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13/10/26

La asamblea

 

Te has sentado en el fondo del salón. Has sido de los últimos en sumarte a la reunión y has recorrido ese inmenso espacio, estrecho pero muy alargado, que alberga la asamblea multitudinaria que se celebra para reivindicar vuestros derechos. Los asistentes han ocupado todos los asientos de manera ordenada, como si asistieran a una ceremonia religiosa; nadie permanece de pie en los pasillos que hay a ambos lados. Al llegar a los últimos bancos creíste que tendrías dificultades para seguir los discursos, pero te equivocaste, como compruebas cuando comienzan. Los oradores son numerosos; están en un estrado no muy alto. Te sorprende que no guarden la compostura que mantiene el público: levantados, departen en corrillos. No los oyes, pero, por sus ademanes, estás seguro de que discuten. Cuando comienza el acto, estos dirigentes intervienen desordenadamente, se quitan la palabra y arengan al público. Parece que riñen y no se ponen de acuerdo entre ellos, pero consiguen exaltar el ánimo de la concurrencia. Pese al acaloramiento, permanecéis disciplinadamente sentados; sin embargo, el enardecimiento bulle en vuestro interior. Miras a tus compañeros de asiento; ellos también se fijan en ti. Su semblante es tranquilo, aunque sus pupilas están dilatadas.

La luz exterior inunda por completo el espacio y os molesta. Tal vez, por esta incomodidad, estalla el arrebato. Unos cuantos salís del salón, mientras la asamblea continúa. Sois un piquete bastante numeroso. La tranquilidad de momentos antes se ha transformado en una rabia incontenible y os movéis como una jauría de canes rabiosos en busca de la delegada. De forma subrepticia, los líderes os han asegurado que se halla visitando la feria que se celebra en el parque de exposiciones. A esas horas, a punto de comer, el sol tortura esa explanada de asfalto. Como manada enajenada, entráis en los pabellones. No tardáis en dar con la comitiva que acompaña a la delegada: asesores, directivos, empresarios y guardaespaldas con gafas de sol, que escrutan el rostro del numeroso público merodeando entre los estands. Esos desconocidos depredadores y tú os observáis un instante antes de atacar. Con la mirada confirmáis que estáis dispuestos a ir hacia la víctima. Es tal la avalancha y la sorpresa que vuestra estampida causa en el círculo de seguridad de la delegada que, en un primer momento, se paraliza y, después, es incapaz de reaccionar para proteger a la mujer. La delegada, sin perder la entereza, se camufla, aparentando ser una más de las mujeres que curiosean entre los expositores, pero no os dejáis engañar: la habéis identificado y os abalanzáis sobre ella. Al verse descubierta, la mujer parece encogerse bajo las miradas de odio que la cercan. Se siente aturdida, como si estuviera a punto de enfrentarse a un tribunal anárquico que le reprochará su intransigencia ante vuestras justas reclamaciones de hombres simples, pero dispuestos a defender vuestros derechos con las únicas armas que podéis usar contra ella: el acoso verbal, si no la violencia. Eres consciente de su situación emocional. Sabes que está a punto de ser linchada. Tú mismo estás dispuesto a ser el primero en levantar el brazo para agredirla. Sin embargo, en el último instante, te apenas por esa mujer. No te parece de justicia el acto violento que está a punto de sufrir y, sin pensarlo, te acercas el primero y la proteges de tus propios compañeros de reivindicación. No piensas en lo que estás haciendo ni en las consecuencias que este acto te puede acarrear. Solo te preocupas por la delegada y por ti. Ambos corréis la misma suerte. En apuros, con habilidad, lográis evadiros. Tu corpachón oculta la diminuta figura de la mujer. Retrocedéis, camuflados en la masa, hasta que conseguís salir del hangar. El sol vuelve a cegaros en un primer momento, pero estimas que esa luminosidad puede ser una aliada en la huida. Has conseguido despistar a tus camaradas. En cambio, los guardaespaldas os tienen controlados: os siguen a distancia, como si consideraran preferible que su protegida continuara contigo. Tu objetivo es sacarla del recinto ferial hasta la enorme rotonda del exterior, donde el peligro será menor.

—Vete por el margen izquierdo —le ordenas con autoridad cuando encaráis la gran avenida de la salida.

Incluso en esos momentos, la escolta os deja hacer.

Sigues pendiente de evitar el peligro que corréis. En la explanada, estás seguro de que esa mujer podría ser identificada, sobre todo cuando recorráis el alargado pabellón donde la asamblea continúa. Eres consciente de que, desde el interior, a través de las enormes cristaleras, alguien puede identificar a la delegada. Tú te interpones, caminando paralelo a ella, cada uno por una orilla distinta de la gran avenida, para que tu cuerpo tape la figura diluida de la mujer que sigue confiando en ti.

La detienes con un gesto enérgico y autoritario cuando intenta acercarse a ti.

—Continúa caminando recto hacia la salida, sin titubear —le ordenas, transmitiéndole confianza.

Sobrepasado el enorme pabellón de la asamblea, divisas las tres puertas abiertas que dan al exterior. No te atreves a desviar la vista atrás para comprobar si hay peligro. Estás seguro de que los guardaespaldas siguen a distancia y que, ahora sí, intervendrían si se produjera alguna agresión. Estáis a un paso de lograr escapar. Podría ser una oportunidad para acabar tu misión y dejar que fueran sus hombres de confianza quienes se encargaran de protegerla, pero continúas hasta el final. Una vez traspasado el umbral de esas grandes puertas de metal, te detienes. Los guardianes se agrupan en torno a ella, al mismo tiempo que un coche oficial se aproxima a recogerla. En un instante, la mujer se recompone: vuelve a ser la delegada con toda su autoridad. Transforma su semblante timorato en el rostro autoritario del poderoso. En esa metamorfosis, esperas una mirada de agradecimiento, pero no la encuentras. Los titanes trajeados que la rodean te escrutan desafiantes.

Te das la vuelta y regresas al interior por el mismo borde de la calzada. Ahora el sol te da de espaldas. Bajas la mirada hacia el asfalto caliente, lleno de pequeños residuos que todos vamos dejando sin ser conscientes de ello. Tu mente quiere recuperar su capacidad analítica, pero te impones distraerte con detalles insignificantes. Al llegar al salón alargado, compruebas que la asamblea no ha acabado. No te interesa averiguar lo que sucede dentro. Cuando llegas a la puerta, antes de reincorporarte a esa reunión, entras en los lavabos. En el espejo se refleja tu cara contrariada. No eres capaz de adivinar lo que te pasa. Solo bebes largos tragos de agua del grifo, mientras el chorro fluye salpicando tus pantalones.



17/09/26

Mis propiedades

 

Una vez más he decidido buscar en mis carpetas los contratos de compraventa y las escrituras de la propiedad de mis inmuebles. Fueron adquisiciones realizadas en su día con afán inversor, ya que eran gangas; si bien, por mi precaria situación financiera, eran operaciones arriesgadas, pues necesitaría fuertes sumas de dinero para reformarlas y poder sacar beneficio. En el fondo, eran especulaciones: sabía que, si no realizaba las obras oportunas, podría desprenderme de ellas con facilidad y sacar más dinero del que había pagado.

La compra más grandiosa fue un palacio renacentista. La fachada armoniosa se conservaba impoluta. Me encanta situarme en el extremo del patio y contemplarla entera: esas líneas limpias y el equilibrio de sus elementos arquitectónicos me causan un placer que se prolonga después en el recuerdo. Me parece imposible que ese edificio, visto por fuera, sufra la ruina que reina por doquier en el interior. Cada vez que lo visito, atravieso el umbral y una penumbra quejumbrosa me hiere mientras avanzo, pisando con cuidado el pavimento, entre losas sueltas y huecos donde algunas han desaparecido. No hay tabiques: es una estancia enorme, un salón sin sentido. Solo una escalera oscura y vencida invita a ascender a la primera planta. El suelo es de madera podrida y polvorienta. En cualquier oquedad se prenden telarañas. La luz que proviene de la fachada hiere por su intensidad y resalta el deterioro y el abandono del sitio; en cambio, la del patio es macilenta y fría. No me atrevo a adentrarme por miedo a caer al vacío. Es cuando estoy en el interior cuando me asaltan las mayores dudas sobre si procedí con prudencia al comprar este edificio. No me dedico a la hostelería, pero doy vueltas a la posibilidad de que yo o alguien del sector pueda sacar provecho de este espacio con las reformas oportunas: podría transformarse en un alojamiento de lujo. De todas maneras, no tengo prisa, por si llega el momento en que yo mismo pueda emprender la rehabilitación. Incluso me lo imagino convertido en mi hogar y distribuyo las dependencias a mi gusto: la biblioteca y mi escritorio; el salón-comedor donde reuniría a los míos; los dormitorios... No quepo de felicidad pensando solo en esta posibilidad remota.
Las otras propiedades son de menos enjundia. Me refiero a un chalet de planta baja, ubicado en medio de un parque urbano. Está vacío, pero habitable. Tan solo es necesario adquirir los muebles para acondicionarlo. Me lo imagino amueblado y me parece un lugar increíble. Recibe el sol a raudales, aunque también se resguarda del sol bajo la sombra de los altos pinos que rodean la parcela. Desde las ventanas se divisan los edificios de las calles circundantes. El ruido del tráfico se amortigua por la vegetación y el arbolado del recinto. Si el tiempo acompaña, el jardín público anima a salir y a confundirse con los niños que juegan, las parejas que charlan, ríen y se besan, y los ancianos que reciben agradecidos los rayos de sol que les llegan. Sin embargo, hay dos inconvenientes. Cuando me encuentro en el parque, no deseo que los que merodean por allí descubran que soy el propietario de ese chalé: temo ser objeto de envidia y no me agrada. Por eso, entro y salgo con precaución para que nadie me relacione con esa vivienda. Hasta ahora lo he conseguido y me tranquiliza que, gracias a mi discreción, ninguna persona me haya identificado como su propietario. En cambio, la otra pega es más difícil de solventar. El espacio es amplio, demasiado para ser una casa unifamiliar. Hay una dependencia que sobra. Es una habitación recóndita, perdida en el conjunto. No sé qué uso se le podría dar. Sin embargo, lo peor es que a partir de ella se accede a una concavidad oscura. No la he inspeccionado a fondo, aunque no creo que sea muy grande. Puede tratarse de una bodega, pero estoy convencido de que no lo es. No soy capaz de explorar aquella oscuridad en toda su amplitud porque no hay luz y, con una linterna, tan solo descubro lo que hay a poca distancia. Pospongo el momento en que me atreva a penetrar para averiguar qué se esconde allí. Tal vez no me haya animado a cambiar de residencia por la presencia de este habitáculo secreto.
Adquirí las dos últimas propiedades con el ánimo de especular, aunque todavía no me he decidido a sacarlas a la venta. La posesión más valiosa está formada por dos naves dispuestas en ángulo recto. Son antiguos almacenes que hoy ya no tienen sentido dedicar al mismo fin. Se hallan en una zona urbana, por lo cual están destinadas a ser demolidas para dividir el espacio en parcelas donde se podrán construir casas hasta formar una pequeña colonia o urbanización. Cualquier promotor compraría este terreno, por lo menos el que ocupa la nave que se extiende a lo largo de la calle. El problema se plantea con la otra nave, que da a un espacio inservible o, por lo menos, con vistas mucho peores. Lo más lógico, cuando llegue el momento de llevar a cabo el proyecto, es tirar esta última y dejar el espacio libre. No obstante, no desisto de pensar en una solución alternativa que pudiera paliar esa condena a la nada. Por eso, cuando me acerco por allí, siempre entro en esta nave sentenciada al ostracismo por si se me ocurre una solución para ella. Abro la puerta y, nada más hallarme dentro, el suelo se inclina paulatinamente hacia el fondo. No entiendo por qué la construyeron en pendiente ni a qué la destinaron. Miro las paredes en busca de algún indicio que me ayude a hacerme una idea, pero soy incapaz de imaginar para qué sirvió. Me voy melancólico, incapaz de decidirme de una vez por todas a ponerlas en venta y dejar que el comprador decida el uso de esa nave deforme.
La última propiedad es una parcela pequeña, quizá la más apropiada para levantar mi propia casa. Se halla en una urbanización situada en un altozano. El propio terreno es ondulado y, si al final me animo a hacer algo allí, tendré que llevar una máquina para allanarlo. Está bien situada entre la maraña de viviendas que se reparten por el cerro. Tal vez lo que menos me convence es la orientación. Lo más lógico es que la fachada dé a la calle más amplia, pero no me gusta que por la tarde no reciba los rayos de sol. En efecto, los recibe por la mañana y la vivienda sería muy alegre la primera parte del día, pero esas horas las paso en el trabajo, no en casa. Por la tarde agradecería más la iluminación cálida del sol. También le doy vueltas con bastante asiduidad a ver si termino de ver clara la orientación, pero no termino de convencerme de que en ese sitio pueda llegar a construir la casa en la que me gustaría vivir el resto de mi vida.
No tengo mucha paciencia cuando revuelvo mis pertenencias: procedo sin sistema, pues mi atención se desvía cuando hallo algo inesperado que no era lo que buscaba en primer lugar. Tal vez por eso no logro dar con esos documentos que demuestran que esas propiedades son mías, pero sé con certeza que deben de estar por alguna parte.


30/07/26

Ni libros ni revistas ni cintas de música

Estábamos llegando al cruce de las Eras. Venía charlando con Galiana desde la plaza. Me acompañaba Pierpio, mi hijo veinteañero, que caminaba detrás y oía lo que hablábamos. La conversación era banal, la propia de dos personas que en su juventud fueron amigas, aunque nunca íntimas. Cuando estábamos a punto de despedirnos, noté que a Galiana le costaba soltar lo que tenía en mente. Después de vacilar unos instantes, me dijo:

-¿Por qué tú y yo no compartimos ningún objeto cultural cuando éramos amigos?
Tardé unas milésimas de segundo en comprender que se refería a libros, revistas, tebeos, cintas de música… Antes de responder, también me planteé a dónde quería ir a parar con esa pregunta. Habíamos formado parte de la misma pandilla, pero nunca hubo demasiada confianza entre nosotros. Es más, no me caía simpática y tampoco creo que yo le interesara lo más mínimo. Por eso me dejó estupefacto, aunque procuré reaccionar con naturalidad. Galiana me observaba mientras cavilaba.
-Lo podemos hablar con más tranquilidad la próxima vez que nos veamos —le respondí agradeciendo que llegáramos al punto donde nos separábamos.
Respiré aliviado y caminé junto a mi hijo hasta casa. Olvidé por completo el asunto. Creía que las posibilidades de que ambos coincidiéramos durante ese verano eran pocas, ya que no iba a permanecer mucho tiempo en el pueblo y, por tanto, no abordaríamos esa cuestión. Sin embargo, ese asunto continuó espoleando mi conciencia. No tanto la pregunta en sí como el hecho de que fuera Galiana quien me la planteara.
La relación con los amigos de juventud se había ido apagando con el paso del tiempo y las distintas circunstancias personales. Tan solo nos encontrábamos en el pueblo en contadas ocasiones. Nos saludábamos y la charla que manteníamos tenía poca trascendencia. Sabíamos que nuestra vida actual no se asemejaba en nada a la amistad que habíamos compartido durante la juventud. Tal vez coincidiera con Galiana más a menudo que con otros amigos, pero la conversación no duraba nada más que unos minutos y abordábamos temas recurrentes.
Me costó recordar. Galiana y Sabina eran las dos chicas del pueblo con las que mantuve más contacto. De las dos, a mí me gustaba la segunda. Galiana no me atraía nada. Además, su carácter áspero no me inspiraba confianza a la hora de tratar con ella, pero las dos eran amigas inseparables. Si quería encandilar a Sabina tenía que lidiar con la compañía de la otra. Esto, al final, no supuso un obstáculo insalvable, ya que otro amigo se interesó por Galiana y me permitió abordar a Sabina sin tantas cortapisas. Esa fue la primera conclusión a la que llegué al repasar mis recuerdos. No obstante, sabía que había algo más. Aunque me costó admitirlo, comprendí que Galiana se había interesado por mí mientras yo buscaba la forma de aproximarme íntimamente a Sabina. Me costó reconocerlo en su momento, al igual que ahora, porque mi ceguera por la otra me impedía ser consciente de lo que sucedía a mi alrededor. Pero una vez convencido de que era posible, poco a poco fui recuperando vivencias pasadas.
Aunque los jóvenes nos reuníamos en la plaza o en alguna solanera, aún tibia durante las noches de verano, la mayor parte del tiempo lo pasábamos hablando los tres. Es posible que no deseara reconocer que de las dos chicas la que más se interesaba por mí era Galiana. Dio alguna muestra, pero no las quise tener en cuenta. Fingí no enterarme para no ofenderla y, sobre todo, para poder continuar mi acercamiento a Sabina. Era consciente de que si quería intentar algo con ella debía tratar con ambas, pues estaba convencido de que si Galiana descubría mi inclinación por Sabina, me podía despedir de la compañía de las dos. Andaba con pies de plomo para no desairarla. Mientras escribo estas líneas recuerdo la inquietud y los malabarismos que debía ejecutar noche tras noche para poder permanecer junto a Sabina, mientras soportaba la presencia de Galiana. Antes de hablar, meditaba si lo que iba a decir podía herir o soliviantar a Galiana, al tiempo que cuidaba cada matiz para agradar a Sabina.
Soporté dos veranos su presencia. Cada vez me resultaba más desagradable. Cuando veía la oportunidad de hablar con Sabina, mi alma se regocijaba, pero, al comprobar a su lado a Galiana, se esfumaba toda mi alegría. Llegó un momento en el que sospeché que si mi relación con Sabina no avanzaba era porque la misma Galiana hablaba mal de mí a su amiga. No había manera de que Sabina y yo nos quedáramos solos. Al poco tiempo, ella no tardaba en irrumpir en nuestra intimidad con el mayor descaro. Me acostumbré a soportarla, como si fuera la penitencia que debía pagar por disfrutar del encanto de Sabina. En ocasiones, cuando me iba a acostar, antes de dormir, todo aquello me ponía de muy mal humor y me impedía conciliar el sueño. Repasaba cómo había ido la noche y llegaba a la conclusión de que había hablado más tiempo con Galiana que con Sabina, y de que con la primera había bailado tres piezas agarradas y con la segunda solo dos.
Al final, después de mucha paciencia, conseguí salir durante un tiempo con Sabina, con la que sí compartí libros, revistas y cintas de música. Nuestra relación fue muy breve. Nunca me atreví a culpar de la ruptura a Galiana. Dejé de hablar con ambas.
Espero no encontrarme con Galiana durante los días que permanezca en el pueblo. En todo caso, si la casualidad nos vuelve a juntar, no se me ocurrirá entrar en conversación con ella para responderle por qué nunca intercambiamos libros, revistas ni cintas de música.

12/07/26

BOSTON 19,25

 

La ciudad se agita como un animal a punto de morir. Por sus calles borbotean sus habitantes arropados con abrigos superpuestos para aliviar las temperaturas gélidas. El cielo opaco parece a punto de aplastar los edificios apagados. El humo de los fuegos repartidos por doquier en las aceras está en suspensión, como ropa andrajosa entre las fachadas. El silencio reina a consecuencia del agotamiento de sus habitantes. Ha sido demasiado tiempo pasando hambre y no queda la última esperanza del grito y de la maldición, solo el silencio adocenado como norma aceptada por todos. No hay nada que decir, sino hacer, si se puede; si no, lo mejor es permanecer lo más arrimado posible a uno de los fuegos para no morir de frío.

Marx atraviesa las arterias adormecidas intentando llegar a su bloque de viviendas. Avanza a buen ritmo sorteando las fogatas y los grupos repartidos alrededor. Lleva motivos para albergar una ilusión y el tiempo es fundamental para conseguir lo que se ha propuesto. De momento, porta una bolsa de plástico blanca, que transparenta la sangre fresca de una liebre. Necesita llegar a casa cuanto antes para saciar el apetito. Se recrea imaginando su preparación: aprovechará los últimos granos de arroz y los añadirá al rehogado de la carne sin lavar para que la sangre dé sabor al cereal. Invitará a su amigo Ton, ya que este será su último festín en la ciudad. Cuando sacie el hambre y se despida de su antiguo compañero de taller, intentará salir, más bien, huir de esa ciudad asediada por las inclemencias de un cielo castigador. No hay ningún motivo para permanecer. Si tiene que morir prefiere hacerlo buscando una esperanza.

Su marcha se acelera al acercarse a su destino. Deja las avenidas y se adentra en las cuadrículas de manzanas más pequeñas. Las calles son más estrechas y las aceras, diminutas, en esa ciudad caótica. El olor a sangre de animal endulza el ambiente. Pronto descubrirá su procedencia. En un callejón sin salida cuelgan de travesaños encastrados en las fachadas una colección de animales desollados. Parecen cerdos pequeños, pero cuando observa la piel peluda a punto de ser sacada por el morro de uno de ellos, comprueba que son jabalíes. Se detiene y se adentra en ese matadero improvisado, donde las gentes se afanan en extraer las vísceras malolientes. Un pequeño reguero evacua lentamente la sangre que chorrea de los cuerpos colgados. Solo observa el espectáculo de la carne caliente, de los vahos que se desprenden y de la suavidad de los humores que rodean los órganos internos y los destellos de las mantecas. Mira cada uno de esos animales y el brillo en los ojos de sus descuartizadores. Compara la liebre ensangrentada que porta en la bolsa y la abundancia de magro, y se siente pequeño, desvalido. No es envidia, es incomprensión de una realidad desigual: unos se van a dejar morir lentamente acurrucados al lado de una hoguera que cesará de arder cuando ya no haya más madera que arrojar; otros, como los moradores de ese callejón, se lanzan en busca de lo que sea con tal de llevarse algo a la boca. Él no es como ninguno de ellos. Quiere huir y va a aprovechar ahora que ha conseguido esa larga y delgada liebre para saciar el hambre.

A escasos metros del portal, comprueba que las ventanas se iluminan. No solo es en su edificio, hay algunos más en los que ha vuelto la luz eléctrica. Sin embargo, la corriente va y viene. Al entrar en el vestíbulo de su bloque de apartamentos, se fija en la bombilla amarilla del cuarto del portero que pende iluminando un espacio vacío. Mira alrededor a ver si encuentra al empleado. Al no verlo se dirige al ascensor. Abre la puerta y antes de introducirse, aparece el hombre y se cuela en el habitáculo como si se hubiera transformado en una lombriz que saliera del suelo. Le dice a Marx que solo va al primer piso y que rápidamente puede utilizarlo él. Se queda con la boca abierta por su descaro. Se lamenta de haber perdido la ocasión de comunicarle que abandonará su apartamento y que a lo largo del día le entregará la llave. Al instante reflexiona que era una formalidad absurda dados los acontecimientos extraordinarios que viven. El ascensor vuelve al portal y cuando Marx se dispone a entrar, se adelanta un hombre mayor y los dos se quedan atascados en el marco de la puerta. Ambos se enfrentan. Marx espera que el viejo se disculpe; él era el que estaba primero, pero no lo hace y lo mira mal, como si él fuera un joven irrespetuoso. Se trata de un hombretón, con mal jetuño, que le saca más de una cabeza, pero Marx no se amilana. Los dos terminan entrando al mismo tiempo en la cabina. Se deben apretar para que quepa la que parece su señora, que tiene cara también de mal humor. Consiguen acomodarse y cerrar la puerta. Marx se dirige al cuarto piso; ellos han presionado el botón del sexto. Se alegra de bajarse primero y no compartir planta con unas personas tan desagradables y mal educadas. Sale sin bloquear la puerta del ascensor, para que sean ellos los que se molesten en cerrarla.

El pasillo largo que conduce hasta su apartamento termina en un ventanal por el que aparenta colarse una claridad más intensa que la que había en la calle. Marx se pregunta si será un síntoma de que las condiciones atmosféricas están a punto de cambiar, pero, a medida que se acerca al final, comprueba que es una falsa percepción. A esa altura el cielo sigue siendo exactamente igual de turbio que en la superficie.

En su apartamento siente el mismo frío que en el exterior, por lo que no se quita uno de sus abrigos. Se frota las manos para entrar en calor, también para darse ánimos en el momento en que comienza a cocinar. Espera que el combustible que le queda sea suficiente para terminar la cocción del guisado. Pone agua en la cazuela para que se vaya calentando, mientras trocea la pieza. Termina con las manos manchadas y el suelo con gotas de sangre que siguen cayendo de la liebre. Cuando el guiso comienza a cocer, decide salir en busca de su amigo. Ton vive en la misma planta, pero a la otra punta del edificio circular. No quiere dejar sola su vivienda mucho tiempo, no sea que alguien, guiado por el olor, entre a apropiarse de la comida. Antes de echar a correr, comprueba que la luz que se cuela por la ventana ha disminuido con respecto hacía unos instantes. Pese a no ser más de la una de la tarde, parece que está a punto de anochecer. La luz eléctrica se ha vuelto a ir, por lo que parte del recorrido lo hace casi a oscuras. Golpea la puerta de Ton. Le tranquiliza diciéndole que es él, Marx. Le oye cómo arrastra los pies. Comprueba por la mirilla que se trata de su amigo. Le abre la puerta. Los dos se abrazan sin decirse nada. Al verlo con un solo jersey gordo, Marx se percata de que estaba acostado en la cama. La bola de mantas y abrigos es una pesada lápida en la que Ton se ha enterrado antes de dejar de respirar. Ya no espera nada, pero Marx le insufla ánimo. Ha conseguido carne y aún hay tiempo para luchar. Él lo va a intentar, no piensa quedarse en Boston a que un milagro les devuelva la ilusión y el deseo de vivir. Él quiere ser el promotor de su propia salvación. Le anima a que se una a él, que los dos, como hermanos, busquen una salida. Ton lo escucha y envidia la desconocida energía de su amigo, pero él ya está en un estado de postración y apatía que le impide valorar la vida. No le importa dejarse ir lentamente. No tiene prisa por que la muerte se retrase, por eso acepta la invitación de Marx a trasladarse a su vivienda. No cree que pueda comer ese guiso de carne dura y salvaje, pero acompañará a su amigo antes de que los dos se separen.

Marx se ha propuesto que esa comida no solo sea para saciar el hambre de ambos, quiere que sea una celebración para conmemorar el comienzo de su salvación: pueden salir de la ciudad, si se lo proponen. Ton le deja que se ilusione; sabe que, si su amigo está seguro de que los dos emprenderán la huida, es más probable que él consiga salvarse. Mientras, Marx dispone dos platos y cubiertos sobre la mesa y arrima sillas para disfrutar de la comida relajadamente. ¡Cuánto hace que no se deleita con una comida sentado! Por eso, aunque el guiso sea sencillo, quiere que su degustación sea una invitación a volver a las buenas maneras a la hora de comer. Le sirve a Marx un plato caldoso con arroz y las piezas de carne más jugosas y espera a que lo pruebe antes que él. Su colega, con asco a cualquier bocado, intenta complacerlo. Sorbe un poco de caldo. Contra todo pronóstico no le desagrada. Marx parte una de las patas para comprobar cómo ha quedado la carne. Como supone, está dura. La liebre necesita mucha cocción, pero no hay tiempo para postergar el hambre ni la partida. Anima a Ton, mas su amigo no es capaz de triturar el amasijo fibroso que ha extraído de una costilla. Para no decepcionarlo, intenta masticar los granos de arroz. Marx recoge los suyos del plato y de la cazuela para que, por lo menos, coma el cereal.

Al ver la inapetencia de su compañero, Marx olvida el hambre y deja en la cazuela más de la mitad del guiso. Pese a casi a no haber comido, mete prisa a Ton para que recoja de su apartamento lo más preciso y salir aún que había una tibia luz. No puede, le gustaría acompañarlo, pero ya no le quedan fuerzas y desea disfrutar de la calma serena con la que espera el final. No puede ser, le desafía Marx; tienes que realizar un último esfuerzo. Pero Ton solo camina hasta llegar a su apartamento. Marx lo acompaña y lleva en jarras la cazuela con los restos de liebre para que su amigo pueda comer si se arrepiente y es capaz de salir de su desfallecimiento. Los dos se abrazan. No será por última vez, le promete Marx. Ton acepta la propuesta para insuflarle fuerzas y sea capaz de huir.

Tan solo ha tomado las prendas de abrigo y una navaja antes de abandonar su apartamento. Baja de prisa las escaleras. El hall está a oscuras. Llama al portero para entregarle las llaves, pero nadie responde. Se acerca despacio a su habitáculo. Tiene la puerta abierta; vuelve a pronunciar su nombre. Al no aparecer nadie, deja sobre su mesa las llaves.

Vagamente había ideado un plan de fuga alternativo al que suponía realizaría la mayoría de los que querían escapar. No saldría por alguna de las carreteras que partían de la ciudad. Su plan era buscar una vía de tren y huir siguiendo los raíles. No tiene idea de por qué esta opción es mejor que la de ir por alguna carretera, pero su determinación es firme.

Anda por una ciudad interminable. No se atreve a preguntar para que le orienten, no sea que quisieran saber los motivos por los cuales se encamina allí. Hasta ese momento no había visto cadáveres, pero en esos aledaños encuentra cuerpos abandonados que nadie se molesta en retirar. Ese olor pútrido le impele a alejarse y a acelerar el paso. Al divisar las primeras señales de los descampados, siente alivio. Y pronto da con las vías. Cuando está sobre las traviesas, en el medio de ese camino férreo, mira a uno y otro lado. Detrás queda Boston, al que ya no ve, porque la masa polar lo está a punto de devorar; de frente, un horizonte negro que no puede vislumbrar. En el medio, él. Por primera vez siente la compañía despiadada del pánico. No es nada perdido en la oscuridad, enfilándose a un destino incierto, pero debe comenzar a caminar. Antes de ponerse en marcha, siente también una fatiga que hasta el momento lo había engañado, creyendo que sus fuerzas estaban intactas. El desaliento se manifiesta en la sequedad de su boca y labios, pese a la pegajosa niebla. Se sienta e inclina la cabeza hasta tocar con la oreja el helado acero. Está inerte. No transmite ninguna vibración que denote la marcha de algún convoy. De pie, comienza el viaje. Para asegurarse de que no se despeña, camina por el medio de los dos raíles, procurando que su ritmo se adapte a la distancia entre los maderos a los que están ancladas las largas barras de hierro. Su caminar es titubeante porque esa frecuencia no se amolda a su paso natural, lo que le supone una concentración que lo irrita. Avanza con la sensación de que la distancia que recorre es muy pequeña.

No vislumbra nada a ambos lados. Solo oye el tenue rumor de una corriente de agua, por lo que supone que se halla atravesando un puente. No quiere confirmarlo, no vaya a precipitarse al vacío. De vez en cuando, se detiene un instante y se sienta en un raíl. Antes de incorporarse testa el hierro frío con su oído, pero no hay indicio de que se aproxime una locomotora. Cada paso que da es producto de un esfuerzo que lastra las reservas de energía, pero no puede detenerse ni echarse a reparar el sueño, que cada vez resulta más irresistible. Solo cuando un amanecer tardío ilumina tenuemente las cercanías, desciende del terraplén en busca de un abrigo donde cobijarse para dormir.

Se acurruca para mantener el calor y consigue dormir un rato, pero el entumecimiento de brazos y piernas le produce un dolor que lo despierta. Se estira. La iluminación aparenta ser más intensa, mas, después de unos instantes, se convence de que no difiere a la de días pasados: una minúscula luz que desorienta en el espacio y en el tiempo. Supone que debe haber entrado bien la mañana, pero no lo puede confirmar.

De nuevo asciende el terraplén hasta alcanzar la plataforma artificial por donde transcurre el trazado ferroviario y reanuda la marcha. No lleva mucho tiempo caminando cuando se detiene de repente. ¿En qué dirección avanza? ¿Se aleja de Boston o retrocede al punto de partida? No está seguro de que cada uno de sus pasos le conduzca a un anhelado destino en el que el sol brille. La línea es por completo llana; no recuerda ningún detalle del paisaje, en el supuesto de que retrocediera. Solo el breve rumor de una corriente de agua. Si bien, puede que su sentido del oído le hubiera jugado una mala pasada y fuera fruto de su imaginación. Considerando la cuestión con objetividad, era bastante infundada la sospecha de que el agua corriese y no estuviera todo el curso helado.

Reanuda la marcha, ya sin la ilusión de saber que huye. Solo confía en la buena suerte, pero su ánimo no le confirma que esté de su lado.

El hambre gatea en su estómago causándole pinchazos dolorosos. No se detiene creyendo que el movimiento consigue mecer ese animal que lo devoraba por dentro. Con todo, lo peor es la sed. Da bocados al aire tratando de tragar esa humedad gélida que lo presiona, pero solo consigue meter una corriente cortante que lo hincha.

Camina, camina… Intenta distraerse para aliviar sus penurias. Las fantasías placenteras no logran plasmarse en sus pensamientos; tampoco las desgracias y el sufrimiento que ha dejado en la ciudad. Solo ese presente tortuoso que encarcela su imaginación.

Camina, camina… Ha logrado transmitir esa orden a sus piernas y estas obedecen igual que el animal cegado que sigue moviéndose alrededor de la noria. No es capaz de detenerse, aunque quiera. Sus pies siguen atravesando maderos, esquivando los cantos salientes sobre los que se asienta el trazado de raíles y traviesas.

Camina, camina… Con la cabeza caída, mirando ese burdo mosaico caótico de piedras y desperdicios tirados por los viajeros o por los propios operarios de la compañía ferroviaria. Ese puzle informe se difumina poco a poco, y entonces levanta la mirada. El cielo ennegrece y se asemeja a ese negro azulado de los raíles, de los restos de carbón que también se encuentran esparcidos por la ancha senda férrea. Pero continúa, no puede parar hasta llegar a algún sitio.

Ya, a oscuras por completo, cree percibir un muro a uno de los lados. Lo inspecciona y grita no de alegría, sino de desesperación. Ha logrado llegar a una estación. Asciende al andén y mira a uno y otro lado. No hay nadie. Con mucha dificultad, palpando las paredes del edificio va avanzando hasta llegar a un vano grande. Supone que esa es la puerta de acceso al vestíbulo, pero en él no hay nadie. De repente, un tictac le hace levantar la vista. Se trata del gran reloj central; marca las 19,25. Se dirige a las vías y se da media vuelta. Acercándose un poco, con mucho esfuerzo, deletrea en el panel de azulejos amarillos el nombre en azul de BOSTON.

Se deja caer. La fatiga se duplica al saber que su esfuerzo por salir de la ciudad ha sido baldío. Sentado, con la espalda apoyada en la pared, mira al abismo neblinoso que lo succiona. Necesita ser consciente del aplomo de su cuerpo sobre el frío suelo para no dejarse ir. Cansancio, sueño, desánimo, todo lo aplasta e intenta no tenderse, porque es consciente de que como ceda, ya nunca más se levantará y será uno más de esos despojos humanos repartidos por las aceras o en los círculos alrededor de los fuegos extintos. Pero sus ojos no hallan un punto fijo donde posar la mirada, solo la etérea niebla pegajosa.

No se percata de la presencia de alguien que lo observa hasta que se sitúa delante. Intenta averiguar de quién se trata por los rasgos de su cara, pero le es imposible. Un bozo le cubre el rostro y los ojos se ocultan detrás de un parpadeo constante. Comprobando su anquilosamiento, se le pasa por la cabeza que crea que está muerto. Le agarra del pantalón.

—Me llamo Marx. ¿Quién eres tú?

Tarda en responder y cree que imposta la voz, o que le cuesta desentumecer las cuerdas vocales, pues le sale una voz más grave de lo que corresponde al talle y perfil afeminado de su cabeza.

—Andreas.

Y se agacha hasta aproximar su cara a la de Marx, como si intuyera que su voz no le llegaba diáfana a sus oídos. Le pasa la mano por el rostro. Con los dedos va reconociendo sus ojos, nariz, labios, orejas.

—¿Cómo has llegado hasta aquí? No te he visto entrar. Solo he escuchado tus gemidos desesperados.

Marx le señala las vías.

—¿Qué vienes a buscar a Boston?

Marx se echa a llorar en ese momento.

—Huía de la ciudad y el destino me ha conducido de nuevo a ella.

Andreas se separa y llega al límite del andén y pierde la mirada por ambos lados de la vía. Anhela con poca fe la entrada de un tren que lo saque de esa ciudad sitiada por el frío caliginoso que ahoga a todos y congela sin piedad cualquier atisbo de vida. Andreas y Marx son extraños supervivientes.

—¿Y tú? —quiere saber Marx.

—¿Yo? No sé dónde voy. Solo quiero huir como tú, pero no hay esperanza.

Marx no tiene fuerzas para consolar a Andreas. A ninguno de los dos les sobra la compasión, mas son conscientes de que se necesitan.

—¿Te puedes incorporar?

Sin responder, Marx apoya en el suelo una mano para soportar el peso de su cuerpo y retorciéndose consigue erguirse. Andreas le sujeta por un brazo para ayudarlo a mantener el equilibrio.

—No podemos quedarnos aquí —le conmina Andreas.

Con pasos lentos y arrastrados, salen del vestíbulo. La noche les infunde la sensación de que la niebla ha disminuido, pero la falta de un resplandor supone avanzar a oscuras por completo. Ambos sitúan por delante una de las manos para detectar los obstáculos.

—¿A dónde nos dirigimos? —quiere saber Marx.

—Llegamos enseguida.

Andreas empuja una puerta metálica ancha. Una rampa no muy pronunciada conduce a lo que parece un sótano. La poca luz del exterior se extingue cuando descienden unos metros. Marx no teme que su acompañante le cause ningún mal; Andreas sabe que al que conduce a su refugio no le sobran fuerzas para atentar contra su persona. Son seres indefensos. Ninguno es consciente de los motivos por los que ambos confían en el otro. No hay nadie más en la ciudad de Boston donde encontrar ayuda o simplemente compañía. Habrá más gente en sus mismas condiciones, pero probablemente estén solas, aisladas en su zona de seguridad, sin querer que otro se aproxime a ellos.

Se detienen y Andreas abre la puerta de un automóvil.

—Ten cuidado; levanta la pierna para subir.

Marx obedece las indicaciones. Cuando Andreas está dentro, cierra y echa un pestillo que parece servir para bloquear la puerta impidiendo que nadie pueda entrar.

—Tenemos que dormir —le urge Andreas.

Los dos se tumban hasta quedar pegados sus cuerpos. Andreas tiende una prenda que parece una manta, ya que les tapa los pies.

—¿Cómo has sobrevivido? —quiere saber Marx antes de que el agotamiento lo rinda.

—Con nueces, pero las existencias se acabaron hoy por la mañana, cuando me comí la última. Encontré en esta furgoneta un saco lleno y con ella llevo sobreviviendo durante más de dos meses. Solo alimentándome con este fruto seco.

—Me hubiera gustado una nuez en estos momentos… ¡Cuánto daría por una nuez!

Andreas se gira hasta ponerse de lado y abraza el cuerpo de su compañero. Como si tuviera más calor que él, intenta transferirle la temperatura que le sobra.

Cuando Marx despierta, supone que tiene que ser de día. Andreas ha permanecido abrazado a él durante todo el tiempo. Teme separarse, porque el dulce confort que los dos se proporcionan desaparecerá de inmediato. Se rebulle despacio hasta que su acompañante comienza desperezarse. Su sueño ha sido reparador y tranquilo, sin las pesadillas que últimamente acuden a atormentarlo. No se hace a la idea de en qué parte de la ciudad se hallan, pero intuye que allí, junto a Andreas, no habrá demasiadas oportunidades de salvarse. Así se lo dice cuando se ha despejado. Le propone que lo acompañe a su antiguo apartamento. No existe una razón clara de por qué debe regresar allí. Lo único que ronda en su mente es Ton y los restos de liebre que con seguridad su amigo no habría sido capaz de consumir. Por otra parte, aunque las esperanzas de que algún atisbo de vida esté surgiendo en las entrañas de la ciudad son pocas, quiere explorar esa posibilidad. Anima a Andreas a seguirlo. No se opone. No tiene nada que lo retenga allí, no siendo ese refugio seguro, pero ya sin víveres. Además la salida de la ciudad en tren era improbable, después de semanas sin circulación. No podía pasarse la jornada deambulando por el andén esperando un convoy.

Se llevan la manta con la que se han arropado. Nada más. Esas son todas las pertenencias de Andreas.

—¿No tienes agua potable? —le pregunta Marx.

—Espero que algo quede.

Los dos, evitando los pilares de hormigón del garaje, llegan a un grifo cuya tubería está sujeta a la pared con abrazaderas. No hay mucho caudal, pero mana un chorro del que beben hasta saciar la sed. No sienten el hambre, sin embargo, echan de menos el agua. Beben otro trago, conscientes de que pasarán horas hasta que de nuevo hallen otra fuente.

Una lejana claridad por occidente se devana por abrirse paso en esa masa gelatinosa de niebla fría. Los ojos se acostumbran después de unos minutos a distinguir las calles y los edificios. Están desorientados, pero Marx confía en que finalmente hallará el modo de guiarse. Miran a todos lados con inquietud. Es improbable que alguien los pueda sorprender con el ánimo de asaltarlos, pero este temor no desaparece. Es una manera de estar vigilantes. Caminan sin hablar y, si se dicen algo, lo hacen en voz baja por precaución.

No tarda Marx en hallar una arteria reconocible. Sin estar por completo seguro, se determina a seguir una dirección. No sabe cuánto tiempo tardará en dar con su edificio de apartamentos, pero tiene la certeza de que lo encontrará. Ninguno de los dos se detiene a examinar los cuerpos tendidos ni a espantar los perros que husmean alrededor. No son los únicos animales que pululan por las aceras. Es mejor no prestarles atención. La posibilidad de encontrar comida es mínima. Todas las tiendas y restaurantes se hallan arrasados. Quizás quedara algún alimento sin consumir en las viviendas, pero era improbable encontrarlo, después de su saqueo. Ese temor ronda a Marx, que su apartamento, o el de Tom, hubiera sido invadido en busca de migajas. Por eso su afán de avanzar sin desfallecer. Menos mal que la dirección que siguen es la correcta. Está seguro y la confianza en su buena orientación les permite andar con firmeza, aunque continúa la luz mortecina.

No puede calcular cuántas horas han tardado en llegar al edificio, pero el esfuerzo ha sido demoledor. El debilitamiento es palpable. Andreas da la sensación de estar más apurado que Marx, pero es una falsa apreciación. Marx quiere mostrarse más fuerte, pues se siente responsable de la cruzada a la que ha arrastrado a Andreas, mas no podrá aparentar esa fortaleza por demasiado tiempo.

Hallar la llave en el mostrador donde él la dejó es un alivio. Era improbable que el apartamento hubiera sido desvalijado. Llama en vano al portero. Nadie responde. El miedo aumenta al subir las escaleras. La electricidad era de suponer que habría dejado de funcionar desde la última vez que le permitió utilizar el ascensor. Al llegar a la primera planta, inspeccionan las viviendas próximas: algunas puertas están cerradas, otras abiertas de par en par. No entran para no llevarse desagradables sorpresas. Regresan a las escaleras y despacio, sintiendo el dolor de las articulaciones, llegan al cuarto piso. Marx abre el apartamento con la llave recuperada. Después de una inspección ágil, se convence de que todo permanece tal cual él lo dejó. Andreas recorre con la vista el inmueble, como si se sorprendiera de su confortabilidad. Era bastante más cómodo que el coche donde había permanecido las últimas semanas. Por instinto, abre el grifo de la cocina y corre el agua. Ambos sacian la sed.

—Quiero comprobar si un amigo se encuentra en su apartamento —le comunica Marx a Andreas para justificar que va a salir.

Desea ir a ver a Ton sin compañía. Confía en que no le haya pasado nada en esas poco más de veinticuatro horas desde la última vez que estuvo con él, pero, por si había acaecido alguna desgracia, no quería que Andreas fuera testigo. Llama a su puerta con los nudillos, al principio con suavidad, para no despertarlo abruptamente en el caso de que durmiera. Como no abre ni oye ruidos, aumenta la firmeza y la frecuencia de los ya puñetazos sobre la madera. No da señales de vida. No puede quedarse sin saber lo que le ocurre a su amigo. Era poco factible que hubiera abandonado la vivienda en el estado en el que lo dejó, aunque antes de derribar la puerta con un fuerte empujón, por un momento, se ilusiona con esa posibilidad. No es así, Ton se halla tendido en el camastro que lo dejó, pero su cuerpo inerte está igual de frío que la temperatura ambiente. No quiere ver el rostro de la muerte. Llorando por Ton, por él, por Andreas, por la ciudad muerta, le echa la manta sobre la cabeza. La cazuela con el guiso de liebre continúa en la mesa tal cual se la dejó. Con ella debajo del brazo, siente que comete un hurto al llevarse la misma comida que él había aderezado, como si, en un momento incierto, el fallecido tuviera la posibilidad de incorporarse y llevarse una tajada a la boca.

—¿Qué tal tu amigo?

—No está en casa. He encontrado esta comida en un apartamento sin puerta —miente Marx.

No quiere que Andreas sepa que Ton ha fallecido y que esa liebre la había capturado y cocinado él.

Con una cuchara intenta remover el amasijo.

—No nos quedará más remedio que calentarlo —aduce Marx como si fuera un trámite sin importancia.

Aún conserva fósforos, y no les resulta difícil encontrar madera rompiendo muebles ya del todo inservibles. Prende una de las revistas de automóviles que coleccionaba, y pronto logran que la hoguera arda.

A Andreas, aunque hace tiempo que no se lleva nada a la boca, le sucede lo mismo que a Ton: le resulta imposible engullir esa carne negra y prieta.

—Está dura, pero en buen estado. Seguro que no hace mucho que la han guisado.

Marx trata de dar ejemplo y de infundir confianza en su amigo para que coma, pero tampoco lo quiere obligar al comprobar que tan solo con acercar una tajada a la boca le provoca arcadas. Él se contiene de continuar ingiriendo el guiso. Le resulta ofensivo masticar viendo lo revuelto que está Andreas.

No se molestan en mirar si ya es de noche. La persistente oscuridad transforma el huso horario en una entelequia. No obstante, Marx se percata de que hace mucho tiempo que no oye el ronquido lejano del oleaje y abre la puerta del balcón para salir a comprobarlo. La ciudad se encuentra en completo silencio. ¡Cuánto hubiera dado por oír un grito o una blasfemia! Solo la calma precursora de la muerte murmura una cuenta atrás indefectible. Lo sabe en ese instante. De nada sirven las vanas ilusiones que aún perduran en su ánimo de que aún es factible una segunda huida.

Andreas ya se ha tendido en su lecho y él se acurruca a su lado, buscando su tibio calor y dispuesto a compartir el suyo con su compañero. Le echa el brazo hasta rodearlo. Abrazado a él, advierte que su pecho turgente es el de una mujer. Se queda paralizado y a punto está de hablar, pero se contiene. Andreas duerme y su respiración es suave. Sintiendo la dulzura y la paz que le transmite su compañera, acaba rendido, en paz consigo mismo.




Atracción

 

La llanura se difumina en una cadena que bien puede ser una cordillera o montones de piedras al borde de las inmensas parcelas. Un aura vibrante brilla en ese límite lejano. Entre tú y esa frontera irreal, la superficie amarillenta. Es un espacio incandescente que se queja con los chirridos intermitentes de las chicharras y los aleteos súbitos de los saltamontes, sonidos que se confunden con el rugido de los motores de las aeronaves. Miras esa panorámica y te sorprendes de encontrarte con un inmenso puesto de libros viejos, atendido por un hombre mayor que se mueve por los pasillos que ha abierto entre cajas a rebosar de volúmenes desvencijados y polvorientos. Alguno está descuadernado, con las tripas expuestas al aire seco y asfixiante. Te preguntas qué hace ese vendedor en ese paraje yermo. Piensas que es el primero en instalarse en un rastro al que acudirán después otros comerciantes para exponer sus productos. Se acerca a ti creyendo que te interesas por su mercancía. No le dices que tu vista se pierde en ese paisaje desnudo y reseco, no en sus libros.
—Puedes entrar y mirar lo que quieras.
Continúas sin abrir la boca. Te fijas con más detalle en el hombre. Es mayor, pero se le nota una vitalidad envidiable, aunque tal vez sea ansiedad por desprenderse de su mercancía.
—¡Por ochenta mil euros son todos tuyos! —Te deja perplejo con la oferta—. No tengas apuro, date una vuelta…
No te mueves del sitio. Los libros viejos o de otras personas te dan asco o respeto. Tan solo entrarías en ese laberinto bibliófilo si supieras que ibas a hallar títulos especiales, como las Cartas de San Jerónimo. Aun así, aunque esa posibilidad fuera cierta, no te mueves del sitio.
—¡Ochenta mil euros y son todos tuyos!
Insiste para convencerte de que es una ganga. No te molesta su perseverancia. Te dan igual su presencia y aquel montón de libros.
Mientras tanto ha surgido una oportunidad más atractiva. Una muchacha muy linda se besa con un chico. Los dos se acarician entregados el uno al otro. Ella es morena, con el pelo largo y muy fino. Levanta los ojos y fija la mirada en ti. Continúa acariciando a su pareja y parece sentir gozo cuando las manos de él recorren su piel. No te dan envidia. Tan solo disfrutas contemplando tanta hermosura. Contemplas esa orografía sensible, sus palpitaciones, sus movimientos lentos y suaves. Estás excitado, pero no sientes deseo de ocupar el puesto del amante. Sin embargo (no te lo crees al principio), ella, con delicadeza, se separa del otro, le retira sus manos y se aparta para dirigirse hacia ti. Desnuda, excitada, te abraza por el cuello y te besa en los labios. Te quedas quieto, sin comprender lo que sucede. Ella está contigo, te mira con unos ojos profundos, desde la hondura de su alma, y tú te adentras en esa sima cálida y acogedora hasta perderte en ella. Os acariciáis, como antes has visto.
—Despacio, no tengas prisa —te susurra.
Intentas controlar tu ímpetu, pero no eres capaz de remansar la corriente sanguínea que arrastra tu deseo. Ella misma, con sus caricias, aviva esa fuerza incontenible hasta que te desbordas. Sabes que el contacto con ella y la profundidad de sus ojos encenderán de nuevo tu pasión. Sin embargo, el hechizo se diluye hasta perderse en una conciencia difusa. En ese momento, mientras la chica aún se encuentra pegada a tu cuerpo, prestas atención a los últimos compases de una negociación de tus amigos con el vendedor de libros. Le compran toda la mercancía por el precio que mencionó desde el principio: ochenta mil euros. Estás a punto de intervenir para abortar esa operación, pero no vas a tener ocasión. Te montas en una estrecha y plana canoa que se desliza muy lentamente. Al poco tiempo, la embarcación se adentra en una cueva. Avanza tan despacio que apenas percibes el movimiento en ese túnel iluminado con pequeñas fuentes de luz que crean una atmósfera acogedora. Notas el dulce olor de rosas y lirios, que te embriaga, y, cuando tus sentidos, extasiados, se adormecen, tus manos acarician a la primera mujer tendida junto al canalillo por el que se desliza ese lecho mullido y cálido. Besas su rostro risueño; ella posa las manos en tu pecho y lo exprime. Antes de alejarte, desde la ribera opuesta, otra chica se monta en ti y corona el mástil doliente que sobresale en mitad de tu geografía, mientras otras manos exploran parcelas de placer nuevas. Hábiles buscadoras, todas las chicas hallan su tesoro. Tú también sientes el ímpetu de tomar de los racimos que te ofrecen los más selectos de sus jugos. Sin embargo, no te embriagas en ese banquete amoroso. Cuando acaba el recorrido, dejas posados tus ojos en la última muchacha que te mira con pena al salir a la luz cegadora de ese páramo ardiente.
Te parece imposible. Mientras has estado ausente, tus amigos han desarrollado un trabajo ingente: han confeccionado un inmenso globo con retales que también divisaste entre las cajas de libros. El resultado es tosco, si bien la aeronave flota en el aire gracias al fuego de la hoguera en la que se queman los libros. Ya quedan pocos que arrojar, pero consiguen que la cesta en la que va el vendedor se eleve lentamente y ascienda. Saluda alegre a los que se quedan en tierra. Tan contento está que es el último en percatarse del peligro. Un avión que despega impacta contra el globo. De inmediato arde este y se transforma en una gran nube negra, que flota sin moverse en el punto donde se originó. Su negrura resalta más cuando bajas la mirada y compruebas la aspereza de los rastrojos crujientes.

24/06/26

Erasmus, por decir algo

 



La residencia es un compendio de dependencias provenientes de todos los colegios en los que he estado. Me levanto por la noche y me dirijo a los servicios a lo largo de un pasillo levemente iluminado. Los baños son amplios. Hay unos pocos internos que también se han levantado, pese a ser las dos de la mañana. Miro los habitáculos: en la mayoría faltan las tazas, y en los que quedan, están sucias o atascadas. Me desespero porque no hallo un retrete decente donde pueda estar a gusto. Salgo sin haber hecho mis necesidades. En el pasillo me encuentro con un fraile con el hábito desceñido, con el cíngulo flojo, y sin calzar. Me pregunta por la salida del colegio para comprar tabaco. Me sorprende que me pregunte eso a esas horas, cuando es improbable encontrar un bar abierto. Le respondo que son muchos los vericuetos hasta la puerta y que quizá no halle la salida, ni tampoco a nadie que pueda orientarlo. Desilusionado, se da la vuelta y regresa a la estancia de donde ha venido, situada al final del corredor. Desde donde estoy descubro que se trata de un dormitorio común iluminado que me resulta desconocido. Movido por la curiosidad, camino hasta allí detrás del religioso que acaba de hablarme. Hay otros monjes en los jergones, pero sentados, hablando entre ellos. Es una estancia de planta cuadrada, con una altura propia de un torreón. Puede que haya unas quince personas. También se interesan por la salida. Aunque es complicado encontrarla, intento esta vez ofrecerle algunas indicaciones. Mientras hablo, observo esa comunidad de curas ortodoxos. Todos son barbudos, con caras y cabezas redondeadas. Sus ojos saltones son propios de bebedores empedernidos. En sus cuerpos rechonchos sobresalen unas barrigas oblongas. Sus sotanas están sucias, como si hubieran llegado allí después de recorrer caminos polvorientos. Se han acostado sin asearse. Están sudorosos y fatigados hasta el punto de que el cansancio no les permite conciliar el sueño. Sus equipajes se reparten en desorden al lado de las literas, esparcidos por el suelo.
Me pregunto qué pintan en el colegio, pero no me atrevo a planteárselo directamente a ellos. Supongo que son una delegación que llega para participar en un congreso del colegio del que no he oído hablar. Tengo la sensación de que pasarán el resto de la noche con la luz encendida y sin acostarse, como si esperasen el amanecer, tal vez para reemprender su camino.
Ya no pinto nada allí, pues se han convencido de que no les puedo ayudar. No obstante, no me voy. Doy vueltas sobre mí mismo, ensimismado, observando las paredes blancas y las escasas ventanas de esa torre cuadrada, y las caras barbudas y los ojos saltones de ese grupo de monjes de los que oigo retazos de conversación en un idioma que no identifico, aunque puede tratarse de ruso o ucranio. En esos momentos, pienso en mi habitación y en que debería regresar y meterme en la cama para conciliar el sueño y sentirme reconfortado mañana. Sin embargo, soy incapaz de iniciar la marcha. Nadie me retiene, pero me asalta la duda de si, al salir de este habitáculo, sabré encontrar la ruta hasta mi cuarto. En esta incertidumbre permanezco quieto, girando lentamente, fijándome en la blancura algo amarillenta del encalado de los muros y en la oscura techumbre de madera, desde donde las palomas, con su leve zureo, y una lechuza, con su ululato, observan imperturbables a la comunidad de frailes descompuestos. Intento descifrar esas miradas lejanas y enigmáticas de las aves, como si ellas fueran la clave que me permitiera comprender qué hace este grupo de mugrientos cofrades en el mismo edificio de mi residencia; es más, me pregunto si ellas pueden explicarme la incapacidad que siento de salir de ese torreón níveo. Sin embargo, no vislumbro con nitidez el hilo comunicativo. Tal vez no me miren ni estén pendientes de quienes nos hallamos allí, sino que estén meditando, extasiadas en la luminiscencia que se desprende de los paramentos. Así estoy yo, cada vez más perdido en la blancura, sin hallar manchas que rompan la uniformidad del color. En esa contemplación obsesiva, me olvido de que tengo un aposento para mí solo y no me inquieta la cuestión de por qué no salgo de esa prisión sin puertas. Intento rebelarme contra la pasividad, porque no puedo afirmar que allí sea feliz, ni siquiera levemente. Pero no hallo ninguna razón que me proporcione fuerzas que me impulsen a huir. Lo único de lo que soy capaz es de mirar la hilera de camas por si hay alguna libre para tenderme y seguir esperando no sé qué.


05/06/26

El vuelo de la navaja

 

En la plaza rectangular, delimitada por edificios con balconadas mirando a su interior, hay un ruedo portátil de madera roja. Consta de dos burladeros, uno enfrente del otro. En la parte baja se ha instalado una grada corrida desde la que el público contempla el espectáculo. También se asoman espectadores en las ventanas, terrazas y balcones de los edificios que bordean el espacio, adornados con madera calada y tallada, tanto en la parte superior como en la inferior a modo de faldones.

El sol impacta sobre mis ojos y hay ocasiones en las que pierdo de vista lo que ocurre. Es una luz plateada e hiriente, como el destello de la hoja de la navaja que vuela por el recinto. Me he situado en una empalizada formada por maderos separados a una distancia que solo permite cruzarlos de costado. Sin embargo, no me siento seguro: el arma puede pasar entre esos espacios o sorprenderme desde el cielo.

Conmigo hay otros mirones tan timoratos como yo. Permanecemos en silencio, procurando no perder de vista la trayectoria de la navaja. El público de las gradas portátiles se protege con paraguas vistosos, amarillos y rojos. Estos colores son los mismos que los de las banderas con las que se cubren las barandillas de las terrazas de las galerías y de los balcones.

Los participantes son sobre todo jóvenes. Hay algún espontáneo solitario, pero la mayoría forman cuadrillas. Entre ellos se saludan y se gastan bromas: parecen conocerse de festejos de otras poblaciones. Se muestran sonrientes, despreocupados, como si fuera una diversión habitual, un ritual al que se someten en las fiestas locales donde se conserva esa tradición. Se saben el circuito veraniego y, si han faltado a algún evento, preguntan por él. Mientras conversan, no pierden de vista a la imprevisible daga que los sobrevuela. Dicen de ella que su hoja es pequeña en comparación con la de otras plazas, pero aseguran que es igual de peligrosa, por ser más corta e invisible. Su fino acero se confunde con los rayos del sol y, cuando menos te lo esperas, se clava en una pierna o en la espalda. Se desplaza en silencio, sibilina, a sorprender al incauto que pierde de vista las cachas negras.

—Cuidado —advierte un muchacho con el torso desnudo, al mismo tiempo que aparta con un empujón a un compañero.

Recoge el pequeño puñal de la tierra amarilla. Lo pone sobre la palma de la mano y se lo muestra a sus amigos. Ha perdido parte del filo, pero su lomo es un espejo donde distingue su rostro con una mueca grotesca. Uno de sus compañeros se lo arrebata.

—Ahí va —dice, y lo arroja al cielo, mientras contempla su vuelo persistente hasta que, cuando cree perderlo de vista, se cubre los ojos a modo de visera.

El pérfido cuchillo se clava en la puerta de toriles. Varios jóvenes intentan desclavarlo. Al final, el que se hace con el arma lo muestra, contento al principio de ser el afortunado que lo ha conseguido; sin embargo, de inmediato transforma la alegría en ira y amenaza. Los demás se repliegan buscando distancia.

—¿A qué esperas? Lánzala de una vez —le conminan, recordándole que transgrede las normas del juego.

El joven, robusto aunque más bien bajo, se queda mirándolos. Los del palco presidencial se han incorporado, porque desde sus asientos solo ven el grupo de los que increpan y no al que porta el arma. El tiempo pasa y el corredor no desiste. Cuando un atrevido se acerca a él con el propósito de arrebatarle la navaja, con un movimiento certero se la clava por encima del corazón y la vuelve a sacar. Intenta mirar la herida que se ha producido, pero solo ve un pequeño reguero de sangre que corre despacio sobre su piel morena. Es en ese instante cuando lanza el arma con energía. La parábola se cierra hasta topar con el albero y dar breves tumbos. Tres de los participantes se abalanzan sobre ella.

Me desagrada el espectáculo y analizo las posibilidades de abandonar la plaza sin que me pase nada. No estoy seguro de estar a salvo, pues la daga volandera describe vuelos de golondrina. Los participantes se desplazan también en olas imprevisibles y temo que una de ellas me arrastre. Me quedo quieto, más alerta si cabe. Uno de los lanzamientos acaba a unos metros de la empalizada donde me encuentro. La ha tomado un chico que viste un llamativo chándal dorado, con simbología oriental en la espalda. Agarra la daga y amenaza; acomete al grupo más próximo, que huye despavorido.

—Eh, eh, eh —le abuchean.

Pero no parece escuchar las recriminaciones del público ni las protestas de los demás participantes. Levanta ambos brazos con la navaja en la mano izquierda e incita a que alguien vaya a por él.

—¿Qué pasa? A ver, ¿qué pasa? —le oigo perfectamente.

El presidente está a punto de llevarse una mano a la chaqueta en busca del pañuelo, gesto inequívoco de que va a amonestarlo si no desiste. Antes de que se consuma la amenaza, el del chándal dorado se descubre el hombro derecho.

—Mirad, mirad —y cuando todos tenemos los ojos fijos en él, se clava el cuchillo por debajo de la clavícula. Es una puñalada de media hoja y la navaja se queda vibrando unos instantes. Cuando se detiene, se extrae la punta y la limpia primero en el albero y a continuación en la pernera. Se dispone ahora sí a lanzarla al gentío que lo ha ido rodeando, por lo cual el corro se deshace. Los que se habían encaramado a la barrera para ver lo que sucedía se bajan, alerta ante los movimientos que están a punto de producirse. Sin embargo, observo que el joven del chándal dorado sonríe alevosamente, satisfecho de haberlos engañado. Su rostro es el de un chico que sobrepasa poco los veinte años. Sus labios finos están enmarcados por un leve embozo de pelusa rubia. Su mirada se empaña con unas sorprendentes lágrimas turbias que surcan su cara curtida por el sol. Seguramente soy el primero que se percata de que no va a lanzar el minúsculo machete y ahogo un grito, porque antes se ha herido de nuevo en el mismo boquete.

—Quieto, para, no te muevas —le ordenan cuando cae al suelo.

Parte del público se pierde lo que está sucediendo; yo no. Desde mi posición privilegiada lo oigo decir:

—¡Que nadie se acerque! Si no, acuchillo al primero que venga —les dice con un brío que me parece inhumano después de la sangre vertida.

Se incorpora y se tambalea, pero sigue infundiendo un pavor que impide que se acerquen a él. De nuevo se hiere en el mismo sitio y cae al suelo. El más atrevido se acerca corriendo antes de que reaccione. No es de los más jóvenes, sino un veterano con una calva semicircular rodeada por un pelo azabache. Saca la navaja con determinación y, sin pensar en la dirección, la lanza a lo alto. Recibe una ovación viva con la que el público reconoce su valentía. Estoy a punto de aplaudir, pero me reprimo.

Se llevan a los heridos. El gordinflón con tirantes que preside el evento se limpia la frente con el pañuelo blanco con el que dirige los compases del espectáculo. No pierde de vista a los camilleros hasta que abandonan el coso. Se reinicia el vuelo de la navaja. Los lanzamientos son dinámicos y nadie transgrede la normativa. El juego se hace repetitivo. Tal vez por eso hay un momento en el que el minúsculo cuchillo desaparece. Lo buscan por la arena en la zona en la que se presupone que ha caído, pero nadie da con él. En ese tiempo muerto, dos empleados de la plaza, protegidos con gorras a cuadros azules, acuden con rastrillos a remover la tierra ya sucia y reseca. El intento por encontrarlo resulta vano. El público del graderío de la parte baja de la plaza pliega los paraguas y se incorpora para marcharse. Creo que es un buen momento para escapar de ese peligroso recinto. Abandono la empalizada y atravieso parte de esa moqueta de arena en dirección a la salida. Aunque el juego está en suspenso, mi miedo no desaparece. Miro al grupo que busca el arma por si aparece y reanuda el vuelo. Cuando estoy a punto de alcanzar la salida, se produce un griterío ensordecedor y vuelvo la mirada al palco presidencial, adornado con la gran bandera y pañoletas de vistosos colores. El presidente gordinflón, ahora con un sombrero cordobés, a todas luces pequeño para su inmensa cabeza, tiene entre sus manos un estuche de terciopelo rojo. Lo abre con suma delicadeza y muestra su contenido a la concurrencia. Sujeta con dos gomas, brilla otra pequeña golondrina plateada a punto de emprender su primer vuelo. Me parece similar a la que se ha perdido. El director del espectáculo extrae de sus ataduras el arma, besa la hoja y realiza un lanzamiento torpe. Se ríe y extiende las manos en demanda de indulgencia por su torpeza. Esta nueva faca vuela más rápida que la primera. Sus alados movimientos semejan los destellos del sol cuando atraviesan las nubes: deslumbran y asombran por su brillo cegador. El público admira tanto la belleza del arma como la destreza de quienes logran hacerse con ella. Cuando todos estamos pendientes de sus deslumbrantes acrobacias, vemos que de nuevo vuela la desastrosa chaira que se había dado por perdida. Las cabriolas torpes de la vieja navaja se interponen entre las piruetas elegantes de su compañera recién estrenada. El riesgo se duplica: ahora dos hojas cruzan el aire. La gente que permanece en el ruedo es menos, pues no todos disponen de los reflejos necesarios para sortear a estas dos pequeñas bestias de acero.

No soporto más el espectáculo. Cruzo la barrera que separa la plaza de las callejuelas que desembocan en ella. Ya fuera oigo el inicio del repertorio de pasodobles de la banda municipal. Esta sinfonía repetitiva me acompaña mientras recorro las calles vacías. Las casas, bajas y pequeñas, están cerradas. La música se va quedando atrás, pero la escucho hasta llegar a mi coche. Cuando cierro la puerta, me envuelve un silencio vergonzoso. Entorno los ojos e intento dejar mi mente en blanco.




38. El Rivendel

  La noche continuaba su transcurso hasta el amanecer sin importunar con su oscuridad la vigilia de los noctámbulos, para quienes el tiemp...