La ciudad se agita como un animal a punto de morir. Por sus calles, borbotean sus habitantes, arropados con abrigos superpuestos para aliviar las temperaturas gélidas. El cielo opaco parece a punto de aplastar los edificios apagados. El humo de los fuegos repartidos por doquier en las aceras está en suspensión, como ropa andrajosa entre las fachadas. El silencio reina a consecuencia del agotamiento de sus habitantes. Ha sido demasiado tiempo pasando hambre y no queda la última esperanza del grito y de la maldición, solo el silencio adocenado como norma aceptada por todos. No hay nada que decir, sino hacer, si se puede; si no, lo mejor es permanecer lo más arrimado posible a uno de los fuegos para no morir de frío.
Marx atraviesa las arterias adormecidas intentando llegar a su bloque de viviendas. Avanza a buen ritmo sorteando las fogatas y los grupos repartidos alrededor. Lleva motivos para albergar una ilusión y el tiempo es fundamental para conseguir lo que se ha propuesto. De momento, porta una bolsa de plástico blanca, que transparenta la sangre fresca de una liebre. Necesita llegar a casa cuanto antes para saciar el apetito. Se recrea imaginando su preparación: aprovechará los últimos gramos de arroz y los añadirá al rehogado de la carne sin lavar para que la sangre dé sabor al cereal. Invitará a su amigo Ton, ya que este será su último festín en la ciudad. Cuando sacie el hambre y se despida de su antiguo compañero de taller, intentará salir, más bien, huir de esa ciudad asediada por las inclemencias de un cielo castigador. No hay ningún motivo para permanecer. Si tiene que morir prefiere hacerlo buscando una esperanza.
Su marcha se acelera al acercarse a su destino. Deja las avenidas grandes y se adentra en las cuadrículas de manzanas más pequeñas. Las calles son más estrechas y las aceras, diminutas, en esa ciudad caótica. El olor a sangre de animal endulza el ambiente. Pronto descubrirá su procedencia. En un callejón sin salida cuelgan de travesaños encastrados en las fachadas una colección de animales desollados. Parecen cerdos pequeños, pero cuando observa la piel peluda a punto de sacarla por el morro de uno de ellos, comprueba que son jabalíes. Se detiene y se adentra en ese matadero improvisado, donde las gentes se afanan en extraer las vísceras malolientes. Un pequeño reguero evacua lentamente la sangre que chorrea de los cuerpos colgados. Solo observa el espectáculo de la carne caliente, de los vahos que se desprenden y de la suavidad de los humores que rodean los órganos internos y los destellos de las mantecas. Mira cada uno de esos animales y el brillo en los ojos de sus descuartizadores. Compara la liebre ensangrentada que porta en la bolsa y la abundancia de magro, y se siente pequeño, desvalido. No es envidia, es incomprensión de una realidad desigual: unos se van a dejar morir lentamente acurrucados al lado de una hoguera que cesará de arder cuando ya no haya más madera que arrojar; otros, como los moradores de ese callejón, se lanzan en busca de lo que sea con tal de llevarse algo a la boca. Él no es como ninguno de ellos. Quiere huir y va a aprovechar ahora que ha conseguido esa larga y delgada liebre para saciar el hambre.
A escasos metros del portal, comprueba que las ventanas se iluminan. No solo es en su edificio, hay algunos más en los que ha vuelto la luz eléctrica. Sin embargo, la corriente va y viene. Al entrar en el vestíbulo de su bloque de apartamentos, se fija en la bombilla amarilla del cuarto del portero que pende iluminando un espacio vacío. Mira alrededor a ver si encuentra al empleado. Al no verlo se dirige al ascensor. Abre la puerta y antes de introducirse, aparece el hombre y se cuela en el habitáculo como si se hubiera transformado en una lombriz que saliera del suelo. Le dice a Marx que solo va al primer piso y que rápidamente puede utilizarlo él. Se queda con la boca abierta por su descaro. Se lamenta de haber perdido la ocasión de comunicarle que abandonará su apartamento y que a lo largo del día le entregará la llave. Al instante reflexiona que era una formalidad absurda dados los acontecimientos extraordinarios que viven. El ascensor vuelve al portal y cuando Marx se dispone a entrar, se adelanta un hombre mayor y los dos se quedan atascados en el marco de la puerta. Ambos se enfrentan. Marx espera que el viejo se disculpe; él era el que estaba primero, pero no lo hace y lo mira mal, como si él fuera un joven irrespetuoso. Se trata de un hombretón, con mal jetuño, que le saca más de una cabeza, pero Marx no se amilana. Los dos terminan entrando al mismo tiempo en la cabina. Se deben apretar para que quepa la que parece su señora, que tiene cara también de mal humor. Consiguen acomodarse y cerrar la puerta. Marx se dirige al cuarto piso; ellos han presionado el botón del sexto. Se alegra de bajarse primero y no compartir planta con unas personas tan desagradables y mal educadas. Sale sin bloquear la puerta del ascensor, para que sean ellos los que se molesten en cerrarla.
El pasillo largo que conduce hasta su apartamento termina en un ventanal por el que aparenta colarse una claridad más intensa que la que había en la calle. Marx se pregunta si será un síntoma de que las condiciones atmosféricas están a punto de cambiar, pero, a medida que se acerca al final, comprueba que es una falsa percepción. A esa altura el cielo sigue siendo exactamente igual de turbio que en la superficie.
En su apartamento siente el mismo frío que en el exterior, por lo que no se quita uno de sus abrigos. Se frota las manos para entrar en calor, también para darse ánimos en el momento en que comienza a cocinar. Espera que el combustible que le queda sea suficiente para terminar la cocción del guisado. Pone agua en la cazuela para que se vaya calentando, mientras trocea la pieza. Termina con las manos manchadas y el suelo con gotas de sangre que siguen cayendo de la liebre. Cuando el guiso comienza a cocer, decide salir en busca de su amigo. Ton vive en la misma planta, pero a la otra punta del edificio circular. No quiere dejar sola su vivienda mucho tiempo, no sea que alguien, guiado por el olor, entre a apropiarse de la comida. Antes de echar a correr, comprueba que la luz que se cuela por la ventana ha disminuido con respecto hacía unos instantes. Pese a no ser más de la una de la tarde, parece que está a punto de anochecer. La luz eléctrica se ha vuelto a ir, por lo que parte del recorrido lo hace casi a oscuras. Golpea la puerta de Ton. Le tranquiliza diciéndole que es él, Marx. Le oye cómo arrastra los pies. Comprueba por la mirilla que se trata de su amigo. Le abre la puerta. Los dos se abrazan sin decirse nada. Al verlo con un solo jersey gordo, Marx se percata de que estaba acostado en la cama. La bola de mantas y abrigos es una pesada lápida en la que Ton se ha enterrado antes de dejar de respirar. Ya no espera nada, pero Marx le insufla ánimo. Ha conseguido carne y aún hay tiempo para luchar. Él lo va a intentar, no piensa quedarse en Boston a que un milagro les devuelva la ilusión y el deseo de vivir. Él quiere ser el promotor de su propia salvación. Le anima a que se una a él, que los dos, como hermanos, busquen una salida. Ton lo escucha y envidia la desconocida energía de su amigo, pero él ya está en un estado de postración y apatía que le impide valorar la vida. No le importa dejarse ir lentamente. No tiene prisa por que la muerte se retrase, por eso acepta la invitación de Marx a trasladarse a su vivienda. No cree que pueda comer ese guiso de carne dura y salvaje, pero acompañará a su amigo antes de que los dos se separen.
Marx se ha propuesto que esa comida no solo sea para saciar el hambre de ambos, quiere que sea una celebración para conmemorar el comienzo de su salvación: pueden salir de la ciudad, si se lo proponen. Ton le deja que se ilusione; sabe que, si su amigo está seguro de que los dos emprenderán la huida, es más probable que él consiga salvarse. Mientras, Marx dispone dos platos y cubiertos sobre la mesa y arrima sillas para disfrutar de la comida relajadamente. ¡Cuánto hace que no se deleita con una comida sentado! Por eso, aunque el guiso sea sencillo, quiere que su degustación sea una invitación a volver a las buenas maneras a la hora de comer. Le sirve a Marx un plato caldoso con arroz y las piezas de carne más jugosas y espera a que lo pruebe antes que él. Su colega, con asco a cualquier bocado, intenta complacerlo. Sorbe un poco de caldo. Contra todo pronóstico no le desagrada. Marx parte una de las patas para comprobar cómo ha quedado la carne. Como supone, está dura. La liebre necesita mucha cocción, pero no hay tiempo para postergar el hambre ni la partida. Anima a Ton, mas su amigo no es capaz de triturar el amasijo fibroso que ha extraído de una costilla. Para no decepcionarlo, intenta masticar los granos de arroz. Marx recoge los suyos del plato y de la cazuela para que, por lo menos, coma el cereal.
Al ver la inapetencia de su compañero, Marx olvida el hambre y deja en la cazuela más de la mitad del guiso. Pese a casi a no haber comido, mete prisa a Ton para que recoja de su apartamento lo más preciso y salir aún que había una tibia luz. No puede, le gustaría acompañarlo, pero ya no le quedan fuerzas y desea disfrutar de la calma serena con la que espera el final. No puede ser, le desafía Marx; tienes que realizar un último esfuerzo. Pero Ton solo camina hasta llegar a su apartamento. Marx lo acompaña y lleva en jarras la cazuela con los restos de liebre para que su amigo pueda comer si se arrepiente y es capaz de salir de su desfallecimiento. Los dos se abrazan. No será por última vez, le promete Marx. Ton acepta la propuesta para insuflarle fuerzas y sea capaz de huir.
Tan solo ha tomado las prendas de abrigo y una navaja antes de abandonar su apartamento. Baja de prisa las escaleras. El hall está a oscuras. Llama al portero para entregarle las llaves, pero nadie responde. Se acerca despacio a su habitáculo. Tiene la puerta abierta; vuelve a pronunciar su nombre. Al no aparecer nadie, deja sobre su mesa las llaves.
Vagamente había ideado un plan de fuga alternativo al que suponía realizaría la mayoría de los que querían escapar. No saldría por alguna de las carreteras que partían de la ciudad. Su plan era buscar una vía de tren y huir siguiendo los raíles. No tiene idea de por qué esta opción es mejor que la de ir por alguna carretera, pero su determinación es firme.
Anda por una ciudad interminable. No se atreve a preguntar para que le orienten, no sea que quisieran saber los motivos por los cuales se encamina allí. Hasta ese momento no había visto cadáveres, pero en esos aledaños encuentra cuerpos abandonados que nadie se molesta en retirar. Ese olor pútrido le impele a alejarse y a acelerar el paso. Al divisar las primeras señales de los descampados, siente alivio. Y pronto da con las vías. Cuando está sobre las traviesas, en el medio de ese camino férreo, mira a uno y otro lado. Detrás queda Boston, al que ya no ve, porque la masa polar lo está a punto de devorar; de frente, un horizonte negro que no puede vislumbrar. En el medio, él. Por primera vez siente la compañía despiadada del pánico. No es nada perdido en la oscuridad, enfilándose a un destino incierto, pero debe comenzar a caminar. Antes de ponerse en marcha, siente también una fatiga que hasta el momento lo había engañado, creyendo que sus fuerzas estaban intactas. El desaliento se manifiesta en la sequedad de su boca y labios, pese a la pegajosa niebla. Se sienta e inclina la cabeza hasta tocar con la oreja el helado acero. Esté inerte. No transmite ninguna vibración que denote la marcha de algún convoy. De pie, comienza el viaje. Para asegurarse de que no se despeña, camina por el medio de los dos raíles, procurando que su ritmo se adapte a la distancia entre los maderos a los que están ancladas las largas barras de hierro. Su caminar es titubeante porque esa frecuencia no se amolda a su paso natural, lo que le supone una concentración que lo irrita. Avanza con la sensación de que la distancia que recorre es muy pequeña.
No vislumbra nada a ambos lados. Solo oye el tenue rumor de una corriente de agua, por lo que supone que se halla atravesando un puente. No quiere confirmarlo, no vaya a precipitarse al vacío. De vez en cuando, se detiene un instante y se sienta en un raíl. Antes de incorporarse testa el hierro frío con su oído, pero no hay indicio de que se aproxime una locomotora. Cada paso que da es producto de un esfuerzo que lastra las reservas de energía, pero no puede detenerse ni echarse a reparar el sueño, que cada vez resulta más irresistible. Solo cuando un amanecer tardío ilumina tenuemente las cercanías, desciende del terraplén en busca de un abrigo donde cobijarse para dormir.
Se acurruca para mantener el calor y consigue dormir un rato, pero el entumicimiento de brazos y piernas le produce un dolor que lo despierta. Se estira. La iluminación aparenta ser más intensa, mas, después de unos instantes, se convence de que no difiere a la de días pasados: una minúscula luz que desorienta en el espacio y en el tiempo. Supone que debe haber entrado bien la mañana, pero no lo puede confirmar.
De nuevo asciende el terraplén hasta alcanzar la plataforma artificial por donde transcurre el trazado ferroviario y reanuda la marcha. No lleva mucho tiempo caminando cuando se detiene de repente. ¿En qué dirección avanza? ¿Se aleja de Boston o retrocede al punto de partida? No está seguro de que cada uno de sus pasos le conduza a un anhelado destino en el que el sol brille. La línea es por completo llana; no recuerda ningún detalle paisajístico que identifique, en el supuesto de que retrocediera. Solo el breve rumor de una corriente de agua. Si bien, duda de que su sentido del oído no le hubiera jugado una mala pasada y fuera fruto de su imaginación. Considerando la cuestión con objetividad, era bastante infundada la sospecha de que el agua corriese y no estuviera todo el curso helado.
Reanuda la marcha, ya sin la ilusión de saber que huye. Solo confía en la buena suerte, pero su ánimo no le confirma que esta esté de su lado.
El hambre gatea en su estómago causándole pinchazos dolorosos. No se detiene creyendo que el movimiento consigue mecer ese animal que lo devoraba por dentro. Con todo, lo peor es la sed. Da bocados al aire tratando de tragar esa humedad gélida que lo presiona, pero solo consigue meter una corriente cortante que lo hincha.
Camina, camina… Intenta distraerse para aliviar sus penurias: las fantasías placenteras no logran plasmarse en sus pensamientos; tampoco las desgracias y el sufrimiento que ha dejado en la ciudad. Solo ese presente tortuoso que encarcela su imaginación.
Camina, camina… Ha logrado transmitir esa orden a sus piernas y estas obedecen igual que el animal cegado que sigue moviéndose alrededor de la noria. No es capaz de detenerse, aunque quiera. Sus pies siguen atravesando maderos, esquivando los cantos salientes sobre los que se asienta el trazado de raíles y traviesas.
Camina, camina… Con la cabeza caída, mirando ese burdo mosaico caótico de piedras y desperdicios tirados por los viajeros por la ventanilla de los vagones, o por los propios operarios de la compañía ferroviaria. Ese puzle informe se difumina poco a poco, y entonces levanta la mirada. El cielo ennegrece y se asemeja a ese negro azulado de los raíles, de los restos de carbón que también se encuentran esparcidos por la ancha senda férrea. Pero continúa, no puede parar hasta llegar a algún sitio.
Ya, a oscuras por completo, cree percibir un muro a uno de los lados. Lo inspecciona y grita no de alegría, sino de desesperación. Ha logrado llegar a una estación. Asciende al andén y mira a uno y otro lado. No hay nadie. Con mucha dificultad, palpando las paredes del edificio va avanzando hasta llegar a un vano grande. Supone que esa es la puerta de acceso al vestíbulo, pero en él no hay nadie. De repente, un tictac le hace levantar la vista. Se trata del gran reloj central; marca las 19,25. Se dirige a las vías y se da media vuelta. Acercándose un poco, con mucho esfuerzo, deletrea en el panel de azulejos amarillos el nombre en azul de BOSTON.
Se deja caer. La fatiga se duplica al saber que su esfuerzo por salir de la ciudad ha sido baldío. Sentado, con la espalda apoyada en la pared, mira al abismo neblinoso que lo succiona. Necesita ser consciente del aplomo de su cuerpo sobre el frío suelo para no dejarse ir. Cansancio, sueño, desánimo, todo lo aplasta e intenta no tenderse, porque es consciente de que como ceda, ya nunca más se levantará y será uno más de esos despojos humanos repartidos por las aceras o en los círculos alrededor de los fuegos extintos. Pero sus ojos no hallan un punto fijo donde posar la mirada, solo la etérea niebla pegajosa.
No se percata de la presencia de alguien que lo observa hasta que se sitúa delante. Intenta averiguar de quién se trata por los rasgos de su cara, pero le es imposible. Un bozo le cubre el rostro y los ojos se ocultan detrás de un parpadeo constante. Comprobando su anquilosamiento, se le pasa por la cabeza que crea que está muerto. Le agarra del pantalón.
—Me llamo Marx. ¿Quién eres tú?
Tarda en responder y cree que imposta la voz, o que le cuesta desentumecer las cuerdas vocales, pues le sale una voz más grave de lo que corresponde al talle y perfil afeminado de su cabeza.
—Andreas.
Y se agacha hasta aproximar su cara a la de Marx, como si intuyera que su voz no le llegaba diáfana a sus oídos. Le pasa la mano por el rostro. Con los dedos va reconociendo sus ojos, nariz, labios, orejas.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? No te he visto entrar. Solo he escuchado tus gemidos desesperados.
Marx le señala las vías.
—¿Qué vienes a buscar a Boston?
Marx se echa a llorar en ese momento.
—Huía de la ciudad y el destino me ha conducido de nuevo a ella.
Andreas se separa y llega al límite del andén y pierde la mirada por ambos lados de la vía. Anhela con poca fe la entrada de un tren que lo saque de esa ciudad sitiada por el frío caliginoso que ahoga a todos y congela sin piedad cualquier atisbo de vida. Andreas y Marx son extraños supervivientes.
—¿Y tú? —quiere saber Marx.
—¿Yo? No sé dónde voy. Solo quiero huir como tú, pero no hay esperanza.
Marx no tiene fuerzas para consolar a Andreas. A ninguno de los dos les sobra la compasión, mas son conscientes de que se necesitan.
—¿Te puedes incorporar?
Sin responder, Marx apoya en el suelo una mano para soportar el peso de su cuerpo y retorciéndose consigue erguirse. Andreas le sujeta por un brazo para ayudarlo a mantener el equilibrio.
—No podemos quedarnos aquí —le conmina Andreas.
Con pasos lentos y arrastrados, salen del vestíbulo. La noche les infunde la sensación de que la niebla ha disminuido, pero la falta de un resplandor supone avanzar a oscuras por completo. Ambos sitúan por delante una de las manos para detectar los obstáculos.
—¿A dónde nos dirigimos? —quiere saber Marx.
—Llegamos enseguida.
Andreas empuja una puerta metálica ancha. Una rampa no muy pronunciada conduce a lo que parece un sótano. La poca luz del exterior se extingue cuando descienden unos metros. Marx no teme que su acompañante le cause ningún mal; Andreas sabe que al que conduce a su refugio no le sobran fuerzas para atentar contra su persona. Son seres indefensos. Ninguno es consciente de los motivos por los que ambos confían en el otro. No hay nadie más en la ciudad de Boston donde encontrar ayuda o simplemente compañía. Habrá más gente en sus mismas condiciones, pero probablemente estén solas, aisladas en su zona de seguridad, sin querer que otro se aproxime a ellos.
Se detienen y Andreas abre la puerta de un automóvil.
—Ten cuidado; levanta la pierna para subir.
Marx obedece las indicaciones. Cuando Andreas está dentro, cierra y echa un pestillo que parece servir para bloquear la puerta impidiendo que nadie pueda entrar.
—Tenemos que dormir —le urge Andreas.
Los dos se tumban hasta quedar pegados sus cuerpos. Andreas tiende una prenda que parece una manta, ya que les tapa los pies.
—¿Cómo has sobrevivido? —quiere saber Marx antes de que el agotamiento lo rinda.
—Con nueces, pero las existencias se acabaron hoy por la mañana, cuando me comí la última. Encontré en esta furgoneta un saco lleno y con ella llevo sobreviviendo durante más de dos meses. Solo alimentándome con este fruto seco.
—Me hubiera gustado una nuez en estos momentos… ¡Cuánto daría por una nuez!
Andreas se gira hasta ponerse de lado y abraza el cuerpo de su compañero. Como si tuviera más calor que él, intenta transferirle la temperatura que le sobra.
Cuando Marx despierta, supone que tiene que ser de día. Andreas ha permanecido abrazado a él durante todo el tiempo. Teme separarse, porque el dulce confort que los dos se proporcionan desaparecerá de inmediato. Se rebulle despacio hasta que su acompañante comienza desperezarse. Su sueño ha sido reparador y tranquilo, sin las pesadillas que últimamente acuden a atormentarlo. No se hace a la idea de en qué parte de la ciudad se hallan, pero intuye que allí, junto a Andreas, no habrá demasiadas oportunidades de salvarse. Así se lo dice cuando se ha despejado. Le propone que lo acompañe a su antiguo apartamento. No existe una razón clara de por qué debe regresar allí. Lo único que ronda en su mente es Ton y los restos de liebre que con seguridad su amigo no habría sido capaz de consumir. Por otra parte, aunque las esperanzas de que algún atisbo de vida esté surgiendo en las entrañas de la ciudad son pocas, quiere explorar esa posibilidad. Anima a Andreas a seguirlo. No se opone. No tiene nada que lo retenga allí, no siendo ese refugio seguro, pero ya sin víveres. Además la salida de la ciudad en tren era improbable, después de semanas sin circulación. No podía pasarse la jornada deambulando por el andén esperando un convoy.
Se llevan la manta con la que se han arropado. Nada más. Esas son todas las pertenencias de Andreas.
—¿No tienes agua potable? —le pregunta Marx.
—Espero que algo quede.
Los dos, evitando los pilares de hormigón del garaje, llegan a un grifo cuya tubería está sujeta a la pared con abrazaderas. No hay mucho caudal, pero mana un chorro del que beben hasta saciar la sed. No sienten el hambre, sin embargo, echan de menos el agua. Beben otro trago, conscientes de que pasarán horas hasta que de nuevo hallen otra fuente.
Una lejana claridad por occidente se devana por abrirse paso en esa masa gelatinosa de niebla fría. Los ojos se acostumbran después de unos minutos a distinguir las calles y los edificios. Están desorientados, pero Marx confía en que finalmente hallará el modo de guiarse. Miran a todos lados con inquietud. Es improbable que alguien los pueda sorprender con el ánimo de asaltarlos, pero este temor no desaparece. Es una manera de estar vigilantes. Caminan sin hablar y, si se dicen algo, lo hacen en voz baja por precaución.
No tarda Marx en hallar una arteria reconocible. Sin estar por completo seguro, se determina a seguir una dirección. No sabe cuánto tiempo tardará en dar con su edificio de apartamentos, pero tiene la certeza de que lo encontrará. Ninguno de los dos se detiene a examinar los cuerpos tendidos ni a espantar los perros que husmean alrededor. No son los únicos animales que pululan por las aceras. Es mejor no prestarles atención. La posibilidad de encontrar comida es mínima. Todas las tiendas y restaurantes se hallan arrasados. Quizás quedara algún alimento sin consumir en las viviendas, pero era improbable encontrarlo, después de su saqueo. Ese temor ronda a Marx, que su apartamento, o el de Tom, hubiera sido invadido en busca de migajas. Por eso su afán de avanzar sin desfallecer. Menos mal que la dirección que siguen es la correcta. Está seguro y la confianza en su buena orientación les permite andar con firmeza, aunque continúa la luz mortecina.
No puede calcular cuántas horas han tardado en llegar al edificio, pero el esfuerzo ha sido demoledor. El debilitamiento es palpable. Andreas da la sensación de estar más apurado que Marx, pero es una falsa apreciación. Marx quiere mostrarse más fuerte, pues se siente responsable de la cruzada a la que ha arrastrado a Andreas, mas no podrá aparentar esa fortaleza por demasiado tiempo.
Hallar la llave en el mostrador donde él la dejó es un alivio. Era improbable que el apartamento hubiera sido desvalijado. Llama en vano al portero. Nadie responde. El miedo aumenta al subir las escaleras. La electricidad era de suponer que habría dejado de funcionar desde la última vez que le permitió utilizar el ascensor. Al llegar a la primera planta, inspeccionan las viviendas próximas: algunas puertas están cerradas, otras abiertas de par en par. No entran para no llevarse desagradables sorpresas. Regresan a las escaleras y despacio, sintiendo el dolor de las articulaciones, llegan al cuarto piso. Marx abre el apartamento con la llave recuperada. Después de una inspección ágil, se convence de que todo permanece tal cual él lo dejó. Andreas recorre con la vista el inmueble, como si se sorprendiera de su confortabilidad. Era bastante más cómodo que la furgoneta donde había permanecido las últimas semanas. Por instinto, abre el grifo de la cocina y corre el agua. Ambos sacian la sed.
—Quiero comprobar si un amigo se encuentra en su apartamento —le comunica Marx a Andreas para justificar que va a salir.
Desea ir a ver a Ton sin compañía. Confiaba en que no le hubiera pasado nada en esas poco más de veinticuatro horas desde la última vez que estuvo con él, pero, por si había acaecido alguna desgracia, no quería que Andreas fuera testigo. Llama a su puerta con los nudillos, al principio con suavidad, para no despertarlo abruptamente en el caso de que durmiera. Como no abre ni oye ruidos, aumenta la firmeza y la frecuencia de los ya puñetazos sobre la madera. No da señales de vida. No podía quedarse sin saber lo que le ocurría a su amigo. Era poco factible que hubiera abandonado la vivienda en el estado en el que lo dejó, aunque antes de derribar la puerta con un fuerte empujón, por un momento, se ilusionó con esa posibilidad. No era así, Ton se halla tendido en el camastro que lo dejó, pero su cuerpo inerte está igual de frío que la temperatura ambiente. No quiere ver el rostro de la muerte. Llorando por Ton, por él, por Andreas, por la ciudad muerta, le echa la manta sobre la cabeza. La cazuela con el guiso de liebre continúa en la mesa tal cual se la dejó. Con ella debajo del brazo, siente que comete un hurto al llevarse la misma comida que él había aderezado, como si, en un momento incierto, el fallecido tuviera la posibilidad de incorporarse y llevarse una tajada a la boca.
—¿Qué tal tu amigo?
—No estaba en casa. He encontrado esta comida en un apartamento sin puerta —Miente Marx.
No quiere que Andreas sepa que Ton ha fallecido y que esa liebre la había capturado y cocinado él.
Es en ese momento en el que con una cuchara intenta remover el amasijo, cuando se percata de que forma un caparazón a punto de transformarse en un bloque de hielo.
—No nos quedará más remedio que calentarlo —aduce Marx como si fuera un trámite sin importancia.
Aún conserva fósforos, y no les resulta difícil encontrar madera rompiendo muebles ya del todo inservibles. Prenden una de las revistas de automóviles que coleccionaba el anfitrión, y pronto logran que la hoguera arda.
A Andreas, aunque hacía tiempo que no se llevaba nada a la boca, le sucede lo mismo que a Ton: le resulta casi imposible engullir esa carne negra y prieta.
—Está dura, pero en buen estado. Seguro que no hace mucho que la han guisado.
Marx trata de dar ejemplo y de infundir confianza en su amigo para que coma, pero tampoco lo quiere obligar al comprobar que tan solo con acercar una tajada a la boca le provoca arcadas. Él se contiene de continuar ingiriendo el guiso. Le resulta ofensivo masticar viendo lo revuelto que está Andreas.
No se molestan en mirar si ya es de noche. La persistente oscuridad transforma el huso horario en una entelequia. No obstante, Marx se percata de que hace mucho tiempo que no oye el ronquido lejano del oleaje y abre la puerta del balcón para salir a comprobarlo. La ciudad se encuentra en completo silencio. ¡Cuánto hubiera dado por oír un grito o una blasfemia! Solo la calma precursora de la muerte murmura una cuenta atrás indefectible. Lo sabe en ese instante. De nada servían las vanas ilusiones que aún perduraban en su ánimo de que aún era factible una segunda huida.
Andreas ya se ha tendido en su lecho y él se acurruca a su lado, buscando su tibio calor y dispuesto a compartir el suyo con su compañero. Le echa el brazo hasta rodearlo. Abrazado a él, advierte que su pecho turgente es el de una mujer. Se queda paralizado y a punto está de hablar, pero se contiene. Andreas duerme y su respiración es suave. Sintiendo la dulzura y la paz que le transmite su compañera, acaba rendido, en paz consigo mismo.