Una
de las ocasiones en las que me encontré con Hermógenes, mientras
andaba de un lado a otro con el mismo ánimo desfallecido de
costumbre, aprovechamos para tomar un café en una de las terrazas de
la esquina del Mercado Grande. Recuerdo que fue uno de los momentos
más placenteros de mi estancia en la ciudad. Protegidos de los
vientos y acariciados por el joven sol de primavera, nuestra mirada
se extasiaba en la amplia plaza, muy poco concurrida en ese momento.
Algún que otro transeúnte la recorría a lo largo o la atravesaba
en dirección a los barrios del sur. La muralla, no estando tan
próximo a ella, me parecía más humana, dejando de lado la altivez
y robustez de cuando uno se situaba a sus pies. La iglesia de San
Pedro, con su pequeña fortaleza rodeando la entrada, estaba
custodiada por una pareja de leones que más que fiereza mostraba
sumisión a un hábil domador, como era el tiempo, que suaviza a la
más adusta y cruel figura. Yo me quejaba con resignación de la
tarea sin sentido que me habían encomendado, como cumplidor
funcionario atado a la Administración. A esas alturas, mi ritmo se
había acomodado a las leves vibraciones místicas de los abulenses.
Mi mujer me decía, cuando llevaba dos o tres días sin aparecer por
casa, que me había cambiado el tono de voz y que le resultaban
extrañas algunas de las palabras que utilizaba en la conversación y
me recriminaba mi facilidad para contagiarme de la forma de hablar de
las personas con las que convivía. No era consciente de ello, pero
creo que no le faltaba razón. Así era cómo la ciudad y sus
habitantes me impregnaban el aire seco de su trato. Sospecho que ese
ánimo desvaído, esa fe en lo inevitable que ha de suceder porque
Dios así lo quiere, se sobrepuso a mi de por sí escaso
emprendimiento. La letanía de misas, rezos, plegarias, jaculatorias,
sermones que se desprendían de las innumerables iglesias y conventos
de la ciudad me hacía sentirme cansino y paralizaba mi inspiración
policial. No es que el fotógrafo hubiera logrado escapar a esa
atmósfera oprimente, pero se notaba que su profesión (y considero
que su misma personalidad nerviosa) y sus múltiples compromisos le
habían dotado de unas invisibles alas que le permitían moverse con
una grácil agitación en ese rancio ambiente provinciano.
—¿Quién
es ese? —le pregunté a mi amigo reconociendo al hombretón que
había visto no hacía mucho con los chicos de Fuentelavía.
Venía
hacia nosotros por el lado más estrecho de la plaza; me pareció que
había salido de la iglesia.
—¡Don
Daniel! —me respondió como si fuera el único habitante de la
ciudad que no lo conocía.
Cruzó
la plaza delante de nosotros y saludó a Hermógenes.
—¡Cómo
lo pasáis, desgraciados! —se dirigió a los dos con un entusiasmo
desbordante.
—¡Adiós!,
¡salao! —le devolvió la cortesía mi acompañante.
Se
le quedó media sonrisa hasta que desapareció por la calle San
Millán. En esos escasos metros de recorrido se entretuvo hablando a
dos o tres conocidos más.
—¡Vaya
personaje! ¡Qué majo es!
Esperé
a que se le pasara la subyugación admirativa a ver si se dignaba
proporcionarme datos de tal celebridad.
—¡Don
Daniel es demasiado! Mira que yo a los curas ni fu ni fa, pero don
Daniel es que es una persona arrolladora.
Si
me hubiera dicho que tal personaje era torero, me lo habría creído
con más facilidad que saber que era sacerdote; además, ¡en una
ciudad tan católica! Ya era llamativo que vistiera de seglar, cuando
todos sus colegas eclesiásticos lucían con orgullo su hábito talar
negro, señal de respeto y pleitesía por parte de los feligreses,
pero que hablara con ese desparpajo, me parecía inaudito.
Me
explicó que era especialmente querido entre la juventud. En cambio,
aunque no quiso perderse por esos derroteros, percibí cierta
conflictividad, por lo menos con las autoridades eclesiásticas, si
no era con algún que otro religioso. Ejercía de párroco de la
iglesia de la Santa Familia.
—Es
un cura comprometido con el barrio y con los jóvenes. Todos lo
quieren mucho y no paran de reírse con él. Es campechano y alterna
con cualquiera. Comparte lo que tiene y está dispuesto a echar una
mano a quien sea. Anima a la gente, en especial a los obreros, con
sus reivindicaciones. En los locales de la parroquia hay siempre un
sitio para cualquiera que necesite auxilio. Ha creado una red de
personas que colaboran con él y, entre todos, constituyen el grupo
más dinámico de la ciudad. Además, anima a la gente joven a
divertirse. Les deja el local parroquial para guateques o reunirse a
hablar. Entre todos se ayudan y, si alguien necesita algo, puede
estar seguro de que encontrará una persona que le eche una mano.
Me
entró curiosidad por enterarme quién era la mujer con la que lo
había visto la noche que vigilaba a los chicos de la bota de
Fuentelavía. Sabiendo el jaez del personaje, hasta no me extrañaba
que tuviera descaradamente pareja.
—Ahora
que dices… Su cara me suena. Creo que lo he visto no hace mucho en
compañía de una mujer…
—Su
hermana —me cortó inmediatamente Hermógenes—. Viven los dos
juntos. Son inseparables y se llevan muy bien. Ella es profesora de
la Normal.
—¡Ah,
sí! —Me sorprendí, no porque no fuera monja, como me la había
imaginado cuando la seguí, sino porque, una vez más, me encontraba
con otra persona relacionada con el centro universitario.
—Sí,
es profesora de Lengua. Lleva bastantes años dando clases…
Pensé
que mi acompañante se extendería en la biografía de Paca (me había
quedado con su nombre del encuentro de esa noche) hasta llegar el
punto en que me desentrañara que había colgado los hábitos
monjiles, pero no me aportó ningún detalle extra de su reseña
biográfica, con lo cual me quedó la duda de si mis sospechas eran
ciertas o simplemente se trataba de una persona modosa cuya esfinge
fue modelada por la idiosincrasia propia de una familia muy
religiosa. En esos momentos comprendí que los chicos a los que seguí
la trataran con cierto distanciamiento, algo normal si eran sus
alumnos. De todas maneras, quedaba claro que nada tenía que ver la
personalidad de ella con respecto a la de su hermano: eran
contrapuestas, sin embargo, tal vez, complementarias.
Una
tarde que vagaba sin un plan definido sentí curiosidad por conocer
las inmediaciones de la parroquia del padre Daniel. Se encontraba al
norte, no muy alejada de la estación de autobuses y, por tanto, de
la escuela Normal. En la zona se mezclaban bloques de pisos
recientemente construidos y barriadas más antiguas con casas de dos
plantas cuya fachada era de piedra.
Esperaba
encontrar una iglesia, pero no distinguí torre alguna ni ninguna
nave alta, propia de las construcciones religiosas, por lo que,
después de deambular por el barrio, hube de preguntar. Me señalaron
un edificio que más bien parecía una escuela o instituto de
enseñanza media. El inmueble alargado lo constituían dos alturas.
En la segunda había unos grandes ventanales con la estructura
metálica cruzada propia de inmensas vidrieras que inundaban de luz
el recinto, como comprobaría después. También me sorprendió la
pobre puerta de entrada protegida por una amplia estructura metálica
que ocupaba el hueco. Rodeé todo el edificio sin hallar ningún
elemento externo que identificara al recinto como sagrado, hasta
llegar a la parte de atrás. Justo en el mismo punto de esa otra
fachada, se hallaba una puerta más pequeña abierta a lo que parecía
el sótano, pues esta calle se encontraba en un nivel inferior. Oí
el trasiego propio de un bar con una cafetera en funcionamiento y
platillos y tazas chocando entre sí. No había ningún rótulo que
anunciara el nombre del establecimiento público, pero asomándome un
poco me percaté de que, por lo menos, lo parecía. Venciendo mi
vergüenza entré picado de curiosidad, no porque me apeteciera tomar
nada. La barra la atendía una mujer con la cara chupada y muy
delgada, que se movía con cierta desenvoltura. Se me quedó
observando y reaccioné acercándome para pedir un café. Su mirada
había sido breve y de ella había desaparecido el deseo de preguntar
qué hacía yo, un extraño, en un local para feligreses. Me sirvió
un negro y amargo café torrefacto portugués en un pequeño vaso
panzudo, cuyo perímetro estaba señalado con dos rayas paralelas que
permitían empuñarlo sin que resbalara de la mano. En vez de un
azucarillo, me arrimó una azucarera con su correspondiente
cucharilla para echarme a mi gusto. Una vez servido, se afanó por
mantener en orden y limpio el recinto en el que se movía. Aunque no
vestía ninguna prenda negra que me diera que pensar que guardaba
luto, sin un fundamento sólido, me hice a la idea de que era viuda y
que se encargaba del bar para ganar un dinero que con seguridad le
hacía falta.
Me
di la vuelta con la intención de escrutar los pocos clientes que
había en el amplio y más bien frío salón. Unos jubilados echaban
la partida; dos mujeres tomaban el mismo oscuro café que yo mientras
departían y, de repente, en la parte más alejada, descubrí a mis
dos amigos de Fuentelavía que merendaban comiéndose el bocadillo
que habían traído de casa, pues aún se conservaba el papel de
aluminio encima de la mesa. Los dos bebían cerveza de dos botellines
de un tercio. Até cabos y deduje que no siempre se llevaban la bota
a la escuela y, lo más importante, pude establecer ya un vínculo
entre los chavales y el cura que los había invitado a un cubata en
la discoteca Liberty. Permanecieron el tiempo necesario para terminar
su merienda y salir raudos a continuar sus clases. Por un momento,
dudé seguirlos, pero no me arriesgué, no fuera que se hubieran
percatado de mi presencia, aunque lo consideraba bastante improbable,
y me sorprendieran siguiéndolos.
Sobre
el mostrador se encontraba El
Día Abulense.
Lo tomé para leer la información de la ciudad y la provincia en esa
jornada ya a punto de acabar. No sé si fue por encontrarme en un
recinto religioso o por las noticias que ofrecía, pero sus páginas
me parecieron una hoja parroquial. No es de extrañar que, al final,
lo que más me llamara la atención fue el amplio horario de misas.
Pude comprobar que la última era la de la parroquia de La Sagrada
Familia, a las ocho de la tarde.