27/02/26

Las sandías


Citrullus lanatus, comúnmente llamada sandía, es una especie de la familia Cucurbitaceae. Es originaria de África. Se cultiva por todo el mundo debido a su fruto.​

Es una planta herbácea anual, trepadora o rastrera, de textura áspera, con tallos pilosos provistos de zarcillos y hojas de cinco lóbulos profundos. Las flores son amarillas, grandes y unisexuales; las femeninas tienen el gineceo con tres carpelos y las masculinas, cinco estambres.

El fruto es grande -normalmente más de 4 kg-, carnoso y jugoso -más del 90% es agua-, casi esférico, de textura lisa y sin porosidades, de color verde en dos o más tonos. La pulpa es de color rojo —por el antioxidante licopeno— y de carne de sabor generalmente dulce (más raramente amarilla y amarga).

Las numerosas semillas pueden llegar a medir 1 cm de longitud. Son de color negro, marrón o blanco y ricas en vitamina E. Se han utilizado en medicina popular y también se consumen tostadas como alimento.


La mayoría de la gente ha dejado de plantar sandías en mayo, y no es porque las que el campo producía fueran de mala calidad; todo lo contrario, sin ser ejemplares de grandes dimensiones, eran dulces, aunque tardías en su maduración. Si las siembran quienes aún se arriesgan, las ponen en cercados con altas tapias y próximos a la vivienda particular o en los parajes más recónditos y alejados del pueblo. Si no es así, saben que la cosecha que recolectarán será escasa y continua fuente de disgustos por los hurtos de los que serán objeto. El plantador, ya retirado del trajín laboral, se aferra a la ilusión de una cosecha abundante. Pasará en la parcela los días y algunas noches, cuando el fruto vaya madurando. Oculto en una cabaña cónica de ramas de piorno dormitará y desde allí vigilará que ningún intruso le robe el fruto redondo. Mas bastará un descuido en el momento óptimo de maduración para que se produzca el asalto. No tardará en descubrir las roderas del vehículo que se ha llevado su bien más querido. Esa será la última temporada que plante un melonar. Su mujer y sus hijos le desanimarán después de soportar los continuos berrinches que pueden afectar a su salud.

Cuando las parcelas de sandías eran más numerosas, no era tan arriesgado poner las semillas en tierra en el momento en que el terreno había acumulado la humedad necesaria para que germinaran bien entrada la primavera. Todos sabían que, pese a las menguas, acabarían recolectando tantas sandías como para hartarse y regalar a los más allegados. Los mismos propietarios obsequiaban con ellas a los ganaderos que pastoreaban por las cercanías y les animaban a que cortaran una sandía, aunque él no estuviera presente, cada vez que la sed les apretara. Incluso, aceptaban con estoicismo que los muchachos les asaltaran por la noche o una tarde dominical. Lo que peor se soportaba era que no supieran distinguir las que ya se podían consumir de las que aún estaban pepinas, por lo cual arreaban con más ejemplares de los que comían. Los peores eran los jóvenes, aquellos que trasnochaban como lobos. Llegada la temporada, cuando las tabernas cerraban, se dirigían al melonar que más fama hubiera adquirido gracias a que la voz se corría entre ellos: unas veces era el del tío Gallo por las Carreras, o el del tío Fernando por la Nava de Peñalba o el de Juanito por el puente de los Vallares…

Al tío Pantaleón le había tocado la perra chica ese verano adelantado. En las eras quedaban solo los montones de paja y de grancias de los más rezagados. El hombre se había animado a sembrar una tierra cercana al camposanto.

-Ya te advertí que iba a ser para disgustos —le dijo la mujer al observar que se preparaba para salir de casa.

-A estos malnacidos les voy a dar un buen escarmiento.

-¿No te llevarán el horcón?

-Hombre, no hay más que hablar.

-¿No será mejor que te acuestes y dejes las cosas en paz?

-No podría dormir pensando que esos canallas andan entre las matas catando las sandías.

-Déjalos y que se harten…

-Pero serás fatuta… ¿Después de las palizas que me he dado a cavar voy a permitir que cuatro desgraciados me hagan el estropicio que me hicieron la noche anterior?

La tía Milagros intentó disuadir a su marido sujetando el mango de la herramienta.

-A ver si vamos a tener sones…

El tío Pantaleón salió de casa sin despedirse de su mujer y sin cerrar la puerta. La noche estrellada inundaba de luz las calles. Caminaba arrimado por la parte sombreada, rehuyendo el encuentro con alguien. En vez de cruzar por la plaza donde seguro que había gente en los bares, la rodeó por la calle estrecha de la Vida y de la Muerte. Al pasar por la iglesia, buscó la gigantesca sombra negra que proyectaba la torre y la nave. Al atravesarla, su figura quedó engullida por la sombra. Solo se le vio de nuevo cuando se aproximó a los lavaderos, donde el cantar del agua le advirtió que a partir de ese momento que se alejara no oiría ningún rumor, pues se aproximaba al cementerio. Sin embargo, una lechuza ululó entre los sepulcros. El hombre caminó decidido; no era medroso, menos cuando iba a defender lo suyo. La tapia norte del cementerio lo engulló en su negrura fresca. Por allí corría una brisa que bajaba del berrocal y una corriente soterrada que brotaba en la fuente de los lavaderos. Superado el recinto mortuorio, se aproximaba a su finca con cautela, por si ya había algún ladrón. Antes de dirigirse a la portera, asomando la cabeza por encima de las piedras del muro, comprobó que no había nadie, pero reparó que había un portillo.

-Estos miserables me van a tirar la pared —dijo para sí, mirando a las vigilantes estrellas que se desentendían de sus cuitas.

Con sus escasas fuerzas, levantó las piedras que los ladrones habían tirado para rebajar la mayor altura de la tierra con respecto al camino.

-Ay, cómo os coja, os podéis preparar. No se os volverá a ocurrir ir a por lo que no es vuestro —continuaba quejándose como si le pudieran oír los que le iban a robar.

Recorrió el muro adelante hasta llegar a la portera. Retiró uno de los travesaños para adentrarse en el melonar y lo volvió a poner en su sitio. Atravesó la tierra deteniéndose en las matas para contemplar con placer los redondos frutos que se camuflaban en los surcos. A algunos los arropaba con hierbajos de amapolas y de junqueras para protegerlos de las alimañas. Llegó al corro de encinas que se situaba al otro extremo de la parcela. Este sería su puesto de vigía, oculto entre los retorcidos troncos de los árboles, arropado por la penumbra caliente de la hojarasca. Se recostó en uno de ellos desde donde contemplaba toda su heredad. Transcurrió un tiempo sin que apareciera nadie. Entornaba los párpados y daba cabezadas, hasta que terminó rendido por un sueño impecable.



Los tres salían de la taberna de El Tuerto. En la barra solo quedaban los hermanos Toalla apurando los últimos chatos de vino que la mujer del vinatero les despachó con la condición de que se fueran a su casa cuando los acabaran.

-Hasta mañana, majos —despidió la mujer a los muchachos al cruzar el umbral.

-Hasta mañana —respondieron al unísono.

-¿Qué hacemos? ¿Nos recogemos? —preguntó Modesto.

-Yo no tengo sueño —dijo Mateo.

-Tú nunca tienes prisa por la noche —le reprochó Lucio.

Caminaron carretera arriba.

-Bueno, nos echamos un cigarro y nos vamos —propuso Mateo.

-Tú serás el que te lo eches, que nosotros no probamos el tabaco.

Se sentaron en la solanera del tío Nicolás. Las piedras aún guardaban calor. Se quedaron sin hablar, mirando el cielo estrellado y el recorrido vertiginoso de algún destello estelar.

-¡Qué bueno hace!

-Da pena acostarse tan temprano con una noche como esta.

-Yo tengo que madrugar, que las vacas no saben de días de fiesta.

-Este año dicen por ahí que el que tiene buenas sandías es el tío Pantaleón.

-¿Por dónde tiene el melonar?

-Al lado del cementerio.

-Buff, por no ir por allí, se perdonan las sandías.

-¿Te da miedo?

-Miedo, miedo, no, pero no sé qué me da.

-No seas un cagainas.

Hablaban con la calma espesa de la noche. Solo se oían, muy lejos, los ladridos del barrio de la estación.

-Venga, que no tardamos nada. Nos comemos una sandía y para casa.

-¿No será muy arriesgado, teniendo en cuenta que el tío Pantaleón estará más quemado que la pipa de un indio si todos le asaltan a él?

-No creo que se le haya ocurrido la idea de vigilar el melonar a estas horas.

-Vete a saber…

-De todas maneras, ¿nos va a asustar un anciano en el caso de que esté en la tierra?

-Está bien; venga vamos, pero no nos entretenemos mucho.

Al llegar a los lavaderos, el rumor del agua y la cercanía del cementerio hicieron que su conversación languideciera. Miraron un instante hacia la puerta. Por los barrotes distinguieron las cruces de los monumentos más opulentos. Los cipreses, enhiestos, les apuntaron al corazón con su sombra.

-Los putos cipreses… Imponen más que las sepulturas.

-Calla, que nos acercamos.

-La verdad es que se le quitan a uno las ganas de sandías por no andar a estas horas por aquí.

El camino que transcurría paralelo al tapial quedaba ennegrecido. Avanzaban con cuidado, evitando los lanchares y socavones producidos por las torrenteras en el camino durante la reciente tormenta de finales de agosto.

-Esto está para matarse.

-Y no se ve nada.

-Al final del cementerio, hay más claridad.

-¿No puedes apagar el cigarro de una vez?

Mateo aplastó la colilla con el pie.

En silencio se aproximaron al cercado. El desnivel del camino más la pared de más de un metro los ocultaban de la vista de un hipotético vigilante. Asomaron la cabeza para cerciorarse de que no había nadie.

-Vamos.

-Espera un poco hasta asegurarnos.

Treparon poniendo los pies en los huecos entre las piedras del muro.

-¡Qué cojonudas son!

-¡Calla!

Modesto seguía de pie, sin catar mediante unos golpecitos con los nudillos si la fruta sonaba a hueca.

-Callad, os digo que os calléis y que no os mováis.

-¿Qué pasa?



En sueños aún oyó murmullos y se espabiló. Sin moverse, afinó la vista a ver si descubría a alguien. La claridad de la luna no le permitió distinguir con nitidez ningún bulto que sobresaliera de las sombras. Sin embargo, se rebulló procurando hacer el menor ruido posible, y a gatas se dirigió por el corro de encinas hasta la pared, en el extremo alto de la finca. La oscuridad proporcionada por el muro permitía que su figura se camuflara. Se detuvo a ver si podía averiguar de quién se trataba; estaba convencido de que le robaban. Se quedó paralizado, calibrando cuál era la mejor estrategia para sorprenderlos. No podía permitirse mucho tiempo sin tomar una decisión, pues en el momento en el que hubieran elegido las sandías, se marcharían. Continuó avanzando un poco más, bien arrimado a las piedras del paramento. Aún se encontraba a cincuenta metros de la punta donde buscaban. Antes de situarse en la pared que seguía la línea del camino, se paró por un momento: la luna lo descubriría. Se arriesgó a continuar arrastrándose.

-Me ha parecido ver una sombra —advirtió Modesto.

Por un instante, los otros se incorporaron y se cercioraron si era cierto.

-Yo no veo nada.

-¡Que sí! ¿No veis como avanza una sombra?

-No.

-Alto, ladrones —voceó el tío Pantaleón cuando se sintió descubierto.

-Vámonos, dejad las sandías —conminó Modesto a sus amigos.

-Ese no es el tío Pantaleón.

-Parece que lleva un horcón.

Consiguieron calibrar la situación antes de emprender la huida. De un salto se situaron en el camino.

-¡Ay, como os agarre! Me las pagaréis todas juntas.

Lucio miraba atrás a ver si les seguían. Comprobó que su perseguidor seguía su estela por el camino. Apretaron a correr. Llegaron a los lavaderos, mientras su perseguidor acababa de sobrepasar el camposanto. La luz era más intensa en ese claro y se convencieron de que efectivamente portaba una herramienta que izaba mientras les advertía:

-¡Hijos de mala madre, así os parta un rayo y os ase vivos!

-Por las afueras, que si vamos por la iglesia, alguien nos puede reconocer y decírselo —propuso Lucio.

En la bifurcación, se dirigieron por los corrales y las cijas hasta el pilón de Lucillo. Por las eras del Porquero, repararon en que Mateo no les seguía.

-¡Hijos de la gran puta, id a robar a vuestros padres! —continuaban las amenazas y la voz no se quedaba atrás, como si no fueran capaces de poner tierra de por medio.

Se detuvieron un instante para recuperar el aliento.

-Vamos, no podemos quedarnos.

-¿Y Mateo?

-Habrá tirado hacia el pueblo por la iglesia.

-¡Desgraciados, os voy a matar como os pille!

Lucio corría por delante de Modesto. Al alcalzar el pilón de Lucillo, se detuvo a esperarlo. Todavía se oía vocear al tío Pantaleón, que seguía su pista, pero la distancia era mayor.

-No, no vayas por las eras de Lucillo, vamos a rodear todo el pueblo.

Modesto jadeaba, sin aliento. El guardés no desfallecía.

-Vamos —le animó Lucio.

Por los muladares dejaron de oír los improperios; no por eso desistieron de correr. Así continuaron hasta llegar al caño de El Santo. Allí no les quedó más remedio que dirigirse por la carretera hacia el casco urbano. Cuando alcanzaron El Cerrillo, Modesto dijo:

-Para, no puedo más.

Y vomitó. Lucio esperó a que se le pasaran las arcadas. Su cara estaba pálida y no le salían las palabras, aunque se incorporó.

-Vámonos a casa —propuso Lucio.

-No, espera un poco.

Modesto recobró paulatinamente la respiración normal.

-No podemos ir. Seguro que el tío Pantaleón se ha dirigido desde el pilón de Lucillo al pueblo y puede estar dando vueltas a ver si hay alguien sospechoso deambulando. Mejor, vamos por el Cerrillo a la estación y dejamos pasar el tiempo hasta que se canse y se acueste.

Los dos ascendieron por el camino que serpenteaba. En la pequeña cima realizaron un alto para escuchar. No oyeron ningún ruido extraño, excepto los propios de la nocturnidad: perros que no dejaban de aullar. Mientras caminaban:

-¿Qué habrá sido de Mateo?

-¿No le habrá sucedido algo?

-Por las voces del tío Pantaleón, no parece que lo haya pillado.

-Mejor así…

-Seguro que no ha sido tan miedoso como nosotros y no ha rodeado todo el pueblo y ahora ya duerme a pierna suelta.

-Joder, a mí me ha dado mucho miedo. Me parecía un hombre joven, tal vez alguno de sus yernos.

-La verdad es que corría demasiado para ser el tío Pantaleón.

Al llegar a la estación, descendieron hacia el pueblo. En el casco urbano, andaban con temor de que alguien los viera. Los bares ya habían cerrado. Por no pasar por delante de la vivienda del damnificado, se desviaron hacia la plaza. Allí se despidieron, tirando cada uno para su casa.


Al día siguiente, domingo, Lucio, antes de ir a misa, fue a buscar a Modesto.

-¿No habrás sabido nada de Mateo? —le planteó a su amigo camino de la iglesia.

-No, no he salido de casa.

-Ya, yo tampoco… No he pegado ojo pensando en él.

-Igual yo. No podía quitarme de la cabeza que le hubiera pasado algo y que hicimos mal en no dar una vuelta antes de acostarnos a ver si lo veíamos.

Llegaron a la plazoleta de la iglesia cuando no eran muchos los mozos congregados. La mayoría fumaba mientras esperaba y departía unos con otros. Los dos amigos, antes de integrarse en un corro, escrutaron a los congregados.

-Nada, no está.

-Es temprano, solo han dado la segunda.

Al rato comenzó el esquilín. La mayoría de los feligreses entraban en el templo. Los mozos aún apuraban sus cigarros.

-¿Será posible? —se alarmó Lucio.

-A este le ha pasado algo, ¡ya verás!

-¿No entráis? —les preguntó alguien.

-No, esperamos a Mateo. ¿No lo habrás visto esta mañana?

-No, qué va.

Se quedaron solos junto a otros que parecían no mostrar intenciones de oír misa.

-¡Por fin! Allí se le divisa.

Mateo caminaba sin prisa y fumaba.

-¿Dónde te has metido, macho? —le recriminó Modesto.

-Nos tenías preocupados.

Al recién llegado se le esbozó una insignificante sonrisa. Lucio le dio una palmada en la espalda.

-¿Estás bien, no?

-Sí, más o menos.

Su palidez habitual blanqueaba más esa mañana.

-¿Qué te pasó anoche?

-Sentí un pinchazo en el costado —se señaló con la mano— que me impidió correr. No tuve más remedio que saltar a las eras del Porquero y tumbarme en la hierba para que no me viera. Pasó a mi lado. No sé cómo no me descubrió.

-¿Viste quién era? —preguntó Lucio.

-Sí, el tío Pantaleón.

-No me lo puedo creer. Si corría una barbaridad…

-Ya.

-¿Y llevaba un horcón?

-Ya lo creo. Y si hubiera alcanzado a alguno, no sé qué hubiera ocurrido.

Mateo dio unas caladas y los tres permanecieron en silencio. Después de tirar la colilla, dijo:

-¿Sabéis lo mejor de todo?

-No.

-No.

-Que esta mañana, a primera hora, el tío Pantaleón se ha presentado en mi casa con un carretillo de sandías... para regalárnoslas.




06/02/26

Pelotón de cola 6

 

Tú sufriste las desgracias que acaecieron a los demás. Primero el accidente de moto de tu hermano. ¡Mala suerte! Se le topó él. No fue en la cantera, sino de camino a ella. Resbaló y su cabeza impactó contra una piedra. En realidad, no debería haberle dejado secuelas porque el golpe, en apariencia, no fue brutal. Pero, con el paso de los días, su carácter cambió. De ser alegre, natural y buen cantero, un modelo a seguir para ti, se transformó en poco tiempo en un ser desganado y apático. Aunque salía en dirección a la cantera porque tus padres lo levantaban temprano, aparecía más tarde en el corte, y su disposición a trabajar había desaparecido. El cortador pronto se percató de que el muchacho se había trastornado. Cuando se lo comunicó a tu padre, este no pudo por menos que confirmar que en casa tampoco era el mismo. No le había quedado ninguna cicatriz a consecuencia del accidente, pero su cabeza no regía su comportamiento como antes. Aunque se consultó con el médico y acudió al especialista y le recetaron las medicinas correspondientes, tu hermano Ángel no recuperó la cordura y el talante campechano y abierto de antes del siniestro. Dejarlo en la cocina o sentado al sol, bien en el corral, bien en la puerta de la casa, mientras tú te dirigías a la cantera te resultó cada vez más difícil de llevar. Tú y los amigos luchasteis por conseguir que no se apagara en la solana, animándolo a que os acompañara a la taberna. Por momentos, acodados en la barra y recordando andanzas pasadas, parecía posible la recuperación. Sin embargo, la llama del buen ánimo se extinguía cuando entrabais en el portal. Cada vez os costó más convencerlo de que le convenía alternar, hasta que llegó el momento en el que fue imposible sacarlo de casa… No se sabe muy bien, además, qué sucedió, pero a partir de una mañana, una pierna se le quedó casi inmóvil. Luchó para vencer esta última contrariedad, esforzándose en recuperar el movimiento. Apoyándose en los lados de la mesa de la sala, intentaba bordearla; pero, pese a su empeño en ejercitarse, la parálisis se impuso. La mayor parte del tiempo la pasaba postrado en la cama que colocasteis delante de la ventana para que se distrajera mirando lo que sucedía en la calle. En ese lecho, acabó muriendo de repente.




Golpearás con la cachaba la ventana con el propósito de que el tabernero se percate de que te despides y, de paso, para que salga a por la copa dejada en el banco de piedra. Regresarás a casa despacio, parando en el trayecto las veces que sientas que la fatiga te impide avanzar más. De paso, si te cruzas con alguien y te saluda, aprovecharás para sonreír. Contemplarás el trajín de las amas de casa barriendo las puertas, sacudiendo las alfombras, limpiando las ventanas o charlando entre ellas sobre sus cosas. Seguirás avanzando en tu recorrido. En medio de la calle, serás la figura diminuta de un anciano que camina con dificultad apoyándose en sus dos garrotas. Echarás tu cuerpo hacia adelante, separando tus pobres báculos de las piernas. Si te detienes de pie, adelantarás un poco estas, para poder erguir la cabeza y mirar a quien se dirige a ti. Otro trecho más; ya te falta menos, pero habrás de sentarte de nuevo. Esta vez será porque tienes que sacar el pañuelo para enjugarte las lágrimas que se empeñan en brotar sin que las provoque emoción alguna. Todos los días necesitarás un moquero limpio para este menester que te atormenta, pues el escozor será una molestia crónica, una más de las que soportas a estas alturas de tu vida.

Te hubiera gustado llegar a tu cuadra, donde poder hacer en intimidad tus necesidades, pero tu indómito organismo se empeñará en regirse por unos horarios y hábitos desconocidos que te obligan a apartarte en busca del muladar. Te has acostumbrado a que en esos menesteres te sorprendan las mujeres o los niños que allí van a tirar los cubos de ceniza. Procederás de manera natural y no tendrás reparo en reclamar auxilio. Muchas veces, si no hay nadie por los alrededores, esperarás a que alguien aparezca para que te ayude a abrochar los botones de la bragueta y apretarte el cinto. No necesitarás explicar cuál es el problema, pues todos conocen tus costumbres y las limitaciones que te impiden una autonomía que perdiste hace ya años en los caminos que recorrías buscando una vida diferente.





No sabrás por qué te atraen tanto las fruslerías con las que te encandila tu hermana. Tal vez sea culpa suya, pues desde siempre te las ofreció ganándose tu voluntad; o quizá tú eras el antojadizo que, cada cierto tiempo, necesitaba tener algo nuevo para exhibirlo ante los demás. Como urraca, sentirás predilección por los objetos brillantes, pero en vez de atesorarlos, estos te incitarán a salir y mostrarlos a los demás. Aunque no necesitas un tema de conversación para dirigirte a tus vecinos, cuando estrenes algo lo mostrarás, serio y orgulloso, a cada uno de ellos.

¡Eh, mira!

¿Qué?

Como no se habrán percatado del detalle que luces, lo enseñarás.

¿Quién te ha regalado esa insignia tan bonita?

Mi hermana, mi hermana…

Vaya, vaya… ¡Qué bien te queda!

Sí…

No tardarás en perderla u olvidarla después de haberla mostrado.

Pero, bueno, ¡qué guapo estás!

Sí…

Todos alabarán tu salero al verte atusarte el pelo con un peine pequeño.

Me lo ha comprado mi hermana.

¡Te queda muy bien ese peinado!

Sí…

Serán insignias, peines, monederos, relojes de mentirijillas, cinturones, tirantes, llaveros, gafas o cantimploras de plástico…, pero nunca te regalará una navaja. Se la solicitarás de vez en cuando.

Ya te compraré una la próxima vez que vaya a la ciudad, que el cacharrero no las traía —te engañará cada vez con una excusa diferente.

Mira qué sombrero más bonito te he comprado para protegerte del sol.

Sí.

Y volverás a olvidar el arma blanca por un tiempo indefinido. La lista de objetos que te regalen será numerosa, pero en ella nunca aparecerá la navaja con la que los niños, en los últimos juegos de su infancia, fingen ser aplicados carpinteros que afilan flechas o forjan pequeñas espadas de madera.




Trabajar era un privilegio. No importaban las condiciones del contrato, la dureza de las tareas ni el sueldo a percibir. Por eso, tú, Hombrecito, al igual que el resto de los niños, colaboraste, en la medida de tus escasas fuerzas, para auxiliar las necesidades de alimentación y abrigo. A unos antes, a otros después, la miseria os sacó de la escuela sin haber cumplido los doce años: unos para ser zagales de los numerosos rebaños de ovejas y, tras un tiempo de aprendizaje, pastores; otros para convertiros en criados de las casas de más postín; y otros para colaborar en las tareas agrícolas —segar, agavillar, acarrear, pisar paja en carros y pajares, trozar leña, cortar hierba y buscar berzas para los famélicos asnos. Si el trabajo infantil era inhumano, a ti te resultaba especialmente insufrible debido a tu constitución endeble. Sin embargo, encontraste en la rabia la energía necesaria para no desmerecer ante los demás niños. Aprendiste a resignarte y a digerir el sufrimiento sin que los otros se percataran de que el dolor te corroía el alma, todo para no quedarte atrás ni ser señalado. Solo cuando entrabas en casa manifestabas los sentimientos que habías mantenido enjaulados, a pesar de que nadie te aliviara la fatiga, pues tu madre consideraba que la vida era trabajo y sufrimiento. Te echabas en el escaño y te arropabas a descansar. Al poco tiempo el sueño te vencía y era cuando por fin aliviabas la pena que sentías por existir.




Lleva estas losas al montón —te ordenará el capataz, después de haber apuntado el número de ellas en una libreta pequeña, donde sujetará el lapicero en el aro metálico.

Meterá el cuadernillo en el bolsillo de la camisa y se aproximará al taller del siguiente cantero de la cuadrilla para proceder de igual modo en el recuento de la labor que cada uno ha hecho desde la última vez que cargaron.

No será necesario que nadie te advierta que, a lo largo del día, el camión llegará a la cantera para sacar la producción. Hasta ese momento, tu tarea será la de juntar todas las piezas. El encargado te ha enseñado el modo menos fatigoso para trasladarlas.

¡Sinuñas! ¡Cuántas veces te he dicho que así no se mueven! ¡Báilalas!

Se refiere a que levantes las losas de un lado solo y lo adelantes, al mismo tiempo que elevas el otro y lo meneas. Lo has intentado muchas veces, pero te es imposible coordinar esos dos movimientos que te ahorrarían tanto esfuerzo. Lo más simple te resultará inalcanzable.

A veces te piden que aplaudas. No te importa que se rían de ti y se sorprendan de tu torpeza, con tal de que se distraigan por un rato de la repetitiva labor de aporrillar. Con mucho esfuerzo, conseguirás juntar las dos palmas, aunque sin la fuerza necesaria para que el sonido se produzca. Ellos chocarán sus manos para demostrarte lo sencillo que es, y la resonancia se extenderá por todo el paraje de Las Cubas hasta perderse en las encinas de las dehesas impenetrables. Cuando creas estar solo, sin que nadie te incite a ello, estrellarás las manos con la idea de dominar tal destreza y conseguir extraer un sonido.

¡Ale, como te dé la gana!

El encargado terminará por perder toda esperanza de que cambies de hábitos. Tal vez, por demostrarle que a tu manera consigues realizar lo que te ordena, removerás las losas con una ligereza impensable. La rapidez que logras es un acicate para impulsarte a ir aún más deprisa.

¡No tan de prisa, animal, que te vas a machucar!

Será en vano la advertencia, porque apenas termine de pronunciarla perderás el control de la losa, que retrocederá cayendo justo en los dedos del pie derecho. Notarás un ligero dolor amortiguado por las botas de Segarra y, por un momento, te ilusionarás estimando que el accidente no ha sido nada.

¡No te lo decía, cabestro! ¿Te queda alguna uña en los pies?

Por la noche, arrimado a la lumbre, verás con la fantasmal luz de la llama los dedos amoratados y, justo en la carne de la que nace la uña, la notarás inflamada. Pensarás que las heridas no son tan graves, sin embargo, como te adelantó el cortador, con el paso de los días, la uña se desprenderá. Cuando la excrecencia baile en el dedo, del mismo modo que tú deberías haber bailado la losa para trasladarla al montón, pensarás que el patrón no se había equivocado.




Tú habías pintado los tablones de la caja del carro. Te creían extravagante por los temas representados y por los colores vivos con los que los adornaste, aunque todos reconocían tu maestría con el lápiz y los pinceles. Pintar vikingos desafiando en la proa de su barco a las olas y a los timoratos pescadores que faenaban ajenos a la ferocidad del atacante, era una incongruencia difícil de asumir para personas de tierra adentro. Tu fascinación por el mar se reflejaba también en las manadas de delfines saltando y sumergiéndose entre los pequeños recuadros azules de los tablones del carro. También pintaste una gran ballena con un surtidor de agua que sobrepasaba el límite del madero para proyectarse, con ayuda de la imaginación, sobre el paisaje pardo y cárdeno por donde avanzaba el carruaje. La aventura marina quedaba reflejada en el otro lateral, donde representaste la expedición de Colón dirigiéndose al Nuevo Mundo, una imagen que se alejaba en el camino a medida que el carruaje avanzaba por las veredas polvorientas hacia la cantera.

Como ocurría con otras de tus numerosas manías, te dejaban en paz cuando sentías la llamada de la inspiración. A veces, cuando los demás dormitaban en siesta, movías el carro a la sombra de la techumbre y sacabas los pinceles y los botes de pintura para recrear ese mundo marino que ahora todos los vecinos podían admirar y al que tú cuidabas con esmero repasando los colores que se desvanecían como consecuencia de la exposición solar y la humedad. Esa necesidad de imaginar mundos y de representarlos continuó a lo largo de buena parte de tu juventud, y tus lienzos fueron las paredes verticales de la inmensa cantera familiar. Al principio dibujabas escenas a la altura de tus ojos, pero pronto la ambición de tu arte se hizo gigantesca y necesitaste subirte a andamios para representar la gran batalla naval de Lepanto. Cuando trabajabas en tus proyectos pictóricos, la familia respetaba tus tiempos de inspiración. Ninguno de tus hermanos ni tu padre te recriminó que dejaras de picar piedra para pintar. Tampoco tenían prisa si había que esperarte, cuando la luz vespertina declinaba y era hora de regresar a casa después de una extenuante jornada de trabajo. Se sentaban alejados y observaban en silencio los avances conseguidos en la tela pétrea, admirando tanto la genialidad, como la concentración con la que te afanabas manejando la brocha. Cuando se percataban de que prendías un cigarro y te quedabas contemplando tu propia creación, se levantaban y se acercaban a ti con el propósito de observar con más detalle la obra.

Cuando queráis, nos vamos —decías, como si ellos hubieran estado trabajando en sus talleres picando piedra hasta ese momento en el que tú decidías dejar de pintar porque la oscuridad te lo impedía.




Antes de que la oscuridad cubra la imagen de cualquier arbusto o de las vides próximas, sentirás los primeros síntomas de tu malestar digestivo. Pensarás en tu desgracia constante, relacionando las molestias con tus horas de descanso. Quizá sea la legumbre que has ingerido o el frío de la alcoba donde te has quedado profundamente dormido durante la siesta; sea lo que sea, notarás cómo el vientre se ha puesto duro igual que el pellejo de un tambor. Interpretarás los eructos iniciales como señal inequívoca de que habrás de pasar horas de una temible agonía hasta expulsar todo lo que tu estómago no ha conseguido digerir. Te revolcarás en el suelo buscando la posición menos incómoda en ese interminable proceso doloroso y pensarás que, si fuera de día, podrías caminar y olvidar por un rato tu malestar. Beberás agua no para aliviar, sino con la esperanza de que el líquido acelere el desenlace. Sin embargo, tan solo cuando percibas la primera claridad del alba, tu cuerpo convulsionará para devolver lo que no ha podido asimilar. Tu nerviosismo y la tensión acumulada serán un obstáculo que impedirá que todo lo retenido sea expulsado, y volverás a sentir de nuevo los dolores del parto de vómitos. Exhausto y rendido a una agonía que no pueds detener, te quedarás dormido al lado del charco de bilis. Cuando el sol te golpee con sus luminosos juncos de calor en tu chupada cara, serás consciente de que, una vez más, has triunfado sobre la muerte, aunque ponderarás que no merece la pena luchar por la lamentable vida que llevas.




Te hubiese gustado engatusar a tus cuatro hermanos. Con el mayor, no hay complicaciones, pues los dos estáis unidos por vínculos que ni vosotros mismos identificáis, que os obligan a permanecer juntos, sintiendo vuestra presencia como si fuera sombra inseparable. Sin embargo, los del medio son un mundo aparte. Con ellos os entendéis de maravilla, excepto cuando el asunto que tratáis es el dinero o el trabajo. En estas ocasiones se desentienden y, sin llegar a plantear una negativa rotunda, levantan una muralla de escepticismo que es insuperable, incluso, para ti, hombre con un poder de seducción envidiable. Cada uno ha trazado una vereda por la que su vida discurre y de la que es difícil sacarlos, aunque el proyecto presentado les facilitase el camino por amplios cordeles. Tu inmediato hermano, un año mayor que tú, sueña con la oportunidad de abandonar el pueblo y trabajar en la ciudad de lo que sea. Aunque llegará un día en que se vaya, lleva viviendo fuera de vuestro entorno desde hace muchos años, pues, con su imaginación, se comporta como si ya viviera allí.

Seguro que en la ciudad las tabernas son más modernas y limpias…

No te digo que no, pero lo importante es si el vino será de mejor catadura o no —le replicará el patriarca.

Aunque no sea tan bueno, el jornal correrá mejor que aquí y no habrá preocupación por tomarse los chatos que hagan falta…

Sí, anda allá, que en la ciudad atan a los perros con longaniza —manifestará con una ironía no acostumbrada el más responsable.

¡Qué atrasados estáis!

El del medio, Trinos, no dirá nada, pues su manera habitual de comunicarse es con silbidos. Siempre estará modulando melodías que a veces sirven para enmarcar ambientalmente vuestras interesantes conversaciones de hermanos. Solo cuando lo que oye no concuerde con su constante apatía por las cuestiones materiales, cambiará bruscamente la línea tonal para emitir un pitido distorsionador que suele finalizar con un epifonema no siempre concluyente ni del todo comprensible.

¡Toma allá! —exclamará y vosotros le miraréis la cara a ver si en ella se refleja el significado prístino de lo que ha querido decir.

Sentís por él un cariño inmune a sus desplantes e inescrutables deseos. No sabéis cómo logra sobrevivir, pues tan solo lo veis beber vino. A veces os acompaña en los jornales que os proponen ganar, pero no como un trabajador más que recibirá la paga correspondiente, sino como peón sujeto al pláceme arbitrario del patrón que, según la estimación que efectúe, le dará de comer, beber y poco más. Aunque sus facultades físicas son ilusorias, su buen talante y las constantes melodías —algunas muy repetitivas—, transmiten una alegría en el tajo que es suficiente a ojos del patrón para justificar la poca producción total de la cuadrilla de hermanos. Como lo de uno es de todos, cuando el contratista os pague con un solo fajo de billetes, sentiréis que el monto os pertenece a cada uno de vosotros, aunque, en realidad, lo recoja el tesorero, el más responsable, el más veterano.

El que queda, segundo en el escalafón, es un bastardo imaginario. Así lo pensará él sin motivo que sustente esa suposición. Por esta razón, sentirá que debe quedar al margen de las discusiones más transcendentales de la familia. Se saldrá del círculo manteniéndose un paso por detrás. Escuchará lo que se diga, pero nunca se pronunciará ni a favor ni en contra. Con su inseguridad a cuestas, será incapaz de sumarse a las iniciativas del menor; si bien, a ojos de este, al menos no le planteará objeciones que lo desgasten en su empeño por jalear los proyectos de los que es promotor.


Pelotón de cola 5

 

Trabajabas en la cantera. La habilidad que demostrabas en los juegos infantiles no se confirmó al comenzar a trabajar la piedra. Quizá fuese por tu menguada corpulencia o tu insuficiente fuerza para mantener el ritmo de trabajo que la cantera exigía. Tal vez fuera el miedo a sufrir un accidente el que se apoderó de ti y te impulsara a alejarte. Mal que bien, aguantaste algunos años, aunque al final emprendiste una retirada paulatina. ¿Qué sentido tenía trabajar y sacar unos cuartos? ¿Para quién sería ese dinero? Pronto te convenciste de que vivirías solo, de que nadie, salvo tu propia familia, se preocuparía de ti; es decir, que nadie te querría. ¿Con qué ilusión se trabaja y se puede vivir, sabiendo que estás solo en el mundo?

Hasta que tu madre murió, fuiste un mozo más. No eras de tabernas ni de actos religiosos, aunque te gustaba alternar. Te preparaba la ropa de domingo: una camisa blanca que hacía más negra tu cara y oscuro tu pelo azabache, unos incómodos pantalones de tergal y los zapatos lustrosos. Entrabas en el bar con las manos en los bolsillos. Siempre había alguien que te invitaba a que te unieras a su grupo. Sonreías a lo que te decían o contaban, casi sin hablar tú. Te tomabas tu mosto, pues nunca probaste bebidas alcohólicas y compartías dos o tres rondas hasta que abonabas la que te correspondía pagar a ti y, después, regresabas serio otra vez a tu casa deseando quitarte esas prendas con las que te sentías comprimido. Tu madre las doblaba y dejaba en una silla, preparadas para la tarde, cuando saldrías a echar la partida de cartas. Te sentabas con el primer grupo a jugar a la brisca. Verte en esas reuniones tediosas era deprimente. Tú que habías sido el campeón de toda clase de juegos infantiles, obedecías al que dirigía sin rechistar, como un simple peón: corta con un triunfo, echa unos tantos, mala, mala…, el caballo, la puta… Pronto se reflejaba en tu rostro contraído el cansancio y el desinterés por los avatares del juego y lo mismo te daba perder que ganar. Obedecías sin mostrar tu pasado orgullo, cuando con una facilidad asombrosa lograbas triunfar en todo juego en que participabas. ¿Has olvidado la cara de pillo que se te ponía y cómo disfrutabas picaronamente con el desconsuelo de tus amigos? ¿Quién te arrebató tu alma limpia y te dejó ese poso fúnebre que emana de cada uno de tus poros?




Cuando menos lo esperes aparecerá desde dentro con una copa de coñac y un paquete de Celtas.

Sinojales, ¿ya no me saludas?

Tardarás en reaccionar, porque tus ojos no se posarán en quien te habla, sino en el maná llegado inesperadamente. Primero tomarás el tabaco y lo meterás en el bolsillo de la chaqueta. Luego, irás a por la bebida, pero, cuando tu mano esté a punto de agarrarla, tendrás la suficiente decencia para fijarte en la persona que te obsequia.

Aaaqu… —intentarás pronunciar su nombre, porque lo has reconocido, pero la emoción te impedirá superar el tartamudeo.

Aquilino, tu primo —te ayudará el familiar—. ¡No pasan por ti los años!

Te hablará y tú con tu risa estúpida confirmarás las conjeturas que él formula.

¿Y… tus… hijos? —lograrás preguntar a tu benefactor con el deseo oculto de que perciba que eres agradecido y considerado.

Te ofrecerá información sucinta de ellos, percatándose de que tu interés es más profesional que emotivo.

Tu primo, como el cura, pronto te dejará tranquilo, porque no sabrás mantener una conversación y se sentirán incómodos. A ti no te importaría que se sentaran junto a ti y te hablaran. No querrás conocer nada de su vida, pero agradecerás la compañía.

Te dejo, primo. Estoy tomando algo con unos amigos.

Cuando se meta, aproximarás con sumo tacto la diminuta copa a tus belfos mulares, procurando acertar en el vertido de la bebida. Darás un primer sorbo que solo mojará un poco las encías y la punta de la lengua. Y sin haber bajado la mano, abrirás la boca para derramar de una vez todo el contenido. Lo sentirás caer con la misma rapidez con la que el caldero desciende en busca de un agua profunda en el pozo medio seco.

Después, el familiar madrileño saldrá del bar con sus amigos.

Hasta otro rato, Sinojales —se despedirá.

Taaa, taaab… —Tardará en comprenderte, porque no serás capaz de pronunciar la palabra.

Te ofrecerá un cigarro, pero moverás la cabeza para hacerle comprender que no es eso lo que quieres. Sacarás el paquete que antes te había regalado y se lo ofrecerás.

No, gracias. Yo de ese no fumo…

Te pondrás muy serio y estarás a punto de enfadarte porque no hay manera de que adivine lo que deseas.

Quiere que se lo abras… —por fin acertará con el deseo de Sinojales uno de sus amigos.

Afirmarás moviendo la cabeza y sonriendo. Te pondrán un cigarro sin boquilla en la boca y te darán fuego. Fumando volverá a ti la seriedad y recogimiento del gran sabio que eres.




Como una exhalación correrás el camino que separa la almunia donde viven retirados tus padres y tu hermana de la población. Llegarás exhausto a los aledaños, pero con la vitalidad necesaria para recorrer todos los barrios y saludar con enardecimiento a los vecinos. Sin embargo, tú sabrás quiénes te reciben con cariño y a quiénes tu presencia importuna. Igual que un chucho listo, te detendrás con quienes puedes hablar y, como mucho, saludarás a aquellos que te evitan.

¿Qué tal por el paraje de Las Castañuelas? —querrán saber por fisgonear.

Bien… —responderás evitando aportar detalles de la vida de tu familia—. Ha parido la oveja Remera.

¿Cuántos? ¿Uno o dos?

No sé. Dos…

No se podrán echar cuentas contigo. Los números bailarán en tu mente. Para ti solo existirá la unidad, el uno; todas las demás cifras te marearán y confundirán.

Hace mucho que no sabrás qué es el dinero. No te darán propina ni tú la pedirás. Te gustarán las baratijas que tu hermana te entrega cada vez que sales de casa. Con ellas serás feliz y te sentirás el ser más opulento y orgulloso del reino de los mortales.

Aunque visitarás todos los lugares concurridos, nunca acudirás a los actos religiosos, ni a convites de remate ni de cofradía. Tan solo te atraerán los bautizos en los que te gustaría participar con los niños para recibir el cucurucho de confites y pelear por la granizada de monedas de perras gordas y chicas que el rumboso padrino arroja entre los remolinos de muchachos que, ansiosamente, esperan reunir unas monedas más para redondear la propina materna, siempre menor de la que desearían. La calderilla será lo de menos: lo que te incitará será la pugna a empujones en el polvoriento suelo donde se revuelcan en busca de las perras y los escasos medios reales y las testimoniales pesetas. Pero tu vida estará controlada por los tuyos, por tu madre y tu hermana, que regularán tu conducta sin que te percates.

¡Vaya rumboso que ha sido Catalino! —repetirás con quien hables para ponderar el desprendimiento del padrino del bautizo al que no has ido.

¡No me digas!

Sí, por lo menos ha tirado quinientas pesetas…

¡Tantas!

Sí, o más…

Pues sí que ha estado espléndido.

Sí…

Lo que Catalino repartió variará a lo largo del recorrido. Unas veces el capital será de quinientas, otras, la consideración de Bautistín habrá menguado a quince pesetas y, cuando esa misma tarde vuelva a visitar al que dijo que el padrino tiró quinientas, la aumentará a mil.




Llevarás el cigarro posado en tu palma, como si se tratara de un objeto sagrado al que se venera. Cuando se lo entregues, te apartarás sin perder de vista al hombre que lo encenderá. Te quedarás mirando absorto y admirado de la facilidad con que aspira el humo y lo arroja entre nariz y boca.

¿Quieres? —El cortador te ofrecerá un cigarro una vez más con el propósito de provocar el temor que sientes al fuego y al humo.

Negarás con la cabeza y te separarás unos metros para alejarte del peligro.

¡Si no pasa nada! ¡No me quemo!

Todo lo que rodea a las llamas te atemorizará: las ascuas, incluso las cenizas traicioneras en las que nunca se sabe cuándo el calor se ha extinguido; así como la badila y las tenazas y las trébedes, siempre al lado del hogar, contagiadas de una calentura imprevisible… Tu temor no será vano, sino consecuencia del accidente que sufriste cuando todavía eras un niño. Tú no recordarás lo sucedido, sin embargo, ha quedado como testigo del percance ese miedo primitivo que te acompañará toda la vida y, también, aunque menos importante, una quemadura íntima que solo tú descubrirás cuando la zozobra te sumerja en el remolino de la angustia. La cicatriz se asemejará a unos finos labios rosáceos que desean besar. Cada vez que gires el antebrazo para que aparezca, comprobarás que tu sufrimiento es único, al igual que tu herida secreta; que nadie se acuerda de que existes; que llevas muchos años viviendo y que sientes incertidumbre, igual que los demás…

Siempre quisiste conocer la historia de cómo te quemaste.

Ya no me acuerdo —eludirá tu madre contar nada.

Te quedarás sin aliento ni palabras. Se lo preguntarás de vez en cuando el resto de tu vida.

No recuerdo… Ha pasado mucho tiempo —te repetirá tu madre, cada vez más anciana.

A tu padre nunca le plantearás la cuestión, porque para él el pasado será recordar la infelicidad de su vida. Él solo hablará por medio de la violencia y los exabruptos.

Procurarás olvidar la herida, del mismo modo que tus padres lucharán vanamente para desterrar el recuerdo persistente de tu existencia.




Añorarás a tu padre, cuando seas el único de la prole que siga cumpliendo la pena bíblica de que, con el sudor de tu frente y el polvo de las piedras, comerás el pan, cuando él uncía la pareja de mulas y las enganchaba en vuestro engalanado carro. Puntuales acudíais a su llamada y, después de sorber el negro café que había cocido vuestra madre, montabais con lo que os correspondía preparar: uno se encargaba de la colección de punteros, uñetas, cuñas, mazas que precisaríais para picar la piedra; otro disponía del botijo y de los dos cántaros de agua con los que saciaríais la sed; tú, bajabas a la bodega en busca de una cántara de vino con la que aliviar la fatiga y encender el ánimo para vivir alegres otra jornada más; otro recogía de la cocina la cesta y el capacho colmado de comida, incluidas dos medianas de pan, para cuatro titanes y un padre con los primeros síntomas de postración.

Los dos mayores iban sentados en la parte de atrás del carruaje, con las piernas colgando; tú y tu hermano mellizo, tirados a lo largo del suelo, prolongando un sueño siempre escaso. Tu padre caminaba llevando del ramal a los animales. Después de muchos años cabalgando, había renunciado a montar nunca más. Os acompañaba, pero, desde ese día que se negó a dirigir la yunta de mulas encaramado en su lomo, no le permitisteis que sus manos volvieran a tocar una piedra. Se merecía el descanso del que ha entregado todas sus fuerzas a transmitir un oficio y una filosofía de vida que había calado en vosotros, sus hijos. Al llegar, cada uno retomaba la tarea en el punto en el que la había dejado el día anterior y él, con la parsimonia del que sabe que no se recuperará de la fatiga acumulada, se entretenía con menudencias que para vosotros eran muy importantes. Desenganchaba las bestias del carro y las dirigía a pastar en las proximidades y les trababa las patas delanteras con una lía para que no se alejaran del lugar; ponía la merienda a buen recaudo de los perros y otras alimañas y el cántaro lo sumergía en la charca profunda en la que se depositaba el agua que emanaba del impresionante frente que generación tras generación vuestra familia había abierto; os arreglaba los toldos con los que os resguardabais de los rayos solares o levantaba paredes que cortaban las rachas frías del viento; o no dejaba que la lumbre se extinguiera. Cuando llegaba la hora del almuerzo a media mañana o de la comida a mediodía, extendía un trapo en la mesa de piedra de la gran caseta en la que os refugiabais cuando el frío apretaba o el calor enturbiaba vuestra vista. Os avisaba y cada uno se sentaba en una piedra a modo de asiento. Al acabar, sin recoger, os dejaba que fumarais y que os tendierais un rato para cerrar los ojos y reponeros del esfuerzo. Mientras dormíais, se paseaba por vuestros talleres y, si habíais dejado la herramienta de cualquier manera tirada en el suelo, la recogía y la depositaba encima de la pieza a la que dabais forma. Siempre os regañaba por el poco cuidado con el que tratabais los punteros y lo despistados que erais por perder muchos de ellos envueltos entre los rajos… Pronto añorarás su compañía, al igual que la de tus hermanos, y los berrinches inevitables que padecía a consecuencia de la abulia con la que afrontabais vuestra existencia.




Deberías recorrer los límites de las parcelas antes de que anochezca del todo para comprobar que no se ha producido ninguna calamidad, pues estás seguro de que tu padre no se habrá movido de la entrada y habrá pasado el día echando un cigarro detrás de otro hasta acabar las dos cajetillas que gasta, pero no tienes el ánimo suficiente para emprender esa excursión. Por eso te sentarás sobre un saco de arpillera, colocado a modo de alfombra a la puerta de la cabaña de ramas. Eres incapaz de ingerir la merienda que habrás de condurar hasta que tu hermana Misieriña te auxilie con nuevas viandas. Dirigirás la vista al norte, a la extensa pradera de cereal que adivinas que oscila como habrán de bambolearse las olas del mar. Tu mirada se perderá en esa lejanía desconocida. Luces más potentes que las que alumbran tu barrio te harán pensar en la existencia de otros mundos más livianos y confortables que tú nunca conocerás. Tú serás un animal montaraz y solitario que se pasa los días vagando entre vaguadas revestidas de vegetación áspera y seca, o ascendiendo cotas de piedra detrás de alimañas, o siguiendo el rastro de polvo y miseria que detrás de sí dejan las manadas de ovejas, vacas o cabras que apacientas. Siempre animales ajenos, primero, siendo zagal, después como pastor pobre al que se paga su mensualidad con cuatro duros y una merienda indigerible para tu delicado estómago. Te hubiera gustado ser cantero, como los niños de tu edad, pero tu constitución quebradiza nunca te ha permitido tocar esas herramientas de hierro negro y frío con las que ellos abren en canal los bloques grises y azulados de granito. Les envidiarás los días de descanso, cuando, dejando sus ropajes de trabajo, se engalanen con sus camisas blancas luciendo coloridas corbatas. Tú no tienes ropa de domingo, porque nunca has descansado y porque tu vida es puro trabajo y olvidados retiros en la cocina o en el corral, oyendo el trajín ajeno del que no puedes participar. Tu vida se difuminará absorbida por la lóbrega alcoba donde a duras penas alivias la sempiterna fatiga, o camuflada entre encinas, piornos, escobas, turras, espliegos, por los que te deslizas como culebra repudiada. Las estrellas te sorprenderán en esa reflexión aterradora que, sin embargo, no te dará el suficiente impulso para acabar siendo dueño de ti mismo.




El pequeño de los cinco estará tentado de abrir la empresa al hermano que desee sumarse, pero una reflexión, más propia del mayor que de él, relacionada con la prudencia, le hará abortar el acto de generosidad. Callará dejando que el decano de la familia pondere la Máquina, aunque su discurso solo verse sobre la facilidad con la que trocea los troncos y no sea capaz de vislumbrar las posibilidades mercantiles que se les presentan. Ya tendrás ocasión de convencerlos, ya que, aparte de las ventajas obvias que presenta el adelanto, el cielo te otorgó el don de la elocuencia y cuando tú hablas —cuando deberías ser un simple mocoso por tu menor edad—, los otros te escuchan con admiración, en especial el más viejo, el que ha suplantado al padre que tú no recuerdas, pues cuando falleció, no habías cumplido los dos años.

No llenamos ni el depósito de gasolina una segunda vez y ya habíamos hecho una carga…

¡No jodas!

O más, si me apuras…

Los dejarás que despierten su admiración, mientras tu mente, adelantando el tiempo, discurrirá sobre cómo extraer esa madera del monte de manera más abundante y rápida, pues no convendrá continuar utilizando animales de carga para transportar ese inagotable botín.

Estás muy callado, Socio —te recriminará el que hace de padre, observando sin comprender tu mutismo, tú, el verdadero protagonista del descubrimiento que él celebra—. ¿No estarás preparando otra parecida?

Callarás, saboreando el momento y demorando la exposición de los planes, que se irán perfilando con más claridad.




Cuando la mujer recupere el control del hogar, saldrás otra vez a la calle, donde esperarás que una luz imprecisa te guíe a tu siguiente destino. Llegarán en un instante dos comadres enlutadas.

¿No vas a misa, Dosia?

¿Para quién es?

Es la misa de año de Servando, el Marinero.

Dudarás si las acompañas o continúas merodeando por el barrio. Las cosas de la Iglesia no te gustan, aunque cumples a rajatabla con los ritos obligados. Sin embargo, las ceremonias fúnebres te dan miedo. Apaciguada el hambre matutina y calculando que tus piernas responderán al esfuerzo que has de realizar hasta llegar a la iglesia, aceptarás por la llana razón de curiosear.

Esperad, que me echo el mantón.

Sacarás esa prenda más parda y desvaída que la que portan las otras mujeres, pero con ella sobre los hombros, notarás más confianza y seguridad en ti misma. Lo único que te diferenciará de las otras es la edad, ellas un poco más jóvenes, y sus mantones, con menos años de uso.

Te costará aguantar el ritmo de sus andares, pese a que tú eres un espárrago retorcido y ellas unas morcillas grasientas, pero tus muchos años y las atrofias que desfiguran tus piernas no te permitirán igualarte a ellas.

¡Que te dejamos atrás!

Apoyarás con más ahínco el bastón para nivelar la posición y no perder la conversación que entre sí mantienen.

¿Habrá venido toda la familia? —preguntarás para tomar parte del diálogo.

Dicen que ha venido la hija.

¡A ver, están tan lejos!

Cuando no se puede, no se puede.

Y menos mal que en el pueblo está su hermana, que, si no, ni misa le encargan.

Anda, a ver, si no es por la pobre Orosia, nadie se acuerda de él.

Lo que son las cosas, fíjate que ir a parar tan lejos y terminar trabajando en el mar…

A otros los ha ido peor.

Ya, sí…

Este, cumpliendo el servicio militar en El Ferrol, encontró donde ganarse el pan.

Ya lo creo, y bien que se lo ganó, que a los hijos les ha dado carrera.

Sí, pero, luego, cuando mueren, bien que los traen a enterrar aquí.

A cada uno, donde le conviene.

Así es.

En el atrio esperaréis a que llegue el cura. Las mujeres y los viejos retirados formarán el público concentrado en la explanada. El murmullo apagado y la masa de seres que te rodean te sumergirán en un mareo difícil de definir. Te sentirás más viva entre ellos, pero también más sola, pues pocos son los que se acercarán a interesarse por ti, como mucho, unas frases de compromiso. Pero tú no te arredrarás y te juntarás a esas vecinas con las que llegaste, aunque ninguna de ellas aparente darse cuenta de que te has sumado al corro.

Cuando entres en la iglesia, te sentarás en los bancos delanteros, junto a otras viudas solitarias que se correrán para dejarte asiento a su lado. Con ellas podrías hablar, pero estáis en la casa de Dios en la que el silencio es norma. Por otra parte, el motivo de su presencia no será únicamente honrar la memoria del Marinero, sino también interceder por sus esposos o hermanos muertos. En cambio, tú no añorarás a Balbino, tu hombre, en la iglesia ni en las letanías de los rezos. Lo echarás de menos en esa cama eterna sin su presencia, en la cocina silenciosa, en esa fresquera vacía, en esa cuadra donde no hay ni ratones, en ese pajar y leñera tan solo ocupados por inmensas telarañas negras…




Lo que soportarás peor es no haber tenido hermanos. Solos tú y tu madre, ya que de tu padre no recordarás nada más que lo que ella ha repetido múltiples veces: que murió, aunque no se sabe con certeza si fue por un accidente o por una enfermedad incurable.

En casa no quedarán vestigios específicos del oficio que desempeñaba. Sabrás que habéis heredado unas fincas que nadie te ha aclarado si se cultivan o se encuentran en barbecho, pero en el corral no hay vestigios propios del oficio de agricultor. Tal vez los aperos se hallen en otro lugar, quizá en la casa de los abuelos. Sin embargo, ellos también fallecieron y, aunque sabes cuál fue su vivienda, nunca entraste en ella. En tu imaginación lo recrearás como un cantero más de los muchos que hay, pero no podrás estar seguro de ello, porque la presencia de un porrillo y unos maltrechos punteros en la entradilla que comunica el corral con la casa no basta como indicio del trabajo en una cantera, pues muy bien los podría haber utilizado para sacar astillas de los tarugos más duros. No te atreverás a preguntar a tu madre si se dedicó a la piedra, para no desilusionarte con una respuesta que no corrobore la quimera que desde siempre has albergado de que tu progenitor fue un experimentado trabajador capaz de labrar bordillos, losas y adoquines; también procurarás no saciar tu curiosidad, sabiendo que siempre que habláis de tu padre, ella se alterará y te ordenará no pronunciar jamás su nombre. Tampoco le podrás plantear las razones por las cuales tú solo eres el fruto de esa relación denostada. A pesar de tu perspicacia, nunca te atreverás a preguntar por la hermana mayor que tuviste, muerta a los pocos días de nacer.



Las sandías

Citrullus lanatus , comúnmente llamada sandía, es una especie de la familia Cucurbitaceae. Es originaria de África. Se cultiva por todo el...