07/10/26

EL DIARIO QUE NUNCA ESCRIBÍ. PARTE I: MORRIÑA (1973, marzo)

 

1973, 1 de marzo, jueves

Estoy malo todo el día. Me duelen la cabeza, la garganta, las piernas, los brazos… No sé cómo he aguantado sin meterme en la cama. Creo que sudé bastante el día que realizamos la marcha al puerto de Los Camellos y después me quedé frío. De todos modos, estos días, que hace una temperatura que no es propia de la época, son traicioneros: uno se confía y se quita la ropa de abrigo antes de tiempo.

 

Escribimos a casa. Les cuento lo anterior: lo de la excursión, pero sin mencionar el asunto del tabaco, y que estoy pasando por un resfriado que espero que no sea nada.

 

Realizan un desfile de chándales en el salón. La idea es que cada uno nos compremos uno. Han elegido a algunos compañeros con constituciones diferentes para que viéramos cómo les sentaban y eligiéramos el modelo que más nos gustara. Quieren que cada uno de nosotros tenga uno para cuando realicemos excursiones al monte o nos desplacemos a jugar fuera del colegio. Me parece buena idea. La cuestión es el precio. Me da apuros pedir dinero para una prenda que no va a ser de uso cotidiano, pero, si es obligatorio, no les quedará más remedio a mis padres que apechugar con el gasto.

 

Los hermanos realizan junta de evaluación. Es un momento muy curioso, no por las notas que ponen a cada uno de nosotros, sino porque durante ese tiempo es como si nos quedáramos solos los alumnos y el colegio fuera nuestro. Se reúnen en la sala de profesores de la planta baja. Por allí a lo mejor pulula, entre su almacén y la cocina, el hermano Polidoro, pero en los pisos superiores no hay ningún hermano que cuide de nosotros. Durante ese tiempo no hacemos nada en especial, pero la sensación de que no hay nadie por encima que nos pueda mandar ni vigilar nuestra conducta es genuina. Nos miramos extrañados, al mismo tiempo sorprendidos y aliviados de que los ojos de los hermanos estén enclaustrados y nosotros podamos ir y venir a nuestro antojo. Si la reunión se alarga —mala señal que puede traer como consecuencia la expulsión del colegio de alguno de nosotros—, nos alarmamos, ahítos de tanta libertad. El embrujo desaparece de repente cuando algún vigilante nos advierte de que la reunión ha terminado. Los hermanos salen despavoridos, la mayoría con mala cara, reflejo de la gravedad de los asuntos que han tratado, en busca de cada grupo del que son responsables.


1973, 2 de marzo, viernes

Me levanto mejor que ayer, y más animado: me han desaparecido los dolores; tan solo he notado excesiva mucosidad, que calculo que me va a durar unos días por lo mocoso que soy.

 

Me nombran guardián de clase. No me gusta nada el cargo, que es rotatorio. Muchas veces, dependiendo de quién lo ostente, es un pitorreo. Se supone que el guardián es el responsable del grupo en ausencia del profesor. No es frecuente que los hermanos se ausenten y, en ocasiones, sospecho que, si se van del aula, es adrede para ponernos a prueba, tanto al encargado como al grupo entero, y saber el grado de confianza que pueden tener en él o en la clase. Más o menos todos somos conscientes del juego y de la responsabilidad del guardián y no nos pasamos de raya, pero, en ocasiones, hay algún imbécil que se pone a provocar al encargado, creyendo que no se va a atrever a delatarlo, porque, si llegara a hacerlo, sufriría represalias temibles. Hay que tener mucho cuidado con estos provocadores temerarios… No solo hay que mantener el orden, sino que hay que estar pendiente de la limpieza del aula y de que no falten tizas. A veces, para no crear polémicas ni entrar en investigaciones tediosas, es preferible que el propio encargado se dé una vuelta y mire debajo de las mesas y, si hay algún papel tirado, se agache a recogerlo antes que mandar al cochino. En fin, espero que no haya incidentes durante los próximos días.

 

Se me rompió el segundo pelo de la sierra de marquetería. Menos mal que fue al final de la hora. No tenía dinero para comprar otro al hermano Adivinado, así que el resto del tiempo me dediqué a lijar la pieza. ¡Demasiado me ha durado! De todos modos, cuando más confiado estás en que ya controlas el corte, en un descuido, te lo cargas. No vale distraerse un momento.

 

Reunión de equipos. Nos juntamos todos los miembros para coordinarnos. Como jefe me ha tocado explicarles las competiciones deportivas que hay previstas y los demás concursos y actividades que hemos de realizar. Todos estamos muy animados y noto muy buen ambiente entre nosotros. Da gusto con Camarero, lo optimista que es y cómo nos infunde una seguridad en el triunfo final que a mí me parece exagerada. Lo bueno que tenemos es que todos poseemos unas cualidades similares: no destacamos en nada, pero nos defendemos bien en cualquier reto que tengamos que afrontar. Me gusta, además, que no deleguen en mí todas las responsabilidades, sino que el grupo asuma que hemos de participar por igual y que debemos ayudarnos entre nosotros.

 

1973, 3 de marzo, sábado

Dos vales por la bandera. Es un juego que domino a la perfección y con el que disfruto mucho. Mi visión global del campo, de los espacios libres y de la situación de los jugadores me permite establecer una estrategia con la que logro robar la bandera del equipo contrario o liberar a los compañeros que han caído prisioneros en el campo enemigo. Cuando logro arrebatar la bandera y salgo corriendo hacia nuestro territorio sin que ninguno de los contrarios me alcance, me siento satisfecho. No quiero pavonearme por mis triunfos, porque me parece absurdo que los demás valoren mi agilidad positivamente, ya que yo la considero consustancial a mi condición física. Extraordinario sería lograr triunfos en algo para lo que no estás especialmente dotado. El rendimiento académico es igual: no se debería premiar a los más inteligentes por sacar las mejores notas, sino a aquellos que con cualidades comunes son capaces de alcanzar un sobresaliente. Mis piernas son largas y flexibles, mi visión del juego y del emplazamiento de los jugadores es excelente: es normal que consiga que no me cojan cuando les he arrebatado la bandera. De todas maneras, hoy ha sido un día excepcional por la cantidad de jugadores que nos hemos juntado en el campo de fútbol. En estas ocasiones es poco probable que la partida sea ganada por alguien. Lo más frecuente es que la contienda quede en empate. Cuando el hermano toca el silbato para indicar el final, nos sentimos frustrados, no solo por el resultado, sino por tener que interrumpir el juego, ya que, por nosotros, nos quedaríamos más tiempo. Todos acabamos con una sudada tremenda, pero nos vamos desfogados a estudiar o a la tarea que nos corresponda.

 

Hacía días que no mantenía una charla confidencial con Renato. La de hoy ha sido fructífera para estar al corriente de algunos secretos. No sé cómo es capaz de enterarse de ellos. Yo vivo aquí igual que él y no me llegan estas historias a los oídos.

Según él, el hermano Adivinado tiene un espía (Completo). Siempre se ha comentado que los hermanos se enteran de lo que decimos y de si hacemos una fechoría o un acto contrario a las normas, pero hasta ahora no había una acusación concreta contra ningún compañero. Por supuesto, no le he preguntado quién era su fuente de información, porque estoy convencido de que por nada del mundo me lo hubiera dicho. De hecho, me extraña que me haya contado esto y lo siguiente que describiré. No sé cómo se ha atrevido a revelarme tres secretos. Estoy seguro de que no se inventa nada. Renato hace gala de muchas cualidades, sobre todo sociales, pero no posee la de fabular. Si lo afirma, es cierto. No debería preocuparme, porque, en realidad, creo que mi conducta es normal, pero basta que sepa con certeza que hay espías para que sea más precavido y mire con quién me junto y lo que digo. Si Completo es un confidente, puede serlo cualquiera. Y, aunque me fastidia mucho admitirlo, es normal que alguno llegue a pensar que soy un soplón del hermano Adivinado.

La siguiente confidencia es que se fuma bastante. Más o menos, también es sabido, sobre todo desde la excursión al Puerto de los Camellos. Eso es agua pasada y no han querido entrar en profundidad a investigar qué sucedió esa tarde. Pero se ve que hay compañeros que fumaban antes de aquel día y que continúan con el vicio. Ha nombrado a Javier, Vasconcillo y Juliano. Si hubiera añadido que él también, no me hubiese sorprendido, porque del único de los que ha citado que sabía que fumaba era él. No porque me lo hubiera dicho, sino porque le había olido a tabaco más de una vez, por mucho que se lavara las manos y comiera chicle.

Lo último que me ha descubierto es que se hacen bastantes actos de sensualidad. Y me ha citado a Asturias. Esto es lo más grave. Ha bajado aún más la voz, por lo cual no me he enterado de más nombres, pero ha mencionado a otros dos. No he querido saberlos. Estos asuntos son muy personales y he de reconocer que ya me habían llegado rumores, y yo mismo había observado actos sospechosos que parecían tener algo que ver con cuestiones sexuales…

He agradecido que no se extendiera en detalles y que finalizara la conversación, porque me estaba poniendo muy nervioso, como si esa misma charla fuera un acto malo que me podía traer consecuencias imprevisibles. Lo otro, bueno: allá cada uno lo que hace con su vida. Pero las cuestiones íntimas no son para airearlas. Además, hay otro asunto que me preocupa y es que sospecho que él está en peligro por estas prácticas y que, de la misma manera que él se refiere a otros como perversos, esos dirán algo parecido de él. No quiero, a consecuencia de nuestra amistad y por ser del mismo pueblo, verme implicado en algo sin tener nada que ver.

 

1973, 4 de marzo, domingo

Otra vez tuvimos partido de fútbol contra los del pueblo. Ganamos por 2 a 5. Jugué de defensa por la banda izquierda. No lo hice mal, aunque el partido fue fácil. Ya los conocíamos y pronto nos convencimos de que no suponían un peligro; sin embargo, uno nunca debe confiarse. Al final, marcaron dos goles. Tampoco es que nosotros realizáramos un gran partido.

 

No sé si por haber ganado, pero he estado muy contento todo el día. No obstante, me hubiera gustado tener visita. Dentro de nada se cumplirán dos meses desde Navidades y, en este tiempo, mis padres no han venido a verme. No los culpo, pero me da envidia cuando veo a las familias de los demás compañeros. A muchos les vienen a ver casi todas las semanas; incluso, a los de mi pueblo también les visitan, por lo menos una vez al mes. En cambio, yo, nada. Mi madre no puede dejar solos a mis hermanos y no se van a trasladar en tren los cinco para venir. A mi padre, con el ganado, le pasará tres cuartos de lo mismo. Así que otro fin de semana sin encontrarme con ellos.

 

Vimos la película en color: Los brutos del Oeste.

 

1973, 5 de marzo, lunes

Me propongo ser mejor esta semana: aplicarme más en clase, no hablar ni jugar. Siempre es el mismo objetivo. Si lo reitero es porque en pocas ocasiones lo alcanzo. Estando solo, como ahora escribiendo el diario, me parece factible dejar de hacer el tonto, pero, cuando estoy en clase, rodeado de compañeros, pronto me olvido de mis propósitos y me dejo llevar por la algarabía reinante, a la cual contribuyo, pese a mis mejores intenciones. Es una lucha constante que me deprime, ya que no consigo eliminar estos defectos, que son menores. ¡Si no logro esto, cómo voy a alcanzar metas más difíciles!

He recibido durante la jornada casi igual de premios que de castigos. La mayor satisfacción ha sido el vale que me han dado por sacar un cinco en Matemáticas. Me parece increíble haber sacado esa nota y que me hayan reconocido el esfuerzo. A ver si de una vez por todas le voy cogiendo el tranquillo. Serían un dolor de cabeza menos. También me han dado otro por la bandera. Ya son varios por este motivo. Me alegro de que me los den, pero estos me parecen fáciles de lograr. Cada vez estoy más seguro y confiado en mi estrategia en este juego.

En cambio, me han dado una falta por no cumplir con mi deber. Lo de repartir la ropa no es lo mío. Remoloneo y luego se pagan las consecuencias. Reconozco que no está bien no hacer la misma tarea y con el mismo tesón que los demás, pero es que no puedo: me da repelús la ropa, sobre todo tener que realizar esta tarea durante el fin de semana. No me apetece dedicar un rato a esto, cuando podríamos estar jugando en los campos de fútbol y baloncesto.

 

1973, 6 de marzo, martes

Hizo un día estupendo, con un sol que inundaba cada uno de los espacios del colegio. Con esa claridad me parecía que el día iba a ser estupendo y que nada malo podía suceder.

 

Cambian de empleos. Yo sigo con la calefacción. No ha sido una sorpresa. El hermano Florilegio no me comunica nunca que voy a continuar. Me tengo que enterar en el acto de nombramientos. Todos van con expectación, menos los peluqueros, el zapatero y yo más o menos, que estamos seguros de que nadie vendrá a ocupar nuestro puesto. En mi caso hasta bien entrada la primavera, cuando dejen de encender la caldera.

 

Día del beato Martín. La misa se ofreció en su honor y con el propósito de que pronto el Papa lo canonice. Es algo que los hermanos siempre tienen presente en sus plegarias. Noto como si estuvieran enfadados con Roma por tardar tanto tiempo en reconocer su santidad, más cuando ha hecho milagros de sobra para merecer este honor. En la hora de meditación, nos han leído su biografía y ahí se resaltaron algunos casos milagrosos que sucedieron por su intervención. También inciden mucho en el carácter cristiano de su familia y en el amor a la religión que le inculcaron sus padres. Con ser verdad todo lo que cuentan, no la considero una persona cercana. El hecho de que sea francés y que fundara una orden que ha venido a expandirse por España me resulta chocante.

Durante la reflexión también recitamos alguna poesía relacionada con este homenaje que rendimos al fundador de los hermanos casinistas. También recitamos otras dedicadas a la Virgen. Las podíamos aprender de memoria o leerlas. La que me tocó a mí la leí, aunque el estribillo lo dije de memoria.

 

Reitero que tengo que entregarme más en clase. Cada día me lo repito, pero me acuerdo más al escribir estas líneas que cuando lo he de poner en práctica, que es cuando los hermanos nos explican y yo me distraigo. En esos momentos, no me acuerdo de los buenos propósitos que repito y repito en este cuaderno, sin hacer mella en mi traviesa conducta.

 

1973, 7 de marzo, miércoles

Miércoles de Ceniza: comienza la Cuaresma, sin haber disfrutado de los carnavales. Aquí, en el colegio, no sabemos lo que son, pero en el pueblo bien se celebran y se organizan buenos bailes. La imposición de la ceniza nos recuerda que somos polvo, que hemos sido creados con barro y que nuestros cuerpos acabarán deshaciéndose en un hoyo. Es tiempo de penitencia y arrepentimiento de nuestros pecados, recordando la Pasión y la Muerte de Jesucristo. El cura y los hermanos nos remachan estas enseñanzas. A mí, más que miedo, me deprimen. Desaparece la alegría y las ganas de vivir y divertirse por momentos. Es como si en este tiempo no pudiéramos llevar una vida normal y tuviéramos que sufrir de continuo. Incluso, aunque no es habitual que comamos mucha carne, esta desaparece del menú y nos ponen en su lugar potaje de bacalao. Odio los garbanzos con sabor a pescado y, sobre todo, el caldo tan pastoso que se forma y ese color rojizo del pimentón que me recuerda a sangre. No me queda más remedio que comerlo, pero no me sienta bien, sobre todo, si pienso que lo ha preparado el asqueroso cocinero calvo, porque, cuando lo comía en casa, pese a que tampoco me gustaba, no resultaba tan repulsivo.

 

Cumpleaños de Delgado

 

Tengo que quitarme la manía de copiar. Aunque no me pillen, no me siento satisfecho conmigo mismo. No preparo chuletas de todas las asignaturas, solo de aquellas en las que el hermano no controla demasiado en los exámenes. Me parece que soy un mentiroso, ya que la calificación que recibo no está acorde con el esfuerzo realizado. No puedo consolarme aduciendo que los demás compañeros también lo hacen, o justificando que la culpa es del profesor por no poner más empeño en vigilar. Está mal y no hay vuelta de hoja. Lo que peor me sienta es que no me harían falta, pues la mayoría de las respuestas las sé, pero es más cómodo copiar que intentar redactar con los conocimientos asimilados.

 

Elegimos equipos de fútbol para competir en una liga entre nosotros. Muchos de los integrantes del equipo cultural coinciden en este estrictamente deportivo. Al final nos juntamos los mismos para casi todas las actividades.

 

1973, 8 de marzo, jueves

Tengo carta del abuelo Venancio. Me hizo mucha ilusión. Con su letra gótica clara de secretario municipal me cuenta que todos se encuentran bien de salud, y me nombra a la abuela y a mi tía Encarna, la única hija que aún vive con ellos. Mi madre me recuerda que escriba a toda la familia, a los abuelos y a los tíos, y, de vez en cuando, me contestan. Me hubiera gustado que la abuela Julia me hubiese escrito algunas líneas, pero no sabe: es analfabeta. No es la primera vez que me encargan que le haga la muestra; es decir, que le escriba su nombre para que ella lo copie, letra a letra, dibujando su contorno, en el documento en el que tiene que estamparla. Me resulta muy denigrante para ella verla, aplicada como una escolar, realizar esta firma. Menos mal que con las matemáticas no anda tan mal: no hay nadie que la engañe a la hora de contar dinero.

 

Renato y yo escribimos a don Macario, el cura de nuestro pueblo. Ha sido idea suya; está en todo y se ha acordado de que su cumpleaños es pasado mañana. No sé cómo este muchacho puede estar pendiente de estos asuntos y ocurrírsele detalle semejante. Yo mismo me sorprendo dejándome arrastrar por la propuesta de mi amigo. Seguro que don Macario se alegrará de recibir una carta, más viniendo de Renato que de mí. El caso es que, a la hora de la verdad, él solo ha escrito unas líneas en la cuartilla felicitándole y deseándole que pase un buen día, mientras que yo me he explayado con una parMontesinoda tremenda contándole cómo es nuestra vida en el colegio, algo que suelo repetir a menudo cuando he de escribir a mi numerosa familia. Eso sí, el sobre, con la dirección y el remitente, lo ha rellenado él.

 

Nos comunican que los sábados iremos por clases de excursión a Madrid. Es una propuesta que nos ha llenado de ilusión, sobre todo porque nos llevarán al aeropuerto de Barajas a ver los aviones y, también, a visitar el estadio del Vicente Calderón, donde juega el Atlético de Madrid, mi equipo favorito. Casi ninguno de nosotros ha estado en la capital de España, aunque nos suenan las imágenes más icónicas que aparecen en los medios de comunicación, pero no es lo mismo conocer esos lugares en persona que verlos en fotografías o en televisión.

 

1973, 9 de marzo, viernes

Continúan los días despejados, con una temperatura muy agradable para ser aún invierno.

 

Me dan un vale por aplicación en Física y Química. Me he puesto muy contento porque esta asignatura de Ciencias, junto con Matemáticas, me cuesta mucho comprenderla. El hermano observa que me estoy esmerando y prestando más atención a su materia, y me lo reconoce. He de continuar así para alcanzar el objetivo de conseguir una media de siete y medio. La verdad es que el hermano Lucio es un bendito que no tiene malicia y nos quiere mucho. De él me sorprende que no solo nos dé Física y Química, sino también Inglés. Cuando pronuncia en esta lengua se me asemeja al pato Donald: en su boca el aire fluctúa dentro de la cavidad como si se tratara de una pequeña tormenta que estalla cuando sale expulsado. Hay veces que me da la sensación de que se va a atragantar, porque esa masa aérea retrocede a los pulmones.

 

El director no nos lleva a ver la televisión. No me ha extrañado nada. Le voy conociendo. Cuando tiene mal día, su rostro adusto es un reflejo fiel en el que se puede leer su determinación. En estas ocasiones, su cara, a la perfección rasurada, se halla más pálida; su mirada resulta acuosa y sus grandes fosas nasales, oscuras y peligrosas, como si por ellas pudiera escaparse un pequeño demonio incordiador. No sirve de nada intentar convencerlo. Se encierra en un silencio tenso y su mirada se pierde por los confines de un espacio impreciso. Aprieta sus delgados labios y tan solo menea la cabeza. Agradecería que alguna vez estallara y nos mandara a tomar vientos, pero no, imperturbable, con las manos metidas en los bolsillos de la sotana, espera a que nos retiremos sin pronunciar una palabra que explique las razones de su negativa o envuelva esta con el camelo de una recompensa futura.

 

Me acuerdo de mis padres y hermanos. A la hora que estoy escribiendo, seguro que ya están en la cocina esperando a que mi madre termine de preparar la cena. Tal vez alguno esté con los deberes de la escuela o ya haya acabado y comience a jugar con las banquetas de madera como si fueran un tren con sus vagones, o una montura en la que van varios jinetes. Poco tardará mi madre en decirles que no armen tanto jaleo y dejen de arrastrarlas para no romperlas.

 

1973, 10 de marzo, sábado

Cumpleaños de don Macario. No sé si la carta que le mandamos Renato y yo habrá llegado a tiempo.

Me estoy preguntando su edad. Es difícil calcularla para un adolescente. Diría que pasa de los sesenta, si comparo su fisonomía con la de mi abuelo Venancio. Desde niño siempre me ha parecido la misma persona, sin ninguna merma en su cuerpo. Por la fotografía de mi Primera Comunión, en la que él también sale, puedo afirmar que, siete años después, no ha sufrido ninguna transformación. Aunque tiene buen temperamento, a mí su enorme estatura y su gordura me imponen un respeto en el que hay una considerable proporción de miedo. No fui mucho tiempo monaguillo, pero de aquella época no puedo decir que fuera especialmente cariñoso; tampoco nos regañaba, como el Tío Sacris. El recuerdo más desagradable era el olor a tabaco de sus manos cuando nos las tendía para que se las besáramos al encontrarnos con él.

 

Los de tercero C van a Madrid. Ven el aeropuerto de Barajas, el Bernabéu… Yo pensaba que nos llevaban al Vicente Calderón, pero es al campo del Real Madrid. Han venido impresionados por lo grande que es y por la cantidad de trofeos que se apilan en las estanterías, entre ellos las siete copas de Europa que ha ganado el equipo. Han dicho que les han sacado fotos, así que espero que, cuando vayamos nosotros, también lleven la cámara.

Por lo que he podido averiguar, se gastan cincuenta pesetas en los trayectos de tren, más veinte en el metro. Habrán montado en varias ocasiones para trasladarse de unos lugares a otros. También han comentado que el almuerzo lo tomaron en un bar.

Tampoco han contado mucho más, porque venían cansados y me da la sensación de que se guardan la experiencia vivida como si temieran que se diluya si hablan mucho de ella. He insistido en preguntar cuánto dinero hace falta para calcular el presupuesto y comprobar si tengo suficientes fondos para cubrir todos los gastos cuando vaya nuestra clase.

 

1973, 11 de marzo, domingo

Vino mi tío Montesino a ver a mi primo. Estuve un rato con ellos por la tarde, pero pronto me despedí. Compruebo que Simeón es muy vergonzoso, incluso con su padre. Estaba deseando irme, ya que la conversación se mantenía más entre mi tío y yo que con su propio hijo. Además, aunque somos de la misma familia, no me evoca nada del pueblo, del que se desligó cuando era joven. Tan solo va a ver a sus padres allí cuando va a Ávila a cobrar. Se desplaza con una moto… Al final, se marchó a las cinco. Me despedí también de Simeón hasta la próxima vez que intercambiemos un rato de charla.

Además, recibieron visita todos los del pueblo, menos yo: Benjamín, Norberto, Baltasar, Renato… Los saludé, aunque me hubiese apetecido no encontrarme con ninguno. Todos me hablaron de mi familia, de las obligaciones que les impedían venir a visitarme, tratando de consolarme. Aparenté que no me afectaba, pero lo pasé bastante mal, más que nada porque me imaginaba que mis compañeros pensarían que se habían olvidado de mí, teniendo en cuenta que desde Navidades no he vuelto a ver a mis padres.

Sin nada reglado que hacer y sin amigos con los que compartir el rato, ya que están junto a sus familiares, no sabe uno dónde meterse para no llamar la atención de compañeros y hermanos y, sobre todo, evitar que sospechen que estás triste y angustiado.

 

1973, 12 de marzo, lunes

Hay gente que roba: sospechoso, Cejasespesas. Una vez más, Renato me sorprende por su capacidad de controlar todo lo que sucede dentro de las tapias que rodean la finca donde nos encontramos. Aunque los dos convivimos en el mismo colegio y mantenemos más o menos los mismos contactos, yo no me entero de nada, y a él no se le pasa un detalle de todo lo que acontece.

No es que me tome a mí en exclusiva como su confidente. Seguro estoy de que seré de los últimos en enterarme, lo cual casi agradezco. Me da rabia que siempre me tenga que referir los asuntos escabrosos y que yo no le pueda contar algo que no sepa. Sin embargo, por otra parte, me alegro de no estar al corriente de estos sucesos, pues rompen la imagen idílica de la convivencia que creo que tenemos. Además, sé que tampoco hay que creerse las habladurías, ya que puede ocurrir que las acusaciones sean infundadas y el pobre Cejasespesas jamás haya abierto la palma de la mano para coger lo que no es suyo. Con todo, no está de más ser prevenido y no dejar nada olvidado o descuidado, en especial, el dinero, que es muy goloso.

Lo otro que me contó es más fiable. Según él, se dicen expresiones muy feas y me dijo que Caminos, un compañero de equipo de fútbol, llamó gilipollas a Glorieta. No me extraña, porque tiene muy mal genio y, aunque está en tercero, es un año mayor que nosotros y, a veces, nos trata como si fuéramos niños.

Lo que más me fastidia de la relación con Renato es que nunca puedo hablar con él del pueblo. Da la sensación de que no le aflige la ausencia tan prolongada del lugar donde nacimos y donde reside nuestra familia. Si intento derivar la conversación hacia ese asunto, compruebo que no le interesa nada. Solo le preocupan los cotilleos sobre lo que sucede en el colegio, ya sea para contar secretos de los compañeros o de los propios hermanos.

 

No se reza el rosario con devoción. Lo confirmo y estoy harto de escuchar este reproche por parte del tutor. La actitud y el despiste de mis compañeros no me importan; por lo que he de preocuparme es por mi conducta. Y, aunque soy consciente de que me despisto y rezo maquinalmente, no soy capaz de concentrarme. Mi imaginación vuela hacia el pueblo o se entretiene recreando experiencias agradables vividas recientemente en el mismo colegio. No está bien, pero si no fuera por la capacidad de evasión y de recrear situaciones felices, no sé qué sería de nosotros.

 

1973, 13 de marzo, martes

Cumpleaños de mi tía Cristina. La escribí la semana pasada. Mi madre se encarga de recordarme cuáles son mis obligaciones con la familia, entre ellas la de mandar una carta, por lo menos una vez por trimestre, a mis tíos y abuelos. En Navidades apunté en una libreta el cumpleaños de cada uno de ellos. Si coincide en este periodo, elijo esta fecha para escribirles. Así se llevan una doble sorpresa: recibir mi carta y comprobar que me he acordado de la efeméride. Mi tía se merece estos detalles y más, porque es muy cariñosa y siempre nos lleva algo de Madrid cuando va al pueblo.

 

Cambian de puesto; me ponen con Jesús. No mantenía mucha relación con él. Esa habrá sido la razón por la que nos han sentado juntos en los pupitres, con la esperanza de que no hable tanto como cuando estaba con Rico.

Con cierta frecuencia realizan estos cambios. El tutor afirma que es para que ampliemos los contactos, pero a nadie se le escapa que el motivo principal es intentar que hablemos menos en clase y dejemos al profesor más tranquilo al explicar.

No nos gustan estos cambios, porque nos apartan de los amigos. Solo con estar junto a ellos, nos sentimos bien y alegres, mientras que compartir tantas horas con alguien ajeno a nosotros consigue que estemos enfadados con los profesores. Sin embargo, no pasarán muchos días hasta que afiancemos la amistad con el nuevo compañero y acabemos hablando tanto como antes de efectuar los cambios.

 

Tengo que rezar mejor el rosario. Es otro más de los objetivos que me propongo y que no cumplo, a pesar de repetírmelo constantemente. Si lo anoto aquí, es con el fin de que, una vez escrito el deseo, sea más fuerte y me permita conseguir lo que me propongo.

 

1973, 14 de marzo, miércoles

Hizo bastante frío. Ahora que los días son más largos, las temperaturas gélidas se notan mucho más que meses atrás, cuando había pocas horas de sol. A ver si llega pronto la primavera y con ella los días soleados. No es de extrañar que a los hermanos les guste tener encendida la calefacción. Eso me dice el hermano Florilegio, para que tenga abastecido de sacos de carbón el cuarto. Bien lo noto yo a la hora de limpiar la caldera y de cargar de escorias las espuertas. Por mucho que desee trabajar menos, aunque sea marzo, si el frío aprieta, no hay otra que apechugar.

 

Me dan un vale por las carreras. La verdad es que estoy contento, pero no del todo. Quedé tercero, y menos mal, porque podía haber perdido incluso ese puesto. Empecé a correr como un desaforado nada más dar la señal de salida, creyendo que aguantaría todo el tiempo con el mismo ritmo. Buena parte del trayecto fui el primero; los compañeros me animaban sorprendidos de la distancia que sacaba a los demás, pero hubo un momento en el que me fallaron las fuerzas y creí que no era capaz de llegar a meta. No tardaron mucho en adelantarme dos. Cuando terminé, pensé que me daba algo: era incapaz de recuperar el aliento. Esta será la última vez que, cuando participe en una competición deportiva, no mida bien mis posibilidades y no me dosifique en función del esfuerzo que haya que desarrollar.

 

Hay que guardar silencio. No hay manera de que nos controlemos y no nos dejemos llevar por el bullicio. No se puede hablar y ya está; hay que aguantarse y esperar a cuando podamos hacerlo. Han dado muchas faltas por este motivo. Esta vez me he librado.

 

Rezo el rosario en clase. Saqué el rosario del pupitre y comencé realizando la señal de la Cruz. No es la primera vez que me corresponde dirigirlo, pero me sigo poniendo nervioso y supone un reto. Al ser jueves, tocaron los Misterios Gozosos. He de enunciar el misterio y luego recitar la primera parte del Ave María y, a continuación, entra la clase. De tanto repetir este rezo, nos resulta una mera fórmula y no pensamos en el sentido que tiene. Los Misterios Gozosos se refieren a acontecimientos alegres relacionados con la encarnación y la infancia de Jesús: la Anunciación del Ángel a la Virgen María, para rememorar la humildad de la Virgen y la obediencia a la voluntad de Dios; la Visitación de María a su prima Santa Isabel, embarazada de Juan el Bautista; el Nacimiento de Jesús en Belén; la Presentación de Jesús en el Templo, donde reconocen a Jesús como el Mesías; y el Niño Jesús Perdido y Hallado en el Templo: tras tres días de búsqueda, sus padres lo encuentran en el Templo, dialogando con los doctores de la ley. Se supone que, mientras desgranamos cada avemaría, hemos de pensar en estos acontecimientos. No sé si el hermano José Alberto, nuestro tutor, muchas veces mudo, recapacita sobre esos momentos sin distraerse, mientras nos vigila y reza.

 

1973, 15 de marzo, jueves

El hermano Adivinado me da un vale por escribir muy bien la carta a mis padres. Noto mi escritura cada vez más afianzada. Me gusta tal como lo hago. A medida que deslizo la pluma por el papel me regocijo con las palabras escritas. Siento un placer compartido, porque, con seguridad, mis padres, o quien quiera que sea el lector, disfrutarán no solo con lo que cuento, sino con la perfecta legibilidad y belleza de la caligrafía.

 

Algunos hermanos nos recuerdan que debemos tener mucho cuidado, ya que el curso va cuesta abajo. Se refieren a que el curso avanza a un ritmo frenético. Para ellos el tiempo transcurrirá rápido, pero para mí, no. Queda una eternidad para las vacaciones de verano. Me imagino que nos lo dicen con el fin de que hinquemos los codos y nos apliquemos más en clase. Yo también percibo el recordatorio como una admonición a aquellos que no van bien en los estudios o cuya pretensión es mejorar las calificaciones anteriores, en el sentido de que deben espabilarse, ya que no hay mucho tiempo de reacción, si nos descuidamos. Llevan razón y me he de aplicar más si quiero mejorar mi nota.

 

¡Qué mal me suenan las palabrotas! Desde que me lo dijo Renato, he podido comprobar en persona que es verdad que hay mucha gente que las utiliza. No sé si es porque ya han adquirido el hábito y no se cortan a la hora de expresarlas delante de todos, siempre que no haya hermanos por medio. Me sonrojo cuando las oigo y me gustaría no haberlas escuchado, no solo por ser exabruptos, sino por convertirme en un hipotético testigo de una mala conducta, si me llegaran a preguntar si era cierto que algunos compañeros soltaban tacos a diestro y siniestro. Me duele en especial que Benjamín sea uno de los que ha adquirido esta pésima costumbre, porque sé que a la larga le va a traer malas consecuencias y me dolería una barbaridad que lo terminaran expulsando. Hay otros, como Caminos, a los que se les nota que están provocando que los echen o, por lo menos, que, si les mandan a casa, no se van a disgustar. Me da pena también, porque, en el fondo, aunque bruto y un poco matón, Caminos no me cae mal.

1973, 16 de marzo, viernes

Hace muy bueno. Aprovechando el día soleado, nos mandan a matar orugas. Estamos rodeados de altos pinos. Toda la finca es un pinar, salvo el espacio que ocupan el solar del colegio, otros edificios anexos y los campos de deporte. Bordeando estos, hay ejemplares grandiosos que, cuando el sol aprieta, nos dan sombra. Lo peor de ellos son los nidos de orugas. De buenas a primeras, las ves en tierra formando larguísimos cordones que peregrinan de un lado a otro. Sin que nos manden, cuando nos las encontramos, las matamos sin piedad. Pero es verdad que esta temprana primavera ha propiciado su multiplicación y, si no se las elimina, son peligrosas para la supervivencia de los árboles. Da pena que se sequen, porque pasear por el pinar o por los caminos que lo atraviesan es un placer: el olor, la protección del frío o del calor, los piñones… Son dádivas preciosas. Nos recuerdan que no las toquemos con las manos y que ninguna parte de nuestra piel debe entrar en contacto con los gusanos, porque después nos producirán picores. Con todo, algún imbécil amaga con levantar la cadena de bichos y lanzársela al que ve desprevenido.

 

No sé si será por el buen tiempo, pero hay bastantes catarros. De momento, me libro. Me extraña, porque soy proclive a cogerlos.

 

Me mandan doscientas pesetas. Les dije a mis padres que íbamos a ir de excursión a Madrid y que necesitaba dinero. Me da apuro pedir, pero no me queda más remedio. El hermano Polidoro me ha avisado de que pasara por su despacho a recoger el dinero del giro. ¡A ver si no gasto más de lo debido!

 

1973, 17 de marzo, sábado

Cambio del tiempo: no hizo muy bueno. No se puede uno confiar. ¡No es de extrañar que haya tantos catarros con esta estación tan loca!

 

Van los de 3º B a Madrid. Los próximos, nosotros. No me importa que nuestra clase sea la última, así la ilusión del viaje dura más y, por lo que nos cuentan los compañeros, vamos mejor preparados para disfrutar de la visita.

 

El hermano Eufemio me está cogiendo algo de manía. Sospecho que es porque el hermano Florilegio y él no se llevan muy bien. Es una pena, ya que a mí no me importaría mantener un trato afable con los dos, pero, de momento, noto en el primero que me está cogiendo manía. Y ya veremos qué sucede con el hermano Florilegio; no sé si acabará por quitarme la confianza con la que me trata.

No sé las razones profundas de esa animadversión, pero intuyo que más bien es una cuestión que afecta solo al ánimo del hermano Eufemio. No veo al hermano Florilegio perdiendo el tiempo ni comiéndose el coco porque su relación con su compañero de congregación no sea por completo amistosa. Sucederá en la comunidad de hermanos lo que pasa entre nosotros: somos muchos y con unos te llevas mejor y con otros, ni los hablas. Probablemente, también sea cuestión del carácter de cada uno: el hermano Florilegio, con sus casi cincuenta años, es una persona estable y con criterios sólidos sobre lo que es la vida en el internado; en cambio, el hermano Eufemio es un joven inestable, con poco más de veinticinco años: hay días en que está muy alegre, pero otros en que no se sabe qué mosca le ha picado; en esas ocasiones, es mejor no acercarse a él.

 

1973, 18 de marzo, domingo

De nuevo ha hecho un día espléndido. El domingo es más domingo cuando el sol brilla por la mañana.

 

Juega la selección del colegio contra Matamanzana. Fueron muchos a ver el partido. Los del pueblo fuimos a casa de Rico. Su madre nos sacó algo para merendar y estuvimos un buen rato con ellos; incluso, Martín, el padre, nos enseñó la finca. A la vuelta, como se había hecho tarde, nos trajeron en coche.

 

Salimos de paseo por la noche. Es la primera vez que nos lo permiten a esas horas: será que mañana lunes, también es día de fiesta y no hay prisa. Mientras íbamos de un lado a otro, vimos a Teodoro y Piedrecilla con chicas. Nos miraron como si no nos conocieran y percibimos que nos indicaban que no nos acercáramos a ellos. Nos alejamos despacio, comprobando que nuestros ojos no nos engañaban, pero, sobre todo, para fijarnos en las chicas. A mí me parecieron muy guapas y sentí envidia de mis compañeros por haber ligado. Aunque también era consciente de que, si por casualidad los descubrían, los días que les quedaban en el colegio estaban contados. Por eso no querían que nadie los viera con ellas, una pretensión vana, ya que el pueblo no es muy grande y los casinistas somos muchos deambulando por todas partes.

 

1973, 19 de marzo, lunes

El hermano José nos reparte caramelos para celebrar a su patrón. Es un hombre bondadoso e indulgente. A todos nos quiere y nos trata con cariño. Disfrutaba repartiendo los dulces a puñados, mientras nosotros poníamos las dos manos a modo de cuenco. Aunque se enfada pocas veces, si se le saca de sus casillas, es muy gracioso. Los mofletes caídos le convulsionan de manera incontrolada, al tiempo que resopla y las fosas nasales se le hinchan. Pero la rabieta le dura poco.

 

Hoy hemos visto dos películas: en televisión, «Orgullo y pasión», y en el cine, «Setenta veces siete», sobre unos chicos que hacían lo que mandaba el Evangelio.

 

1973, 20 de marzo, martes

Hay confesiones. Me aterra cuando llega esta ocasión. Los curas que vienen de fuera se esparcen por el recinto de la capilla y vamos pasando tanto hermanos como alumnos. Al entrar, se escucha un bisbiseo viscoso que aturde. Se puede identificar alguna de las palabras que los confesores pronuncian para recriminar o aconsejar. Los que se confiesan apenas abren la boca una vez repetidas las fórmulas de inicio; después, con voz apagada y brevemente, dicen los pecados de los que se acusan. En cambio, el sacerdote no solo impone la penitencia, sino que se ve obligado a marcar unas directrices que permitan al pecador reconducir su conducta para no volver a cometer las mismas faltas, una pretensión absurda desde mi punto de vista, pues recaemos y siempre confesamos lo mismo. Por eso intentamos cambiar de confesor, por si se acuerda de aquello de lo que nos acusamos la vez anterior, para que no se enfade al comprobar que sus predicaciones fueron baldías.

 

El hermano Heliodoro me da dos faltas por hablar. Hoy, por partida doble. ¿No podré callarme y atar mi lengua? No valen de nada todas las buenas intenciones que anoto en este diario. Cuando estoy con gente, me olvido de las promesas. Ya son muchos los hermanos que me llaman la atención. Llego a pensar que, si me castigan, no solo es por hablar, sino también por el tono de voz, más alto de lo normal, que utilizo, que me hace más reconocible en medio del barullo general. Procuro controlarlo, pero no lo consigo.

En cambio, me dan un vale en Latín. Ahí no fallo: ya le tengo pillado el punto al hermano: la buena presentación, pero también porque me gusta la materia y se me da bien.

 

Hay nombramientos de notas. Saqué 64 sobre 90. Es un rollo la puntuación, pero, echando cuentas, es poco más de un siete, aún lejos del siete con cinco al que aspiro. De todas formas, ni tan mal, porque las notas han sido muy bajas, en especial, en la clase de 3º B. Aunque no debo consolarme, pues sé que puedo aspirar a más; solo es cuestión de que estudie más y me concentre mejor.

1973, 21 de marzo, miércoles
Un día muy bueno, aunque con algunas cosas no tan buenas.

 

Los de tercero realizamos el Viacrucis. Repudio lo relacionado con la Semana Santa. Me parece, de toda la liturgia, la más triste y menos motivadora… El director presentó el rezo como una experiencia espiritual de crecimiento personal. La reflexión sobre la pasión y la muerte de Jesús en la cruz era una oportunidad para afianzar nuestra fe. A mí, más que consolidar la fe, me sirvió para pensar en lo mal que lo tuvo que pasar y en la injusticia que sufrió, pero poco más. El enunciado de cada una de las catorce estaciones, junto con la lectura correspondiente a ese episodio del Evangelio, me hace revivir los momentos más cruciales de los últimos días de Jesús. Pero es un acercamiento humano, de conmiseración; no me permite ir más allá, apuntalar la fe ni creer en el carácter divino del personaje que sufre injustamente. Tratar de convencer a alguien de que su fe es verdadera, afianzando los argumentos en la pasión de Jesús, me resulta horrible. Se persuade con amor y con palabras bonitas, no con sangre y sacrificio. A mí, por lo menos, no me atrae la carnicería que sufre, aunque digan que lo hizo para redimirnos del pecado original. Es inaudito que el sacrificio de un hombre, por muy hijo que sea de Dios, pueda conseguir el perdón y el olvido de una falta cometida por la humanidad en su totalidad. ¡Curioso proceder el de Dios! Si lo que siente por los seres humanos es amor y desea su salvación, podría comenzar por propiciar unas condiciones de vida mejores que nos permitieran ser felices mientras vivimos. Seguro que, estando bien, sería más fácil llegar a Él. Pero me parece que no está por la labor de involucrarse en la resolución de los problemas de los hombres y nos deja que seamos nosotros los que los resolvamos.

 

Recibimos la visita del Hermano Provincial. Nos dio una charla en la que nos habló de su reciente viaje al Congo. Explicó que la situación del país es de extrema necesidad y que la población requiere mucha ayuda. Los hermanos casinistas trabajan en bastantes pueblos. Su misión es la educación en las escuelas; también enseñan oficios en muchas comunidades, tales como carpintería, costura o técnicas agrícolas (buena parte de los hermanos son hijos de agricultores). Nos puso algunas diapositivas con las que documentaba lo que nos contaba. Los que aparecían sonreían: tanto los hermanos, satisfechos con su labor pastoral, como los niños y adultos con los que trabajaban.

Se le notaba al Hermano Provincial el impacto que le había causado el viaje. Tal vez pensaba en regresar en un futuro, cuando dejara el cargo, para apoyar a la congregación. Nos explicó que es muy importante que colaboremos económicamente con estos proyectos, pues las necesidades son inmensas y allí, con poco dinero, se consigue mucho.

 

1973, 22 de marzo, jueves

Se fue el hermano Provincial. Los hermanos ya pueden respirar tranquilos. Les noté nerviosos, en especial, al director. Tal vez se preocupara por las reconvenciones que el superior le pudiera realizar. Esta visita, no muy frecuente, presenta dos aspectos: por una parte, es protocolaria, en el sentido de que la orden demuestra que no se olvida del colegio; por otra, he observado que cumple una función de supervisión del director y de los hermanos. Me imagino que tendrán que rendir cuentas tanto económicas como formativas. También es la ocasión de que, si algún hermano tiene quejas sobre la dirección o sobre la marcha del proyecto educativo, las manifieste a alguien ajeno al colegio, pero con poder de decisión sobre toda la comunidad. Después de su visita, he visto al director sonriente, señal de que la inspección ha ido bien y de que el hermano Provincial se ha marchado satisfecho con la marcha de la obra casinista en Alballana. Los hermanos podrán respirar tranquilos durante un año.

 

Hoy he escrito a Silvio. Con este motivo, me he acordado de mis padres y hermanos, y de mis amigos. Silvio está interno en un colegio de los salesianos en Arévalo, al igual que José Montesino. Hay otro muchacho más: Urbano. No sé por qué ellos han elegido ese internado y el resto, mayoritariamente, ha decidido irse con los casinistas. No sé si la distancia más corta ha podido influir en los primeros a la hora de elegir. O si existe alguna razón de más peso. Comentan que en ese colegio se estudia inglés como idioma principal. Nosotros también tenemos clase de inglés, pero la primera lengua extranjera es el francés, la lengua de los fundadores de la orden.

 

No montarse en los carros. Hoy nos ha regañado el hermano Polidoro por este motivo. Esta semana me tocaba servir la comida. Es molesto, ya que somos los últimos en sentarnos en la mesa, pero todos realizamos ese servicio cuando nos corresponde. Hay varios carros rectangulares, con estructura de metal y chapas a modo de bandejas. Ahí ponemos las fuentes con la comida que repartimos. Cuando los carromatos se quedan vacíos, los llevamos a cocina. No es que haya mucha distancia entre esta y el comedor, pero nos da tiempo para tomar carrerilla y subirnos a la bandeja de abajo hasta llegar a nuestro destino.

El hermano se ha enfadado mucho y ha puesto mala cara, pero solo nos ha regañado, no nos ha dado ninguna falta.

 

1973, 23 de marzo, viernes

Cumpleaños de Ruperto y Arqueros. Con el primero me llevo bastante bien, pese a no ser amigo íntimo. Hemos coincidido en equipos, somos compañeros de clase y he podido comprobar que es noble.

 

Un vale por ser sincero. Todos nos comprometemos a decir la verdad cuando se nos interpela. Somos conscientes de que, con bastante probabilidad, si al hermano no se le olvida, nos recompensarán con este premio. Es un juego. Como tal, hemos terminado por aceptarlo, hasta el punto de que ya no está mal visto que nadie se sincere, pues todos intentamos ganar vales de la forma que sea.

 

Estuve algo nervioso porque al día siguiente iba a ir a Madrid por primera vez en mi vida. Conocer la capital de España me parece una de las aspiraciones más importantes para un muchacho de pueblo como yo. Poder decir a los tuyos que has estado en Madrid y que has visto aviones a pocos metros; que has subido por las gradas del estadio del Real Madrid, ese que se puede ver en televisión cuando retransmiten los partidos del equipo merengue; que has paseado por las principales arterias y plazas de la ciudad más populosa es, para un muchacho de pueblo, como decirles que has estado en los confines del mundo.

 

1973, 24 de marzo, sábado

Cumpleaños de Hernándo, mi hermano. Ya tiene diez años. Seguramente se anime a venir a estudiar a este colegio, pero no coincidiremos, ya que el próximo curso nos trasladaremos a Vigorosa del Valle, si antes no me expulsan, cosa que creo que no sucederá. Me habría hecho ilusión haber compartido un año de colegio con él, para estar pendiente y ayudarlo a adaptarse. No será posible y se tendrá que espabilar, al igual que lo hice yo. A ver si, por lo menos, viene con alguien más del pueblo para que no esté solo.

 

También cumple años Aarón, un chaval de Burgos: muy buena persona. Es un compañero motivado y comprometido con la vida que hemos elegido. Hay muchas posibilidades de que acabe siendo hermano casinista.

 

Fuimos los de tercero A a Madrid. Vimos los principales monumentos, que ya habían visitado los compañeros de otros cursos. Me he emocionado en cada uno de ellos. Todo me parecía grande, increíble, comparado con los espacios reducidos a los que estoy acostumbrado. No creía posible que los aviones enormes despegaran o aterrizaran sin desmoronarse. Las instalaciones aeroportuarias, el estadio de fútbol, las plazas y las calles me infundían pavor por su inmensidad. Sentía miedo de perderme en esos espacios inabarcables. En todos ellos nos sacaron fotos. Me ha gustado la que nos hicieron junto a las estatuas de don Quijote y Sancho Panza, en la plaza España.

Cuando regresamos, antes de acostarme, estaba muy cansado. Normal: no estoy acostumbrado al ajetreo de una ciudad y, además, no descansé bien la noche anterior.

 

1973, 25 de marzo, domingo

Un punto por ordenar los periódicos. Me lo dio el hermano Florilegio. Además de ser ambos los encargados del funcionamiento de la calefacción, compartimos la afición por la actualidad. Hay hermanos, y aún más alumnos, a quienes no les interesa lo que ocurre en España y en el mundo, pero a nosotros nos gusta estar informados. En ocasiones, nos reunimos muchos en la sala de lectura, y los ejemplares quedan deshojados y dispersos por todas partes. Me vio organizando sus hojas y ordenándolos por fecha de publicación, y fue entonces cuando me premió con un punto.

Para mí, tener a disposición diariamente periódicos como Ya o As es un lujo impensable si no estuviera interno en el colegio.

Me interesa no solo el relato de los hechos, sino también el análisis que de ellos hacen los columnistas. Me proporcionan argumentos que uso en las tertulias que espontáneamente mantenemos entre nosotros y, en ocasiones, con algún hermano que se suma al corrillo.

 

Vinieron los padres de Norberto. Me da mucha envidia de este muchacho de mi pueblo. Sus padres lo visitan con frecuencia, mientras los míos no lo hacen nunca. Una explicación sencilla es que su padre es cantero y no tiene vacas. Además, solo son dos hermanos, con lo cual es más fácil salir de casa. Aunque solo sean unas horas las que pasan juntos, por lo menos, ni los padres ni él pierden el contacto.

 

Vimos una película titulada «Guerrilleros», cuyos actores principales eran Manolo Escobar y Rocío Jurado y que estaba dirigida por Piedrecilla L. Ramírez. Estuvo muy bien.

 

1973, 26 de marzo, lunes

Un vale por no armar ruido (hermano Adivinado) y una falta por hablar (hermano Celedonio). Durante todo el santo día nos están controlando. No hay acto o conducta que no esté sujeto a un juicio positivo o negativo por parte de los hermanos. Entiendo que vivimos en comunidad y que regir un rebaño de muchachos inquietos no es sencillo. Todos debemos seguir el paso que nos señalan los pastores con sotana. La propia dinámica del grupo marca nuestro comportamiento. En el comedor me molestan los ruidos de las sillas al arrastrarse, de los cubiertos al caer al suelo, de los platos y las perolas al chocar entre sí. Me enervan, por eso procuro evitar yo mismo, con mis descuidos, la algarabía que se produce en ese espacio. En cambio, en clase tengo frito al hermano Celedonio. No creo que le resulte muy simpático al tutor. Son muchas horas sentado en un pupitre y, en ocasiones, las tareas escolares que realizamos son tediosas. ¿No es normal, entonces, que me ponga a charlar con el compañero?

 

Tengo ganas de ir de vacaciones de Semana Santa. Son más de dos meses y medio sin ver a mi familia ni estar en el pueblo ni ver a los amigos. A todos nos vendrán bien esos días sin clase: a los hermanos para desentenderse de nosotros y a los alumnos, para salir de la rutina de los estudios y de la vida del internado. La pena es que, antes de que llegue el momento de partir, ya estoy pensando que la vuelta será muy dura. No puedo evitar pensar que el tiempo corre deprisa, que los días de asueto son una ilusión pasajera y que en nada me volveré a ver inmerso en la lucha por sobrevivir aquí. El resultado es que logro tranquilizarme al no obsesionarme con el tiempo que falta para terminar el trimestre.

 

Me voy recuperando del cansancio de la excursión a Madrid del sábado y de las inquietudes de días anteriores por esta salida. El descanso del domingo y el fin de la expectación por el acontecimiento han logrado que me vuelva a centrar en los estudios y que duerma mejor. Aunque el lunes es siempre duro, la relajación mental y el descanso físico nos permiten encarar la semana con buena disposición de ánimo. Solo el hecho de levantarnos una hora más tarde los domingos ya es un alivio notable.

 

1973, 27 de marzo, martes

Casi todos los días me propongo estudiar más, pero estoy enfadado conmigo mismo, porque no vale de nada proponerme este objetivo continuamente, si no cambio mi actitud. El deseo por sí solo no sirve, si no va acompañado de actos. Tampoco me ayuda a concentrarme la inminencia de las vacaciones, pues mi mente ya anticipa el solaz que disfrutaré. Sin embargo, para que el goce sea total, debería centrarme más en los estudios estas últimas jornadas. Tengo a mi favor que llueve y hace malo, lo cual debería ayudarme a estar más tranquilo y a aprovechar las horas de estudio.

 

Hay recitación de poesía en el salón de actos. Cada tutor, con su clase, ha elegido una serie de poemas y unos recitadores para participar en el evento. Yo he leído uno. No me gustaba especialmente, pero la antología entre la que podíamos elegir no ofrecía nada más que poemas dedicados a la Virgen y otros que exaltaban la vida rural o la naturaleza en perfecta armonía con los designios divinos. No lo memoricé, porque no estaba dispuesto a perder el tiempo. Lo llevaba escrito en media cuartilla, a la que había pegado una cartulina blanca con una ilustración. Los que más aplausos recibieron del público fueron aquellos que recitaron de memoria y acompañaron sus palabras con gestos muy ensayados.

 

1973, 28 de marzo, miércoles

Siguió lloviendo y ha hecho mucho frío. Nos mojamos mientras estábamos en el patio jugando y, nada más acabar el recreo, nos hicieron cambiar de ropa para evitar resfriados. Nos aconsejaron que, si no estaba sucia, la pusiéramos a secar en el dormitorio o en el desván. Yo solo me quité el jersey y la camisa, que colgué de la cabecera de la cama, por no subir a esa buhardilla donde circulan corrientes malignas.

 

Un vale por aplicación en Física. Ya son varios con los que me premia el profesor. No hay nada mejor que se fijen en ti por algo positivo, ya que está garantizado que, si se sigue trabajando en la materia, el hermano va a estar más pendiente de lo que haces.

 

Otra vez me ha vuelto a salir sangre de la nariz. Hacía ya un tiempo que no me salía. Recordé los consejos del hermano Adivinado y me incliné hacia bajo para no tragar sangre y respiré por la boca. También me apreté la nariz intentando taponar la salida, pero la hemorragia tardó en cortarse. Es una lata, mas no me queda más remedio que sobrellevar la molestia como mejor pueda. En este tiempo me he dado cuenta de que también le pasa a algún otro compañero, así que me consuelo sabiendo que ya no soy yo solo. Lo peor es que el pañuelo se pone perdido y no es fácil lavarlo hasta que desaparecen las manchas.

 

Me sigo acordando de mis amigos. Cuento los días que me faltan para volver a reunirme con ellos. Me imagino las excursiones que realizaremos por el término del pueblo y lo bien que lo pasaremos jugando o dando vueltas por los bares. ¡A ver si no hay mucho lío en casa y puedo disfrutar bastante tiempo con ellos!

 

1973, 29 de marzo, jueves

Hoy, por fin, después de unos días que no eran primaverales, ha hecho bueno. Ya tenía ganas de sol y no de tanta lluvia. ¡A ver si el tiempo soleado se mantiene!

 

Debemos irnos preparando para los exámenes de evaluación, cuyas fechas no tardarán en fijarse. Sigo sin estar contento conmigo mismo y siempre me repito que he de estudiar más y con más concentración. No sé cómo conseguirlo.

 

Los hermanos Adivinado y Eufemio registraron los armarios. Encontraron cajetillas de cigarros. Estaba cantado, por mucho que, en su momento, no quisieran ahondar en el asunto, que algo así sucedería. Tal vez hayan dejado pasar un tiempo para que los fumadores se confiaran pensando que el asunto había caído en el saco del olvido, pero los hermanos son pertinaces y al final se salen con la suya. Algunos han confesado a ciertos compañeros que sí que guardaban la cajetilla en el armario; otros se callarán, no sea que, si la tenían escondida, los hermanos no la hayan encontrado. A los más espabilados quizá no se les haya ocurrido esconderla en el dormitorio y la hayan escondido en otra parte del colegio, o, incluso, fuera, para fumar solo cuando salieran de paseo.

Este asunto no me gusta nada, porque va a traer consecuencias inevitables y estamos a punto de ir a nuestras casas de vacaciones. Seguramente algunos ya no regresarán, tal vez uno de mis amigos o paisanos. Me da mucha rabia que, por un asunto tonto, los vaya a perder de vista. Cada vez que un compañero se queda en el camino, me entristezco y, al mismo tiempo, pienso que el siguiente puedo ser yo.

 

1973, 30 de marzo, viernes

Me dan una nota buena por no fumar. Fue un premio que hubiera preferido no recibir. Los fumadores han sido muchos más de los que se creía. Entre los compañeros, quedamos señalados los que no lo hicimos. No quiero decir con esto que hubiera sido mejor fumar —no fumé porque no me gusta—, sino que para los inocentes habría sido preferible pasar desapercibidos, ya que el castigo que van a sufrir los infractores es suficientemente aleccionador como para no añadir más ingredientes al conflicto. Como es normal, todo en el colegio gira en torno a este asunto. Se realizan cábalas de lo que sucederá. Muchos creen que las consecuencias no pueden ser mayores, pues el grupo es muy amplio. Todos asentimos creyendo que es razonable, pero nadie se confía. En esta tesitura, pese a verme afectado indirectamente, respiro tranquilo porque me he librado de una que puede ser muy gorda.

Por la tarde, cuando menos lo esperaba, el hermano director ha abierto la puerta del aula y me ha dicho que pasara por su despacho. Me ha cogido desprevenido. Acudí lleno de temor, porque no sabía el motivo por el que me hacía comparecer. Nada más entrar, me ha tranquilizado. Solo me quería felicitar por no haber fumado. Era una manera de reconocer mi fuerte personalidad, por no dejarme arrastrar por una masa alocada que en un momento se sintió impune y consiguió imponer una conducta irresponsable a casi todos. Sin embargo, el final de la entrevista me dejó en vilo, ya que, sabiendo que soy muy amigo de Benjamín y ambos del mismo pueblo, me confesó que se portaba mal. No me hizo falta más para comprender que aquello era el anuncio anticipado de que tenía un pie fuera del colegio. No lo he comentado con él, pero sé que todo esto va a ser origen de malentendidos en el pueblo. En el caso de que lo echen, se van a producir rencillas entre las dos familias y, a partir de ahora, no me verán con buenos ojos, como si la suerte de Benjamín hubiera de correrla yo también.

 

1973, 31 de marzo, sábado

Hizo muy bueno, un día magnífico para los compañeros de 3º B que han ido a Madrid. Nos quedamos a cargo del hermano Esquinazo, que organizó un partido de fútbol con los nuevos. Los pobres no saben jugar muy bien. Con toda seguridad nunca han visto un balón de reglamento antes de venir al colegio, como me sucedió a mí. Ni de baloncesto, ni de balonmano, ni un frontón… He de reconocer que las instalaciones deportivas que tenemos son el sueño nunca imaginado de cualquier niño de pueblo, como somos todos. Casi nadie, antes de venir aquí, había jugado a un deporte de equipo; solo jugábamos a la maya, a las canicas, al triángulo, al tango, al hinque… Jugábamos en pandilla, pero nunca nos juntábamos veintidós chicos para jugar un partido de fútbol, como los que echamos aquí todos los días. De hecho, no teníamos pantalones cortos de deporte ni playeras para chutar. Se les notaba a los nuevos que aún no dominaban bien la pelota. También es cierto que nosotros les llevamos dos años.

EL DIARIO QUE NUNCA ESCRIBÍ. PARTE I: MORRIÑA (1973, marzo)

  1973, 1 de marzo, jueves Estoy malo todo el día. Me duelen la cabeza, la garganta, las piernas, los brazos… No sé cómo he aguantado sin ...