La localidad olvidada donde vivo está enclavada cerca del mar, en una zona acantilada. Tiempo atrás hubo un afán absurdo por construir complejos residenciales en los prados y baldíos cercanos. Mucha gente no sabía en qué emplear los ahorros, o las entidades financieras prestaban en unas condiciones tan ventajosas que les entró la manía de invertirlos, junto con el dinero adquirido fácilmente, en la compra de un apartamento para pasar los veranos y los fines de semana. La mayoría de estas urbanizaciones se deterioran, olvidadas en el limbo verde de la costa, por el abandono de sus propietarios. Sin embargo, no todos fueron veraneantes de tres al cuarto. Hubo algún jubilado que eligió pasar sus últimos años con nosotros. Un día aparecieron y entraron a formar parte del entorno como si siempre hubieran estado integrados en él. Algunos ya no están y desaparecieron misteriosamente del mismo modo en que llegaron; no sé si han muerto o si, ya incapaces de valerse por sí mismos, han ingresado en alguna institución de atención a personas dependientes.
La verdad es que hemos tenido mucha suerte con los que se han incorporado a nuestra sencilla y rutinaria vida: gente risueña y alegre, encantada de haber dejado atrás ciudades impersonales e inhumanas para venir a la arcadia idealizada de esta localidad sobria y hermética. Se los ve felices, con una candidez rayana en lo pueril. Bajan por la carretera camino del bar conscientes del placer y del lujo de poder tomarse un café en el único bar que nos sirve.
El último en aparecer y desaparecer fue un señor mayor, al que vi siempre acompañado por un labrador, un perro con más paciencia que el santo Job. Siempre carretera abajo o carretera arriba. En algún momento impreciso lo descubrí girando hacia una de las urbanizaciones altas y pensé en las dificultades que tendría para subir las escaleras de las tres plantas de los bloques de aquel complejo, en el caso de que su vivienda no fuera la primera, porque el buen hombre padecía una cojera bastante incapacitante.
No puedo decir cómo se llamaba él, pero sí el perro al que continuamente se refería con el nombre de Patxi. Raro era el día que no lo veía, bien desde el coche, bien cuando nos cruzábamos al salir de paseo. Su manera de andar era muy peculiar, como lo era toda su figura. Se apoyaba en una gran vara de avellano igual de alta que él. En la mano izquierda portaba una bolsa blanca de plástico, sin que nunca pudiera averiguar para qué la utilizaba. Andaba balanceándose, moviendo todo el tronco de un lado a otro. No obstante, a pesar de su llamativa cojera, avanzaba a buen ritmo, como si permanentemente fuera con retraso al bar o de regreso a casa. Otro detalle al que siempre presté atención era a su atuendo. Tan solo se ponía un jersey fino los días más crudos del invierno; el resto del tiempo únicamente llevaba una camisa remangada.
No sé si viviría solo o en compañía de alguien más, de su esposa, por ejemplo, en el caso de que estuviera casado. Las numerosas veces que me crucé con él, siempre iba en compañía del labrador. No hay ninguna razón sólida para sostener lo siguiente, pero, por las observaciones efectuadas, creo que la relación del animal con el amo se constituyó en el momento en el que se trasladaron a vivir en nuestro verde y tranquilo pueblo. Presumo que la convivencia con el perro se inició con el cambio de residencia. Las primeras veces que me encontré con él, llevaba siempre sujeto al perro con una correa, como si temiera que se le escapara o que se metiera imprudentemente en la carretera, con el consiguiente peligro de que un vehículo lo atropellara. Tan solo le daba rienda suelta en el centro del barrio, donde había una campa por la que el can se explayaba a sus anchas, recorriéndola de un lado a otro. Patxi aprovechaba la ocasión con delicia y, al final del esparcimiento, invariablemente recibía una regañina amable por no haber obedecido a las llamadas del amo para que se regresara a su lado. Una vez atado, llegaban al destino final, el bar donde se tomaba un café. De regreso a casa, otra vez soltaba a su compañero en el prado. Esta segunda vez, el amo le concedía más libertad. Lo llamaba para que volviera, pero las órdenes eran menos perentorias, como si la prisa para regresar fuera menor. También es cierto que Patxi se tomaba la liberalidad del amo con holgura y no se sentía satisfecho con el tiempo de juegos concedido. Finalmente, con tono enérgico y determinante, el hombretón cargaba de autoridad sus mensajes, aunque yo siempre interpreté que los dirigía más a los vecinos que a su fiel amigo, como si quisiera remarcar su genio falsamente severo. Cuando el animal se acercaba, timorato y titubeante, al amo, este se dirigía a él como si hablara con una persona: ¡Cuántas veces te he dicho, Patxi, que me tienes que hacer caso! ¡Es que no vale contigo! Ven, que ya es hora de volver. ¿O es que te crees que puedes estar todo el día por ahí? ¡Patxi, que te he dicho que vengas aquí! ¿O es que quieres que te esté repitiendo las cosas mil veces? Dejaba al can que se diera otra vuelta y apoyaba el trasero en la pared para evitar estar de pie, mientras se deleitaba una vez más viendo a su amigo trotar por el prado y mover alegremente el rabo. Desde la lejanía, Patxi a veces se plantaba y miraba a su dueño, como si de pronto hubiera dudado del estado de ánimo de su protector, pero, al comprobar que no había ningún atisbo de disgusto, continuaba con sus carreras contenidas. Cuando la bestia se saciaba de su recreo, regresaba a la vera de su amo y humildemente permitía que lo trabara. ¡Cómo te lo pasas, Patxi! ¡Ay, qué perro más bonito! ¡Hala, Patxi, vamos para arriba! Y con la seriedad habitual, el labrador avanzaba atado con la correa un metro detrás de su guía.
Paseando por el barrio, me encontré numerosas veces con él y, fruto de la observación, me percaté de que el trato con el perro variaba según las circunstancias. Si iban los dos solos, el diálogo entre hombre y mascota era más natural. Quiero decir que él le hablaba, si era menester, o callaba y caminaban sin más. Sin embargo, cuando se cruzaba con nosotros, comenzaba a dar órdenes a diestro y a siniestro al disciplinado Patxi, como si permanentemente se comportara mal. Tampoco es que fuera una regañina seria. A mi modo de ver, era una forma de aparentar una comunicación fluida para disimular la soledad ante los demás. Otra posibilidad era que hablara con la bestia para evitar conversar con los vecinos. En cualquiera de los dos casos, compadecía al pobre chucho: me lo imaginaba todo el santo día aguantando la verborrea de aquel hombretón tan simpático. Si soy sincero, lamento mucho aquella actitud: me quedé con las ganas de iniciar una conversación con él, pues me resultaba muy cordial. En todo caso, no quise forzar una mínima camaradería y nunca se me pasó por la cabeza acariciar al perro para romper aquella distancia: entendía que el animal le pertenecía en exclusiva.
Ahora que ya no está con nosotros, comprendo, con tristeza, la fragilidad y fugacidad de nuestra existencia: ya no tendré más oportunidades de saber, aunque solo fuera, el nombre del amo de Patxi.