Citrullus lanatus, comúnmente llamada sandía, es una especie de la familia Cucurbitaceae. Es originaria de África. Se cultiva por todo el mundo debido a su fruto.
Es una planta herbácea anual, trepadora o rastrera, de textura áspera, con tallos pilosos provistos de zarcillos y hojas de cinco lóbulos profundos. Las flores son amarillas, grandes y unisexuales; las femeninas tienen el gineceo con tres carpelos y las masculinas, cinco estambres.
El fruto es grande -normalmente más de 4 kg-, carnoso y jugoso -más del 90% es agua-, casi esférico, de textura lisa y sin porosidades, de color verde en dos o más tonos. La pulpa es de color rojo —por el antioxidante licopeno— y de carne de sabor generalmente dulce (más raramente amarilla y amarga).
Las numerosas semillas pueden llegar a medir 1 cm de longitud. Son de color negro, marrón o blanco y ricas en vitamina E. Se han utilizado en medicina popular y también se consumen tostadas como alimento.
La mayoría de la gente ha dejado de plantar sandías en mayo, y no es porque las que el campo producía fueran de mala calidad; todo lo contrario, sin ser ejemplares de grandes dimensiones, eran dulces, aunque tardías en su maduración. Si las siembran quienes aún se arriesgan, las ponen en cercados con altas tapias y próximos a la vivienda particular o en los parajes más recónditos y alejados del pueblo. Si no es así, saben que la cosecha que recolectarán será escasa y continua fuente de disgustos por los hurtos de los que serán objeto. El plantador, ya retirado del trajín laboral, se aferra a la ilusión de una cosecha abundante. Pasará en la parcela los días y algunas noches, cuando el fruto vaya madurando. Oculto en una cabaña cónica de ramas de piorno dormitará y desde allí vigilará que ningún intruso le robe el fruto redondo. Mas bastará un descuido en el momento óptimo de maduración para que se produzca el asalto. No tardará en descubrir las roderas del vehículo que se ha llevado su bien más querido. Esa será la última temporada que plante un melonar. Su mujer y sus hijos le desanimarán después de soportar los continuos berrinches que pueden afectar a su salud.
Cuando las parcelas de sandías eran más numerosas, no era tan arriesgado poner las semillas en tierra en el momento en que el terreno había acumulado la humedad necesaria para que germinaran bien entrada la primavera. Todos sabían que, pese a las menguas, acabarían recolectando tantas sandías como para hartarse y regalar a los más allegados. Los mismos propietarios obsequiaban con ellas a los ganaderos que pastoreaban por las cercanías y les animaban a que cortaran una sandía, aunque él no estuviera presente, cada vez que la sed les apretara. Incluso, aceptaban con estoicismo que los muchachos les asaltaran por la noche o una tarde dominical. Lo que peor se soportaba era que no supieran distinguir las que ya se podían consumir de las que aún estaban pepinas, por lo cual arreaban con más ejemplares de los que comían. Los peores eran los jóvenes, aquellos que trasnochaban como lobos. Llegada la temporada, cuando las tabernas cerraban, se dirigían al melonar que más fama hubiera adquirido gracias a que la voz se corría entre ellos: unas veces era el del tío Gallo por las Carreras, o el del tío Fernando por la Nava de Peñalba o el de Juanito por el puente de los Vallares…
Al tío Pantaleón le había tocado la perra chica ese verano adelantado. En las eras quedaban solo los montones de paja y de grancias de los más rezagados. El hombre se había animado a sembrar una tierra cercana al camposanto.
-Ya te advertí que iba a ser para disgustos —le dijo la mujer al observar que se preparaba para salir de casa.
-A estos malnacidos les voy a dar un buen escarmiento.
-¿No te llevarán el horcón?
-Hombre, no hay más que hablar.
-¿No será mejor que te acuestes y dejes las cosas en paz?
-No podría dormir pensando que esos canallas andan entre las matas catando las sandías.
-Déjalos y que se harten…
-Pero serás fatuta… ¿Después de las palizas que me he dado a cavar voy a permitir que cuatro desgraciados me hagan el estropicio que me hicieron la noche anterior?
La tía Milagros intentó disuadir a su marido sujetando el mango de la herramienta.
-A ver si vamos a tener sones…
El tío Pantaleón salió de casa sin despedirse de su mujer y sin cerrar la puerta. La noche estrellada inundaba de luz las calles. Caminaba arrimado por la parte sombreada, rehuyendo el encuentro con alguien. En vez de cruzar por la plaza donde seguro que había gente en los bares, la rodeó por la calle estrecha de la Vida y de la Muerte. Al pasar por la iglesia, buscó la gigantesca sombra negra que proyectaba la torre y la nave. Al atravesarla, su figura quedó engullida por la sombra. Solo se le vio de nuevo cuando se aproximó a los lavaderos, donde el cantar del agua le advirtió que a partir de ese momento que se alejara no oiría ningún rumor, pues se aproximaba al cementerio. Sin embargo, una lechuza ululó entre los sepulcros. El hombre caminó decidido; no era medroso, menos cuando iba a defender lo suyo. La tapia norte del cementerio lo engulló en su negrura fresca. Por allí corría una brisa que bajaba del berrocal y una corriente soterrada que brotaba en la fuente de los lavaderos. Superado el recinto mortuorio, se aproximaba a su finca con cautela, por si ya había algún ladrón. Antes de dirigirse a la portera, asomando la cabeza por encima de las piedras del muro, comprobó que no había nadie, pero reparó que había un portillo.
-Estos miserables me van a tirar la pared —dijo para sí, mirando a las vigilantes estrellas que se desentendían de sus cuitas.
Con sus escasas fuerzas, levantó las piedras que los ladrones habían tirado para rebajar la mayor altura de la tierra con respecto al camino.
-Ay, cómo os coja, os podéis preparar. No se os volverá a ocurrir ir a por lo que no es vuestro —continuaba quejándose como si le pudieran oír los que le iban a robar.
Recorrió el muro adelante hasta llegar a la portera. Retiró uno de los travesaños para adentrarse en el melonar y lo volvió a poner en su sitio. Atravesó la tierra deteniéndose en las matas para contemplar con placer los redondos frutos que se camuflaban en los surcos. A algunos los arropaba con hierbajos de amapolas y de junqueras para protegerlos de las alimañas. Llegó al corro de encinas que se situaba al otro extremo de la parcela. Este sería su puesto de vigía, oculto entre los retorcidos troncos de los árboles, arropado por la penumbra caliente de la hojarasca. Se recostó en uno de ellos desde donde contemplaba toda su heredad. Transcurrió un tiempo sin que apareciera nadie. Entornaba los párpados y daba cabezadas, hasta que terminó rendido por un sueño impecable.
Los tres salían de la taberna de El Tuerto. En la barra solo quedaban los hermanos Toalla apurando los últimos chatos de vino que la mujer del vinatero les despachó con la condición de que se fueran a su casa cuando los acabaran.
-Hasta mañana, majos —despidió la mujer a los muchachos al cruzar el umbral.
-Hasta mañana —respondieron al unísono.
-¿Qué hacemos? ¿Nos recogemos? —preguntó Modesto.
-Yo no tengo sueño —dijo Mateo.
-Tú nunca tienes prisa por la noche —le reprochó Lucio.
Caminaron carretera arriba.
-Bueno, nos echamos un cigarro y nos vamos —propuso Mateo.
-Tú serás el que te lo eches, que nosotros no probamos el tabaco.
Se sentaron en la solanera del tío Nicolás. Las piedras aún guardaban calor. Se quedaron sin hablar, mirando el cielo estrellado y el recorrido vertiginoso de algún destello estelar.
-¡Qué bueno hace!
-Da pena acostarse tan temprano con una noche como esta.
-Yo tengo que madrugar, que las vacas no saben de días de fiesta.
-Este año dicen por ahí que el que tiene buenas sandías es el tío Pantaleón.
-¿Por dónde tiene el melonar?
-Al lado del cementerio.
-Buff, por no ir por allí, se perdonan las sandías.
-¿Te da miedo?
-Miedo, miedo, no, pero no sé qué me da.
-No seas un cagainas.
Hablaban con la calma espesa de la noche. Solo se oían, muy lejos, los ladridos del barrio de la estación.
-Venga, que no tardamos nada. Nos comemos una sandía y para casa.
-¿No será muy arriesgado, teniendo en cuenta que el tío Pantaleón estará más quemado que la pipa de un indio si todos le asaltan a él?
-No creo que se le haya ocurrido la idea de vigilar el melonar a estas horas.
-Vete a saber…
-De todas maneras, ¿nos va a asustar un anciano en el caso de que esté en la tierra?
-Está bien; venga vamos, pero no nos entretenemos mucho.
Al llegar a los lavaderos, el rumor del agua y la cercanía del cementerio hicieron que su conversación languideciera. Miraron un instante hacia la puerta. Por los barrotes distinguieron las cruces de los monumentos más opulentos. Los cipreses, enhiestos, les apuntaron al corazón con su sombra.
-Los putos cipreses… Imponen más que las sepulturas.
-Calla, que nos acercamos.
-La verdad es que se le quitan a uno las ganas de sandías por no andar a estas horas por aquí.
El camino que transcurría paralelo al tapial quedaba ennegrecido. Avanzaban con cuidado, evitando los lanchares y socavones producidos por las torrenteras en el camino durante la reciente tormenta de finales de agosto.
-Esto está para matarse.
-Y no se ve nada.
-Al final del cementerio, hay más claridad.
-¿No puedes apagar el cigarro de una vez?
Mateo aplastó la colilla con el pie.
En silencio se aproximaron al cercado. El desnivel del camino más la pared de más de un metro los ocultaban de la vista de un hipotético vigilante. Asomaron la cabeza para cerciorarse de que no había nadie.
-Vamos.
-Espera un poco hasta asegurarnos.
Treparon poniendo los pies en los huecos entre las piedras del muro.
-¡Qué cojonudas son!
-¡Calla!
Modesto seguía de pie, sin catar mediante unos golpecitos con los nudillos si la fruta sonaba a hueca.
-Callad, os digo que os calléis y que no os mováis.
-¿Qué pasa?
En sueños aún oyó murmullos y se espabiló. Sin moverse, afinó la vista a ver si descubría a alguien. La claridad de la luna no le permitió distinguir con nitidez ningún bulto que sobresaliera de las sombras. Sin embargo, se rebulló procurando hacer el menor ruido posible, y a gatas se dirigió por el corro de encinas hasta la pared, en el extremo alto de la finca. La oscuridad proporcionada por el muro permitía que su figura se camuflara. Se detuvo a ver si podía averiguar de quién se trataba; estaba convencido de que le robaban. Se quedó paralizado, calibrando cuál era la mejor estrategia para sorprenderlos. No podía permitirse mucho tiempo sin tomar una decisión, pues en el momento en el que hubieran elegido las sandías, se marcharían. Continuó avanzando un poco más, bien arrimado a las piedras del paramento. Aún se encontraba a cincuenta metros de la punta donde buscaban. Antes de situarse en la pared que seguía la línea del camino, se paró por un momento: la luna lo descubriría. Se arriesgó a continuar arrastrándose.
-Me ha parecido ver una sombra —advirtió Modesto.
Por un instante, los otros se incorporaron y se cercioraron si era cierto.
-Yo no veo nada.
-¡Que sí! ¿No veis como avanza una sombra?
-No.
-Alto, ladrones —voceó el tío Pantaleón cuando se sintió descubierto.
-Vámonos, dejad las sandías —conminó Modesto a sus amigos.
-Ese no es el tío Pantaleón.
-Parece que lleva un horcón.
Consiguieron calibrar la situación antes de emprender la huida. De un salto se situaron en el camino.
-¡Ay, como os agarre! Me las pagaréis todas juntas.
Lucio miraba atrás a ver si les seguían. Comprobó que su perseguidor seguía su estela por el camino. Apretaron a correr. Llegaron a los lavaderos, mientras su perseguidor acababa de sobrepasar el camposanto. La luz era más intensa en ese claro y se convencieron de que efectivamente portaba una herramienta que izaba mientras les advertía:
-¡Hijos de mala madre, así os parta un rayo y os ase vivos!
-Por las afueras, que si vamos por la iglesia, alguien nos puede reconocer y decírselo —propuso Lucio.
En la bifurcación, se dirigieron por los corrales y las cijas hasta el pilón de Lucillo. Por las eras del Porquero, repararon en que Mateo no les seguía.
-¡Hijos de la gran puta, id a robar a vuestros padres! —continuaban las amenazas y la voz no se quedaba atrás, como si no fueran capaces de poner tierra de por medio.
Se detuvieron un instante para recuperar el aliento.
-Vamos, no podemos quedarnos.
-¿Y Mateo?
-Habrá tirado hacia el pueblo por la iglesia.
-¡Desgraciados, os voy a matar como os pille!
Lucio corría por delante de Modesto. Al alcalzar el pilón de Lucillo, se detuvo a esperarlo. Todavía se oía vocear al tío Pantaleón, que seguía su pista, pero la distancia era mayor.
-No, no vayas por las eras de Lucillo, vamos a rodear todo el pueblo.
Modesto jadeaba, sin aliento. El guardés no desfallecía.
-Vamos —le animó Lucio.
Por los muladares dejaron de oír los improperios; no por eso desistieron de correr. Así continuaron hasta llegar al caño de El Santo. Allí no les quedó más remedio que dirigirse por la carretera hacia el casco urbano. Cuando alcanzaron El Cerrillo, Modesto dijo:
-Para, no puedo más.
Y vomitó. Lucio esperó a que se le pasaran las arcadas. Su cara estaba pálida y no le salían las palabras, aunque se incorporó.
-Vámonos a casa —propuso Lucio.
-No, espera un poco.
Modesto recobró paulatinamente la respiración normal.
-No podemos ir. Seguro que el tío Pantaleón se ha dirigido desde el pilón de Lucillo al pueblo y puede estar dando vueltas a ver si hay alguien sospechoso deambulando. Mejor, vamos por el Cerrillo a la estación y dejamos pasar el tiempo hasta que se canse y se acueste.
Los dos ascendieron por el camino que serpenteaba. En la pequeña cima realizaron un alto para escuchar. No oyeron ningún ruido extraño, excepto los propios de la nocturnidad: perros que no dejaban de aullar. Mientras caminaban:
-¿Qué habrá sido de Mateo?
-¿No le habrá sucedido algo?
-Por las voces del tío Pantaleón, no parece que lo haya pillado.
-Mejor así…
-Seguro que no ha sido tan miedoso como nosotros y no ha rodeado todo el pueblo y ahora ya duerme a pierna suelta.
-Joder, a mí me ha dado mucho miedo. Me parecía un hombre joven, tal vez alguno de sus yernos.
-La verdad es que corría demasiado para ser el tío Pantaleón.
Al llegar a la estación, descendieron hacia el pueblo. En el casco urbano, andaban con temor de que alguien los viera. Los bares ya habían cerrado. Por no pasar por delante de la vivienda del damnificado, se desviaron hacia la plaza. Allí se despidieron, tirando cada uno para su casa.
Al día siguiente, domingo, Lucio, antes de ir a misa, fue a buscar a Modesto.
-¿No habrás sabido nada de Mateo? —le planteó a su amigo camino de la iglesia.
-No, no he salido de casa.
-Ya, yo tampoco… No he pegado ojo pensando en él.
-Igual yo. No podía quitarme de la cabeza que le hubiera pasado algo y que hicimos mal en no dar una vuelta antes de acostarnos a ver si lo veíamos.
Llegaron a la plazoleta de la iglesia cuando no eran muchos los mozos congregados. La mayoría fumaba mientras esperaba y departía unos con otros. Los dos amigos, antes de integrarse en un corro, escrutaron a los congregados.
-Nada, no está.
-Es temprano, solo han dado la segunda.
Al rato comenzó el esquilín. La mayoría de los feligreses entraban en el templo. Los mozos aún apuraban sus cigarros.
-¿Será posible? —se alarmó Lucio.
-A este le ha pasado algo, ¡ya verás!
-¿No entráis? —les preguntó alguien.
-No, esperamos a Mateo. ¿No lo habrás visto esta mañana?
-No, qué va.
Se quedaron solos junto a otros que parecían no mostrar intenciones de oír misa.
-¡Por fin! Allí se le divisa.
Mateo caminaba sin prisa y fumaba.
-¿Dónde te has metido, macho? —le recriminó Modesto.
-Nos tenías preocupados.
Al recién llegado se le esbozó una insignificante sonrisa. Lucio le dio una palmada en la espalda.
-¿Estás bien, no?
-Sí, más o menos.
Su palidez habitual blanqueaba más esa mañana.
-¿Qué te pasó anoche?
-Sentí un pinchazo en el costado —se señaló con la mano— que me impidió correr. No tuve más remedio que saltar a las eras del Porquero y tumbarme en la hierba para que no me viera. Pasó a mi lado. No sé cómo no me descubrió.
-¿Viste quién era? —preguntó Lucio.
-Sí, el tío Pantaleón.
-No me lo puedo creer. Si corría una barbaridad…
-Ya.
-¿Y llevaba un horcón?
-Ya lo creo. Y si hubiera alcanzado a alguno, no sé qué hubiera ocurrido.
Mateo dio unas caladas y los tres permanecieron en silencio. Después de tirar la colilla, dijo:
-¿Sabéis lo mejor de todo?
-No.
-No.
-Que esta mañana, a primera hora, el tío Pantaleón se ha presentado en mi casa con un carretillo de sandías... para regalárnoslas.