1973, 1
de febrero, jueves
Un día
de perros. El viento arrecia por todos lados: solo la robustez del edificio se
interpone a su ímpetu. A veces la lluvia lo acompañaba intentando amansar su
brío. Con este tiempo, no había quien parara fuera del colegio.
Renato se
pone enfermo. Parece ser una gripe. Tiene bastante fiebre. Se ha quedado en la
cama todo el día. Lo he subido a ver. No estaba solo. Seguro que no le falta
compañía en las horas libres. Como había otros compañeros, no he hablado mucho
con él. Tan solo le he preguntado qué tal se encontraba. Me ha respondido que
bien, intentando convencerme de que no era nada grave. Espero que no sea una
treta de las suyas. Asegura que, comiendo tiza triturada, uno puede ponerse
enfermo y, con ello, evitar hacer exámenes o escaquearse de un trabajo en un
día de faena. Renato siempre sorprende. No sé de qué sabrá él ese remedio para
enfermar ni quién se lo habrá dicho. Parece mucho más maduro que nosotros.
Habla como si fuera un adulto, pese a estar un curso por detrás. Su altura es
llamativa y supera la mía, que también soy alto. Pese a ser del mismo pueblo,
él no tiene el aire pueblerino que nos caracteriza a la mayoría de los que
estamos aquí.
Realizo un
gran sacrificio por las misiones. El dinero que tenía pensado gastarme el
próximo domingo lo he echado en una hucha para ayudar a los hermanos casinistas
misioneros, repartidos por los países pobres. En cada aula hay una para que
depositemos la cantidad que queramos. Echar es voluntario. Los hermanos no
controlan nuestra generosidad. Tan solo sabrán el total recaudado en cada grupo
cuando se lleven las huchas. Además, nos animan a ser solidarios y a dedicar
nuestras oraciones a pensar en el enorme sacrificio de los misioneros, que
entregan su vida a un fin tan hermoso como salvar almas.
Nos
dejan sin merendar. Esta vez no me quejo, porque he sido culpable, igual que la
mayoría de los compañeros, por no haber respetado la hora de terminar la clase.
El hermano José Alberto no fue capaz de controlar el bullicio que se originó
cinco minutos antes de que terminara la clase. Tampoco nosotros nos calmamos y
esperamos con paciencia a que el timbre señalara el final. La clase había resultado
más tediosa que otras veces y deseábamos acabar cuanto antes. ¡Qué se va a
hacer! Nos retuvo en silencio durante un cuarto de hora, sentados en los
pupitres, hasta que las demás clases fueron al comedor a por el bollo de pan y
el quesito. Cuando fuimos conscientes de que nos quedábamos sin merendar, se
nos puso cara de pánfilos. A mí, viendo cómo los compañeros daban dentelladas
al bollo, me entró un hambre atroz. No se me quitó en toda la tarde.
No me
gustan los castigos colectivos porque pagan justos por pecadores, aunque, en
este caso, he sido pecador. Sin embargo, ha habido compañeros que no se
pusieron nerviosos, no se levantaron de la silla ni participaron en el bullicio
y se quedaron sin merendar. Echamos la culpa al hermano por ser tan inflexible
y por castigar también a los inocentes. Al hambre de la tarde sumamos el
fastidio de sentirnos maltratados, sin asumir nuestra propia culpabilidad.
1973, 2
de febrero, viernes
Continúa
soplando un viento fuerte muy desagradable. Parece como si estuviera enfadado y
quisiera que todos fuéramos conscientes de su furia. A mí me molesta muchísimo,
pues mis oídos son muy sensibles al frío y temo que me empiecen a doler.
El
hermano Esquinazo no fue muy servicial, según mi opinión. Su pelo rizoso y sus
negros ojos le hacen ser uno de los hermanos más atractivos, pero no es uno de
los hermanos preferidos entre los alumnos por su talante engreído. Sus
explicaciones resultan difíciles de entender. Algún compañero levanta la mano
para preguntar algo que no entiende y él, o no quiere responder, porque dice
que no prestamos atención o, si lo hace, se le nota de mal humor y sin
esforzarse por encontrar otra manera de que le entendamos lo que quiere decir.
No sé si es que nos ha cogido manía o qué, pero eso es de no ser servicial.
Hoy
hemos disfrutado de más recreo porque el hermano Toñín estaba enfermo y nos han
dejado jugar en el patio. Rara vez nos enteramos de los males que sufren los
hermanos, pero, de ponerse alguno enfermo, no habría dicho que fuera
precisamente este hermano, que siempre muestra una vitalidad contagiosa.
Ha
habido cine. Hemos visto Séptimo de caballería. Me ha gustado, pese a no
haber luchas contra los indios ni muchos disparos para ser una película del
Oeste. El protagonista, Tom Benson, un oficial de la compañía del Séptimo de
Caballería, es acusado de ser un cobarde por haberse escabullido de una batalla
que el general Custer emprendió contra los indios y en la que murieron el
propio general y buena parte de su tropa. Esta acusación es falsa, ya que el
general le dio permiso para ir a buscar a su futura esposa, con la que viviría
en el fuerte. Al mismo tiempo, hay una investigación con el fin de averiguar
qué ocurrió en ese enfrentamiento contra los indios. El encargado de indagar
sobre lo que sucedió en la batalla y sobre el comportamiento de los oficiales
que sobrevivieron es un coronel, padre de su futura esposa, que no ve con
buenos ojos el matrimonio por el pasado oscuro del capitán. Todos están en
contra de él, excepto esa mujer que cree en su inocencia. Para demostrar que no
es un cobarde, cuando el presidente de los Estados Unidos ordena recuperar los
cuerpos de los fallecidos, el capitán se presta voluntario para encabezar la
misión. Recluta entre la tropa a aquellos que tampoco participaron en la
fatídica batalla, por estar presos o permanecer en el cuartel custodiándolo.
Entre los reclutados hay dos que planifican la muerte del capitán, convencidos
de que se encaminan a una matanza segura. No lo consiguen. Pese a esto, el
oficial los perdona y continúan en la expedición. Cuando han logrado reunir los
cuerpos, los indios no les dejan llevárselos, por considerar que están
expoliando una tierra sagrada para ellos. El combate entre soldados e indios
parece inminente, pero estos últimos no atacan. Tan solo los rodean sin
dejarlos escapatoria para que mueran de hambre y sed, ya que en ese lugar no se
puede derramar sangre. Cuando el fin del destacamento parece ser este, aparece
el segundo caballo del general Custer, similar al que montaba en la batalla en
la que perecieron tanto él como su montura. Los indios creen que ese caballo es
el espíritu del general, sobre todo cuando el animal acude al lado de los
sitiados. Interpretan este hecho insólito como una señal que les indica que
deben dejar a los soldados llevarse los restos de sus compañeros. Así termina
la película. El capitán recupera su honor y la boda se podrá celebrar con la
bendición del padre de la novia.
Me ha
sorprendido el temple del capitán Tom Benson. Pese a las acusaciones falsas y
la antipatía que todos muestran contra él, su carácter contenido no varía.
Seguro de sí mismo, no dejará de demostrar su valentía hasta recuperar su
honor. Además, me ha gustado la confianza y el amor que siente por él la mujer
con la que se casará. No es sencillo imponer la verdad cuando todos están en
contra de ti y defienden lo contrario. Me ha encantado la canción Toque de
silencio, interpretada con una trompeta.
1973, 3
de febrero, jueves
Me noto
un grano en la frente. No dejo de mirarme en los espejos de los baños cuando no
hay nadie más. No me gusta nada y llama bastante la atención, por lo que me
avergüenzo. Pienso que se fijan en él (es abultado y rosáceo), aunque nadie se
ha atrevido a decirme nada. Si mis dudas permanentes sobre la belleza de mi
rostro me atosigan cuando lo veo reflejado en fotografías o en los espejos,
ahora, con este defecto, no me cabe ninguna duda de que más bien soy feo. No me
gustan las pecas repartidas por mi cara ni mis rasgos faciales. Sin embargo, no
dejo de mirarme con la esperanza de que se haya producido algún cambio y me vea
más guapo o, por lo menos, no tan feo. A veces consigo llevarme una sorpresa al
no encontrarme tan desagradable.
Nos
están enseñando nuevas canciones. Lo que más me gusta es que tocan guitarras al
mismo tiempo que cantamos. Los acordes de cuerdas me resultan más agradables
que los del armonio. Son canciones fáciles y pegadizas que, al final, repetimos
mentalmente sin darnos cuenta. Estas son algunas: Pescador de hombres,
que trata de cuando Jesús elige a los apóstoles para difundir sus enseñanzas.
Uno de ellos es el que canta, y con él, todos nosotros, porque también hemos
sido elegidos por Dios para dar fe de sus enseñanzas. El estribillo dice así: Señor,
me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre. En la arena he dejado
mi barca, junto a ti buscaré otro mar.
Otra,
que por su carácter marcial y entusiasmo nos gusta mucho, es Juntos como
hermanos. Dice así: Juntos como hermanos, miembros de una iglesia, vamos
caminando al encuentro del Señor. Aunque, cuando la ensayamos, el ritmo es
vivo, cuando la tarareamos lo aumentamos hasta transformarla en una canción de
rock.
También
me gusta, por ser alegre y tener mucho ritmo, Alabaré, alabaré a mi Señor,
con la que agradecemos a Dios que nos haya concedido la gracia de conocerlo y
de ponernos en el camino correcto para llegar a él. Lo cierto es que una vez
que las aprendemos, repetimos la letra olvidando su mensaje y regocijándonos
tan solo con la música.
Me
gustaría saber tocar la guitarra.
Se rumorea
algo sobre la comida. No me extraña que haya sido Renato el que lo haya dicho.
Su capacidad para enterarse de todo es asombrosa. Yo no sé si creerlo o no. Por
experiencia, diría que no es cierta, pero a saber. Lo que se va diciendo por
ahí es que nos echan alguna sustancia en la comida para aletargar nuestros
impulsos sexuales. Si fuera cierto que el cocinero vierte algún ingrediente
químico, o echa poca cantidad, los efectos no serían los deseados. Hay quien sí
lo cree y ha dejado de beber la leche hecha con leche condensada del desayuno.
Con certeza, Renato es uno de ellos, pero a saber si es porque la leche es
inhibidora de la libido o porque le sienta mal, ya que es muy tiquismiquis con
la comida (por eso está tan delgado y tiene la cara tan chupada). Yo, con las
ganas de comer que siempre tengo, no dejaría de tomarme la leche que me
corresponde y la del compañero que no quiera beberla.
1973, 4
de febrero, viernes
Vino Leonardo,
casi un mes después de las vacaciones. Le va a costar coger el ritmo. Sus
padres, aunque son del pueblo, se vinieron hace tiempo a trabajar al Valle de
los Caídos. Me da pena que se hayan marchado. No le ha acompañado su hermana
mayor, que es muy guapa. Cuando vivían en el pueblo, a veces iba a su casa a
ayudar a Leonardo con la tarea; más que nada para que se animara viéndome a mí
trabajar. Como la encargada de supervisar los deberes era su hermana, iba
encantado, porque podía verla y disfrutaba cuando se enfadaba con Leonardo y me
ponía a mí como ejemplo de hacendoso.
Jugamos
contra los de Cotarro Alballana. Les ganamos por cuatro goles a tres. No
marqué, pero como defensa, realicé mi cometido con éxito. Pocas veces los
delanteros me sobrepasaron y corté muchos balones en el centro del campo.
Me gasto
once pesetas y cincuenta céntimos, pese a haber prometido no hacerlo, ya que
eché en la hucha de las misiones diez pesetas. Se suponía que el donativo iba
acompañado del sacrificio de no gastar dinero en chucherías. Sin embargo, fui
incapaz de cumplir el propósito al ver que todos mis amigos compraban en el
kiosco. El sabor de los caramelos de piñones, las pastillas de leche de burra y
la bolsa de cacahuetes terminaron por vencer mi buen propósito. Por lo menos,
cuando me confiese, podré contar al sacerdote un pecado venial creíble y
concreto, no como la mayoría de las veces, que si me he reído de mis
compañeros, que si no he obedecido a los hermanos, que si no he sido generoso…
Tengo que ahorrar, pues no sé si me llegará el dinero que me dieron mis padres
hasta las próximas vacaciones.
Repitieron
la película del viernes. Esta segunda vez me fijé en la conducta de los
oficiales que sobrevivieron a la batalla. El coronel instructor les pregunta si
cumplieron las órdenes recibidas del general Custer. No las obedecieron para no
poner en peligro sus destacamentos, porque consideraron que el general estaba
planteando el ataque de manera temeraria. Estos oficiales hablaban mal de su
superior. El capitán Tom Benson, el protagonista y asistente del mando, se
enfrenta a ellos por denunciar a una persona ya fallecida que no puede
defenderse.
El tema
de la envidia y la inclinación a acusar a los demás están muy extendidas y son
faltas considerables. No asumimos nuestra responsabilidad ni estamos
capacitados para reconocer nuestros propios errores y las conductas contrarias
a las normas que cometemos. Echamos la culpa a los demás. Sin embargo, aunque
nos engañemos, la verdad siempre triunfa y nos afea nuestras miserias.
Me falta
la camiseta; no es la primera prenda que se me pierde. Por más que he
preguntado si a alguno le habían colocado una que no era suya y he mirado en la
cesta de las prendas sin dueño, no la he hallado. Siempre es igual. Cuando
echamos la ropa a lavar, pienso si volveré a encontrar cada una de las piezas.
Pese a que a todos nos importa que el reparto se realice con orden y
tranquilidad, siempre se forma un jolgorio que impide que coloquemos en el
número correspondiente el montón de ropa que nos toca repartir. No nos gusta
esta tarea y la realizamos con desgana, procurando tardar lo menos posible.
¡Así sale luego! Después de repartir las banastas que han venido de la
lavandería, nos dirigimos a la estantería con nuestro número. Comprobamos si
está todo lo echado a lavar y si nos han dejado alguna prenda ajena. Si es el
caso, la llevamos al lugar correspondiente. No ha habido manera de localizarla.
Nadie me ha traído la camiseta. No lo entiendo porque mi madre ha marcado con
hilo el número doscientos dos, bien grande, en toda mi ropa y ya conocemos los
números asignados a los demás compañeros. Lo curioso es que en el almacén donde
se realiza esta tarea hay prendas que nadie reclama y se quedan ahí durante
mucho tiempo hasta que el hermano Polidoro las retira para utilizarlas como
trapos para limpiar el polvo.
1973, 5
de febrero, lunes
Sigo
esforzándome por ser sincero; sin embargo, no lo soy. Sobre todo, conmigo
mismo. Camuflar o justificar los fallos no es ser sincero. La sinceridad con
los demás me produce pavor y no sé cómo abordarla, pues conlleva riesgos.
Se
celebra un acto en el salón para entregar las notas y realizar nuevos
nombramientos. No pude asistir. Saqué un 7,2 de media. No está mal; más o
menos, era la meta que me había propuesto. Noto cómo cada vez me resulta más
fácil estudiar, y eso se refleja en las calificaciones que voy sacando en los
exámenes y ejercicios.
En
cuanto a los empleos, sigo de carbonero. Me da que, hasta que finalice el
invierno y deje de ponerse la calefacción, permaneceré en este cargo. La
ventaja es que no me enfrentaré a la incertidumbre de los cambios de empleo.
La razón
por la que no pude asistir al acto de entrega de notas y nombramientos es que
me habían encargado realizar las funciones propias de un fontanero. No es la
primera vez que se atascan las letrinas, ya que hay alguno de nosotros que es
un desalmado y arroja a propósito al agujero rollos enteros de papel higiénico.
No sé cómo pueden disfrutar o sentir satisfacción con estos desaguisados. Dos
de los desagües de los váteres estaban obstruidos y los baños inundados. Había
porquería por los bordes. Me tomé la tarea como un sacrificio que realizaba en
favor de la comunidad. El asco era absoluto, pero me sobrepuse y no di muestras
estentóreas de lo desagradable que me resultaba la tarea. Me acompañó Rico.
Abrimos las ventanas para mitigar el mal olor y, entre los dos, con la fregona
en ristre y presionando en los agujeros, conseguimos destaponarlos. Echamos
unos cuantos cubos de agua para arrastrar las inmundicias. No pensé que
fuéramos capaces. Lo siguiente ya fue coser y cantar. Con las fregonas
recogimos el agua derramada y dejamos listos los aseos. El hermano Florilegio
se puso muy contento cuando comprobó cómo habíamos conseguido resolver el
problema. Nosotros también sentimos satisfacción.
1973, 6
de febrero, martes
Hizo muy
bueno para la época en la que estamos. Los días se van alargando y barruntan el
despertar de las plantas más madrugadoras de la primavera. Es un aliento que
consigue trasmitirme alguna brizna de entusiasmo.
A partir
de hoy, con motivo de la coincidencia de la fecha con la muerte del Beato
Severino Petit, ocurrida el 6 de junio de 1840, rezaremos todos los seis de
cada mes el rosario en la capilla para pedir su pronta canonización. Menos mal
que es solo una vez. Este es el rezo más aburrido: se me hace eterno. La
canonización del fundador de la compañía casinista está de manera recurrente en
boca de todos los hermanos. Rara es la misa o rezo en los que no se alza una
plegaria con este fin. A mí me resulta una persona muy lejana. Además, si
hubiera sido español y no francés, a lo mejor me había resultado más atractivo.
Por más que oigo contar sus andanzas y lo bueno que fue por dedicarse a la
enseñanza y ser el fundador de la orden, no consigo que me caiga simpático.
Creo que si los hermanos persiguen esta causa es para no sentirse menos que
otras órdenes religiosas, cuyos fundadores están en los altares.
Los hermanos
siguen obcecados con que hay que ser sinceros. Dan dos notas por esta causa. Me
admira la valentía de estos dos compañeros por reconocer que estaban hablando
en clase, ya que, en realidad, éramos la mayoría. Creo que cuando los hermanos
abandonan el aula durante unos minutos con cualquier excusa, lo hacen a
propósito para ponernos a prueba. Debemos mantenernos en silencio y continuar
con la tarea, pero nada más trasponer la puerta, todos nos damos la vuelta o
nos dirigimos al compañero para hablar. No me fío de estos procederes. Eso de
premiar por decir la verdad, aunque hayas hecho algo mal, puede traer
consecuencias imprevisibles. Parece que quieren transmitir el mensaje de que
siempre que se confiesa la verdad no pasa nada. No pasa nada si las faltas son
menores; dudo que su benevolencia sea la misma si el acto es grave. Lo peor de
todo es que el fin último de esta campaña para que seamos honestos es delatar las
faltas de los compañeros, lo que acarrearía la probable expulsión del colegio.
Esto lo considero ser un chivato. La obligación de averiguar la maldad y
controlar a los demás es misión de los hermanos, sin involucrarnos a nosotros,
por muy bonita que pueda parecer la sinceridad y la honestidad.
Cien
veces por un vale. Esta advertencia me la estaba temiendo. Mi costumbre de
murmurar por no estar de acuerdo con lo que dice el profesor me ha supuesto
este castigo que el hermano registrará en su cuaderno de notas. Espero que la
falta no vuelva a ocurrir, ya que, si recibo más, mi estancia en el colegio
correrá peligro. Es una costumbre que he de erradicar. Yo mismo considero que
no está bien, por eso he aceptado sin rechistar la pena de copiar en el
cuaderno la frase: “No debo murmurar mientras habla el profesor”. Me
propuse escribir con buena caligrafía desde la primera frase hasta la última,
para demostrar que admitía mi error y estimaba justo el castigo. Pienso que lo
he conseguido. He notado que el hermano José Alberto se compadecía de mí y tal
vez consideraba que la pena impuesta había sido dura o se arrepentía de haberme
castigado.
1973, 7
de febrero, miércoles
El
hermano Eufemio dice que va a ir a Los Cotarros del Delirio. Le pedimos que nos
traiga algún resto de lo que se encuentre. Sobre todo, tejas o fragmentos de
barro de las vasijas. Sabemos que es fácil hallarlos. Solo es conocer dónde
están. Nosotros, los muchachos, hemos cogido muchos restos, para después
tirarlos como si se tratase de simples cantos. Ignorábamos que tuvieran tanta
importancia, por muy antiguos que sean. Pero, cada vez somos más conscientes
del reconocimiento que los estudiosos muestran por el yacimiento. Ellos, los
historiadores y los arqueólogos, sí que valoran lo que se encierra en ese
recinto con paredes caídas, que aseguran que eran las murallas.
Estoy
muy animado en parte a todo esto que acabo de anotar. Que el pueblo albergue
mérito y reconocimiento me enorgullece, porque lo hace destacar en la comarca
entre localidades que no ofrecen nada de interés. Por otra parte, que el
hermano Eufemio conozca nuestro pueblo me llena de alegría. Es una manera de
compartir con él todo lo que hemos vivido. Espero que este conocimiento le
sirva para comprendernos y perdonarnos con más benevolencia, si en el futuro
cometemos alguna falta.
Anoto
este sueño:
Nos
detenemos, antes de cruzar la carretera, en el mismo camino pedregoso que
desciende de la ermita de El Hito. Continuamos rectos hacia las últimas casas
del pueblo. El vehículo se adentra en una inmensa cueva abovedada por la que
penetra una luz lateral. El conductor dirige el coche hacia una rampa al final
de la cual se halla el aparcamiento del colegio. Tomamos el equipaje. Nos
asignan una habitación en la que ya hay instalado otro alumno. El espacio es
una oquedad en el seno de la inmensa caverna. Una cortina sirve para cerrarla.
Colocamos nuestras posesiones en un gran armario común y en la mesilla pegada
al camastro de cada uno. Me siento en él y compruebo que, desde allí, si la
cortina está corrida, se ven a las compañeras. Me llevo una grata sorpresa,
pues no esperaba encontrar chicas en el colegio. Veo factible divisarlas desde
mi cama cuando se vistan por la mañana o se pongan el pijama por la noche.
Mientras realizo estas cavilaciones, mi compañero ha terminado de ordenar sus pertenencias
y yo no. Me embarullo. No sé dónde colocar algunas prendas, si en la mesilla o
en el armario.
Oscurece;
es el momento de dormir. La noche transcurre en un suspiro. Cuando por la
mañana fijo la mirada en el dormitorio de las chicas, estas ya se han vestido y
se mueven con rapidez mientras terminan de prepararse. Entre que me desperezo y
voy al baño, el tiempo pasa y otra vez me retraso. Mi compañero me reconviene
por mi tardanza. Cuando quiero ver el comedor, extendidas las mesas en el
centro de la inmensa cueva, se encuentra al completo de comensales. Todos están
delante de un plato que parece ser paella. La gran sartén donde se ha cocido
está en las últimas mesas y temo que cuando lleguemos ya no haya nada para
nosotros. Sin embargo, por más prisa que me doy, no consigo avanzar con
rapidez, por lo cual me desespero.
Silencio
en casa. Me gusta este lema. Silencio en el dormitorio cuando se apagan las
luces a las diez. Primero, las luces del techo y solo queda encendido el piloto
por encima de la puerta del dormitorio, solo un par de minutos, tiempo
suficiente para que los rezagados se metan en la cama. Cuando la oscuridad es
total, nadie habla ya, ni tan siquiera con los compañeros de al lado. Muy pocas
veces se oye a alguien que intenta hacer reír a los demás con alguna
provocación. Ya sabe lo que le espera si es identificado. Muy pocos son los arriesgados,
más que nada porque a la mayoría nos molesta. A esas horas, después de habernos
levantado a las siete de la mañana, estamos rendidos y no tardamos en quedarnos
dormidos profundamente. Tengo que realizar un tremendo esfuerzo para no cerrar
los ojos mientras rezo mis oraciones y pienso en mis padres y hermanos. Si en
alguna ocasión estoy más espabilado, vigilo al hermano Venceslao, paseando
entre las hileras de camas. Con el rosario entre las manos, realiza este rezo
por última vez en el día. ¿Cuántos habrá rezado durante la jornada? No sé, pero
es muy devoto de la Virgen María.
Este
silencio también es absoluto en la hora de estudio y en el momento de la
lectura. No se oye un ruido en el colegio. Hay una paz y serenidad que se
contagia a todos nosotros.
1973, 8
de febrero, jueves
Cumpleaños
del hermano Eufemio Bocada. Los del pueblo lo seguimos animando a que vaya a
conocer Los Cotarros del Delirio. Se suponía que hoy debía estar contento, pero
a mí no me lo ha parecido, en comparación a la alegría que muestran otros
hermanos el día de su santo. No he sabido interpretar esta actitud. En todo
caso, no creo que sea lamentación por caerle otro año más, ya que es muy joven.
Tal vez eche de menos a alguien: a sus padres, hermanos... O haya tenido un
encontronazo con algún compañero de la orden.
El
hermano Adivinado me da una falta por hablar. Es muy avispado y no se le pasa
una. Te mira tan serio que te hace creer que escruta todo lo que hay a su
alrededor. No es que no me merezca la falta, pues es cierto que charlaba, pero
me ha dado rabia, porque siempre lo hago y nadie me ha pillado (o castigado),
no siendo él. Cuando me la dio lo hizo de forma seca y con las palabras justas.
No me dio margen a protestar. Me quedé callado; sin siquiera rechistar.
Elegimos
a tres compañeros de clase para ejercer de jueces. Ha sido idea del hermano
José Alberto, nuestro tutor. Pretende que participemos en la toma de decisiones
cuando haya alguien que merezca un castigo o cuando surja un conflicto entre
nosotros. No sé qué tal saldrá la experiencia. En principio, la idea no es mala
y puede resultar divertida. No sé si los procesos se alargarán, pero es una
manera diferente de pasar el tiempo en clase. Sin embargo, no acabo de verlo
claro. Dudo que los veredictos sean justos y, sobre todo, estoy seguro de que
los jueces van a sentir la presión de ejercer el cargo después de finalizado el
proceso. Esperemos un tiempo a ver si funciona. No quiero pensar que estas
sesiones sean un subterfugio del hermano José Alberto para no asumir su
responsabilidad de mantener el orden y cuidar de que nosotros no nos
enfrentemos unos con otros.
1973, 9
de febrero, viernes
Me
escriben de casa. Todos se encuentran bien, aunque me dicen que tienen la
gripe, que se han contagiado y que mis hermanos han guardado cama a
consecuencia de la fiebre. Espero que pronto se recuperen. No me extraña que se
resfríen con el frío que pasan en casa. Tan solo hace calor en la cocina, al
lado de la lumbre. ¡Con lo calentitos que estamos aquí en el colegio!
Me
propongo ser mejor. No me gusta que los hermanos me llamen la atención ni que
me den faltas. He de procurar hablar menos, sobre todo cuando haya delante
hermanos que no perdonan una.
Además,
voy a sacar un 7,5. Estoy a unas décimas de alcanzar esta meta y espero
conseguirla la próxima vez que haya evaluación. Es cuestión de estudiar más y
centrarme: no andar con fantasías ni buscando exclusivamente pasarlo bien. La
formación es muy importante. Es la llave que me permitirá abrir la puerta a un
futuro diferente del que tendrán los muchachos del pueblo que están deseando
abandonar la escuela para ponerse a trabajar. Yo no me veo toda la vida de
cantero.
Día del
ayuno personal. Hoy no hemos merendado. Se supone que el dinero del bollo de
pan y el quesito lo destinarán a las misiones. Nosotros vivimos bien y no nos
falta de nada. Otros no poseen tanto y necesitan ayuda. Privarse de la merienda
no es un gran sacrificio y con él ponemos de nuestra parte para que la vida de
los desamparados sea un poco mejor. Me parece bien que nos quedemos sin
merendar, pese a que sí eché en falta el bollo de pan y el quesito, pero,
bueno, solo fueron unos minutos. Después ya no me acordé de que no había comido
nada a media tarde. Lo que más rabia me da es que hay espabilados que no
realizan el sacrificio. Sin que los vean, se comen alguna galleta o golosina
que guardan en la mesilla, de lo que les traen sus padres o de las reservas que
aún les quedan de las que se trajeron después de las vacaciones de Navidad.
¡Allá ellos con su conciencia!
1973, 10
de febrero, sábado
Hace un
día espléndido. Daban ganas de salir al aire libre a disfrutar y no permanecer
en clase. Tal vez, por no estar concentrado en las tareas y por desear jugar
por la tarde, hablé más de la cuenta con mis compañeros. No puedo evitarlo, aun
sabiendo que las faltas andan rondando. He de procurar callar para no tentar al
demonio. Por todo ello, al distraerme y hablar, no trabajé bien en clase.
Me
acuerdo del pueblo. Ya falta poco para la fiesta de Santa Paula. Los muchachos
de mi edad estarán contando los días para disfrutar del baile y de la animación
que habrá. Para mí será un fin de semana más alejado de mi familia y de muchos
de mis amigos.
Vimos en
televisión la película El Colorado. El protagonista es Juan El Colorado.
Es un filme mejicano. Se trata de un drama amoroso. Me ha gustado mucho. La
música, aunque las canciones no eran de mi estilo, me ha parecido muy hermosa y
ambientaba muy bien las escenas.
La
historia recrea el conflicto de dos familias hacendadas con roces históricos
entre ellas. Juan sorprende al patrón enemigo cuando está a punto de matar al
caballo que lo ha tirado. Para evitar que lo sacrifique, se lo compra. Silvia,
la hija del violento ranchero, está presente, y Juan y ella se sienten
atraídos. Es el comienzo de un idilio que no permite el padre. Sin embargo, nadie
consigue detener la relación amorosa, por lo que su padre anima al antiguo
pretendiente que había elegido para su hija a matar a padre e hijo, sus
rivales. Así lo hace, pensando que ha asesinado a los dos al atravesar un
riachuelo. Para camuflar el crimen, sueltan una presa y la fuerza de la
corriente destroza los dos cuerpos. No obstante, Juan se salva al ser rescatado
por un grupo de bandidos.
Con
anterioridad, la hermana de Silvia, enamorada también de Juan, impide a su
hermana que salga de la habitación donde esperan cuando su pretendiente,
acompañado de su padre, pide su mano. Es un elemento más del drama: la
rivalidad de las dos.
Mientras
Juan se recupera de las heridas, Silvia se casa con el pretendiente que le
había buscado su padre y espera un hijo de él. Cuando Juan se recupera e
intenta vengar la muerte de su padre matando al marido, Silvia le ruega que no
lo haga porque espera un hijo suyo. Desesperado, Juan abandona su hacienda y se
erige en cabecilla de la banda de asaltantes de las grandes propiedades para
entregársela a los trabajadores. Su vida ya no le merece la pena, por lo que se
viste de rojo con el fin de convertirse en un blanco fácil para el enemigo. Sin
embargo, escaramuza tras escaramuza, consigue sobrevivir. En cambio, no logra
desterrar el amor que siente por Silvia, por lo que vive triste y desesperado.
Cuando
se entera de que Silvia ha perdido el hijo que esperaba, trama vengarse. El
padre de la muchacha y su yerno idean un plan para salvar sus vidas y su
hacienda: retar a Juan en un paraje donde le tenderán una emboscada. Silvia se
entera de sus intenciones y busca a Juan para prevenirlo. Él ya sospechaba de
ellos, pero no por eso dejará de acudir al paraje donde le han citado. La
chica, comprendiendo que no será capaz de disuadirlo, se viste con sus ropajes
colorados y acude antes que él al lugar del encuentro. Nada más llegar, su
padre, creyendo que apunta a su rival, dispara a su propia hija.
Los
hombres de Juan le alertan de que han visto salir a Silvia. Va tras ella para
evitar la tragedia, pero no llega a tiempo. Tan solo puede matar a los dos
rivales.
La
película acaba con Juan montando el cuerpo de Silvia en su caballo y alejándose
hacia el horizonte. Le sigue la comitiva de sus hombres. Un final muy triste
para dos personas que se querían. El destino trágico y cruel se acrecienta al
saber que el padre de Juan se había casado con una mujer de la que también
estaba enamorado el padre de Silvia. La historia se repite, aunque llega a su
fin con la muerte de todos los implicados.
Lo que
más pena me dio fue que Silvia muriera intentando salvar a Juan. Cuando uno
sabe que algo va a terminar mal y aun así no puede evitarlo, la desgracia
parece todavía mayor. Y más incomprensible es el comportamiento de los seres
humanos: parece que solo buscan complicar su existencia breve en esta tierra.
La naturaleza humana se manifiesta de forma diferente: hay personas buenas, pero
otras, con su maldad intrínseca, complican la vida a todos los que le rodean.
Entre nosotros también hay compañeros que sospecho que son de una condición
enrevesada y a los que les importa un pimiento el mal que causan a los demás.
Quiero pensar que eso no sucede con los hermanos, pero no pondría la mano en el
fuego por todos ellos.
1973, 11
de febrero, domingo
Vienen a
ver a Renato. Como su padre es ferroviario, no paga billete. Es muy simpático y
gracioso. Es primo del mío y siempre nos hemos llevado bien con él. El trato de
familia es más por parte del padre que por la del hijo. Esperaba que mis padres
me hubieran mandado algo, pero no me ha traído nada. Quizá haya improvisado el
viaje y se haya venido sin decirles que hoy vendría al colegio. De todas
maneras, me he puesto contento al ver a alguien del pueblo.
Por
primera vez en esta casa nos dan de comer filetes. Nos han sabido tan ricos.
Además, nos han echado un puñado de patatas fritas de bolsa, no de las que
pelamos para cocidas. Eran de magro de cerdo, parecidos a los que comemos en
casa cuando realizamos la matanza, pero estos me han sabido mejor, por ser los
primeros que nos dan y por haber pasado mucho tiempo desde que los probé la
última vez. Hacía tiempo que no veía en el comedor tantos rostros risueños
mientras todos trinchábamos la pieza con el tenedor y el cuchillo. A mí me ha
durado poco; otros, en cambio, han ido masticando como si tuvieran mala
dentadura o les faltara una muela.
Hay
gente del equipo de Jonás que fuma. No lo hacen en el colegio, sino cuando
salimos de paseo. Compran entre varios un paquete de tabaco en el kiosco. Se
alejan de la calle principal, por la que puede pasar el hermano Venceslao con
el Renault 4, y se ponen a fumar. No sé cómo se atreven, ya que antes o después
los van a pillar. Procuran que no nos demos cuenta para que no nos chivemos,
pero no somos tontos. De todas maneras, nunca se me ocurriría delatarlos. ¡Allá
penas! Ellos sabrán lo que hacen. Además, nos hemos enterado de dónde guardan
el paquete con los cigarrillos sobrantes para cogerlos cuando salgan el próximo
día. Lo esconden en una ranura del puente que cruza la autopista.
A mí me
parece absurdo gastar dinero en tabaco. Las veces que he probado fumar en el
pueblo no me ha gustado. Me daban arcadas del asco que me producía el humo y el
olor.
Hubo
cine titulado El gran restaurante. Era una película francesa. Nos hemos
reído un montón.
1973, 12
de febrero, lunes
Escribimos
a casa. Como de costumbre, no solo lo hago a mis padres y hermanos, sino que
aprovecho a escribir a otros. Me gustaría mandar más cartas a mis amigos, pero
sospecho que no sería bien visto por el director. No nos lo prohíben; sin
embargo, procuro no mantener una excesiva correspondencia. Me imagino que los
hermanos pueden pensar que los amigos del pueblo influyen en nuestro ánimo y
nos instan a que dejemos el colegio para disfrutar de libertad. Ninguno de mis
amigos me ha sugerido nada de esto en sus cartas, pero no puedo evitar el miedo
a que lo piensen los hermanos. No estamos seguros al cien por cien de que no
revisen las cartas y si, por casualidad abrieran una y leyeran quejas o
mensajes no adecuados a un centro religioso, con toda certeza expulsarían al
autor. Por eso me cuido de expresar lamentaciones o sincerarme contando los
aspectos negativos de este régimen de vida que llevamos. Si bien, hasta la
fecha, estoy contento; no es cuestión de ir contando a nadie los momentos malos
que sufro, y menos a mis padres.
Ha
comenzado una campaña de silencio y puntualidad. No quieren que hablemos salvo
en el comedor, siempre sin armar mucho jaleo, y en el patio. Han hecho hincapié
en que la hora de los empleos también es de permanecer en silencio y solo se
debe hablar con los compañeros para pedir algo o decir lo imprescindible para
el buen desempeño de nuestras labores. Sobre todo lo dicen con el fin de evitar
el alboroto del numeroso grupo que se dedica a pelar y partir patatas y del que
limpia los pasillos. Recalcan que en silencio se realizan mejor las tareas y se
escucha la voz de Dios. A mí poco me afecta esta norma. Estoy solo en la hora
del empleo; pienso en mis cosas y no espero oír lo que Dios quiere decirme.
Tampoco me afecta el tema de la puntualidad, si no es a la hora de entrar en clase,
sobre todo si venimos del recreo. Me levanto y me aseo con diligencia, y me
meto en la cama en el momento en que apagan las luces. Nunca me han reñido por
llegar tarde a ningún sitio. ¡Ojalá otros defectos se pudieran evitar tan
fácilmente! Como dejar de hablar o ser capaz de aplicarme más en Matemáticas.
Lo digo y lo tengo presente, pero no veo resultados.
Cambian
la norma de lavar calcetines. A partir de hoy, los días serán los lunes, los
miércoles y los viernes. Los lavamos con el jabón de aseo o con una pastilla de
Lagarto, si no la perdemos o nos desaparece. Nos remarcan que nos cambiemos
todos los días y que no utilicemos los de jugar con los de vestir. A mí me
parece excesiva la higiene que nos exigen. Será porque no me sudan los pies y
odio lavar calcetines, aunque menos me gusta lavar los pañuelos. De estos, he
de sacar uno al día, pues no me paran de salir mocos. Cuando terminamos la
colada, subimos al inmenso desván a tenderlos en las cuerdas. Tal vez tampoco
me agrada lavar porque no sé qué siento al entrar en ese espacio en las
alturas. No llegamos a las ventanas abuhardilladas y no podemos acceder a mirar
por ellas. Es un lugar con corrientes misteriosas y sonidos distorsionados que
nadie confiesa que le cause pavor, pero no nos entretenemos allí nada más que
el tiempo justo de tender o recoger la ropa. También subimos en busca de
escobas y recogedores, o de los cubos de fregar con sus fregonas, pero este
material se encuentra nada más entrar, de modo que, cuando vamos a buscarlo,
estamos cerca de la puerta, que nunca cerramos.
1973, 13
de febrero, martes
Hizo muy
mal tiempo. El invierno no da tregua y el frío húmedo se nota todavía más ahora
que los días son más largos. Hay momentos en que la ausencia de un calor
agradable consigue que me sienta más solo. Todo es enorme: los pasillos, las
clases, los dormitorios, los campos de fútbol... Me parece imposible sentirme
cálidamente confortable en espacios con límites tan alejados.
Se va Rosario
a operarse de apendicitis, después de pasar unas horas de bastante agobio por
las molestias que notaba. Su cara pálida y sus suspiros contenidos denotaban un
dolor muy fuerte. Lo voy a echar de menos. Es uno de los amigos con los que más
río. Es extremeño y me resulta gracioso su acento peculiar. Además, es muy
bueno. Forma parte de nuestro equipo. Tal vez sea el mejor en fútbol. Espero
que se recupere pronto y esté de vuelta en poco tiempo.
El
hermano Adivinado da un vale por canto. Está contento con nuestro grupo y nos
lo agradece con este premio colectivo. La verdad es que admiramos sus dotes
musicales. Sabe entonar muy bien. Se le ve que disfruta con todo lo relacionado
con la música. Es una de las pocas ocasiones en que podemos verlo sonreír y
desaparecer su carácter avinagrado. Lo que más me sorprende es su habilidad con
la bandurria. A veces, cuando nos da clase, harto de comprobar nuestra torpeza,
coge una y nos toca la pieza sin mirar la partitura. No sé si es una
demostración que nos anima a esforzarnos para superar nuestra poca habilidad o
si pretende desanimarnos, ya que nunca seremos capaces de tocar como él.
Escribo
a mi tía Tere. Está a punto de casarse con Timi. Cuando lo haga, se irá de
Sañodecar. Me dará pena. Los domingos por la tarde, si estoy en el pueblo, la
acompaño a casa de mis abuelos, que está a las afueras. Me quedo a dormir. Me
acuesto con alguno de mis tíos compartiendo su cama. El lunes, antes de ir a la
escuela, desayuno igual que un rey. Mi tía me pone un tazón de leche de vaca,
no de cabra como en casa, y un montón de galletas María, no las sopas de pan de
cada día. Me hace lavar bien, pero con mucha más delicadeza que mi tía Encarna,
que me mete los dedos en las orejas para limpiarme bien y me seca con la toalla
como si frotara un perolo.
Por
cierto, el hermano José Alberto me da un vale por la buena caligrafía de la
carta. He mejorado mucho desde que escribo con pluma. Me encanta escribir y
comprobar que me gusta la letra que hago: es uno de los pocos placeres que me
puedo dar en mi día a día. Además, me enrollo con facilidad, contando sucesos y
lo que hacemos hasta llenar la cuartilla por las dos caras. También me esmero
con las señas y el remite en el sobre.
1973, 14
de febrero, miércoles
Cayó un
nevazo tremendo. Temí no poder ir a tirar las escorias de la calefacción, pero
no hice pereza. Aunque era difícil avanzar, empujé con ganas hasta conseguir
que la rueda se abriera camino. Me costó llegar al muladar, pero el viaje de
vuelta mereció la pena. La capa blanca superaba la altura de los tobillos. El
camino y la tierra circundante estaban inmaculados. Procuré seguir la vereda
que había abierto al ir para no herir la nívea esponja. Paradójicamente, la
temperatura era suave, y del esfuerzo, sudé. La nevada me recordó a mi pueblo.
Seguro que allí también había caído una buena y los muchachos no irían a la
escuela y los canteros no acudirían al tajo. Todos los bares estarían hasta
arriba de gente alegre.
Me mandó
el hermano Eufemio cortar el pelo (me está cogiendo manía). No era el único que
lo llevaba largo, pero me señaló a mí. Quizá porque destaca más el rojo que la
longitud. Siempre ocurre lo mismo. Cuando alguien habla de mi pelo, siento que
me están mirando entero.
No es
que me gusten las melenas. Mi madre y mi tía Encarna me recuerdan siempre que
el pelo largo no me favorece porque mi cabeza es muy grande. Siendo sincero, yo
mismo lo reconozco. Sin embargo, ¡cuánto me gustaría que mi cabellera pelirroja
fuera más flexible y que el flequillo se me moviera al ladear la cabeza, como
hace Jonás! No me gusta el color ni la forma. Es una pelambrera complicada de
domar y que llama demasiado la atención. Soy el único del colegio con este pelo
rojo. Cuando alguien, sobre todo las mujeres, alaba mi color tan bonito, me
callo y me pregunto qué verán en él para decirme tal majadería.
Hoy es
el día de los enamorados. El único amor debe ser el de la Virgen, nuestra
novia. Eso es lo que nos dice algún hermano. No lo entiendo ni veo factible
esta transposición. La Virgen, como mucho, es nuestra madre, pero no puede ser
al mismo tiempo novia.
Hasta
ahora no me ha interesado ninguna chica, por eso la efeméride me sirve para
recordar a mi padre Valentín. Aunque en casa jamás celebramos su santo, solo su
cumpleaños, el 11 de noviembre. En todo caso, en el pueblo nunca había oído que
el 14 de febrero se dedicara a celebrar el amor. Allí no hay día de los
enamorados. De celebrarse algo similar, las parejas recordarían el día en que
comenzaron su noviazgo.
1973, 15
de febrero, jueves
Un día
infernal. Nevó algo más, pero lo más molesto fue la niebla y el frío que se
colaba por cualquier resquicio. No sé quién propuso dar un paseo por la parte
alta del colegio. Fuimos Enebral, Renato y yo. Tal vez fuera idea de Enebral
que es del mismo pueblo de Alballana. Se sale por una pequeña cancela que
siempre está abierta, pues, por allí, solo se accede al monte. Seguimos la
tapia esperando no sé qué. Tal vez una voz, una risa, una ventana abierta.
Sabíamos que detrás de aquellos muros estaban las chicas de las Clarisas. Nunca
las veíamos. Eran casi una leyenda.
No sé
qué esperábamos encontrar, pero no hemos visto nada. Tan solo oímos murmullos
lejanos provenientes de algún aula o sala donde se hallaban reunidas las
chicas. Como no había nada interesante, nos dimos un paseo por el monte. La
nieve estaba más apelmazada y resultaba duro pisar. No se nos ha ocurrido
intentar hacer bolas. Sentía mucha tristeza al deambular sin saber qué
pretendíamos. Lo único agradable fue el olor de los pinos. Regresamos pronto.
Al entrar, hemos procurado que no nos viera ningún hermano, porque no habría
sido fácil explicarle los motivos por los que habíamos salido por esa puerta en
una tarde tan desapacible.
El hermano
Eufemio y yo no nos hablamos. Todavía no me he cortado el pelo. Iré mañana, que
es cuando me han dado vez. No se lo he dicho cuando me ha mirado y ha puesto
cara de consternación. No me he dignado explicarle el motivo por el cual no
había acatado su orden. Mucho menos he manifestado humildad al reconocer que
había procurado obedecerlo. Estaba esperando a que él preguntara el motivo para
responderle con altivez que había sido imposible. Quizá él mismo se haya dado
cuenta de que era posible haber acudido a la peluquería y que no me hubieran
atendido, y prefiriera no dar lugar a otro encontronazo.
Conozco
algunas enfermedades. Están relacionadas con los órganos reproductivos. La
fuente de información es el diccionario. La sífilis o la gonorrea no me sonaban
de nada. Tienen que ver con prácticas sexuales y con algunos aspectos
relacionados con ellas. Por mucho que sea una enfermedad, despierta mi
curiosidad. Al aparecer nombres distintos de los órganos sexuales o de partes
de ellos, la búsqueda en el diccionario continúa como una indagación sin punto
final. Temo que cualquier hermano se percate del interés y del excesivo tiempo
que este libro está en mis manos y sienta curiosidad por los motivos. Estoy
prevenido. He dejado un papelito para señalar la hoja donde aparecía la palabra
cuyo significado no sabía y he copiado a medias la definición en el cuaderno.
1973, 16
de febrero, viernes
Es el
cumpleaños de mi madre. Hoy cumple treinta y nueve años. Me imagino que habrá
hecho unas rosquillas fritas para celebrarlo. Todos los días me acuerdo de mis
padres. Siempre me vienen a la mente las duras tareas que estarán realizando
según las horas del día. Evoco las penalidades que sufren en esa casa vieja
donde vivimos. El frío que pasarán y lo que cuesta mantenerla limpia, con esos
lanchales de piedra que hay que fregar con bayeta, no con fregonas, como
hacemos aquí. Sobre todo, me da pena cuando ha de bajar a lavar a la
Fuenteabajo. El agua estará helada ahora y restregar duro que te pega hasta
ablandar las manchas debe costar mucho. Lo peor es regresar a casa con la ropa
mojada. No sé cómo puede cargar con tanto peso. Luego colgará la ropa en las
cuerdas que hay en la cocina para que se seque con el calor de la lumbre baja y
de la bilbaína. Me entra cargo de conciencia por estar en el colegio. Si me
encontrara en el pueblo, por lo menos le habría ayudado a subir los cubos de
ropa con el carretillo. Me avergüenzo de las veces que le he recriminado que
lava demasiado. ¡Como si ir a la Fuenteabajo fuera una diversión!
Fuimos a
las rocas a echar una guerra de nieve. Jugué muy bien. La temperatura se ha
suavizado y, en la parte alta de la finca, resguardada por el pinar, había
nieve esponjosa. Allí hay un pequeño berrocal de granito: por encima, el
barranco donde hay galápagos; por debajo, el estercolero al que llevo las
escorias todos los días. Es un paraje salvaje, lejos de las miradas
controladoras de los hermanos. A estas rocas nos dirigimos con frecuencia…
Antes de comenzar la batalla, nos acercamos a la charca a ver si divisábamos
algún galápago. El agua estaba bastante sucia y había ramas en las orillas. No
encontramos ninguno. A continuación nos dividimos en dos grupos. Unos defendían
el castillo de rocas, otros lo atacábamos para conquistarlo. He jugado tanto
con la nieve en el pueblo que enseguida destaqué como asaltante por la rapidez
y solidez con las que preparaba las bolas y por mi buena puntería. Me lo pasé
muy bien. Fue una manera de rememorar las batallas que organizábamos en la
escuela durante los recreos. Por un momento olvidé el colegio.
A la
noche, durante la cena, he notado síntomas sospechosos de constipado. Con el
sudor, después me he quedado frío. A ver si esta noche me arropo bien y consigo
que no vaya a más. No me apetece pillarme un catarro.
Regresa
el hermano Florilegio de un viaje. Se marchó el lunes. Habrá comenzado las
visitas a los pueblos en busca de nuevas vocaciones. Es el hermano encargado de
reclutar a los niños que quieren venir al colegio. Recuerdo cuando pasó por
nuestra escuela. Estábamos con don Boceto. Junto a él, en el pequeño estrado,
delante de la pizarra, al lado de la estufa, preguntó quién estaría interesado en
ir a su colegio. No nos aportó información sobre cómo era ni sobre la vida que
se llevaba en el internado. Fui el primero en levantar la mano. Después,
animados por mi voluntariedad, Benjamín, Leonardo… Otros antes que yo habían
dado ese paso y sentí envidia de ellos. Cuando fui a casa se lo dije a mis
padres y estuvieron conformes con la decisión que había tomado. Antes de que el
hermano Florilegio hablara con ellos, me imagino que el maestro y don Macario,
el cura, darían su visto bueno, considerando que no era mal estudiante y que
existía la posibilidad de sacar algo de provecho de mí.
El
hermano Florilegio recorre bastantes provincias. Siempre pesca en los mismos
caladeros todos los años. La mayoría somos de Ávila, Salamanca, Burgos, Toledo,
Cáceres…
1973, 17
de febrero, sábado
Hizo
mejor, aunque la nieve aún no se ha derretido. Ya no nos hace tanta ilusión.
Quedan corros sucios, testimonio desagradable de la belleza de la capa virgen
del primer día. ¡Qué pronto se transforma lo bonito en feo! Esos restos
estorban y no me agrada verlos sucios y descompuestos.
Me tiro
a marear, pero me domino. Lo paso muy mal. No tanto por desvanecerme, sino por
la agonía previa durante la cual me esfuerzo por conseguir que las sensaciones
precursoras del desenlace desaparezcan. Hay ocasiones en las que logro
dominarlas, como hoy, pero no siempre es así. Todas las mañanas, hasta la hora
del desayuno, estoy en vilo pensando si de nuevo me fallarán las piernas y
terminaré rodando por los suelos. Me da vergüenza por ser el centro de atención
de todos. Primero noto algo raro en el estómago; a continuación, la cabeza me
da vueltas y, si no me siento y la bajo hasta las piernas, acabo perdiendo la
conciencia. Siempre me pasa en la capilla, durante la misa. Los hermanos me han
dado permiso para que permanezca en el banco cuando note los primeros síntomas.
Aguanto un poco de pie, pese a todo, porque no quiero llamar la atención, pero,
al final, he de sentarme; a veces, demasiado tarde, con lo cual pierdo el
sentido. Achaco esto a que la capilla no es muy grande y está llena y me falta
el aire. Quizá la temperatura sea más alta que en otras partes del colegio;
además, un sol descarado y directo entra por los ventanales hiriéndome. Lo que
más me fastidia es que esto me suceda únicamente a mí. He pensado que a lo mejor
era por transcurrir mucho tiempo desde que nos levantamos hasta que desayunamos
a las nueve. Son dos horas, pero realmente no tengo hambre durante ese tiempo.
El
hermano José Alberto me da caramelos y me dice que vaya a su cuarto. No me
quería nada en especial. Ha intentado tranquilizarme con lo de los mareos,
asegurándome que no debía preocuparme, que se podían considerar normales y que
un día dejaría de padecerlos. Lo creo, aunque no me ha explicado por qué se
producen ni las razones por las cuales desaparecerán en el futuro… Es un buen
hermano. No es la primera vez que me echa la mano e intercede por mí, como
cuando lo pasé tan mal en segundo por estar enfermo. Al incorporarme, después
de que mi madre me dejara en el colegio, dedicó el rosario de la tarde a pedir
que me integrara con normalidad en la disciplina del internado.
1973, 18
de febrero, domingo
Mi aura
de estos días es especial, pues me reconocen cualidades y se atreven a
expresarlas en voz alta. Cuando acudí al almacén del hermano Polidoro a comprar
golosinas (me gasté nueve pesetas), sin venir a cuento, me dijo que estaba muy
guapo. ¡Toda una sorpresa! Casi siempre me veo más bien feo o, como mucho,
tirando a normal. Pero ¿guapo? Me dejó sin palabras y no fui capaz de darle las
gracias. Tal vez sea por haberme cortado el pelo. Mi madre y mi tía siempre
dicen que me queda mejor rapado. He de confiar en la opinión de los demás,
porque a mí me gusta cuando está largo, aunque reconozco que, con greñas, el
volumen de mi cabeza es exagerado.
La otra
sorpresa ha sido el halago del hermano Eufemio al admitir que soy muy valiente.
Me ha llenado de orgullo. Es un reconocimiento de que no me he arredrado en la
pugna silenciosa que mantenemos los dos. ¿Ha cedido él? No lo sé con certeza,
pero el hecho de que me haya dicho eso es síntoma de que probablemente se
afloje la tensión y de que me deje en paz de momento. Para mí es un alivio, ya
que nunca se me ha pasado por la cabeza ceder y la dinámica entre los dos no
habría de traerme buenos resultados, más bien lo contrario. Como se le llegaran
a hinchar las narices, el conflicto interpersonal podría traspasar este ámbito
y convertirse en un problema de conducta con consecuencias imprevisibles.
Vimos la
película: Se armó el belén. Nos reímos todo lo que quisimos con Paco
Martínez Soria, que interpreta el papel de un cura tradicional al que el
obispado cuestiona por no ser capaz de arrastrar a sus feligreses a la Iglesia.
Me recordaba a don Macario, el párroco de nuestro pueblo: siempre vestido con
su sotana, subido en el púlpito rezando el rosario y las letanías. La visión
contrapuesta del catolicismo que muestra la película, la tradicional y la
moderna, es la que nosotros estamos viviendo de alguna manera. Hemos dejado al
cura Paco Martínez Soria en nuestro pueblo y ahora participamos en una
experiencia religiosa diferente, que se ha ido abriendo paso paulatinamente.
Hoy convive el armonio del hermano Venceslao con las guitarras y los bongos
tocados por nuestros compañeros. Ni que decir tiene que nos gusta más cantar
acompañados por estos que con las armonías del hermano. Es una convivencia
contradictoria entre lo pasado y lo que está entrando. La estética moderna es
más atractiva (nos identificamos más con esos jóvenes melenudos que tocan la
guitarra eléctrica en la película; también nos sentimos más a gusto en las
capillas modernas que en las oscuras y tétricas iglesias antiguas), pero nos
siguen satisfaciendo el cariño y la humildad de esos curas bonachones del
pueblo, dispuestos a perdonar cualquier travesura y a comprender el alma
pecadora de los jóvenes, algo que no se aprecia con tanta evidencia en los
sacerdotes (y los hermanos) actuales.
1973, 19
de febrero, lunes
El
tiempo ha mejorado y hoy hemos tenido un día espléndido para ser invierno.
Aunque no se manifiesta todavía la vitalidad de la primavera, noto su pulsión
en distintas manifestaciones de la naturaleza cuando voy a tirar las escorias
al muladar. Yo mismo también siento que mi sangre fluye con más suavidad.
Comienzo
la semana bien. Tengo mucho trabajo entre estudiar y llevar al día las tareas
encomendadas. He de aplicarme más si quiero conseguir la meta de alcanzar un
siete y medio. La necesidad de estudiar más es común, por eso hoy no hemos
tenido clase de música. Esa hora nos la han dejado para preparar el examen de
mañana.
1973, 20
de febrero, martes
Hemos
tenido examen de matemáticas. No sé cuál será el resultado. Es una materia en
la que es muy complicado aventurar impresiones, pero me temo que no me ha
salido bien. Mis soluciones a los problemas no coinciden con las de los más
puestos en la materia. No he querido entrar a compararlos todos, esperando que
suene la flauta por casualidad. Si no apruebo, no quiero llevarme dos chascos:
el de cotejar los resultados con los compañeros y después la corrección del
profesor.
Hoy es
el cumpleaños de Jonás, uno de los internos más guapos y de los que mejor
juegan al fútbol. Todos envidiamos estas dos cualidades. No mantengo mucha
relación con él. Sin embargo, me atrae su elegancia y la gracia con la que
mueve la cabeza para apartar el flequillo de los ojos.
Me
fastidia estar enzarzado con los exámenes y con tantas tareas pendientes
mientras están de fiesta en el pueblo. Hoy es Santa Paula Barbada. Si bien me
molesta, el hecho de estar ocupado me ha servido para no acordarme todo el
tiempo del pueblo.
El mal
rato del examen y el fastidio por perderme la fiesta han repercutido en mi
conducta. Tampoco he tenido buen día por este motivo, ya que el hermano Eufemio
y el hermano Celedonio me dan una falta cada uno. Del primero, que está muy
ronco (no sé si por estar acatarrado o por dar tantas voces), no me lo
esperaba. Me había hecho a la idea de que la tensión entre los dos se
suavizaba, pero me equivoqué al pensar que el conflicto estaba a punto de
solucionarse. El hermano Celedonio me dio la falta por coger hojas de Latín.
1973, 21
de febrero, miércoles
Hizo un
día regular. El buen tiempo de estos últimos días parece haber sido un
espejismo, y el invierno vuelve a amenazarnos con sus azotes de viento frío y
blanca nieve.
Juegan
en La Rosaleda (Málaga) España (3) y Grecia (1). Un partido amistoso en el que
nuestro equipo fue superior con claridad. Atacamos todo el tiempo y ellos se
quedaron atrás defendiendo. Los goleadores fueron Amancio, por partida doble, y
Quini. Los dos jugaron de fábula. Las ocasiones de marcar se sucedieron durante
todo el partido, pero, al final, solo hubo tres goles. El de ellos fue
consecuencia de un fallo defensivo que aprovecharon para llegar a portería y
marcar.
Me
escribe Virginiano. Me cuenta los preparativos de la fiesta y me pregunta
ingenuamente si iba a ir. También me pone al día de lo que se sabe de nuestros
amigos, Silvio y José Rafael, que están con los salesianos en Arévalo y a los
que ve poco, si bien, algún día van al pueblo de coche a coche de línea. Con el
que se encuentra todos los días es con Toriobio. Él y este último son los que
no se han ido a los colegios. Toriobio creo que ya no va a la escuela. Virginiano
se queda en una residencia y estudia en Ávila.
La carta
de Virginiano me ha dejado melancólico. Me he acordado de la fiesta y he
recreado lo que estarían haciendo en cada momento del día: que si ahora,
seguro, se hallan en la plaza y se han acercado al puesto de las almendras y
han comprado un cucurucho; que si están jugando al futbolín en el bar de tío Toriobio;
que si en este momento se reirán viendo a los mozos comer el chocolate a
ciegas; que si ya se encontrarán en el baile… También me he acordado de mis
padres y hermanos, de lo alegres que estarán y de los platos especiales que
habrá preparado mi madre. Sin embargo, también sentirán un poco de tristeza
porque yo no esté con ellos.
Mientras
mis amigos y mi familia disfrutan de la fiesta, continúo estudiando para los
exámenes de estos días. Hoy nos examinamos de Física y Química. Espero aprobar,
pero estas materias de ciencias no son lo mío. No me gustan. No sé si es porque
no termino de entender lo que estudio o porque el contenido no me atrae.
Guardar silencio
dentro de casa. Este es el lema que nos repiten una y otra vez. En el colegio
debe reinar la tranquilidad: en los desplazamientos, en los lavabos, en las
clases, incluso en el comedor. Aunque podamos hablar, ha de ser en un murmullo
leve que permita entender lo que decimos, pero no en voz alta, pues, si no,
sería un griterío insoportable. Poco a poco nos vamos acostumbrando. Lo cierto
es que en silencio estamos más tranquilos.
1973, 22
de febrero, jueves
Hoy ha
sido un día de aúpa. Nos hemos examinado de Francés, Lengua y Latín. No me han
salido mal, aunque no puedo aventurar la nota que me pondrán los profesores. Ya
sé la nota de Matemáticas: un cinco raspado. Podía haber sido peor, pero la
nota me bajará la media. ¡Qué se va a hacer! Me tendré que aplicar más. Si bien
han sido muchas pruebas, estas asignaturas no me asustan. ¡Ojalá todas me
resultaran tan fáciles! Espero una excelente calificación, que compensará los
aprobados raspados de las materias científicas. Me he de esforzar en entender
Matemáticas. Los que sacan buenas notas dicen que es fácil, que solo hay que
dominar unos principios básicos y no atorarse cuando uno se enfrenta a los
ejercicios planteados. Lo que ellos comprenden sin dificultad, a mí me supone
un barullo del que no sé salir con la solución buscada. Tengo la esperanza de
que algún día se ilumine mi mente y descubra los arcanos por los que se rige
esta asignatura.
Me compro
unos cordones. No me quedaba más remedio, pues el pie derecho me bailaba en el
zapato. ¡Otro gasto inesperado! No es que sea mucho dinero, pero cualquier
dispendio, por mínimo que sea, altera mis menguadas finanzas. Son para las
playeras que utilizo en deportes. Las aprieto mucho y se ve que los cordones no
eran de buena calidad. El hermano Polidoro ha estado en un tris de no
cobrármelos al notar el dolor con el que me desprendía del dinero que valían, pero
solo me ha dicho que fuese cuidadoso, como si los desperfectos que sufren las
zapatillas fueran responsabilidad mía.
1973, 23
de febrero, viernes
Hace muy
bueno, un día estupendo, de estos que anuncian la inminente primavera. Los días
soleados se viven con más alegría.
Hacemos
el examen de Religión. Espero sacar un nueve, como mínimo. Todo lo que no sea
más de un ocho es un desastre. Todos los días me digo que me tengo que aplicar
más, pero es que es así. No puedo relajarme. Es una cuestión personal, pero no
solo es eso, es que todos vamos a tope para sacar buenas notas y no quiero
quedarme con los que andan con el cinco raspado.
Echo a
coser un zapato. Parece mentira, pero cuando la vaca se pone a dar leche, la da
hasta por los cuernos: ayer, los cordones; hoy, se me descose la suela. Menos
mal que la reparación es gratis. Hay un compañero cuyo empleo es el de
zapatero. Le pasa igual que a mí, que no le cambian el empleo. Todos lo
queremos mucho, no solo por remendar nuestro calzado, sino porque nos cose los
balones de cuero cuando se rompen. Cuando le llevamos uno, es el primero que
repara para que podamos jugar a fútbol.
Vimos “Crónica
de un pueblo”. El episodio se titulaba «El pequeño dinamitero».
Aborda la escolarización de un niño que, pese a estar en edad escolar, no
acudía a la escuela. Era un niño, huérfano de madre, que vivía con su padre, un
barrenero en una cantera. Ambos vivían en un barracón alejado del pueblo. En
consecuencia, el muchacho no podía acudir a la escuela y se pasaba el día cerca
de su padre, sin miedo a las explosiones y corriendo el peligro de que algún
pedrusco lo alcanzara. El capataz, con miedo de que pudiera sufrir un percance,
puso en conocimiento del médico del pueblo este problema y este se lo contó al
maestro. Entre todos intentaron convencer al padre de que la explotación minera
no era el lugar ideal para que viviera un niño y le reprocharon que su hijo se
estuviera perdiendo la oportunidad de estudiar. Después de mucho insistir,
lograron convencer al padre de que permitiera a su hijo vivir en la casa del
maestro para que pudiera asistir a clase.
Esta
serie nos gusta porque refleja cómo es la vida en nuestros pueblos. Los
protagonistas, el maestro y el cura, sobre todo, se parecen a los que yo
conozco. Por otra parte, la necesidad de ir a la escuela para ser alguien algún
día es un tema que también se plantea en los pueblos. Muchos chicos abandonan
pronto la escuela para ponerse a trabajar y ganar dinero para llevarlo a casa.
En cambio, hay padres que consideran que los estudios son muy importantes.
Incluso, desde muy pequeñitos, nos permiten estudiar en colegios alejados del
pueblo para que podamos tener un futuro lejos de las canteras. Casi todos
empezamos con once años.
1973, 24
de febrero, sábado
No
comprendo cómo los de tercero no vamos a ver la televisión. Nosotros, el primer
año, nada; igual que el segundo. Llegan este año los nuevos y van a ver la
televisión. Me llevan los demonios por esta injusticia. El director no tiene un
criterio claro a la hora de autorizar o no ver la tele, por eso nos parece injusto
el trato que dan a los de los cursos inferiores, teniendo en cuenta el que
recibimos nosotros en primero y segundo. Siempre hemos de estar rogando al
hermano director que nos deje ver tal película o un partido de fútbol. Lo mejor
sería que determinara qué días se puede ver, para no estar negociando con él
cada vez que nos interesa algo. Estamos enterados de la programación por el
periódico. Como me gusta tanto leer la prensa, no hay día que pase sin hojear
el Ya y, a la vez, consultar los programas previstos. Cuando intuyo que
una película puede estar bien, se lo digo a los compañeros para ejercer
presión, pero, al final, el que he de dar la cara soy yo, porque sé de qué va y
puedo comerle el coco con más argumentos. Si accede a nuestra petición, me
siento reconfortado por la mediación efectuada, pero, si ese no es su día y se
niega, mi frustración es enorme. De todos modos, bien pagamos las consecuencias
de ver la tele después de cenar, ya que nos acostamos más tarde y, por la
mañana, cuando nos despiertan, estamos muertos de sueño.
Vimos la
película Búfalo Bill. Me gustó mucho. Se cuenta la vida de este
aventurero, explorador del ejército de Norteamérica en el Oeste. Conocía el
terreno y al pueblo indio, al que veneraba. Sin embargo, se tuvo que enfrentar
a ellos e, incluso, matar a uno de los jefes cheyenes, llamado Mano Amarilla
(interpretado por Anthony Quinn), al que llegó a salvar la vida en una ocasión,
por lo cual los dos eran amigos. No obstante, en la guerra de los hombres
blancos con los pueblos indios, los dos se enfrentan y Búfalo Bill mata en un
duelo a su antiguo compañero. Pese a luchar con el ejército, el protagonista es
consciente de que el hombre blanco no respeta los tratados que firma. En las
ocasiones en las que surge la oportunidad, intenta defender a los nativos del
desprecio de los colonos y empresarios que explotan su territorio. Totalmente
injusto es cuando la caza de bisontes de las llanuras se convierte en una
actividad comercial y deportiva.
Durante
una expedición, salva a una caravana en la que viaja una bella dama del Este,
llamada Louisa e interpretada por Maureen O’Hara, con quien se casa después de
que ella se le insinúe constantemente.
Fruto de
esa relación nace un hijo. Su esposa quiere volver al Este, a la civilización,
para llevar una vida más segura, pero su marido no la acompaña, ya que el
ejército lo reclama cuando surgen las hostilidades contra los indios. Al
terminar la contienda, el presidente de los EE. UU. le concede la medalla del
Congreso por su valor y ayuda en esa guerra. Estando en Washington, se entera
de que su hijo está muy enfermo. Cuando llega a casa, ya ha fallecido. Pregunta
al doctor la causa de su muerte; este le responde que murió de difteria, una
enfermedad de la civilización occidental. Al saber esto, le recrimina a su
mujer haberse desplazado al Este y la abandona.
Durante
su estancia en la capital federal, donde es muy famoso porque un periodista ha
contado su historia, se dedica a defender a los indios y a criticar la
intervención del hombre blanco en sus tierras. Pronto los poderosos se le echan
encima y ponen en duda sus heroicidades, hasta el punto de tratarlo como un
pordiosero y un apestado social. Casualmente conocerá a un feriante espabilado
que, al darse cuenta de su puntería, lo contrata para un espectáculo en el que
demuestra su habilidad montando un caballo de madera. Cuando Louisa se entera
de las condiciones en las que vive, va en su búsqueda y los dos se reconcilian.
Ella le propone regresar a su casa del Este, pero él sigue empeñado en
continuar con su campaña de defensa de las naciones indias y monta un
espectáculo en el que se muestran las habilidades y destrezas que eran
necesarias para sobrevivir en esas tierras salvajes, al mismo tiempo que
propaga sus ideales humanitarios. Obtiene mucho éxito en Norteamérica y en
Europa. El matrimonio solo regresará a su casa cuando él sea viejo.
Todos
nosotros nos identificamos con Búfalo Bill y con los indios. Nos parecen más
interesantes que los soldados y los hombres de negocios. De los indios nos
gusta su forma de montar los caballos sin silla, cómo danzan y los gritos que
dan. Son libres, van casi desnudos y adornan su cuerpo con pinturas y cubren su
cabeza con penachos de plumas. Viven en plena naturaleza en sus tipis. A mí me
ha gustado mucho la cazadora de cuero con flecos de Búfalo Bill.
1973, 25
de febrero, domingo
Regaño
con el hermano Esquinazo, porque llevan cascotes y mierda al cuarto de la
caldera. Me he quejado de que no es el lugar adecuado, que las esportillas son
para echar las escorias y que, si las usan para depositar otros desperdicios,
no puedo utilizarlas yo. Me ha reprochado que no hago nada en el empleo,
dándome a entender que, si es necesario que efectúe dos viajes con la
carretilla al estercolero, es mi obligación. Es verdad que me daría tiempo a ir
dos veces, pero la cuestión es que se entrometen en un espacio que me
pertenece, y el hermano Florilegio solo me encargó que no faltara carbón, sacar
las escorias y mantener limpios el propio cuarto y los dos servicios de al
lado. El hermano Esquinazo no tiene que venir a meter las narices donde nadie
lo llama. Menos a reprocharme que soy un vago. ¿Qué sabrá él lo que hago o dejo
de hacer? Ya me quejaré al hermano Florilegio de que han depositado en las
espuertas despojos que nada tienen que ver con la caldera. No le diré que el
hermano Esquinazo me regañó, porque no quiero que los hermanos discutan por mi
culpa, pero le haré saber mi disgusto.
El
hermano Juménez nos da clases de cine. Intentó explicarnos que detrás de cada
película hay mucho trabajo y que utiliza un lenguaje que nos pasa
desapercibido. Nos habló de los distintos tipos de plano (primer plano, plano
medio, plano general, etc.); de los movimientos de la cámara para conseguir
dinamismo y perspectiva —a todos nos llamó la atención el travelling—; también
de la fotografía y de la ley de los tercios; de cómo con la iluminación se
resaltan personajes o se refuerzan emociones; y, por último, destacó que, en
muchas ocasiones, el ritmo se consigue con la música que se añade a la
película. Lo que no me pareció tan claro fue mi idea de que cualquiera puede
ser actor. Resaltó lo contrario, que no es fácil ponerse delante de una cámara
y actuar con naturalidad adoptando el carácter de un personaje que no coincide
con tu personalidad.
Vemos
cine: “Más allá de la montaña”
1973, 26
de febrero, lunes
Dos
vales por fichas de Latín. ¡Cómo se notan las materias que me gustan! El
profesor me reconoce la entrega con la que trabajo su materia. Me esmero en la
presentación, en especial, en la caligrafía y limpieza. No solo me gusta por
los trabajos: me encanta aprender sus declinaciones: nominativo, vocativo,
acusativo, genitivo, dativo y ablativo. El latín me parece una lengua clara,
estructurada y predecible, que transmite serenidad y se convierte en un
vehículo perfecto de conocimientos precisos. Me encanta traducir.
Hay
matanza. Como era predecible, me tocó echar la mano a matar los cerdos. Al
mando de todos nosotros se encontraba el cocinero, calvo y con un negro
mostacho que da miedo y que, a mí, me repugna. Es un excelente matachín. Los
acuchilla en el punto exacto para que los animales sangren y no se alargue su
agonía.
Me da
tanto asco como cuando hacemos la matanza en casa. Lo bueno de aquí es que, al
finalizar las tareas, nos podemos duchar para quitarnos ese olor nauseabundo
que se queda impregnado y que cuesta hacer desaparecer. Lo que peor me ha
sentado es que la faena la hayamos hecho en domingo, y no en un día laborable
para perdernos las clases. Menos mal que a la hora de la comida habíamos
terminado y hemos podido disfrutar libres la tarde.
Hay
nombramientos: saqué una media de 7,2. La Virgen no me concedió lo que le pedí:
sacar un 7,5. A otra vez será. No es que sea mucho lo que me falta, pero me
siento frustrado por no alcanzar el objetivo que me había marcado. Las
asignaturas de ciencias me lastran con una puntuación que raspa el aprobado,
como mucho un seis en Física. Lo que peor me sienta es que las posibilidades de
mejorar la calificación de estas materias son reducidas, pues, a medida que
avanza el curso, no tener un buen nivel irá incidiendo quiera o no. No
obstante, no me rendiré e intentaré, aunque sea, sacar notas más altas en las
materias que se me dan mejor.
1973, 27
de febrero, martes
Escribo
a mi tía Cristina. Estoy seguro de que una carta mía le hace mucha ilusión. Se
la merece, porque cuando voy a su casa en Madrid me recibe con todo su cariño,
no solo ella, sino mi tío Faustino y mis primos. Estoy muy a gusto con ellos.
Cumpleaños
del hermano Eufemio. Le felicito con la intención de que note que, pese a
nuestras diferencias, no tengo rencor y me alegro de que celebre su santo. No
aprecié ningún atisbo de agradecimiento especial. Tampoco quise darle
importancia, ya que, cuando me acerqué a él, estaba rodeado de otros compañeros
a los que daba las gracias por las felicitaciones que le hacían en ese momento.
Comentando
las notas entre nosotros, hemos llegado a la conclusión de que, en general, las
calificaciones han sido muy bajas. No entendemos por qué, pues estudiamos como
en otras ocasiones. Alguno comenta que tal vez los hermanos hayan seguido una
consigna general de ser más severos a la hora de evaluar, con el fin de
concienciarnos de que no nos debemos relajar cuando estamos a mitad de curso.
Si es así, siempre cabe la posibilidad de que las notas sean más altas en
junio. Esperemos que sea así.
Vamos de
paseo en dirección al puerto de Los Camellos. Fue una caminata muy larga.
Cuando llegamos al final, sin saber cómo, comprobé que muchos de mis compañeros
estaban con un cigarro de la mano. Se corrió la voz de que el hermano había
dado permiso para fumar. Me sorprendí mucho de que fuera verdad, pero,
comprobando que no pasaba nada, me hube de callar. Con todo, a mí me sonaba que
ahí había gato encerrado, aunque no sabía por qué. Yo no quise fumar. No lo
hice por ese temor desconocido, sino porque me parecía absurdo imitarlos si no
me apetecía. Ya había echado algún pitillo con mis amigos en el pueblo y no me
gustó la experiencia. No comprendía cómo podía agradar inhalar humo de un
tabaco repugnante.
Además, la
tarde nos deparó otra sorpresa: nos repartieron caramelos hechos en el colegio
con azúcar, aceite y cacao. Estaban buenos. Se me ocurrió que lo del dulce se
había ideado para disimular el aliento a tabaco. Durante el regreso al colegio,
pensaba en lo insólito de lo que acababa de suceder. Estaba seguro de que nunca
nos dejarían fumar a los alumnos, cuando ni siquiera los propios hermanos lo
hacían, por lo menos en público. Mis compañeros murmuraban entre ellos,
exaltados por lo que acababa de suceder. No tenían miedo a represalias porque
la mayoría había fumado y no era probable que castigaran a todos.
1973, 28
de febrero, miércoles
Hace un
día estupendo. Hoy también es día de matanza: habrán estado llenando. A mí no
me tocó ir, porque estuve todo el día con el hermano Florilegio trabajando con
la calefacción. Hemos deshollinado varios tubos próximos a la caldera, aunque
durante muchos ratos estuve sin hacer nada, pues el hermano se marchó varias
veces para atender otras obligaciones. Desde el cuarto de la caldera oía el
ajetreo de los compañeros en la cercana cocina. No quise salir de allí para que
no me mandaran ayudarlos. Estaba prevenido por si alguien entraba para ponerme
a limpiar o a trajinar con alguno de los tubos sueltos con el fin de demostrar
que estaba ocupado. Cuando el hermano Florilegio dio por terminada la limpieza
profunda e instalamos las tuberías, se fue y me encargó que fuera a tirar todo
el hollín y que barriera y fregara el cuarto. Podía haberlo dejado en las
espuertas y haberlo tirado mañana, pero, como me apetecía permanecer escaqueado
el máximo tiempo posible, me entretuve para que, cuando terminara, no me
mandaran sumarme a la brigada que estaba haciendo chorizos. Barrí bien y
después saqué las espuertas a la entrada. Las cargué en el carretillo y, con
toda mi pachorra, poco a poco y efectuando paradas para descansar, como si el
peso que llevaba fuera descomunal, me dirigí al basurero. Me encontré a algún
compañero que también había ido a tirar restos de la matanza. Nos deteníamos a
hablar con la idea no confesada de dejar que el tiempo transcurriera para
desentendernos de las faenas. Tanto alargué las tareas que me quedaban que,
después de fregar el suelo, cuando me quise dar cuenta, me había quedado sin
tiempo para ducharme. Habían dado el agua caliente para los de la matanza sin
que me hubiera percatado. Me costó meterme debajo del chorro frío, pero acepté
esta pena después de haber logrado pasar desapercibido todo el día.
Cada día
estoy más convencido de que los hermanos Florilegio y Eufemio no se llevan
bien. Antes ese enfrentamiento no era tan evidente, pero ahora ya no ocultan
sus roces constantes. He observado que se cruzan sin dirigirse la palabra.
También he observado que, cuando alguno de nosotros hace referencia a uno de
los dos, no pueden evitar poner cara de fastidio al oír el nombre de su rival.
No sé cuáles son los motivos de sus desavenencias. Quizá sea que sus
personalidades resultan incompatibles. No me extraña que yo sufra las consecuencias
de esa enemistad al encontrarme en medio del campo de batalla de los dos. Yo,
el protegido del hermano Florilegio, recibo desplantes por parte de su rival
que quizá vayan dirigidos a él.