10/08/26

El nombre del dueño de Patxi

 

La localidad olvidada donde vivo está enclavada cerca del mar, en una zona acantilada. Tiempo atrás hubo un afán absurdo por construir complejos residenciales en los prados y baldíos cercanos. Mucha gente no sabía en qué emplear los ahorros, o las entidades financieras prestaban en unas condiciones tan ventajosas que les entró la manía de invertirlos, junto con el dinero adquirido fácilmente, en la compra de un apartamento para pasar los veranos y los fines de semana. La mayoría de estas urbanizaciones se deterioran, olvidadas en el limbo verde de la costa, por el abandono de sus propietarios. Sin embargo, no todos fueron veraneantes de tres al cuarto. Hubo algún jubilado que eligió pasar sus últimos años con nosotros. Un día aparecieron y entraron a formar parte del entorno como si siempre hubieran estado integrados en él. Algunos ya no están y desaparecieron misteriosamente del mismo modo en que llegaron; no sé si han muerto o si, ya incapaces de valerse por sí mismos, han ingresado en alguna institución de atención a personas dependientes.

La verdad es que hemos tenido mucha suerte con los que se han incorporado a nuestra sencilla y rutinaria vida: gente risueña y alegre, encantada de haber dejado atrás ciudades impersonales e inhumanas para venir a la arcadia idealizada de esta localidad sobria y hermética. Se los ve felices, con una candidez rayana en lo pueril. Bajan por la carretera camino del bar conscientes del placer y del lujo de poder tomarse un café en el único bar que nos sirve.

El último en aparecer y desaparecer fue un señor mayor, al que vi siempre acompañado por un labrador, un perro con más paciencia que el santo Job. Siempre carretera abajo o carretera arriba. En algún momento impreciso lo descubrí girando hacia una de las urbanizaciones altas y pensé en las dificultades que tendría para subir las escaleras de las tres plantas de los bloques de aquel complejo, en el caso de que su vivienda no fuera la primera, porque el buen hombre padecía una cojera bastante incapacitante.

No puedo decir cómo se llamaba él, pero sí el perro al que continuamente se refería con el nombre de Patxi. Raro era el día que no lo veía, bien desde el coche, bien cuando nos cruzábamos al salir de paseo. Su manera de andar era muy peculiar, como lo era toda su figura. Se apoyaba en una gran vara de avellano igual de alta que él. En la mano izquierda portaba una bolsa blanca de plástico, sin que nunca pudiera averiguar para qué la utilizaba. Andaba balanceándose, moviendo todo el tronco de un lado a otro. No obstante, a pesar de su llamativa cojera, avanzaba a buen ritmo, como si permanentemente fuera con retraso al bar o de regreso a casa. Otro detalle al que siempre presté atención era a su atuendo. Tan solo se ponía un jersey fino los días más crudos del invierno; el resto del tiempo únicamente llevaba una camisa remangada.

No sé si viviría solo o en compañía de alguien más, de su esposa, por ejemplo, en el caso de que estuviera casado. Las numerosas veces que me crucé con él, siempre iba en compañía del labrador. No hay ninguna razón sólida para sostener lo siguiente, pero, por las observaciones efectuadas, creo que la relación del animal con el amo se constituyó en el momento en el que se trasladaron a vivir en nuestro verde y tranquilo pueblo. Presumo que la convivencia con el perro se inició con el cambio de residencia. Las primeras veces que me encontré con él, llevaba siempre sujeto al perro con una correa, como si temiera que se le escapara o que se metiera imprudentemente en la carretera, con el consiguiente peligro de que un vehículo lo atropellara. Tan solo le daba rienda suelta en el centro del barrio, donde había una campa por la que el can se explayaba a sus anchas, recorriéndola de un lado a otro. Patxi aprovechaba la ocasión con delicia y, al final del esparcimiento, invariablemente recibía una regañina amable por no haber obedecido a las llamadas del amo para que se regresara a su lado. Una vez atado, llegaban al destino final, el bar donde se tomaba un café. De regreso a casa, otra vez soltaba a su compañero en el prado. Esta segunda vez, el amo le concedía más libertad. Lo llamaba para que volviera, pero las órdenes eran menos perentorias, como si la prisa para regresar fuera menor. También es cierto que Patxi se tomaba la liberalidad del amo con holgura y no se sentía satisfecho con el tiempo de juegos concedido. Finalmente, con tono enérgico y determinante, el hombretón cargaba de autoridad sus mensajes, aunque yo siempre interpreté que los dirigía más a los vecinos que a su fiel amigo, como si quisiera remarcar su genio falsamente severo. Cuando el animal se acercaba, timorato y titubeante, al amo, este se dirigía a él como si hablara con una persona: ¡Cuántas veces te he dicho, Patxi, que me tienes que hacer caso! ¡Es que no vale contigo! Ven, que ya es hora de volver. ¿O es que te crees que puedes estar todo el día por ahí? ¡Patxi, que te he dicho que vengas aquí! ¿O es que quieres que te esté repitiendo las cosas mil veces? Dejaba al can que se diera otra vuelta y apoyaba el trasero en la pared para evitar estar de pie, mientras se deleitaba una vez más viendo a su amigo trotar por el prado y mover alegremente el rabo. Desde la lejanía, Patxi a veces se plantaba y miraba a su dueño, como si de pronto hubiera dudado del estado de ánimo de su protector, pero, al comprobar que no había ningún atisbo de disgusto, continuaba con sus carreras contenidas. Cuando la bestia se saciaba de su recreo, regresaba a la vera de su amo y humildemente permitía que lo trabara. ¡Cómo te lo pasas, Patxi! ¡Ay, qué perro más bonito! ¡Hala, Patxi, vamos para arriba! Y con la seriedad habitual, el labrador avanzaba atado con la correa un metro detrás de su guía.

Paseando por el barrio, me encontré numerosas veces con él y, fruto de la observación, me percaté de que el trato con el perro variaba según las circunstancias. Si iban los dos solos, el diálogo entre hombre y mascota era más natural. Quiero decir que él le hablaba, si era menester, o callaba y caminaban sin más. Sin embargo, cuando se cruzaba con nosotros, comenzaba a dar órdenes a diestro y a siniestro al disciplinado Patxi, como si permanentemente se comportara mal. Tampoco es que fuera una regañina seria. A mi modo de ver, era una forma de aparentar una comunicación fluida para disimular la soledad ante los demás. Otra posibilidad era que hablara con la bestia para evitar conversar con los vecinos. En cualquiera de los dos casos, compadecía al pobre chucho: me lo imaginaba todo el santo día aguantando la verborrea de aquel hombretón tan simpático. Si soy sincero, lamento mucho aquella actitud: me quedé con las ganas de iniciar una conversación con él, pues me resultaba muy cordial. En todo caso, no quise forzar una mínima camaradería y nunca se me pasó por la cabeza acariciar al perro para romper aquella distancia: entendía que el animal le pertenecía en exclusiva.

Ahora que ya no está con nosotros, comprendo, con tristeza, la fragilidad y fugacidad de nuestra existencia: ya no tendré más oportunidades de saber, aunque solo fuera, el nombre del amo de Patxi.


09/08/26

Las chotas locas del prado

 

Los animales que pacen en el prado suelen estar a lo suyo, buscando buenos corros de pasto, y rara vez sienten curiosidad por las personas que caminamos a su lado. Tan solo levantan la mirada para otear cuando escasea la comida o está vacío el bebedero, y esperan a que llegue el amo con el remolque lleno de hierba para esparcirla en los comederos o con la tina rebosante. Cuando el terreno ha quedado arrasado y no hay un mal hierbajo, aguardan a que el amo las traslade a otra finca con el verde alto. A veces me parecen felices: comen y rumian contemplando la inmensa mar o la alargada campiña que se extiende paralela a los desafiantes acantilados. Desde allí, la panorámica alcanza los alejados picos de la cordillera que corre paralela a la costa. Pueden contemplar las cumbres blancas y la salina mar saltarina, y oler el salitre que el viento esparce sobre ellas y sobre nosotros, los animosos paseantes que salimos a estirar las piernas. Sin embargo, la mayoría de las veces, la impresión que me dejan estas mayestáticas bestias es de tristeza, pues creo que son muy inteligentes, pero ponen a prueba su capacidad cognitiva muy pocas veces, concentradas como están en satisfacer su sempiterna hambre. Su materialismo me apena, y tan solo siento que mi alma se aproxima a ellas cuando protegen a su ternero, por el que se desviven, lamiéndolo y dejándole mamar en cualquier momento. Son esas semanas, hasta que el recental va armándose de carnes y extendiendo su esqueleto, cuando la vaca se comunica con la vida, mostrando una ternura que desaparecerá en el momento en que le retiren el becerro. De nuevo comenzarán su etapa ascética de concentración y meditación contenida, con la mirada perdida en la lejanía del horizonte. Este carácter sagrado y monacal es común a estos animales y predomina en el entorno siempre verde por el que transcurre la monotonía de los días y de nuestros paseos.

Después de recorrer las fincas de las vacas, me encuentro con unos burros ociosos, contemplando el infinito, sin ansias de nada, ni de comer ni de beber. Tan solo reaccionan a lo que se les dice, adelantando las enhiestas orejas y mostrando un estoicismo sempiterno que aún guarda el recuerdo de las duras jornadas de esfuerzo y trabajo que hasta hace unas décadas tenían que soportar, como si la memoria de la esclavitud a la que estuvieron sometidos les hubiera dejado una impronta de escepticismo que los años transcurridos no hubieran logrado borrar.

También los caballos me desasosiegan, pues, en este caso, su robustez y envergadura me impiden establecer una relación emocional con unos animales que siempre tengo la sensación de que pueden llevarme por delante y pisotearme. Sus relinchos han de ser interpretados como una invitación no muy respetuosa para que te alejes de ellos y los dejes en paz. Al separme, contemplo la estampa de su beldad y el poder que ejercen en estos predios, donde son los dueños del reino animal.

Nada tienen que ver las vacas, los burros y los caballos con las novillas que campan en dos fincas al final del recorrido. Están enclaustradas en lo que fueron dos prados, pero la pared que los dividía está caída, quizá fruto del continuo trasiego de estos jóvenes animales de una parte a la otra. Siempre están aquí estas alegres y despreocupadas vaquillas. Nunca he visto el trasiego de entrada o salida de los animales recluidos, pero imagino que el dueño las cría o las compra y las mantiene allí hasta que comienza su etapa reproductiva, pues las que corretean siempre tienen la misma edad: son unas chotas que aún no están preñadas. Al pasar, cuando alguien anda por allí, aunque estén alejadas de la cambera, basta que una divise al caminante para que todas salgan corriendo, curiosas por conocerlo. Y basta que una se quede quieta unos minutos para que todas alarguen los belfos, como si quisieran acercarlos para olisquear y dar un lengüetazo al que les habla. Y, si alguna da un respingo, muchas de sus compañeras la imitan y comienzan a brincar y correr alocadamente de un lado a otro, sin saber por qué están tan alegres. Se miran unas a otras y tengo la impresión de que se sonríen y, de nuevo, se inician los brincos y las carreras por todo el prado, saltando por encima de la pared derruida, una barrera fácil de superar. A veces me alejo de allí con temor de que el dueño las sorprenda en tal algarabía y me culpe a mí del escándalo que preparan. Por eso, en ocasiones, me aproximo a ese tramo con sigilo, procurando que no me vean, pero siempre hay alguna que me descubre y se acerca corriendo para observarme de cerca. No puedo por menos que producir un sonido susurrante que consigo sacar doblando longitudinalmente la lengua y aplastando ese lado curvado contra el cielo del paladar, produciendo secuencias repetitivas que completarían su efecto suavizante si pasara la palma de mi mano por el lomo arqueado de sus cuerpos. Cuando veo que el alboroto puede acabar siendo peligroso, temo que se salten la valla y se escapen. Me alejo en silencio para no dar pábulo a más algarabía. Ya rebasada la última pared del prado, me doy media vuelta y contemplo sus cabezas sobrepasando el muro, como si me acusaran de la brevedad de la dicha que habían disfrutado. Me alejo apenado, de vuelta a casa.


30/07/26

Ni libros ni revistas ni cintas de música

Estábamos llegando al cruce de las Eras. Venía charlando con Galiana desde la plaza. Me acompañaba Pierpio, mi hijo veinteañero, que caminaba detrás y oía lo que hablábamos. La conversación era banal, la propia de dos personas que en su juventud fueron amigas, aunque nunca íntimas. Cuando estábamos a punto de despedirnos, noté que a Galiana le costaba soltar lo que tenía en mente. Después de vacilar unos instantes, me dijo:

-¿Por qué tú y yo no compartimos ningún objeto cultural cuando éramos amigos?
Tardé unas milésimas de segundo en comprender que se refería a libros, revistas, tebeos, cintas de música… Antes de responder, también me planteé a dónde quería ir a parar con esa pregunta. Habíamos formado parte de la misma pandilla, pero nunca hubo demasiada confianza entre nosotros. Es más, no me caía simpática y tampoco creo que yo le interesara lo más mínimo. Por eso me dejó estupefacto, aunque procuré reaccionar con naturalidad. Galiana me observaba mientras cavilaba.
-Lo podemos hablar con más tranquilidad la próxima vez que nos veamos —le respondí agradeciendo que llegáramos al punto donde nos separábamos.
Respiré aliviado y caminé junto a mi hijo hasta casa. Olvidé por completo el asunto. Creía que las posibilidades de que ambos coincidiéramos durante ese verano eran pocas, ya que no iba a permanecer mucho tiempo en el pueblo y, por tanto, no abordaríamos esa cuestión. Sin embargo, ese asunto continuó espoleando mi conciencia. No tanto la pregunta en sí como el hecho de que fuera Galiana quien me la planteara.
La relación con los amigos de juventud se había ido apagando con el paso del tiempo y las distintas circunstancias personales. Tan solo nos encontrábamos en el pueblo en contadas ocasiones. Nos saludábamos y la charla que manteníamos tenía poca trascendencia. Sabíamos que nuestra vida actual no se asemejaba en nada a la amistad que habíamos compartido durante la juventud. Tal vez coincidiera con Galiana más a menudo que con otros amigos, pero la conversación no duraba nada más que unos minutos y abordábamos temas recurrentes.
Me costó recordar. Galiana y Sabina eran las dos chicas del pueblo con las que mantuve más contacto. De las dos, a mí me gustaba la segunda. Galiana no me atraía nada. Además, su carácter áspero no me inspiraba confianza a la hora de tratar con ella, pero las dos eran amigas inseparables. Si quería encandilar a Sabina tenía que lidiar con la compañía de la otra. Esto, al final, no supuso un obstáculo insalvable, ya que otro amigo se interesó por Galiana y me permitió abordar a Sabina sin tantas cortapisas. Esa fue la primera conclusión a la que llegué al repasar mis recuerdos. No obstante, sabía que había algo más. Aunque me costó admitirlo, comprendí que Galiana se había interesado por mí mientras yo buscaba la forma de aproximarme íntimamente a Sabina. Me costó reconocerlo en su momento, al igual que ahora, porque mi ceguera por la otra me impedía ser consciente de lo que sucedía a mi alrededor. Pero una vez convencido de que era posible, poco a poco fui recuperando vivencias pasadas.
Aunque los jóvenes nos reuníamos en la plaza o en alguna solanera, aún tibia durante las noches de verano, la mayor parte del tiempo lo pasábamos hablando los tres. Es posible que no deseara reconocer que de las dos chicas la que más se interesaba por mí era Galiana. Dio alguna muestra, pero no las quise tener en cuenta. Fingí no enterarme para no ofenderla y, sobre todo, para poder continuar mi acercamiento a Sabina. Era consciente de que si quería intentar algo con ella debía tratar con ambas, pues estaba convencido de que si Galiana descubría mi inclinación por Sabina, me podía despedir de la compañía de las dos. Andaba con pies de plomo para no desairarla. Mientras escribo estas líneas recuerdo la inquietud y los malabarismos que debía ejecutar noche tras noche para poder permanecer junto a Sabina, mientras soportaba la presencia de Galiana. Antes de hablar, meditaba si lo que iba a decir podía herir o soliviantar a Galiana, al tiempo que cuidaba cada matiz para agradar a Sabina.
Soporté dos veranos su presencia. Cada vez me resultaba más desagradable. Cuando veía la oportunidad de hablar con Sabina, mi alma se regocijaba, pero, al comprobar a su lado a Galiana, se esfumaba toda mi alegría. Llegó un momento en el que sospeché que si mi relación con Sabina no avanzaba era porque la misma Galiana hablaba mal de mí a su amiga. No había manera de que Sabina y yo nos quedáramos solos. Al poco tiempo, ella no tardaba en irrumpir en nuestra intimidad con el mayor descaro. Me acostumbré a soportarla, como si fuera la penitencia que debía pagar por disfrutar del encanto de Sabina. En ocasiones, cuando me iba a acostar, antes de dormir, todo aquello me ponía de muy mal humor y me impedía conciliar el sueño. Repasaba cómo había ido la noche y llegaba a la conclusión de que había hablado más tiempo con Galiana que con Sabina, y de que con la primera había bailado tres piezas agarradas y con la segunda solo dos.
Al final, después de mucha paciencia, conseguí salir durante un tiempo con Sabina, con la que sí compartí libros, revistas y cintas de música. Nuestra relación fue muy breve. Nunca me atreví a culpar de la ruptura a Galiana. Dejé de hablar con ambas.
Espero no encontrarme con Galiana durante los días que permanezca en el pueblo. En todo caso, si la casualidad nos vuelve a juntar, no se me ocurrirá entrar en conversación con ella para responderle por qué nunca intercambiamos libros, revistas ni cintas de música.

Enánagos

 

La llegada a un lugar nuevo conlleva el descubrimiento de realidades desconocidas. Ya son muchos los años transcurridos desde que llegamos a esta región húmeda del norte. Nuestra primera morada fue una casa alquilada, mas, cuando decidimos echar raíces aquí, compramos una. Procedíamos de tierras secas y ásperas en las que el sol endurece el terreno y transforma en huraño el carácter de sus habitantes. Nos llamó la atención el verdor inagotable del paisaje terrestre y el azul eterno del mar colindante. No era el paraíso, pero le faltaba poco. Esa impresión se mantuvo un tiempo hasta que comprendimos los tributos exigidos por esa prodigiosa naturaleza: los días de lluvia, las brumas, las nieblas insidiosas… Con el paso del tiempo, no digo que nos hayamos acostumbrado, pero cada vez nos resulta menos onerosa la contribución que soportamos. Siempre ponemos en el plato de la balanza aspectos positivos que equilibran los negativos, hasta llegar un momento en el que nos resulta imposible imaginar una residencia diferente a esta.

Una de las realidades desconocidas de esta tierra para nosotros fue el descubrimiento de animales casi inexistente en los páramos y pedregales de donde procedíamos: plagas de caracoles y babosas, que solo muy de vez en cuando encontrábamos en nuestros pueblos natales, en los brocales de los pozos, en las cunetas o junto a los pozos de los huertos. Aquí nos entran en casa, sobre todo los caracoles, se aposentan en los lugares más insospechados. Las babosas, grandes como vacas, aparecen por las aceras después de haber pastado en el prado o de haber arrasado las plantas del huerto. El aprecio por los caracoles se ha mantenido con el tiempo, pues hemos acabado aceptando compartir con ellos nuestras hortalizas. En cambio, el asco hacia las babosas ha ido creciendo. No tanto por su aspecto pringoso como por su forma de alimentarse que no consume solo lo que necesita, sino que arrasa la planta por completo al morder y tronchar el tallo para comer únicamente las hojas más tiernas de la parte alta. Con ellas no tengo piedad.

Otro animal desconocido fue el enánago. La primera vez que vi uno, me asusté mucho, porque los reptiles me causan pavor y con bastante probabilidad, aunque no estoy seguro, lo maté o lo arrojé fuera de la finca. No me agradaba compartir mi espacio con estos bichos. Le comenté al vecino el avistamiento pensando que eran un peligro, pero, al describirle el animal como una culebrilla corta de unos treinta centímetros, de un color oscuro y brillante, con la cabeza más pequeña que el cuerpo, me dijo despreciando mi temor que era un enánago. No es que se riera, porque en algún momento de la descripción llegó a creer que se trataba de una víbora, pero, al estar seguro de la catalogación, no se extendió en más explicaciones.

Las peligrosas son las víboras; esa, nada —me dijo.

No me convenció la respuesta, pero, por lo menos, alejó el temor de que vivíamos rodeados de un peligro insospechado.

Sabiendo de su existencia, los posteriores avistamientos no me alarmaron tanto, aunque el asco y la aversión eran inevitables. Las apartaba con un palo a zonas más alejadas o, si tomaban la iniciativa, les permitía esconderse de nuevo. Su presencia era numerosa. Me tropezaba con ellas próximas a las paredes caídas que rodeaban la finca, a macizos espesos de plantas u ocultas en los montones de malas hierbas arrancadas del huerto. Siempre actuaba del mismo modo. Sin embargo, antes de permitir su huida, las observaba para estar seguro de si eran las inofensivas culebrillas o las taimadas serpientes de veneno mortal. Durante un tiempo, ante la más mínima duda, aniquilaba a la sierpe con una gran azada que me permitía golpearla sin que me pudiera alcanzar, en el caso de que me atacara. Una vez muertas, me asaltaba la duda de si había sacrificado la temida víbora o al inofensivo enánago. A estas alturas, he de confesar que esas muertes fueron inútiles, porque en el tiempo que llevamos viviendo en estas hondas praderías jamás he visto una víbora.

El encuentro con ellos se fue normalizando. Sin embargo, la prevención me acompañó siempre por la posibilidad de que la culebrilla fuera la venenosa víbora. Una vez localizadas, las observaba con curiosidad, si bien ellas, con rápidos movimientos ondulantes, buscaban cobijo. Me preguntaba de qué se alimentarían. Pensando en lo que había alrededor, sospeché que sus presas serían las repulsivas babosas. Me alegré puerilmente al encontrar un compañero que combatía conmigo la plaga de animales tan perjudiciales para la horticultura, hasta el punto de procurar que no abandonaran el huerto.

En mi vida contemplativa de la naturaleza que rodea nuestra casa en la finca en la que vivimos, he ido notando la disminución de estos animalitos tan benefactores. Mi curiosidad aumentó y, al indagar en manuales de zoología, me llevé una gran sorpresa, pues no era culebra, sino un lagarto ápodo, es decir, sin patas, que repta con mucha facilidad. Preocupado por las cada vez más esporádicas presencias del animal, he reflexionado en las causas por las cuales ha desaparecido. No se puede achacar a la falta de alimento, ya que las babosas son una plaga. Creo haber encontrado la explicación de la ausencia en la finca y el responsable inocente he sido yo mismo. Estos lagartos, al contrario de otros congéneres, prefieren la humedad y se ocultan en lugares oscuros, pues les gusta las tinieblas y la oscuridad; además, son muy sedentarios. En mi afán por crear un espacio agradable, he ido paulatinamente levantando y armando con argamasa las piedras de todas las paredes que rodeaban el inmueble, que se encontraban derruidas cuando compramos la casa, con lo cual he eliminado los refugios en los que se guarecían durante el día, pues solo salían de ellos para alimentarse por la noche. Ahora me doy cuenta de que el último lugar donde encontré enánagos fue el huerto, ocultos en los plásticos negros que extendía en las porciones sin sembrar con el propósito de evitar que la hierba creciera. Ha llegado un momento de mi vida en el que dispongo de tiempo para actividades que antes, si no me estaban vedadas, sí las realizaba a medias. En el caso del huerto, no siempre se hallaba sembrado todo él, no por la imposibilidad de que las plantas crecieran en invierno, sino por falta de tiempo, por lo que lo protegía con esos plásticos. Ahora, con una mayor dedicación, siembro durante todo el año, por lo que ya no necesito tapar el terreno con esos plásticos. Por consiguiente, ingenuamente, he acabado con el último refugio donde los pobres lagartos se cobijaban.

He de pensar si la situación actual del problema tiene solución o, por el contrario, he de lamentar la pérdida de un aliado en mi lucha contra la plaga de limacos que arrasan con toda planta tierna. Me temo que, después de unos años sin encontrarme con ninguno, ya no quedan y dudo de que alguno entre por su propia voluntad, ya que nuestra finca, y las de los vecinos, se han fortificado con asfalto y gruesos muros de piedra armada con una argamasa compacta de hormigón.

Es otra pérdida más, como tantas otras que se fueron para no regresar nunca.

28/07/26

Seis pares de calcetines

 

Los visitantes al pueblo solitario llegan de forma regular, con un calendario ignoto para los vecinos, pero aseguraría que muy bien organizado por ellos. Siempre aparecen en la puerta de la vivienda cuando creías que ya habían regresado a su país de origen, en el caso de los extranjeros que venían vendiendo artículos variopintos; o los padres con hijos pequeños a su cargo habían logrado salir de la indigencia gracias a la bondad de algún empresario que los había contratado; o los gitanos habían dejado de pedir para ejercer de vendedores ambulantes en los mercadillos; o los minusválidos vendedores de lotería habían sido agraciados ellos mismos en el sorteo para el cual vendían boletos; o los testigos de Jehová habían dejado de predicar por haber perdido la fe. Por este motivo, cuando se los veía, la primera sensación era de desazón por haber errado con la hipótesis planteada sobre su ausencia.

Otra razón para sentirse a disgusto con estas visitas es que, como todas las llegadas sin avisar, casi siempre coincidían en el peor momento posible de la rutina diaria: o estabas pendiente de alguna fritura en la cocina; o aún no te habías quitado el pijama; o estabas inmerso en una riña familiar; o planchabas; o atendías una llamada telefónica. No es de extrañar que lo primero que se te pasara por el caletre fuera mandarlos a hacer puñetas por interrumpir en el momento más inoportuno; la segunda, como he apuntado antes, la de admitir que la explicación que uno se había dado sobre su ausencia era errónea.

La manera de tratar a estos visitantes sigue siendo hoy día motivo de controversia entre nosotros. Mientras yo soy partidario de despacharlos sin contemplaciones, mi mujer se deja enredar por los discursos que hábilmente zurcen con la consiguiente apelación a la caridad cristiana, no siempre planteada en términos teológicos. La negociación entre nosotros para lograr una solución satisfactoria para las dos partes no ha sido sencilla, porque nuestras posturas eran muy contrapuestas, aunque la voluntad de llegar a un acuerdo ha estado siempre presente. Mi postura ha sido contribuir esporádicamente con algún donativo; para mi mujer, en cambio, despedir con cajas destempladas a alguien sin el correspondiente donativo es imposible. Es un asunto irresoluble. Esta es la razón por la cual, cuando vemos a algunos de estos peticionarios merodeando por nuestra casa, nos despistamos para no ser el uno o la otra los que nos enfrentemos al visitante. Como última concesión, le he propuesto, ya que le es imposible despedirlos sin más, que les dé la propina que estime oportuna, pero que, por favor, no les compre nada. Se calla, lo cual es señal de que no la convence.

Si nosotros hemos ido conociendo a nuestros visitantes, estos también nos han ido calando. Ya saben dónde deben insistir en sus pretensiones porque anteriormente obtuvieron lo que pedían; de igual modo, aunque llaman invariablemente a todas las puertas, ya conocen a los vecinos que los han desairado. Teniendo presentes estas variables, se presentan ciertos días y a determinadas horas, esperando que les abran la puerta las personas que suelen atenderlos. Por supuesto, hay ocasiones en las que yerran y se dan de bruces con quien no esperaban que les abriera. Recitan su retahíla de argumentos emotivos para conseguir un donativo o vender el producto que ofrecen, mas lo hacen con bastante menos entusiasmo y convicción. Si la sorpresa es monumental, se quedan casi sin palabras o tan solo alcanzan a decir: «¿No está tu mamá?», si es un hijo quien les abre; o «¿No está tu esposa?», si es el marido malencarado quien los interroga con su mirada furibunda.

Aunque llevamos viviendo muchos años en esta localidad apartada, la cuestión de cómo atendemos a estas personas que recorren nuestras calles pidiendo sigue sin resolverse. Ha pasado a ser uno de los pequeños conflictos de pareja que se amontonan y terminan olvidándose porque ya se les ha tratado de zanjar de tantas maneras y en tantos momentos diferentes que, al final, aburridos, se dejan por imposibles. Sin embargo, de vez en cuando, hay un asunto que me perturba. Hay un marroquí taimado —lo digo convencido— al que no conozco porque nunca aparece cuando estoy yo; o, si estoy, evita aparecer por miedo —qué sé yo— a una reacción incontrolada por mi parte. Este joven norteafricano llama a mi mujer su amiga porque siempre le compra. Sé que es así porque he oído a mi hija darle el recado de que había ido a verla su amigo. Por eso digo que estoy deseando contactar con tal individuo, a ver si a mí también me llama amigo. Diréis que soy un maniático y espero que no penséis que soy un racista de mierda. No soy, ni mucho menos, ni una cosa ni la otra. Pero del mismo modo que digo una cosa, digo la otra. No puedo soportar y me lleva el diablo y no dejo de echar pestes cada vez que abro la puerta del armario y me encuentro otros seis pares de calcetines. Aunque viviera doscientos años, no creo que llegara a desgastar todos los pares de calcetines de hombre que ese maricón le ha encasquetado a mi mujer durante los años que llevamos viviendo en esta localidad, donde nadie se pierde, salvo ese cabrón.

La inconmensurable soledad de mi vida

 

No tengo noticias de personas foráneas que llegaran a vivir a nuestra localidad antes que nosotros. De hecho, es una casualidad que nosotros mismos hayamos recalado aquí, pues, durante la larga búsqueda de una casa que comprar o de una finca donde construir, este lugar fue descartado al comienzo del proceso. Sin embargo, en un domingo crepuscular, cobró fuerza la idea inicialmente descartada y lo que no nos pareció bien al principio, con el transcurso del tiempo, acabó revelándose como el lugar ideal para vivir. ¡Los vericuetos inescrutables del caprichoso destino! El acierto de aquella elección se fue confirmando poco a poco con la llegada de nuevos moradores que, después de nosotros, acababan recalando en el poblado, como si se hubiera convertido en un imán de la inquietud viajera de muchos viajeros.

Siendo sincero, he de confesar que los primeros días y semanas tras nuestra llegada no fueron fáciles. No buscábamos una acogida calurosa por parte de los habitantes del lugar ni, por otra parte, éramos una pareja especialmente magnética que atrajéramos el interés de los demás. En contraposición, no nos frustramos con nuestra soledad. Sin embargo, nuestra hija —habíamos sido padres hacía unos tres años— requería la presencia de otros seres humanos para saber de la vida aquello que los padres no pueden ofrecer, como son los juegos espontáneos o la comunicación infantil. Pronto nos encontramos con otros progenitores cuyos hijos tenían las mismas necesidades y con ellos, a través de nuestros retoños, entablamos las primeras relaciones de vecindad. Ellos nos iban anunciando la incorporación a la vida municipal de los recién llegados. Unos procedían de la zona insular, venían del sur hacia el norte, dejaban el Mediterráneo para llegar al Cantábrico; otros procedían de Inglaterra para aposentar su familia en la costa que baña el mismo mar. Estos últimos fueron bastante numerosos. Nunca les llegué a comprender; no seguían el patrón migratorio de quienes abandonan los países del Norte para buscar el Sur cálido y luminoso. Era como si no estuvieran dispuestos a llegar tan lejos y se conformaran con la mitad del trayecto, con la mitad de la luz y del calor del mediodía, como si no estuvieran dispuestos a olvidar las recurrentes lluvias, los días nublados y los sempiternos prados verdes de su país de origen. ¡Allá ellos con su vida!, cavilaba, aunque no perdía ocasión de indagar en las razones por las cuales terminaban su peregrinación al comienzo de la tierra prometida, porque —y eso era lo que más me sorprendía—, no llegaban con proyectos cerrados que les permitieran conseguir recursos para vivir. Elucubraba creyendo que se aposentaban aquí gracias a unos ahorros cuyo origen se desconocía, quizá de la venta de sus casas o de las indemnizaciones obtenidas tras despidos cuantiosos. Igual que los demás moradores noveles, con el paso del tiempo, adquirían o construían la que acababa siendo su hogar, si bien es cierto que no todos enraizaron para siempre, pues en algunos casos su modo de ganarse la vida o los ahorros no fueron suficientes para sobrevivir con holgura y, de la misma manera misteriosa con que llegaron, se marcharon a destinos desconocidos y solo nos enterábamos de su marcha cuando sobre la balconada de sus viviendas aparecía el cartel de las agencias inmobiliarias anunciando la venta de la que había sido su momentánea residencia. La alegría inicial por su llegada e integración en nuestro pueblo era reemplazada por una amargura incierta que cada vez hacía más inestable la propia existencia. Lo cierto es que también sabía que el vacío dejado por los que se trasladaban era pasajero, pues de la misma manera que se iban los quizá frustrados, otros llegaban llenos de ilusión con la esperanza de encontrar el paraíso en su incierta existencia. No era cuestión de números. No consistía en restar las personas que abandonaban el poblado ni en sumar las que llegaban atraídas por él. Lo que verdaderamente crecía era la desconfianza y pesimismo que se inoculaban en mi alma al no confiar en las expectativas de una hipotética amistad duradera con los recién llegados.

Mi frustración y despego social no se consolidaban solo con los que desertaban, sino con aquellos que permanecían, pues, a medida que nuestros retoños crecían y tomaban rumbos diferentes, la relación se iba distanciando, como si el único vínculo fueran nuestros vástagos, y, por fin, concluía. De algún modo, cuando rara vez coincidíamos, no en el mismo poblado, sino a la salida de un espectáculo o en los pasillos de un supermercado, nos alegrábamos de saludarnos y de intercambiar información de nuestras vidas, pero siempre con la incomodidad del inapropiado espacio para charlar y la fugacidad del momento por las prisas permanentes impuestas por obligaciones indefinidas. Al final, si se daba la casualidad de vislumbrarlos en la lejanía, optaba por no propiciar el encuentro, no ya solo por la insatisfacción anunciada de la débil comunicación que se produciría, sino para evitar constatar el lastre inevitable que el tiempo deja en nuestras vidas. No era por comprobar el deterioro físico, ni por evitar la vergüenza mutua de la falta de fe en la amistad, sino para no caer en la felicidad de un breve encuentro que ahondaría más la inconmensurable soledad de mi vida.

Pasados los años, cuando los primeros síntomas de la vejez me asustaron, llegaron nuevos vecinos, pero la nota común de la inmensa mayoría de ellos era que se asentaban con una clara intención de pasar tan solo un breve tiempo de sus vidas. Eran parejas jóvenes en busca de su primera oportunidad para convivir, trabajadores con empleos temporales, artistas en busca de la inspiración, recién jubilados con el ímpetu de los primeros años de asueto…; además, también se establecieron compañeros de trabajo con los que, tras años compartiendo vecindario sin saberlo, acababa encontrándomelos en el colegio electoral o descubría, durante una intrascendente charla de café, en el propio centro laboral, que vivían en el mismo barrio o que los padres de su novia residían en el mismo municipio. Lo más perturbador fue descubrir que mi ignorancia acerca de sus vidas no tenía correspondencia con el conocimiento que ellos tenían de la mía. Sabían dónde se hallaba mi casa y pasaban por nuestra calle sin que nunca se dejaran ver ni yo, por casualidad, me los tropezara. Tuvo que ser mi compañera la que un día me avisara, sin tiempo de reaccionar para saludar, que un compañero había pasado por la cambera y le había dado recuerdos para mí. Fue entonces cuando comprendí, con absoluta certeza, que el hado acabaría convirtiendo mi soledad en un aislamiento sinuoso en este apartado retiro entre las montañas y la mar inmensa.

27/07/26

Con el dinero de Javi


I.

Cuando nos mudamos de casa, el único obsequio que recibimos de los nuevos vecinos fue un clavel del aire que nos regaló la tía María. Nunca había oído hablar de esta planta y me pareció fantástica y mágica, al explicarnos cómo habíamos de cultivarla:

Na, esta la atas con una cuerda y la cuelgas de una rama del limonero —nos dijo la vecina.

Pero ¿no hay que regarla?

Ni mucho menos hacía falta echarle agua. Vivía sola, sin necesidad de prodigarle cuidados especiales.

Procedimos tal y como nos había dicho la tía María. Los primeros días la mirábamos con cargo de conciencia, pensando, a pesar de las claras indicaciones sobre su cuidado, que éramos unas malas personas por no rociar con un poco de agua a la pobre planta. Nos consolábamos viendo que no se secaba, aunque el polvo y las telas de araña se prendían de cada una de sus puntas. El clavel era muy pequeño: apenas un tallo del que nacían unas fibras marrones.

La planta se fue camuflando entre las ramas del limonero. Cuando por casualidad nuestra mirada la descubría, nos admirábamos de que allí continuara colgada. No moría, pero tampoco crecía; por lo menos, eso nos parecía. Lo único que nos animó en su evolución fue descubrir una mañana de mayo que se estaba formando un capullo y que, claramente, en pocos días, florecería. Nos llevamos una inmensa alegría al verla florecer. Realmente parecía un clavel y, para mayor sorpresa, desprendía una ligera fragancia. Mientras duró la floración, todos los días me acercaba a contemplarlo extasiado. Sin embargo, me decepcioné al comprobar la decadencia notoria de la flor; en cuestión de una semana, se secó, mas sirvió para ilusionarme y volver a tener esperanza en la supervivencia del prodigio vegetal.


II.

No sé cuántos años pasaron, pero un día descubrí que el pequeño clavel se había convertido en una gran esfera, mayor que un globo terráqueo. Seguía mostrando el mismo color polvoriento y aparecía arropada por invisibles telas de araña; sin embargo, ya era una planta que imponía. Su peso era tremendo y, al poco tiempo, el cordón que lo sujetaba a la rama del limonero cedió y la planta cayó al suelo. Observar su interior, formado por tallos casi secos, fue un espectáculo desagradable, como si se abriera el abdomen de un animal para escudriñar sus intestinos. Con una cuerda más resistente até varios talluelos para que sujetaran firmemente la mata a la rama del árbol. Durante la operación se desprendió una ramita: un hijuelo que comenzó una vida independiente. Lo até con otro cordel a otra rama, contento porque no solo comprobaba el crecimiento del mayor, sino que además había logrado descendencia.


III.

Con el paso del tiempo, el clavel primigenio siguió aumentando de volumen, cayéndose por su propio peso del árbol y desprendiéndose de él nuevos hijuelos que fui colgando al lado del clavel madre. Asimismo, el primer brote independiente se fue redondeando y dando otros brotes, que iba prendiendo no ya del limonero, sino del ciruelo, del manzano, del peral… Ya no solo pendían de árboles, sino también de las vigas del porche, de la barandilla de la terraza o de las paredes, de tal modo que no sabía dónde colgar las plantas. También las planté en arriates para comprobar si eran capaces de arraigar. Sobrevivían de cualquier modo y se multiplicaban por doquier. La sensación de ahogo y hostigamiento, después de veinte años de cultivo, fue en aumento. Regalaba plantas a las visitas que mostraban algún interés por ellas; no obstante, era muy pequeño el número que lograba colocar, como suele suceder con las camadas de perros y gatos. Pronto encontré una solución. En el pueblo turístico próximo a nuestra casa, en cuyas calles también los claveles del aire ondeaban en las balconadas, los vendían a un precio desorbitado. ¿Por qué no venderlos yo? La primera idea fue ofrecer a los comercios de recuerdos turísticos las plantas, pero deseché la iniciativa porque pensé que seguramente tendrían en sus jardines la misma ingente colonia que yo. La siguiente idea fue anunciarlos por Internet. Redacté el anuncio y fotografié varias plantas para que los interesados vieran el género, con poca esperanza de que un comprador se interesara, pero, de perdidos al río, alguna decisión tenía que tomar, si no quería que el agobio fuera cada vez mayor.


IV

Javi fue mi primer cliente. Contactó a través de un mensaje de texto. Era de un pueblo cercano. Quedamos un sábado para realizar la transacción. Hasta entonces nos habíamos comunicado únicamente por mensajes. Me dijo que vendría en motocicleta. Yo le proporcioné la dirección para llegar a casa. Esperé, impaciente, a verlo aparecer por la carretera. Efectivamente, vi descender una moto en el tiempo que había calculado para recorrer la distancia que separaba las dos localidades. Lo vi sobrepasar el punto donde le había orientado para aparcar. Estuve tentado de salir corriendo detrás de él cuando comprobé que se pasaba, pero no era cuestión de perseguir a una moto voceando para llamar la atención del piloto, porque, además, ¿quién me decía a mí que fuera Javi, el comprador de claveles, y no cualquier otro motorista de excursión? Sin entrar en casa, paseé intranquilo por el jardín, sin perder de vista la carretera ni las camberas cercanas. Prestaba atención al ruido del motor y también al teléfono, por si me escribía algún mensaje, mientras esperaba que ocurriera alguna de aquellas cosas. Al cabo, volví a ver al motociclista recorrer el trayecto en sentido inverso. Me convencí de que era Javi. Sin embargo, tardó en escribirme de nuevo; seguro que estuvo un buen rato buscando el lugar. Por fin se rindió y otra vez se puso en contacto. Le repetí las indicaciones y le dije, para tranquilizarlo, que lo había visto bajar y subir por la carretera. Esta vez llegó sin ninguna complicación más.

Aparcó la motocicleta, se quitó el casco y pude poner cara a Javi: era un hombretón barbudo, de barriga prominente y de una edad parecida a la mía. No parecía ofuscado ni contrariado por las vueltas que le había tocado dar. Yo, en cambio, me sentía perturbado y no sabía cómo proceder: ¿era conveniente platicar un poco o simplemente ofrecer la mercancía? Opté por lo segundo al mostrarle los claveles más pequeños, una vez que me dijo que solo estaba interesado en los de tamaño menor. Entre los cinco o seis claveles que colgaban del árbol, eligió el más frondoso. Lo desaté, mientras él buscaba dinero en un desusado monedero. Le acompañé hasta la motocicleta y vi cómo guardaba la planta en una de sus grandes alforjas. Se enfundó el casco y arrancó la moto. Lo vi desaparecer sin que llegáramos siquiera a estrecharnos la mano. Eran tan solo unas monedas: apenas lo suficiente para invitar a alguien a un café.


V.

Javi me compró el primer clavel en agosto. Cuando el verano finalizó, pensé que ya nadie más se interesaría por mis plantas. Sin embargo, me equivoqué. Entrado el otoño recibí otro mensaje: Miguel me preguntaba si podía enviarle la compra por paquetería. La idea de empaquetar la planta y enviarla me parecía descabellada y ruinosa si el pedido era un clavel pequeño; pero el comprador me aseguró que él correría con los gastos del envío y, además, su encargo era de mayor enjundia, pues quería un clavel de tamaño grande y otro mediano. Me asusté y me inquieté: primero, porque no sabía cómo empaquetarlos; segundo, porque me entró cargo de conciencia al creer que unas plantas tan desarrolladas no sobrevivirían lejos de la húmeda región donde vivo. Indagué desde dónde me escribía y descubrí que era desde una localidad marítima catalana. Sentí cierto alivio al contemplar la posibilidad de que el grado de humedad del litoral mediterráneo permitiera sobrevivir a los claveles. Con todo, me creí obligado a recordarle a Miguel, como quien no quiere la cosa, que aquí, en el Norte las plantas se la apañan ellas solas con la lluvia que cae o con el casi permanente rocío matinal, dándole a entender que era responsabilidad suya si los seres vivos que iba a adquirir veían truncado su desarrollo vital. Él pasó por alto estas advertencias y su conversación posterior se dirigió a cuestiones más concretas y prácticas. Las fotografías del anuncio constituían un rudimentario catálogo en el que era difícil hacerse una idea del tamaño de las plantas teniendo en cuenta que había en la imagen varios claveles: ¿cuál era la grande? ¿cuál la pequeña? La primera ocurrencia fue numerar las plantas —por ejemplo, «la segunda por la izquierda» o «la cuarta de derecha a izquierda»—, pero no me pareció un sistema serio por dos razones: los claveles no estaban colgados en línea, sino unos más arriba y otros más abajo, y pensé que aquello podía dar lugar a equívocos que, por todos los medios, había que evitar; la segunda razón es que la correspondencia entre la imagen fotográfica y el tamaño real de la planta no era tampoco fiable: lo que en la fotografía podía parecer de enorme tamaño, en la realidad era menor de lo imaginado. La solución fue pesar las plantas. Así dispondría de un parámetro fehaciente para cuando a Miguel le llegara el encargo. Dicho y hecho, las pesé. Con todo, mientras realizaba el pesaje, volví a inquietarme. Llevaba varios días sin llover y el sol había dado de lleno a las plantas, por lo que estas se encontraban bien secas, pero se me pasó por la cabeza que bien podría falsear el peso regándolas o o pesándolas después de una de esas rachas húmedas del oeste. Deseché esas malas ideas y, como vendedor honrado, pesé varias y decidí llamar plantas grandes a las de alrededor de un kilo; medianas, a las de quinientos gramos y pequeñas, a las de cien. Concretamos el pedido tomando como referencia el peso y, cuando Miguel especificó la remesa, me sobresalté y a punto estuve de pregonar a los cuatro vientos la venta que acababa de cerrar; mas, prudentemente, esperé a que fraguara todo el proceso comercial. Con sumo cuidado busqué una caja en la que cupiera el pedido y, además, de regalo, una planta extra. A continuación rocié con la manguera las plantas seleccionadas para desprender las telas de araña y los minúsculos restos vegetales que se adherían. Las colgué en el limonero para que se airearan y escurriera bien el agua. Por fin empaqueté los claveles y me despedí de ellos con cierta aprensión por la vida que llevarían lejos de casa. También temía que no lograran satisfacer a su nuevo dueño y no se desarrollaran como lo habían hecho hasta entonces.

No quise ser yo mismo el que se encargara de depositar el bulto en la oficina de expedición, sino que delegué esa tarea en mi compañera. Le escribí un mensaje a Miguel para decirle que el paquete ya había sido enviado y pedirle que me avisara en cuanto las plantas le llegaran. Pasó un día, pasaron dos, pasaron tres, hasta que, por fin, me respondió que los claveles habían llegado perfectamente y quedaba conforme con la compraventa.

Han pasado varias semanas desde que recibí el último mensaje de Miguel y aún no he decidido en qué emplearé el dinero de la venta. No he querido comprobar tan siquiera si me ha ingresado el importe de la operación. Tan lejos se han ido a vivir y son tantas las incertidumbres sobre su futuro que no me apetece invitar a nadie a un café con el dinero de Miguel.



El nombre del dueño de Patxi

  La localidad olvidada donde vivo está enclavada cerca del mar, en una zona acantilada. Tiempo atrás hubo un afán absurdo por construir co...