14/05/26

CANTERO, CAPÍTULO II (Segunda parte)

 

De la bóveda celeste descendían sombras limpias que, al rozar la tierra, la relamían, y allí donde encontraban hueco, cantera, charco, piedra, chaparro o mata de berceas, anidaban. El espacio, el cielo, el aire, una vez que volcaba esas adherencias artificiales, mostraba un azul intenso de una profundidad ilimitada, acrecentada por los puntos estelares.

Cantero llegó al tajo con el tiempo justo de encontrar la herramienta esparcida por el suelo de rajos. Apartó los punteros votos, las uñetas romas y los colocó encima de la piedra inconclusa para sujetarlos con una goma extensible. El resto lo metió en un saco de plástico y los guardó en un montón de desperdicios. Echó pedruscos por encima del bulto para camuflarlo. En un bidón de gasolina lleno de agua metió el mallo, el porrillo y la bujarda… Los celtas o los vetones, se acordó ahora, trabajaban también el hierro de una forma excelente. Los forjados que se habían encontrado aún mantenían una calidad admirable, tanto en herramientas utilitarias, como en adornos, empuñaduras de espadas, fíbulas... De hecho, los romanos, cuando llegaron allí, con su sencilla y atrayente romanización, supieron aprovechar la buena disposición de aquellos bárbaros para el trabajo. Por supuesto, no opusieron ninguna resistencia a ese proceso que puso fin a su cultura, que no a su forma de vida y de ganarse el pan. Cantero especuló que los buenos herreros trabajarían para ellos forjando armas con las que vencieron los pocos focos rebeldes que mostraron la osadía de plantarles cara. A los canteros, se los llevarían para construir vías, puentes, acueductos, templos… Al resto, medio ganaderos, medio picapedreros, los instalarían a lo largo del río que atravesaba la llanura y construirían a intervalos regulares molinos de agua para transformar los cereales producidos. Así acabó su asentamiento y así se encontraba ahora… Cuando los romanos ya no necesitaron de ellos, los despidieron, y poco a poco regresaron a estos parajes y, aprendidos los hábitos ciudadanos, fundaron un nuevo poblado más cerca de la calzada romana. Así continuaban. De tiempo en tiempo, a la llamada de un mandato divino, han emigrado y construidos catedrales, iglesias y conventos y, cuando la orden ha sido humana, palacios, plazas y cruces victoriosas.

Trepó por el frente escalonado por donde avanzaba el corte. En lo más alto, volvió la vista a la cantera para comprobar que todo quedaba en orden. Observó el montón de material acumulado; en pocos días tendría completo un viaje. ¡Cuántos camiones habría llenado a lo largo de su vida! Millares de losas, adoquines, peldaños y bordillos. Había comenzado a trabajar después de acabar la escuela, pero los cantos habían sido su sonajero. Solo se había ausentado de ellos durante el breve periodo del servicio militar, en las caballerizas. Su vida había transcurrido en la cantera, excepto en los días más crudos del invierno. En la cantera al sol y al frío; en casa, sentado a la lumbre o refugiado en la umbría. A la capital solamente iba cuando necesitaba comprar lo que su madre no conseguía en el pueblo o a solventar trámites administrativos ineludibles. Eso sí, si había de sustituir la moto vieja, se recorría con detenimiento los concesionarios hasta hallar la que más le convenía. Cuando comenzaban a fallar, no lo pensaba dos veces y compraba una nueva, un modelo más moderno que el anterior. Las viejas nos las vendía, las iba alineando en el corral para que con el paso del tiempo se fueran desintegrando. Era uno de los pocos caprichos que se daba. El resto, todo lo que ganaba, lo ahorraba. La cartilla del banco tenía tanto dinero que ya hacía tiempo que no lo llevaba por cuenta. Si trabajaba, no era por ganar un sueldo o por el afán de acumular y acumular. Trabajo y dinero eran realidades inseparables: si trabajaba, ganaba dinero. Pero si el trabajo no implicara necesariamente remuneración, también trabajaría. Esto no quería decir que vendiera la piedra a cualquier precio, ni mucho menos. El valor de la piedra y, por ende, de su trabajo era una cuestión importantísima, pues suponía la dignificación de una actividad que de otra manera hubiera carecido de sentido y, por supuesto, habría sido inaceptable para él. Por eso, a pesar de no serle de utilidad el dinero conseguido con su trabajo, cuando llegaban temporadas en las que el precio de la piedra bajaba, se negaba a vender, mientras que otros canteros despachaban el material al primer contratante que llegara. Se resistía, no podía soportar esa situación tan injusta y calamitosa. Era como si su esfuerzo hubiera sido en balde. Prefería contemplar la cantera llena de piezas acabadas, aunque a veces le impidiera desenvolverse, antes que malvender su trabajo. ¡Que se pudra! ¡Que críe!, se decía atribuyendo cualidades propias de los seres vivos a la piedra inerte. Pese a su aislamiento y poca comunicación con los demás canteros, las referencias del precio del mercado eran fidedignas. El procedimiento para calcular el valor se fundamentaba en varios parámetros objetivos. El precio de los productos siempre subía, nunca bajaba. Bien lo sabía cuando tenía que comprar una moto nueva. El herrero, por otra parte, cada cierto tiempo subía el coste por afilar y arreglar la herramienta. Por último, se enteraba de que la vida era más cara por el precio que Lobete pagaba cada vez que iba a putas. Las mil pesetas de antes, fueron dos y, hacía ya un tiempo, tres mil.

Lobete era el único con el que mantenía alguna relación. Eran algo parientes y habían sido amigos de infancia. Siempre habían trabajado juntos en la misma cuadrilla hasta que cada uno abrió su propia cantera. La intensidad de su relación se había ido diluyendo a medida que la juventud se extinguía sin que en esta circunstancia hubiera mediado conflicto o roce alguno. Cada uno era para el otro un elemento más de la decoración de su vida, que, siempre presente, se va interiorizando hasta perder toda pizca de emoción. En cambio, sus respectivos perros se evitaban y recelaban el uno del otro, aunque nunca se enfrentaban ni se ladraban. De hecho, habían establecido un pacto según el cual, en sus tareas de vigilancia, cuando se acercaba algún extraño solo salía uno a enfrentarse y aullar, mientras el otro seguía acurrucado sin mover el rabo.

A pesar de todo, Lobete no era considerado tan introvertido ni tan extraño como Cantero. De hecho, era querido por muchos. Esta opinión favorable hacia su persona era en parte propiciada por su rostro afable. Su mirada y su expresión era ya la de los solterones resignados a su suerte. Sabía que su vida no cambiaría, que ya no encontraría una mujer, porque no quedaban en el pueblo. No había más que conformarse ante ese hecho irreparable, pero su resignación era aceptada, sin rencor hacia nadie. Era una situación natural: si no había mujeres, ¿cómo se las iba a desear? Era como si en esas tierras sus habitantes añoraran el mar. El amor era extraño y desconocido. Por eso su serenidad era más sincera, ya que provenía de la sabiduría que solo otorga la naturaleza a aquellos que saben acomodarse a sus normas. Quizá el oficio de cantero implicara necesariamente la soltería. Su tarea, el parto de la piedra, exigía un compromiso absoluto con ella. Se podía verificar que la proporción de canteros solteros era bastante superior a la de los casados y, además, eran ellos los que mejor trabajaban, como si la piedra, celosa, no se dejara moldear por manos que no se la entregaran por completo. No era una cuestión baladí ni propia de creencias esotéricas, sino que la piedra castigaba, a veces de forma brutal y vengativa, a aquellos que se atrevían a tocarla con sus manos impuras e incestuosas. Machucones, acero en el cuerpo, ojos tuertos y, sobre todo, silicosis. Al final siempre los casados terminaban comprendiendo las exigencias de la piedra y se veían obligados a decidir entre ella o su mujer. Cuando el amor a la esposa e hijos superaba al amor a la cantera, terminaban abandonando el oficio y emigrando en busca de trabajos no tan duros y menos comprometidos. A pesar de esta entrega de los canteros a su amada, no siempre le eran fieles. Eso le sucedía a Lobete. De vez en cuando tenía que ir de putas. Su entrega no era tan pura y casta como la de él. De todas maneras, las infidelidades eran secretas y escasas. Tomaba el tren al anochecer, escondido entre las piedras para que no lo viera nadie. La vuelta no se sabía con certeza cómo la realizaba, si en taxi o andando por el campo; nunca, en tal caso, por la carretera para que no lo recogieran los automóviles que regresaban al pueblo. También podía suceder que concertara con otros solteros su viaje en coche; no estaba seguro.

Al día siguiente de haber ido al prostíbulo, a la hora de almorzar, Lobete iba a visitarlo. Ascendía con lentitud la escombrera con el propósito de que Cantero lo viera, como si esperara su permiso para encontrarse con él. A fuerza de repetir siempre las mismas rutinas, había llegado a saber con antelación, mucho antes de que abriera la boca, cuál era el motivo que rompía su aislamiento. Los lunes por la mañana, al principio, una visita cada mes, y después, con el paso del tiempo, más espaciadas. Otro motivo para hollar la cantera del compañero era cuando se acercaba algún contratante a comprarles la piedra. En este caso, la visita era anunciada por el aullido de uno de los dos perros, por lo que también adivinaba la razón. Si se acercaba a su cantera un lunes a primera hora, Lobete exhibía una sonrisa que se extendía de oreja a oreja, sonrisa que el otro espiaba sin dirigirle directamente la mirada. En estas ocasiones, Cantero no dejaba de trabajar, lo hacía incluso con más ahínco. Ni lo saludaba ni lo despedía. A él no le importaban estos desplantes y su discurso era siempre parecido. «Vaya morena la de ayer. ¡Vaya furraco más espeso! Vaya qué tetas. Estaba como una yegua. Vaya si estaba buena. Tenías que ver qué señoritas. Unas señoritas cojonudas. Total, por tres mil pesetas. A ver si te animas. La que más te guste. Llegas…, con cualquiera. Todas buenas. Cojonudo. Todas cojonudas». Parecía como si este desahogo no viniera producido por la necesidad de comunicar esos momentos agradables, sino como si buscara prolongar una excitación que no concluiría hasta que volviera a su cantera y se masturbara recreando las sensaciones de la tarde anterior.

La masturbación era lo único que también le quedaba a él. Solo podía encontrar placer en su cuerpo. El objeto amoroso no existía ni en su imaginación. Su aislamiento y su obstinada negativa a contemplar a los demás habían borrado los contornos de la silueta femenina; incluso, era incapaz de recuperar la desvaída imagen de Andrea. La soledad no era el mejor medio para que la imaginación sexual pudiera desarrollarse, más bien se atrofiaba hasta perderse por completo. Masturbarse era una necesidad biológica en la que no entraba la excitación. Se convertía en un proceso mecánico y puntual, por lo que el placer venía más de la sensación de evacuación de unas excreciones que por las ansias de satisfacción propias. De todas formas, deseaba que esto terminara pronto, que no tuviera necesidad de meneársela. Sería otra de las muchas cosas que habría ido dejando atrás a lo largo de su vida: la confianza en los amigos, la falsedad de la comunicación, la diversión rutinaria y, por último, el amor a sí mismo.

Hubo un tiempo en el que se excitaba con una chica atractiva. No es que se hubiera enamorado, solo le gustaba y el recuerdo de su contorneado cuerpo despojado de ropas lo provocaba. Cerraba los ojos, a veces los apretaba como para retener ese cuerpo etéreo, y ahí empezaba y acababa todo. La imagen que se formaba era ya más producto de su imaginación que tomada del modelo real de la chica, pues la observación no había sido minuciosa, sino creada a partir de furtivas miradas a lo lejos o de visiones entrecortadas cuando se cruzaban en la calle, o realizadas desde el observatorio en penumbra del portal. Pero la muchacha abandonó el pueblo, se casó con un forastero y no regresó. Eso había sido todo. En esa admiración no buscaba la correspondencia. De sobra sabía que no quería nada de esa muchacha, solo su presencia etérea y esporádica para corroborar una imagen ya originada. Ella era la muñeca a la que revestía como deseaba por la noche, antes de dormirse. Pero nadie, ni su hermano y mucho menos ella, malició nada, porque nada hizo para originar suspicacias. Otros solterones no solo levantaban sospechas, sino que no tenían recato en mostrarlas, pues aún no había perdido la esperanza de juntarse con alguna. Se creían mozos aún con derecho a la compañía de una mujer, dispuestos a aprovechar cualquier oportunidad que se presentara. Esperaban la ocasión apropiada de forma tranquila, sin agobios. Confiaban en un azar que hasta el momento no había manifestado indicios de ser propicio. Si alguna mujer los fuera a buscar, soñaban ellos, tendrían la osadía de no responder con rapidez, no porque necesitaran pensar en los cambios que traerían a su vida y a su futuro, sino como gesto altivo particular de su orgullo. A veces, no les quedaba más remedio y tenían que humillarse y mostrar unos ímpetus que habitualmente ocultaban de manera decorosa. Estas manifestaciones —rondar o echar una enramada a alguna moza— eran una forma de comunicación no verbal con la que expresaban su desesperanza, porque ellos no se atrevían a dirigirse a ella para decirle te quiero, me quiero casar contigo. Otros solterones, incapaces de expresarse, ni siquiera por estos medios, explotaban, lloraban y rogaban en vano. Eran los que estaban más desvalidos; los que no tenían padres ni hermanas, los que vivían solos y necesitaban compañía y ayuda para lavar, limpiar, cocinar… Cuando alguno lograba contraer matrimonio, se mostraban tiernos y amorosos con sus mujeres, incluso sin guardar el pudor ante los demás vecinos.

CANTERO, CAPÍTULO I (Segunda parte)

 

El sol rayaba el horizonte en lontananza. Una ligera e intermitente brisa refrescaba la cara curtida y negra de Cantero. Era una sensación a destiempo que avivaba el desorden rítmico del golpeteo del porrillo sobre el puntero. La observaba ascender río arriba. Avanzaba con lentitud y a rachas sueltas. Primero notaba removerse un chaparro. Al poco, se agitaba otro y así hasta llegar a las berceas más cercanas para abofetear con descaro su rostro. Entonces su brazo golpeaba con más fuerza la piedra, con rabia. Cuando pasaba, con el brazo se secaba el sudor de su cara y se restregaba el polvo introducido en los ojos por el aire. Sin querer, y sin saber con exactitud si la causa era el escozor o la rabia incontenida, empezaba a lagrimear. Pero lejos de desahogarse con el frescor del viento, este acrecentaba su brío furioso y lo incitaba a aporrear de nuevo el bordillo. Era un malestar que no podía soportar, no por la desazón y por su repercusión en el ánimo, sino porque brotaba de su cuerpo una fuerza inhumana que no era capaz de encauzar y aprovechar en una tarea productiva… Pensó en la historia que había oído contar a Lobete sobre Álamo. «Después de estar todo el santo día en la cantera duro que te pego, cuando volvía a casa, al acabar de cenar y antes de acostarse, se iba al corral, cogía el mallo y se liaba a dar porrazos en un lanchar. Era la única forma posible de acostarse cansado». Temía llegar a eso, a no poder agotarse: siempre con fuerzas. A veces conseguía olvidar esos pensamientos, pero cuando lo rondaban, se transformaba en un caballo desbocado… Para colmo, ahora el desasosiego se aliaba con ese airecillo fresco que debería aliviar su sudor y que, sin embargo, era un vendaval que avivaba el fuego de su cabeza y rebosaba en los dedos que se adherían al mango igual que ventosas para producir movimientos incontrolados. Los pies empezaron a restregar y patalear los rajos esparcidos. Como no pudiera con esto romper sus espasmódicos movimientos ni sus pensamientos obsesivos, como jinete de un caballo desbocado que no encuentra otra solución que tirarse de la montura, pegó una fuerte patada al taller arrojando el bordillo al suelo para frustrar una dinámica interminable. Golpear, aporrillar, golpear, aporrillar. Así siempre; siempre, siempre… Se acordaba de esta palabra en boca de don Aureliano durante la catequesis que impartía a los niños cuando los preparaba para que tomaran la primera comunión. «Siempre, siempre, siempre… Los que morían en pecado mortal iban al infierno». Explicaba lo que era el infierno. «Un lugar siempre en llamas, siempre con calor». Añadía que al infierno se iba para toda la eternidad. Trataba de advertir lo que era la eternidad padeciendo ese tormento: «Siempre, siempre, siempre…, no un mes, ni un año, ni tan siquiera la vida de un hombre, es siempre, siempre, siempre…, no hay lugar para la esperanza, es para siempre…» Siempre golpeando, golpeando…; no lo podía soportar. Se veía condenado ya en esta vida. Su eternidad había comenzado hacía mucho tiempo y el tormento insufrible del que hablaba don Aureliano lo llevaba padeciendo desde siempre. Estaba condenado; condenado antes de haber muerto, sin posibilidad de confesión y arrepentimiento, actos muy recomendados por el sacerdote. «Confieso, padre, que no he vivido, que no he pecado, que estoy en el infierno. Padre, hay algo inconcebible, no he podido vivir, he nacido y vivido en el infierno. Esta cantera, este hoyo, es mi infierno, fue mi cuna y estoy vivo en mi tumba».

Tova, Sola, tova; quis, quis…

La perra, asustada por la estampida y el alboroto, tardó en reaccionar. Cuando comprobó que de verdad el que la llamaba era su amo, corrió solícita a sus pies, como si no hubiera estado dormida un instante antes. Con una palmada en la pierna, la perra se puso de pie y se apoyó en ella. Él la acarició con la mano, que Sola, a su vez lamió y relamió. Un cansancio repentino invadió todo su cuerpo, tal vez debido a la relajación provocada tras las zalamerías de Sola, que lo miraba fijamente a los ojos. Era curioso, nunca hasta ese momento se había dado cuenta de que no sabía mirar a nadie, solo a la perra. ¡Qué mirada la de Sola! Podía saltar, revolotear a su alrededor, sin embargo, nunca perdía el contacto con él.

No quería sucumbir a la zozobra anterior, que lo había dejado exhausto, aunque también más sosegado. Una súbita paz lo invadió a la vez que un cansancio reconfortante. De todas formas, esa idea regresó fugaz, pero con una precisión clara. Sí, nunca había mirado a ninguna persona. Lo cierto es que tampoco tenía muchas ocasiones para comunicarse, pero las pocas veces en que surgía una oportunidad, no solo no decía palabra, sino que no miraba a nadie, únicamente a Sola. ¿Y hablar…? La zozobra se esfumó y la sensación inmediata, tal vez paralela, pero más tardía en su manifestación, fue sentir la boca seca. La perra, quizá más viva que él, adivinó su intención y, antes de que estuviera erguido, se encaminó en silencio y veloz al manantial en su intento baldío y siempre persistente para saltar sobre la rana, ninfa vieja y resabida de la fuente de la Virgen. Esta nacía de la misma piedra, que no era de granito azul o rubio, sino una guija de unos tres o cuatro metros de cuarzo que atravesaba todo el término superficialmente. Manaba un hilillo imperceptible de un agua fresca en verano, por estar en una ladera a la umbría. En cambio, en invierno, al depositarse el líquido en una no muy profunda pila, el sol lo calentaba. En ella abrevaban también animales, sobre todo pájaros y conejos. Sola levantó uno. Lo siguieron con la vista, mientras subía la ladera. Después de saciar la sed, rastrearon su pista, no con la intención de cazarlo, sino para que la perra se entrenara de cara a la apertura de la veda que no tardaría en producirse. Era un gazapillo que halló una buena escombrera en un corte abandonado. Se entretuvo en desmontar el antiguo taller donde intuía se encontraba el cobijo. No quiso desbaratarlo por completo; comprendió que allí con seguridad había un vivar y no era cuestión de, por un ímpetu incontrolado, estropear un buen lugar para sorprender a los animales. Contempló el punto estratégico donde se podría situar para cortar el paso a los conejos y comprobó que, desde el frente de la antigua explotación, sería el sitio ideal para abatirlos, tanto con la fresca de la mañana, como al atardecer. Con idéntica rapidez con la que antes estuvo escarbando, echó rajos en el mismo sitio para dejarlo como se encontraba con el fin de que ningún cazador pudiera descubrir su vivar. De ahora en adelante lo controlaría en secreto cada tarde para confirmar sus sospechas. Sola, en cambio, llevada por su instinto, persistía en su empeño de encontrar la presa, pero, cuando comprobó que su amo se alejaba, bajando el rabo lo siguió resignada, acatando unas órdenes imprecisas y tácitas.

El sol se estaba ocultando, aunque aún persistía cierta claridad; sus rayos ya no calentaban la tierra, sino que apuntaban al cielo, hacia las primeras estrellas, que pugnaban por dibujar su estela en el firmamento azul. La luna había conseguido afianzar su voluptuosa silueta redonda, pero aún batallaba con afán para imponerse sobre los huérfanos astros que con timidez emitían un punto de luz.

De regreso a la cantera, su vista se dirigió hacia la presa, hacia ese pantano en construcción. La obra ya estaba a punto de concluirse. Su pared ovalada ascendía hasta la mitad de dos cerros de piedras y encinas. El color gris del cemento resaltaba con soberbia sobre el paraje pardo. ¡Eran los tiempos! Hacía unos años, en la cuenca del escuálido río, en el punto en el que se erigían antaño los mejores molinos, la vegetación había sido arrancada para construir con monstruosas máquinas la mastodóntica barrera que frenaría su débil caudal. En poco tiempo, desde allí hasta la zona baja de la dehesa todo quedaría inundado y surgiría un gran embalse. ¡Qué engañado había estado!, pensó. La vida, el mundo, le había parecido eterno e inmutable. Los cambios, si los había, se producían de forma lenta y casi imperceptibles. Sin embargo, de repente, observó los vertiginosos cambios que se estaban produciendo. A veces, era necesario apartarse a la orilla de la corriente del vivir para poder valorar las novedades que se habían ido incorporando a nuestra vida. Se acordó de sus motos. Tres habían pasado por sus manos, contando la que le regaló su tío Leónidas. Desde la primera Montesa hasta la actual Derbi, su mecánica era en apariencia idéntica, pero algunos elementos habían mejorado mucho. El arranque era uno de esos avances. A las anteriores había que arrancarlas con la pierna o a la carrera; en cambio, ahora incluían un dispositivo electrónico para ponerlas en funcionamiento. Y los frenos ya no eran de zapatas, sino de disco. Sí, las novedades se integran en nosotros de manera sencilla. Aparecen un buen día y al poco tiempo ya forman parte nuestro mundo. Lo mismo había sucedido con el pantano. Se comenzó hablando de la construcción, pero nadie prestó demasiada atención, dado el escepticismo propio de la tierra. Expropiaron los terrenos, arrasaron las encinas, destriparon las piedras hasta dejar el monte pelado. Abrieron caminos, trajeron maquinaria, levantaron enormes torres y grúas. Trabajaron dos años día y noche, y esa tarde se fijó y comprobó con perplejidad que ya estaba terminado: un colosal muro de ciento treinta metros de altura, y otros treinta de grosor. De la nada había salido esa mole inmensa, así como aparecía entonces. Con seguridad dentro de pocos años esa hondonada estaría llena de agua, habría peces, barcos y hasta se agarraría la niebla. «¡Tendré que cambiar de afición; me convertiré en un paciente pescador! No pasará nada; nunca ha pasado nada. Una mañana vendré a trabajar y me encontraré con que la orilla del pantano está rozando mi cantera».

Sola observaba a su amo y no llegaba a alcanzar las zozobras que pululaban en su cabeza, pero comprendía por su andar ensimismado y lento que algo le apesadumbraba sin atreverse a sacarlo de ese estado inconsciente en el que caminaba.

Al torcer la vista un poco a la izquierda del muro de hormigón, comprobó que este casi se juntaba con los restos de las paredes defensivas del Castro. Esas eran las murallas contemporáneas, reflexionó al descubrir por casualidad ese detalle. Las obras de hoy eran reflejo de las del pasado, aunque los fines fueran distintos. Esas murallas de cemento mantenían su carácter defensivo. ¿Contra quién? No lo sabía. No comprendía el fin de su construcción. Habría que regular el cauce de los ríos para un aprovechamiento mejor del agua. Siempre hubo mentes inteligentes que supieron lo que hacían, lo dispusieron y lo mandaron realizar sin necesidad ni obligación de rendir cuentas de su quehacer. Siempre había sido así.

Había leído un libro, durante las largas y frías noches de un invierno lejano, cuando no le quedaba más remedio que permanecer en casa, bien porque las tardes eran más cortas, bien porque el mismo tiempo no permitía abandonar el calor de la lumbre, que trataba sobre los celtas y, en concreto, de los que habitaron en El Castro. Lo empezó a hojear y a leer por tedio. Los restos del poblado habían estado allí toda la vida y seguramente no se hubieran mantenido hasta el presente, si no hubieran llegado unos señores que colocaron unas tablillas en todo su perímetro con los siguientes mensajes, uno: «CASTRO CELTA. SIGLO VI AL II A. D. CR. RESPETAD EL LENGUAJE DE LAS PIEDRAS» y, otro: «PROHIBIDO CORTAR PIEDRA». También contrataron un guarda para imponer el orden. A los canteros que tenían el corte por las inmediaciones, después de una tremenda reprimenda y bajo amenaza de multa, los expulsaron. Avergonzados, no solo los que trabajaban en esos parajes, sino también casi todos los vecinos del pueblo, en expiación de su culpa y su poca cultura, abandonaron para siempre el lugar, optando, incluso en época de caza, por no aventurarse por esa zona. Los únicos que camparon a sus anchas a partir de entonces fueron los burros del guarda… Más tarde, la gente observó desde las canteras que aparecían por allí visitantes esporádicos, algunos de los cuales se habían desplazado en coches con matrículas extranjeras: viejos profesores de historia, curiosos de la ciudad y hasta jóvenes estudiantes del propio pueblo. Con motivo de la construcción de la presa, las visitas habían aumentado. Ahora venía sobre todo gente importante. También la televisión regional que, al tiempo que mostraba el estado de las obras, dirigía la cámara distraídamente, con un plano muy general, al conjunto de piedras que se sospechaba eran los restos arqueológicos del poblado, aunque, por la duración de las imágenes, era de suponer que el operario no se terminaba de creer que aquello fuera lo que todo el mundo decía, un castro.

En los dos últimos años y sobre todo durante el verano, se presentaron varios grupos universitarios que, bajo la dirección de arqueólogos calvos de largas barbas, removieron lo poco que quedaba sin excavar. Se notaba que había urgencia. El tiempo apremiaba ante la inundación que se produciría de inmediato. Era necesario completar los estudios de la zona que iba a desaparecer sumergida bajo las aguas. Pues bien, con la misma sumisa resignación con que entonces los canteros abandonaron el lugar ante la próxima inundación, los mandamases ordenaron el desescombro. Ya carecían de importancia los restos. Solo eran cuatro piedras que no pintaban nada. Y así se lo hicieron ver a los canteros a los que autorizaron, mientras duraran las obras, a cortar y, además, gratis, toda la piedra que los viniera en gana y esto, casi con apremio, como si fuera una tarea que deberían haber acometido desde hacía tiempo: ¡así era la vida! Y así eran ellos…

De todas formas sabía, por lo leído en el libro, que no fueron celtas los que habitaron allí, sino vetones; por lo menos, así denominaba el libro a los pueblos que habían vivido en el centro peninsular. Su origen era una mezcla de gentes procedentes de las invasiones germanas y de la población aborigen, es decir, los íberos. Los vetones, según coligió de su atenta lectura, una vez imantado al libro por una curiosidad no controlada, se dedicaban a la ganadería. Él, en sus indagaciones posteriores, había descubierto numerosas corralizas esparcidas por todos los alrededores que, con seguridad, habrían servido para recoger el ganado al medio día durante los veranos, cuando apretara más el calor. Por lo visto, no debieron ser muy ricos; tendrían lo justo para sobrevivir. Esto lo habían deducido los estudiosos a partir de los sepulcros descubiertos en la necrópolis, en la que habían identificado seiscientas tumbas. No enterraban a los muertos, sino que los incineraban y las cenizas las introducían en vasijas de barro, junto a pertenencias del difunto. Por estos objetos tan simples, habitualmente, una hoz, una maza, un cuchillo en el caso de ser hombre, o una fíbula, o cualquier adorno, si era mujer, dedujeron que no les iba muy allá. Sin embargo, encontraron otras vasijas, no muy numerosas en proporción, que contenían objetos más valiosos, sobre todo, armas profusamente adornadas… Estos restos debían haber pertenecido a los guerreros, los encargados de la custodia del poblado y de defender los intereses comunes. Algunos aventuraban la hipótesis de que fueran también salteadores que robaran el grano que podían a los agricultores de la llanura próxima. Y, ciertamente, pensaba él, esto pudiera haber sucedido así, ya que las tierras cercanas no eran muy aptas para la agricultura, por estar llenas de piedras. Lo seguro era que grano tenían, puesto que por allí aparecieron muchísimas ruedas de molino, así que de algún modo conseguirían el cereal. Por otra parte, el ganado algo tendría que comer para poder sobrevivir pues, a pesar del abundante pasto, este no era un alimento completo.

En el libro había una fotografía aérea en la que se podía ver la distribución urbanística del poblado. Una muralla defensiva bastante gruesa rodeaba todos los recodos del terreno. Había dos puertas: una, para las personas, y otra, para el ganado. La defensa del recinto se completaba con piedras clavadas en el suelo, con el propósito de dificultar el avance de los enemigos. Dentro del poblado, había una parte destinada a las casas de la gente y la otra, a cercados para el ganado. Existían también varios verracos, esparcidos dentro y fuera del terreno acotado. Estaban tallados en piedra de forma bastante tosca, sin perfiles definidos. Existían muchos. Parece ser que los esculpían para favorecer su ganadería o para que la caza fuera propicia. Los canteros actuales seguían esculpiendo verracos y nadie sabría explicar por qué razones lo hacían. Quizá fuera la única veleidad artística que les quedara después de realizar una labor repetitiva durante toda su vida.

La cuestión de los verracos había sido la única causa conocida capaz de unir a sus ascendientes. Él no la había vivido, pero había oído contar una vez esa historia con desgana, como si aquello hubiera sido un espejismo o la manifestación de una personalidad colectiva de la que todos se hubieran arrepentido y sobre la que hubieran echado una losa para que no transcendiera ni quedara registrada en los anales de la historia local. Cuando descubrieron el castro, lo que más llamó la atención de los estudiosos fue la abundancia de estos animales pétreos, que denominaron toros, marranos, perros y que allí en el pueblo se conocían como verracos. Eran animales de cuatro patas, pero difíciles de identificar. Los únicos rasgos bien definidos que mostraban eran los cuernos y los órganos sexuales de un macho, a veces labrados con exageración. Lo primero que expoliaron fueron estas esculturas, que trasladaron a la capital provincial unas, y otras al Museo Arqueológico de Madrid. Fueron colocadas en jardines, en plazas, puertas de las iglesias... Los paisanos del pueblo, con su indiferencia secular, nunca habían prestado atención a estos pedruscos, y menos confiado en sus poderes mágicos, pero llevados por su amor propio, se opusieron a tal saqueo de forma colectiva y violenta. Mandaron contra ellos a las fuerzas del orden para que el traslado se pudiera seguir realizando. Debió ser tanta la ignominia y el desprecio que sintieron, que, de pura rabia, al mejor verraco, al más grande, al más hermoso, el que se encontraba en la puerta principal del recinto, el último que faltaba de llevarse, le proporcionaron un golpe seco de mallo en medio del lomo partiéndolo en dos. Allí continuaban aún los dos trozos, confundidos con las piedras caídas de la muralla.




CANTERO, CAPÍTULO X (Primera parte)

 

Los días se fueron alargando y las jornadas en la cantera se prolongaban hasta dejar exhausto a Cantero. En la primavera aumentó la demanda de bordillos, rulas, losas, adoquines, piedra de mampostería. Todos acudían alegres a los cortes ante la expectativa de que el material que sacaran de las entrañas de la roca madre no pararía mucho en los cargaderos. Aunque las heladas se prolongaron buena parte del mes de abril, estas eran suaves y no afectaban al ritmo diario de trabajo, pues, una vez que el sol lucía con fuerza sobre las diez de la mañana, dejaba unas jornadas con una temperatura tibia que hacían más soportable la dura tarea.

Cantero y Lobete, no obstante, siguieron con el ritmo habitual. La mayor demanda de piedra no los afectaba de la misma manera que a otros compañeros más ambiciosos o con cargas familiares. El ansia de sacar mayor jornal no era un aliciente en su vida de solteros. Oían los golpes de la piedra al chocar contra la caja metálica de los camiones cuando cargaban, las voces potentes contando las piezas y después los veían pasar repletos hasta hundir con peligro la goma de las ruedas en los caminos. Desviaban un instante la mirada para averiguar quién era el contratista que había comprado el pedido. Cuando hubieran juntado material suficiente para un viaje se pondrían en contacto con él con el fin de vendérselo. Mientras tanto, el rendimiento era el de siempre, unas veces sacaban más bordillo, otras, menos, sin importarles nada los días en los que la producción era menor.

Sin tanta intensidad como después del primer encuentro con Andrea, Cantero pergeñaba la manera de reunirse con ella. A veces se preguntaba con desesperación dónde se metía para no verla ni en los lavaderos ni en la puerta de su casa cuando pasaba a la fragua. Tan solo se conformaba con admirarla en la distancia en la entrada y salida de la misa dominical. Durante la celebración eucarística ya no volvió a regocijarse con su figura en el paseíllo para ir a comulgar. Cuando a continuación se movían de bar en bar estaba pendiente de las muchachas que paseaban para distinguir a Andrea, pero, al no encontrarla, suponía que, después de la salida de misa, regresaba a su casa. Incluso, por las tardes, en vez de sentarse en una mesa a echar la partida de cartas, elegía deambular por las calles de bar en bar con el mismo propósito, sin localizarla.

Sabía de antemano que al baile no acudiría, pero, llevado por sus amigos, entraba con ellos a pasar un rato. Sonaba en el tocadiscos un bolero que las parejas bailaban con ardor. Miraba con inquietud a los grupos de muchachas con la esperanza mágica de distinguir a Andrea entre ellas. Era inútil la búsqueda. Se percató, no obstante, de que había menos mujeres. Examinó con más detenimiento al personal y se convenció de que los mozos eran muchos más que ellas. Con minuciosidad se fijó en la cara de las muchachas y echó en falta algunas habituales, como a la prima de Andrea. En cambio, había chicas más jóvenes que, por su comportamiento juvenil, parecían que se incorporaban por primera vez a la diversión. No se extrañó que hubiera tantos mozos desparejados, ya que ellos eran más numerosos. No es que su soltería fuera elegida, sino que no les quedaba más remedio que renunciar a la compañía femenina. Él era otro solterón, sin embargo, había tenido la dicha de conocer a Andrea y confiaba en que, cuando pasaran los meses de luto, se normalizaría su relación. Si esto sucedía, dejaría de andar de aquí para allá con la panda de amigos y los domingos saldría con su novia. Pasearían juntos por la calle o se alejarían del pueblo por la tarde buscando más intimidad; tomarían un refresco en el bar y bailarían los dos en el salón. No es que le entusiasmara estas convenciones; sobre todo, aceptaría a regañadientes ir al baile porque no le gustaba estar expuesto a la mirada descarnadora de la gente. Prefería que el tiempo de noviazgo se saltara para llegar a la plenitud de su convivencia con una casa para ellos dos solos.

El calor apretó ya a finales de mayo. Pronto cambiaron el ritmo del trabajo dejando las horas centrales del día para el descanso, incorporándose más temprano por las mañanas y alargando las tardes con el fin de evitar la exposición solar más intensa. Lobete se quedaba en la cantera. Buscaba una sombra y allí se echaba la siesta. Él, en cambio, gracias a la comodidad y rapidez de desplazamiento que le ofrecía la moto, prefería ir a comer a casa y descansar la siesta en la cama fresca de su alcoba. Regresaba a partir de las cuatro. La cantera aún en esos momentos era un horno seco y polvoriento, pero, poco a poco, la temperatura disminuía y se soportaba mejor la asfixia. Había tiempo de cansarse, pues las tardes resultaban interminables. Miraba al sol en el cielo y daba la impresión de que no declinaba. Ni los pájaros volaban. Tan solo alguna escurridiza lagartija se revolvía entre los cascajos. Él soportaba peor el calor que Lobete, que nunca se quejaba de la temperatura, ya fuera gélida o tórrida. Rara vez se lo veía sudado ni fatigado, como si el ritmo de trabajo estuviera tan acompasado a su energía que no le requiriera esfuerzo realizarlo.

¿Te has enterado de que la de Faustino se ha marchado a Barcelona?

Había transcurrido la jornada sin que entre ellos se hubiera producido un intercambio de palabras y había esperado el declinar de la tarde, cuando recogían la herramienta, para contar esta noticia. No entendía por qué se la había comunicado. Era una más de las mozas que abandonaba el pueblo para servir en alguna casa rica. En el dilema de cómo afrontar la vida, si al lado de un picapedrero con una vida precaria y falta de alicientes o arriesgarse a enfrentarse al mundo lejano y desconocido de una gran ciudad, la mayoría se decantaba por tentar la suerte y entrar en el mundo laboral con la intención posterior de formar una familia con algún desconocido.

Se trataba de la prima de Andrea. Ni le iba ni le venía. Confirmaba, sin embargo, que el pueblo se quedaba sin mujeres. Comprendía que dieran ese paso. La vida no les resultaba fácil lavando a mano, cocinando con el fuego de un poco de lumbre, trabajando de sol a sol, sin día de fiesta, siempre pendientes de la prole y del ganado del corral. ¿Quién, sabiendo lo que les esperaba, no se arriesgaba a probar otro modo de vida? Algunos mozos, sobre todo si había algún familiar que ya había efectuado el éxodo, también abandonaban la ruda vida de la cantería para aceptar cualquier empleo. Se envidiaba a aquellos que tenían la oportunidad de huir del pueblo sabiendo que, por muy mal que les fuera, no iba a ser peor que si se ataban al duro trabajo de descuartizar piedra. Algunos de su quinta, y otros mayores y menores, habían dado ese paso y ninguno se quedaba en el terruño arrepentido del cambio cuando regresaban de vacaciones, aunque la vida en la ciudad tampoco resultara placentera. Regresaban apesadumbrados porque dejaban a la familia, a los amigos, a su entrañable pueblo, pero paulatinamente afianzaron raíces en sus nuevos lugares de residencia y, transcurrido un tiempo, olvidaron a sus ancestros y el lugar en el que vivieron sus primeras experiencias vitales. A él no se le había pasado por la cabeza emigrar, porque apreciaba demasiado la libertad con la que regía su vida. Sabía que la esclavitud de la cantera era severa, pero, mientras las fuerzas no lo abandonaran, soportaba su servidumbre y, falto de ambiciones, ganaba dinero más que suficiente para satisfacer sus necesidades. Lo mismo le sucedía a Lobete. Aunque alguien le ofertara un trabajo, seguro que lo rechazaba. La vida de ambos era hacía tiempo un proyecto aceptado con resignación sabiendo que habrían de aguantar un trabajo exigente que, a cambio, les facilitaba una independencia irrechazable.

Los días cada vez más largos de junio, junto a una temperatura sofocante, mitigaban las energías de los hombres de la cantería, sobre todo, en la segunda parte de la jornada. Regresaban al tajo, después de la siesta, con desgana; la velocidad de las motos era más lenta, retardando el momento de volver a tomar los punteros incandescentes. Esta época del año no le gustaba a Cantero, no solo por esos inconvenientes, sino porque dormía mal. El único momento de descanso real era la siesta en la fresca y oscura alcoba, pero la madre, una vez que transcurría la hora de rigor, lo despertaba para que no holgazaneara. Por las noches, aunque la fatiga de todo el día de esfuerzo lo hundiera hasta dejarle exhausto, no conseguía descansar, excepto de madrugada, cuando también había de incorporarse para aprovechar las horas de la fresca. En esos momentos de desvelo, su pensamiento recobraba a su querida Andrea. Sin embargo, aunque intentase encauzar su imaginación para lograr unas vivencias oníricas placenteras con su amada, la indómita quimera le conducía a situaciones conflictivas, de las cuales había que renegar para no acrecentar más el insomnio. El análisis racional que la vigilia imponía en esas noches interminables desbarataba los escenarios del ensueño. No le gustaba el laberinto de su relación amorosa. De tanto pensar en lo desdichado que era, había llegado otra vez a la conclusión de que tanto desconcierto no compensaba la satisfacción de haber estado dos veces con Andrea. Sobre todo, era la ausencia de una esperanza, de un momento, de una idea que le permitiera volver a encontrarse con ella. El malestar era mayor ya a esas alturas, pues su origen no se debía solo a su incapacidad para resolver el problema, sino a algo más íntimo y personal, al considerarse un pánfilo por regodearse sin cesar con el asunto y no desterrarlo sin contemplaciones.

Hacía mucho tiempo que no asistía con tanta rutinaria asiduidad a la misa de los domingos. Esperaba con ansiedad el momento de vestirse para misa. Cuando comenzaba el toque de campanas, acudía de los primeros para estar seguro de contemplarla al entrar ella en la iglesia. Se recostaba en el viejo olmo y no se movía de allí hasta que desfilara. Con el paso del tiempo, se había apropiado de esta posición ideal para seguir con la mirada todo el trayecto, desde que aparecía por la calle y doblaba la esquina para recorrer la fachada del templo hasta la entrada. Llegaba siempre momentos después del último toque de campana, más bien con el tiempo justo para entrar antes de que el cura comenzara la misa, por lo cual su marcha era rápida. Desde que su prima se fue del pueblo, iba sin compañía. En el pórtico no se detenía a saludar a nadie. Eran tan solo unos segundos, pero observarla e intentar distinguir una mirada dirigida a él, era suficiente para sentirse feliz. La salida era más lenta y, sin embargo, la visión de ella resultaba más dificultosa, porque la rodeaba la multitud de asistentes que se arremolinaban para saludarse e intercambiar unas palabras con más sosiego.

A últimos de junio, un domingo, se sobresaltó cuando oyó el esquilín anunciando el comienzo inmediato de la celebración y Andrea no apareció. Estaba seguro de no haberse distraído, pero, a pesar de decidir no entrar en misa para cerciorarse de que no se retrasaba, la muchacha no hizo acto de presencia. Esperó, como último anhelo, que ella hubiera entrado sin que él se percatara o que, en vez de venir desde la plaza, hubiera acudido por las escaleras de la parte de abajo del pueblo. Con desesperación, se desplazó, al finalizar la ceremonia, hasta la peana de la cruz situada enfrente del pórtico para no dejar de escudriñar en ningún caso la salida. Con descaro miraba a toda mujer que aparecía, sin prestar atención a la conversación de los mozos. Esperó hasta que no quedó casi nadie en las inmediaciones. Todo en vano.

Ese domingo no acompañó a los amigos por los bares ni acudió al baile. Se montó en la moto y marchó al campo. No deseaba que nadie lo viera en el estado de abatimiento en que había quedado tras la frustración de no ver a su amada. Solo, saltando de piedra en piedra, llegó a la conclusión de que la única razón por la cual no había asistido a misa debía ser que no se encontraran bien ella o su padre. Esta idea lo alentó a esperar siete días más para volver a verla. La semana se hizo eterna. Las horas no pasaban. Deseaba agarrarse a esa idea, pero su propia mente le enviaba andanadas de dudas. Se defendía de ellas intentando afianzar esa única posibilidad. Como estrategia, tomó la iniciativa de mantener más conversación con su compañero de tajo, algo que gustó a Lobete, pero, aunque el intercambio de frases fuera más fluido, este no contó nada de lo que interesaba a Cantero. Hasta se le pasó por mientes, sacar la conversación a su madre a ver si ella se había enterado de algo concerniente a la familia de Andrea, pero no supo cómo plantear el asunto.

Transcurrió la semana en un estado de turbación permanente. Deseaba que llegara el domingo pero, a la vez, el presentimiento de que tampoco acudiría, le imponía temor a enfrentarse de nuevo a otra desilusión más severa. Se avió pronto y, nada más dar las primeras campanadas, salió de casa. Cuando estaba próximo a la iglesia constató que no había nadie en las inmediaciones; sin embargo, la vergüenza no le impidió ser el primero de los mozos en situarse en el lugar de costumbre. Quería asegurarse de que, si Andrea iba a misa, podría verla. La espera, hasta que se sucedieron los toques de campanas y los vecinos fueron llegando, le resultó insoportable.

¡Otra que se marchó!

La sangre se le paralizó al oír esta noticia a uno de los de su grupo. Se refería a Andrea. A partir de ese momento, ya no miraba la procesión de vecinos que entraban en misa, ni los comentarios de sus amigos a propósito del anuncio. De manera extraña no sintió ninguna emoción ni pena. Era como si la noticia lo hubiera anestesiado y dejado en un estado neutro. Por eso, cuando el grupo entró en misa, él los siguió sin aguardar más tiempo para comprobar si ella llegaba. Lo único que pudo hacer, una vez se apoyó en la barandilla de la tribuna, fue mirar al banco en el que se solía sentar y verificar que no se encontraba allí.

La aparente indiferencia con la que reaccionó se prolongó los siguientes días. Se sorprendió de que fuera capaz de no crearse mala sangre ni que la jauría de perniciosos pensamientos le acosara, aunque estaba seguro de que en cualquier momento se presentaría para acongojarlo. La única que se percató de que algo le sucedía era su madre. Él no ofreció ninguna explicación porque le entró un hipo que a punto estuvo de deshacerse en un llanto que contuvo con dificultad. La discreción de la madre al no indagar en el mal, fue suficiente para concienciarse de que había advertido la índole de su desgracia.

Una vez superada la parálisis emocional, la reacción inmediata fue fortalecer su autoestima. Nadie lo iba a consolar porque él no había contado su relación y el fracaso consiguiente, y, por tanto, no iba a sentir vergüenza por ello, pero, aunque no hubiera ninguna persona ante la que demostrar su indiferencia por lo sucedido, un orgullo genuino invadió su actitud desafiante. La consigna íntima fue aparentar que la experiencia pasada no le había afectado; es más, que le importaba muy poco que ella se hubiera marchado del pueblo. El engreimiento se manifestó con su madre, ante la cual nunca más mostró desfallecimiento. También, con su compañero Lobete y los amigos de parranda. Su comportamiento en el grupo fue más intenso y vivaz, como si la compañía de los colegas fuera más necesaria que nunca.

Durante unos días la conversación con su compañero de trabajo fue más suelta. Se sorprendía de los temas que en ella tocaban, si bien el fin último por parte de él era sondear lo que Lobete sabía de la muchacha. A veces lo desconcertaba. Aparentaba ser un infeliz, igual que él; pero, en otras ocasiones, lo dejaba descolocado con lo que decía.

La Andrea se ha marchado.

Lo dijo fuera de contexto, como una ráfaga verbal sin pretensión de avivar la extinta charla. Es más, le surgió la duda de si no sospecharía algo de su relación con la muchacha. Era tan enigmático y reservado que perfectamente podía haber estado al tanto y no realizarle ninguna observación. Él permaneció callado aparentando que la cuestión no le incumbía.

A Barcelona.

El detalle nuevo se transformó en un puñal que le atravesó las entrañas. A pesar de la herida, imperturbable, continuó machacando la piedra, mientras Lobete le acabó de explicar los detalles de la partida. Su prima le había encontrado una casa en la que servir y la había animado a unirse a ella ponderando la vida urbana y la facilidad con la que corría el jornal.

No hablaron más en toda la jornada, ni en las siguientes.

Se sintió un pelele traicionado. Esperó una carta en la que ella le explicara las razones de su huida, aunque, al mismo tiempo, era consciente de que el cartero nunca se pararía en la puerta de su casa. El último cabo al que agarrarse en el tórrido verano, antes de comprender que nunca más volvería a estar a solas con Andrea, fue que ella seguramente regresaría para las fiestas patronales de septiembre.






CANTERO, CAPÍTULO IX (Primera parte)


Estaba sacando la moto a la calle para ir a la cantera, cuando pasó la camioneta con destino a Ávila. Levantó la mirada y creyó reconocer el rostro de Andrea a través de los sucios cristales del vehículo. Hasta intuyó que ella había girado la cara al pasar a su altura. Cantero se quedó paralizado. Dudó un momento, pero de inmediato un plan esperanzador se dibujó en su mente. Entró en el portal dirigiéndose a su alcoba. Se quitó la ropa de faena y se puso una más decente. Su madre se percató de que su hijo no procedía según el plan habitual de un día de trabajo.

Pero, ¿estás tonto? ¿No me digas que te has aviado para ir a Ávila? ¿Para qué te preparo yo la comida?

Procedió según su costumbre una vez que había tomado una decisión. Metió el almuerzo en las alforjas y, de la entradilla previa al corral, cogió un costal para guardar las compras que realizara y la ropa de trabajo. Le explicó a la madre que se había olvidado de que era viernes y que necesitaba ir al banco a ingresar dinero y, de paso, adquirir algunas pertenencias; cuando acabara de realizar estos recados, se dirigiría a la cantera.

No llevaba un plan ni estaba seguro de localizar a la chica en la capital, pero, sabiendo que ella pasaría la mañana por sus calles, albergaba la esperanza de encontrarla. En el trayecto por la carretera repasó los comercios en los que con seguridad habría de entrar. Confiaba en que la razón de su traslado no fuera la consulta con algún médico o dentista, sino aprovechar el día de mercado para adquirir los productos que no conseguía en las tiendas del pueblo. Especulaba que, con pasear por El Grande o por las calles que desde allí se dirigían a El Mercado Chico, era seguro que en algún momento se cruzaría con ella. Aparcó la moto por El Jardín del Recreo, pensando que, como última oportunidad, si no la encontraba antes, cuando la hora de volver estuviera cerca, habría de dirigirse por ese lugar a la estación de autobuses. En un primer momento tomó el costal enrollado para guardar las compras que realizara, pero, una vez en la mano, creyó que sería un estorbo, porque no estaba en su ánimo entrar en ningún negocio, sino vigilar la presencia de Andrea por las calles.

El día estaba ventoso e imprimía un movimiento eléctrico a los transeúntes que se desplazaban a mayor velocidad de la habitual. El aire arrastraba por el suelo la suciedad más liviana hasta incrustarla en los rincones más resguardados. Las mujeres se sujetaban la melena con pañuelos anudados debajo de la barbilla o la apartaban constantemente de la cara; otras luchaban para mantener estiradas las faldas. Los que gastaban boina se la calaban hasta los ojos. De todo el personal que andaba por las calles, él era el único que caminaba con un ritmo menor oteando con minuciosidad a cada una de las mujeres que por su fisonomía se asemejaban a Andrea. Se encaminó hacia el centro. Por las aceras se desenvolvían numerosos morañegos y serranos que los viernes acudían a la ciudad a realizar sus compras o a darse un garbeo por el mercado de ganados a ver cómo cotizaban los animales en venta. Algunos de ellos eran conocidos, a los que saludaba levantando con un impulso la cara. Con los del pueblo intercambiaba unas palabras, pero todos se dejaban llevar por las prisas, ya que la mañana, de coche a coche, se iba en un suspiro. Atravesó El Grande por los soportales y entró en el recinto amurallado. Los comercios se encontraban repletos de clientes. Las estrechas aceras dificultaban el tránsito de las personas que se desplazaban por esas viejas calles de alrededor de la catedral. La plaza de abastos y los puestos de hortalizas del Mercado Chico atraían a los habitantes de la ciudad y a los viajeros procedentes de los pueblos aledaños. La animación, a pesar de lo destemplado de la jornada, reinaba en todos ellos. Cantero merodeó por estos lugares escudriñando entre la masa humana para encontrar a Andrea. Sin embargo, el tiempo transcurría sin dar con ella. Su ánimo desfallecía; intentaba que las ideas más bárbaras sobre su mala suerte no lo obnubilaran, aunque se hacía la cuenta de que pasaría la mañana en balde. Después de vagar por la encrucijada urbana de la vetusta capital, salió por la misma Puerta del Alcázar por la que entró. El público había aumentado en la plaza central. La cruzó por el medio en dirección a la iglesia de San Pedro. En esa afluencia desordenada de personas que se movían en todos los sentidos, alguien lo agarró del brazo. Giró con ímpetu el cuerpo pensando que sería algún conocido con confianza, pero, justo cuando por su boca se anunciaba un improperio para maldecir al bromista que lo había asustado, se paralizó al reconocer la cara de Andrea. La sorpresa fue doble, pues, aparte de que no esperaba que fuera ella, había un desfase entre la cara que él recordaba del encuentro en los lavaderos y la que mostraba en ese instante. Era ella, más los ojos y la expresión, no. El pelo lo llevaba más suelto; la mirada era más clara; su voz llenaba con más sonoridad las palabras; incluso, el vestido siendo recatado, no era el triste negro del primer encuentro. Le costó juntar las dos imágenes en la misma persona que en esos momentos estaba delante de él. Había deseado hasta la desesperación encontrarse con ella y estando juntos, se sentía desconcertado, lleno de vergüenza y timidez, al tiempo que un ardor pasional emanaba de sus entrañas esparciéndose por todo él. Ella parecía alegrarse de haberse encontrado con él fuera del pueblo. Su actitud no era la de saludarlo y seguir con sus ocupaciones. Cantero tomó la iniciativa al proponerle pasear juntos mientras llegaba la hora de coger el autobús. Se dirigieron hacia la parada, pero no por las calles más transitadas por las que hubieran llamado de inmediato la atención de los conocidos, sino por las aledañas, menos concurridas. Caminaban a la par. Se prestó a llevar su capacho para que ella no cargara con todos los bultos que portaba. Avanzaban despacio, saboreando el instante. Eran ellos dos los únicos habitantes de la ciudad. Solos, sin que nadie fuera testigo indiscreto de su amor. Él estaba a gusto a su lado, sin hablar; ella, lo miraba animándolo a que dijera cualquier cosa.

¿Qué piensas? ¿Eres feliz?

No pensaba en nada. Era imposible que en su mente surgieran ideas que suplantaran al goce de estar junto a ella. Casi no osaba mirarla avergonzado de tanta dicha. Cada vez que se aproximaban y sus cuerpos se rozaban, notaba un súbito temblor que lo enternecía. La tomó de la mano con impericia. Ella le apretó la suya y durante un tiempo avanzaron agarrados hasta que los dos se soltaron de repente al reconocer a lo lejos a un conocido. Al llegar a La Escuela Normal, se desviaron en dirección al parque de San Antonio. La masa forestal estaba desnuda y era incapaz de tamizar la luz gris, que llegaba cenicienta a las avenidas y arriates del jardín. Se adentraron en él y, aunque los árboles estaban sin hojas, los setos proporcionaban sensación de intimidad. Los dos se agarraron por la cintura y se fueron apartando hacia los lados escudriñando el rincón que los ocultara. Se sentaron en un banco descarnado notando una gélida sensación sobre sus cuerpos que, sin embargo, se inflamaban de excitación. Se besaron una y otra vez. Sus labios ardían y a su vez transmitían una dulzura fresca. No se cansaban de acariciarse. Él, a pesar de las dificultades de apartar el vestido, introdujo su mano hasta su firme pecho ardiente. Su piel cálida y suave, su pezón chiquitín, su tersa areola fueron acicate de caricias interminables mientras los dos seguían besándose. Después, pasando el brazo por su espalda, la atraía con una fuerza mantenida; ella se dejaba arrastrar anudando su cuerpo con el suyo. Sin embargo, la dicha fue terminando en el momento en que Andrea consultó la hora en su reloj de pulsera. Los arrumacos se desvanecieron con breves roces y apretones de mano. Se levantaron y Cantero la acompañó hasta las inmediaciones de la estación. Se despidieron mirándose a los ojos sin decirse una palabra de despedida. La observó cómo se perdía atrapada por los viajeros que con prisas se adentraban en el vestíbulo para comprar los billetes de regreso a sus localidades. Apresuró el andar hasta el lugar donde había estacionado la moto. La arrancó y siguió por la Avenida de Portugal hasta llegar a San Vicente; descendió bordeando las murallas y, antes de incorporarse a la carretera de salida, paró esperando a que pasara la camioneta que llevaba a Andrea. No tardó en aparecer. Se situó detrás adaptando la velocidad a la de su marcha. No creía que ella fuera consciente de esta maniobra; se consolaba siguiendo su estela. Un poco antes de llegar a El Alto de la Horca, abandonó la calzada para girar a la derecha hacia la cantera. A medida que los dos se separaban, la alegría se difuminaba y el poso de tristeza crecía. No obstante, se esforzó en mantener el regusto placentero que por fin había conseguido después de tantos desvelos e inútiles iniciativas previas para volver a encontrarse con Andrea.

Lobete llevaba toda la mañana en el corte. No se sorprendió al verlo incorporarse al tajo a medio día, pero sí que no transportara en la moto el costal con sus compras. Sin embargo, evitó dirigirse a su compañero para que le explicara los motivos por los cuales se había desplazado a la capital. Cantero se percató de la discreción de su colega y agradeció su respeto. Se cambió de ropa y sacó la fiambrera con la merienda. Lobete dejó de picar y se dispuso también a comer. Prepararon antes un poco de lumbre. A Cantero, a pesar de los celos de su intimidad, le hubiera gustado en esos instantes de tanta felicidad que su compañero se interesara por los motivos que le habían obligado a no ir a trabajar, para que hubiera un testigo de la dicha que lo llenaba. Estaba dispuesto a contarle la relación que mantenía con Andrea y esperaba el mejor momento para darle a conocer la noticia. Ese día su compañero se mostraba más cabizbajo y apesadumbrado de lo habitual; se percató de lo inoportuno de comunicarle que había encontrado una mujer a la que quería, de la misma manera, que su amor era correspondido. Fue consciente de que su soledad, a partir de que oyera la confesión, aumentaría.

Los dos comieron en silencio escuchando las noticias de la radio.

Intentó, alargando el disfrute del sabor que aún perduraba del encuentro, no cavilar sobre lo que sería su vida junto a Andrea, mas su mente avanzaba en el incierto futuro creando situaciones en las que los dos experimentarían la dulzura de la exclusividad de sus personas o se enfrentarían a problemas que habrían de venir. Le surgieron dudas semejantes a las que le impidieron confesar a Lobete el noviazgo recién estrenado. Su familia, más pronto o más tarde, se enteraría. En sus planes no estaba decírselo. Su hermano, cuando alguien le fuera con el cuento, se reiría; su madre, a saber por dónde saldría. En todo caso, no le asustaban las pegas o trabas que le pudieran plantear. La familia de Andrea era humilde, como la suya, igual que la de la mayoría de los vecinos, pero eran honrados. Las preocupaciones tampoco eran económicas. Había ahorrado toda la vida; poco gastaba en las tabernas. Sabía ganar el jornal y, habiendo demanda de piedra, no faltaría de nada en su hogar.

Las horas iban pasando, pero la temperatura seguía baja y la sensación molesta de no entrar en calor se acentuó a pesar de la lumbre en la que aún podía calentarse las manos y los pies. El cuerpo se le había quedado destemplado, después del confort que había sentido abrazando a Andrea. El viento se había calmado, pero la humedad era desagradable. Inició la tarea colocando en el taller una nueva piedra con el objetivo de sacar una rula. Desde hacía tiempo las requerían con el fin de fabricar pequeños molinos eléctricos que adquirían los pequeños ganaderos para moler el cereal. Cazó la pieza y comenzó a devastarla. Trabajaba con desgana porque no hallaba motivación para centrarse en la labor, ya que en su mente no cabía otro asunto que no fuera el de la muchacha.

Pronto reparó que una segunda vez se había separado de ella sin concretar ningún término que rigiera su relación. Su entrega a la pasión momentánea había sido entera, sin reparar en cuestiones que en ese momento le anunciaban nuevas incertidumbres. Los dos se querían. Ella se lo había demostrado con sus besos y con sus caricias; él la deseaba entre todas las mujeres, pero permanecían las trabas rituales que le impedían salir y reunirse con las amigas para ir al baile; como mucho, pasear con discreción. En esa situación, sin haber concertado un nuevo encuentro antes de despedirse en la estación de autobuses, regresaron las inseguridades pasadas.

Después de tantas elucubraciones carentes de sentido, esta era la realidad. Había estado con Andrea; había experimentado su amor, pero la agonía de las próximas semanas sin saber nada de ella, de quizá no verla si no era en misa, regresaría con el mismo padecimiento. Tal vez su vacilación menguaría, pues ya no era una vez, sino dos las ocasiones en las que su pasión se había manifestado, sin embargo, esto no bastaba para tranquilizarlo y, sobre todo, para encauzar su amor. No le importaría esperar unos meses hasta que los rigores del luto se atenuaran, si sabía, que una vez acabados, el noviazgo se podía iniciar. Ninguno reparó en estos puntos. Si en vez de amarse, hubieran hablado de las trabas de su relación, tal vez el futuro habría sido más esperanzador.














04/05/26

¡Mutis por el foro!


El padre, en alguna medida —aunque él nunca tuvo información fidedigna—, fue un tanto enigmático. Cabe suponer que quien más sabía de todo aquello era la madre. Él apenas pudo comprobar nada durante los pocos años que vivió con su progenitor. Antes de tomar la comunión, desapareció: una noche no volvió a casa y nunca más lo vio. Su madre jamás le explicó las razones que lo llevaron a tomar una decisión así. Hermanos no tuvo.

A partir de ese momento, el tercer piso de la castiza plaza de San Atanasio se volvió más sombrío que nunca. A veces preguntaba a su madre, pero esta no contestaba. Un día respondió, y dejó la situación zanjada para siempre: «Tu padre se ha ido a la mierda».

El niño, cuyo nombre era Pánfilo, tuvo que hacer frente a esta circunstancia ante su único amigo de la infancia, pero no fue una escena embarazosa. Fue una curiosidad extemporánea que duró unos segundos, mientras decidían a qué jugaban: una situación casi ceremonial y falsa, pues la apatía que ambos mostraban por los juegos de los demás niños era evidente. De ahí, tal vez, su afinidad. De no haber sido por sus respectivas madres, que los mandaban a correr un poco y a tomar el aire, no habrían salido nunca.

Su verdadero mundo —donde no lo pasaba ni bien ni mal, pero al menos se encontraba a gusto— estaba en casa, con su madre, cuando esta quería compartir su tiempo y no lo mandaba a su cuarto. Allí, ante su mesa, leyendo cuentos, o en la cama o en el suelo, jugando con su mecano —regalo de su padre y único recuerdo suyo—, pasaba las horas libres o los días enteros en vacaciones.




Según su madre, no tenían familiares cercanos, aunque él se había enterado por otros medios de la existencia de una tía y dos primas madrileñas, pero no mantenían ninguna relación. Su madre procedía del Norte, de una provincia con mar, que evocaba con cierta frecuencia. A sus abuelos maternos no los mentaba nunca. Sin embargo, en alguna ocasión —su madre hablaba en alto sin importar la presencia del niño, al que ignoraba—, entre dientes, le oyó maldecirlos —el encono se dirigía a su propia madre—. Al parecer, la había echado de casa por ponerse de parte de su padre y, sobre todo, porque quería ser cupletista.

Pasaban muchos días sin ver a nadie ni hablar. Entre madre e hijo también transcurrían horas sin que se dirigieran la palabra. Había temporadas en las que la madre parecía estar ausente, como si estuviera sola y no viera al niño. No tardó en distinguir esos momentos en que no podía hablar con ella. Respetaba su intimidad. Tampoco le suponía un gran sacrificio. Sabía que era mejor pasar desapercibido, por lo que procuraba no salir del cuarto, salvo para lo imprescindible. Por el contrario, en otros momentos, la madre era encantadora, simpática y dicharachera. Ambos se sumergían en conversaciones sin límite de tiempo: lo mismo daba que estuviera anocheciendo o amaneciendo. Horas y horas, con algún chocolate exquisito y bizcochos entre medias, compenetrados, sin importar si el brasero se apagaba. En estas ocasiones, madre e hijo mostraban una felicidad exuberante, sin que el cansancio se reflejara en ellos. Pánfilo, en estas ocasiones, esperaba, antojadizo, que su madre lo invitara a acostarse con ella, pero esta nunca se lo propuso, por lo que el niño, al retirarse a su cuarto, después de ese tiempo de dicha, se sentía un poco infeliz, pero él nunca tomó la iniciativa de proponérselo y así no llegó a compartir su lecho.




La madre trabajaba en el teatro Emperador Ramiro, no muy lejos de donde vivían. Era la encargada de los camerinos. Llevaba muchos años con ese empleo, prácticamente desde que vino de su tierra. Cuando empezó a trabajar lo hizo de actriz, aunque fueron papeles escasos y secundarios. Eran otros tiempos. El teatro se llenaba. Su padre también pertenecía al mundo artístico: había oído rumores de que había sido un gran actor de comedias de éxito; también que había sido autor de obras. Incluso, que había sido empresario, pero que huyó a consecuencia de algún fracaso en el que dejó mucho dinero a deber. En cualquier caso, a partir de la huida, la carrera de su madre se vio eclipsada. Aunque, en consideración al nombre de su marido, le ofrecieron trabajar en la empresa para limpiar el local. Durante este tiempo hizo una gran amistad con la encargada de los camerinos. Cuando esta mujer se jubiló, el puesto pasó a ella. Parece que en un principio este cambio la llenó de ilusión, pensando que tal vez le volverían a dar algún papel, pero a medida que iba corriendo el tiempo, pronto fue consciente de que eso no ocurriría. Las compañías eran cada vez menos numerosas y las representaciones permanecían menos tiempo en cartel, por lo que era imposible lograr amistad con los actores. En esas circunstancias era muy difícil demostrar su valía, si ni siquiera se fijaban en ella.
Con los años, las ilusiones se fueron perdiendo. Llegó un momento en que el atractivo y la magia que habían supuesto el teatro se fueron transformando en rechazo y desprecio. Aborrecía todo: las butacas, los palcos, las luces, el público, pero sobre todo odiaba a los actores. Vestirlos, peinarlos, recoger sus trapos y tirar su basura no lo soportaba; pero lo peor era no poder dirigirles la palabra. Le daban órdenes, pero ni siquiera le miraban a los ojos.

El niño nunca le preguntaba nada que tuviera que ver con su oficio, aunque le gustaba ese mundo. Cuando la madre estaba contenta, le gustaba oír cómo contaba detalles curiosos de las representaciones, de los actores... Sobre todo, le gustaba escuchar la anécdota de la ocasión en la que acudieron los reyes a ver la obra "La tristeza en mi alma", en la que ella realizaba el papel de Germana...

La madre lo llevaba a veces; a él le hubiera gustado acompañarla todos los días. Cuando regresaban a casa, entraban a tomar un chocolate con porras y, mientras la madre dejaba que el niño mostrara la euforia acumulada durante la tarde. Le preguntaba por los nombres de los actores y la madre le contestaba, añadiendo algún detalle de su vida, de su papel, y con ello su curiosidad quedaba satisfecha. Cuando entraban en casa, dejaban de hablar de la obra. Cada uno se dirigía a su cuarto. Al niño le hubiera gustado que su madre le contara sus pasos como actriz y los de su padre, pero ella casi nunca revelaba nada, excepto la anécdota de los reyes.




Cuando terminó sus estudios elementales dejó de asistir al colegio. No quiso seguir estudiando: le asustaba el mundo bullicioso de los jóvenes. La escuela no le había entusiasmado. Su madre nunca le preguntó si había aprendido a dividir o le pidió sus cuadernos. Él nunca le contó sus incidencias con el resto de los niños, a pesar de ser numerosas. A partir de entonces la madre ya no le mandó a jugar a la calle. Tenía catorce años. La madre tampoco volvió a llevarlo al teatro: desde entonces el joven iba por su cuenta cuando quería, gracias al gestor, que le permitía entrar sin abonar entrada por ser hijo del personal laboral.

El ritmo de vida era monótono, aunque no aburrido. Su mundo era el teatro. La mayoría de las ocasiones que salía de casa era para ir allí o a realizar algunas compras domésticas, ya que la madre era muy despistada. Seguía pasando la mayor parte del tiempo en el hogar. El piso no era muy grande, pero disponía de una biblioteca. Ese gabinete oscuro había pertenecido a su padre. Era una estancia ciega, por lo que siempre había que encender la luz. En las paredes había estanterías con forma de ángulo recto, repletas de libros desordenados de diferentes tamaños. Su madre rara vez entraba allí, por lo que supuso que se hallaba tal cual lo había dejado su padre. Junto a las estanterías había un gran escritorio, recubierto de hule. Sobre él había numerosos libros esparcidos y mezclados con hojas de papel a medio escribir; era como si su padre se dispusiera a volver en cualquier momento, por lo que nunca se encontró muy a gusto. De todas formas, con esa impaciencia, fue examinando libros y leyendo los papeles dispersos.
Sin embargo, nunca perdió la afición a las historietas ilustradas. En su cuarto tenía dos cajas llenas. Tras haberlas leído varias veces, solía ir cada cierto tiempo a un puesto callejero, atendido por una señora ya muy entrada en años,
para cambiar sus ejemplares por otros. Le resultaba difícil hallar novedades. Así, entre los ratos en el gabinete y los de su cuarto, se sucedían las mañanas, las tardes y las noches, salvo los días que salía al teatro.

Con el paso del tiempo, perdió a su única amistad de infancia. Menos mal que la madre se aficionó a las cartas y jugaban los dos después de comer. Primero fue al chinchón, luego a la brisca, después a las siete y media y al tute. Eran partidas a veces desabridas, con discusiones y trampas, que terminaban cuando la madre arrojaba la baraja al suelo. El hijo ganaba siempre, pero sin ambición. Muchas veces se aburría, pero no podía privarse de ese momento de ocio y compañía mutua.




Una noche observó a una actriz joven casi de su edad. Era bajita y delgada, con el pelo muy corto. El primer día que la vio no prestó atención a la función; solo estuvo pendiente de sus gestos y de las pocas palabras que decía. Cuando terminó la obra, fue consciente de que se había enterado de muy poco. Se asustó. Eso nunca le había sucedido. Fue repasando las escenas, los diálogos, los actos y no le resultaban extraños, pero no era capaz de hilar todo ello. ¡Qué fatalidad! No le quedó más remedio que reconocer que esa muchacha con pelo corto había sido la causa de su despiste.
No se decidía entre quedarse a la siguiente función o volver a casa. Miró el reparto y reconoció a casi todos los actores, salvo a esa actriz.
Se fue por primera vez a tomar solo un chocolate con churros. Cuando quiso darse cuenta de lo que estaba haciendo, se encontró delante la taza humeante. Tomó conciencia de que esa semana se iba a quedar sin su cuento nuevo. Pero no se puso triste; más bien al contrario: sintió un hormigueo en el estómago que terminó en las piernas en un espasmo y en la boca con una sonrisa confusa. Saboreó el chocolate con pequeños sorbos. Reparó en que hacía mucho tiempo que no le sabía tan bien, seguramente desde la primera vez que su madre lo llevó al teatro y al regresar entraron en la chocolatería. Se encontraba tan ensimismado que, cuando quiso darse cuenta, el reloj de la pared marcaba las nueve menos veinticinco: la representación habría empezado ya. Definitivamente, terminó reconociendo que ese día era extraordinario.

Subió apresuradamente las escaleras; entró sin saludar a los acomodadores que ya tenían encendidos los cigarrillos. No se atrevió a pasar muy adelante. No sabía muy bien qué era lo que buscaba. A la chica, tal vez. Fue consciente de una sensación desconocida hasta esa noche: la excitación, la alteración del ritmo cardíaco, la ruptura de una armonía presente hasta esos momentos. Sintió pánico, miedo a que la vida le sorprendiera a su antojo. Una lágrima solitaria se deslizó lentamente por su rostro. Su vida —pensó— hasta ese momento había estado exenta de contrariedades exigentes. Con el paso del tiempo, adaptarse al talante de su madre no había supuesto una carga, más bien todo lo contrario, pues reconoció que esa relación había sido favorable al no exigirle grandes metas en la vida: hacía lo que quería, sin su control, ya que la mayor parte de las veces estaba ausente de la realidad cotidiana. Y sonrió, con una mueca placentera: había tenido suerte. ¿De qué se podría quejar? De nada, absolutamente de nada. A partir de ahora vendrían los problemas, si llegaban, pero hasta esta noche había sido feliz.
Al volver a casa entró en la Peña Taurina Flores. Lo había decidido antes de acabar la obra; estaba ávido de emociones fuertes. La taberna se encontraba semivacía: una partida trasnochada de cuatro albañiles, a quienes se les abría la boca en cada robada, y dos clientes habituales tomándose la última ronda. Al entrar, los de a pie volvieron mecánicamente la cabeza, como si buscaran algún compañero perdido. Estuvo a punto de dar un paso atrás, pero los parroquianos volvieron a su charla. Se acercó a la barra con un brío renovado. El camarero, sentado en una pila de cajas, parecía desganado. Levantó la barbilla y algunos instantes después dijo:
—¿Qué va a ser?
—Una cerveza —respondió Pánfilo—. Una cerveza —repitió.
—¿Botellín o de barril? —requirió el camarero.
La enorme cabeza del toro que presidía el local se le vino encima. Ante el nerviosismo y tartamudeo, el camarero tiró una caña y le puso un boquerón con una aceituna.
—¿Cuánto vale?
Al no sentirse observado, se tranquilizó. Sin embargo, apuró la consumición rápidamente, delatando su incomodidad. Salió apresuradamente a la calle, y el aire, de sopetón, le abofeteó la cara, que empezó a arder. No tardó en llegar a casa. Su madre veía la televisión. Se acostó y se durmió enseguida. Antes había tomado una decisión.




Al día siguiente, por la mañana temprano, acudió a las oficinas del teatro. Quería pedir trabajo al encargado. Su ilusión era llegar a debutar como actor. El señor Fermín sonrió cuando el espigado muchacho le espetó su propósito.

Está bien, chaval, está bien. Me parece bien —respondió condescendiendo.

Se hizo silencio después.

Antes de volver a hablar, colocó unos folios y les dio unos golpecitos por el canto.
—Mira muchacho —continuó— un actor no se hace porque lo quiera él. Creo que lo podrás comprender perfectamente. Si no es así, es mejor que alguien te diga las cosas muy claras, y me extraña que tu madre no te haya advertido. Ser actor es muy difícil y muy fácil a la vez. Solamente hay uno realmente bueno entre cien, doscientos... Además, no es ser solo buen actor, sino conseguir demostrarlo. No sé si me comprendes. Hay que tener valor y, sobre todo y ante todo, suerte, estrella, o un padrino o una madrina. ¿Comprendes? Es así de fácil y, si quieres, así de complicado. Yo llevo muchos años en el teatro, desde que era más joven que tú. A mí el escenario me llamaba, para que veas que no eres el único, y qué quieres que te diga... No llegué a nada. La vida no lo quiso. Ahora soy el regente del teatro. No he tenido, a pesar de todo, mala suerte: estoy aquí. Es verdad que pinto poco, pues ahora las cosas funcionan de forma diferente... Con lo que quiero darte a entender que no soy nadie, que yo no te puedo ayudar.
De dependen tu madre y otros cuantos acomodadores, taquilleras y personas de mantenimiento, pero lo que se representa no lo elijo yo. Lo siento. No te quiero desorientar y menos desanimar. Ahora todo es oficial, todo depende de un organismo... ¡Es la cultura!
Salió Pánfilo del despacho, no sin dar antes las gracias y dejar melancólico al pobre señor Fermín. No sabía si la entrevista con el encargado le había entristecido o dado ánimos. Alguna lágrima se le escapó, pero el corazón palpitaba también más de prisa. La entrevista no había sido alentadora,
para una vez en la vida que estaba decidido a emprender un camino.

Regresó distraídamente al piso, sin reparar en la primavera, que apenas se manifestaba en los escasos muestrarios verdes de la ciudad. Al entrar, su madre cosía. Se había sentado con el cesto de la costura sobre las piernas, cerca de la ventana por donde más luz entraba. Hacía mucho tiempo que no la veía aplicada a esta tarea. No levantó la vista. Pánfilo sintió la necesidad de decirle algo.

Vengo de hablar con el señor Fermín.

¡No me digas que vienes del teatro ahora! —dijo incrédula, sin acabar de comprender.

Sí, he ido a pedirle trabajo.

Ah, bueno.

De actor.

¿Tú estás bien de la cabeza?

Me gusta, creo que no se me daría mal.

No me hagas reír.

No esperaba otra reacción de su madre, así que no le afectó su opinión. Simplemente quería que lo supiera. No creía que se enfadara. A esas alturas de su vida, la irritación era permanente: si no era por un motivo era por otro. Lo peor no era su reacción o las escasas expectativas que le había dado el regente, sino cómo seguir adelante. No tenía nada claro, pero esperaba que algo lo fuera encaminando a esa meta.




Cuando, por la noche, el encargado lo vio en el vestíbulo, se detuvo a mirarlo durante unos momentos antes de emprender la marcha. Su presencia habitual en el teatro era asumida por la plantilla como parte del atrezzo del edificio. Pero esa vez Pánfilo sintió que su figura había sido desplazada y que el señor Fermín se percataba en ese mismo instante de la transformación. Ya no era el hijo de Sole con derecho a asistir a las representaciones que le vinieran en gana. Era un aspirante a actor, no un espectador que iba a divertirse o a pasar el rato, sino un alumno aplicado que quería aprender de los maestros. Aquella responsabilidad apabullaba a Pánfilo. Por ese deber, y porque la chicuela que aparecía en escena aún lo aturdía, terminó la representación con la sensación de no haber asistido a ella.

Los días siguientes estuvo inquieto pensando en ella. Su personaje era insignificante; sabía que se movería entre bambalinas mientras esperaba sus salidas a escena. No era un espacio para que entrara nadie ajeno a la obra, pero los trabajadores sabían que era el hijo de Sole y no se atrevieron a darle el alto. La chica se entretenía mirando una revista mientras hacía tiempo. Sobre sus hombros se había echado un chal para no quedarse fría. La observaba a una distancia prudente: allí, casi acurrucada, era más atractiva que sobre las tablas; pero, en esas circunstancias, él no era más que un fisgón, no un espectador fascinado por su actriz favorita. En más ocasiones la espió, pero no se atrevió a dirigirle la palabra. La obra no estuvo mucho tiempo en cartelera y no volvió a saber más de esa chica que le había despertado el deseo amoroso. El teatro era un lugar donde conocer mujeres bonitas, pero eran como maniquíes cuya alma resultaba inalcanzable.



No se entretuvo a ver la segunda sesión de la tarde. A medida que cumplía años, rara vez veía las dos sesiones; incluso tenía que ser muy buena la obra para ir todas las tardes al teatro.

La televisión estaba encendida y, desde el pasillo, vio a su madre echada en el sillón.

¡Hola!

No hubo respuesta. Entró en el salón.

Ya estoy aquí —dijo.

Al no responder, se acercó. Parecía dormida, pero su faz tranquila le inquietó. Le acarició la cara y después la zarandeó. Sus manos caídas parecían las de una muñeca exánime.

Avisó a la vecina para que acudiera a auxiliarlo. Era como si necesitara a otra persona que certificara lo que sospechaba.

Tu mamá está muerta.

Se sentó junto a ella y la tomó de la mano que perdía el calor. Se quedó allí, sin reaccionar.

Hay que avisar al médico… Ya llamo yo —se ofreció la vecina.

Cuando llegó el facultativo, aún no se había separado de su madre. Apenas la examinó. Le entregó el certificado de defunción: parada cardiorrespiratoria. La vecina continuaba a su lado:

Debes avisar a la familia.

No tengo.

Y a la funeraria...

También fue ella quien se puso en contacto con la compañía. Pánfilo parecía otro muñeco, incapaz de reaccionar.

Se llevaron el cuerpo. Él acompañó a la pareja de empleados de pompas fúnebres en el coche. Asintió a todas las propuestas que le formulaban. Ellos eligieron el féretro, las flores... Su única iniciativa fue rechazar los recordatorios y decidir que su madre no recibiría tierra, sino fuego, pues ese había sido su deseo. Cuando instalaron el pequeño catafalco en una habitación, se sentó frente a él. Continuaba anestesiado. Solo reaccionaba cuando algún empleado le preguntaba si necesitaba algo o le planteaba decisiones aún pendientes. Uno de ellos le recomendó que se fuera a dormir: cerrarían el velatorio y lo volverían a abrir cuando regresara por la mañana. Se negó. No dejaría allí sola a su madre.

La vecina se presentó al rato. Parecía querer asegurarse de que todo estaba en orden. Le había preparado un bocadillo y le animó a que estirara las piernas y se tomara un café: ella se quedaría mientras tanto. No aceptó.

Había estado despejado toda la noche, pero de madrugada lo venció una somnolencia contumaz. Cuando estaba a punto de quedar rendido, le tocaron en el hombro.

Te acompaño en el sentimiento —oyó que le decían como en sueños.

Eran dos mujeres.

¿No sabes quiénes somos?

Negó con la cabeza.

Tu tía y tu prima —afirmó la mayor.

Hola, primo —saludó la joven—. Me llamo Elvira.

Nos hemos enterado por la vecina. Me dijo que estabas solo. Con tu madre no manteníamos trato, pero queremos darte el pésame.

Gracias —fue capaz de responder.

No estuvieron mucho. Antes de despedirse, su tía le aseguró que ya pasarían más despacio un día por casa.

Por la tarde, dos empleados entraron y dijeron que era el momento de comenzar la cremación. Los acompañó mientras trasladaban el féretro hasta unas dependencias a las que le prohibieron entrar.

Vaya a la sala de espera. Cuando terminemos, le llevaremos allí las cenizas.

La espera se le hizo eterna. Estaba a punto de preguntar qué sucedía, cuando uno de la funeraria le entregó una oscura urna con forma de florero. Se quedó mirando su discreta decoración, como si tuviera que decidir si aquellas flores pintadas eran de su gusto.

Ya en casa, dejó el florero apoyado en el estrecho tresillo de la entrada.. Se sentó en el sillón donde unas horas antes había fallecido su madre y se quedó dormido.




Oyó un timbre estridente. Creyó que era en sueños, pero su persistencia le hizo despertar.

Ya va —dijo para que dejaran de llamar.

Se recompuso. La luz tenue que entraba por los ventanales del salón no logró sacarlo de la duda de si seguía siendo el mismo día o había pasado la noche. Se contempló en el espejo de la entrada y bajó la mirada hasta la urna para convencerse de que la muerte de su madre era una realidad.

Muchacho, te acompaño en el sentimiento —delante estaba el encargado del teatro, encabezando una pequeña comitiva de trabajadores—. Hasta hace un rato no nos hemos enterado. Sentimos no haberte acompañado en el funeral.

Ha sido de repente. Todo ha sucedido de corrido... —articuló como pudo el deudo.

Le estrecharon la mano o le dieron dos besos mientras expresaban su pesar.

Ya sabes, muchacho, cómo es este mundo. Tenemos representación esta noche y debemos estar en nuestros puestos —se excusó el señor Fermín para despedirse.

Antes de alejarse, le dijo:

Pásate cuando puedas por la oficina. Quiero hablar contigo.

No fue más explícito.

Antes de que cerrara su puerta, se abrió la de al lado.

¿Qué tal, hijo?

Era la vecina. Le agradeció la ayuda que le había prestado.

Así es la vida. Hay que seguir adelante como sea —le exhortó.

El viejo piso de la plazuela de San Atanasio nunca estuvo tan animado como en aquellos dos días. Al segundo, le visitaron su tía y sus dos primas.

Lo siento muchísimo —le dijo la que no había ido al velatorio mientras le daba dos besos—. Me llamo Marta.

Y yo, Elvira —añadió esta cuando notó que Pánfilo no se acordaba de su nombre.

Entraron sin esperar a que él las invitara. Miraron el florero con las cenizas sin realizar ningún comentario. La tía conocía la distribución del viejo inmueble. Cuando entró él en el salón, se avergonzó del mal olor. Abrió los postigos para que entrara aire fresco. Cada una se sentó donde mejor le vino.

No se quedaron mucho, pero se enteraron de lo esencial de su vida. Sus primas se interesaron por cuestiones personales. El hecho de que no trabajara les causó perplejidad, como si se tratara de un contratiempo inesperado. Su tía no le preguntó, le dio explicaciones, según sus propias palabras. Ellas nunca se habían apartado de su madre; había sido esta quien había roto la relación. Pánfilo no reaccionó cuando le dijo que su padre también había muerto no hacía mucho. En lo que más insistió fue en que se preocupara por su situación económica. Su hermano —el padre de Pánfilo— no había dejado más que deudas. El piso en el que vivían era alquilado, y no quiso precisar del todo su situación inmobiliaria por parecerle inoportuno entrar en detalles en esos momentos.

Mira a ver qué ha sido de tus abuelos de Santander —le recomendó, enigmática, como si fueran el único asidero al que pudiera aferrarse.

Se marcharon y le dejaron aturdido.




Se movía con inseguridad por su propio piso. Todas sus idas y venidas terminaban en el tresillo de la entrada. Posaba las manos en la urna y las dejaba allí un instante. En una de esas ocasiones, reaccionó: una idea clara se abrió paso en su mente.

Salió de casa por primera vez. La luz de la primavera, cada vez más descarada, le hirió los ojos. En un almacén compró un saquete de sustrato. De vuelta, trasladó a la bañera los tiestos que su madre tenía repartidos por casa y la urna. Extendió una toalla vieja en el suelo y, sobre ella, posó una de las dos cintas. Se sentó en la taza y sacó la planta del casco. Con un cuchillo redujo el amasijo de raíces; volcó un poco de sustrato en el tiesto y encima parte de las cenizas. Antes de colocar de nuevo la planta, añadió otro poco de esa tierra negra. Añadió más hasta completar el llenado y lo compactó. Del mismo modo procedió con la calathea, con el poto podado y con la lengua de suegra.

Tiró el florero a la basura. Su madre estaría en casa: respiraría y viviría a través de la savia de sus plantas. No creyó que le hubiera reprochado lo que acababa de hacer y se sintió satisfecho de su ocurrencia.

De nuevo volvió a su ser. No había una diferencia abismal: su madre seguía presente en las plantas. Les hablaba y la respuesta materna le resultaba previsible a través de ellas. Cada vez que las cuidaba —si necesitaban agua, si las movía de sitio, si retiraba hojas secas— reproducía el trato que ambos se prodigaban.

El casero pasó a cobrar la mensualidad. También le dio el pésame. No había dedicado tiempo a pensar en esta eventualidad, pero no se arredró ante ello. Del tarro de teja sacó el dinero de la renta y le pagó.

Con su madre tampoco había hablado de cuestiones económicas —eran muchos los temas que se negaba a abordar—, pero Pánfilo no era neófito en este asunto. Desde hacía tiempo era él quien acudía al banco a ingresar y retirar dinero. El tarro de teja era el cofre donde lo depositaban.





No se había olvidado del aviso del señor Fermín de que se pasara por la oficina, pero lo había postergado, porque se encontraba a gusto solo. Suponía que sería para abordar algún asunto de su madre con la empresa.

¡Hombre, qué alegría verte por aquí! Estaba yo pensando en ir a buscarte a casa. ¿Qué tal?

Le extrañó la efusividad del encargado. Reiteró las condolencias, pero entró pronto en el motivo de la entrevista. Le ofrecía entrar en la plantilla. Antes de que terminara de formular la propuesta, y anticipando por dónde podían ir sus intenciones, se le pasó por la cabeza que le podría ofrecer una oportunidad como actor, pero, en definitiva, le propuso ser un chico para todo: un comodín que sirviera de apoyo en la limpieza, de técnico, de acomodador, de ayudante de camerino, de utilero…

Se desanimó, pero aceptó con templanza, agradeciendo la generosidad de su protector. Así se sentía: alguien que necesitaba ser protegido, y el señor Fermín se asignaba ese papel.

Aquí vas a estar como en casa; todos nosotros te haremos compañía.

Gracias, muchas gracias.

Pues no lo pienses más, y a trabajar...

Le acompañó por las distintas estancias del edificio y lo fue presentando como un nuevo empleado, aunque todos conocían a Pánfilo.

El tiempo antes de comer lo pasó junto a él, en su despacho. Escuchaba con atención a su mentor. De los asuntos del teatro, casi sin percatarse, el señor Fermín pasó a hablarle de todo el papeleo.

Es un cisco de mucho cuidado, pero te echaré una mano. No te preocupes —le consolaba.

El joven empenzó a inquietarse al oír los trámites que debería gestionar. No se le había ocurrido, pero era lógico que hubiera que hacerlo.

De todas maneras, estás de suerte —le añadió—: eres hijo único y no hay nada que repartir, que yo sepa.

Tampoco se contrarió por revelarle lo que conocía de sobra.

De todas maneras, no te preocupes, que mientras yo viva no te faltará de nada.

Al dirigirse a su casa, Pánfilo caviló sobre las últimas palabras del señor Fermín: le resultaban misteriosas o demasiado animosas por su parte. La conclusión fue que no le faltaría trabajo mientras él estuviera de encargado.




Al día siguiente no regresaría a la hora de comer, a pesar de la escasa distancia entre el teatro y la plazuela de san Atanasio. Comería fuera; no merecía la pena cocinar para uno solo. Era uno de los hábitos que cambiaría a partir de entonces. Ya lo hacía desde tiempo atrás, pues a su madre se le olvidaba esta tarea. Lo sentía, porque no cocinaba mal, cuando estaba en sus cabales. Echaría de menos el cocido montañés que algún domingo preparaba, único vestigio de su lugar de nacimiento.

Así su vida acabó encerrada entre cajas. Era de los primeros en entrar a trabajar y de los últimos en irse después de las representaciones. Tan solo recobraba parte de su libertad los días que no había función, pero, aunque no hubiera, su obligación era acudir y ponerse a las órdenes del encargado. No le resultaba desagradable trabajar con él. No era hombre expansivo ni muy hablador, pero, con el paso del tiempo, se sintió a gusto con él. Hasta le invitaba a comer esporádicamente. Con el tiempo, sin que se pusieran de acuerdo, adquirieron la costumbre de compartir mantel siempre los miércoles. En estas ocasiones, el señor Fermín le hablaba de asuntos, a ser posible, diferentes a los profesionales, pero la vida de ambos estaba condicionada por su actividad.

Pánfilo no consiguió entablar amistad con nadie. Con los compañeros de trabajo no resultaba fácil, porque él tenía pocos años y ellos eran de una edad más avanzada y con una situación familiar comprometida. El círculo en el que se movía el joven era igual de reducido que cuando era pequeño. Mantenía sus hábitos de ocio: comer en el restaurante, tomar chocolate con bastante frecuencia después de la última función y entrar en alguna ocasión en la Peña Taurina y pedirse una caña para saborear el boquerón con aceituna que servían de aperitivo. Saludaba a los clientes más asiduos e intercambiaban unas palabras, casi siempre las mismas, referidas al tiempo o a las incidencias laborales; nada de cuestiones personales: todos —se suponía— eran felices y no adolecían de ningún mal.

Durante los primeros tiempos, Pánfilo no perdió la esperanza de saltar de ser un empleado del teatro a convertirse en un actor, pero, a medida que pasaban los meses y se sucedían las puestas en escena, perdió la esperanza. Una desilusión profunda le fue minando y hasta se le pasó por la cabeza cambiar de empleo. En su comunicación más personal con el señor Fermín no se podía abordar esta cuestión. Era un asunto que el encargado había dado por zanjado para siempre al aceptar Pánfilo el trabajo que le ofreció.

Las posibilidades de entrar en contacto con las compañías que pasaban por el teatro eran casi imposibles. A ninguno de aquellos profesionales en su sano juicio se le ocurría imaginar que un simple empleado pudiera dar el salto hasta ponerse delante del público a representar un papel. Eran muchos candidatos de escuelas de teatro que buscaban una oportunidad y estos habían recibido una formación académica y ya tenían una trayectoria, aunque fuera como aficionados. Examinaba esa tropa diversa, pero, en el fondo, similar: actores y actrices ya maduros con un recorrido profesional consolidado, preocupados en seguir buscando papeles de enjundia apropiados a su edad; otros más jóvenes, pletóricos por hallarse en el momento álgido de sus carreras, conscientes de que no debían desaprovechar las oportunidades. Muy pocos satisfechos con el papel que llevaban a escena, pues la mayoría eran secundarios o lo consideraban por debajo de su potencial. Él se habría conformado incluso con los más ínfimos: no se sentiría seguro en los más conspicuos. Pero no había podido ser…

A pesar de estas frustraciones, el teatro era fuente de algunos placeres. No perdió el entusiasmo por disfrutar de las obras representadas; sin embargo, no le resultaba fácil olvidar todo lo que quedaba en el foso y en la chácena, cuando los actores salían a escena: él estaba ahí, rodeado de los cachivaches de utilería, con los decorados como fondo que se sucedían a lo largo de la representación…Esa parte oculta era la armadura, la verdadera esencia del teatro y también de todo ser humano: lo que no vemos en ellos, pero condiciona su comportamiento.

Observaba a las mujeres que, antes de salir a escena, se transformaban en el personaje que representarían en un rato gracias a la intervención de peluqueras y esteticistas. Papeles tan falsos como la tramoya, pero que alcanzaban verosimilitud gracias a la magia de la imaginación del espectador. Él seguía disfrutando como espectador, pese a ser trabajador. Ver lo que sucedía en el escenario desde otro ángulo, desde el alma verdadera del teatro, le permitía descubrir múltiples significados en lo representado. Las obras reproducían fielmente los conflictos de las relaciones humanas: el amor y los celos, la amistad y la traición, el poder y la humillación... En poco más de dos horas asistía a experiencias que él seguramente no viviría, pero, gracias a su inmersión en el drama, padecía o disfrutaba. El teatro era una ventana, y él se asomaba a contemplar las múltiples manifestaciones de la vida. Se enamoraba de esos personajes femeninos y sufría las catástrofes emocionales que casi siempre conllevan esas vivencias. Después, durante el tiempo que la obra permanecía en cartelera, su existencia estaba dominada por las pasiones experimentadas en el escenario.

No siempre era fácil acercarse a las mujeres reales, pero lo intentaba, observándolas cuando era posible: cuando deambulaban al entrar o salir del teatro o entre los camerinos mientras se vestían; en los momentos de concentración antes de salir a escena; cuando realizaban un mutis… No era fácil intercambiar unas palabras con ellas en esos momentos de tensión, pero se aproximaba buscando las vibraciones que emanaban de sus personas.




Aunque intentaba evitarlo, al final, en ese tiempo muerto entre cambios de cartelera, le asaltaba la zozobra de que su existencia era anodina. Lo único valioso era la imaginación, pero no dejaba de ser irreal. No experimentaba las pasiones verdaderas como el resto de los mortales. Aquello lo llenaba de frustración: él nunca sería el protagonista de ningún drama; como mucho, un personaje secundario de una mala comedia, un personaje risible e insustancial, de los que llenan el espacio, o la propia historia, para que no parezca vacía.

El señor Fermín se percataba de estas crisis.

Muchacho —siempre le llamaba así—, ¿qué mosca te ha picado hoy?

Nada.

Pánfilo reaccionaba, cuando se abordaba su intimidad, levantando barreras para impedir que alguien escudriñara en su interior.

Venga, que a mí no me engañas —le continuaba animando el encargado.

Pero el muchacho no se abría, por mucho que le insistieran. ¿Cómo iba a contar a alguien esas congojas pueriles?

El señor Fermín lo atraía hacia sí con el brazo, juntando ambos cuerpos. Era una caricia varonil para disipar las angustias. Aquel hombre de mediana edad era la única persona que se interesaba por él, pero no podía contarle su vida interior.

No se preocupe, ya se me pasará —le respondía sobreponiéndose a la caricia.

El contacto con el encargado conseguía que se diera cuenta de lo solo que estaba. Sin su madre, pese al tiempo transcurrido, se sentía huérfano por completo, pues la relación con la tía y las primas había sido un espejismo. Ninguna le resultó lo bastante entrañable como para anhelar su trato.




Tienes que pasarte por mi casa un día —le propuso vagamente el señor Fermín.

No especificó el motivo para sobrepasar los límites de su relación. No se opuso, pero tampoco mostró interés.

Fue un día en que las puertas se cerraron para todos. El señor Fermín le conminó a que lo fuera a buscar para ir a dar un paseo.

Vivía también muy cerca del teatro, en pleno centro metropolitano. Era un piso más bien pequeño. Nada más entrar, Pánfilo se percató del poco espacio disponible para moverse. Incluso, las paredes del distribuidor estaban ocupadas por estanterías, unas cerradas, otras abiertas, donde se mezclaban objetos y libros sin concierto. Le sorprendió el caos reinante en ese espacio existencial en un hombre siempre tan ordenado en el trabajo. Entrar en su vivienda era asomarse al fondo oculto donde el señor Fermín se preparaba para actuar en el exterior, a la vista de quienes dependían de él. Temió que, al conocer ese emplazamiento íntimo, su opinión del hombre cambiara. Por eso le resultaba inquietante que le permitiera explorarlo. La desorganización era patente en cada una de las estancias que le iba enseñando, aunque no percibió suciedad.

Siéntate donde puedas, que enseguida estoy.

Gracias, señor Fermín, no se preocupe.

No hace falta que me trates de señor —le dijo con una clara intención de romper la distancia entre ambos.

Apareció con un álbum bajo del brazo, ya con la chaqueta puesta.

A la vuelta te voy a regalar algo —le anunció con la intención de crearle expectación.

Pánfilo no dijo nada más que gracias.

Fue un paseo entretenido, más relajado de lo que el joven había imaginado. Dejaron de lado el centro y, caminando, llegaron al inmenso parque del lago. No hablaron de nada en particular, sino comentando lo que les llamaba la atención. Sin embargo, después de la comida en un restaurante diferente del habitual, notó que al señor Fermín le cambiaba el humor. La melancolía tiñó su conversación. Le habló de su vida, sin entrar en detalles que quizá le habría gustado exponer y que si no se atrevía a hacerlo era por pudor o falta de confianza. En algún momento salió a colación el nombre de su madre y le confesó que era una mujer especial, que siempre se había llevado muy bien con ella. No hacía falta que se lo dijera: ya lo sabía; le sonó a ñoñería de un viejo nostálgico.

De regreso al centro, el señor Fermín se empeñó en que pasara un momento por su casa.

Recuerda que te dije que te iba a regalar algo.

Sin quitarse la chaqueta, para no entretener al joven, abrió el álbum de fotografías y extrajo un sobre.

He revisado mis recuerdos y he hallado estas fotos de tu madre. Creo que te hará ilusión tenerlas.

Pánfilo las iba a sacar para examinarlas delante de él.

No. Mejor las miras con calma en tu casa… Ah, se me olvidaba —descolgó dos llaves de un cuadro donde había otras—, quiero que me hagas el favor de que las guardes; son de este piso. Es por si un día se me olvidan las mías.

La jornada había sido agotadora; deseaba llegar a casa y descansar, pero también ver esas fotos. Con la mano en el bolsillo rozó las llaves. Le sorprendió que el encargado confiara en él hasta el extremo de franquearle su puerta. Sin embargo, lo achacó a que el señor Fermín sabía que era un bonachón.

Extrajo las fotos: en todas aparecía su madre. Se enterneció al comprobar lo bonita que era. Se trataba de imágenes anteriores a haber nacido él. En todas lucía el peinado de media melena que llevó durante su vida. Sus ojos grandes desafiaban al fotógrafo, como si estuviera enfadada con él. En una salía acompañada de un joven. Miró detenidamente su cara a ver si le resultaba conocida. Supuso que sería su padre. No guardaba en su memoria el perfil de su rostro. Esta y otra, donde aparecía un grupo con el vestuario propio de una representación, habían sido tomadas sobre el escenario. Mirando con atención, descubrió a ese mismo joven al lado de su madre, desviando levemente los ojos hacia ella, orgulloso de posar juntos. En las demás, el paisaje cambiaba y su madre era más joven, casi una mozuela. En una, tomada en la peana de una gran estatua de un Cristo de piedra, aparecía una muchacha preocupada porque el aire no le levantara la falda; de fondo, ocupando todo el tercio superior, el azul de una costa infinita. La otra la mostraba sentada en el sillín de una Vespa en la puerta de una taberna de pueblo. En ambas lucía el mismo vestido blanco con lunares azules.

Las miró detenidamente varias veces, tratando de imaginar la historia que se escondía trás de cada una. Como su madre se había negado a entrar en detalles de su vida, le sirvió de poco esa información. Lo que más le sugería eran los paisajes: uno verde, el de su infancia y juventud, el de su tierra natal; el otro, el teatro, el mundo fascinante, causa del alejamiento de sus orígenes.

Lo más inexplicable era que el señor Fermín guardara esos recuerdos, en especial las dos de Santander. La única explicación que halló fue que ella le hubiera regalado esas dos instantáneas. Las otras eran más sencillas de comprender. El mismo encargado había reconocido que también le había tentado el mundo de la farándula y es probable que ambos formaran parte de la misma compañía.




La última representación dramática de la temporada antes de verano fue la de una gran compañía. Las funciones se prolongarían bastante. Durante el montaje, pese a su envergadura, Pánfilo pasó más tiempo en la oficina del regente que de un lado a otro. No tardó en percibir que el señor Fermín le introducía en las gestiones que él realizaba como administrador.

No, esto no se hace así. Antes de encargar los programas de mano, debes esperar a que el director nos envíe la plantilla definitiva con el nombre de todos los intervinientes. Pide a dos imprentas que te den presupuesto y que te manden una muestra antes de decidir...

Había mucho que gestionar, y el instructor guiaba al neófito con paciencia. El joven se dejaba llevar, y realizaba estas tareas con la misma disposición que si le mandaran aspirar las alfombras.

Tienes que ir aprendiendo —le aconsejaba con cariño el señor Fermín.

¿Por qué quiere que le ayude, si usted lo hace muy bien? —se atrevió a preguntarle un miércoles, mientras comían juntos en el restaurante.

Nunca se sabe —respondió, sin ser más explícito.

La programación estival incluyó operetas y zarzuelas. El teatro era diferente. Se habilitaba el foso del escenario para que se colocaran los músicos, y los cantantes tenían otro temperamento. El aire que se respiraba era más fresco y alegre. El hecho de vestir ropa más liviana conseguía desperezar las sensibilidades más placenteras. El único que seguía con su cara circunspecta era el señor Fermín. No parecía que los rigores del verano le sentaran bien. Pánfilo no se atrevió a preguntárselo. Sin embargo, no dejaba de observarlo y acabó convencido de que algo le pasaba. Incluso, un día no se presentó a trabajar. Él fue el que abrió las puertas del Emperador, pues también le había entregado un juego de llaves, por si un día se dormía. Esa era la razón. «¡Cómo se va a quedar dormido el señor Fermín!», pensó el joven, pero se había acostumbrado a obedecerlo ciegamente.

A medida que conocía los entresijos del negocio, Pánfilo ganó confianza en sí mismo. Que el regente confiara en él y le delegara más funciones era prueba de su fe ciega en él. Cada vez lo corregía menos y no era necesario que le recordara las tareas cotidianas. No obstante, comprendió que la falta de observaciones quizá fuera también una muestra del decaimiento de su mecenas. Don Fermín continuaba ocupando el sillón detrás de su mesa de trabajo, pero con frecuencia regresaba a casa. No decía que no se encontraba bien, aunque era obvio que necesitaba retirarse.




La temporada de teatro clásico era la más delicada, ya que aún había una afición selecta y entendida en declamación que hacía gala de sus conocimientos criticando el más mínimo fallo de dicción de los actores y de la puesta de escena. En su boca aparecían juicios en defensa del honor de los escritores del siglo XVII, que a buen seguro habrían sorprendido a aquellos nobles hombres de letras. Sus furibundas miradas no se dirigían a los actores, sino al regente y a los directores.

No te amilanes ante ellos —le recomendaba su mentor—. Esperan todo el año a que comience la temporada para verse entre ellos y sacar de su cerebro polvoriento las ideas más conservadoras. No aprenderás nada de sus críticas, siempre empeñados en imponer sus criterios… A los que debes tratar bien y ganártelos son a los de la prensa. Es importante que salgamos en las páginas de los periódicos: es propaganda gratis.

Por Navidades, Pánfilo se extrañó de que su protector no apareciera durante dos jornadas seguidas.

Ando de médicos —le había dicho ya un mes atrás, sin entrar en detalles de sus dolencias.

Cuando el señor Fermín no iba a trabajar, su ayudante acudía a su casa a ver si necesitaba algo y para contarle los pormenores de la actividad. No le pasó por alto que el piso estaba más ordenado, los muebles y las estanterías más vacías. En cambio, el aire era más cargado, propio de un lugar cerrado y sin ventilar. Pronto se acostumbró a aquel ambiente denso, cargado de olor a medicinas y sudor.

Aunque Pánfilo se interesaba por su mal, el encargado lo que quería era que le hablara de sus ocupaciones, de si la marcha del teatro continuaba a pesar de sus ausencias. El joven se henchía de orgullo y le respondía que todo iba bien, aunque le echaban de menos.

Celebraron las fiestas juntos. Pánfilo compraba alguna chuchería que sabía que le gustaba al enfermo y dulces navideños. Hasta se atrevió a llevarle una botella de sidra. Ponían la televisión mientras compartían los alimentos. Estando juntos, la soledad se atenuaba en aquellos momentos entrañables. Cada vez le costaba más hablar a don Fermín.

Muchacho —le decía después de un rato—, aquí no pintas nada. Vete a dar una vuelta a ver gente, que habrá mucha algazara fuera.

Pánfilo bajaba a la calle. Reinaba el trajín festivo, una alegría pegajosa. No obstante, él no se contagiaba ni se dejaba llevar por el barullo. No se sentía bien por abandonar a ese hombre solo. De nada servía ya su compañía y le costaba admitir que su presencia en el piso le resultaba al convaleciente una evidencia de su deterioro. Buscaba la soledad, como huía de la conversación: malos síntomas.

Las funciones se suspendían desde el día 31 hasta después de Reyes. Las jornadas resultaban tediosas; todos aparentaban ser felices con los villancicos que iban y venían. Pánfilo acudía al Emperador por rutina y siempre, antes de comer, visitaba al señor Fermín. Había tardes que hubiera vuelto, pero no quería atosigar al enfermo. Se sentía responsable de su estado. Al fin y al cabo, desde la muerte de su madre, él era el único que se había preocupado por él y quien le había abierto la posibilidad de trabajar: no era mal empleo y todo se lo debía.

La víspera de Reyes, un poco antes de que comenzara la cabalgata, subió a su piso. No había acudido a la hora habitual; estaba impaciente. Llamó al timbre y golpeó la puerta. Nadie abrió. Su inquietud se desbordó. No esperó más; sacó la llave que el señor Fermín le había proporcionado y entró. Llegó hasta el salón, llamándolo; lo descubrió en el sillón de orejas. Estaba frente a la puerta, como si lo hubiera orientado hacia allí en busca de auxilio. De la calle llegaba el sonido de las explosiones de petardos y la algarabía; ese ruido hacía aún más perturbador el silencio. En la mesa del salón, bien visible, había un sobre a su nombre. Leyó lo que había escrito el señor Fermín y recogió el dinero que le había dejado para gastos.




Lo que vino después ya lo había vivido antes con su madre. No necesitó la guía de una vecina para saber cómo proceder. A las diez de la noche se encontraba delante del féretro, solo en el velatorio. Los empleados le preguntaron si se iba a quedar velando. Afirmó con la cabeza: era mejor estar allí, a su lado, que solo en casa. Le dejaron un termo con café y unas pastas y no lo molestaron. Se sentó en un sillón, frente a la caja donde reposaba el señor Fermín. Siempre que pensaba en él, se refería así: el señor Fermín. Le costaba usar otra denominación y tenía razones suficientes para cambiar, pero en su cabeza no cabía otra alternativa: eran maestro y discípulo. La carta, lo que ponía en ella, le punzaba para que hurgara en su contenido, pero no era capaz de superar el aturdimiento. Ante un muerto no hay más pensamiento que la muerte, el fin de una existencia sin valor para nadie, excepto para la persona que acaba de expirar.

La espera hasta su incineración se prolongó durante toda la jornada siguiente. No le entregaron sus cenizas hasta bien entrada la noche. Regresaba con ellas mientras los transeúntes más rezagados se recogían en casa con la pena que durante unos días habían desterrado a causa de las fiestas. Dejó la urna, en forma de trofeo deportivo, en el tresillo de la entrada y se metió en la cama. En sueños intentaba incorporarse para comenzar a resolver trámites que todavía no era capaz de entrever, pero que le apremiaban. Durmió más tiempo del que quería.

En el sobre con su legado, el señor Fermín había dejado un cartel anunciando su muerte y deseaba que fuera colgado en el panel informativo del teatro: agradecía a todos los empleados, y a los actores y directores, su colaboración. Pánfilo lo colocó allí. Le hubiera gustado no asumir el papel de deudo, pero, a falta de otra persona, recibió el pésame y el homenaje de quienes lo conocían. Tuvo la impresión de que muchos de ellos lo trataban comprendiendo que él era quien más sufriría su ausencia.

De todo lo que sucedió después, lo más inexplicable fue su puesto. En las disposiciones del difunto no figuraba que él asumiera la regencia del Emperador, pero así fue: la dirección del teatro se la encargó a él. El señor Fermín habría gestionado el traspaso con los dueños.

Había releído varias veces esas dos cuartillas en las que se resumían las últimas voluntades de su mentor. Con palabras más evocadoras que precisas, el hombre daba a entender una relación con su madre. Mencionaba las fotografías que hacía tiempo le había entregado como prueba. En su texto solo mencionaba la palabra hijo una vez y no aludía a su padre fugitivo un tiempo y ya muerto. Con estos datos, Pánfilo tendría que reconstruir la historia de su madre con el señor Fermín, que aportaba otro dato de interés: también él era originario de esa tierra marinera.

La aceptación de la herencia no presentó las dificultades administrativas que había imaginado. También el previsor gerente había tramitado ante notario su testamento y había dejado dinero suficiente para costear el cambio de titularidad de la vivienda. Pánfilo abandonó el piso de la plazuela de San Atanasio y se trasladó al nuevo. Tenía pocas cosas: la ropa de su madre la entregó en una residencia de ancianos; vendió la biblioteca a un librero de viejo y su colección de cómics la repartió entre un grupo de niños que jugaban en la calle. Poco se llevó de esa casa alquilada: las plantas y algunos objetos personales de su madre. También el señor Fermín había vaciado su vivienda de las adherencias superfluas para que el nuevo inquilino encontrara un hogar lo más despojado posible de recuerdos y de escenografía que le condicionaran. Él tendría que vivir su vida, no la de él ni la de su madre; con el piso vacío heredado, su vida sería una representación sin escenografía, casi minimalista, como las tendencias más innovadoras que pedían paso.

Una de las primeras decisiones como gestor fue adquirir dos maceteros de copa de mármol blanco para colocar en las esquinas del gran hall del teatro. En una floristería le aconsejaron que pusiera en ellos dracaenas. Realizó el encargo de las plantas y el sustrato y se lo llevaron a primera hora del día siguiente.

Le ayudo a plantarlas —se ofreció el empleado.

No es necesario, gracias.

Cuando se marchó el de la floristería, sacó de su despacho una bolsa y la urna metalizada donde reposaban los restos del señor Fermín. En cada macetas echó parte de la turba y, a continuación, antes de asentar la planta, vertió por partes iguales en ambos maceteros las cenizas de él y la tierra de la bolsa procedente de los tiestos de su madre. Afianzó el tronco con más sustrato y regó.




CANTERO, CAPÍTULO II (Segunda parte)

  De la bóveda celeste descendían sombras limpias que, al rozar la tierra, la relamían, y allí donde encontraban hueco, cantera, charco, pi...