿Te hizo algo? ¿No te duele nada? Pues te pegó un par
de ellas que te dejó espanzurrado.
—No me duele nada. No creas
que me arrepiento.
—Pero ¿qué te ha hecho? Alguna picia,
porque este Molleras es así.
—Un cacho maricón es lo que es.
Menos mal que a mí se me pasan pronto los berrinches, pero si
hubiera sido otro, eso no creas que se olvida. Mira que yo tengo
mucho aguante, creo que mejor que tú nadie me conoce, que aguanto
todas las bromas que sean necesarias, pero, oye, llega un momento en
el que la paciencia se acaba. Dame una copa... La verdad, pensándolo
dos veces, te arrepientes, porque, llegado el caso, ahora mismo nos
tomaríamos algo y en paz; pero, oye, te da la rabieta y en ese
momento no se te pone nada por delante. Ahora que... Las personas
tenemos que tener un poco de algo... Yo, joder, me puedo poner como
una cuba, pero eso de faltar a nadie, esté presente o no esté, no
creo que se me ocurra.
—Bueno, Taciano, tú sabrás lo que os
traéis entre manos; yo qué quieres que te diga...
—Hombre, a
mí, la verdad, pensado fríamente, pues hasta me arrepiento, porque
eso que dos del pueblo se peguen está muy feo, pero muy feo..., oye,
y si en algo falté a alguno, pues perdona...
—Ya sabes tú que
aquí nadie se acuerda de lo de otro día; se hablan muchas cosas,
pero, dichas, allá penas, allá cada cual. Todo el mundo hace lo que
quiere y dice lo que quiere y nadie tiene en cuenta nada. Pues
apañados estamos si alguien se toma a mal cualquier cosa. Cuando no
es uno es otro, o todos el que no tiene algo de más. Por lo tanto,
no te preocupes... ¡Ale! Acábate esa y tómate otra, me cagüen en
Dios, y no te pongas a jimotear.
—¡Pero hombre! ¿Qué te pasa?
Los hombres no lloran aunque tengan las tripas fuera. Deja de llorar,
hombre. Me cachis en la mar, ¿a quién se le ocurre?; que lloremos
las mujeres..., pero un hombre hecho y derecho como tú, ¿a quién
se le ocurre? ¡Vamos... vamos...! ¿Quieres comer algo? Me ha
sobrado algo y si quieres que te prepare algo dilo, que no hace falta
decirte que estás en casa... ¡Deja de lloriquear!
—¡Gracias
Valentina!
—¡Claro, hombre! ¡Ale! Se te habrá pasado ya, ¿a
que sí? Pues tómate la copa, y vete para casa, que ya llevas un día
sin aparecer por casa o lo que sea, y luego tu mujer te regaña y con
razón.
—Buena me espera... Sí, es verdad... Pero bueno, ¿qué
se va hacer? No es la primera vez, ni será la última, si no,
estamos apañados.
—Siempre la penúltima...
—Anda, a ver.
Si no, ya ves tú.... Dame un botellín....
—Taciano, Taciano...
¿no te retiras?
—¿Sabes qué te digo...?
—Cualquier
cosa.
—Vete tú a saber... Pues eso: todo tiene su cauce, su
cauce normal. Las cosas tienen que ir despacio, porque para qué
valen las prisas... ¿Para qué sirven las prisas...? Para nada;
pongamos por caso: yo voy a casa ahora y qué, ... nada; mejor me
quedo aquí. Los nublaos cuanto más grandes mejor es la estampida. Y
voy a decir una cosa..., escucha, que no es que tenga miedo... ¡Que
yo soy de los que no me asusto!, pero, oye... ¡Qué desgraciaos
somos! Yo, cuando bebo, bebo... Los demás, ¡oye!, allá penas. El
mundo no se va a venir abajo. Y ¿a quién le puede importar? Di... A
nadie. A mí me gusta respetar a todo el mundo, te lo puedo jurar.
Allá cada uno... Yo bebo... otros, vete tú a saber... Cada uno es
muy dueño de hacer lo que le venga en gana... Pero hay gente que no
te puede dejar de criticar... sí, de criticar... No te
rías...
—Mucho que te importa a ti...
—Pues, hombre, ¿para
qué vamos a negarlo? Tú ya sabes que a mí... Yo no niego a nadie
la palabra... Digo ¡adiós! a todo el mundo. Si hay alguno que no
contesta..., él sabrá, pero... Dame un botellín. Si todo el mundo
fuera como Dios manda, ¿eh?, pues que otro gallo cantaría. Cada uno
se lo monta como puede: a unos les va bien y a otros mal, pero ¡oye!
cada uno es muy quien... y no puedes, ¡ale!, decir a uno: "esto
no", y me parece muy bien. ¿Quién me manda meterme donde no me
llaman? La gente es muy independiente... demasiado diría yo... Hay
bichos muy raros, pero mientras no se metan con nadie, allá cada
cual con su conciencia. En mi caso particular, pongamos por caso,
¿digo yo algo de mis parientes? No nos hablamos, pero a mí no me
gusta hablar mal de nadie y, como es cosa natural, menos todavía de
la familia. Hay cosas que están mal y saltan a la vista, y más en
los pueblos, pero ponte a llamar la atención a alguien y ya
verás.... Lo menos te manda a lo alto de las cárcavas... y diles
que no tienen razón... Pero es una cosa muy fea que entres en la
taberna, y os pongáis juntos y no dirigirse la palabra... Y ¡oye!,
que si me apuras, el primero soy yo, para que se van a negar las
cosas... Cada uno es muy... muy suyo. Y el caso es que cuando
conviene..., cuando conviene, qué buenas palabras, qué saludos...
Entonces era cuando había que decir: eh, ¡alto!, para un poco el
carro..., vamos a hablar despacio, sin prisas. Pero, uno es un
gilipollas... Bueno, ¡qué se va a hacer! Bueno, si me das otro
botellín, me voy a ver a Roca.
—Ni se te ocurra. Esto se acabó: ni botellín ni nada. A hacer tus necesidades a la calle.
—Bueno, bueno, cómo se pone la señora...
—A dormir la mona donde quieras: esto se acabó.
—Déjame que me tome el último.
—Que te he dicho que salgas, mamarracho; no voy a estar abriéndote la puerta todo el día.
—Petronio...
—Ni Petronio, ni puñetas... Mira que te arreo una que te espabilo.
—¿No dice nada el hombre de la casa?
—¿Qué quieres que te diga, macho? Donde hay capitán no manda marinero. Mañana será otro día.