Habitaba en una hondonada recóndita al lado de la mar. En su momento no fue un lugar tan solitario como lo es hoy, en este municipio ya de por sí aislado y extendido. Pasaba los días y las noches recluido en ese barranco, a escasos metros de una mar, la mayor parte del tiempo bravía e indómita. Abría la ventana y una espuma blanca, espolvoreada, le acariciaba el rostro negro y curtido de hombre de mar y de verde. Vivía con su mujer. De vez en cuando, lo visitaban los hijos ya independizados. Siempre observaba la mar y las nubes para descifrar el loco rumbo de los vientos, que él interpretaba viendo las distintas alturas de los nimbos y sus evoluciones. También se preocupaba por sus becerras, pero lo justo: que las paredes y el vallado se mantuvieran en pie para que los animales no se descarriaran. La suerte de nuestros parajes verdes es que producen todo el año abundante hierba para que el ganado se alimente sin recurrir a piensos artificiales. Aparte de la decena de novillas, un perro feo y sucio y Perico, un borriquillo a punto de desarmarse de viejo, componían los seres vivos de aquella colonia, asentada en la profunda depresión del terreno, junto a la quebrada costa que nos corta el paso hacia el norte. Casi nunca salían de aquel entorno lejano. Los hijos, cuando llevaban a los nietos a ver a los abuelos, les traían lo poco que necesitaban, porque ellos eran de por sí frugales y disponían de un pequeño huerto, cuidado con esmero y con infinito cariño por la esposa, que les abastecía de hortalizas y tubérculos. Él se escapaba y andaba los dos o tres kilómetros que lo separaban de la tienda para comprar un cartón de tabaco y tomarse un blanco. A veces recorría en bicicleta el trayecto hasta el núcleo urbano, si no disponía de mucho tiempo; otras, cuando la mar estaba embravecida y no tenía prisa, se daba el placer de ir parsimoniosamente en el burro. Subía andando, tirando del ramal de Perico, hasta salir de la profundidad y, después, saltaba ágilmente sobre el asno sin necesidad de apoyarse en una altura. No hacía falta darle al animal órdenes sobre la dirección que debía seguir: invariablemente era el mismo camino hasta la tienda. En estas ocasiones, mientras se tomaba el vino, se animaba a entablar conversación con algún otro parroquiano. Tampoco mucho, porque siempre miraba el cielo incierto de esta región impredecible, no fuera a ser que la oportunidad lo pillara en el lugar equivocado.
Su vida habría sido más tranquila si se hubiera conformado con atender a sus animales y vivir como cualquier retirado del mundo laboral. Pero su obsesión eran los frutos prohibidos de la mar. Soñaba con pulpos y, sobre todo, con percebes: tan abundantes, tan atractivos, tan divinamente ricos. Estaban allí, a escasos saltos por entre las rocas de su casa. Mientras su mujer vivía plenamente entre sus puerros, berzas, escarolas y acelgas, él se devanaba los sesos, fumando un cigarrillo detrás de otro y pensando en sus percebes, allí en las rocas, balanceados y acariciados por una mar dormida. Tan solo su alma vivía con cierto sosiego en las borrascas, en los temporales, en las galernas, en las ventoleras procedentes del profundo mar. En esos momentos rememoraba con su mujer la vida ya pasada, cuando sus hijos aún estaban entre aquellas paredes, iban a la escuela o se bañaban en las fracturadas calas de rocas que solo ellos conocían, porque él se las había enseñado. Su mujer también era feliz cuando lo sentía tranquilo y hogareño. Era otro hombre, con el que se podía hablar, con el que se podía descansar y dormir, con el que se podía soñar. La paz de esos días tan solo se veía amenazada cuando veían el parte meteorológico en el Telediario. Las noticias se sucedían como cuentas o avemarías de un rosario, todas iguales, monótonas. Pero cuando hablaba el hombre del tiempo, reinaba un silencio en el que solo se oían el bramido de las olas y la furia del vendaval contra los ventanales. Su mujer se paraba y no movía ni un plato, secándose las manos en el delantal mientras miraba la cara concentrada de su hombre. No sabía qué componendas hacía ni qué interpretaciones sacaba del pronóstico del hombre del tiempo, pero viendo la reacción siguiente de su marido ya sabía si los días de sosiego y regocijo familiar continuarían unos días más o si, por el contrario, tendría que prepararse para vivir en la peligrosa incertidumbre del afán recolector de su marido. Si empezaba a fumar inquieto y sus movimientos se volvían casi espasmódicos, sabía que el feliz mal tiempo estaba a punto de finalizar. Esa noche su marido ya no dormía a pierna suelta. Cada vez que oía la lenta agonía del temporal, se movía de un lado a otro de la cama o encendía el mechero para mirar la hora del despertador. Las horas se le hacían eternas y con el primer punto luminoso del nuevo día ya se ponía los pantalones para abandonar la cama. Abría la puerta de la casa y divisaba el amanecer para, a continuación, subir unos metros y obtener una perspectiva del incierto Oeste. Después de estas observaciones hacía mentalmente una previsión del día. Calculaba la hora de la bajamar y organizaba su jornada en consecuencia.
Sabía que disponía de muchas horas por delante antes del momento oportuno. En esa tensa espera, agazapado como un animal de presa, su ánimo se calmaba. Estaba tenso, concentrado, midiendo los riesgos a los que tendría que exponerse. Oteaba cualquier punto que alcanzaba desde su puesto y, sobre todo, prestaba atención a cualquier ruido ajeno al respirar del inmenso mar.
No solo él estaba pendiente del tiempo; también lo estaban sus más severos enemigos, los que le vigilaban para que no se excediera. La buena gente —así llamaba él a esos guardianes espurios de algo tan grande como la mar, que era de todos según su particular jurisdicción— no tardaría en aparecer. Lo peor, con todo, no eran ellos, sino sus chivatos, alguno de los mismos paisanos que, a cambio de alguna prebenda, colaboraba con ellos. Se sentía vigilado por todos lados. Con el tiempo fue conociéndolos, igual que fue conociendo el comportamiento siempre impredecible de la mar. Sin embargo, tanto la mar como la buena gente podían sorprender con cambios imprevistos, y el riesgo de ser arrastrado por las aguas, golpeado contra las rocas o vilmente denunciado por coger lo que era de todos lo atormentaba, porque ya había sufrido aquel inhumano apresamiento y había sido multado y confiscados sus bien amados frutos de la mar. Todo ello le había dejado una amargura perenne y un resentimiento contra aquella buena gente empeñada en preservar lo que, según él, no era suyo. En muchas ocasiones se tomó su revancha provocando a sus guardianes. En los días de viento sur se sentaba desafiante a la vista de los del pajarraco y los saludaba, mal encarado, agitando con la mano izquierda el saco destinado a acoger las pezuñas saladas. El piloto del helicóptero, para responderle, hacía descender el aparato y volaba por encima de él; se alejaba y regresaba. Además, el acoso continuaba: si no era por aire, era por tierra, con los verderones, aquellos agentes motorizados tan hábiles que eran capaces de presentarse con sus motocicletas en lugares solo aptos para bestias con garras. Sentía más pavor por estos que por los del pajarraco porque, en definitiva, los verderones eran quienes le ponían las manos encima si lo pillaban. No obstante, pese a los escarmientos pasados, su inclinación era tan intensa e indomable que no podía cejar en su propósito.
En alguna ocasión coincidí con él en esos momentos de desesperación. La mar estaba dormida; era un espejo en el que uno podía mirarse. Era la mar al revés. Las olas no maltrataban las rocas; más bien, daban la sensación de apartar el agua de ellas, del mismo modo que despejamos de mantas y sábanas una cama para ventilarla antes de volver a cubrirla. Así estaban las rocas y lanchales, casi secos; se podía andar en ellos con zapatillas de estar por casa, sin el peligro de un resbalón.
Pero ¿tú te lo puedes creer? —me decía nervioso—, fumando, mirando hacia la mar y hacia las elevaciones donde adivinaba que alguien lo vigilaba con prismáticos. ¡Toda la vida hemos comido todos los percebes que nos ha dado la gana! Ahora, estos, que no tienen ni puta idea de nada, nos prohíben coger lo que está ahí, que es de todos. ¡Qué sabrán ellos! Esto es igual que las flores: cuantas más se corten, más nacen. ¡Pues esto igual! ¡Cuantos más cortemos, más pezuñas se crían!
Yo no le quitaba la razón porque me hacía una idea de lo mal que lo estaba pasando aquel hombre. Tampoco intentaba consolarlo ni alargar mi presencia a su lado, pues creía que, dejándolo solo, su enfado no iría a más. Una vez alejado, me volvía con cautela y contemplaba sus idas y venidas. Adivinaba que, aun sin mi presencia, seguía imprecando su mala sombra y la idiotez de un mundo que no entendía la sinuosa mar.