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22/01/25

34. La sinfonía del amor

 

No anduvieron mucho trecho antes de entrar en otro bar con el simple nombre de Tal Cual. Allí se encontraron de nuevo con Bárbara y Paloma. Seve se había marchado o le habían dado esquinazo. Se saludaron entusiasmados, aunque no se sumaron a su corrillo por estar acompañadas por un numeroso grupo de estudiantes, entre los que sobresalía un mozo alto con una pelirroja barba que se hallaba concentrado en el ritual de liar un canuto.

El Tal Cual era un bar montado apresuradamente aprovechando el momento en el que toda la movida nocturna se trasladó a esa plazuela. Se abrió con lo imprescindible, sin cuidar para nada la decoración, como si esta fuera algo superfluo y de poca importancia, sabiendo sus propietarios que no necesitarían ningún gancho especial para que el público sediento entrara a su barra en ángulo recto. Incluso, el local en forma de estrecho embudo no era muy adecuado para el negocio de las copas, pero no mostraron reparos en comprarlo, dispuestos a hacerse con parte de la incalculable masa de noctámbulos que se movían noche tras noche. Los dueños, no teniendo remilgos en inaugurarlo rápidamente, lo denominaron con esa locución tan expresiva.

Se situaron en el lado más corto del mostrador, que les quedaba a la altura de los muslos. Era una posición privilegiada al divisarse desde allí tanto lo que sucedía en el bar como el espectáculo de la gente procesionando por la calle.

La cara del camarero que los atendió le resultó familiar, aunque no sabía dónde lo había visto.

Sí, hombre. Es Paco, el del Macondo, el bar donde nos conocimos —le ayudó a recordar Chus.

Este le explicó que tanto el Macondo como el Tal Cual eran de un grupo de socios. En realidad, estos empresarios de la marcha habían sido estudiantes que se sintieron más atraídos por el mundo del negocio que por los libros. Perspicaces, se percataron de que podrían acumular un pequeño capital con bares casi pensados exclusivamente para universitarios y se lanzaron a la aventura comercial. De todos modos, era habitual que algunos universitarios que andaban mal de dinero se ganaran la vida sirviendo copas los fines de semana o trabajaran en lo que fuera, especialmente en verano, para ganarse unas perrillas con las que costear la estancia en la ciudad universitaria, sobre todo cuando los padres no tenían muchos posibles.

¿Tú llegaste a conocer a Eustaquio, el profesor y diputado? —dejó caer la pregunta con toda naturalidad el inspector.

Chus, pensativo, permaneció en silencio unos instantes que se le hicieron una eternidad al policía, al creer que no era muy oportuna la cuestión.

Sí —contestó tomando aliento—. Pero no lo conocía de la facultad. A decir verdad, lo he visto innumerables veces por allá arriba, aunque nunca he mantenido contacto con él. En cambio, no creo que él me reconociera a mí. Por tanto, no puedo afirmar que lo que sé se deba a un conocimiento directo. No sé si sabes lo que quiero decir… En alguna ocasión he coincidido, aunque la idea que me he formado de él es más por lo que me han contado otras personas que sí lo conocían.

Escaleras se rompía la cabeza tratando de hallar el mecanismo idóneo para que el muchacho fuera desgranando datos. Advertía que el confidente presentaba buena voluntad en contar lo que sabía, mas no encontraba la forma de romper. Por otra parte, consideraba que mostraba cierto pudor en sincerarse y que lo examinaba para cerciorarse de que él era lo suficientemente discreto como para sentirse comprendido y a salvo. Estaba inquieto, se frotaba las manos, se mesaba el pelo y su mirada se perdía en el oscuro local. Descubrió dos sitios libres en un banco pegado a la pared y se sentaron. Aún continuaron un buen rato sin menear los labios. Chus, con las piernas cruzadas, no cesaba de balancear la que colgaba. Echaba de continuo pequeños sorbos del Martini, pero este no menguaba, como si solo se mojara sus rojos belfos.

Seguramente te habrás enterado de que era un poco mujeriego —volvió a hablar, como si la impaciencia le rebosara—. Pues es verdad solo a medias y casi me atrevería a desmentirlo.

Y miró al policía para comprobar el efecto de la afirmación, sin embargo, Escaleras se había hecho una idea tan imprecisa del personaje que no llegó a inmutarse.

Esa es la fama de la que disfrutaba entre sus colegas y alumnos. Otros, que lo conocían con mayor profundidad, no pensaban igual. Es cierto que era muy simpático y que estaba rodeado de alumnas y otras que no lo eran, pero de ese dato verdadero sacar la conclusión de que ligaba lo que quería o que se acostaba con la mayoría es absolutamente falso. Las chicas no son tan tontas como para meterse en la cama con cualquiera. De esto tampoco deduzcas que era casto, pues, a decir verdad, alguna sí que se enrolló con él. Son, en todo caso, muchas menos de las que se creen. Él, en intimidad con algún camarada, se quejaba de su mala sombra y asumía con estoicismo el papel de donjuán, que no le resultaba de gran ayuda. Le solía pasar algo que es muy frecuente: que la que le interesaba le daba calabazas y otras que lo amaban a él no le hacían gracia. En concreto, me han dicho que llevaba mucho tiempo detrás de una alumna, y esta, aunque no venga al caso, lo rechazaba descaradamente. Zósimo (así lo llamaban en el círculo de amistades íntimas) era un hombre encantador, de esos de los que toda mujer tiene necesidad en ciertos momentos de su vida, pero no como amante, sino como confidente. En ocasiones, ellas se desahogan mejor con tales hombres que con amigas. Estos sujetos (el diputado podría ser uno de ellos), deberían ser patrimonio de todas y permanecer solteros, no comprometerse con ninguna en concreto y estar dispuestos a acompañar a esas atormentadas muchachas durante uno, dos, tres días, hasta que ellas se sintieran reconciliadas consigo mismas. No es fácil para ellas encontrar a un aliado dispuesto a comprenderlas y entregarse sin cortapisas a un encuentro de esta condición. En este sentido, las mujeres son bastante prácticas y nada egoístas y, del mismo modo que saben agradecer la existencia de estos amigos íntimos, no son acaparadoras y no tienen dificultades en compartirlos, porque acertadamente asimilan que estos compañeros no encierran su amor en el pecho de una sola fémina; sería desnaturalizarlos.

Ambrosio entendía la prolija teoría que acababa de exponer, más que nada, porque le daba la vuelta, y meditaba que, del mismo modo, para los hombres debía suceder algo parecido. Es decir, aunque parezca mentira, ellos se pueden sincerar mejor con una buena amiga, especialmente en cuestiones amorosas, que con otros de su mismo sexo. La sensación de que la comunicación con la mujer o la novia es un coloquio de sordos en ciertas ocasiones y con respecto a algún asunto en concreto es muy usual. La frustración es fortísima y poco sencilla de expresar si, además, surge después de una relación de muchos años. Esta circunstancia quizá sea la más difícil de asumir al creer improbable que se produzca una situación de incomunicación y de desavenencia con la persona de tus sueños. De buenas a primeras, cuando se cree que la vida es perfecta y que se mantiene una armonía indeleble y para siempre, ante el menor detalle sin importancia estalla una discusión imposible de encauzar, nace la desconfianza, la inseguridad se adueña y no se atina con la solución. Todo se pone patas arriba, no solo ya el hecho detonante de la trifulca, sino otros cimientos más sólidos que se creían inamovibles… Son crisis muy profundas que atosigan la paz y no se sabe cómo solventar. Uno es incapaz de propiciar la conversación, pero, al mismo tiempo, siente la urgencia de concretar su incomprensión confesándose con alguien que sepa de lo que se habla. No obstante, el expulsar todos los malos pensamientos acumulados no es el fin de la interlocución, pues el conflicto ha de resolverse entre los implicados. Es probable el entendimiento si el deseo de dialogar es férreo y urgente el perdón y, además, se duda de las convicciones propias. Si alguno de los dos es fuerte para dar este paso, el restablecimiento de la paz afianzada en nuevos postulados es casi seguro. Ahora bien, si el ofuscamiento pertinaz es la baza que se juega y si se prolonga la testarudez reforzando la trinchera del amor propio, es probable que se produzca una lucha perenne, sin visos de que ninguno de los dos sea el vencedor y, en conclusión, cualquiera pueda retirarse solapadamente para encontrar un nuevo aliado con el que disfrutar la paz armoniosa de otro vínculo amoroso.

No hace falta incidir en la desgracia que supone tanto para el que sale huyendo en busca de un otro amante como para el que, armado de razones hasta los dientes, se topa con que ya no tiene un adversario al que disparar su ira. Por eso Escaleras llegaba a la conclusión de que la sinfonía del afecto, por muy bella y deliciosa que sea, produce hastío y cansancio en el transcurso de los años y, en conclusión, los amantes, músicos veleidosos, deben esforzarse por escribir partituras novedosas para que la facultad de composición afectiva no se anquilose.

Personas así, como el diputado, no me producen ni pizca de envidia, más bien las tengo por desgraciadas e incomprendidas. Si, de alguna manera, sus éxitos amorosos fueran más numerosos y resultaran una recompensa a sus desvelos, me sentiría muy aliviado, porque creo que se lo merecen. Lo malo es que, aunque en ocasiones sean el moquero del soliviantado género femenino, estos donjuanes pecan de elitismo, actitud que es crudamente humana. Se sienten magnéticamente atraídos por la belleza, sobre todo de la de las lolitas. Enseguida detectan la candidez virginal a su alrededor y mendigan babeando el infantil juego de las sonrisas y de los devaneos más tiernos. Llegan hasta un punto que chochean. No hay nada más asqueroso que ver una barriga asfixiando unos pantalones de pinzas en los que flotan unas piernas flacas, junto al ceñido talle del voluptuoso cuerpo de una adolescente —expresó con evidente desprecio Chus.

Los silencios reflexivos inevitablemente seguían a sentencias tan solemnes, como si ambos necesitaran mascullar los pensamientos que se vertían en la conversación. El ensimismamiento de la conversación construía una campana de silencio en la que solo se oían las palabras rotundas y las ideas que a la vez se rebelaban en la cabeza. La música, las conversaciones y el inaudible murmullo rebotaban en su diálogo. Casi no se percataron de que el numeroso grupo en el que iban Bárbara y Paloma había pasado delante de sus narices camino a otro bar.

Las consumiciones calientes todavía mediaban. En silencio las apuraron lo antes posible. Escaleras comprendió que la fluidez del intercambio verbal —mejor dicho, de los soliloquios de Chus— no se reanudaría hasta pasar a un nuevo local. El chaval no quiso acabar el Martini y lo invitó a levantarse.

32. El mundo de la droga

 

Nada más salir a la calle de la caliginosa madriguera en la que se encontraban, al quedarse solo con Chus —Seve, Paloma y Bárbara se habían despedido simplemente dejando caer el nombre del ignoto bar al que se dirigían—, pronto se percató el servidor del Estado de que rozaba los límites del abismo nocturno que se cernía sobre su espíritu, y se sentía desamparado y perplejo de la mano de un personaje turbio y escurridizo en esas lides. Escaleras se hallaba frente a la persona que podría revelar la solución a ese intríngulis, sin temor de que nadie los pudiera interrumpir; no obstante, cierto pavor lo embargaba. Si una ciudad, aunque sea relativamente pequeña como Salamanca, es un laberinto para el forastero, por la noche se transforma, con la oscuridad y las desfiguraciones de la iluminación escasa, en un caos peligroso en el que el foráneo se ve envuelto en un mar de temores, pero, si además tu guía es un explorador de las cloacas, entonces el pánico es un aliado vigilante que convierte la atención en atalaya donde se otea todo lo desconocido y se analizan los menores ruidos.

La noche persistía en su serenidad, perezosa de despertar a sus hijos, el viento y el hielo. No obstante, un pequeño pariente revoltoso, una brisilla, cortaba con su gélido filo la cara de los noctámbulos al doblar algunas esquinas, penetrando en las profundas entrañas y anidando en sus vísceras.

Chus se abrigó bien, sin dejar resquicio por el que pudiera abrirse paso el helado vientecillo, y Escaleras, más desafiante en su postura erguida, bloqueaba el frío adoptando una gallardía sobrehumana. Especulaba sobre el antro al que se dirigirían, doblegando su voluntad a los deseos turbios del confidente. El camino, bajando callejuelas inhóspitas en las que los únicos seres vivos que aparecían eran los perros husmeando en los cubos de basura, se le hizo una eternidad hasta que fueron a parar a una plazuela con escuálidos arbustos y unos bancos podridos y llenos de carcoma donde se concentraba una docena de bares de los que salían unas vibraciones musicales que se amortiguaban en la noche. El policía se tranquilizó al regresar a un lugar en el que volvía a encontrarse con jóvenes que pululaban entre un bar y otro con tranquilidad.

Por cortesía, Chus le preguntó si quería ir a donde había quedado con sus amigos, cualidad distintiva de su esmerada educación, aunque él dejaba entrever que no era lugar de su devoción.

No. Adonde tú quieras. Vamos adonde suelas ir.

Vamos a la Bastilla, que está aquí al lado —eligió el pueblano sin mostrar tampoco un gran entusiasmo, como si le diera lo mismo uno que otro.

En el antro escaseaba la iluminación. Las paredes eran de ladrillo visto y la decoración medieval. Ballestas, espadas, escudos nobiliarios y otras armas pendían de la pared. Del mostrador al alto artesonado ascendían viejas columnas de madera y entre una y otra colgaban pesados faldones de terciopelo negro. Las cortinas, marrones, oscuras y mugrientas, estaban deshilachadas y agujereadas por quemaduras de cigarrillos. El suelo de baldosas rojas se encontraba encharcado y recubierto de vidrios provenientes de vasos y botellas rotos que no se habían molestado en recoger. El artilugio más llamativo era una desguazada guillotina que noche tras noche era esquilmada por los parroquianos y de la que quedaba ya solo el armazón de listones carcomidos. No había mucha gente en el local, los pocos clientes se hallaban desperdigados por los rincones, sentados en bancos frailunos y arcones desequilibrados. Nadie atendía en la barra y solo un disyóquey desgalichado con una carlanca en el cuello, subido en un púlpito y concentrado en su tarea de seleccionar la música, parecía de la casa. Esperaron en silencio hasta que una muchacha vestida de riguroso luto que arrastraba sus vestimentas por los suelos se situó a su altura con una mirada incapaz de centrarse en ellos. Su estado era deprimente y a duras penas se mantenía erguida a causa de su fragilidad. Repitieron las mismas consumiciones, pues, según explicó el estudiante, solo bebía Martinis. La camarera punki se demoró en servirlos, ya que no encontraba la botella y era incapaz de coordinar su mente con las destrezas simples de cortar una rodaja de limón y añadir hielo al vaso. Ambrosio no la perdía de vista y sintió una profunda lástima. Cuando pagó con un billete de mil y ella le dio la vuelta de cinco mil, se los reintegró sin que la chica tuviera la suficiente fuerza expresiva de agradecerle su honradez.

La Charo anda muy colgada —le explicó Chus, como si supiera todas las flaquezas de la muchacha—. Es una pena encontrarse con personas tan degradadas física y psicológicamente, pero el mundo de la heroína conduce a estos estados sin remedio.

Se refería a ella como si ya no fuera posible su redención y estuviera condenada prematuramente a un final trágico. En el fondo, de su juicio se desprendía un respeto religioso hacia su opción vital. Era una mártir de la colectividad, de la juventud, del éxtasis inalcanzable del placer y de la evasión de la prosaica cotidianidad. ¿Por qué no sentir, incluso, cierta veneración por alguien que ha apostado por algo sublime? Aquellos drogatas eran el modelo equivocado que la sociedad exponía como paradigma de lo que no era una solución a la hora de despreciar la cruda realidad y como tal cumplían a la perfección su rol.

Es muy difícil mantener el tipo en el universo de la droga si te relacionas con personas que se mueven en ese entorno. Al principio, las alucinaciones y el bienestar son evidentes. Es el sumun de la libertad, sobre todo cuando los alicientes y las metas por los que todos luchan en este mundo se devalúan o se pierden; entonces, la juventud y la vida no ofrecen posibilidades y es indiferente el riesgo ante la felicidad momentánea que, como un canto de sirena, se insinúa en un pico. Si con anterioridad la búsqueda de deleites menores o de evasión ante las pequeñas frustraciones de la vida se ha realizado con el alcohol o con los simples canutos, es presumible que se dé un paso más allá, cabalgando sobre un mítico Pegaso que trasladará al jinete a paraísos fabulosos. Y es fácil sumirse en la incertidumbre del futuro cuando los desengaños afloran pronto —se explayó con un tono depresivo y sincero el joven.

Parece que conoces bien este ambiente de la droga —reconoció Escaleras.

Ya ves. Como creo que podrás conocerlo tú por tu oficio.

Efectivamente, no se extrañaba de nada Escaleras, aunque para él el enfoque del problema fuera diferente. En cierta medida, no comulgaba con la visión del estudiante. Para él, hablar del mundo de los estupefacientes era hablar de violación de la ley, y consideraciones como las del alumno de Psicología eran pamplinas. Por su oficio y por su trato cotidiano con los drogadictos, le resultaba inconcebible dar la menor importancia a esas circunstancias atenuantes, ya que no le merecían ninguna conmiseración, sino el desprecio más absoluto. Se había forjado la opinión clara de que eran unos vagos y unos maleantes que procuraban no dar ni golpe y que traficaban con componentes ilícitos o robaban y asaltaban a individuos decentes y trabajadores para juntar el dinero necesario para sus dosis. De todos modos, no le quedaba más remedio que reconocer varias verdades irrefutables que se afianzaban de modo evidente: transgresión de las leyes y drogas eran dos elementos inseparables desde hacía una década, y las estadísticas cantaban, si se consideraba que la inmensa mayoría de los reclusos estaban privados de libertad por delitos relacionados con los narcóticos.

Otra idea se iba abriendo paso de manera contundente y era que resultaba una tarea infructuosa su erradicación al verse desbordados por la avalancha de nuevos maleantes. Las cárceles no eran suficientes y, sin embargo, el enfado de la población con el aumento de la delincuencia resultaba cada vez más opresivo para el estamento policial, que se veía entre dos frentes: la presión política y el descontento social con su labor. Para colmo, no siempre los jueces apoyaban las actuaciones de la policía. Tampoco los estimulaba la deficiente legislación al respecto, al no permitir procedimientos eficientes para combatirla, temiendo bagatelas constitucionales. Otro aspecto era que no contaban con muchos efectivos para su lucha, así que, mientras hubiera demanda de drogas, existirían narcotraficantes sin escrúpulos y mafias dispuestas a forrarse para ofrecerlas. Y en esta vertiente el desánimo era generalizado porque, si ya la contienda contra el tirado drogadicto era imposible de erradicar, la persecución de los grandes contrabandistas era algo perdido de antemano. Ahí la investigación se detenía ante el poder y los mecanismos de protección de los ricos capos del negocio.

No consideraba el detective una pérdida de tiempo esa charla. Vislumbraba que era un intercambio de impresiones positivo a través del cual fructificarían revelaciones más concretas sobre la investigación. Dejaba que Chus se explayara, reafirmando sus comentarios con gestos que, sin manifestar una opinión semejante, daban a entender que le eran muy esclarecedores. Del mismo modo, la postura condescendiente de Ambrosio era una demostración sincera del interés con el que apreciaba la vida del joven, pues intuía que él mismo no se libraba de ese mundo turbulento. Otras cualidades no adornarían al inspector, pero sí podía presumir de la capacidad de escuchar con atención y de sentir curiosidad enseguida por las vidas ajenas. El conflicto surgía cuando las confesiones que le hacían eran excesivamente personales y sinceras, ya que entonces se veía obligado a contar sus propias intimidades, como si le urgiera demostrar a su confidente que él no se encontraba exento de angustias y problemas similares. Aunque, cuando llegaba a confesarlas, se sentía defraudado al comprobar que con frecuencia no lo escuchaban. Por eso era muy cauto en esas circunstancias y, a pesar de no saber muy bien cómo reaccionar, prefería no abrir la boca al sospechar que lo que realmente querían esos atormentados interlocutores era que se los atendiera de manera egoísta para que se pudieran desahogar a sus anchas.

Lo único que era como Dios mandaba en el local era la música, con un sonido perfecto a pesar del exagerado volumen. La mayoría de las composiciones le eran desconocidas y se prodigaban grupos musicales españoles que también le resultaban absolutamente ignotos. De todos modos, no le molestaban. Las canciones eran idénticas a un cortafuegos de armonía que aislaba la conversación íntima que mantenían, limitando su charla a un ámbito personal, aunque a su lado estuvieran otras personas. Chus le hablaba a gritos y se le secaba la garganta, que suavizaba dulcemente con pequeños sorbos del Martini.

31. Expectativas de la carrera de Psicología

 

No acababa de apreciar con claridad las demostraciones de cariño de Bárbara y se torturaba con el titubeo de si simplemente se las prodigaba como consuelo o si eran imperceptibles señales de que sentía alguna atracción por él. Se había entregado al destino de lo inmediato y, aunque la duda persistía, había dejado en manos de la muchacha la iniciativa; si a ella le apetecía algo con él, de sobra sabía que no la rechazaría. Se puso de pie y se movió con torpeza al ritmo de una música excesivamente trepidante para sus gustos. A partir de ese momento, la estrategia sería la de no manifestar sus intenciones, incluso la de presentarse como víctima que ha sufrido tanto que ya solo es capaz de reflejar indiferencia ante el sádico torturador, pensando que hipotéticamente este podría arrepentirse de los sufrimientos infligidos. Miraba cómo el decano había abierto brecha en su batalla por acercarse y abordar a Bárbara. De la trinca le llegaba una abstrusa conversación que consiguió unirlos, a la que él no quiso incorporarse. Quizá Paloma había decidido permitir, viendo que no conseguía interesar por sí sola al decano, que se sumara su amiga y en confrontación parlamentaria dejarla por los suelos para demostrar palpablemente a Seve cuál era más interesante de las dos y si llegado el caso no surtía efecto este plan, pasar a zaherirla sin compasión sacando inoportunamente a la luz asuntillos no muy favorecedores de la personalidad de su contrincante. En el amor todo vale si se consigue a la persona que se quiere. Escaleras no deseaba pensar mal, pero, para él, Paloma era una de esas mujeres que primero sopesan la posición del hombre y luego se dejan embriagar por el atractivo de su carácter, no mostrando muchos escrúpulos en cazarlo si los dones y los parabienes que esperan disfrutar con su dinero son seguros. Le daba asco. Casi todo es perdonable; ahora bien, actuar fríamente de ese modo con el único afán de pillar un buen partido le parecía una conducta de lo más perversa y reprochable. Solo con especular con que a él lo pudieran asediar de ese modo se le ponía la carne de gallina, pues ¿qué se podría esperar de una mujer así?

La natural simpatía que sentía hacia la sensual Bárbara se transformaba en animadversión hacia Paloma. Ambrosio cavilaba acerca de cómo nos forjamos una opinión sobre las personas tan rápidamente, sin conocer los datos fundamentales de su vida y de su temperamento. Nos aventuramos y afirmamos que fulano nos cae bien, a mengano no lo podemos tragar y zutano nos es indiferente, ni fu ni fa. Es posible que en las comunicaciones humanas existan unas fluctuaciones de energía que se armonizan cuando las características son similares o complementarias, mientras que, con otros individuos, esos intercambios no se producen o simplemente se repelen.

No reparó en que Chus se le había acercado subrepticiamente y le había rozado levemente el brazo. En un primer momento creyó que se trataba de otra muestra de cariño de Bárbara, por ser el roce tan leve y cálido.

¿Ya no te acuerdas de mí o es que no quieres nada conmigo? —le susurró dolido el chivato. Escaleras se vio tan desconcertado que no supo cómo enfocar la situación para no parecer desconsiderado y mostrarse al mismo tiempo felizmente sorprendido—. Veo que tienes amigas que son colegas mías de la facultad.

Y saludó agitando la mano a las dos compañeras. Ellas no mostraron intención de corresponder, como si no quisieran mezclarse con él. A Ambrosio le pareció que se podía establecer una relación embarazosa, sin embargo, no deseaba despachar a Chus después de haber anhelado el encuentro. Lo invitó a tomar algo para granjearse su confianza y para retenerlo a su lado y él aceptó con sumo gusto. Se pidió un azucarado Martini. Los amigos con los que había estado pasaron delante y le dijeron al bar al que se dirigían por si más tarde se sumaba a ellos. El inspector reparó en que Chus no mostró mucho interés por los derroteros que iban a seguir sus colegas, por lo que coligió que el muchacho tenía ganas de hablar y permanecer con él. Incluso, cuando descaradamente dio la espalda al grupo de Seve y lo acorraló junto al rincón de la barra, supo que su intención era desentenderse también de ellos. Escaleras no lo iba a impedir. Notó cómo de nuevo su curiosidad profesional se anteponía ante cualquier otra consideración.

¡Vaya amiguito que tienes! —inició su deshago Chus—. ¡Cómo se las gasta! Es un maleducado y un bruto. ¡Persona más basta no he conocido! Se cree muy hombre y con derecho a hacer lo que le dé la gana. No le importan los demás. Ya estoy harto de tanta prepotencia. Cualquier día lo voy a mandar a la mierda. ¿Qué se habrá creído?

Ambrosio no sabía cómo disculpar el carácter tan atrabiliario de su colega y, al mismo tiempo, empatizar con Chus. Tampoco creía que mostrarse demasiado condescendiente con el chivato le fuera a dar buenos resultados, pero por todos los medios debía buscar la manera para que le cantara la información que Chomín le había ocultado y hasta, si era posible, indagar más profundamente en ese personaje.

Tienes toda la razón, pero debes disculparlo por sus modales. Estamos un poco atascados y la información que te solicitaba es de capital importancia para un problema que se nos escapa de las manos. Yo tampoco estoy de acuerdo con esa arrogancia que exhibe, no obstante, cada uno es como es. ¿Qué le vamos a hacer?

Chus saboreaba como un triunfo las explicaciones que a modo de disculpa le acababa de dar Escaleras. Degustaba con fruición la roja bebida dando pequeños sorbos, al mismo tiempo que no paraba de mover el vaso para que los gruesos dados de hielo se fueran deshaciendo.

Pues yo pienso que hablando se entiende la gente, pero, cuando alguien te viene amenazando e insultando, muy poco puedes colaborar. Él se lo pierde —dijo satisfecho con las explicaciones.

El policía percibía que los ademanes y los sentimientos que exhibía Chus eran contradictorios. Sin querer adoptaba hacia él una actitud sobreprotectora. A pesar de lo que había oído sobre su tendencia sexual, se resistía a tratarlo como tal. Prefería más bien alternar de hombre a hombre. En cambio, su conducta era femenina. También se puso en alerta al considerar la posibilidad remota de que se le insinuara. Los homosexuales le resultaban molestos y, sin llegar a despreciarlos, los rechazaba. No le cabía en la mente que alguien con apariencia de hombre se comportara igual que una mujer. Se salía de los esquemas previsibles y tendía a considerarlos muestras defectuosas o enfermas de la especie humana. Merecían el respeto y la atención que podría requerir una persona con cáncer o un ciego, pero, cuanto más alejados estuvieran de la sociedad, mejor. Aunque aislarlos en guetos tampoco creía que fuera una solución muy solidaria. Posiblemente la respuesta ideal sería admitirlos y no sorprenderse ni rechazarlos, nuestra cultura era como era y no había vuelta de hoja. Con todo, los españoles les iban haciendo hueco dentro de su seno y, tal vez con el tiempo, veríamos pasear a dos muchachos de la mano y besarse sin causar extrañeza. Era cuestión de mentalidad. Al fin y al cabo, la capacidad de adaptación del género humano no tiene límites y, si en otros tiempos y en otras culturas eran normales las relaciones entre seres del mismo sexo, ¿por qué no podía volver a suceder? Menos asumible consideraba la homosexualidad femenina; ahí opinaba que existía vicio y hasta cierto regodeo. Indudablemente, para el inspector, estos asuntos era mejor soslayarlos, pues a veces le producían vértigo y pánico. Pensar demasiado en estos temas era peligroso y era preferible no excavar en las miserias humanas. Argüía que ojos que no ven, corazón que no siente. Por eso no se atrevía a emitir una sentencia condenatoria contundente sobre ellos. En realidad, ante los mensajes que a manera de argumento de su condición lanzaban esos grupos marginales de que existen muchas más personas homosexuales que las que lo confiesan abiertamente y que muchas celebridades lo han sido y son, quién no se ha planteado en alguna ocasión la contingencia de serlo. A él, sin ir más lejos, en una época que no funcionaba con su esposa, buscando razones a su apatía sexual, se le vinieron a la cabeza ideas extrañísimas, como que si no conseguía la erección era porque era del otro barrio. Claro, que la comprobación de si lo atraían y se excitaba con los hombres fue totalmente negativa. Su vista se dirigía a las Bárbaras y no detrás de los Chus o de los larguiruchos Seve.

Escaleras ignoraba si el confidente sabía por qué Chomín le pedía su colaboración. Maquinaba si era oportuno proporcionarle detalles del caso para que el soplón se concienciara de la importancia de su trabajo. Quizá el estudiante se percatara de su relevancia y colaborara abiertamente. No obstante, las dudas se esfumaron por ser él mismo quien le preguntó para confirmar si realizaban pesquisas sobre el profesor de Bellas Artes asesinado. Para Escaleras fue un alivio.

Conocía bastante bien a Taqui. Sí, al profesor y diputado. Los íntimos lo conocían por Taqui. —Escaleras se mostró sorprendido ante la desenvoltura con la que se refería al asesinado.

Chus deseaba cantar; eso lo vio claro. Era cuestión de tino y de tiempo. Casi suponía que no sería necesario preguntar demasiado. Él mismo hablaría, aunque lo haría poco a poco, según el grado de confianza que le inspirara. La declaración, a modo de desahogo, se iría desnudando de los ropajes más externos hasta llegar a las prendas más íntimas; entonces, solo se vería la crudeza —o la belleza sublime— de la verdad primigenia. Por eso, Ambrosio, comportándose más como un colega que como un inspector, se relajó haciéndole notar que no había prisa. Se interesó por la procedencia de Chus.

Soy de un pueblecito de Toledo que seguro que no conoces, a pesar de ser muy famoso porque en él nació Fernando de Rojas, el autor de La Celestina. Se llama La Puebla de Montalbán. Es un lugar encantador, aunque cada vez lo piso menos. Mis padres se trasladaron a vivir a la capital, y allí solo permanecen unos parientes lejanos. De todas maneras, aun cuando solo sea una vez al año, me doy una vueltecita, sobre todo en las fiestas del verano. Tengo muy buenos recuerdos de mi pueblo, si bien ya no me quedan amigos.

El otro aspecto por el que creyó oportuno mostrar algún interés eran sus estudios, aunque Ambrosio pensó que era muy arriesgado curiosear en la marcha de esos asuntos, ante el temor de que no fueran muy favorables.

No me ha ido mal hasta ahora, a pesar de haber repetido primero. Ahora estoy en tercero. La psicología me gusta; bueno, la verdad es que cada vez me voy desanimando más, porque la carrera no cumple las expectativas que yo me había hecho antes de empezar. Con todo, es muy interesante y me ha servido personalmente en muchos aspectos. No ha resuelto mis grandes dudas transcendentales, pero me ha brindado una metodología adecuada para analizar mis problemas y una herramienta práctica de la que siempre puedo echar mano cuando la necesite, aparte de que, claro, todavía me faltan los cursos superiores, que serán los más interesantes. De lo que no me cabe duda es de que, desde el punto de vista profesional, no me va a servir de mucho en el futuro, pues, aunque hay pocas salidas, no valdría para ejercer como terapeuta. De todas maneras, ya que he comenzado voy a terminarla, un título universitario es un título y hoy día, si no llevas uno bajo el brazo, no puedes ir a ninguna parte.


09/06/24

30. Escaleras no liga

 

Regresaron a la calle de los bazares deshaciendo en parte el camino de ida al Formentera. El pequeño bulevar dormía en silencio. La hora invitaba a recogerse entre las suaves y cálidas sábanas. Ambrosio se hallaba desolado y hasta con remordimientos de conciencia. ¿Qué pintaba a medianoche tomando copas?, se preguntaba. Además, tenía mal sabor de boca porque, aunque le costara reconocerlo, por un instante había albergado la ilusión de que ligaría. Sí, se había engañado con unas esperanzas mal fundadas. Su desazón no era debida a que no lo había logrado, sino a que se había enfadado consigo mismo al darse cuenta de su inocencia y de su falta de apreciación de la realidad. Por momentos, admitía con amargura que no era un donjuán del que se colgaban las mujeres nada más verlo; más bien era un hombre mediocre y ramplón que no llamaría la atención ni aunque vistiera falda escocesa. Una cura de humildad, incluso a esas horas, era oportuna, así como plegar velas cuanto antes y retirarse al hotel. Ciertamente, Bárbara estaba como un tren, sin embargo no estaba destinada a ser suya, aunque la inclinación que sentía hacia ella fuera similar a la que demostraba tan perentoriamente el tarabilla de Seve. Pero a él le estaba vedado un comportamiento tan grosero, a él no se le hubiera ocurrido obsequiarla con tantas zalamerías, se moriría de vergüenza… Se imaginaba durmiendo plácida y profundamente en la cama, saciándose de sueño. Con todo, no encontraba la fórmula de despedida ni el momento propicio para marcharse.

Seve y Paloma habían discutido en broma sobre cuál debería ser el próximo bar, mientras que Bárbara, presa del acoso sexual, mostraba un aturdimiento que le impedía mostrar sus preferencias. Paloma, recurriendo a procedimientos infantiles como rabietas, mohines y pataleos, no quería dejar de dar una vuelta por cierto bar de la Rúa, decía que no podría pasar la noche tranquila sin ver a un camarero que de manera platónica le gustaba mucho. Seve era reacio a romper su ancestral ruta nocturna. Plantado en medio de la calle, aunque dirigiendo el primer paso hacia el siguiente garito de todas las noches, dudaba si seguir sus costumbres y desligarse del grupo o ceder en su pretensión. Al final, obsesionado por conseguir algo de Bárbara, no le quedó más opción que dar su brazo a torcer.

Se pusieron en marcha hacia el bar de la Rúa. Caminaban delante Ambrosio y Bárbara, silenciosos, escuchando los retazos de la discusión entre los otros dos. La alegría inicial de la guapa muchacha se había evaporado. No es que estuviera ensimismada, su talante era más bien el de alguien cabreado. Ambrosio llegó a especular con que tal vez no había que achacar las causas de ese enfado al moscarrón de Seve, cuyo comportamiento en otras circunstancias podría haber sido interpretado como cómico, sino que nacían de las desavenencias entre las dos amigas. Bárbara debía de estar pagando como tributo, si quería mantener la amistad con Paloma, soportar esas salidas de tono y esos comportamientos infantiles y celosos.

Al llegar a la altura del bar, Ambrosio y Bárbara tuvieron que esperarlos, pues continuaban discutiendo simplemente con el afán de mostrarse tercos, como si mantenerse en sus trece fuera una trinchera que no querían abandonar, aunque no tuviera interés estratégico para la defensa de las ideas o de las preferencias por que se peleaban. La discusión se parecía a todas luces a esos juegos infantiles en los que se adopta un rol, sabiendo que en el siguiente lance se deberá representar el opuesto y lo que importa no es el papel, sino la dinámica que se crea con la oposición y el contraste.

Era Paloma de esas mujeres que no soportaban el silencio en una reunión. Si, aunque solo fuera durante unos desdibujados segundos, se cernía sobre ellos el vacío, ella intervenía velozmente para que de nuevo reinara el trono de la palabra. A veces sus comentarios no venían a cuento y, siendo consciente de su metedura de pata, reprochaba la falta de sal y chispa a los concurrentes, a quienes echaba en cara su aburrimiento. Hablar y no parar de hablar, como si temiera que la falta de sonidos la llevara a tomar conciencia de la soledad y el temor a la locura.

¿A qué esperáis para entrar? —les preguntó Paloma, de la que no había desaparecido la mala leche.

Lo siento mucho, pero yo os voy a dejar, mañana tengo que madrugar —se disculpó amablemente Ambrosio.

Ni Seve ni Paloma mostraron interés en retenerlo, pero Bárbara lo ciñó cariñosamente por la cadera y lo arrastró escaleras abajo sin que pudiera oponer la más mínima resistencia ni articular reproche para defenderse. Lo mantuvo agarrado mientras se hicieron un hueco en la barra. Ambrosio no acertaba a decir palabra ni a estar relajado. Su cuerpo era un maremoto de corrientes emocionales que le recorrían todos los músculos y que le hacían sentir un desfallecimiento placentero. Tan solo se trataba del roce de sus caderas y de la presión ínfima de su mano. De esa mano, de sus pulseras y de sus múltiples anillos procedía esa energía que lo derretía. No se atrevió a abrazar la cintura de la muchacha por temor a interpretar equivocadamente aquellas efusivas señales de cariño. Carecía de la valentía temeraria para lanzarse y corresponder del mismo modo que estaba siendo tratado. No lo hacía porque le faltaba naturalidad y porque le producía vértigo la posibilidad de que lo rechazaran. Fue prudente y no arriesgó; se conformaba con esos tenues signos que no cabía más remedio que tomar como señal de camaradería. Entonces regresó la espontaneidad y le sonrió. Ella le devolvió otra sonrisa diáfana. Sin haber cruzado palabra, se despejó toda sombra de duda sobre ellos. Ambrosio comprendió que, a pesar de que a él le gustara mucho, Bárbara no sentía ninguna atracción sexual por él, pero le caía simpático y ambos podían disfrutar de su mutua compañía despejando malentendidos. Los dos respiraron aliviados y libres, ella por no verse obligada a pronunciar un no o a frenarle los pies y Ambrosio por liberarse de una pasión que podría haberlo desorbitado. En esos momentos, los perfiles de las cosas y los contornos de las personas se dibujaron con una nitidez cristalina, adquiriendo un resplandor puro y sencillo.

No le parecía posible. Eran demasiadas coincidencias y sobresaltos para un mismo día. En un rincón, sentado en un cojín de cuero, delante de una pipa de agua —el garito, tanto en su estructura de tracería como en su decoración adoptaba una estética árabe—, creyó descubrir el perfil de Chus, el chivato. Aquello no era normal, pero la evidencia era cada vez más palpable. No cabía duda: era él. Casi podía asegurar que el muchacho también se había dado cuenta de su presencia. No se decidió a ir a saludarlo, si bien no le quitó el ojo de encima. Y, de repente, la luz se hizo en su cerebro de chorlito. Tanto Chus como sus dos acompañantes estudiaban Psicología. Pidió a Bárbara que lo identificara y esta, nada más verlo, puso cara de asombro.

¡Ah! ¿También conoces a ese? ¡Pues entonces es como si estuvieses al tanto de lo que le sucede a media Salamanca! Es otro de los habituales de la noche. Por la facultad también se deja caer de vez en cuando, pero sobre todo por la cafetería. Parece que es del otro barrio —le susurró confidencialmente.

Pronto el volumen de la música copó el reducido espacio magrebí y obstaculizó cualquier atisbo de diálogo, a no ser que fuera a voz en grito y se hablara a escasos centímetros de la oreja. Esta circunstancia permitió a Ambrosio gozar de la fresca y brillante belleza de Bárbara y oler la fragancia embriagadora a jazmín que emanaba de su cuello dorado y terso, igual que una caña de trigo. En sus orejas, tiernas como una rosquilla, se insertaba un diminuto pendiente con una perla, semejante al pequeño piñón de un dulce bocado. Permanecía embobado con el temblor de sus labios cuando se modulaban para formar frágiles palabras que él recogía como si fueran delicados obsequios de fino cristal. Habría conversado con ella toda una eternidad. A Bárbara le regresó la risa alegre y contagiosa de colegiala contenta. Con sus convulsiones se mecían palpitando sus senos y sus pezones se erigían como finos asideros de un estuche escolar. Sus ojos refulgían lustrosos y transparentes cual fría agua de lago alpino y la pequeña nariz aleteaba sin parar. Cada uno de sus poros encerraba su propio ritmo vital. Ante tanta hermosura, Ambrosio se quedaba obnubilado. Era incapaz de pensar y sacar temas de conversación. Se consideró un espantapájaros, convencido de que sus cualidades como hombre interesante y atractivo estaban más que menguadas. «Cómo voy a interesar a una chavala así, si, además de no tener un porte varonil, me falta la simpatía mínima para mantener un tema o hacer dicharacheramente un comentario original que la haga reír. Ni tan siquiera soy capaz de contar un chiste que le provoque una carcajada», se atormentaba el corto policía, cuyos pensamientos lo acobardaban aún más.

Casi se había olvidado del ninfo recluido en el nido de almohadones en el fumadero de opio. Allí continuaba el desamparado pajarillo. Impávido y triste, como mustia flor plegada, no se asemejaba al despierto y grácil garzón que era antes de entrevistarse con el inspector Chomín. A Escaleras su ética profesional lo incitaba a aproximarse al efebo y hablar con él del incidente con su colega salmantino. También lo tentaba la concupiscencia de la estudiante de Psicología, aunque supiera que no lograría libar en la colmena de la pasión. Ante el uno y la otra tropezaba con igual torpeza. La trabazón y el pánico a que lo rechazaran confluían en él. Lo de Bárbara lo veía claro, pero idéntico temor lo engullía al pretender entablar conversación con Chus, con el inconveniente de que este, para colmo, estaba enojado. ¿Con qué sutil artimaña se lo ganaría para alcanzar los favores de su afecto y escudriñar los secretos que guardaba con el inspector local? Consideró echar mano de su arrogancia policial e intervenir despóticamente y sin contemplaciones; sin embargo, a esas alturas de la noche, inmerso en una red de relaciones sociales en la que su personalidad no cuadraba con la de un representante de la ley, no osó romper la imagen que había proyectado porque lo podía mandar todo a la mierda. Aunque a esas alturas de la noche y de llevar el decano un rato en su compañía era probable que las mismas muchachas se hubieran enterado por boca de la sabandija de Seve de que era un prosaico policía y no se sorprendieran si lo veían actuar como esbirro. Con todo, si procedía así, sentiría que traicionaría la amistad que le habían ofrecido. A tanto no se atrevía. Sobre todo, no soportaría los reproches de Bárbara, pues los otros le traían al fresco.

No le convencían para nada las estrategias que erigía para aproximarse al dolido Chus sin que este se sintiera soliviantado. Pensó en invitarlo y pagar sus consumiciones y que el camarero se lo comunicara con un discreto recado al oído, e imaginó que le indicaba con un imperceptible gesto de quién era el detalle. Pero le parecía una fórmula tópica de película que no conseguiría el resultado buscado y más bien podría interpretarse como una descarada aproximación de un ligón de discoteca. Entre tanta indecisión, Ambrosio solo encontraba consuelo en los cada vez más frecuentes y prolongados tragos de cerveza. Se desalentaba ante tal cúmulo de inseguridades. Lo mejor era apoyar los codos en la barra y llorar y que fuera lo que Dios quisiese. Tan abatido lo contempló Bárbara que le dio otro achuchón y lo asió por la espalda, lo que hizo que notara estremecedoramente cómo su pecho turgente se aplastaba contra su columna vertebral y cómo una corriente tibia lo atravesaba y se expandía por todas las direcciones hasta evadirse por los temblores de las pantorrillas.


29. El Formentera y reencuentro con Seve


Las cervezas se duplicaban. No era tomar una y pasar a otro bar, sino que la primera que apuraba el vaso, sin consultar, pedía una más. Tenía que ser un jaleo para los chicos de la barra, pues al final alguna se bebía tres y otra una nada más, con lo cual al abonar el total era casi imposible saber el número exacto. No era cuestión transcendental, tanto el cliente como el camarero calculaban a ojo de buen cubero el importe que se debía.

Ambrosio, inconscientemente, se echaba al coleto lo que le servían sin reparar en el hito vital que suponía beber sin medida y que no se le subiera el alcohol a la cabeza. Después de todo, el canuto, pasado el mal trago inicial, lo había relajado. La tensión se esfumó y reía sin percatarse por cualquier nimiedad. Sin embargo, casi sin querer, adoptaba el papel protector encargado al macho cuando a su cargo pululan dos hembras. Procuraba controlar y no pasarse de la raya. Además, subrepticiamente desafiaba la curiosidad de otros machos que curioseaban la disponibilidad de las dos jóvenes, dejando bien patente que él las protegía. No obstante, no tenía todas consigo y no veía muy claro su rol, pues era evidente su menor resistencia física. Permanecían de pie y él aceptaba estoicamente la posición, pero los pies le ardían y no acertaba a elegir la postura más descansada. Se apoyaba en la barra para aliviar parte del peso; hacía recaer el cuerpo en una sola pierna, mientras la otra descansaba en el aire y la movía como si estuviera entumecida… Esas chicas, de todas maneras, cavilaba, eran especiales y no muy representativas del género femenino, que, al llegar a un bar, lo primero que suele buscar es una mesa para sentarse. Tampoco era normal que consumieran droga como si tal cosa ni que bebieran igual que cosacas y no se pusieran bolingas, ¿dónde se ha visto eso? Ambrosio no podía por menos que sorprenderse con ellas. Los sentimientos y las ideas con respecto al alcohol eran encontradas. Si no le cabía ninguna duda de que la gente que bebía era miserable y le producía rechazo por su poco control, también pensaba que era raro que, por las circunstancias que fueran, bebiendo no se embriagaran. Le extrañaba contemplar la conducta de esos personajes que, en las películas, asemejándose a héroes mitológicos perseguidos por la desgracia divina, se hunden en la miseria y solo buscan ingerir con anhelo lo que sea para olvidar su desgracia… No lo veía un comportamiento sensato, no porque bebieran, sino porque no se emborracharan y anduvieran sonámbulos irradiando tristeza y mala sombra en su errático caminar nocturno. «Si perdieran el control —pensaba—, otro gallo les cantaría, pero empiezan con esas bobadas y luego ya no saben comportarse sino como alcohólicos inmunizados a los estragos propios del líquido destilado».

Sin esforzarse mucho, cuando caminaba por las vías escasamente iluminadas por las caducas farolas y oía el resonar de sus pisadas en los adoquines de las aceras, se imaginaba que a través del túnel del tiempo había retrocedido hasta una población medieval o del Siglo de Oro. Esas callejuelas estrechas, desconchadas y vencidas por el peso de los tejados se asemejaban más a un pueblecillo que a una urbe. Los únicos elementos que desentonaban eran las gruesas bardas de automóviles aparcados y la continua presencia de universitarios que, a pesar de lo tarde que era, deambulaban por la calzada de forma natural. Absorto en sus contemplaciones, Ambrosio fijaba la mirada en los letreros de las posadas y pensiones de mala muerte; en los tristes bares ordinarios que, sin clientes y alumbrados con una mínima luz, con la puerta semiabierta, desparramaban a la calle su silencio y el aroma a lejía; en los portales húmedos y renegridos por la oscuridad; en las pequeñas ermitas olvidadas en la vorágine nocturna; en las tiendas encarceladas por la luna; en la solemne y salomónica Pontificia, energúmena en su altivez; en la Casa de las Conchas, olvidada por unos amantes más atraídos por las alucinaciones de diseño que por el romanticismo del beso… Sentía cómo el alma se le salía del cuerpo, cómo se embriagaba con el hechizo de Salamanca, pero le faltó fuerza y le sobró vergüenza para exclamar a los cuatro vientos —o a las dos chicas— lo feliz que era. Se contuvo, no pensaran que se había vuelto majareta o que le duraban los efectos del canuto o que se le habían subido las cervezas. Para ellas, la liricidad y la poesía no se encontraban en la noche, sino en la comunicación. La metrópoli educativa era un marco trivial, aunque cómodo y acogedor de sus vivencias como estudiantes y como jóvenes, pero carecían de la admiración que acompaña al forastero en la exploración de los lugares que visita; hasta era posible que incluso, habiendo pasado multitud de años en ella, la conocieran menos que un concienzudo turista, interesado y enamorado de la ciudad.

Te vamos a llevar a otro sitio que te va a gustar —pronosticó Bárbara.

Las calles próximas a la universidad sí que estaban solitarias, quizá aliviadas del griterío estudiantil y de la farsa docente del periodo lectivo. El jardín, los árboles hieráticos en su profusa vegetación, los bancos fríos y los arriates expectantes habían perdido el halo vital, que no recuperarían hasta que de madrugada los barrenderos con su áspera escoba no los espabilaran con sus arañazos y bastos improperios.

El nuevo bar no tenía ningún cartel anunciador, sino un pequeño letrero en blanco, pegado en semicírculo a la puerta donde ponía Formentera. No pudo darse muchas explicaciones Ambrosio de por qué no le gustó el garito, sin embargo, la primera reacción que le produjo el local, la gente y la música fue negativa. Cuando le pidieron su opinión respondió confirmando los pronósticos bondadosos que habían anticipado sus acompañantes, pero en su yo más íntimo abominaba de todo. El personal que acogía el recóndito bar era estirado y estúpido; la forma de sujetar el vaso de güisqui y de menearlo, con esa ínfula litúrgica y exhalando orgullo por los poros y los dejes de sus conversaciones a plomo y categóricas, le repateaba. Esas miradas fijas y petulantes siempre reflejaban desprecio e inmisericordia con el prójimo y Escaleras los detestaba por ser unos farsantes y ególatras autosuficientes. No le gustaba el bar ni su ubicación. Estaba aislado, no pillaba de paso de ninguna parte; había que ir a propósito. Camuflado en un barrio antiguo, sin pretensiones en su fachada, solo era conocido para los adeptos. Ese aire de exclusividad le daba por culo y le desairaba la música especial que pinchaba el camarero con pinta de campesino impoluto. Excesivamente artificial y bien preparado como para que el alma sencilla del policía no refunfuñara en su fuero interno. Lo que desentonaba en el ritual de modernidad eran los canutos que se prendían continuamente.

Tanto Paloma, la de cabreada jeta, como Bárbara, la de risa de gorgojo, danzaban entusiasmadas con los arpegios de saxofones y trompetas con movimientos rítmicos y femeninos. Ambrosio ensayó moverse del mismo modo, pero al momento cesó, pues se sentía ridículo bailando esos sones que le eran, si no raros, poco inspiradores de ánimo. De hecho, en muchas ocasiones, eso del jazz, por lo menos para quienes no fueran negros, parecía más música para bailar con la cabeza que con los pies.

Cuanto antes se fueran de allí mucho mejor, pese a que las chicas se encontraban a gusto. Además, saludaron y entablaron conversación con el camarero —de lindo peto, estilo primavera en flor— y con algún otro parroquiano. Aunque se aburría, como era educado, esperaba con resignación a que sus compañeras decidieran abandonar el local. Cuando el tedio era más patente, el corazón le dio un vuelco al divisar en el umbral la espigada figura de Seve, el decano de la Facultad de Bellas Artes. Sin tomar conciencia de lo que hacía, se había lanzado a saludarlo como tabla de salvación de su aburrimiento. Se le pasó por la cabeza que no era muy adecuado tanto ímpetu, pero no pudo controlar tanta alegría al encontrar una cara conocida, aunque fuera la del barbudo profesor.

Seve no advirtió la presencia del policía hasta que este le tocó el hombro. Se situó el sempiterno cigarro en la boca para poder saludar con efusividad al conocido y exhaló una satisfecha bocanada de humo en señal de regocijo por el feliz e inesperado encuentro, sobre todo en un sitio de marcha. Antes de decir más palabras, el larguirucho mandatario universitario había hecho un imperceptible signo para que el camarero-labrador les pusiera en el mostrador otras dos cervezas.

Se le pasó por la mente al inspector que, después del saludo, la conversación habría de desembocar en la marcha de sus pesquisas, pero se equivocó de cabo a rabo. En ningún momento demostró el decano el menor interés por esas cuestiones. Pronto se presentó a las dos chicas. A ninguna le resultaba desconocido, no porque lo hubieran visto por las dependencias de la facultad vecina, sino por sus rutinas de sonámbulo empedernido. Invariablemente, cada noche, el decano sentía la urgencia de darse un garbeo por los mismos bares y casi nunca finalizaba el mismo recorrido antes de madrugada. Paloma, a la que se le iluminaron los sombríos ojos cuando se incorporó el recién llegado, se interesó por su resistencia y por las posibles secuelas de esos hábitos tan desordenados, aparentando sufrir en propia carne los estragos de la falta de sueño. Sacudiendo la cabeza y quitando relevancia a estas circunstancias, Seve dijo que durmiendo unas horitas le bastaba.

Venga, tía, cúrrate un canuto —ordenó Paloma con el deseo de celebrar y agasajar la incorporación del eximio decano.

El barbudo profesor no tardó en meter las curiosas narices en el trasiego de papelillos, cigarros y boquillas; no obstante, su genuino interés por esas labores era escaso. Ambrosio se lo olió enseguida: lo que verdaderamente le atraía era Bárbara. También lo vio claro su compañera, que velozmente trató de llamar su atención, interponiéndose entre ambos con el mayor descaro. Cuando el canuto estuvo liado, Paloma se lo ofreció a Seve para que tuviera el honor de encenderlo; sin embargo, se llevó un chasco, pues fue tajante al decir que no fumaba, como si fuera una prescripción facultativa y casi mostrando orgullo por ello, y puso delante el Fortuna, al igual que un cirio pascual que lo guiara en el mundo del vicio y solo él fuera su proclama.

¡Pues vaya rollo, colega! —le soltó con cajas destempladas Paloma, no cortándose en mostrar su contrariedad.

El otro tan solo efectuó un gesto para expresar algo así como «lo tomas o lo dejas». Ambrosio vio que se quedaba apartado. La voz cantante la llevaba el de Bellas Artes, que descaradamente babeaba a Bárbara y a Paloma, que con mil argucias intentaba atraer la disipada atención del profesor. Su enfado no se atenuaba porque, en realidad, avanzaba poco en su propósito; no obstante, su mal humor tenía como blanco a Bárbara, inocente e incapaz de impedir esa dinámica y, al mismo tiempo, incómoda por no interesarle para nada las atenciones con las que la colmaba Seve. Para más inri, el decano cada vez se mostraba más insoportable con sus fruslerías. Testigo de todo ello, Ambrosio tampoco se hallaba muy a gusto. Notaba su zozobra maniatada por ser tarea imposible romper esa situación.


28. Bárbara y Paloma


La música se fue apagando en su conciencia para dejar paso a rumores incomprensibles, procedentes de los corros de clientes próximos. Continuaban sus dos acompañantes sentadas con él y, con la mayor naturalidad, indiferentes a su presencia, seguían hablando, como si se hubieran olvidado de su existencia. Dominando de nuevo su ser, se hizo el remolón y alargó el letargo dulce en el que se había sumido. A hurtadillas exploraba la realidad más inmediata: las charlas en lengua extranjera y la decoración del establecimiento. Se trataba de un café muy amplio, con mesas de mármol y sillas tradicionales; la barra muy larga y alta, con un mostrador de madera noble; en las paredes colgaban enormes espejos que por un efecto de óptica multiplicaban las dimensiones del ilustre bar. Pronto comprobó, no sin cierta perplejidad, que la mayoría de las personas que se desparramaban por el local eran extranjeras, no ya solo por los diálogos apenas inteligibles, sino porque se hablaba un español solemne y relamido, pero con multitud de incorrecciones sintácticas y léxico inadecuado al contexto comunicativo. Las conversaciones no eran naturales y apropiadas a la amena charla de una tertulia, sino artificiales, como si más bien fueran intercambios de conversación entre estudiantes extranjeros y nacionales. El énfasis y la entonación eran malsonantes y los temas, tópicos.

Se acercó titubeando la taza del café humeante y dio un pequeño sorbo. El sabor era desagradable y muy fuerte.

¡Hombre, por fin te vas espabilando! ¡Qué alegría! Parece que vas recobrando el color —lo saludó una voz de conejillo, fina y estridente. Una amplia sonrisa y unas gafas redondas lo miraban con la incertidumbre de si la recuperación del convaleciente era absoluta.

Gracias —fue lo único que se le escapó, avergonzado.

No hay de qué —le respondió una voz áspera y varonil con la misma entonación formal, aunque sin dejar de sonreír desenfadadamente. Ambrosio hubo de contener su sorpresa, al provenir de una mujer.

El atribulado policía no acertaba a encontrar las palabras para romper la distancia con las desconocidas. Cerraba las manos debajo de la mesa sin percatarse de la tensión que se le acumulaba por momentos.

¡Ah, por cierto, qué despiste! Yo me llamo Bárbara y la colega, Paloma —se presentó la primera al tiempo que se incorporó para proporcionarle dos sonoros besos, a los que correspondió torpemente. La otra solo le tendió la mano.

De las dos samaritanas, la que despertó una inmediata simpatía fue Bárbara. Era bajita pero muy guapa. Lo más interesante era su mirada, de grandes ojos negros. Sobresalía también el envidiable color cetrino de su piel. Fue ella quien tomó la iniciativa para romper las distancias de un modo natural. Sus movimientos eran desgarbados y hacía gala de un humor fino, que atenuaba con la perpetua risa de su boca. Lo que más gracia le causaba a Escaleras eran los frecuentes meneos elegantes de su media melena. La de voz varonil y ronca era bastante reservada y su fisonomía menos agraciada que la de su compañera: era mucho más corpulenta y basta; sin embargo, lo repulsivo era su voz dura, que producía la sensación de estar cabreada al hablar. Además, la que llevaba la voz cantante era Bárbara, que observaba, desde una posición en retaguardia, como si fuera la encargada de cubrirle las espaldas, cómo se desarrollaban los acontecimientos con el desconocido. Paloma lo miraba y Ambrosio se sentía de la misma manera que si lo estuvieran desnudando. Ante ella, era imposible no ponerse nervioso.

Yo me llamo Ambrosio —se presentó, temeroso no de su profesión y su cometido, sino de pronunciar con claridad su nombre, poco corriente.

¡Vaya, vaya! Conque Ambrosio. No me acuerdo de nadie que se llame así. Es muy curioso —se extrañó Bárbara.

No deseando adentrarse en esos derroteros, el inspector se llevó la taza a los labios para romper la dinámica de la conversación y evitar entrar demasiado en detalles de su vida. El carajillo no le estaba sentando mal, notaba más asentado el estómago.

¿Sois estudiantes? —indagó tímidamente, percatándose de lo tópico y ridículo de su pregunta.

Bueno, algo parecido debemos de ser, aunque lo que está a la vista es que no muy buenas. Alguna vez nos da por ir a la facultad y estudiamos cuando hay un examen cerca… —salió del paso con una respuesta evasiva Bárbara.

Cuando siguió preguntando y descubrió que eran estudiantes de Psicología se sintió gratamente sorprendido, pues era como si los tres hubieran compartido una experiencia vital que los aunara. Ellas no supieron calibrar esta reacción de sorpresa del desconocido.

Y tú, Ambrosio, ¿qué haces por aquí? —lo interrogó fríamente Paloma.

Sabía que era inevitable la pregunta. La esperaba y mentalmente había ensayado distintas respuestas, si bien a su mente embotada no se le había ocurrido como solución ninguna otra que la de decir que era estudiante. No sería difícil creérselo. Pero en el último momento, Ambrosio no echó mano de esa contestación. Tan claro vio que las dos chicas no se creerían que era un universitario que se hubiera muerto del ridículo si no hubiera improvisado otra respuesta.

No soy de aquí; estoy de paso por motivos laborales —afirmó humildemente.

En muchas ocasiones, las preguntas en conversaciones vanas e intranscendentes no son formuladas para despejar dudas e ignorancias o como reflejo del interés por el que las realiza, sino como meros formulismos para llenar huecos fríos de un proceso comunicativo en el que los interlocutores intervienen no tanto por gusto como obligados por circunstancias diversas. Si la intervención es muy larga o compleja o enrevesada, pronto el que escucha deja de prestar atención, esencialmente porque ya cumplió el propósito inmediato con el que formuló la pregunta. Si Escaleras hubiera contestado que era policía, con seguridad habría logrado copar la curiosidad de las estudiantes; sin embargo, la ambigüedad, la huida por la tangente y los síntomas peligrosos de una respuesta prolija, como la que estaba dispuesto a proporcionar, tuvieron el efecto de inocular a sus acompañantes el desinterés más supino.

En el momento en que se percató de que no lo escuchaban, Ambrosio sintió el aldabonazo apropiado para recapacitar y ponerse en la piel de las dos chicas y comprender que era completamente normal que su vida no les interesara lo más mínimo… Además, era una hora oportuna para recogerse. Ya estaba bien de impresiones fuertes por esa noche. Sin decir nada, oteaba el deambular de los camareros para pagar lo consumido. Y tardaron mucho en dejarse cazar. Le tendió un billete a uno de ellos y esperó la vuelta con paciencia.

¿Conoces la marcha de Salamanca? —le sorprendió Bárbara con esta pregunta que más bien era una invitación a que no se despidiera con tanta urgencia.

Iba a contestar que ya era muy tarde y que al día siguiente debería ser puntual con su cita en las investigaciones, pero no tuvo oportunidad.

¡Venga! ¡Total un par de cervecitas! —continuó animándolo Bárbara, mientras Paloma, sin decir nada, parecía dar su anuencia.

No lo dejaron recapacitar. Cada una lo agarró de un brazo y con la mayor confianza se lo llevaron a los inciertos caminos nocturnos de una ciudad que para él era un monstruo que le producía pavor. Junto a ellas sentía una mezcolanza extraña. El calor y el roce infantil con el cuerpo de las dos jóvenes le producían la soberbia de la lujuria y la protección y seguridad de lo femenino, pero la despreocupación y la naturalidad con la que lo trataban le inducían a ser prudente y a pensar mal por si se equivocaba. «Muy bien pueden ser unas golfas que vete tú a saber qué buscan contigo», le recordaba la parte más negativa de su espíritu instructor. Esta advertencia lo ponía tenso al pensar que, de cualquier rincón, de un oscuro portal, algún compinche saldría de improviso y lo atacaría por la espalda para robarlo. También su mente proverbial le anticipó que quizá recurrirían a echarle en la bebida alguna sustancia que le produjera sueño, para de este modo apropiarse de todas sus pertenencias. Incluso que, tanto una como la otra, fueran dos vulgares meretrices que intentaban cazarlo con las armas invisibles de la seducción para sacarle los cuartos una vez que hubieran hecho el amor con él y le exigieran su remuneración… «Claro, que, pensándolo detenidamente, ellas deberían ser reacias con un desconocido y, además, ¡qué coños!, ¿no soy un policía? No me voy a asustar con estas memeces». Escaleras terminó por convencerse de que no era muy razonable atormentarse por hipotéticas malas pasadas que, en cualquier caso, serían fáciles de solventar mostrando su arma. Se relajó, dispuesto a disfrutar de la compañía de las dos simpáticas estudiantes de Psicología y de la noche salmantina.

Lo llevaron a un bar que ellas llamaron El Arenas. Lo ponderaron sobre todo porque en él pinchaban muy buen rock y con un sonido inmejorable. Condicionado con la descripción, lo primero que hizo al entrar en el garito fue fijarse en esos detalles y confirmar la opinión de sus anfitrionas. Le gustaba la música. Pensaba que a todo el mundo le debería gustar, entendiendo por música algo que sonara más bien bajo, que se pudiera canturrear en castellano o que sirviera para bailar agarrado con la novia. En esos estrechos parámetros, incluía a cantantes como Julio Iglesias, ante el que se quitaba la gorra por su maestría; José Luis Perales, su gran ídolo, porque lograba una identificación casi total con las letras de sus canciones, y alguno más en esa línea. A instancia de la curiosidad de sus dos acompañantes, de los conjuntos pop más recientes del panorama musical español, soltó por compromiso y tratando de congraciarse y aproximarse a las hipotéticas apetencias que él creía serían de su agrado, Hombres G, como si fuera una apuesta por la modernidad de sus gustos. La música extranjera le daba lo mismo que fuera de calidad o no, simplemente la rechazaba, ya que no le llegaba al alma al no entender ni papa. Sin embargo, las vibraciones que transmitían los altavoces en ese bar le resultaban agradables, a pesar de que atronaban y de que la mayoría de las canciones eran en inglés o de grupos españoles de mal gusto, como el gilipollas de Ramoncín, el rey del pollo frito. Allí, en ese local, junto a las dos samaritanas, por la noche, con una cerveza entre manos, podía soportar e incluso disfrutar con agrado esas músicas extrañas. ¡Quién se lo hubiera dicho!

Sus acompañantes no se interesaron por sus cometidos en una ciudad ajena, ni por sus funciones laborales, ni por su edad, ni por su residencia… En cambio, cuando les confesó que estaba casado aunque sin familia, ahí, en este tema, sí que sintieron curiosidad por conocer el nombre de su esposa, cuánto tiempo llevaban juntos, a qué se dedicaba ella, cómo era, qué edad tenía… Sin saber bien por qué, Escaleras sacó la conclusión de que, después de confesar su estado y que tenía mujer, las posibilidades de ligar con ellas habían desaparecido por completo, sin que por ello sus dos amigas dejaran de ser amables con él. También él se alegró en cierta medida de que la nube de la duda que campeaba sobre ellos se despejara. Ninguno de los tres presentaba ningún interés amatorio y, por lo tanto, eran libres de hablar y comportarse sin la artificiosidad que rodea el proceso de acercamiento amoroso en esas situaciones de ligue nocturno. Sin embargo, una pequeña mota de melancolía se impregnó en su alma, pues no dejaba de reconocer que Bárbara le hacía tilín.

27. ¡Un cardiaco!

 

Había apresurado el paso hasta cerciorarse de que era la plaza; sin embargo, habiendo comprobado con satisfacción que había acertado, disminuyó la velocidad, sin saber exactamente por qué, hasta que, cuando ya veía el hotel, supo que no le apetecía entrar en él, aunque, en el mejor de los casos, estuviera Hortensia en la recepción. Continuó andando, siguiendo la estela imprecisa de los pocos paseantes que a esa hora nocturna permanecían todavía con el timón amarrado y fijo en las rutas apacibles del paseo más popular de Salamanca. No le parecía muy lógico deambular solo. Tal vez por eso no sabía qué actitud adoptar: si la del despreocupado y estrambótico caminante nocturno o la de aquel que cruza la plaza con destino allende sus arcos. Esa duda vital no se dilucidaba ni contemplando de vez en cuando los escaparates escasamente visibles a esas horas… «¡Hay que ver cuántas congojas absurdas soportamos por ser tan sociales!». Esa fue la única reflexión que parió de sus meditaciones como paseante solitario. No obstante, una certeza era clara: no deseaba traspasar los umbrales del hotel. Era pronto. El hambre reclamaba desde el estómago y la cena en una mesa solitaria de un concurrido restaurante no le resultaba muy estimulante.

Había recorrido los cuatro lados del cuadrilátero paseando por los soportales, cuando en una calleja angosta y sin salida, al final, observó un bar con pinta más bien de tasca. El callejón estaba en penumbra y de sus paredes se desprendía olor a orín. Estuvo a punto de darse media vuelta. La puerta vieja y frágil dejaba colar una línea de luz amarilla, al mismo tiempo que las vibraciones de una música pop, pero los cristales esmerilados no permitían divisar la calaña de los parroquianos. Un impulso suicida le llevó a agarrar el picaporte y a empujar. El camarero, un chaval vestido de calle, lo miró con curiosidad. La sorpresa inicial se transfiguró al segundo en apatía, como si la conclusión a la que hubiera llegado el trabajador de hostelería fuera que era un cliente no habitual, pero sin motivos para interesarse por él. De todas maneras, aunque Ambrosio percibió cómo el juicio al que era sometido era fútil, no se relajó y dudó al elegir el lugar adecuado para arrimarse a la barra, aun habiendo sitio de sobra.

Había ocasiones en las que Ambrosio se sentía especialmente molesto e incordiado. La primera era cuando de mala gana entraba en cualquier tienda a examinar sus productos y el pesado dependiente se le ofrecía con un «¿le puedo servir de ayuda?» y se pegaba a su espalda para ponderar la calidad de lo examinado sin haber solicitado su opinión. Y la segunda cuando, al meterse en un bar y, sin disfrutar del tiempo necesario para pensar e inspeccionar lo que le ofrecían las bandejas, el camarero se le quedaba mirando como un pasmarote esperando indolentemente su petición…

Por salir del paso, al no encontrar la espita del barril de cerveza en el barrido visual del mostrador, rogó que le sirvieran un botellín. Así dispondría de unos segundos para decidir si requería los servicios del mozo para algo más. En la barra desnuda, solo había una enorme ensaladera con un montón de blancos huevos. Ambrosio dudó de su estado, ¿estarían cocidos o frescos? Un cliente proporcionaba dentadas a un bollo de pan que dejaban señalado el arco pormenorizado de su dentadura. El inspector acabó por fijar la mirada en una pizarra en la que se anunciaban los bocadillos, así como su importe según su tamaño. La vergüenza por los precios tan ridículamente baratos hizo presencia en sus mejillas al solicitar un bocadillo grande de panceta, como si fuera a timar al trabajador propietario. Posiblemente, por hacer gasto y abonar una cantidad superior se pidió otro botellín.

El diputado, Chomín, Hortensia, su esposa y su mismo jefe se podían ir a hacer puñetas a Camerún. Le importaban muy poco a esas horas, cuando con fruición devoraba un bocata grasiento. Sus dedos chorreaban grasa y se los chupaba y gozaba como un enano. Las preocupaciones, la sensación de fracaso en sus investigaciones y la responsabilidad por su incompetencia se habían ido a dormir al hotel y lo esperarían agazapadas al día siguiente, pero, de momento, su mente se concentraba en esos bocados tan sabrosos. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto comiendo. Ambrosio contemplaba a los demás clientes también felices, abstraídos cada uno en un menester. La televisión funcionaba sin volumen. Había música melódica moderna, si bien entendible; se cantaba en español, quizá Radio Futura.

El policía se admiró de encontrar a chicas solas alternando tranquilamente en un día de diario, pero lo que le dejó de piedra es lo que consumían. Delante del mostrador, a su altura, cada una sostenía un pequeño vaso que vaciaron de un trago, como si estuvieran en una película del Oeste. Hicieron una imperceptible señal para que les pusieran otro.

¿Otros dos cardiacos? —se aseguró el camarero antes de servir.

De una botella antigua echó en los vasos un aguardiente rojo, añadiendo una guinda en cada uno y, para rematar, un chorrito de ginebra. ¡Vaya bomba! El inspector se santiguó. Y se volvió a santiguar al observar cómo las chicas, sin dejar de hablar muy serias, extraían de un morral de cuero todos los utensilios para liar un canuto de hachís. Primero, la hoja del librillo; luego, la piedra envuelta en papel de aluminio. Y después de revolver entre la variedad de objetos de su bolso, acabar por pedir un cigarro rubio a Ambrosio. Se lo negó descaradamente, casi recriminándoles el nefasto vicio. El chico del mostrador se lo proporcionó sin que se lo solicitaran. Lo liaron lentamente tan concentradas en su cháchara que se olvidaron con torpeza de las tareas esenciales para su confección. Por un momento, la mano con el papel y el tabaco desparramado se paralizaba durante unos instantes, esperando un halo vital incierto. Al pegarlo se dieron cuenta, despistadas las dos, de que no tenían cartón para enrollar la boquilla, y la operación se interrumpió durante otro rato. Una vez más el propio camarero las socorrió al cortar un trocito de cartón de su paquete de cigarrillos… En el pequeño local se percibió inmediatamente el olor fuerte, denso y mareante del porro. Tan solo con inhalarlo, le vinieron síntomas de mareos y náuseas. Las jóvenes no variaron un ápice su semblante mientras daban chupadas al cigarro. La incógnita de su conversación íntima perturbaba la curiosidad del policía, que no era capaz de cazar una palabra, una frase… Vocalizaban y hablaban con parsimonia, y la expresión de sus rasgos faciales les proporcionaba una sensación de serenidad. Tan absorto se encontraba persiguiendo un comentario que cuando el camarero le presentó el canuto con familiaridad para que fumara él también, por segunda vez en la noche se tiró de cabeza al vacío al sonreír y tratar de dar un par de caladas con la mayor naturalidad. Se lo devolvió tan campante al barman, que le indicó con un gesto que el canuto debía ir a parar a ellas. Una de las chicas lo recogió sin darse la vuelta a mirarlo. Regresó a su sitio. El segundo botellín estaba a medias. No había prisa. Arrimó a la barra un banquillo alto y se sentó tranquilamente. La verdad era que a esas horas agradecía el alivio proporcionado por el asiento. El día había sido largo y se sentía derrotado. Quizá por eso el descanso y la relajación de los músculos eran más placenteros. Por primera vez en su vida —cualquiera lo diría— había fumado droga. ¿Y qué notaba? Nada. Absolutamente nada. Tanto dar vueltas a ese problema cuando ni se enteraba de sus efectos. Es posible, se hacía las cuentas, de que no hubiera aspirado lo suficiente y por eso los síntomas no se apreciaban. No obstante, cuando por segunda vez le pasaron el porro y chupó con ganas y tampoco notó indicios raros, consideró que eso del cannabis era un engaño de tontos; no era como el alcohol, que rápidamente te pones contento cuando te echas un cubata al gaznate.

Un calor hormigueante merodeaba por sus entrañas. El bocata le había sentado de maravilla, sin embargo, un sudor, tan pronto frío como caliente, le recorría todo el cuerpo, especialmente en la frente. ¡La alta temperatura del bar o la falta de aire puro! Cualquiera de las dos razones podía ser el origen de ese malestar, que se arreglaría enseguida marchándose del local. Pagó mecánicamente y se despidió del camarero. No se dio prisa en salir; procuraba moverse con naturalidad, aparentando que no le urgía que la noche lo acariciara y calmara su sofoco. Fue como si lo hubieran abofeteado, exactamente igual. Se paralizó, la mente perdida, y tan solo fue capaz de sentarse en la acera, adoptando una postura próxima a la fetal al situar la cabeza por debajo de las rodillas. ¡Qué mal estaba! Parecía que le rondaba la muerte. Era un placer dejarse ir… y perdió el conocimiento.

Se sintió arropado. Una cazadora o un tabardo le cubría la espalda. En su vida había sentido un vacío tan profundo como el que le embargaba en esos momentos; no obstante, regresó al presente en el momento en que oyó voces. En sueños oía cómo lo llamaban y rescataban del inconsciente. Se asustó al comprobar que había perdido el conocimiento, pero casi al tiempo se alegró de volver a pensar y percatarse de su estado. Miró a los que le hablaban, que estaban en cuclillas. Eran las dos chicas del canuto y el camarero. Le mesaban los cabellos y le aguantaban la prenda de abrigo para que no se enfriara.

¡Ya está! No ha sido nada —sentenció con toda la naturalidad posible una de las samaritanas.

¡Venga! ¡Levántate! Vamos a tomar algo aquí —ordenó la otra, dando a entender al camarero que ya se encargaban ellas del muerto.

Lo agarraron cada una de un brazo y en tan buena compañía lo introdujeron en otro bar. Buscaron una mesa vacía y los tres se sentaron.

A ver, chiquillo, ¿qué te pide ese cuerpo tan serrano? ¿Algo calentito y que te asiente el estómago? Venga, que sí, hombre, que te va a venir fenomenal —lo animaba una de las almas caritativas.

En esos momentos, Ambrosio era el ser más desvalido. Sus ojos se humedecieron, aunque no llegaron a cuajar las lágrimas. Le parecía imposible que él, un policía hecho y derecho, fuera socorrido por dos chicas, dos estudiantes en una circunstancia tan comprometedora. No osaba levantar la vista para mirarlas cara a cara. Ellas lo observaron acongojado, pero tampoco lo sobreprotegieron, sabiendo que tal vez una atención desmesurada fuera contraproducente en la reanimación.

El camarero se presentó. Sin consultarlo, entendiendo que le apetecería algo calentito y que le arreglara el cuerpo, pidieron para él un carajillo y para ellas, dos tubos de cerveza. La música, estando presente, parecía proceder de la lejanía; era una melodía rítmica y comunicativa. Oía las quejas del saxofón, largas y desamparadas en el deambular de su existencia. No eran interpretados sus pesares para oírse, sino para perderse en la noche.

La Nisina y la lagartija Martina

  Había una vez una lagartija que se llamaba Martina. Era media lagartija de lo pequeña que era. Había despertado a la vida un mes de abril,...