15/08/26

Los comeladrillos


Los viejos del pueblo donde nací planteaban guasonamente a los niños un enigma para el cual ya sabían la respuesta; sin embargo, lo formulaban simplemente por el placer de vaticinar al despistado chaval, si no acertaba, un futuro poco halagüeño –en otras palabras, que acabaría de bruces en una cantera, picando piedra. La pregunta se las traía: ¿Qué es lo que Dios no pudo hacer? No añadían «cuando se afanaba en la creación de este universo», aunque todos sobreentendían esa parte de la pregunta. El incauto muchacho, quizá demasiado confiado en sus luces intelectuales, en vez de salir corriendo, aceptaba el desafío, si bien temeroso de abordar cuestiones teológicas. El examen no era ecuánime, pues, mientras se devanaba los sesos buscando distintas tareas, fenómenos y objetos que el supremo Hacedor no pudiera modelar, ellos jaleaban al niño con frases poco alentadoras que acababan minando la moral del chiquillo. ¡Bruto! ¡Qué va a ser! ¡Una cuesta arriba sin una cuesta abajo! Se reían satisfechos, no de la ignorancia, sino de saber que otro más estaba destinado a seguir sus tortuosos pasos de canteros

Muchas veces me acuerdo de aquella respuesta, cuya esencia está presente en casi todos los aspectos de la vida, en las personas y en nosotros mismos: todos tenemos una cara y una cruz. No siempre gozamos de una felicidad inmensa; también sufrimos ante cualquier contratiempo.

En el tranquilo aislamiento de la localidad donde vivo, los pájaros son una amena compañía que capta mi atención a lo largo del día. Los veo por el campo y la costa cuando paseo y, sobre todo, desde cualquiera de las ventanas de mi casa que dan al prado. Mis compañeros son numerosos y variados: los fieles miruellos, los confiados colorines, las andadoras pajaritas de la nieve, los esquivos y crueles cucos, las aventureras gaviotas, las exploradoras garcillas y cigüeñas, las veraniegas golondrinas, los lejanos aguiluchos… Todos ellos son los pájaros que observo a lo largo de la jornada; sin embargo, hoy los gorriones son mi obsesión. Estos animales me obligan a vivir en un permanente dilema entre el amor y el odio que siento por ellos. Son los más abundantes; los demás aparecen solos o en pareja, como la familia de mirlos. Los gurriatos forman una nutrida colonia. Nunca he podido contabilizar el número exacto, pero calculo que pueden ser unos quince. Su refugio se encuentra en la doble cornisa de la vertiente sur de la cubierta. Los albañiles que la construyeron olvidaron tapar el hueco de las primeras tejas del alero, y allí quedó una oquedad ideal para estos animalitos. Por la mañana, cuando me levanto, los veo saltar desde el canalón que recoge las aguas de la techumbre hasta el gran cerezo que está debajo. Desde allí se posan en los arbustos o en los manzanos; van, vienen, cambian de rama. Me entretengo un instante observando sus alegres movimientos, sus juegos aéreos, sus alborotadoras disputas... He de reconocer que me impulsan a iniciar la jornada con más alegría de la que tenía al levantarme. Es una invitación a ponerme a trajinar. Hasta casi les perdono la escandalera, los píos agudos y los revuelcos en el canalón de cobre con los que me habían sacado del reparador sueño. Aunque no los vea, hay veces que me acuerdo de ellos. Siempre les echo en la acera perimetral de la casa, debajo de sus cuevas-nido, las migajas de pan, sobre todo si el tiempo es desapacible y compruebo que no han salido del refugio y pienso en el hambre que han de padecer. En el momento en el que me retiro, descienden y hacen desaparecer el alimento que les dejé. También, en verano, me gusta ponerles un cuenco con agua en el alféizar de la ventana que está en frente de mi escritorio; acuden al bebedero, se posan en el borde y alguno se sumerge para darse un refrescante chapuzón. Me acerco con cuidado y los observo, tan solo separado por el cristal de la ventana, sin que ellos se percaten. Es un placer morboso en el que caigo y por el que a veces me siento culpable, como un curioso impertinente que espía a unos seres cuyos derechos a la intimidad son semejantes a los míos. Pero es una inclinación indomesticable e irremisible que me lleva a observar su conducta; a veces incluso creo que la suerte me acompaña cuando descubro alguno de sus hábitos.

Otro placer insuperable es contemplarlos en los revolcaderos donde se dan baños de tierra. Los han creado en la parte alta del jardín, en una zona seca y soleada, al abrigo de la inmensa pared de la casa del vecino. Yo los observo desde un chamizo en el que guardo la herramienta de jardinería y donde me pongo la ropa de trabajo. Sentado en un taburete, cuando los descubro posándose en el hueco a modo de bañera, me quedo paralizado, con una prenda a medio poner, y los veo revolcarse, frotando el cuerpo contra el suelo y las paredes del hoyo, extendiendo las alas y apartando la tierra… hasta que, una vez sacudido el polvo, levantan el vuelo. Acabo de vestirme y me dispongo a comenzar con entusiasmo el mantenimiento del huerto, contento por el placer disfrutado y sin acordarme de las pestes que les echo cuando voy a usar el coche y contemplo estupefacto las defecaciones y los restos de pajuelas y plumaje desparramados por la luna, convertida en su particular estercolero, acordándome de los despistados albañiles y de los sucios gorrioncillos.

He mencionado que la suerte me acompaña al descubrir comportamientos íntimos, mas no siempre ha sido así: alguna de sus acciones las he dilucidado después de no pocas cavilaciones. Uno de los materiales de construcción que elegimos para nuestra vivienda fueron los ladrillos de barro cocido. Los hemos utilizado, combinándolos con la piedra, en paredes, alrededor de las ventanas y en las aceras… Disponemos de un porche abierto orientado al oriente, que recibe los primeros rayos del sol por la mañana. El suelo de este espacio está separado de la acera por un reborde de medios ladrillos de barro. Al poco tiempo de acabar la obra, comencé a observar que los lados se erosionaban, redondeándose y perdiendo buena parte de sus ángulos. Deduje que el desgaste se debía a la debilidad del material o al rozamiento de nuestras pisadas, aunque la explicación no acababa de convencerme: otros ladrillos no presentaban ese defecto. Por otra parte, la pasta de relleno de las juntas de las piedras más próximas a los cimientos también comenzaba a ahuecarse. Se trataba de restos de la construcción antigua que habían quedado intactos durante la reforma de nuestra casa. El material de relleno de esas hendiduras era barro mezclado con cal, lo bastante blando como para que las hormigas lo horadaran y se adentraran en las galerías de sus hormigueros; Eso pensé al descubrir aquellas fallas, aunque el hueco me parecía demasiado ancho y completamente innecesario para el tamaño de las hormigas. Acepté estos desperfectos como consustanciales al envejecimiento que afecta a cualquier ser o cosa de este mundo, hasta el día en que descubrí a uno de mis amigos picoteando, como laborioso minero, la pasta de rejuntado. ¡Ay, mameluco! ¡Ya os pillé! No solo ellos eran los artífices del desmantelamiento de la argamasa: también lo eran los comeladrillos… ¡Qué rabia y qué impotencia me entraron! Hasta el punto de que cada vez estoy más convencido de que, a pesar de mi edad, tendré que subirme a una escalera —con el riesgo inasumible que ello supone— y clausurar las bocas de las tejas de la techumbre que los despistados albañiles dejaron sin tapar en su día, para que los pájaros busquen otro lugar donde anidar y se alejen de mi propiedad.

14/08/26

20. El sermón


Algunas de las experiencias vividas en Ávila se han quedado como recuerdos personales que no he osado contar a nadie, mucho menos a mis superiores, pues se hubieran reído. Ni me avergüenzo de ello ni creo que, con la poca motivación que tenía, mis alternativas para desarrollar la investigación fueran demasiadas. En esas circunstancias, sabiendo mi facilidad para apartarme de lo que debo hacer, sentí curiosidad por conocer con más profundidad a los dos hermanos. He de decir que nunca procedí movido ya por desentrañar los arcanos de los sucesos que habían ocurrido en la ciudad, motivo por el cual yo estaba allí, sino arrastrado por mi malsana curiosidad que se siente agitada por sucesos triviales y personas con un don singular o una aureola única que solo yo aprecio.

Cambié los planes previstos para esa tarde y me quedé a oír misa en la parroquia de La Sagrada Familia. Hice tiempo hasta que llegaron las ocho paseando por el barrio y por el inmenso y frondoso jardín de San Antonio. Unos minutos antes de la hora prevista para el comienzo de la misa, regresé al mismo lugar del que me había alejado. Al entrar me llamó la atención el gentío que acudía a la iglesia para ser un día laborable. Entré arrastrado por los feligreses. También estos me sorprendieron porque no eran mujeres y ancianos, sino que la concurrencia era representativa de todas las edades y sexos, menos niños. En especial me llamaron la atención los numerosos jóvenes, algunos de los cuales, acompañados de guitarras y bongos, se sentaron en los primeros bancos. Había una leve agitación en todos ellos, muestra tal vez del nerviosismo con el que esperaban a que comenzara la ceremonia. Antes de que don Daniel apareciera vestido para oficiar, el grupo de músicos interpretó una de esas dulces y eucarísticas canciones de iglesia. Todos nos pusimos de pie para recibir al sacerdote. Los cantores animaban con su letra a dejar las fatigas del día y a liberar a nuestra alma de las ataduras terrestres por las que nos afanamos para entregarnos en aquel acto con plenitud a Dios, del que recibiríamos colmados goces, adelanto de los que en el futuro disfrutaremos cuando nos unamos para siempre con Él.

Don Daniel, vestido con su alba, estola y casulla, no se parecía al que conocí con ropa de calle. Los movimientos ceremoniosos, sin ser los habituales de un cura normal, suavizaban el temperamento extraordinario que se podía apreciar con tan solo estar en presencia de él. De hecho, sentí cierta frustración hasta llegar el sermón, pues el desarrollo de la misa seguía las pautas ordinarias. Pronto me olvidé de él y mi atención se dirigió al espacio en el que me encontraba. Si no fuera por la composición escultórica de corte moderno de la Virgen, San José y el Niño, que presidían el frente del recinto, podría afirmar que me encontraba en un pabellón de usos múltiples. El presbiterio estaba rodeado por un zócalo de madera, que ocupaba algo más de un tercio de la altura de ese espacio en el que confluían todas las miradas de las personas. Los paramentos restantes eran de ladrillo de cara vista. Busqué el confesionario, pero o no lo tenía o no estaba visible. El resto de decoración tradicional de una iglesia había desaparecido, no siendo el ambón cubierto por un inmaculado lienzo blanco y el viacrucis, aunque en este último caso me hube de asegurar de que realmente se trataban de las catorce cruces del recorrido hacia el calvario, pues mi primera impresión fue que eran escuetos apliques de las luces laterales.

El culto continuaba y yo musitaba las letanías que los demás declamaban a voz en grito e imitaba sus posturas erguidas o sedentes según las partes del rito. De repente se hizo un silencio cuando de nuevo todos se sentaron. Mi atención se puso en alerta al comprobar que el sacerdote dejaba el ara sagrada y se dirigía hacia el atril donde con anterioridad dos voluntarios habían leído las lecturas correspondientes al día. No esperaba que en una misa ordinaria el oficiante echara sermón, pero me percaté de que así era. Don Daniel llevaba lo que parecía una cuartilla con el esquema de la disertación.

Me hubiera gustado que el discurso lo comenzara con su apostilla favorita: «Queridos desgraciados míos». Me llevé un chasco monumental, porque la fórmula fática empleada fue la tradicional, eso sí, acompañada de una amplia sonrisa que se extendió por cada uno de los rincones de la nave eclesial y por lo más recóndito de los corazones de todos sus seguidores. Escuché con suma atención el discurso muy bien dispuesto que había preparado. No recuerdo sus palabras literales, pero sí el tono melódico y cálido con el que se dirigía a sus feligreses, a los que no trataba como tales, sino igual que si fueran sus hermanos o amigos. Posaba su mirada en los ojos de cada una de las personas que lo escuchaban. Siempre mantenía contacto visual con los asistentes y sabía si lo comprendían o bien se evadían a otros mundos. La idea que transmitió era muy simple, pero con un mensaje directo que hacía referencia a las preocupaciones de la gente. Había una parte espiritual que atañía a la relación de cada uno con Dios por medio de la oración, y otra más bien con un carácter social (así lo entendí yo; no sé si al resto le llegaron las mismas ideas, aunque pienso que así fue, teniendo en cuenta que conocían la idiosincrasia del oficiante). Decía algo así como que Dios no escucha las plegarias que le dirigen aquellos en los que anida la iniquidad; tampoco, las de los orgullosos; ni las de los que no practican la caridad con su prójimo y, por supuesto, las de los que no escuchan la palabra de Dios manifestada en las sagradas escrituras. De nada servía rezar, ser cumplidor de rituales externos asociados a la práctica religiosa, si no se era bueno, humilde y se ayudaba a los semejantes. Dios hablaba muy claro. No valía engañarnos y buscar disculpas: todos sabíamos realmente lo que teníamos que hacer… «Dios siente predilección y atiende con sumo respeto las oraciones de los humildes, las de los rectos, las de los desamparados y afligidos y las de aquellos que se debaten en sus dudas existenciales».

Se retiró del atril para regresar al altar, dejándome con la boca abierta y sin saber qué pensar. Su sermón me había embrujado. ¡Qué manera de hablar! ¡Qué bien se le entendía! Ese atolondramiento beatífico creo que fue general. Durante varios minutos permanecí deleitándome con su recuerdo. Después de los efervescentes efluvios espirituales, tardé en concretar el tema de lo hablado (por eso, aun habiendo pasado tantos años, recuerdo con cierta claridad el asunto abordado) y distanciarme de sus palabras para comprobar su eficacia pragmática. El primer pero que encontré es que una vez más el sermón hacía referencias a cuestiones demasiado abstractas. Emociones, conceptos dogmáticos, creencias… que no se concretaban en hechos palpables que atestiguaran fehacientemente lo pensado, creído, soñado o rezado. Eran palabras, palabras de las que se lleva el viento y revolotean siempre de un lado para otro sin concretarse en hechos, actos, reivindicaciones, justicia…

Me quedé reflexionando sobre lo dicho por don Daniel mientras se vaciaban los bancos. Al salir, pude ver al cura departiendo con un grupo de jóvenes y despidiendo a los feligreses que pasaban a su lado.

¡Hasta mañana, desgraciadas! ¡A estudiar! —despedía a dos chicas que se retiraban apresuradamente con el deber inexcusable de hincar los codos porque al día siguiente tenían un examen.

De nuevo me sorprendió la facilidad con la que cambiaba de registro. Me parecía mentira que ese ser campechano y socarrón acabara de pronunciar el sermón que tanto me había impactado.

Me alejé del extrarradio para regresar al hotel. Durante el trayecto, seguí dándo vueltas de manera caótica a las ideas vertidas por el cura y a su personalidad tan estrafalaria.

No había nadie en recepción, aunque, desde el comedor, Venancio, que estaba cenando, controlaba el escaso trasiego del vestíbulo. Al verme, se levantó dejando encima de la mesa la servilleta y me dio la llave.

Te han venido a buscar.

¿Quién? ¿Algún compañero? —Pensé que podía tratarse de Severino o de alguien de la comisaría.

No, es fotógrafo del periódico. Ha dicho que volvería a pasar.


19. Horario de misas

 

Una de las ocasiones en las que me encontré con Hermógenes, mientras andaba de un lado a otro con el mismo ánimo desfallecido de costumbre, aprovechamos para tomar un café en una de las terrazas de la esquina del Mercado Grande. Recuerdo que fue uno de los momentos más placenteros de mi estancia en la ciudad. Protegidos de los vientos y acariciados por el joven sol de primavera, nuestra mirada se extasiaba en la amplia plaza, muy poco concurrida en ese momento. Algún que otro transeúnte la recorría a lo largo o la atravesaba en dirección a los barrios del sur. La muralla, no estando tan próximo a ella, me parecía más humana, dejando de lado la altivez y robustez de cuando uno se situaba a sus pies. La iglesia de San Pedro, con su pequeña fortaleza rodeando la entrada, estaba custodiada por una pareja de leones que más que fiereza mostraba sumisión a un hábil domador, como era el tiempo, que suaviza a la más adusta y cruel figura. Yo me quejaba con resignación de la tarea sin sentido que me habían encomendado, como cumplidor funcionario atado a la Administración. A esas alturas, mi ritmo se había acomodado a las leves vibraciones místicas de los abulenses. Mi mujer me decía, cuando llevaba dos o tres días sin aparecer por casa, que me había cambiado el tono de voz y que le resultaban extrañas algunas de las palabras que utilizaba en la conversación y me recriminaba mi facilidad para contagiarme de la forma de hablar de las personas con las que convivía. No era consciente de ello, pero creo que no le faltaba razón. Así era cómo la ciudad y sus habitantes me impregnaban el aire seco de su trato. Sospecho que ese ánimo desvaído, esa fe en lo inevitable que ha de suceder porque Dios así lo quiere, se sobrepuso a mi de por sí escaso emprendimiento. La letanía de misas, rezos, plegarias, jaculatorias, sermones que se desprendían de las innumerables iglesias y conventos de la ciudad me hacía sentirme cansino y paralizaba mi inspiración policial. No es que el fotógrafo hubiera logrado escapar a esa atmósfera oprimente, pero se notaba que su profesión (y considero que su misma personalidad nerviosa) y sus múltiples compromisos le habían dotado de unas invisibles alas que le permitían moverse con una grácil agitación en ese rancio ambiente provinciano.

¿Quién es ese? —le pregunté a mi amigo reconociendo al hombretón que había visto no hacía mucho con los chicos de Fuentelavía.

Venía hacia nosotros por el lado más estrecho de la plaza; me pareció que había salido de la iglesia.

¡Don Daniel! —me respondió como si fuera el único habitante de la ciudad que no lo conocía.

Cruzó la plaza delante de nosotros y saludó a Hermógenes.

¡Cómo lo pasáis, desgraciados! —se dirigió a los dos con un entusiasmo desbordante.

¡Adiós!, ¡salao! —le devolvió la cortesía mi acompañante.

Se le quedó media sonrisa hasta que desapareció por la calle San Millán. En esos escasos metros de recorrido se entretuvo hablando a dos o tres conocidos más.

¡Vaya personaje! ¡Qué majo es!

Esperé a que se le pasara la subyugación admirativa a ver si se dignaba proporcionarme datos de tal celebridad.

¡Don Daniel es demasiado! Mira que yo a los curas ni fu ni fa, pero don Daniel es que es una persona arrolladora.

Si me hubiera dicho que tal personaje era torero, me lo habría creído con más facilidad que saber que era sacerdote; además, ¡en una ciudad tan católica! Ya era llamativo que vistiera de seglar, cuando todos sus colegas eclesiásticos lucían con orgullo su hábito talar negro, señal de respeto y pleitesía por parte de los feligreses, pero que hablara con ese desparpajo, me parecía inaudito.

Me explicó que era especialmente querido entre la juventud. En cambio, aunque no quiso perderse por esos derroteros, percibí cierta conflictividad, por lo menos con las autoridades eclesiásticas, si no era con algún que otro religioso. Ejercía de párroco de la iglesia de la Santa Familia.

Es un cura comprometido con el barrio y con los jóvenes. Todos lo quieren mucho y no paran de reírse con él. Es campechano y alterna con cualquiera. Comparte lo que tiene y está dispuesto a echar una mano a quien sea. Anima a la gente, en especial a los obreros, con sus reivindicaciones. En los locales de la parroquia hay siempre un sitio para cualquiera que necesite auxilio. Ha creado una red de personas que colaboran con él y, entre todos, constituyen el grupo más dinámico de la ciudad. Además, anima a la gente joven a divertirse. Les deja el local parroquial para guateques o reunirse a hablar. Entre todos se ayudan y, si alguien necesita algo, puede estar seguro de que encontrará una persona que le eche una mano.

Me entró curiosidad por enterarme quién era la mujer con la que lo había visto la noche que vigilaba a los chicos de la bota de Fuentelavía. Sabiendo el jaez del personaje, hasta no me extrañaba que tuviera descaradamente pareja.

Ahora que dices… Su cara me suena. Creo que lo he visto no hace mucho en compañía de una mujer…

Su hermana —me cortó inmediatamente Hermógenes—. Viven los dos juntos. Son inseparables y se llevan muy bien. Ella es profesora de la Normal.

¡Ah, sí! —Me sorprendí, no porque no fuera monja, como me la había imaginado cuando la seguí, sino porque, una vez más, me encontraba con otra persona relacionada con el centro universitario.

Sí, es profesora de Lengua. Lleva bastantes años dando clases…

Pensé que mi acompañante se extendería en la biografía de Paca (me había quedado con su nombre del encuentro de esa noche) hasta llegar el punto en que me desentrañara que había colgado los hábitos monjiles, pero no me aportó ningún detalle extra de su reseña biográfica, con lo cual me quedó la duda de si mis sospechas eran ciertas o simplemente se trataba de una persona modosa cuya esfinge fue modelada por la idiosincrasia propia de una familia muy religiosa. En esos momentos comprendí que los chicos a los que seguí la trataran con cierto distanciamiento, algo normal si eran sus alumnos. De todas maneras, quedaba claro que nada tenía que ver la personalidad de ella con respecto a la de su hermano: eran contrapuestas, sin embargo, tal vez, complementarias.

Una tarde que vagaba sin un plan definido sentí curiosidad por conocer las inmediaciones de la parroquia del padre Daniel. Se encontraba al norte, no muy alejada de la estación de autobuses y, por tanto, de la escuela Normal. En la zona se mezclaban bloques de pisos recientemente construidos y barriadas más antiguas con casas de dos plantas cuya fachada era de piedra.

Esperaba encontrar una iglesia, pero no distinguí torre alguna ni ninguna nave alta, propia de las construcciones religiosas, por lo que, después de deambular por el barrio, hube de preguntar. Me señalaron un edificio que más bien parecía una escuela o instituto de enseñanza media. El inmueble alargado lo constituían dos alturas. En la segunda había unos grandes ventanales con la estructura metálica cruzada propia de inmensas vidrieras que inundaban de luz el recinto, como comprobaría después. También me sorprendió la pobre puerta de entrada protegida por una amplia estructura metálica que ocupaba el hueco. Rodeé todo el edificio sin hallar ningún elemento externo que identificara al recinto como sagrado, hasta llegar a la parte de atrás. Justo en el mismo punto de esa otra fachada, se hallaba una puerta más pequeña abierta a lo que parecía el sótano, pues esta calle se encontraba en un nivel inferior. Oí el trasiego propio de un bar con una cafetera en funcionamiento y platillos y tazas chocando entre sí. No había ningún rótulo que anunciara el nombre del establecimiento público, pero asomándome un poco me percaté de que, por lo menos, lo parecía. Venciendo mi vergüenza entré picado de curiosidad, no porque me apeteciera tomar nada. La barra la atendía una mujer con la cara chupada y muy delgada, que se movía con cierta desenvoltura. Se me quedó observando y reaccioné acercándome para pedir un café. Su mirada había sido breve y de ella había desaparecido el deseo de preguntar qué hacía yo, un extraño, en un local para feligreses. Me sirvió un negro y amargo café torrefacto portugués en un pequeño vaso panzudo, cuyo perímetro estaba señalado con dos rayas paralelas que permitían empuñarlo sin que resbalara de la mano. En vez de un azucarillo, me arrimó una azucarera con su correspondiente cucharilla para echarme a mi gusto. Una vez servido, se afanó por mantener en orden y limpio el recinto en el que se movía. Aunque no vestía ninguna prenda negra que me diera que pensar que guardaba luto, sin un fundamento sólido, me hice a la idea de que era viuda y que se encargaba del bar para ganar un dinero que con seguridad le hacía falta.

Me di la vuelta con la intención de escrutar los pocos clientes que había en el amplio y más bien frío salón. Unos jubilados echaban la partida; dos mujeres tomaban el mismo oscuro café que yo mientras departían y, de repente, en la parte más alejada, descubrí a mis dos amigos de Fuentelavía que merendaban comiéndose el bocadillo que habían traído de casa, pues aún se conservaba el papel de aluminio encima de la mesa. Los dos bebían cerveza de dos botellines de un tercio. Até cabos y deduje que no siempre se llevaban la bota a la escuela y, lo más importante, pude establecer ya un vínculo entre los chavales y el cura que los había invitado a un cubata en la discoteca Liberty. Permanecieron el tiempo necesario para terminar su merienda y salir raudos a continuar sus clases. Por un momento, dudé seguirlos, pero no me arriesgué, no fuera que se hubieran percatado de mi presencia, aunque lo consideraba bastante improbable, y me sorprendieran siguiéndolos.

Sobre el mostrador se encontraba El Día Abulense. Lo tomé para leer la información de la ciudad y la provincia en esa jornada ya a punto de acabar. No sé si fue por encontrarme en un recinto religioso o por las noticias que ofrecía, pero sus páginas me parecieron una hoja parroquial. No es de extrañar que, al final, lo que más me llamara la atención fue el amplio horario de misas. Pude comprobar que la última era la de la parroquia de La Sagrada Familia, a las ocho de la tarde.

18. Los Caballeros

 

Antes he mencionado la facilidad con la que olvido los cometidos profesionales y asumo comportamientos que no son los más apropiados en un policía, ya que me identifico con suma sencillez con los vaivenes emocionales de las personas con las que trato. Los chicos de la bota de Fuentelavía fueron otros que me acarrearon preocupaciones distintas a las propias del oficio. En mis seguimientos, el afán investigador pronto se quedaba relegado, dejando paso a una casi responsabilidad paterna. Observando su comportamiento, me ponía malo y, como ya dije, más de una vez estuve tentado de intervenir para darles dos guantazos por las tonterías que hacían. Por supuesto, no las mencioné en el informe que redacté, porque hubiera hecho la risión.

Una tarde que se quedaron solos los dos del pueblo, en vez de tirar a la Casa de la Cultura o la taberna de Teodorillo, se dirigieron a una discoteca que se llamaba Los Caballeros, situada en la calle Estrada, que partía de los soportales de El Grande. La sala se ubicaba en el subterráneo de una galería. Antes de entrar, había un bar con el mismo nombre que estaba repleto de clientes. Muchos tomaban algo aprovechando que los precios de las bebidas eran más baratos en la barra de arriba que los de la sala de fiesta. No tardé en enterarme de la razón por la cual la afluencia era tan masiva en un día de diario. Las marmotas, es decir, las chicas que servían internas en las casas, disfrutaban libres la tarde de los jueves hasta la hora de acostarse en la que debían regresar a dormir con la familia a la que servían. Tanto las que estaban emparejadas, como las que no, acudían a la discoteca. Las primeras, para bailar con sus novios; las segundas, a ver si se echaban uno. Asistían mecánicos, camareros, albañiles, despachadores…, todos ellos muchachos jóvenes. En cambio, había pocos estudiantes, por no disponer del dinero suficiente para pagar la entrada. Me fue fácil confundirme en el ambiente y aproximarme sin que ellos fueran conscientes de que los observaba. Entraron en el bar y se pidieron dos cañas acompañadas de un pincho. Yo hice lo mismo situándome unos metros a la derecha, dejando entre medias a otros clientes. Los noté quizá nerviosos, pues estaban pendientes, a través de las grandes cristaleras que hacían de separación entre el local y el hall, del trasiego de entrada y salida de la discoteca. Apuraron la cerveza y marcharon por la puerta que daba acceso hacia la bajada a la sala de fiestas. Aunque no había acabado la bebida, fui detrás de ellos y desde el vestíbulo comprobé que hablaban con el portero. No pude oír bien los términos de la conversación, pero viendo su rostro adusto y cómo el empleado señalaba el reloj de pulsera, comprendí que les negaba el acceso. Aunque insistieron para ablandarlo, no cedió y regresaron al vestíbulo apesadumbrados. Entré de nuevo en el bar y ocupé la parte del mostrador en la que aún continuaba mi vaso. Ellos se quedaron arriba de las escaleras. Hablaban los dos con cara de disgusto. Se dirigían a aquellos que ascendían para preguntarles algo. Les respondían que no y entraban en la parte del bar. No tardé en darme cuenta de que lo que pretendían era conseguir dos pases de los que abandonaban la discoteca. Necesitaron un poco de tiempo para obtener las dos entradas que les franquearían el acceso. De nuevo fui detrás de ellos. El portero, aun sabiendo las artes utilizadas, les dejó entrar como si fueran dos clientes más que habían salido y regresaban.

Los seguí de nuevo. Sacaba ya la cartera para abonar el tique, pero el portero me dejó pasar sin darme más explicaciones. En la oscuridad absoluta, los perdí de vista por unos minutos hasta que vislumbré la silueta de los dos en la cabina del disyóquey. En esos momentos en la pista había algunas personas bailando suelto con una música movida. Las luces de los focos del techo los enfocaban por todos lados. En cambio, las butacas y asientos de alrededor se hallaban en una casi completa oscuridad. Estaban ocupados por parejas y grupos que hablaban animadamente. Me acerqué a ver qué tramaban con el encargado de pinchar los discos. El joven que se encontraba en la cabina era muy alto y desgarbado. Me dio la sensación de que tenía un poco de chepa. Con todo, lo más llamativo de él era el distinto grosor de los labios. El inferior era mucho más abultado, no sé si por ser una deformidad congénita o por un hábito gestual. De manera sorprendente, este se sobreponía al superior, resaltando como consecuencia un mentón pronunciado y sinuoso. A veces meneaba la cabeza para oponerse a las peticiones de los chicos de la bota; otras, el labio superior se aproximaba hasta las fosas nasales y se quedaba mirándolos sin abrir la boca. Insistían y volvían a insistir, sabiendo con seguridad que la paciencia del pinchadiscos no era infinita. Como si no estuvieran delante, el pincha se giró al estante de discos y extrajo un vinilo sencillo y lo colocó en uno de los dos tocatas. Se puso los auriculares y dejó caer la aguja en el plato. Cambió el canal de audio y comenzó a sonar una música cuyos primeros acordes fueron reconocidos por la audiencia, ya que de inmediato la pista se llenó de parejas que se abrazaron para bailar agarrados lentamente al son de la canción. Por un momento, los chicos de Fuentelavía se enfadaron y mandaron a hacer puñetas al de la cabina. Los seguí en su deambular entre los apartados con tresillos y butacas que rodeaban la pista circular donde la mitad de la concurrencia se había concentrado. No sabía muy bien qué se proponían deambulando de un lado a otro, hasta que observé cómo se aproximaban a una mesa alrededor de la cual no había nadie por estar bailando en la pista. Con una naturalidad y rapidez inauditas agarraron dos vasos de tubo que estaban mediados y se alejaron del lugar sin que nadie se percatara. Regresaron a las inmediaciones de la cabina. En el pequeño estrado un poco elevado, dando la espalda al disyóquey, observaban, removiendo con el vaso los hielos del cubata, como si fueran dos chulos de discoteca, a las parejas embelesadas que se abrazaban más que bailaban.

Después del lote de los emparejados, como despedida de la sesión vespertina, pusieron algo de música de pachanga para ir anunciando que en poco se encenderían las luces. Los dos permanecieron merodeando de mesa en mesa, rescatando del fregadero aquellos vasos en los que aún había bebida. Fue en ese momento, cuando, harto de presenciar tantas barrabasadas, me hube de contener y no decirles «si eran tan tontos como para babosear los restos de los demás».

Salieron de los últimos, dejando en la esquina de la barra los vasos que habían arramblado para que el portero se percatara de que consumían, despidiéndose de él como si hubieran sido los que más dinero habían gastado durante la noche. Serían las nueve y media y pensé que ya se dirigirían a la zona de la Casa de Cultura a buscar al vecino del pueblo con el que regresaban. Sin embargo, tomaron una dirección opuesta, dirigiéndose a la plaza Italia. Desde allí, por callejuelas cortas, desembocaron en la calle ancha y moderna donde vivía Hermógenes, el fotógrafo de El Día Abulense. Al terminar la avenida, torcieron a la izquierda en una pequeña calle en bajada, dedicada a uno de los ases locales del ciclismo, Julio Jiménez. Con prontitud comprendí que se dirigían a otra discoteca cuyo letrero vertical anunciaba su nombre: Liberty. En torno a las grandes puertas de acero se agolpaba una multitud de gente joven que esperaba a que los porteros los dejara pasar a medida que otros abandonaban el local. En un momento de despiste, los perdí de vista, confundidos entre la muchedumbre. Cuando me quise dar cuenta ascendían acompañados de dos personas adultas. Se detuvieron justo enfrente de un paso de peatones y charlaron durante unos minutos. Me acerqué para ver quiénes eran sus camaradas. Se trataba de un hombre como de cuarenta años; la mujer parecía más joven y menuda que su corpulento acompañante.

¿Qué hacéis a estas horas?, ¡desgraciaos! —les preguntaba con una cara de alegría que me sorprendió, pues en esos momentos no sabía qué relación mantenían.

A pesar de su edad, el individuo parecía ser una persona muy jovial y con una vitalidad que superaba a la de los dos chavales, a uno de los cuales había agarrado por la espalda y no lo soltó mientras permanecieron hablando. Recuerdo que me dejó bastante perplejo su actitud vital en contraposición al atuendo moderadamente selecto que llevaba. Su compañera también vestía muy formal. Era más bien baja y delgada, sobre todo si se la comparaba con la estatura y corpulencia de su acompañante. Lucía una falda de cuadros cruzados y una rebeca azul oscura, con una trenca crema de la que colgaba un gran gorro. El pelo era muy corto y en su cara bastante agraciada llevaba caladas unas gafas con los cristales redondos. Mi primera impresión fue que podía tratarse de una monja sin su hábito. Desde luego, sin saber el parentesco exacto, supuse que los dos no formaban un matrimonio.

Vamos a ver si nos dejan entrar en la discoteca —respondió el chico pelirrojo de Fuentelavía.

Pero ¿dónde vais?, desgraciados. ¿Cómo os van a dejar pasar con esas pintas? —les recriminó burlonamente el grandullón.

Agarró con el brazo libre a su compañera.

Mira, Paca, voy a acompañar a estos pobres desgraciados y a invitarlos a una copa.

Los chicos se despidieron de la mujer. Me pareció que, aunque la confianza no era tanta, se conocían.

Me quedé parado cuando el trío bajó a la puerta del local de ocio y ella siguió avanzado por la prolongación de la avenida. Sin un criterio claro y casi arrepentido de haber optado por esa elección, seguí a la mujer sin saber con qué propósito. Caminaba decidida y segura hasta llegar a la estación de autobuses y se adentró en la parte inicial del parque de San Antonio para pasar a la calle por la que salían los autocares, en dirección a la clínica Santa Teresa. Entró en el portal de un bloque moderno de pisos. En ese instante tuve la certeza de mi insensatez habiendo elegido seguir a la monja y no al grupo que entró en la discoteca. Con el ánimo resuelto a paliar lo antes posible mi yerro, retrocedí con prontitud hasta el punto en el que los dejé. Cuando me dispuse a entrar, la aglomeración había desaparecido y para mi sorpresa nadie se hallaba al cuidado de la puerta. Dudé si pasar o aguardar a que el portero me expidiera la correspondiente entrada. Alguien que me vio indeciso me animó a adentrarme sin el beneplácito del cancerbero. Incomprensiblemente, el local no se encontraba tan atiborrado como esperaba. Incluso, en la barra, desde la cual se podía contemplar todo el local, había espacio para estar. Los vi a los tres de pie, en el centro, mirando hacia los espejos y botelleros, sin prestar atención a lo que ocurría a sus espaldas. Me arriesgué a situarme lo más cerca posible a ellos para oír la conversación, pero, en vez de mirar a los camareros, me recosté en la barra y me dispuse a aparentar que observaba el panorama. La música era más rítmica y moderna que la que escuché en Los Caballeros; situado en la pequeña elevación, sus vibraciones no me impedían captar la conversación. Sin embargo, a pesar de las óptimas condiciones para escudriñar los secretos de su comunicación, no saqué nada de sustancia.

¡A ver!, desgraciados, ¿cuándo nos visitáis, que hace mucho que no os veo el pelo?

No tardaron en abandonar la discoteca. El hombre siguió el trayecto recorrido por la mujer y mis chavales de Fuentelavía, ahora sí, se dirigieron a las inmediaciones de la Casa de Cultura, donde ya los esperaba el amigo con coche para regresar juntos al pueblo.

En el corto trayecto de la plaza de la catedral hasta mi hotel, recapacité una vez más en mi misión, que con mayor intensidad me parecía absurda. Los chicos no hacían otra cosa que divertirse. No obstante, hubo dos detalles desconcertantes que me inquietaron. El primero era que los estudiantes mantenían relación con esas dos personas adultas, pero no sabía de qué tipo. Es más, sin conocer con qué frecuencia, acudían a su piso, porque les habían recriminado que hacía tiempo que no los visitaban. La siguiente cuestión se relacionaba con el hombre. Me chocaba la confianza que mantenía con ellos, pues de continuo los llamaba «desgraciados». Era un vocablo comodín: de cada cinco palabras que decía, una de ellas era esa. Y, sobre todo, era llamativo el garbo y poderío con los que llenaba el espacio.











17. El robo del equipaje

 

Pese al oficio que detento, no he logrado crear el callo suficiente como para no impresionarme con el sufrimiento que algunas personas pueden causar a otras. En la comisión de delitos distingo aquellos en los que hay o no una ética en el proceder del delincuente, o si los ejecutores padecen algún trastorno patológico. Mi trabajo es mucho más simple si contemplo una rectitud o un proceso que se obliga a seguir el malhechor. No puedo decir, en este último caso, que la perpetración de un acto delictivo sea inevitable, pues creo en la capacidad del individuo de sobreponerse a sus condicionantes inherentes, pero, para mí, la debilidad es una atenuante que me permite juzgar con más conmiseración a estos individuos. Por el contrario, cuando el delincuente antepone solo su egoísmo, sin muestras de compasión por sus víctimas, mi desprecio por él es absoluto y he de reconocer que, a pesar de las tablas que he ido adquiriendo en mi profesión, he de controlarme para no sobrepasarme verbalmente, porque me gustaría llamarlos de todo y, si creyera en el poder de convicción de la palabra, los sermonearía para ponerles delante las normas éticas y morales que deberían haber tenido presentes antes de realizar sus fechorías. No soporto la cara de desprecio, la mirada fría y neutra con la que afrontan su responsabilidad. En esas circunstancias, mi lucha es para contenerme y no arrearles dos tortas a ver si cambian esa cara de pánfilos.

No quiero continuar por estos derroteros, porque mi labor como policía se detiene en el momento en que pongo al arrestado bajo la custodia del juzgado de turno y el trato que el sistema dispensa después a estos malnacidos no es de mi incumbencia, pero, a veces, me gustaría ocuparme de alguno de ellos para probar mis procedimientos de corrección.

Los policías también pensamos y hemos de luchar con nuestras propias contradicciones en el ejercicio de la profesión. Aceptamos órdenes que no nos gustan y las ejecutamos mientras soportamos un nudo permanente en nuestros estómagos que nos comprime y nos hace llevar un rostro adusto, que es la forma en la que, a modo de presa, contenemos la rabia y la frustración que nos inunda por dentro. Esto también es parte de nuestro trabajo, quizá una de las más desagradables. En mi caso, me resultan a veces insoportables, porque no contaba con ella cuando toda mi ilusión en la vida se centraba en formar parte del cuerpo policial.

Reflexiono de tal manera, al recordar lo que me contó Venancio una de las noches en las que se alargó la conversación. No es que me relatara nada del otro mundo; quizá me impresionó por encontrarme yo también fuera de casa, o porque el narrador, un poeta, me lo relatara recalcando la parte emotiva, pero, aun siendo policía, me puse en el lugar de los afectados y, al final, padecí como si yo mismo hubiera sido la víctima. Me dijo que no hacía mucho tiempo que había entrado en el hotel una familia sin equipaje. Se extrañó al verlos sin tan siquiera una bolsa. Se trataba de unos portugueses: un matrimonio con dos hijos adolescentes. Habían llegado a la ciudad por la parte norte, rodeando las murallas hasta estacionar el coche en la subida a San Vicente. Embobados con la altura de la fortificación y la luz del medio día, recorrieron la línea defensiva hasta entrar en la ciudad por el primer arco. Tomaron algo en un bar para aprovechar a ir al baño. No tardaron mucho en regresar al automóvil. El padre, el primero de la comitiva, llevaba ya las llaves en la mano para abrir, pero, antes de llegar, se percató de que un pequeño cristal de la puerta de atrás estaba reventado. Se puso en lo peor. Abrió el maletero y comprobó que habían robado todo el equipaje. Se habían quedado con lo que llevaban puesto. Miraron por los alrededores a ver si veían a los ladrones o recuperaban parte de sus pertenencias, una vez saqueados los objetos de más valor. No hallaron nada. Una patrulla de la policía llegó a su altura. Cuando les relataron en portugués lo que les había pasado, los agentes pusieron una cara cuyo mensaje, sin utilizar palabras, era "olvidaros del asunto: no recuperaréis nada". Acompañaron a la familia a dejar el coche en un taller para que repusieran el cristal roto y, después, llevaron al padre junto a la hija a comisaría para que interpusieran la denuncia por el robo. Allí confirmaron las expectativas que les ofrecieron los dos compañeros que los socorrieron en primer lugar. La posibilidad de recobrar lo sustraído y de detener a los culpables era mínima. El objeto de la denuncia era facilitar la gestión para solicitar la renovación de los documentos oficiales que también se hubieran llevado. El padre intentó colaborar, aportando datos que en el transcurso de los minutos había recuperado. Confesó su imprudencia al haber abierto el maletero para sacar algunas pertenencias personales y para aplicarse crema protectora. Hasta creyó haber visto a los sospechosos: dos hombres sentados en los asientos delanteros de otro coche que escuchaban rumbas, mientras dos niños pequeños jugaban alrededor en una parcela de hierba que llegaba a los pies de la muralla. Los habían estado contemplando cómo se preparaban sin apartar por un momento la mirada. Para el padre, ellos habían sido los asaltantes. El agente que los atendió, sin palabras, le dio a entender que así era, pero con una cara de impotencia supina, como si un obstáculo o razón incomprensible impidiera su detención, les dijo que no se hicieran ilusiones.

Me dieron mucha pena —continuó Venancio—. Todo el encanto de la ciudad desapareció y la alegría propia de los turistas que se quedan deslumbrados por lo que acaban de conocer se había transformado en preocupación. Los dos días que estuvieron en la ciudad los dedicaron a comprar lo más esencial: nuevas maletas, ropas, artículos de higiene… ¡Tiene que ser desesperante quedarte con lo puesto estando tan lejos de casa! Aunque la catedral la tenían delante, nada más salir del hotel, no la visitaron… Su curiosidad desapareció y todos los monumentos habían perdido su magia y poder atractivo. Hasta creo que miraban mal a los abulenses, pensando que quizá cualquiera de ellos había sido el ladrón de sus pertenencias.

Sin saber por qué, como policía, me sentí responsable de la frustración de la familia portuguesa. He pensado muchas veces que, si no somos capaces de resolver estos pequeños delitos, no es de extrañar la poca consideración que merecemos por parte de la población. La gente normal quiere que tengamos a raya la delincuencia más próxima, la que le afecta a él. De nada sirven las grandes operaciones de las que la prensa se hace eco, si no puede salir tranquilo de casa a comprar o ir al cine. La sensación de que el cuerpo policial está más al servicio del poder y de los ricos que para proteger al ciudadano normal es generalizada. No es que nosotros no seamos conscientes del problema, pero siempre acabamos reconociendo nuestras limitaciones al no poder actuar, si no es cumpliendo las órdenes que recibimos de los superiores.

Pregunté a Severino si habían averiguado algo del robo a los portugueses.

No hace falta investigar mucho: son siempre los mismos, pero, ya sabes lo listos que son. No pillándolos con las manos en la masa, no hay tu tía. Los miras y te sonríen como diciendo «Esta te la chupas» —me reconoció mi compañero abulense—. Les das el alto, registras el coche y no encuentras nada…

¿Y no los podéis asustar? —le recriminé con más impotencia que ponderación.

Severino me miró como diciendo: «De dónde sale este y a cuento de qué esa objeción».

Quiero decir que si no es posible vigilarlos…

Oyéndome las sugerencias que le efectuaba, su mirada de estupefacción continuaba. He de reconocer que me había ofuscado y no paraba de soltar impertinencias. Sin saber lo que me sucedía, percibí que mi colega optaba por no hacerme caso y esperar a que volviera a mi ser normal.

De todas formas, a cada cerdo le llega su San Martín —Me quedé mirándole sin comprender a qué se refería—. Y el que a hierro mata, a hierro muere… Nos hemos enterado de que alguien se ha tomado la justicia por su mano y que a estos julais los han dado un buen escarmiento. No fue mucho después del asalto a los portugueses. ¡Se la prepararon cojonuda! Les quemaron el coche y un pequeño trastero en un corral, donde suponemos almacenaban todo lo que robaban.

¿No habrán denunciado? —A medida que me concretaba los detalles de la venganza sentía cómo la desazón inicial se transformaba en satisfacción, por eso le pedía que pormenorizara el suceso con la misma inocencia que hacía un instante.

Ni por pienso… —Con ganas se quedaba Severino de replicarme: «¿Pero de dónde te has caído tú hoy?»— No tenemos ni idea de los autores. ¡Allá se lo coman ellos solos! Lo más seguro es que tengan cuentas pendientes con alguno de sus compinches… ¡Allá penas!

Notaba en Severino una satisfacción parecida a la que sentía yo al saber que, aunque los pobres extranjeros ya no recuperarían sus pertenencias, al menos los sustractores no se habían aprovechado de ellas y, a lo mejor, ¡Dios lo quiera!, a partir del escarmiento, se plantearan ganarse la vida de forma distinta. Sé que a veces soy un iluso, pero, de verdad, que en esos instantes se me ocurrían mil maneras honradas de sobrevivir sin la necesidad de dar el palo a una familia inocente.
























16. El poema de Venancio

 







No sé cómo conseguí regresar a Ávila. La modorra había dejado paso al miedo a la oscuridad, la desorientación y el desconocimiento de la carretera por la que circulaba. Si el viaje de ida fue largo, el de regreso me resultó una eternidad. El temor a una colisión me impedía a aventurarme a adelantar al camión que circulaba delante de mí en la carretera local con destino a la capital abulense. Hasta que no llegué al extrarradio, no destensé la mayoría de los músculos.

Con el cuerpo aterido y engurruñado de la humedad impregnada en lo más profundo de mi alma, llegué al hotel Continental. Miré al recepcionista esperando que me tuviera que dar algún recado, sin embargo, a pesar de mi ausencia durante todo el día, nadie de la comisaría local me había echado de menos.

Se encontraba atendiendo en el mostrador el dueño del establecimiento. La mayoría de los turnos de noche eran de su incumbencia. Se llamaba Venancio. Desde el primer día en que lo conocí me hice a la idea de que era un hombre muy abierto, tanto para contar aspectos de su vida, como para interesarse por la de los demás. Siempre había una sonrisa en su cara ancha. Unas enormes gafas de concha hacían que sus ojos parecieran encontrarse detrás del cristal de una vitrina. A veces, si el vidrio estaba limpio, adivinaba la chispa burlona de su mirada, pero, si se hallaba como agua turbia, solo creía vislumbrar una melancolía profunda de la que nunca me dijo nada, pese a su locuacidad. Esas noches largas, en las que se hallaba solo en el mostrador del amplio vestíbulo, eran el momento de conocer las vicisitudes de los demás, al tiempo que rememoraba los años pasados de su vida. En el transcurso de esas horas, dependiendo del día de la semana, desfilaban por delante de recepción viajantes insomnes que buscaban su compañía para desahogarse de la dureza de su vida itinerante, del dolor de la separación de sus seres queridos, de las dificultades de la venta, de las tentaciones que debían vencer…; o parejas de amantes ocasionales que solicitaban una habitación por unas horas para culminar las ansias de su pasión amorosa, u hombres solitarios que a duras penas habían logrado reunir el dinero suficiente para dormir entre sábanas aunque solo fuera una noche… Observaba la azarosa vida de las personas desde su cubículo. No profundizaba en la descripción de los detalles debido a la discreción impuesta a la actividad que realizaba. Sin embargo, entre sus suspiros y frases entrecortadas, se podían entrever más verdaderas tragedias, miserias, sinvergonzonerías y trapisondas que las relatadas en algunas de las novelas que ocupaban los anaqueles del mueble estantería situado a sus espaldas.

Me dijo que pasara al comedor a cenar. Sin subir a la habitación, y entendiendo su invitación como una recomendación a que me diera prisa por ser ya tarde, me senté en una mesa. Otros dos huéspedes solitarios comían mientras veían la televisión situada en una balda colocada a una considerable altura, como si fuera el púlpito de una gran seo catedralicia.

Un camarero diligente, ataviado de pantalones negros con zapatos bien lustrados y una amplia chaqueta blanca, me sirvió un consomé de una sopera que llevaba apoyada en una bandeja. Después, sin haber terminado el plato de cuchara, me trajo otro con un lenguado acompañado por un pequeño montón de ensalada. En el centro de la mesa, desde el principio, había un frutero con una muestra de manzanas, peras y naranjas para que eligiera la pieza que quisiera de postre. El espacio desangelado, el sermón desvaído procedente de la televisión a medio volumen y la mirada perdida de los compañeros de mesa, obligaban a estar solo el tiempo justo para comer. El camarero, desde el ojo de buey de la puerta que separaba la cocina del comedor, vigilaba las necesidades de los comensales y estaba atento para, cuando se levantaran de la mesa, salir a recoger y dejar listo el comedor para el desayuno de la mañana. Miró con disimulo al muchacho que atendía y no le resultó desconocida su cara.

¿Qué tal el día? —se interesó Venancio cuando pasé por delante de él sin saber si me apetecía pegar hebra o subirme a descansar.

Por supuesto, no se me ocurrió relatarle la odisea de la jornada, porque me avergonzaba haber gastado un día sin descubrir nada en absoluto.

No sé cómo me las apañé, y con seguridad forzaría mucho la conversación, para acabar interesándome por el camarero, no por un afán profesional, sino simplemente por satisfacer mi curiosidad y evaluar mi capacidad de observación.

Un chaval majo y muy buen camarero. Muy trabajador. Estudia y, ya ves, a la vez, encuentra tiempo para ganarse un dinero.

Se notaba que el empresario estaba contento con él, no solo por la diligencia con la que desempeñaba su trabajo, sino por contar con un empleado que en un futuro tendría un oficio respetable.

¿Qué estudia? —me interesé, aunque ya anticipaba que sería Magisterio, pues en la ciudad no había más centros universitarios.

Para maestro.

En ese momento, até los hilos que me faltaban para comprender por qué me resultaba conocida la cara. Se trataba de uno de los amigos de los de la bota. Eran de la misma localidad, aunque este último se hospedaba en el hotel en el que trabajaba.

Me fijé en los papeles esparcidos en la mesa que Venancio leía o escribía.

¿Te gusta la poesía? —me interrogó, al notar mi curiosidad, pensando que yo adivinaba de qué se trataba.

Me quedé perplejo. Nunca me habían planteado tal cuestión. Se suponía que la poesía debía gustar a cualquiera. Era como si se preguntara si agradan las flores, o el sol, o la pasión amorosa… La respuesta no podía ser otra que sí, aunque me avergonzara. Sin embargo, en el mismo instante, me percaté de que mentiría si le respondía afirmativamente, ya que, con sinceridad, nunca leía poesía ni escuchaba recitales.

Pues yo soy aficionado —me confesó siendo consciente del compromiso en el que me había metido. Removió las hojas y seleccionó unos cuantos poemas que me entregó—. ¿A ver qué te parecen?

Cogí los folios con el mismo respeto que si me hubiera otorgado el testamento en el que se encontraba el reparto de sus bienes entre sus herederos. Mi intención, una vez que me hallé en mi habitación, fue no leer lo escrito, porque me daba pudor desentrañar intimidades que no me incumbían. Pensé que saldría del paso con decir cualquier vaguedad al devolverle las hojas. Así lo hice cuando a la noche siguiente me lo encontré de nuevo en la recepción.

Me han gustado mucho. Se te da bien escribir —le dije para halagarlo.

Alargó los finos labios en una larga sonrisa silenciosa y los ojos le brillaron de emoción.

Viéndole tan feliz, me sentí un miserable por engañarlo y remordimiento por no haber dedicado, aunque solo hubieran sido unos minutos para leer el poema más corto, para hablar con él de ese contenido concreto.

Te regalo el que quieras —me dijo, mostrándome el abanico de pliegos con los poemas mecanografiados.

Intenté resistirme al ofrecimiento siendo consciente de que no merecía tal detalle y que un nuevo agravio caería sobre mi conciencia, pero insistió tanto que hube de elegir uno. Tomé la hoja en la que el texto era más breve, no exclusivamente pensando en el menor esfuerzo que tendría que realizar para entenderlo, sino considerando que sería la poesía en la que el autor habría dedicado menos tiempo en escribirla y que, por lo tanto, no me sentiría tan culpable por robarle su esfuerzo creativo.

Recuerdo que guardé el poema como si se tratara de un suvenir más de mi estancia abulense.

Busqué entre los documentos y recortes de mi archivo a ver si encontraba la poesía de Venancio. Apareció adherida a una hoja. Las letras mecanografiadas se habían diluido del negro de la tinta al gris de la erosión del tiempo y la humedad. Los contornos de los caracteres tipográficos se hallaban difuminados; los versos se habían desvaído en su linealidad, sucumbiendo al abismo de la caída; algunas palabras, incomprensiblemente, estaban embarradas, como si las letras hubieran entrado en batalla y solo quedaran de ellas la sangre derramada.



Solo en la noche escucho

el rumor de los coches solitarios

que recorren sin rumbo las calles.

A mí vienen amantes criminales,

peregrinos de la noche tenebrosa

en busca de un refugio que los aleje

de la oscura realidad de sus almas.

Yo salgo de mi espacio

y los acompaño en sus pasiones,

en sus traiciones,

en sus mentiras,

en su soledad,

en sus atormentados desvelos…


La luz de la mañana,

sin remisión,

les abofeteará con cruda impiedad

y yo no podré hacer nada.



Después del tiempo transcurrido y estando solo en mi despacho, las palabras de Venancio me llegaron de manera más directa al alma. El poeta se presentaba como un samaritano que, comprendiendo las necesidades de sus huéspedes, les daba cobijo sin pedir nada a cambio. Me imagino que era una fórmula poética para dar un sentido transcendental a su modo de ganarse la vida y que la realidad era muy distinta, pues, al lado de ese conjunto de poemas, recuerdo que también había planos de edificios, como si, al mismo tiempo que daba rienda suelta a su pluma, planificara futuras reformas de su establecimiento. De todos modos, me pareció muy digna su afición, pues consideré que escribir poesía era una manera de plasmar los sentimientos mucho más efectiva que el relato de los aconteceres cotidianos que yo anotaba en mi diario, ya que, en este, rara vez dejaba constancia de las emociones que jalonaban mi vida.


15. Los comuneros

 





Investigué a otro estudiante de Magisterio, un tal Tomás, un chico que residía en la misma ciudad. La razón de seleccionarlo fue quizá la más infundada. Daba la sensación de ser un muchacho modoso y bien hablado, aunque a veces se le entendía mal lo que decía, pues el sonido de su voz procedía de una cavidad profunda que, cuando llegaba a la luz, se diluía como si ya hubiera consumido toda su potencia antes de salir de la boca. Por otra parte, siempre las primeras palabras aparecían titubeantes, imprimiendo en los interlocutores la incertidumbre de si se volvería a repetir el atoramiento. Miraba al que le escuchaba reclamando un auxilio tácito para que ayudara a desenredar el atasco de vocablos que no hallaban la forma de desasirse unos de otros y de seguir la vereda bucal para fluir en solitario hasta hacerse comprensibles. Por lo demás, era un Casanova por su elegancia, pulcritud y hechuras corporales. Sin ser muy alto, un cuerpo proporcionado, un rostro perfecto y un pelo negro con tupé, le hacían muy atractivo. No obstante, a pesar de las gracias que había recibido, un defecto afeaba su personalidad, pues, no sé si con justicia o por mala suerte, lo pillaron con algo que no era suyo. En cualquier caso, bien porque la acusación no fuera del todo cierta, o porque el afectado consideraba que no era merecedor de una mala fama perenne por un desliz ocasional, se desenvolvía como si no llevara esa mancha sobre su frente. Sus más allegados, en cualquier caso, lo habían perdonado. La nota más llamativa de él y de su círculo de amistades era ser muy regionalistas y folklóricos. Se sentían castellanos por los cuatro costados y la jota castellana era su himno de guerra. No entendí bien este entusiasmo pues no comprendía cómo estos motivos podían enfebrecer el ánimo y servir como fortín identitario que defender contra personas de otras regiones. Uno del grupo tocaba la dulzaina y otro lo acompañaba con un tambor y los demás cantaban o bailaban.

Tuve ocasión de conocerlos en un ambiente único, en el Día de Castilla o la Fiesta de los Comuneros, que se celebra el 23 de abril. No sé con exactitud si se trataba de la primera edición o de la segunda. El componente político infundido por los partidos de izquierda a esta efeméride proporcionaba a estos grupos la oportunidad de tomar como bandera una causa que se apartaba de las reivindicaciones sociales para centrarse en la propia esencia de las personas, sobre todo teniendo en consideración que los partidos conservadores por entonces renegaban de lo que no fuera el estado central.

Mi presencia en el festejo fue producto del azar. Merodeaba cerca de la comisaría y de la Escuela Normal, cuando descubrí en la plaza de Santa Ana a Tomás y su grupo de amigos. Me percaté de que llevaban los instrumentos (la dulzaina en su estuche; el tambor, colgado del cuello, como si se tratara de un gran medallón) y que subían a uno de los autobuses que se encontraban aparcados enfrente del edificio de Sindicatos. Me quedé perplejo y sin saber qué hacer. Esa vez me había desplazado en coche y lo tenía aparcado en la misma plazuela. Me subí a él y desde allí no perdí ojo de lo que sucedía. No tardaron en llenarse de viajeros los vehículos y de arrancar a un destino incierto. Por un momento dudé si seguirlos u olvidarlos. Lo primero que se me ocurrió es que acudirían a un festival de música y consideré que tal vez pudiera atisbar algún comportamiento u oír algo relevante para el caso que llevábamos entre manos. Sin dar cuenta a nadie de mi propósito, me puse en marcha y seguí a los dos autobuses. Salieron por la parte alta de la ciudad. Dejamos el cementerio y tomaron la carretera a Valladolid. Comprobé que el tráfico era bastante denso en la dirección que seguíamos. El día estaba plomizo y presagiaba lluvia. Antes de salir de la provincia y de adentrarnos por la Nacional VI, una espesa y húmeda niebla envolvió a los coches que circulaban. Procuré mantener la distancia con la intención de no perder de vista a los autobuses, aunque a esas alturas del trayecto me había convencido de que la mayor parte de los que nos encontrábamos en la carretera nos dirigíamos a un mismo destino, desconocido para mí. En la autovía los coches adelantaban a la flota de camiones y autobuses. Yo adapté la velocidad para continuar la vigilancia. Pasamos Medina del Campo. Hacía casi una hora que habíamos emprendido la marcha y seguíamos sin parar. No contaba con un viaje tan largo ni tan tenebroso. La niebla me desorientaba y me hacía sentir desubicado, pues a mi alrededor solo divisaba fugazmente las luces de los que se aproximaban por detrás y luego con prudencia me adelantaban. No quería poner ni la radio para ir concentrado en la conducción. A los veinte minutos dejamos a la izquierda el pueblo de Tordesillas y, cuando menos me lo esperaba, distinguí la intermitencia derecha del autobús, que aminoró la velocidad y abandonó la autopista girando para continuar por una carretera local. Mi asombro aumentaba sin cesar. La niebla engullía cualquier atisbo luminoso. A los lados divisaba lo que parecían parcelas sembradas de cereal. Avanzábamos muy despacio. Formábamos una abigarrada caravana de automóviles repletos de viajeros, menos en el mío, en el que en solitario sentía la humedad acuosa de la tierra próxima. Al llegar a un punto, nos desviaron a un camino con charcos hasta desembocar en una gran explanada donde los conductores aparcaron. Seguí a los autobuses para detenerme lo más cerca posible de ellos. Los viajeros se apearon y, en grupos, cargando con botas de vino o garrafas enteras, se dirigieron a un pequeño pueblo. Pronto el desfile de personas se convirtió en una gran muchedumbre. En unas eras se había formado una multitudinaria acampada. El barro llenaba los pasillos entre las tiendas de campaña. Algunas, con las telas de las puertas apoyadas en las paredes, dejaban ver a los ocupantes rodeados de bebida y con cara de haber pasado la noche en vela y de jarana. Pronto perdí de vista a los estudiantes de Magisterio y me sentí extraviado en una multitud en la que era un extraño. Un temor incomprensible se apoderó de mí. Notaba que los demás me miraban como un ser que desentonaba en el ambiente festivalero o como si me moviera buscando a un hipotético grupo de amigos a los que no encontraba.

La villa era pequeña. Las casas de las afueras eran de una sola planta. Extensos tapiales bordeaban la calle por la que se desenvolvía la muchedumbre en todas las direcciones con una dinámica perturbadora, ya que ninguno parecía alcanzar una meta definida. Apoyados en los vanos de las puertas carreteras, en los poyos y en las aceras, se encontraban algunos peregrinos a punto de perder la conciencia de la borrachera que llevaban. Los que estaban solos acababan tumbados en el mojado pavimento; los emparejados, se agarraban pasando un brazo por el hombro del compañero, formando una frágil postura que les permitía descansar por unos momentos. ¿Dónde me he metido?, me preguntaba una y otra vez. Mi temor al absurdo de la situación se producía no por ser testigo de un espectáculo esperpéntico, sino también por albergar la sospecha de que no volvería a ver a mis estudiantes. Por otra parte, era tal la ingente cantidad de personas concentradas en ese lugar, que calculé que sería complicado abandonarlo hasta que alguien fuera capaz de organizar el retorno con unos criterios imposibles de adivinar a esas horas de la mañana.

Me dejé arrastrar por la muchedumbre sin saber a dónde me llevaría. La visión de la iglesia me reconfortó por un momento, pues en mí se estaba originando la sensación de que me hallaba en un gran campo de batalla, rodeado, sin saber muy bien si por aliados o por furibundos enemigos. Recorriendo el perímetro del recinto eclesiástico, vi tenderetes que emitían música. Lo que sonaba era una amalgama de canciones diversas: unas populares, que también me proporcionaron cierta tranquilidad, y otras más turbadoras, pues predominaban las guitarras eléctricas y las voces de cantantes endemoniados. Sin pretenderlo, la fuerza incontrolable de los cuerpos que me rodeaban me llevó hasta el borde de algunas mesas atendidas por jóvenes barbudos y chicas con trenzas y una cinta pegada a la frente y ataviadas con amplios vestidos. Lo que ofrecían a los concurrentes eran libros, revistas, casetes, insignias, pegatinas o simplemente panfletos en los que difundían el ideario de partidos contestatarios… Me percaté de que el tumulto originado en el lugar era de cariz político y entonces sí que me alarmé por el temor a los desórdenes de las masas y la posibilidad de intervención de los antidisturbios. Esperaba no verme implicado en ninguno de los fregados que con seguridad se producirían y entonces sí fui consciente de mi irresponsabilidad y de haber procedido a tontas y locas. Esa misma fuerza ignota me continuó trasladando hasta llegar a lo que parecía la plaza del pueblo, pues un edificio de dos plantas que se extendía por uno de los lados presidía el recinto y en su corrida balconada ondeaban una serie de banderas. Sin embargo, lo emblemático del sitio era el monolito colocado en el centro. Un monumento pétreo en el que no se veía tallado escudo o figura o leyenda que explicara su razón de ser. El único detalle que resaltaba el significado del mismo eran las ofrendas florales depositadas a sus pies. No me dio tiempo a investigar en ese momento la razón de su existencia, porque la misma energía exterior procedente de la masa humana me impulsaba a seguir avanzando hasta bordear la plaza cuadrangular y retroceder por el mismo lugar por el que accedí. Sin embargo, no tardé en enterarme de lo que sucedía a mi alrededor. Me encontraba en Villalar de los Comuneros, en la provincia de Valladolid, y se celebraba el día de la Comunidad de Castilla y León. La razón de la festividad en ese lugar era que allí, hacía muchos años, hubo una batalla en la que los comuneros fueron derrotados por las fuerzas imperiales. No me parecieron muy convincentes los motivos para tanta algarabía, pero tampoco era una cuestión que me importara demasiado.

Perdido entre la masa de asistentes, me sentía un ser desvalido y anticipé unas horas horribles. Sin embargo, esa impresión inicial no sería cierta. Me apoyé en un muro de lo que parecía un corral para salir de la corriente humana que me movía como un frágil palo en un río. Alguien se detuvo a mi lado.

Toma compañero, échate un trago. ¡Ya verás que bueno te sabe! —Me invitó un mozo ya pasada la mayoría de los años de juventud.

Gracias —contesté y bebí, aunque no me apetecía—. Está muy bueno.

¿De dónde eres?

Le iba a responder que de Madrid, pero me percaté de que entonces no tendría razón de ser mi presencia en el evento.

De Ávila. ¿Y tú?

De Valladolid, de un pueblo llamado Curiel de los Ajos, cerca de Peñafiel.

Nos pusimos a hablar. Me dijo que era agricultor. Sembraba un poco de todo, incluidas unas parcelas de viñedo.

Al interesarse por mi actividad, me vi en un aprieto. Uno de los aspectos de mi profesión que me desagrada es que no puedo mencionar con sinceridad que soy policía. Me cuesta mucho mentir.

Camarero —le terminé por decir.

Se le notaba que era una persona con ganas de conocer gente. Aunque yo no me mostraba muy comunicativo, me animó a acompañarlo en busca de sus amigos, ya que yo le dije que había perdido el contacto con los míos.

Tardamos en encontrarlos, pero, al final, los divisamos. Se hallaban en una tienda de campaña y, sentados, se disponían a comer. Me presentó, y me invitaron a compartir con ellos el chorizo y el queso de oveja que estaban partiendo. Pronto fui entablando comunicación con unos y otros y, a medida que bebía, casi sin ser consciente de ello, me di cuenta de que el vino se me subía a la cabeza. Con mucho esfuerzo intenté controlar, pensando que tendría que conducir de vuelta a Ávila.

El ambiente se animó con la actuación de distintos grupos de música. La interacción entre los concurrentes aumentaba a medida que el alcohol iba haciendo efecto. A pesar del frío, de la humedad, del fango, el estrecho contacto humano y el entusiasmo vencían todas las inclemencias. Yo mismo, en esa vorágine de tragos, charlas, bailes, cantos… me lo estaba pasando bien y, cuando me quise percatar, al consultar la hora, comprobé cómo la tarde llegaba a su fin. Me propuse orientarme para buscar dónde había aparcado el coche. Fui consciente de mi ebriedad y de lo que me constaría vencer la modorra en esa tarde cada vez más fría. La niebla bajaba y pronto se arrastró por la llanura embarrada. Al atontamiento se sumó una vez más la desorientación. Cuando más perdido me encontraba, oí el sonido de una dulzaina familiar. No me equivoqué: eran los estudiantes de Magisterio. Me mezclé con ellos, no por afán de aprovechar en esos momentos lo que no había hecho en el resto del día, sino de seguirlos para dar con el paradero del coche. Tras ellos, alegres y ya con cara de fatiga, llegamos a los autocares y yo observé mi vehículo salpicado de barro en el capó y los cristales. Los autobuses arrancaron. Esperé un poco; ya no tenía sentido ir detrás y mi propósito era aguardar a que se despejara la zona y a que se me pasaran los efluvios del alcohol. Estando así, divisé a Tomás. No había reparado en él cuando siguió a los compañeros. Lo vi buscar el autobús hasta que un conductor le dijo que el suyo ya había partido. Por un momento, dudé si salir del vehículo y ofrecerme para que regresara conmigo. No me dio tiempo, porque se subió a otro autobús. En esos momentos, arranqué y los seguí. Antes de incorporarme a la autovía, en el atasco que se formó, contemplé cómo el chico descendía y echaba a correr para alcanzar el autocar perdido que lo conduciría otra vez a Ávila.

Me alegré de que al final lograra regresar sin incidentes.

Los comeladrillos

Los viejos del pueblo donde nací planteaban guasonamente a los niños un enigma para el cual ya sabían la respuesta; sin embargo, lo formula...