21/10/26

38. El Rivendel

 

La noche continuaba su transcurso hasta el amanecer sin importunar con su oscuridad la vigilia de los noctámbulos, para quienes el tiempo transcurría tan rápido como para los durmientes, que lo habían conciliado nada más recostarse en la cama. De la misma manera que alguien se sorprende cuando se despierta de un sueño reparador que ha durado muchas horas, así también les sucede a los que están de marcha y descubren en el reloj que la madrugada se aproxima sin haberse enterado.

Salieron a la calle y el fresco de las últimas horas de oscuridad los acarició con sus manos frías. En ese instante, Escaleras pensó que sería muy tarde, pero no quiso fijar la hora exacta. Tampoco importaba tanto, sobre todo cuando aún esperaba más información del confidente. Este no mostraba prisa y parecía bastante relajado en su compañía. La noche podía alargarse lo que quisiera, pues él tampoco tenía ni pizca de sueño. Tampoco le pesaba la carga de la obligación profesional; realmente se estaba divirtiendo como hacía mucho tiempo.

Antes de entrar en otro bar cercano situado en la misma acera, oyó el gorjeo de los pájaros en los árboles de la plazuela. Se alegró de escucharlos cuando todavía era noche cerrada, aunque se paró a pensar que quizá los pobrecitos no podían dormir del ruido que se producía en esas calles con tantos bares de marcha.

La puerta del Rivendel, así se llamaba el bar, era de madera, con dos hojas de color verde. Escaleras tuvo la impresión de entrar en una morada de fábula. Parecía la casa de un bosque, si no estuviera enclavada en los locales bajos de un alto edificio moderno y funcional. La decoración era de cuento de hadas. Varios gruesos árboles ramificaban por el techo una vegetación exuberante de la que colgaban frutos exóticos. De tablones rústicos eran las muchas mesas y bancos largos que se situaban junto a las paredes; el mostrador era un tosco tronco, techado con un tejadillo sujeto con negras vigas y recubierto con tejas diminutas.

El personal que se reunía en el bar vestía desgarbadamente y se fumaban porros por todas partes. Había muchos carteles políticos de partidos revolucionarios de izquierda, además de proclamas antigubernamentales y citas para manifestaciones y actos de protesta. Los discos que sonaban en un deficiente equipo de música llamaban a la rebelión contra las normas de una sociedad capitalista y consumista. Sobre todo, eran grupos vascos que lanzaban sus proclamas independentistas con canciones duras y violentas. Los camareros, barbudos ellos y con vestidos amplios y de flores ellas, encarnaban el ideal contestatario del local. Ambrosio no entró con mucha confianza en un sitio así, pero siguió los pasos del estudiante, haciendo de tripas corazón. Se sentaron en dos taburetes en un rincón de la barra.

—No sé cómo pillarán la droga exactamente —retomó la palabra de improviso el confidente para dar cumplida cuenta de la curiosidad del inspector, más que nada para aproximarse emocionalmente a él, no porque hubiera cambiado de opinión sobre la importancia que pudiera encerrar la cuestión—. Me imagino que cada uno tendrá sus propios medios… En concreto, yo sé dos formas, aunque intuyo que habrá muchas más. Lo que está muy claro es que no la compran a camellos callejeros; son bastante precavidos y discretos… Hay un pub pequeñito y no muy frecuentado al que suelen acudir muchos profesores. El que lo rige pasa coca confidencialmente a clientes muy selectos sin que nadie se entere. Sin embargo, sospecho que donde más pillan es en Coral, un pequeño comercio de suvenires que está ubicado en una parte aislada de la ciudad. Evidentemente, tanto la tienda como el bar son una tapadera para este tráfico. A Emilio, que lleva la casa de recuerdos, lo conozco, ya que también es del clan de Ibiza, donde nos conocimos, y alguna vez hemos coincidido aquí, en Salamanca. Pasados unos años, nos hemos vuelto a encontrar con gente que pasábamos en la isla los veranos y vendíamos bisutería a los guiris. Con Emilio me encontré no hace mucho tiempo en uno de estos bares. Andaba con una amiga común y estaba más bien piripi y suelto de la lengua. Me arrimé a ellos y se interesó por mi vida, y de pasada, sería porque en ese momento me preocupaba, le dije que una asignatura me traía por la calle de la amargura. Rápidamente me preguntó el nombre del profesor que me hacía sufrir tanto. Le contesté, sin saber por qué se interesaba por ese detalle. Entre líneas deduje varias cosas, entre ellas que él tenía la suficiente capacidad como para recomendarme ante el hueso del profesor y aprobar la materia. No le hice caso pensando que era un fanfarrón y, naturalmente, no le pedí ayuda. Le toqué sin querer su amor propio y me explicó que me podía echar una mano sin problemas, dándome a entender que no era la primera vez que conseguía ese tipo de favores, pues conocía a muchos profesores de la Universidad. Debido a que no me quería enterar de los detalles de ese asunto, no le presté demasiada atención, esperando que él cambiara de conversación, pero no lo hizo. Me contó esto que te he dicho como si quisiera poner de manifiesto que había logrado una cuota de poder impensable en un tirado, como era él en tierras ibicencas. Por supuesto, luego comprobé que no era una trola lo que me refirió esa noche.

Escaleras se estaba quedando atónito con esa historia. No sabía cómo encajar esas declaraciones. Evidentemente, eran de sumo interés y avivaban su curiosidad profesional, pero tal magnitud de inquietantes detalles delictivos lo desbordaban. ¿Cómo despejar el grano de la paja? Esa era la clave. Hasta temió meterse en vericuetos en los que nadie lo llamaba. El obstáculo era discernir qué le convenía para la investigación de la muerte del diputado y qué no. Incluso aventuró la posibilidad de que esos tejemanejes de la vida universitaria salmantina no fueran del todo desconocidos para Chomín y para la policía charra; por eso temía meterse en investigaciones que no eran de su incumbencia. Se previno, debería andar con pies de plomo, sobre todo en esos asuntos de drogas. En realidad, casi descartaba de antemano que esas cuestiones estuvieran relacionadas con el asesinato. Tal vez por eso no quiso continuar en aquella línea de investigación, reconociendo que no se equivocaba Chus cuando se negó a entrar en ese espinoso tema.

Por un momento se descolgó de su interlocutor. Casi habría preferido dejar la conversación con el confidente en ese punto o, por lo menos, haber hecho un confortable receso. Le habría encantado posar la mirada en cada una de las personas que se encontraban en el bar, ver qué caras ponían, espiar sus conversaciones, observar cómo el personal bailaba al ritmo combativo de la música, escuchar la letra de las canciones, leer minuciosamente el texto de cada uno de los carteles grapados a la pared, recrearse con la decoración vegetal que pendía del techo, mirar las habilidades de los jugadores en las máquinas recreativas, percatarse de quién entraba y quién salía, admirar la belleza de las muchachas, examinar su rostro y su cuerpo, decidir cuál le gustaba por su expresión o cuál le repelía… Menos mal que Chus no se impacientó cuando se percató de que el policía daba muestras de cansancio y que su interés mermaba.

—¿Te va pesando la noche? —se interesó amigablemente por él.

—No. Ni mucho menos —dijo Escaleras, procurando levantar el ánimo—. Estoy muy bien, teniendo en cuenta que no salgo nunca de marcha y de que no suelo beber tanto. Esta sensación de paz y de felicidad hacía muchísimo tiempo que no la sentía. No es eso. Si te soy sincero me encuentro muy a gusto contigo; la pena es que sea en estas circunstancias y casi por motivos profesionales. A lo largo de la noche, me he olvidado de que soy un policía y que me encuentro en esta ciudad investigando la muerte de una persona. Es más, hasta he eludido que posiblemente tú estés conmigo porque Chomín te ha metido en este berenjenal, y que, si no fuera por estas circunstancias, no nos hubiéramos conocido… Esto me apena bastante. Me entristezco un poco al considerar que es una lástima haber tratado contigo en estas circunstancias. Me hubiera gustado disfrutar de Salamanca como lo hace un turista despistado, y haber coincidido contigo por casualidad y haber hablado y gozado de la noche con el solo motivo de pasarlo bien… Esta tarde, cuando me dirigí desde el bar ese en el que te conocí…

—El Macondo.

—… hasta el hotel, me iba muy triste. No me apetecía encerrarme en la habitación, como si temiera que una angustia feroz me fuera a devorar, y decidí dar un paseo. Y lo que son las cosas, ¡cómo se lían! Ahora, después de haber conocido a bastante gente, me encuentro aquí, contigo, hablando de estos asuntos, cuando tan solo hace unas horas que te vi por primera vez…

Se calló y al momento le asaltaron dudas sobre si había hecho bien en comunicar estos sentimientos o no. Indudablemente se había quedado muy bien consigo mismo, pero no sabía si había sido muy pertinente desahogarse con la persona a la que, quisiera o no, interrogaba. Las tribulaciones eran necesarias en una situación que se apartaba por completo de la ortodoxia de la investigación reglamentaria. Por qué no sincerarse y expresar su estado de ánimo, aunque fuera a un testigo. Somos humanos y todos poseemos un patrimonio de flaquezas que a veces salen a flote sin que las podamos reprimir. Ambrosio, el policía novato, se expresaba con sinceridad y no era consciente de que para saber cómo era una persona no era mal procedimiento el que empleaba: si se desea conocer a alguien, muy presumiblemente antes se deba mostrar cómo es uno primero.

Por otra parte, Chus no acertaba a expresar lo bien que, a su vez, se encontraba con el policía. No le cabía la menor duda de que era un tío legal, aunque era sabedor de que poco auxilio más le podía prestar. De momento, con su semblante tranquilo, nada sorprendido por el tono sincero de su interlocutor, ayudaba a Ambrosio a no sentirse ridículo, lo cual ya era bastante. Y respetaba las pausas que jalonaban su conversación, no sintiéndose tenso ni despreciado por los momentos de ausencia de su compañero. Apuraban sin prisas sus bebidas, sonriéndose cuando sus miradas se cruzaban.

Aprovechando ese impasse, Ambrosio notó cómo le presionaba la vejiga y sintió necesidad inmediata de acudir al servicio. La mesnada abertzale gritaba próxima al paroxismo las canciones rotundas de La Polla Records o de Kortatu y pegaban brincos hasta casi rozar con sus cabezas el fantástico techo; también propinaban patadas con sus botas militares al aire para dar rienda suelta a una violencia contenida con rabia. El cuchitril donde se enclavaba el servicio era hediondo, con paredes desconchadas y llenas de inscripciones obscenas y políticas. Hubo un grafiti que le llamó la atención: «La vida es una barca, Calderón de la mierda». Y, mientras meaba, su orina anegaba el suelo encharcado y sucio. No había papel higiénico y del grifo no salía ni pizca de agua. «¡Vaya guarrería!», pensó Escaleras. Alguien empujaba la puerta con insistencia a pesar de comprobar que estaba atrancada y que el ocupante había dado señales para hacer saber que el servicio no se hallaba libre. Sin impacientarse, salió del cuarto de baño procurando no pisar los charcos de orín y fijó los ojos descaradamente en la cara del intruso, desafiándolo con una mirada despectiva, pero el insolente agachó la cabeza y se puso a orinar sin cerrar la puerta y sin disculparse. Ambrosio regresó al rincón echando chispas y sin cohibirse ante toda la parroquia.


37. Hasta el mejor escribano comete un borrón

 

En una pantalla mediana se proyectaban imágenes desde un aparato que se manipulaba en la cabina del pinchadiscos. No eran vídeos musicales; se transmitían escenas inverosímiles e inconexas de películas de cine mudo. La música tronaba con desesperación y cada vez que se abría la puerta de la calle huía pavorosamente de ese pandemónium en busca del silencio de los altos tejados. A Ambrosio se le desviaba la mirada hacia ese punto luminoso sin poderlo evitar: resultaban situaciones absurdas, movimientos sin sentido, gesticulación de conversaciones sugerentes de discusiones fuertes… Los actores realizaban guiños a los espectadores que estos no percibían. El policía no pudo reprimir el pensamiento poco juicioso de que a lo mejor esos personajes espiaban a los clientes desperdigados por el bar y se reían de ellos. De vez en cuando, despistaban, dando la sensación de que representaban algo, pero a Escaleras no le engañaban. Advirtió que era una idea irreverentemente fantástica y para olvidarla decidió continuar explorando al confuso estudiante de Psicología, pues le dio la corazonada de que sus informaciones, aunque no muy esclarecedoras a primera vista, eran una pista nada desdeñable.

—Creo ir dilucidando algo de lo que cuentas —se aproximó de nuevo el inspector al tema de conversación—; sin embargo, hay ciertos detalles que no acabo de encajar como es debido. Están claras las razones por las cuales se organizaban esas reuniones festivas; no obstante, no me cabe en la cabeza cómo os manejaban a vosotros, los intermediarios. O, dicho de otra manera, si prefieres: ¿cómo supisteis que se creaban los saraos y por qué os dedicasteis a enrolar a nuevas odaliscas?

El soplón había juzgado la necedad del inspector prematuramente. Por una pregunta así, de sopetón, debió cambiar su idea y reconocer la gran categoría profesional que demostraba como investigador. Era un dardo envenenado, mas, para él, era el trinchante afilado que le iba a sajar la piel para que todo el humor bilioso del quiste de mierda supurara hasta no dejar ni gota de podredumbre. Ya el miedo a la operación, al cirujano, se había extinguido; tan solo anhelaba quedarse limpio, arrojar, aunque fuera con la ayuda de otro, de ese simple policía, todos los malos rollos que habían jalonado su existencia de estudiante en Salamanca.

—Nosotros somos la servidumbre. Yo, al menos —se humilló el triste universitario—. Aunque, es curioso, mi desazón no obedece a que me esté sometiendo a una persona. No me siento explotado, pero sí me veo atado de pies y manos. Tiranizado sin saber a quién o por qué, con lo cual mi rabia, mi desesperación, es mayor, pues no puedo hallar consuelo a mi situación. No pienses que estoy dando rodeos, que exagero mi desgracia… Sé que para ti es difícilmente comprensible. Esto nadie sabe lo que es hasta que no lo pasa en sus propias carnes.

—No sé qué quieres decirme, pero no te preocupes: todo tiene solución en esta vida —trató de consolarlo el sensible Ambrosio.

No es fácil dar aliento a alguien que arrastra su ánimo por los suelos. El que consuela se ve abocado a aconsejar, a atenuar la importancia del sufrimiento, a sacar a relucir sus propias miserias… Todo en aras de cortar la vía de expiación ante el temor de que la confesión finalice en un lloro irreprimible, próximo al paroxismo, que salpique de lágrimas al rostro del interlocutor. Eso temía Ambrosio: que Chus rompiera a lloriquear de un momento a otro y, si Escaleras no soportaba el llanto amargo de una mujer, menos aguantaba el de un hombre. Quizá por eso no enjabonó en exceso los ánimos del muchacho para no dar pie a que siguiera atormentándose con su dolor.

—Lo jodido de este asunto es que todos estamos pillados: unos por una cosa y otros por otra. —Efectivamente, el muchacho se consolaba en el mal generalizado para devaluar la importancia del suyo—. No hay nadie que se salve. Y, puestos a comparar, tal vez yo no salga tan mal parado. Los habrá más inundados en su propia mierda que yo.

—¿Te refieres, por casualidad, a los asistentes a esas fiestas? —dijo el policía logrando meter baza.

—Así es —respondió escuetamente, dejando prolongar el silencio tan solo unos instantes. El policía temió que cerrara el acopio de informaciones—. Sí, yo en el fondo no soy un pringado. No vendo mi libertad por esnifar ni por ningún chute. No obstante, soy un mártir del amor…

—Es decir, que no estás enganchado a nada —lo cortó, mostrando alivio aparentemente por la rectitud de vida sana, cuando, en el fondo, lo que pretendía era no permitir que se adentrara en los terrenos cenagosos del amor incomprendido.

El desconsolado Chus percibió con nitidez que el inspector no estaba dispuesto a escuchar ni a interesarse por cuestiones amorosas. No era un pelma y, resignado, casi humillado y decepcionado, no continuó por esos derroteros. Sabía a la perfección que no era eso lo que buscaba esa noche, pero un desliz lo tiene cualquiera y rectificó imperceptiblemente su discurso.

—Perdona que sea un plasta y me ponga en este plan —dijo amable y cortésmente el estudiante—. Ya se me pasa.

Ambos se contemplaron unos segundos en un armonioso silencio que los aislaba, pero que acabó dejando filtrar algunas de las estridencias que merodeaban por los límites, ansiosas de invadir ese inmaculado espacio. Las bebidas no menguaban. Desviaron la mirada hacia lo más inmediato, mas no fueron capaces de concentrar la atención en ningún estímulo del exterior. La gente hablaba a gritos, la música perforaba los muros transmitiendo una corriente de energía imperceptible que ponía en movimiento a cuerpos que bailaban a impulsos firmes y rabiosos.

A Escaleras, ese intervalo no le sirvió para reflexionar sobre sus contundentes operaciones para extraer el mineral precioso que su interlocutor escondía en ricas vetas. No albergaba ningún temor en los procedimientos de la investigación; incluso, para el bien del chaval, era necesario que soltara todo lo que supiera. Para él supondría una catarsis vital y para él un haz de luz que despejaría las tinieblas densas que cubrían ese misterioso crimen.

—¿Quiénes eran más pringados que tú? —preguntó sin ambages, lanzado.

—Pues, aunque parezca mentira, me dan más pena los profesores que el resto de escoria que los acompañamos. Sí, así de simple —manifestó Chus con la misma muestra de sinceridad—. Ellos, al fin, poseen una posición; son alguien en la vida. Podrían disfrutar de un futuro feliz y ser unas personas decentes, pero, poseyendo tantos dones y tanta suerte, todo lo arrojan por la borda a consecuencia de la coca. No pueden vivir sin esnifar una rayita. Su lucidez, su ritmo de trabajo, su seguridad, la expectación que despiertan entre sus alumnos se pondría en entredicho si no dispusieran de un milimétrico surco de nieve que hiriera dulcemente sus fosas nasales…

—¿Cómo? ¿Cómo dices? ¿Que toda esta historia se relaciona también con la mierda de la droga? —No ganaba para sustos Ambrosio.

—¡Qué te pensabas!

—¡Un momento! —exigió el madrileño—. Creo que me voy aclarando… Entonces, vosotros, Quique y tú, por ejemplo, sois sus camellos, ¿no es así?

El otro pegó un bufido de desesperación. No acababa de entender a ese tío.

—¡Pues claro que no! —«¡Podenco!», hubiera deseado gritarle—. Si ya te he relatado cuál era nuestra misión. ¡Tan solo era esa! Yo no soy un camello. Lo que pasa es que Salamanca es muy pequeña y todos nos conocemos. Pensé que serías capaz de suponer que yo ando en este ajo por el Chomín. Él es quien me ha abierto las puertas de esos círculos.

No era fácil salir indemne de meteduras de pata como esa… ¡cuando más seguro se sentía en el interrogatorio! No existía la facultad de parar la escena, de detener el tiempo en ese preciso momento que se abre la boca y vibran las cuerdas vocales para lanzar el error garrafal. Se cierran los ojos y los labios entreabiertos tiemblan, mientras nuestra capacidad de reaccionar se bloquea. Incapaces de pensar, emergemos a trompicones sin acertar en la salida más idónea, que es reconocer nuestro fallo.

—Entonces, ¿quién coño les pasa la coca? —repuso enseguida de mal humor, como si lo que le interesara más no fuera la pregunta en sí, sino echar tierra sobre el anterior asunto.

Chus no era de los que se regodean en las desgracias ajenas y que, alertas, esperan el momento del fallo para saltar sobre sus oponentes para escarnarlos y humillarlos. El mismo error, tan solo por ser testigo, le suponía tanta vergüenza como al que había cometido. Aceptó las reglas de su juego y continuó igual que si no hubiera pasado nada.

—Eso ya es harina de otro costal.

—¿No sabes quién les pasa la droga? —insistió Escaleras.

—¿Tanta importancia tienen los camellos que les suministran? —articuló el joven, que no veía tan importarte ese dato, considerándolo más bien una cabezonería sin sentido del madrileño.

Escaleras se percató con buenos reflejos de que con procedimientos caprichosos iba a ser muy problemático conseguir que el soplón colaborara y, si lo miraba bien, le asistía más razón que a un santo.

—Chus —por primera vez en toda la noche se dirigió a él por su nombre de pila, como si con ello quisiera poner de manifiesto la simpatía que sentía por él y para recobrar el clima de confidencia y sinceridad—, no me puedo permitir el lujo de despreciar y desechar ningún dato en mis investigaciones. Tal vez para ti sea obvio dilucidar lo que me puede ser apropiado o no, porque tú eres el que controlas la información sobre esta cuestión; pero por favor te pido encarecidamente que te pongas en mi lugar: yo no tengo ni puñetera idea de los ambientes estudiantiles y estoy en Salamanca desde hace poco más de veinticuatro horas. Quizá te resulte que soy un bobalicón y, acaso, que no estoy lo suficientemente preparado para manejarme en estos turbios tugurios tan bien como se mueve Chomín; de hecho, si te hablo sinceramente, ni recuerdo cuál fue la última vez que anduve de juerga por la noche. ¿Qué quieres que te diga? Puestos así, he de reconocer que incluso soy novato en la profesión y supongo que deberé con el paso del tiempo aprender muchas artimañas para moverme igual que un pez dentro de las procelosas aguas de la delincuencia…

A Chus, estas palabras tan sinceras le estaban llegando hasta el alma. Antes que nada, valoraba a la gente que era capaz de contar sus sentimientos. Aquellos que todo se lo tragan y no dejan ni una ranura para dar salida a sus frustraciones no le parecían humanos y huía de ellos temiéndolos, pensando que eran una olla a presión que en cualquier momento podía estallar. Experimentaba una camaradería, una sensación de hermandad de sangre con los que se mostraban como cristal transparente, lo que lo inclinaba inevitablemente a quererlos, pues le inspiraban toda su confianza.


36. La prueba del sida

 

—Esa ha sido una constante en su vida: las mujeres arrasaban con él, se lo rifaban, se peleaban unas con otras aun sabiendo que su pugna era fútil; solo se podrían acostar con él una o pocas veces más —proseguía Chus desarrollando la personalidad y las vicisitudes del glosado—. Muchas chicas que lo tuvieron por amante lo consideraban un capricho y, tras permanecer con él una sola noche, salían hastiadas; lo peor era para las micas, como esa incauta alemana, las que albergaron la ilusión de que Quique se convertiría en su novio formal. Esas eran las que sufrían indeciblemente con las inconstancias de su hermoso adonis. Con todo, las examantes suelen guardar buen recuerdo de él, tanto las del encuentro esporádico como las enamoradas, que continuarían dispuestas a perdonarlo con tal de recuperarlo. Pero lo que son las cosas, en pocos años regresó a su patria salmantina y se echó una novia formal. Formal en el sentido de que era estable, pues la joven era una punki. Él mismo adoptó los atuendos de esta tribu, si bien de manera atenuada.

Chus le contó que, durante un tiempo, lo perdió de vista, hasta que se topó con él en ese bar, trabajando de camarero. Más adelante, junto a su pareja y otro socio, se hicieron con el negocio. Había cambiado bastante: estaba más delgado, hasta parecía más alto. Vestía de negro y sus ojos sobresalían más en su cara chupada, aunque seguía siendo irresistiblemente atractivo. De Lucía, la chica con la que salía, no tenía muchas referencias; tampoco sabía en qué base se afianzaba esa relación. Lo que era evidente para ella y para todo el mundo era que continuaba con otras amantes. Y no solo del sexo femenino, sino que se rumoreaba que era bisexual, ante lo cual, algunas amigas íntimas, al enterarse, se apresuraron a realizarse la prueba del sida.

A hurtadillas, mientras Chus chismorreaba, Ambrosio miraba al camarero, que se movía ágilmente detrás del mostrador en discordancia con esa imagen de vago y gandul que acababa de referir su interlocutor. De vez en cuando salía de la barra para ir a recoger de las mesas y del suelo los vasos y las botellas vacías. Hablaba con numerosa gente y a todos sonreía con esa dejadez condescendiente.

—¿Te enteras de qué va el asunto? —lo interpeló melindroso Chus.

A decir verdad, Escaleras no veía muy clara la cuestión. Se había enterado más o menos de las aventuras del camarero, pero no hallaba el lazo de unión con sus pesquisas.

—¡Está muy claro, hombre! —exclamó un poco desesperado Chus—. Taqui y Quique mantenían una estrecha amistad.

El inspector continuaba sin comerse un rosco de la historia. Seguramente Chus pensaba que él sabía más de lo que sabía y por eso se desesperaba al observar la cara a cuadros que se le quedaba al investigador. Este trataba de sosegar al muchacho para que hablara moderadamente y proporcionara todos los datos y hasta las pertinentes conjeturas, pero todo ello despacio para que él lo asimilara bien. En este sentido, experimentaba la misma desazón que cuando iba al cine y no acababa de comprender los entresijos argumentales de la película. Su mujer se hartaba de llamarlo fatuto y lo increpaba diciéndole que si estaba en las musarañas durante la proyección. Solo si ella le contaba los lances y le aclaraba las dudas se sentía satisfecho y podía decir que había visto el film.

—Y esa amistad no nacía del hecho de que uno fuera alumno y otro profesor —continuó Chus—. Era una dependencia muy especial; ¿cómo decirte? Una relación profesional.

—¿Una relación profesional? —se sorprendió el policía, pensando sin poder evitarlo que los dos mantenían relaciones homosexuales.

—Bueno, sí y no. Vamos a ver —trataba de hacerse entender Chus—. Quique es como un relaciones públicas. Él se encarga de reclutar chicas atractivas para fiestas particulares. Hasta yo, en ocasiones, he captado alguna.

—¿Chicas para fiestecitas? —No salía de su asombro Escaleras.

—No son prostitutas ni nada por el estilo… Son chicas normales.

—¿Y qué se celebra en esas reuniones lúdicas, si puede saberse? —preguntó Ambrosio imaginándose ya la respuesta.

—Hay de todo. Yo no he ido a muchas, pero la gente se lo suele pasar bien, muy bien.

—¡Oye! ¿Y esas chavalas asisten por su gusto o son obligadas o reciben alguna recompensa? —le picó la curiosidad a Escaleras.

—Casi todas van porque quieren; no hay ninguna que vaya obligada. Tampoco reciben nada de dinero por ello. Aunque, claro, hay casos y casos. Generalmente, muchas se apuntan por que en esas reuniones se codean con gente selecta y prominente. Imperan el lujo y el gusto exquisito, la coca corre por doquier y pueden pillar algún buen chollo; a estas les va la marcha, esta juerga elitista. Aprovechan la vida a tope y se apuntan con los mejores. Hay otras chiquillas, tan inocentes o tan atrevidas, que se prestan a favores a cambio de cierta benevolencia en la corrección de sus ejercicios escolares y lo pagan correspondiendo a los profesores con su amistad.

Escaleras se quedó con la boca abierta escuchando esas revelaciones. No podía creerse que fueran ciertos esos rumores que a veces corrían por ahí de que los profesores vendían aprobados a cambio de acostarse con sus alumnas; o al revés, de chicas que los sobornaban para no hincar los codos, sobre todo en asignaturas que eran un hueso duro de roer. Debía realizar un gran esfuerzo para creérselo y, si lo hacía, era porque el chivato le inspiraba bastante confianza.

—De todas maneras, no te apures porque, como te he dicho, nadie se siente explotado, y en el fondo a todos nos va la misma marcha. Nos lo pasamos estupendamente y cada uno trata de sacar tajada de lo que puede: unos creándose un círculo de influencias que le pueden venir bien en cualquier momento, otros hacen negocio y sacan sus pelas, otros simplemente disfrutan de lo lindo y otras obtienen notas altas con comodidad. Y los carcamales saborean piel y carne fresca como nunca lo han hecho en sus miserables carreras dedicadas al estudio rancio de ciencias improductivas. ¿Qué le vamos a hacer si la vida es así? —concluyó resignado Chus.

—Vamos a ver, que no me aclaro todavía. —Escaleras pedía paciencia para ir rumiando todo aquello—. ¿Tanto el diputado como Quique como tú mismo habéis asistido a alguna reunión de esas?

—¡Coño! ¡Cuántas veces quieres que te lo repita! ¡Si está más claro que el agua! —se expresó Chus, pero no enfadado, sino aliviado de haber dicho algo que pensaba que le iba a costar demasiado soltar.

—¿Y quiénes eran los otros invitados? —continuó aguijoneando el policía.

—Creo que lo puedes deducir tú mismo. Sobre todo, profesores universitarios, gente ligada de una u otra manera a la universidad —aclaró, sin embargo, el estudiante.

«Pero, bueno, qué es esto; no me lo puede creer —pensaba Escaleras—. Adónde vamos a ir a parar en este mundo». No concebía que una institución tan prestigiosa y con tanta solera se viera arrastrada por las fuerzas telúricas de la corrupción y el vicio más rastrero. Por eso, seguía manteniendo ciertas reservas acerca de todo lo que le estaba contado el muchacho. Era preferible que fuera una invención, siempre comprensible y perdonable, que no una verdad como un templo.

—Entonces, si no he entendido mal yo —trataba de recapitular—, a esas fiestecitas iban profesores y chicas, alumnas que asistían bien porque les apetecía, bien por pagar favores… ¡Vaya, vaya…! ¡Qué interesante! Y a vosotros ¿quién os daba vela en ese entierro, si puede saberse?

—¿A mí o a Quique? No me apetece entrar a explicarte mi vida, porque no te interesa. No te lo tomes a mal —trató de apaciguar el muchacho—, pero no te va a servir de nada conocer esos detalles. Ya te he dicho que yo solo he ido a algunas; es decir, que no sé cómo funcionan exactamente, aunque tampoco es muy arduo averiguarlo. He convencido a alguna chica para que fuera de invitada porque me lo habían pedido amistades. Sin embargo, te repito que a ninguna se la obliga a realizar nada que ella no quiera y, por tanto, no tengo el menor remordimiento. ¡Allá cada uno con su conciencia! Hay otras que se han prestado voluntariamente para introducirse en esos ámbitos; así que hay de todo… Quique tiene otras movidas más raras que no creo que vengan al caso, pero te las podrás imaginar.

No era tan fácil, como presumía Chus, imaginarse qué clase de amistad mantendría un venerable diputado y catedrático con un pelagatos de tres al cuarto. Como no fuera que ambos mantuvieran relaciones amorosas entre ellos, no se imaginaba otro asunto que los ocupara. No obstante, no era fiable guiarse por especulaciones en las investigaciones. Era preferible seguir preguntando hasta que al confidente se le soltara la lengua sin ambages.

—Perdona, no comprendo muy bien la relación de Quique y el diputado —insistió sin importarle demostrar cierta cabezonería.

El chivato no llegaba a comprender cómo podía haber personas que se dedicaran a menesteres policiales siendo tan cerrados de mollera. «Cualquiera un poco espabilado, no como este mequetrefe, se habría enterado con solo escuchar la mitad de lo que le he contado, pero este no se aclarará ni aunque se lo ponga en verso y se lo recite», reflexionó el mozalbete.

—Vamos a ver —comenzó con más paciencia que un santo y procurando poner todo su interés en realizar una exposición lo más pedagógica posible—. Quique, Quique, queda claro, es un cazador de talentos, de chicas. Se conocen y mantienen relaciones porque los dos coinciden en esas fiestas. Puedes suponer que, aparte de sus inclinaciones sexuales promiscuas, dos personas de tal condición se entiendan a las mil maravillas…

Ambrosio desistió de seguir preguntando, aunque no acababa de comprender el asunto. En cambio, cayó en la cuenta y entendió como lógica la base espiritual de esa amistad; es decir, no se extrañaba de que esas dos personas fueran uña y carne. Eran dos almas gemelas, con el desfase propio de la edad: el más joven en pleno auge de su esplendor y el más viejo, ya caduco en su tronío. No obstante, los dos se respetarían y admirarían mutuamente sus respectivas conquistas amorosas. Las conversaciones entre dos donjuanes debían de ser muy interesantes al reafirmar su condición de calaveras lujuriosos. Parecería la conversación de dos carniceros en confesión íntima y sincera de las formas más ventajosas para lograr mayor rentabilidad a sus respectivos negocios.

Escaleras estuvo tentado de preguntarle al estudiante si, aparte de la camaradería propia de calaveras, la amistad que mantenía con la otra trapisonda era de tipo amoroso, pero se aguantó y no se arriesgó al temer que se molestara y se negara a continuar colaborando.

—Está bien. ¿Y dónde se juntan para celebrar estas reuniones? —se interesó el policía, dando un paso más.

—Cada vez en un sitio. A veces en casa de profesores solteros; otras, hasta en algún piso de estudiantes de mucha confianza y discretos o en chalés de las muchas urbanizaciones cercanas… —respondió aséptica pero profusamente el soplón—. En general, impera la discreción. No son escandalosas y, no siendo los adeptos, nadie sabe que se celebran. Existe una segunda tapadera para que los docentes se aprovechen de sus prebendas: consiste en hacerse acompañar por estas jóvenes en viajes a congresos, como si fueran ayudantes de la misma cátedra. Se pasan unas vacaciones de placer en lujosos hoteles con todos los gastos pagados. Estas muchachas siempre son del círculo próximo al catedrático: alumnas con un brillante expediente y trabajadoras que desde sus más tiernos años de facultad sueñan con pasar a ser una más del elenco de profesores del centro donde estudian. Para ello saben que no solo es necesario obtener unas buenas notas y soportar las tareas más abyectas del departamento tan solo con la mísera recompensa de una beca mal dotada económicamente, sino complacer los deseos del catedrático titular en alguna ocasión.


35. Salamanca: droga peligrosa

 

La tenebrosidad nocturna se alejaba de ese barrio en el que la muchedumbre pululaba parsimoniosamente de bar en bar. La jarana, las conversaciones a grito pelado, los motores bufando, las bocinas… expulsaban el recogimiento nocturno hasta otros barrios donde la gente «normal» conciliaba el sueño. Era la liberación expresada en la suprema voluntad de desafiar los más sagrados preceptos de la cotidiana organización humana: día y trabajo, noche y descanso. Durante las tibias mañanas los noctámbulos dormían, mientras los demás mortales se descorazonaban dejando los bofes en sus ocupaciones y, a la hora de comer, se desperezaban tranquilos y ociosos. Estos eran a los que, en esos instantes, se los veía lozanos en pleno auge festivo. De ellos era la celebración y la libertad. Si alguna vez no podían acudir a la cita diaria con la dama negra por estar enfermos, por ausentarse de la urbe estudiantil o por lo que fuera, sentían cómo un desasosiego los inundaba en una melancolía angustiante que no se evaporaba hasta que, días después, se tomaban la primera copa en el bar habitual de encuentro e inicio de la marcha. De pie, pulcramente vestidos y aseados, como si hiciera poco que habían salido del baño, con un vaso de tubo saboreando un güisqui, charlaban convencidos de sus afirmaciones y de sus dotes de galanes. A la caza de las guiris, a la busca de titis, noche tras noche, poniendo a prueba todas sus habilidades conquistadoras.

Había otros que mantenían amistad con la oscuridad, aunque con otros fines. Aparte de los universitarios omnipresentes, había algún alcohólico errante y los servidores de la luna: pequeños camellos ofreciendo costo a los paseantes, muchos de ellos gitanos que ofertaban su mercancía del mismo modo que si vendieran lechugas en un mercadillo. Además, algún ejemplar solitario, rara avis, como el Seve, visitaba los antros nocturnos. Estos últimos, a fuerza de repetir durante muchos años los mismos hábitos, habían creado tal dependencia que había llegado un momento en el que ya no concebían una noche si tomar unas cuantas copas. Estaban enganchados; peor, drogados, con Salamanca, uno de los peores estupefacientes que peligrosamente podía tentar a sus estudiantes. No se podían desligar de la ciudad. Algunos llevaban residiendo desde que llegaron siendo unos imberbes escolares y ya, treintañeros, cuarentones, eran incapaces de abandonarla. Los había habido con suerte y habían logrado una posición y oficio en la capital salmantina, casi siempre dentro del ámbito de la Universidad, pero los más deambulaban y sobrevivían con las migajas que les ofrecía una población copada de eminencias en todos los campos y actividades laborales.

No había muchos de estos personajes en el Punkelia, el garito al que entraron después de cruzar de acera. El tugurio era bastante peculiar con respecto al resto de bares de la zona. El primer detalle sorprendente eran las pesadas puertas blindadas que flanqueaban la entrada; más bien, parecían propias del acceso a una discoteca. La barra pulida, con estanterías de cristal y un espejo como fondo, más los grandes butacones, eran más acordes con un pretencioso y seleccionado pub que con los de un bar de marcha llana y cotidiana. Era muy chocante porque, con esa decoración tan presuntuosa, la oscuridad solo se atenuaba hasta donde alcanzaba el reflejo indirecto de unos focos que apuntaban a la luna del mostrador. Gran cantidad de punkis y roqueros se codeaban en dulce armonía, disfrutando ambos de una hipnótica música alemana que por momentos hacía olvidar los gustos musicales de ambas tribus.

Ambrosio tardó en percatarse de todo lo que le ofrecía el estrambótico pub; su mirada era incapaz de discernir con claridad más allá de su nariz. Tropezó con unos escalones que conducían al baño y se habría caído de bruces si no lo hubiera sujetado del brazo Chus.

—Ahora pago yo —dijo solícito el joven—, no te acolantes… ¿No te llama nada la atención de este bar?

El pobre Escaleras, ante preguntas en las que se suponía que debía dar una respuesta evidente, se acongojaba y los nervios le impedían reflexionar sobre la salida oportuna. Se atoraba como cuando su abuelo le formulaba acertijos y adivinanzas. Este siempre se desternillaba porque el despistado nieto nunca era capaz de contestarlos, aunque se los repitiera mil veces, sacando la conclusión de que, por su torpeza, no llegaría muy lejos en la vida. Miraba y requetemiraba y no le extrañó nada. En realidad, todo le llamaba la atención, pero no descubría algo especial que sobresaliera dentro de aquella escena variopinta y estrambótica.

—¿No te suenan los cuadros?

—No siendo que son muy abstractos y que no se sabe muy bien lo que representan…, no sabría qué decirte —confesó tímidamente el policía.

—¡Pues si está muy claro! Muchos de los que ves a tu alrededor son estudiantes de Bellas Artes. Este es uno de sus enclaves favoritos, sobre todo porque uno de los socios del bar es Quique, que estudia en la facultad de Seve —cotilleó el soplón—. Continuamente están cambiando la decoración del bar. Todos sus amigos cuelgan los cuadros aquí. La verdad es que no sé muy bien para qué, ya que con la oscuridad que reina no se ve un pijo.

Escaleras no terminaba de comprender qué relación podía tener la decoración y el tal Quique con él, a no ser la coincidencia ya muy reiterada de personas de Bellas Artes y Psicología. Chus vio la incertidumbre brillando en los pequeños ojos del policía y llegó a la conclusión de que debía continuar con sus cotilleos si quería que el otro se enterara de qué iba la película.

—Bueno, tal vez sea obligatorio contarte quién es Quique, y después relacionártelo con esa investigación que te traes entre manos.

Escaleras se perdió bastantes detalles de la azarosa existencia del pintor metido a barman, o del camarero aficionado a pintar. Muchos de los apuntes que reseñaba el biógrafo no los creyó de especial importancia y no los retuvo; no obstante, al finalizar su repaso estuvo en condiciones de hacerse una idea aproximada del protagonista. En resumidas cuentas, los datos más sobresalientes de este personaje eran los siguientes: Quique era un joven charro, con una belleza provocativa en esas tierras. Delgado y más bien alto; atezado, con un pelo de color azabache ensortijado. Una mirada tranquila se asentaba en unos serenos ojos igual de negros. Tenía unas facciones marcadas suavemente, una sonrisa floja pero muy expresiva de su carácter persuasivo y seguro de su atracción y unos ademanes corporales propios de los gandules y vagos. La energía vital y la fuerza masculina se negaban a acompañarlo, transformándose en una suavidad cándida que invitaba a acariciarlo y a protegerlo de la misma manera que si fuera un ser desvalido. No se preocupaba por nada. Siempre había unas manos femeninas dispuestas a llevarle a los labios las exigencias frugales que incluso era incapaz de formular y que solo imperceptiblemente susurraba. En su expresión brillaba una chispa personal que subyugaba a las chicas, sometiéndolas de inmediato. Su magnetismo era más fuerte que el medio mohín torvo y dejado que refería su desprecio por el afecto, el amor, la lealtad y la camaradería. El mal que causaba con su libertad egoísta no se reflejaba en su continuo pergeño angelical. Era imposible odiarlo, pese a la maldad de su conducta disoluta… Chus lo conocía bien y había coincidido con él en varias ocasiones, por lo cual se consideraba un testigo fidedigno de su historia personal. Era aún jovencito; andaría alrededor de los veinticinco. Fueron por lo menos dos veranos los que los dos muchachos pasaron juntos en Ibiza. Quique había salido de su ciudad, una vez que hubo terminado el bachillerato, después de repetir numerosas veces, de chantajes inconfesables a profesoras, de copiar en los exámenes y de presentar trabajos académicos que habían realizado por él sus estimadas compañeras de clase. Salamanca se le volvía chica y el mundo lo estaba esperando. Viajó a la isla ibicenca con la intención de sobrevivir de camarero. Fue su etapa quizá más desastrosa. Entró en contacto con la droga, aunque no tuvo la necesidad de cruzar el umbral de las más duras. Después de tontear con todas, la que más le gustó fue el hachís. Era el alucinógeno que se adecuaba a su talante relajado. Por aquel verano fumaba todo el día canutos en una permanente y agradable modorra. Se juntó con dos colegas más colgados que él. La trinca era muy curiosa, recordaba Chus. Los otros dos eran andaluces; el más recatado, un regordete con gafas, parecía un seminarista que acabara de ahorcar los hábitos, pero sin osadía ni voluntad para cosa útil, dejándose arrastrar por el vacío de los días, sin preocuparse por el cacho de pan que llevarse a la boca. El más espabilado era un cordobés, pero estaba muy colgado. Su figura se podría comparar a la de don Quijote: de una estatura extrema y flaco como perro vagabundo y una barba polvorienta y enredada que ocultaba un rostro de pómulos salientes. Del andaluz surgían las pocas iniciativas que eran capaces de llevar a cabo, entre ellas adquirir una barra de pan y una botella de absenta. Era muy activo y nervioso; también muy chistoso. Con él se partían de risa sus dos amigos. Lo más gracioso era su vivaz y cerrado acento meridional y la rapidez con la que hablaba, por lo cual rara vez se hacía entender. Los tres vivían en el bosque, cerca de una población eminentemente turística, San Antonio Abad. Construyeron una choza con ramas para guardar los pocos enseres que poseían; dormían al raso, tapados por mantas raídas y deshilachadas. El agua la tomaban del pozo de un huerto cercano, con cuyo propietario habían entablado cierta amistad. Llegó un momento en el que no tuvieron ni un duro para ir a la panadería y se plantearon escapar de la miseria de cualquier forma. Durante el verano se montaba a diario un mercadillo en la plaza, a la que los turistas acudían a comprar bisutería que realizaban los hippies. Allí creyeron encontrar una mina que explotar y pusieron en marcha uno de los grandiosos proyectos de su común convivencia. Al espachurrado cordobés, el de media habla, que en la escuela había hecho trabajos manuales, se le ocurrió que sería capaz de volver a dibujar con la punta de un pirograbador. Una vez que tuvo claro el proyecto se encargó de apartar todos los obstáculos que se interponían en su camino: juntaron el poco dinero que necesitaban para comprar el aparato mendigando, trasladaron la cabaña hasta un lugar próximo a un tendido eléctrico y de un poste tomaron la corriente. Buscó tablas limpias en las que trazar casuchas blancas típicas de las islas Pitiusas Cuando el esfuerzo febril dio su fruto, se acercaron con el género al mercado que se formaba al atardecer. Encontraron un trapo para poner de tapete en una caja de frutas a modo de mesa expositora, que elevaron con un trípode de palos de tal forma que quedó tan alta que muy escasos compradores podían contemplar sus cuadros. Varios días seguidos acudieron los primeros al rastro, cuando aún había un sol de justicia, sin embargo, no lograron ninguna venta. Fue en estas circunstancias cuando los conoció Chus, entonces un hippie veraniego que vendía collares, pendientes y pulseras para ganarse algún dinerillo. A Chus le cayeron simpáticos y trató de echarles una mano. No entró de golpe a reformar el negocio que con tanto entusiasmo habían ideado. Tan solo para comenzar les ofreció dos indicaciones a modo de sugerencia: que no era conveniente que levantaran tanto la mesa porque los clientes eran muy comodones y no se molestaban en mirar lo que no estaba muy a la vista y que no era necesario que estuvieran los tres detrás del puesto esperando ansiosamente la llegada del despistado turista, pues lo que conseguían era asustar a los clientes con sus atosigamientos e incitaciones a la compra. Estos consejos no dieron resultado, a pesar de que los siguieron al pie de la letra, y continuaron sin comerse un rosco. Chus no encontró otro camino que hablarles claramente y decirles que esa mercancía era muy difícil de vender. Les prestó materiales que él mismo exponía en su muestrario y les montó un tenderete no muy abastecido, pero lo suficiente para que comenzaran a realizar algunas ventas. Esa primera noche con el nuevo género, para festejar el éxito comercial, invitaron a tomar unas absentas a Chus a la taberna de la tía María, atendida por una viejecita muy simpática que tan solo hablaba ibicenco; luego ya de madrugada, lo condujeron al monte, a su morada, donde prepararon unas patatas fritas para apaciguar el hambre… En el momento en el que los tres eremitas frecuentaron la civilización, a Quique se lo ligó una jovencita teutona que vivía en una finca cercana. La muchacha lo raptó y no le dejó que volviera a juntarse con los otros dos harapientos. Lo aseó, lo alimentó y lo paseó como trofeo por los bares y discotecas del pueblo. Esto fue la perdición de la incauta alemana, porque, rápidamente, otras guiris se encapricharon de él y se lo arrebataron.



20/10/26

Psila Africana


El vestigio más original de la propiedad que compramos cuando nos afincamos en este paisaje verde próximo a la costa es el limonero que plantó el propietario anterior al acabar de construir la casa que después nosotros reformamos. El árbol se encuentra justo delante de la puerta, protegido por la fachada de los vientos más fríos de la región. Sus ramas retorcidas se extienden a lo largo del lienzo y pugnan con la propia pared, mientras que las que ascienden alcanzan las ventanas de las habitaciones de nuestros hijos. Es señal y guía para identificar nuestra casa blanca cuando recibimos visitas.

Su generosidad nos permite tener al alcance de la mano su fruto durante todo el año, aunque la cosecha más abundante se produce entre las Navidades y los primeros meses del año. En las ramas podemos encontrar al mismo tiempo limones amarillos enormes, otros verdes pequeños en pleno crecimiento y flores. Todas las fases de su ciclo productivo están presentes en él. Es tanta su vitalidad, a pesar de rondar los ochenta y cinco años, que no puedo descuidarme en la poda de los chupones que ascienden ni en las ramas laterales que se expanden hacia fuera en su afán de abarcar más espacio. También he de meter la tijera en los brotes interiores, pues, de lo contrario, se formaría una masa vegetal compacta que impediría la circulación del aire, con el consiguiente riesgo de proliferación de hongos perjudiciales. Por lo demás, pocos cuidados más necesita. Lo abono con compost dos veces al año y no pide nada más. Incluso cuando sufre alguna plaga, no le aplico ningún remedio para paliarla. pues confío en la propia energía vital del árbol.

Su fecundidad nos permite compartir generosamente casi todos sus frutos. Los vecinos entran con confianza en nuestro jardín y cogen los limones que necesitan para preparar dulces con la gruesa piel del cítrico. Si recibimos la visita de alguien, al irse la obsequiamos cortando el fruto delante de ella, sorprendida de la opulencia del árbol y la fragancia de sus hojas. Cuando nos desplazamos a nuestros lugares de origen, llevamos multitud de kilos para nuestros padres, que después los reparten entre familiares, vecinos y amistades. Incluso, cuando quieren corresponder con algún detalle por un favor recibido, ofrecen limones, ponderando el lugar de origen.

Desde mi mesa, situada en el porche donde trabajo buena parte del tiempo, observo cómo los pájaros se posan en el limonero. Casi siempre hay alguno que salta de rama en rama. Los más visibles y ruidosos son los gorriones que revolotean en grupo. Otros pasan desapercibidos, como el colorín, que siempre está solo, medio oculto entre las inmensas hojas. A pesar de su minúsculo tamaño, me percato de su presencia por los leves gorjeos que emite, que me permiten descubrirlo con un poco de paciencia. No siempre me acompaña esta especie, pues hay momentos del día en que los pajarillos desaparecen y regresan más tarde. Tampoco permanecen todo el año con nosotros, por lo que imagino que emigran a algún lugar indeterminado. Alguno de ellos ha hecho el nido en el mismo árbol, en la parte más alta, por lo que no lo descubro durante la crianza, sino cuando me encaramo en una escalera para cortar las ramas superiores y el nido ya ha sido abandonado. Con alguno mi grado de confianza fue intenso. Se acercaba a la mesa de trabajo, entraba en casa si la puerta estaba abierta o me seguía por la huerta, haciéndose notar con su insistente trino hasta que se aseguraba de que lo había visto.

Como una gran gallina clueca, el limonero cobija multitud de plantas redondeadas de claveles del aire que penden de sus ramas. Sujetos a ellas con leves cordeles, se balancean con la brisa, ofreciendo todos sus tallos a los rayos solares y recibiendo por igual las gotas de lluvia y rocío. El movimiento de los claveles recuerda al de unos móviles que dan vida a la solemne estructura de los gruesos troncos hieráticos. Con paciencia, soporta los leves retozos circulares de sus protegidos, que alegran su monótona existencia.

A su vera, mis hijos y los niños del barrio también han pasado horas eternas. En una de las ramas más gruesas até un columpio en el que han jugado todos ellos, incluso algún adulto. Mientras se balanceaban, observaban, al igual que yo desde mi puesto en el porche, el discurrir diario del pueblo. A su sombra, bajo sus ramas, se han tumbado o se han entretenido con máquinas excavadoras, palas, rastrillos, piezas de mecano, muñecas, casitas…, según fueran niños o niñas. Aún recuerdo con nostalgia las horas que se pasaba mi sobrino cuando venía unas semanas con nosotros en verano. Alrededor del tronco formaba una hondonada, a modo de explotación minera, en la que se afanaba en extraer la tierra roja y transportarla en los minúsculos camiones hasta las inmediaciones. Se levantaba y, sin quitarse el pijama ni desayunar, empezaba la tarea del día alrededor del árbol, como si fuera un obrero. Todos los veranos esperaba su llegada a ver cómo reaccionaba. Mientras fue niño, pedía las máquinas y rápidamente se ponía manos a la obra. Pero llegó un momento en que, aunque miró con nostalgia el tronco donde se le pasaban las horas muertas jugando, desistió de continuar con los trajines de la temporada anterior: había comenzado la pubertad y otros ocios habían sucedido a los infantiles esparcimientos.

El limonero parecía eterno. Su vitalidad y solidez auguraban una larga vida que sobrepasaría a la nuestra; sin embargo, ya no estamos seguros de que vaya a ser así. Después de vencer plagas y sufrir la acción destructora de los hongos en algunas de sus ramas, ahora se enfrenta a un insecto foráneo que nadie sabe cómo ha llegado a nuestra región, confinada en el extremo de la tierra que limita con el bravío mar. Igual que malvado enemigo, busca la fragilidad de las hojas más tiernas de las puntas de las ramas para depositar sus huevos. Las ninfas que emergen se fijan al envés de las hojas, donde se alimentan y provocan la aparición de abultamientos o agallas. Transcurridas unas semanas, evolucionan a adultos, realizando nuevas puestas.

Siempre había confiado en la fortaleza de nuestro compañero, pero en esta ocasión me he alarmado al comprobar que el mal puede aparecer de la manera más sorprendente. Sin dudarlo, lo he rociado con un insecticida, he cortado las hojas y los tallos dañados y los he quemado. Sin embargo, la plaga es tan desmedida que los remedios resultan ineficaces, pues nuestro limonero es atacado de nuevo por otras moscas procedentes de otros árboles no tratados.

Mi esperanza está puesta en que, en el transcurso de los pocos años que aún le queden de vida, llegue un invierno gélido que nos castigue con unas cuantas noches de heladas rigurosas e inmisericordes, capaces de aniquilar a este enemigo venido de las tierras tórridas del desierto.

19/10/26

Última partida

 

Saliste dejando la puerta entreabierta. Estabas entristecido: más enfado contigo mismo que con los demás. En ese momento en el que cruzaste el umbral, disculpabas las voces que te habían dado.
—Fernando, eres una calamidad. No se puede jugar contigo.
—No te enteras de la carta que tienes que echar.
—Es todos los días lo mismo. Pareces alelado. No sé qué coños te pasa.
—¡Que le va a pasar: que es un viejo pellejo!
Estuviste a punto de responder que no tardarían ellos en tener los mismos años, pero te callaste. Siempre te callabas: no eras un hombre de discutir ni de enfadarse por poco. Las palabras, aunque duelan, se soportan; peor son los golpes.
—Hasta mañana, —dijiste, pensando que era un enfado momentáneo y que al otro día ya ninguno se acordaría.
No te respondieron. Tal vez te dijeran adiós, pero no los oíste. Cada vez estoy más sordo, pensaste.
Por la tarde del día siguiente bajaste al hogar del pensionista como venías haciendo desde mucho tiempo atrás. Tú fuiste uno de los fundadores, el más viejo en ese momento, cuando te faltaba muy poco para cumplir noventa. Tuvisteis que realizar mucho papeleo para que os concedieran la ayuda económica con la que comprar el mobiliario y convencer al alcalde de que os cediera una instalación. La sede se estableció en el antiguo local, ubicado en el mismo ayuntamiento, que sirvió durante un tiempo de comedor escolar. No estaba mal. Era un poco pequeño, por eso no había que descuidarse para llegar temprano y sentarse en una mesa. Los que no cabían se salían fuera, si hacía bueno, a echar la partida en las mesas de cemento y, si no, tomaban el sol sentados en los poyos. Era un lugar protegido del aire de abajo, al que le daba el sol hasta que se ponía. A veces ascendía un poco de relente del arroyo; entonces entrabais u os marchabais.
De camino a casa, al cruzar el puente, alzaste el cuello de la pelliza para que no se te enfriara la cabeza sin pelo y espabilaste para llegar cuanto antes. No dejabas de dar vueltas a la jodida partida. Lo de menos era perder; lo importante era pasar el rato, te dijiste intentando convencerte de que a tus compañeros de juego ya se les habría olvidado el enojo. Habíais sido amigos, socios de la Hermandad y colegas de tajo en numerosos frentes. Toda la vida juntos, desde niños. Vuestro mundo era el pueblo, y la humanidad, casi exclusivamente los vecinos. Nadie debía enfrentarse, y menos por cosas del juego.
No te atreviste a contarle nada a la abuela, pero ella barruntó que algo te sucedía. No eras hombre de andar apesadumbrado y siempre mostrabas una sonrisa.

La sonreíste cuando te preguntó, pero no se quedó tranquila. Supo que algo te preocupaba.
—Nada, tonterías —acabaste reconociendo.
Te dejó en paz.
Al día siguiente, te descuidaste un poco. No es que salieras más tarde; como siempre, después del Hombre del tiempo. Puede que caminaras más despacio. Aunque cada vez estabas más encorvado, movías las piernas con agilidad, apoyado siempre en la cachaba que te proporcionaba seguridad.
—Buenas tardes —saludaste con alegría.
Algo llegaron a musitar, pero sin el entusiasmo con que tú los habías saludado.
Colgaste la pelliza y la gancha en el perchero; también guardaste la gorra en un bolsillo. Todos los jubilados os la quitabais en un sitio cubierto, incluso en vuestra propia casa. Buscaste con la mirada a tus compañeros de brisca. Te acercaste y te quedaste de pie. No había silla para ti; la partida había comenzado: otro socio te había suplido. Los contemplaste sin reprocharles nada.
—¿Qué pasa, Fernando? —te dijo uno después de unos segundos.
Los demás ni siquiera te miraron. Estaban pendientes de pillar las señas de los contrarios y de que no les descubrieran las suyas. Aguantaste un poco más sin moverte, intentando mostrar un semblante tranquilo, como si no te sintieras desairado. Al rato, te alejaste. Les dijiste algo, pero, enfrascados en contar los puntos para comprobar quién había ganado, no se percataron de que te marchabas. No hacía para estar mucho tiempo fuera. El sol brillaba, pero la temperatura era baja. Te sentaste un poco en el poyo. Eustaquio se echaba un caldo. No le gustaban las cartas, pero pasaba un rato en el club.
—¿No hay partida hoy, Fernando?
—No.
No quisiste entrar en explicaciones. Eustaquio tampoco las pidió. Era bastante más pequeño que tú; además, no paraba de cascar, de decir cosas que ni te iban ni te venían.
Al final, te marchaste. Como no querías que la abuela te viera de vuelta mucho antes de lo de costumbre, caminaste más despacio de lo que podías y te sentaste a descansar. No ibas enfadado, pero te habría gustado estarlo: echar la culpa de lo que te pasaba a esos compañeros que no eran tales, a esos antiguos amigos, a esos ingratos...
—¿Tan temprano vuelves hoy? —se sorprendió la abuela.
—No ha habido partida —le respondiste.
—¿Qué cosas dices? —insistió la abuela.
—Que no me han esperado. Cuando he llegado ya estaban jugando sin mí.
A la tarde siguiente no querías bajar al club. Te quejaste de algún achaque, pero la abuela fue intransigente.
—¡Bájate un rato! ¿Qué vas a hacer toda la tarde encerrado en casa?
Al final, por no contrariarla, te pusiste la pelliza y bajaste la carretera. El día había estado más templado que el día anterior. Te animaste. Tal vez te estuvieran esperando para comenzar la partida, así que no quisiste retrasarte como la tarde anterior. Una gota de sudor te resbaló lentamente por la frente cuando te descubriste la cabeza. Antes de quitarte la pelliza, advertiste de que todos habían dejado de jugar y te miraban sorprendidos de verte por allí. Tuviste la presencia de ánimo de dirigir la vista hacia la mesa donde tantos años habías jugado a la brisca con aquellos compañeros que ahora te observaban, casi furibundos, por haber interrumpido la partida de todas las tardes. No tuviste valor para quitarte la pelliza. Saliste al patio y te calaste la gorra.
—¡Adiós, Fernando! —te dijo Eustaquio, pero no lo oíste.




13/10/26

La asamblea

 

Te has sentado en el fondo del salón. Has sido de los últimos en sumarte a la reunión y has recorrido ese inmenso espacio, estrecho pero muy alargado, que alberga la asamblea multitudinaria que se celebra para reivindicar vuestros derechos. Los asistentes han ocupado todos los asientos de manera ordenada, como si asistieran a una ceremonia religiosa; nadie permanece de pie en los pasillos que hay a ambos lados. Al llegar a los últimos bancos creíste que tendrías dificultades para seguir los discursos, pero te equivocaste, como compruebas cuando comienzan. Los oradores son numerosos; están en un estrado no muy alto. Te sorprende que no guarden la compostura que mantiene el público: levantados, departen en corrillos. No los oyes, pero, por sus ademanes, estás seguro de que discuten. Cuando comienza el acto, estos dirigentes intervienen desordenadamente, se quitan la palabra y arengan al público. Parece que riñen y no se ponen de acuerdo entre ellos, pero consiguen exaltar el ánimo de la concurrencia. Pese al acaloramiento, permanecéis disciplinadamente sentados; sin embargo, el enardecimiento bulle en vuestro interior. Miras a tus compañeros de asiento; ellos también se fijan en ti. Su semblante es tranquilo, aunque sus pupilas están dilatadas.

La luz exterior inunda por completo el espacio y os molesta. Tal vez, por esta incomodidad, estalla el arrebato. Unos cuantos salís del salón, mientras la asamblea continúa. Sois un piquete bastante numeroso. La tranquilidad de momentos antes se ha transformado en una rabia incontenible y os movéis como una jauría de canes rabiosos en busca de la delegada. De forma subrepticia, los líderes os han asegurado que se halla visitando la feria que se celebra en el parque de exposiciones. A esas horas, a punto de comer, el sol tortura esa explanada de asfalto. Como manada enajenada, entráis en los pabellones. No tardáis en dar con la comitiva que acompaña a la delegada: asesores, directivos, empresarios y guardaespaldas con gafas de sol, que escrutan el rostro del numeroso público merodeando entre los estands. Esos desconocidos depredadores y tú os observáis un instante antes de atacar. Con la mirada confirmáis que estáis dispuestos a ir hacia la víctima. Es tal la avalancha y la sorpresa que vuestra estampida causa en el círculo de seguridad de la delegada que, en un primer momento, se paraliza y, después, es incapaz de reaccionar para proteger a la mujer. La delegada, sin perder la entereza, se camufla, aparentando ser una más de las mujeres que curiosean entre los expositores, pero no os dejáis engañar: la habéis identificado y os abalanzáis sobre ella. Al verse descubierta, la mujer parece encogerse bajo las miradas de odio que la cercan. Se siente aturdida, como si estuviera a punto de enfrentarse a un tribunal anárquico que le reprochará su intransigencia ante vuestras justas reclamaciones de hombres simples, pero dispuestos a defender vuestros derechos con las únicas armas que podéis usar contra ella: el acoso verbal, si no la violencia. Eres consciente de su situación emocional. Sabes que está a punto de ser linchada. Tú mismo estás dispuesto a ser el primero en levantar el brazo para agredirla. Sin embargo, en el último instante, te apenas por esa mujer. No te parece de justicia el acto violento que está a punto de sufrir y, sin pensarlo, te acercas el primero y la proteges de tus propios compañeros de reivindicación. No piensas en lo que estás haciendo ni en las consecuencias que este acto te puede acarrear. Solo te preocupas por la delegada y por ti. Ambos corréis la misma suerte. En apuros, con habilidad, lográis evadiros. Tu corpachón oculta la diminuta figura de la mujer. Retrocedéis, camuflados en la masa, hasta que conseguís salir del hangar. El sol vuelve a cegaros en un primer momento, pero estimas que esa luminosidad puede ser una aliada en la huida. Has conseguido despistar a tus camaradas. En cambio, los guardaespaldas os tienen controlados: os siguen a distancia, como si consideraran preferible que su protegida continuara contigo. Tu objetivo es sacarla del recinto ferial hasta la enorme rotonda del exterior, donde el peligro será menor.

—Vete por el margen izquierdo —le ordenas con autoridad cuando encaráis la gran avenida de la salida.

Incluso en esos momentos, la escolta os deja hacer.

Sigues pendiente de evitar el peligro que corréis. En la explanada, estás seguro de que esa mujer podría ser identificada, sobre todo cuando recorráis el alargado pabellón donde la asamblea continúa. Eres consciente de que, desde el interior, a través de las enormes cristaleras, alguien puede identificar a la delegada. Tú te interpones, caminando paralelo a ella, cada uno por una orilla distinta de la gran avenida, para que tu cuerpo tape la figura diluida de la mujer que sigue confiando en ti.

La detienes con un gesto enérgico y autoritario cuando intenta acercarse a ti.

—Continúa caminando recto hacia la salida, sin titubear —le ordenas, transmitiéndole confianza.

Sobrepasado el enorme pabellón de la asamblea, divisas las tres puertas abiertas que dan al exterior. No te atreves a desviar la vista atrás para comprobar si hay peligro. Estás seguro de que los guardaespaldas siguen a distancia y que, ahora sí, intervendrían si se produjera alguna agresión. Estáis a un paso de lograr escapar. Podría ser una oportunidad para acabar tu misión y dejar que fueran sus hombres de confianza quienes se encargaran de protegerla, pero continúas hasta el final. Una vez traspasado el umbral de esas grandes puertas de metal, te detienes. Los guardianes se agrupan en torno a ella, al mismo tiempo que un coche oficial se aproxima a recogerla. En un instante, la mujer se recompone: vuelve a ser la delegada con toda su autoridad. Transforma su semblante timorato en el rostro autoritario del poderoso. En esa metamorfosis, esperas una mirada de agradecimiento, pero no la encuentras. Los titanes trajeados que la rodean te escrutan desafiantes.

Te das la vuelta y regresas al interior por el mismo borde de la calzada. Ahora el sol te da de espaldas. Bajas la mirada hacia el asfalto caliente, lleno de pequeños residuos que todos vamos dejando sin ser conscientes de ello. Tu mente quiere recuperar su capacidad analítica, pero te impones distraerte con detalles insignificantes. Al llegar al salón alargado, compruebas que la asamblea no ha acabado. No te interesa averiguar lo que sucede dentro. Cuando llegas a la puerta, antes de reincorporarte a esa reunión, entras en los lavabos. En el espejo se refleja tu cara contrariada. No eres capaz de adivinar lo que te pasa. Solo bebes largos tragos de agua del grifo, mientras el chorro fluye salpicando tus pantalones.



38. El Rivendel

  La noche continuaba su transcurso hasta el amanecer sin importunar con su oscuridad la vigilia de los noctámbulos, para quienes el tiemp...