06/02/26

Pelotón de cola 6

 

Tú sufriste las desgracias que acaecieron a los demás. Primero el accidente de moto de tu hermano. ¡Mala suerte! Se le topó él. No fue en la cantera, sino de camino a ella. Resbaló y su cabeza impactó contra una piedra. En realidad, no debería haberle dejado secuelas porque el golpe, en apariencia, no fue brutal. Pero, con el paso de los días, su carácter cambió. De ser alegre, natural y buen cantero, un modelo a seguir para ti, se transformó en poco tiempo en un ser desganado y apático. Aunque salía en dirección a la cantera porque tus padres lo levantaban temprano, aparecía más tarde en el corte, y su disposición a trabajar había desaparecido. El cortador pronto se percató de que el muchacho se había trastornado. Cuando se lo comunicó a tu padre, este no pudo por menos que confirmar que en casa tampoco era el mismo. No le había quedado ninguna cicatriz a consecuencia del accidente, pero su cabeza no regía su comportamiento como antes. Aunque se consultó con el médico y acudió al especialista y le recetaron las medicinas correspondientes, tu hermano Ángel no recuperó la cordura y el talante campechano y abierto de antes del siniestro. Dejarlo en la cocina o sentado al sol, bien en el corral, bien en la puerta de la casa, mientras tú te dirigías a la cantera te resultó cada vez más difícil de llevar. Tú y los amigos luchasteis por conseguir que no se apagara en la solana, animándolo a que os acompañara a la taberna. Por momentos, acodados en la barra y recordando andanzas pasadas, parecía posible la recuperación. Sin embargo, la llama del buen ánimo se extinguía cuando entrabais en el portal. Cada vez os costó más convencerlo de que le convenía alternar, hasta que llegó el momento en el que fue imposible sacarlo de casa… No se sabe muy bien, además, qué sucedió, pero a partir de una mañana, una pierna se le quedó casi inmóvil. Luchó para vencer esta última contrariedad, esforzándose en recuperar el movimiento. Apoyándose en los lados de la mesa de la sala, intentaba bordearla; pero, pese a su empeño en ejercitarse, la parálisis se impuso. La mayor parte del tiempo la pasaba postrado en la cama que colocasteis delante de la ventana para que se distrajera mirando lo que sucedía en la calle. En ese lecho, acabó muriendo de repente.




Golpearás con la cachaba la ventana con el propósito de que el tabernero se percate de que te despides y, de paso, para que salga a por la copa dejada en el banco de piedra. Regresarás a casa despacio, parando en el trayecto las veces que sientas que la fatiga te impide avanzar más. De paso, si te cruzas con alguien y te saluda, aprovecharás para sonreír. Contemplarás el trajín de las amas de casa barriendo las puertas, sacudiendo las alfombras, limpiando las ventanas o charlando entre ellas sobre sus cosas. Seguirás avanzando en tu recorrido. En medio de la calle, serás la figura diminuta de un anciano que camina con dificultad apoyándose en sus dos garrotas. Echarás tu cuerpo hacia adelante, separando tus pobres báculos de las piernas. Si te detienes de pie, adelantarás un poco estas, para poder erguir la cabeza y mirar a quien se dirige a ti. Otro trecho más; ya te falta menos, pero habrás de sentarte de nuevo. Esta vez será porque tienes que sacar el pañuelo para enjugarte las lágrimas que se empeñan en brotar sin que las provoque emoción alguna. Todos los días necesitarás un moquero limpio para este menester que te atormenta, pues el escozor será una molestia crónica, una más de las que soportas a estas alturas de tu vida.

Te hubiera gustado llegar a tu cuadra, donde poder hacer en intimidad tus necesidades, pero tu indómito organismo se empeñará en regirse por unos horarios y hábitos desconocidos que te obligan a apartarte en busca del muladar. Te has acostumbrado a que en esos menesteres te sorprendan las mujeres o los niños que allí van a tirar los cubos de ceniza. Procederás de manera natural y no tendrás reparo en reclamar auxilio. Muchas veces, si no hay nadie por los alrededores, esperarás a que alguien aparezca para que te ayude a abrochar los botones de la bragueta y apretarte el cinto. No necesitarás explicar cuál es el problema, pues todos conocen tus costumbres y las limitaciones que te impiden una autonomía que perdiste hace ya años en los caminos que recorrías buscando una vida diferente.





No sabrás por qué te atraen tanto las fruslerías con las que te encandila tu hermana. Tal vez sea culpa suya, pues desde siempre te las ofreció ganándose tu voluntad; o quizá tú eras el antojadizo que, cada cierto tiempo, necesitaba tener algo nuevo para exhibirlo ante los demás. Como urraca, sentirás predilección por los objetos brillantes, pero en vez de atesorarlos, estos te incitarán a salir y mostrarlos a los demás. Aunque no necesitas un tema de conversación para dirigirte a tus vecinos, cuando estrenes algo lo mostrarás, serio y orgulloso, a cada uno de ellos.

¡Eh, mira!

¿Qué?

Como no se habrán percatado del detalle que luces, lo enseñarás.

¿Quién te ha regalado esa insignia tan bonita?

Mi hermana, mi hermana…

Vaya, vaya… ¡Qué bien te queda!

Sí…

No tardarás en perderla u olvidarla después de haberla mostrado.

Pero, bueno, ¡qué guapo estás!

Sí…

Todos alabarán tu salero al verte atusarte el pelo con un peine pequeño.

Me lo ha comprado mi hermana.

¡Te queda muy bien ese peinado!

Sí…

Serán insignias, peines, monederos, relojes de mentirijillas, cinturones, tirantes, llaveros, gafas o cantimploras de plástico…, pero nunca te regalará una navaja. Se la solicitarás de vez en cuando.

Ya te compraré una la próxima vez que vaya a la ciudad, que el cacharrero no las traía —te engañará cada vez con una excusa diferente.

Mira qué sombrero más bonito te he comprado para protegerte del sol.

Sí.

Y volverás a olvidar el arma blanca por un tiempo indefinido. La lista de objetos que te regalen será numerosa, pero en ella nunca aparecerá la navaja con la que los niños, en los últimos juegos de su infancia, fingen ser aplicados carpinteros que afilan flechas o forjan pequeñas espadas de madera.




Trabajar era un privilegio. No importaban las condiciones del contrato, la dureza de las tareas ni el sueldo a percibir. Por eso, tú, Hombrecito, al igual que el resto de los niños, colaboraste, en la medida de tus escasas fuerzas, para auxiliar las necesidades de alimentación y abrigo. A unos antes, a otros después, la miseria os sacó de la escuela sin haber cumplido los doce años: unos para ser zagales de los numerosos rebaños de ovejas y, tras un tiempo de aprendizaje, pastores; otros para convertiros en criados de las casas de más postín; y otros para colaborar en las tareas agrícolas —segar, agavillar, acarrear, pisar paja en carros y pajares, trozar leña, cortar hierba y buscar berzas para los famélicos asnos. Si el trabajo infantil era inhumano, a ti te resultaba especialmente insufrible debido a tu constitución endeble. Sin embargo, encontraste en la rabia la energía necesaria para no desmerecer ante los demás niños. Aprendiste a resignarte y a digerir el sufrimiento sin que los otros se percataran de que el dolor te corroía el alma, todo para no quedarte atrás ni ser señalado. Solo cuando entrabas en casa manifestabas los sentimientos que habías mantenido enjaulados, a pesar de que nadie te aliviara la fatiga, pues tu madre consideraba que la vida era trabajo y sufrimiento. Te echabas en el escaño y te arropabas a descansar. Al poco tiempo el sueño te vencía y era cuando por fin aliviabas la pena que sentías por existir.




Lleva estas losas al montón —te ordenará el capataz, después de haber apuntado el número de ellas en una libreta pequeña, donde sujetará el lapicero en el aro metálico.

Meterá el cuadernillo en el bolsillo de la camisa y se aproximará al taller del siguiente cantero de la cuadrilla para proceder de igual modo en el recuento de la labor que cada uno ha hecho desde la última vez que cargaron.

No será necesario que nadie te advierta que, a lo largo del día, el camión llegará a la cantera para sacar la producción. Hasta ese momento, tu tarea será la de juntar todas las piezas. El encargado te ha enseñado el modo menos fatigoso para trasladarlas.

¡Sinuñas! ¡Cuántas veces te he dicho que así no se mueven! ¡Báilalas!

Se refiere a que levantes las losas de un lado solo y lo adelantes, al mismo tiempo que elevas el otro y lo meneas. Lo has intentado muchas veces, pero te es imposible coordinar esos dos movimientos que te ahorrarían tanto esfuerzo. Lo más simple te resultará inalcanzable.

A veces te piden que aplaudas. No te importa que se rían de ti y se sorprendan de tu torpeza, con tal de que se distraigan por un rato de la repetitiva labor de aporrillar. Con mucho esfuerzo, conseguirás juntar las dos palmas, aunque sin la fuerza necesaria para que el sonido se produzca. Ellos chocarán sus manos para demostrarte lo sencillo que es, y la resonancia se extenderá por todo el paraje de Las Cubas hasta perderse en las encinas de las dehesas impenetrables. Cuando creas estar solo, sin que nadie te incite a ello, estrellarás las manos con la idea de dominar tal destreza y conseguir extraer un sonido.

¡Ale, como te dé la gana!

El encargado terminará por perder toda esperanza de que cambies de hábitos. Tal vez, por demostrarle que a tu manera consigues realizar lo que te ordena, removerás las losas con una ligereza impensable. La rapidez que logras es un acicate para impulsarte a ir aún más deprisa.

¡No tan de prisa, animal, que te vas a machucar!

Será en vano la advertencia, porque apenas termine de pronunciarla perderás el control de la losa, que retrocederá cayendo justo en los dedos del pie derecho. Notarás un ligero dolor amortiguado por las botas de Segarra y, por un momento, te ilusionarás estimando que el accidente no ha sido nada.

¡No te lo decía, cabestro! ¿Te queda alguna uña en los pies?

Por la noche, arrimado a la lumbre, verás con la fantasmal luz de la llama los dedos amoratados y, justo en la carne de la que nace la uña, la notarás inflamada. Pensarás que las heridas no son tan graves, sin embargo, como te adelantó el cortador, con el paso de los días, la uña se desprenderá. Cuando la excrecencia baile en el dedo, del mismo modo que tú deberías haber bailado la losa para trasladarla al montón, pensarás que el patrón no se había equivocado.




Tú habías pintado los tablones de la caja del carro. Te creían extravagante por los temas representados y por los colores vivos con los que los adornaste, aunque todos reconocían tu maestría con el lápiz y los pinceles. Pintar vikingos desafiando en la proa de su barco a las olas y a los timoratos pescadores que faenaban ajenos a la ferocidad del atacante, era una incongruencia difícil de asumir para personas de tierra adentro. Tu fascinación por el mar se reflejaba también en las manadas de delfines saltando y sumergiéndose entre los pequeños recuadros azules de los tablones del carro. También pintaste una gran ballena con un surtidor de agua que sobrepasaba el límite del madero para proyectarse, con ayuda de la imaginación, sobre el paisaje pardo y cárdeno por donde avanzaba el carruaje. La aventura marina quedaba reflejada en el otro lateral, donde representaste la expedición de Colón dirigiéndose al Nuevo Mundo, una imagen que se alejaba en el camino a medida que el carruaje avanzaba por las veredas polvorientas hacia la cantera.

Como ocurría con otras de tus numerosas manías, te dejaban en paz cuando sentías la llamada de la inspiración. A veces, cuando los demás dormitaban en siesta, movías el carro a la sombra de la techumbre y sacabas los pinceles y los botes de pintura para recrear ese mundo marino que ahora todos los vecinos podían admirar y al que tú cuidabas con esmero repasando los colores que se desvanecían como consecuencia de la exposición solar y la humedad. Esa necesidad de imaginar mundos y de representarlos continuó a lo largo de buena parte de tu juventud, y tus lienzos fueron las paredes verticales de la inmensa cantera familiar. Al principio dibujabas escenas a la altura de tus ojos, pero pronto la ambición de tu arte se hizo gigantesca y necesitaste subirte a andamios para representar la gran batalla naval de Lepanto. Cuando trabajabas en tus proyectos pictóricos, la familia respetaba tus tiempos de inspiración. Ninguno de tus hermanos ni tu padre te recriminó que dejaras de picar piedra para pintar. Tampoco tenían prisa si había que esperarte, cuando la luz vespertina declinaba y era hora de regresar a casa después de una extenuante jornada de trabajo. Se sentaban alejados y observaban en silencio los avances conseguidos en la tela pétrea, admirando tanto la genialidad, como la concentración con la que te afanabas manejando la brocha. Cuando se percataban de que prendías un cigarro y te quedabas contemplando tu propia creación, se levantaban y se acercaban a ti con el propósito de observar con más detalle la obra.

Cuando queráis, nos vamos —decías, como si ellos hubieran estado trabajando en sus talleres picando piedra hasta ese momento en el que tú decidías dejar de pintar porque la oscuridad te lo impedía.




Antes de que la oscuridad cubra la imagen de cualquier arbusto o de las vides próximas, sentirás los primeros síntomas de tu malestar digestivo. Pensarás en tu desgracia constante, relacionando las molestias con tus horas de descanso. Quizá sea la legumbre que has ingerido o el frío de la alcoba donde te has quedado profundamente dormido durante la siesta; sea lo que sea, notarás cómo el vientre se ha puesto duro igual que el pellejo de un tambor. Interpretarás los eructos iniciales como señal inequívoca de que habrás de pasar horas de una temible agonía hasta expulsar todo lo que tu estómago no ha conseguido digerir. Te revolcarás en el suelo buscando la posición menos incómoda en ese interminable proceso doloroso y pensarás que, si fuera de día, podrías caminar y olvidar por un rato tu malestar. Beberás agua no para aliviar, sino con la esperanza de que el líquido acelere el desenlace. Sin embargo, tan solo cuando percibas la primera claridad del alba, tu cuerpo convulsionará para devolver lo que no ha podido asimilar. Tu nerviosismo y la tensión acumulada serán un obstáculo que impedirá que todo lo retenido sea expulsado, y volverás a sentir de nuevo los dolores del parto de vómitos. Exhausto y rendido a una agonía que no pueds detener, te quedarás dormido al lado del charco de bilis. Cuando el sol te golpee con sus luminosos juncos de calor en tu chupada cara, serás consciente de que, una vez más, has triunfado sobre la muerte, aunque ponderarás que no merece la pena luchar por la lamentable vida que llevas.




Te hubiese gustado engatusar a tus cuatro hermanos. Con el mayor, no hay complicaciones, pues los dos estáis unidos por vínculos que ni vosotros mismos identificáis, que os obligan a permanecer juntos, sintiendo vuestra presencia como si fuera sombra inseparable. Sin embargo, los del medio son un mundo aparte. Con ellos os entendéis de maravilla, excepto cuando el asunto que tratáis es el dinero o el trabajo. En estas ocasiones se desentienden y, sin llegar a plantear una negativa rotunda, levantan una muralla de escepticismo que es insuperable, incluso, para ti, hombre con un poder de seducción envidiable. Cada uno ha trazado una vereda por la que su vida discurre y de la que es difícil sacarlos, aunque el proyecto presentado les facilitase el camino por amplios cordeles. Tu inmediato hermano, un año mayor que tú, sueña con la oportunidad de abandonar el pueblo y trabajar en la ciudad de lo que sea. Aunque llegará un día en que se vaya, lleva viviendo fuera de vuestro entorno desde hace muchos años, pues, con su imaginación, se comporta como si ya viviera allí.

Seguro que en la ciudad las tabernas son más modernas y limpias…

No te digo que no, pero lo importante es si el vino será de mejor catadura o no —le replicará el patriarca.

Aunque no sea tan bueno, el jornal correrá mejor que aquí y no habrá preocupación por tomarse los chatos que hagan falta…

Sí, anda allá, que en la ciudad atan a los perros con longaniza —manifestará con una ironía no acostumbrada el más responsable.

¡Qué atrasados estáis!

El del medio, Trinos, no dirá nada, pues su manera habitual de comunicarse es con silbidos. Siempre estará modulando melodías que a veces sirven para enmarcar ambientalmente vuestras interesantes conversaciones de hermanos. Solo cuando lo que oye no concuerde con su constante apatía por las cuestiones materiales, cambiará bruscamente la línea tonal para emitir un pitido distorsionador que suele finalizar con un epifonema no siempre concluyente ni del todo comprensible.

¡Toma allá! —exclamará y vosotros le miraréis la cara a ver si en ella se refleja el significado prístino de lo que ha querido decir.

Sentís por él un cariño inmune a sus desplantes e inescrutables deseos. No sabéis cómo logra sobrevivir, pues tan solo lo veis beber vino. A veces os acompaña en los jornales que os proponen ganar, pero no como un trabajador más que recibirá la paga correspondiente, sino como peón sujeto al pláceme arbitrario del patrón que, según la estimación que efectúe, le dará de comer, beber y poco más. Aunque sus facultades físicas son ilusorias, su buen talante y las constantes melodías —algunas muy repetitivas—, transmiten una alegría en el tajo que es suficiente a ojos del patrón para justificar la poca producción total de la cuadrilla de hermanos. Como lo de uno es de todos, cuando el contratista os pague con un solo fajo de billetes, sentiréis que el monto os pertenece a cada uno de vosotros, aunque, en realidad, lo recoja el tesorero, el más responsable, el más veterano.

El que queda, segundo en el escalafón, es un bastardo imaginario. Así lo pensará él sin motivo que sustente esa suposición. Por esta razón, sentirá que debe quedar al margen de las discusiones más transcendentales de la familia. Se saldrá del círculo manteniéndose un paso por detrás. Escuchará lo que se diga, pero nunca se pronunciará ni a favor ni en contra. Con su inseguridad a cuestas, será incapaz de sumarse a las iniciativas del menor; si bien, a ojos de este, al menos no le planteará objeciones que lo desgasten en su empeño por jalear los proyectos de los que es promotor.


Pelotón de cola 5

 

Trabajabas en la cantera. La habilidad que demostrabas en los juegos infantiles no se confirmó al comenzar a trabajar la piedra. Quizá fuese por tu menguada corpulencia o tu insuficiente fuerza para mantener el ritmo de trabajo que la cantera exigía. Tal vez fuera el miedo a sufrir un accidente el que se apoderó de ti y te impulsara a alejarte. Mal que bien, aguantaste algunos años, aunque al final emprendiste una retirada paulatina. ¿Qué sentido tenía trabajar y sacar unos cuartos? ¿Para quién sería ese dinero? Pronto te convenciste de que vivirías solo, de que nadie, salvo tu propia familia, se preocuparía de ti; es decir, que nadie te querría. ¿Con qué ilusión se trabaja y se puede vivir, sabiendo que estás solo en el mundo?

Hasta que tu madre murió, fuiste un mozo más. No eras de tabernas ni de actos religiosos, aunque te gustaba alternar. Te preparaba la ropa de domingo: una camisa blanca que hacía más negra tu cara y oscuro tu pelo azabache, unos incómodos pantalones de tergal y los zapatos lustrosos. Entrabas en el bar con las manos en los bolsillos. Siempre había alguien que te invitaba a que te unieras a su grupo. Sonreías a lo que te decían o contaban, casi sin hablar tú. Te tomabas tu mosto, pues nunca probaste bebidas alcohólicas y compartías dos o tres rondas hasta que abonabas la que te correspondía pagar a ti y, después, regresabas serio otra vez a tu casa deseando quitarte esas prendas con las que te sentías comprimido. Tu madre las doblaba y dejaba en una silla, preparadas para la tarde, cuando saldrías a echar la partida de cartas. Te sentabas con el primer grupo a jugar a la brisca. Verte en esas reuniones tediosas era deprimente. Tú que habías sido el campeón de toda clase de juegos infantiles, obedecías al que dirigía sin rechistar, como un simple peón: corta con un triunfo, echa unos tantos, mala, mala…, el caballo, la puta… Pronto se reflejaba en tu rostro contraído el cansancio y el desinterés por los avatares del juego y lo mismo te daba perder que ganar. Obedecías sin mostrar tu pasado orgullo, cuando con una facilidad asombrosa lograbas triunfar en todo juego en que participabas. ¿Has olvidado la cara de pillo que se te ponía y cómo disfrutabas picaronamente con el desconsuelo de tus amigos? ¿Quién te arrebató tu alma limpia y te dejó ese poso fúnebre que emana de cada uno de tus poros?




Cuando menos lo esperes aparecerá desde dentro con una copa de coñac y un paquete de Celtas.

Sinojales, ¿ya no me saludas?

Tardarás en reaccionar, porque tus ojos no se posarán en quien te habla, sino en el maná llegado inesperadamente. Primero tomarás el tabaco y lo meterás en el bolsillo de la chaqueta. Luego, irás a por la bebida, pero, cuando tu mano esté a punto de agarrarla, tendrás la suficiente decencia para fijarte en la persona que te obsequia.

Aaaqu… —intentarás pronunciar su nombre, porque lo has reconocido, pero la emoción te impedirá superar el tartamudeo.

Aquilino, tu primo —te ayudará el familiar—. ¡No pasan por ti los años!

Te hablará y tú con tu risa estúpida confirmarás las conjeturas que él formula.

¿Y… tus… hijos? —lograrás preguntar a tu benefactor con el deseo oculto de que perciba que eres agradecido y considerado.

Te ofrecerá información sucinta de ellos, percatándose de que tu interés es más profesional que emotivo.

Tu primo, como el cura, pronto te dejará tranquilo, porque no sabrás mantener una conversación y se sentirán incómodos. A ti no te importaría que se sentaran junto a ti y te hablaran. No querrás conocer nada de su vida, pero agradecerás la compañía.

Te dejo, primo. Estoy tomando algo con unos amigos.

Cuando se meta, aproximarás con sumo tacto la diminuta copa a tus belfos mulares, procurando acertar en el vertido de la bebida. Darás un primer sorbo que solo mojará un poco las encías y la punta de la lengua. Y sin haber bajado la mano, abrirás la boca para derramar de una vez todo el contenido. Lo sentirás caer con la misma rapidez con la que el caldero desciende en busca de un agua profunda en el pozo medio seco.

Después, el familiar madrileño saldrá del bar con sus amigos.

Hasta otro rato, Sinojales —se despedirá.

Taaa, taaab… —Tardará en comprenderte, porque no serás capaz de pronunciar la palabra.

Te ofrecerá un cigarro, pero moverás la cabeza para hacerle comprender que no es eso lo que quieres. Sacarás el paquete que antes te había regalado y se lo ofrecerás.

No, gracias. Yo de ese no fumo…

Te pondrás muy serio y estarás a punto de enfadarte porque no hay manera de que adivine lo que deseas.

Quiere que se lo abras… —por fin acertará con el deseo de Sinojales uno de sus amigos.

Afirmarás moviendo la cabeza y sonriendo. Te pondrán un cigarro sin boquilla en la boca y te darán fuego. Fumando volverá a ti la seriedad y recogimiento del gran sabio que eres.




Como una exhalación correrás el camino que separa la almunia donde viven retirados tus padres y tu hermana de la población. Llegarás exhausto a los aledaños, pero con la vitalidad necesaria para recorrer todos los barrios y saludar con enardecimiento a los vecinos. Sin embargo, tú sabrás quiénes te reciben con cariño y a quiénes tu presencia importuna. Igual que un chucho listo, te detendrás con quienes puedes hablar y, como mucho, saludarás a aquellos que te evitan.

¿Qué tal por el paraje de Las Castañuelas? —querrán saber por fisgonear.

Bien… —responderás evitando aportar detalles de la vida de tu familia—. Ha parido la oveja Remera.

¿Cuántos? ¿Uno o dos?

No sé. Dos…

No se podrán echar cuentas contigo. Los números bailarán en tu mente. Para ti solo existirá la unidad, el uno; todas las demás cifras te marearán y confundirán.

Hace mucho que no sabrás qué es el dinero. No te darán propina ni tú la pedirás. Te gustarán las baratijas que tu hermana te entrega cada vez que sales de casa. Con ellas serás feliz y te sentirás el ser más opulento y orgulloso del reino de los mortales.

Aunque visitarás todos los lugares concurridos, nunca acudirás a los actos religiosos, ni a convites de remate ni de cofradía. Tan solo te atraerán los bautizos en los que te gustaría participar con los niños para recibir el cucurucho de confites y pelear por la granizada de monedas de perras gordas y chicas que el rumboso padrino arroja entre los remolinos de muchachos que, ansiosamente, esperan reunir unas monedas más para redondear la propina materna, siempre menor de la que desearían. La calderilla será lo de menos: lo que te incitará será la pugna a empujones en el polvoriento suelo donde se revuelcan en busca de las perras y los escasos medios reales y las testimoniales pesetas. Pero tu vida estará controlada por los tuyos, por tu madre y tu hermana, que regularán tu conducta sin que te percates.

¡Vaya rumboso que ha sido Catalino! —repetirás con quien hables para ponderar el desprendimiento del padrino del bautizo al que no has ido.

¡No me digas!

Sí, por lo menos ha tirado quinientas pesetas…

¡Tantas!

Sí, o más…

Pues sí que ha estado espléndido.

Sí…

Lo que Catalino repartió variará a lo largo del recorrido. Unas veces el capital será de quinientas, otras, la consideración de Bautistín habrá menguado a quince pesetas y, cuando esa misma tarde vuelva a visitar al que dijo que el padrino tiró quinientas, la aumentará a mil.




Llevarás el cigarro posado en tu palma, como si se tratara de un objeto sagrado al que se venera. Cuando se lo entregues, te apartarás sin perder de vista al hombre que lo encenderá. Te quedarás mirando absorto y admirado de la facilidad con que aspira el humo y lo arroja entre nariz y boca.

¿Quieres? —El cortador te ofrecerá un cigarro una vez más con el propósito de provocar el temor que sientes al fuego y al humo.

Negarás con la cabeza y te separarás unos metros para alejarte del peligro.

¡Si no pasa nada! ¡No me quemo!

Todo lo que rodea a las llamas te atemorizará: las ascuas, incluso las cenizas traicioneras en las que nunca se sabe cuándo el calor se ha extinguido; así como la badila y las tenazas y las trébedes, siempre al lado del hogar, contagiadas de una calentura imprevisible… Tu temor no será vano, sino consecuencia del accidente que sufriste cuando todavía eras un niño. Tú no recordarás lo sucedido, sin embargo, ha quedado como testigo del percance ese miedo primitivo que te acompañará toda la vida y, también, aunque menos importante, una quemadura íntima que solo tú descubrirás cuando la zozobra te sumerja en el remolino de la angustia. La cicatriz se asemejará a unos finos labios rosáceos que desean besar. Cada vez que gires el antebrazo para que aparezca, comprobarás que tu sufrimiento es único, al igual que tu herida secreta; que nadie se acuerda de que existes; que llevas muchos años viviendo y que sientes incertidumbre, igual que los demás…

Siempre quisiste conocer la historia de cómo te quemaste.

Ya no me acuerdo —eludirá tu madre contar nada.

Te quedarás sin aliento ni palabras. Se lo preguntarás de vez en cuando el resto de tu vida.

No recuerdo… Ha pasado mucho tiempo —te repetirá tu madre, cada vez más anciana.

A tu padre nunca le plantearás la cuestión, porque para él el pasado será recordar la infelicidad de su vida. Él solo hablará por medio de la violencia y los exabruptos.

Procurarás olvidar la herida, del mismo modo que tus padres lucharán vanamente para desterrar el recuerdo persistente de tu existencia.




Añorarás a tu padre, cuando seas el único de la prole que siga cumpliendo la pena bíblica de que, con el sudor de tu frente y el polvo de las piedras, comerás el pan, cuando él uncía la pareja de mulas y las enganchaba en vuestro engalanado carro. Puntuales acudíais a su llamada y, después de sorber el negro café que había cocido vuestra madre, montabais con lo que os correspondía preparar: uno se encargaba de la colección de punteros, uñetas, cuñas, mazas que precisaríais para picar la piedra; otro disponía del botijo y de los dos cántaros de agua con los que saciaríais la sed; tú, bajabas a la bodega en busca de una cántara de vino con la que aliviar la fatiga y encender el ánimo para vivir alegres otra jornada más; otro recogía de la cocina la cesta y el capacho colmado de comida, incluidas dos medianas de pan, para cuatro titanes y un padre con los primeros síntomas de postración.

Los dos mayores iban sentados en la parte de atrás del carruaje, con las piernas colgando; tú y tu hermano mellizo, tirados a lo largo del suelo, prolongando un sueño siempre escaso. Tu padre caminaba llevando del ramal a los animales. Después de muchos años cabalgando, había renunciado a montar nunca más. Os acompañaba, pero, desde ese día que se negó a dirigir la yunta de mulas encaramado en su lomo, no le permitisteis que sus manos volvieran a tocar una piedra. Se merecía el descanso del que ha entregado todas sus fuerzas a transmitir un oficio y una filosofía de vida que había calado en vosotros, sus hijos. Al llegar, cada uno retomaba la tarea en el punto en el que la había dejado el día anterior y él, con la parsimonia del que sabe que no se recuperará de la fatiga acumulada, se entretenía con menudencias que para vosotros eran muy importantes. Desenganchaba las bestias del carro y las dirigía a pastar en las proximidades y les trababa las patas delanteras con una lía para que no se alejaran del lugar; ponía la merienda a buen recaudo de los perros y otras alimañas y el cántaro lo sumergía en la charca profunda en la que se depositaba el agua que emanaba del impresionante frente que generación tras generación vuestra familia había abierto; os arreglaba los toldos con los que os resguardabais de los rayos solares o levantaba paredes que cortaban las rachas frías del viento; o no dejaba que la lumbre se extinguiera. Cuando llegaba la hora del almuerzo a media mañana o de la comida a mediodía, extendía un trapo en la mesa de piedra de la gran caseta en la que os refugiabais cuando el frío apretaba o el calor enturbiaba vuestra vista. Os avisaba y cada uno se sentaba en una piedra a modo de asiento. Al acabar, sin recoger, os dejaba que fumarais y que os tendierais un rato para cerrar los ojos y reponeros del esfuerzo. Mientras dormíais, se paseaba por vuestros talleres y, si habíais dejado la herramienta de cualquier manera tirada en el suelo, la recogía y la depositaba encima de la pieza a la que dabais forma. Siempre os regañaba por el poco cuidado con el que tratabais los punteros y lo despistados que erais por perder muchos de ellos envueltos entre los rajos… Pronto añorarás su compañía, al igual que la de tus hermanos, y los berrinches inevitables que padecía a consecuencia de la abulia con la que afrontabais vuestra existencia.




Deberías recorrer los límites de las parcelas antes de que anochezca del todo para comprobar que no se ha producido ninguna calamidad, pues estás seguro de que tu padre no se habrá movido de la entrada y habrá pasado el día echando un cigarro detrás de otro hasta acabar las dos cajetillas que gasta, pero no tienes el ánimo suficiente para emprender esa excursión. Por eso te sentarás sobre un saco de arpillera, colocado a modo de alfombra a la puerta de la cabaña de ramas. Eres incapaz de ingerir la merienda que habrás de condurar hasta que tu hermana Misieriña te auxilie con nuevas viandas. Dirigirás la vista al norte, a la extensa pradera de cereal que adivinas que oscila como habrán de bambolearse las olas del mar. Tu mirada se perderá en esa lejanía desconocida. Luces más potentes que las que alumbran tu barrio te harán pensar en la existencia de otros mundos más livianos y confortables que tú nunca conocerás. Tú serás un animal montaraz y solitario que se pasa los días vagando entre vaguadas revestidas de vegetación áspera y seca, o ascendiendo cotas de piedra detrás de alimañas, o siguiendo el rastro de polvo y miseria que detrás de sí dejan las manadas de ovejas, vacas o cabras que apacientas. Siempre animales ajenos, primero, siendo zagal, después como pastor pobre al que se paga su mensualidad con cuatro duros y una merienda indigerible para tu delicado estómago. Te hubiera gustado ser cantero, como los niños de tu edad, pero tu constitución quebradiza nunca te ha permitido tocar esas herramientas de hierro negro y frío con las que ellos abren en canal los bloques grises y azulados de granito. Les envidiarás los días de descanso, cuando, dejando sus ropajes de trabajo, se engalanen con sus camisas blancas luciendo coloridas corbatas. Tú no tienes ropa de domingo, porque nunca has descansado y porque tu vida es puro trabajo y olvidados retiros en la cocina o en el corral, oyendo el trajín ajeno del que no puedes participar. Tu vida se difuminará absorbida por la lóbrega alcoba donde a duras penas alivias la sempiterna fatiga, o camuflada entre encinas, piornos, escobas, turras, espliegos, por los que te deslizas como culebra repudiada. Las estrellas te sorprenderán en esa reflexión aterradora que, sin embargo, no te dará el suficiente impulso para acabar siendo dueño de ti mismo.




El pequeño de los cinco estará tentado de abrir la empresa al hermano que desee sumarse, pero una reflexión, más propia del mayor que de él, relacionada con la prudencia, le hará abortar el acto de generosidad. Callará dejando que el decano de la familia pondere la Máquina, aunque su discurso solo verse sobre la facilidad con la que trocea los troncos y no sea capaz de vislumbrar las posibilidades mercantiles que se les presentan. Ya tendrás ocasión de convencerlos, ya que, aparte de las ventajas obvias que presenta el adelanto, el cielo te otorgó el don de la elocuencia y cuando tú hablas —cuando deberías ser un simple mocoso por tu menor edad—, los otros te escuchan con admiración, en especial el más viejo, el que ha suplantado al padre que tú no recuerdas, pues cuando falleció, no habías cumplido los dos años.

No llenamos ni el depósito de gasolina una segunda vez y ya habíamos hecho una carga…

¡No jodas!

O más, si me apuras…

Los dejarás que despierten su admiración, mientras tu mente, adelantando el tiempo, discurrirá sobre cómo extraer esa madera del monte de manera más abundante y rápida, pues no convendrá continuar utilizando animales de carga para transportar ese inagotable botín.

Estás muy callado, Socio —te recriminará el que hace de padre, observando sin comprender tu mutismo, tú, el verdadero protagonista del descubrimiento que él celebra—. ¿No estarás preparando otra parecida?

Callarás, saboreando el momento y demorando la exposición de los planes, que se irán perfilando con más claridad.




Cuando la mujer recupere el control del hogar, saldrás otra vez a la calle, donde esperarás que una luz imprecisa te guíe a tu siguiente destino. Llegarán en un instante dos comadres enlutadas.

¿No vas a misa, Dosia?

¿Para quién es?

Es la misa de año de Servando, el Marinero.

Dudarás si las acompañas o continúas merodeando por el barrio. Las cosas de la Iglesia no te gustan, aunque cumples a rajatabla con los ritos obligados. Sin embargo, las ceremonias fúnebres te dan miedo. Apaciguada el hambre matutina y calculando que tus piernas responderán al esfuerzo que has de realizar hasta llegar a la iglesia, aceptarás por la llana razón de curiosear.

Esperad, que me echo el mantón.

Sacarás esa prenda más parda y desvaída que la que portan las otras mujeres, pero con ella sobre los hombros, notarás más confianza y seguridad en ti misma. Lo único que te diferenciará de las otras es la edad, ellas un poco más jóvenes, y sus mantones, con menos años de uso.

Te costará aguantar el ritmo de sus andares, pese a que tú eres un espárrago retorcido y ellas unas morcillas grasientas, pero tus muchos años y las atrofias que desfiguran tus piernas no te permitirán igualarte a ellas.

¡Que te dejamos atrás!

Apoyarás con más ahínco el bastón para nivelar la posición y no perder la conversación que entre sí mantienen.

¿Habrá venido toda la familia? —preguntarás para tomar parte del diálogo.

Dicen que ha venido la hija.

¡A ver, están tan lejos!

Cuando no se puede, no se puede.

Y menos mal que en el pueblo está su hermana, que, si no, ni misa le encargan.

Anda, a ver, si no es por la pobre Orosia, nadie se acuerda de él.

Lo que son las cosas, fíjate que ir a parar tan lejos y terminar trabajando en el mar…

A otros los ha ido peor.

Ya, sí…

Este, cumpliendo el servicio militar en El Ferrol, encontró donde ganarse el pan.

Ya lo creo, y bien que se lo ganó, que a los hijos les ha dado carrera.

Sí, pero, luego, cuando mueren, bien que los traen a enterrar aquí.

A cada uno, donde le conviene.

Así es.

En el atrio esperaréis a que llegue el cura. Las mujeres y los viejos retirados formarán el público concentrado en la explanada. El murmullo apagado y la masa de seres que te rodean te sumergirán en un mareo difícil de definir. Te sentirás más viva entre ellos, pero también más sola, pues pocos son los que se acercarán a interesarse por ti, como mucho, unas frases de compromiso. Pero tú no te arredrarás y te juntarás a esas vecinas con las que llegaste, aunque ninguna de ellas aparente darse cuenta de que te has sumado al corro.

Cuando entres en la iglesia, te sentarás en los bancos delanteros, junto a otras viudas solitarias que se correrán para dejarte asiento a su lado. Con ellas podrías hablar, pero estáis en la casa de Dios en la que el silencio es norma. Por otra parte, el motivo de su presencia no será únicamente honrar la memoria del Marinero, sino también interceder por sus esposos o hermanos muertos. En cambio, tú no añorarás a Balbino, tu hombre, en la iglesia ni en las letanías de los rezos. Lo echarás de menos en esa cama eterna sin su presencia, en la cocina silenciosa, en esa fresquera vacía, en esa cuadra donde no hay ni ratones, en ese pajar y leñera tan solo ocupados por inmensas telarañas negras…




Lo que soportarás peor es no haber tenido hermanos. Solos tú y tu madre, ya que de tu padre no recordarás nada más que lo que ella ha repetido múltiples veces: que murió, aunque no se sabe con certeza si fue por un accidente o por una enfermedad incurable.

En casa no quedarán vestigios específicos del oficio que desempeñaba. Sabrás que habéis heredado unas fincas que nadie te ha aclarado si se cultivan o se encuentran en barbecho, pero en el corral no hay vestigios propios del oficio de agricultor. Tal vez los aperos se hallen en otro lugar, quizá en la casa de los abuelos. Sin embargo, ellos también fallecieron y, aunque sabes cuál fue su vivienda, nunca entraste en ella. En tu imaginación lo recrearás como un cantero más de los muchos que hay, pero no podrás estar seguro de ello, porque la presencia de un porrillo y unos maltrechos punteros en la entradilla que comunica el corral con la casa no basta como indicio del trabajo en una cantera, pues muy bien los podría haber utilizado para sacar astillas de los tarugos más duros. No te atreverás a preguntar a tu madre si se dedicó a la piedra, para no desilusionarte con una respuesta que no corrobore la quimera que desde siempre has albergado de que tu progenitor fue un experimentado trabajador capaz de labrar bordillos, losas y adoquines; también procurarás no saciar tu curiosidad, sabiendo que siempre que habláis de tu padre, ella se alterará y te ordenará no pronunciar jamás su nombre. Tampoco le podrás plantear las razones por las cuales tú solo eres el fruto de esa relación denostada. A pesar de tu perspicacia, nunca te atreverás a preguntar por la hermana mayor que tuviste, muerta a los pocos días de nacer.



Pelotón de cola 4


Uñas, a por agua.

Te recordarán que seas cuidadoso y que no metas briznas de hierba. Es la tarea que más te gustará. Tomarás el botijo y alegre descenderás la ladera hasta llegar a la fuente. Al aproximarte al manantial, verás el vuelo de los asustadizos jilgueros sorprendidos en su baño. Esperarás a la primavera para disfrutar con los saltos de las ranas; mientras tanto, te conformarás con intentar atrapar a los renacuajos que se deslizarán entre tus dedos… Llenarás el recipiente con la lata que a tal efecto tienes guardada en un recoveco del pequeño berrocal por el que mana la fuente. Apartarás las ovas y otras diminutas impurezas flotantes con el firme propósito de que no te regañen, si al levantar la vasija para que surja el chorro, encuentran algo que no sea líquido. Después, de bruces, beberás hasta saciarte. El contacto con el agua helada te reconfortará y beberás grandes tragos con deleite. Luego esperarás a que la pequeña balsa vuelva a su reposo y contemplarás la fealdad de tu rostro. Apartarás la cara que no quieres mirar, pero la mágica aparición te incitará a encontrar en tu reflejo pequeños detalles que mejoren la primera impresión. Verás que tu risa beatífica no es desagradable y que tus ojos bullen de animación. Con esos dos detalles te reconfortarás e intentarás no desazonarte contigo mismo. De nada vale lamentarse y despreciarte. Eres tú, Sinuñas. Eres como eres y te toca apechugar con tu suerte.

Espabila, que es para hoy —te reclamará el cortador para que llegues cuanto antes, porque los canteros habrán dejado de trabajar y estarán comiendo el bocadillo.

Los verás sentados al sol. En silencio, masticarán, mientras se entretendrán viéndote subir ladera arriba sorteando los pedruscos y los chaparros que impedirán que avances en línea recta. Tendrás que darte prisa, sí, porque cuanto antes llegues, más posibilidades habrá de que recibas alguna golosina de las que se desprenderán para compartir contigo la merienda.

Toma —te ofrecerá un trozo de pan de la gran rebanada que él, el capataz, no podrá comer, porque no le aprieta tanto el hambre; más adelante, te cederá las cortezas, ya que sus dientes no las podrán roer.

Coge un torrezno —te presentará otro la fiambrera para que elijas.

Así, con lo que den, comerás ahora y, después, a mediodía. Tú llegarás a la cantera y regresarás a casa con las manos en los bolsillos.




Padre, yo voy con usted —te ofrecerás al verlo a punto de sacar las ovejas de la cija.

Eres muy listo y aprovecharás la oportunidad de ofrecerte cuando tu madre esté presente; sabes que él no se negará delante de ella.

Ya he echado merienda para los dos —dirá la mujer antes de que su marido oponga alguna objeción.

Alegre te situarás al lado de tu padre, a su vera, como un perro más que acompaña al rebaño. Arrearás a las que se quedan detrás con voces que le pondrán de los nervios.

Déjalas, que vayan a su paso —te corregirá sin que comprendas lo que estás realizando mal.

Recorrerás con la mirada cómo la piara se extiende y te preocuparás de que alguna no se descarríe. Advertirás que se rezagan, que las perdéis de vista.

Deja tranquilos a los perros —te mandará, después de que te hayas despreocupado de las reses.

No será necesario que obedezcas. Los canes, estando el amo, no querrán saber nada de ti, como si solo reconocieran su voluntad y tú fueras un desconocido por el que no sienten ningún aprecio.

Pasarán las horas sin que tu padre te dirija la palabra. Te aburrirás, aunque no te alejarás de él ni pondrás mala cara.

Quédate un poco con ellas —te ofrecerá al ver el rebaño tranquilo, esperando que la misión que te encarga sea asumible por ti, mientras se aleja a reparar los portillos de una pared caída de la majada donde podrá dejar a descansar a los animales.

Te sentirás abrumado por la responsabilidad, pero será tu oportunidad con la que podrás demostrar que vales para algo. Los perros se habrán quedado contigo, cada uno en el lugar asignado por el pastor, pero, pronto, los llamarás para que se acerquen y así sentir el dominio sobre ellos. Los fieles canes obedecerán al vicario siendo conscientes de los palos que recibirán después. Las ovejas, de repente, levantarán sus hocicos del suelo y se moverán sin sentido, igual que seres idiotizados. Como ejército en desbandada, azuzadas por perros sin órdenes claras, el rebaño se extenderá o se juntará levantando una polvareda visible desde el corral donde el pastor mueve piedras. Al oír los balidos y distinguir la nube de polvo, regresará en auxilio de su hato de queridos animales.

Pero ¿estás tonto o qué? Anda para casa.




En conversación, el tiempo correrá sin que os enteréis. Echaréis más leña recién cortada y os tendréis que apartar para no ahumaros. El espectáculo de la humareda intensa y las ensoñaciones en las que os envolveréis os retendrá al amor de la lumbre. La motosierra se enfriará y la olvidaréis cuando estéis construyendo un mundo futuro en el que vuestra vida cambiará gracias al adelanto que acabáis de descubrir. Os conformaréis con la carga que en poco más de una hora habéis logrado reunir. ¡Eso es vivir! Trabajar un poco y el resto del tiempo saborear las delicias del relajamiento mientras se departe y se bebe. La bota no parará de mano en mano. Ese vino tibio prolonga el calor que recibís del fuego vivo y se agradece en la boca pegajosa y en el áspero gaznate reseco de aspirar la humareda.

¿Sabes qué te digo?

¿Qué? —le preguntará el hermano mayor.

Que lo próximo va a ser un remolque.

Querrás decir un tractor… y un remolque.

Claro…

Con un tractor, podremos llevar mucha leña donde queramos.

Nos ganaremos bien el jornal.

Anda, ya lo creo que lo ganaremos… De sobra…

Hablarán sin parar y las horas irán cayendo mientras especulen con las posibilidades de sus proyectos.

Vamos a echar un cigarro y que se joda el amo —le sugerirá el pequeño cuando vea al hermano incorporarse como si quisiera reemprender la tarea.




Llegará un momento en el que nos preguntemos qué falta ha cometido o si nosotros somos responsables de su destino. Siempre encontraremos respuestas que nos eximan de ser los responsables de un temperamento fuera de lo común. Creeremos que la situación familiar fue determinante, que la personalidad llegó marcada con deficiencias desde su origen, que no le ayudaron las personas que lo rodearon, y nosotros nos quedaremos tranquilos convencidos de que nuestra conducta ha resultado inocua. ¡Mentira! ¡Nos mentiremos a conciencia! ¡Con gusto! Nos sobrará compasión. Justificaremos sus desmanes. Pensaremos en él y sus recuerdos nos revivirán su desconsuelo, pero su vida nos resultará ajena pasados esos momentos de reflexión. Nos quedará la sospecha de que quizá lo necesitemos, de que, si no existiera, a la vida le faltaría justificación. Su presencia será el aviso oportuno para el comedimiento en nuestra conducta. Nos permitirá conocer la generosidad, el sentido de la justicia, el merecimiento de una existencia muy limitada que, sin embargo, nos concede una felicidad suficiente para ir soportando un devenir sin demasiados alicientes. Y acabaremos agradeciendo al destino que nos haya alejado de la demencia.




¿Qué pasa, Juararo? —te saludará con cariño el quinto tuyo, que, cada vez que te ve, se dirige a ti buscando un eco que quizá solo él recuerde de la niñez.

Le sonreirás con esa cara contrahecha en la que desde hace mucho tiempo faltan las piezas esenciales para masticar y, en consecuencia, dejan marcados hoyos profundos en tus carrillos. Por unos momentos tus ojos brillarán con una mirada revuelta, llena del polvo acumulado después de transitar por muchos caminos y de aporrear piedras toda tu vida.

Hola —responderás con alegría, retrotrayéndote a bastantes años.

Tú, Juararo, no percibirás nada más que la satisfacción de ese instante; quizá, afloren recuerdos de tu niñez, de los recreos en el patio de la escuela, en las calles polvorientas o llenas de barro, cuando eras un muchacho espabilado y diestro en los juegos. Olvidarás que tus manos están engarrotadas y sentirás que recobran la ligereza y flexibilidad de cuando agarrabas una bola de acero para atinar y hacer gua en el hoyo excavado con el talón, o sacabas del triángulo las canicas de los demás niños. Tu sonrisa tímidamente pícara de cuando espolichabas a todos aún se reflejará en las distintas muecas que se sucederán en tu rostro. En alguna de ellas, tu amigo vislumbrará el liderazgo antiguo y daría mucho porque a ti regresaran esas glorias y dejases esa soledad retraída. Pero la vida es puñetera y degrada a quien le viene bien, sin considerar el daño que se ha de sufrir.

¿Por qué han de sufrir? ¿Qué pena están cumpliendo?

El amigo sentirá rabia, mucha rabia y desconfiará del mundo, de la existencia de un Dios justo que debería ser lo suficientemente listo para discernir quién merece un tormento perpetuo y quién una vida digna. De nada servirá buscar culpables ni responsabilizar a la pusilanimidad de un destino escrito. El suyo será más dramático, pues era de los espabilados, de aquellos que se creía que se desenvolverían bien en la vida. Pero en su camino no hubo asueto ni persona de la que fiarse. Tampoco nadie que lo enseñara a creer en sí mismo. Había de confiar solo en los suyos, sin que los que lo protegían fueran conscientes de que sus días estaban contados y no siempre estarían a su lado para pensar por él ni quererlo como lo querían.




Esperarás como perro adulón a que llegue alguno de tus patrocinadores. No podrás situar la mirada en la lejanía, porque tus ojos perdieron la vista, como tu entendimiento olvidó las raíces del juicio social. Tú eres tú. Los demás solo existen si te son de provecho, aunque te escarnezcan. Preferirás sufrir sus desmanes si sabes que recibirás una recompensa. Aquellos que sientan misericordia por ti, si no son desprendidos, los despreciarás. Tu piel es demasiado negra y dura como para que te hieran los insultos y el desaire de quienes te consideran un miserable. Los que te molestarán sobremanera son los muchachos que quieren reírse a tu costa. Con ellos sí que te enfadarás y rabiarás. Si te fuera posible, los despellejarías vivos, pero son escurridizos para tus atrofiadas zarpas. Antes de que se acerquen, te enfurecerás y fruncirás el morro, exhalando gruñidos como bestia acorralada. Más que miedo infundido será un acicate que instigue a los mozalbetes a hacerte rabiar. No adivinarás sus intenciones y, aunque tu espalda esté a resguardo apoyada en la pared, no podrás evitar que alguno de ellos, a traición, te tire la gorra al suelo, te dé un manotazo en el cigarro encendido, te quite una de las cachavas o te cante coplas hirientes.

Dejad en paz a Sinojales —regañará alguna buena mujer a los niños para que se vayan a jugar a otra parte.

Tardarás en recobrar la calma perdida. Deberías agradecer a tu protectora que desalojara de tu vera ese corro de moscardones molestos, pero no podrás reaccionar, porque solo sabes de agradecimientos para aquellos que dejan algo en tu mano o te convidan a un vaso.

¡Demonios de muchachos! ¡Son el mismo Diablo! —exclamará la mujer observando cómo los chicos se alejan molestos por haberles frustrado su diversión.




No será necesario que cuentes nada a tu madre. No recordarás, con todo, las razones por las cuales habrás vuelto solo a casa. Habrás cruzado los rastrojos y saltado zanjas hasta llegar a las bardas del corral. La perra vieja se incorporará y se adelantará a olerte. No sabrás el origen de tu desazón. En el regazo de tu madre encontrarás la paz que te consuele y te haga olvidar un poco más las razones de tu existencia. Te dejará tranquilo acurrucado en una banqueta al lado de la lumbre mientras ella sigue con las hazanas de la casa. Pronto te animará a que salgas, a que te acerques al pueblo. Esa soledad es dura, en especial para ti que quieres estar en contacto con la gente. Tus padres se han acostumbrado al silencio y a no verse más que entre ellos, pero tú necesitarás ver otras caras y oír voces nuevas.

Venga, si te espabilas un poco, te da tiempo a dar una vuelta —te animará tu madre, cuando esté segura de que una vez más has olvidado el desplante paterno.

No sabrás que caes en una sima sin remedio, una sima profunda. Ella intentará sujetarte para que no caigas con brusquedad. Será consciente de que sus fuerzas son pocas y cada vez le cuesta más mantenerte en la superficie, pero lo hará hasta que se quede sin aliento, porque tú eres lo único que le ha dado la vida. Te ha amarrado y ella también ha luchado para no dejarse arrastrar por esa ladera inclinada que se pierde en el abismo, pero presentirá que sus fuerzas desaparecen a medida que transcurren los días.

No salgas sin moquero… Ven que te doy uno limpio —te hará retroceder para entregarte un pañuelo y besarte en la cara.




El porrillo será la única herramienta que has recibido de tu padre. ¡Qué ibas a heredar si no! Una maza desgastada y resbaladiza que esquiva el puntero para ir a machacar el pulgar del que pica la piedra. Su mango agrietado muestra un interior leñoso y oscuro. La cabeza no ajusta bien en el rebaje de la madera y sale volando a menudo.

¡Pero cálzalo, mendrugo! —te regañará el cortador.

Los punteros no los habrás comprado. Te los dejarán los compañeros, cuando estén botos. Con estos pertrechos habrás de morder la piedra. Es como si a tu padre, sin dientes, le pidieran que royera la corteza dura del tocino. El puntero rebotará como el galope trotón del potro indómito.

Déjame que te diga cómo —se ofrecerá el cortador.

Te corregirá otra vez, al igual que los otros canteros, pero sus enseñanzas, aunque sencillas, resultarán ininteligibles para ti.

Inclina el puntero, que baile. No lo agarres de tan arriba…

No podrás hacer lo que te dicen. Tu cuerpo será el árbol viejo domado por los vientos de la violencia que has soportado desde muchacho. Te habrás quedado ladeado de los golpes. Eres una contorsión deforme y tus brazos, las ramas sacudidas a manotazos a causa de tu torpeza.

Mira que eres burro, ¡no hay quien pueda contigo!

Sonreirás mostrando la dentadura graciosa por su deformidad. Ante esa mirada infantil y esa sonrisa estúpida, desistirán.

Anda, vete a pedir un cigarro y me lo traes.




No lo sorprenderá el sol en su breve sueño. Se levantará cuando sienta a su padre trajinar por el corral.

Otra noche que no te has metido en la cama —amenazará con regañarlo, pero desistirá convencido de que su enfado no servirá de nada.

Tus hermanos se espabilarán lavándose la cara en la palangana. Tú no sentirás necesidad de desterrar el sueño, porque no ha tomado aposento en tu inquieta mente. Esos breves momentos de pérdida de conciencia serán un tiempo neutro en el que no encontrarás compensación al espíritu atrabiliario que maneja tu voluntad. Sin embargo, te dejará una serenidad concentrada que respetarán. Es tu vida, Ojosvivos. Es tu lucha.

El trabajo no será una desdicha: acudirás a la cantera junto a tus hermanos. Formáis una cuadrilla alegre… Para tu desgracia, la fatiga huirá de ti, al igual que el hambre, la sed… Sobrellevarás las molestias sin que se te note la resignación. Tu discurso será sereno y acertado, incluso, cuando bromees. No perderás el aplomo ni en las parrandas. Tu cuerpo es el álamo duro y firme que nace en el berrocal donde se nutren tus raíces. Soportarás todo y te entregarás sin reservas. Pero tu mente es un negro manantial de aguas frías donde tu conciencia se sumerge para salir a duras penas a flote. Sentirás la humedad oscura de tu mente calando cada una de tus moléculas hasta que te entre una tiritona incontrolable. Entonces, todos se asustarán.




Hubieras preferido regresar al anochecer, cuando nadie contemplara tu vuelta, pero debías ponerte en camino a una hora prudencial para que tu padre pudiera llegar a casa desde las viñas antes de que oscureciera. Menos mal que tu cuerpo escuálido y el diminuto pollino se deslizan por las callejuelas sin que nadie se fije en vuestra estampa. Tú, en cambio, oirás las discusiones de los jugadores de cartas en las distintas tabernas por las que pasas; también, el sonido seco del impacto del canto en la madera reseca de encina de la calva; o las animadas tertulias de aquellos que sentados en los grandes poyos de la fachada observan el pasar de las mozas cogidas del brazo. Cuando salgas del casco urbano, quedará tan solo el eco de esos sones apagados de aquellos que disfrutan de un día de descanso, mientras tú retornas al eremitorio por otra semana de soledad, de aburrimiento, de ardor inaguantable por el día y de húmeda marea que cala en lo más profundo de ti en las madrugadas lentas y desamparadas.

Tu padre te estará esperando en la peña más alta a la que haya podido subirse para otear tu vuelta. Lo verás desde lejos. Su escasa estatura parecerá aún más menguada al verlo encaramado en la roca. A medida que te aproximes, verás sus inconfundibles rasgos que configuran su persona única: su gran boina negra sobre su diminuta cabeza, sus grandes orejas de elefante, su tiznado rostro ratonil…

Las fórmulas de contacto entre vosotros no existirán. Te apearás del asno y él lo conducirá a una piedra que realice las funciones de muelle para montar sobre el lomo del animal. Sin despedirse, lo verás espolear a la pobre bestia para que avive el trote.




Aunque no habrá almorzado, el regalo caído del cielo templará su ánimo, si bien, después de recoger el haz, sentirá recelo de que no fuera para ella y de que un vecino le reclame la leña. Sin embargo, nadie ha llamado a tu puerta a demandarte nada. Por eso, saldrás y mirarás hacia cada lado de la larga calle, rumiando dónde te dirigirás, eligiendo al vecino que no te despachará con cajas destempladas. En tu casa no habrá nadie que te acompañe; tampoco, hazana con la que entretener el tiempo. Las cuatro paredes de tu estrecha vivienda te oprimirán y te incitarán a merodear por el barrio. Muchas veces te meterás donde no te llaman, pero no por eso te arredrarás y, por tu experiencia, no errarás tus pasos.

Buenos días nos dé Dios —saludarás a la madre de cuatro niños de corta edad.

Buenos días, Dosia.

La verás desesperada cuidando a los hijos.

¿Quieres que te eche una mano?

No esperarás la respuesta de la madre. Sabrás que su incapacidad para atender a sus vástagos es un deshonor con el que no está dispuesta a cargar. Por eso entrarás sin que te responda ni te encargue nada. Al niño de cuatro años que se está vistiendo, lo ayudarás poniendo el jersey del derecho; se lo meterás por la cabeza y lo guiarás para que el brazo acierte en la manga. Lo acompañarás a la pequeña mesita en la que le espera el tazón de sopas y lo animarás con envidia a que se lo tome lo antes posible para que le dé tiempo de llegar puntual a la escuela. Con tu presencia, el alboroto se apaciguará y los críos obedecerán las órdenes de su madre. Cuando esta haya acabado de atender al niño de teta, te lo entregará para que lo tengas en brazos, mientras retira el ropón empapado en orines y lo sustituye por uno seco. Cuando la cuna quede lista, se lo devolverás para que lo recueste. Observarás la cocina sucia y tomarás la escoba. El agua de la palangana de lavarse los dos mocosos que ya han marchado a la escuela la arrojarás a la cuneta; la toalla la tenderás en el respaldo de la silla arrimada a la lumbre. Colocarás la pastilla de jabón en su cajita de latón y limpiarás de pelos el peine arrojándolos a las llamas. El que no está en edad escolar esperará en la cama a que le preparen la ropa.

No te preguntará si has metido algo en el cuerpo, pues para ti responder que no es tan humillante como para ella reconocer que no es capaz de atender a sus vástagos.

Venga, Dosia, acaba las sopas que ha dejado ese mocoso… Siempre igual, no es capaz de apurar lo que se le sirve…

Con esos restos del tazón, te sentirás satisfecha y darás gracias a Dios por haberse acordado de ti esa mañana.





Pocos se acordarán del padre de Hombrecito. Él mismo no lo recordará y, con el tiempo, también olvidará a su madre. Mientras tanto, ella será la dueña de su vida, bien porque lo siente así, bien porque él no se hace cargo. Él heredará de la línea materna la delgadez y la escasa estatura. En cambio, no se parecerá a su madre en la imperiosa necesidad de estar en movimiento (entrando, saliendo, yendo de un lado para otro, realizando varias tareas a la vez). Hombrecito será un niño tranquilo que desquiciará a su progenitora. Con paciencia soportará los continuos mandatos que ella le da; no importa que sean contradictorios, pues sufrirá con estoicismo sus inconsistencias. Si lo manda a jugar para quedarse sola, el niño saldrá a la calle o se sentará en el poyo; si le ordena entrar, se acurrucará en el pequeño escaño corrido de la cocina. Si le dice que no vale para nada, se lo creerá; si lo compara con el padre por su cobardía, no le replicará, ya que no sabe lo que es la valentía y no tiene recuerdos de él. Si se lamenta de su mala suerte al casarse, la compadecerá al compartir con ella las necesidades que sufren. Si la oye decir que más le valdría estar muerta, entonces, no se atreverá a llorar y su corazón se contraerá casi sin permitirle respirar… Solo el maestro lo mimará por su inteligencia y porque no es como los demás. Fuera de la escuela, habrá de sobrellevar la opinión de todos sobre su apocamiento y resistir sin rechistar la risa que provoca en los demás niños. Será en estos momentos de acoso cuando su madre se transforme en su protectora. Al verla como adalid de la honra familiar, Hombrecito será feliz por unos momentos.


Pelotón de cola 6

  Tú sufriste las desgracias que acaecieron a los demás. Primero el accidente de moto de tu hermano. ¡Mala suerte! Se le topó él. No fue en...