Acabada la misa, cuando el cortejo fúnebre se dirija al camposanto, esperarás a que se despeje el lugar y mirarás a tu alrededor en busca de alguna cara amable a la que no hayas saludado para conversar unos instantes: siempre habrá una amiga antigua, con la que has compartido algún momento en los muchos años vividos.
—¿Qué tal Dosia? ¡Cuánto tiempo sin vernos! —te dirá alegre de encontrarse contigo.
—¡Hola, Argimira! —responderás mientras compruebas que la viudez no ha mermado sus carnes—. ¡Qué bien te veo!
No podrás contener la desbordante envidia que te acomete cuando comparas tu existencia llena de necesidades con la de aquellas compañeras de tu edad a las que el destino trata con más mimo.
—¡También se te ve bien a ti! ¡Parece que los años no pasan!
Intentará halagarte para que tu calamitosa situación no le provoque un sentimiento de culpa, pero a ti sus halagos no te alimentan ni te alivian las calamidades que sufres.
—Si quieres te acompaño un tramo —le propondrás pensando que, pese al mayor esfuerzo que habrás de realizar para regresar a casa, nunca se sabe dónde la dicha te puede sorprender.
—Déjalo, mujer —te responderá sin demasiada severidad, porque en el fondo su orgullo social se siente halagado si la acompañas, no ya como antigua compañera, sino igual que criada que vela por que su caminar esté a salvo de cualquier contrariedad que pueda sobrevenirle a una anciana con muchos años y unas piernas que no le infunden demasiada seguridad con el peso que soportan.
—Muchas gracias por acompañarme, Dosia. No sabes la alegría que me da hablar contigo. ¡Se pasan los años y nos vemos tan poco…!
No parará de parlar y habrá un momento en que dudarás si se dirige a ti o su cantarina conversación es una exhibición descarada para hacerse notar en la calle por la que avanzáis. No te desazonarás porque saborearás las migajas deslumbrantes que ella va dejando a medida que interrumpe su discurso para saludar a las vecinas que, asomadas a la puerta, os dicen adiós.
—Voy a entrar un momento a la panadería a comprar unos bollos.
Entrarás y te extasiarás mirando las banastas con las medianas olientes.
—Ponme un kilo —ordenará la mujer al panadero señalando la pequeña artesa en la que reposa el dulce.
Extraerá un talego del bolsillo del vestido para meter la compra en él. Cuando el dependiente lo entregue, lo tomarás tú, como buena criada, dispuesta a cargar con él.
Sabes que ella no te va a dar ninguna perra de la calderilla que saca del pañuelo añudado que también ha extraído del mismo sitio, pero no podrás evitar mirar con envidia cómo las monedas pasan de las manos de ella a las del panadero. Este, la persona que mejor conoce las necesidades de todos los vecinos, aprovechará para ofrecerte una hogaza apartada destinada a los más favorecidos puercos del contorno, cuya pocilga se encuentra contigua al horno. Nadie la verá, porque la guardarás entre las telas negras, y el bulto pasará a formar parte de ti, camuflado en los amplios pliegues que cuelgan por todo tu chupado cuerpo.
Contenta con tu preciado botín, cuando alcancéis la casa de tu momentánea ama, te olvidarás de los bollos y de la merecida recompensa con la que te debería obsequiar.
—¿No pasas un momento, Dosia? —te invitará viendo las prisas que te han entrado.
Por no ser descortés, la acompañarás hasta la cocina.
—Vamos a probar los bollos: saca uno para ti y otro para mí.
Las dos os comeréis la golosina, mirándoos a los ojos sin decir nada.
Tu niñez finalizó antes de que hubieras espabilado. A esa edad en la que se deja la escuela, poco importaba el éxito académico, cuando a lo que habías de enfrentarte era a la dura pelea de ganar un pedazo de pan con el que saciar el hambre y conseguir una carga de leña con la que calentar el hogar. Tu inteligencia de poco te sirvió en ese recorrido diario por la lucha por la vida. Fue entonces cuando todavía te sentiste más solo. El maestro se quedó en la escuela, cobijando a otros menesterosos niños a los que trataba de insuflar unos conocimientos que no les servirían para abrirse camino en la dura vida en la que habrían de desenvolverse; tu madre, cada vez más vieja, se fue trastornando sin remedio. Ahora eras tú el que había de lidiar con ella para que se dejara cuidar. Incluso, en el transcurso de los años, su carácter se suavizó y olvidó los recuerdos que durante toda su vida la atormentaron. Tuviste que armarte de valor para ponerte a la par de tus antiguos compañeros de pizarrín y competir con ellos para lograr un jornal con el que comprar lo necesario para subsistir. Eres hijo de la piedra, tanto como de tu demente madre, al igual que el resto de tus antiguos verdugos de la infancia. Junto a ellos acudirás a buscar trabajo a la gran cantera de la que extraen la piedra para construir las vías de comunicación que modernizarán el país. Aguantaste como un jabato la fatiga, el frío o el extremo calor de esa gran olla roquera. En ella creciste todo lo que de tu constitución se podía esperar. Sin la fortaleza de los otros, y menos sangre por tus venas, soportaste, hombro con hombro, las más extenuantes labores sin que nadie te oyera un quejido de dolor o una palabra de desánimo. Compartías el trabajo, pero no las horas de cantina. Con tu salario en el bolsillo, te recogías en casa, al lado de tu madre. ¡Demasiado tiempo pasabas con tus compañeros de tajo, como para participar en sus parrandas y borracheras!...
Mientras la empresa mantuvo el interés en la explotación, tu existencia estuvo garantizada, pero, cuando abandonó la actividad, a todos se os nubló el futuro. La mayoría de los antiguos obreros abrieron canteras propias, transformándose en los dueños de su trabajo. Tú esperaste a que el destino decidiera por ti. Para dos pajaritos sin hálito, cualquier migaja era bastante para mantener el hilo de vida que corría por vuestros cuerpos. Sorteabas el hambre, saliendo al campo, antes de que los primeros rayos del nuevo día te amenazaran, a capturar las víctimas de los lazos donde quedaba atrapado algún escurridizo gazapo, al tiempo que recogías una brazada de leña. Con poco más y los diminutos ahorros lograste prolongar la existencia hasta que tu madre murió.
Las desgracias nunca vienen solas, habías oído en numerosas ocasiones y lo pudiste comprobar en carne propia. La muerte de tu hermano Ángel te dejó sumido en una pena que nunca desterraste. Desanimado, tan solo trabajabas cuando tu padre te obligaba a ir a la cantera, donde te reservaron el taller que ocupabas y la pieza pendiente de rematar. Tampoco sentías deseos de salir de casa los días festivos para que todos contemplaran reflejado en tu rostro el desconsuelo. Pero lo peor estaba por suceder. La enfermedad y el rápido óbito de tu madre te dejaron perplejo, incapaz de asumir la realidad de que te habías quedado solo en el mundo con tu padre. Aunque no era demasiado protectora, te sentías identificado con ella, por ser los dos de un carácter similar, nada que ver con el arrojo de tu larguirucho progenitor. No estando él en casa, ausente también tu hermano, solo con tu madre encontrabas una paz de la que raras veces después de su muerte volviste a gozar. Era la manera sencilla de compartir con ella los deslavazados alimentos que guisaba y las lánguidas y entrecortadas conversaciones que manteníais. Con su presencia, el tiempo aligeraba su vuelo hasta parecer que las horas no pasaban. En cambio, con la llegada de tu padre, el aire se enturbiaba y su presencia se extendía a todas las dependencias sin que quedara hueco en el que no respirar el coraje que se desprendía por cada uno de sus poros… Hubo de transcurrir alguna semana para que fueras consciente de que el hálito maternal reposaba en la sepultura y que ya nunca más encontrarías el bienestar que solo ella proporcionaba. Desde entonces, ni cuando finalmente acabaron los días de tu padre, volviste a poner los pies en el cementerio. El consuelo de visitar a los muertos era para ti el fuego temido que te haría arder de dolor. Sin embargo, sin poderlo evitar, en tus sueños, planeando igual que pájaro, te situabas encima de las tumbas de tus dos seres queridos y desde la altura adivinabas cómo los túmulos de tierra que cubrían los féretros se desvanecían y las malas hierbas se enseñoreaban de los despojos.
Esos caminos polvorientos, esas ventas, como islas en un mar de cereales o como de claros en los encinares profundos, han dejado en ti un poso de alma viajera, pese a que ahora arrastras tu cuerpo igual que una lombriz panzuda. Sabes que mientras tus pies deformes sean capaces de moverse entre la casa de tu sobrino y cualquiera de los bares, tu vida no se extinguirá, porque, mientras tú camines, el sol de tu existencia, aunque con luz cenicienta y preñada de oscuridades, te otorgará un día más. Solo pedirás un día; cada día, solicitarás otro dependiendo del balance de la jornada. Si has conseguido llegar a la taberna, te has echado unos cigarros y te has tomado un chato o una copa, habrás logrado sentirte vivo y dueño de ti mismo…
Tendrás la suerte de no estar solo. Tu hermana, antes de irse de este mundo, exigió a su hijo que, por su memoria, no te dejara sin techo, y el muchacho cumplirá con el deber familiar de acoger al tío parrandero y fugitivo, que toda su vida ha huido del compromiso y ha mostrado aborrecimiento a la dura tarea de ganarse el pan con trabajos de jornalero o desmenuzando pedruscos. Es un buen muchacho que ha salido a su madre. Sacó el permiso de conducir cuando cumplió el servicio militar. Lleva un camión que al principio no era suyo. Ahora reparte piensos y cereal molido por la comarca; también, traslada animales al matadero o a las ferias. Después de años de ahorro, el vehículo es de su propiedad. Las mismas carreteras por las que tú transitaste tanto tiempo, tu sobrino las recorre ahora con su camión, ganándose la vida de manera más digna que las maulerías que te viste obligado a realizar para no morir de hambre.
No lo verás mucho, pero siempre que sale de casa, antes de abrir la puerta y montar en el camión, te comunicará que se va y que no sabe cuándo regresará.
—Tío, le dejo queso en la panera…
Supiste, desde el primer momento en que te acogió, que nunca más deberías extender la mano para solicitar de las almas caritativas un mendrugo. El hambre que te había perseguido por esas sendas tantas veces recorridas, se quedó en los parajes que no volverás a contemplar. Desde el instante en que tu sobrino te asignó la alcoba que había sido de tu hermana y de tu cuñado, y quedando saciada el hambre que te había persiguido durante tu prolongada vida de prófugo, lo que te perturbó fue la añoranza de la libertad, varada en los lechos de las cunetas, que siempre estuvieron disponibles para mitigar la fatiga y dar sueño tranquilo a quien sabía que nadie le esperaba.
No serás consciente del poco tiempo que te queda. Pronto estarás solo con tus padres. Tu hermana se marchará. No sabrás cuántos meses transcurrirán antes de que anuncie la fecha de la boda. Tampoco te imaginarás lo que será de tu vida cuando esto suceda. En realidad, casi no pensarás en nada. Por no pensar, no te preocupará ni tu propia existencia. Tu única obsesión será garbear por el pueblo y lucir cualquier fruslería para que, como rey Midas de la dehesa, se transforme en reluciente oro que despierte la envidia de los demás.
—¿Me has comprado algo? —preguntarás al novio de tu hermana cuando la vaya a buscar los domingos, después de comer.
No sabrá qué responderte. Tu hermana le habrá recomendado que no te trajera nada para no acostumbrarte a recibir más regalos que los que ella te proporciona.
—¿Me dejas la navaja? —le solicitarás al muchacho.
—No la he traído… ¡Hoy es domingo!
Mientras tu hermana ultima su arreglo personal, lo intentarás llevar a los corrales a ver los corderillos recentales. El novio no sabrá si negarse para no mancharse o complacerte dándote cuerda.
—Bautistín, déjalo en paz, que ya estoy lista.
Los verás salir del corral y perderse por el camino que tú recorres cuando te dan suelta. Te gustaría acompañarlos a dar un paseo, pero, si ella está en el pueblo, tú te quedarás en casa. La pobre chica tiene derecho a disfrutar tranquila una tarde junto a su prometido y no estar con el alma en vilo cavilando en lo que harías si pulularas por las mismas calles por las que transitara ella o encontrándolos, mientras tomaran un mosto, sentados en la mesa del bar.
Esas tardes dominicales se te harán eternas esperando su vuelta.
—Parece que tardan, madre —le dirás cada poco tiempo impaciente por no verlos aparecer.
—Es pronto aún. Déjalos tranquilos, que la pobre ya tiene suficiente durante toda la semana.
—Que no, que ya es de noche.
Te gustaría quedarte hasta ver entrar a tu hermana y comprobar qué te había traído, pero tu madre te dará de cenar y te ordenará acostarte.
Al día siguiente, al oír el primer ruido en la cocina, te levantarás impaciente.
—¿No se ha despertado aún? —indagarás reprochando a tu madre la gandulería de la hermana.
—Déjala que descanse, que es muy pronto aún.
No tendrás ninguna contemplación con ella. No entrarás en su cuarto, pero no pararás de un lado a otro hasta verla de pie.
—Toma, mira lo que te compró Ezequiel.
Cogerás la bolsa de cacahuetes y te sentarás en la banquilla a comerlos.
—¡No manches el suelo! Las cáscaras, a la lumbre —te regañará preventivamente tu madre.
Cuando hayas arrimado todas las losas al cargadero, descansarás. Te dejarán reposar sentado en el frente. Por un momento te fijarás en la actividad ordenada que se desarrolla en la cantera: el cortador, un poco por debajo de donde tú te encuentras, abriendo cuñeras, una larga fila de pequeños huecos que conseguirán fracturar el bloque; los demás canteros, aplicados cada uno con el labrado de su pieza. Todos tienen un ojo en su monótona tarea y otro divisando en lontananza la llegada del vehículo que sacará la producción. Son momentos de una contenida expectación para todos, menos para ti. Contemplando el montón de losas, pensarás que son de ellos, porque las tuyas se pueden contar con los dedos de una mano.
—El camión, el camión —anunciarás excitado cuando tú seas el primero en divisarlo desde tu alta garita.
Todos dejarán la tarea, aunque saben que aún transcurrirán unos minutos hasta que se aproxime y el conductor efectúe las maniobras para colocar la caja de lado, con los laterales bajados, junto al alargado muelle. Contemplarán estas maniobras en silencio admirando su destreza. El contratista se subirá a la plataforma vacía para observar las piezas. Dará la orden de comenzar la carga y los canteros, como disciplinadas hormigas, arrastrarán las piedras hasta completar las hileras que caben. Tú te habrás incorporado con el propósito de colaborar con ellos, pero, como de costumbre, no te habrán dejado por miedo a que con tu poca habilidad echaras alguna pieza sobre sus pies.
—Sinuñas, tú, con el botijo en la mano, por si alguien quiere beber —te habrá ordenado el cortador.
Mirarás, como un pánfilo, el trasiego. Cuando el camión, con su pesada carga, que hace que los neumáticos vayan aplastados, se aleje, todos se aproximarán a ti para expresar su alegría por la venta, proporcionándote, sin que tú lo puedas comprender, pero aceptándolas con júbilo, las palmadas que te darán en los hombros y en la espalda. Ellos reanudarán la tarea interrumpida, mientras el jefe de la cuadrilla echará cuentas y dividirá los billetes en montones según lo que cada uno haya de cobrar. Hay tantas pilas de dinero como canteros, pero tú te percatarás de que el tuyo no se encuentra en esa parva de papel y monedas.
—Tu parte, Sinuñas, ya se la daré a tu padre, que de ti no me fío.
Habrás de soportar una vez más las risas de tus compañeros, más estentóreas en esas ocasiones por la recompensa lograda por su trabajo.
Pronto esa gran familia de canteros se desintegrará. Mientras llega ese día en que el primero de los hermanos os abandone, disfrutarás de los buenos momentos de camaradería con los que os entretendréis cuando por cansancio o aburrimiento dejabais por un rato reposar el porrillo sobre las piedras inconclusas. No os faltaban propuestas entre tantos artistas, pues tú eras un buen pintor, pero tu gemelo era un músico autodidacta con la guitarra o la armónica: en sus manos no había instrumento del que no sacara al momento una melodía. De los mayores, el primero se las daba de poeta y, si bien no escribía sus versos, los memorizaba de tal manera que al declamar no omitía ni cambiaba ninguna palabra de sus composiciones. Vosotros os aprendíais alguno de esos poemas que recitabais al volver del trabajo montados en el carro, o cuando de manera improvisada estabais sentados en la mesa… El segundo era un inventor. En el corral había construido una fragua en la que pasaba mucho tiempo llevando a la práctica las ideas que se le ocurrían. Su mundo interior giraba en torno a la manera de conseguir que las tareas más arduas se realizaran con el mínimo esfuerzo. Construía raíles similares a los del ferrocarril, por los que arrastraba una vagoneta en la que cargaba grandes bloques de piedra; su herramienta, en especial los punteros, estaba siempre perfectamente afilada, y además se encargaba de mantener a punto la de los demás; construyó un horno de hojalata procedente de grandes bidones de alquitrán, que instaló en la cantera para asar la caza… Y tu padre, en sus mejores años, era un seductor cuentista. No sabíais si las historias que os narraba eran leyendas que él a su vez había oído a otros o se las inventaba. Era un gran fabulador que imantaba la atención de todo aquel que lo escuchaba… Con tantas propuestas divertidas, raro era el día que resultaba aburrido y regresabais cariacontecidos de la cantera. Pensaste que esa unión familiar se alargaría sin fin, inconsciente de los avatares que te esperaban al acecho a la vuelta de tus pocos años de juventud.