02/02/26

La caldera

 

No era habitual que la caldera estuviera encendida a las nueve de la mañana. El hermano Francisco, mi superior en esta ocupación de fogonero, echaba las últimas paletadas de carbón antes de retirarse a dormir a su celda. No era la primera vez que me encontraba fuego en la gran estufa de metal, ya que el hermano Claudio, el despensero, era muy friolero, y dormía en un pequeño habitáculo en el mismo almacén que administraba, que no estaba lejos del cuarto de calefacción. Si no conciliaba el sueño o se despertaba, no le daba pereza y se acercaba a echar una carga de combustible. Sin embargo, incluso en estas ocasiones, el fuego estaba extinguido o solo alguna escoria desprendía calor. Por eso me sorprendió que la estufa estuviera caldeada al llegar después de desayunar. Podía ser que alguien la hubiera alimentado al levantarse, pero era raro porque el hermano Francisco había prohibido esto, no sé si por iniciativa propia o por orden del director, para levantarnos todos ateridos de frío y que no nos quedara más remedio que espabilarnos y darnos prisa en estar listos para comenzar la jornada.

Cuando aún había fuego, extraía el cajón con las cenizas depositadas en él y las vertía con cuidado en cubos de estaño que después volcaba en un carretillo. Esos días las tareas eran menos, pues no tenía que prender, sino echar más carbón para avivar el fuego. Dependiendo del estado de ánimo, en esas ocasiones de menor trabajo, aprovechaba para transportar sacos de hulla desde la granja hasta el cuarto de calderas. De este modo la carga de trabajo era similar durante la semana.

Era una ocupación que solo podía realizar alguien con fuerza. A mis catorce años, pocos compañeros de colegio eran más fuertes que yo. Aunque me quejaba en ocasiones, en el fondo prefería ese empleo a pelar patatas hasta llenar una inmensa cazuela o fregar los larguísimos pasillos del colegio. Lo único desagradable era que el cuarto de la caldera se encontraba al lado de unos servicios que también tenía que limpiar. Solo los utilizaba el cocinero seglar y calvo, pues el mal olor impedía que nadie más entrara. No había manera de erradicar la vaharada a orín por mucha lejía que echara. Llegó un momento en que casi ni me ocupaba de ellos, pues los limpiara o no, siempre olían igual de mal.

Al día siguiente, la chapa estaba fría. Seguramente al hermano Francisco se le olvidó alimentarla antes de acostarse y el hermano Claudio no se destempló esa noche. Procedí como siempre. Primero arrastré los restos sin quemar con una badila; esas sobras las aprovecharía cuando hubiera prendido. El cajón con la ceniza estaba a rebosar. Barrí lo que se había quedado dentro y en los bordes con un cepillo. A continuación metí leña menuda y algún tronco más grueso para avivar el fuego. Al volcar los restos, algo me llamó la atención. Entre los trozos a medio quemar de carbón me pareció distinguir restos óseos. No estaba muy seguro, porque eran muy chicos y no lo suficientemente claros para identificarlos. Podían ser despojos en todo caso de un animal pequeño. Se me ocurrió que el cocinero hubiera echado al fuego un pollo enfermo de la granja. Lo que más me llamó la atención era un hueso con forma cóncava, que asocié a la tapa de un pequeño cráneo. Permanecí un rato sin saber qué hacer. Pensé que lo más sensato era arrojar esas inmundicias al fuego para que terminaran de deshacerse. Si se lo comunicaba al hermano Francisco, seguramente me ordenaría que hiciera lo mismo. En ese impás, cuando menos lo esperaba, apareció este a ver qué hacía. No era habitual su presencia, pues confiaba en mi desenvoltura.

¡No has encendido todavía! —se sorprendió como si me hubiera despistado más tiempo del que creía.

Mire lo que había dentro —le dije lo primero que se me ocurrió a modo de excusa.

¿Qué es?

Parecen huesos.

Desvió los ojos del cubo y realizó una inspección rápida del cuarto. Todo lo tenía en orden.

No te olvides de barrer cuando termines.

Siempre me decía lo mismo. Estaba obsesionado con la limpieza del suelo. Lo tenía que barrer y fregar antes de irme.

...y no tires los huesos. Apártalos y envuélvelos en papel de periódico.

Así lo hice sin dar más importancia al descubrimiento. Sin embargo, al manipularlos, intuí que esos huesos no eran los de un animal. Sentía un respeto que solo se manifiesta ante los restos de un semejante.

Dejé el envoltorio de papel encima de los sacos apilados de carbón. Antes de incorporarme a las clases que comenzaban a las diez, me dio tiempo a arrepentirme de haber enseñado los huesos al hermano Francisco. Me dio por pensar que quizá regañara al cocinero por haber arrojado esos desperdicios a la caldera y este, a su vez, se encarara conmigo por ser un metomeentodo. No le tenía miedo, más bien me daba asco, pero era consciente de que tal vez me arreara un soplamocos, o ensuciara aún más los urinarios para molestarme. Sin embargo, no sucedió nada de lo anterior.




La vida en un internado religioso está planificada para que los estudiantes nunca estén ociosos. Se practica mucho deporte para que el cuerpo esté físicamente al límite y evite las tentaciones de los tiempos muertos de ocio. El único momento en el que los internos recuperan parte de su libertad es cuando les permiten salir de paseo alrededor del propio colegio, ya que el centro no está cerca de poblaciones donde puedan ver a otras personas. Se sale por la puerta y se sube a un monte para desde la cumbre otear esos pueblos alejados e imaginar allende la cadena montañosa sus localidades de origen. Unas veces salía de excursión con unos, otras con otros, dependiendo de los lazos más o menos intensos de amistad que mantenía con los compañeros. Con unos era divertido ir ya que no parábamos de decir tonterías y de reírnos; con otros la camaradería era más arriesgada porque eran sujetos peligrosos, ya que fumaban y claramente no aceptaban las normas por las que nos regíamos: siempre estaban en la mira del hermano Valeriano, el director, que en cualquier momento podía dictaminar su expulsión.

Por entonces, sabiendo lo duros que serían esos años en el internado y que no sentía ninguna vocación religiosa, había apostado por continuar en el colegio con el objetivo de acabar el bachillerato. Eso suponía que permanentemente tenía que estar alerta para saber lo que más me convenía en cada momento para que el director no me expulsara. La compañía de los descontentos no era recomendable. Entre estos había algún compañero que era del mismo pueblo, y este vínculo me obligaba a mantener, aunque solo fueran atisbos de amistad. De entre los rebeldes destacaba Félix, paisano y para más señales, primo segundo mío. Mi relación con él se había reducido a contactos esporádicos iniciados por él mismo, aunque he de reconocer que al principio de nuestra estancia en el internado quise ser amigo suyo y él no aceptó. Solo hablábamos o salíamos juntos cuando a él le apetecía.

Félix era un tipo interesante, querido por unos y odiado por otros, tanto entre los compañeros como entre los mismos frailes. A mí me parecía inquietante y demasiado adulto para su edad. Era muy serio hablando y rara vez sonreía. Una característica de su personalidad era que siempre decía la verdad. No significaba que fuera un bocazas, pues era reservado, pero, puesto en conversación, no tenía pelos en la lengua. Lo que más me llamaba la atención no era lo que decía, siempre sorprendente e inaudito, sino el aplomo de sus palabras. Con él me enteraba de muchos entresijos del funcionamiento del centro y de secretos que muy pocos conocían de otros compañeros o de los mismos profesores que nos impartían clase. Cómo era capaz Félix de enterarse de eso era un misterio. Nunca le oí mencionar sus fuentes, por lo que supuse que, o bien su discreción era absoluta, o sus confidentes eran los propios protagonistas. La verdad es que cuando los dos manteníamos una conversación de este tipo me despistaba, porque no comprendía cómo podía confiar en mí si solo nos juntábamos de vez en cuando.




Una de las revelaciones estaba relacionada con el vecino convento de las clarisas, cuya finca, llena de pinos, colindaba con la nuestra. Después del descubrimiento de huesos en la caldera, salí de paseo un día con él y otro compañero que se llamaba Anselmo, natural de la misma localidad donde se hallaba el colegio, y merodeamos por el internado de las chicas. No era el paraje que más frecuentábamos, pese a la vecindad femenina. Era un centro hermético en su totalidad. Supuse que entre las internas habría chicas de nuestra edad, pero nunca las había visto: ni en el pueblo ni en su residencia. La intención de Félix y Anselmo era acercarnos a las tapias y escalarlas para ver si podían descubrir a alguna muchacha. Salimos por una pequeña portilla metálica que nunca se cerraba. Oír los chirridos del eje al desplazarla me alarmó, y sentí que estaba haciendo algo malo. Anselmo la manipuló con seguridad para dejarla de nuevo cerrada. El del pueblo era el más decidido en nuestro avance. Los tres permanecíamos en silencio, como si estuviéramos en alerta por si alguien nos sorprendía. Al llegar a la tapia de las monjas, Anselmo la escaló con una soltura impropia de su cuerpo cheposo.

No se ve a ninguna —anunció cuando descendió—. La pared está muy lejos del colegio y por aquí solo hay pinos.

Vamos hasta la cancela —propuso Félix, con la intención de acometer la iniciativa más sencilla.

Las dos hojas de la puerta estaban cerradas con una gruesa cadena enrollada en los barrotes y bloqueada por un aparatoso candado. Metimos las caras por las barras y examinamos todo lo que ante nuestros ojos se mostraba. Era un jardín sombrío y descuidado, al que el sol no le daba demasiadas horas. Tal vez en verano fuera un sitio fresco en las tardes calurosas. Por allí no hallamos indicio alguno que nos hiciera pensar que hubiera alguien.

La excursión estaba resultando aburrida y estuve a punto de proponer adentrarnos en el monte y desde cierta altura comprobar si se vislumbraba algo en el interior. Lo hice después de realizar más intentos de observación desde la cumbre de otros tramos del muro. A Félix no le gustaban mucho los terrenos abruptos, pero acabó aceptando la propuesta. Nada más descubrir una piedra en la que nos podíamos sentar los tres, nos detuvimos.

¿Quieres? —me ofreció un cigarro después de ponerse uno en la boca y dar a otro a Anselmo.

No, gracias, no me gusta.

Rechacé fumar. Sabía que no podíamos hacerlo y era uno de los riesgos mayores por el olor que quedaba adherido a las ropas y al aliento. Pero mi negativa no obedecía a esos motivos, sino a que me desagradaba fumar.

Los tres posamos la vista en el colegio. Las cortinas y visillos impedían contemplar a nadie. Si no fuera porque alguno de los vanos estaba iluminado, se podía suponer que era un edificio deshabitado.

Después de unas bocanadas de humo y de permanecer en silencio, Félix habló:

¿Sabes quiénes están es este colegio?

Se dirigía a mí. Me sentí fuera de juego, porque Anselmo sí que lo sabía. Incluso, es probable que fuera él quien le informó de lo que estaba a punto de revelarme.

Chicas de nuestra edad —dije pensando que no había otra posible respuesta, pues esa era la idea que toda la comunidad tenía del personal del citado colegio.

Ya, pero algunas son mayores que nosotros —realizó esta observación Anselmo.

Estas muchachas no se encuentran en el colegio para ser monjas —me aclaró Félix.

¿No estudian como nosotros? —me sorprendí.

Seguramente, sí, pero no estudian para monjas, como nosotros estudiamos para frailes —explicó Anselmo.

A estas chicas las han encerrado aquí en contra de su voluntad —dictaminó Félix.

Estuve tentado de replicarle que muchos de nosotros también nos sentíamos así.

A estas pobres no se les ve el pelo por ninguna parte. No es como nosotros, que poco o mucho podemos salir de vez en cuando del colegio —intentó precisar Anselmo.

¿Quién las ha encerrado aquí y por qué? —planteé.

Por putas —aclaró Anselmo, que era bastante bruto.

No me atreví a repetir la palabra, que me parecía de mal gusto.

Son muchachas a las que atraen mucho los hombres. Además, son rebeldes y sus padres no pueden con ellas. Algunas se han escapado de sus casas y se han quedado embarazadas —se explayó con más naturalidad Félix.

No daba crédito a lo que estaba oyendo y quería saber más de esas desgraciadas allí encarceladas, pero, para evitar la morbosidad del tema, me callé y esperé con expectación a que mis compañeros aportaran más información.

Si pillamos a una de estas, nos damos el lote los tres —aseguró Anselmo.

Me pareció la afirmación de un simple bocazas, pero la sola posibilidad de que fuera verdad me excitó.

¿No te lo crees, Sanchi? Que te lo diga Félix...

Mi cara enrojeció de vergüenza. Me parecía imposible que sucediera lo que estaba ocurriendo.

Félix lo miró como si acabara de decir algo que no tenía que haber mencionado y no abrió la boca.

Que te cuente cómo le fue con una que se escapó…

No mostré ningún interés en saberlo, siendo consciente de que Anselmo estaba metiendo la pata hasta los corvejones y que ponía en un brete evidente a Félix.

¡Menudo lote se dio con ella!

No le hagas caso —terminó diciendo Félix.



Tardé tiempo en volver a tener otra conversación con el pariente. Recapacitando en lo que habían dicho y en la actitud de Félix, no solo creí que no habían mentido, sino que no me habían contado ni la mitad. Félix era así. Dosificaba la comunicación y casi siempre me resultaba imposible discernir por qué me la proporcionaba. En ningún caso era por amistad o por los lazos difusos de la familiaridad. Como en otras ocasiones, transcurridos unos días mi interés en el asunto disminuyó, como había desaparecido la preocupación por el misterio de los huesos recobrados de la caldera. La verdad es que sentí alivio porque el asunto no transcendiera, ya que no percibí ningún cambio en el comportamiento del cocinero. Su presencia en los servicios, cada vez que iba a hacer sus necesidades, dejaba un rastro a verduras cocidas, la mayoría con sabor agrio, pero no me reprochó que me hubiera ido de la lengua. Abría la ventana para que se renovara el aire, mas era imposible erradicar la podredumbre inserta en las paredes y maderas de puertas y ventanas. De todos modos, a partir del hallazgo de los huesos, me fijé con más atención en las cenizas por si junto a las escorias descubría restos sospechosos, pero esto no volvió a ocurrir en el tiempo que estuve de encargado de la calefacción.

Los meses de ese largo invierno se sucedían y el hermano Francisco no me relevaba del oficio, algo que era casi obligatorio cada mes. Me imagino que estaba conforme con mi trabajo y sabía con certeza que controlaba a la perfección la caldera, y le daría pereza adiestrar a otro que me sustituyera. Tuve que aguantar algún comentario relativo al enchufe que tenía con él. No acertaba a comprender esas comidillas de mis compañeros. Por una parte, en el caso de que fuera cierto, me henchía de vanagloria porque alguien reconociera mis cualidades; por otra, me fastidiaba porque lo que ellos consideraban una bicoca no lo era tanto. No sabían que todos los días tenía que recorrer un largo camino con un carretillo cargado de cenizas hasta vaciarlo en un muladar al confín de la finca y que había veces que la nieve me sobrepasaba los tobillos. A esas horas tempranas el frío seco de la sierra era intenso y las manos se me quedaban heladas. Ni que cada vez que me acercaba al almacén a buscar un saco de carbón tenía que sortear un perro encadenado que ya había mordido a tres hermanos, entre ellos al propio hermano Francisco y al hermano Manuel.

No sé si el estar protegido por el hermano Francisco fue la causa de la enemistad con el hermano Manuel. Los dos miembros de la comunidad no se podían ver, aunque tardé en enterarme y esto no sucedió porque me lo contara Félix, sino fruto de mi propia observación. Se cruzaban por los pasillos sin dirigirse la palabra. También, cuando alguno de nosotros hacíamos referencia a uno de los dos, no podían evitar la cara de fastidio al oír el nombre de su rival. No sé cuáles eran los motivos de sus desavenencias. Quizá fuera sus propias personalidades, incompatibles entre sí. El hermano Francisco, con sus casi cincuenta años, era una persona estable y con criterios sólidos de lo que era la vida en el internado; en cambio, el hermano Manuel era un joven inestable, con poco más de veinticinco años: había días que estaba muy alegre, pero otros, —no se sabe qué mosca le picaba— era mejor no acercarse a él.

No me extrañaba sufrir las consecuencias de esa enemistad al encontrarme en medio del campo de batalla de los dos. Yo, el protegido del hermano Francisco, recibía desplantes por parte de su rival que quizá estuvieran destinados a él. Como no fuera este el motivo, no encontraba otro.

Me sorprendió porque el cambio fue muy brusco. De hecho, siempre consideré al hermano Manuel uno de mis favoritos. Era alto, con el pelo ensortijado, risueño y con un sentido del humor muy desarrollado y digno de admiración por su ingenio. Creo que me gustaba porque notaba que mi chispa de gracia y mis ocurrencias eran fruto también de una inteligencia desarrollada. Mantenía buena relación y podía hablar con él de casi todo con naturalidad, a veces, tal vez, con exceso de camaradería. Teníamos nuestros piques, pero siempre respetando la amistad. No obstante, con el paso del tiempo, percibí que la relación ya no era así, hasta el punto de que sufrí por su parte amonestaciones severas totalmente injustas. Una de las más humillantes fue mandarme cortar el pelo porque consideraba que ya lo tenía demasiado largo. Llegó un momento en el que dejamos de dirigirnos la palabra ni para saludarnos.

No fue fácil sobrellevar esta relación, porque el hermano Manuel nos daba Historia (a veces, nos dejaba copiar con descaro), pero, sobre todo, era el encargado de las actividades deportivas. Siempre andaba dando vueltas por los campos de fútbol, las canchas de baloncesto y los frontones. Él era el que controlaba todo el material para gimnasia y la práctica de los distintos deportes. Era muy bueno. Sin quitarse la sotana, regateaba con el balón, encestaba a baloncesto o llegaba el primero a los veintiún puntos en las paredes altísimas de los frontones. Siempre estaba con ánimo de sumarse a cualquier juego y de proponernos caminatas por los montes próximos las ocasiones en las que nos dejaban salir de paseo.



En uno de los paseos por el monte ocurrió algo sorprendente. Mis ojos no se creían lo que estaban viendo. Muchos de mis compañeros fumaban sin que el hermano Manuel se lo prohibiera. Tanto los habituales como otros que se animaron esa tarde tenían en la mano un cigarrillo que alguien les había dado. A mí también me ofrecieron, pero lo rechacé. Ya he mencionado que me da asco el tabaco. Además, intuía que eso iba a traer consecuencias desagradables. Me decía alguno con el que hablaba que era improbable que tomaran represalias contra tantos. Era verdad que no se atreverían a expulsarlos, pero intuía que no se olvidarían del asunto. Con todo, lo más sorprendente era la permisividad del encargado. No estoy seguro de que el hermano Manuel fumara; es probable que no, razón de más para no explicarme cómo se le había escapado de las manos ese desorden.

Permanecimos en la pequeña meseta de la cumbre un buen rato. Lo pasé mal porque mis compañeros se sorprendían de que no fumara como ellos. Tuve que justificarme ante varios y eso que me había apartado lo más posible para pasar desapercibido. Por una parte quería que regresáramos para que concluyera ese desmadre del club de los fumadores, pero, por otra, temía llegar al internado, porque no quería ser testigo de la reacción del director y del claustro de hermanos. Sabíamos a ciencia cierta que ninguno fumaba, ni en público ni en privado.

Sorprendentemente transcurrieron unos días sin que hubiera reacción. Tal vez nadie hubiera dado cuenta al superior del incidente o, como aseguraban todos la tarde de los hechos, no se atrevieran a tomar medidas para castigarlos.

Cuando ya casi habíamos olvidado el asunto, se corrió la voz de que el hermano Eleuterio y el hermano Manuel estaban registrando los armarios y las mesillas. Se armó un revuelo general, pues muchos, confiados por no habernos mencionado el asunto después de esa tarde, tenían guardadas cajetillas de tabaco para fumar cuando pudieran salir del colegio. En el primer momento en que quedamos libres, muchos subieron a los dormitorios a comprobar si les habían descubierto el escondite donde guardaban los cigarros y la caja de cerillas. La palidez, el apocamiento y el llanto delataron ante todos a los que les habían pillado. Muchos de los compañeros se hicieron a la idea de que en pocos días los expulsarían. Así lo pensé yo también, aunque no sucedió de manera inmediata y nunca la razón de la expulsión fue el haber fumado, sino un motivo general que servía para todos los que nos dejaban: no tenían vocación religiosa.

Me enteré de que en el armario ropero, dentro de un par de calcetines enrollados, habían descubierto a Félix una cajetilla. No lo busqué a propósito, pero creí oportuno cuando me encontrara con él, decirle algo para expresar que sentía lo que le había pasado. La primera ocasión que lo vi, me dirigí a él, pero se dio media vuelta sin que pudiera hablarle. Me quedé desconcertado. En ese momento, no fui capaz de hallar una explicación a su reacción. Después de dar muchas vueltas a su comportamiento, deduje que tal vez considerara que yo podía ser uno de los que había ido con el cuento al director. Me ofendió que llegara tan solo a pensar eso y determiné romper la poca relación que mantenía con él.




Fueron días raros, con un ambiente cargado. Nos mirábamos y una sospecha se despertaba en cada uno de nosotros. No confiábamos en nadie, pues podía ser un enemigo que te delatara, por lo que fuera. La situación se normalizó con la visita de El Provincial, la autoridad más alta en la demarcación religiosa. Durante su estancia nos cambió la cara a todos. Los hermanos nos instruyeron para causar buena impresión en su superior. Durante el curso eran normales dos o tres visitas. En esta ocasión nos llamó a su presencia a los alumnos de tercero. Todos temíamos las entrevistas personales, en especial las que realizábamos con el director, pues, cuando nos llamaba a su despacho, no era para nada bueno. La sensación que sacamos todos los compañeros de la conversación con el hermano Provincial fue extraordinaria. No se interesó por si sentíamos la llamada de El Señor para ser un buen hermano, sino por la vida diaria que llevábamos en el internado. Los hermanos que formaban la comunidad se relajaron y mostraron la mejor de sus sonrisas. El colegio parecía estar en una completa armonía. El Provincial prometió que regresaría antes de finalizar el curso, ya que nuestra compañía le había resultado muy enriquecedora. Con esas palabras se despidió de nosotros en el salón de actos.

Las secuelas de su visita se prolongaron durante un breve espacio de tiempo. Anhelaba la rutina de la que muchas veces me había quejado: las misas y oraciones, las horas de estudio, los recreos y las charlas con los amigos, el rato de televisión esporádico que nos permitía el director… Nos fuimos relajando. Sin embargo, aunque no con la misma virulencia, la desconfianza de unos con otros tuvo un nuevo brote. Un lunes, cuando nos levantamos y creímos que la semana que comenzábamos iba a ser normal, corrió como la pólvora un runrún inhabitual a esas horas tempranas. No sabíamos con precisión de qué se trataba. Alguien había escuchado antes de levantarnos a las siete una discusión acalorada entre varios hermanos. Habían identificado al director y a los hermanos Francisco y Manuel. No se precisaba en los comentarios que nos íbamos pasando el motivo de la bronca. Yo sabía, me imagino que al igual que otros muchos, que había rencillas entre los hermanos Francisco y Manuel, y pensé que el conflicto había estallado y el director tuvo que intervenir. Los que no se habían enterado antes lo hicieron mientras desayunábamos. Las conversaciones eran apagadas y los murmullos iban de un lado a otro sin que se pudieran detener.

Ese día, después de desayunar, nos costó comenzar la hora de servicios en la que cada uno se ocupaba de una tarea. Yo me dirigí al cuarto de la calefacción con el temor de encontrarme con el hermano Francisco, pero no apareció durante todo el tiempo en que me ocupé del mantenimiento de la caldera. Poco a poco, se originó una hipótesis aceptada por la mayoría de los motivos de la confrontación entre hermanos. Según esta, el hermano Francisco y el Director habrían reprochado al hermano Manuel su poca responsabilidad por el asunto de la excursión en la que los internos fumaron, y las consecuencias derivadas, como la de descubrir a bastantes que mantuvieran guardados paquetes de tabaco en sus armarios. Yo me callé y no aumenté con ningún chisme la bola, creyendo que lo se afirmaba no era del todo cierto, pues los roces entre los dos hermanos eran anteriores a este incidente.

La vida en el internado se desarrolló más lenta a partir de estos episodios conflictivos. El temor personal a que nos expulsaran en cualquier momento del colegio, que era el pan nuestro de cada día, aumentó durante este periodo convulso, teniendo en cuenta que Semana Santa estaba próxima y siempre, después de cualquier vacación, no todos los alumnos regresaban. En esa tesitura lo mejor era pasar desapercibido y no cometer ninguna falta que descubrieran los hermanos.





Antes de que llegaran las vacaciones de Semana Santa viví unos días muy convulsos. El hermano Manuel continuó hostigándome sin compasión. Me dio dos faltas por hablar, según él. No protesté, porque estaba seguro de que este hombre me la tenía jurada. No había ocasión que no aprovechara para mortificarme castigándome sin compasión. Es verdad que estaba hablando, pero como yo, la mayoría de mis compañeros. ¿Por qué se fijó en mí y no en otros? No me cabe la menor duda de que lo hizo porque me había cogido manía. Además, llegué a convencerme de que no era a mí solo, sino a mi clase. El hermano Manuel siempre estaba en contra de los de 3º B, mi grupo. Eran ya muchos los detalles, y su actitud despectiva evidente cuando trataba con nosotros. Intentaba comprender su predisposición contraria a nuestros intereses y no lo lograba. Era mucho más severo con nosotros que con otros. A los de 3º B nos ponía a jugar en los peores campos o no nos permitía practicar el deporte que nos apetecía, o se negaba a aplazar un examen cuando se lo proponíamos. Aunque le protestábamos, no nos hacía caso. Además, percibía que disfrutaba con nuestras rabietas.

El otro suceso insólito que ocurrió unos días antes de ir a ver a nuestros padres fue la segunda visita del hermano Provincial en un lapso de tiempo tan breve. De hecho, su presencia pasó desapercibida para los internos. Ni lo presentaron como en otras ocasiones en el salón de actos ni visitó ninguna instalación. El director tampoco nos previno de su presencia. Si bien fue un hecho insólito, yo no le di ninguna importancia. Su nueva estancia tendría que ver con la resolución de problemas internos de la comunidad religiosa o, tal vez, con la planificación de algún proyecto para el curso siguiente. Su marcha se realizó también de forma discreta.

Como preveíamos todos, la tarde antes del día de la partida, el director llamó a su despacho a bastantes internos para comunicarles el consabido diagnóstico de que no eran llamados por Dios para la vida religiosa. Fueron unas horas eléctricas por el nerviosismo y la tensión reinantes. Los que nos abandonaban se despedían de los amigos más íntimos mientras metían todas sus pertenencias en la maleta. Antes de acostarnos sabíamos la lista de los expulsados. La primera reacción era de alivio por no ser uno de estos; la segunda, lástima por algunos a los que no volveríamos a ver más. Ninguno de mis amigos ni paisanos formaba parte de esa lista. Me alegré por Félix, aunque ya no mantuviera contacto con él.

Las vacaciones transcurrieron muy rápido y a los diez días regresamos al colegio. Venía sin fuerza y con la sensación de injusticia por lo deprisa que se habían pasado. Además, albergaba un temor que hacía que mi ánimo estuviera por los suelos. Tenía que afrontar la última parte del curso, la más dura. El alivio era que, una vez que finalizara el tercer trimestre, disfrutaría de un largo verano en el pueblo.

Nada más comenzar las clases se esfumaron todas mis tribulaciones, pues una preocupación diferente ocupó mi mente. Fue otra vez Félix la fuente de mi desasosiego. Las pocas veces que hablaba con él me creaba un estado de excitación que se prolongaba durante un buen periodo de tiempo. No me hubiera importado mantener una conversación banal con él, pero siempre me venía con alguna historia que me alteraba.

¿Te has enterado de lo que le ha pasado al hermano Manuel? —me planteó.

Me había abordado mientras yo iba de camino al muladar con el carretillo de cenizas. Él estaba ese mes encargado de la limpieza de los servicios que se encontraban cerca de los campos de deporte.

Te acompaño —me propuso.

Me sorprendió que abandonara su obligación de permanecer en el lugar que le habían asignado, pero como a mí su falta no me incumbía, no le quité la idea. Durante unos metros hablamos de lo que habíamos hecho en vacaciones, sin entrar a desarrollar la pregunta clave que a mí me parecía redundante, porque, por boca del director, todos nos habíamos enterado de que se había marchado de misionero al Congo. No nos sorprendió. Los hermanos envidiaban a los propios compañeros que trabajaban en las misiones de África y, en muchas ocasiones, encomendábamos nuestras oraciones por ellos, al mismo tiempo que nos desprendíamos de parte de nuestro dinero en colectas para recaudar fondos o cuando llegaba el Domund.

Eso de que se ha ido de misionero es una trola —afirmó con el aplomo que le caracterizaba.

¿Cómo lo sabes? —me atreví a preguntarle.

Porque lo sé a ciencia cierta —me aseguró sin citar, como era habitual, sus fuentes de información.

¿Y a dónde se ha ido?

A su casa.

Aunque seguimos caminando, yo llevando el carretillo, me quedé sin palabras. Podía ser verdad, pues el hermano Manuel solo tenía órdenes menores y aún no se había consagrado definitivamente.

¿Lo han expulsado o se ha ido porque ha querido?

Lo han expulsado —afirmó con serenidad—. ¿No te acuerdas de que el hermano Provincial vino unos días antes de irnos de vacaciones? Pues fue para tratar este asunto.

¿Qué ha hecho para echarlo?

A Félix le costó hablar, como si buscara las palabras precisas para no contarme más detalles de los que él consideraba oportunos.

Mantenía una relación con una monja de las clarisas y lo han descubierto.

No terminaba de creérmelo, pero estaba seguro de que Félix no era de los que fabulaban.

¿Cómo se han dado cuenta? —casi objeté a lo que me decía como muestra de mi incredulidad.

Alguien lo delató metiendo por debajo de la puerta del despacho del director un papel con un texto mecanografiado.

Estoy seguro de que en esa nota acusatoria no había tantos detalles como los que me aportó Félix. Se habían conocido cuando la superior de las clarisas se puso en contacto con nuestro director para solicitar un préstamo de material deportivo. Este delegó en el hermano Manuel, como encargado de deportes. Los dos se conocieron y se cayeron bien, y se liaron. Pero no era algo que hubiera sucedido hacía poco: la relación venía de tiempo atrás. Con cierta frecuencia el hermano Manuel salía del colegio por la puerta por la que se accedía a los patios. Él tenía esa llave por ser el responsable del vestuario. Saltaba el muro justo por los servicios pegados a la pared que limpiaba Félix. Las visitas del hermano Manuel a su querida monja eran nocturnas...





A partir del momento en que dejé a Félix en los servicios que debería haber estado limpiando, y durante todo el día, estuve pensando en lo que me contó. Ningún compañero más sacó a relucir la marcha del hermano; parecía que la comunidad asumía su ausencia con normalidad. En su lugar vino un fraile aún más joven y llamativamente bajo. No se parecía en nada a su predecesor. Muchos agradecimos el cambio. La forma en la que desapareció el hermano Manuel me dejó mal sabor de boca, porque me hubiera gustado disponer de la oportunidad de reconciliarme con él.

La historia referida por Félix era creíble. Deduje algunos detalles que no me aportó. Seguramente la persona que coló el papel debajo de la puerta del despacho del director fue él. Fue lo suficientemente espabilado para no relatar lo que denunciaba escribiendo a bolígrafo, porque hubiera sido una pista fácil de seguir al estudiar su caligrafía. Al hacerlo a máquina ocultaba su autoría.

Más dudas me planteaban las siguientes cuestiones, aunque ordené la secuencia de acontecimientos de una manera lógica. Si era cierto que Félix había conocido a una de las internas reclusas que se escapó del convento de las Clarisas, no era descartable que la chica supiera la relación que mantenía una de las monjas con el hermano Manuel y que se lo contara a Félix.

En cuanto a los motivos para que este delatara al hermano Manuel me eran indescifrables. La única razón para la venganza que hallé es por haberle descubierto este en el armario ropero el paquete de tabaco camuflado en un par de calcetines enrollados.

Me asusté ante la sola posibilidad de que estas deducciones fueran fehacientes. Félix me dio miedo si había sido el denunciante. Fue una razón más para huir de él. Temía que me acometiera con su presencia. Por nada del mundo quería su amistad. No obstante, aunque nos saludábamos cuando nos cruzábamos, la relación no fue a más.

También me preocupaba la reacción de los hermanos, especialmente la del director y la del hermano Francisco. Consideré que la marcha del hermano Manuel y la expulsión de los alumnos más conflictivos no eran suficientes para olvidar este asunto. Me imaginé que no cesarían de buscar al delator, y mientras no lo descubrieran, no volvería a reinar la paz en el colegio. Me vi en peligro, al ser poseedor de alguna clave que podría ser determinante para despejar la incógnita. Sentía pavor de que los más involucrados en el asunto me acometieran. Félix, si se veía acorralado, era factible que declarara que lo revelado en el papel anónimo me lo había contado a mí, y yo había guardado el secreto. Tampoco tenía todas conmigo con respecto a los hermanos. En este caso, podía ser el hermano Francisco el que intentara sonsacarme si mi nombre lo sacaba a relucir alguien.

Cómo será que el paso del tiempo erosiona la acritud de cualquier preocupación. El esfuerzo que requería los estudios y el cuidado de que los hermanos no observaran nada negativo en mi comportamiento me hicieron relegar este asunto. Me sumé a la bola del olvido con el resto de compañeros y pronto el hermano Juan José, con su leve sonrisa y su carácter apacible, consiguió que nadie mencionara al hermano Manuel, como si no hubiera sido un miembro de la congregación.

Con este ambiente apaciguado podríamos haber llegado a fin de curso, pero la expulsión de Félix, un mes y medio antes de las vacaciones, alteró la paz. Para la mayoría su marcha no se diferenció de otras; ya estábamos acostumbrados. Para mí, no. Era de mi pueblo y medio familia. Ese era ya un motivo para hacerme pensar y lamentar que nos dejara. No tuve tiempo de despedirme. Solo lo vi de refilón cuando estaba a punto de bajar las escaleras con la maleta en una de las manos y la chaqueta en la otra. Me miró, pero no era mirada de despedida. Sus ojos grandes eran una inmensa puerta abierta que conducía al abismo. Me sentí mal por no intercambiar unas palabras. Era otra partida parecida a la del hermano Manuel. Además, noté el bochorno de ser contemplado por otros compañeros, que quizá esperaban que yo reaccionara. Pero me quedé parado, sin ser capaz de pronunciar una palabra.

Pasada esa angustia, miré a mi alrededor, a ver si alguno de los que también habían contemplado la partida me podía decir el motivo por el que lo expulsaban. A todos se nos había quedado cara de pánfilos. Supe que ese camastro vacío de Félix no lo ocuparía ya nadie el resto del curso. Cada vez que me dirigiera a los lavabos y lo contemplara me acordaría de él. Asimilé que sería un conflicto sin resolver con el que cargaría a mi espalda siempre.

La caldera estuvo funcionando hasta bien entrado mayo, ya que el frío de la sierra nevada no dio muestras de debilitamiento hasta rondar el verano. Cada vez que transportaba un saco de carbón desde el almacén de la granja hasta el colegio, pensaba que podía ser el último de la temporada. La pila que habitualmente acumulaba había ido poco a poco descendiendo y calculaba lo que se consumiría para que luego no me tocara retornar lo que ya no se iba a quemar.

Cuando se gaste lo que hay en el cuarto, no traigas más, Sanchi —me ordenó el hermano Francisco.

Para mí fue una orden y un despido. A partir de entonces me tocaría pelar patatas o barrer y fregar pasillos, escaleras, aulas… No sé por qué me dio pena.

Al poner de pie el último saco, me llevé una sorpresa tremenda. Entre este y la pared negra apareció el envoltorio de los restos óseos que yo pensé que se había llevado el hermano Francisco. Por nada del mundo se me ocurrió volver a comunicárselo a mi encargado. Eché leña menuda para hacer un fuego potente y después cargué la caldera con buenas paletadas de carbón. Volqué la bolsa en el suelo para recoger con el badil los desperdicios. Allí estaban los huesecillos y la diminuta concha ósea, y también un pequeño objeto que no había observado la primera vez. Me costó identificarlo, pero no me cupo la menor duda de que ese amasijo de metal había sido un silbato.

Lo sostuve en la mano, cavilando. Sin saber por qué, me lo guardé en el bolsillo. No fui capaz de arrojarlo a las llamas.







07/01/26

Pelotón 3


El sol o la lluvia no importarán; en el momento en que se pueda escapar vendrá de ronda merodeando por los establecimientos públicos y por los barrios. A todos saludará por su nombre de pila. No sabrá sumar ni recordará el día en que vive, pero conoce a los vecinos y se dirige a ellos con un entusiasmo que no hallarán en nadie más.

Servencio, ¿nevará? —preguntará hoy al primero que se encuentre.

Aunque ya conoce a Bautistín, no dejará de sorprenderse y oteará el horizonte para escrutarlo.

¡No fastidies! ¡Cómo va a nevar!

Proseguirá.

Perico, ¿nevará?

No creo, no está el tiempo de ello —le dirá este sin mirar el cielo, sabiendo las preguntas frecuentes de Bautistín.

Sentirás pavor por la nieve. Cuando comiencen a caer los primeros copos blancos, correrás a casa como si un perro te persiguiera.

Madre, madre, ¡nevusquea mucho! ¡Vaya nevazo que va a caer! —le anunciarás excitado al tiempo que trancas la puerta, como si el perro blanco pudiera entrar en vuestra casa.

No cierres, que tiene que venir tu padre.

¡Que llame cuando venga!, madre.

Te pondrás el tabardo que nunca llevas al salir de casa, porque el frío se alejará de ti, como te rehuirá el sol, pues ni tu propia sombra te acompañará, pero la lluvia blanca despertará en ti el frío inmenso de la existencia sin límites. Necesitarás acercarte a las llamas de la lumbre para que iluminen el vacío en el que habitas, cuando sientas que la blancura te difumina en la faz de la tierra. Mientras la nieve no se transforme en ríos de barro, y el sol y el hielo no consuman los restos de la ceniza blancuzca adherida a los recovecos más apartados, no saldrás de casa. Te asomarás a la puerta, apoyado en la hoja inferior, y contemplarás la masa de encinas que ya se ha sacudido las glaciales sábanas blancas, pero no te fiarás de los traicioneros rayos que se cuelan a través de las nubes. Esperarás a que la lluvia fina enjuague la inmundicia de los rastros sangrantes de la nieve esparcida para atreverte a salir a las lanchas de la entrada y sentarte en el poyo, esperando a que el aliento vivificador del sol te devuelva la alegría acostumbrada.




Os podéis imaginar al niño… Rubicundo, con una cara pequeña de mártir de tanto sufrimiento, con unos ojos polvorientos, como si las pupilas estuvieran veladas por unas finas telarañas; unos labios finos, consumidos de tanto presionarlos para que no huyera el escaso aliento que salía de la profundidad de su espíritu; las orejas grandes, muy grandes y con probabilidad movibles, como antenas capaces de oír las amenazas imprevisibles que podrían venir de cualquiera de sus compañeros, de los chavales mayores o de su propia madre. Cuando termine la escuela habrá reunido todo el calor con el que resistirá el resto de la jornada. Lo veréis sentado en los poyos de la minúscula casa en la que habita. Lo encontraréis apretado sobre sí mismo, con las manos juntas resguardadas entre las piernas, mirando a un lado y otro de la calle. No habrá crecido lo correspondiente a su edad, sin embargo, los pantalones le quedarán cortos y podréis observar por momentos las escuálidas piernas blancas, donde los huesos parecen sobresalir bajo una fina capa de piel. Aunque solo sea por este detalle, os haréis idea de la delgadez de su cuerpo, del escaso abrigo de sus órganos vitales, y podréis casi percibir el temblor de su pulso, el miedo contenido de un niño timorato que recela de cualquier otro ser vivo.

Si cruzarais la calle embarrada, quizá se asome su madre para comprobar que no asustáis al hijo que desde hace años cría sola. Su presencia permitirá que, por un instante, seáis testigos de la fina inteligencia que asoma en su mirada, si se siente protegido.




¿Te vas ya, Sinojales?

Serio, muy serio, negarás moviendo la cara.

Con un esfuerzo inmenso, tomarás el pequeño vaso en el que te sirvieron el chato de vino blanco y se lo acercarás al tabernero, en el borde de la barra, esperando que te agradezca tu colaboración.

Dirán de ti que eres un zorro, que tus zalamerías no son inocuas, que sabes ganarte a la gente, en especial a los foráneos, que no das puntada sin hilo… Así es, con esa astucia de bestia acometida has sobrevivido más bien mal, pero aquí estás en tu declive reivindicando lo que te pertenece y por eso, aunque crean que das las gracias por los dones que recibes, tu descaro no será más que el orgullo firme de que tienes derecho a existir. No te dará vergüenza ser huésped de la caridad. No recibirás menos de lo que ellos consiguen con su esfuerzo; en el fondo de tu alma sentirás compasión de su esclavitud…

Espera, que te sujeto la puerta —te ofrecerá el dueño del bar para que puedas salir.

Te sentarás en el poyo a ver los trajines de los demás. De vuelta de la labor regresará la yunta de ciclópeas vacas negras dejando el surco de la rastra en el polvoriento suelo de la calle. El panadero recorrerá las casas repartiendo con su mula. El molinero arreará a su recua de pollinos cargados con dos costales cruzados a entregar la molienda. El alguacil hará de portavoz de las órdenes municipales con sus pregones cantarines. La gigantesca silueta del párroco llegará a comprar los mismos cigarros que fumas tú.

Buenos días, Dionisio —te saludará con el nombre de pila, que cada vez te resultará más ajeno.

Te quitarás la gorra en señal de respeto, y el sacerdote podrá ver los largos y escasos pelos que, como nido de culebrillas alborotadas, se agitan bajo la luz del mediodía.

Cuando el sacerdote salga con el cuarterón de tabaco y los librillos correspondientes, se detendrá para liarte un cigarro. Te lo pondrás en los labios y él te lo prenderá con el mechero.

Hasta otro día, Dionisio —se despedirá con la desazón de no encontrar fórmulas que le permitan alargar la conversación.

Serás ya un perro, un gato, un asno, una gallina; un ser al que se habla con ternura o desgana, sabiendo todos que tu entendimiento se quebró hace ya muchísimos años.




Ojosvivos se alejará por la callejuela que lo conduce a los encinares más próximos por donde transcurren las vías. Entrará en el cercado en el que más frondosos estén los árboles y sacará el hacha para preparar un gran haz de leña en el que habrá troncos medianos y ramas menudas que permitirán prender la chimenea durante unos días. Lo agavillará con esmero, colocando equidistantes las distintas piezas, de modo que el conjunto quede armonioso y apretado. Lo rodeará con la lía y lo pisará con contundencia para poder atarlo. Se lo echará sobre sus fornidos hombros, alternando el fardo en ambos. Lo sujetará con una de las manos y tomará el camino de regreso. Cantará contento al terminar la tarea y, con garbo, avanzará sabiendo que su alma, al menos por unas horas, descansará en paz. Si alguien lo hubiera visto tan ufano caminar en esos momentos en los que solo los perros husmean a los seres vivos, echaría cuentas de que Ojosvivos se dirigía a dejar su presente a una de las posibles mozas por las cuales el cíclope enano bebe los vientos de la pasión. Seguro que el hombre se sintió tentado de obsequiar a una de esas mujeres, pero esa noche reinará en él la generosidad más pura. Llegará a la casa más humilde, donde su única moradora estará revolcándose de un lado a otro de la solitaria cama matrimonial, y colocará con esmero la gavilla de leña a los pies de esa puerta. La mujer escuchará unos arañazos en la madera y pensará que es uno de sus gatos afilándose las uñas.

Cuando los primeros albores despunten entre los peñascales de Oriente, el solitario nocturno sacará el hacha y asestará un seco hachazo en la vara de un carro de vacas situado junto a unas puertas traseras. Saltará las bardas del corral y, en el establo, sobre el lecho de paja, se echará a dormir los breves instantes en los que su cuerpo hallará descanso de sus afanes.




Misieriña te llevará la comida un día a la semana. Una hogaza, torreznos y cocido de garbanzos, pero ni una miserable botella de vino que alivie los ásperos y secos mordiscos que te añusgarán, formando un nudo en la garganta hasta hacerte perder el sentido. Beberás de bruces en la pequeña charca compartiendo el abrevadero con las alimañas y aves que gozan de más libertad y viven mejor que tú. Pensarás que las uvas no tardarán en estar hechas y que entonces comerás igual que el vecino más opulento, pero antes, llevado por tus inclinaciones golosas de catarlas a ver si ya están en su punto, soportarás diarreas que te dejarán sumido en un estado de semiinconciencia, mientras gimes retorciéndote de dolor en la choza que has construido con ramas de piorno sobre tres cabrios que tu padre te acercó en la borriquilla. Nadie será testigo de esos retortijones, ni siquiera un perro fiel que te acompañe en las interminables horas de sol, pues tendrías que alimentarlo con aquello que tampoco a ti te sobra. No sabrás si morirás o, después de un suplicio infinito, lograrás restablecerte milagrosamente una vez más. Tal vez consigas superar la agonía, pero a costa de que queden en tu cuerpo cicatrices indelebles que, con creciente y perentoria exigencia, demandarán de ti más dolor y humillación. No hablamos de tu alma desaparecida, de la conciencia de ti mismo, porque preferirías no existir, diluirte, evaporado, en las corrientes de fuego que se cuelan en todos los recovecos donde buscas la frescura.



Socio, voy a poner un poco de lumbre —le dirá el mayor.

No es hora de comer, pero estarán tan exultantes por la tarea conseguida con la Máquina, que adelantarán ese momento de asueto y descanso.

Una vez prendida la hoguera, arrimarán dos piedras a modo de asiento.

La motosierra…, la motosierra… —continuará el menor nombrando la sobrecogedora herramienta que le hace tan feliz y que despierta en él los deseos de conquistar el mundo—. Con la motosierra, Socio, es otro cantar… Con ella se puede ganar uno el jornal.

El mayor permitirá que, por unos instantes, el hermano disfrute con el avance técnico y construya castillos en el aire.

La motosierra saca la tarea de cinco hombres… ¿Qué digo cinco hombres? De más…

El mayor extraerá la fiambrera del morral en la que vienen las tajadas; también, del talego, un trozo de queso añejo de oveja que le gusta a él. Al saborearlo, siente añoranza del rebaño que cuidó durante toda su vida, hasta que sus pies reventaron de fatiga y no pudo seguir el trasiego constante de los animales… De la media hogaza le cortará una rebanada y le pasará el recipiente con las tajadas para que elija. El pequeño, con la imaginación en el futuro en el que se ve un magnate de la madera, la tomará y se servirá un torrezno. No sentirá las uñas del hambre, sino el tacto amable de las ensoñaciones que lo llenan por completo.

Come, Socio, que el que mucho abarca, poco aprieta… —le recordará el antiguo pastor al percatarse de que su hermano se pierde en las nubes.

Le tirará la bota para que el reguero de vino aéreo le devuelva a la realidad.

Bebe y déjate de monsergas… Ya tendrás tiempo para pensar…

Con la motosierra podemos cortar un carro de leña en un día… ¿Qué digo un carro? ¡Si me apuras, un remolque!

Pero ¿para qué quieres un remolque?

¡Anda, tú! ¡Para qué lo voy a querer!

No habrá forma de que meta bocado de lo alelado que está con sus fantasías.

¡Cómete las cortezas, por lo menos! —le sugerirá el hermano comprobando que no se ha metido nada en la boca.

El mayor habrá perdido los dientes hace ya muchos años: unos por desgaste, otros por las hostias que le propinó su difunto padre, a quien tanto seguirá admirando. Por eso, aunque le hubiera gustado, no podrá roer las crujientes cortezas del tocino.




La fina inteligencia, que se pudo descubrir en su mirada en la niñez, desaparecerá un día y solo la recuperará en contadas ocasiones. Los retazos de sus destrezas intelectuales serán la prueba para cercioraros de que, donde hubo, aún hay. No sentiréis respeto. Necesitaréis comprobar que sois afortunados por no haber caído en la desgracia de la idiotez, como si Hombrecito fuera un ejemplo vivo de los vaivenes a los que vuestra vida puede estar sometida. O —lo peor de todo— aún esperaréis un milagro que redima su estado calamitoso. Lo someteréis a pruebas sin necesidad, pues estáis seguros de que saldrá airoso, como si fuera una bestia amaestrada que cada cierto tiempo debe demostrar que las habilidades aprendidas no se han perdido. Con una impostada inocencia, aprovecharéis la ocasión para mostrar las hojas descabaladas de un atrasado periódico y, con la excusa más absurda, le solicitaréis que lea una noticia. Hombrecito se lo acercará a los ojos y leerá, musitando para sí mismo, el texto. Admiraréis su entonación y el bisbiseo rítmico de su pronunciación. Se introducirá el papel en el bolsillo de la chaqueta. Creerás que la información le ha interesado y que tal vez la guarde durante un tiempo en esa biblioteca desnuda de los recuerdos quemados en el devenir de los días… También vosotros mismos, o cualquier otro maestrucho, con una ingenuidad forzada, le pediréis que calcule los litros que hay en varias cántaras de vino y comprobaréis que sabe multiplicar y que su capacidad matemática es mayor que la vuestra. Entonces os preguntaréis por los misterios insondables de la existencia humana: cómo un ser tan inteligente puede destacar tanto en algunas facetas de los conocimientos y en lo práctico, en el gobierno de su vida, puede haber acabado en una postración tan miserable.




Cuando abra la hoja inferior de la puerta y descubra el haz de leña, lo meterá en el portal, sacando una energía para arrastrar la carga que solo se manifiesta cuando el hambre o el frío la acucian. No habrá mirado siquiera a los lados de la calle para asegurarse de que ningún vecino la observaba. Ya dentro, con la escoba y la badila recogerá la hojarasca, y los lanchares de su puerta quedarán sin brizna de matojo ni arena de cuneta. Cuando haya recuperado el aliento, se preguntará por un instante por el milagro, pero no perderá el tiempo con elucubraciones vanas. Lo mismo da que sea una intervención divina, un equívoco o un alma caritativa compadecida de una pobre vieja. Lo que importará es que ya está dentro, y que de allí no va a salir.




Tu padre vendrá los domingos. Cuando oigas su aflautada y apagada voz sabrás que es el día de descanso. Lo verás descabalgar del asno con sumo cuidado, pues cuando dé el salto para poner los pies en tierra, comprobarás el miedo de tu progenitor a atrevesar en el abismo que supone el metro que sus botas de goma deben recorrer hasta tocar el suelo. Meneando la cabeza de un lado a otro, inspeccionará las viñas como si él fuera el propietario. No te preguntará nada, porque los sucesos que le cuentes han de ser contingencias propias del oficio que desempeñas.

Te montarás en el borriquillo en el que ha llegado tu padre y aparecerás por el pueblo en el momento en el que la gente endomingada entre en misa. No te quedará más remedio que contemplar sus vestidos de fiesta y sus zapatos lustrosos. Sobre todo, tendrás que soportar el cutis bien afeitado de los mozos de tu edad. Cuando llegues a tu casa, echarás agua templada de la cobra en la palangana y te lavarás la cabeza y la cara. Librarte del polvo acumulado te proporcionará uno de los escasos placeres que te estarán permitidos. Te cambiarás de muda. Después de la higiene, tu madre te pondrá en la pequeña mesa de la cocina la sopa de fideos y, a continuación, el plato de garbanzos.

No creáis que comerá con ansia; tan solo agradecerá usar la cuchara en vez de la navaja con la que se apaña cada día. No acabará todo, pues una somnolencia irresistible le conducirá a la fresca alcoba. Se echará sobre el jergón de lana y permanecerá en el frío aposento hasta que su madre le despierte a media tarde para que emprenda el camino de vuelta y su padre pueda regresar con las últimas luces del día.




Deambularás como gato enloquecido en las dependencias de la casa que ahora es solo tuya. No sabrás por qué subes las escaleras al primer piso ni por qué las bajas para ir a la cocina. Saldrás al corral, pero en él no habrá ya ningún animal al que cuidar. Hace tiempo que desaparecieron las gallinas, los últimos vestigios de lo que un día fueron asnos, cerdos, conejos y cabras… Te quedaste solo, el último, y, sin ilusión por la que vivir, te abandonaste y te deshiciste de todo ser viviente. ¡Hasta la gata paridora se marchó para que nunca más vieras su pelaje negro! En esa congoja permanente existirás porque por ti corre la sangre, porque el corazón se empeña en latir, pero tú estarás muerto. Si no fuera por los vecinos que te recuerdan que aún vives, tu existencia sería cuestión de días, hasta que, de inanición, te recostaras en cualquier rincón a buscar un sueño que desapareció cuando por primera vez te metiste en la cama sabiendo que ya nadie te acompañaría, que el último de tus seres queridos lo habías dejado en el camposanto. Los muertos tienen más suerte: sus despojos se juntan y reposan unidos. Tú serás el último en entrar en esa fosa descomunal en la que cabréis todos.

Te animarán con la mejor voluntad con el fin de que salgas por lo menos a la puerta, para que saludes y veas a tus semejantes afanarse en los pequeños quehaceres que jalonan su jornada. Obedecerás porque te cuidan y te estiman, porque eres un bendito. Te quedarás unas veces erguido, apoyando tan solo unos instantes el pie en la pared, para comenzar de inmediato a andar hacia cualquier destino; otras, sentado en el poyo, mirarás el suelo donde las hormigas recorren senderos inescrutables en su camino a las galerías subterráneas. Dirás adiós, vislumbrando con cara de pánfilo a quien te salude. Lo seguirás con la mirada durante unos minutos recorrer la larga calle hasta que lo pierdas de vista. Entonces volverás a mirar al suelo, o te levantarás para apoyar de nuevo el pie —y esta vez también la espalda— en el muro de piedra de la casa que es solo tuya.

Pelotón 2

 

Cuando su padre o su hermano lo dejen libre, Bautistín saldrá como una exhalación desde Las Casas Colgadas y bajará hasta la carretera, que recorrerá de punta a punta, pasando por todos los bares y por aquellas casas donde le prestan atención y conversan con él.

Mira mis ovejas —dice sin señalarlas.

¿Dónde? —preguntaréis.

Allí —extenderá el brazo sin precisar un punto exacto.

Si no las veis e insistís para que se esfuerce en dar más detalles de la ubicación, os dirá que se encuentran en tal ladera, junto a la tierra de Honorio o de Francisco. Ni con estas indicaciones seréis capaces de localizarlas. Dudaréis de vuestra agudeza visual y quizá penséis que estáis en franco declive por la edad. No os preocupéis. Las ovejas pueden encontrarse en cualquier lugar del término, menos en el que Bautistín os ha indicado.

Mi padre se ha caído —os continuará diciendo.

¿Cómo fue? —le seguiréis la conversación.

Se cayó…

¿Y ha sido mucho?

Le han llevado al médico.

Proseguirá la ronda. Si pasa alguien en bicicleta, lo reconocerá de inmediato.

Adiós, Vicente —saludará sonriendo.

Cada día llevará puesto algo nuevo.

¡Ricardo! Mira, mira... ¿No ves? —le preguntará desconcertado.

¿Qué?

¡Mira!

Sujetándola de la visera de plástico, se quitará una gorra verde en la que está impreso UFAC, la marca de piensos que consumen sus animales. Se la calará de nuevo sin importarle que Ricardo sea tan despistado.

Verá a lo lejos a Bonifacio y echará a correr con el fin de que no se le escape.

¡Bonifacio!

¿Qué hay, Bautistín?

Mi padre se cayó.

¿Qué le ha pasado para caerse?

No sé, le han llevado al médico.

¡Pues a ver si no ha sido nada!

Sí…

Sin despedirse de Bonifacio, después de mirar por un instante a su alrededor para fijar un punto al que encaminarse con rapidez, como si el tiempo del que dispusiera fuera escaso, avanzará en su recorrido.

Unos niños jugarán con los jinches en una plazuela.

¡Felipín!, ¡Macario!, ¡Antolín!

Los chavales se quedarán observándolo.

¡Mirad mis ovejas!

Los chicos no sentirán curiosidad por mirar el rebaño en la lejanía.

— …junto a la tierra de Honorio.




Te habrás arrimado a la lumbre para calentarte y con gusto no te separarías de ella en todo el día…

¡Uñas!, ven aquí con la pala —te ordenará el cortador.

Cogerás la herramienta reluciente y trotarás hasta escalar el frente de piedra.

Limpia todo esto.

Te quedarás mirando sin saber por dónde comenzar.

¡Andando!, que es gerundio —te dará una patada en el culo y empezarás a manipular la herramienta.

El capataz regresará al fuego y, después de repartir la tarea a cada uno de los canteros, se quedará solo por un momento en la lumbre. Antes de irse, arrimará un tronco para que se vaya quemando poco a poco.

Abandonar el fuego rojo para enfrentarse al viento gélido que baja por la ladera es un sopapo peor que los muchos que recibes a lo largo del día. Para que el frío no se apodere de ti, trabajarás con ahínco creyendo que cuanto antes acabes, antes podrás regresar al calor de la madera ardiendo. Pero no será fácil dejar despejada la superficie de la gran masa de granito. El hielo apelmazará la capa de tierra correosa adherida a la piedra. Incluso, pequeños corros de chaparros han logrado enraizar y atarse a las bolas graníticas. También habrás de retirar rajos que los mismos canteros han arrojado para despejar otros avances del corte. Tendrás que dedicar muchas horas hasta dejar limpia esa área en la que el picador piensa hincar sus cuñas con la intención de fragmentar el gran bloque.




Después de echar unas carreras sin sentido de un lado a otro, los niños buscarán a sus amigos y cada grupo comenzará a jugar a lo que más les apetezca. El patio es un corral rodeado de gruesas y altas paredes de un granito azul imberbe. Sus aristas cortan como navajas traicioneras y su contacto es igual de desagradable que el frío congelado que todos respiráis. En las zonas más alejadas, donde hacéis vuestras necesidades, hay varios zarzales que sobresalen por encima de la pared y dificultan el paso entre los bloques de granito que afloran en ese rincón de la finca. En el lado izquierdo van los chicos; en el derecho, las niñas. No os podéis ver, pero os oís.

Una niña desgreñada, vestida con ropa más fina y desgastada que la del resto, deambulará por el patio mixto. Mirará alrededor sin esperanzas de que alguno de sus compañeros la invite a que se junte con ellos. Estará igual de aturdida que helada; sus manos se ocultarán en sus brazos cruzados y pegados al cuerpo.

Enséñanos la jeta, Misieriña —le mandarán varios compañeros que la han sitiado.

No será la primera vez que la rodean. Aunque la han pillado de improviso, no se asustará porque ya sabe que el espectáculo cuyo centro es ella y el público, sus compañeros de pupitre, es breve y la humillación es otra más de las muchas de su miserable vida.

Venga, Misieriña, súbete la falda —la incitará el coro de voces infantiles, como si no supiera lo que tenía que hacer.

Túmbate —te sugerirán cuando ya hayas mostrado tu cuerpo sin bragas.

No soportarás el roce del gélido berrocal. Los niños, tanto chicos como chicas, se quedarán con la boca abierta y les gustaría que permanecieras por mucho tiempo así, abriendo tus piernas para mostrar tus partes más íntimas.

¡Ese frío no lo conseguirás sacar ya nunca de tus carnes!




Esa noche blandirá el hacha sin llegar a herir la madera de ninguna puerta. La manejará moviéndola en círculo, hacia delante; después, atrás. La tirará al aire y, dando vueltas, la herramienta caerá justo en la palma de su mano. La lanzará de nuevo para recogerla en esta ocasión con la izquierda. Estos malabarismos los realizará como si llevara una venda en los ojos, porque la oscuridad de las calles es casi completa.

No voceará; musitará letanías de las que ni él mismo será consciente. Avanzará con lentitud, dirigiendo la vista a cada una de las puertas. Adivinará quién vive, pero no sabremos qué pensamientos le cruzarán la mente en relación con las almas que, bajo unas mantas pesadas y ásperas (como la tierra que habrán de soportar cuando los sepulten), estarán en vilo. Aunque pudiéramos contemplarlo gesticulando y creyéramos que se dirige a alguien, nos equivocaríamos, ya que siempre emite fragmentos aislados, moviendo levemente los labios.

Habrá decidido introducir el hacha en la gruesa argolla suelta sujeta del cinto. La cabeza del arma la habrá colocado hacia atrás para no cortarse en un descuido. Del bolsillo del pantalón azul mahón sacará el paquete de tabaco. Tan solo le quedarán dos muy retorcidos. Prenderá el penúltimo y seguirá avanzando sin prisas. No sabremos cómo se siente. ¿El señor del lugar contemplado su heredad? ¿El filósofo pensando en la eternidad y en el sentido de esta miserable vida? ¿O quizá esté echando cuentas de las buenas mozas que velan solas y con las que le gustaría compartir lecho?




Todos os hablarán de la infancia de Hombrecito, porque los vecinos la conocen. Él no la recordará; de hecho, la habrá olvidado hace mucho tiempo. Os contarán detalles sueltos, pero no podréis haceros una idea de lo que vivió, porque él mismo desterró las experiencias y el escaso afecto que le prodigaron… Incluso, los testigos más fidedignos tan solo aportarán anécdotas que envuelven su niñez en las tinieblas de lo desconocido. Los que fueron compañeros en la escuela elogiarán su inteligencia y contarán cómo el maestro lo protegía bajo las alas de la sabiduría, para que no se contaminara con la manifiesta torpeza del resto de los alumnos. Él no necesitaba el recreo ni compartir los juegos brutales con los que se entretenían sus compañeros; tampoco había de soportar las miradas críticas y las sonrisas maliciosas de las niñas del patio de al lado. Con él sentado en la gran mesa compartiendo el mísero calor de un brasero de cisco, aplicado sobre su cuaderno o concentrado leyendo la enciclopedia, el maestro lo preservará de la contaminación ambiental en la que desdichadamente había nacido. En especial, con mucha admiración, os dirán que era extraordinario con los números, que su facilidad para el cálculo era asombrosa, teniendo en cuenta que el ábaco de todos los niños era los dedos con sabañones o los palotes para apuntar las que se llevaban, que ocultaban en los rincones más recónditos del papel.

Cuando los interminables recreos acabaran, los alumnos entrarían en la escuela con las trazas y la fatiga propias de una gran batalla librada en un campo blanco, cuyos proyectiles habían sido bolas de nieve y cantos, comprobando que su compañero ya se encontraba sentado en el pupitre más cercano a la mesa del maestro.




En las lomas resguardadas de las cárcavas se cobijaban unos majuelos de los aires fríos del norte y del oeste. Era la zona en la que con más prontitud impactaban los tibios rayos matutinos. Las parras despertaban con el suave aliento de la luz solar, dispuestas a vivificar. También se encontraban otras viñas perdidas en los recodos más alejados, estas al abrigo del gran berrocal que se erigía en fortaleza granítica. En este caso, el ambiente se atemperaba con la escasa pero agradecida humedad del río que descendía entre cañones de fulgurantes bloques de granito. En estas parcelas en las que el clima era menos riguroso, cultivaban vides para producir el suficiente vino que bebían antes de que se avinagrase. De escasa importancia material, eran sin embargo apreciadas por su valor afectivo. En ningún otro lugar hubieran puesto un vigilante para preservar de la mano ajena o de alimañas carroñeras tan escaso tesoro. Pero contaban contigo, desde que el anterior guarda los dejó. Te propondrán a ti, Erpio, hermano de Misieriña, que te encargues tú. Tan seguros están de que no te opondrás, que no se dirigirán a ti, sino a tu progenitor para exponerle en pocas palabras las ganancias que el cargo supone. Lo aceptará no por los pingües beneficios, sino por el placer de platicar con los hombres más respetables de la comunidad.




Te sujetarán la puerta de la taberna para que puedas pasar. Mirarás con cara compungida al que te abre la puerta, porque no lo reconocerás por la voz. Amagarás con unas palabras de gratitud, pero no te saldrá ningún sonido, por lo que le mostrarás una mueca de alegría por su solicitud. Recorrerás la barra entera, deteniéndote en cada parroquiano. Unos te saludarán; otros no dejarán la conversación que mantienen, como si tu presencia fuera una contingencia previsible a la que no merece la pena prestar atención.

Te sentarás en un taburete bajo y colocarás el juego de cachavas delante, juntando las dos para agarrarlas de la curvatura y apoyar tu peso sobre ellas. Estarás pendiente de los de dentro a ver si se dignan ofrecerte un cigarro que no tengas que liar o, llegado el momento, por si se acuerdan de invitarte en las nuevas rondas. Si no, solo te quedará el recurso de que otro cliente más rumboso entre en el establecimiento. Siempre hay algún potentado dispuesto a hacer gala de su generosidad, aunque los que tú conoces exigen como tributo que participes en sus chanzas durante un tiempo.

Venga, convida a Sinojales —ordena al tabernero el que invita.

Esta vez no se encuentra acompañado y tan solo departirá contigo para preguntarte por lo de siempre.




Será de las primeras puertas abiertas por la mañana. En esa casa no habitará un hombre con bestias que salga a labrar, ni un cantero que cargue con la herramienta camino al corte, ni un niño en edad escolar. La antigua cama de matrimonio será demasiado amplia para el esmirriado cuerpo de nervios y articulaciones que será Dosia. La luz —colándose por las goteras del tejado, los butrones abiertos por los roedores en el techo de tablas mal cortadas, o los huecos de las desajustadas ventanas y puertas— será el acicate para incorporarse, tras una noche en la que el sueño huyó de su cuerpo atormentado por dolores y fríos. Se pondrá la mantilla sobre el vestido de luto perpetuo con el que se acostó la noche anterior. Tomará la escoba de poleo y la pasará por el pasillo, de la puerta a la cocina, y las escasas briznas de la barredura irán al hogar. De la antigua cuadra del burro —hoy improvisado almacén— tomará un cesto lleno de los despojos que ha reunido: restos buscados en rincones y huecos donde la paja y otras hierbas secas hallaron refugio, o recolectados al azar, rebañando los almiares solitarios. Con ese combustible insustancial prenderá la lumbre, que se consumirá lentamente hasta mediodía, el tiempo justo para calentar el puchero con agua destinada a preparar sopas de ajo o, si hay suerte, unas patatas cocidas, ambos platos con una pizca de grasa obtenida quién sabe de dónde. Será la primera comida del día, tal vez la única, si no hay un mendrugo ablandándose en un tazón de agua. Así, entre el frío que la atenaza y un hambre ya domesticada, vivirá una jornada más. Su rutina tan solo se alterará si recibe la visita de un nieto o la del hijo, quien le llevará media azumbre de recio vino que, por una noche, aliviará la carga de su insomnio.





Llegarán al cercado donde cortarán la leña. En otras circunstancias, habrían examinado las encinas que se podían mochar o entresacar, evaluando cuáles eran las más idóneas para desmenuzarlas con el esfuerzo justo y obtener buenas cargas de troncos. En cambio, en compañía de la Máquina, lo primero que buscarán será localizar una piedra a modo de ara donde ensalzar y rendir culto a su nueva deidad. Reverenciada, rodearán el pedrusco observando desde todas las perspectivas posibles los detalles de la configuración de la mágica herramienta que había llegado para desterrar las antiguas hojas dentadas y las hachas rudimentarias. El mayor se acomodará en una piedra, dejando al menor que asuma la responsabilidad de su primera puesta en marcha.

¡Cuidado, Socio! —le rogará— ¡Que todas las precauciones son pocas!

¡No me pongas más nervioso de lo que estoy! —le recordará para que sea consciente de los riesgos que asume por ser el que se enfrenta a la Máquina.

Después de llenar el depósito y asegurarse de que no puede apretar más el tapón, rodeará la motosierra para inspeccionarla por última vez.

¡Santíguate, Socio! —le ordenará el más viejo, al percatarse de que se disponía sin más a tirar de la correa.

¡Apártate! —le sugerirá a su vez el más joven, como si temiera una explosión, un fuego, o que la Máquina comenzara a correr como una peligrosa bestia y pudiera atacarlo.

Tendrá que realizar bastantes intentos en los que el ánimo desfallecerá hasta que el motor comience a rugir. Lo tomará con la mano izquierda y, con la derecha, la empuñadura donde se encuentra el magno gatillo con el que la cadena comenzará a girar como una minúscula noria con diminutos cangilones cortantes.

¡Aparta! —le ordenará con una tensión incontenible al ir a posar la espada en el primer tronco.

¡Se la come, igual que si fuera manteca! —exclamará el espectador viendo la rapidez del corte.



El resultado de limpiar el lanchar no será del agrado del cortador. Casi todas las tareas que te confiarán tendrán que ser supervisadas. No será que no te esmeres, pero se te irá la cabeza olvidando las órdenes de cualquiera de los integrantes de la cuadrilla. Te mandarán demasiado.

¡Uñas, baja aquí echando leches!

Otra vez el cortador.

Reparte material.

Ese material que habrás de repartir serán los trozos cuarteados que los canteros han de labrar para tallar bordillos, rulas, peldaños…

Una pieza a cada uno —te recordará, como si se tratara de la primera vez que realizas el reparto.

Vale, eso está hecho —responderás convencido de que la tarea no será complicada.

Manejarás las piedras como si fueran troncos de madera. Las agarrarás de cualquier manera y las trasladarás al trote. No es de extrañar que se te caigan sobre los pies y que, como consecuencia, te hayas quedado sin uñas.

No, a mí no, que ya me has dejado un trozo —pronto te corregirán cuando hayas repartido varios.

Tráeme a mí uno —te reclamará el que aún no ha recibido.

Estarás deseando que te dejen tranquilo un rato; querrás tomar tu porrillo y puntero boto y golpear la pieza que el cortador te sujetó en tu taller. Buscarás sacar ratos muertos para conseguir un metro de bordillo. Tendrás las líneas señaladas con la pluma y procurarás tan solo devastar las partes que sobresalen de la marca. Esas escasas piezas, que el maestro o alguno de tus compañeros expertos te rematarán, constituirán tu jornal, que entregarás orgulloso a tu padre, al que pedirás unos duros para tomar una naranjada en el bar los domingos después de los oficios religiosos, y del que recibirás una galleta como recompensa.

Ya te daré la paga antes de misa —te replicará.



La caldera

  No era habitual que la caldera estuviera encendida a las nueve de la mañana. El hermano Francisco, mi superior en esta ocupación de fogone...