La ciudad se agita como un animal a
punto de morir. Por sus calles borbotean sus habitantes arropados con
abrigos superpuestos para aliviar las temperaturas gélidas. El cielo
opaco parece a punto de aplastar los edificios apagados. El humo de
los fuegos repartidos por doquier en las aceras está en suspensión,
como ropa andrajosa entre las fachadas. El silencio reina a
consecuencia del agotamiento de sus habitantes. Ha sido demasiado
tiempo pasando hambre y no queda la última esperanza del grito y de
la maldición, solo el silencio adocenado como norma aceptada por
todos. No hay nada que decir, sino hacer, si se puede; si no, lo
mejor es permanecer lo más arrimado posible a uno de los fuegos para
no morir de frío.
Marx atraviesa las arterias adormecidas
intentando llegar a su bloque de viviendas. Avanza a buen ritmo
sorteando las fogatas y los grupos repartidos alrededor. Lleva
motivos para albergar una ilusión y el tiempo es fundamental para
conseguir lo que se ha propuesto. De momento, porta una bolsa de
plástico blanca, que transparenta la sangre fresca de una liebre.
Necesita llegar a casa cuanto antes para saciar el apetito. Se recrea
imaginando su preparación: aprovechará los últimos granos de arroz
y los añadirá al rehogado de la carne sin lavar para que la sangre
dé sabor al cereal. Invitará a su amigo Ton, ya que este será su
último festín en la ciudad. Cuando sacie el hambre y se despida de
su antiguo compañero de taller, intentará salir, más bien, huir de
esa ciudad asediada por las inclemencias de un cielo castigador. No
hay ningún motivo para permanecer. Si tiene que morir prefiere
hacerlo buscando una esperanza.
Su marcha se acelera al acercarse a su
destino. Deja las avenidas y se adentra en las cuadrículas de
manzanas más pequeñas. Las calles son más estrechas y las aceras,
diminutas, en esa ciudad caótica. El olor a sangre de animal endulza
el ambiente. Pronto descubrirá su procedencia. En un callejón sin
salida cuelgan de travesaños encastrados en las fachadas una
colección de animales desollados. Parecen cerdos pequeños, pero
cuando observa la piel peluda a punto de ser sacada por el morro de
uno de ellos, comprueba que son jabalíes. Se detiene y se adentra en
ese matadero improvisado, donde las gentes se afanan en extraer las
vísceras malolientes. Un pequeño reguero evacua lentamente la
sangre que chorrea de los cuerpos colgados. Solo observa el
espectáculo de la carne caliente, de los vahos que se desprenden y
de la suavidad de los humores que rodean los órganos internos y los
destellos de las mantecas. Mira cada uno de esos animales y el brillo
en los ojos de sus descuartizadores.
Compara la liebre
ensangrentada que porta en la bolsa y la abundancia de magro, y se
siente pequeño, desvalido. No es envidia, es incomprensión de una
realidad desigual: unos se van a dejar morir lentamente acurrucados
al lado de una hoguera que cesará de arder cuando ya no haya más
madera que arrojar; otros, como los moradores de ese callejón, se
lanzan en busca de lo que sea con tal de llevarse algo a la boca. Él
no es como ninguno de ellos. Quiere huir y va a aprovechar ahora que
ha conseguido esa larga y delgada liebre para saciar el hambre.
A escasos metros del portal, comprueba
que las ventanas se iluminan. No solo es en su edificio, hay algunos
más en los que ha vuelto la luz eléctrica. Sin embargo, la
corriente va y viene. Al entrar en el vestíbulo de su bloque de
apartamentos, se fija en la bombilla amarilla del cuarto del portero
que pende iluminando un espacio vacío. Mira alrededor a ver si
encuentra al empleado. Al no verlo se dirige al ascensor. Abre la
puerta y antes de introducirse, aparece el hombre y se cuela en el
habitáculo como si se hubiera transformado en una lombriz que
saliera del suelo. Le dice a Marx que solo va al primer piso y que
rápidamente puede utilizarlo él. Se queda con la boca abierta por
su descaro. Se lamenta de haber perdido la ocasión de comunicarle
que abandonará su apartamento y que a lo largo del día le entregará
la llave. Al instante reflexiona que era una formalidad absurda dados
los acontecimientos extraordinarios que viven. El ascensor vuelve al
portal y cuando Marx se dispone a entrar, se adelanta un hombre mayor
y los dos se quedan atascados en el marco de la puerta. Ambos se
enfrentan. Marx espera que el viejo se disculpe; él era el que
estaba primero, pero no lo hace y lo mira mal, como si él fuera un
joven irrespetuoso. Se trata de un hombretón, con mal jetuño, que
le saca más de una cabeza, pero Marx no se amilana. Los dos terminan
entrando al mismo tiempo en la cabina. Se deben apretar para que
quepa la que parece su señora, que tiene cara también de mal humor.
Consiguen acomodarse y cerrar la puerta. Marx se dirige al cuarto
piso; ellos han presionado el botón del sexto. Se alegra de bajarse
primero y no compartir planta con unas personas tan desagradables y
mal educadas. Sale sin bloquear la puerta del ascensor, para que sean
ellos los que se molesten en cerrarla.
El pasillo largo que conduce hasta su
apartamento termina en un ventanal por el que aparenta colarse una
claridad más intensa que la que había en la calle. Marx se pregunta
si será un síntoma de que las condiciones atmosféricas están a
punto de cambiar, pero, a medida que se acerca al final, comprueba
que es una falsa percepción. A esa altura el cielo sigue siendo
exactamente igual de turbio que en la superficie.
En su apartamento siente el mismo frío
que en el exterior, por lo que no se quita uno de sus abrigos. Se
frota las manos para entrar en calor, también para darse ánimos en
el momento en que comienza a cocinar. Espera que el combustible que
le queda sea suficiente para terminar la cocción del guisado. Pone
agua en la cazuela para que se vaya calentando, mientras trocea la
pieza. Termina con las manos manchadas y el suelo con gotas de sangre
que siguen cayendo de la liebre. Cuando el guiso comienza a cocer,
decide salir en busca de su amigo. Ton vive en la misma planta, pero
a la otra punta del edificio circular. No quiere dejar sola su
vivienda mucho tiempo, no sea que alguien, guiado por el olor, entre
a apropiarse de la comida. Antes de echar a correr, comprueba que la
luz que se cuela por la ventana ha disminuido con respecto hacía
unos instantes. Pese a no ser más de la una de la tarde, parece que
está a punto de anochecer. La luz eléctrica se ha vuelto a ir, por
lo que parte del recorrido lo hace casi a oscuras. Golpea la puerta
de Ton. Le tranquiliza diciéndole que es él, Marx. Le oye cómo
arrastra los pies. Comprueba por la mirilla que se trata de su amigo.
Le abre la puerta. Los dos se abrazan sin decirse nada. Al verlo con
un solo jersey gordo, Marx se percata de que estaba acostado en la
cama. La bola de mantas y abrigos es una pesada lápida en la que Ton
se ha enterrado antes de dejar de respirar. Ya no espera nada, pero
Marx le insufla ánimo. Ha conseguido carne y aún hay tiempo para
luchar. Él lo va a intentar, no piensa quedarse en Boston a que un
milagro les devuelva la ilusión y el deseo de vivir. Él quiere ser
el promotor de su propia salvación. Le anima a que se una a él, que
los dos, como hermanos, busquen una salida. Ton lo escucha y envidia
la desconocida energía de su amigo, pero él ya está en un estado
de postración y apatía que le impide valorar la vida. No le importa
dejarse ir lentamente. No tiene prisa por que la muerte se retrase,
por eso acepta la invitación de Marx a trasladarse a su vivienda. No
cree que pueda comer ese guiso de carne dura y salvaje, pero
acompañará a su amigo antes de que los dos se separen.
Marx se ha propuesto que esa comida no
solo sea para saciar el hambre de ambos, quiere que sea una
celebración para conmemorar el comienzo de su salvación: pueden
salir de la ciudad, si se lo proponen. Ton le deja que se ilusione;
sabe que, si su amigo está seguro de que los dos emprenderán la
huida, es más probable que él consiga salvarse. Mientras, Marx
dispone dos platos y cubiertos sobre la mesa y arrima sillas para
disfrutar de la comida relajadamente. ¡Cuánto hace que no se
deleita con una comida sentado! Por eso, aunque el guiso sea
sencillo, quiere que su degustación sea una invitación a volver a
las buenas maneras a la hora de comer. Le sirve a Marx un plato
caldoso con arroz y las piezas de carne más jugosas y espera a que
lo pruebe antes que él. Su colega, con asco a cualquier bocado,
intenta complacerlo. Sorbe un poco de caldo. Contra todo pronóstico
no le desagrada. Marx parte una de las patas para comprobar cómo ha
quedado la carne. Como supone, está dura. La liebre necesita mucha
cocción, pero no hay tiempo para postergar el hambre ni la partida.
Anima a Ton, mas su amigo no es capaz de triturar el amasijo fibroso
que ha extraído de una costilla. Para no decepcionarlo, intenta
masticar los granos de arroz. Marx recoge los suyos del plato y de la
cazuela para que, por lo menos, coma el cereal.
Al ver la inapetencia de su compañero,
Marx olvida el hambre y deja en la cazuela más de la mitad del
guiso. Pese a casi a no haber comido, mete prisa a Ton para que
recoja de su apartamento lo más preciso y salir aún que había una
tibia luz. No puede, le gustaría acompañarlo, pero ya no le quedan
fuerzas y desea disfrutar de la calma serena con la que espera el
final. No puede ser, le desafía Marx; tienes que realizar un último
esfuerzo. Pero Ton solo camina hasta llegar a su apartamento. Marx lo
acompaña y lleva en jarras la cazuela con los restos de liebre para
que su amigo pueda comer si se arrepiente y es capaz de salir de su
desfallecimiento. Los dos se abrazan. No será por última vez, le
promete Marx. Ton acepta la propuesta para insuflarle fuerzas y sea
capaz de huir.
Tan solo ha tomado las prendas de abrigo
y una navaja antes de abandonar su apartamento. Baja de prisa las
escaleras. El hall está a oscuras. Llama al portero para entregarle
las llaves, pero nadie responde. Se acerca despacio a su habitáculo.
Tiene la puerta abierta; vuelve a pronunciar su nombre. Al no
aparecer nadie, deja sobre su mesa las llaves.
Vagamente había ideado un plan de fuga
alternativo al que suponía realizaría la mayoría de los que
querían escapar. No saldría por alguna de las carreteras que
partían de la ciudad. Su plan era buscar una vía de tren y huir
siguiendo los raíles. No tiene idea de por qué esta opción es
mejor que la de ir por alguna carretera, pero su determinación es
firme.
Anda por una ciudad interminable. No se
atreve a preguntar para que le orienten, no sea que quisieran saber
los motivos por los cuales se encamina allí. Hasta ese momento no
había visto cadáveres, pero en esos aledaños encuentra cuerpos
abandonados que nadie se molesta en retirar. Ese olor pútrido le
impele a alejarse y a acelerar el paso. Al divisar las primeras
señales de los descampados, siente alivio. Y pronto da con las vías.
Cuando está sobre las traviesas, en el medio de ese camino férreo,
mira a uno y otro lado. Detrás queda Boston, al que ya no ve, porque
la masa polar lo está a punto de devorar; de frente, un horizonte
negro que no puede vislumbrar. En el medio, él. Por primera vez
siente la compañía despiadada del pánico. No es nada perdido en la
oscuridad, enfilándose a un destino incierto, pero debe comenzar a
caminar. Antes de ponerse en marcha, siente también una fatiga que
hasta el momento lo había engañado, creyendo que sus fuerzas
estaban intactas. El desaliento se manifiesta en la sequedad de su
boca y labios, pese a la pegajosa niebla. Se sienta e inclina la
cabeza hasta tocar con la oreja el helado acero. Está inerte. No
transmite ninguna vibración que denote la marcha de algún convoy.
De pie, comienza el viaje. Para asegurarse de que no se despeña,
camina por el medio de los dos raíles, procurando que su ritmo se
adapte a la distancia entre los maderos a los que están ancladas las
largas barras de hierro. Su caminar es titubeante porque esa
frecuencia no se amolda a su paso natural, lo que le supone una
concentración que lo irrita. Avanza con la sensación de que la
distancia que recorre es muy pequeña.
No vislumbra nada a ambos lados. Solo
oye el tenue rumor de una corriente de agua, por lo que supone que se
halla atravesando un puente. No quiere confirmarlo, no vaya a
precipitarse al vacío. De vez en cuando, se detiene un instante y se
sienta en un raíl. Antes de incorporarse testa el hierro frío con
su oído, pero no hay indicio de que se aproxime una locomotora. Cada
paso que da es producto de un esfuerzo que lastra las reservas de
energía, pero no puede detenerse ni echarse a reparar el sueño, que
cada vez resulta más irresistible. Solo cuando un amanecer tardío
ilumina tenuemente las cercanías, desciende del terraplén en busca
de un abrigo donde cobijarse para dormir.
Se acurruca para mantener el calor y
consigue dormir un rato, pero el entumecimiento de brazos y piernas
le produce un dolor que lo despierta. Se estira. La iluminación
aparenta ser más intensa, mas, después de unos instantes, se
convence de que no difiere a la de días pasados: una minúscula luz
que desorienta en el espacio y en el tiempo. Supone que debe haber
entrado bien la mañana, pero no lo puede confirmar.
De nuevo asciende el terraplén hasta
alcanzar la plataforma artificial por donde transcurre el trazado
ferroviario y reanuda la marcha. No lleva mucho tiempo caminando
cuando se detiene de repente. ¿En qué dirección avanza? ¿Se aleja
de Boston o retrocede al punto de partida? No está seguro de que
cada uno de sus pasos le conduzca a un anhelado destino en el que el
sol brille. La línea es por completo llana; no recuerda ningún
detalle del paisaje, en el supuesto de que retrocediera. Solo el
breve rumor de una corriente de agua. Si bien, puede que su sentido
del oído le hubiera jugado una mala pasada y fuera fruto de su
imaginación. Considerando la cuestión con objetividad, era bastante
infundada la sospecha de que el agua corriese y no estuviera todo el
curso helado.
Reanuda
la marcha, ya sin la
ilusión de saber que huye. Solo confía en la buena suerte, pero su
ánimo no le confirma que esté de su lado.
El hambre gatea en su estómago
causándole pinchazos dolorosos. No se detiene creyendo que el
movimiento consigue mecer ese animal que lo devoraba por dentro. Con
todo, lo peor es la sed. Da bocados al aire tratando de tragar esa
humedad gélida que lo presiona, pero solo consigue meter una
corriente cortante que lo hincha.
Camina, camina… Intenta distraerse
para aliviar sus penurias. Las fantasías placenteras no logran
plasmarse en sus pensamientos; tampoco las desgracias y el
sufrimiento que ha dejado en la ciudad. Solo ese presente tortuoso
que encarcela su imaginación.
Camina, camina… Ha logrado transmitir
esa orden a sus piernas y estas obedecen igual que el animal cegado
que sigue moviéndose alrededor de la noria. No es capaz de
detenerse, aunque quiera. Sus pies siguen atravesando maderos,
esquivando los cantos salientes sobre los que se asienta el trazado
de raíles y traviesas.
Camina, camina… Con la cabeza caída,
mirando ese burdo mosaico caótico de piedras y desperdicios tirados
por los viajeros o por los propios operarios de la compañía
ferroviaria. Ese puzle informe se difumina poco a poco, y entonces
levanta la mirada. El cielo ennegrece y se asemeja a ese negro
azulado de los raíles, de los restos de carbón que también se
encuentran esparcidos por la ancha senda férrea. Pero continúa, no
puede parar hasta llegar a algún sitio.
Ya, a oscuras por completo, cree
percibir un muro a uno de los lados. Lo inspecciona y grita no de
alegría, sino de desesperación. Ha logrado llegar a una estación.
Asciende al andén y mira a uno y otro lado. No hay nadie. Con mucha
dificultad, palpando las paredes del edificio va avanzando hasta
llegar a un vano grande. Supone que esa es la puerta de acceso al
vestíbulo, pero en él no hay nadie. De repente, un tictac le hace
levantar la vista. Se trata del gran reloj central; marca las 19,25.
Se dirige a las vías y se da media vuelta. Acercándose un poco, con
mucho esfuerzo, deletrea en el panel de azulejos amarillos el nombre
en azul de BOSTON.
Se deja caer. La fatiga se duplica al
saber que su esfuerzo por salir de la ciudad ha sido baldío.
Sentado, con la espalda apoyada en la pared, mira al abismo neblinoso
que lo succiona. Necesita ser consciente del aplomo de su cuerpo
sobre el frío suelo para no dejarse ir. Cansancio, sueño, desánimo,
todo lo aplasta e intenta no tenderse, porque es consciente de que
como ceda, ya nunca más se levantará y será uno más de esos
despojos humanos repartidos por las aceras o en los círculos
alrededor de los fuegos extintos. Pero sus ojos no hallan un punto
fijo donde posar la mirada, solo la etérea niebla pegajosa.
No se percata de la presencia de alguien
que lo observa hasta que se sitúa delante. Intenta averiguar de
quién se trata por los rasgos de su cara, pero le es imposible. Un
bozo le cubre el rostro y los ojos se ocultan detrás de un parpadeo
constante. Comprobando su anquilosamiento, se le pasa por la cabeza
que crea que está muerto. Le agarra del pantalón.
—Me llamo Marx. ¿Quién eres tú?
Tarda en responder y cree que imposta la
voz, o que le cuesta desentumecer las cuerdas vocales, pues le sale
una voz más grave de lo que corresponde al talle y perfil afeminado
de su cabeza.
—Andreas.
Y se agacha hasta aproximar su cara a la
de Marx, como si intuyera que su voz no le llegaba diáfana a sus
oídos. Le pasa la mano por el rostro. Con los dedos va reconociendo
sus ojos, nariz, labios, orejas.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? No
te he visto entrar. Solo he escuchado tus gemidos desesperados.
Marx le señala las vías.
—¿Qué vienes a buscar a Boston?
Marx se echa a llorar en ese momento.
—Huía de la ciudad y el destino me ha
conducido de nuevo a ella.
Andreas se separa y llega al límite del
andén y pierde la mirada por ambos lados de la vía. Anhela con poca
fe la entrada de un tren que lo saque de esa ciudad sitiada por el
frío caliginoso que ahoga a todos y congela sin piedad cualquier
atisbo de vida. Andreas y Marx son extraños supervivientes.
—¿Y tú? —quiere saber Marx.
—¿Yo? No sé dónde voy. Solo quiero
huir como tú, pero no hay esperanza.
Marx no tiene fuerzas para consolar a
Andreas. A ninguno de los dos les sobra la compasión, mas son
conscientes de que se necesitan.
—¿Te puedes incorporar?
Sin responder, Marx apoya en el suelo
una mano para soportar el peso de su cuerpo y retorciéndose consigue
erguirse. Andreas le sujeta por un brazo para ayudarlo a mantener el
equilibrio.
—No podemos quedarnos aquí —le
conmina Andreas.
Con pasos lentos y arrastrados, salen
del vestíbulo. La noche les infunde la sensación de que la niebla
ha disminuido, pero la falta de un resplandor supone avanzar a
oscuras por completo. Ambos sitúan por delante una de las manos para
detectar los obstáculos.
—¿A dónde nos dirigimos? —quiere
saber Marx.
—Llegamos enseguida.
Andreas empuja una puerta metálica
ancha. Una rampa no muy pronunciada conduce a lo que parece un
sótano. La poca luz del exterior se extingue cuando descienden unos
metros. Marx no teme que su acompañante le cause ningún mal;
Andreas sabe que al que conduce a su refugio no le sobran fuerzas
para atentar contra su persona. Son seres indefensos. Ninguno es
consciente de los motivos por los que ambos confían en el otro. No
hay nadie más en la ciudad de Boston donde encontrar ayuda o
simplemente compañía. Habrá más gente en sus mismas condiciones,
pero probablemente estén solas, aisladas en su zona de seguridad,
sin querer que otro se aproxime a ellos.
Se detienen y Andreas abre la puerta de
un automóvil.
—Ten cuidado; levanta la pierna para
subir.
Marx obedece las indicaciones. Cuando
Andreas está dentro, cierra y echa un pestillo que parece servir
para bloquear la puerta impidiendo que nadie pueda entrar.
—Tenemos que dormir —le urge
Andreas.
Los dos se tumban hasta quedar pegados
sus cuerpos. Andreas tiende una prenda que parece una manta, ya que
les tapa los pies.
—¿Cómo has sobrevivido? —quiere
saber Marx antes de que el agotamiento lo rinda.
—Con nueces, pero las existencias se
acabaron hoy por la mañana, cuando me comí la última. Encontré en
esta furgoneta un saco lleno y con ella llevo sobreviviendo durante
más de dos meses. Solo alimentándome con este fruto seco.
—Me hubiera gustado una nuez en estos
momentos… ¡Cuánto daría por una nuez!
Andreas se gira hasta ponerse de lado y
abraza el cuerpo de su compañero. Como si tuviera más calor que él,
intenta transferirle la temperatura que le sobra.
Cuando Marx despierta, supone que tiene
que ser de día. Andreas ha permanecido abrazado a él durante todo
el tiempo. Teme separarse, porque el dulce confort que los dos se
proporcionan desaparecerá de inmediato. Se rebulle despacio hasta
que su acompañante comienza desperezarse. Su sueño ha sido
reparador y tranquilo, sin las pesadillas que últimamente acuden a
atormentarlo. No se hace a la idea de en qué parte de la ciudad se
hallan, pero intuye que allí, junto a Andreas, no habrá demasiadas
oportunidades de salvarse. Así se lo dice cuando se ha despejado. Le
propone que lo acompañe a su antiguo apartamento. No existe una
razón clara de por qué debe regresar allí. Lo único que ronda en
su mente es Ton y los restos de liebre que con seguridad su amigo no
habría sido capaz de consumir. Por otra parte, aunque las esperanzas
de que algún atisbo de vida esté surgiendo en las entrañas de la
ciudad son pocas, quiere explorar esa posibilidad. Anima a Andreas a
seguirlo. No se opone. No tiene nada que lo retenga allí, no siendo
ese refugio seguro, pero ya sin víveres. Además la salida de la
ciudad en tren era improbable, después de semanas sin circulación.
No podía pasarse la jornada deambulando por el andén esperando un
convoy.
Se llevan la manta con la que se han
arropado. Nada más. Esas son todas las pertenencias de Andreas.
—¿No tienes agua potable? —le
pregunta Marx.
—Espero que algo quede.
Los dos, evitando los pilares de
hormigón del garaje, llegan a un grifo cuya tubería está sujeta a
la pared con abrazaderas. No hay mucho caudal, pero mana un chorro
del que beben hasta saciar la sed. No sienten el hambre, sin embargo,
echan de menos el agua. Beben otro trago, conscientes de que pasarán
horas hasta que de nuevo hallen otra fuente.
Una lejana claridad por occidente se
devana por abrirse paso en esa masa gelatinosa de niebla fría. Los
ojos se acostumbran después de unos minutos a distinguir las calles
y los edificios. Están desorientados, pero Marx confía en que
finalmente hallará el modo de guiarse. Miran a todos lados con
inquietud. Es improbable que alguien los pueda sorprender con el
ánimo de asaltarlos, pero este temor no desaparece. Es una manera de
estar vigilantes. Caminan sin hablar y, si se dicen algo, lo hacen en
voz baja por precaución.
No tarda Marx en hallar una arteria
reconocible. Sin estar por completo seguro, se determina a seguir una
dirección. No sabe cuánto tiempo tardará en dar con su edificio de
apartamentos, pero tiene la certeza de que lo encontrará. Ninguno de
los dos se detiene a examinar los cuerpos tendidos ni a espantar los
perros que husmean alrededor. No son los únicos animales que pululan
por las aceras. Es mejor no prestarles atención. La posibilidad de
encontrar comida es mínima. Todas las tiendas y restaurantes se
hallan arrasados. Quizás quedara algún alimento sin consumir en las
viviendas, pero era improbable encontrarlo, después de su saqueo.
Ese temor ronda a Marx, que su apartamento, o el de Tom, hubiera sido
invadido en busca de migajas. Por eso su afán de avanzar sin
desfallecer. Menos mal que la dirección que siguen es la correcta.
Está seguro y la confianza en su buena orientación les permite
andar con firmeza, aunque continúa la luz mortecina.
No puede calcular cuántas horas han
tardado en llegar al edificio, pero el esfuerzo ha sido demoledor. El
debilitamiento es palpable. Andreas da la sensación de estar más
apurado que Marx, pero es una falsa apreciación. Marx quiere
mostrarse más fuerte, pues se siente responsable de la cruzada a la
que ha arrastrado a Andreas, mas no podrá aparentar esa fortaleza
por demasiado tiempo.
Hallar la llave en el mostrador donde él
la dejó es un alivio. Era improbable que el apartamento hubiera sido
desvalijado. Llama en vano al portero. Nadie responde. El miedo
aumenta al subir las escaleras. La electricidad era de suponer que
habría dejado de funcionar desde la última vez que le permitió
utilizar el ascensor. Al llegar a la primera planta, inspeccionan las
viviendas próximas: algunas puertas están cerradas, otras abiertas
de par en par. No entran para no llevarse desagradables sorpresas.
Regresan a las escaleras y despacio, sintiendo el dolor de las
articulaciones, llegan al cuarto piso. Marx abre el apartamento con
la llave recuperada. Después de una inspección ágil, se convence
de que todo permanece tal cual él lo dejó. Andreas recorre con la
vista el inmueble, como si se sorprendiera de su confortabilidad. Era
bastante más cómodo que el coche donde había permanecido las
últimas semanas. Por instinto, abre el grifo de la cocina y corre el
agua. Ambos sacian la sed.
—Quiero comprobar si un amigo se
encuentra en su apartamento —le comunica Marx a Andreas para
justificar que va a salir.
Desea ir a ver a Ton sin compañía.
Confía en que no le haya pasado nada en esas poco más de
veinticuatro horas desde la última vez que estuvo con él, pero, por
si había acaecido alguna desgracia, no quería que Andreas fuera
testigo. Llama a su puerta con los nudillos, al principio con
suavidad, para no despertarlo abruptamente en el caso de que
durmiera. Como no abre ni oye ruidos, aumenta la firmeza y la
frecuencia de los ya puñetazos sobre la madera. No da señales de
vida. No puede quedarse sin saber lo que le ocurre a su amigo. Era
poco factible que hubiera abandonado la vivienda en el estado en el
que lo dejó, aunque antes de derribar la puerta con un fuerte
empujón, por un momento, se ilusiona con esa posibilidad. No es así,
Ton se halla tendido en el camastro que lo dejó, pero su cuerpo
inerte está igual de frío que la temperatura ambiente. No quiere
ver el rostro de la muerte. Llorando por Ton, por él, por Andreas,
por la ciudad muerta, le echa la manta sobre la cabeza. La cazuela
con el guiso de liebre continúa en la mesa tal cual se la dejó. Con
ella debajo del brazo, siente que comete un hurto al llevarse la
misma comida que él había aderezado, como si, en un momento
incierto, el fallecido tuviera la posibilidad de incorporarse y
llevarse una tajada a la boca.
—¿Qué tal tu amigo?
—No está en casa. He encontrado esta
comida en un apartamento sin puerta —miente Marx.
No quiere que Andreas sepa que Ton ha
fallecido y que esa liebre la había capturado y cocinado él.
Con una cuchara intenta remover el
amasijo.
—No nos quedará más remedio que
calentarlo —aduce Marx como si fuera un trámite sin importancia.
Aún conserva fósforos, y no les
resulta difícil encontrar madera rompiendo muebles ya del todo
inservibles. Prende una de las revistas de automóviles que
coleccionaba, y pronto logran que la hoguera arda.
A Andreas, aunque hace tiempo que no se
lleva nada a la boca, le sucede lo mismo que a Ton: le resulta
imposible engullir esa carne negra y prieta.
—Está dura, pero en buen estado.
Seguro que no hace mucho que la han guisado.
Marx trata de dar ejemplo y de infundir
confianza en su amigo para que coma, pero tampoco lo quiere obligar
al comprobar que tan solo con acercar una tajada a la boca le provoca
arcadas. Él se contiene de continuar ingiriendo el guiso. Le resulta
ofensivo masticar viendo lo revuelto que está Andreas.
No se molestan en mirar si ya es de
noche. La persistente oscuridad transforma el huso horario en una
entelequia. No obstante, Marx se percata de que hace mucho tiempo que
no oye el ronquido lejano del oleaje y abre la puerta del balcón
para salir a comprobarlo. La ciudad se encuentra en completo
silencio. ¡Cuánto hubiera dado por oír un grito o una blasfemia!
Solo la calma precursora de la muerte murmura una cuenta atrás
indefectible. Lo sabe en ese instante. De nada sirven las vanas
ilusiones que aún perduran en su ánimo de que aún es factible una
segunda huida.
Andreas ya se ha tendido en su lecho y
él se acurruca a su lado, buscando su tibio calor y dispuesto a
compartir el suyo con su compañero. Le echa el brazo hasta rodearlo.
Abrazado a él, advierte que su pecho turgente es el de una mujer. Se
queda paralizado y a punto está de hablar, pero se contiene. Andreas
duerme y su respiración es suave. Sintiendo la dulzura y la paz que
le transmite su compañera, acaba rendido, en paz consigo mismo.