Entrarás en casa sin darte cuenta de cerrar la puerta y buscarás a tu madre y le enseñarás la bolsa a medias de cacahuetes para que ella los pruebe.
—No, hijo, cómetelos tú, que a mí no me quedan dientes…
Tu padre te habrá mirado atento, sin saber cómo interpretar el contento.
Les harás gestos para hacerte comprender y sepan que hoy has cobrado.
La madre se afanará en poner en orden la cocina recogiendo los pocos cacharros, barriendo las losas y echando las barreduras a la lumbre. Se quitará el delantal y lo sustituirá por otro limpio. El padre avivará la llama para que prendan bien las astillas y recogerá la lumbre. Tu madre te habrá ordenado que salgas a la entradilla y te laves la cara y las manos. Con un peine mojado en la misma agua de la palangana habrá domado como ha podido tu pelambrera indómita. Te sacará un jersey abierto y te lo abotonará. Colocará la tortilla de patata en la media fuente de porcelana protegida por una tapadera roja en la mesa baja. Esperaréis porque sabéis que vendrá a pagar. Oiréis los aldabonazos y os asustaréis, pese a conocer quién es el que llama.
—Adelante —gritará tu madre en la cocina para que la oigan desde la calle.
Tu padre saldrá al portal y encenderá la luz.
—Buenas noches. Pasa, pasa a la cocina…
—No, que es muy tarde y tendrán que cenar.
Tu madre insistirá para que entre a la cocina.
—Si gustas. Íbamos… —le dirá gustosa de que acepte probar un trozo de tortilla.
—No, muchas gracias, no quiero entretenerlos. Solo venía a pagarlo.
El cortador sacará la cartera y de ella el poco dinero que le corresponde a Sinuñas. Se lo entregará al padre, como siempre hace, pero, antes de que este extienda la mano, sin saber muy bien por qué, lo dejará en la mesa, al lado de donde estará sentado el hijo. Este lo tomará ilusionado, con una sonrisa que pocas veces muestra.
—Ug, ug… —balbuceará, al tiempo que se lo entrega a la madre.
Esta, humillada, restablecerá el orden y, a su vez, se lo entregará al marido.
—Muchas gracias —dirá avergonzada por haber sido ella la depositaria del salario del hijo.
—¿Qué tal se porta? —preguntará el padre para eludir el enredo del dinero.
—Bien, bien… —No querrá entrar en detalles en esos momentos, estando delante Sinuñas y su esposa.
—Ya sabe lo que le tengo dicho: que no ande con miramientos y que cuando necesite darle badana, sin contemplaciones, que este es como las bestias, que, si no es a base de palos, no aprende.
—Bueno, no es para tanto —dirá el cortador, decidido a marcharse cuanto antes para no entrometerse en asuntos que no le atañen.
Al escuchar esta conversación, se te borrará la sonrisa de la cara.
—Bueno, les dejo, hasta mañana —se despedirá apoyando la mano sobre tu hombro—. A las ocho en punto, eh, Sinuñas.
Esa armonía familiar la añoraréis siempre… Tú fuiste el primero en marcharte y en servir de mal ejemplo para tus hermanos, aunque, a la postre, te quedaste como el heredero de ese barranco, demasiado grande y solitario sin la compañía de ellos. Nunca supiste por qué aceptaste emigrar a un país que no conocías, si apenas habías salido del pueblo, salvo al cumplir el servicio militar. Quizá fuera la euforia colectiva que siempre se contagia en las tabernas cuando han pasado varios chatos de vino por el gaznate. Alguien os alentó a ganar cuatro veces más, si os montabais en un tren que os llevaría a un país del norte de Europa a ejercer el oficio que desempeñabais ya, aunque con mejores condiciones. Es posible que en tus recónditas ilusiones alguna vez te imaginases viviendo en un lugar diferente donde lo que te rodeara no fuera la aspereza de una vegetación seca y árida y unos pedriscales duros. Con tu habitual serenidad se lo comunicaste a tu padre y hermanos a la hora de comer, estando reunidos en torno a la mesa de piedra de la entrada al cobertizo, y a tu madre, por la noche, mientras cenabais, pues percibió que el aire se había enturbiado y no fluía la alegría de costumbre. Ninguno de ellos te pidió que desistieras ni se interesó por las ventajas que te llevaban a aceptar un trabajo que ya desempeñabas a la puerta de casa. Con una callada resignación se encomendaron al destino para que él eligiera lo que más te convenía. Tus hermanos te admiraban por el arrojo de marchar tan lejos. Ellos, como tú mismo, pensaban que no soportarían vivir si no era en el lugar que habían nacido. No obstante, una vez aceptada la apuesta del sino, procediste como si lo que se quedaba atrás — tu misma familia, los amigos, la medio novia, y ese paisaje arrasado de pedruscos— no te hubieran importado nunca nada. Por no llevar, tampoco incluiste en tu exiguo equipaje los pinceles con los que seguir pintando en tu desconocido destino.
Los días antes de partir, tanto para ti, como para los tuyos, se harían más duros de llevar que el escaso año que permaneciste fuera. Al final, era de esperar de una palabra huera de taberna, tan solo tomasteis el ferrocarril dos de los que se habían mostrado interesados en la propuesta. Ese tiempo fuera transcurrió sin que escribieras una carta dando cuenta de tu nueva vida, por eso, cuando te vieron llegar en el mismo tren que partiste, nadie te esperaba en la estación. En tu casa solo se encontraba tu madre.
—Madre, deme la ropa de trabajar —le pediste como si fuera un lunes.
—La tienes colgada de la silla de tu cuarto.
Nadie te preguntó detalles de tu viaje, solo si estabas bien de salud. Tú tampoco te extendiste en explicaciones.
Cuando lleguen a casa y se queden mirando al tractor pegado a la fachada, se sorprenderán al no reconocer el vehículo. No se les pasará por la cabeza que fuera tu nueva adquisición. Tu hermano mayor, el único que sabrá los pormenores de la compra, espiará su reacción.
—Sociedades, sal, que ya están aquí… —te avisará con el propósito de que salgas de la cocina, donde estarás comiendo algo para saciar el hambre después de tantas horas de viaje desde la capital.
—¡Vaya máquina! —exclamará el que quiere marcharse a la ciudad.
Trinos modificará la melodía sempiterna con un silbido admirativo.
—¿Qué os parece? —preguntará el mayor, sin anunciar todavía que el tractor era propiedad de la familia.
—¡Cojonudo!
Trinos recuperará el tono habitual de su silbido, pero agitará la mano derecha para indicar que en los contornos había pocas máquinas como esa.
—Pues la ha comprado Sociedades, vuestro hermano pequeño —informará con tono solemne el mayor de todos.
—No jodas… Bueno, bueno… Este chico es la de rediós…
Te saldrá esa sonrisa leve de orgullo y tus ojos brillarán mientras los observas tocar y rodear el vehículo, comprobando su estado.
—Anda, Sociedades, arráncalo y que vean qué potencia se gasta —te animará el más viejo.
Te harás de rogar por todos ellos, sintiendo cómo sus peticiones y sus mimos te halagan. Subirás a la cabina con una agilidad asombrosa, del mismo modo que si ese caballo de metal hubiera sido tu montura desde tiempos inmemoriales. Con chulería, introducirás la llave en la ranura con una mano y con la otra, en vez de coger el volante, te agarrarás al marco de hierro de la ventanilla.
—Precaución, no te confíes y sujeta bien el volante, no sea que salga hacia adelante sin que te percates —te ordenará el más precavido.
Se apartarán a una distancia prudencial. Al oír el ruido estentóreo del motor, los hermanos se impacientarán por miedo a que la máquina no sea capaz de arrancar.
—A ver si vamos a tener que empujar —dirá guasón el que te sigue en edad.
En ese momento llegará el bastardo y, a unos pasos del corro de los otros hermanos, sin atreverse a preguntar por el origen del espectáculo, se sumará a la diversión. Por fin, después de que tu semblante sonriente se torne en gesto de coraje, el motor arrancará. Sin esperar a ver la reacción de nadie, te pondrás en movimiento y recorrerás la calle, no solo para que tus hermanos te vean triunfar, sino también para que te mire el mayor número posible de vecinos.
—Vamos a celebrarlo —dirá el más viejo cuando todos te rodeen como si hubieras triunfado lidiando un toro en una plaza de toros.
Entrará a por la chaqueta que se pondrá por encima del mono azul y, después de cerrar, meterá la pesada llave de hierro en uno de sus bolsillos.
Misieriña vendrá a mediados de semana: no es seguro si el miércoles o el jueves, por eso no la esperarás con impaciencia. Más que la comida que te trae —que no es sino reponer lo que se acabó, que trajiste el domingo—, lo que valoras es el rato de compañía. En su presencia, te crecerás y creerás que eres un adulto, el hermano mayor protector, aunque no hayas cumplido dieciocho años. Ese día comeréis los dos juntos, sentados en el suelo sobre una manta. Compartiréis los garbanzos y los fideos mezclados en la misma fiambrera, cada uno con su cuchara. Apartaréis el tocino para untarlo en pan al final.
—Ha dicho padre que no tardarán en vendimiar.
—Ya me lo figuro… Han madurado de repente.
Tus sentimientos serán contradictorios cuando pienses en esta circunstancia. Llevarás ya casi un mes, y el cometido que realizas no te supone demasiados esfuerzos, pero los días y las noches parecen no pasar en esos parajes tan alejados del pueblo. Por otra parte, los achaques digestivos son más notorios en los primeros días del otoño y no te gustaría soportar muchos cortes de digestión mientras estás solo.
—¿Y padre?
—En el huerto, sacando las patatas y regando lo que queda por recoger con la poca agua que hay en la noria.
—¿Le echas una mano?
—Anda, a ver qué remedio…
La verás sacar una sandía pequeña.
—Me la ha regalado un hombre cuando venía para aquí.
La partirás con la navaja. El agua dulce rezumará por los poros del fruto y os producirá una sensación refrescante, aunque la pulpa esté caliente. Pese a ello, saborearéis cada una de las rajas hasta acabarla.
Te gustaría que no se fuera, que alargara la compañía por más tiempo; incluso, que se quedara contigo unos días. Estando los dos, las horas no serían las enemigas de las que recelas. Pero no es posible. Ni tan siquiera te atreverás a plantearle la posibilidad de que alargue la sobremesa, pues, al acabar de comer, recogerá los cubiertos y la fiambrera y los meterá en el talego.
—Hasta el domingo.
La verás desandar el camino. Te quedarás con las ganas de haberle preguntado qué tal le iba en la escuela, cómo de caldeado estaba el ambiente en casa… No la habrás querido poner en el aprieto de pormenorizar relatos de sobra conocidos que os hubieran amargado el rato que los dos habéis pasado juntos.
No recordarás nada de esa noche, ni de las siguientes jornadas. Tu mente quedó desgobernada. Subías, te acurrucabas, saltabas paredes, atravesabas sembrados, te perdías por los prados sin que nadie adivinara lo que te proponías. Siempre con un discurso enajenado y animando a desconocidos a que acometieran los desafíos que no se atrevían a enfrentar. Durante el día te controlaban dejándote hacer, convencidos de que en algún momento la fatiga te agotaría por no comer ni beber, pero tu resistencia sobrecogió a todos. Te convertiste en un autómata al que nunca se le agotaba la cuerda. Tus palabras salían rayadas de sufrimiento y dejaban una estela polvorienta que se asentaba en las oquedades de los berrocales. Allí resonaban con un eco que se mezclaba con la cadena de vocablos que de continuo brotaban de tu boca como una soga de frases de la que no se acierta a ver el cabo… Por las noches te perdían el rastro. Suponían que habías encontrado una cama de chaparros y berceas en la que te acurrucabas igual que liebre encamada y que allí dormías hasta que los primeros rayos de luz te herían. Alguna de esas mañanas en las que el sueño te hacía olvidar tus delirios, te condujeron al pueblo e intentaron que te recogieras en casa. El maestro, un día; el cura, otro; el sargento, también… todos probaron a convencerte, o a amonestarte o a pegarte dos hostias si no dejabas de proceder como un idiota. Pero ni el predicamento que sobre ti tenía el maestro, ni la superioridad moral del cura, ni la violencia del sargento consiguieron enderezar un caminar que conducía a un rumbo inquietante. Tu quimera verbal inagotable y repetitiva no se amedrentó y pronto desistieron de reconducirte. El maestro regresaba frustrado a su escuela; el cura se retiraba y, cuando creía que nadie lo observaba, sacaba su breviario para no pensar mientras leía; el sargento, en cambio, se quedaba un rato más con Hombrecito, desplegando sus bravuconadas para dejar sentado ante los vecinos que había hecho todo lo posible, dentro de sus escasas posibilidades coercitivas, por enderezar ese árbol desviado… Alguna buena mujer te ofrecía de comer y tomabas lo que te daba. Solo cuando te metías algo de alimento en la boca olvidabas la renegrida perorata.
Esos días fueron el comienzo de tu largo itinerario de desvarío en el que te acabaste de acomodar. Otra vez hubiste de regresar a la casa familiar, aunque desde entonces te quedó la querencia por el abandono y libertad que gozabas cuando deambulabas en solitario por el campo. Las vecinas y otras buenas mujeres, sabedoras de la desidia en la que nadabas, te socorrían con alimentos, al tiempo que aprovechaban para advertirte del peligro de las tabernas y de lo pernicioso que el vino resultaba para tu salud. Ajeno al diálogo que contigo emprendían, tú siempre repetías las consignas irrenunciables que te preocupaban.
—Nos tenemos que juntar todos, me cagüen en las narices, y buscar novia… Me cagüen en las narices, a ver si tienen narices a no querernos…
—¡Estás tú bueno!, ¡cómo para buscar novia…!
—En la Moraña, me cagüen en las narices… O si no, en Ávila…
Comprobando que no oías sus palabras, se retiraban descorazonadas al no haber camino por el que conducirte hacia la cordura.
No se sabe si porque aún te quedaban restos de una responsabilidad pasada, o si apremiado por la necesidad de ganar algo de dinero con el que comprarte un cuartillo de vino o si por casualidad, el destino condujo tus pasos hacia la primera ocupación que te sugirió un albañil foráneo que se había quedado con una obra en el pueblo. Te dejabas caer por las inmediaciones y pronto, advirtiendo tu condición menesterosa, te propuso que le echaras una mano en tareas simples, como arrimar material al punto de ejecución, retirar escombros, llenar de agua el bidón o realizar los recados que te encargaba. El hombre te trató bien y así se lo hacías saber a aquel con quien te encontrabas. La irrisoria paga, más el vino que te ofrecía, eran más que suficientes para ti. Sin embargo, pronto el albañil pretendió aumentar tus cometidos creyendo que podrías ser el peón que añoraba. Cuando te empezó a regañar, a exigirte un horario y a encomendarte tareas que no te gustaban, lo abandonaste sin despedirte. A los pocos días, regresabas y, si el hombre había comprendido cuáles eran las condiciones tácitas de vuestro contrato, te quedabas unas horas con él hasta que te cansabas y desaparecías sin dar explicaciones.
Habrá un momento en el que tus vecinos añoren esta época en la que, con tus limitaciones, llevabas una vida admisible. Unas veces con unos, otras con otros, ganabas algo y, sin ser tus hábitos precisos, te regías con una normalidad aceptable, teniendo en cuenta que tus necesidades de persona sola no eran muchas.
Apoyado en la pared has visto pasar la vida de los otros. Recordarás en especial la de tus compañeros de infancia, aquellos a los que espolichabas jugando al gua, al tango o al jinche… Los habrás contemplado con nuevos amigos a los que no conocías recorriendo los bares; los habrás echado de menos al irse del pueblo a estudiar o trabajar lejos y, cuando regresaran, te percatarías de que tu cuerpo y tu alma se habían empequeñecido al compararte y que tu cara seguía ennegreciéndose y consumiéndose y que perdías los dientes que ellos conservaban. Desde la puerta has envidiado cómo el amor los llamaba y se alejaba de ti. Las mismas muchachas que a todos os gustaban han posado los ojos en ellos y los has espiado, mientras tú continuabas recostado en la fachada observando jugar a la vida, quedándote fuera de esa partida: tú, el campeón de las competiciones infantiles. Te habrás imaginado los paseos de las parejas abrazadas de la cintura, los besos apasionados, las confidencias íntimas, las conversaciones banales… No les comentarás que lo sabes, que la moza con la que anda es fulanita y que está de muy buen ver y es simpática, pero le sonreirás como zorro conocedor de todo lo que él cree que es secreto íntimo. La luz de tus ojos será reveladora de las palabras que callas. En ellos no centellea la envidia maliciosa, sino la admiración del que no puede saborear los placeres que están al alcance de los demás. Ese brillo en la mirada siempre estará presente en la capilla sagrada de tus pensamientos, como testigo de lo que el destino no te ha deparado. Esa llama roja que arde en ti, cuando entras en el tabernáculo del recuerdo, te traerá a la memoria todo lo que han vivido los otros, mientras tú te encontrabas prisionero sujeto con las cadenas de tu apocamiento y miedo a no saber perder, a recibir las bofetadas de las contrariedades y a sortear los peligros del equivocarse. No arriesgaste en el juego de la vida, tú, campeón, dotado con las más originales habilidades de las que ninguno de los otros dispuso. Elegiste la comodidad del que no se expone y se cobija en la aparente seguridad emocional del techo familiar, sin someterse a las variaciones del cielo, que puede acarrear inclemencias o bonanzas. Cuando el sol te queme, dejarás la calle y te cobijarás en la oscura cocina que te reconforta.
Te percatarás, a tu manera, de que los acontecimientos que están a punto de ocurrir son insólitos. A veces te alegrarás de que la rutina diaria de esa alquería solitaria se rompa, pero, otras, sospecharás que se avecinan cambios que harán más aislada vuestra vida. Esa variación anímica será común a todos vosotros. La alegría y euforia del enlace desaparecerá cuando penséis que en pocos días la hija dejará de vivir en esa casa. Tú, Bautistín, en tu inconsciencia, barruntarás lo que está por venir observando las caras tristes de tu madre y de tu hermana, pero no te atreverás a preguntarles las causas de su congoja. Mientras llegue el día de la ceremonia, disfrutarás con las novedades que están alterando la monótona vida regida por las obligaciones con el ganado y el campo. Observarás que desde hace algunos meses el novio ha merodeado las paredes de los corrales y que tu hermana lo ha introducido en el patio y se han sentado en el poyo. Tu madre lo habrá saludado y bendecido con su anuencia para que ronde a tu hermana y entre en los dominios domésticos. Tú te habrás arrimado a ellos con el fin de pasar el rato, pero te alejarán mandándote cualquier tarea u obligándote a acompañar a tu padre en el cuidado de las ovejas. Sin embargo, te apañarás de la manera que sea para espiar a los amantes. Las ramas verdes de la parra que recorre la fachada han ocultado de tu vista su presencia, pero tú sortearás la ocultación hasta encontrar un punto en el que puedas ver los besos y abrazos que se prodigan. Te gustaría contárselo a tu madre y a los vecinos cuando vayas al pueblo, no obstante, todavía conservas la astucia suficiente para comprender que hay asuntos que no hay que difundir.
—Hola, Ezequiel —saludarás al novio, no pudiendo soportar estar tanto tiempo solo, espiando a la pareja.
—¡Bautistín!, ¿no te ha dicho madre que fueras a ver si encontrabas a padre? —te regañará tu hermana desesperada por tu testarudez.
—Mira, mira, la perra vieja, ¡cómo duerme todo el día!
—Anda, déjanos en paz.
Tu madre saldrá de casa ya con la toquilla puesta en honor al futuro yerno, como si fuera a ir a misa un domingo, y te agarrará de la mano y con un empujón te moverá para apartarte de los novios.
—Se besaban, madre —terminarás diciendo.
—Calla, alelado, ¡tú qué sabrás!
—Que sí, se besaban mucho.