20/05/26

El ladrón de libros

 

Madrid en agosto está desierto. Las calles, con sus árboles al atardecer, conceden una sombra plácida al paseante. La circulación transcurre con una modorra espesa; los conductores, incapaces de seguir el rastro de los escasos vehículos que los preceden, avanzan con lentitud. Los porteros apacientan sus barrigas prominentes, cubiertas con una camiseta blanca de tirantes, ventilándolas con la brisa que a esas horas corretea por las aceras; sacan una silla de tijera y contemplan atónitos a los viandantes que no han salido de la metrópoli.

Madrid, en agosto y en domingo por la tarde, es una ciudad que ha expulsado a sus vecinos, como si fueran roedores molestos o perros escandalosos. Los ancianos heredan el trono de su antigua ciudad y recorren los parques, las plazas y las avenidas cercanas a su vivienda en busca de viejos bares donde saborear una cañita con berberechos.

Madrid, a últimos de agosto, es un rescoldo que se apaga, pero sus calles y fachadas parecen más doradas y brillantes. No parece tener tiendas, quioscos ni apenas bares. Los que regresan se reincorporan silenciosamente a la ciudad y los habitantes agosteños se recluyen traqueando en destartalados inmuebles. Es una ciudad sin dueño. No pertenece ni siquiera a los niños.

Al atardecer del domingo, un madrileño trajeado se recogía. Era Nicolás Viñas, un anciano de porte estilizado. A punto de cumplir los ochenta, era un jubilado huraño y taciturno que solo salía de su barrio cuando intuía la soledad de la urbe. Nicolás era casi desconocido para sus propios vecinos. No tenía parientes ni amigos con los que compartir las minucias de una existencia que se extinguía como los días de ese estío. Ser de pocas palabras, sonreía, sin embargo, al saludar cuando se encontraba con alguno de los ancianos que vivían cerca de él. No tenía visitas ni llamadas de teléfono. El contacto con el mundo lo establecía a través de una copiosa correspondencia, que incluía un enjuto diario de provincias que le llegaba con bastante irregularidad. Tan solo abría el buzón por la tarde, aprovechando que salía de su enclaustramiento para depositar una lúgubre bolsa de basura en la acera y comprar los pocos alimentos necesarios para su subsistencia.
Esa tarde de domingo del mes de agosto sería la última del estío en que se alejara tanto de su calle, quizá la última de su vida. No presentía un óbito inminente, aunque a esa edad no se permitía el lujo de olvidar la muerte. Lo había decidido en la mesa del bar cuando disfrutaba la blanquísima espuma de su caña. Tenía en la boca una aceituna con anchoa donde parecía concentrarse el sabor de todas las tardes que había disfrutado a lo largo de la temporada. Era un sabor intensísimo que permanecía en el paladar. No se aventuraba a más en la soledad de la capital y creía que era el momento oportuno de hibernar. No convenía esperar demasiado, tan solo el instante inmediato, como podía ser concluir su bebida y llegar con paso lento pero seguro al portal de su casa. Se despidió de Receso, el sempiterno camarero de edad indefinida que siempre le atendía y con el que no compartía sino el saludo seco; le dejó una cuantiosa propina, que en el lenguaje tácito de ambos significaba que se despedían hasta el próximo verano.
Sus andares eran deliberadamente más pausados de lo habitual. Percibía los escasos sonidos de una calle desierta: el murmullo de la brisa, el arrastre de su calzado, el rumor apagado de la urbe, el gorjeo de buenas noches de los gorriones. El paisaje urbano pasaba desapercibido; la única curiosidad malsana que conservaba era mirar la basura y revolver con su bastón lo que le llamaba la atención. Esta costumbre se había transformado en una pasión incontrolada. Hacía ya muchos años que no la reprimía; le daba lo mismo que la gente lo contemplara como un indigente revolviendo las inmundicias. Una de las pocas ventajas que acarreaba el cúmulo de años era la merma de la vergüenza. Nicolás se regodeaba removiendo y curioseando entre lo que otros desechaban, aunque, en realidad, tan solo le causaba un placer indescriptible el hallazgo de libros, revistas, periódicos y cualquier tipo de publicación. Su biblioteca contenía millares de volúmenes que a partes iguales habían ocupado los anaqueles mediante compras o búsquedas en la basura. Su verdadera afición eran los libros. Los quería y conocía a cada uno —sabía dónde los había encontrado o comprado; por qué motivos los adquirió y qué inquietudes le despertaron—. Su memoria se servía de los libros y de las revistas para recordar su biografía, como si se hubieran transformado en hitos que señalaban el itinerario vital de un hombre que se iría de este mundo sin dejar huella.

Los libros seguían un proceso de selección para formar parte de su biblioteca; no todos los que se encontraba pasaban la criba. Lo más importante era su estado. La temática era lo de menos: cualquiera podía ser interesante en un momento oportuno. Este era el criterio principal: si descubría deterioro en sus hojas, o si se hallaban muy manoseadas, le daban asco y se desprendía de ellos lo antes posible como si estuvieran infectados. Su biblioteca era como un colegio de huérfanos: él rescataba de la oscuridad los libros abandonados, que pasaban a formar parte de su librería. Al principio sentía curiosidad por saber quién se desprendía de ellos, pero pronto prefirió ignorar la identidad de aquellos desidiosos propietarios. Los quería a todos por igual.

Las horas del día no daban para más, y eso que eran veinticuatro. Sin embargo, no se quitaba tiempo de sueño. Seguía durmiendo pasablemente bien ocho o nueve horas y echándose su siestecita. También le gustaba enterarse de lo que pasaba en el mundo a mediodía y por la noche en la radio o en la televisión. Incluso no se aburría siguiendo alguna película, aunque no la comprendiera del todo. Así, dedicaba las mañanas a la lectura. Leía varios libros a la vez: siempre una novela junto a otros de temáticas diversas.

Por las tardes, después de siesta, disipada ya la modorra, redactaba fichas con los argumentos y las ideas más llamativas de los textos leídos. A media tarde, encendía el transistor para oír los amenos programas radiofónicos y comenzaban las horas destinadas a su labor de bibliotecario: redactar fichas de catalogación, forrar las tapas, datarlos y firmarlos para atestiguar su pertenencia... Era entonces cuando hablaba con ellos, sentía nostalgia y acudían los recuerdos.

Al mermar la claridad, calentaba un poco de leche y merendaba mojando unas galletas. A veces, con eso, se daba por cenado.

En sus cuatro paredes era feliz. Sin embargo, de vez en cuando, se sentía desdichado. Durante años se había atormentado con la idea de no tener descendencia. Nadie lo recordaría. Pasaría por este mundo sin dejar huella. Se sentía muy desdichado, pues su existencia no tendría valor. Un hijo, o varios, habrían prolongado su paso por la tierra. No consideraba imprescindible su aportación para mejorar la humanidad, aunque quizá sus descendientes dieran con la fórmula para conseguir ser más felices. Hacía ya mucho tiempo que no se torturaba con esa idea. ¿Para qué? Si ya era del todo inviable…

Pero la obsesión no se había detenido ahí. De nuevo le asaltaba la paranoia de la perdurabilidad, de legar algo que mantuviera vivo su nombre después de la muerte. Se trataba de convertirse, aunque solo fuera ocasionalmente, en escritor con el propósito de dejar a la posteridad uno de sus bien amados libros. El que había sido como un padrastro para tantos volúmenes quería convertirse en progenitor de uno; que este llevara la misma sangre que corría por sus venas. Era una forma hermosa de ser recordado, de que el nombre se dibujara en los labios de la gente. ¡Claro que no era ni mucho menos fácil!

Dicho y hecho. Se puso manos a la obra. Con el brío que otorga la claridad de ideas y la seguridad en sí mismo, antes de haber escrito una línea, veía la novela publicada y expuesta en los escaparates de las librerías. No le faltaban ideas para argumentos; si bien se inclinaba por algo autobiográfico. El teatro era uno de sus géneros predilectos, pero no creía conveniente escribir un monólogo, que es lo que era su vida. Descartado ese género, una de sus ambiciones era redactar una voluminosa novela a semejanza de las que crearon los escritores realistas del siglo XIX. No le faltaban ganas, pero calibró bien sus fuerzas y una obra así no se escribe en dos días; quizá era un proyecto que se alargaría durante lustros y él no podía confiar excesivamente en el futuro. Por eso, sus primeros titubeos con la pluma se orientaron a contar su historia en dos centenares de páginas. Lo veía asequible en poco tiempo.

Este proyecto alteró considerablemente su rutina diaria. Por de pronto, como las horas del día seguían siendo las mismas y no estaba dispuesto a quitarse tiempo de sueño, ni renunciar a los ratos de televisión, hubo de abandonar alguna de las actividades. Aunque dudó entre prescindir de la lectura matutina o los trabajos bibliotecarios vespertinos, pronto se percató de que la primera era irrenunciable, porque suponía un acicate que le estimulaba la redacción de su obra; así que no le quedó más remedio que postergar el trato con los libros que todavía permanecían en el estante de los desamparados.

Pronto encontró sus limitaciones. Intentó imponerse una disciplina para sentarse delante del folio en blanco, como había oído que hacían los grandes escritores. A las diez en punto desenroscaba el capuchón de su pluma. Aunque generalmente ya sabía por dónde iba a proseguir el relato porque la tarea la abandonaba no cuando se le agotaban las ocurrencias, sino cuando estas bullían con más energía, las primeras palabras se resistían. Pero pronto se calentaba y venían por sí solas, una detrás de otra. Con todo, el montón de folios apenas subía. Se propuso rendir algo más, aguantar sentado un poco más cada día; sin embargo, eso no se tradujo en más tarea. El ritmo se volvía inflexible y, cuando terminaba un folio, aunque tuviera muchas ideas, el estilo se debilitaba y él se sentía fatigado, de tal manera que dejaba de escribir.

Al pasar las hojas manuscritas, se regocijaba ante la exquisitez de su propia caligrafía. Sin embargo, leía algún párrafo suelto y ya no encontraba en él la chispa ni la calidad que había creído darle. Por eso no se atrevía a releer, ya que se desanimaba.

El desaliento llegó. Las ideas continuaban muy vivas en su imaginación, pero Nicolás presintió que algo no marchaba como era debido. La fe inicial en sus dotes de artista se disipó a medida que el tiempo se prolongaba y no tenía en sus manos esa novela impresa que su imaginación ya confundía con la realidad. Había días en que dejaba la pluma al poco rato de ponerse: no confiaba en que gustara lo que estaba escribiendo. La historia, el protagonista eran anodinos, simples, sin gancho. Su ritmo de vida, sus calamidades resultaban vulgares, desvaídas. ¿A quién podrían interesarle o quién podría sentir curiosidad por ellos? Y lo peor, ¿qué editor arriesgaría un duro en la publicación de una obra de un autor desconocido que, además, tenía un pie en la tumba?

Sin resignarse a concluirla, decidió que lo más conveniente era dejar reposar durante un tiempo los folios manuscritos. Tal vez con el paso de los días, la calidad del estilo y la historia en sí mostraran una faz más atractiva. Guardó en una carpeta azul las hojas, las notas, los borradores y los esquemas, olvidándose del proyecto y regresando feliz a su rutina cotidiana.

La vuelta a sus tareas habituales le produjo al principio una felicidad infantil. El anciano aprendió (si es que los viejos aprenden) que los cambios de actividad son reconfortantes y reaniman la vida. Pero pronto comprendió que esa dicha era un espejismo: su obsesión literaria reapareció, si cabe, con más virulencia. Lo peor era que no se atrevía a tocar la carpeta donde le esperaba el manuscrito; le daba asco. Por ese camino y con aquella historia no podría continuar ni siquiera para rematarla y sentirse a gusto consigo mismo por ser capaz de finalizar un relato.

En esos momentos de duda se le pasó por la cabeza salir a dar un paseo por la ciudad; no obstante, desechó esa puerilidad. La zozobra que le azotaba le impedía concentrarse en la lectura; tampoco se tranquilizaba manejando fichas ni acariciando las tapas de sus libros. Persistía en él el deseo de ser escritor. No renunciaría por comodidad a un ideal que le daba alas para luchar contra un destino que parecía haberlo condenado desde siempre al anonimato. Estaba dispuesto a llegar hasta donde hiciera falta con tal de conseguirlo.

Maquinaba dos alternativas. No cejaba en su empeño de escribir algo. Seguía convencido de que tenía las dotes suficientes como para contar una historia. Tal vez no de la envergadura de una novela, pero sí de la de un cuento. Comparando lo que se publicaba, no desmerecía con respecto a algunos escritores; así, al menos, se juzgaba a sí mismo. La otra posibilidad, por el momento, la olvidó, aunque centellease de vez en cuando en su cabeza.

También con los cuentos se equivocó. No era una modalidad que se acomodara a su estilo. La historia daba más de sí, engrosaba, y los folios alcanzaban una extensión que hacía inviable el proyecto. Los personajes no terminaban de adquirir personalidad literaria, porque era necesario prescindir de los detalles menores. No consistía en complicar el estilo con alardes de magnífica sintaxis; más bien exigía una depuración permanente. La corrección se hacía más que nunca necesaria y Nicolás, cada vez que borraba una palabra o tachaba una frase, enloquecía de disgusto: eran manchas que afeaban su exquisita caligrafía.

Nunca remataba los cuentos. Ensayaba historias diferentes o personajes nuevos: unas y otros sobrepasaban los límites aconsejables de extensión. Se le despertó la curiosidad por saber cómo conseguían los escritores narrar una historia en unos cuantos folios. Leía a grandes cuentistas e indagaba en el alma de su escritura, intentando atrapar algo de ella. Su reflejo del mundo era opuesto al suyo: del detalle al conjunto; del hombre a la humanidad. Los personajes renunciaban a la certeza llevados por la relatividad imperante, que reflejaba el miedo del hombre a la vida y a la verdad. A esta siempre se la devaluaba, así como se atenuaba la mentira o el engaño. “¡Pamplinas! —exclamaba Nicolás, enojado—. Esto no son cuentos ni son nada.” Sin embargo, de poco le servía desazonarse: aunque no comulgara con los cánones literarios del momento, no le quedaba más remedio que adecuar su mentalidad a la de la época en la que vivía.

Voluntad y afán de superación no le faltaban a Nicolás. Escribió mucho y sintió un deleite reconfortante. Sin embargo, ninguno de los cuentos que concluyó le satisfizo por completo. No cuajaban; todos flaqueaban en algo. Hasta que exprimió las ubres de la imaginación y dejó de acudirle cualquier historia a la mente, posibilidad que le parecía incierta y remota, pero que terminó haciéndose realidad.

Lo que más incertidumbre le producía era la valía de sus cuentos. No conocía a nadie a quien pudiera dejárselos leer para recabar su opinión. La suya no contaba demasiado; además, era negativa, aunque cuanto más tiempo transcurría mejores le parecían sus narraciones. No obstante, era incapaz de presentar al sabio público lector un solo cuento que le diera la seguridad de que era bueno.

Guardó los manuscritos en el fondo de un arcón donde no pudiera acceder con facilidad y volvió a sus quehaceres cotidianos. Era mejor olvidar esa quimera y disfrutar, como lo había venido haciendo, de los breves pero intensos placeres de sus ocupaciones de antaño. Creyó haber abandonado aquel proyecto quijotesco, pues disfrutaba como nunca de sus libros y de su vida ordenada. Sin embargo, pasados unos días, la incomodidad de esa espina clavada le hirió en su amor propio. La leve molestia se acrecentó hasta ser un dolor insoportable, sobre todo porque no hallaba un antídoto que lo calmara. Se decía que no era ni siquiera un escritor corrientucho; aquella angustia le acompañaba en su lenta agonía. Desear y no poder. Se humillaba hasta despreciarse…




Esa última tarde de agosto decidió que su proyecto no se quedaría empantanado; merecería un tercer intento. No le había llegado la inspiración oportuna, pero su terca voluntad se imponía mientras se dirigía a sus cuarteles de invierno. Antes de que los días menguaran aún más, le era preciso desenterrar su tesoro literario o inaugurar un cuaderno con un relato inédito. Quizá este fuera su último invierno, su postrera oportunidad de perpetuar su nombre. Su disposición de ánimo era más prudente. Sin embargo, su ilusión se mantenía intacta y eso le proporcionaba el estímulo necesario para no rendirse.

El lento caminar hacia su retiro estaba acompañado por la incertidumbre de la despedida. En el corto trayecto del café a su casa descubrió las basuras apiladas al borde de la acera. Las bolsas eran recientes; aún no habían sido horadadas por los animales vagabundos. Aparte de los escasos sacos de plástico de los vecinos, encontraba montones de cajas depositadas por los tenderos, mientras preparaban sus negocios para la reapertura. Nicolás examinaba la pila de despojos como un chucho. No esperaba encontrar nada digno de ser rescatado del ansia feroz de los basureros; pero, del mismo modo que el cazador no pierde de vista el horizonte hasta abandonar el campo, Nicolás tampoco renunciaba a la esperanza de un hallazgo repentino que le proporcionara una nueva publicación. Vana ilusión de alguien que no cejaba en su ímpetu escrutador y que encontró su veta en una caja insignificante. No llamaba la atención y sus tapas dobladas no dejaban entrever qué ocultaba. Sin embargo, con su bastón tanteó el peso. No estaba vacía. Con cautela abrió la solapa y descubrió varios libros impecables, ordenados de tal manera que recubrían otra caja del tamaño de una caja de zapatos. No se avergonzó: se agachó y se la llevó. Remigio, el portero de la finca, le echó una mano hasta llegar con la carga a su piso.
A la mañana siguiente, recuperó las antiguas rutinas que todo escritor debe imponerse. Poco provecho pudo sacar: entre recuperar los antiguos manuscritos y ordenar el escritorio, se le fueron las primeras horas. La lectura de aquellas hojas le produjo impresiones contradictorias. La mayoría, si se hubiera dejado llevar del ansia de destrucción, la habría quemado; mas el afán de no tirar nada, de guardar las cosas para una ocasión mejor, le contuvo y las volvió a archivar. Una pequeña parte le sorprendió gratamente y hasta dudó de que hubieran salido de su pluma. Eran líneas en las que comenzaba a abrirse paso un estilo primoroso: señalaban un recorrido de ideas iluminadas con elegancia. No obstante, el trayecto de la narración se adentraba repentinamente en túneles oscuros o cruzaba enormes puentes sin continuidad entre sus extremos; otras veces, la historia derivaba en curvas peligrosas que obligaban al conductor a prestar más atención al trayecto que al placer de conducir...

Nicolás se levantó y se dirigió a la cocina. Calmaba su nerviosismo zampándose unas golosinas. También eran su recompensa al finalizar la tarea y, cuando la tensión le acosaba delante del cuaderno, las galletas y un vaso de leche le concentraban y le iluminaban. Tenía otros truquillos. Si se atascaba en mitad de la faena, emborronaba hasta casi desgastar el papel o empapaba con tinta las tachaduras.

Los comienzos eran imprevisibles: surgían solos o se sublevaban porque los vocablos se resistían y las ideas se escurrían en su imaginación. Esto es lo que le sucedía en este tercer intento. De nada le servía la experiencia anterior de sus fracasos.

Una de las conclusiones a las que había llegado Nicolás era que escribir debía ser una actividad lúdica, pasárselo bien. Si no disfrutaba, era como si estuviera pariendo.

En una radio oyó las señales horarias. Miró el reloj. La una. La mañana había pasado. Su cosecha fue un folio. Volvieron los errores de siempre. Aquellas líneas no eran más que una introducción sin función en el relato que pretendía escribir. En cambio, el lenguaje era impoluto y brillante. Nicolás llegó a creer que no sería capaz de conjugar argumento y estilo. Si la historia, las ideas o el tema le parecían interesantes, juzgaba el estilo pobre e indigno. Pero si este era literario, la historia se desdibujaba hasta perder todo interés.

¡Una birria! —acabó exclamando.

No le sentaron bien las patatas con arroz; las tragó sin masticar. El anciano miraba la televisión, que relampagueaba imágenes de una actualidad incoherente, y se desazonó. Se percató de esto cuando al finalizar no le vino la modorra acostumbrada.

Porque aquella primera mañana hubiera resultado infructuosa no debía desanimarse. Siempre cuesta imponerse un ritmo. Con un talante más relajado, olvidó la frustración. Para destensar los nervios, revisó con más detenimiento la caja rescatada a esos buitres nocturnos que eran los basureros.

El hallazgo era raro y sorprendente. Los libros estaban impecables. La encuadernación era de pasta dura. Su propietario debía haber tenido un gusto exquisito. Se trataba de obras literarias y ensayísticas de autores afamados. Alguien que, se decía el viejo Nicolás, debía de haber pasado muchas horas en su biblioteca. Un alma gemela. Con todo, lo más llamativo fueron los cuadernos de la caja de zapatos: unos tenían hojas cuadriculadas o rayadas; otros, hojas blancas. Nicolás se quedó atónito. No se atrevió a curiosear. Nunca, a pesar de hallar documentos manuscritos de muy diversa índole —desde cartas hasta libros de cuentas—, leyó una línea de aquellos documentos personales. Se sentía un delincuente que violaba la intimidad de la gente. Además, temía leer cualquier asunto que desestabilizara su existencia. Sin embargo, la atracción de hojear los cuadernos era irresistible. Terminó apartando la caja. Aventuró que eran un diario, razón de más para no traicionar a su autor. Especuló sobre su personalidad y dedujo que no había sido él quien había depositado la caja en la basura; asimismo, quien los tiró tampoco era un bibliófilo. ¿Justificaba la muerte de aquella persona semejante abandono? ¡Qué pena! Lo mismo le sucedería a él con su biblioteca y con todos sus enseres. Un almonedista compraría el ajuar y este acabaría en las calles del Rastro. No era capaz de escapar a esos designios. Tal vez fuera mejor quemar todo en una hoguera.

Se había metido en la cama antes de la hora acostumbrada; súbitamente, la fatiga y el sueño lo invadieron y determinó que donde mejor estaría sería en el catre. No tardó en dormirse, aunque el sueño duró poco. Se despertó creyendo que gran parte de la noche habría pasado, cuando en realidad escasamente habían transcurrido dos horas. Se incorporó para orinar y se arropó con el deseo de dormirse otra vez. Su cuerpo, un saco de huesos descolocados, se acomodó; pero su mente no dejaba de dar brincos. Desechaba las ideas fantasiosas que se le cruzaban por la mente. Volvían con más fuerza hasta dejarlo por completo desvelado. Lo peor del insomnio era que, al cabo de un tiempo, las elucubraciones lo dejaban exhausto. Nicolás tuvo que levantarse para escapar del círculo de sus pensamientos. Lo que le traía desvelado y, a esas alturas, fatigado y de mal humor, era lo de siempre. Creía haber descubierto la fórmula ideal para su relato. Lo escribía mentalmente y, al terminarlo, le parecía genial. Sin embargo, al poco, dudaba y terminaba reconociendo que era igual de anodino que los anteriores.

La idea de indagar qué había en aquellos cuadernos cruzó por su mente en mitad de su calamidad creativa. Determinó hacerlo en ese momento de insomnio, pues intuyó que si lo postergaba, no se atrevería nunca.

Avanzando a oscuras por el pasillo al escritorio, donde se encontraba la caja, se sintió como un ladrón que actúa con nocturnidad y alevosía. Le temblaban las manos y contenía los movimientos para no hacer el más leve ruido. La caja de zapatos permanecía sin tocar. Tomó varios cuadernos y regresó al dormitorio para hojearlos a la luz de la lámpara de la mesilla. Los nervios, la mala conciencia también, no le permitían enterarse de nada, tan solo que la escritura era bella, clara, redonda, con trazos similares en todas las hojas. Pasando la vista sobre ellas, aun sin comprender el significado de aquellas líneas, su alma recobraba la serenidad: tanta paz producían.

Comprobó que no se trataba de un diario, como en un principio había especulado. Contenían lo que podían considerarse unos primeros tanteos literarios. Lo entendió así al encontrarse versos en varias hojas. Fue una sorpresa. Era difícil creerlo, pero en sus manos había cuentos, poesías y quizá hasta alguna novela. Leía líneas a salto de mata, mas no era capaz de terminar de leer algo por completo. Solo poesías de las que no entendía el mensaje ni el sentimiento del autor. También lo intentó con textos breves, sin acabar de enterarse del todo.

Se sucedieron varios días hasta determinar el valor de esos textos. La primera reacción, al leerlos con más calma, fue menospreciarlos, creyendo que eran considerablemente inferiores a los suyos. La literatura de Nicolás nada tenía que ver con la de aquel desconocido. Aquellos textos reflejaban un mundo diferente: chabacano, vulgar y, a ojos de Nicolás, antiliterario. No obstante, aquella lectura se convirtió en un acicate inesperado para la inspiración del viejo. Escribió como nunca lo había hecho y terminó una novela corta; se sintió muy satisfecho por haber concluido una obra que antes veía como un objetivo imposible. Su valor literario no le preocupaba en esos momentos.

Tras concluirla, le sobrevino una fatiga repentina. Pasaba más tiempo de lo normal en la cama y las tareas cotidianas se prolongaban más de lo habitual, como si una permanente modorra ralentizara sus movimientos. De las tareas bibliográficas y de la escritura, mejor no nombrarlas. Las repelía.

La novela breve esperaba una corrección. El manuscrito, lleno de tachaduras, seguía siendo imperfecto y faltaba por conseguir la redacción definitiva tras las purgas oportunas. No le agradaban demasiado aquellas labores de corrección y las postergó con la excusa de que cuanto más tiempo pasara de por medio, la distancia entre la obra y su autor sería mayor y los retoques, más acertados. Además, argüía otra disculpa: se había impuesto la obligación de acabar de leer los cuadernos.

El primer paso fue leer los cuentos, los más numerosos. Durante aquellos días, Nicolás permaneció tranquilo. Por entonces, aquel tesoro no era más que otro de los frecuentes hallazgos del chatarrero de libros. El examen, por tanto, fue más aséptico. Leía los cuentos y los comprendía. Su estima por ellos aumentaba. Las oraciones, las palabras, los giros le resultaban familiares, y los asuntos, con un tratamiento original, le interesaban más. La disposición de lo narrado no obedecía a la lógica sucesión de los hechos y los personajes no aparecían descritos como objetos de un examen fisiológico y psicológico. Aquellos enfoques le producían vértigo. El anciano comprendió que esa forma de escribir era más fecunda. La anécdota y la sucesión de los acontecimientos se narraban con un estilo pulcro y sencillo, aunque arriesgado. Las palabras no se deslizaban con suavidad: estaban vivas y resaltaban la pizca de humor, la lágrima ocasional, el sonrojo íntimo, la vergüenza pública, el amor intenso, el odio irracional... El lector se implicaba en la historia.

El pacífico Nicolás pensó que así debía ser la literatura más moderna. Con esta disposición de ánimo más abierta, hincó el diente a la poesía. Fue un hueso duro de roer. No desmerecía con respecto a los cuentos, aunque sus versos fueran ajenos a cualquier regularidad métrica. Nicolás no creía que el versolibrismo y, en general, los versos sin medida ni rima fueran poesía. Para él había más mérito en los ripios publicados en cualquier periódico que en esas líneas desiguales. No obstante, reconociendo su valía como narrador, no se atrevió a emitir un juicio categórico en contra. Sin llegar a sintonizar con sus sentimientos, intuyó que detrás de esos versos no estaba la pluma de un aficionado, sino la de un escritor como la copa de un pino, independientemente de que comulgara o no con su credo poético.

Al leer Cantero, la novela desarrollada en varios cuadernos, no dudó de que se trataba de una obra original. Al igual que en las anteriores composiciones, la lectura no era fácil. La historia y su protagonista parecían anodinos. Era casi imposible que allí hubiera materia narrativa que explotar; pero ahí estaba ese desconocido y enigmático autor que había sido capaz de encontrar un filón de oro en ellos. El recuerdo, la memoria, el almacén de experiencias de un solitario cantero condenado a la soledad.

Lo que le vino a la cabeza tras terminar de leer la obra fue que ya era viejo; un viejo como él que pasaba sus últimos días ociando con la escritura. Sin embargo, el desconocido era mejor escritor que él.

Imitando su ejemplo, le entraron ganas de ponerse a la labor. Ya sabía cuál sería su próxima obra y su impulso inmediato fue sentarse a escribir. Refrenó ese impulso y procuró ser ordenado, como lo era en todas las facetas de su vida. Antes de comenzar nada, concluir, rematar lo empezado.

La corrección en aquellos momentos de inspiración no era muy atractiva. Había que podar, tirar lo construido e incluir detalles pasados por alto; reafirmarse para estar seguro de que el lector entendería el texto. Eran puntualizaciones que llevaban tiempo y servían de abono para que surgieran dudas sobre su valía. En eso consistía ser un buen escritor: en lo más delicado, en el retoque, el pulido final.

La depuración le llevó a iniciar una segunda redacción, pues las tachaduras eran tantas que no se podía seguir siquiera la lectura. Antes de finalizar, Nicolás se torturó pensando dónde podría colocar la novelita. La pretensión de mandarla directamente a las editoriales le pareció descabellada y estéril, aunque no descartó esa posibilidad para un futuro. En las páginas del diario de provincias que le llegaba con irregularidad, encontró anuncios de varios concursos literarios. Sin embargo, no hallaba ninguno que se adecuara a la extensión y al contenido de lo que había escrito.

Antes de enviar la novela al primer concurso, le entró pánico de que el público la minusvalorara o, lo peor, se mofara de ella. No sabía si sería capaz de soportar tal agravio. Nicolás intentaba mentalizarse ante el fracaso o, quizá, se armaba de paciencia hasta que algún jurado la premiara.

Fotocopió el original para enviarlo cuando surgiera una oportunidad. Volvió entonces a su tarea de tantos años: a enredar en la biblioteca, como se decía a sí mismo de vez en cuando. De nuevo, el jubilado disfrutó de sus días y de sus quehaceres. Nicolás llegó casi a olvidar que había escrito una obra y la había presentado a un concurso. Hasta casi se le olvidaron los cuadernos encontrados en la basura, pues nuevas lecturas captaron su atención.
La contradicción y la mudanza rigen inexorablemente la vida de los seres. A la paz beatífica siguieron días de desasosiego. Las viejas obsesiones mostraron de nuevo su faz más amarga y las prisas por publicar retornaron. Encontrar una oportunidad para dar a luz la novela se convirtió en su preocupación constante. Se permitió dejar de poner reparos y enviar el manuscrito a ciertos premios sin suficiente prestigio. Pensó que había cometido un error imperdonable al no haber dado antes cauce a su obra. Mientras tanto, se puso a releerla y no pudo reprimir el deseo de cambiar una coma, retocar la estructura de ciertas oraciones, correcciones que lo obligaron a preparar una nueva versión en limpio. Determinó no volver a leerla.
Preparó los ejemplares correspondientes y la documentación que se solicitaba en un concurso de novela corta en una lejana provincia del Levante español. A esperar largos meses hasta el veredicto. «Hasta es posible que para cuando este se produzca me haya ido para el otro barrio», pensaba el guasón de Nicolás. Le urgía que reconocieran su valía. Esa primera obra le dio alas y se puso a escribir cuentos que también presentó a concursos. Especulaba con las posibilidades de ser el ganador. Unas veces sentía que el premio estaba a su alcance; otras, se desilusionaba y lo consideraba totalmente imposible.



Las semanas más crudas del invierno acudieron como todos los años. Algunos síntomas anodinos de gripe mantuvieron en cama al anciano, pero no le impidieron escribir y leer. Leía con agrado, intentando imitar el estilo particular de cada escritor. Escribía sin concierto, disfrutando con la creación de historias y personajes que actuaban como un alter ego suyo. Se compró cuadernos de espiral a imitación del misterioso escritor, porque comprobó que le facilitaban la escritura no solo en el escritorio, sino en la cocina, mientras tomaba su vaso de leche, o en el sillón del salón, donde hojeaba el diario provincial. Se sentía un verdadero escritor.
Las tardes se alargaban, los árboles mostraban su verdor y los pájaros gorjeaban cada vez con más ímpetu al comienzo de la primavera. Coincidiendo con el despertar de la naturaleza, Nicolás perdió concentración. Los relatos ya no le salían tan redondos y llenar la hoja en blanco le suponía un sacrificio. Fue entonces cuando se percató de que algunos de los certámenes literarios debían haberse fallado. Dedujo que no le habían premiado, pues no había recibido noticias. Se puso de mal humor. Aquello no cuadraba con sus expectativas. Si no le reconocían el mérito en concursos de renombre, por lo menos había creído factible algún accésit de otros menores. No sabía a qué achacar tan estrepitoso desastre. Hacerse con el primer puesto de uno de los grandes era difícil, pero consideraba que tenía posibilidades en concursos menores. Se consolaba pensando que estarían amañados y que los ganadores serían allegados al jurado. «La justicia brilla por su ausencia», pensaba, para justificar su desolación, y se sentía exiliado del Parnaso.
El anciano se atormentaba pensando en el fracaso de su vida. De nuevo, cuando las amapolas, copas de rojo viento, se cimbreaban entre los trigales, hubo de guardar cama por una nueva gripe. En esta ocasión, no escribió ni leyó. Dormitaba apesadumbrado y sufría sueños profundos que le hacían revivir experiencias que le desgastaban y le dejaban exhausto al despertar. Tras varios días postrado, se levantó decidido cuando se le ocurrió una nueva idea, aunque no sabía si era excepcional o común.
Buscó de nuevo la caja de los cuadernos. Seguramente fue el demonio quien le susurró la idea con su intrépida desenvoltura. ¿Por qué no mandar algún trabajo de ese autor desconocido? De resultar premiado sería un reconocimiento póstumo. Ningún mal podía causarle: con certeza esa persona ya no vivía. El asunto lo enfocó desde otra perspectiva: si esas obras no conseguían un premio, nada pasaría. Sería un consuelo: un autor de mucha valía, según su criterio, tampoco era reconocido. Si, por casualidad, se llevaba el máximo galardón, ya pensaría cómo proceder.
Seleccionó los cuentos más mediocres y, por curiosidad, algunos de sus poemas para ver si eran buenos. Envió estas obras a varios concursos con su nombre.



Al final de la primavera, el Imserso convocó un concurso literario para jubilados. Se atrevió, como si fuese el último cartucho que le quedaba, a enviar varios de los cuentos escritos durante el invierno. Al leerlos de nuevo no le parecieron tan malos. Volvió a creer en sus posibilidades, sobre todo si sucedía lo que pensaba, que se presentarían montones de relatos escritos por jubilados ñoños y aburridos. Lo suyo —estaba seguro— destacaría.
La alegría regresó a su casa por los días florales de junio. Hasta la luz dorada de los días parecía brillar con más entusiasmo tras la cristalería del balcón. Era una alegría desbordante, aunque inquieta. Nicolás no apartaba los ojos del almanaque. Arrancaba las hojas del Calendario Zaragozano esperando con ansiedad la correspondencia. Cualquier sobre diferente a los de los bancos y a los de organismos pagadores de su pensión, podía ser la comunicación tan anhelada. No esperaba a la tarde para bajar a buscar la correspondencia. El portero se sorprendió de ver a su inquilino en bata y zapatillas, y se ofreció voluntario para subirle las cartas. No le sentó bien la diligente solicitud del curioso portero; lo consideró un testigo incómodo de su falsificación. Determinó en lo sucesivo comedir su ímpetu y abrir el buzón por la tarde, como lo había hecho durante toda su vida.
Fue un telegrama, no una carta. Y fue Remigio quien llamó a la puerta y el que puso una expresión de sorpresa mayúscula al entregárselo. Nicolás buscó en los bolsillos de los pantalones la moneda de propina. El portero le hizo un gesto tajante con la cabeza para decirle que no aceptaría recompensa y, dándose media vuelta, bajó las escaleras.
En un lenguaje entrecortado y escrito en letras mayúsculas, le ordenaban que se pusiera en contacto con un número de teléfono de un ayuntamiento de la provincia de Toledo. No recordó haber presentado ningún trabajo en ese lugar, hasta que, rebuscando entre las bases de los concursos, halló uno convocado allí. No se aclaraba el motivo, pero intuía que era para comunicarle que había merecido un premio. Se puso nervioso. Lo que tanto había anhelado lo acababa de conseguir, pero le ponía en un brete complicado. Temía confesar que no era el autor. Barajó varias posibilidades: no llamar y hacerse el desentendido; rechazar el premio sin dar más explicaciones; o aceptarlo con la condición de no asistir a la entrega debido a su avanzada edad. Estas últimas eran las más reconfortantes para su conciencia. Pero el demonio, que no cesaba de chincharlo, le picaba para continuar el juego. Nadie tenía por qué sospechar del engaño. Sin embargo, Nicolás se percató de que lo descubrirían con facilidad: le pedirían que hablara de su obra y de su forma de escribir. Para colmo no sabía en concreto qué obra había enviado.
Y no fue uno, sino dos, los premios que recibió casi al mismo tiempo. Otra vez el portero se plantó delante de la puerta con cara sonriente para entregarle el segundo telegrama. Al quedarse tan alelado como la primera vez, Nicolás tampoco recompensó la afable diligencia de Remigio con una propina. Ahora el reconocimiento provenía de un concurso poético. Así que aquel desconocido era, además, un poeta consumado, se decía con envidia.

Entre las condiciones exigibles a los participantes en los concursos literarios figuraba la de recoger el premio en persona en un acto institucional solemne. No reparó en ella hasta que releyó las bases. Aquellos concursos discriminaban a la tercera edad, reflexionó el buen anciano, y a continuación dijo en voz alta: «Los jóvenes pueden viajar y moverse, pero a lo mejor quieren que los abuelitos montemos en cualquier medio de locomoción con la mochila a la espalda».

Como no quería quedar como un marrano y estaba seguro de que nadie lo movería de su pisito, no tuvo más remedio que tomar una decisión. Más que nada porque se ponía en lugar de los organizadores y comprendía que no era un plato de gusto la papeleta que debían resolver. Aquellos remordimientos le producían más daño que la propia falsificación, al considerar que poco mal podría hacer a alguien que no conocía. Pero no acertaba con la fórmula ideal de decir la verdad sin que resultara humillante para él. Al final, la carta iba directamente al grano. Se sinceraba y lo contaba todo con palabras precisas. Nicolás no solo se delataba, sino que se ofrecía a resarcirlos si por su desleal participación había causado daños irreparables. No lo meterían en la cárcel a su edad, pero, de antemano, estaba dispuesto a pagar las multas que las leyes impusieran a los estafadores. Precedido de un preámbulo en el que pedía perdón, proponía otra solución. Escribía en la carta: «No creo que viva muchos años, pues Dios está a punto de llevarme consigo. Casi nadie me conoce, sino unos pocos vecinos. Ya les he confesado el origen de ese manuscrito. Si les parece digno de publicarse lo pueden hacer de manera anónima o con mi nombre. Sugiero que las regalías se donen a alguien necesitado…» La misiva concluía expresando de nuevo arrepentimiento. Después de dudarlo durante un buen rato y de haber fechado y firmado, se atrevió a añadir una posdata en la que pedía que, si por casualidad se publicaba, le enviaran un ejemplar. Él mandaría el importe a vuelta de correo.

La confesión clara y pormenorizada de aquella historia le devolvió la paz nada más escribirla. Cuando echó el sobre en el buzón pensó que todo había concluido. Regresó sosegadamente a casa. El portero lo miró como de costumbre y le saludó lacónicamente. El orden imperaba otra vez en su vida. Una vaga tristeza persistía en su mente, pero el contacto con sus libros y con su pluma le reanimaron lo suficiente como para que acabaran disipándose y se olvidara del asunto.

Una tarde, después de bajar a comprar, cuando regresaba con más peso del habitual, se encontró con una sorpresa en el buzón. Entre el periódico provincial halló un paquetito envuelto en papel de estraza y atado con delicadeza con un cordón azul. Remigio, con la excusa de ayudarle a subir la compra, se acercó a curiosear cuando reparó en el envío. Nicolás, al percatarse de su perplejidad, le cedió las bolsas y la correspondencia, mientras hojeaba distraído el periódico provincial. Esta vez el portero se quedó desconcertado cuando el jubilado le puso una moneda en la mano y se la cerró con fuerza mientras le daba las gracias por ayudarlo.
Más que un libro, era un opúsculo que no sobrepasaría las cincuenta páginas. Allí estaban los poemas que él mandó y su nombre figuraba al lado. Casi se le saltaron las lágrimas. Un sollozo infantil le oprimía la garganta. Aunque aquellos poemas no habían brotado de su pluma, él los había conducido hasta el éxito con su desvelo. ¿Por qué no aceptar la paternidad de aquellos versos, si ya había adoptado la de cientos de libros? El gozo y el orgullo se confundían mientras acariciaba la publicación. Contemplaba la esmerada edición y se henchía de satisfacción.

El librito no iba acompañado de ninguna nota. Nicolás se hubiera quedado más tranquilo si le hubieran escrito para perdonarle. Aunque ¿qué mayor indulto podían concederle que aquella publicación?

Tampoco recibió carta cuando también le enviaron otro libro en el que se habían incluido otros relatos. Se alegró de la misma manera. Aquello le dio alas para entregarse a una nueva ocurrencia.

Su conciencia estaba tranquila, después de reconocer el engaño y de contar el origen de los manuscritos. Alentado por el éxito de aquellas muestras literarias, creyó que, de ahora en adelante, su misión consistiría en divulgar la obra de aquel ignoto escritor. Sería la forma de redimir la osadía de haberse apropiado de su personalidad literaria.

No lo pensó más. Escribió a una editorial seria. Contó la historia de los cuadernos y, como aval, mandó una copia de los originales galardonados en los concursos. Con su estilo conciso y directo expuso al director las pretensiones que abrigaba: que aquella obra se publicara, si, como él estimaba, merecía la pena. Impuso dos condiciones: que trataran de averiguar quién era el autor, sugiriendo que la televisión o la radio difundieran la búsqueda (Nicolás se reservaba para sí la potestad de atribuir la autoría, si alguien la reclamaba —la clave era el lugar y la fecha del hallazgo de la caja con los cuadernos, datos nunca revelados— ); la segunda, si no daban con la persona, era que los ingresos de los derechos de autor se otorgaran a una institución benéfica.

Pronto recibió contestación del director de la editorial. Mostraba interés por aquella propuesta y quería ver los originales; para ello iría a su casa.

Otra vez fue el portero quien condujo a un joven estrafalario a la puerta de Nicolás. No lo dejó subir solo, pues, como sabueso desconfiado, aquel sujeto no tenía buena pinta ni le cabía en la cabeza que el octogenario recibiera una visita tan inopinada. Nicolás no esperaba un señor director tan singular. Su atuendo y sus modales secos despertaron aún más el recelo del jubilado. Sin embargo, cuando tuvo entre sus manos los cuadernos, su talante cambió. Se sentó en el sofá del salón y, sin prestar la menor atención al anciano, comenzó a leer con absoluta concentración. «Nos lo quedamos. Se publicará». Fueron las únicas palabras que pronunció después de dejar los cuadernos en el asiento. No dijo nada de contratos ni de cláusulas. Estrecharon la mano como despedida y como señal de acuerdo.
Al día siguiente, fue otra vez el portero el que acompañó al piso de Nicolás a un hombre, a quien el conserje consideró un vendedor o representante de libros. Los de la editorial no se habían demorado en reaccionar. Ese señor bajito era el director comercial de la misma empresa. Ambos tardaron en ponerse de acuerdo. Mientras Nicolás se empeñaba en concretar los detalles de cómo debería ser la edición, el director comercial incidía en aspectos legales, administrativos y económicos que no le importaban. Al final, el gestor delegó los aspectos editoriales en personal competente de la empresa, asegurando al anciano que el resultado final no le decepcionaría. Nicolás terminó firmando el contrato.



Remigio, el portero, durante aquella época de tanto trasiego, llegó a agudizar de tal modo la intuición que, con solo acercarse al portal, sabía si los visitantes eran de la editorial. Un día se presentaron una secretaria joven y un mozo con una abultada caja. Él mismo ayudó a transportarla mientras les indicaba la dirección que debían seguir.
Esto no se lo habían explicado al anciano o, si se lo habían mencionado, no había llegado a entenderlo. No comprendió cuando desembalaron un aparato. Al ver los fogonazos, se asustó y temió que chamuscaran el papel. Notó un vivo dolor en la boca del estómago al comprobar cómo la señorita torturaba los cuadernos para introducirlos en ese aséptico horno de cristal y plástico. Solo se calmó cuando acarició las hojas calientes de la bandeja de salida.
La primavera despuntaba sin remisión allí donde el suelo era tierra. En la ciudad, tan solo los árboles cubrían de verdor la desnudez invernal. Los cambios de temperatura en ese intervalo estacional fueron suaves. A medida que los días se hacían más largos, el sol calentaba un poco más que la jornada precedente. No obstante, Nicolás, receloso de la bonanza primaveral, se seguía arropando como en los días más crudos del invierno. Después de la visita de la secretaria con el artilugio fotocopiador, no había recibido noticias de los de la editorial. Consideró que la publicación no tardaría mucho en ver la luz. La espera se le hacía eterna. Llegó a creer que se habían olvidado de él o que, por problemas desconocidos, el libro no llegaba a la imprenta. Ni llamada telefónica ni carta en el buzón le consolaban con explicaciones referentes a la obra.




Se extrañaba de que el portero no se hubiera interesado por el origen de tanto trajín en su casa. Nicolás, después de recibir a la gente de la editorial, dio por sentado que sabía lo que se traía entre manos. Cuando el estrafalario editor reapareció acompañado del portero, este mostraba un semblante tan alegre que él mismo parecía haber estado esperándolo desde hacía tiempo. Algo más risueño que la primera vez, pero parco en palabras, el editor mostró una maquetación de la novela. Se le notaba satisfecho, como si él fuera el responsable. A Nicolás no le pareció seria esa apropiación exclusiva del éxito, pero, como solo faltaban unos pocos detalles para rematar la empresa, no era cuestión de sacar a colación susceptibilidades. Al final, sin embargo, no le quedó más remedio que inquietarse con el cínico editor: ahora le pedía, así, con su insolencia inaguantable, que él, Nicolás, contara en un prólogo la historia de ese manuscrito. ¿Qué se habría creído aquel mequetrefe para pedirle algo que le avergonzaba? No obstante, sin apearse de su arrogancia, el jovenzuelo le arrancó la promesa de cumplir su exigencia: debía confesar que se dedicaba a rebuscar en la basura y que había salvado aquella novela del detritus, tal como Moisés fue rescatado del Nilo por la hija del faraón.

La recomendación era que el prólogo no superara las dos páginas. No creyó posible contar, sin dejarse detalles de importancia, el origen del manuscrito en tan poco espacio. Pero, con tal de no vérselas otra vez con el muchachuelo resabiado, se lo propuso y redactó la historia tal y como le habían exigido. Le hubiera gustado explayarse más, pero aceptó el papel insignificante que le correspondía en ese proyecto.

El éxito no llegó rápido; tal vez porque la editora no promocionó la novela como esperaba Nicolás. Fue una novedad que pasó casi desapercibida en la Feria del Libro. Le habían invitado a la caseta de la editorial en el Retiro para que asistiera al acto de presentación. Con la mayor ilusión del mundo, el anciano se enfundó su impecable traje con corbata, convencido de que la ocasión sería solemne. Fue un fiasco. Aunque la novela estaba expuesta en el mostrador de aquella caseta —que más parecía una pescadería de mercado de abastos—, no hubo discursos, elogios ni la menor exaltación del escritor desconocido; nada de nada. Nicolás nunca había sentido una ignominia semejante.

Al lado de la puerta de metal, el anciano observaba el trasiego de editores con los más afamados autores del momento. Se firmaban ejemplares; se saludaba todo el mundo; las caras de los escritores eran radiantes; el público saboreaba las añadas de cada editorial. Era la fiesta de la cosecha: tras pasar noches frías y largas en sus bibliotecas, los autores mostraban al fin sus frutos bajo la radiante luz de la primavera, satisfechos de sí mismos y agradecidos a un Parnaso no siempre bondadoso.

No pintaba nada allí. Su novela no la vendían. Era muy improbable que los lectores se fijaran en ella. Se retiraba con profunda tristeza cuando el insoportable jovenzuelo se cruzó en su camino deliberadamente. Tan solo le dijo que todo iba bien.

¡Qué gracioso es ese muchacho! «Todo va bien», ¿qué habría querido decir?” Nicolás reflexionaba sobre el significado de esas palabras. No le habían dicho que la tirada fuese ridícula, como si se tratara de una rareza. Algo especial, original, curioso… ¡Una novela anónima en las postrimerías del siglo XX! Esos comentarios eran los que profería ese jovenzuelo cuando obsequiaba la publicación a sus contactos: periodistas, críticos literarios y, sobre todo, escritores. Estos se quedaban atónitos cuando contemplaban la portada sin autoría. Hacían un gesto de incredulidad y guardaban el libro. El avispado chavalejo sabía que aquel sería el primer libro que leería toda esta corte del reino literario: la novela no les dejaría indiferentes. Algunos pensaron que había gato encerrado. Terminada la feria, y con algunos ya camino de su retiro vacacional, comenzaron a llegar los veredictos. Los primeros lectores, los escritores, no se creyeron la patraña del anonimato. ¡Menudo andaba el mundo como para mandar a la porra una novela así! Como si los relatos salieran de la nada, se decían. Sin embargo, el hecho de que el autor fuera desconocido fue una ventaja a la hora de emitir un juicio bondadoso sobre su calidad literaria.

Mucho más tardaron en reaccionar los críticos y profesores de literatura. Pocos dieron señal de vida. La leyeron, pero se guardaron muy bien de proclamar lo maravillados que los dejó esa lectura. Si se les sondeaba la opinión, se escabullían con disculpas pueriles. Se movían en un terreno resbaladizo y lleno de trampas que, como exploradores cautos, procuraban sortear para no perder el pedestal de la última palabra.

Los catedráticos de Literatura Contemporánea esperaban las indagaciones de la jauría de sabuesos del departamento para incorporar la novela a la lista de obras dignas de mención en sus clases magistrales.

El muchachuelo esperaba una adhesión en cadena de lectores anónimos y se encontró con tímidos y esporádicos apoyos. La desolación, sentimiento muy extraño en él, le rondaba. Se fue a ver al descubridor, a Nicolás. No le pudo llevar las noticias que el anciano aguardaba con tanta ansiedad. En cambio, este disfrutó como nunca con el de la editorial. El joven habló sin parar de la novela. La analizó de manera simple, sin hallar el motivo por el que no había funcionado como él había esperado. Nicolás no era más que un receptor al que ni siquiera se dignaba mirar. Al final se marchó sin despedirse. El anciano se quedó preocupado, pero, incapaz de hacer nada, dejó la iniciativa en manos de la editorial.

Las semillas solo prosperan cuando las condiciones son propicias; el sol y el calor impulsan un crecimiento rápido y vigoroso. El fruto de la siembra tardó en manifestarse, pero, al final, se hizo evidente. Algún escritor de fama nombró la novela como una de sus lecturas recientes más impactantes en una entrevista. A esta declaración siguió la aparición de críticas sorprendentemente favorables en revistas literarias especializadas. Después llegaron las reseñas en los suplementos culturales de los periódicos. Hubo nuevos reconocimientos públicos de lectores influyentes que alababan el relato… En fin, la editorial, confiada en que el éxito de ventas sería seguro, lanzó sin grandes aspavientos ni publicidad una segunda edición de veinticinco mil unidades. Y, con el tiempo, una tercera; luego, una cuarta…

Nicolás, cuando oía hablar de la novela en la radio o en la televisión, o leía una reseña en su diario de provincias, no cabía en sí de gozo. Estaba atento a que algún medio de comunicación la nombrara. No se saciaba de escuchar comentarios sobre el libro y sobre sí mismo, sabiéndose también protagonista de aquella historia. Le extrañaba que no le vinieran a entrevistar a su casa, aunque era un sentimiento contradictorio: sentía envidia por no participar en el banquete del éxito; pero consideraba que sería una molestia insoportable ver a Remigio aporreando la puerta con los periodistas detrás. ¡Bah, bah…! «Dejemos las cosas en su sitio», se decía el anciano, disfrutando, con una sonrisa conejil, de una dicha que en ningún momento provenía de las cantidades descomunales que la editorial transfería a su cuenta corriente. No se atrevió a decirles que no le pasaran más, que él no sabía cómo emplear el dinero.




El verano de nuevo vino y se fue. Nicolás regresó a sus costumbres veraniegas: se atrevía a dar paseos ayudado por sus bastones y se acercaba a saborear las deliciosas cañas que tan bien sabía tirar Receso. Quizá fuese el único vecino que percibió algún cambio en la vida agónica de Nicolás. Pero, si lo notó, con su inexpresividad característica, no lo demostró, como si las propinas que le dejaba el anciano no merecieran una mueca de alegría en su cara. Ni el propio Remigio se percató de nada; incluso daba la impresión de haberse olvidado del asunto. Esto también le dio que pensar: ya no le visitaban los periodistas ni la gente de la editorial, si bien estos últimos le abonaban religiosamente sus derechos de autor.

Aunque el éxito literario no decayó, la novela o la editorial, dependiendo de dónde vinieran los ataques, fueron objeto de polémica. Todo empezó cuando un catedrático de una añeja universidad publicó un estudio de la narrativa actual. Con esa capacidad de formular hipótesis que caracteriza a tan ilustres investigadores, sostuvo que el anonimato era ficticio y que se utilizaba como gancho publicitario. No aseguraba en ninguna línea de la reseña que la novela fuera mala, pero aquella afirmación la devaluaba. Según este catedrático, con tono autoritario y seguro, toda obra tiene un autor y hoy en día era imposible que surgiera una novela de estas características. Para él, el prólogo firmado por el hipotético descubridor —se refería a Nicolás— era falso. Es decir, los vericuetos del manuscrito rescatado de la basura por un salvador eran un recurso utilizado numerosas veces a lo largo de la historia de las letras y que, en la actualidad, ya no daba el pego. Continuaba asegurando que el autor del prólogo era también el mismo que el de la novela. Pero no desvelaba el nombre del anciano.

Por aquellos días de otoño, el asunto fue tema de conversación en las tertulias radiofónicas y televisivas. Ningún periodista dio con Nicolás. Los de la editorial seguían el juego, sin afirmar ni negar, sin identificar al anciano. Este solo temía que se fuera de la lengua Remigio, el portero. De momento, no se había ido; tal vez porque los de la editorial lo habían comprado, o simplemente porque a él lo único que le interesaba era el fútbol y que los ciclistas españoles ganaran etapas de montaña.

Como aves de presa, los periodistas oteaban buscando la verdad. Al no acompañarles la suerte, especularon que el candidato idóneo era el jovenzuelo cazatalentos de la editorial. Nicolás se alegró, como si se jactara de una venganza urdida por él. Lo imaginó acosado por los reporteros, cosiéndole a preguntas e insinuándole que era un desaprensivo por haber montado semejante engaño. El viejo estuvo a punto de contar la verdad. Por mucha sed de venganza que anidara, no deseaba el escarnio periodístico ni a su mayor enemigo. Sin embargo, al final desistió porque lo oyó en una entrevista radiofónica y no apreció el menor sufrimiento en él. Es más, hubiera dicho que disfrutaba poniendo de manifiesto su apasionado amor por la literatura. Además, sorteó con mucha elegancia la acusación de autoría, aportando razones muy convincentes. Repitió que la historia del prólogo era verídica, como lo era también su descubridor. Y añadió algo novedoso: cuando el original llegó a sus manos, él había tomado la iniciativa de no indagar quién era el autor. Podrían haberlo intentado perfectamente y con posibilidades de éxito, pero decidieron presentar la obra sin firma, omitiendo la vida y milagros del autor, ya que eso habría mermado su impacto. Como despedida, afirmó que nunca más volvería a arriesgar tanto: mucha había sido la responsabilidad, mas también mucha la satisfacción por haber contribuido a sacar a la luz un novelista magnífico.

Sin autor, el viejo Nicolás era el padre anónimo, el San José en sombras que ve cómo su hijo se convierte en Mesías. De Virgen María hacía el jovenzuelo: ¡que sufriera, que permaneciera al lado de la obra! Bibliotecario, bibliófilo, tú a tus libros, a tus estanterías... Vive feliz en tu rincón, a salvo de la lucha diaria.




Una de las tardes más heladoras del largo invierno, al abrir el buzón, le llamó la atención una carta. Pensó que era de la editorial, pero, al ver el membrete del INSERSO, le cruzó por la mente el temor de que le comunicaran la cancelación de su pensión debido a su abultada cuenta bancaria, suspendiéndola hasta que se le agotara el dinero. El disgusto no se le disipó hasta que abrió y leyó la misiva. Casi le dio un síncope. ¡Por Dios, por Dios! No se lo creía y eso que estaba convencido de estar bien despierto. «Reunido el jurado del concurso nacional de poesía convocado por este organismo, tengo el honor de comunicarle que sus poesías han quedado finalistas y, como tal, le corresponde un viaje gratis de quince días a cualquier punto de la geografía española…»

«¡Por fin! ¡El reconocimiento ha costado lo suyo!», fue la frase que, en voz baja, Nicolás no dejaba de repetir. Cuando menos lo esperaba, cuando casi había olvidado las veleidades literarias, se le otorgaba un galardón que tanto había anhelado. El premio, a decir verdad, no le hizo ni pizca de gracia. ¡Qué se le había perdido a él fuera de casa! Mas, acto seguido, la idea de que en Benidorm —había oído comentar— se ligaba bastante lo espabiló. Esta posibilidad le hizo ser prudente a la hora de negarse a aceptar el viaje, algo que se le pasó inmediatamente por la cabeza.

El alegrón mayor lo recibió, no cuando le notificaron el premio, sino cuando en un sobre de papel de estraza le llegó la revista editada por el INSERSO, en la que se publicaban dos poemas suyos. ¡Qué satisfecho se sentía de sí mismo! Al fin había logrado su sueño: ver en la imprenta algo escrito por él. Aunque más tarde fue atenuando ese triunfo. Había leído los poemas ganadores y, modestamente, llegó a la conclusión de que los suyos eran bastante mejores: no chorreaban babas ni ñoñeces. Era, más bien, un premio de consolación que no terminaba de convencerlo: verse leído por otros ancianos chochos no era su aspiración. Por otra parte, aquel vástago para la posteridad, como no cambiaran las tornas, se iba a quedar en esa insignificancia. Para colmo, la perpetuidad no se podía asegurar. Las revistas eran publicaciones caducas que, una vez leídas, acababan quemadas o en el cubo de la basura. Sin más remedio, su nombre tan solo sobreviviría en la inscripción de la cruz de su tumba.

No era Nicolás de los que se regodean en lo negativo. Al rato, buscaba lo positivo y lo disfrutaba. Podría haber sido mucho peor. ¡No te fastidia! Le habían publicado y le regalaban un viaje, que ya había decidido que sería a Benidorm. ¿Qué más podía desear?

La imaginación es casi siempre caprichosa y se inventa situaciones idílicas que poco tienen que ver con la realidad; de ahí las malas pasadas que suele jugarnos. Salió refunfuñando de la agencia de viajes. Sin saber muy bien por qué, Nicolás había imaginado que sería atendido como un marajá. Sin mencionar su éxito como vate de la vejez, sí había intuido que su sola presencia crearía una aureola de autoridad y reconocimiento. Sin embargo, se encontró con colas, apretujones, voces, recriminaciones, números de espera y preguntas indiscretas. No sabía cómo había sido capaz de soportar tanta humillación. Menos mal que, con la edad, la hoguera del orgullo se va apagando.

Con el nerviosismo de la partida, Nicolás olvidó pronto este mal trago. Surgieron nuevas incertidumbres que le minaban el ánimo: le entró temor a los compañeros desconocidos; no sabía qué ropa meter en la maleta, ni qué utensilios. Cualquier nimiedad que anticipaba de lo que serían esos días se convertía en un obstáculo que debía vencer para terminar de decidirse a ir.

El autobús lo recogió en una glorieta cercana. Junto a él subieron otras personas. El vehículo casi se completó con ellos. No se había acomodado bien cuando comprobó que Madrid se perdía en la monótona meseta. Todos hablaban sin parar. Una jaula de grillos, un gallinero alborotado, una cija de ovejas ateridas…: no acertaba Nicolás a encontrar el símil más ajustado a la algarabía en que viajaba. Ya había dicho su nombre —daban por seguro que era viudo— y sus achaques a varios vecinos, como él había oído los suyos. Los más avezados sabían cómo era el hotel y dónde se ubicaba, porque para ellos Benidorm era como una segunda residencia. Ni un guía turístico habría informado mejor de las movidas de la tercera edad. Antes de llegar, Nicolás se había hecho una idea de lo que serían esos días. No se relajó en ningún momento; el estómago lo tenía contraído y sentía náuseas: ¿quién le mandaría meterse en esta jarana? ¡Con lo a gustito que estaría en su casa!

No dijo a nadie que viajaba gratis al ser ganador de un premio; los demás habían echado mano de influencias para conseguir plaza. Se imaginaba lo que sucedería si se enteraban de su condición de juglar: se pondrían pesadísimos para que recitara.

Observó cómo las mujeres eran las más atrevidas. A él le tocó sufrir el acoso de dos. Nunca había pasado tanta vergüenza. Las picaronas no se cortaban: le pinchaban, le quitaban el periódico y no se lo daban, le hacían cosquillas, le tiraban pedacitos de pan, le hacían carantoñas, le agarraban mimosas del brazo, se recostaban en su hombro… Al ver que las rechazaba, se marcharon desairadas. Nicolás estaba en un estado de excitación nerviosa al límite. Se ganó fama de solitario y antipático. Menos mal que la guía lo salvó del linchamiento de miradas acusadoras y logró reconfortarlo.

Deseaba subir a su habitación y perderse. Fue otro deseo frustrado: la iniciativa individual no está contemplada en esos viajes. El grupo era el que mandaba. Dejaron los equipajes juntos en una esquina del vestíbulo. Los condujeron a un salón y se les agasajó con un recibimiento protocolario por parte del director del establecimiento, así como por la azafata, la encargada de animar el cotarro, término que también oyó repetir varias veces esos días.

Casi no les dio tiempo a deshacer las maletas ni relajarse. Esa misma tarde se había programado una gala de bienvenida, una fiesta por todo lo alto que se celebró en la discoteca, ubicada en los sótanos del hotel. Nicolás nunca había estado en ninguna. Su idea de esos lugares de diversión era la de unos antros infernales: ruido, estruendo, golpes, fogonazos, sombras, delirios… Les iluminaron la escalera de moqueta electrificante y psicodélica para evitar tropezones y caídas. Los responsables comentaron en plan jocoso que no era el primero que se dejaba las caderas rotas en sus escalones… Ya en el local, alguno de sus compañeros, cuando comenzó la música, se quejó de que hubiera tanta luz. El grupo, como manada de lobos, se abalanzó sobre la pista vacía, bailando con desenfreno las canciones más populares.

Nicolás fue tanteando con los brazos columnas, butacones, camareros y se retiró al rincón más alejado de esa hoguera de gritos. Se dejó caer exhausto. No se percató de que a su vera había una mujer con un manantial de luz limpia en su mirada. Se observaron unos instantes antes de cogerse de la mano. No tardaron en salir. Mientras escapaban de aquel infierno, Nicolás decidió que nunca más volvería a presentarse a un concurso literario y que esa era la primera y la última excursión de su vida.


14/05/26

CANTERO, CAPÍTULO II (Segunda parte)

 

De la bóveda celeste descendían sombras limpias que, al rozar la tierra, la relamían, y allí donde encontraban hueco, cantera, charco, piedra, chaparro o mata de berceas, anidaban. El espacio, el cielo, el aire, una vez que volcaba esas adherencias artificiales, mostraba un azul intenso de una profundidad ilimitada, acrecentada por los puntos estelares.

Cantero llegó al tajo con el tiempo justo de encontrar la herramienta esparcida por el suelo de rajos. Apartó los punteros votos, las uñetas romas y los colocó encima de la piedra inconclusa para sujetarlos con una goma extensible. El resto lo metió en un saco de plástico y los guardó en un montón de desperdicios. Echó pedruscos por encima del bulto para camuflarlo. En un bidón de gasolina lleno de agua metió el mallo, el porrillo y la bujarda… Los celtas o los vetones, se acordó ahora, trabajaban también el hierro de una forma excelente. Los forjados que se habían encontrado aún mantenían una calidad admirable, tanto en herramientas utilitarias, como en adornos, empuñaduras de espadas, fíbulas... De hecho, los romanos, cuando llegaron allí, con su sencilla y atrayente romanización, supieron aprovechar la buena disposición de aquellos bárbaros para el trabajo. Por supuesto, no opusieron ninguna resistencia a ese proceso que puso fin a su cultura, que no a su forma de vida y de ganarse el pan. Cantero especuló que los buenos herreros trabajarían para ellos forjando armas con las que vencieron los pocos focos rebeldes que mostraron la osadía de plantarles cara. A los canteros, se los llevarían para construir vías, puentes, acueductos, templos… Al resto, medio ganaderos, medio picapedreros, los instalarían a lo largo del río que atravesaba la llanura y construirían a intervalos regulares molinos de agua para transformar los cereales producidos. Así acabó su asentamiento y así se encontraba ahora… Cuando los romanos ya no necesitaron de ellos, los despidieron, y poco a poco regresaron a estos parajes y, aprendidos los hábitos ciudadanos, fundaron un nuevo poblado más cerca de la calzada romana. Así continuaban. De tiempo en tiempo, a la llamada de un mandato divino, han emigrado y construidos catedrales, iglesias y conventos y, cuando la orden ha sido humana, palacios, plazas y cruces victoriosas.

Trepó por el frente escalonado por donde avanzaba el corte. En lo más alto, volvió la vista a la cantera para comprobar que todo quedaba en orden. Observó el montón de material acumulado; en pocos días tendría completo un viaje. ¡Cuántos camiones habría llenado a lo largo de su vida! Millares de losas, adoquines, peldaños y bordillos. Había comenzado a trabajar después de acabar la escuela, pero los cantos habían sido su sonajero. Solo se había ausentado de ellos durante el breve periodo del servicio militar, en las caballerizas. Su vida había transcurrido en la cantera, excepto en los días más crudos del invierno. En la cantera al sol y al frío; en casa, sentado a la lumbre o refugiado en la umbría. A la capital solamente iba cuando necesitaba comprar lo que su madre no conseguía en el pueblo o a solventar trámites administrativos ineludibles. Eso sí, si había de sustituir la moto vieja, se recorría con detenimiento los concesionarios hasta hallar la que más le convenía. Cuando comenzaban a fallar, no lo pensaba dos veces y compraba una nueva, un modelo más moderno que el anterior. Las viejas nos las vendía, las iba alineando en el corral para que con el paso del tiempo se fueran desintegrando. Era uno de los pocos caprichos que se daba. El resto, todo lo que ganaba, lo ahorraba. La cartilla del banco tenía tanto dinero que ya hacía tiempo que no lo llevaba por cuenta. Si trabajaba, no era por ganar un sueldo o por el afán de acumular y acumular. Trabajo y dinero eran realidades inseparables: si trabajaba, ganaba dinero. Pero si el trabajo no implicara necesariamente remuneración, también trabajaría. Esto no quería decir que vendiera la piedra a cualquier precio, ni mucho menos. El valor de la piedra y, por ende, de su trabajo era una cuestión importantísima, pues suponía la dignificación de una actividad que de otra manera hubiera carecido de sentido y, por supuesto, habría sido inaceptable para él. Por eso, a pesar de no serle de utilidad el dinero conseguido con su trabajo, cuando llegaban temporadas en las que el precio de la piedra bajaba, se negaba a vender, mientras que otros canteros despachaban el material al primer contratante que llegara. Se resistía, no podía soportar esa situación tan injusta y calamitosa. Era como si su esfuerzo hubiera sido en balde. Prefería contemplar la cantera llena de piezas acabadas, aunque a veces le impidiera desenvolverse, antes que malvender su trabajo. ¡Que se pudra! ¡Que críe!, se decía atribuyendo cualidades propias de los seres vivos a la piedra inerte. Pese a su aislamiento y poca comunicación con los demás canteros, las referencias del precio del mercado eran fidedignas. El procedimiento para calcular el valor se fundamentaba en varios parámetros objetivos. El precio de los productos siempre subía, nunca bajaba. Bien lo sabía cuando tenía que comprar una moto nueva. El herrero, por otra parte, cada cierto tiempo subía el coste por afilar y arreglar la herramienta. Por último, se enteraba de que la vida era más cara por el precio que Lobete pagaba cada vez que iba a putas. Las mil pesetas de antes, fueron dos y, hacía ya un tiempo, tres mil.

Lobete era el único con el que mantenía alguna relación. Eran algo parientes y habían sido amigos de infancia. Siempre habían trabajado juntos en la misma cuadrilla hasta que cada uno abrió su propia cantera. La intensidad de su relación se había ido diluyendo a medida que la juventud se extinguía sin que en esta circunstancia hubiera mediado conflicto o roce alguno. Cada uno era para el otro un elemento más de la decoración de su vida, que, siempre presente, se va interiorizando hasta perder toda pizca de emoción. En cambio, sus respectivos perros se evitaban y recelaban el uno del otro, aunque nunca se enfrentaban ni se ladraban. De hecho, habían establecido un pacto según el cual, en sus tareas de vigilancia, cuando se acercaba algún extraño solo salía uno a enfrentarse y aullar, mientras el otro seguía acurrucado sin mover el rabo.

A pesar de todo, Lobete no era considerado tan introvertido ni tan extraño como Cantero. De hecho, era querido por muchos. Esta opinión favorable hacia su persona era en parte propiciada por su rostro afable. Su mirada y su expresión era ya la de los solterones resignados a su suerte. Sabía que su vida no cambiaría, que ya no encontraría una mujer, porque no quedaban en el pueblo. No había más que conformarse ante ese hecho irreparable, pero su resignación era aceptada, sin rencor hacia nadie. Era una situación natural: si no había mujeres, ¿cómo se las iba a desear? Era como si en esas tierras sus habitantes añoraran el mar. El amor era extraño y desconocido. Por eso su serenidad era más sincera, ya que provenía de la sabiduría que solo otorga la naturaleza a aquellos que saben acomodarse a sus normas. Quizá el oficio de cantero implicara necesariamente la soltería. Su tarea, el parto de la piedra, exigía un compromiso absoluto con ella. Se podía verificar que la proporción de canteros solteros era bastante superior a la de los casados y, además, eran ellos los que mejor trabajaban, como si la piedra, celosa, no se dejara moldear por manos que no se la entregaran por completo. No era una cuestión baladí ni propia de creencias esotéricas, sino que la piedra castigaba, a veces de forma brutal y vengativa, a aquellos que se atrevían a tocarla con sus manos impuras e incestuosas. Machucones, acero en el cuerpo, ojos tuertos y, sobre todo, silicosis. Al final siempre los casados terminaban comprendiendo las exigencias de la piedra y se veían obligados a decidir entre ella o su mujer. Cuando el amor a la esposa e hijos superaba al amor a la cantera, terminaban abandonando el oficio y emigrando en busca de trabajos no tan duros y menos comprometidos. A pesar de esta entrega de los canteros a su amada, no siempre le eran fieles. Eso le sucedía a Lobete. De vez en cuando tenía que ir de putas. Su entrega no era tan pura y casta como la de él. De todas maneras, las infidelidades eran secretas y escasas. Tomaba el tren al anochecer, escondido entre las piedras para que no lo viera nadie. La vuelta no se sabía con certeza cómo la realizaba, si en taxi o andando por el campo; nunca, en tal caso, por la carretera para que no lo recogieran los automóviles que regresaban al pueblo. También podía suceder que concertara con otros solteros su viaje en coche; no estaba seguro.

Al día siguiente de haber ido al prostíbulo, a la hora de almorzar, Lobete iba a visitarlo. Ascendía con lentitud la escombrera con el propósito de que Cantero lo viera, como si esperara su permiso para encontrarse con él. A fuerza de repetir siempre las mismas rutinas, había llegado a saber con antelación, mucho antes de que abriera la boca, cuál era el motivo que rompía su aislamiento. Los lunes por la mañana, al principio, una visita cada mes, y después, con el paso del tiempo, más espaciadas. Otro motivo para hollar la cantera del compañero era cuando se acercaba algún contratante a comprarles la piedra. En este caso, la visita era anunciada por el aullido de uno de los dos perros, por lo que también adivinaba la razón. Si se acercaba a su cantera un lunes a primera hora, Lobete exhibía una sonrisa que se extendía de oreja a oreja, sonrisa que el otro espiaba sin dirigirle directamente la mirada. En estas ocasiones, Cantero no dejaba de trabajar, lo hacía incluso con más ahínco. Ni lo saludaba ni lo despedía. A él no le importaban estos desplantes y su discurso era siempre parecido. «Vaya morena la de ayer. ¡Vaya furraco más espeso! Vaya qué tetas. Estaba como una yegua. Vaya si estaba buena. Tenías que ver qué señoritas. Unas señoritas cojonudas. Total, por tres mil pesetas. A ver si te animas. La que más te guste. Llegas…, con cualquiera. Todas buenas. Cojonudo. Todas cojonudas». Parecía como si este desahogo no viniera producido por la necesidad de comunicar esos momentos agradables, sino como si buscara prolongar una excitación que no concluiría hasta que volviera a su cantera y se masturbara recreando las sensaciones de la tarde anterior.

La masturbación era lo único que también le quedaba a él. Solo podía encontrar placer en su cuerpo. El objeto amoroso no existía ni en su imaginación. Su aislamiento y su obstinada negativa a contemplar a los demás habían borrado los contornos de la silueta femenina; incluso, era incapaz de recuperar la desvaída imagen de Andrea. La soledad no era el mejor medio para que la imaginación sexual pudiera desarrollarse, más bien se atrofiaba hasta perderse por completo. Masturbarse era una necesidad biológica en la que no entraba la excitación. Se convertía en un proceso mecánico y puntual, por lo que el placer venía más de la sensación de evacuación de unas excreciones que por las ansias de satisfacción propias. De todas formas, deseaba que esto terminara pronto, que no tuviera necesidad de meneársela. Sería otra de las muchas cosas que habría ido dejando atrás a lo largo de su vida: la confianza en los amigos, la falsedad de la comunicación, la diversión rutinaria y, por último, el amor a sí mismo.

Hubo un tiempo en el que se excitaba con una chica atractiva. No es que se hubiera enamorado, solo le gustaba y el recuerdo de su contorneado cuerpo despojado de ropas lo provocaba. Cerraba los ojos, a veces los apretaba como para retener ese cuerpo etéreo, y ahí empezaba y acababa todo. La imagen que se formaba era ya más producto de su imaginación que tomada del modelo real de la chica, pues la observación no había sido minuciosa, sino creada a partir de furtivas miradas a lo lejos o de visiones entrecortadas cuando se cruzaban en la calle, o realizadas desde el observatorio en penumbra del portal. Pero la muchacha abandonó el pueblo, se casó con un forastero y no regresó. Eso había sido todo. En esa admiración no buscaba la correspondencia. De sobra sabía que no quería nada de esa muchacha, solo su presencia etérea y esporádica para corroborar una imagen ya originada. Ella era la muñeca a la que revestía como deseaba por la noche, antes de dormirse. Pero nadie, ni su hermano y mucho menos ella, malició nada, porque nada hizo para originar suspicacias. Otros solterones no solo levantaban sospechas, sino que no tenían recato en mostrarlas, pues aún no había perdido la esperanza de juntarse con alguna. Se creían mozos aún con derecho a la compañía de una mujer, dispuestos a aprovechar cualquier oportunidad que se presentara. Esperaban la ocasión apropiada de forma tranquila, sin agobios. Confiaban en un azar que hasta el momento no había manifestado indicios de ser propicio. Si alguna mujer los fuera a buscar, soñaban ellos, tendrían la osadía de no responder con rapidez, no porque necesitaran pensar en los cambios que traerían a su vida y a su futuro, sino como gesto altivo particular de su orgullo. A veces, no les quedaba más remedio y tenían que humillarse y mostrar unos ímpetus que habitualmente ocultaban de manera decorosa. Estas manifestaciones —rondar o echar una enramada a alguna moza— eran una forma de comunicación no verbal con la que expresaban su desesperanza, porque ellos no se atrevían a dirigirse a ella para decirle te quiero, me quiero casar contigo. Otros solterones, incapaces de expresarse, ni siquiera por estos medios, explotaban, lloraban y rogaban en vano. Eran los que estaban más desvalidos; los que no tenían padres ni hermanas, los que vivían solos y necesitaban compañía y ayuda para lavar, limpiar, cocinar… Cuando alguno lograba contraer matrimonio, se mostraban tiernos y amorosos con sus mujeres, incluso sin guardar el pudor ante los demás vecinos.

CANTERO, CAPÍTULO I (Segunda parte)

 

El sol rayaba el horizonte en lontananza. Una ligera e intermitente brisa refrescaba la cara curtida y negra de Cantero. Era una sensación a destiempo que avivaba el desorden rítmico del golpeteo del porrillo sobre el puntero. La observaba ascender río arriba. Avanzaba con lentitud y a rachas sueltas. Primero notaba removerse un chaparro. Al poco, se agitaba otro y así hasta llegar a las berceas más cercanas para abofetear con descaro su rostro. Entonces su brazo golpeaba con más fuerza la piedra, con rabia. Cuando pasaba, con el brazo se secaba el sudor de su cara y se restregaba el polvo introducido en los ojos por el aire. Sin querer, y sin saber con exactitud si la causa era el escozor o la rabia incontenida, empezaba a lagrimear. Pero lejos de desahogarse con el frescor del viento, este acrecentaba su brío furioso y lo incitaba a aporrear de nuevo el bordillo. Era un malestar que no podía soportar, no por la desazón y por su repercusión en el ánimo, sino porque brotaba de su cuerpo una fuerza inhumana que no era capaz de encauzar y aprovechar en una tarea productiva… Pensó en la historia que había oído contar a Lobete sobre Álamo. «Después de estar todo el santo día en la cantera duro que te pego, cuando volvía a casa, al acabar de cenar y antes de acostarse, se iba al corral, cogía el mallo y se liaba a dar porrazos en un lanchar. Era la única forma posible de acostarse cansado». Temía llegar a eso, a no poder agotarse: siempre con fuerzas. A veces conseguía olvidar esos pensamientos, pero cuando lo rondaban, se transformaba en un caballo desbocado… Para colmo, ahora el desasosiego se aliaba con ese airecillo fresco que debería aliviar su sudor y que, sin embargo, era un vendaval que avivaba el fuego de su cabeza y rebosaba en los dedos que se adherían al mango igual que ventosas para producir movimientos incontrolados. Los pies empezaron a restregar y patalear los rajos esparcidos. Como no pudiera con esto romper sus espasmódicos movimientos ni sus pensamientos obsesivos, como jinete de un caballo desbocado que no encuentra otra solución que tirarse de la montura, pegó una fuerte patada al taller arrojando el bordillo al suelo para frustrar una dinámica interminable. Golpear, aporrillar, golpear, aporrillar. Así siempre; siempre, siempre… Se acordaba de esta palabra en boca de don Aureliano durante la catequesis que impartía a los niños cuando los preparaba para que tomaran la primera comunión. «Siempre, siempre, siempre… Los que morían en pecado mortal iban al infierno». Explicaba lo que era el infierno. «Un lugar siempre en llamas, siempre con calor». Añadía que al infierno se iba para toda la eternidad. Trataba de advertir lo que era la eternidad padeciendo ese tormento: «Siempre, siempre, siempre…, no un mes, ni un año, ni tan siquiera la vida de un hombre, es siempre, siempre, siempre…, no hay lugar para la esperanza, es para siempre…» Siempre golpeando, golpeando…; no lo podía soportar. Se veía condenado ya en esta vida. Su eternidad había comenzado hacía mucho tiempo y el tormento insufrible del que hablaba don Aureliano lo llevaba padeciendo desde siempre. Estaba condenado; condenado antes de haber muerto, sin posibilidad de confesión y arrepentimiento, actos muy recomendados por el sacerdote. «Confieso, padre, que no he vivido, que no he pecado, que estoy en el infierno. Padre, hay algo inconcebible, no he podido vivir, he nacido y vivido en el infierno. Esta cantera, este hoyo, es mi infierno, fue mi cuna y estoy vivo en mi tumba».

Tova, Sola, tova; quis, quis…

La perra, asustada por la estampida y el alboroto, tardó en reaccionar. Cuando comprobó que de verdad el que la llamaba era su amo, corrió solícita a sus pies, como si no hubiera estado dormida un instante antes. Con una palmada en la pierna, la perra se puso de pie y se apoyó en ella. Él la acarició con la mano, que Sola, a su vez lamió y relamió. Un cansancio repentino invadió todo su cuerpo, tal vez debido a la relajación provocada tras las zalamerías de Sola, que lo miraba fijamente a los ojos. Era curioso, nunca hasta ese momento se había dado cuenta de que no sabía mirar a nadie, solo a la perra. ¡Qué mirada la de Sola! Podía saltar, revolotear a su alrededor, sin embargo, nunca perdía el contacto con él.

No quería sucumbir a la zozobra anterior, que lo había dejado exhausto, aunque también más sosegado. Una súbita paz lo invadió a la vez que un cansancio reconfortante. De todas formas, esa idea regresó fugaz, pero con una precisión clara. Sí, nunca había mirado a ninguna persona. Lo cierto es que tampoco tenía muchas ocasiones para comunicarse, pero las pocas veces en que surgía una oportunidad, no solo no decía palabra, sino que no miraba a nadie, únicamente a Sola. ¿Y hablar…? La zozobra se esfumó y la sensación inmediata, tal vez paralela, pero más tardía en su manifestación, fue sentir la boca seca. La perra, quizá más viva que él, adivinó su intención y, antes de que estuviera erguido, se encaminó en silencio y veloz al manantial en su intento baldío y siempre persistente para saltar sobre la rana, ninfa vieja y resabida de la fuente de la Virgen. Esta nacía de la misma piedra, que no era de granito azul o rubio, sino una guija de unos tres o cuatro metros de cuarzo que atravesaba todo el término superficialmente. Manaba un hilillo imperceptible de un agua fresca en verano, por estar en una ladera a la umbría. En cambio, en invierno, al depositarse el líquido en una no muy profunda pila, el sol lo calentaba. En ella abrevaban también animales, sobre todo pájaros y conejos. Sola levantó uno. Lo siguieron con la vista, mientras subía la ladera. Después de saciar la sed, rastrearon su pista, no con la intención de cazarlo, sino para que la perra se entrenara de cara a la apertura de la veda que no tardaría en producirse. Era un gazapillo que halló una buena escombrera en un corte abandonado. Se entretuvo en desmontar el antiguo taller donde intuía se encontraba el cobijo. No quiso desbaratarlo por completo; comprendió que allí con seguridad había un vivar y no era cuestión de, por un ímpetu incontrolado, estropear un buen lugar para sorprender a los animales. Contempló el punto estratégico donde se podría situar para cortar el paso a los conejos y comprobó que, desde el frente de la antigua explotación, sería el sitio ideal para abatirlos, tanto con la fresca de la mañana, como al atardecer. Con idéntica rapidez con la que antes estuvo escarbando, echó rajos en el mismo sitio para dejarlo como se encontraba con el fin de que ningún cazador pudiera descubrir su vivar. De ahora en adelante lo controlaría en secreto cada tarde para confirmar sus sospechas. Sola, en cambio, llevada por su instinto, persistía en su empeño de encontrar la presa, pero, cuando comprobó que su amo se alejaba, bajando el rabo lo siguió resignada, acatando unas órdenes imprecisas y tácitas.

El sol se estaba ocultando, aunque aún persistía cierta claridad; sus rayos ya no calentaban la tierra, sino que apuntaban al cielo, hacia las primeras estrellas, que pugnaban por dibujar su estela en el firmamento azul. La luna había conseguido afianzar su voluptuosa silueta redonda, pero aún batallaba con afán para imponerse sobre los huérfanos astros que con timidez emitían un punto de luz.

De regreso a la cantera, su vista se dirigió hacia la presa, hacia ese pantano en construcción. La obra ya estaba a punto de concluirse. Su pared ovalada ascendía hasta la mitad de dos cerros de piedras y encinas. El color gris del cemento resaltaba con soberbia sobre el paraje pardo. ¡Eran los tiempos! Hacía unos años, en la cuenca del escuálido río, en el punto en el que se erigían antaño los mejores molinos, la vegetación había sido arrancada para construir con monstruosas máquinas la mastodóntica barrera que frenaría su débil caudal. En poco tiempo, desde allí hasta la zona baja de la dehesa todo quedaría inundado y surgiría un gran embalse. ¡Qué engañado había estado!, pensó. La vida, el mundo, le había parecido eterno e inmutable. Los cambios, si los había, se producían de forma lenta y casi imperceptibles. Sin embargo, de repente, observó los vertiginosos cambios que se estaban produciendo. A veces, era necesario apartarse a la orilla de la corriente del vivir para poder valorar las novedades que se habían ido incorporando a nuestra vida. Se acordó de sus motos. Tres habían pasado por sus manos, contando la que le regaló su tío Leónidas. Desde la primera Montesa hasta la actual Derbi, su mecánica era en apariencia idéntica, pero algunos elementos habían mejorado mucho. El arranque era uno de esos avances. A las anteriores había que arrancarlas con la pierna o a la carrera; en cambio, ahora incluían un dispositivo electrónico para ponerlas en funcionamiento. Y los frenos ya no eran de zapatas, sino de disco. Sí, las novedades se integran en nosotros de manera sencilla. Aparecen un buen día y al poco tiempo ya forman parte nuestro mundo. Lo mismo había sucedido con el pantano. Se comenzó hablando de la construcción, pero nadie prestó demasiada atención, dado el escepticismo propio de la tierra. Expropiaron los terrenos, arrasaron las encinas, destriparon las piedras hasta dejar el monte pelado. Abrieron caminos, trajeron maquinaria, levantaron enormes torres y grúas. Trabajaron dos años día y noche, y esa tarde se fijó y comprobó con perplejidad que ya estaba terminado: un colosal muro de ciento treinta metros de altura, y otros treinta de grosor. De la nada había salido esa mole inmensa, así como aparecía entonces. Con seguridad dentro de pocos años esa hondonada estaría llena de agua, habría peces, barcos y hasta se agarraría la niebla. «¡Tendré que cambiar de afición; me convertiré en un paciente pescador! No pasará nada; nunca ha pasado nada. Una mañana vendré a trabajar y me encontraré con que la orilla del pantano está rozando mi cantera».

Sola observaba a su amo y no llegaba a alcanzar las zozobras que pululaban en su cabeza, pero comprendía por su andar ensimismado y lento que algo le apesadumbraba sin atreverse a sacarlo de ese estado inconsciente en el que caminaba.

Al torcer la vista un poco a la izquierda del muro de hormigón, comprobó que este casi se juntaba con los restos de las paredes defensivas del Castro. Esas eran las murallas contemporáneas, reflexionó al descubrir por casualidad ese detalle. Las obras de hoy eran reflejo de las del pasado, aunque los fines fueran distintos. Esas murallas de cemento mantenían su carácter defensivo. ¿Contra quién? No lo sabía. No comprendía el fin de su construcción. Habría que regular el cauce de los ríos para un aprovechamiento mejor del agua. Siempre hubo mentes inteligentes que supieron lo que hacían, lo dispusieron y lo mandaron realizar sin necesidad ni obligación de rendir cuentas de su quehacer. Siempre había sido así.

Había leído un libro, durante las largas y frías noches de un invierno lejano, cuando no le quedaba más remedio que permanecer en casa, bien porque las tardes eran más cortas, bien porque el mismo tiempo no permitía abandonar el calor de la lumbre, que trataba sobre los celtas y, en concreto, de los que habitaron en El Castro. Lo empezó a hojear y a leer por tedio. Los restos del poblado habían estado allí toda la vida y seguramente no se hubieran mantenido hasta el presente, si no hubieran llegado unos señores que colocaron unas tablillas en todo su perímetro con los siguientes mensajes, uno: «CASTRO CELTA. SIGLO VI AL II A. D. CR. RESPETAD EL LENGUAJE DE LAS PIEDRAS» y, otro: «PROHIBIDO CORTAR PIEDRA». También contrataron un guarda para imponer el orden. A los canteros que tenían el corte por las inmediaciones, después de una tremenda reprimenda y bajo amenaza de multa, los expulsaron. Avergonzados, no solo los que trabajaban en esos parajes, sino también casi todos los vecinos del pueblo, en expiación de su culpa y su poca cultura, abandonaron para siempre el lugar, optando, incluso en época de caza, por no aventurarse por esa zona. Los únicos que camparon a sus anchas a partir de entonces fueron los burros del guarda… Más tarde, la gente observó desde las canteras que aparecían por allí visitantes esporádicos, algunos de los cuales se habían desplazado en coches con matrículas extranjeras: viejos profesores de historia, curiosos de la ciudad y hasta jóvenes estudiantes del propio pueblo. Con motivo de la construcción de la presa, las visitas habían aumentado. Ahora venía sobre todo gente importante. También la televisión regional que, al tiempo que mostraba el estado de las obras, dirigía la cámara distraídamente, con un plano muy general, al conjunto de piedras que se sospechaba eran los restos arqueológicos del poblado, aunque, por la duración de las imágenes, era de suponer que el operario no se terminaba de creer que aquello fuera lo que todo el mundo decía, un castro.

En los dos últimos años y sobre todo durante el verano, se presentaron varios grupos universitarios que, bajo la dirección de arqueólogos calvos de largas barbas, removieron lo poco que quedaba sin excavar. Se notaba que había urgencia. El tiempo apremiaba ante la inundación que se produciría de inmediato. Era necesario completar los estudios de la zona que iba a desaparecer sumergida bajo las aguas. Pues bien, con la misma sumisa resignación con que entonces los canteros abandonaron el lugar ante la próxima inundación, los mandamases ordenaron el desescombro. Ya carecían de importancia los restos. Solo eran cuatro piedras que no pintaban nada. Y así se lo hicieron ver a los canteros a los que autorizaron, mientras duraran las obras, a cortar y, además, gratis, toda la piedra que los viniera en gana y esto, casi con apremio, como si fuera una tarea que deberían haber acometido desde hacía tiempo: ¡así era la vida! Y así eran ellos…

De todas formas sabía, por lo leído en el libro, que no fueron celtas los que habitaron allí, sino vetones; por lo menos, así denominaba el libro a los pueblos que habían vivido en el centro peninsular. Su origen era una mezcla de gentes procedentes de las invasiones germanas y de la población aborigen, es decir, los íberos. Los vetones, según coligió de su atenta lectura, una vez imantado al libro por una curiosidad no controlada, se dedicaban a la ganadería. Él, en sus indagaciones posteriores, había descubierto numerosas corralizas esparcidas por todos los alrededores que, con seguridad, habrían servido para recoger el ganado al medio día durante los veranos, cuando apretara más el calor. Por lo visto, no debieron ser muy ricos; tendrían lo justo para sobrevivir. Esto lo habían deducido los estudiosos a partir de los sepulcros descubiertos en la necrópolis, en la que habían identificado seiscientas tumbas. No enterraban a los muertos, sino que los incineraban y las cenizas las introducían en vasijas de barro, junto a pertenencias del difunto. Por estos objetos tan simples, habitualmente, una hoz, una maza, un cuchillo en el caso de ser hombre, o una fíbula, o cualquier adorno, si era mujer, dedujeron que no les iba muy allá. Sin embargo, encontraron otras vasijas, no muy numerosas en proporción, que contenían objetos más valiosos, sobre todo, armas profusamente adornadas… Estos restos debían haber pertenecido a los guerreros, los encargados de la custodia del poblado y de defender los intereses comunes. Algunos aventuraban la hipótesis de que fueran también salteadores que robaran el grano que podían a los agricultores de la llanura próxima. Y, ciertamente, pensaba él, esto pudiera haber sucedido así, ya que las tierras cercanas no eran muy aptas para la agricultura, por estar llenas de piedras. Lo seguro era que grano tenían, puesto que por allí aparecieron muchísimas ruedas de molino, así que de algún modo conseguirían el cereal. Por otra parte, el ganado algo tendría que comer para poder sobrevivir pues, a pesar del abundante pasto, este no era un alimento completo.

En el libro había una fotografía aérea en la que se podía ver la distribución urbanística del poblado. Una muralla defensiva bastante gruesa rodeaba todos los recodos del terreno. Había dos puertas: una, para las personas, y otra, para el ganado. La defensa del recinto se completaba con piedras clavadas en el suelo, con el propósito de dificultar el avance de los enemigos. Dentro del poblado, había una parte destinada a las casas de la gente y la otra, a cercados para el ganado. Existían también varios verracos, esparcidos dentro y fuera del terreno acotado. Estaban tallados en piedra de forma bastante tosca, sin perfiles definidos. Existían muchos. Parece ser que los esculpían para favorecer su ganadería o para que la caza fuera propicia. Los canteros actuales seguían esculpiendo verracos y nadie sabría explicar por qué razones lo hacían. Quizá fuera la única veleidad artística que les quedara después de realizar una labor repetitiva durante toda su vida.

La cuestión de los verracos había sido la única causa conocida capaz de unir a sus ascendientes. Él no la había vivido, pero había oído contar una vez esa historia con desgana, como si aquello hubiera sido un espejismo o la manifestación de una personalidad colectiva de la que todos se hubieran arrepentido y sobre la que hubieran echado una losa para que no transcendiera ni quedara registrada en los anales de la historia local. Cuando descubrieron el castro, lo que más llamó la atención de los estudiosos fue la abundancia de estos animales pétreos, que denominaron toros, marranos, perros y que allí en el pueblo se conocían como verracos. Eran animales de cuatro patas, pero difíciles de identificar. Los únicos rasgos bien definidos que mostraban eran los cuernos y los órganos sexuales de un macho, a veces labrados con exageración. Lo primero que expoliaron fueron estas esculturas, que trasladaron a la capital provincial unas, y otras al Museo Arqueológico de Madrid. Fueron colocadas en jardines, en plazas, puertas de las iglesias... Los paisanos del pueblo, con su indiferencia secular, nunca habían prestado atención a estos pedruscos, y menos confiado en sus poderes mágicos, pero llevados por su amor propio, se opusieron a tal saqueo de forma colectiva y violenta. Mandaron contra ellos a las fuerzas del orden para que el traslado se pudiera seguir realizando. Debió ser tanta la ignominia y el desprecio que sintieron, que, de pura rabia, al mejor verraco, al más grande, al más hermoso, el que se encontraba en la puerta principal del recinto, el último que faltaba de llevarse, le proporcionaron un golpe seco de mallo en medio del lomo partiéndolo en dos. Allí continuaban aún los dos trozos, confundidos con las piedras caídas de la muralla.




El ladrón de libros

  Madrid en agosto está desierto. Las calles, con sus árboles al atardecer, conceden una sombra plácida al paseante. La circulación transcur...