La llegada a un lugar nuevo conlleva el descubrimiento de realidades desconocidas. Ya son muchos los años transcurridos desde que llegamos a esta región húmeda del norte. Nuestra primera morada fue una casa alquilada, mas, cuando decidimos echar raíces aquí, compramos una. Procedíamos de tierras secas y ásperas en las que el sol endurece el terreno y transforma en huraño el carácter de sus habitantes. Nos llamó la atención el verdor inagotable del paisaje terrestre y el azul eterno del mar colindante. No era el paraíso, pero le faltaba poco. Esa impresión se mantuvo un tiempo hasta que comprendimos los tributos exigidos por esa prodigiosa naturaleza: los días de lluvia, las brumas, las nieblas insidiosas… Con el paso del tiempo, no digo que nos hayamos acostumbrado, pero cada vez nos resulta menos onerosa la contribución que soportamos. Siempre ponemos en el plato de la balanza aspectos positivos que equilibran los negativos, hasta llegar un momento en el que nos resulta imposible imaginar una residencia diferente a esta.
Una de las realidades desconocidas de esta tierra para nosotros fue el descubrimiento de animales casi inexistente en los páramos y pedregales de donde procedíamos: plagas de caracoles y babosas, que solo muy de vez en cuando encontrábamos en nuestros pueblos natales, en los brocales de los pozos, en las cunetas o junto a los pozos de los huertos. Aquí nos entran en casa, sobre todo los caracoles, se aposentan en los lugares más insospechados. Las babosas, grandes como vacas, aparecen por las aceras después de haber pastado en el prado o de haber arrasado las plantas del huerto. El aprecio por los caracoles se ha mantenido con el tiempo, pues hemos acabado aceptando compartir con ellos nuestras hortalizas. En cambio, el asco hacia las babosas ha ido creciendo. No tanto por su aspecto pringoso como por su forma de alimentarse que no consume solo lo que necesita, sino que arrasa la planta por completo al morder y tronchar el tallo para comer únicamente las hojas más tiernas de la parte alta. Con ellas no tengo piedad.
Otro animal desconocido fue el enánago. La primera vez que vi uno, me asusté mucho, porque los reptiles me causan pavor y con bastante probabilidad, aunque no estoy seguro, lo maté o lo arrojé fuera de la finca. No me agradaba compartir mi espacio con estos bichos. Le comenté al vecino el avistamiento pensando que eran un peligro, pero, al describirle el animal como una culebrilla corta de unos treinta centímetros, de un color oscuro y brillante, con la cabeza más pequeña que el cuerpo, me dijo despreciando mi temor que era un enánago. No es que se riera, porque en algún momento de la descripción llegó a creer que se trataba de una víbora, pero, al estar seguro de la catalogación, no se extendió en más explicaciones.
—Las peligrosas son las víboras; esa, nada —me dijo.
No me convenció la respuesta, pero, por lo menos, alejó el temor de que vivíamos rodeados de un peligro insospechado.
Sabiendo de su existencia, los posteriores avistamientos no me alarmaron tanto, aunque el asco y la aversión eran inevitables. Las apartaba con un palo a zonas más alejadas o, si tomaban la iniciativa, les permitía esconderse de nuevo. Su presencia era numerosa. Me tropezaba con ellas próximas a las paredes caídas que rodeaban la finca, a macizos espesos de plantas u ocultas en los montones de malas hierbas arrancadas del huerto. Siempre actuaba del mismo modo. Sin embargo, antes de permitir su huida, las observaba para estar seguro de si eran las inofensivas culebrillas o las taimadas serpientes de veneno mortal. Durante un tiempo, ante la más mínima duda, aniquilaba a la sierpe con una gran azada que me permitía golpearla sin que me pudiera alcanzar, en el caso de que me atacara. Una vez muertas, me asaltaba la duda de si había sacrificado la temida víbora o al inofensivo enánago. A estas alturas, he de confesar que esas muertes fueron inútiles, porque en el tiempo que llevamos viviendo en estas hondas praderías jamás he visto una víbora.
El encuentro con ellos se fue normalizando. Sin embargo, la prevención me acompañó siempre por la posibilidad de que la culebrilla fuera la venenosa víbora. Una vez localizadas, las observaba con curiosidad, si bien ellas, con rápidos movimientos ondulantes, buscaban cobijo. Me preguntaba de qué se alimentarían. Pensando en lo que había alrededor, sospeché que sus presas serían las repulsivas babosas. Me alegré puerilmente al encontrar un compañero que combatía conmigo la plaga de animales tan perjudiciales para la horticultura, hasta el punto de procurar que no abandonaran el huerto.
En mi vida contemplativa de la naturaleza que rodea nuestra casa en la finca en la que vivimos, he ido notando la disminución de estos animalitos tan benefactores. Mi curiosidad aumentó y, al indagar en manuales de zoología, me llevé una gran sorpresa, pues no era culebra, sino un lagarto ápodo, es decir, sin patas, que repta con mucha facilidad. Preocupado por las cada vez más esporádicas presencias del animal, he reflexionado en las causas por las cuales ha desaparecido. No se puede achacar a la falta de alimento, ya que las babosas son una plaga. Creo haber encontrado la explicación de la ausencia en la finca y el responsable inocente he sido yo mismo. Estos lagartos, al contrario de otros congéneres, prefieren la humedad y se ocultan en lugares oscuros, pues les gusta las tinieblas y la oscuridad; además, son muy sedentarios. En mi afán por crear un espacio agradable, he ido paulatinamente levantando y armando con argamasa las piedras de todas las paredes que rodeaban el inmueble, que se encontraban derruidas cuando compramos la casa, con lo cual he eliminado los refugios en los que se guarecían durante el día, pues solo salían de ellos para alimentarse por la noche. Ahora me doy cuenta de que el último lugar donde encontré enánagos fue el huerto, ocultos en los plásticos negros que extendía en las porciones sin sembrar con el propósito de evitar que la hierba creciera. Ha llegado un momento de mi vida en el que dispongo de tiempo para actividades que antes, si no me estaban vedadas, sí las realizaba a medias. En el caso del huerto, no siempre se hallaba sembrado todo él, no por la imposibilidad de que las plantas crecieran en invierno, sino por falta de tiempo, por lo que lo protegía con esos plásticos. Ahora, con una mayor dedicación, siembro durante todo el año, por lo que ya no necesito tapar el terreno con esos plásticos. Por consiguiente, ingenuamente, he acabado con el último refugio donde los pobres lagartos se cobijaban.
He de pensar si la situación actual del problema tiene solución o, por el contrario, he de lamentar la pérdida de un aliado en mi lucha contra la plaga de limacos que arrasan con toda planta tierna. Me temo que, después de unos años sin encontrarme con ninguno, ya no quedan y dudo de que alguno entre por su propia voluntad, ya que nuestra finca, y las de los vecinos, se han fortificado con asfalto y gruesos muros de piedra armada con una argamasa compacta de hormigón.
Es otra pérdida más, como tantas otras que se fueron para no regresar nunca.