12/07/26

BOSTON 19,25

 

La ciudad se agita como un animal a punto de morir. Por sus calles, borbotean sus habitantes, arropados con abrigos superpuestos para aliviar las temperaturas gélidas. El cielo opaco parece a punto de aplastar los edificios apagados. El humo de los fuegos repartidos por doquier en las aceras está en suspensión, como ropa andrajosa entre las fachadas. El silencio reina a consecuencia del agotamiento de sus habitantes. Ha sido demasiado tiempo pasando hambre y no queda la última esperanza del grito y de la maldición, solo el silencio adocenado como norma aceptada por todos. No hay nada que decir, sino hacer, si se puede; si no, lo mejor es permanecer lo más arrimado posible a uno de los fuegos para no morir de frío.

Marx atraviesa las arterias adormecidas intentando llegar a su bloque de viviendas. Avanza a buen ritmo sorteando las fogatas y los grupos repartidos alrededor. Lleva motivos para albergar una ilusión y el tiempo es fundamental para conseguir lo que se ha propuesto. De momento, porta una bolsa de plástico blanca, que transparenta la sangre fresca de una liebre. Necesita llegar a casa cuanto antes para saciar el apetito. Se recrea imaginando su preparación: aprovechará los últimos gramos de arroz y los añadirá al rehogado de la carne sin lavar para que la sangre dé sabor al cereal. Invitará a su amigo Ton, ya que este será su último festín en la ciudad. Cuando sacie el hambre y se despida de su antiguo compañero de taller, intentará salir, más bien, huir de esa ciudad asediada por las inclemencias de un cielo castigador. No hay ningún motivo para permanecer. Si tiene que morir prefiere hacerlo buscando una esperanza.

Su marcha se acelera al acercarse a su destino. Deja las avenidas grandes y se adentra en las cuadrículas de manzanas más pequeñas. Las calles son más estrechas y las aceras, diminutas, en esa ciudad caótica. El olor a sangre de animal endulza el ambiente. Pronto descubrirá su procedencia. En un callejón sin salida cuelgan de travesaños encastrados en las fachadas una colección de animales desollados. Parecen cerdos pequeños, pero cuando observa la piel peluda a punto de sacarla por el morro de uno de ellos, comprueba que son jabalíes. Se detiene y se adentra en ese matadero improvisado, donde las gentes se afanan en extraer las vísceras malolientes. Un pequeño reguero evacua lentamente la sangre que chorrea de los cuerpos colgados. Solo observa el espectáculo de la carne caliente, de los vahos que se desprenden y de la suavidad de los humores que rodean los órganos internos y los destellos de las mantecas. Mira cada uno de esos animales y el brillo en los ojos de sus descuartizadores. Compara la liebre ensangrentada que porta en la bolsa y la abundancia de magro, y se siente pequeño, desvalido. No es envidia, es incomprensión de una realidad desigual: unos se van a dejar morir lentamente acurrucados al lado de una hoguera que cesará de arder cuando ya no haya más madera que arrojar; otros, como los moradores de ese callejón, se lanzan en busca de lo que sea con tal de llevarse algo a la boca. Él no es como ninguno de ellos. Quiere huir y va a aprovechar ahora que ha conseguido esa larga y delgada liebre para saciar el hambre.

A escasos metros del portal, comprueba que las ventanas se iluminan. No solo es en su edificio, hay algunos más en los que ha vuelto la luz eléctrica. Sin embargo, la corriente va y viene. Al entrar en el vestíbulo de su bloque de apartamentos, se fija en la bombilla amarilla del cuarto del portero que pende iluminando un espacio vacío. Mira alrededor a ver si encuentra al empleado. Al no verlo se dirige al ascensor. Abre la puerta y antes de introducirse, aparece el hombre y se cuela en el habitáculo como si se hubiera transformado en una lombriz que saliera del suelo. Le dice a Marx que solo va al primer piso y que rápidamente puede utilizarlo él. Se queda con la boca abierta por su descaro. Se lamenta de haber perdido la ocasión de comunicarle que abandonará su apartamento y que a lo largo del día le entregará la llave. Al instante reflexiona que era una formalidad absurda dados los acontecimientos extraordinarios que viven. El ascensor vuelve al portal y cuando Marx se dispone a entrar, se adelanta un hombre mayor y los dos se quedan atascados en el marco de la puerta. Ambos se enfrentan. Marx espera que el viejo se disculpe; él era el que estaba primero, pero no lo hace y lo mira mal, como si él fuera un joven irrespetuoso. Se trata de un hombretón, con mal jetuño, que le saca más de una cabeza, pero Marx no se amilana. Los dos terminan entrando al mismo tiempo en la cabina. Se deben apretar para que quepa la que parece su señora, que tiene cara también de mal humor. Consiguen acomodarse y cerrar la puerta. Marx se dirige al cuarto piso; ellos han presionado el botón del sexto. Se alegra de bajarse primero y no compartir planta con unas personas tan desagradables y mal educadas. Sale sin bloquear la puerta del ascensor, para que sean ellos los que se molesten en cerrarla.

El pasillo largo que conduce hasta su apartamento termina en un ventanal por el que aparenta colarse una claridad más intensa que la que había en la calle. Marx se pregunta si será un síntoma de que las condiciones atmosféricas están a punto de cambiar, pero, a medida que se acerca al final, comprueba que es una falsa percepción. A esa altura el cielo sigue siendo exactamente igual de turbio que en la superficie.

En su apartamento siente el mismo frío que en el exterior, por lo que no se quita uno de sus abrigos. Se frota las manos para entrar en calor, también para darse ánimos en el momento en que comienza a cocinar. Espera que el combustible que le queda sea suficiente para terminar la cocción del guisado. Pone agua en la cazuela para que se vaya calentando, mientras trocea la pieza. Termina con las manos manchadas y el suelo con gotas de sangre que siguen cayendo de la liebre. Cuando el guiso comienza a cocer, decide salir en busca de su amigo. Ton vive en la misma planta, pero a la otra punta del edificio circular. No quiere dejar sola su vivienda mucho tiempo, no sea que alguien, guiado por el olor, entre a apropiarse de la comida. Antes de echar a correr, comprueba que la luz que se cuela por la ventana ha disminuido con respecto hacía unos instantes. Pese a no ser más de la una de la tarde, parece que está a punto de anochecer. La luz eléctrica se ha vuelto a ir, por lo que parte del recorrido lo hace casi a oscuras. Golpea la puerta de Ton. Le tranquiliza diciéndole que es él, Marx. Le oye cómo arrastra los pies. Comprueba por la mirilla que se trata de su amigo. Le abre la puerta. Los dos se abrazan sin decirse nada. Al verlo con un solo jersey gordo, Marx se percata de que estaba acostado en la cama. La bola de mantas y abrigos es una pesada lápida en la que Ton se ha enterrado antes de dejar de respirar. Ya no espera nada, pero Marx le insufla ánimo. Ha conseguido carne y aún hay tiempo para luchar. Él lo va a intentar, no piensa quedarse en Boston a que un milagro les devuelva la ilusión y el deseo de vivir. Él quiere ser el promotor de su propia salvación. Le anima a que se una a él, que los dos, como hermanos, busquen una salida. Ton lo escucha y envidia la desconocida energía de su amigo, pero él ya está en un estado de postración y apatía que le impide valorar la vida. No le importa dejarse ir lentamente. No tiene prisa por que la muerte se retrase, por eso acepta la invitación de Marx a trasladarse a su vivienda. No cree que pueda comer ese guiso de carne dura y salvaje, pero acompañará a su amigo antes de que los dos se separen.

Marx se ha propuesto que esa comida no solo sea para saciar el hambre de ambos, quiere que sea una celebración para conmemorar el comienzo de su salvación: pueden salir de la ciudad, si se lo proponen. Ton le deja que se ilusione; sabe que, si su amigo está seguro de que los dos emprenderán la huida, es más probable que él consiga salvarse. Mientras, Marx dispone dos platos y cubiertos sobre la mesa y arrima sillas para disfrutar de la comida relajadamente. ¡Cuánto hace que no se deleita con una comida sentado! Por eso, aunque el guiso sea sencillo, quiere que su degustación sea una invitación a volver a las buenas maneras a la hora de comer. Le sirve a Marx un plato caldoso con arroz y las piezas de carne más jugosas y espera a que lo pruebe antes que él. Su colega, con asco a cualquier bocado, intenta complacerlo. Sorbe un poco de caldo. Contra todo pronóstico no le desagrada. Marx parte una de las patas para comprobar cómo ha quedado la carne. Como supone, está dura. La liebre necesita mucha cocción, pero no hay tiempo para postergar el hambre ni la partida. Anima a Ton, mas su amigo no es capaz de triturar el amasijo fibroso que ha extraído de una costilla. Para no decepcionarlo, intenta masticar los granos de arroz. Marx recoge los suyos del plato y de la cazuela para que, por lo menos, coma el cereal.

Al ver la inapetencia de su compañero, Marx olvida el hambre y deja en la cazuela más de la mitad del guiso. Pese a casi a no haber comido, mete prisa a Ton para que recoja de su apartamento lo más preciso y salir aún que había una tibia luz. No puede, le gustaría acompañarlo, pero ya no le quedan fuerzas y desea disfrutar de la calma serena con la que espera el final. No puede ser, le desafía Marx; tienes que realizar un último esfuerzo. Pero Ton solo camina hasta llegar a su apartamento. Marx lo acompaña y lleva en jarras la cazuela con los restos de liebre para que su amigo pueda comer si se arrepiente y es capaz de salir de su desfallecimiento. Los dos se abrazan. No será por última vez, le promete Marx. Ton acepta la propuesta para insuflarle fuerzas y sea capaz de huir.

Tan solo ha tomado las prendas de abrigo y una navaja antes de abandonar su apartamento. Baja de prisa las escaleras. El hall está a oscuras. Llama al portero para entregarle las llaves, pero nadie responde. Se acerca despacio a su habitáculo. Tiene la puerta abierta; vuelve a pronunciar su nombre. Al no aparecer nadie, deja sobre su mesa las llaves.

Vagamente había ideado un plan de fuga alternativo al que suponía realizaría la mayoría de los que querían escapar. No saldría por alguna de las carreteras que partían de la ciudad. Su plan era buscar una vía de tren y huir siguiendo los raíles. No tiene idea de por qué esta opción es mejor que la de ir por alguna carretera, pero su determinación es firme.

Anda por una ciudad interminable. No se atreve a preguntar para que le orienten, no sea que quisieran saber los motivos por los cuales se encamina allí. Hasta ese momento no había visto cadáveres, pero en esos aledaños encuentra cuerpos abandonados que nadie se molesta en retirar. Ese olor pútrido le impele a alejarse y a acelerar el paso. Al divisar las primeras señales de los descampados, siente alivio. Y pronto da con las vías. Cuando está sobre las traviesas, en el medio de ese camino férreo, mira a uno y otro lado. Detrás queda Boston, al que ya no ve, porque la masa polar lo está a punto de devorar; de frente, un horizonte negro que no puede vislumbrar. En el medio, él. Por primera vez siente la compañía despiadada del pánico. No es nada perdido en la oscuridad, enfilándose a un destino incierto, pero debe comenzar a caminar. Antes de ponerse en marcha, siente también una fatiga que hasta el momento lo había engañado, creyendo que sus fuerzas estaban intactas. El desaliento se manifiesta en la sequedad de su boca y labios, pese a la pegajosa niebla. Se sienta e inclina la cabeza hasta tocar con la oreja el helado acero. Esté inerte. No transmite ninguna vibración que denote la marcha de algún convoy. De pie, comienza el viaje. Para asegurarse de que no se despeña, camina por el medio de los dos raíles, procurando que su ritmo se adapte a la distancia entre los maderos a los que están ancladas las largas barras de hierro. Su caminar es titubeante porque esa frecuencia no se amolda a su paso natural, lo que le supone una concentración que lo irrita. Avanza con la sensación de que la distancia que recorre es muy pequeña.

No vislumbra nada a ambos lados. Solo oye el tenue rumor de una corriente de agua, por lo que supone que se halla atravesando un puente. No quiere confirmarlo, no vaya a precipitarse al vacío. De vez en cuando, se detiene un instante y se sienta en un raíl. Antes de incorporarse testa el hierro frío con su oído, pero no hay indicio de que se aproxime una locomotora. Cada paso que da es producto de un esfuerzo que lastra las reservas de energía, pero no puede detenerse ni echarse a reparar el sueño, que cada vez resulta más irresistible. Solo cuando un amanecer tardío ilumina tenuemente las cercanías, desciende del terraplén en busca de un abrigo donde cobijarse para dormir.

Se acurruca para mantener el calor y consigue dormir un rato, pero el entumicimiento de brazos y piernas le produce un dolor que lo despierta. Se estira. La iluminación aparenta ser más intensa, mas, después de unos instantes, se convence de que no difiere a la de días pasados: una minúscula luz que desorienta en el espacio y en el tiempo. Supone que debe haber entrado bien la mañana, pero no lo puede confirmar.

De nuevo asciende el terraplén hasta alcanzar la plataforma artificial por donde transcurre el trazado ferroviario y reanuda la marcha. No lleva mucho tiempo caminando cuando se detiene de repente. ¿En qué dirección avanza? ¿Se aleja de Boston o retrocede al punto de partida? No está seguro de que cada uno de sus pasos le conduza a un anhelado destino en el que el sol brille. La línea es por completo llana; no recuerda ningún detalle paisajístico que identifique, en el supuesto de que retrocediera. Solo el breve rumor de una corriente de agua. Si bien, duda de que su sentido del oído no le hubiera jugado una mala pasada y fuera fruto de su imaginación. Considerando la cuestión con objetividad, era bastante infundada la sospecha de que el agua corriese y no estuviera todo el curso helado.

Reanuda la marcha, ya sin la ilusión de saber que huye. Solo confía en la buena suerte, pero su ánimo no le confirma que esta esté de su lado.

El hambre gatea en su estómago causándole pinchazos dolorosos. No se detiene creyendo que el movimiento consigue mecer ese animal que lo devoraba por dentro. Con todo, lo peor es la sed. Da bocados al aire tratando de tragar esa humedad gélida que lo presiona, pero solo consigue meter una corriente cortante que lo hincha.

Camina, camina… Intenta distraerse para aliviar sus penurias: las fantasías placenteras no logran plasmarse en sus pensamientos; tampoco las desgracias y el sufrimiento que ha dejado en la ciudad. Solo ese presente tortuoso que encarcela su imaginación.

Camina, camina… Ha logrado transmitir esa orden a sus piernas y estas obedecen igual que el animal cegado que sigue moviéndose alrededor de la noria. No es capaz de detenerse, aunque quiera. Sus pies siguen atravesando maderos, esquivando los cantos salientes sobre los que se asienta el trazado de raíles y traviesas.

Camina, camina… Con la cabeza caída, mirando ese burdo mosaico caótico de piedras y desperdicios tirados por los viajeros por la ventanilla de los vagones, o por los propios operarios de la compañía ferroviaria. Ese puzle informe se difumina poco a poco, y entonces levanta la mirada. El cielo ennegrece y se asemeja a ese negro azulado de los raíles, de los restos de carbón que también se encuentran esparcidos por la ancha senda férrea. Pero continúa, no puede parar hasta llegar a algún sitio.

Ya, a oscuras por completo, cree percibir un muro a uno de los lados. Lo inspecciona y grita no de alegría, sino de desesperación. Ha logrado llegar a una estación. Asciende al andén y mira a uno y otro lado. No hay nadie. Con mucha dificultad, palpando las paredes del edificio va avanzando hasta llegar a un vano grande. Supone que esa es la puerta de acceso al vestíbulo, pero en él no hay nadie. De repente, un tictac le hace levantar la vista. Se trata del gran reloj central; marca las 19,25. Se dirige a las vías y se da media vuelta. Acercándose un poco, con mucho esfuerzo, deletrea en el panel de azulejos amarillos el nombre en azul de BOSTON.

Se deja caer. La fatiga se duplica al saber que su esfuerzo por salir de la ciudad ha sido baldío. Sentado, con la espalda apoyada en la pared, mira al abismo neblinoso que lo succiona. Necesita ser consciente del aplomo de su cuerpo sobre el frío suelo para no dejarse ir. Cansancio, sueño, desánimo, todo lo aplasta e intenta no tenderse, porque es consciente de que como ceda, ya nunca más se levantará y será uno más de esos despojos humanos repartidos por las aceras o en los círculos alrededor de los fuegos extintos. Pero sus ojos no hallan un punto fijo donde posar la mirada, solo la etérea niebla pegajosa.

No se percata de la presencia de alguien que lo observa hasta que se sitúa delante. Intenta averiguar de quién se trata por los rasgos de su cara, pero le es imposible. Un bozo le cubre el rostro y los ojos se ocultan detrás de un parpadeo constante. Comprobando su anquilosamiento, se le pasa por la cabeza que crea que está muerto. Le agarra del pantalón.

Me llamo Marx. ¿Quién eres tú?

Tarda en responder y cree que imposta la voz, o que le cuesta desentumecer las cuerdas vocales, pues le sale una voz más grave de lo que corresponde al talle y perfil afeminado de su cabeza.

Andreas.

Y se agacha hasta aproximar su cara a la de Marx, como si intuyera que su voz no le llegaba diáfana a sus oídos. Le pasa la mano por el rostro. Con los dedos va reconociendo sus ojos, nariz, labios, orejas.

¿Cómo has llegado hasta aquí? No te he visto entrar. Solo he escuchado tus gemidos desesperados.

Marx le señala las vías.

¿Qué vienes a buscar a Boston?

Marx se echa a llorar en ese momento.

Huía de la ciudad y el destino me ha conducido de nuevo a ella.

Andreas se separa y llega al límite del andén y pierde la mirada por ambos lados de la vía. Anhela con poca fe la entrada de un tren que lo saque de esa ciudad sitiada por el frío caliginoso que ahoga a todos y congela sin piedad cualquier atisbo de vida. Andreas y Marx son extraños supervivientes.

¿Y tú? —quiere saber Marx.

¿Yo? No sé dónde voy. Solo quiero huir como tú, pero no hay esperanza.

Marx no tiene fuerzas para consolar a Andreas. A ninguno de los dos les sobra la compasión, mas son conscientes de que se necesitan.

¿Te puedes incorporar?

Sin responder, Marx apoya en el suelo una mano para soportar el peso de su cuerpo y retorciéndose consigue erguirse. Andreas le sujeta por un brazo para ayudarlo a mantener el equilibrio.

No podemos quedarnos aquí —le conmina Andreas.

Con pasos lentos y arrastrados, salen del vestíbulo. La noche les infunde la sensación de que la niebla ha disminuido, pero la falta de un resplandor supone avanzar a oscuras por completo. Ambos sitúan por delante una de las manos para detectar los obstáculos.

¿A dónde nos dirigimos? —quiere saber Marx.

Llegamos enseguida.

Andreas empuja una puerta metálica ancha. Una rampa no muy pronunciada conduce a lo que parece un sótano. La poca luz del exterior se extingue cuando descienden unos metros. Marx no teme que su acompañante le cause ningún mal; Andreas sabe que al que conduce a su refugio no le sobran fuerzas para atentar contra su persona. Son seres indefensos. Ninguno es consciente de los motivos por los que ambos confían en el otro. No hay nadie más en la ciudad de Boston donde encontrar ayuda o simplemente compañía. Habrá más gente en sus mismas condiciones, pero probablemente estén solas, aisladas en su zona de seguridad, sin querer que otro se aproxime a ellos.

Se detienen y Andreas abre la puerta de un automóvil.

Ten cuidado; levanta la pierna para subir.

Marx obedece las indicaciones. Cuando Andreas está dentro, cierra y echa un pestillo que parece servir para bloquear la puerta impidiendo que nadie pueda entrar.

Tenemos que dormir —le urge Andreas.

Los dos se tumban hasta quedar pegados sus cuerpos. Andreas tiende una prenda que parece una manta, ya que les tapa los pies.

¿Cómo has sobrevivido? —quiere saber Marx antes de que el agotamiento lo rinda.

Con nueces, pero las existencias se acabaron hoy por la mañana, cuando me comí la última. Encontré en esta furgoneta un saco lleno y con ella llevo sobreviviendo durante más de dos meses. Solo alimentándome con este fruto seco.

Me hubiera gustado una nuez en estos momentos… ¡Cuánto daría por una nuez!

Andreas se gira hasta ponerse de lado y abraza el cuerpo de su compañero. Como si tuviera más calor que él, intenta transferirle la temperatura que le sobra.

Cuando Marx despierta, supone que tiene que ser de día. Andreas ha permanecido abrazado a él durante todo el tiempo. Teme separarse, porque el dulce confort que los dos se proporcionan desaparecerá de inmediato. Se rebulle despacio hasta que su acompañante comienza desperezarse. Su sueño ha sido reparador y tranquilo, sin las pesadillas que últimamente acuden a atormentarlo. No se hace a la idea de en qué parte de la ciudad se hallan, pero intuye que allí, junto a Andreas, no habrá demasiadas oportunidades de salvarse. Así se lo dice cuando se ha despejado. Le propone que lo acompañe a su antiguo apartamento. No existe una razón clara de por qué debe regresar allí. Lo único que ronda en su mente es Ton y los restos de liebre que con seguridad su amigo no habría sido capaz de consumir. Por otra parte, aunque las esperanzas de que algún atisbo de vida esté surgiendo en las entrañas de la ciudad son pocas, quiere explorar esa posibilidad. Anima a Andreas a seguirlo. No se opone. No tiene nada que lo retenga allí, no siendo ese refugio seguro, pero ya sin víveres. Además la salida de la ciudad en tren era improbable, después de semanas sin circulación. No podía pasarse la jornada deambulando por el andén esperando un convoy.

Se llevan la manta con la que se han arropado. Nada más. Esas son todas las pertenencias de Andreas.

¿No tienes agua potable? —le pregunta Marx.

Espero que algo quede.

Los dos, evitando los pilares de hormigón del garaje, llegan a un grifo cuya tubería está sujeta a la pared con abrazaderas. No hay mucho caudal, pero mana un chorro del que beben hasta saciar la sed. No sienten el hambre, sin embargo, echan de menos el agua. Beben otro trago, conscientes de que pasarán horas hasta que de nuevo hallen otra fuente.

Una lejana claridad por occidente se devana por abrirse paso en esa masa gelatinosa de niebla fría. Los ojos se acostumbran después de unos minutos a distinguir las calles y los edificios. Están desorientados, pero Marx confía en que finalmente hallará el modo de guiarse. Miran a todos lados con inquietud. Es improbable que alguien los pueda sorprender con el ánimo de asaltarlos, pero este temor no desaparece. Es una manera de estar vigilantes. Caminan sin hablar y, si se dicen algo, lo hacen en voz baja por precaución.

No tarda Marx en hallar una arteria reconocible. Sin estar por completo seguro, se determina a seguir una dirección. No sabe cuánto tiempo tardará en dar con su edificio de apartamentos, pero tiene la certeza de que lo encontrará. Ninguno de los dos se detiene a examinar los cuerpos tendidos ni a espantar los perros que husmean alrededor. No son los únicos animales que pululan por las aceras. Es mejor no prestarles atención. La posibilidad de encontrar comida es mínima. Todas las tiendas y restaurantes se hallan arrasados. Quizás quedara algún alimento sin consumir en las viviendas, pero era improbable encontrarlo, después de su saqueo. Ese temor ronda a Marx, que su apartamento, o el de Tom, hubiera sido invadido en busca de migajas. Por eso su afán de avanzar sin desfallecer. Menos mal que la dirección que siguen es la correcta. Está seguro y la confianza en su buena orientación les permite andar con firmeza, aunque continúa la luz mortecina.

No puede calcular cuántas horas han tardado en llegar al edificio, pero el esfuerzo ha sido demoledor. El debilitamiento es palpable. Andreas da la sensación de estar más apurado que Marx, pero es una falsa apreciación. Marx quiere mostrarse más fuerte, pues se siente responsable de la cruzada a la que ha arrastrado a Andreas, mas no podrá aparentar esa fortaleza por demasiado tiempo.

Hallar la llave en el mostrador donde él la dejó es un alivio. Era improbable que el apartamento hubiera sido desvalijado. Llama en vano al portero. Nadie responde. El miedo aumenta al subir las escaleras. La electricidad era de suponer que habría dejado de funcionar desde la última vez que le permitió utilizar el ascensor. Al llegar a la primera planta, inspeccionan las viviendas próximas: algunas puertas están cerradas, otras abiertas de par en par. No entran para no llevarse desagradables sorpresas. Regresan a las escaleras y despacio, sintiendo el dolor de las articulaciones, llegan al cuarto piso. Marx abre el apartamento con la llave recuperada. Después de una inspección ágil, se convence de que todo permanece tal cual él lo dejó. Andreas recorre con la vista el inmueble, como si se sorprendiera de su confortabilidad. Era bastante más cómodo que la furgoneta donde había permanecido las últimas semanas. Por instinto, abre el grifo de la cocina y corre el agua. Ambos sacian la sed.

Quiero comprobar si un amigo se encuentra en su apartamento —le comunica Marx a Andreas para justificar que va a salir.

Desea ir a ver a Ton sin compañía. Confiaba en que no le hubiera pasado nada en esas poco más de veinticuatro horas desde la última vez que estuvo con él, pero, por si había acaecido alguna desgracia, no quería que Andreas fuera testigo. Llama a su puerta con los nudillos, al principio con suavidad, para no despertarlo abruptamente en el caso de que durmiera. Como no abre ni oye ruidos, aumenta la firmeza y la frecuencia de los ya puñetazos sobre la madera. No da señales de vida. No podía quedarse sin saber lo que le ocurría a su amigo. Era poco factible que hubiera abandonado la vivienda en el estado en el que lo dejó, aunque antes de derribar la puerta con un fuerte empujón, por un momento, se ilusionó con esa posibilidad. No era así, Ton se halla tendido en el camastro que lo dejó, pero su cuerpo inerte está igual de frío que la temperatura ambiente. No quiere ver el rostro de la muerte. Llorando por Ton, por él, por Andreas, por la ciudad muerta, le echa la manta sobre la cabeza. La cazuela con el guiso de liebre continúa en la mesa tal cual se la dejó. Con ella debajo del brazo, siente que comete un hurto al llevarse la misma comida que él había aderezado, como si, en un momento incierto, el fallecido tuviera la posibilidad de incorporarse y llevarse una tajada a la boca.

¿Qué tal tu amigo?

No estaba en casa. He encontrado esta comida en un apartamento sin puerta —Miente Marx.

No quiere que Andreas sepa que Ton ha fallecido y que esa liebre la había capturado y cocinado él.

Es en ese momento en el que con una cuchara intenta remover el amasijo, cuando se percata de que forma un caparazón a punto de transformarse en un bloque de hielo.

No nos quedará más remedio que calentarlo —aduce Marx como si fuera un trámite sin importancia.

Aún conserva fósforos, y no les resulta difícil encontrar madera rompiendo muebles ya del todo inservibles. Prenden una de las revistas de automóviles que coleccionaba el anfitrión, y pronto logran que la hoguera arda.

A Andreas, aunque hacía tiempo que no se llevaba nada a la boca, le sucede lo mismo que a Ton: le resulta casi imposible engullir esa carne negra y prieta.

Está dura, pero en buen estado. Seguro que no hace mucho que la han guisado.

Marx trata de dar ejemplo y de infundir confianza en su amigo para que coma, pero tampoco lo quiere obligar al comprobar que tan solo con acercar una tajada a la boca le provoca arcadas. Él se contiene de continuar ingiriendo el guiso. Le resulta ofensivo masticar viendo lo revuelto que está Andreas.

No se molestan en mirar si ya es de noche. La persistente oscuridad transforma el huso horario en una entelequia. No obstante, Marx se percata de que hace mucho tiempo que no oye el ronquido lejano del oleaje y abre la puerta del balcón para salir a comprobarlo. La ciudad se encuentra en completo silencio. ¡Cuánto hubiera dado por oír un grito o una blasfemia! Solo la calma precursora de la muerte murmura una cuenta atrás indefectible. Lo sabe en ese instante. De nada servían las vanas ilusiones que aún perduraban en su ánimo de que aún era factible una segunda huida.

Andreas ya se ha tendido en su lecho y él se acurruca a su lado, buscando su tibio calor y dispuesto a compartir el suyo con su compañero. Le echa el brazo hasta rodearlo. Abrazado a él, advierte que su pecho turgente es el de una mujer. Se queda paralizado y a punto está de hablar, pero se contiene. Andreas duerme y su respiración es suave. Sintiendo la dulzura y la paz que le transmite su compañera, acaba rendido, en paz consigo mismo.




Atracción

 

La llanura se difumina en una cadena que bien puede ser una cordillera o montones de piedras al borde de las inmensas parcelas. Un aura vibrante brilla en ese límite lejano. Entre tú y esa frontera irreal, la superficie amarillenta. Es un espacio incandescente que se queja con los chirridos intermitentes de las chicharras y los aleteos súbitos de los saltamontes, sonidos que se confunden con el rugido de los motores de las aeronaves. Miras esa panorámica y te sorprendes de encontrarte con un inmenso puesto de libros viejos, atendido por un hombre mayor que se mueve por los pasillos que ha abierto entre cajas a rebosar de volúmenes desvencijados y polvorientos. Alguno está descuadernado, con las tripas expuestas al aire seco y asfixiante. Te preguntas qué hace ese vendedor en ese paraje yermo. Piensas que es el primero en instalarse en un rastro al que acudirán después otros comerciantes para exponer sus productos. Se acerca a ti creyendo que te interesas por su mercancía. No le dices que tu vista se pierde en ese paisaje desnudo y reseco, no en sus libros.
—Puedes entrar y mirar lo que quieras.
Continúas sin abrir la boca. Te fijas con más detalle en el hombre. Es mayor, pero se le nota una vitalidad envidiable, aunque tal vez sea ansiedad por desprenderse de su mercancía.
—¡Por ochenta mil euros son todos tuyos! —Te deja perplejo con la oferta—. No tengas apuro, date una vuelta…
No te mueves del sitio. Los libros viejos o de otras personas te dan asco o respeto. Tan solo entrarías en ese laberinto bibliófilo si supieras que ibas a hallar títulos especiales, como las Cartas de San Jerónimo. Aun así, aunque esa posibilidad fuera cierta, no te mueves del sitio.
—¡Ochenta mil euros y son todos tuyos!
Insiste para convencerte de que es una ganga. No te molesta su perseverancia. Te dan igual su presencia y aquel montón de libros.
Mientras tanto ha surgido una oportunidad más atractiva. Una muchacha muy linda se besa con un chico. Los dos se acarician entregados el uno al otro. Ella es morena, con el pelo largo y muy fino. Levanta los ojos y fija la mirada en ti. Continúa acariciando a su pareja y parece sentir gozo cuando las manos de él recorren su piel. No te dan envidia. Tan solo disfrutas contemplando tanta hermosura. Contemplas esa orografía sensible, sus palpitaciones, sus movimientos lentos y suaves. Estás excitado, pero no sientes deseo de ocupar el puesto del amante. Sin embargo (no te lo crees al principio), ella, con delicadeza, se separa del otro, le retira sus manos y se aparta para dirigirse hacia ti. Desnuda, excitada, te abraza por el cuello y te besa en los labios. Te quedas quieto, sin comprender lo que sucede. Ella está contigo, te mira con unos ojos profundos, desde la hondura de su alma, y tú te adentras en esa sima cálida y acogedora hasta perderte en ella. Os acariciáis, como antes has visto.
—Despacio, no tengas prisa —te susurra.
Intentas controlar tu ímpetu, pero no eres capaz de remansar la corriente sanguínea que arrastra tu deseo. Ella misma, con sus caricias, aviva esa fuerza incontenible hasta que te desbordas. Sabes que el contacto con ella y la profundidad de sus ojos encenderán de nuevo tu pasión. Sin embargo, el hechizo se diluye hasta hasta perderse en una conciencia difusa. En ese momento, mientras la chica aún se encuentra pegada a tu cuerpo, prestas atención a los últimos compases de una negociación de tus amigos con el vendedor de libros. Le compran toda la mercancía por el precio que mencionó desde el principio: ochenta mil euros. Estás a punto de intervenir para abortar esa operación, pero no vas a tener ocasión. Te montas en una estrecha y plana canoa que se desliza muy lentamente. Al poco tiempo, la embarcación se adentra en una cueva. Avanza tan despacio que apenas percibes el movimiento en ese túnel iluminado con pequeñas fuentes de luz que crean una atmósfera acogedora. Notas el dulce olor de rosas y lirios, que te embriaga, y, cuando tus sentidos, extasiados, se adormecen, tus manos acarician a la primera mujer tendida junto al canalillo por el que se desliza ese lecho mullido y cálido. Besas su rostro risueño; ella posa las manos en tu pecho y lo exprime. Antes de alejarte, desde la ribera opuesta, otra chica se monta en ti y corona el mástil doliente que sobresale en mitad de tu geografía, mientras otras manos exploran parcelas de placer nuevas. Hábiles buscadoras, todas las chicas hallan su tesoro. Tú también sientes el ímpetu de tomar de los racimos que te ofrecen los más selectos de sus jugos. Sin embargo, no te embriagas en ese banquete amoroso. Cuando acaba el recorrido, dejas posados tus ojos en la última muchacha que te mira con pena al salir a la luz cegadora de ese páramo ardiente.
Te parece imposible. Mientras has estado ausente, tus amigos han desarrollado un trabajo ingente: han confeccionado un inmenso globo con retales que también divisaste entre las cajas de libros. El resultado es tosco, si bien la aeronave flota en el aire gracias al fuego de la hoguera en la que se queman los libros. Ya quedan pocos que arrojar, pero consiguen que la cesta en la que va el vendedor se eleve lentamente y ascienda. Saluda alegre a los que se quedan en tierra. Tan contento está que es el último en percatarse del peligro. Un avión que despega impacta contra el globo. De inmediato arde el globo y se transforma en una gran nube negra, que flota sin moverse en el punto donde se originó. Su negrura resalta más cuando bajas la mirada y compruebas la aspereza del suelo de los rastrojos crujientes.

24/06/26

Erasmus, por decir algo

 



La residencia es un compendio de dependencias provenientes de todos los colegios en los que he estado. Me levanto por la noche y me dirijo a los servicios a lo largo de un pasillo levemente iluminado. Los baños son amplios. Hay unos pocos internos que también se han levantado, pese a ser las dos de la mañana. Miro los habitáculos: en la mayoría faltan las tazas, y en los que quedan, estas están sucias o atascadas. Me desespero porque no hallo ninguno decente donde pueda estar a gusto. Salgo sin haber hecho mis necesidades. En el pasillo me encuentro con un fraile con el hábito desceñido, con el cíngulo flojo, y sin calzar. Me pregunta por la salida del colegio para comprar tabaco. Me sorprende que me pregunte eso a esas horas, cuando es improbable encontrar un bar abierto. Le respondo que son muchos los vericuetos hasta la puerta y que quizá no halle la salida, ni tampoco a nadie que pueda orientarlo. Desilusionado, se da la vuelta y regresa a la estancia de donde ha venido, situada al final del corredor. Desde donde estoy descubro que se trata de un dormitorio común iluminado que me resulta desconocido. Movido por la curiosidad, camino hasta allí detrás del religioso que acaba de hablarme. Hay otros monjes en los jergones, pero sentados, hablando entre ellos. Es una estancia de planta cuadrada, con una altura propia de un torreón. Puede que haya unas quince personas. También se interesan por la salida. Aunque es complicado encontrarla, intento esta vez ofrecerle algunas indicaciones. Mientras hablo, observo esa comunidad de curas ortodoxos. Todos son barbudos, con caras y cabezas redondeadas. Sus ojos saltones son propios de bebedores empedernidos. En sus cuerpos rechonchos sobresalen unas barrigas oblongas. Sus sotanas están sucias, como si hubieran llegado allí después de recorrer caminos polvorientos. Se han acostado sin asearse. Están sudorosos y fatigados hasta el punto de que el cansancio no les permite conciliar el sueño. Sus equipajes se reparten en desorden al lado de las literas, esparcidos por el suelo.
Me pregunto qué pintan en el colegio, pero no me atrevo a planteárselo directamente a ellos. Supongo que son una delegación que llega para participar en un congreso del colegio del que no he oído hablar. Tengo la sensación de que pasarán el resto de la noche con la luz encendida y sin acostarse, como si esperasen el amanecer, tal vez para reemprender su camino.
Ya no pinto nada allí, pues se han convencido de que no les puedo ayudar. No obstante, no me voy. Doy vueltas sobre mí mismo, ensimismado, observando las paredes blancas y las escasas ventanas de esa torre cuadrada, y las caras barbudas y los ojos saltones de ese grupo de monjes de los que oigo retazos de conversación en un idioma que no identifico, aunque puede tratarse de ruso o ucranio. En esos momentos, pienso en mi habitación y en que debería regresar y meterme en la cama para conciliar el sueño y sentirme reconfortado mañana. Sin embargo, soy incapaz de iniciar la marcha. Nadie me retiene, pero me asalta la duda de si, al salir de este habitáculo, sabré encontrar la ruta hasta mi cuarto. En esta incertidumbre permanezco quieto, girando lentamente, fijándome en la blancura algo amarillenta del encalado de los muros y en la oscura techumbre de madera, desde donde las palomas, con su leve zureo, y una lechuza, con su ululato, observan imperturbables a la comunidad de frailes descompuestos. Intento descifrar esas miradas lejanas y enigmáticas de las aves, como si ellas fueran la clave que me permitiera comprender qué hace este grupo de mugrientos cofrades en el mismo edificio de mi residencia; es más, me pregunto si ellas pueden explicarme la incapacidad que siento de salir de ese torreón níveo. Sin embargo, no vislumbro con nitidez el hilo comunicativo. Tal vez no me miren ni estén pendientes de quienes nos hallamos allí, sino que estén meditando, extasiadas en la luminiscencia que se desprende de los paramentos. Así estoy yo, cada vez más perdido en la blancura, sin hallar manchas que rompan la uniformidad del color. En esa contemplación obsesiva, me olvido de que tengo un aposento para mí solo y no me inquieta la cuestión de por qué no salgo de esa prisión sin puertas. Intento rebelarme contra la pasividad, porque no puedo afirmar que allí sea feliz, ni siquiera levemente. Pero no hallo ninguna razón que me proporcione fuerzas que me impulsen a huir. Lo único de lo que soy capaz es de mirar la hilera de camas por si hay alguna libre para tenderme y seguir esperando no sé qué.


07/06/26

La Nisina y la lagartija Martina

 

Había una vez una lagartija que se llamaba Martina. Era media lagartija de lo pequeña que era. Había despertado a la vida un mes de abril, cuando el Sol se despojó de las nubes y la pradera reverdeció con intensidad. No recordaba su pasado. Ese día luminoso de primavera sintió correr una fuerza nueva por su alargado cuerpo y abrió los ojos en una cámara caliente, saliendo de un agradable sueño del que no recordaba nada. Comenzó a mover suavemente la cola, como si barriera el suelo de su casita, mientras alzaba y bajaba su minúscula cabeza triangular. Con las uñitas de los pies y de las manos arañaba la arcilla. Entonces fue consciente de que era una lagartija.
Se dio media vuelta y olisqueó cada rincón de su cueva. No era muy grande, pero resultaba muy acogedora. Saciada su curiosidad, percibió unos sonidos que le atrajeron: se trataba de gorriones que no cesaban de piar. Atraída por los trinos y gorjeos, avanzó por un estrecho pasillo hasta llegar a la salida. Por un momento cerró los ojos por la intensidad de la luz que irradiaba el sol; después lo miró hasta quedar deslumbrada. Retrocedió por el pasillo para que la penumbra aliviara la ceguera. Recuperada, volvió a sacar la cabeza y se fijó en lo que tenía más cerca. Ahora se fijó en lo más próximo. Su cueva se hallaba en alto. Se trataba del último peldaño de la escalera que daba acceso a una casa de dos plantas de color salmón. A continuación, Martina prestó atención al prado y al huerto situados debajo. De frente, más alejado, se alzaba un pretencioso chalet grande y, en la lejanía, unas montañas que se fundían con el cielo.
Martina notó de repente que le faltaban energías. Se le cerraban los ojos; retrocedió a su cámara para descansar.
Estuvo durmiendo tres días y tres noches enteras. Al despertar, sintió aún más vitalidad que la primera vez. Hasta le pareció que su cuerpo era ahora un poco más largo. Se dirigió a la puerta de su cobijo y comenzó a dar pasitos torpemente por una superficie muy pulida; eran los escalones y las baldosas de la terraza de la casa. Al principio avanzó con precaución, pero luego fue corriendo cada vez más. Iba como loca de un lado a otro: su energía era inagotable. Le encantaba que el sol le diera de pleno. Cuando el astro rey cesaba de brillar, Martina buscaba la calidez de su cámara.
En los días siguientes, salía de su cueva cuando notaba que hacía más calor en la terraza que en su cueva.
Pronto se percató de que tenía compañía. En la casa, moraba una mujer. Se llamaba María y estaba sola los días de diario; los de fiesta la acompañaba su marido. Se dio cuenta de que a María también le gustaba tomar el sol. Salía con su plato y comía sentada en el escalón donde residía Martina. Al principio, cuando la veía, se ocultaba. Sin embargo, la curiosidad y la certeza de que no le iba a causar ningún mal la llevaron a ir tomando confianza. Primero asomó la cabeza y, como vio que María le acercaba la mano y hasta le echaba algún granito de arroz, se animó a salir y a corretear por la terraza. Como pasaba sola la mayor parte del día, deseaba que llegara el mediodía para que María saliera a comer y ella pudiera disfrutar un rato de compañía.
Un día de principio de verano conoció a la que iba a ser su íntima amiga: una gatita. Pero la presentación no pudo ser peor. Martina tomaba el sol medio dormida cuando de repente sintió un enorme zarpazo. Instintivamente corrió a su guarida. Una vez en ella, se asustó al comprobar que le faltaba la punta de su cola. No le dolía, pero una profunda desolación le invadía al no notar el miembro mutilado. No era dolor: era angustia por no verse completa.
Aunque no se asomó a la entrada, intuía que el feroz animal permanecía al acecho. A partir de entonces, sus excursiones no fueron tan felices. Se aventuraba a salir, pero siempre alerta y sin alejarse de su agujero. La gatita, cada vez que aparecía por la terraza, se acercaba a la puerta de la lagartija y olisqueaba adivinando la presencia cohibida de Martina, pero pronto se retiraba y se marchaba a cazar ratones, topos, pajarillos y otras alimañas al prado.
La dueña de la casa se percató de que, cuando se sentaba en el escalón a comer, Martina ya no salía de su guarida; tan solo se atrevía a sacar la cabeza. Pronto adivinó la razón del miedo de la lagartija: la Nisina.
-¡Uy, uy, uy, ¿qué me has hecho a Martina? —le dijo a la gata—. Debéis ser amiguitas y jugar con ella con cuidado de no lastimarla. ¡Que tú eres una gatita alocada!
Martina no comprendió lo que decía María, pero vio cómo la Nisina se tumbaba en el suelo con las patas arriba en señal de sumisión. Se acercó poco a poco hasta la boca de la cueva de Martina. Metió el hocico e intentó lamerla. Con la patita, con las uñas guardadas, la acariciaba.
La lagartija tomó confianza rápidamente y salió de su refugio. Con curiosidad se subió encima de la gata para perderse en su espeso pelaje. Jugaba con sus barbas. A Martina le gustaba mucho porque le producía unas cosquillas muy agradables.
La Nisina pasaba cada vez más tiempo en la terraza. Cuando se cansaba de cazar, se tumbaba en una alfombra y se dormía despreocupadamente. Despanzurrada allí, transcurrían las horas.
Martina también se echaba algún sueñecito. Si no, recorría toda la escalera. Se subía a los tiestos y se adentraba por la tupida flora. Allí, camuflada, apresaba las pequeñas criaturas de las que se alimentaba, aunque la mayor parte del tiempo la pasaba curioseando.
Un día de mucho calor, cuando el Sol se situaba en su cénit, la Nisina dormía a pierna suelta como de costumbre. Martina, perdida entre las matas de perejil de un tiesto, vio un animal desconocido. Por su aspecto y por su tamaño supo que era un peligro, no para ella, sino para su amiga. El feroz animal se fue acercando desde el chalet nuevo en zig-zag. El hocico lo traía pegado al suelo y no cesaba de husmear. Era monstruoso. Era el perro Rayo, según le había oído decir a su dueño; pero la bestia no le hizo caso, aunque se detuvo un momento. Sin saber muy bien por qué, viendo tan descomunal fiereza en el perro, gateó escaleras arriba y despertó a la Nisina. Esta no tardó en reaccionar ante el peligro. Con rapidez bajó unos escalones y, en mitad de la escalera, con el pelo erizado, el cuerpo arqueado y las afiladas uñas fuera, se enfrentó al poderoso Rayo lanzando un «fu, fu, fu, fu». El perro se detuvo. Rayo miraba fijamente, pero no se animaba a subir más. El desafío no cesaba. La Nisina emitía un «fu, fu» cada vez que el perro ladraba. Ante tal escándalo, María salió y al ver al perro le regañó:
-Fuera, perro malandrín. No te metas con mi gatita.
El animal retrocedió, pero no cesaba de acometer. Entonces María fue a por la escoba y, en cuanto Rayo la vio empuñándola, se marchó al chalet nuevo.
Ya en la terraza, se juntaron los tres: María, la Nisina y la lagartija Martina.
-No tengáis miedo del perro Rayo —les dijo María—, pero debéis estar alerta las dos para que cuando lo veáis os pongáis en un lugar seguro. Y también, Nisina y Martina, debéis ser muy buenas amigas y protegeros la una a la otra.
Desde aquel día, Martina y la Nisina se quisieron mucho y estrecharon más su amistad.



05/06/26

El vuelo de la navaja

 

En la plaza rectangular, delimitada por edificios con balconadas mirando a su interior, hay un ruedo portátil de madera roja. Consta de dos burladeros, uno enfrente del otro. En la parte baja se ha instalado una grada corrida desde la que el público contempla el espectáculo. También se asoman espectadores en las ventanas, terrazas y balcones de los edificios que bordean el espacio, adornados con madera calada y tallada, tanto en la parte superior como en la inferior a modo de faldones.

El sol impacta sobre mis ojos y hay ocasiones en las que pierdo de vista lo que ocurre. Es una luz plateada e hiriente, como el destello de la hoja de la navaja que vuela por el recinto. Me he situado en una empalizada formada por maderos separados a una distancia que solo permite cruzarlos de costado. Sin embargo, no me siento seguro: el arma puede pasar entre esos espacios o sorprenderme desde el cielo.

Conmigo hay otros mirones tan timoratos como yo. Permanecemos en silencio, procurando no perder de vista la trayectoria de la navaja. El público de las gradas portátiles se protege con paraguas vistosos, amarillos y rojos. Estos colores son los mismos que los de las banderas con las que se cubren las barandillas de las terrazas de las galerías y de los balcones.

Los participantes son sobre todo jóvenes. Hay algún espontáneo solitario, pero la mayoría forman cuadrillas. Entre ellos se saludan y se gastan bromas: parecen conocerse de festejos de otras poblaciones. Se muestran sonrientes, despreocupados, como si fuera una diversión habitual, un ritual al que se someten en las fiestas locales donde se conserva esa tradición. Se saben el circuito veraniego y, si han faltado a algún evento, preguntan por él. Mientras conversan, no pierden de vista a la imprevisible daga que los sobrevuela. Dicen de ella que su hoja es pequeña en comparación con la de otras plazas, pero aseguran que es igual de peligrosa, por ser más corta e invisible. Su fino acero se confunde con los rayos del sol y, cuando menos te lo esperas, se clava en una pierna o en la espalda. Se desplaza en silencio, sibilina, a sorprender al incauto que pierde de vista las cachas negras.

Cuidado —advierte un muchacho con el torso desnudo, al mismo tiempo que aparta con un empujón a un compañero.

Recoge el pequeño puñal de la tierra amarilla. Lo pone sobre la palma de la mano y se lo muestra a sus amigos. Ha perdido parte del filo, pero su lomo es un espejo donde distingue su rostro con una mueca grotesca. Uno de sus compañeros se lo arrebata.

Ahí va —dice, y lo arroja al cielo, mientras contempla su vuelo persistente hasta que, cuando cree perderlo de vista, se cubre los ojos a modo de visera.

El pérfido cuchillo se clava en la puerta de toriles. Varios jóvenes intentan desclavarlo. Al final, el que se hace con el arma lo muestra, contento al principio de ser el afortunado que lo ha conseguido; sin embargo, de inmediato transforma la alegría en ira y amenaza. Los demás se repliegan buscando distancia.

¿A qué esperas? Lánzala de una vez —le conminan, recordándole que transgrede las normas del juego.

El joven, robusto aunque más bien bajo, se queda mirándolos. Los del palco presidencial se han incorporado, porque desde sus asientos solo ven el grupo de los que increpan y no al que porta el arma. El tiempo pasa y el corredor no desiste. Cuando un atrevido se acerca a él con el propósito de arrebatarle la navaja, con un movimiento certero se la clava por encima del corazón y la vuelve a sacar. Intenta mirar la herida que se ha producido, pero solo ve un pequeño reguero de sangre que corre despacio sobre su piel morena. Es en ese instante cuando lanza el arma con energía. La parábola se cierra hasta topar con el albero y dar breves tumbos. Tres de los participantes se abalanzan sobre ella.

Me desagrada el espectáculo y analizo las posibilidades de abandonar la plaza sin que me pase nada. No estoy seguro de estar a salvo, pues la daga volandera describe vuelos de golondrina. Los participantes se desplazan también en olas imprevisibles y temo que una de ellas me arrastre. Me quedo quieto, más alerta si cabe. Uno de los lanzamientos acaba a unos metros de la empalizada donde me encuentro. La ha tomado un chico que viste un llamativo chándal dorado, con simbología oriental en la espalda. Agarra la daga y amenaza; acomete al grupo más próximo, que huye despavorido.

Eh, eh, eh —le abuchean.

Pero no parece escuchar las recriminaciones del público ni las protestas de los demás participantes. Levanta ambos brazos con la navaja en la mano izquierda e incita a que alguien vaya a por él.

¿Qué pasa? A ver, ¿qué pasa? —le oigo perfectamente.

El presidente está a punto de llevarse una mano a la chaqueta en busca del pañuelo, gesto inequívoco de que va a amonestarlo si no desiste. Antes de que se consuma la amenaza, el del chándal dorado se descubre el hombro derecho.

Mirad, mirad —y cuando todos tenemos los ojos fijos en él, se clava el cuchillo por debajo de la clavícula. Es una puñalada de media hoja y la navaja se queda vibrando unos instantes. Cuando se detiene, se extrae la punta y la limpia primero en el albero y a continuación en la pernera. Se dispone ahora sí a lanzarla al gentío que lo ha ido rodeando, por lo cual el corro se deshace. Los que se habían encaramado a la barrera para ver lo que sucedía se bajan, alerta ante los movimientos que están a punto de producirse. Sin embargo, observo que el joven del chándal dorado sonríe alevosamente, satisfecho de haberlos engañado. Su rostro es el de un chico que sobrepasa poco los veinte años. Sus labios finos están enmarcados por un leve embozo de pelusa rubia. Su mirada se empaña con unas sorprendentes lágrimas turbias que surcan su cara curtida por el sol. Seguramente soy el primero que se percata de que no va a lanzar el minúsculo machete y ahogo un grito, porque antes se ha herido de nuevo en el mismo boquete.

Quieto, para, no te muevas —le ordenan cuando cae al suelo.

Parte del público se pierde lo que está sucediendo; yo no. Desde mi posición privilegiada lo oigo decir:

¡Que nadie se acerque! Si no, acuchillo al primero que venga —les dice con un brío que me parece inhumano después de la sangre vertida.

Se incorpora y se tambalea, pero sigue infundiendo un pavor que impide que se acerquen a él. De nuevo se hiere en el mismo sitio y cae al suelo. El más atrevido se acerca corriendo antes de que reaccione. No es de los más jóvenes, sino un veterano con una calva semicircular rodeada por un pelo azabache. Saca la navaja con determinación y, sin pensar en la dirección, la lanza a lo alto. Recibe una ovación viva con la que el público reconoce su valentía. Estoy a punto de aplaudir, pero me reprimo.

Se llevan a los heridos. El gordinflón con tirantes que preside el evento se limpia la frente con el pañuelo blanco con el que dirige los compases del espectáculo. No pierde de vista a los camilleros hasta que abandonan el coso. Se reinicia el vuelo de la navaja. Los lanzamientos son dinámicos y nadie transgrede la normativa. El juego se hace repetitivo. Tal vez por eso hay un momento en el que el minúsculo cuchillo desaparece. Lo buscan por la arena en la zona en la que se presupone que ha caído, pero nadie da con él. En ese tiempo muerto, dos empleados de la plaza, protegidos con gorras a cuadros azules, acuden con rastrillos a remover la tierra ya sucia y reseca. El intento por encontrarlo resulta vano. El público del graderío de la parte baja de la plaza pliega los paraguas y se incorpora para marcharse. Creo que es un buen momento para escapar de ese peligroso recinto. Abandono la empalizada y atravieso parte de esa moqueta de arena en dirección a la salida. Aunque el juego está en suspenso, mi miedo no desaparece. Miro al grupo que busca el arma por si aparece y reanuda el vuelo. Cuando estoy a punto de alcanzar la salida, se produce un griterío ensordecedor y vuelvo la mirada al palco presidencial, adornado con la gran bandera y pañoletas de vistosos colores. El presidente gordinflón, ahora con un sombrero cordobés, a todas luces pequeño para su inmensa cabeza, tiene entre sus manos un estuche de terciopelo rojo. Lo abre con suma delicadeza y muestra su contenido a la concurrencia. Sujeta con dos gomas, brilla otra pequeña golondrina plateada a punto de emprender su primer vuelo. Me parece similar a la que se ha perdido. El director del espectáculo extrae de sus ataduras el arma, besa la hoja y realiza un lanzamiento torpe. Se ríe y extiende las manos en demanda de indulgencia por su torpeza. Esta nueva faca vuela más rápida que la primera. Sus alados movimientos semejan los destellos del sol cuando atraviesan las nubes: deslumbran y asombran por su brillo cegador. El público admira tanto la belleza del arma como la destreza de quienes logran hacerse con ella. Cuando todos estamos pendientes de sus deslumbrantes acrobacias, vemos que de nuevo vuela la desastrosa chaira que se había dado por perdida. Las cabriolas torpes de la vieja navaja se interponen entre las piruetas elegantes de su compañera recién estrenada. El riesgo se duplica: ahora dos hojas cruzan el aire. La gente que permanece en el ruedo es menos, pues no todos disponen de los reflejos necesarios para sortear a estas dos pequeñas bestias de acero.

No soporto más el espectáculo. Cruzo la barrera que separa la plaza de las callejuelas que desembocan en ella. Ya fuera oigo el inicio del repertorio de pasodobles de la banda municipal. Esta sinfonía repetitiva me acompaña mientras recorro las calles vacías. Las casas, bajas y pequeñas, están cerradas. La música se va quedando atrás, pero la escucho hasta llegar a mi coche. Cuando cierro la puerta, me envuelve un silencio vergonzoso. Entorno los ojos e intento dejar mi mente en blanco.




02/06/26

Unas décimas de fiebre

 

No sé qué pensaría mi madre cuando nuestra vecina Mercedes, sobresaltada, le avisara de que la llamaban por teléfono del colegio. No le daría tiempo a que cuajara el susto. El mensaje del director sería muy sencillo y procuraría no alarmarla: «Es conveniente que venga a por su hijo y que pase una temporada con ustedes».

Esto debió de ser por febrero. El invierno crudo y desalmado de la Sierra de Guadarrama azotaba el colegio de los Hermanos Maristas de Villalba. Era el segundo año de Bachillerato. Yo debía tener doce años. Me habían ingresado interno después de que el hermano Florencio me reclutara en las escuelas del pueblo. Acudí a un campamento de verano —donde por primera vez me bañé en una piscina— y al final consideraron los maristas que podría convertirme algún día en uno de ellos.

No creo que fuese muy religioso a esa edad. Tan solo recuerdo haber ido a comulgar el día después de tomar la Primera Comunión, porque me resultaba imposible aguantar sin desayunar una hora antes de misa y me atiborraba a chichipanes de las acacias.

Me acompañaron Román y su primo Félix. Y ya había otros que estaban allí. Por eso creo que no me resultó dolorosa la separación de mis padres, aunque sí, muchísimo, la de mi tierra. Todos los días me acordaba del pueblo. Echaba de menos hasta las vacas y a mis hermanos, a los que me tocaba cuidar cuando mi madre se iba a lavar.

Agradecía a mis padres el sacrificio que realizaban pagándome los estudios. Esto me lo recordaba mi madre. Siempre se me dio bien lo del dinero y consideraba que el precio que pagábamos era razonable; cuando me concedieron la beca en segundo curso, incluso me parecía una ganga. Seguramente con lo del sacrificio se refería a que otro en mi lugar debería sacar la basura de las vacas, llevarlas al prado o ir a por hierba para los conejos o limpiar el gallinero —tarea que siempre me confiaba mi madre, pese a ser el más alto y no poder manejarme en el pequeño habitáculo lleno de porquería; tampoco creo que me lo reservara por el especial afecto por dichos animales, a los que aborrezco—.

No debían haber pasado muchas semanas después de las vacaciones de Navidad y la morriña que sentía por el pueblo y por mi familia debió ser muy grande. Los días debían de ser tan malos que no podíamos salir a jugar a los patios. Los recreos y las horas libres transcurrían entre juegos de mesa. Me acercaba a las ventanas y miraba siempre hacia poniente, donde estaba mi pueblo. Me imaginaba a mi madre, a mi padre, a mis hermanos y al gato, todos sentados a la lumbre en la cocina vieja, y se me partía el alma. Ni las cartas ni el Monopoly me sacaban de mi melancolía. Buscaba a los de mi pueblo para sentirme más arropado, pero ni con eso lograba disipar la tristeza.

Me acerqué a la enfermería y dije que me dolían los oídos. Seguramente me tomarían la temperatura y comprobarían que tenía fiebre. Me llevaron al otorrino en la furgoneta. El pronóstico no lo sé; guardé cama. No sufría casi dolores, pero tampoco mostraba ganas de nada. Me dejaba arrastrar por la pasividad y la inexpresividad. El médico comprobó que no tenía ninguna enfermedad, pero seguía teniendo unas décimas de fiebre. Pasarían los días y mi estado de abatimiento alarmaría a los hermanos y no les quedaría más remedio que avisar a mis padres para que me llevaran a casa.

No me alegré al ver a mi madre, ni cuando montamos en el tren ni al bajar en el pueblo. Me dejaba llevar por los cuidados que me prodigaban. Me abrían botes de melocotón en almíbar y me servían un vasito de quina Santa Catalina para que se me despertara el apetito. Guardé cama y solo me levantaba a las horas de las comidas.

Me encontraba en el limbo: ni sufría ni gozaba. No sentía molestia alguna; tampoco necesitaba reprimir la euforia infantil. Concentrado, serio, inexpresivo: así me mostraba.
Acudíamos a la consulta de don Paco, el anciano médico del pueblo. No iba de mala gana. Esa cita regular era una más de las atenciones que recibía. Sin embargo, sabía que él tenía la última palabra. Si dictaminaba que estaba bien, automáticamente nos subiríamos al tren camino del colegio. A mí no me daban el veredicto. De este me enteraba un poco más tarde cuando las vecinas inquirían el diagnóstico del médico. Mi madre les contestaba invariablemente que me encontraba bien, pero que no desaparecían unas décimas de fiebre. Pronto comprendí cuál era la clave. A partir de ahí sí que fui un farsante consciente, aunque no de mala uva. Eran unas décimas de fiebre. Me fue fácil mantenerlas simplemente permaneciendo en aquel estado de autosugestión y ensimismamiento.

Aunque me levantaron de la cama para que llevara vida normal, no se me ocurrió salir a jugar. De todas maneras, no lo habría tenido fácil porque mis amigos del barrio estaban en otros colegios o en la escuela del pueblo. Tampoco se me ocurrió pisar en la cuadra ni prestarme voluntario para hacer los recados. Simplemente me dejaba llevar por las olas del tiempo.

Mi madre compró un termómetro. Me lo ponía y apenas distinguía las décimas. Hasta que rompí el termómetro y mi madre se hartó de tomarme la temperatura.

No sé si les costó mucho tomar la decisión de enviarme otra vez al colegio, a pesar de la pertinaz fiebre. Después de tres semanas, quizá se percataron demasiado tarde de que les podía estar engañando y que lo mejor era devolverme al colegio lo antes posible. Esta decisión no me afectó: ni me opuse ni me alegré. Continué con la misma cara compungida que había tenido desde el inicio de mi convalecencia.

Fuimos a la estación por el Cerrillo.yh Marchaba detrás de mi madre y miraba desde lo más empinado del camino el pueblo, la torre de la iglesia, nuestra calle de la Costanilla, el tejado y la chimenea de nuestra casa. Me consolaría pensar que ya faltaba relativamente poco para las vacaciones de Semana Santa.

Mi madre regresaba aquella misma tarde, de modo que apenas tenía el tiempo justo para subir hasta Collado Villalba y volver a la estación.

Mi encuentro con los compañeros y con los frailes no fue alegre. Triste y cabizbajo, no me separaba de las faldas maternas. Subimos a los dormitorios para colocar la ropa en el cajón que me correspondía del gran armario común. Los de mi pueblo me buscaron para saludarme, pero ni siquiera aquel encuentro me reanimaba. El director y el hermano Florencio, mi reclutador, debieron de verme tan mal que no tuvieron ánimo para dirigirme palabras alentadoras. Tal vez aconsejaran a mi madre que nos despidiéramos cuanto antes.

Bajábamos muy despacio hasta la entrada de la finca. Iba contando en silencio los metros que faltaban para despedirme de mi madre. Acortaba los pasos para detener el tiempo. Mi madre también aminoró la marcha, pero no me dio la mano. Llegamos al umbral de la portalada y nos detuvimos los dos. Miraba hacia la estación; yo estaba a punto de gimotear, aunque me faltaba el impulso incontenible. No podía llorar abiertamente y las lágrimas que consiguieron salir me dolieron como si hubieran sido piedras. Me resultaba imposible hablar, contestar o decidir cuando mi madre, viéndome en aquel estado, me propuso, no con mucha convicción, volver al pueblo en el mismo tren en que regresaría ella. No me lo planteé abiertamente, pero era consciente de lo que significaba esa decisión. De momento estaban la ternura y la compasión de mi madre; pero más allá veía el hielo, la nieve y las ventiscas de las canteras que me aguardaban en el pueblo si dejaba los estudios. No llegué a decir nada, tan solo balbuceé: «Es que en el pueblo…»

Mi madre me besó, chupeteándome ruidosamente, con un cariño que me avergonzaba. Se fue corriendo, como siempre hacía. Feliz, subí la cuesta deprisa hacia el colegio.

Esa tarde, a la hora del rosario, el hermano Guillermo, nuestro tutor, pidió a mis compañeros que rezaran por mí. Me impresionó el tono tan afectivo y sincero con el que habló; también me sorprendió ver con tanto fervor a mis compañeros. Me avergoncé, porque creía que no era para tanto. Aquel fue el último mimo que recibí.


26/05/26

El vaso de agua

 

Contemplo el vaso de agua sobre la esquina de la mesa. Es agua clara, pero sospecho que contiene unas gotas de un producto con el que pretenden doblegar mi voluntad. Miro alternativamente el vaso de agua (a veces creo que se produce una vibración en su superficie, a modo de oleaje), sin atreverme a llevarlo a los labios (no tengo sed y, cuanto más lo contemplo, menos me apetece beber), y la pantalla del ordenador conectada a un depósito del que la chica sentada a la mesa me ha servido agua por indicación de mi amigo. La muchacha tiene aspecto de secretaria. Solo veo su media melena rubia, pues no aparta la vista de la pantalla ni las manos del teclado. Sabe que estoy sentado a su lado, pero no la incomoda mi presencia. El tiempo pasa y mi cuerpo se relaja hasta quedar indolente.

Bebe, prueba el agua —me anima mi amigo, mientras deambula por la oficina.

Pide a la secretaria que le sirva agua. Esta abre la pequeña canilla hasta llenar el vaso de plástico transparente. Alejandro bebe hasta dejarlo a medias, como si se tratara de una demostración para vencer mi resistencia. Se va inmediatamente, sin esperar a ver si por fin me animo a probar el agua. Me incorporo sin llegar a echar la mano hacia el vaso. Me giro y lo veo hablando con alguien que supongo será un compañero de la empresa.

En realidad, nadie me detiene y no estoy seguro de por qué permanezco sentado en un extremo de esa mesa alargada. Sé cómo he llegado, pero me siento a disgusto porque no me apetece estar allí. Tampoco estoy enfadado conmigo mismo y, tal vez, debería estarlo por no ser capaz de hacer lo que quiero. En esos momentos no me apetece permanecer allí, sino sentado en otra mesa, esta de madera rústica, frente a mi amigo Ernesto. Los dos estábamos sentados; entre nosotros, el periódico que él leía. Nuestra mesa estaba en la parte más alta de la plaza. A mi izquierda, inhiesta, la gran cruz de granito, el punto emblemático del centro del pueblo. Alrededor, nuestros vecinos se divertían en la romería. Reinaba una alegría sana: la mayoría comía en familia o con amigos, sentados alrededor de mesas plegables que habían llevado de casa. La algarabía de la comunidad conservaba una escala humana: se podían entender las conversaciones. Ernesto y yo también hablábamos comentando la actualidad política de nuestro periódico de izquierdas. Era un diálogo sosegado. Nuestras palabras eran, por su tono, un remedo de nostalgia plagada de ilusiones incumplidas: los ideales continuaban incólumes, pero su brillo se iba apagando pese al empeño por mantenerlos vivos. De vez en cuando, nos callábamos y mirábamos alrededor: quizá pensábamos que más nos convendría estar riendo y bebiendo como nuestros vecinos.

Después de unos instantes ensimismado, Ernesto pasaba la página, buscando con parsimonia un titular interesante para leérmelo en alto. No veía ya bien y, para no perder la línea, apuntaba con su dedo índice cada una de las palabras que leía. Se detuvo en una al acercarse Alejandro. Se quedó de pie, nada más saludar. Ernesto solo lo conocía de vista; yo mantenía más contacto con él.

¿Qué haces aquí? —le pregunté extrañado.

Llevo todo el día por el pueblo; tenemos bastante faena por aquí.

Me sorprendió, pero no le pedí más explicaciones. Nunca pregunto mucho a Alejandro, pues no cuenta nada personal. Sabía que era ingeniero y que trabajaba en proyectos que nunca detallaba; no sé si porque eran secretos o porque dudaba de que yo comprendiera su cometido.

Siéntate con nosotros —le invité. Pese a su habitual compostura pulcra y distante, le noté exhausto e, incluso, sudoroso—; se está bien a la sombra.

No; tengo que regresar. Se ha hecho muy tarde.

Bueno, como quieras.

La verdad es que me daba igual que se sentara o no, simplemente quise ser cortés.

¿No sabréis de alguien que tenga coche para poder regresar? —dijo como si su pregunta la dirigiera a toda la gente de la plaza.

Tardé en responder porque no me sentí interpelado y, cuando me di por aludido, me resistí lo que pude, pero Ernesto me miró esperando que dijera algo.

Yo tengo —reconocí con todo el dolor del alma, pues intuía lo que suponía—. Si quieres te llevo.

En esos instantes me sentí muy mal: renunciaba a la compañía de Ernesto, a la placidez de la fiesta popular, a la deliciosa sombra y a las vistas de toda la plaza desde aquel altozano. Alejandro no se merecía tantas renuncias. Si hubiera sido otra persona, no me habría importado. Más que nada porque sabía que él no habría hecho por mí la mitad de lo que yo iba a hacer por él. Tal vez por eso le entregué con desdén las llaves de mi Citroën ZX para que condujera él. Las tomó con resignación.

Mientras subíamos, me avergoncé de las cicatrices de mi vehículo y, por un momento, temí que Alejandro me reprochara su estado calamitoso, pero montó y arrancó sin decir nada. Al comenzar la marcha, percibí que el coche no tiraba con normalidad. Primero pensé que era debido a alguna anomalía del motor, pero rechacé la idea al instante. La fatiga del conductor era la causante de aquellos traqueteos.

Si quieres conduzco yo —le propuse con tacto para que no se ofendiera.

Paró inmediatamente. Antes de meter la marcha, me percaté de que la marea estaba alta y un brazo de mar invadía la calzada antes de coger la carretera. Alejandro se derrumbó anímicamente, creyendo imposible cruzar. No le respondí nada. Avancé con precaución, calculando si, en el retroceso de la ola, podríamos sortearla sin que nos arrastrase. El agua llegó hasta los bajos del vehículo, pero conseguí cruzar.

Intento recordar la conversación que mantuve durante el recorrido hasta llegar a esta oficina. Tal vez no dijimos nada o, si hablamos, fue tan intrascendental que lo olvidé. Lo que recuerdo, porque ha sido el único asunto del que hemos tratado desde que interrumpió mi charla con Ernesto, es su testarudez por convencerme de que inicie un tratamiento mágico, según sus palabras.

Va y viene. Comprueba que mi vaso de agua continúa intacto. Ya no insiste en que beba, pero no ceja en convencerme de las virtudes de la prescripción.

Mira, te traigo unas pastillas gratis para que las pruebes. Así compruebas sus efectos y decides.

Alejandro me ofrece un revoltijo de papel con las grageas envueltas. Me las deja junto al vaso del agua. La secretaria continúa afanándose en su tarea, ajena a mi presencia y a la de Alejandro. Este me ha dejado de nuevo solo; lo veo deambulando por la oficina. Miro el vaso de agua (sigo convencido de que en la superficie se produce un oleaje minúsculo) y me imagino el puñado de píldoras envueltas en el folio. No me ha especificado ni el orden ni el momento en que debería tomarlas. Pienso en ello por si, llegado el caso, me animo a seguir el tratamiento. En esta cavilación, mientras la rubia continúa aplicada al ordenador, observo que el depósito de agua se va llenando, como si el líquido fuera fruto de una destilación. Hasta ese momento no había apartado la vista de aquel artilugio, mitad ordenador y mitad depósito de agua, mientras el tiempo transcurre y no sucede nada. Aparto la mirada de la espalda de la chica y del aparato y efectúo un barrido visual por la oficina: Alejandro ha desaparecido al igual que los otros empleados. Nadie me retiene y mi amigo tampoco me ha ordenado que no me mueva; sin embargo, me cuesta un esfuerzo ingente incorporarme. No me despido de la secretaria. Tal vez no se entere de que me levanto y dejo el amasijo de papel con las pastillas junto al vaso de agua. Trato de orientarme en busca de la salida.

El aparcamiento se ha vaciado. No soy capaz de calcular la hora que es. Salgo de la ciudad con temor de despertar a sus habitantes, que duermen con un estertor lejano. La carretera se extiende negra ante mí. Las luces del ZX apenas iluminan unos metros de calzada, lo que me impide ir a una velocidad normal, así que voy despacio, oyendo el ruido del motor. No me atrevo a encender la radio. Cuando vislumbro las primeras farolas del pueblo, me relajo, aunque me alarmo pensando si podré sortear esa lengua de mar que cruzamos al ir. Se oye la resaca alejándose de la orilla. Albergo la posibilidad de que la fiesta continúe y de que Ernesto siga sentado en la mesa esperándome, junto a la cruz. Sin embargo, me desilusiono. Un viento culebrero serpentea llevándose envoltorios y vasos de plástico. Un perro olisquea las sobras olvidadas; levanta la cabeza y me mira. Solo es un instante; después continúa a lo suyo. Es entonces cuando me siento más vacío.


BOSTON 19,25

  La ciudad se agita como un animal a punto de morir. Por sus calles, borbotean sus habitantes, arropados con abrigos superpuestos para al...