18/03/26

Tabernas

 

— Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve; cuarenta y cinco; uno, dos, tres; trescientas. Y cincuenta.

— Muy bien.

— Bueno, hasta la próxima; si tienes algo me avisas, ya sabes el teléfono.

— No creo; ya hasta Navidades, cuando esté más caro, no tendré nada que quitar.

— Pues hale, ¡que te vaya bien!

— ¡Adiós!





— ¡Petronio!

— ¡Hombre, Taciano! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué te cuentas?

— Pocas cosas. ¡Lo de siempre! ¡Dame una cerveza!

— Agapitín, ya era hora de que te dejaras ver el pelo. Pensaba si te habrías muerto.

— Ya ves que no; aún sigo dando guerra. ¿Qué quieres?

— Petronio, dame un sol y sombra.

— Dime qué te doy, de esto, y de lo que tú ya sabes: la cuenta corriente.

— ¡Pues aguarda, macho, que haga cuentas, que esta vez se ha acumulado mucho! ¡Oye! ¡Lo que sea! Tú me dices lo que es, y sin problemas. Tú ya sabes que yo pago siempre; puedo tardar uno, dos meses, pero hasta ahora nunca he fallado. A mí no me gusta lo de nadie.

— ¡Vale, Taciano! No te preocupes.

— A mí me gustan las cosas muy claras; ¿por qué voy a tener que llevarme lo que no es mío? Danos otra cerveza; bueno, tú lo que quieras, y súmalo. Borrón y cuenta nueva.

— No, yo no quiero nada.

— Aquí tiene, el señor: siete mil pesetas.

— ¡Oye, lo que sea! Tú ya sabes... Petronio.

— ¡Hostias, Taciano! Estás fuerte hoy... ¿eh?

— ¡Ay, madre! ¿Cuándo acabará...?

— Ya tuviste que meter la jeta. Si es que las mujeres...

— Bueno, hombre, tampoco es para tanto.

— Di que sí, que las mujeres...

— Cállate, cuatro ojos.

— Es de unas chotillas que acabo de vender.

— ¿Cómo así?

— Eran unas jodías castas. No valían para nada.

— ¿Tienes muchas?

— Quiá. No creas.

— Pues no viene mal año.

— Bueno, ponme otra cerveza.

— ¿Otra? No empieces como de costumbre. Más valiera que te fueras para casa.

— Déjale, que hacía mucho tiempo...

— Para que luego dé el tostón. Ya veremos...

— ¡Me cagüen en Dios! ¡Qué mal me podrá ver esta mujer! ¡Si yo no me meto con nadie!

— Eso es lo que te piensas tú, majareta.

— Bueno, buenooo... Dejadlo por hoy.

— ¡Será posible! No le dejan a uno en paz. ¡Qué jodía manía de meterse con uno siempre! Digo yo, ¿qué coño le importará lo que haga o deje de hacer? Vengo, me tomo una cerveza y, ¡ale!, venga a dar la tabarra. ¡Será posible! ¿Cuándo será el día en que le dejen a uno en paz? La madre que las parió. Todas son iguales en todas partes. Bueno, vamos a ver. Dame otra cerveza. Ve apuntando.

— ¿Abres cuenta otra vez?

— Sí, claro. ¡Qué jodío Petronio! Tú sí que entiendes bien la vida. Sin ver a cuatro en un burro, pero todo te importa un huevo.

— ¡Quién fue a hablar! ¡Nos ha jodido el señor!

— Ah, claro; y si no, tómatelo a pecho, que ya verás tú... Cuando te lleven al hoyo, chilla entonces. Hay que dar jaleo. Mira, yo estoy harto de este rollo macabeo: si te lo tomas todo en serio, peor; peor que peor. No te jode ahora....

— No empieces con el rollo. Como cura no habías tenido precio.

— Pues seguro. Esos sí que viven bien; la madre que los parió. Y lo peor es que hay gente que les hace caso.

— Cada vez menos. Pero siempre habrá alguien que comulgue y le guste la cera.

— ¡Bah! ¡Los de siempre! Las mujeres y los cuatro maricones que se convierten a última hora. Y si no, tú me dirás... Mira el puto Quintín... y el Barbazas, que nunca fue a misa, ni a ningún entierro, que no acompañaba a nadie... Y, desde eso del accidente, todos los domingos a comulgar. ¡Me cagüen en Dios! Los dos juntitos, uno detrás de otro, con las mujeres. Oye, y que no se separan. ¡La madre que lo parió!

— ¡Allá ellos!

— No, si a mí, ya ves... Peor para ellos. Ponme de beber. ¿No tomas nada? ¿Qué, jodío Petronio? ¡No te falta nada! ¡Vives como un rey! ¡Ele!

— Como tú podrías haber vivido. No me digas que tú no sabes lo que es esto, que antes que yo, que tú abuelo fue tabernero. Toma y calla.

— Pues hombre, la verdad es que sí... He dado tantas vueltas en la vida... y las que me quedarán. ¡Anda que si le dijeran a uno cuando es un chaval esto y lo de más allá! Esto da más vueltas que un peón. ¡Que si en Alemania! ¡Que si una tienda! ¡Que si vacas! Bueno, buenooo... ¡Menudo lío! ¡Ah! ¡Y lo que nos tocará ver...! Aunque... ¡quía! Yo creo que esto ya va de vuelta. Parece que no, pero los años no pasan en balde. Esto es una máquina... Ya lo creo... Esto va a matacaballo. No te das cuenta de la jodía sombra de atrás cuando la tienes delante. Por eso hay que entender la vida y los cuatro ratejos que hay de jarana, pues va... ¿A que sí, Petronio?

— No, si a ti no te hace falta rogar mucho, que enseguida te pones a bailar.

— ¡Uy, madre! ¡Ahí está Taciano! ¿Cuándo parará?

— Hasta que no tenga ni una perra.

— No lo mires mucho.

— ...la familia. Tu padre y mi primo son casi de mi misma edad. Creo que me saca algo, pero no mucho; tu padre lo que pasa es que ya está más cascao. Desde pequeño ha trabajado más que un burro. Están mis cuñaos. Mi hermano —oye, cada uno hace lo que quiere, que para eso dicen que estamos en esa democracia—, pues mi hermano, ahí está. Yo no digo nada. Mi hermano ahí está en Teléfonos. Oye, y allá cada uno, cada cual es quien... Mala familia. Oye, que esto no quita para que no nos hablemos... A mí me gusta hablar con todo el mundo... saludar... hablar... Pero, oye, allá cada uno... Porque entre tu padre y el mío... pero mis hijos, vosotros... a mí me gusta decir las cosas como son... ¿que duelen? Pero vosotros estáis ahí y yo aquí, cada uno se toma su chato o lo que sea, yo una cerveza, vosotros un vino, ¡o un corto! Bueno, para el caso lo mismo da, digo yo, pues eso. Lo bonito es que nos saludamos. Tú, ¿de quién eres? Ah, sí, Lechugo o Bicicletas; sí, ya, no te había conocido. Está bien. Petronio, ponme de beber y dime qué te doy de esto.

— Ya está pagado.

— Bueno, si queréis tomar otra.

— Nos vamos.

— Bueno.

— Pero niño, ¿no piensas salir de aquí? Venga, hombre... que luego se te nublan las ideas y dices majaderías. Hay que tomar el aire. ¿No tienes que ir a recoger las vacas? ¡Que se va haciendo tarde! Ve a dar una vuelta a casa y avía los animales, que luego ya sabes cómo son...

— Dame una cerveza. Bueno, y si no, dame un cubata.

— Chiss, Taciano, no te pases.

— Chiss, Petronio, ya sabes... Tú, tranquilo, tranquilo, tranquilo. Despacio y buena letra. Las prisas no son buenas para nada.

— ¿De qué lo quiere el señorito? ¿De coca?

— ¡Vale! Bueno... Vale.

— Eso, eso, poquito, poquito.

— ¡Ah! Claro, di que sí. ¿Qué jodío Petronio?

— Anda, bebe y calla.

— ¡A tu salud!

— ¡A la tuya! Me voy a servir una yo. Vamos a cambiar de tercio. Esto es como los toros. A cada hora lo suyo.

— Dale coba y ya verás...

— Chisss, calla.

— Los que os teníais que callar erais vosotros dos, cacho pendones. Más valiera que te dieras cuenta de que tienes una mujer e hijos. ¡La madre que te parió! Luego que no te demos de beber... Si fuera yo, te agarraba y te daba unas cuantas que te espabilaba. Te espabilaba pero rápido, unas cuantas a derecha y otras cuantas a izquierda, y vamos que te apañaba, como que yo me llamo Áurea. ¡Estaríamos apañados con este mocoso! ¡No te pongas delante que te doy un mandoble que te estampo contra la pared!

— Pero qué mujer tienes, qué a gusto se tuvo que quedar la tía Candelaria cuando la echó. ¡Dios bendito!

— Cállate, mamarracho.

— Cállate tú, a ver si abortaras.

— Idiota.

— Si abortaras... si abortaras...

— Anda, a ver, si no pare, tendrá que abortar; dentro no se va a quedar.

— Y tú a ver si te espabilas y entras a cenar... Que me tenéis hasta las mismas narices.

— Anda, Taciano, guapito, vete a dar una vuelta... si no, la Candelaria todavía te fríe.

— Mira, Petronio, las cosas claras, ¿para qué vamos a andar con rodeos? Entre tú y yo, ya sabes... Bueno, voy a ver a Papas, a ver qué se cuenta...

— Ale, ¡que mientras vas y vienes no falta gente en el camino!

— "La tía Juana andaba caliente, las caderas las movía como una mula, las tetas como cántaros y el chumino como las vacas. ¡Cómo anda la Juana...!"

— ...A las buenas.

— ¿Qué quieres?

— Dame una cerveza, a poder ser.

— ¡Cómo no! ¡Para eso se está!

— Así me gusta a mí, obediente el tabernero... porque lo primero que llama la atención en los sitios es la atención. El camarero que esté al menor aviso en su sitio. Entras en un sitio, aquí o en otro cualquiera, para el caso es lo mismo, y eso de ¡ale!, antes de entrar que te estén: "¿Qué desea usted?", "¿Algo más el señor?". Eso está bien... ¡Oye! Y esto no es porque esté aquí, tú ya lo sabes, para qué vamos a andar con rodeos, pues ya se sabe... aquí en el pueblo todos nos conocemos, ya se sabe del pie que cojea cada uno... pues eso. ¡Papas! No es porque esté aquí, que a mí me gusta hablar claro aquí, y no hará falta que te diga nada, pero si hay algo que decirte, no creas que no lo digo. Vamos, que te lo digo en la cara, como que me llamo Taciano, pero, oye, sin ningún reparo... pues entras, pongamos por caso, aquí, por ejemplo —y no te ofendas, que es un caso—, y no hay nadie que te ponga un vaso de vino, pues tú me dirás. Y, oye, esto no va por ti, pues a la siguiente vez, antes de entrar te lo piensas dos veces... ¡digo yo!

— ...Eso es normal. La gente...

— ¡Nos ha jodido! Si eso lo sabrás tú mejor. De todas formas, esto lo puede ver cualquiera, para esto no hace falta estudiar... salta a la vista. A ti, pongamos por caso, vengo yo...

— Sí, hombre... Ya se sabe que el que depende de un negocio tiene que mirar por el público.

— Desde luego, cada uno tiene que mirar para su casa... que las habichuelas no vienen solas... porque hay gente que piensa que ¡ale!, pones una taberna y ya está resuelto todo... pues yo creo que no, ni mucho menos. Ah, claro, es muy fácil: compras una botella de vino, o una cántara —bueno, para el caso es lo mismo—, te cuesta cincuenta, y tú por el vaso cobras quince, pues seguro que ganas el doble... Pero todo tiene sus más y sus menos... y te voy a decir una cosa: que como no se trabaje, las cosas no producen... Eso está más claro que el agua. Tú, pongamos por caso, antes de abrir el bar, eras cantero, ¿no? Pues ¡bueno! Desde que abriste el bar, ¿a que no has vuelto a coger el porrillo? Bueno, tienes unas cuantas ovejas... luego tan mal no te irá, digo yo. Y... vamos, no es porque a mí me importe, pero yo creo que está muy claro, y ¡oye!, esto no es porque estemos aquí... que a mí me gusta hablar muy claro.

— Será así.

— Oye, que yo, al fin y al cabo, hablo por hablar... Bueno, dame otra cerveza y dime qué te debo.

— ¿Quieres otra?

— Sí, dame otra. Bueno, ¡hombre! Tú tranquilo que no pasa nada. Las cosas todas requieren su tiempo; ¡oye!, el que tenga prisa, ¡allá penas! Yo, ya ves, aquí presente, sin prisas. El caso es que me tenía que ir a dar una vuelta a ver qué hacen los muchachos..., pero si voy para allá, la voy a armar... Bueno, ya van siendo mayorcitos, que se las arreglen ellos solos... Total, para lo que se saca... Por un día no creo que se vayan a morir... Total, ya está armá... Está uno harto de trabajar, esto es la hostia, y no he visto animales más jodíos... ¡y luego dicen por ahí que dan! Lo que dan son disgustos..., pero grandes. Tienen más teclas que el órgano de la iglesia... ¡La madre que los parió! Cuando no es por pitos es por flautas, pero no hay época en la que no tengas alguna faena: que si ahora no le da la gana de parir como tienen que parir; que si luego la cría le da un patatús y para los perros —a lo mejor, después de haberte gastado un saco de leche—; y si no una mamitis y un pecho para el demonio; que si las echas más de comer, una que se implá, otra que no quiere comer... ¡Dios! De buena gana las mandaba a tomar por culo... disgustos, problemas... bueno, bueno... vale, que las den por culo, a ver si aparecieran todas muertas. Perdía uno, pero a la larga a lo mejor ganaba... ¡Que te vaya bien! ¡Voy hasta arriba...!

— "Ando rondándote todas las noches, paso más frío que un perro y tú, condenada, no apareces. ¡La madre que te parió...!"

— Despejen la pista, que va a aparcar Taciano. ¿Qué tal por casa de Mamas? ¿Qué rollo le has metido?

— ¡Oye! Lo primero, ¡buenas noches!

— Muy buenas noches.

— Me pone un botellín.

— A sus órdenes, mi coronel.

— "Las cosas bien dichas bien parecen".

— Y el que más sepa que más diga, como decía el tío Segundo...

— ¡Manos arriba! ¡Que no se mueva nadie! ¡Que entra la Chicharra!

— Cha, cha, chicha, Chicharra.

— Si estás borracho, a acostar; aquí no quiero oír decir tonterías.

— ...

— ¡Qué te calles, mira que te suelto una...! ¡Eh!

— Bueno, menos alboroto, jodío bobo; ¿qué quieres?

— Hace una hora que te lo he pedido, así que ahora te aguardas y cuando te capen, chías; mientras tanto, vete a tomar por culo...

— Toma un botellín y...

— Chiss, ¡alto! ¡Rompeespejos! Ponme un cubata...

— Te tomas el botellín...

— Trae, que me lo bebo yo...

— Anda, sí, dáselo a este pelele... no te pases, echa menos, di que sí...

— ¡Jodío bobato! Grita más.

— Hago lo que me sale de los cojones...

— Habíamos estado tranquilos, pero...

— Tócate las narices, anda.

— Y tú, donde yo te diga...

— ¡Lo quieres ver!

— ¡Ele!

— Que te calles, que te doy un soplamocos que te pongo al corriente... ¿Te has enterado?

— ¿De qué?

— Si estás en Babia. ¿Cuánto cobras?

— Me parece que cuatro...

— Pues hay alguno que te lo está soplando...

— No creo...

— No, pues tú estate ahí, que ya verás qué bien le viene... Por si no te enteras, que va siendo hora ya, desde primero se cobra cinco por cada uno. ¿Cuántos tienes? Seis.

— Seis tienes tú.

— Bueno, cuatro y la mujer cinco, ¿no? Pues cinco por cinco, veinticinco; así que cinco que te soplan y no te das cuenta...

— Bueno, buenooo...

— ¿Que no? Cuando quieras vamos a preguntar...

— Dame otra cerveza, Petronio.

— ¿Qué trolas te ha metido? Cada vez anda peor este jodío Chicharra.







— ...Esos sí que viven bien: todos los días de comidas, banquetes, que si un viajecito para allá, que si para acá, que si un regalo. ¡La madre que los parió! ¡Petronio, una cerveza! ¿Te das cuenta de cómo viven esos?

— Esos se lo montan mejor que tú y yo. Ahí los ves, los señoritos que son...

— Esos seguro que no tienen callos. ¡A vivir del cuento! ¡Y lo mismo les da! Cuando hay que votarles, entonces los maricones se acuerdan de venir; que si mi partido, que si... mierda. ¡Hijos de puta! Y todos son iguales, los mismos unos que otros... A mí no me importa que haya democracia, la verdad, para mí casi me gusta más; hemos conocido a los otros y la verdad, esos... Ahora mismo cada uno dice y hace lo que quiere y eso me parece muy bien. Antes las cosas eran distintas: había más orden, sí, ¿quién lo niega?, pero también eran más canallas. Eso de ¡hale!, por su cara bonita esto hago, pero vosotros cuidadito... Eso no estaba bien, por eso qué mal lo tienen que pasar ahora... Los que seguimos igual somos nosotros. Lo mismo nos da que haya democracia que no, para estar hartos de trabajar lo mismo nos da. lo mismo que hago ahora lo he hecho siempre. Las tabernas siempre han estado abiertas y siempre se ha bebido vino, ¿a que sí? ¿Pues entonces? Los tontos siempre seremos los tontos. Antes sí, te hacían ir a misa y no podías trabajar; ahora puedes trabajar hasta reventar que nadie te va a ir a echar una mano. ¡Lo mismo da que sea día de fiesta que no! ¡Ni verano ni invierno! Como no lo hagas tú, no creas que lo va a hacer nadie, y nadie va a venir a darte un kilo por toda la cara...

— Eso era lo que tenían que hacer, repartir billetes...

— Bueno, si me das otro botellín, me voy a ver a Roca.

— Ni se te ocurra. Esto se acabó: ni botellín ni nada. A hacer tus necesidades a la calle.

— Bueno, bueno, cómo se pone la señora...

— A dormir la mona donde quieras: esto se acabó.

— Déjame que me tome el último.

— Que te he dicho que salgas, mamarracho; no voy a estar abriéndote la puerta toda la noche.

— Petronio...

— Ni Petronio, ni puñetas... Mira que te arreo una que te espabilo.

— ¿No dice nada el hombre de la casa?

— ¿Qué quieres que te diga, macho? Donde hay capitán no manda marinero. Mañana será otro día.


27/02/26

Las sandías


Citrullus lanatus, comúnmente llamada sandía, es una especie de la familia Cucurbitaceae. Es originaria de África. Se cultiva por todo el mundo debido a su fruto.​

Es una planta herbácea anual, trepadora o rastrera, de textura áspera, con tallos pilosos provistos de zarcillos y hojas de cinco lóbulos profundos. Las flores son amarillas, grandes y unisexuales; las femeninas tienen el gineceo con tres carpelos y las masculinas, cinco estambres.

El fruto es grande -normalmente más de 4 kg-, carnoso y jugoso -más del 90% es agua-, casi esférico, de textura lisa y sin porosidades, de color verde en dos o más tonos. La pulpa es de color rojo —por el antioxidante licopeno— y de carne de sabor generalmente dulce (más raramente amarilla y amarga).

Las numerosas semillas pueden llegar a medir 1 cm de longitud. Son de color negro, marrón o blanco y ricas en vitamina E. Se han utilizado en medicina popular y también se consumen tostadas como alimento.


La mayoría de la gente ha dejado de plantar sandías en mayo, y no es porque las que el campo producía fueran de mala calidad; todo lo contrario, sin ser ejemplares de grandes dimensiones, eran dulces, aunque tardías en su maduración. Si las siembran quienes aún se arriesgan, las ponen en cercados con altas tapias y próximos a la vivienda particular o en los parajes más recónditos y alejados del pueblo. Si no es así, saben que la cosecha que recolectarán será escasa y continua fuente de disgustos por los hurtos de los que serán objeto. El plantador, ya retirado del trajín laboral, se aferra a la ilusión de una cosecha abundante. Pasará en la parcela los días y algunas noches, cuando el fruto vaya madurando. Oculto en una cabaña cónica de ramas de piorno dormitará y desde allí vigilará que ningún intruso le robe el fruto redondo. Mas bastará un descuido en el momento óptimo de maduración para que se produzca el asalto. No tardará en descubrir las roderas del vehículo que se ha llevado su bien más querido. Esa será la última temporada que plante un melonar. Su mujer y sus hijos le desanimarán después de soportar los continuos berrinches que pueden afectar a su salud.

Cuando las parcelas de sandías eran más numerosas, no era tan arriesgado poner las semillas en tierra en el momento en que el terreno había acumulado la humedad necesaria para que germinaran bien entrada la primavera. Todos sabían que, pese a las menguas, acabarían recolectando tantas sandías como para hartarse y regalar a los más allegados. Los mismos propietarios obsequiaban con ellas a los ganaderos que pastoreaban por las cercanías y les animaban a que cortaran una sandía, aunque él no estuviera presente, cada vez que la sed les apretara. Incluso, aceptaban con estoicismo que los muchachos les asaltaran por la noche o una tarde dominical. Lo que peor se soportaba era que no supieran distinguir las que ya se podían consumir de las que aún estaban pepinas, por lo cual arreaban con más ejemplares de los que comían. Los peores eran los jóvenes, aquellos que trasnochaban como lobos. Llegada la temporada, cuando las tabernas cerraban, se dirigían al melonar que más fama hubiera adquirido gracias a que la voz se corría entre ellos: unas veces era el del tío Gallo por las Carreras, o el del tío Fernando por la Nava de Peñalba o el de Juanito por el puente de los Vallares…

Al tío Pantaleón le había tocado la perra chica ese verano adelantado. En las eras quedaban solo los montones de paja y de grancias de los más rezagados. El hombre se había animado a sembrar una tierra cercana al camposanto.

-Ya te advertí que iba a ser para disgustos —le dijo la mujer al observar que se preparaba para salir de casa.

-A estos malnacidos les voy a dar un buen escarmiento.

-¿No te llevarán el horcón?

-Hombre, no hay más que hablar.

-¿No será mejor que te acuestes y dejes las cosas en paz?

-No podría dormir pensando que esos canallas andan entre las matas catando las sandías.

-Déjalos y que se harten…

-Pero serás fatuta… ¿Después de las palizas que me he dado a cavar voy a permitir que cuatro desgraciados me hagan el estropicio que me hicieron la noche anterior?

La tía Milagros intentó disuadir a su marido sujetando el mango de la herramienta.

-A ver si vamos a tener sones…

El tío Pantaleón salió de casa sin despedirse de su mujer y sin cerrar la puerta. La noche estrellada inundaba de luz las calles. Caminaba arrimado por la parte sombreada, rehuyendo el encuentro con alguien. En vez de cruzar por la plaza donde seguro que había gente en los bares, la rodeó por la calle estrecha de la Vida y de la Muerte. Al pasar por la iglesia, buscó la gigantesca sombra negra que proyectaba la torre y la nave. Al atravesarla, su figura quedó engullida por la sombra. Solo se le vio de nuevo cuando se aproximó a los lavaderos, donde el cantar del agua le advirtió que a partir de ese momento que se alejara no oiría ningún rumor, pues se aproximaba al cementerio. Sin embargo, una lechuza ululó entre los sepulcros. El hombre caminó decidido; no era medroso, menos cuando iba a defender lo suyo. La tapia norte del cementerio lo engulló en su negrura fresca. Por allí corría una brisa que bajaba del berrocal y una corriente soterrada que brotaba en la fuente de los lavaderos. Superado el recinto mortuorio, se aproximaba a su finca con cautela, por si ya había algún ladrón. Antes de dirigirse a la portera, asomando la cabeza por encima de las piedras del muro, comprobó que no había nadie, pero reparó que había un portillo.

-Estos miserables me van a tirar la pared —dijo para sí, mirando a las vigilantes estrellas que se desentendían de sus cuitas.

Con sus escasas fuerzas, levantó las piedras que los ladrones habían tirado para rebajar la mayor altura de la tierra con respecto al camino.

-Ay, cómo os coja, os podéis preparar. No se os volverá a ocurrir ir a por lo que no es vuestro —continuaba quejándose como si le pudieran oír los que le iban a robar.

Recorrió el muro adelante hasta llegar a la portera. Retiró uno de los travesaños para adentrarse en el melonar y lo volvió a poner en su sitio. Atravesó la tierra deteniéndose en las matas para contemplar con placer los redondos frutos que se camuflaban en los surcos. A algunos los arropaba con hierbajos de amapolas y de junqueras para protegerlos de las alimañas. Llegó al corro de encinas que se situaba al otro extremo de la parcela. Este sería su puesto de vigía, oculto entre los retorcidos troncos de los árboles, arropado por la penumbra caliente de la hojarasca. Se recostó en uno de ellos desde donde contemplaba toda su heredad. Transcurrió un tiempo sin que apareciera nadie. Entornaba los párpados y daba cabezadas, hasta que terminó rendido por un sueño impecable.



Los tres salían de la taberna de El Tuerto. En la barra solo quedaban los hermanos Toalla apurando los últimos chatos de vino que la mujer del vinatero les despachó con la condición de que se fueran a su casa cuando los acabaran.

-Hasta mañana, majos —despidió la mujer a los muchachos al cruzar el umbral.

-Hasta mañana —respondieron al unísono.

-¿Qué hacemos? ¿Nos recogemos? —preguntó Modesto.

-Yo no tengo sueño —dijo Mateo.

-Tú nunca tienes prisa por la noche —le reprochó Lucio.

Caminaron carretera arriba.

-Bueno, nos echamos un cigarro y nos vamos —propuso Mateo.

-Tú serás el que te lo eches, que nosotros no probamos el tabaco.

Se sentaron en la solanera del tío Nicolás. Las piedras aún guardaban calor. Se quedaron sin hablar, mirando el cielo estrellado y el recorrido vertiginoso de algún destello estelar.

-¡Qué bueno hace!

-Da pena acostarse tan temprano con una noche como esta.

-Yo tengo que madrugar, que las vacas no saben de días de fiesta.

-Este año dicen por ahí que el que tiene buenas sandías es el tío Pantaleón.

-¿Por dónde tiene el melonar?

-Al lado del cementerio.

-Buff, por no ir por allí, se perdonan las sandías.

-¿Te da miedo?

-Miedo, miedo, no, pero no sé qué me da.

-No seas un cagainas.

Hablaban con la calma espesa de la noche. Solo se oían, muy lejos, los ladridos del barrio de la estación.

-Venga, que no tardamos nada. Nos comemos una sandía y para casa.

-¿No será muy arriesgado, teniendo en cuenta que el tío Pantaleón estará más quemado que la pipa de un indio si todos le asaltan a él?

-No creo que se le haya ocurrido la idea de vigilar el melonar a estas horas.

-Vete a saber…

-De todas maneras, ¿nos va a asustar un anciano en el caso de que esté en la tierra?

-Está bien; venga vamos, pero no nos entretenemos mucho.

Al llegar a los lavaderos, el rumor del agua y la cercanía del cementerio hicieron que su conversación languideciera. Miraron un instante hacia la puerta. Por los barrotes distinguieron las cruces de los monumentos más opulentos. Los cipreses, enhiestos, les apuntaron al corazón con su sombra.

-Los putos cipreses… Imponen más que las sepulturas.

-Calla, que nos acercamos.

-La verdad es que se le quitan a uno las ganas de sandías por no andar a estas horas por aquí.

El camino que transcurría paralelo al tapial quedaba ennegrecido. Avanzaban con cuidado, evitando los lanchares y socavones producidos por las torrenteras en el camino durante la reciente tormenta de finales de agosto.

-Esto está para matarse.

-Y no se ve nada.

-Al final del cementerio, hay más claridad.

-¿No puedes apagar el cigarro de una vez?

Mateo aplastó la colilla con el pie.

En silencio se aproximaron al cercado. El desnivel del camino más la pared de más de un metro los ocultaban de la vista de un hipotético vigilante. Asomaron la cabeza para cerciorarse de que no había nadie.

-Vamos.

-Espera un poco hasta asegurarnos.

Treparon poniendo los pies en los huecos entre las piedras del muro.

-¡Qué cojonudas son!

-¡Calla!

Modesto seguía de pie, sin catar mediante unos golpecitos con los nudillos si la fruta sonaba a hueca.

-Callad, os digo que os calléis y que no os mováis.

-¿Qué pasa?



En sueños aún oyó murmullos y se espabiló. Sin moverse, afinó la vista a ver si descubría a alguien. La claridad de la luna no le permitió distinguir con nitidez ningún bulto que sobresaliera de las sombras. Sin embargo, se rebulló procurando hacer el menor ruido posible, y a gatas se dirigió por el corro de encinas hasta la pared, en el extremo alto de la finca. La oscuridad proporcionada por el muro permitía que su figura se camuflara. Se detuvo a ver si podía averiguar de quién se trataba; estaba convencido de que le robaban. Se quedó paralizado, calibrando cuál era la mejor estrategia para sorprenderlos. No podía permitirse mucho tiempo sin tomar una decisión, pues en el momento en el que hubieran elegido las sandías, se marcharían. Continuó avanzando un poco más, bien arrimado a las piedras del paramento. Aún se encontraba a cincuenta metros de la punta donde buscaban. Antes de situarse en la pared que seguía la línea del camino, se paró por un momento: la luna lo descubriría. Se arriesgó a continuar arrastrándose.

-Me ha parecido ver una sombra —advirtió Modesto.

Por un instante, los otros se incorporaron y se cercioraron si era cierto.

-Yo no veo nada.

-¡Que sí! ¿No veis como avanza una sombra?

-No.

-Alto, ladrones —voceó el tío Pantaleón cuando se sintió descubierto.

-Vámonos, dejad las sandías —conminó Modesto a sus amigos.

-Ese no es el tío Pantaleón.

-Parece que lleva un horcón.

Consiguieron calibrar la situación antes de emprender la huida. De un salto se situaron en el camino.

-¡Ay, como os agarre! Me las pagaréis todas juntas.

Lucio miraba atrás a ver si les seguían. Comprobó que su perseguidor seguía su estela por el camino. Apretaron a correr. Llegaron a los lavaderos, mientras su perseguidor acababa de sobrepasar el camposanto. La luz era más intensa en ese claro y se convencieron de que efectivamente portaba una herramienta que izaba mientras les advertía:

-¡Hijos de mala madre, así os parta un rayo y os ase vivos!

-Por las afueras, que si vamos por la iglesia, alguien nos puede reconocer y decírselo —propuso Lucio.

En la bifurcación, se dirigieron por los corrales y las cijas hasta el pilón de Lucillo. Por las eras del Porquero, repararon en que Mateo no les seguía.

-¡Hijos de la gran puta, id a robar a vuestros padres! —continuaban las amenazas y la voz no se quedaba atrás, como si no fueran capaces de poner tierra de por medio.

Se detuvieron un instante para recuperar el aliento.

-Vamos, no podemos quedarnos.

-¿Y Mateo?

-Habrá tirado hacia el pueblo por la iglesia.

-¡Desgraciados, os voy a matar como os pille!

Lucio corría por delante de Modesto. Al alcalzar el pilón de Lucillo, se detuvo a esperarlo. Todavía se oía vocear al tío Pantaleón, que seguía su pista, pero la distancia era mayor.

-No, no vayas por las eras de Lucillo, vamos a rodear todo el pueblo.

Modesto jadeaba, sin aliento. El guardés no desfallecía.

-Vamos —le animó Lucio.

Por los muladares dejaron de oír los improperios; no por eso desistieron de correr. Así continuaron hasta llegar al caño de El Santo. Allí no les quedó más remedio que dirigirse por la carretera hacia el casco urbano. Cuando alcanzaron El Cerrillo, Modesto dijo:

-Para, no puedo más.

Y vomitó. Lucio esperó a que se le pasaran las arcadas. Su cara estaba pálida y no le salían las palabras, aunque se incorporó.

-Vámonos a casa —propuso Lucio.

-No, espera un poco.

Modesto recobró paulatinamente la respiración normal.

-No podemos ir. Seguro que el tío Pantaleón se ha dirigido desde el pilón de Lucillo al pueblo y puede estar dando vueltas a ver si hay alguien sospechoso deambulando. Mejor, vamos por el Cerrillo a la estación y dejamos pasar el tiempo hasta que se canse y se acueste.

Los dos ascendieron por el camino que serpenteaba. En la pequeña cima realizaron un alto para escuchar. No oyeron ningún ruido extraño, excepto los propios de la nocturnidad: perros que no dejaban de aullar. Mientras caminaban:

-¿Qué habrá sido de Mateo?

-¿No le habrá sucedido algo?

-Por las voces del tío Pantaleón, no parece que lo haya pillado.

-Mejor así…

-Seguro que no ha sido tan miedoso como nosotros y no ha rodeado todo el pueblo y ahora ya duerme a pierna suelta.

-Joder, a mí me ha dado mucho miedo. Me parecía un hombre joven, tal vez alguno de sus yernos.

-La verdad es que corría demasiado para ser el tío Pantaleón.

Al llegar a la estación, descendieron hacia el pueblo. En el casco urbano, andaban con temor de que alguien los viera. Los bares ya habían cerrado. Por no pasar por delante de la vivienda del damnificado, se desviaron hacia la plaza. Allí se despidieron, tirando cada uno para su casa.


Al día siguiente, domingo, Lucio, antes de ir a misa, fue a buscar a Modesto.

-¿No habrás sabido nada de Mateo? —le planteó a su amigo camino de la iglesia.

-No, no he salido de casa.

-Ya, yo tampoco… No he pegado ojo pensando en él.

-Igual yo. No podía quitarme de la cabeza que le hubiera pasado algo y que hicimos mal en no dar una vuelta antes de acostarnos a ver si lo veíamos.

Llegaron a la plazoleta de la iglesia cuando no eran muchos los mozos congregados. La mayoría fumaba mientras esperaba y departía unos con otros. Los dos amigos, antes de integrarse en un corro, escrutaron a los congregados.

-Nada, no está.

-Es temprano, solo han dado la segunda.

Al rato comenzó el esquilín. La mayoría de los feligreses entraban en el templo. Los mozos aún apuraban sus cigarros.

-¿Será posible? —se alarmó Lucio.

-A este le ha pasado algo, ¡ya verás!

-¿No entráis? —les preguntó alguien.

-No, esperamos a Mateo. ¿No lo habrás visto esta mañana?

-No, qué va.

Se quedaron solos junto a otros que parecían no mostrar intenciones de oír misa.

-¡Por fin! Allí se le divisa.

Mateo caminaba sin prisa y fumaba.

-¿Dónde te has metido, macho? —le recriminó Modesto.

-Nos tenías preocupados.

Al recién llegado se le esbozó una insignificante sonrisa. Lucio le dio una palmada en la espalda.

-¿Estás bien, no?

-Sí, más o menos.

Su palidez habitual blanqueaba más esa mañana.

-¿Qué te pasó anoche?

-Sentí un pinchazo en el costado —se señaló con la mano— que me impidió correr. No tuve más remedio que saltar a las eras del Porquero y tumbarme en la hierba para que no me viera. Pasó a mi lado. No sé cómo no me descubrió.

-¿Viste quién era? —preguntó Lucio.

-Sí, el tío Pantaleón.

-No me lo puedo creer. Si corría una barbaridad…

-Ya.

-¿Y llevaba un horcón?

-Ya lo creo. Y si hubiera alcanzado a alguno, no sé qué hubiera ocurrido.

Mateo dio unas caladas y los tres permanecieron en silencio. Después de tirar la colilla, dijo:

-¿Sabéis lo mejor de todo?

-No.

-No.

-Que esta mañana, a primera hora, el tío Pantaleón se ha presentado en mi casa con un carretillo de sandías... para regalárnoslas.




06/02/26

Pelotón de cola 6

 

Tú sufriste las desgracias que acaecieron a los demás. Primero el accidente de moto de tu hermano. ¡Mala suerte! Se le topó él. No fue en la cantera, sino de camino a ella. Resbaló y su cabeza impactó contra una piedra. En realidad, no debería haberle dejado secuelas porque el golpe, en apariencia, no fue brutal. Pero, con el paso de los días, su carácter cambió. De ser alegre, natural y buen cantero, un modelo a seguir para ti, se transformó en poco tiempo en un ser desganado y apático. Aunque salía en dirección a la cantera porque tus padres lo levantaban temprano, aparecía más tarde en el corte, y su disposición a trabajar había desaparecido. El cortador pronto se percató de que el muchacho se había trastornado. Cuando se lo comunicó a tu padre, este no pudo por menos que confirmar que en casa tampoco era el mismo. No le había quedado ninguna cicatriz a consecuencia del accidente, pero su cabeza no regía su comportamiento como antes. Aunque se consultó con el médico y acudió al especialista y le recetaron las medicinas correspondientes, tu hermano Ángel no recuperó la cordura y el talante campechano y abierto de antes del siniestro. Dejarlo en la cocina o sentado al sol, bien en el corral, bien en la puerta de la casa, mientras tú te dirigías a la cantera te resultó cada vez más difícil de llevar. Tú y los amigos luchasteis por conseguir que no se apagara en la solana, animándolo a que os acompañara a la taberna. Por momentos, acodados en la barra y recordando andanzas pasadas, parecía posible la recuperación. Sin embargo, la llama del buen ánimo se extinguía cuando entrabais en el portal. Cada vez os costó más convencerlo de que le convenía alternar, hasta que llegó el momento en el que fue imposible sacarlo de casa… No se sabe muy bien, además, qué sucedió, pero a partir de una mañana, una pierna se le quedó casi inmóvil. Luchó para vencer esta última contrariedad, esforzándose en recuperar el movimiento. Apoyándose en los lados de la mesa de la sala, intentaba bordearla; pero, pese a su empeño en ejercitarse, la parálisis se impuso. La mayor parte del tiempo la pasaba postrado en la cama que colocasteis delante de la ventana para que se distrajera mirando lo que sucedía en la calle. En ese lecho, acabó muriendo de repente.




Golpearás con la cachaba la ventana con el propósito de que el tabernero se percate de que te despides y, de paso, para que salga a por la copa dejada en el banco de piedra. Regresarás a casa despacio, parando en el trayecto las veces que sientas que la fatiga te impide avanzar más. De paso, si te cruzas con alguien y te saluda, aprovecharás para sonreír. Contemplarás el trajín de las amas de casa barriendo las puertas, sacudiendo las alfombras, limpiando las ventanas o charlando entre ellas sobre sus cosas. Seguirás avanzando en tu recorrido. En medio de la calle, serás la figura diminuta de un anciano que camina con dificultad apoyándose en sus dos garrotas. Echarás tu cuerpo hacia adelante, separando tus pobres báculos de las piernas. Si te detienes de pie, adelantarás un poco estas, para poder erguir la cabeza y mirar a quien se dirige a ti. Otro trecho más; ya te falta menos, pero habrás de sentarte de nuevo. Esta vez será porque tienes que sacar el pañuelo para enjugarte las lágrimas que se empeñan en brotar sin que las provoque emoción alguna. Todos los días necesitarás un moquero limpio para este menester que te atormenta, pues el escozor será una molestia crónica, una más de las que soportas a estas alturas de tu vida.

Te hubiera gustado llegar a tu cuadra, donde poder hacer en intimidad tus necesidades, pero tu indómito organismo se empeñará en regirse por unos horarios y hábitos desconocidos que te obligan a apartarte en busca del muladar. Te has acostumbrado a que en esos menesteres te sorprendan las mujeres o los niños que allí van a tirar los cubos de ceniza. Procederás de manera natural y no tendrás reparo en reclamar auxilio. Muchas veces, si no hay nadie por los alrededores, esperarás a que alguien aparezca para que te ayude a abrochar los botones de la bragueta y apretarte el cinto. No necesitarás explicar cuál es el problema, pues todos conocen tus costumbres y las limitaciones que te impiden una autonomía que perdiste hace ya años en los caminos que recorrías buscando una vida diferente.





No sabrás por qué te atraen tanto las fruslerías con las que te encandila tu hermana. Tal vez sea culpa suya, pues desde siempre te las ofreció ganándose tu voluntad; o quizá tú eras el antojadizo que, cada cierto tiempo, necesitaba tener algo nuevo para exhibirlo ante los demás. Como urraca, sentirás predilección por los objetos brillantes, pero en vez de atesorarlos, estos te incitarán a salir y mostrarlos a los demás. Aunque no necesitas un tema de conversación para dirigirte a tus vecinos, cuando estrenes algo lo mostrarás, serio y orgulloso, a cada uno de ellos.

¡Eh, mira!

¿Qué?

Como no se habrán percatado del detalle que luces, lo enseñarás.

¿Quién te ha regalado esa insignia tan bonita?

Mi hermana, mi hermana…

Vaya, vaya… ¡Qué bien te queda!

Sí…

No tardarás en perderla u olvidarla después de haberla mostrado.

Pero, bueno, ¡qué guapo estás!

Sí…

Todos alabarán tu salero al verte atusarte el pelo con un peine pequeño.

Me lo ha comprado mi hermana.

¡Te queda muy bien ese peinado!

Sí…

Serán insignias, peines, monederos, relojes de mentirijillas, cinturones, tirantes, llaveros, gafas o cantimploras de plástico…, pero nunca te regalará una navaja. Se la solicitarás de vez en cuando.

Ya te compraré una la próxima vez que vaya a la ciudad, que el cacharrero no las traía —te engañará cada vez con una excusa diferente.

Mira qué sombrero más bonito te he comprado para protegerte del sol.

Sí.

Y volverás a olvidar el arma blanca por un tiempo indefinido. La lista de objetos que te regalen será numerosa, pero en ella nunca aparecerá la navaja con la que los niños, en los últimos juegos de su infancia, fingen ser aplicados carpinteros que afilan flechas o forjan pequeñas espadas de madera.




Trabajar era un privilegio. No importaban las condiciones del contrato, la dureza de las tareas ni el sueldo a percibir. Por eso, tú, Hombrecito, al igual que el resto de los niños, colaboraste, en la medida de tus escasas fuerzas, para auxiliar las necesidades de alimentación y abrigo. A unos antes, a otros después, la miseria os sacó de la escuela sin haber cumplido los doce años: unos para ser zagales de los numerosos rebaños de ovejas y, tras un tiempo de aprendizaje, pastores; otros para convertiros en criados de las casas de más postín; y otros para colaborar en las tareas agrícolas —segar, agavillar, acarrear, pisar paja en carros y pajares, trozar leña, cortar hierba y buscar berzas para los famélicos asnos. Si el trabajo infantil era inhumano, a ti te resultaba especialmente insufrible debido a tu constitución endeble. Sin embargo, encontraste en la rabia la energía necesaria para no desmerecer ante los demás niños. Aprendiste a resignarte y a digerir el sufrimiento sin que los otros se percataran de que el dolor te corroía el alma, todo para no quedarte atrás ni ser señalado. Solo cuando entrabas en casa manifestabas los sentimientos que habías mantenido enjaulados, a pesar de que nadie te aliviara la fatiga, pues tu madre consideraba que la vida era trabajo y sufrimiento. Te echabas en el escaño y te arropabas a descansar. Al poco tiempo el sueño te vencía y era cuando por fin aliviabas la pena que sentías por existir.




Lleva estas losas al montón —te ordenará el capataz, después de haber apuntado el número de ellas en una libreta pequeña, donde sujetará el lapicero en el aro metálico.

Meterá el cuadernillo en el bolsillo de la camisa y se aproximará al taller del siguiente cantero de la cuadrilla para proceder de igual modo en el recuento de la labor que cada uno ha hecho desde la última vez que cargaron.

No será necesario que nadie te advierta que, a lo largo del día, el camión llegará a la cantera para sacar la producción. Hasta ese momento, tu tarea será la de juntar todas las piezas. El encargado te ha enseñado el modo menos fatigoso para trasladarlas.

¡Sinuñas! ¡Cuántas veces te he dicho que así no se mueven! ¡Báilalas!

Se refiere a que levantes las losas de un lado solo y lo adelantes, al mismo tiempo que elevas el otro y lo meneas. Lo has intentado muchas veces, pero te es imposible coordinar esos dos movimientos que te ahorrarían tanto esfuerzo. Lo más simple te resultará inalcanzable.

A veces te piden que aplaudas. No te importa que se rían de ti y se sorprendan de tu torpeza, con tal de que se distraigan por un rato de la repetitiva labor de aporrillar. Con mucho esfuerzo, conseguirás juntar las dos palmas, aunque sin la fuerza necesaria para que el sonido se produzca. Ellos chocarán sus manos para demostrarte lo sencillo que es, y la resonancia se extenderá por todo el paraje de Las Cubas hasta perderse en las encinas de las dehesas impenetrables. Cuando creas estar solo, sin que nadie te incite a ello, estrellarás las manos con la idea de dominar tal destreza y conseguir extraer un sonido.

¡Ale, como te dé la gana!

El encargado terminará por perder toda esperanza de que cambies de hábitos. Tal vez, por demostrarle que a tu manera consigues realizar lo que te ordena, removerás las losas con una ligereza impensable. La rapidez que logras es un acicate para impulsarte a ir aún más deprisa.

¡No tan de prisa, animal, que te vas a machucar!

Será en vano la advertencia, porque apenas termine de pronunciarla perderás el control de la losa, que retrocederá cayendo justo en los dedos del pie derecho. Notarás un ligero dolor amortiguado por las botas de Segarra y, por un momento, te ilusionarás estimando que el accidente no ha sido nada.

¡No te lo decía, cabestro! ¿Te queda alguna uña en los pies?

Por la noche, arrimado a la lumbre, verás con la fantasmal luz de la llama los dedos amoratados y, justo en la carne de la que nace la uña, la notarás inflamada. Pensarás que las heridas no son tan graves, sin embargo, como te adelantó el cortador, con el paso de los días, la uña se desprenderá. Cuando la excrecencia baile en el dedo, del mismo modo que tú deberías haber bailado la losa para trasladarla al montón, pensarás que el patrón no se había equivocado.




Tú habías pintado los tablones de la caja del carro. Te creían extravagante por los temas representados y por los colores vivos con los que los adornaste, aunque todos reconocían tu maestría con el lápiz y los pinceles. Pintar vikingos desafiando en la proa de su barco a las olas y a los timoratos pescadores que faenaban ajenos a la ferocidad del atacante, era una incongruencia difícil de asumir para personas de tierra adentro. Tu fascinación por el mar se reflejaba también en las manadas de delfines saltando y sumergiéndose entre los pequeños recuadros azules de los tablones del carro. También pintaste una gran ballena con un surtidor de agua que sobrepasaba el límite del madero para proyectarse, con ayuda de la imaginación, sobre el paisaje pardo y cárdeno por donde avanzaba el carruaje. La aventura marina quedaba reflejada en el otro lateral, donde representaste la expedición de Colón dirigiéndose al Nuevo Mundo, una imagen que se alejaba en el camino a medida que el carruaje avanzaba por las veredas polvorientas hacia la cantera.

Como ocurría con otras de tus numerosas manías, te dejaban en paz cuando sentías la llamada de la inspiración. A veces, cuando los demás dormitaban en siesta, movías el carro a la sombra de la techumbre y sacabas los pinceles y los botes de pintura para recrear ese mundo marino que ahora todos los vecinos podían admirar y al que tú cuidabas con esmero repasando los colores que se desvanecían como consecuencia de la exposición solar y la humedad. Esa necesidad de imaginar mundos y de representarlos continuó a lo largo de buena parte de tu juventud, y tus lienzos fueron las paredes verticales de la inmensa cantera familiar. Al principio dibujabas escenas a la altura de tus ojos, pero pronto la ambición de tu arte se hizo gigantesca y necesitaste subirte a andamios para representar la gran batalla naval de Lepanto. Cuando trabajabas en tus proyectos pictóricos, la familia respetaba tus tiempos de inspiración. Ninguno de tus hermanos ni tu padre te recriminó que dejaras de picar piedra para pintar. Tampoco tenían prisa si había que esperarte, cuando la luz vespertina declinaba y era hora de regresar a casa después de una extenuante jornada de trabajo. Se sentaban alejados y observaban en silencio los avances conseguidos en la tela pétrea, admirando tanto la genialidad, como la concentración con la que te afanabas manejando la brocha. Cuando se percataban de que prendías un cigarro y te quedabas contemplando tu propia creación, se levantaban y se acercaban a ti con el propósito de observar con más detalle la obra.

Cuando queráis, nos vamos —decías, como si ellos hubieran estado trabajando en sus talleres picando piedra hasta ese momento en el que tú decidías dejar de pintar porque la oscuridad te lo impedía.




Antes de que la oscuridad cubra la imagen de cualquier arbusto o de las vides próximas, sentirás los primeros síntomas de tu malestar digestivo. Pensarás en tu desgracia constante, relacionando las molestias con tus horas de descanso. Quizá sea la legumbre que has ingerido o el frío de la alcoba donde te has quedado profundamente dormido durante la siesta; sea lo que sea, notarás cómo el vientre se ha puesto duro igual que el pellejo de un tambor. Interpretarás los eructos iniciales como señal inequívoca de que habrás de pasar horas de una temible agonía hasta expulsar todo lo que tu estómago no ha conseguido digerir. Te revolcarás en el suelo buscando la posición menos incómoda en ese interminable proceso doloroso y pensarás que, si fuera de día, podrías caminar y olvidar por un rato tu malestar. Beberás agua no para aliviar, sino con la esperanza de que el líquido acelere el desenlace. Sin embargo, tan solo cuando percibas la primera claridad del alba, tu cuerpo convulsionará para devolver lo que no ha podido asimilar. Tu nerviosismo y la tensión acumulada serán un obstáculo que impedirá que todo lo retenido sea expulsado, y volverás a sentir de nuevo los dolores del parto de vómitos. Exhausto y rendido a una agonía que no pueds detener, te quedarás dormido al lado del charco de bilis. Cuando el sol te golpee con sus luminosos juncos de calor en tu chupada cara, serás consciente de que, una vez más, has triunfado sobre la muerte, aunque ponderarás que no merece la pena luchar por la lamentable vida que llevas.




Te hubiese gustado engatusar a tus cuatro hermanos. Con el mayor, no hay complicaciones, pues los dos estáis unidos por vínculos que ni vosotros mismos identificáis, que os obligan a permanecer juntos, sintiendo vuestra presencia como si fuera sombra inseparable. Sin embargo, los del medio son un mundo aparte. Con ellos os entendéis de maravilla, excepto cuando el asunto que tratáis es el dinero o el trabajo. En estas ocasiones se desentienden y, sin llegar a plantear una negativa rotunda, levantan una muralla de escepticismo que es insuperable, incluso, para ti, hombre con un poder de seducción envidiable. Cada uno ha trazado una vereda por la que su vida discurre y de la que es difícil sacarlos, aunque el proyecto presentado les facilitase el camino por amplios cordeles. Tu inmediato hermano, un año mayor que tú, sueña con la oportunidad de abandonar el pueblo y trabajar en la ciudad de lo que sea. Aunque llegará un día en que se vaya, lleva viviendo fuera de vuestro entorno desde hace muchos años, pues, con su imaginación, se comporta como si ya viviera allí.

Seguro que en la ciudad las tabernas son más modernas y limpias…

No te digo que no, pero lo importante es si el vino será de mejor catadura o no —le replicará el patriarca.

Aunque no sea tan bueno, el jornal correrá mejor que aquí y no habrá preocupación por tomarse los chatos que hagan falta…

Sí, anda allá, que en la ciudad atan a los perros con longaniza —manifestará con una ironía no acostumbrada el más responsable.

¡Qué atrasados estáis!

El del medio, Trinos, no dirá nada, pues su manera habitual de comunicarse es con silbidos. Siempre estará modulando melodías que a veces sirven para enmarcar ambientalmente vuestras interesantes conversaciones de hermanos. Solo cuando lo que oye no concuerde con su constante apatía por las cuestiones materiales, cambiará bruscamente la línea tonal para emitir un pitido distorsionador que suele finalizar con un epifonema no siempre concluyente ni del todo comprensible.

¡Toma allá! —exclamará y vosotros le miraréis la cara a ver si en ella se refleja el significado prístino de lo que ha querido decir.

Sentís por él un cariño inmune a sus desplantes e inescrutables deseos. No sabéis cómo logra sobrevivir, pues tan solo lo veis beber vino. A veces os acompaña en los jornales que os proponen ganar, pero no como un trabajador más que recibirá la paga correspondiente, sino como peón sujeto al pláceme arbitrario del patrón que, según la estimación que efectúe, le dará de comer, beber y poco más. Aunque sus facultades físicas son ilusorias, su buen talante y las constantes melodías —algunas muy repetitivas—, transmiten una alegría en el tajo que es suficiente a ojos del patrón para justificar la poca producción total de la cuadrilla de hermanos. Como lo de uno es de todos, cuando el contratista os pague con un solo fajo de billetes, sentiréis que el monto os pertenece a cada uno de vosotros, aunque, en realidad, lo recoja el tesorero, el más responsable, el más veterano.

El que queda, segundo en el escalafón, es un bastardo imaginario. Así lo pensará él sin motivo que sustente esa suposición. Por esta razón, sentirá que debe quedar al margen de las discusiones más transcendentales de la familia. Se saldrá del círculo manteniéndose un paso por detrás. Escuchará lo que se diga, pero nunca se pronunciará ni a favor ni en contra. Con su inseguridad a cuestas, será incapaz de sumarse a las iniciativas del menor; si bien, a ojos de este, al menos no le planteará objeciones que lo desgasten en su empeño por jalear los proyectos de los que es promotor.


Tabernas

  — Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve; cuarenta y cinco; uno, dos, tres; trescientas. Y cincuenta. — Muy bien. — Bue...