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21/10/26

38. El Rivendel

 

La noche continuaba su transcurso hasta el amanecer sin importunar con su oscuridad la vigilia de los noctámbulos, para quienes el tiempo transcurría tan rápido como para los durmientes, que lo habían conciliado nada más recostarse en la cama. De la misma manera que alguien se sorprende cuando se despierta de un sueño reparador que ha durado muchas horas, así también les sucede a los que están de marcha y descubren en el reloj que la madrugada se aproxima sin haberse enterado.

Salieron a la calle y el fresco de las últimas horas de oscuridad los acarició con sus manos frías. En ese instante, Escaleras pensó que sería muy tarde, pero no quiso fijar la hora exacta. Tampoco importaba tanto, sobre todo cuando aún esperaba más información del confidente. Este no mostraba prisa y parecía bastante relajado en su compañía. La noche podía alargarse lo que quisiera, pues él tampoco tenía ni pizca de sueño. Tampoco le pesaba la carga de la obligación profesional; realmente se estaba divirtiendo como hacía mucho tiempo.

Antes de entrar en otro bar cercano situado en la misma acera, oyó el gorjeo de los pájaros en los árboles de la plazuela. Se alegró de escucharlos cuando todavía era noche cerrada, aunque se paró a pensar que quizá los pobrecitos no podían dormir del ruido que se producía en esas calles con tantos bares de marcha.

La puerta del Rivendel, así se llamaba el bar, era de madera, con dos hojas de color verde. Escaleras tuvo la impresión de entrar en una morada de fábula. Parecía la casa de un bosque, si no estuviera enclavada en los locales bajos de un alto edificio moderno y funcional. La decoración era de cuento de hadas. Varios gruesos árboles ramificaban por el techo una vegetación exuberante de la que colgaban frutos exóticos. De tablones rústicos eran las muchas mesas y bancos largos que se situaban junto a las paredes; el mostrador era un tosco tronco, techado con un tejadillo sujeto con negras vigas y recubierto con tejas diminutas.

El personal que se reunía en el bar vestía desgarbadamente y se fumaban porros por todas partes. Había muchos carteles políticos de partidos revolucionarios de izquierda, además de proclamas antigubernamentales y citas para manifestaciones y actos de protesta. Los discos que sonaban en un deficiente equipo de música llamaban a la rebelión contra las normas de una sociedad capitalista y consumista. Sobre todo, eran grupos vascos que lanzaban sus proclamas independentistas con canciones duras y violentas. Los camareros, barbudos ellos y con vestidos amplios y de flores ellas, encarnaban el ideal contestatario del local. Ambrosio no entró con mucha confianza en un sitio así, pero siguió los pasos del estudiante, haciendo de tripas corazón. Se sentaron en dos taburetes en un rincón de la barra.

—No sé cómo pillarán la droga exactamente —retomó la palabra de improviso el confidente para dar cumplida cuenta de la curiosidad del inspector, más que nada para aproximarse emocionalmente a él, no porque hubiera cambiado de opinión sobre la importancia que pudiera encerrar la cuestión—. Me imagino que cada uno tendrá sus propios medios… En concreto, yo sé dos formas, aunque intuyo que habrá muchas más. Lo que está muy claro es que no la compran a camellos callejeros; son bastante precavidos y discretos… Hay un pub pequeñito y no muy frecuentado al que suelen acudir muchos profesores. El que lo rige pasa coca confidencialmente a clientes muy selectos sin que nadie se entere. Sin embargo, sospecho que donde más pillan es en Coral, un pequeño comercio de suvenires que está ubicado en una parte aislada de la ciudad. Evidentemente, tanto la tienda como el bar son una tapadera para este tráfico. A Emilio, que lleva la casa de recuerdos, lo conozco, ya que también es del clan de Ibiza, donde nos conocimos, y alguna vez hemos coincidido aquí, en Salamanca. Pasados unos años, nos hemos vuelto a encontrar con gente que pasábamos en la isla los veranos y vendíamos bisutería a los guiris. Con Emilio me encontré no hace mucho tiempo en uno de estos bares. Andaba con una amiga común y estaba más bien piripi y suelto de la lengua. Me arrimé a ellos y se interesó por mi vida, y de pasada, sería porque en ese momento me preocupaba, le dije que una asignatura me traía por la calle de la amargura. Rápidamente me preguntó el nombre del profesor que me hacía sufrir tanto. Le contesté, sin saber por qué se interesaba por ese detalle. Entre líneas deduje varias cosas, entre ellas que él tenía la suficiente capacidad como para recomendarme ante el hueso del profesor y aprobar la materia. No le hice caso pensando que era un fanfarrón y, naturalmente, no le pedí ayuda. Le toqué sin querer su amor propio y me explicó que me podía echar una mano sin problemas, dándome a entender que no era la primera vez que conseguía ese tipo de favores, pues conocía a muchos profesores de la Universidad. Debido a que no me quería enterar de los detalles de ese asunto, no le presté demasiada atención, esperando que él cambiara de conversación, pero no lo hizo. Me contó esto que te he dicho como si quisiera poner de manifiesto que había logrado una cuota de poder impensable en un tirado, como era él en tierras ibicencas. Por supuesto, luego comprobé que no era una trola lo que me refirió esa noche.

Escaleras se estaba quedando atónito con esa historia. No sabía cómo encajar esas declaraciones. Evidentemente, eran de sumo interés y avivaban su curiosidad profesional, pero tal magnitud de inquietantes detalles delictivos lo desbordaban. ¿Cómo despejar el grano de la paja? Esa era la clave. Hasta temió meterse en vericuetos en los que nadie lo llamaba. El obstáculo era discernir qué le convenía para la investigación de la muerte del diputado y qué no. Incluso aventuró la posibilidad de que esos tejemanejes de la vida universitaria salmantina no fueran del todo desconocidos para Chomín y para la policía charra; por eso temía meterse en investigaciones que no eran de su incumbencia. Se previno, debería andar con pies de plomo, sobre todo en esos asuntos de drogas. En realidad, casi descartaba de antemano que esas cuestiones estuvieran relacionadas con el asesinato. Tal vez por eso no quiso continuar en aquella línea de investigación, reconociendo que no se equivocaba Chus cuando se negó a entrar en ese espinoso tema.

Por un momento se descolgó de su interlocutor. Casi habría preferido dejar la conversación con el confidente en ese punto o, por lo menos, haber hecho un confortable receso. Le habría encantado posar la mirada en cada una de las personas que se encontraban en el bar, ver qué caras ponían, espiar sus conversaciones, observar cómo el personal bailaba al ritmo combativo de la música, escuchar la letra de las canciones, leer minuciosamente el texto de cada uno de los carteles grapados a la pared, recrearse con la decoración vegetal que pendía del techo, mirar las habilidades de los jugadores en las máquinas recreativas, percatarse de quién entraba y quién salía, admirar la belleza de las muchachas, examinar su rostro y su cuerpo, decidir cuál le gustaba por su expresión o cuál le repelía… Menos mal que Chus no se impacientó cuando se percató de que el policía daba muestras de cansancio y que su interés mermaba.

—¿Te va pesando la noche? —se interesó amigablemente por él.

—No. Ni mucho menos —dijo Escaleras, procurando levantar el ánimo—. Estoy muy bien, teniendo en cuenta que no salgo nunca de marcha y de que no suelo beber tanto. Esta sensación de paz y de felicidad hacía muchísimo tiempo que no la sentía. No es eso. Si te soy sincero me encuentro muy a gusto contigo; la pena es que sea en estas circunstancias y casi por motivos profesionales. A lo largo de la noche, me he olvidado de que soy un policía y que me encuentro en esta ciudad investigando la muerte de una persona. Es más, hasta he eludido que posiblemente tú estés conmigo porque Chomín te ha metido en este berenjenal, y que, si no fuera por estas circunstancias, no nos hubiéramos conocido… Esto me apena bastante. Me entristezco un poco al considerar que es una lástima haber tratado contigo en estas circunstancias. Me hubiera gustado disfrutar de Salamanca como lo hace un turista despistado, y haber coincidido contigo por casualidad y haber hablado y gozado de la noche con el solo motivo de pasarlo bien… Esta tarde, cuando me dirigí desde el bar ese en el que te conocí…

—El Macondo.

—… hasta el hotel, me iba muy triste. No me apetecía encerrarme en la habitación, como si temiera que una angustia feroz me fuera a devorar, y decidí dar un paseo. Y lo que son las cosas, ¡cómo se lían! Ahora, después de haber conocido a bastante gente, me encuentro aquí, contigo, hablando de estos asuntos, cuando tan solo hace unas horas que te vi por primera vez…

Se calló y al momento le asaltaron dudas sobre si había hecho bien en comunicar estos sentimientos o no. Indudablemente se había quedado muy bien consigo mismo, pero no sabía si había sido muy pertinente desahogarse con la persona a la que, quisiera o no, interrogaba. Las tribulaciones eran necesarias en una situación que se apartaba por completo de la ortodoxia de la investigación reglamentaria. Por qué no sincerarse y expresar su estado de ánimo, aunque fuera a un testigo. Somos humanos y todos poseemos un patrimonio de flaquezas que a veces salen a flote sin que las podamos reprimir. Ambrosio, el policía novato, se expresaba con sinceridad y no era consciente de que para saber cómo era una persona no era mal procedimiento el que empleaba: si se desea conocer a alguien, muy presumiblemente antes se deba mostrar cómo es uno primero.

Por otra parte, Chus no acertaba a expresar lo bien que, a su vez, se encontraba con el policía. No le cabía la menor duda de que era un tío legal, aunque era sabedor de que poco auxilio más le podía prestar. De momento, con su semblante tranquilo, nada sorprendido por el tono sincero de su interlocutor, ayudaba a Ambrosio a no sentirse ridículo, lo cual ya era bastante. Y respetaba las pausas que jalonaban su conversación, no sintiéndose tenso ni despreciado por los momentos de ausencia de su compañero. Apuraban sin prisas sus bebidas, sonriéndose cuando sus miradas se cruzaban.

Aprovechando ese impasse, Ambrosio notó cómo le presionaba la vejiga y sintió necesidad inmediata de acudir al servicio. La mesnada abertzale gritaba próxima al paroxismo las canciones rotundas de La Polla Records o de Kortatu y pegaban brincos hasta casi rozar con sus cabezas el fantástico techo; también propinaban patadas con sus botas militares al aire para dar rienda suelta a una violencia contenida con rabia. El cuchitril donde se enclavaba el servicio era hediondo, con paredes desconchadas y llenas de inscripciones obscenas y políticas. Hubo un grafiti que le llamó la atención: «La vida es una barca, Calderón de la mierda». Y, mientras meaba, su orina anegaba el suelo encharcado y sucio. No había papel higiénico y del grifo no salía ni pizca de agua. «¡Vaya guarrería!», pensó Escaleras. Alguien empujaba la puerta con insistencia a pesar de comprobar que estaba atrancada y que el ocupante había dado señales para hacer saber que el servicio no se hallaba libre. Sin impacientarse, salió del cuarto de baño procurando no pisar los charcos de orín y fijó los ojos descaradamente en la cara del intruso, desafiándolo con una mirada despectiva, pero el insolente agachó la cabeza y se puso a orinar sin cerrar la puerta y sin disculparse. Ambrosio regresó al rincón echando chispas y sin cohibirse ante toda la parroquia.


37. Hasta el mejor escribano comete un borrón

 

En una pantalla mediana se proyectaban imágenes desde un aparato que se manipulaba en la cabina del pinchadiscos. No eran vídeos musicales; se transmitían escenas inverosímiles e inconexas de películas de cine mudo. La música tronaba con desesperación y cada vez que se abría la puerta de la calle huía pavorosamente de ese pandemónium en busca del silencio de los altos tejados. A Ambrosio se le desviaba la mirada hacia ese punto luminoso sin poderlo evitar: resultaban situaciones absurdas, movimientos sin sentido, gesticulación de conversaciones sugerentes de discusiones fuertes… Los actores realizaban guiños a los espectadores que estos no percibían. El policía no pudo reprimir el pensamiento poco juicioso de que a lo mejor esos personajes espiaban a los clientes desperdigados por el bar y se reían de ellos. De vez en cuando, despistaban, dando la sensación de que representaban algo, pero a Escaleras no le engañaban. Advirtió que era una idea irreverentemente fantástica y para olvidarla decidió continuar explorando al confuso estudiante de Psicología, pues le dio la corazonada de que sus informaciones, aunque no muy esclarecedoras a primera vista, eran una pista nada desdeñable.

—Creo ir dilucidando algo de lo que cuentas —se aproximó de nuevo el inspector al tema de conversación—; sin embargo, hay ciertos detalles que no acabo de encajar como es debido. Están claras las razones por las cuales se organizaban esas reuniones festivas; no obstante, no me cabe en la cabeza cómo os manejaban a vosotros, los intermediarios. O, dicho de otra manera, si prefieres: ¿cómo supisteis que se creaban los saraos y por qué os dedicasteis a enrolar a nuevas odaliscas?

El soplón había juzgado la necedad del inspector prematuramente. Por una pregunta así, de sopetón, debió cambiar su idea y reconocer la gran categoría profesional que demostraba como investigador. Era un dardo envenenado, mas, para él, era el trinchante afilado que le iba a sajar la piel para que todo el humor bilioso del quiste de mierda supurara hasta no dejar ni gota de podredumbre. Ya el miedo a la operación, al cirujano, se había extinguido; tan solo anhelaba quedarse limpio, arrojar, aunque fuera con la ayuda de otro, de ese simple policía, todos los malos rollos que habían jalonado su existencia de estudiante en Salamanca.

—Nosotros somos la servidumbre. Yo, al menos —se humilló el triste universitario—. Aunque, es curioso, mi desazón no obedece a que me esté sometiendo a una persona. No me siento explotado, pero sí me veo atado de pies y manos. Tiranizado sin saber a quién o por qué, con lo cual mi rabia, mi desesperación, es mayor, pues no puedo hallar consuelo a mi situación. No pienses que estoy dando rodeos, que exagero mi desgracia… Sé que para ti es difícilmente comprensible. Esto nadie sabe lo que es hasta que no lo pasa en sus propias carnes.

—No sé qué quieres decirme, pero no te preocupes: todo tiene solución en esta vida —trató de consolarlo el sensible Ambrosio.

No es fácil dar aliento a alguien que arrastra su ánimo por los suelos. El que consuela se ve abocado a aconsejar, a atenuar la importancia del sufrimiento, a sacar a relucir sus propias miserias… Todo en aras de cortar la vía de expiación ante el temor de que la confesión finalice en un lloro irreprimible, próximo al paroxismo, que salpique de lágrimas al rostro del interlocutor. Eso temía Ambrosio: que Chus rompiera a lloriquear de un momento a otro y, si Escaleras no soportaba el llanto amargo de una mujer, menos aguantaba el de un hombre. Quizá por eso no enjabonó en exceso los ánimos del muchacho para no dar pie a que siguiera atormentándose con su dolor.

—Lo jodido de este asunto es que todos estamos pillados: unos por una cosa y otros por otra. —Efectivamente, el muchacho se consolaba en el mal generalizado para devaluar la importancia del suyo—. No hay nadie que se salve. Y, puestos a comparar, tal vez yo no salga tan mal parado. Los habrá más inundados en su propia mierda que yo.

—¿Te refieres, por casualidad, a los asistentes a esas fiestas? —dijo el policía logrando meter baza.

—Así es —respondió escuetamente, dejando prolongar el silencio tan solo unos instantes. El policía temió que cerrara el acopio de informaciones—. Sí, yo en el fondo no soy un pringado. No vendo mi libertad por esnifar ni por ningún chute. No obstante, soy un mártir del amor…

—Es decir, que no estás enganchado a nada —lo cortó, mostrando alivio aparentemente por la rectitud de vida sana, cuando, en el fondo, lo que pretendía era no permitir que se adentrara en los terrenos cenagosos del amor incomprendido.

El desconsolado Chus percibió con nitidez que el inspector no estaba dispuesto a escuchar ni a interesarse por cuestiones amorosas. No era un pelma y, resignado, casi humillado y decepcionado, no continuó por esos derroteros. Sabía a la perfección que no era eso lo que buscaba esa noche, pero un desliz lo tiene cualquiera y rectificó imperceptiblemente su discurso.

—Perdona que sea un plasta y me ponga en este plan —dijo amable y cortésmente el estudiante—. Ya se me pasa.

Ambos se contemplaron unos segundos en un armonioso silencio que los aislaba, pero que acabó dejando filtrar algunas de las estridencias que merodeaban por los límites, ansiosas de invadir ese inmaculado espacio. Las bebidas no menguaban. Desviaron la mirada hacia lo más inmediato, mas no fueron capaces de concentrar la atención en ningún estímulo del exterior. La gente hablaba a gritos, la música perforaba los muros transmitiendo una corriente de energía imperceptible que ponía en movimiento a cuerpos que bailaban a impulsos firmes y rabiosos.

A Escaleras, ese intervalo no le sirvió para reflexionar sobre sus contundentes operaciones para extraer el mineral precioso que su interlocutor escondía en ricas vetas. No albergaba ningún temor en los procedimientos de la investigación; incluso, para el bien del chaval, era necesario que soltara todo lo que supiera. Para él supondría una catarsis vital y para él un haz de luz que despejaría las tinieblas densas que cubrían ese misterioso crimen.

—¿Quiénes eran más pringados que tú? —preguntó sin ambages, lanzado.

—Pues, aunque parezca mentira, me dan más pena los profesores que el resto de escoria que los acompañamos. Sí, así de simple —manifestó Chus con la misma muestra de sinceridad—. Ellos, al fin, poseen una posición; son alguien en la vida. Podrían disfrutar de un futuro feliz y ser unas personas decentes, pero, poseyendo tantos dones y tanta suerte, todo lo arrojan por la borda a consecuencia de la coca. No pueden vivir sin esnifar una rayita. Su lucidez, su ritmo de trabajo, su seguridad, la expectación que despiertan entre sus alumnos se pondría en entredicho si no dispusieran de un milimétrico surco de nieve que hiriera dulcemente sus fosas nasales…

—¿Cómo? ¿Cómo dices? ¿Que toda esta historia se relaciona también con la mierda de la droga? —No ganaba para sustos Ambrosio.

—¡Qué te pensabas!

—¡Un momento! —exigió el madrileño—. Creo que me voy aclarando… Entonces, vosotros, Quique y tú, por ejemplo, sois sus camellos, ¿no es así?

El otro pegó un bufido de desesperación. No acababa de entender a ese tío.

—¡Pues claro que no! —«¡Podenco!», hubiera deseado gritarle—. Si ya te he relatado cuál era nuestra misión. ¡Tan solo era esa! Yo no soy un camello. Lo que pasa es que Salamanca es muy pequeña y todos nos conocemos. Pensé que serías capaz de suponer que yo ando en este ajo por el Chomín. Él es quien me ha abierto las puertas de esos círculos.

No era fácil salir indemne de meteduras de pata como esa… ¡cuando más seguro se sentía en el interrogatorio! No existía la facultad de parar la escena, de detener el tiempo en ese preciso momento que se abre la boca y vibran las cuerdas vocales para lanzar el error garrafal. Se cierran los ojos y los labios entreabiertos tiemblan, mientras nuestra capacidad de reaccionar se bloquea. Incapaces de pensar, emergemos a trompicones sin acertar en la salida más idónea, que es reconocer nuestro fallo.

—Entonces, ¿quién coño les pasa la coca? —repuso enseguida de mal humor, como si lo que le interesara más no fuera la pregunta en sí, sino echar tierra sobre el anterior asunto.

Chus no era de los que se regodean en las desgracias ajenas y que, alertas, esperan el momento del fallo para saltar sobre sus oponentes para escarnarlos y humillarlos. El mismo error, tan solo por ser testigo, le suponía tanta vergüenza como al que había cometido. Aceptó las reglas de su juego y continuó igual que si no hubiera pasado nada.

—Eso ya es harina de otro costal.

—¿No sabes quién les pasa la droga? —insistió Escaleras.

—¿Tanta importancia tienen los camellos que les suministran? —articuló el joven, que no veía tan importarte ese dato, considerándolo más bien una cabezonería sin sentido del madrileño.

Escaleras se percató con buenos reflejos de que con procedimientos caprichosos iba a ser muy problemático conseguir que el soplón colaborara y, si lo miraba bien, le asistía más razón que a un santo.

—Chus —por primera vez en toda la noche se dirigió a él por su nombre de pila, como si con ello quisiera poner de manifiesto la simpatía que sentía por él y para recobrar el clima de confidencia y sinceridad—, no me puedo permitir el lujo de despreciar y desechar ningún dato en mis investigaciones. Tal vez para ti sea obvio dilucidar lo que me puede ser apropiado o no, porque tú eres el que controlas la información sobre esta cuestión; pero por favor te pido encarecidamente que te pongas en mi lugar: yo no tengo ni puñetera idea de los ambientes estudiantiles y estoy en Salamanca desde hace poco más de veinticuatro horas. Quizá te resulte que soy un bobalicón y, acaso, que no estoy lo suficientemente preparado para manejarme en estos turbios tugurios tan bien como se mueve Chomín; de hecho, si te hablo sinceramente, ni recuerdo cuál fue la última vez que anduve de juerga por la noche. ¿Qué quieres que te diga? Puestos así, he de reconocer que incluso soy novato en la profesión y supongo que deberé con el paso del tiempo aprender muchas artimañas para moverme igual que un pez dentro de las procelosas aguas de la delincuencia…

A Chus, estas palabras tan sinceras le estaban llegando hasta el alma. Antes que nada, valoraba a la gente que era capaz de contar sus sentimientos. Aquellos que todo se lo tragan y no dejan ni una ranura para dar salida a sus frustraciones no le parecían humanos y huía de ellos temiéndolos, pensando que eran una olla a presión que en cualquier momento podía estallar. Experimentaba una camaradería, una sensación de hermandad de sangre con los que se mostraban como cristal transparente, lo que lo inclinaba inevitablemente a quererlos, pues le inspiraban toda su confianza.


36. La prueba del sida

 

—Esa ha sido una constante en su vida: las mujeres arrasaban con él, se lo rifaban, se peleaban unas con otras aun sabiendo que su pugna era fútil; solo se podrían acostar con él una o pocas veces más —proseguía Chus desarrollando la personalidad y las vicisitudes del glosado—. Muchas chicas que lo tuvieron por amante lo consideraban un capricho y, tras permanecer con él una sola noche, salían hastiadas; lo peor era para las micas, como esa incauta alemana, las que albergaron la ilusión de que Quique se convertiría en su novio formal. Esas eran las que sufrían indeciblemente con las inconstancias de su hermoso adonis. Con todo, las examantes suelen guardar buen recuerdo de él, tanto las del encuentro esporádico como las enamoradas, que continuarían dispuestas a perdonarlo con tal de recuperarlo. Pero lo que son las cosas, en pocos años regresó a su patria salmantina y se echó una novia formal. Formal en el sentido de que era estable, pues la joven era una punki. Él mismo adoptó los atuendos de esta tribu, si bien de manera atenuada.

Chus le contó que, durante un tiempo, lo perdió de vista, hasta que se topó con él en ese bar, trabajando de camarero. Más adelante, junto a su pareja y otro socio, se hicieron con el negocio. Había cambiado bastante: estaba más delgado, hasta parecía más alto. Vestía de negro y sus ojos sobresalían más en su cara chupada, aunque seguía siendo irresistiblemente atractivo. De Lucía, la chica con la que salía, no tenía muchas referencias; tampoco sabía en qué base se afianzaba esa relación. Lo que era evidente para ella y para todo el mundo era que continuaba con otras amantes. Y no solo del sexo femenino, sino que se rumoreaba que era bisexual, ante lo cual, algunas amigas íntimas, al enterarse, se apresuraron a realizarse la prueba del sida.

A hurtadillas, mientras Chus chismorreaba, Ambrosio miraba al camarero, que se movía ágilmente detrás del mostrador en discordancia con esa imagen de vago y gandul que acababa de referir su interlocutor. De vez en cuando salía de la barra para ir a recoger de las mesas y del suelo los vasos y las botellas vacías. Hablaba con numerosa gente y a todos sonreía con esa dejadez condescendiente.

—¿Te enteras de qué va el asunto? —lo interpeló melindroso Chus.

A decir verdad, Escaleras no veía muy clara la cuestión. Se había enterado más o menos de las aventuras del camarero, pero no hallaba el lazo de unión con sus pesquisas.

—¡Está muy claro, hombre! —exclamó un poco desesperado Chus—. Taqui y Quique mantenían una estrecha amistad.

El inspector continuaba sin comerse un rosco de la historia. Seguramente Chus pensaba que él sabía más de lo que sabía y por eso se desesperaba al observar la cara a cuadros que se le quedaba al investigador. Este trataba de sosegar al muchacho para que hablara moderadamente y proporcionara todos los datos y hasta las pertinentes conjeturas, pero todo ello despacio para que él lo asimilara bien. En este sentido, experimentaba la misma desazón que cuando iba al cine y no acababa de comprender los entresijos argumentales de la película. Su mujer se hartaba de llamarlo fatuto y lo increpaba diciéndole que si estaba en las musarañas durante la proyección. Solo si ella le contaba los lances y le aclaraba las dudas se sentía satisfecho y podía decir que había visto el film.

—Y esa amistad no nacía del hecho de que uno fuera alumno y otro profesor —continuó Chus—. Era una dependencia muy especial; ¿cómo decirte? Una relación profesional.

—¿Una relación profesional? —se sorprendió el policía, pensando sin poder evitarlo que los dos mantenían relaciones homosexuales.

—Bueno, sí y no. Vamos a ver —trataba de hacerse entender Chus—. Quique es como un relaciones públicas. Él se encarga de reclutar chicas atractivas para fiestas particulares. Hasta yo, en ocasiones, he captado alguna.

—¿Chicas para fiestecitas? —No salía de su asombro Escaleras.

—No son prostitutas ni nada por el estilo… Son chicas normales.

—¿Y qué se celebra en esas reuniones lúdicas, si puede saberse? —preguntó Ambrosio imaginándose ya la respuesta.

—Hay de todo. Yo no he ido a muchas, pero la gente se lo suele pasar bien, muy bien.

—¡Oye! ¿Y esas chavalas asisten por su gusto o son obligadas o reciben alguna recompensa? —le picó la curiosidad a Escaleras.

—Casi todas van porque quieren; no hay ninguna que vaya obligada. Tampoco reciben nada de dinero por ello. Aunque, claro, hay casos y casos. Generalmente, muchas se apuntan por que en esas reuniones se codean con gente selecta y prominente. Imperan el lujo y el gusto exquisito, la coca corre por doquier y pueden pillar algún buen chollo; a estas les va la marcha, esta juerga elitista. Aprovechan la vida a tope y se apuntan con los mejores. Hay otras chiquillas, tan inocentes o tan atrevidas, que se prestan a favores a cambio de cierta benevolencia en la corrección de sus ejercicios escolares y lo pagan correspondiendo a los profesores con su amistad.

Escaleras se quedó con la boca abierta escuchando esas revelaciones. No podía creerse que fueran ciertos esos rumores que a veces corrían por ahí de que los profesores vendían aprobados a cambio de acostarse con sus alumnas; o al revés, de chicas que los sobornaban para no hincar los codos, sobre todo en asignaturas que eran un hueso duro de roer. Debía realizar un gran esfuerzo para creérselo y, si lo hacía, era porque el chivato le inspiraba bastante confianza.

—De todas maneras, no te apures porque, como te he dicho, nadie se siente explotado, y en el fondo a todos nos va la misma marcha. Nos lo pasamos estupendamente y cada uno trata de sacar tajada de lo que puede: unos creándose un círculo de influencias que le pueden venir bien en cualquier momento, otros hacen negocio y sacan sus pelas, otros simplemente disfrutan de lo lindo y otras obtienen notas altas con comodidad. Y los carcamales saborean piel y carne fresca como nunca lo han hecho en sus miserables carreras dedicadas al estudio rancio de ciencias improductivas. ¿Qué le vamos a hacer si la vida es así? —concluyó resignado Chus.

—Vamos a ver, que no me aclaro todavía. —Escaleras pedía paciencia para ir rumiando todo aquello—. ¿Tanto el diputado como Quique como tú mismo habéis asistido a alguna reunión de esas?

—¡Coño! ¡Cuántas veces quieres que te lo repita! ¡Si está más claro que el agua! —se expresó Chus, pero no enfadado, sino aliviado de haber dicho algo que pensaba que le iba a costar demasiado soltar.

—¿Y quiénes eran los otros invitados? —continuó aguijoneando el policía.

—Creo que lo puedes deducir tú mismo. Sobre todo, profesores universitarios, gente ligada de una u otra manera a la universidad —aclaró, sin embargo, el estudiante.

«Pero, bueno, qué es esto; no me lo puede creer —pensaba Escaleras—. Adónde vamos a ir a parar en este mundo». No concebía que una institución tan prestigiosa y con tanta solera se viera arrastrada por las fuerzas telúricas de la corrupción y el vicio más rastrero. Por eso, seguía manteniendo ciertas reservas acerca de todo lo que le estaba contado el muchacho. Era preferible que fuera una invención, siempre comprensible y perdonable, que no una verdad como un templo.

—Entonces, si no he entendido mal yo —trataba de recapitular—, a esas fiestecitas iban profesores y chicas, alumnas que asistían bien porque les apetecía, bien por pagar favores… ¡Vaya, vaya…! ¡Qué interesante! Y a vosotros ¿quién os daba vela en ese entierro, si puede saberse?

—¿A mí o a Quique? No me apetece entrar a explicarte mi vida, porque no te interesa. No te lo tomes a mal —trató de apaciguar el muchacho—, pero no te va a servir de nada conocer esos detalles. Ya te he dicho que yo solo he ido a algunas; es decir, que no sé cómo funcionan exactamente, aunque tampoco es muy arduo averiguarlo. He convencido a alguna chica para que fuera de invitada porque me lo habían pedido amistades. Sin embargo, te repito que a ninguna se la obliga a realizar nada que ella no quiera y, por tanto, no tengo el menor remordimiento. ¡Allá cada uno con su conciencia! Hay otras que se han prestado voluntariamente para introducirse en esos ámbitos; así que hay de todo… Quique tiene otras movidas más raras que no creo que vengan al caso, pero te las podrás imaginar.

No era tan fácil, como presumía Chus, imaginarse qué clase de amistad mantendría un venerable diputado y catedrático con un pelagatos de tres al cuarto. Como no fuera que ambos mantuvieran relaciones amorosas entre ellos, no se imaginaba otro asunto que los ocupara. No obstante, no era fiable guiarse por especulaciones en las investigaciones. Era preferible seguir preguntando hasta que al confidente se le soltara la lengua sin ambages.

—Perdona, no comprendo muy bien la relación de Quique y el diputado —insistió sin importarle demostrar cierta cabezonería.

El chivato no llegaba a comprender cómo podía haber personas que se dedicaran a menesteres policiales siendo tan cerrados de mollera. «Cualquiera un poco espabilado, no como este mequetrefe, se habría enterado con solo escuchar la mitad de lo que le he contado, pero este no se aclarará ni aunque se lo ponga en verso y se lo recite», reflexionó el mozalbete.

—Vamos a ver —comenzó con más paciencia que un santo y procurando poner todo su interés en realizar una exposición lo más pedagógica posible—. Quique, Quique, queda claro, es un cazador de talentos, de chicas. Se conocen y mantienen relaciones porque los dos coinciden en esas fiestas. Puedes suponer que, aparte de sus inclinaciones sexuales promiscuas, dos personas de tal condición se entiendan a las mil maravillas…

Ambrosio desistió de seguir preguntando, aunque no acababa de comprender el asunto. En cambio, cayó en la cuenta y entendió como lógica la base espiritual de esa amistad; es decir, no se extrañaba de que esas dos personas fueran uña y carne. Eran dos almas gemelas, con el desfase propio de la edad: el más joven en pleno auge de su esplendor y el más viejo, ya caduco en su tronío. No obstante, los dos se respetarían y admirarían mutuamente sus respectivas conquistas amorosas. Las conversaciones entre dos donjuanes debían de ser muy interesantes al reafirmar su condición de calaveras lujuriosos. Parecería la conversación de dos carniceros en confesión íntima y sincera de las formas más ventajosas para lograr mayor rentabilidad a sus respectivos negocios.

Escaleras estuvo tentado de preguntarle al estudiante si, aparte de la camaradería propia de calaveras, la amistad que mantenía con la otra trapisonda era de tipo amoroso, pero se aguantó y no se arriesgó al temer que se molestara y se negara a continuar colaborando.

—Está bien. ¿Y dónde se juntan para celebrar estas reuniones? —se interesó el policía, dando un paso más.

—Cada vez en un sitio. A veces en casa de profesores solteros; otras, hasta en algún piso de estudiantes de mucha confianza y discretos o en chalés de las muchas urbanizaciones cercanas… —respondió aséptica pero profusamente el soplón—. En general, impera la discreción. No son escandalosas y, no siendo los adeptos, nadie sabe que se celebran. Existe una segunda tapadera para que los docentes se aprovechen de sus prebendas: consiste en hacerse acompañar por estas jóvenes en viajes a congresos, como si fueran ayudantes de la misma cátedra. Se pasan unas vacaciones de placer en lujosos hoteles con todos los gastos pagados. Estas muchachas siempre son del círculo próximo al catedrático: alumnas con un brillante expediente y trabajadoras que desde sus más tiernos años de facultad sueñan con pasar a ser una más del elenco de profesores del centro donde estudian. Para ello saben que no solo es necesario obtener unas buenas notas y soportar las tareas más abyectas del departamento tan solo con la mísera recompensa de una beca mal dotada económicamente, sino complacer los deseos del catedrático titular en alguna ocasión.


35. Salamanca: droga peligrosa

 

La tenebrosidad nocturna se alejaba de ese barrio en el que la muchedumbre pululaba parsimoniosamente de bar en bar. La jarana, las conversaciones a grito pelado, los motores bufando, las bocinas… expulsaban el recogimiento nocturno hasta otros barrios donde la gente «normal» conciliaba el sueño. Era la liberación expresada en la suprema voluntad de desafiar los más sagrados preceptos de la cotidiana organización humana: día y trabajo, noche y descanso. Durante las tibias mañanas los noctámbulos dormían, mientras los demás mortales se descorazonaban dejando los bofes en sus ocupaciones y, a la hora de comer, se desperezaban tranquilos y ociosos. Estos eran a los que, en esos instantes, se los veía lozanos en pleno auge festivo. De ellos era la celebración y la libertad. Si alguna vez no podían acudir a la cita diaria con la dama negra por estar enfermos, por ausentarse de la urbe estudiantil o por lo que fuera, sentían cómo un desasosiego los inundaba en una melancolía angustiante que no se evaporaba hasta que, días después, se tomaban la primera copa en el bar habitual de encuentro e inicio de la marcha. De pie, pulcramente vestidos y aseados, como si hiciera poco que habían salido del baño, con un vaso de tubo saboreando un güisqui, charlaban convencidos de sus afirmaciones y de sus dotes de galanes. A la caza de las guiris, a la busca de titis, noche tras noche, poniendo a prueba todas sus habilidades conquistadoras.

Había otros que mantenían amistad con la oscuridad, aunque con otros fines. Aparte de los universitarios omnipresentes, había algún alcohólico errante y los servidores de la luna: pequeños camellos ofreciendo costo a los paseantes, muchos de ellos gitanos que ofertaban su mercancía del mismo modo que si vendieran lechugas en un mercadillo. Además, algún ejemplar solitario, rara avis, como el Seve, visitaba los antros nocturnos. Estos últimos, a fuerza de repetir durante muchos años los mismos hábitos, habían creado tal dependencia que había llegado un momento en el que ya no concebían una noche si tomar unas cuantas copas. Estaban enganchados; peor, drogados, con Salamanca, uno de los peores estupefacientes que peligrosamente podía tentar a sus estudiantes. No se podían desligar de la ciudad. Algunos llevaban residiendo desde que llegaron siendo unos imberbes escolares y ya, treintañeros, cuarentones, eran incapaces de abandonarla. Los había habido con suerte y habían logrado una posición y oficio en la capital salmantina, casi siempre dentro del ámbito de la Universidad, pero los más deambulaban y sobrevivían con las migajas que les ofrecía una población copada de eminencias en todos los campos y actividades laborales.

No había muchos de estos personajes en el Punkelia, el garito al que entraron después de cruzar de acera. El tugurio era bastante peculiar con respecto al resto de bares de la zona. El primer detalle sorprendente eran las pesadas puertas blindadas que flanqueaban la entrada; más bien, parecían propias del acceso a una discoteca. La barra pulida, con estanterías de cristal y un espejo como fondo, más los grandes butacones, eran más acordes con un pretencioso y seleccionado pub que con los de un bar de marcha llana y cotidiana. Era muy chocante porque, con esa decoración tan presuntuosa, la oscuridad solo se atenuaba hasta donde alcanzaba el reflejo indirecto de unos focos que apuntaban a la luna del mostrador. Gran cantidad de punkis y roqueros se codeaban en dulce armonía, disfrutando ambos de una hipnótica música alemana que por momentos hacía olvidar los gustos musicales de ambas tribus.

Ambrosio tardó en percatarse de todo lo que le ofrecía el estrambótico pub; su mirada era incapaz de discernir con claridad más allá de su nariz. Tropezó con unos escalones que conducían al baño y se habría caído de bruces si no lo hubiera sujetado del brazo Chus.

—Ahora pago yo —dijo solícito el joven—, no te acolantes… ¿No te llama nada la atención de este bar?

El pobre Escaleras, ante preguntas en las que se suponía que debía dar una respuesta evidente, se acongojaba y los nervios le impedían reflexionar sobre la salida oportuna. Se atoraba como cuando su abuelo le formulaba acertijos y adivinanzas. Este siempre se desternillaba porque el despistado nieto nunca era capaz de contestarlos, aunque se los repitiera mil veces, sacando la conclusión de que, por su torpeza, no llegaría muy lejos en la vida. Miraba y requetemiraba y no le extrañó nada. En realidad, todo le llamaba la atención, pero no descubría algo especial que sobresaliera dentro de aquella escena variopinta y estrambótica.

—¿No te suenan los cuadros?

—No siendo que son muy abstractos y que no se sabe muy bien lo que representan…, no sabría qué decirte —confesó tímidamente el policía.

—¡Pues si está muy claro! Muchos de los que ves a tu alrededor son estudiantes de Bellas Artes. Este es uno de sus enclaves favoritos, sobre todo porque uno de los socios del bar es Quique, que estudia en la facultad de Seve —cotilleó el soplón—. Continuamente están cambiando la decoración del bar. Todos sus amigos cuelgan los cuadros aquí. La verdad es que no sé muy bien para qué, ya que con la oscuridad que reina no se ve un pijo.

Escaleras no terminaba de comprender qué relación podía tener la decoración y el tal Quique con él, a no ser la coincidencia ya muy reiterada de personas de Bellas Artes y Psicología. Chus vio la incertidumbre brillando en los pequeños ojos del policía y llegó a la conclusión de que debía continuar con sus cotilleos si quería que el otro se enterara de qué iba la película.

—Bueno, tal vez sea obligatorio contarte quién es Quique, y después relacionártelo con esa investigación que te traes entre manos.

Escaleras se perdió bastantes detalles de la azarosa existencia del pintor metido a barman, o del camarero aficionado a pintar. Muchos de los apuntes que reseñaba el biógrafo no los creyó de especial importancia y no los retuvo; no obstante, al finalizar su repaso estuvo en condiciones de hacerse una idea aproximada del protagonista. En resumidas cuentas, los datos más sobresalientes de este personaje eran los siguientes: Quique era un joven charro, con una belleza provocativa en esas tierras. Delgado y más bien alto; atezado, con un pelo de color azabache ensortijado. Una mirada tranquila se asentaba en unos serenos ojos igual de negros. Tenía unas facciones marcadas suavemente, una sonrisa floja pero muy expresiva de su carácter persuasivo y seguro de su atracción y unos ademanes corporales propios de los gandules y vagos. La energía vital y la fuerza masculina se negaban a acompañarlo, transformándose en una suavidad cándida que invitaba a acariciarlo y a protegerlo de la misma manera que si fuera un ser desvalido. No se preocupaba por nada. Siempre había unas manos femeninas dispuestas a llevarle a los labios las exigencias frugales que incluso era incapaz de formular y que solo imperceptiblemente susurraba. En su expresión brillaba una chispa personal que subyugaba a las chicas, sometiéndolas de inmediato. Su magnetismo era más fuerte que el medio mohín torvo y dejado que refería su desprecio por el afecto, el amor, la lealtad y la camaradería. El mal que causaba con su libertad egoísta no se reflejaba en su continuo pergeño angelical. Era imposible odiarlo, pese a la maldad de su conducta disoluta… Chus lo conocía bien y había coincidido con él en varias ocasiones, por lo cual se consideraba un testigo fidedigno de su historia personal. Era aún jovencito; andaría alrededor de los veinticinco. Fueron por lo menos dos veranos los que los dos muchachos pasaron juntos en Ibiza. Quique había salido de su ciudad, una vez que hubo terminado el bachillerato, después de repetir numerosas veces, de chantajes inconfesables a profesoras, de copiar en los exámenes y de presentar trabajos académicos que habían realizado por él sus estimadas compañeras de clase. Salamanca se le volvía chica y el mundo lo estaba esperando. Viajó a la isla ibicenca con la intención de sobrevivir de camarero. Fue su etapa quizá más desastrosa. Entró en contacto con la droga, aunque no tuvo la necesidad de cruzar el umbral de las más duras. Después de tontear con todas, la que más le gustó fue el hachís. Era el alucinógeno que se adecuaba a su talante relajado. Por aquel verano fumaba todo el día canutos en una permanente y agradable modorra. Se juntó con dos colegas más colgados que él. La trinca era muy curiosa, recordaba Chus. Los otros dos eran andaluces; el más recatado, un regordete con gafas, parecía un seminarista que acabara de ahorcar los hábitos, pero sin osadía ni voluntad para cosa útil, dejándose arrastrar por el vacío de los días, sin preocuparse por el cacho de pan que llevarse a la boca. El más espabilado era un cordobés, pero estaba muy colgado. Su figura se podría comparar a la de don Quijote: de una estatura extrema y flaco como perro vagabundo y una barba polvorienta y enredada que ocultaba un rostro de pómulos salientes. Del andaluz surgían las pocas iniciativas que eran capaces de llevar a cabo, entre ellas adquirir una barra de pan y una botella de absenta. Era muy activo y nervioso; también muy chistoso. Con él se partían de risa sus dos amigos. Lo más gracioso era su vivaz y cerrado acento meridional y la rapidez con la que hablaba, por lo cual rara vez se hacía entender. Los tres vivían en el bosque, cerca de una población eminentemente turística, San Antonio Abad. Construyeron una choza con ramas para guardar los pocos enseres que poseían; dormían al raso, tapados por mantas raídas y deshilachadas. El agua la tomaban del pozo de un huerto cercano, con cuyo propietario habían entablado cierta amistad. Llegó un momento en el que no tuvieron ni un duro para ir a la panadería y se plantearon escapar de la miseria de cualquier forma. Durante el verano se montaba a diario un mercadillo en la plaza, a la que los turistas acudían a comprar bisutería que realizaban los hippies. Allí creyeron encontrar una mina que explotar y pusieron en marcha uno de los grandiosos proyectos de su común convivencia. Al espachurrado cordobés, el de media habla, que en la escuela había hecho trabajos manuales, se le ocurrió que sería capaz de volver a dibujar con la punta de un pirograbador. Una vez que tuvo claro el proyecto se encargó de apartar todos los obstáculos que se interponían en su camino: juntaron el poco dinero que necesitaban para comprar el aparato mendigando, trasladaron la cabaña hasta un lugar próximo a un tendido eléctrico y de un poste tomaron la corriente. Buscó tablas limpias en las que trazar casuchas blancas típicas de las islas Pitiusas Cuando el esfuerzo febril dio su fruto, se acercaron con el género al mercado que se formaba al atardecer. Encontraron un trapo para poner de tapete en una caja de frutas a modo de mesa expositora, que elevaron con un trípode de palos de tal forma que quedó tan alta que muy escasos compradores podían contemplar sus cuadros. Varios días seguidos acudieron los primeros al rastro, cuando aún había un sol de justicia, sin embargo, no lograron ninguna venta. Fue en estas circunstancias cuando los conoció Chus, entonces un hippie veraniego que vendía collares, pendientes y pulseras para ganarse algún dinerillo. A Chus le cayeron simpáticos y trató de echarles una mano. No entró de golpe a reformar el negocio que con tanto entusiasmo habían ideado. Tan solo para comenzar les ofreció dos indicaciones a modo de sugerencia: que no era conveniente que levantaran tanto la mesa porque los clientes eran muy comodones y no se molestaban en mirar lo que no estaba muy a la vista y que no era necesario que estuvieran los tres detrás del puesto esperando ansiosamente la llegada del despistado turista, pues lo que conseguían era asustar a los clientes con sus atosigamientos e incitaciones a la compra. Estos consejos no dieron resultado, a pesar de que los siguieron al pie de la letra, y continuaron sin comerse un rosco. Chus no encontró otro camino que hablarles claramente y decirles que esa mercancía era muy difícil de vender. Les prestó materiales que él mismo exponía en su muestrario y les montó un tenderete no muy abastecido, pero lo suficiente para que comenzaran a realizar algunas ventas. Esa primera noche con el nuevo género, para festejar el éxito comercial, invitaron a tomar unas absentas a Chus a la taberna de la tía María, atendida por una viejecita muy simpática que tan solo hablaba ibicenco; luego ya de madrugada, lo condujeron al monte, a su morada, donde prepararon unas patatas fritas para apaciguar el hambre… En el momento en el que los tres eremitas frecuentaron la civilización, a Quique se lo ligó una jovencita teutona que vivía en una finca cercana. La muchacha lo raptó y no le dejó que volviera a juntarse con los otros dos harapientos. Lo aseó, lo alimentó y lo paseó como trofeo por los bares y discotecas del pueblo. Esto fue la perdición de la incauta alemana, porque, rápidamente, otras guiris se encapricharon de él y se lo arrebataron.



22/01/25

34. La sinfonía del amor

 

No anduvieron mucho trecho antes de entrar en otro bar con el simple nombre de Tal Cual. Allí se encontraron de nuevo con Bárbara y Paloma. Seve se había marchado o le habían dado esquinazo. Se saludaron entusiasmados, aunque no se sumaron a su corrillo por estar acompañadas por un numeroso grupo de estudiantes, entre los que sobresalía un mozo alto con una pelirroja barba que se hallaba concentrado en el ritual de liar un canuto.

El Tal Cual era un bar montado apresuradamente aprovechando el momento en el que toda la movida nocturna se trasladó a esa plazuela. Se abrió con lo imprescindible, sin cuidar para nada la decoración, como si esta fuera algo superfluo y de poca importancia, sabiendo sus propietarios que no necesitarían ningún gancho especial para que el público sediento entrara a su barra en ángulo recto. Incluso, el local en forma de estrecho embudo no era muy adecuado para el negocio de las copas, pero no mostraron reparos en comprarlo, dispuestos a hacerse con parte de la incalculable masa de noctámbulos que se movían noche tras noche. Los dueños, no teniendo remilgos en inaugurarlo rápidamente, lo denominaron con esa locución tan expresiva.

Se situaron en el lado más corto del mostrador, que les quedaba a la altura de los muslos. Era una posición privilegiada al divisarse desde allí tanto lo que sucedía en el bar como el espectáculo de la gente procesionando por la calle.

La cara del camarero que los atendió le resultó familiar, aunque no sabía dónde lo había visto.

—Sí, hombre. Es Paco, el del Macondo, el bar donde nos conocimos —le ayudó a recordar Chus.

Este le explicó que tanto el Macondo como el Tal Cual eran de un grupo de socios. En realidad, estos empresarios de la marcha habían sido estudiantes que se sintieron más atraídos por el mundo del negocio que por los libros. Perspicaces, se percataron de que podrían acumular un pequeño capital con bares casi pensados exclusivamente para universitarios y se lanzaron a la aventura comercial. De todos modos, era habitual que algunos universitarios que andaban mal de dinero se ganaran la vida sirviendo copas los fines de semana o trabajaran en lo que fuera, especialmente en verano, para ganarse unas perrillas con las que costear la estancia en la ciudad universitaria, sobre todo cuando los padres no tenían muchos posibles.

—¿Tú llegaste a conocer a Eustaquio, el profesor y diputado? —dejó caer la pregunta con toda naturalidad el inspector.

Chus, pensativo, permaneció en silencio unos instantes que se le hicieron una eternidad al policía, al creer que no era muy oportuna la cuestión.

—Sí —contestó tomando aliento—. Pero no lo conocía de la facultad. A decir verdad, lo he visto innumerables veces por allá arriba, aunque nunca he mantenido contacto con él. En cambio, no creo que él me reconociera a mí. Por tanto, no puedo afirmar que lo que sé se deba a un conocimiento directo. No sé si sabes lo que quiero decir… En alguna ocasión he coincidido, aunque la idea que me he formado de él es más por lo que me han contado otras personas que sí lo conocían.

Escaleras se rompía la cabeza tratando de hallar el mecanismo idóneo para que el muchacho fuera desgranando datos. Advertía que el confidente presentaba buena voluntad en contar lo que sabía, mas no encontraba la forma de romper. Por otra parte, consideraba que mostraba cierto pudor en sincerarse y que lo examinaba para cerciorarse de que él era lo suficientemente discreto como para sentirse comprendido y a salvo. Estaba inquieto, se frotaba las manos, se mesaba el pelo y su mirada se perdía en el oscuro local. Descubrió dos sitios libres en un banco pegado a la pared y se sentaron. Aún continuaron un buen rato sin menear los labios. Chus, con las piernas cruzadas, no cesaba de balancear la que colgaba. Echaba de continuo pequeños sorbos del Martini, pero este no menguaba, como si solo se mojara sus rojos belfos.

—Seguramente te habrás enterado de que era un poco mujeriego —volvió a hablar, como si la impaciencia le rebosara—. Pues es verdad solo a medias y casi me atrevería a desmentirlo.

Y miró al policía para comprobar el efecto de la afirmación, sin embargo, Escaleras se había hecho una idea tan imprecisa del personaje que no llegó a inmutarse.

—Esa es la fama de la que disfrutaba entre sus colegas y alumnos. Otros, que lo conocían con mayor profundidad, no pensaban igual. Es cierto que era muy simpático y que estaba rodeado de alumnas y otras que no lo eran, pero de ese dato verdadero sacar la conclusión de que ligaba lo que quería o que se acostaba con la mayoría es absolutamente falso. Las chicas no son tan tontas como para meterse en la cama con cualquiera. De esto tampoco deduzcas que era casto, pues, a decir verdad, alguna sí que se enrolló con él. Son, en todo caso, muchas menos de las que se creen. Él, en intimidad con algún camarada, se quejaba de su mala sombra y asumía con estoicismo el papel de donjuán, que no le resultaba de gran ayuda. Le solía pasar algo que es muy frecuente: que la que le interesaba le daba calabazas y otras que lo amaban a él no le hacían gracia. En concreto, me han dicho que llevaba mucho tiempo detrás de una alumna, y esta, aunque no venga al caso, lo rechazaba descaradamente. Zósimo (así lo llamaban en el círculo de amistades íntimas) era un hombre encantador, de esos de los que toda mujer tiene necesidad en ciertos momentos de su vida, pero no como amante, sino como confidente. En ocasiones, ellas se desahogan mejor con tales hombres que con amigas. Estos sujetos (el diputado podría ser uno de ellos), deberían ser patrimonio de todas y permanecer solteros, no comprometerse con ninguna en concreto y estar dispuestos a acompañar a esas atormentadas muchachas durante uno, dos, tres días, hasta que ellas se sintieran reconciliadas consigo mismas. No es fácil para ellas encontrar a un aliado dispuesto a comprenderlas y entregarse sin cortapisas a un encuentro de esta condición. En este sentido, las mujeres son bastante prácticas y nada egoístas y, del mismo modo que saben agradecer la existencia de estos amigos íntimos, no son acaparadoras y no tienen dificultades en compartirlos, porque acertadamente asimilan que estos compañeros no encierran su amor en el pecho de una sola fémina; sería desnaturalizarlos.

Ambrosio entendía la prolija teoría que acababa de exponer, más que nada, porque le daba la vuelta, y meditaba que, del mismo modo, para los hombres debía suceder algo parecido. Es decir, aunque parezca mentira, ellos se pueden sincerar mejor con una buena amiga, especialmente en cuestiones amorosas, que con otros de su mismo sexo. La sensación de que la comunicación con la mujer o la novia es un coloquio de sordos en ciertas ocasiones y con respecto a algún asunto en concreto es muy usual. La frustración es fortísima y poco sencilla de expresar si, además, surge después de una relación de muchos años. Esta circunstancia quizá sea la más difícil de asumir al creer improbable que se produzca una situación de incomunicación y de desavenencia con la persona de tus sueños. De buenas a primeras, cuando se cree que la vida es perfecta y que se mantiene una armonía indeleble y para siempre, ante el menor detalle sin importancia estalla una discusión imposible de encauzar, nace la desconfianza, la inseguridad se adueña y no se atina con la solución. Todo se pone patas arriba, no solo ya el hecho detonante de la trifulca, sino otros cimientos más sólidos que se creían inamovibles… Son crisis muy profundas que atosigan la paz y no se sabe cómo solventar. Uno es incapaz de propiciar la conversación, pero, al mismo tiempo, siente la urgencia de concretar su incomprensión confesándose con alguien que sepa de lo que se habla. No obstante, el expulsar todos los malos pensamientos acumulados no es el fin de la interlocución, pues el conflicto ha de resolverse entre los implicados. Es probable el entendimiento si el deseo de dialogar es férreo y urgente el perdón y, además, se duda de las convicciones propias. Si alguno de los dos es fuerte para dar este paso, el restablecimiento de la paz afianzada en nuevos postulados es casi seguro. Ahora bien, si el ofuscamiento pertinaz es la baza que se juega y si se prolonga la testarudez reforzando la trinchera del amor propio, es probable que se produzca una lucha perenne, sin visos de que ninguno de los dos sea el vencedor y, en conclusión, cualquiera pueda retirarse solapadamente para encontrar un nuevo aliado con el que disfrutar la paz armoniosa de otro vínculo amoroso.

No hace falta incidir en la desgracia que supone tanto para el que sale huyendo en busca de un otro amante como para el que, armado de razones hasta los dientes, se topa con que ya no tiene un adversario al que disparar su ira. Por eso Escaleras llegaba a la conclusión de que la sinfonía del afecto, por muy bella y deliciosa que sea, produce hastío y cansancio en el transcurso de los años y, en conclusión, los amantes, músicos veleidosos, deben esforzarse por escribir partituras novedosas para que la facultad de composición afectiva no se anquilose.

—Personas así, como el diputado, no me producen ni pizca de envidia, más bien las tengo por desgraciadas e incomprendidas. Si, de alguna manera, sus éxitos amorosos fueran más numerosos y resultaran una recompensa a sus desvelos, me sentiría muy aliviado, porque creo que se lo merecen. Lo malo es que, aunque en ocasiones sean el moquero del soliviantado género femenino, estos donjuanes pecan de elitismo, actitud que es crudamente humana. Se sienten magnéticamente atraídos por la belleza, sobre todo de la de las lolitas. Enseguida detectan la candidez virginal a su alrededor y mendigan babeando el infantil juego de las sonrisas y de los devaneos más tiernos. Llegan hasta un punto que chochean. No hay nada más asqueroso que ver una barriga asfixiando unos pantalones de pinzas en los que flotan unas piernas flacas, junto al ceñido talle del voluptuoso cuerpo de una adolescente —expresó con evidente desprecio Chus.

Los silencios reflexivos inevitablemente seguían a sentencias tan solemnes, como si ambos necesitaran mascullar los pensamientos que se vertían en la conversación. El ensimismamiento de la conversación construía una campana de silencio en la que solo se oían las palabras rotundas y las ideas que a la vez se rebelaban en la cabeza. La música, las conversaciones y el inaudible murmullo rebotaban en su diálogo. Casi no se percataron de que el numeroso grupo en el que iban Bárbara y Paloma había pasado delante de sus narices camino a otro bar.

Las consumiciones calientes todavía mediaban. En silencio las apuraron lo antes posible. Escaleras comprendió que la fluidez del intercambio verbal —mejor dicho, de los soliloquios de Chus— no se reanudaría hasta pasar a un nuevo local. El chaval no quiso acabar el Martini y lo invitó a levantarse.

32. El mundo de la droga

 

Nada más salir a la calle de la caliginosa madriguera en la que se encontraban, al quedarse solo con Chus —Seve, Paloma y Bárbara se habían despedido simplemente dejando caer el nombre del ignoto bar al que se dirigían—, pronto se percató el servidor del Estado de que rozaba los límites del abismo nocturno que se cernía sobre su espíritu, y se sentía desamparado y perplejo de la mano de un personaje turbio y escurridizo en esas lides. Escaleras se hallaba frente a la persona que podría revelar la solución a ese intríngulis, sin temor de que nadie los pudiera interrumpir; no obstante, cierto pavor lo embargaba. Si una ciudad, aunque sea relativamente pequeña como Salamanca, es un laberinto para el forastero, por la noche se transforma, con la oscuridad y las desfiguraciones de la iluminación escasa, en un caos peligroso en el que el foráneo se ve envuelto en un mar de temores, pero, si además tu guía es un explorador de las cloacas, entonces el pánico es un aliado vigilante que convierte la atención en atalaya donde se otea todo lo desconocido y se analizan los menores ruidos.

La noche persistía en su serenidad, perezosa de despertar a sus hijos, el viento y el hielo. No obstante, un pequeño pariente revoltoso, una brisilla, cortaba con su gélido filo la cara de los noctámbulos al doblar algunas esquinas, penetrando en las profundas entrañas y anidando en sus vísceras.

Chus se abrigó bien, sin dejar resquicio por el que pudiera abrirse paso el helado vientecillo, y Escaleras, más desafiante en su postura erguida, bloqueaba el frío adoptando una gallardía sobrehumana. Especulaba sobre el antro al que se dirigirían, doblegando su voluntad a los deseos turbios del confidente. El camino, bajando callejuelas inhóspitas en las que los únicos seres vivos que aparecían eran los perros husmeando en los cubos de basura, se le hizo una eternidad hasta que fueron a parar a una plazuela con escuálidos arbustos y unos bancos podridos y llenos de carcoma donde se concentraba una docena de bares de los que salían unas vibraciones musicales que se amortiguaban en la noche. El policía se tranquilizó al regresar a un lugar en el que volvía a encontrarse con jóvenes que pululaban entre un bar y otro con tranquilidad.

Por cortesía, Chus le preguntó si quería ir a donde había quedado con sus amigos, cualidad distintiva de su esmerada educación, aunque él dejaba entrever que no era lugar de su devoción.

—No. Adonde tú quieras. Vamos adonde suelas ir.

—Vamos a la Bastilla, que está aquí al lado —eligió el pueblano sin mostrar tampoco un gran entusiasmo, como si le diera lo mismo uno que otro.

En el antro escaseaba la iluminación. Las paredes eran de ladrillo visto y la decoración medieval. Ballestas, espadas, escudos nobiliarios y otras armas pendían de la pared. Del mostrador al alto artesonado ascendían viejas columnas de madera y entre una y otra colgaban pesados faldones de terciopelo negro. Las cortinas, marrones, oscuras y mugrientas, estaban deshilachadas y agujereadas por quemaduras de cigarrillos. El suelo de baldosas rojas se encontraba encharcado y recubierto de vidrios provenientes de vasos y botellas rotos que no se habían molestado en recoger. El artilugio más llamativo era una desguazada guillotina que noche tras noche era esquilmada por los parroquianos y de la que quedaba ya solo el armazón de listones carcomidos. No había mucha gente en el local, los pocos clientes se hallaban desperdigados por los rincones, sentados en bancos frailunos y arcones desequilibrados. Nadie atendía en la barra y solo un disyóquey desgalichado con una carlanca en el cuello, subido en un púlpito y concentrado en su tarea de seleccionar la música, parecía de la casa. Esperaron en silencio hasta que una muchacha vestida de riguroso luto que arrastraba sus vestimentas por los suelos se situó a su altura con una mirada incapaz de centrarse en ellos. Su estado era deprimente y a duras penas se mantenía erguida a causa de su fragilidad. Repitieron las mismas consumiciones, pues, según explicó el estudiante, solo bebía Martinis. La camarera punki se demoró en servirlos, ya que no encontraba la botella y era incapaz de coordinar su mente con las destrezas simples de cortar una rodaja de limón y añadir hielo al vaso. Ambrosio no la perdía de vista y sintió una profunda lástima. Cuando pagó con un billete de mil y ella le dio la vuelta de cinco mil, se los reintegró sin que la chica tuviera la suficiente fuerza expresiva de agradecerle su honradez.

—La Charo anda muy colgada —le explicó Chus, como si supiera todas las flaquezas de la muchacha—. Es una pena encontrarse con personas tan degradadas física y psicológicamente, pero el mundo de la heroína conduce a estos estados sin remedio.

Se refería a ella como si ya no fuera posible su redención y estuviera condenada prematuramente a un final trágico. En el fondo, de su juicio se desprendía un respeto religioso hacia su opción vital. Era una mártir de la colectividad, de la juventud, del éxtasis inalcanzable del placer y de la evasión de la prosaica cotidianidad. ¿Por qué no sentir, incluso, cierta veneración por alguien que ha apostado por algo sublime? Aquellos drogatas eran el modelo equivocado que la sociedad exponía como paradigma de lo que no era una solución a la hora de despreciar la cruda realidad y como tal cumplían a la perfección su rol.

—Es muy difícil mantener el tipo en el universo de la droga si te relacionas con personas que se mueven en ese entorno. Al principio, las alucinaciones y el bienestar son evidentes. Es el sumun de la libertad, sobre todo cuando los alicientes y las metas por los que todos luchan en este mundo se devalúan o se pierden; entonces, la juventud y la vida no ofrecen posibilidades y es indiferente el riesgo ante la felicidad momentánea que, como un canto de sirena, se insinúa en un pico. Si con anterioridad la búsqueda de deleites menores o de evasión ante las pequeñas frustraciones de la vida se ha realizado con el alcohol o con los simples canutos, es presumible que se dé un paso más allá, cabalgando sobre un mítico Pegaso que trasladará al jinete a paraísos fabulosos. Y es fácil sumirse en la incertidumbre del futuro cuando los desengaños afloran pronto —se explayó con un tono depresivo y sincero el joven.

—Parece que conoces bien este ambiente de la droga —reconoció Escaleras.

—Ya ves. Como creo que podrás conocerlo tú por tu oficio.

Efectivamente, no se extrañaba de nada Escaleras, aunque para él el enfoque del problema fuera diferente. En cierta medida, no comulgaba con la visión del estudiante. Para él, hablar del mundo de los estupefacientes era hablar de violación de la ley, y consideraciones como las del alumno de Psicología eran pamplinas. Por su oficio y por su trato cotidiano con los drogadictos, le resultaba inconcebible dar la menor importancia a esas circunstancias atenuantes, ya que no le merecían ninguna conmiseración, sino el desprecio más absoluto. Se había forjado la opinión clara de que eran unos vagos y unos maleantes que procuraban no dar ni golpe y que traficaban con componentes ilícitos o robaban y asaltaban a individuos decentes y trabajadores para juntar el dinero necesario para sus dosis. De todos modos, no le quedaba más remedio que reconocer varias verdades irrefutables que se afianzaban de modo evidente: transgresión de las leyes y drogas eran dos elementos inseparables desde hacía una década, y las estadísticas cantaban, si se consideraba que la inmensa mayoría de los reclusos estaban privados de libertad por delitos relacionados con los narcóticos.

Otra idea se iba abriendo paso de manera contundente y era que resultaba una tarea infructuosa su erradicación al verse desbordados por la avalancha de nuevos maleantes. Las cárceles no eran suficientes y, sin embargo, el enfado de la población con el aumento de la delincuencia resultaba cada vez más opresivo para el estamento policial, que se veía entre dos frentes: la presión política y el descontento social con su labor. Para colmo, no siempre los jueces apoyaban las actuaciones de la policía. Tampoco los estimulaba la deficiente legislación al respecto, al no permitir procedimientos eficientes para combatirla, temiendo bagatelas constitucionales. Otro aspecto era que no contaban con muchos efectivos para su lucha, así que, mientras hubiera demanda de drogas, existirían narcotraficantes sin escrúpulos y mafias dispuestas a forrarse para ofrecerlas. Y en esta vertiente el desánimo era generalizado porque, si ya la contienda contra el tirado drogadicto era imposible de erradicar, la persecución de los grandes contrabandistas era algo perdido de antemano. Ahí la investigación se detenía ante el poder y los mecanismos de protección de los ricos capos del negocio.

No consideraba el detective una pérdida de tiempo esa charla. Vislumbraba que era un intercambio de impresiones positivo a través del cual fructificarían revelaciones más concretas sobre la investigación. Dejaba que Chus se explayara, reafirmando sus comentarios con gestos que, sin manifestar una opinión semejante, daban a entender que le eran muy esclarecedores. Del mismo modo, la postura condescendiente de Ambrosio era una demostración sincera del interés con el que apreciaba la vida del joven, pues intuía que él mismo no se libraba de ese mundo turbulento. Otras cualidades no adornarían al inspector, pero sí podía presumir de la capacidad de escuchar con atención y de sentir curiosidad enseguida por las vidas ajenas. El conflicto surgía cuando las confesiones que le hacían eran excesivamente personales y sinceras, ya que entonces se veía obligado a contar sus propias intimidades, como si le urgiera demostrar a su confidente que él no se encontraba exento de angustias y problemas similares. Aunque, cuando llegaba a confesarlas, se sentía defraudado al comprobar que con frecuencia no lo escuchaban. Por eso era muy cauto en esas circunstancias y, a pesar de no saber muy bien cómo reaccionar, prefería no abrir la boca al sospechar que lo que realmente querían esos atormentados interlocutores era que se los atendiera de manera egoísta para que se pudieran desahogar a sus anchas.

Lo único que era como Dios mandaba en el local era la música, con un sonido perfecto a pesar del exagerado volumen. La mayoría de las composiciones le eran desconocidas y se prodigaban grupos musicales españoles que también le resultaban absolutamente ignotos. De todos modos, no le molestaban. Las canciones eran idénticas a un cortafuegos de armonía que aislaba la conversación íntima que mantenían, limitando su charla a un ámbito personal, aunque a su lado estuvieran otras personas. Chus le hablaba a gritos y se le secaba la garganta, que suavizaba dulcemente con pequeños sorbos del Martini.

31. Expectativas de la carrera de Psicología

 

No acababa de apreciar con claridad las demostraciones de cariño de Bárbara y se torturaba con el titubeo de si simplemente se las prodigaba como consuelo o si eran imperceptibles señales de que sentía alguna atracción por él. Se había entregado al destino de lo inmediato y, aunque la duda persistía, había dejado en manos de la muchacha la iniciativa; si a ella le apetecía algo con él, de sobra sabía que no la rechazaría. Se puso de pie y se movió con torpeza al ritmo de una música excesivamente trepidante para sus gustos. A partir de ese momento, la estrategia sería la de no manifestar sus intenciones, incluso la de presentarse como víctima que ha sufrido tanto que ya solo es capaz de reflejar indiferencia ante el sádico torturador, pensando que hipotéticamente este podría arrepentirse de los sufrimientos infligidos. Miraba cómo el decano había abierto brecha en su batalla por acercarse y abordar a Bárbara. De la trinca le llegaba una abstrusa conversación que consiguió unirlos, a la que él no quiso incorporarse. Quizá Paloma había decidido permitir, viendo que no conseguía interesar por sí sola al decano, que se sumara su amiga y en confrontación parlamentaria dejarla por los suelos para demostrar palpablemente a Seve cuál era más interesante de las dos y si llegado el caso no surtía efecto este plan, pasar a zaherirla sin compasión sacando inoportunamente a la luz asuntillos no muy favorecedores de la personalidad de su contrincante. En el amor todo vale si se consigue a la persona que se quiere. Escaleras no deseaba pensar mal, pero, para él, Paloma era una de esas mujeres que primero sopesan la posición del hombre y luego se dejan embriagar por el atractivo de su carácter, no mostrando muchos escrúpulos en cazarlo si los dones y los parabienes que esperan disfrutar con su dinero son seguros. Le daba asco. Casi todo es perdonable; ahora bien, actuar fríamente de ese modo con el único afán de pillar un buen partido le parecía una conducta de lo más perversa y reprochable. Solo con especular con que a él lo pudieran asediar de ese modo se le ponía la carne de gallina, pues ¿qué se podría esperar de una mujer así?

La natural simpatía que sentía hacia la sensual Bárbara se transformaba en animadversión hacia Paloma. Ambrosio cavilaba acerca de cómo nos forjamos una opinión sobre las personas tan rápidamente, sin conocer los datos fundamentales de su vida y de su temperamento. Nos aventuramos y afirmamos que fulano nos cae bien, a mengano no lo podemos tragar y zutano nos es indiferente, ni fu ni fa. Es posible que en las comunicaciones humanas existan unas fluctuaciones de energía que se armonizan cuando las características son similares o complementarias, mientras que, con otros individuos, esos intercambios no se producen o simplemente se repelen.

No reparó en que Chus se le había acercado subrepticiamente y le había rozado levemente el brazo. En un primer momento creyó que se trataba de otra muestra de cariño de Bárbara, por ser el roce tan leve y cálido.

—¿Ya no te acuerdas de mí o es que no quieres nada conmigo? —le susurró dolido el chivato. Escaleras se vio tan desconcertado que no supo cómo enfocar la situación para no parecer desconsiderado y mostrarse al mismo tiempo felizmente sorprendido—. Veo que tienes amigas que son colegas mías de la facultad.

Y saludó agitando la mano a las dos compañeras. Ellas no mostraron intención de corresponder, como si no quisieran mezclarse con él. A Ambrosio le pareció que se podía establecer una relación embarazosa, sin embargo, no deseaba despachar a Chus después de haber anhelado el encuentro. Lo invitó a tomar algo para granjearse su confianza y para retenerlo a su lado y él aceptó con sumo gusto. Se pidió un azucarado Martini. Los amigos con los que había estado pasaron delante y le dijeron al bar al que se dirigían por si más tarde se sumaba a ellos. El inspector reparó en que Chus no mostró mucho interés por los derroteros que iban a seguir sus colegas, por lo que coligió que el muchacho tenía ganas de hablar y permanecer con él. Incluso, cuando descaradamente dio la espalda al grupo de Seve y lo acorraló junto al rincón de la barra, supo que su intención era desentenderse también de ellos. Escaleras no lo iba a impedir. Notó cómo de nuevo su curiosidad profesional se anteponía ante cualquier otra consideración.

—¡Vaya amiguito que tienes! —inició su deshago Chus—. ¡Cómo se las gasta! Es un maleducado y un bruto. ¡Persona más basta no he conocido! Se cree muy hombre y con derecho a hacer lo que le dé la gana. No le importan los demás. Ya estoy harto de tanta prepotencia. Cualquier día lo voy a mandar a la mierda. ¿Qué se habrá creído?

Ambrosio no sabía cómo disculpar el carácter tan atrabiliario de su colega y, al mismo tiempo, empatizar con Chus. Tampoco creía que mostrarse demasiado condescendiente con el chivato le fuera a dar buenos resultados, pero por todos los medios debía buscar la manera para que le cantara la información que Chomín le había ocultado y hasta, si era posible, indagar más profundamente en ese personaje.

—Tienes toda la razón, pero debes disculparlo por sus modales. Estamos un poco atascados y la información que te solicitaba es de capital importancia para un problema que se nos escapa de las manos. Yo tampoco estoy de acuerdo con esa arrogancia que exhibe, no obstante, cada uno es como es. ¿Qué le vamos a hacer?

Chus saboreaba como un triunfo las explicaciones que a modo de disculpa le acababa de dar Escaleras. Degustaba con fruición la roja bebida dando pequeños sorbos, al mismo tiempo que no paraba de mover el vaso para que los gruesos dados de hielo se fueran deshaciendo.

—Pues yo pienso que hablando se entiende la gente, pero, cuando alguien te viene amenazando e insultando, muy poco puedes colaborar. Él se lo pierde —dijo satisfecho con las explicaciones.

El policía percibía que los ademanes y los sentimientos que exhibía Chus eran contradictorios. Sin querer adoptaba hacia él una actitud sobreprotectora. A pesar de lo que había oído sobre su tendencia sexual, se resistía a tratarlo como tal. Prefería más bien alternar de hombre a hombre. En cambio, su conducta era femenina. También se puso en alerta al considerar la posibilidad remota de que se le insinuara. Los homosexuales le resultaban molestos y, sin llegar a despreciarlos, los rechazaba. No le cabía en la mente que alguien con apariencia de hombre se comportara igual que una mujer. Se salía de los esquemas previsibles y tendía a considerarlos muestras defectuosas o enfermas de la especie humana. Merecían el respeto y la atención que podría requerir una persona con cáncer o un ciego, pero, cuanto más alejados estuvieran de la sociedad, mejor. Aunque aislarlos en guetos tampoco creía que fuera una solución muy solidaria. Posiblemente la respuesta ideal sería admitirlos y no sorprenderse ni rechazarlos, nuestra cultura era como era y no había vuelta de hoja. Con todo, los españoles les iban haciendo hueco dentro de su seno y, tal vez con el tiempo, veríamos pasear a dos muchachos de la mano y besarse sin causar extrañeza. Era cuestión de mentalidad. Al fin y al cabo, la capacidad de adaptación del género humano no tiene límites y, si en otros tiempos y en otras culturas eran normales las relaciones entre seres del mismo sexo, ¿por qué no podía volver a suceder? Menos asumible consideraba la homosexualidad femenina; ahí opinaba que existía vicio y hasta cierto regodeo. Indudablemente, para el inspector, estos asuntos era mejor soslayarlos, pues a veces le producían vértigo y pánico. Pensar demasiado en estos temas era peligroso y era preferible no excavar en las miserias humanas. Argüía que ojos que no ven, corazón que no siente. Por eso no se atrevía a emitir una sentencia condenatoria contundente sobre ellos. En realidad, ante los mensajes que a manera de argumento de su condición lanzaban esos grupos marginales de que existen muchas más personas homosexuales que las que lo confiesan abiertamente y que muchas celebridades lo han sido y son, quién no se ha planteado en alguna ocasión la contingencia de serlo. A él, sin ir más lejos, en una época que no funcionaba con su esposa, buscando razones a su apatía sexual, se le vinieron a la cabeza ideas extrañísimas, como que si no conseguía la erección era porque era del otro barrio. Claro, que la comprobación de si lo atraían y se excitaba con los hombres fue totalmente negativa. Su vista se dirigía a las Bárbaras y no detrás de los Chus o de los larguiruchos Seve.

Escaleras ignoraba si el confidente sabía por qué Chomín le pedía su colaboración. Maquinaba si era oportuno proporcionarle detalles del caso para que el soplón se concienciara de la importancia de su trabajo. Quizá el estudiante se percatara de su relevancia y colaborara abiertamente. No obstante, las dudas se esfumaron por ser él mismo quien le preguntó para confirmar si realizaban pesquisas sobre el profesor de Bellas Artes asesinado. Para Escaleras fue un alivio.

—Conocía bastante bien a Taqui. Sí, al profesor y diputado. Los íntimos lo conocían por Taqui. —Escaleras se mostró sorprendido ante la desenvoltura con la que se refería al asesinado.

Chus deseaba cantar; eso lo vio claro. Era cuestión de tino y de tiempo. Casi suponía que no sería necesario preguntar demasiado. Él mismo hablaría, aunque lo haría poco a poco, según el grado de confianza que le inspirara. La declaración, a modo de desahogo, se iría desnudando de los ropajes más externos hasta llegar a las prendas más íntimas; entonces, solo se vería la crudeza —o la belleza sublime— de la verdad primigenia. Por eso, Ambrosio, comportándose más como un colega que como un inspector, se relajó haciéndole notar que no había prisa. Se interesó por la procedencia de Chus.

—Soy de un pueblecito de Toledo que seguro que no conoces, a pesar de ser muy famoso porque en él nació Fernando de Rojas, el autor de La Celestina. Se llama La Puebla de Montalbán. Es un lugar encantador, aunque cada vez lo piso menos. Mis padres se trasladaron a vivir a la capital, y allí solo permanecen unos parientes lejanos. De todas maneras, aun cuando solo sea una vez al año, me doy una vueltecita, sobre todo en las fiestas del verano. Tengo muy buenos recuerdos de mi pueblo, si bien ya no me quedan amigos.

El otro aspecto por el que creyó oportuno mostrar algún interés eran sus estudios, aunque Ambrosio pensó que era muy arriesgado curiosear en la marcha de esos asuntos, ante el temor de que no fueran muy favorables.

—No me ha ido mal hasta ahora, a pesar de haber repetido primero. Ahora estoy en tercero. La psicología me gusta; bueno, la verdad es que cada vez me voy desanimando más, porque la carrera no cumple las expectativas que yo me había hecho antes de empezar. Con todo, es muy interesante y me ha servido personalmente en muchos aspectos. No ha resuelto mis grandes dudas transcendentales, pero me ha brindado una metodología adecuada para analizar mis problemas y una herramienta práctica de la que siempre puedo echar mano cuando la necesite, aparte de que, claro, todavía me faltan los cursos superiores, que serán los más interesantes. De lo que no me cabe duda es de que, desde el punto de vista profesional, no me va a servir de mucho en el futuro, pues, aunque hay pocas salidas, no valdría para ejercer como terapeuta. De todas maneras, ya que he comenzado voy a terminarla, un título universitario es un título y hoy día, si no llevas uno bajo el brazo, no puedes ir a ninguna parte.


38. El Rivendel

  La noche continuaba su transcurso hasta el amanecer sin importunar con su oscuridad la vigilia de los noctámbulos, para quienes el tiemp...