12/08/26

La buena gente

 

Habitaba en una hondonada recóndita al lado de la mar. En su momento no fue un lugar tan solitario como lo es hoy, en este municipio ya de por sí aislado y extendido. Pasaba los días y las noches recluido en ese barranco, a escasos metros de una mar, la mayor parte del tiempo bravía e indómita. Abría la ventana y una espuma blanca, espolvoreada, le acariciaba el rostro negro y curtido de hombre de mar y de verde. Vivía con su mujer. De vez en cuando, lo visitaban los hijos ya independizados. Siempre observaba la mar y las nubes para descifrar el loco rumbo de los vientos, que él interpretaba viendo las distintas alturas de los nimbos y sus evoluciones. También se preocupaba por sus becerras, pero lo justo: que las paredes y el vallado se mantuvieran en pie para que los animales no se descarriaran. La suerte de nuestros parajes verdes es que producen todo el año abundante hierba para que el ganado se alimente sin recurrir a piensos artificiales. Aparte de la decena de novillas, un perro feo y sucio y Perico, un borriquillo a punto de desarmarse de viejo, componían los seres vivos de aquella colonia, asentada en la profunda depresión del terreno, junto a la quebrada costa que nos corta el paso hacia el norte. Casi nunca salían de aquel entorno lejano. Los hijos, cuando llevaban a los nietos a ver a los abuelos, les traían lo poco que necesitaban, porque ellos eran de por sí frugales y disponían de un pequeño huerto, cuidado con esmero y con infinito cariño por la esposa, que les abastecía de hortalizas y tubérculos. Él se escapaba y andaba los dos o tres kilómetros que lo separaban de la tienda para comprar un cartón de tabaco y tomarse un blanco. A veces recorría en bicicleta el trayecto hasta el núcleo urbano, si no disponía de mucho tiempo; otras, cuando la mar estaba embravecida y no tenía prisa, se daba el placer de ir parsimoniosamente en el burro. Subía andando, tirando del ramal de Perico, hasta salir de la profundidad y, después, saltaba ágilmente sobre el asno sin necesidad de apoyarse en una altura. No hacía falta darle al animal órdenes sobre la dirección que debía seguir: invariablemente era el mismo camino hasta la tienda. En estas ocasiones, mientras se tomaba el vino, se animaba a entablar conversación con algún otro parroquiano. Tampoco mucho, porque siempre miraba el cielo incierto de esta región impredecible, no fuera a ser que la oportunidad lo pillara en el lugar equivocado.

Su vida habría sido más tranquila si se hubiera conformado con atender a sus animales y vivir como cualquier retirado del mundo laboral. Pero su obsesión eran los frutos prohibidos de la mar. Soñaba con pulpos y, sobre todo, con percebes: tan abundantes, tan atractivos, tan divinamente ricos. Estaban allí, a escasos saltos por entre las rocas de su casa. Mientras su mujer vivía plenamente entre sus puerros, berzas, escarolas y acelgas, él se devanaba los sesos, fumando un cigarrillo detrás de otro y pensando en sus percebes, allí en las rocas, balanceados y acariciados por una mar dormida. Tan solo su alma vivía con cierto sosiego en las borrascas, en los temporales, en las galernas, en las ventoleras procedentes del profundo mar. En esos momentos rememoraba con su mujer la vida ya pasada, cuando sus hijos aún estaban entre aquellas paredes, iban a la escuela o se bañaban en las fracturadas calas de rocas que solo ellos conocían, porque él se las había enseñado. Su mujer también era feliz cuando lo sentía tranquilo y hogareño. Era otro hombre, con el que se podía hablar, con el que se podía descansar y dormir, con el que se podía soñar. La paz de esos días tan solo se veía amenazada cuando veían el parte meteorológico en el Telediario. Las noticias se sucedían como cuentas o avemarías de un rosario, todas iguales, monótonas. Pero cuando hablaba el hombre del tiempo, reinaba un silencio en el que solo se oían el bramido de las olas y la furia del vendaval contra los ventanales. Su mujer se paraba y no movía ni un plato, secándose las manos en el delantal mientras miraba la cara concentrada de su hombre. No sabía qué componendas hacía ni qué interpretaciones sacaba del pronóstico del hombre del tiempo, pero viendo la reacción siguiente de su marido ya sabía si los días de sosiego y regocijo familiar continuarían unos días más o si, por el contrario, tendría que prepararse para vivir en la peligrosa incertidumbre del afán recolector de su marido. Si empezaba a fumar inquieto y sus movimientos se volvían casi espasmódicos, sabía que el feliz mal tiempo estaba a punto de finalizar. Esa noche su marido ya no dormía a pierna suelta. Cada vez que oía la lenta agonía del temporal, se movía de un lado a otro de la cama o encendía el mechero para mirar la hora del despertador. Las horas se le hacían eternas y con el primer punto luminoso del nuevo día ya se ponía los pantalones para abandonar la cama. Abría la puerta de la casa y divisaba el amanecer para, a continuación, subir unos metros y obtener una perspectiva del incierto Oeste. Después de estas observaciones hacía mentalmente una previsión del día. Calculaba la hora de la bajamar y organizaba su jornada en consecuencia.

Sabía que disponía de muchas horas por delante antes del momento oportuno. En esa tensa espera, agazapado como un animal de presa, su ánimo se calmaba. Estaba tenso, concentrado, midiendo los riesgos a los que tendría que exponerse. Oteaba cualquier punto que alcanzaba desde su puesto y, sobre todo, prestaba atención a cualquier ruido ajeno al respirar del inmenso mar.

No solo él estaba pendiente del tiempo; también lo estaban sus más severos enemigos, los que le vigilaban para que no se excediera. La buena gente —así llamaba él a esos guardianes espurios de algo tan grande como la mar, que era de todos según su particular jurisdicción— no tardaría en aparecer. Lo peor, con todo, no eran ellos, sino sus chivatos, alguno de los mismos paisanos que, a cambio de alguna prebenda, colaboraba con ellos. Se sentía vigilado por todos lados. Con el tiempo fue conociéndolos, igual que fue conociendo el comportamiento siempre impredecible de la mar. Sin embargo, tanto la mar como la buena gente podían sorprender con cambios imprevistos, y el riesgo de ser arrastrado por las aguas, golpeado contra las rocas o vilmente denunciado por coger lo que era de todos lo atormentaba, porque ya había sufrido aquel inhumano apresamiento y había sido multado y confiscados sus bien amados frutos de la mar. Todo ello le había dejado una amargura perenne y un resentimiento contra aquella buena gente empeñada en preservar lo que, según él, no era suyo. En muchas ocasiones se tomó su revancha provocando a sus guardianes. En los días de viento sur se sentaba desafiante a la vista de los del pajarraco y los saludaba, mal encarado, agitando con la mano izquierda el saco destinado a acoger las pezuñas saladas. El piloto del helicóptero, para responderle, hacía descender el aparato y volaba por encima de él; se alejaba y regresaba. Además, el acoso continuaba: si no era por aire, era por tierra, con los verderones, aquellos agentes motorizados tan hábiles que eran capaces de presentarse con sus motocicletas en lugares solo aptos para bestias con garras. Sentía más pavor por estos que por los del pajarraco porque, en definitiva, los verderones eran quienes le ponían las manos encima si lo pillaban. No obstante, pese a los escarmientos pasados, su inclinación era tan intensa e indomable que no podía cejar en su propósito.

En alguna ocasión coincidí con él en esos momentos de desesperación. La mar estaba dormida; era un espejo en el que uno podía mirarse. Era la mar al revés. Las olas no maltrataban las rocas; más bien, daban la sensación de apartar el agua de ellas, del mismo modo que despejamos de mantas y sábanas una cama para ventilarla antes de volver a cubrirla. Así estaban las rocas y lanchales, casi secos; se podía andar en ellos con zapatillas de estar por casa, sin el peligro de un resbalón.

Pero ¿tú te lo puedes creer? —me decía nervioso—, fumando, mirando hacia la mar y hacia las elevaciones donde adivinaba que alguien lo vigilaba con prismáticos. ¡Toda la vida hemos comido todos los percebes que nos ha dado la gana! Ahora, estos, que no tienen ni puta idea de nada, nos prohíben coger lo que está ahí, que es de todos. ¡Qué sabrán ellos! Esto es igual que las flores: cuantas más se corten, más nacen. ¡Pues esto igual! ¡Cuantos más cortemos, más pezuñas se crían!

Yo no le quitaba la razón porque me hacía una idea de lo mal que lo estaba pasando aquel hombre. Tampoco intentaba consolarlo ni alargar mi presencia a su lado, pues creía que, dejándolo solo, su enfado no iría a más. Una vez alejado, me volvía con cautela y contemplaba sus idas y venidas. Adivinaba que, aun sin mi presencia, seguía imprecando su mala sombra y la idiotez de un mundo que no entendía la sinuosa mar.

11/08/26

Las ovejas acarrás

 

Es verdad que en este terreno verde llueve, a veces, sin piedad ni misericordia para con sus habitantes; es cierto que la humedad se cala hasta los huesos e impide respirar cuando el calor es anormal; es verosímil que la ráfaga impetuosa tronche el obstáculo poco firme... Todo eso es inevitable, pero los foráneos amantes de esta tierra marítima desconocen el efecto que sobre nosotros ejercen las ráfagas de viento sur, que nos invaden regularmente durante semanas, alejando a las nubes de nuestro entorno y amansando la indomable fuerza de la mar. Cuando llega para desterrar la lluvia y el frío, o cuando se presenta en los días cortos y oscuros de invierno, lo recibimos con entusiasmo; por momentos nos infunde una alegría desbordante y nos engaña al pensar que residimos en un paraíso vedado en esa época del año al resto de nuestros congéneres. Nadie, ni siquiera los que se echan a temblar solo con escuchar su nombre, desprecia un día de aire sur. Sin embargo, si pasan los días y su ulular persistente se prolonga sin tregua, la vitalidad momentánea que irradia acaba transformándose en un malestar inabordable y paralizante, que solo desaparece cuando este soplo moro es vencido por el cristiano astur. Entre los residentes de los bajos prados que bordean la mar, los hay que soportan su presencia igual que si fuera una plaga divina enviada como castigo de un mal ignoto del cual se creen inocentes; otros olvidan la época invernal en la que viven, el enmohecimiento, el frío, del mismo modo que si nunca hubieran existido, y lo reciben eufóricos pensando que son halagados por una naturaleza obsequiosa; a otros les mueve la seguridad en sí mismos a combatir, con las armas de la racionalidad, una acometida emocional que pone a prueba su entereza. Estos episodios siempre conflictivos han logrado infundir la creencia entre la población de que lo mejor es la bruma baja que sistemáticamente nos penetra por el oeste y lentamente nos deja un reguero de agua que nuestro suelo recibe paciente, sabiendo que su capacidad de absorción basta para sumir su caudal. Nos conformamos con la tibia e invariable temperatura que nos transmite la maternal mar. En ocasiones, padecemos las alteraciones anímicas de la masa salada, pero somos conscientes de que sus cambios de humor son previsibles y circunscritos en el tiempo.

Estos regímenes atmosféricos afectan también a los animales que pastan en las praderías que llegan hasta la mar. Siempre voraces, no separan los belfos de la superficie verde si el tiempo es el habitual; sin embargo, si el sur aprieta, el hambre se ausenta y los bebederos se agotan por sus interminables tragos. Se tumban, sin rumiar, a mirar al cielo infinito y al amplio y eterno mar. Son días de observación, meditación y satisfacción de su condición animal. Desvían la mirada, esta vez sí, curiosas, hacia los habituales paseantes de camberas y quebrados. Los caballos no se apartan del límite de los cercados. Esperan algo incierto, miran desconcertados hacia una punta y otra del camino, incapaces de reconocer siquiera la voz humana que intenta conseguir que se dejen acariciar. Los burros, los buches, corretean y saltan, víctimas de un sorprendente ataque de locura que sacude su abúlica existencia.

Con todo, el ganado que peor sobrelleva estas ventoleras locas, secas y ardientes es el de las hogareñas ovejas. Las otras bestias campan a la intemperie; estos animales domésticos, grandes y lanudos, recorren una y otra vez la parcela que circunda la vivienda. Rara vez pasan la noche a raso o salen a pastar si el cielo encapotado derrama con desprecio la lluvia castigante; en esas ocasiones, refugiadas en sus apriscos caseros, asoman su ovejuna cabeza por la portilla de rústica madera esperando la llegada del amo con el puñado de grano que alivie también aquel hambre cautiva. Son rebaños minúsculos y endogámicos, regentados por carneros viejos, siempre enfundados en el mandilón que reprime sus cada vez más menguados impulsos procreadores. Para el caminante, la única alegría de la grey es el nacimiento del albo cordero, que tira de la minúscula y escondida ubre de su madre mientras atiza con su largo rabo tiernos latigazos.

Pocas veces las esquilan, a no ser cuando la lana se transforma en guedejas sucias y pestilentes. No es extraño, por eso, hallar ovejas sepultadas bajo la masa de mechones que las atosigan. ¡Menos mal que no han de caminar y recorrer los baldíos en busca del matojo como los rebaños castellanos! Su cometido es mantener limpios los extensos prados que rodean las casas sin que el amo se vea obligado a meter una ruidosa máquina para ello.

Durante las semanas siguientes, el cordero se convierte en compañero de juegos de los niños o de otros animales, como perros, gatos, gallinas o gansos que comparten terrero. Cuando se contempla una estampa bucólica con estos protagonistas jugando con estrategias desconcertantes, corriendo impulsados por el sencillo placer del movimiento y del brinco vital, el paseante de esta tierra deja vagar la mirada durante unos instantes por la heredad que atraviesa y se contagia de estos primarios placeres pueriles; después, continúa alegre su marcha, agradecido por las escenas que casi siempre encuentra en sus recorridos habituales.

No ha mucho tiempo, en una de estas intensas y desesperantes invasiones ardientes del viento sur, pude comprobar la bochornosa jornada que estos mansos animales soportaban por imprudencia de su dueño. Sueltas en el prado, con los mechones de lana colgando de sus cuerpos casi a ras de suelo y a punto de asfixiarse, las cinco ovejas del rebaño estiraban el pescuezo en busca de una bocanada de aire fresco. Se alineaban, una detrás de otra, a lo largo de la tapia, aproximando la cabeza a la mínima línea de sombra que proyectaba...

Recordé entonces que mi padre castellano contaba el caso contrario: aquella vez que muchas ovejas se arrecieron por San Antonio por estar esquiladas.


10/08/26

El nombre del dueño de Patxi

 

La localidad olvidada donde vivo está enclavada cerca del mar, en una zona acantilada. Tiempo atrás hubo un afán absurdo por construir complejos residenciales en los prados y baldíos cercanos. Mucha gente no sabía en qué emplear los ahorros, o las entidades financieras prestaban en unas condiciones tan ventajosas que les entró la manía de invertirlos, junto con el dinero adquirido fácilmente, en la compra de un apartamento para pasar los veranos y los fines de semana. La mayoría de estas urbanizaciones se deterioran, olvidadas en el limbo verde de la costa, por el abandono de sus propietarios. Sin embargo, no todos fueron veraneantes de tres al cuarto. Hubo algún jubilado que eligió pasar sus últimos años con nosotros. Un día aparecieron y entraron a formar parte del entorno como si siempre hubieran estado integrados en él. Algunos ya no están y desaparecieron misteriosamente del mismo modo en que llegaron; no sé si han muerto o si, ya incapaces de valerse por sí mismos, han ingresado en alguna institución de atención a personas dependientes.

La verdad es que hemos tenido mucha suerte con los que se han incorporado a nuestra sencilla y rutinaria vida: gente risueña y alegre, encantada de haber dejado atrás ciudades impersonales e inhumanas para venir a la arcadia idealizada de esta localidad sobria y hermética. Se los ve felices, con una candidez rayana en lo pueril. Bajan por la carretera camino del bar conscientes del placer y del lujo de poder tomarse un café en el único bar que nos sirve.

El último en aparecer y desaparecer fue un señor mayor, al que vi siempre acompañado por un labrador, un perro con más paciencia que el santo Job. Siempre carretera abajo o carretera arriba. En algún momento impreciso lo descubrí girando hacia una de las urbanizaciones altas y pensé en las dificultades que tendría para subir las escaleras de las tres plantas de los bloques de aquel complejo, en el caso de que su vivienda no fuera la primera, porque el buen hombre padecía una cojera bastante incapacitante.

No puedo decir cómo se llamaba él, pero sí el perro al que continuamente se refería con el nombre de Patxi. Raro era el día que no lo veía, bien desde el coche, bien cuando nos cruzábamos al salir de paseo. Su manera de andar era muy peculiar, como lo era toda su figura. Se apoyaba en una gran vara de avellano igual de alta que él. En la mano izquierda portaba una bolsa blanca de plástico, sin que nunca pudiera averiguar para qué la utilizaba. Andaba balanceándose, moviendo todo el tronco de un lado a otro. No obstante, a pesar de su llamativa cojera, avanzaba a buen ritmo, como si permanentemente fuera con retraso al bar o de regreso a casa. Otro detalle al que siempre presté atención era a su atuendo. Tan solo se ponía un jersey fino los días más crudos del invierno; el resto del tiempo únicamente llevaba una camisa remangada.

No sé si viviría solo o en compañía de alguien más, de su esposa, por ejemplo, en el caso de que estuviera casado. Las numerosas veces que me crucé con él, siempre iba en compañía del labrador. No hay ninguna razón sólida para sostener lo siguiente, pero, por las observaciones efectuadas, creo que la relación del animal con el amo se constituyó en el momento en el que se trasladaron a vivir en nuestro verde y tranquilo pueblo. Presumo que la convivencia con el perro se inició con el cambio de residencia. Las primeras veces que me encontré con él, llevaba siempre sujeto al perro con una correa, como si temiera que se le escapara o que se metiera imprudentemente en la carretera, con el consiguiente peligro de que un vehículo lo atropellara. Tan solo le daba rienda suelta en el centro del barrio, donde había una campa por la que el can se explayaba a sus anchas, recorriéndola de un lado a otro. Patxi aprovechaba la ocasión con delicia y, al final del esparcimiento, invariablemente recibía una regañina amable por no haber obedecido a las llamadas del amo para que se regresara a su lado. Una vez atado, llegaban al destino final, el bar donde se tomaba un café. De regreso a casa, otra vez soltaba a su compañero en el prado. Esta segunda vez, el amo le concedía más libertad. Lo llamaba para que volviera, pero las órdenes eran menos perentorias, como si la prisa para regresar fuera menor. También es cierto que Patxi se tomaba la liberalidad del amo con holgura y no se sentía satisfecho con el tiempo de juegos concedido. Finalmente, con tono enérgico y determinante, el hombretón cargaba de autoridad sus mensajes, aunque yo siempre interpreté que los dirigía más a los vecinos que a su fiel amigo, como si quisiera remarcar su genio falsamente severo. Cuando el animal se acercaba, timorato y titubeante, al amo, este se dirigía a él como si hablara con una persona: ¡Cuántas veces te he dicho, Patxi, que me tienes que hacer caso! ¡Es que no vale contigo! Ven, que ya es hora de volver. ¿O es que te crees que puedes estar todo el día por ahí? ¡Patxi, que te he dicho que vengas aquí! ¿O es que quieres que te esté repitiendo las cosas mil veces? Dejaba al can que se diera otra vuelta y apoyaba el trasero en la pared para evitar estar de pie, mientras se deleitaba una vez más viendo a su amigo trotar por el prado y mover alegremente el rabo. Desde la lejanía, Patxi a veces se plantaba y miraba a su dueño, como si de pronto hubiera dudado del estado de ánimo de su protector, pero, al comprobar que no había ningún atisbo de disgusto, continuaba con sus carreras contenidas. Cuando la bestia se saciaba de su recreo, regresaba a la vera de su amo y humildemente permitía que lo trabara. ¡Cómo te lo pasas, Patxi! ¡Ay, qué perro más bonito! ¡Hala, Patxi, vamos para arriba! Y con la seriedad habitual, el labrador avanzaba atado con la correa un metro detrás de su guía.

Paseando por el barrio, me encontré numerosas veces con él y, fruto de la observación, me percaté de que el trato con el perro variaba según las circunstancias. Si iban los dos solos, el diálogo entre hombre y mascota era más natural. Quiero decir que él le hablaba, si era menester, o callaba y caminaban sin más. Sin embargo, cuando se cruzaba con nosotros, comenzaba a dar órdenes a diestro y a siniestro al disciplinado Patxi, como si permanentemente se comportara mal. Tampoco es que fuera una regañina seria. A mi modo de ver, era una forma de aparentar una comunicación fluida para disimular la soledad ante los demás. Otra posibilidad era que hablara con la bestia para evitar conversar con los vecinos. En cualquiera de los dos casos, compadecía al pobre chucho: me lo imaginaba todo el santo día aguantando la verborrea de aquel hombretón tan simpático. Si soy sincero, lamento mucho aquella actitud: me quedé con las ganas de iniciar una conversación con él, pues me resultaba muy cordial. En todo caso, no quise forzar una mínima camaradería y nunca se me pasó por la cabeza acariciar al perro para romper aquella distancia: entendía que el animal le pertenecía en exclusiva.

Ahora que ya no está con nosotros, comprendo, con tristeza, la fragilidad y fugacidad de nuestra existencia: ya no tendré más oportunidades de saber, aunque solo fuera, el nombre del amo de Patxi.


09/08/26

Las chotas locas del prado

 

Los animales que pacen en el prado suelen estar a lo suyo, buscando buenos corros de pasto, y rara vez sienten curiosidad por las personas que caminamos a su lado. Tan solo levantan la mirada para otear cuando escasea la comida o está vacío el bebedero, y esperan a que llegue el amo con el remolque lleno de hierba para esparcirla en los comederos o con la tina rebosante. Cuando el terreno ha quedado arrasado y no hay un mal hierbajo, aguardan a que el amo las traslade a otra finca con el verde alto. A veces me parecen felices: comen y rumian contemplando la inmensa mar o la alargada campiña que se extiende paralela a los desafiantes acantilados. Desde allí, la panorámica alcanza los alejados picos de la cordillera que corre paralela a la costa. Pueden contemplar las cumbres blancas y la salina mar saltarina, y oler el salitre que el viento esparce sobre ellas y sobre nosotros, los animosos paseantes que salimos a estirar las piernas. Sin embargo, la mayoría de las veces, la impresión que me dejan estas mayestáticas bestias es de tristeza, pues creo que son muy inteligentes, pero ponen a prueba su capacidad cognitiva muy pocas veces, concentradas como están en satisfacer su sempiterna hambre. Su materialismo me apena, y tan solo siento que mi alma se aproxima a ellas cuando protegen a su ternero, por el que se desviven, lamiéndolo y dejándole mamar en cualquier momento. Son esas semanas, hasta que el recental va armándose de carnes y extendiendo su esqueleto, cuando la vaca se comunica con la vida, mostrando una ternura que desaparecerá en el momento en que le retiren el becerro. De nuevo comenzarán su etapa ascética de concentración y meditación contenida, con la mirada perdida en la lejanía del horizonte. Este carácter sagrado y monacal es común a estos animales y predomina en el entorno siempre verde por el que transcurre la monotonía de los días y de nuestros paseos.

Después de recorrer las fincas de las vacas, me encuentro con unos burros ociosos, contemplando el infinito, sin ansias de nada, ni de comer ni de beber. Tan solo reaccionan a lo que se les dice, adelantando las enhiestas orejas y mostrando un estoicismo sempiterno que aún guarda el recuerdo de las duras jornadas de esfuerzo y trabajo que hasta hace unas décadas tenían que soportar, como si la memoria de la esclavitud a la que estuvieron sometidos les hubiera dejado una impronta de escepticismo que los años transcurridos no hubieran logrado borrar.

También los caballos me desasosiegan, pues, en este caso, su robustez y envergadura me impiden establecer una relación emocional con unos animales que siempre tengo la sensación de que pueden llevarme por delante y pisotearme. Sus relinchos han de ser interpretados como una invitación no muy respetuosa para que te alejes de ellos y los dejes en paz. Al separme, contemplo la estampa de su beldad y el poder que ejercen en estos predios, donde son los dueños del reino animal.

Nada tienen que ver las vacas, los burros y los caballos con las novillas que campan en dos fincas al final del recorrido. Están enclaustradas en lo que fueron dos prados, pero la pared que los dividía está caída, quizá fruto del continuo trasiego de estos jóvenes animales de una parte a la otra. Siempre están aquí estas alegres y despreocupadas vaquillas. Nunca he visto el trasiego de entrada o salida de los animales recluidos, pero imagino que el dueño las cría o las compra y las mantiene allí hasta que comienza su etapa reproductiva, pues las que corretean siempre tienen la misma edad: son unas chotas que aún no están preñadas. Al pasar, cuando alguien anda por allí, aunque estén alejadas de la cambera, basta que una divise al caminante para que todas salgan corriendo, curiosas por conocerlo. Y basta que una se quede quieta unos minutos para que todas alarguen los belfos, como si quisieran acercarlos para olisquear y dar un lengüetazo al que les habla. Y, si alguna da un respingo, muchas de sus compañeras la imitan y comienzan a brincar y correr alocadamente de un lado a otro, sin saber por qué están tan alegres. Se miran unas a otras y tengo la impresión de que se sonríen y, de nuevo, se inician los brincos y las carreras por todo el prado, saltando por encima de la pared derruida, una barrera fácil de superar. A veces me alejo de allí con temor de que el dueño las sorprenda en tal algarabía y me culpe a mí del escándalo que preparan. Por eso, en ocasiones, me aproximo a ese tramo con sigilo, procurando que no me vean, pero siempre hay alguna que me descubre y se acerca corriendo para observarme de cerca. No puedo por menos que producir un sonido susurrante que consigo sacar doblando longitudinalmente la lengua y aplastando ese lado curvado contra el cielo del paladar, produciendo secuencias repetitivas que completarían su efecto suavizante si pasara la palma de mi mano por el lomo arqueado de sus cuerpos. Cuando veo que el alboroto puede acabar siendo peligroso, temo que se salten la valla y se escapen. Me alejo en silencio para no dar pábulo a más algarabía. Ya rebasada la última pared del prado, me doy media vuelta y contemplo sus cabezas sobrepasando el muro, como si me acusaran de la brevedad de la dicha que habían disfrutado. Me alejo apenado, de vuelta a casa.


30/07/26

Ni libros ni revistas ni cintas de música

Estábamos llegando al cruce de las Eras. Venía charlando con Galiana desde la plaza. Me acompañaba Pierpio, mi hijo veinteañero, que caminaba detrás y oía lo que hablábamos. La conversación era banal, la propia de dos personas que en su juventud fueron amigas, aunque nunca íntimas. Cuando estábamos a punto de despedirnos, noté que a Galiana le costaba soltar lo que tenía en mente. Después de vacilar unos instantes, me dijo:

-¿Por qué tú y yo no compartimos ningún objeto cultural cuando éramos amigos?
Tardé unas milésimas de segundo en comprender que se refería a libros, revistas, tebeos, cintas de música… Antes de responder, también me planteé a dónde quería ir a parar con esa pregunta. Habíamos formado parte de la misma pandilla, pero nunca hubo demasiada confianza entre nosotros. Es más, no me caía simpática y tampoco creo que yo le interesara lo más mínimo. Por eso me dejó estupefacto, aunque procuré reaccionar con naturalidad. Galiana me observaba mientras cavilaba.
-Lo podemos hablar con más tranquilidad la próxima vez que nos veamos —le respondí agradeciendo que llegáramos al punto donde nos separábamos.
Respiré aliviado y caminé junto a mi hijo hasta casa. Olvidé por completo el asunto. Creía que las posibilidades de que ambos coincidiéramos durante ese verano eran pocas, ya que no iba a permanecer mucho tiempo en el pueblo y, por tanto, no abordaríamos esa cuestión. Sin embargo, ese asunto continuó espoleando mi conciencia. No tanto la pregunta en sí como el hecho de que fuera Galiana quien me la planteara.
La relación con los amigos de juventud se había ido apagando con el paso del tiempo y las distintas circunstancias personales. Tan solo nos encontrábamos en el pueblo en contadas ocasiones. Nos saludábamos y la charla que manteníamos tenía poca trascendencia. Sabíamos que nuestra vida actual no se asemejaba en nada a la amistad que habíamos compartido durante la juventud. Tal vez coincidiera con Galiana más a menudo que con otros amigos, pero la conversación no duraba nada más que unos minutos y abordábamos temas recurrentes.
Me costó recordar. Galiana y Sabina eran las dos chicas del pueblo con las que mantuve más contacto. De las dos, a mí me gustaba la segunda. Galiana no me atraía nada. Además, su carácter áspero no me inspiraba confianza a la hora de tratar con ella, pero las dos eran amigas inseparables. Si quería encandilar a Sabina tenía que lidiar con la compañía de la otra. Esto, al final, no supuso un obstáculo insalvable, ya que otro amigo se interesó por Galiana y me permitió abordar a Sabina sin tantas cortapisas. Esa fue la primera conclusión a la que llegué al repasar mis recuerdos. No obstante, sabía que había algo más. Aunque me costó admitirlo, comprendí que Galiana se había interesado por mí mientras yo buscaba la forma de aproximarme íntimamente a Sabina. Me costó reconocerlo en su momento, al igual que ahora, porque mi ceguera por la otra me impedía ser consciente de lo que sucedía a mi alrededor. Pero una vez convencido de que era posible, poco a poco fui recuperando vivencias pasadas.
Aunque los jóvenes nos reuníamos en la plaza o en alguna solanera, aún tibia durante las noches de verano, la mayor parte del tiempo lo pasábamos hablando los tres. Es posible que no deseara reconocer que de las dos chicas la que más se interesaba por mí era Galiana. Dio alguna muestra, pero no las quise tener en cuenta. Fingí no enterarme para no ofenderla y, sobre todo, para poder continuar mi acercamiento a Sabina. Era consciente de que si quería intentar algo con ella debía tratar con ambas, pues estaba convencido de que si Galiana descubría mi inclinación por Sabina, me podía despedir de la compañía de las dos. Andaba con pies de plomo para no desairarla. Mientras escribo estas líneas recuerdo la inquietud y los malabarismos que debía ejecutar noche tras noche para poder permanecer junto a Sabina, mientras soportaba la presencia de Galiana. Antes de hablar, meditaba si lo que iba a decir podía herir o soliviantar a Galiana, al tiempo que cuidaba cada matiz para agradar a Sabina.
Soporté dos veranos su presencia. Cada vez me resultaba más desagradable. Cuando veía la oportunidad de hablar con Sabina, mi alma se regocijaba, pero, al comprobar a su lado a Galiana, se esfumaba toda mi alegría. Llegó un momento en el que sospeché que si mi relación con Sabina no avanzaba era porque la misma Galiana hablaba mal de mí a su amiga. No había manera de que Sabina y yo nos quedáramos solos. Al poco tiempo, ella no tardaba en irrumpir en nuestra intimidad con el mayor descaro. Me acostumbré a soportarla, como si fuera la penitencia que debía pagar por disfrutar del encanto de Sabina. En ocasiones, cuando me iba a acostar, antes de dormir, todo aquello me ponía de muy mal humor y me impedía conciliar el sueño. Repasaba cómo había ido la noche y llegaba a la conclusión de que había hablado más tiempo con Galiana que con Sabina, y de que con la primera había bailado tres piezas agarradas y con la segunda solo dos.
Al final, después de mucha paciencia, conseguí salir durante un tiempo con Sabina, con la que sí compartí libros, revistas y cintas de música. Nuestra relación fue muy breve. Nunca me atreví a culpar de la ruptura a Galiana. Dejé de hablar con ambas.
Espero no encontrarme con Galiana durante los días que permanezca en el pueblo. En todo caso, si la casualidad nos vuelve a juntar, no se me ocurrirá entrar en conversación con ella para responderle por qué nunca intercambiamos libros, revistas ni cintas de música.

Enánagos

 

La llegada a un lugar nuevo conlleva el descubrimiento de realidades desconocidas. Ya son muchos los años transcurridos desde que llegamos a esta región húmeda del norte. Nuestra primera morada fue una casa alquilada, mas, cuando decidimos echar raíces aquí, compramos una. Procedíamos de tierras secas y ásperas en las que el sol endurece el terreno y transforma en huraño el carácter de sus habitantes. Nos llamó la atención el verdor inagotable del paisaje terrestre y el azul eterno del mar colindante. No era el paraíso, pero le faltaba poco. Esa impresión se mantuvo un tiempo hasta que comprendimos los tributos exigidos por esa prodigiosa naturaleza: los días de lluvia, las brumas, las nieblas insidiosas… Con el paso del tiempo, no digo que nos hayamos acostumbrado, pero cada vez nos resulta menos onerosa la contribución que soportamos. Siempre ponemos en el plato de la balanza aspectos positivos que equilibran los negativos, hasta llegar un momento en el que nos resulta imposible imaginar una residencia diferente a esta.

Una de las realidades desconocidas de esta tierra para nosotros fue el descubrimiento de animales casi inexistente en los páramos y pedregales de donde procedíamos: plagas de caracoles y babosas, que solo muy de vez en cuando encontrábamos en nuestros pueblos natales, en los brocales de los pozos, en las cunetas o junto a los pozos de los huertos. Aquí nos entran en casa, sobre todo los caracoles, se aposentan en los lugares más insospechados. Las babosas, grandes como vacas, aparecen por las aceras después de haber pastado en el prado o de haber arrasado las plantas del huerto. El aprecio por los caracoles se ha mantenido con el tiempo, pues hemos acabado aceptando compartir con ellos nuestras hortalizas. En cambio, el asco hacia las babosas ha ido creciendo. No tanto por su aspecto pringoso como por su forma de alimentarse que no consume solo lo que necesita, sino que arrasa la planta por completo al morder y tronchar el tallo para comer únicamente las hojas más tiernas de la parte alta. Con ellas no tengo piedad.

Otro animal desconocido fue el enánago. La primera vez que vi uno, me asusté mucho, porque los reptiles me causan pavor y con bastante probabilidad, aunque no estoy seguro, lo maté o lo arrojé fuera de la finca. No me agradaba compartir mi espacio con estos bichos. Le comenté al vecino el avistamiento pensando que eran un peligro, pero, al describirle el animal como una culebrilla corta de unos treinta centímetros, de un color oscuro y brillante, con la cabeza más pequeña que el cuerpo, me dijo despreciando mi temor que era un enánago. No es que se riera, porque en algún momento de la descripción llegó a creer que se trataba de una víbora, pero, al estar seguro de la catalogación, no se extendió en más explicaciones.

Las peligrosas son las víboras; esa, nada —me dijo.

No me convenció la respuesta, pero, por lo menos, alejó el temor de que vivíamos rodeados de un peligro insospechado.

Sabiendo de su existencia, los posteriores avistamientos no me alarmaron tanto, aunque el asco y la aversión eran inevitables. Las apartaba con un palo a zonas más alejadas o, si tomaban la iniciativa, les permitía esconderse de nuevo. Su presencia era numerosa. Me tropezaba con ellas próximas a las paredes caídas que rodeaban la finca, a macizos espesos de plantas u ocultas en los montones de malas hierbas arrancadas del huerto. Siempre actuaba del mismo modo. Sin embargo, antes de permitir su huida, las observaba para estar seguro de si eran las inofensivas culebrillas o las taimadas serpientes de veneno mortal. Durante un tiempo, ante la más mínima duda, aniquilaba a la sierpe con una gran azada que me permitía golpearla sin que me pudiera alcanzar, en el caso de que me atacara. Una vez muertas, me asaltaba la duda de si había sacrificado la temida víbora o al inofensivo enánago. A estas alturas, he de confesar que esas muertes fueron inútiles, porque en el tiempo que llevamos viviendo en estas hondas praderías jamás he visto una víbora.

El encuentro con ellos se fue normalizando. Sin embargo, la prevención me acompañó siempre por la posibilidad de que la culebrilla fuera la venenosa víbora. Una vez localizadas, las observaba con curiosidad, si bien ellas, con rápidos movimientos ondulantes, buscaban cobijo. Me preguntaba de qué se alimentarían. Pensando en lo que había alrededor, sospeché que sus presas serían las repulsivas babosas. Me alegré puerilmente al encontrar un compañero que combatía conmigo la plaga de animales tan perjudiciales para la horticultura, hasta el punto de procurar que no abandonaran el huerto.

En mi vida contemplativa de la naturaleza que rodea nuestra casa en la finca en la que vivimos, he ido notando la disminución de estos animalitos tan benefactores. Mi curiosidad aumentó y, al indagar en manuales de zoología, me llevé una gran sorpresa, pues no era culebra, sino un lagarto ápodo, es decir, sin patas, que repta con mucha facilidad. Preocupado por las cada vez más esporádicas presencias del animal, he reflexionado en las causas por las cuales ha desaparecido. No se puede achacar a la falta de alimento, ya que las babosas son una plaga. Creo haber encontrado la explicación de la ausencia en la finca y el responsable inocente he sido yo mismo. Estos lagartos, al contrario de otros congéneres, prefieren la humedad y se ocultan en lugares oscuros, pues les gusta las tinieblas y la oscuridad; además, son muy sedentarios. En mi afán por crear un espacio agradable, he ido paulatinamente levantando y armando con argamasa las piedras de todas las paredes que rodeaban el inmueble, que se encontraban derruidas cuando compramos la casa, con lo cual he eliminado los refugios en los que se guarecían durante el día, pues solo salían de ellos para alimentarse por la noche. Ahora me doy cuenta de que el último lugar donde encontré enánagos fue el huerto, ocultos en los plásticos negros que extendía en las porciones sin sembrar con el propósito de evitar que la hierba creciera. Ha llegado un momento de mi vida en el que dispongo de tiempo para actividades que antes, si no me estaban vedadas, sí las realizaba a medias. En el caso del huerto, no siempre se hallaba sembrado todo él, no por la imposibilidad de que las plantas crecieran en invierno, sino por falta de tiempo, por lo que lo protegía con esos plásticos. Ahora, con una mayor dedicación, siembro durante todo el año, por lo que ya no necesito tapar el terreno con esos plásticos. Por consiguiente, ingenuamente, he acabado con el último refugio donde los pobres lagartos se cobijaban.

He de pensar si la situación actual del problema tiene solución o, por el contrario, he de lamentar la pérdida de un aliado en mi lucha contra la plaga de limacos que arrasan con toda planta tierna. Me temo que, después de unos años sin encontrarme con ninguno, ya no quedan y dudo de que alguno entre por su propia voluntad, ya que nuestra finca, y las de los vecinos, se han fortificado con asfalto y gruesos muros de piedra armada con una argamasa compacta de hormigón.

Es otra pérdida más, como tantas otras que se fueron para no regresar nunca.

28/07/26

Seis pares de calcetines

 

Los visitantes al pueblo solitario llegan de forma regular, con un calendario ignoto para los vecinos, pero aseguraría que muy bien organizado por ellos. Siempre aparecen en la puerta de la vivienda cuando creías que ya habían regresado a su país de origen, en el caso de los extranjeros que venían vendiendo artículos variopintos; o los padres con hijos pequeños a su cargo habían logrado salir de la indigencia gracias a la bondad de algún empresario que los había contratado; o los gitanos habían dejado de pedir para ejercer de vendedores ambulantes en los mercadillos; o los minusválidos vendedores de lotería habían sido agraciados ellos mismos en el sorteo para el cual vendían boletos; o los testigos de Jehová habían dejado de predicar por haber perdido la fe. Por este motivo, cuando se los veía, la primera sensación era de desazón por haber errado con la hipótesis planteada sobre su ausencia.

Otra razón para sentirse a disgusto con estas visitas es que, como todas las llegadas sin avisar, casi siempre coincidían en el peor momento posible de la rutina diaria: o estabas pendiente de alguna fritura en la cocina; o aún no te habías quitado el pijama; o estabas inmerso en una riña familiar; o planchabas; o atendías una llamada telefónica. No es de extrañar que lo primero que se te pasara por el caletre fuera mandarlos a hacer puñetas por interrumpir en el momento más inoportuno; la segunda, como he apuntado antes, la de admitir que la explicación que uno se había dado sobre su ausencia era errónea.

La manera de tratar a estos visitantes sigue siendo hoy día motivo de controversia entre nosotros. Mientras yo soy partidario de despacharlos sin contemplaciones, mi mujer se deja enredar por los discursos que hábilmente zurcen con la consiguiente apelación a la caridad cristiana, no siempre planteada en términos teológicos. La negociación entre nosotros para lograr una solución satisfactoria para las dos partes no ha sido sencilla, porque nuestras posturas eran muy contrapuestas, aunque la voluntad de llegar a un acuerdo ha estado siempre presente. Mi postura ha sido contribuir esporádicamente con algún donativo; para mi mujer, en cambio, despedir con cajas destempladas a alguien sin el correspondiente donativo es imposible. Es un asunto irresoluble. Esta es la razón por la cual, cuando vemos a algunos de estos peticionarios merodeando por nuestra casa, nos despistamos para no ser el uno o la otra los que nos enfrentemos al visitante. Como última concesión, le he propuesto, ya que le es imposible despedirlos sin más, que les dé la propina que estime oportuna, pero que, por favor, no les compre nada. Se calla, lo cual es señal de que no la convence.

Si nosotros hemos ido conociendo a nuestros visitantes, estos también nos han ido calando. Ya saben dónde deben insistir en sus pretensiones porque anteriormente obtuvieron lo que pedían; de igual modo, aunque llaman invariablemente a todas las puertas, ya conocen a los vecinos que los han desairado. Teniendo presentes estas variables, se presentan ciertos días y a determinadas horas, esperando que les abran la puerta las personas que suelen atenderlos. Por supuesto, hay ocasiones en las que yerran y se dan de bruces con quien no esperaban que les abriera. Recitan su retahíla de argumentos emotivos para conseguir un donativo o vender el producto que ofrecen, mas lo hacen con bastante menos entusiasmo y convicción. Si la sorpresa es monumental, se quedan casi sin palabras o tan solo alcanzan a decir: «¿No está tu mamá?», si es un hijo quien les abre; o «¿No está tu esposa?», si es el marido malencarado quien los interroga con su mirada furibunda.

Aunque llevamos viviendo muchos años en esta localidad apartada, la cuestión de cómo atendemos a estas personas que recorren nuestras calles pidiendo sigue sin resolverse. Ha pasado a ser uno de los pequeños conflictos de pareja que se amontonan y terminan olvidándose porque ya se les ha tratado de zanjar de tantas maneras y en tantos momentos diferentes que, al final, aburridos, se dejan por imposibles. Sin embargo, de vez en cuando, hay un asunto que me perturba. Hay un marroquí taimado —lo digo convencido— al que no conozco porque nunca aparece cuando estoy yo; o, si estoy, evita aparecer por miedo —qué sé yo— a una reacción incontrolada por mi parte. Este joven norteafricano llama a mi mujer su amiga porque siempre le compra. Sé que es así porque he oído a mi hija darle el recado de que había ido a verla su amigo. Por eso digo que estoy deseando contactar con tal individuo, a ver si a mí también me llama amigo. Diréis que soy un maniático y espero que no penséis que soy un racista de mierda. No soy, ni mucho menos, ni una cosa ni la otra. Pero del mismo modo que digo una cosa, digo la otra. No puedo soportar y me lleva el diablo y no dejo de echar pestes cada vez que abro la puerta del armario y me encuentro otros seis pares de calcetines. Aunque viviera doscientos años, no creo que llegara a desgastar todos los pares de calcetines de hombre que ese maricón le ha encasquetado a mi mujer durante los años que llevamos viviendo en esta localidad, donde nadie se pierde, salvo ese cabrón.

La buena gente

  Habitaba en una hondonada recóndita al lado de la mar. En su momento no fue un lugar tan solitario como lo es hoy, en este municipio ya d...