28/07/26

Seis pares de calcetines

 

Los visitantes al pueblo solitario llegan de forma regular, con un calendario ignoto para los vecinos, pero aseguraría que muy bien organizado por ellos. Siempre aparecen en la puerta de la vivienda cuando creías que ya habían regresado a su país de origen, en el caso de los extranjeros que venían vendiendo artículos variopintos; o los padres con hijos pequeños a su cargo habían logrado salir de la indigencia gracias a la bondad de algún empresario que los había contratado; o los gitanos habían dejado de pedir para ejercer de vendedores ambulantes en los mercadillos; o los minusválidos vendedores de lotería habían sido agraciados ellos mismos en el sorteo para el cual vendían boletos; o los testigos de Jehová habían dejado de predicar por haber perdido la fe. Por este motivo, cuando se los veía, la primera sensación era de desazón por haber errado con la hipótesis planteada sobre su ausencia.

Otra razón para sentirse a disgusto con estas visitas es que, como todas las llegadas sin avisar, casi siempre coincidían en el peor momento posible de la rutina diaria: o estabas pendiente de alguna fritura en la cocina; o aún no te habías quitado el pijama; o estabas inmerso en una riña familiar; o planchabas; o atendías una llamada telefónica. No es de extrañar que lo primero que se te pasara por el caletre fuera mandarlos a hacer puñetas por interrumpir en el momento más inoportuno; la segunda, como he apuntado antes, la de admitir que la explicación que uno se había dado sobre su ausencia era errónea.

La manera de tratar a estos visitantes sigue siendo hoy día motivo de controversia entre nosotros. Mientras yo soy partidario de despacharlos sin contemplaciones, mi mujer se deja enredar por los discursos que hábilmente zurcen con la consiguiente apelación a la caridad cristiana, no siempre planteada en términos teológicos. La negociación entre nosotros para lograr una solución satisfactoria para las dos partes no ha sido sencilla, porque nuestras posturas eran muy contrapuestas, aunque la voluntad de llegar a un acuerdo ha estado siempre presente. Mi postura ha sido contribuir esporádicamente con algún donativo; para mi mujer, en cambio, despedir con cajas destempladas a alguien sin el correspondiente donativo es imposible. Es un asunto irresoluble. Esta es la razón por la cual, cuando vemos a algunos de estos peticionarios merodeando por nuestra casa, nos despistamos para no ser el uno o la otra los que nos enfrentemos al visitante. Como última concesión, le he propuesto, ya que le es imposible despedirlos sin más, que les dé la propina que estime oportuna, pero que, por favor, no les compre nada. Se calla, lo cual es señal de que no la convence.

Si nosotros hemos ido conociendo a nuestros visitantes, estos también nos han ido calando. Ya saben dónde deben insistir en sus pretensiones porque anteriormente obtuvieron lo que pedían; de igual modo, aunque llaman invariablemente a todas las puertas, ya conocen a los vecinos que los han desairado. Teniendo presentes estas variables, se presentan ciertos días y a determinadas horas, esperando que les abran la puerta las personas que suelen atenderlos. Por supuesto, hay ocasiones en las que yerran y se dan de bruces con quien no esperaban que les abriera. Recitan su retahíla de argumentos emotivos para conseguir un donativo o vender el producto que ofrecen, mas lo hacen con bastante menos entusiasmo y convicción. Si la sorpresa es monumental, se quedan casi sin palabras o tan solo alcanzan a decir: «¿No está tu mamá?», si es un hijo quien les abre; o «¿No está tu esposa?», si es el marido malencarado quien los interroga con su mirada furibunda.

Aunque llevamos viviendo muchos años en esta localidad apartada, la cuestión de cómo atendemos a estas personas que recorren nuestras calles pidiendo sigue sin resolverse. Ha pasado a ser uno de los pequeños conflictos de pareja que se amontonan y terminan olvidándose porque ya se les ha tratado de zanjar de tantas maneras y en tantos momentos diferentes que, al final, aburridos, se dejan por imposibles. Sin embargo, de vez en cuando, hay un asunto que me perturba. Hay un marroquí taimado —lo digo convencido— al que no conozco porque nunca aparece cuando estoy yo; o, si estoy, evita aparecer por miedo —qué sé yo— a una reacción incontrolada por mi parte. Este joven norteafricano llama a mi mujer su amiga porque siempre le compra. Sé que es así porque he oído a mi hija darle el recado de que había ido a verla su amigo. Por eso digo que estoy deseando contactar con tal individuo, a ver si a mí también me llama amigo. Diréis que soy un maniático y espero que no penséis que soy un racista de mierda. No soy, ni mucho menos, ni una cosa ni la otra. Pero del mismo modo que digo una cosa, digo la otra. No puedo soportar y me lleva el diablo y no dejo de echar pestes cada vez que abro la puerta del armario y me encuentro otros seis pares de calcetines. Aunque viviera doscientos años, no creo que llegara a desgastar todos los pares de calcetines de hombre que ese maricón le ha encasquetado a mi mujer durante los años que llevamos viviendo en esta localidad, donde nadie se pierde, salvo ese cabrón.

La inconmensurable soledad de mi vida

 

No tengo noticias de personas foráneas que llegaran a vivir a nuestra localidad antes que nosotros. De hecho, es una casualidad que nosotros mismos hayamos recalado aquí, pues, durante la larga búsqueda de una casa que comprar o de una finca donde construir, este lugar fue descartado al comienzo del proceso. Sin embargo, en un domingo crepuscular, cobró fuerza la idea inicialmente descartada y lo que no nos pareció bien al principio, con el transcurso del tiempo, acabó revelándose como el lugar ideal para vivir. ¡Los vericuetos inescrutables del caprichoso destino! El acierto de aquella elección se fue confirmando poco a poco con la llegada de nuevos moradores que, después de nosotros, acababan recalando en el poblado, como si se hubiera convertido en un imán de la inquietud viajera de muchos viajeros.

Siendo sincero, he de confesar que los primeros días y semanas tras nuestra llegada no fueron fáciles. No buscábamos una acogida calurosa por parte de los habitantes del lugar ni, por otra parte, éramos una pareja especialmente magnética que atrajéramos el interés de los demás. En contraposición, no nos frustramos con nuestra soledad. Sin embargo, nuestra hija —habíamos sido padres hacía unos tres años— requería la presencia de otros seres humanos para saber de la vida aquello que los padres no pueden ofrecer, como son los juegos espontáneos o la comunicación infantil. Pronto nos encontramos con otros progenitores cuyos hijos tenían las mismas necesidades y con ellos, a través de nuestros retoños, entablamos las primeras relaciones de vecindad. Ellos nos iban anunciando la incorporación a la vida municipal de los recién llegados. Unos procedían de la zona insular, venían del sur hacia el norte, dejaban el Mediterráneo para llegar al Cantábrico; otros procedían de Inglaterra para aposentar su familia en la costa que baña el mismo mar. Estos últimos fueron bastante numerosos. Nunca les llegué a comprender; no seguían el patrón migratorio de quienes abandonan los países del Norte para buscar el Sur cálido y luminoso. Era como si no estuvieran dispuestos a llegar tan lejos y se conformaran con la mitad del trayecto, con la mitad de la luz y del calor del mediodía, como si no estuvieran dispuestos a olvidar las recurrentes lluvias, los días nublados y los sempiternos prados verdes de su país de origen. ¡Allá ellos con su vida!, cavilaba, aunque no perdía ocasión de indagar en las razones por las cuales terminaban su peregrinación al comienzo de la tierra prometida, porque —y eso era lo que más me sorprendía—, no llegaban con proyectos cerrados que les permitieran conseguir recursos para vivir. Elucubraba creyendo que se aposentaban aquí gracias a unos ahorros cuyo origen se desconocía, quizá de la venta de sus casas o de las indemnizaciones obtenidas tras despidos cuantiosos. Igual que los demás moradores noveles, con el paso del tiempo, adquirían o construían la que acababa siendo su hogar, si bien es cierto que no todos enraizaron para siempre, pues en algunos casos su modo de ganarse la vida o los ahorros no fueron suficientes para sobrevivir con holgura y, de la misma manera misteriosa con que llegaron, se marcharon a destinos desconocidos y solo nos enterábamos de su marcha cuando sobre la balconada de sus viviendas aparecía el cartel de las agencias inmobiliarias anunciando la venta de la que había sido su momentánea residencia. La alegría inicial por su llegada e integración en nuestro pueblo era reemplazada por una amargura incierta que cada vez hacía más inestable la propia existencia. Lo cierto es que también sabía que el vacío dejado por los que se trasladaban era pasajero, pues de la misma manera que se iban los quizá frustrados, otros llegaban llenos de ilusión con la esperanza de encontrar el paraíso en su incierta existencia. No era cuestión de números. No consistía en restar las personas que abandonaban el poblado ni en sumar las que llegaban atraídas por él. Lo que verdaderamente crecía era la desconfianza y pesimismo que se inoculaban en mi alma al no confiar en las expectativas de una hipotética amistad duradera con los recién llegados.

Mi frustración y despego social no se consolidaban solo con los que desertaban, sino con aquellos que permanecían, pues, a medida que nuestros retoños crecían y tomaban rumbos diferentes, la relación se iba distanciando, como si el único vínculo fueran nuestros vástagos, y, por fin, concluía. De algún modo, cuando rara vez coincidíamos, no en el mismo poblado, sino a la salida de un espectáculo o en los pasillos de un supermercado, nos alegrábamos de saludarnos y de intercambiar información de nuestras vidas, pero siempre con la incomodidad del inapropiado espacio para charlar y la fugacidad del momento por las prisas permanentes impuestas por obligaciones indefinidas. Al final, si se daba la casualidad de vislumbrarlos en la lejanía, optaba por no propiciar el encuentro, no ya solo por la insatisfacción anunciada de la débil comunicación que se produciría, sino para evitar constatar el lastre inevitable que el tiempo deja en nuestras vidas. No era por comprobar el deterioro físico, ni por evitar la vergüenza mutua de la falta de fe en la amistad, sino para no caer en la felicidad de un breve encuentro que ahondaría más la inconmensurable soledad de mi vida.

Pasados los años, cuando los primeros síntomas de la vejez me asustaron, llegaron nuevos vecinos, pero la nota común de la inmensa mayoría de ellos era que se asentaban con una clara intención de pasar tan solo un breve tiempo de sus vidas. Eran parejas jóvenes en busca de su primera oportunidad para convivir, trabajadores con empleos temporales, artistas en busca de la inspiración, recién jubilados con el ímpetu de los primeros años de asueto…; además, también se establecieron compañeros de trabajo con los que, tras años compartiendo vecindario sin saberlo, acababa encontrándomelos en el colegio electoral o descubría, durante una intrascendente charla de café, en el propio centro laboral, que vivían en el mismo barrio o que los padres de su novia residían en el mismo municipio. Lo más perturbador fue descubrir que mi ignorancia acerca de sus vidas no tenía correspondencia con el conocimiento que ellos tenían de la mía. Sabían dónde se hallaba mi casa y pasaban por nuestra calle sin que nunca se dejaran ver ni yo, por casualidad, me los tropezara. Tuvo que ser mi compañera la que un día me avisara, sin tiempo de reaccionar para saludar, que un compañero había pasado por la cambera y le había dado recuerdos para mí. Fue entonces cuando comprendí, con absoluta certeza, que el hado acabaría convirtiendo mi soledad en un aislamiento sinuoso en este apartado retiro entre las montañas y la mar inmensa.

27/07/26

Con el dinero de Javi


I.

Cuando nos mudamos de casa, el único obsequio que recibimos de los nuevos vecinos fue un clavel del aire que nos regaló la tía María. Nunca había oído hablar de esta planta y me pareció fantástica y mágica, al explicarnos cómo habíamos de cultivarla:

Na, esta la atas con una cuerda y la cuelgas de una rama del limonero —nos dijo la vecina.

Pero ¿no hay que regarla?

Ni mucho menos hacía falta echarle agua. Vivía sola, sin necesidad de prodigarle cuidados especiales.

Procedimos tal y como nos había dicho la tía María. Los primeros días la mirábamos con cargo de conciencia, pensando, a pesar de las claras indicaciones sobre su cuidado, que éramos unas malas personas por no rociar con un poco de agua a la pobre planta. Nos consolábamos viendo que no se secaba, aunque el polvo y las telas de araña se prendían de cada una de sus puntas. El clavel era muy pequeño: apenas un tallo del que nacían unas fibras marrones.

La planta se fue camuflando entre las ramas del limonero. Cuando por casualidad nuestra mirada la descubría, nos admirábamos de que allí continuara colgada. No moría, pero tampoco crecía; por lo menos, eso nos parecía. Lo único que nos animó en su evolución fue descubrir una mañana de mayo que se estaba formando un capullo y que, claramente, en pocos días, florecería. Nos llevamos una inmensa alegría al verla florecer. Realmente parecía un clavel y, para mayor sorpresa, desprendía una ligera fragancia. Mientras duró la floración, todos los días me acercaba a contemplarlo extasiado. Sin embargo, me decepcioné al comprobar la decadencia notoria de la flor; en cuestión de una semana, se secó, mas sirvió para ilusionarme y volver a tener esperanza en la supervivencia del prodigio vegetal.


II.

No sé cuántos años pasaron, pero un día descubrí que el pequeño clavel se había convertido en una gran esfera, mayor que un globo terráqueo. Seguía mostrando el mismo color polvoriento y aparecía arropada por invisibles telas de araña; sin embargo, ya era una planta que imponía. Su peso era tremendo y, al poco tiempo, el cordón que lo sujetaba a la rama del limonero cedió y la planta cayó al suelo. Observar su interior, formado por tallos casi secos, fue un espectáculo desagradable, como si se abriera el abdomen de un animal para escudriñar sus intestinos. Con una cuerda más resistente até varios talluelos para que sujetaran firmemente la mata a la rama del árbol. Durante la operación se desprendió una ramita: un hijuelo que comenzó una vida independiente. Lo até con otro cordel a otra rama, contento porque no solo comprobaba el crecimiento del mayor, sino que además había logrado descendencia.


III.

Con el paso del tiempo, el clavel primigenio siguió aumentando de volumen, cayéndose por su propio peso del árbol y desprendiéndose de él nuevos hijuelos que fui colgando al lado del clavel madre. Asimismo, el primer brote independiente se fue redondeando y dando otros brotes, que iba prendiendo no ya del limonero, sino del ciruelo, del manzano, del peral… Ya no solo pendían de árboles, sino también de las vigas del porche, de la barandilla de la terraza o de las paredes, de tal modo que no sabía dónde colgar las plantas. También las planté en arriates para comprobar si eran capaces de arraigar. Sobrevivían de cualquier modo y se multiplicaban por doquier. La sensación de ahogo y hostigamiento, después de veinte años de cultivo, fue en aumento. Regalaba plantas a las visitas que mostraban algún interés por ellas; no obstante, era muy pequeño el número que lograba colocar, como suele suceder con las camadas de perros y gatos. Pronto encontré una solución. En el pueblo turístico próximo a nuestra casa, en cuyas calles también los claveles del aire ondeaban en las balconadas, los vendían a un precio desorbitado. ¿Por qué no venderlos yo? La primera idea fue ofrecer a los comercios de recuerdos turísticos las plantas, pero deseché la iniciativa porque pensé que seguramente tendrían en sus jardines la misma ingente colonia que yo. La siguiente idea fue anunciarlos por Internet. Redacté el anuncio y fotografié varias plantas para que los interesados vieran el género, con poca esperanza de que un comprador se interesara, pero, de perdidos al río, alguna decisión tenía que tomar, si no quería que el agobio fuera cada vez mayor.


IV

Javi fue mi primer cliente. Contactó a través de un mensaje de texto. Era de un pueblo cercano. Quedamos un sábado para realizar la transacción. Hasta entonces nos habíamos comunicado únicamente por mensajes. Me dijo que vendría en motocicleta. Yo le proporcioné la dirección para llegar a casa. Esperé, impaciente, a verlo aparecer por la carretera. Efectivamente, vi descender una moto en el tiempo que había calculado para recorrer la distancia que separaba las dos localidades. Lo vi sobrepasar el punto donde le había orientado para aparcar. Estuve tentado de salir corriendo detrás de él cuando comprobé que se pasaba, pero no era cuestión de perseguir a una moto voceando para llamar la atención del piloto, porque, además, ¿quién me decía a mí que fuera Javi, el comprador de claveles, y no cualquier otro motorista de excursión? Sin entrar en casa, paseé intranquilo por el jardín, sin perder de vista la carretera ni las camberas cercanas. Prestaba atención al ruido del motor y también al teléfono, por si me escribía algún mensaje, mientras esperaba que ocurriera alguna de aquellas cosas. Al cabo, volví a ver al motociclista recorrer el trayecto en sentido inverso. Me convencí de que era Javi. Sin embargo, tardó en escribirme de nuevo; seguro que estuvo un buen rato buscando el lugar. Por fin se rindió y otra vez se puso en contacto. Le repetí las indicaciones y le dije, para tranquilizarlo, que lo había visto bajar y subir por la carretera. Esta vez llegó sin ninguna complicación más.

Aparcó la motocicleta, se quitó el casco y pude poner cara a Javi: era un hombretón barbudo, de barriga prominente y de una edad parecida a la mía. No parecía ofuscado ni contrariado por las vueltas que le había tocado dar. Yo, en cambio, me sentía perturbado y no sabía cómo proceder: ¿era conveniente platicar un poco o simplemente ofrecer la mercancía? Opté por lo segundo al mostrarle los claveles más pequeños, una vez que me dijo que solo estaba interesado en los de tamaño menor. Entre los cinco o seis claveles que colgaban del árbol, eligió el más frondoso. Lo desaté, mientras él buscaba dinero en un desusado monedero. Le acompañé hasta la motocicleta y vi cómo guardaba la planta en una de sus grandes alforjas. Se enfundó el casco y arrancó la moto. Lo vi desaparecer sin que llegáramos siquiera a estrecharnos la mano. Eran tan solo unas monedas: apenas lo suficiente para invitar a alguien a un café.


V.

Javi me compró el primer clavel en agosto. Cuando el verano finalizó, pensé que ya nadie más se interesaría por mis plantas. Sin embargo, me equivoqué. Entrado el otoño recibí otro mensaje: Miguel me preguntaba si podía enviarle la compra por paquetería. La idea de empaquetar la planta y enviarla me parecía descabellada y ruinosa si el pedido era un clavel pequeño; pero el comprador me aseguró que él correría con los gastos del envío y, además, su encargo era de mayor enjundia, pues quería un clavel de tamaño grande y otro mediano. Me asusté y me inquieté: primero, porque no sabía cómo empaquetarlos; segundo, porque me entró cargo de conciencia al creer que unas plantas tan desarrolladas no sobrevivirían lejos de la húmeda región donde vivo. Indagué desde dónde me escribía y descubrí que era desde una localidad marítima catalana. Sentí cierto alivio al contemplar la posibilidad de que el grado de humedad del litoral mediterráneo permitiera sobrevivir a los claveles. Con todo, me creí obligado a recordarle a Miguel, como quien no quiere la cosa, que aquí, en el Norte las plantas se la apañan ellas solas con la lluvia que cae o con el casi permanente rocío matinal, dándole a entender que era responsabilidad suya si los seres vivos que iba a adquirir veían truncado su desarrollo vital. Él pasó por alto estas advertencias y su conversación posterior se dirigió a cuestiones más concretas y prácticas. Las fotografías del anuncio constituían un rudimentario catálogo en el que era difícil hacerse una idea del tamaño de las plantas teniendo en cuenta que había en la imagen varios claveles: ¿cuál era la grande? ¿cuál la pequeña? La primera ocurrencia fue numerar las plantas —por ejemplo, «la segunda por la izquierda» o «la cuarta de derecha a izquierda»—, pero no me pareció un sistema serio por dos razones: los claveles no estaban colgados en línea, sino unos más arriba y otros más abajo, y pensé que aquello podía dar lugar a equívocos que, por todos los medios, había que evitar; la segunda razón es que la correspondencia entre la imagen fotográfica y el tamaño real de la planta no era tampoco fiable: lo que en la fotografía podía parecer de enorme tamaño, en la realidad era menor de lo imaginado. La solución fue pesar las plantas. Así dispondría de un parámetro fehaciente para cuando a Miguel le llegara el encargo. Dicho y hecho, las pesé. Con todo, mientras realizaba el pesaje, volví a inquietarme. Llevaba varios días sin llover y el sol había dado de lleno a las plantas, por lo que estas se encontraban bien secas, pero se me pasó por la cabeza que bien podría falsear el peso regándolas o o pesándolas después de una de esas rachas húmedas del oeste. Deseché esas malas ideas y, como vendedor honrado, pesé varias y decidí llamar plantas grandes a las de alrededor de un kilo; medianas, a las de quinientos gramos y pequeñas, a las de cien. Concretamos el pedido tomando como referencia el peso y, cuando Miguel especificó la remesa, me sobresalté y a punto estuve de pregonar a los cuatro vientos la venta que acababa de cerrar; mas, prudentemente, esperé a que fraguara todo el proceso comercial. Con sumo cuidado busqué una caja en la que cupiera el pedido y, además, de regalo, una planta extra. A continuación rocié con la manguera las plantas seleccionadas para desprender las telas de araña y los minúsculos restos vegetales que se adherían. Las colgué en el limonero para que se airearan y escurriera bien el agua. Por fin empaqueté los claveles y me despedí de ellos con cierta aprensión por la vida que llevarían lejos de casa. También temía que no lograran satisfacer a su nuevo dueño y no se desarrollaran como lo habían hecho hasta entonces.

No quise ser yo mismo el que se encargara de depositar el bulto en la oficina de expedición, sino que delegué esa tarea en mi compañera. Le escribí un mensaje a Miguel para decirle que el paquete ya había sido enviado y pedirle que me avisara en cuanto las plantas le llegaran. Pasó un día, pasaron dos, pasaron tres, hasta que, por fin, me respondió que los claveles habían llegado perfectamente y quedaba conforme con la compraventa.

Han pasado varias semanas desde que recibí el último mensaje de Miguel y aún no he decidido en qué emplearé el dinero de la venta. No he querido comprobar tan siquiera si me ha ingresado el importe de la operación. Tan lejos se han ido a vivir y son tantas las incertidumbres sobre su futuro que no me apetece invitar a nadie a un café con el dinero de Miguel.



14. Jesucristo Superestar

 

La vida de un policía va más allá de la parte del día que dedica a sus menesteres profesionales. Vive, sufre y se ilusiona con los acontecimientos que lo rodean. A veces esas experiencias se producen en el mismo transcurso de sus actividades profesionales. Es más, en mi caso, diría que muchas han estado ligadas a las investigaciones a ciertas personas. Mi estancia en Ávila, aunque fue un fracaso desde el punto de vista laboral, fue pródiga en acontecimientos relevantes que quedaron incorporados como vivencias indelebles, aunque no fueran en sí mismas nada importantes.

Aparte del anterior estudiante, también me interesé por otros alumnos de Magisterio. Nuestra pretensión era realizar un cribado de los sujetos que, por sus características, pudieran haberse visto involucrados en alguno de los casos, en especial en el del profesor Reflexionado. He de reconocer que los elegidos se escogían más a voleo que por sospechas estrictas. No es de extrañar que no obtuviéramos resultados esclarecedores. Uno de los individuos seleccionados era un estudiante del último año de carrera. Se llamaba Carmelo. Era un muchachote corpulento. Caminaba como si esto le supusiera un esfuerzo mayor de lo normal. La cara era agradable, al igual que su pelo negro sedoso, tal vez un poco grasiento en ocasiones. Sonreía con afabilidad y todo en la vida se lo tomaba con calma. Sin embargo, su ironía y su forma de hablar creaban inquietud en sus interlocutores, a no ser que fueran amigos muy próximos. Procedía de un pueblo de la Moraña llamado Madrigal de las Altas Torres, por lo cual se hospedaba en una residencia de estudiantes en el monasterio de Santo Tomás, situada al sur de la ciudad. El seguimiento a este chico me permitió conocer a otro grupo de jóvenes con costumbres diferentes. Estos pasaban más tiempo en el internado que en bares. A los tres o cuatro que andaban juntos los unían unas aficiones similares. Les gustaba la música ye-ye, como los Beatles (alguno, incluso, lucía una larga melena, mucho más rara entonces de lo que es hoy en día), seguramente porque estudiaban también en la Escuela de Idiomas y entendían las letras en inglés de las canciones que tarareaban. Estando detrás de este chico y sus amigos, entré a ver una película que me sorprendió muchísimo. No era mi intención seguirlos hasta llegar al mismo salón de butacas, pero viendo el cartel y los cartones con secuencias de la película, sentí curiosidad por ver de qué iba. Sabía que el protagonista iba a ser Jesucristo, cuyo actor, con la túnica blanca, no difería de la imagen que yo mismo me había formado del personaje evangélico, pero otros presentaban una estética que chirriaba con la época en la que se desarrollaba la historia. Los soldados aparecían con cascos plateados, camisetas azules de tirantes y desgastados pantalones vaqueros. Me pareció una estética muy atrevida, pero me tranquilicé pensando que, si la exhibían, era porque la censura había dado el nihil obstat. La sala se llenó. No pude sentarme muy próximo a mis perseguidos porque en los minutos que tardé en decidirme, ellos encontraron acomodo en una parte del salón donde ya no quedaban butacas libres. El no estar cerca me permitió ver la película como un espectador más, olvidando el motivo por el que me encontraba allí. El asombro fue a más cuando en las primeras secuencias apareció un autobús en el que llegan a Tierra Santa los actores, unos jipis americanos, que van a representar la historia y comienzan a bailar y cantar. A partir de ese instante, todo lo que se proyectó no me dejaba de sorprender. Supe que España sería otra muy distinta desde ese momento. El espejo de la pantalla nos devolvió la imagen de la sociedad a la que deberíamos acomodar nuestra vida. La figura tan deificada de Jesucristo se diluía en la historia proyectada, presentándolo como un hombre corriente que, ante la misión que ha de cumplir por deseo de su Padre, duda de su valor. Se plantea si merece la pena el sacrificio al que se va a someter. Convive con unos apóstoles tan humanos como él mismo, en los que halla la deslealtad y la traición. Lucha por anteponer su misión redentora al placer del amor correspondido. En su corta existencia, también sufre la violencia de los poderosos y el desprecio de los sacerdotes. La crueldad con la que lo atormentan y le quitan la vida es más viva que la narrada en los propios evangelios. A pesar de su casi completa ortodoxia y de presentar la figura central de la Biblia con un aspecto más real y digno de admiración que el que aparece en las Sagradas Escrituras, durante la proyección estuve en vilo por si en cualquier momento era interrumpida por mis compañeros del cuerpo policial. Me sorprendía estar viviendo lo que podría ser una atenuada herejía en la católica Ávila. Por otra parte, sentía, junto a los espectadores que se encontraban a mi lado, que todos formábamos una comunidad de privilegiados y que el hecho mismo de estar viendo la película constituía un nexo entre nosotros que no desaparecería con el paso del tiempo. Esa noche, en mi cálida habitación del hotel Continental, no pude pegar ojo reviviendo las escenas más significativas. Yo mismo me introducía en la acción del filme y participaba en ella. Incluso, me atrevía a cantar. La impresión me duró bastante tiempo. De vez en cuando, ya no por la noche, sino a cualquier hora del día, rememoraba una parte de la historia o canturreaba las melodías más pegadizas.


13. Oxygene

 







En lo que sí debo dar la razón a mi comisario madrileño es en que la práctica policial de esos días me vino muy bien para mi formación. A veces la idea que la población se hace de los cometidos de los agentes policiales está distorsionada. Se piensan que nuestro trabajo consiste en patearnos las calles y husmear en los sitios más variopintos para sacar informaciones concluyentes de los asuntos que nos encargan. Esa es una parte. La más desconocida son las horas que pasamos documentándonos en nuestros archivos y la más engorrosa es la redacción de informes con las conclusiones a las que llegamos. No me había visto en la necesidad de poner a prueba esta destreza y el encargo abulense fue la ocasión oportuna. En principio no me asustaba la redacción, pero cuando, sentado en la mesa de una dependencia en la que nunca reinaba el silencio, me enfrenté a la tarea, no era capaz de cuajar una oración. Era el ruido y el sentirme vigilado por otros compañeros con más experiencia, pero también la dificultad de expresar con palabras escritas hechos contemplados con dos ojos, escuchados con dos oídos, palpados, olidos… ¿Cómo transmitir todas las sensaciones? Para mí, los hechos descritos, las acciones llevadas a cabo, las frases plasmadas en esos documentos no reflejan mi percepción de lo observado si no añado notas del ambiente, si no explico las motivaciones por las cuales los sujetos hacen lo que hacen o no enfatizo el tono con el que hablan. Todo esto puede ser en razón a mi afición a la escritura.

Delante de mí apareció uno de los informes que redacté. Estaba a punto de pasarlo. Siento pudor al leer lo que ya he escrito. En el diario que de manera irregular garabateo, rara vez me da por revisar qué anoté en fechas anteriores, a no ser por una motivación precisa, como me ocurrió esa tarde en la que, solo en mi despacho, revolví los papeles de los incidentes abulenses. Mucho más reparo me da leer estos documentos oficiales. Cuando no me queda más remedio que ponerme con ellos, siento rubor al descubrir fallos, pero, sobre todo, la falta de chispa de mi redacción. Es un texto muerto. Los hechos narrados están amortajados y no consiguen revivir el espíritu que animaba a las personas que los protagonizaron. Por eso me mentalicé con tiempo para soportar los latigazos de mis propios errores cuando fuera pasando las hojas. El primero que redacté recogía las conclusiones a las que llegué después de seguir a uno de los estudiantes de Magisterio. Estos informes los entregué a mis dos jefes: el más inmediato, el comisario Agapito, y a mi superior directo, el comisario Ataúlfo. Temí la reacción de los dos cuando lo leyeran, aunque por motivos diferentes. El abulense, pensé me podría pillar en errores de bulto por no dominar lo suficiente el contexto social en el que me desenvolvía, por lo cual anticipé que no le serviría de mucho mi labor investigadora. En cambio, ante el segundo me presentaba con la angustia con que se enfrenta el alumno al profesor cuando le entrega un examen y espera la nota. Quisiera o no, de él dependía mi avance en el escalafón y cualquiera de mis actuaciones sería juzgada valorando si era apto o no para aspirar a convertirme en un inspector de pleno derecho en el cuerpo policial.

El informe estaba encabezado con los registros habituales de los formularios en los que figuraban los datos referentes a la jurisdicción fiscal que autorizaba la operación, la dependencia policial y el nombre del efectivo a cargo de la investigación y, por supuesto, los datos de la persona objeto del seguimiento.

El sujeto era un estudiante de segundo de Magisterio, de 18 años, residente en un pueblo próximo a la ciudad. Todavía me acuerdo del joven. Aunque en el informe no realicé un retrato pormenorizado, no me hizo falta leer los pocos rasgos que señalé para imaginármelo tal cual era. Alto y atlético, con una espalda fuerte y ancha, y con una delgadez elegante. Muy desgarbado e inquieto, transmitía alegría y deseos de disfrutar de la vida con las ansias inconmensurables propias de los primeros años de juventud. En su cara con pecas se vislumbraba una inteligencia intuitiva y descarada que se atrevía a dominar cualquier conocimiento con tan solo escuchar las primeras proposiciones de los axiomas en los que se basaba el saber. Daba la sensación de que afrontaba los estudios con la dejadez del que se cree sobrado de facultades y de que el reto que ha de superar es de menor entidad del que podría alcanzar. Su mirada era limpia y sincera. Sus ojos mostraban un trasfondo en el que, como en una fuente clara, podía uno vislumbrar su bondad e inocencia. En cambio, cualquier otro observador que no fuera muy agudo en su análisis, prestando atención a su descuidado y contestatario atuendo, a su provocativa forma de caminar apoyando las punteras de las botas y a la desenvoltura de sus movimientos, con los que parecía despreciar el mundo en el que vivía, podría formarse la idea de que el sujeto fuera proclive a cualquier desmán social.



DILIGENCIA DE INFORME.— Se extiende para hacer constar que a juicio de esta instrucción lo que se puede decir del tal individuo es lo siguiente:

——— Se desplaza desde Fuentelavía, donde reside, hasta la capital en una Mobylete los días que el tiempo acompaña. Si llueve, llega en autostop o concierta con algún vecino el viaje en coche. En ocasiones se desplaza junto a otro joven de la misma localidad con el que pasa mucho tiempo en la capital. El regreso a su pueblo lo hace por idénticos medios.

——— Su conducta en el aula es normal. No molesta ni es un cabecilla entre sus compañeros. Llama la atención su comportamiento en los descansos entre clase y clase cuando se ayudan a pasar los mordiscos del bocadillo con largos tragos de vino de una bota que llevan en un morral caqui, similar a las bolsas de los soldados de reemplazo. Algunos de los que se arriman también beben.

——— Después de las clases, junto al tal referido amigo y un grupo de compañeros de la escuela, se dirigen hacia el centro de la ciudad y a la parte interior de las murallas. Hay ocasiones que entran en La Casa de la Cultura a realizar trabajos en grupo o leen el periódico. Otras, toman algo en un bar llamado Teodorillo, por el que tienen especial querencia, situado en la calle Vallespín.

——— En el grupo de amigos, hay un tal José María muy ligado al mundo sindical, aunque las conversaciones que mantienen en el local no suelen referirse a cuestiones políticas.

——— Los desplazamientos a la capital los días festivos son irregulares. Cuando lo hacen, no se encuentran con estos amigos estudiantes. A veces están solos, aunque otras acuden a un local de una asociación juvenil.

——— En estas ocasiones, no se ha observado que mantenga contactos con personas sospechosas con las cuales pudiera coordinarse, en el supuesto caso de que tramaran algo.

——— Tampoco se ha podido constatar que salga con ninguna chica.

——— El regreso al pueblo, los días festivos que vienen a pasar la noche a la ciudad, es muy accidentado, pues han de buscar a alguien conocido que disponga de vehículo con plaza libre.

——— No se ha podido investigar lo que hacen en Fuentelavía por estar fuera del alcance del agente encargado del caso.



El informe continuaba aportando más detalles, todos ellos irrelevantes. Como es normal, en la plasmación escrita de mis observaciones solo anoté la esencia del comportamiento, pero entonces, y mucho más ahora, era casi imposible inhalar la fragancia que se desprendía de la vida de esos muchachos, en especial, la del joven investigado. Muchos aspectos de su conducta se quedaron en el tintero, si bien los recuerdo con bastante nitidez.

El seguimiento de este estudiante fue una de las razones por la que me vi obligado a pernoctar. Yo lo esperaba en la avenida Madrid, a la altura de la estación de autobuses. Las clases comenzaban a las tres y media, por lo que un poco antes merodeaba por allí. Si llegaba en moto, la aparcaba en el portal amplio y oscuro de un pequeño bloque de viviendas, en una de las cuales vivía un vecino del pueblo. Dejaba el casco colgado del manillar y tomaba de las alforjas el material escolar. Llamaba la atención por una impresionante cazadora de cuero de aviador en la que había bolsillos con cremalleras y un gran cuello que levantaba para protegerse del frío. En el mismo lugar aparcaba su amigo del pueblo, el cual, aparte de sus libros, portaba una bota de vino. En el tiempo que duró mi vigilancia llegaron siempre puntuales y no faltaron a ninguna de las clases.

Mi seguimiento en el recinto universitario fue más sencillo de lo que había imaginado. Una vez que hablé con el conserje y supo la directora lo que me proponía, entraba como si fuera un estudiante, o bien un funcionario de la Delegación Provincial de Educación, cuyas dependencias se hallaban en el mismo gran edificio. De hecho, como muy bien observé en mi primera visita a la ciudad cuando vi este complejo, también era un centro para párvulos y niños de Primaria. Por otra parte, aunque la mayoría del alumnado era joven, me percaté de que algunos de ellos hacía ya tiempo que habían dejado atrás sus estudios de Secundaria. Uno de estos sujetos era un cura que calculé podía rozar los sesenta años. Era fiel acompañante de mi investigado y su colega. Aunque no llegué a entrar en el aula, pude comprobar en más de una ocasión que los tres se sentaban juntos en las últimas filas de pupitres. Y, si bien en mi informe anoté que su comportamiento era ejemplar en clase, no dudo de que, si el grupo molestaba a los compañeros o al profesor de turno, no era a causa de los jóvenes, sino de Diógenes, el cura, por su inclinación a comentar ( o más bien refunfuñar, por el tono zumbón con que lo hacía) cualquier afirmación proveniente del docente, si se hallaban en una explicación, o de los propios alumnos, de los que murmuraba al instante de retirarse. Siempre me pregunté qué nexos anudaban la amistad entre esa pareja de estudiantes y el clérigo. Lo lógico, pensaba, era que se repelieran; sin embargo, en la escuela formaban un bloque monolítico. Los tres hablaban y se reían con un entusiasmo que era admirado por el resto del alumnado. Esa relación se sustentaba, además, en la colaboración: se pasaban apuntes, perfilaban los contenidos más importantes en la preparación de las materias y los tres formaban un grupo de trabajo para realizar las tareas que los profesores les mandaban. En una ocasión, incluso, observé que los dos se dirigían a la residencia del sacerdote, ubicada en el recinto amurallado, cerca del Mercado Chico.

Como anoté en el informe, había tardes en las que, después de finalizar las clases, pasaban unas horas juntos. Seguirlos, a pesar de que continuaba considerando las pernoctaciones a las que me veía obligado un sacrificio baldío, era muy divertido y a veces los envidiaba. Después de cuatro o cinco horas aguantando las explicaciones, salir a la calle en grupo era una liberación que festejaban con risas y comentarios de las ocurrencias de sus profesores. El número de chicos y chicas era similar y aprovechaban ese tiempo también para flirtear, si bien tan solo el sindicalista parecía que se había emparejado. Mi muchacho (así lo puedo llamar porque en algunos momentos me sentía responsable de lo que pudiera hacer, como si yo fuera un hermano mayor) también jugueteaba con alguna de las chicas, aunque me dio la sensación de que no se sentía atraído por ninguna de ellas. Antes he dicho que mi responsabilidad basculaba entre el deber y la curiosidad por conocer al sujeto y las personas que lo rodeaban. En una ocasión estuve a punto de abofetearlo, después de ser testigo de la broma que gastó a una de las compañeras. Creo que esta era la que más le atraía pues era con la que más hablaba y además ella también sonreía con más ilusión cuando los dos marchaban juntos. No se le ocurrió otra cosa que, caminando detrás de ella en los soportales del Mercado Grande, aproximarse a la muchacha y tirar de las gomas elásticas del sujetador, soltándolas, como se fueran las de un tirachinas. La chica se dio media vuelta y a punto estuvo de darle una bofetada, pero al comprobar que había sido él, intentó sonreír aguantando la gracia pesada de su amigo.

Siguiéndolos y viendo que no había nada de particular en su comportamiento ni relevante en sus conversaciones, me olvidaba sin pretenderlo de las características de mi misión. No imaginaba a ninguno de ellos como artífice de los desmanes sufridos por los abulenses atacados. Eran jóvenes y aprovechaban los tiempos muertos de ocio para disfrutar como cualquier otra persona de su edad. Donde mejor me pude formar una idea de todos ellos fue en los ratos que pasaban en un bar que se encontraba en la calle Vallespín, más allá de la Academia Militar de Intendencia. Se sentaban en dos mesas y se pedían una jarra de vino peleón. Allí podía escuchar sus conversaciones y observar con más detalle el rostro de cada uno de los integrantes de la pandilla. Me sentía como otro miembro más, aunque mi papel era escuchar sin poder intervenir. No se estaba mal en el local a esas horas últimas de la tarde, después del trajín de todo el día. Era un alivio, y yo mismo notaba cómo mis piernas y el resto del cuerpo se relajaban sabiendo que, aunque me perdiera algo de su conversación, no era nada de importancia. Estas veces en las que no escuchaba lo que decían era como consecuencia de la música de una gramola que sonaba cuando alguien introducía una moneda de cinco pesetas. En ese bar oí por primera vez una canción que luego he escuchado muchas veces. Se llamaba Oxygene, del músico francés Jean Michel Jarre.

12. Hotel Continental

 

Recuerdo que, después de viajar unas cuantas veces a Ávila, busqué con impaciencia a mi superior, el comisario Ataúlfo, para transmitirle lo absurda que resultaba la misión. Tras entrar en contacto con los policías locales y conocer con más profundidad los asuntos que les preocupaban, no encontraba justificados mis desplazamientos. Es más, le expliqué a mi jefe que yo, si fuera un agente abulense, también me molestaría si alguien ajeno metiera las narices en hechos delictivos de andar por casa. Por supuesto, le adelanté mis primeras conclusiones sobre la autoría y le dije que para todos los incidentes había candidatos con razones suficientes para llevarlos a cabo y que, por otra parte, no diferían de los que se producían en otras ciudades.

El comisario me escuchó con una atención inusual en él. Me dejó hablar sin interrumpirme, por lo cual tuve la oportunidad de proporcionarle los detalles necesarios relativos a la investigación e, incluso, otros argumentos más personales encaminados a que cambiara de parecer y me apartara de la misión. Mi intuición me aseguraba que iba por buen camino para lograr mi deseo.

¡Joder, Escaleras! ¡Me dejas anonadado!

Sin escuchar una palabra más de su boca, supe que me equivocaba, que cada razón aludida en mi informe era un naipe y que con ellos había erigido una torre de ilusión que el comisario con un simple resoplido estaba a punto de derribar.

¡Tan mal te tratan los paisanos de santa Teresa!

Lo peor no era anticipar que mi misión continuaría, pese a saber que me disponía a perder el tiempo, sino soportar la mofa de mi superior. No me era desconocida, pero he de reconocer que en esa ocasión me cogió de sorpresa y que por eso me dolió más.

El comisario se percató de que se había pasado de raya. Quería a sus hombres. Luchaba por no dejar traslucir el desaliento que a veces sentía cuando se dirigía a ellos. Su ironía le colmaba, pero siendo de un carácter bonachón, por nada del mundo se complacía cuando notaba que hundía el ánimo de sus subalternos.

Mira, Escaleras —me reconfortó como si se tratara de un padre aconsejando a su hijo con cariño—, en esta profesión no es cuestión de estar siempre detrás de malnacidos. ¡Ya tendrás ocasión de enfrentarte a ellos! ¡No sufras!

Agradecí el tono afable con el que se dirigía a mí e intenté detener los consejos que estaba a punto de darme para no parecer más pusilánime de lo que ya me había mostrado, pero esa mañana el comisario Ataúlfo no estaba muy ocupado, o bien dejaba ver una de las facetas en la que menos se prodigaba, la didáctica.

Llevas muy poco en el cuerpo: ten paciencia. Este caso te va a servir para desarrollar más el talento necesario para oler por dónde van los tiros, que descubrir el misterio que hay detrás de un asesinato. Escucha, observa, conoce a las personas, indaga en las razones por las que luchan en la vida o les empujan a realizar actos no habituales. El buen policía es más un psicólogo que un atleta.

Siempre recordaré el consejo que me ofreció mi estimado comisario. ¡Qué perro y sabio es! Aunque no lo comprendo en todas las ocasiones, reconozco que no me gustaría encontrarme a las órdenes de ningún otro superior. Me hace sentir a veces como un muñeco de guiñol. Él me imprime el espíritu con el que suspiro y el que me transmite las pautas con las que me muevo en esta profesión. Espero algún día ser como él, siendo yo mismo el que tome las riendas de mi vida.

A pesar de las recomendaciones y del talante paterno con el que me sentí tratado, no me persuadió de que mi dedicación al caso mereciera la pena, aunque, con un poco más de brío, reanudé mi misión. Lo peor iba a ser convencer a mi mujer de que no me trataban como a un pelele en comisaría. Si había manifestado reticencias a los dos o tres viajes ya efectuados, no sabía cómo se lo tomaría cuando le adelantara la posibilidad de pasar días enteros fuera de casa. De esos desplazamientos iniciales había sacado una impresión no muy positiva de la ciudad. Quiero decir que, aunque me deslumbraron sus monumentos y no podía afirmar que me hubieran tratado mal, no me parecía atrayente pasar varios días allí y dormir en algún hotel. Pensaba, como si fuera un simple turista, que era una ciudad de un día y que me aburriría sin remedio si había de hacer noche, pero llegó un momento en el que las obligaciones se impusieron a todas las consideraciones subjetivas que la ciudad dejaba en mi ánimo. La primera vez que tomé el tren cargado con un bolso con unas cuantas mudas y ropa de repuesto sentí que marchaba desterrado a un lugar inhóspito, frío y muy alejado. Aun no siendo objetivamente verdad, esos eran los sentimientos que teñían mi espíritu. Las jornadas que pasaría allí no podían ser muchas pero, apartado de mi casa y de mi mujer, en los momentos que el tren se alejaba de Madrid, se presentaban como una eternidad. En este aturdimiento angustiado me hallaba, cuando noté que un viejo me observaba con una sonrisilla socarrona.

¡Parece que le ha gustado Ávila!

Esta salutación me dejó desconcertado, pues sabía que aludía a una experiencia pasada que no lograba concretar en mi recuerdo.

¿No le acompaña en esta ocasión el sobrino resalado? —continuaba proporcionándome pistas como si se tratara de una adivinanza.

Tardé unos segundos en reconocerlo y a punto estuve de mandarle a hacer puñetas por su tono burlón, pero me contuve y me engañé a mí mismo diciéndome que tan solo me quería gastar una broma.

¡Vaya sorpresa! —le dije con una alegría falsa, pues lo menos que me apetecía era mantener una conversación banal con un pasajero extraño, por mucho que hubiera coincidido con él en el primer viaje que realicé con mi sobrino. Una vez repuesto del desagradable encuentro, sin embargo, dudé sobre si era conveniente presentarme como policía y aprovechar la oportunidad para charlar con un colega de Reflexionado, pues recordé que me había asegurado que era profesor de la Normal. Con seguridad, porque no me había repuesto del mal talante con el que se dirigió a mí, no tuve el ánimo ni los reflejos para aprovechar la ocasión de ampliar el conocimiento del mundo académico. Aunque, ahora que lo pienso con un poco más de calma, quizá también influyó en mi determinación de seguir como un anónimo viajero, considerar a este hombre ajeno a los trajines del centro. No sé si fue por su atuendo, por su cara chistosa o por el hecho de no haber echado raíces en la tierra donde ejercía. Aunque no intercambiamos nada más que unas breves palabras, percibí que no me quitaba los ojos de encima e, incluso, que no desaparecía de su cara la risilla descarada.

Cuando me apeé y salí de la estación, mi ánimo seguía decaído. Esa languidez vital continuó al encontrarme un día opaco que daba a la ciudad un aire frío y apagado. Incluso, en la avenida moderna que arrancaba desde la parte alta, que en otras ocasiones me pareció una muestra de vitalidad en una población vetusta, percibí que en esa mañana sus altos edificios se habían transformado en inmuebles amortajados con una indecente penumbra. Hasta el granito gris y frío de la fachada de todo el complejo de la sede del Gobierno Civil era más fúnebre que de costumbre.

La razón por la cual se prolongaba mi estancia en la ciudad era llevar a cabo una labor de vigilancia a un grupo de alumnos de la Normal. No eran jóvenes de los que sospecháramos su implicación en el asalto al profesor Reflexionado.

En una reunión que mantuvimos Severino y yo con nuestro superior en Ávila, el comisario Agapito, y otros dos inspectores de la agrupación relacionados con los asuntos políticos, acordamos iniciar una línea de investigación para conocer cuál era el grado de contaminación ideológica del centro universitario. Todos los presentes en esa charla sabíamos que íbamos a emprender una línea de investigación estéril, del mismo modo que ninguno obviaba que lo hacíamos por justificar la presión que los superiores ejercían sobre el cuerpo policial.

Aprovecharemos para meter un poco las narices en el ambiente intelectual de la ciudad —resumió con resignación el comisario, un hombre que luchaba por mantener su humor en un plano superior al de su pesimismo.

Cuando los policías locales se referían a él, casi siempre lo llamaban con su nombre de pila y lo pronunciaban con una mezcla de respeto y de temor. Por lo que lo conocí, no creo que el miedo se debiera a su severidad, sino a la azul mirada de inmensidad marina. Era el pavor al infinito profundo de sus ojos, que unas veces podían transmitir una relajada serenidad y otras las turbulencias de una violenta tormenta. En las ocasiones en que hablé con él he de reconocer que me cautivó su benevolencia hospitalaria, manifestada en una sonrisa esbozada a la sombra de la parra rubia de su bigote.

Fue el propio comisario el encargado de buscarme alojamiento, si bien fue Severino el que me acompañó a dejar mis pertenencias. Se trataba de un hotel decadente situado en las proximidades del patio de entrada de la catedral. No sé por cuenta de quién fue el gasto de mi hospedaje, pero me imagino, viendo la escasa categoría del establecimiento, que los que abonaron las sucesivas facturas fueron los responsables provinciales de la policía. A pesar de su ubicación privilegiada y del esplendor que seguramente mostrara en décadas anteriores, la impresión que noté al entrar en él, en ese día en el que me encontraba tan decaído, fue la de que dormiría como en una pensión corriente. Sin embargo, la habitación que me asignaron era de buenas dimensiones y desde ella, se observaba la fachada, la monumental iglesia y, también, el Valderrábanos, un hotel con más estrellas que el mío, que a todas luces se podía comprobar que se trataba de un antiguo palacio renacentista. Comparados sus nobles elementos con la decoración sobria y degradada del antiguo estilo inglés del hotel en el que me alojaba, se podía justificar la distinta categoría de uno y de otro.

Sin embargo, a pesar de esta primera decepción, siempre que me alojé allí me sentí acogido como si formara parte de una gran familia integrada por la dirección y los empleados; e incluso por alguno de los clientes habituales. Me imagino que el comisario Agapito tendría mucho que ver con el trato que me dispensaron. Esa primera noche, cuando me metí en la cama, noté ya un detalle que me hizo sentirme muy a gusto: los radiadores eran calentados con una caldera de carbón, cuyo olor mineral termina por impregnar los espacios que calienta.



11. El robo del maletín


La luz de la tarde se alejaba por occidente creando una cálida penumbra en mi despacho. Me costaba leer y las fotografías se desdibujaban en la oscuridad, dejando en mí una imagen similar a los recuerdos confusos de aquellos días de investigación en la capital abulense.

Alguien había incluido en el dosier, que al final quedó en mis manos, unas fotocopias de las denuncias presentadas en comisaría. Mi compañero Severino quiso centrar solo en ellas nuestro trabajo. Revisándolas comprendí cómo transformamos el sufrimiento de las víctimas en meros trámites burocráticos a través de formularios encorsetados y de una sintaxis absurda. Solo recogemos los hechos, no los sentimientos y el dolor que sale por los poros de los que sufren el ataque de otro. Entre la experiencia vivida y la declaración hay tal distancia, que no me extraña que la propia petición de justicia sea onerosa y muchos desistan de ponerse en nuestras manos.

Encendí el flexo y alargué el brazo articulado hasta centrar el haz de luz en ese desvaído documento. Un profesor de la Escuela de Magisterio había denunciado el robo de una cartera. Me imagino la angustia, después de la sorpresa que se llevaría cuando, sin ser capaz de reaccionar, se encontrara paralizado sin tomar ninguna iniciativa, salvo la de ir a las dependencias policiales a notificar la sustracción. ¿Qué se le pasaría por la cabeza? Tal vez llevara en el maletín los únicos apuntes con los que impartía sus clases; o exámenes que acababan de hacer sus alumnos para corregirlos con tranquilidad en su casa; o las cartillas del banco; o cartas privadas; o su mismo diario personal… Esas preocupaciones, con total seguridad, no quedaban reflejadas en el parte policial. Habría que sumarlas al sentimiento de ineptitud que albergaría por sentirse despreciado vilmente por otro ser humano. En cambio, ¿qué datos figuraban en el formulario?



En Ávila de los Caballeros, siendo las 20 horas y 45 minutos del día 24 de marzo de 1982, ante el agente arriba mencionado.


COMPARECE: En calidad de DENUNCIANTE, mediante DNI n.º 93867001, acredita ser AQUILINO REFLEXIONADO DE SALAMANCA, país de nacionalidad, ESPAÑA, varón, nacido en Valladolid el día 31 de agosto de 1929, hijo de Ventura y Justina, con domicilio en la calle Arturo Duperier, nº 312 de Ávila, tf 9209130812, y:

MANIFIESTA:

Que denuncia la sustracción de un maletín marrón de unos 50 por 30 centímetros en el día de hoy sobre las 20 horas y 15 minutos en las inmediaciones del Jardín del Recreo.

Que mientras caminaba de la Escuela Normal de Magisterio hacia su domicilio, dos individuos, sin que se percatara, le han arrebatado la cartera sin mediar palabra.

Que acababa de terminar su jornada laboral y se dirigía a su casa.

Que no ha sufrido daños personales ni ha sido agredido.

Que el maletín sustraído contenía documentos relacionados con su profesión.

Que no ha habido testigos del robo.

Que los atacantes fueron dos varones de complexión fuerte y de una estatura mayor a la de la víctima, por lo que supone podría ser de 180 o 190 centímetros.

Que no reconoció a los asaltantes y que no puede afirmar que fueran alumnos a los que imparte clase.


El asunto se arregló porque el profesor recuperó su maletín sin que le faltara nada. Fue él mismo el que acudió a quitar la denuncia a la mañana siguiente cuando, al salir de casa, en el portal de su vivienda, lo encontró y comprobó que no había desaparecido de su interior ningún documento. Los compañeros trataron de convencerlo de que no la retirara para indagar y detener a los asaltantes, pero el profesor se mantuvo firme en su decisión de no querer continuar con la denuncia.

Una vez más mi compañero Severino y yo molestamos al profesor para rememorar un dolor que con bastante probabilidad ya se habría atenuado lo necesario como para permitir a la víctima recuperar su ritmo habitual y situar en la giba de los agravios de su vida otra afrenta más que debería recordar posteriormente, pero ya disuelta en el magma existencial de cualquier persona.

Severino se puso primero en contacto con él por teléfono para que nuestra presencia no le cogiera de sorpresa. Quedamos una tarde sobre la cinco en la cafetería Copacabana, ubicada en una de las calles que desembocan en El Grande. Se trataba de un local amplio con extensas cristaleras que permitía ver el trasiego de los viandantes que se dirigían o salían del foro más concurrido de la ciudad. Llegó poco después de haber entrado nosotros. Nos sentamos en una mesa apartada que nos permitía hablar en intimidad y sin que nadie nos molestara. A esas alturas ya no nos presentábamos como policías interesados en profundizar en el ataque concreto que había sufrido nuestro interlocutor, sino como investigadores que indagaban en un conjunto de incidentes significativos que comenzaba a inquietar a los vecinos de la ciudad. Por aquellos días el periódico y los programas de radio locales se hacían eco de estos disturbios y clamaban a las autoridades para que los delincuentes fueran puestos a buen recaudo en la cárcel. Con seguridad acudió a nuestra cita con la sensación de cumplir con un deber ciudadano más que por convicción personal. Intuíamos cuál iba a ser su actitud y preveíamos que el resultado de la entrevista no sería relevante, pero nos pagaban por obedecer a nuestros superiores y realizar los cometidos que nos asignaran y, aunque esta conversación con el profesor la programamos por iniciativa propia, lo hacíamos más por seguir la cadena lógica de los pasos de una investigación que con la esperanza de que tal sujeto nos aportara datos concluyentes. Sin embargo, nos proporcionó un detalle novedoso. Se trataba de que los ladrones no solo le devolvieron el maletín, sino que en su interior habían dejado un mensaje escrito en una cartilla. No nos la enseñó. Aludía a la relación que mantenía como profesor con sus alumnos, sin precisar los términos de la redacción ni detalles más explícitos sobre su contenido.

¿No sospecha de alguien en concreto? —le pregunté con la certeza de que ya habría repasado la lista de personas dispuestas a atacarlo por haberlas tratado injustamente.

Nos observó a los dos y por su mirada supuse que sí que había procedido tal y cómo yo pensaba, pero no se animaba a decir quiénes podían estar involucrados. Lo que no acertaba a intuir era por qué razones ocultaba los nombres: si era por carecer de pruebas, o por tramar una venganza personal contra ellos sin contar con el auxilio de la justicia. Le creí capaz de envalentonarse y de satisfacer el ansia de reparación del agravio sufrido. Su desmesurada altura, su frágil cara, su pequeña cabeza con cuatro pelos, su chepa de anciano, no podían encubrir una mirada determinada a conseguir lo que se proponía. Me pareció una persona obstinada y con condicionantes muy estrictos a la hora de examinar la realidad. No consideré que nadie de su entorno, menos nosotros, pudiera disuadirlo de la opción elegida para reparar el ultraje.

Piense y recapacite. Si nos proporciona algún nombre, es fácil averiguar si está involucrado —seguí insistiendo con la pretensión de que se olvidara del ojo por ojo y el diente por diente.

Desvió los ojos hasta posarlos en Severino manteniendo su mutismo, como si lo que yo dijera a partir de ese momento ya no lo fuera a escuchar.

¿Cree que los que le robaron el maletín eran estudiantes? —le planteó Severino aceptando el protagonismo que el entrevistado le concedía con su mirada.

No. Rotundamente, no —respondió sin titubear.

Acepté sin rechistar su certeza de que no había sido ninguno de sus alumnos. Estaba convencido de que con la breve imagen formada de los ladrones había repasado a todos los alumnos y ninguno de ellos coincidía con el perfil de los que lo sorprendieron en el parque. Esto no quería decir que, aunque directamente ningún estudiante fuera el responsable de su humillación, no hubieran sido los instigadores de la misma. En este sentido, su venganza no se podría personificar y el conjunto de sus discípulos serían las víctimas de su severidad.

Se incorporó y se despidió con un leve movimiento del brazo, dando por supuesto que lo invitaríamos. Por el ventanal lo vimos encaminarse a la calle solitaria y oscura que se dirigía a la izquierda, en dirección a su casa. A pesar de marchar encorvado y mirando al suelo, su altura era llamativa. Sin abrochar el abrigo descompuesto y meneando las manos como una marioneta liberada, aparentaba un abandono que podría despertar la compasión de cualquiera que se fijara en él. Sin embargo, después de vislumbrarr brevemente la infelicidad y el fracaso de su existencia, a través de su laconismo y su mirada miserable, en ese instante tan solo me acordé de sus pobres alumnos.

No nos fue complicado averiguar la aureola de severidad que rodeaba al catedrático y del sufrimiento que infligía a los desgraciados estudiantes. Su materia era de las más complejas de la carrera, pero él la complicaba mucho más. Nadie dudaba de sus inconmensurables conocimientos, plasmados en manuales y trabajos de reconocido prestigio; en cambio, como docente era una calamidad. Su dicción era incomprensible. Hablaba para sus hombros o en dirección a las paredes laterales. Cuando había de mirar con fijeza a una persona se ladeaba y sus ojos se cruzaban. Además de su tono bajo, hablaba con una rapidez inusitada, como si le urgiera abarcar todos los conocimientos plasmados en sus libros de texto. Muy pocos eran capaces de tomar apuntes, por lo que, a medida que avanzaba el curso, los estudiantes que asistían a sus clases se convertían en testimoniales y su presencia no se justificaba por lo que aprendían, sino por miedo a las consecuencias que tendrían sus novillos en el expediente académico. Sentados en las primeras filas para poder oír lo que decía, aguantaban no solo las explicaciones con un semblante sonriente, sino las retahílas de descalificaciones del docente que, a la menor oportunidad, olvidando la difusión del conocimiento, se desahogaba abroncando a los que no aparecían por sus clases por despreciar el gasto público que el Estado hacía para procurarles una formación. Clamaba contra ellos advirtiendo cuál sería el resultado en su rendimiento y en sus notas, y advertía a aquellos incautos que pensaban que yendo las últimas semanas del curso a sus clases conseguirían limpiar las faltas de su ausencia. Se reía entonces con una malicia que lograba contraer la sonrisa de aquellos que estaban aguantando el chaparrón de quejas sin ser ellos de ninguna manera culpables de la no asistencia de sus compañeros.

Lo peor, con todo, era el bajo índice de aprobados de su materia. Lo normal era superarla en la cuarta o quinta convocatoria, cuando ya sus alumnos creían que no podrían titular a consecuencia de la severidad de Reflexionado. Solo los escasos estudiantes que acudían a sus clases aprobaban a la primera. Poco a poco, si el encono del profesor no se había plasmado en ellos, los demás lo conseguían en las siguientes. Los más desgraciados eran aquellos en los que singularizaba su frustración, a los que atormentaba en el cruel purgatorio de sus clases. A pesar de las horas dedicadas a la asignatura, ninguno de los repetidores aprendía mucho más de los conocimientos adquiridos durante el año correspondiente a su estudio y la sensación con la que salían de sus exámenes no difería de la que tuvieron al examinarse con él la primera vez. Cuando los puntuaba con un cinco raspado era frustrante pensar que las respuestas a sus preguntas no habían mejorado en las sucesivas pruebas de los años extra de estudio, por lo cual el único deleite que lograban con el aprobado era el fin del suplicio, no la satisfacción que proporciona el conocimiento.

A lo largo de la investigación comprobamos de casualidad que el descontento de algunos estudiantes no se dirigía solo a Reflexionado. Merodeando por la gran rotonda del edificio universitario que lindaba con la avenida de Madrid, pudimos leer un letrero, ya apresuradamente borrado, dirigido contra otro profesor de la Escuela Normal. Es más, yo mismo, habiendo ya efectuado varios viajes en tren desde Madrid a Ávila, leí otra inscripción en la fachada de una casa en ruinas cercana a la estación. En ella se calificaba de borrachín a un tal Gorgojo. Tardé en saber qué la persona a la que se aludía era también docente.









 

Seis pares de calcetines

  Los visitantes al pueblo solitario llegan de forma regular, con un calendario ignoto para los vecinos, pero aseguraría que muy bien organi...