02/05/26

Pelotón de cola 10


Entrarás en casa sin darte cuenta de cerrar la puerta y buscarás a tu madre y le enseñarás la bolsa a medias de cacahuetes para que ella los pruebe.

No, hijo, cómetelos tú, que a mí no me quedan dientes…

Tu padre te habrá mirado atento, sin saber cómo interpretar el contento.

Les harás gestos para hacerte comprender y sepan que hoy has cobrado.

La madre se afanará en poner en orden la cocina recogiendo los pocos cacharros, barriendo las losas y echando las barreduras a la lumbre. Se quitará el delantal y lo sustituirá por otro limpio. El padre avivará la llama para que prendan bien las astillas y recogerá la lumbre. Tu madre te habrá ordenado que salgas a la entradilla y te laves la cara y las manos. Con un peine mojado en la misma agua de la palangana habrá domado como ha podido tu pelambrera indómita. Te sacará un jersey abierto y te lo abotonará. Colocará la tortilla de patata en la media fuente de porcelana protegida por una tapadera roja en la mesa baja. Esperaréis porque sabéis que vendrá a pagar. Oiréis los aldabonazos y os asustaréis, pese a conocer quién es el que llama.

Adelante —gritará tu madre en la cocina para que la oigan desde la calle.

Tu padre saldrá al portal y encenderá la luz.

Buenas noches. Pasa, pasa a la cocina…

No, que es muy tarde y tendrán que cenar.

Tu madre insistirá para que entre a la cocina.

Si gustas. Íbamos… —le dirá gustosa de que acepte probar un trozo de tortilla.

No, muchas gracias, no quiero entretenerlos. Solo venía a pagarlo.

El cortador sacará la cartera y de ella el poco dinero que le corresponde a Sinuñas. Se lo entregará al padre, como siempre hace, pero, antes de que este extienda la mano, sin saber muy bien por qué, lo dejará en la mesa, al lado de donde estará sentado el hijo. Este lo tomará ilusionado, con una sonrisa que pocas veces muestra.

Ug, ug… —balbuceará, al tiempo que se lo entrega a la madre.

Esta, humillada, restablecerá el orden y, a su vez, se lo entregará al marido.

Muchas gracias —dirá avergonzada por haber sido ella la depositaria del salario del hijo.

¿Qué tal se porta? —preguntará el padre para eludir el enredo del dinero.

Bien, bien… —No querrá entrar en detalles en esos momentos, estando delante Sinuñas y su esposa.

Ya sabe lo que le tengo dicho: que no ande con miramientos y que cuando necesite darle badana, sin contemplaciones, que este es como las bestias, que, si no es a base de palos, no aprende.

Bueno, no es para tanto —dirá el cortador, decidido a marcharse cuanto antes para no entrometerse en asuntos que no le atañen.

Al escuchar esta conversación, se te borrará la sonrisa de la cara.

Bueno, les dejo, hasta mañana —se despedirá apoyando la mano sobre tu hombro—. A las ocho en punto, eh, Sinuñas.




Esa armonía familiar la añoraréis siempre… Tú fuiste el primero en marcharte y en servir de mal ejemplo para tus hermanos, aunque, a la postre, te quedaste como el heredero de ese barranco, demasiado grande y solitario sin la compañía de ellos. Nunca supiste por qué aceptaste emigrar a un país que no conocías, si apenas habías salido del pueblo, salvo al cumplir el servicio militar. Quizá fuera la euforia colectiva que siempre se contagia en las tabernas cuando han pasado varios chatos de vino por el gaznate. Alguien os alentó a ganar cuatro veces más, si os montabais en un tren que os llevaría a un país del norte de Europa a ejercer el oficio que desempeñabais ya, aunque con mejores condiciones. Es posible que en tus recónditas ilusiones alguna vez te imaginases viviendo en un lugar diferente donde lo que te rodeara no fuera la aspereza de una vegetación seca y árida y unos pedriscales duros. Con tu habitual serenidad se lo comunicaste a tu padre y hermanos a la hora de comer, estando reunidos en torno a la mesa de piedra de la entrada al cobertizo, y a tu madre, por la noche, mientras cenabais, pues percibió que el aire se había enturbiado y no fluía la alegría de costumbre. Ninguno de ellos te pidió que desistieras ni se interesó por las ventajas que te llevaban a aceptar un trabajo que ya desempeñabas a la puerta de casa. Con una callada resignación se encomendaron al destino para que él eligiera lo que más te convenía. Tus hermanos te admiraban por el arrojo de marchar tan lejos. Ellos, como tú mismo, pensaban que no soportarían vivir si no era en el lugar que habían nacido. No obstante, una vez aceptada la apuesta del sino, procediste como si lo que se quedaba atrás — tu misma familia, los amigos, la medio novia, y ese paisaje arrasado de pedruscos— no te hubieran importado nunca nada. Por no llevar, tampoco incluiste en tu exiguo equipaje los pinceles con los que seguir pintando en tu desconocido destino.

Los días antes de partir, tanto para ti, como para los tuyos, se harían más duros de llevar que el escaso año que permaneciste fuera. Al final, era de esperar de una palabra huera de taberna, tan solo tomasteis el ferrocarril dos de los que se habían mostrado interesados en la propuesta. Ese tiempo fuera transcurrió sin que escribieras una carta dando cuenta de tu nueva vida, por eso, cuando te vieron llegar en el mismo tren que partiste, nadie te esperaba en la estación. En tu casa solo se encontraba tu madre.

Madre, deme la ropa de trabajar —le pediste como si fuera un lunes.

La tienes colgada de la silla de tu cuarto.

Nadie te preguntó detalles de tu viaje, solo si estabas bien de salud. Tú tampoco te extendiste en explicaciones.




Cuando lleguen a casa y se queden mirando al tractor pegado a la fachada, se sorprenderán al no reconocer el vehículo. No se les pasará por la cabeza que fuera tu nueva adquisición. Tu hermano mayor, el único que sabrá los pormenores de la compra, espiará su reacción.

Sociedades, sal, que ya están aquí… —te avisará con el propósito de que salgas de la cocina, donde estarás comiendo algo para saciar el hambre después de tantas horas de viaje desde la capital.

¡Vaya máquina! —exclamará el que quiere marcharse a la ciudad.

Trinos modificará la melodía sempiterna con un silbido admirativo.

¿Qué os parece? —preguntará el mayor, sin anunciar todavía que el tractor era propiedad de la familia.

¡Cojonudo!

Trinos recuperará el tono habitual de su silbido, pero agitará la mano derecha para indicar que en los contornos había pocas máquinas como esa.

Pues la ha comprado Sociedades, vuestro hermano pequeño —informará con tono solemne el mayor de todos.

No jodas… Bueno, bueno… Este chico es la de rediós…

Te saldrá esa sonrisa leve de orgullo y tus ojos brillarán mientras los observas tocar y rodear el vehículo, comprobando su estado.

Anda, Sociedades, arráncalo y que vean qué potencia se gasta —te animará el más viejo.

Te harás de rogar por todos ellos, sintiendo cómo sus peticiones y sus mimos te halagan. Subirás a la cabina con una agilidad asombrosa, del mismo modo que si ese caballo de metal hubiera sido tu montura desde tiempos inmemoriales. Con chulería, introducirás la llave en la ranura con una mano y con la otra, en vez de coger el volante, te agarrarás al marco de hierro de la ventanilla.

Precaución, no te confíes y sujeta bien el volante, no sea que salga hacia adelante sin que te percates —te ordenará el más precavido.

Se apartarán a una distancia prudencial. Al oír el ruido estentóreo del motor, los hermanos se impacientarán por miedo a que la máquina no sea capaz de arrancar.

A ver si vamos a tener que empujar —dirá guasón el que te sigue en edad.

En ese momento llegará el bastardo y, a unos pasos del corro de los otros hermanos, sin atreverse a preguntar por el origen del espectáculo, se sumará a la diversión. Por fin, después de que tu semblante sonriente se torne en gesto de coraje, el motor arrancará. Sin esperar a ver la reacción de nadie, te pondrás en movimiento y recorrerás la calle, no solo para que tus hermanos te vean triunfar, sino también para que te mire el mayor número posible de vecinos.

Vamos a celebrarlo —dirá el más viejo cuando todos te rodeen como si hubieras triunfado lidiando un toro en una plaza de toros.

Entrará a por la chaqueta que se pondrá por encima del mono azul y, después de cerrar, meterá la pesada llave de hierro en uno de sus bolsillos.




Misieriña vendrá a mediados de semana: no es seguro si el miércoles o el jueves, por eso no la esperarás con impaciencia. Más que la comida que te trae —que no es sino reponer lo que se acabó, que trajiste el domingo—, lo que valoras es el rato de compañía. En su presencia, te crecerás y creerás que eres un adulto, el hermano mayor protector, aunque no hayas cumplido dieciocho años. Ese día comeréis los dos juntos, sentados en el suelo sobre una manta. Compartiréis los garbanzos y los fideos mezclados en la misma fiambrera, cada uno con su cuchara. Apartaréis el tocino para untarlo en pan al final.

Ha dicho padre que no tardarán en vendimiar.

Ya me lo figuro… Han madurado de repente.

Tus sentimientos serán contradictorios cuando pienses en esta circunstancia. Llevarás ya casi un mes, y el cometido que realizas no te supone demasiados esfuerzos, pero los días y las noches parecen no pasar en esos parajes tan alejados del pueblo. Por otra parte, los achaques digestivos son más notorios en los primeros días del otoño y no te gustaría soportar muchos cortes de digestión mientras estás solo.

¿Y padre?

En el huerto, sacando las patatas y regando lo que queda por recoger con la poca agua que hay en la noria.

¿Le echas una mano?

Anda, a ver qué remedio…

La verás sacar una sandía pequeña.

Me la ha regalado un hombre cuando venía para aquí.

La partirás con la navaja. El agua dulce rezumará por los poros del fruto y os producirá una sensación refrescante, aunque la pulpa esté caliente. Pese a ello, saborearéis cada una de las rajas hasta acabarla.

Te gustaría que no se fuera, que alargara la compañía por más tiempo; incluso, que se quedara contigo unos días. Estando los dos, las horas no serían las enemigas de las que recelas. Pero no es posible. Ni tan siquiera te atreverás a plantearle la posibilidad de que alargue la sobremesa, pues, al acabar de comer, recogerá los cubiertos y la fiambrera y los meterá en el talego.

Hasta el domingo.

La verás desandar el camino. Te quedarás con las ganas de haberle preguntado qué tal le iba en la escuela, cómo de caldeado estaba el ambiente en casa… No la habrás querido poner en el aprieto de pormenorizar relatos de sobra conocidos que os hubieran amargado el rato que los dos habéis pasado juntos.




No recordarás nada de esa noche, ni de las siguientes jornadas. Tu mente quedó desgobernada. Subías, te acurrucabas, saltabas paredes, atravesabas sembrados, te perdías por los prados sin que nadie adivinara lo que te proponías. Siempre con un discurso enajenado y animando a desconocidos a que acometieran los desafíos que no se atrevían a enfrentar. Durante el día te controlaban dejándote hacer, convencidos de que en algún momento la fatiga te agotaría por no comer ni beber, pero tu resistencia sobrecogió a todos. Te convertiste en un autómata al que nunca se le agotaba la cuerda. Tus palabras salían rayadas de sufrimiento y dejaban una estela polvorienta que se asentaba en las oquedades de los berrocales. Allí resonaban con un eco que se mezclaba con la cadena de vocablos que de continuo brotaban de tu boca como una soga de frases de la que no se acierta a ver el cabo… Por las noches te perdían el rastro. Suponían que habías encontrado una cama de chaparros y berceas en la que te acurrucabas igual que liebre encamada y que allí dormías hasta que los primeros rayos de luz te herían. Alguna de esas mañanas en las que el sueño te hacía olvidar tus delirios, te condujeron al pueblo e intentaron que te recogieras en casa. El maestro, un día; el cura, otro; el sargento, también… todos probaron a convencerte, o a amonestarte o a pegarte dos hostias si no dejabas de proceder como un idiota. Pero ni el predicamento que sobre ti tenía el maestro, ni la superioridad moral del cura, ni la violencia del sargento consiguieron enderezar un caminar que conducía a un rumbo inquietante. Tu quimera verbal inagotable y repetitiva no se amedrentó y pronto desistieron de reconducirte. El maestro regresaba frustrado a su escuela; el cura se retiraba y, cuando creía que nadie lo observaba, sacaba su breviario para no pensar mientras leía; el sargento, en cambio, se quedaba un rato más con Hombrecito, desplegando sus bravuconadas para dejar sentado ante los vecinos que había hecho todo lo posible, dentro de sus escasas posibilidades coercitivas, por enderezar ese árbol desviado… Alguna buena mujer te ofrecía de comer y tomabas lo que te daba. Solo cuando te metías algo de alimento en la boca olvidabas la renegrida perorata.




Esos días fueron el comienzo de tu largo itinerario de desvarío en el que te acabaste de acomodar. Otra vez hubiste de regresar a la casa familiar, aunque desde entonces te quedó la querencia por el abandono y libertad que gozabas cuando deambulabas en solitario por el campo. Las vecinas y otras buenas mujeres, sabedoras de la desidia en la que nadabas, te socorrían con alimentos, al tiempo que aprovechaban para advertirte del peligro de las tabernas y de lo pernicioso que el vino resultaba para tu salud. Ajeno al diálogo que contigo emprendían, tú siempre repetías las consignas irrenunciables que te preocupaban.

Nos tenemos que juntar todos, me cagüen en las narices, y buscar novia… Me cagüen en las narices, a ver si tienen narices a no querernos…

¡Estás tú bueno!, ¡cómo para buscar novia…!

En la Moraña, me cagüen en las narices… O si no, en Ávila…

Comprobando que no oías sus palabras, se retiraban descorazonadas al no haber camino por el que conducirte hacia la cordura.

No se sabe si porque aún te quedaban restos de una responsabilidad pasada, o si apremiado por la necesidad de ganar algo de dinero con el que comprarte un cuartillo de vino o si por casualidad, el destino condujo tus pasos hacia la primera ocupación que te sugirió un albañil foráneo que se había quedado con una obra en el pueblo. Te dejabas caer por las inmediaciones y pronto, advirtiendo tu condición menesterosa, te propuso que le echaras una mano en tareas simples, como arrimar material al punto de ejecución, retirar escombros, llenar de agua el bidón o realizar los recados que te encargaba. El hombre te trató bien y así se lo hacías saber a aquel con quien te encontrabas. La irrisoria paga, más el vino que te ofrecía, eran más que suficientes para ti. Sin embargo, pronto el albañil pretendió aumentar tus cometidos creyendo que podrías ser el peón que añoraba. Cuando te empezó a regañar, a exigirte un horario y a encomendarte tareas que no te gustaban, lo abandonaste sin despedirte. A los pocos días, regresabas y, si el hombre había comprendido cuáles eran las condiciones tácitas de vuestro contrato, te quedabas unas horas con él hasta que te cansabas y desaparecías sin dar explicaciones.

Habrá un momento en el que tus vecinos añoren esta época en la que, con tus limitaciones, llevabas una vida admisible. Unas veces con unos, otras con otros, ganabas algo y, sin ser tus hábitos precisos, te regías con una normalidad aceptable, teniendo en cuenta que tus necesidades de persona sola no eran muchas.




Apoyado en la pared has visto pasar la vida de los otros. Recordarás en especial la de tus compañeros de infancia, aquellos a los que espolichabas jugando al gua, al tango o al jinche… Los habrás contemplado con nuevos amigos a los que no conocías recorriendo los bares; los habrás echado de menos al irse del pueblo a estudiar o trabajar lejos y, cuando regresaran, te percatarías de que tu cuerpo y tu alma se habían empequeñecido al compararte y que tu cara seguía ennegreciéndose y consumiéndose y que perdías los dientes que ellos conservaban. Desde la puerta has envidiado cómo el amor los llamaba y se alejaba de ti. Las mismas muchachas que a todos os gustaban han posado los ojos en ellos y los has espiado, mientras tú continuabas recostado en la fachada observando jugar a la vida, quedándote fuera de esa partida: tú, el campeón de las competiciones infantiles. Te habrás imaginado los paseos de las parejas abrazadas de la cintura, los besos apasionados, las confidencias íntimas, las conversaciones banales… No les comentarás que lo sabes, que la moza con la que anda es fulanita y que está de muy buen ver y es simpática, pero le sonreirás como zorro conocedor de todo lo que él cree que es secreto íntimo. La luz de tus ojos será reveladora de las palabras que callas. En ellos no centellea la envidia maliciosa, sino la admiración del que no puede saborear los placeres que están al alcance de los demás. Ese brillo en la mirada siempre estará presente en la capilla sagrada de tus pensamientos, como testigo de lo que el destino no te ha deparado. Esa llama roja que arde en ti, cuando entras en el tabernáculo del recuerdo, te traerá a la memoria todo lo que han vivido los otros, mientras tú te encontrabas prisionero sujeto con las cadenas de tu apocamiento y miedo a no saber perder, a recibir las bofetadas de las contrariedades y a sortear los peligros del equivocarse. No arriesgaste en el juego de la vida, tú, campeón, dotado con las más originales habilidades de las que ninguno de los otros dispuso. Elegiste la comodidad del que no se expone y se cobija en la aparente seguridad emocional del techo familiar, sin someterse a las variaciones del cielo, que puede acarrear inclemencias o bonanzas. Cuando el sol te queme, dejarás la calle y te cobijarás en la oscura cocina que te reconforta.




Te percatarás, a tu manera, de que los acontecimientos que están a punto de ocurrir son insólitos. A veces te alegrarás de que la rutina diaria de esa alquería solitaria se rompa, pero, otras, sospecharás que se avecinan cambios que harán más aislada vuestra vida. Esa variación anímica será común a todos vosotros. La alegría y euforia del enlace desaparecerá cuando penséis que en pocos días la hija dejará de vivir en esa casa. Tú, Bautistín, en tu inconsciencia, barruntarás lo que está por venir observando las caras tristes de tu madre y de tu hermana, pero no te atreverás a preguntarles las causas de su congoja. Mientras llegue el día de la ceremonia, disfrutarás con las novedades que están alterando la monótona vida regida por las obligaciones con el ganado y el campo. Observarás que desde hace algunos meses el novio ha merodeado las paredes de los corrales y que tu hermana lo ha introducido en el patio y se han sentado en el poyo. Tu madre lo habrá saludado y bendecido con su anuencia para que ronde a tu hermana y entre en los dominios domésticos. Tú te habrás arrimado a ellos con el fin de pasar el rato, pero te alejarán mandándote cualquier tarea u obligándote a acompañar a tu padre en el cuidado de las ovejas. Sin embargo, te apañarás de la manera que sea para espiar a los amantes. Las ramas verdes de la parra que recorre la fachada han ocultado de tu vista su presencia, pero tú sortearás la ocultación hasta encontrar un punto en el que puedas ver los besos y abrazos que se prodigan. Te gustaría contárselo a tu madre y a los vecinos cuando vayas al pueblo, no obstante, todavía conservas la astucia suficiente para comprender que hay asuntos que no hay que difundir.

Hola, Ezequiel —saludarás al novio, no pudiendo soportar estar tanto tiempo solo, espiando a la pareja.

¡Bautistín!, ¿no te ha dicho madre que fueras a ver si encontrabas a padre? —te regañará tu hermana desesperada por tu testarudez.

Mira, mira, la perra vieja, ¡cómo duerme todo el día!

Anda, déjanos en paz.

Tu madre saldrá de casa ya con la toquilla puesta en honor al futuro yerno, como si fuera a ir a misa un domingo, y te agarrará de la mano y con un empujón te moverá para apartarte de los novios.

Se besaban, madre —terminarás diciendo.

Calla, alelado, ¡tú qué sabrás!

Que sí, se besaban mucho.


Pelotón de cola 9

 

La muerte de tu madre te apartó de improviso del mundo. Su ausencia te dejó sin faros en la abrupta costa de tu vida. Su sola presencia te permitía navegar por tus aguas turbulentas, evitando que te anegaras en los arenales ocultos de tus trastornos o chocar con los acantilados de tu apocamiento. Cuando te quedaste solo en casa, una apacible serenidad te acompañó durante unos días. En silencio, ni siquiera añorabas la presencia de la que se había ido. Las gruesas paredes te producían la sensación de una insonorización placentera. Albergabas la esperanza de que esa intemporalidad en la que te hallabas se prolongara indefinidamente. Sin embargo, los vecinos se asomaron a la puerta a interesarse por ti. Oían tu voz que llegaba desde la cocina y se tranquilizaban. Alguno reclamaba tu presencia para entregarte la miaja de comida que te ofrecían con el fin de asegurarse de que te llevabas algo a la boca y no morías de inanición. Se lo agradecías, pero no lo probabas. Acostumbrado a los adobos y los mimos pobres que te ofrecía tu madre, cualquier otro alimento resultaba aborrecible. Cuando una mañana temprano te vieron salir, creyeron que el luto había concluido y que te dirigías a realizar alguna de tus numerosas ocupaciones. La vecindad sintió alivio al considerar que la responsabilidad social sobre tu persona sería a partir de ese momento menor y que, con el paso de los días, el dolor por el fallecimiento se amortiguaría y que tú, de la manera que fuera, encontrarías el modo de conformarte con el destino que te había tocado en suerte. Se trataba de una suposición falsa, pues de la misma manera que habían respetado tu enclaustramiento, al ver que ese día y los siguientes no habías dormido en tu alcoba, supusieron que tu existencia no se regiría por las normas que ellos seguían. Alguno te vio en las tabernas y corrió la voz. Era la confirmación de una variación radical en tus hábitos, pues nunca te habías arrimado a un mostrador en el que se despachara vino. En cambio, los parroquianos te recibieron con los brazos abiertos y consideraron normal que, después de la muerte de una madre manipuladora que había coartado la necesidad de todo mozo de alternar y echar un trago, te iniciaras en los ratos de esparcimiento. Si bien pronto se percataron de que no te conducías según los cánones del alterne. Si tu presencia les alegró por unos minutos, cuando con súbita rapidez el vino te hizo perder el equilibrio y soltó en ti una lengua excesivamente ocurrente que te era extraña, te aconsejaron que, para ser la primera vez que venerabas el templo de las garrafas, eran suficientes las reverencias practicadas y que regresaras a casa a pasar en solitario los delirios de la borrachera. El tabernero te ayudó a tomar la decisión acompañándote a la puerta y te puso en vereda, pero, en vez de encaminarte a tu casa, te perdiste por las afueras y deambulaste por esos parajes solitarios declamando como los profetas en el desierto. Aquel que te oía a lo lejos se aproximaba a ver qué hacías hablando solo. Al comprobar tu estado, intentaban convencerte para que regresaras y durmieras. No escuchaste a nadie de los que probaron disuadirte de que te recogieras. Seguiste subiéndote a las peñas y vociferando un discurso repetitivo que no te cansabas de pronunciar. Te dejaron por imposible, delegando en la providencia tu destino.




No sabrás cómo al final siempre te sales con la tuya. Serás consciente de que, siendo el pequeño, el que debería someterse a la experiencia de sus hermanos mayores, los dominas, aunque no todos hagan lo que tú quieres. Pese a esta dificultad y a que se aparten en ocasiones de los proyectos que acometes, te reverenciarán al reconocer en ti la inteligencia que la herencia genética les negó a ellos. Tienes la suerte de que, una vez que emprendas uno de tus negocios, aunque no participen, nunca te recriminarán nada en caso de fracaso. Sus expectativas sobre ti son las que hubieran deseado en su propia juventud: añorarán la caducada juventud, tu fajo de billetes más abultado que el que ellos dispusieron, las ropas más elegantes que nunca lucieron, tu cara tan hermosa y las expectativas halagüeñas de que te eches novia, algo que ninguno pudo. Estarán seguros de que las mujeres a las que nunca se dirigieron te buscarán a ti. Tanta responsabilidad no te asustará. Todo te lo tomarás con calma, excepto cuando sientas el prurito de las oportunidades que se te presentan. Pensarás que no puedes dejarlas desfilar delante de ti sin aprovecharlas. Después, pasada la algarabía de los oropeles falsos, te percatarás de tu inocencia. En todo lo demás, tu proceder será idéntico al de tus hermanos: no te desazonarás, y tus ansias por lograr lo que ellos añoran en ti se difuminarán sin dejar posos de amargura… No es que te disgusten las muchachas de tu edad, y no te importaría dar una vuelta por el baile, pero te sentirás tan a gusto en compañía de la familia que te resultaría antinatural no compartir los ratos de taberna en los que no dejas de hablar y ellos de escucharte. El bienestar conseguido con los chatos de vino, la conversación y el ambiente del bar te producirán una felicidad que no crees que la puedan superar unos pasodobles y unos boleros con una muchacha. Te animarán para que los dejes y acompañes a algún quinto que te propondrá ir al salón de baile, pero siempre encontrarás la justificación para no dejarlos solos.

Un poco más tarde —le dirás disculpándote.

Cuando os recojáis, camino a casa, te asomarás a ver qué hay en el recinto ya casi vacío, con su luz amarilla y las grandes paredes encaladas, y te parecerá un gallinero sucio y maloliente.




La compañía del cabrero a lo largo de la mañana te resultará grata. Te pondrá al corriente de lo poco que sucede en el pueblo. Habrá momentos en los que te interesará lo que cuenta, pero otros te hablará de personas y hechos por los que no sentirás curiosidad. A pesar de tu desinterés, te esforzarás por seguir los avatares que el hombre enumera pensando que con ello te pone al corriente. Cuando se aleje del contorno, echarás cuentas de que, por lo menos, en una semana no te volverás a encontrar con él. Llevará a ramonear a sus cabras a otros parajes.

El queso y el vino te habrán calmado el malestar de la indigestión. Con esa mejoría, tu ánimo se habrá encendido y parecerá que el mundo y tu vida no es tan miserable. Incluso la perspectiva de lo que harás cuando finalice la vendimia y ya no sean necesarias tus labores de guarda no te asustará, porque creerás que se presentarán otras oportunidades. Lo que te preocupará mucho es tu mala salud. Se lo habrás comentado a tu madre, pero, como de costumbre, te dijo que eran pamplinas: ¡ojalá! El médico también será de la misma opinión cuando por fin te atrevas a ir a su consulta, no dando importancia a ese malestar estomacal, a esas indigestiones angustiosas que periódicamente te acechan. Lo achacará a la mala alimentación; incluso, a tu poca ingesta y a la escasa variedad de lo que comes. Te recetará una dieta variada. ¡Una dieta variada! Que le pregunten a tu madre los alimentos que hay en la despensa y en la fresquera. Tocino, solo tocino; alguna oreja o algunos pies colgados de la vara de la matanza, suspendida de la techumbre de la entradilla. O que suba al sobrado a ver el costal de garbanzos… Todo te sentará mal. Solo estarás seguro de tu bienestar con la sopa de fideos o con el plato de patatas cocidas rehogadas con pimentón y una hoja de laurel, que probarás el día de descanso o el día en que tu hermana Misieriña te lleve la merienda. Lo demás te atormentará hasta que dejes de sentir su presencia en el cuerpo. Le habrás dicho que ya no te quedan casi dientes y tu madre te responderá que ella lleva toda la vida sin ellos y que no por eso ha dejado de comer.




El día será muy largo, aunque sea invierno, para aquel que esté solo. Cada hora será una montaña difícil de sobrepasar. Como persona inquieta no podrás permanecer mucho tiempo acurrucada al amor de la lumbre. Te levantarás y cruzarás el portal para asomarte a la calle y mirar a un lado y otro a ver si pasa alguien delante de tu puerta. Las rachas de viento helado te abofetearán la cara templada que has sacado de la lumbre, sin embargo, no te arredrarás por el frío. Te echarás la toquilla por encima de la cabeza ya tapada con tu sempiterno pañuelo negro y saldrás. Caminarás en busca de alguien asomado a la ventana que mire desesperado la tarde de perros a ver si te invita a entrar. O quizás, si vislumbras una puerta entreabierta, te atrevas a llamar con el propósito de que te inviten a charlar un rato. Habrá veces que tengas suerte y logres compañía durante una hora; otras, habrás de regresar, después de que tu cuerpo esté aterido, a buscar el calor que no has hallado en otra casa. Los inviernos serán duros por el frío previsible, pero muy largos por las horas y los días de soledad. En el momento en que los canteros regresen y los veas desfilar con sus bicicletas y motos y cuando los pastores se recojan con el hato de sus ovejas, nadie más se aventurará a salir a la calle. Cerrarás la puerta con el cerrojo esperando que la noche no sea demasiado amarga y la fatiga te rinda y amanezca pronto.




Olvidarás tu pasado y a tu madre y a tu hermano. La realidad se acabará por imponer y en cada momento intentaremos adecuar nuestras expectativas vitales a lo que nos ofrece el destino. Por eso, también, contemplarás tu pasado como si se hubiera producido hace una eternidad. Quizá hayas encontrado la manera de ocultar esas vivencias en un recóndito lugar de tu memoria, cuya clave has perdido y que ya no te permite hacerlas aflorar, ni siquiera las más agradables. Pero decidiste desterrarlas al lejano pretérito para no perturbar el presente de calma que gozabas viviendo con tu progenitor. Es más, la ayuda que le ofrecerás a tu padre agricultor te resultará más natural que el trabajo en la cantera que realizaste buena parte de tu juventud. También habrás renegado de esa actividad sin sentir añoranza por ella.

No sabrás cómo has alcanzado la paz, esta tregua en tu desafortunada vida, pero desearás con vehemencia que no cambie nada. Que tu padre alargue su existencia los mismos años que habrás de vivir tú. Será tan previsible que, junto a él, adquirirás hábitos que interiorizarás hasta sentir que siempre han formado parte de ti. Por eso los días transcurrirán con una ligereza que impedirá que sufras heridas preocupantes y que el roce del tiempo pase por ti sin erosionar más la piel sensible de tu espíritu. Será un dejarse llevar placentero, que no necesita impulso porque su cadencioso movimiento lo mece la mano invisible del tiempo. En este estado, tampoco anhelarás nada que ya no disfrutes. Entre los dos os apañaréis y os acoplaréis como dos ruedecitas del mecanismo del reloj de la vida. Tu padre ya no te animará a nada que tú no quieras hacer. Si decidiste no volver a pisar un bar ni acudir a ningún acto religioso, él no te empujará a que cambies de parecer. Juntos los dos, en el hogar, en el campo, no os molestaréis. Tan solo conservarás como dominio de tu espacio el gusto de salir a la puerta de casa y sentarte en el poyo, si bien tu postura preferida será la de permanecer de pie apoyando la espalda y una de tus piernas en la pared.





Siempre te parecieron oprimentes las gruesas paredes de las cocinas, de las alcobas e incluso de los corrales; por eso preferirás el cielo despejado en el que no hay límites. Experimentado caminante, no te asustaban las inclemencias y sabías cómo convivir con ellas. Conocías las sombras frescas si el sol derretía las piedras; el refugio protector si el viento y la lluvia se empeñaban en castigar con su gélido aliento… Saldrás de nuevo, cuando hayas comido, aunque a esas horas de tórrido calor no se vea un alma en la calle y te suponga un gran esfuerzo caminar. Avanzarás despacio buscando la sombra de las paredes de los patios traseros. Allí siempre corretea una brisa que sale de las higueras y serpentea por las parras, se adentra en las techumbres donde cuelgan los aperos buscando la frescura del agua negra de los pozos y huye al encuentro de los humedales, donde las ranas croan impasibles a la tormenta de luz y calor.

Pero ¡dónde vas a estas horas, hombre de Dios!

Te recriminará alguna mujer que haya salido a buscar la ropa tendida en las eras para evitar que las sábanas y toallas se queden como el cartón.

¿No te echas un rato la siesta? ¡Con lo largas que son las tardes! —Continuará la mujer su regañina creyendo que eres un inconsciente por exponerte a una insolación.

Refunfuñarás sin que ella perciba las asperezas que con esfuerzo escapan del zarzal de tus labios agrietados.

A esas horas del mediodía ni los pájaros volarán, salvo las infatigables golondrinas y los aviones, sus desesperados hermanos. Te entretendrás adivinando sus gráciles movimientos y arriesgadas maniobras, pero sus vuelos te transportarán a la dulce libertad que gozaste en esos mares de cereal por los que tú deambulaste con el mismo destino errante que el de estos pájaros que surcan el cielo. Al igual que ellos, salías en busca del aire plano de las tierras llanas, cuando el alma te bullía y sentías que los paramentos y techumbres te oprimían. Y regresabas de tu peregrinaje al comprender que tus ansias de independencia quizá te llevaban hacia un retorno incierto.




Ya compró el traje, el traje de novia, mi hermana… —dirás a cualquiera que se cruce en tu camino.

Pero ¿ya se ha amonestado?

Sí —responderás sin saber a qué se refiere la pregunta.

Estarás eufórico con los preparativos. A ti te interesará aquello que rompa la rutina. Ahora no será ningún asunto relacionado con los animales, ni con los accidentes que sufre tu padre, sino las pláticas sobre invitaciones, trajes, banquetes… Serán tantas las novedades, que no podrás asimilar todas y tan solo del conjunto de detalles relacionados con el enlace, te quedarás con la cantinela del traje que a tu hermana le ha confeccionado el tío Sastre. Ya se lo ha cosido y lo tiene guardado en el armario del salón. Te lo ha enseñado y te ha pedido tu opinión, como si de ti dependiera que lo luciera o lo rechazara.

Es muy bonito —le habrás respondido al ver las telas nuevas de la falda y la chaquetilla que exhibirá.

Se vestirá para que la veas y disfrutes de su presencia y la recuerdes guapa e ilusionada, cuando ya no esté en esa casa. Acariciarás la superficie de esas telas suaves.

Quita, aparta, que no tienes las manos limpias —te regañará al tiempo que te las inspeccione para corroborar que está en lo cierto.

Inconscientemente, te las meterás en los bolsillos con el fin de que no las vea y no se enfade contigo. Pero no te servirá de nada. Aprovechará la ocasión y te someterá a una sesión de higiene.

A ver, ahora mismo, te vas a lavar como Dios manda.

Con rapidez, se desvestirá y doblará con esmero su vestido de novia y, sin posibilidad de escapatoria, te someterá a la tortura de un lavado supervisado por ella. Tomará la cobra y saldréis al corral. Echará agua caliente en un barreño en el que solo os laváis tu padre y tú. Añadirá agua fría hasta conseguir una temperatura soportable. Dejará la pastilla de jabón en la pila de piedra donde ha apoyado el recipiente de latón. Lo que peor te sentará es desnudarte, pero ante ella no tendrás esperanza de no hacer lo que te ordena. Te quedarás coreto de medio cuerpo para arriba.

Venga, sin contemplaciones, mójate… La cabeza, también.

No te importará echarte esa agua templada, incluso sumergirás de una vez la cabeza para que el pelo se empape.

El jabón, date bien por todas partes…

Te lo aplicarás en la nuca y en las manos y, con ellas enjabonadas, te restregarás la boca y los carrillos.

No, no —te corregirá cuando comiences a aclararte—, de eso nada, monada.

Como será de esperar, con un garbo que siempre te sobrecogerá, ella misma, remangada y con la pastilla en la mano, te frotará igual que si estuviera lavando uno de tus pantalones. Contendrás la respiración y cerrarás los ojos para que no te escuezan, pero tu hermana se aplicará a conciencia en la tarea y hasta que no repase cada una de tus oquedades y se cerciore de que no queda suciedad ni roña, no se sentirá satisfecha.

Vamos, quejica, que tienen más mierda que el palo de un gallinero…

Al final no podrás contener el gimoteo y cuando recojas la toalla que te ofrece, como si fueras un ciego, te apartarás para asegurarte de que el lavatorio ha finalizado.

Sabes que antes de permitirte dar una vuelta por el pueblo, tu hermana te asea, pero hoy no querrás salir y te quedarás con ella, a su lado, disfrutando viendo las tareas que realiza y oyéndola hablar de los detalles de la boda con tu madre. En su presencia, callarás esta vez, porque hay muchas palabras que no entiendes y crees que hacen referencia a cuestiones que te atañen.

Pelotón de cola 8


No fueron buenos tiempos. Tu existencia era la de un furtivo perseguido por las normas incomprensibles de unas autoridades sin piedad que no se inmutaban por el sufrimiento y el hambre de sus conciudadanos, a quienes trataban peor que a perros. Sobrevivisteis a la falta de pan y al frío, sorteando la vigilancia absurda de los guardias del cuartelillo y de los secuaces chivatos que colaboraban con ellos a cambio de licencia para ejecutar lo vedado a los demás. Pese a todo, lograbas acarrear a medianoche haces de leña que ya habías acercado y ocultado en las inmediaciones de las últimas viviendas del pueblo para en una rápida incursión nocturna meterlos por la puerta de tu casa. Los conejos atrapados en los lazos eran más sencillos de camuflar, pero nunca podías estar seguro de que detrás de una esquina no te sorprenderían la pareja de civiles y te registrarían en busca de la caza prohibida. Pero habíais de sobrevivir y el ingenio se aviva cuando las tripas se retuercen de hambre para atormentarte. El saco que siempre llevabas al hombro podía contener el gazapo atrapado, pero la mayor parte de las ocasiones portabas hierba —y camuflada, la presa de pelo— para unos bichos inexistentes en el corral, o paja recogida de las orillas de las eras u hojas secas de la arboleda… Aprendisteis a sobrevivir sorteando las normas más atrabiliarias y los castigos más humillantes, pagando multas con un dinero que no teníais y quitándoos el alimento con el que saciar la rabia hambruna que os perseguía a todas las horas del día. Mientras, como Tántalos de los berrocales, veíais cómo los animales salvajes corrían a sus anchas por el campo y los encinares rebosaban de cargas de leña… Esa hambre ya nunca la llegasteis a saciar y en vuestro cuerpo aterido se aposentó una tiritona recurrente que se manifestaba de improviso para recordaros los tormentos con los que aprendisteis a vivir.




Te despertarás cuando escuches primero lejanos y después inmediatos los cencerros. No calcularás la hora con exactitud, pero deducirás que, por la presencia del rebaño, temprano no es. Sin esperar a comprobar cómo reacciona tu cuerpo después de los estragos del corte de digestión, te incorporarás con la idea de borrar cualquier rastro de vómito, tapándolo con tierra, y con rapidez te harás visible para el cabrero con el temor del que se siente descubierto en una falta que ha de repercutir en la estima del trabajo que desempeña.

Buenos días nos dé Dios —te adelantarás servilmente con este saludo para demostrar que tu labor de vigilancia se cumple con el rigor debido y que te sometes a la autoridad de todos los demás por desempeñar un empleo ruin.

Buenos días, Erpio… ¿Estás muy pálido?

No es nada —le responderás con el propósito de tranquilizarlo con la inquietud del que teme no ser competente con lo que hace.

¿Qué tal pintan? —preguntará el cabrero para no apurarte.

Parece que bien, aunque depende de los corros: las hay más adelantadas y otras a las que les cuestan —Desearás con vehemencia informar con detalle de la evolución de las vides, como si su maduración dependiera de ti.

Se cosechan cuando estén y si hay que esperar a las más tardonas, se las espera…

Así es —confirmarás pensando al mismo tiempo que, pese a ser una miseria los beneficios de tu empleo, cuanto más se alargue este, por más días gozarás de ellos.

¿Echamos un trago? —Te ofrecerá la bota para que seas tú el primero en empinarla.

No sabrás cómo te sentará el vino y, aunque no te gusta, beberás. El fino chorro impactará en tu boca seca y salpicará cada uno de los puntos de la cavidad. El frescor que sentirás será contrarrestado con la acidez de ese vino de cosecha cuando se precipite por la garganta, produciendo una sensación de quemazón que exacerbará el mal sabor de boca.

¡Qué bien sientan estos tragos! —te dirá el cabrero después de la larga catarata de vino con la que ha regado cada uno de los dientes de su extensa dentadura.

¡Venga! Vamos a probar el queso.

Sacará la fiambrera de aluminio. Verás un queso blanco con una agüilla blanquecina. Desplegará la hoja de la navaja y con ella partirá una porción que echará sobre el reverso de la tapadera. La troceará para que te sea más fácil comerla. Se lo agradecerás porque en el estado en que se encuentra tu estómago, no podría haber alimento mejor por su suavidad. Con fruición degustarás el sabor salado contrarrestado con la cremosidad de cada uno de los pequeños tacos. Al momento sentirás que tu cuerpo los acepta y regenerarán una energía necesaria para soportar las primeras horas del día. El segundo trago de vino también hallará un acogimiento más benévolo.




Sonreirás sin que tus hermanos sepan la razón, pero, de sobra, conocerán esa risa pilla, detrás de la cual se esconden unas deliberaciones escrutadoras de lo dicho por alguno de ellos que no expondrás hasta el momento oportuno. En este caso se equivocarán, aunque no andan desencaminados al sospechar que algo te traes entre manos, por eso, cuando te llamen la atención por no intervenir en la conversación, borrarás esa mueca guasona y mostrarás un rostro más serio. No es que te hayas ofendido con sus recriminaciones, es que estarás ultimando el plan que desde hace unas horas ronda por tu mente. Es una idea descabellada para ti mismo, pero no imposible de realizar, por eso dudarás en pormenorizarla a tus hermanos. Sabes que te hará falta contar con los ahorros de alguno de ellos y, además, cortar toda la leña posible para aumentar las ganancias.

Bueno, qué, socio, ¿qué andas moliendo? —Te dará un ultimátum el hermano de más confianza buscando desbloquear tu ensimismamiento.

Sabes que en el momento en que comiences a hablar se va a producir un vendaval que desbaratará el corro, pero ya te has decidido a comunicar tus planes, reconociendo que estos todavía son prematuros.

Me han ofrecido un tractor… Y también un remolque —les anunciarás de manera que lo dicho parezca un enigma en los primeros instantes.

Unos a otros se mirarán buscando en su cara una información que amplíe las palabras que acaban de oír, o que les confirme que lo escuchado ha de entenderse según el significado fiel de los vocablos emitidos.

Me lo propuso el que me vendió la motosierra. Bueno, en realidad, me preguntó si sabía de alguien que estuviera interesado por un tractor…

El primero en reaccionar en positivo será el mayor que, dejando de lado la propuesta literal del más pequeño, se sentirá orgulloso de ti por considerarte un hombre de mundo con el que los comerciantes negocian.

Los otros, pasados unos momentos, con los escuetos datos proporcionados, se percatarán de lo que quieres decir y reaccionarán según lo esperado.

Conmigo no cuentes. Yo, como aquel que dice, tengo un pie fuera del pueblo —se excusará el más inmediato en edad a ti.

Sabrás que no merecerá la pena desengañarlo de la obsesión de emigrar.

Trinos sacudirá una de las manos que hasta ese momento había estado en el bolsillo del pantalón y elevará la melodía de su silbido que, conociendo su lenguaje no verbal, interpretarás como sorpresa que excede a las posibilidades de su talento para analizar cabalmente la iniciativa. Tampoco te afectará su reacción porque su capital y, por tanto, su capacidad de inversión es inexistente.

Te interesará observar sobre todo la acogida de la propuesta de Bastardo. No abrirá la boca y la distancia entre su posición y la del resto de hermanos será mayor, al retroceder un paso más de lo habitual.




Las mañanas se te pasarán pronto, pero las tardes y las primeras horas nocturnas, mientras el buen tiempo no os acompañe, se prolongarán sin que nadie se dirija a ti o tú puedas encontrar caraba en la que entretenerte. Por esta razón retrasarás el momento de entrar en casa a preparar la miaja comida. Pondrás la poquita lumbre con la que cocinarás y con la que te calentarás hasta que las ascuas se extingan. Hoy has tenido un día de suerte. Dios se ha acordado de ti, al igual que de las aves del cielo que no sembrando, ni segando, ni recogiendo en graneros, el Padre celestial las alimenta. Has tenido un haz de leña y una hogaza de pan. Con estos regalos conseguirás olvidar los días en los que te ha faltado que comer y lumbre en la que sacarte el frío de los huesos. Mañana, Dios dirá…

Pondrás leña menuda y encima, dos troncos, y lo arroparás con la paja olvidada de las eras y de los recovecos de los caminos. Cuando surja la llama, pondrás las manos para calentarlas y arrimarás un puchero con el fin de que se caliente el agua con la que prepararás dos raciones de sopas de ajo que te servirán más para templar el cuerpo, que para alimentarlo a mediodía, a la cena y, si sobran, al desayuno del día siguiente. Aunque no tienes segundo plato ni postre, te las comerás sin pausa y quemándote la boca, creyendo que las virtudes del alimento se devaluarían si este perdiera parte de su alta temperatura. Verterás un poco de agua en el barreño para fregar el plato de porcelana y la sartén en la que has rehogado el ajo y saldrás con el recipiente a la puerta esperando que pase alguien para que vea que has usado la pobre vajilla y se haga a la idea de que has disfrutado de la comida a la que todo ser vivo tiene derecho. Cuando se acerque más, arrojarás esa agua casi limpia a la cuneta y te colocarás el pequeño barreño en jarras, estirándote todo lo posible para que por un momento tu estampa sea la de una persona satisfecha con la vida que lleva.




Casi siempre detrás, rara vez delante, acompañarás a tu padre en las labores del campo. Convencido de que ya no volverías a pisar una cantera y que no convenía dejarte solo en casa, desfilarás con él cuando salga con la pareja de borricos. Unas veces será para arar, otras para levantar los portillos de las paredes, retirar piedras de las tierras o limpiar las lindes. Tu padre siempre encontrará alguna ocupación para que estés entretenido. No te importará realizar estas tareas sencillas, porque, pendiente de complacer a tu progenitor, se alejarán de ti los pesares y melancolías. Con él te sentarás a merendar. Él, con lo grande que es, se tumbará en el suelo y extenderá sus largas piernas; tú te recostarás en el tronco de la encina o en la pared, apoyando la espalda y manteniéndote de pie a prudente distancia de su cuerpo cada vez más extenuado. No serán muchas las palabras que intercambiéis, pero no te encontrarás tan cohibido por su presencia. Viéndolo derrotado en el suelo por la fatiga y los achaques, sentirás respeto por los sufrimientos acumulados a lo largo de sus muchos años de vida. A partir de ese momento, observarás con detenimiento que el hombre más alto que un mayo, del que siempre creíste que manaban arrojo y entrega, presenta de repente unos síntomas de agotamiento impensables para su naturaleza corpulenta. Se despertará en ti el deseo tenue de protegerlo y de acercarte emocionalmente a él, cuando esos primeros síntomas de desvalimiento sean notorios. Esa aproximación sentimental será una demostración de cariño, pero te alarmarás cuando reflexiones egoístamente y te hagas la cuenta de que, si él falleciera, te quedarías solo en el mundo. Esta consideración, quizá, ya se la haya hecho él. Os encontráis solos los dos y os necesitáis, por eso la relación será más delicada a partir de ese momento en el que seáis conscientes del desamparo en el que viviréis el resto de vuestra vida.




Comerás el blando queso fresco. Lo acompañarás con pan reblandecido en vino tinto hasta que el contenido líquido se quede impregnado en la miga. También, sin que sepas de dónde, tu sobrino te ha traído un puñado de higos, sabiendo que te gustan con delirio, igual que fascinaban a tu hermana. Solo en la cocina serás auténtico. No necesitarás corregir tu forma de ser al gusto de la persona con la que te encuentres. No habrás de disimular ni interpretar el papel que todos te atribuyen… A veces estarás tentado de hacer cuentas de lo que ha sido tu vida, que se presenta como la mejor compañera en esas horas de soledad, cuando presientas que tus días no se alargarán demasiado, pero rechazarás ser tú mismo el juez que la examine, porque la sentencia ya la has cumplido arrastrando a veces penas, otras alegrías y satisfacciones, que son las que con voz cantarina te recuerdan los buenos momentos vividos, dejando en sordina las calamidades. No te arrepentirás del camino que emprendiste, cuando huiste de la cantera, del campo y de todo trabajo vil. No sabías dónde te dirigirías, pero estabas seguro de que no querías ser uno más de los obreros que a duras penas ganaban el pan con que se alimentaba su familia. No fuiste un osado y, desde el momento en que te marchaste sin decir adiós, supiste que con tu huida también renunciabas a buscar a una mujer con la que formar una familia, pues comprendías que no habría en el mundo persona que por ti sintiera amor o comprensión. Más tarde comprobarías que en esto te habías equivocado. No añoraste a nadie. Tan solo te sentiste unido a tu hermana, pues la muerte de tus padres fue temprana. No ser capaz de explicarle por qué te marchabas y salir igual que un furtivo fueron tu tormento hasta que no regresaste por primera vez, después de estar ausente durante una temporada. En tu segunda salida, no fue necesario que dijeras que te marchabas. Ella lo había adivinado y te preparó la merienda para que tuvieras algo que llevarte a la boca y el abrigo que habrías de necesitar para arroparte en el relente de la noche. Tu hermana ya se había casado y pronto tendría familia, aunque nunca te sentirías extraño en ese nuevo hogar, pues estabas seguro de que ella había impuesto como condición a su marido que nunca se quejaría de tu presencia cuando quisieras entrar por la puerta de la casa donde vivían.




No te percatarás de que cada domingo que pasa, la boda de tu hermana estará más próxima. Solo ella parecerá ser consciente de lo que supondrá, y por eso ha tardado más tiempo del previsto, alargando todo lo que ha podido la fecha del enlace. No sabrá qué será de tu vida ni de la de tus padres, que cargarán en soledad contigo. Cuando hablen de ti con otros vecinos, los consolarán diciéndoles que, dentro de lo malo, no eres violento, sino tan solo un niño al que hay que vigilar para que no la arme. No es de las desgracias peores. No les quedará más remedio que dar gracias a Dios porque no eres un demente incontrolable que las va liando por donde vas. Tan solo eres un hombre con una mentalidad infantil. Tu cuerpo se desarrolló, pero tu mente, cuando cumpliste los primeros años de tu vida, se negó a seguir el curso de complejidades cerebrales que deberían haber sido parejas al desarrollo físico. Tus padres hará ya mucho tiempo que han renunciado a pensar en el día de mañana. Malvivirán el presente luchando a cada momento para sobrellevar la dura carga con la que el destino los ha regalado. No será fácil despertarse y encarar la jornada de pastoreo y de llevar una casa con un hijo al que no se le podrá encargar nada y que revoloteará de un lado a otro sin echar una mano. Menos mal que serás cariñoso y que contigo el silencio no hallará aposento. Lo peor será que tu discurso se repetirá una y otra vez; si bien, para ellos, tus palabras siempre parecidas serán como la lluvia constante que ya no empapa sus mentes, rezumantes de tu humedad penetrante. Solo tu hermana será capaz de absorber tu discurso y encaminarlo con suavidad para que fluya por el cauce de los días corrientes y te sientas escuchado y querido. Pero será consciente de que tus palabras, y tu vida, serán arrastradas a la oscura profundidad de los pozos de vuestros padres, cuando ella salga vestida de novia para casarse en la iglesia y no volver a dormir en esa vivienda sola en medio de las dehesas donde habéis vivido desde que vinisteis a este mundo.




Aunque no es hora de dejar de trabajar, el cortador dará la orden de recoger la herramienta.

—…un día es un día —dirá transmitiendo la alegría contenida de llevar dinero a casa.

Venga, vamos a tomar algo para celebrarlo —proclamará otro.

No todos los días, ni todas las semanas, ni todos los meses se cobrará. El cantero, a la hora de ver el fruto de su trabajo, estará sometido a los vaivenes de la demanda de piedra para la construcción.

Sinuñas, monta conmigo —te invitará uno de la cuadrilla, señalando una moto imponente.

Te quedarás pensativo, dudando de si aceptar la propuesta o regresar caminando.

Si no vienes conmigo, no nos podrás acompañar a la taberna —esgrimirá como argumento el motorista con la intención de que consideres la propuesta.

Te ayudarán a levantar la pierna, alzándola para que te quedes a horcajadas en el sillín.

¡Agárrate a mi cintura y no te muevas! —te aconsejará el conductor a punto de acelerar la moto.

Pensarás que vais a chocar o perder el equilibrio, pero, al avanzar, sentirás el placer de dejarte llevar, inclinándote sin caerte en las curvas.

Vuestro grupo será el primero en aparecer por el pueblo. Ni tú ni el jefe seréis habituales de esas rondas en el mostrador de los bares. El cortador estará casado y solo pisará en las tabernas acompañado de su mujer los domingos. Al igual que él, acudirás a estos establecimientos después de misa, a comprar chucherías.

Una ronda de botellines, Rascayú —exigirá el primero que entre con la boca reseca del polvo que ha tragado en el camino.

Te quedarás mirando con expectación al cortador y al tabernero a ver qué te sirven.

Un mosto para Sinuñas —aclarará el cortador.

Ellos se pedirán una bolsa de pipas y las volcarán sobre el mostrador. Tú tomarás unas pocas con la intención de probar si las puedes cachar con los dientes, pero tus gruesos dedos son incapaces de manejarlas para introducirlas con delicadeza en la boca.

Ponle una bolsa de cacahuetes…

Saldrás solo a la puerta a comértelos mientras ves cómo regresan los canteros de los tajos y los labradores de sus tareas agrícolas.

Ale, Sinuñas, a casa, que ya es hora.

Te levantarás de inmediato cuando oigas la orden del cortador. Los dos os iréis y dejaréis al resto tomando otras cervezas hasta que cada uno pague una ronda; la primera fue por cuenta del jefe.




El proyecto común de todos vosotros fue construir una ballesta. La idea fue tuya, Ojosvivos, que pensaste que en las largas temporadas de veda no podíais practicar la puntería. Vuestro campo de tiro, como el de otros muchos entretenimientos, fue la cantera familiar. Incluso, tu padre se entusiasmó con el proyecto y fue el primero que se puso a perfilar la cureña en un buen tarugo de encina. Con su azuela y serrucho logró un larguero modelado con elegancia. Tu hermano herrero forjó una pletina arqueada, las piezas metálicas del mecanismo de sujeción y liberación mediante un gatillo, así como las numerosas clases de flechas. Tú te encargaste de dibujar en un tablero la imagen de una mujer —cuyo modelo real tan solo tú conocías— que serviría de diana. La cabellera rubia de la dama ondeaba como si una ligera brisa la esparciese a su espalda. Su expresión, seria, reflejaba la preocupación por la situación de peligro en la que se veía obligada a posar desnuda. En la nuca colocaste con disimulo una lengüeta de madera para poner una fruta redonda a la que a veces apuntabais. Sus senos eran pequeños, al igual que su ombligo y el pubis. Su perfil había sido marcado con una línea más intensa para que se distinguiera sin dificultad. También fuiste tú el que impuso las normas de la competición de tiro. Aquel de vosotros que hiriera a la mujer quedaba descalificado y no podría acabar su serie de cinco dardos. El vencedor era el que lograba acercar más la punta de las pequeñas jabalinas al cuerpo sin rozar esa línea sagrada, siempre contando como válidos los disparos que impactaran desde los muslos hacia arriba. En caso de duda, el ganador era el que lograba clavar la flecha lo más cerca posible en la línea del corazón. Si el objetivo era la fruta en la cabeza, las normas eran las mismas, pero el punto de aproximación era la manzana o naranja.

Sin excepción, tú, Ojosvivos, eras el triunfador. Jamás uno de tus proyectiles rozó uno de los cabellos de oro de esa mujer que sirvió de modelo.

Pelotón de cola 10

Entrarás en casa sin darte cuenta de cerrar la puerta y buscarás a tu madre y le enseñarás la bolsa a medias de cacahuetes para que ella l...