13/08/24

Lúa


PRIMERA PARTE: LA HUIDA

I.

La noche caía negra y densa sobre el monte de encinas. Una lluvia de fino hielo se desprendía despacio de las nubes preñadas de temor. Por el camino que descendía al pueblo, un muchacho, con sus ropajes inflados por un viento impúdico, acompañaba a unas vacas ateridas que chorreaban gotas de leche que, al contacto con el suelo, se convertían en hielo. Bordeando el mismo camino, cual fantasma, Lúa, una perrita, igual de negra que la noche, ascendía hacia El Encinar. Cuando el vaquero se aproximaba a las primeras casas, la perrita se encaramó en una gran piedra y contempló desde la lejanía al muchacho, su amo. «Adiós, Carlitos». La última vaca de la piara, volvió la testa y, triste, emitió un largo bufido.

—Vieja, ¿qué te pasa? —dijo Carlos, dándose la vuelta y sintiendo solo la noche.

Con el hocico pegado al suelo y la cola barriendo sus huellas, continuó la perra. Al finalizar el camino, en el borde mismo del monte, husmeó la presencia de un hombre que penetraba en los dominios desconocidos. Esperó agazapada en un zarzal hasta asegurarse de quién se trataba. «Me cagüen en las narices, me cagüen en las narices», le oyó repetir muchas veces. Apareció trastabillándose, cayéndose y levantándose. Portaba una botella de vino de la que echaba buenos tragos. Lúa observó que trepaba una pared y que rodaba como las piedras que había tirado al caer. Se acercó a él y lo reconoció: era Trebolín, un hombre que vivía solo. «Me cagüen en las narices», repetía una y otra vez. Llamó a la perrita y esta se acercó al trote. Se sacó un mendrugo de pan del bolsillo y se lo arrojó.

—Me cagüen en las narices; toba, toba, me cagüen en las narices; hace malísimo, me cagüen en las narices…

El animal se recostó a su lado y empezó a chupar los huesos de aceituna que le arrojaba. Se levantó y Lúa se incorporó y lo siguió.

—Me cagüen en las narices, ¡qué malísimo!

Los dos se adentraron en el monte. La espesura no dejaba entrever nada. El hombre rodaba por el suelo en los barrancos. Se levantaba y trepaba. Resbalaba y caía. Cuando vació la botella, se quedó tendido.

—Me cagüen en las narices, toba, toba, toma.

Se sacó unos torreznos y se los echó a Lúa. Tumbado sobre retamas, se quedó dormido. La perra se recostó junto a él buscando su calor.

«Es curioso —pensaba Lúa— me daba miedo venir sola a estos parajes que jamás me atrevía a hollar y me encuentro con Trebolín». Este roncaba afablemente sin parecer tener frío. «Bueno, ya no estoy sola».

Lúa siempre había sido mimosa y zalamera. Cuando acompañaba a Carlos con las vacas y este se echaba a dormir plácidamente, le había gustado acurrucarse junto a él. «Ahora no es Carlitos, pero en esta noche no me importa compartir el calor con Trebolín».

Lúa lo había dado muchas vueltas en los últimos tiempos y no se decidió hasta esa tarde. Todavía no era vieja y se sentía en plenitud de formas. En la primavera aún había parido dos hermosos cachorros. Tal vez se había precipitado en una decisión tan transcendental. Pero, poco a poco, las cosas se complicaron y no mostró la suficiente fuerza como para adaptarse a los contratiempos. Ya no podía dar la vuelta, se hallaba en El Encinar. El paso peor ya lo había dado y la suerte fue favorable, porque se encontraba acompañado por Trebolín. Era consciente de que ya no era posible la vuelta atrás, incluso, para un perro. El Encinar era muy grande, un laberinto misterioso, sin caminos. La vegetación se constituía en una selva enmarañada de zarzales y chaparreras que ahogaban a los árboles. Era un destino sin retorno: el que se atrevía a violarlo, no regresaba.

Había oído hablar de El Encinar en muchas ocasiones e, incluso, conocía bastante bien los alrededores, porque las vacas de Carlitos hacían el careo por esos parajes, pero sin adentrarse en el monte, bien enmarcado y señalado por el denso arbolado. Hasta llegar al límite, yendo desde el pueblo, el terreno era cuesta arriba, pero, bruscamente, descendía muy inclinado y comenzaba una vegetación enmarañada. El Encinar era una trampa por todos conocida; también, una salida que algunos buscaban, tanto personas, como animales.

El hábitat del bosque no difería en general del resto del paisaje que lo circundaba, pero, en su interior, la vegetación se multiplicaba asombrosamente. Estaba habitado por jabalíes, linces y muchas clases de reptiles. La abundancia de vida vegetal y animal era consecuencia del respeto que los humanos siempre sintieron por el lugar. Todo estaba allí, en el Encinar, intacto y prehistórico. Los límites entre ese territorio ignoto y el domesticado se mantenía claro, con el deseo humano de tenerlo controlado para que el avance de la masa arbórea no se extendiera hasta los pastos y las tierras de labranza más cercanas. Sin embargo, un frente vanguardista de ese ejército de maraña arbórea había logrado arañar cierta extensión de las colinas circundantes. En la vertiente oeste de El Encinar, sobresalía un ápice. Se trataba de un gran cerro, situado al lado de otras colinas. El poder invasor del monte se manifestaba en esta primera joroba en la que la maleza había cubierto de tupida capa toda su extensión; en cambio, los otros montículos se mostraban limpios, sin apenas un zarzal, pues era una de las zonas aptas para el cultivo del cereal. Esta frontera del paisaje estaba marcada, además, por una cadena de piedras graníticas que delineaba los límites de la masa forestal. La línea continuaba más allá del término municipal, desvaneciéndose en la lejanía de la altiplanicie del norte, siguiendo un curso contrario al de las agujas del reloj. Lúa, cuando andaba con las vacas, solo había visto traspasar esa raya a algún conejo perseguido por ella, que buscaba refugio en el primer matorral que encontraba, y por urracas, que se sostenían en las ramas de las encinas.

Ahora se hallaba allí dentro y era de noche. En la oscuridad solo se escuchaban las ventiscas de hielo. Se fue quedando profundamente dormida. Soñó que jugaba con Carlitos en las eras, que ambos corrían detrás de La Vieja, que la acorralaban y, que, cuando la vaca se encontraba sin salida, se encaraba con los cuernos delante de ella. Carlitos la azuzaba, pero La Vieja bufaba y escarbaba con fiereza la hierba hasta conseguir que el pequeño animal huyera en el momento de embestirla. La vaca, más enfadada, corría otra vez detrás de ella, con sus grandes ubres volteando de un lado para otro, sin conseguir alcanzarla. Así, hasta que La Vieja se cansó después de varias carreras. Hechas las paces y rendida, la lamía dejando su pelaje cálidamente húmedo. Sin embargo, ese placer se convirtió de súbito en una sensación helada que se adentraba hasta los huesos. Se incorporó. Se percató de que se trataba de un sueño, más bien, al final, de una pesadilla. De nuevo fue consciente del lugar en el que se hallaba. Se acercó a Trebolín. Le lamió las manos y las tenía frías, muy frías; le lengüeteó la cara y comprobó que su frialdad era la del hielo que hiere la piedra. Lo mordió, pero no respondía. Era un cuerpo congelado. El final había llegado para él.

Se alejó de allí sin rumbo fijo. Aún no había amanecido por completo. El frío era más intenso en esa madrugada. A su alrededor todo estaba inerte, como Trebolín. Intentaba moverse, sin embargo, sentía las patas engarrotadas e insumisas a sus órdenes de seguir ejercitándose. Sabía que, si se tumbaba, moriría, pero le era imposible avanzar. Con su larga cola se azotaba las piernas, se revolcaba buscando una reacción; se mordía el rabo, hasta finalizar ladrando y emprender una marcha alocada.





II.

La mañana fue entrando despacio. Los primeros rayos de sol aún tardaron bastante en lucir. Cuando aparecieron, multitud de cristales de hielos brillaron antes de enseguida transformarse en gotas de agua. Se acordó de que, en esos momentos, si se hubiera hallado en el establo, habría entrado a calentarse y comerse los moñigos calentitos de los terneros recentales. ¿Se percatarían de su ausencia?, ¿de que no había dormido en la caseta?

Empezó a caminar buscando el trayecto de vuelta. Corría como si se ahogara. Ascendía explorando la salida, mas cuando escalaba esa cota, otra hondonada descendía bruscamente. Divisó unas tórtolas volando. Determinó que, siguiendo su rumbo, la sacarían del boscaje pardo, pero, pese a correr próxima al agotamiento, no consiguió ponerse a su altura. Las vio desaparecer en la inmensidad azul del cielo y lo que la rodeaba seguía siendo la maleza y los árboles hieráticos que, a modo, de centinelas le impedían salir de la cárcel en la que voluntariamente había penetrado. Se tendió en el suelo, sin saber si el término del pueblo estaba cerca o se había adentrado aún más en el corazón de ese espacio cerrado.

Después de reposar de la persecución infructuosa, sintió hambre. No se determinaba si persistir en la búsqueda de la salida o preocuparse de encontrar algún alimento. Optó por saciar el apetito, siendo consciente de sus propias limitaciones cazando. Rara vez había logrado atrapar un gazapo en campo abierto, por lo que, rodeada de maleza, pensó que sería una casualidad que una perrita pequeña lograra echar bocado a un conejo, que, sin duda, la torearía hasta ocultarse en cualquier burladero.

Quería incorporarse y ponerse en movimiento, pero la tierra la atraía sin permitirla iniciar la marcha. Apoyó la cabeza en el suelo y miró fijamente a una vieja encina. Era muy triste la situación en la que se hallaba, sin poder salir de ese enjambre de vegetación arisca. Se arrepintió de elegir ese destino, pero fue consciente de que lo había buscado voluntariamente. De nada servían las lamentaciones. Había sido débil, mas, en esos momentos, debía sobreponerse a las adversidades y aceptar que, en su desesperación, había elegido como solución adentrarse en El Encinar. No se movería de ese lugar. Esperaría quieta la noche y, al amanecer, se habría convertido en un bloque de hielo, como el cuerpo de Trebolín. Tuvo suerte Trebolín, ni se había enterado y, además, con compañía. Es mejor estar acompañada. Ella que siempre eligió la independencia, casi sin amigos, que prefería la soledad y no jugar con otros chuchos, ahora anhelaba a alguien que se tumbara a su lado y la acompañara en esos últimos instantes de su vida. Había sido demasiado altiva despreciando a los demás. Fue orgullosa, o ¿había sido mimada en exceso? Sí, era esto lo que había configurado su personalidad: había sido la primera y sentía sus derechos lastimados y usurpados por extraños que se sumaron a sus dominios. Demasiado egoísta, eso es, esa era la última causa que había desencadenado todo este drama. ¿Para qué seguir buscando explicaciones a una vida que ya no interesaba a nadie? O, tal vez, sí… Era demasiado dura. Seguro que había alguien a quien sí importaba. No solo personas, sino, incluso, animales. ¿Se dejó querer? Tal vez, no. Se creía superior y no admitía la camaradería con otros perros a los que consideraba inferiores, demasiados vulgares y atolondrados como para buscarlos los piojos. Ella sola se bastaba. No le importaron sus semejantes y su vida orbitó en torno a una esfera que no era la suya. Ella era una perra, algo que debería haber tenido claro desde siempre y, en consecuencia, haberse comportado como tal, no buscando entelequias y anhelos impropios de su naturaleza. He ahí el origen de su desdicha: no saber quién era.




III.

El sol se situó justo encima de ella. Sus rayos la herían con su intensa luminosidad, molestándola. Era mediodía. Por un instante, apartó sus angustias y se despertó en ella la curiosidad por explorar el entorno que la rodeaba. Hasta ese momento no se había percatado de la presencia de ningún ser. Sin levantarse, observó que encontraba echada sobre unas cagalutas viejas de conejos. Estaban muy duras y eran del color de la tierra. Coligió que todo El Encinar estaría repleto de ellos. Los había visto cruzar de un lado a otro de esa frontera que separaba la selva indómita y la tierra de pastos por donde Carlitos tenían el careo, sobre todo, en primavera, en busca de brotes verdes de centeno y algarrobas de las pocas parcelas que aún sembraban los labradores por aquellos parajes. También se adentraban en los prados más cercanos y los arrasaban, dejando como testimonio de su paso una parva de excrementos, igual que si se tratara de un rebaño ovino. Por esta razón, los vecinos que se sentían derrotados abandonaban estas propiedades, que consideraban perdidas a favor del encinar. Tampoco la piedra era apta para el labrado, por resultar muy blanda, por lo cual, tan solo los vaqueros horadaban esos parajes limítrofes.

Se incorporó y con parsimonia emprendió un trote. Las encinas adultas y los matojos de sus propios brotes estaban llenas de pequeños capullos, alguno de los cuales despuntaban apareciendo diminutas bellotas negras que parecían alfileres. Como supuso antes, encontró más deposiciones de conejos. Un poco más alejado, divisó unas ropas desgarradas. Se acercó a ellas con cautela, como si temiera una emboscada. Cuando se hallaba a unos pasos, le resultaron familiares. Olían a sangre reciente. No quiso acercarse más. Por allí también estaba una zapatilla y los pantalones. Era un espectáculo macabro, pues no solo eran los ropajes, sino los restos de su esquelético cuerpo. No se imaginaba quién podía haber cometido esa carnicería y las razones que habían movido a los asesinos a realizar esa masacre. Cuando se alejaba del lugar, descubrió unos excrementos asquerosos. Su olor era pestilente; aún estaban frescos. Le resultaban parecidos a los de los cerdos. Se marchó de allí con el temor repentino de que su vida podía estar en peligro. Corrió tropezando contra las matas que estrechaban las sendas e hiriéndose con las espinas de los zarzales. A pesar de todo, no se detuvo hasta que ya no pudo más. Estaba sedienta y terriblemente asustada. Ahora sí había perdido por completo la orientación. Se subió a una piedra alta buscando aislarse de los peligros desconocidos. Puso la mirada en el sol, que ahora lucía menos. Sudaba y su lengua estaba seca. Empezó a tiritar sofocada de miedo. Nunca había presenciado un espectáculo tan macabro como el que acababa de contemplar. ¿Qué seres tan crueles viven en este lugar? Ella no comía carne de ningún cadáver por mucha hambre que tuviera. A veces se encontraba conejos muertos o enfermos, pero nunca clavó sus dientes en esos animales indefensos. No había previsto antes de entrar en El Encinar encontrar seres con tanta crueldad y tan sanguinarios.

Cuando estuvo un poco más calmada, descubrió una oquedad con agua en lo alto de otra piedra. Se dirigió rápidamente hacia aquella pila natural. Con un impulso de su hocico, rompió la fina capa de hielo que aún no se había derretido y chasqueó la lengua con ansiedad. Hacía mucho tiempo que no bebía, y había corrido sin descanso. Bebió tan deprisa que se atragantó, provocándole un acceso de tos. ¡Qué rica estaba el agua!





IV.

El sol había desaparecido hacía rato. La oscuridad a ras de suelo impedía la visión a partir de pocos metros, aunque en el firmamento aún se percibía algo de claridad. Era un cielo limpio, raso: no se movía ni una brizna de aire, pero el gélido frío se adentraba en el espeso pelo de la pequeña perrilla. La piedra en la que reposaba aún guardaba el calor recibido del sol durante el día, que ella había conservado al estar echada, pero, ahora, comenzaba a sentirse incómoda. Con todo, decidió permanecer allí, sin buscar un resguardo. La muerte sería dolorosa, pero no merecía la pena alargar la vida. Cuanto antes finalizase todo, antes dejaría de sufrir.

De nuevo, volvió a sentir hambre. Desde la noche anterior no había probado nada. Se notó sin fuerzas… De repente olisqueó algo desconocido. Era un olor muy fuerte que se intensificaba al acercarse hasta la piedra en la que se hallaba. No podía concluir si el hedor le resultaba agradable o pestilente. Nunca antes lo había olfateado. Otra vez se sintió vigilada y en peligro, pero no se movió. Más sujetos con una sudoración similar se sumaron al anterior, dejando una distancia entre unos y otros, hasta que percibió que la rodeaban. Calculó que eran cinco o seis los seres de los que emanaban esos efluvios. Al intensificarse, el olor le terminó por resultar desagradable. Se sintió asfixiada y asqueada. Emitió un pequeño quejido de miedo y molestia por soportar esas sensaciones desagradables. De repente, oyó un aullido prolongado, que los otros respondieron. Pararon y no se oyó nada durante un rato interminable. Su tensión aumentaba e instintivamente se levantó y se puso en guardia: los labios contraídos dejando descubierta una dentadura de afilados colmillos que relucían en la oscuridad, el pelo erizado, el culo y el rabo levantados inhiestamente apoyándose en las patas delanteras. Gruñó guturalmente desafiando a sus enemigos. Estos no respondieron. Notó su fortaleza y su disposición de ánimo a defenderse de cualquier alimaña que pretendiera atacarla. Sabía que los animales que la amenazaban eran asequibles en una lucha equitativa y reaccionó del mismo modo que cuando era acosada por otros perros. Sin embargo, sus contrincantes no daban la cara. Ocultos, sin retroceder de la posición tomada, su olor permanecía. Pensó que tal vez se tratara de un simple desafío y que la tensión se desvanecería una vez calibrada la fuerza de cada bando. Volvió a gruñir para responder a su provocación. Cuando no lo esperaba, escuchó detrás un aullido profundo. Se dio la vuelta con un movimiento acróbata para encarar al desafiante. En una roca más alta que en la que se encontraba apareció la silueta de un animal que parecía congénere. La tensión fue desapareciendo de todas las partes de su cuerpo. No se lo podía creer, pero se hallaba ante un animal con su misma apariencia. Los restantes componentes de la manada se dejaron ver y se aproximaron hasta su posición. Su actitud no era violenta.




V.

La noche se cerró por completo. En el cielo de súbito aparecieron las primeras estrellas. La luna se hallaba en el primer cuarto de su recorrido. La vegetación adquirió una visibilidad no apreciable hasta ese instante, pero le pareció más tenebrosa aún. La presencia de los animales que la rodeaban persistía, aunque solo se contemplaba con nitidez la silueta del que se hallaba encaramado en la gran bola de granito. Lúa estaba indecisa. No se aventuraba a perder la posición que ocupaba. El que parecía mandar en el grupo emitió un nuevo y prolongado ladrido, que debió ser una orden para que sus compañeros retrocedieran. Este brincó desde la cumbre de la piedra al suelo y desapareció de la vista de la perra. Todos ellos abandonaron con parsimonia el punto en el que se encontraba. Su olor permaneció un rato y pudo percibir ahora sí el rumor de la hojarasca pisada. Lúa continuó vigilante durante la retirada, si bien pronto desapareció el temor. Este suceso dejó al animal perplejo. Al diluirse la traza olfativa, se encontró de nuevo sola. En un estado de zozobra que la paralizaba y ponía muy nerviosa, emitió un amargo gruñido prolongado que al finalizar sirvió para que se sintiera más serena. Había adoptado una postura orgullosa y desafiante: las orejas erguidas, el rabo formando un arco completo con la punta rozando su lomo, y su pelaje, suavizado, se ondulaba como si un viento inexistente lo moldeara. Volvió a aullar otra vez desafiando los peligros de la noche, al mismo tiempo que arrojaba de su alma todos los temores. Una fuerza nacía en ella. Esa energía sintió que provenía de la piedra en la que se hallaba, aunque por el brío con que emergía supo que su fuente era la tierra y la vegetación agreste de ese lugar. Primero, sus manos y, a continuación, sus patas empezaron a escarbar en la piedra. Sus uñas arrancaron el musgo de la roca. Gruñía. Cuando quiso percatarse, notó que de las plantas de sus patas brotaban algunas gotas de sangre. El gañido se transformó en lamentaciones de dolor. Sin embargo, percibió con una clarividencia súbita que la sangre era precisa como bautismo para la nueva existencia que la esperaba en El Encinar. Nacía para la vida y repudiaba la muerte que había ido a buscar a ese lugar. El pasado quedaba atrás, solo la ganas de vivir del presente fluían por todo su cuerpo. Saltó de la piedra cayendo en unas berceas a las que comenzó a morder como si se hubiera vuelto rabiosa. Se fue tranquilizando. Toda la energía consumida era el bálsamo para calmar su ánimo y agotar su cuerpo. Se metió en una chaparrera y, al instante de tumbarse, se quedó profundamente dormida.




VI.

El día tardó en entrar. Durante la noche, una masa nubosa cubrió el cielo, dejando un tiempo moroso. Las nubes habían acolchonado el frío. La naturaleza parecía no despertar de su letargo y reinaba un silencio obligado. El Encinar se encontraba somnoliento en esa madrugada del invierno tardío. Lúa también tardó en espabilarse. La fatiga no se había mitigado, pese a dormir tranquila. Después de despertar, permaneció en el lecho oculto: se sentía a gusto en ese recóndito agujero y a salvo de cualquier amenaza. Se escaparon las primeras gotas que dieron paso a una lluvia fina intermitente. Cesó durante unos minutos, pero otra vez caía sobre las hojas y las ramas que, al principio, fueron una cubierta que impedía que Lúa se mojara, mas, pronto, de ese entramado vegetal, cayeron gruesas gotas que impactaban contra su cuerpo. No obstante, hasta que no se caló, permaneció en el sitio. Se estiró y se sacudió la mojadura. Trotó sin alejarse de la cueva del zarzal. Orinó encima de las cagalutas de un conejo. La intensidad de la lluvia fue a más. Todo el cielo estaba cubierto de unas nubes muy bajas que rozaban los peñascos y las encinas más altas. Seguramente llovería durante toda la jornada y, quizás, por la noche, cuando la temperatura descendiera, podría nevar.

Se alejó de aquel lugar y deambuló sin rumbo fijo. Se resguardaba de vez en cuando debajo de los árboles y de las paredes de los peñascos a los que no les azotaba el agua. En cada refugio permanecía un tiempo. No llevaba prisa, pues se movía sin saber a dónde dirigir sus pasos. En esos momentos se encontraba en una pequeña gruta originada en la interposición de varias piedras redondas de granito. Halló el suelo ondulado, como si fuera la cama de algún animal. La tierra permanecía seca y aseada. Se echó en ella dispuesta a dejar que transcurriera el temporal de lluvia, sin embargo, divisó un grupo de gorriones posados en las ramas bajas de un matorral, un poco más abajo, en la misma ladera. Sigilosamente se puso en movimiento hasta aproximarse a una distancia de ataque. La lluvia no cesaba y, en el pequeño claro que había alrededor del chaparro, caía sin impedimento y con más chapoteo. La ocasión era inmejorable. Además, ella era buena cazadora de gorriones. Todas las mañanas, el primer ejercicio que hacía era ese. Carlitos, antes de salir a pastar con las vacas, sacaba la basura del establo con un carretillo y lo arrojaba en un muladar situado más allá de unas eras. Allí se congregaban muchos pájaros hambrientos en busca de los granos enteros que llevaban las boñigas. Lúa los esperaba agazapada entre los hierbajos altos que delimitaban el basurero. Cuando más descuidados estaban, saltaba sobre ellos. A veces, alguno quedaba entre sus fauces. ¡Bien ricos que sabían! Cuando estimó que era el momento justo, realizó una corta carrera y saltó sobre ellos, agarrando a uno con su boca, y otro quedó inmovilizado, como consecuencia del zarpazo. Hizo ademán de volar e intentó alejarse con pequeños saltos, pero Lúa no lo dejó escapar. ¡Por fin conseguía llevarse algo a la boca después de adentrarse en El Encinar! Al primero lo devoró tragando la mitad carne, la mitad plumas. Al otro, con más calma, lo desplumó con meticulosidad y se lo comió trocito a trocito, degustándolo con placer. Una vez acabado el festín, se frotó el hocico entre sus dos patas delanteras y, acto seguido, se dio unos lengüetazos para asear los pelos de la cara. Se sentía muy bien.




VII.

La lluvia era cada vez más espesa y copiosa. Al poco rato, se transformó en aguanieve. Las nubes grises rebosaban de carga. El monte rezumaba humedad por cada uno de sus poros, y diminutas balsas se formaban en las zonas más hundidas del terreno. De los manantiales surgían chorros intensos que originaban pequeños riachuelos. Toda esa masa líquida lavaba los polvorientos arbustos, las altivas encinas e incluso las piedras, desprendiéndolas de las impurezas adheridas.

Lúa estaba empapada y no hallaba un refugio en el que guarecerse de ese diluvio, primero, de agua; después, de nieve. De los árboles, descendían unas gotas frías que resultaban igual de molestas que la caladura a la intemperie y, debajo de los grandes pedriscales, la tierra se había calado y, al pisar, se originaba un barro pegajoso. El cielo terminó siendo blanco. La nieve caía vertical y pronto también dejó un manto níveo. La perrilla comenzó a andar con el cuerpo contraído. El rastro de sus huellas en la nieve describía una curva. Su destino era una cima coronada por grandes peñascos, donde confiaba en hallar algún recoveco para refugiarse del temporal de nieve. Este, a ratos, arreciaba con mayor violencia, haciéndole cada vez más difícil avanzar por el escarpado montículo. A menudo se detenía para sacudir la nieve acumulada en su lomo negro. Durante la escalada, avistó a otros animales que también buscaban refugio. Dos conejos se resguardaron en la base de un piornal, mientras que una urraca sobrevoló la cumbre hasta perderse de vista. Finalmente, entró en la primera concavidad seca que encontró. No era muy amplia, pero dentro no se mojaba, si bien percibió una humedad molesta. Se refugiaría un tiempo hasta que se recuperara, pues sus planes era descubrir un habitáculo más cómodo. Estaba explorando el perímetro de la guarida cuando escuchó aullidos que, de inmediato, reconoció como los de los visitantes de la noche anterior. Se oían nítidos: procedían de la cumbre del altozano por el que ascendía. Sin duda, habían descubierto su presencia y ahora se hacían notar, tal vez para advertirle que se adentraba en territorio ocupado. A pesar de la sorpresa, los aullidos no la intimidaron. Conocía bien a esos animales; aunque numerosos, ninguno superaba su tamaño. No sabía si quedarse en esa podrida cueva o continuar la subida adentrándose más en sus dominios para buscar otro refugio. Allí, desde luego, no podría permanecer mucho tiempo por lo inhóspito del agujero. Los aullidos persistían, pero no percibió ningún matiz agresivo. A veces, paraban y, cuando comenzaban otra vez, creyó interpretar en su tonalidad un quejido lastimero. Especuló con la posibilidad de que la animaran a unirse a ellos. La desconfianza se atenuó, reflexionando que, ni en el primer encuentro, ni en esos momentos, mostraron una actitud agresiva. En cualquier caso, concluyó que, si hubieran querido atacarla, ya lo habrían hecho, aprovechando su superioridad numérica frente a ella sola.

El viento soplaba a favor de la escalada. Decidió seguir avanzando a las alturas. El destino y el futuro habían dejado de ser un temor.




VIII.

Obviando las súplicas de una tierra ahogada, la nieve continuaba cayendo. Al caminar, las pisadas de Lúa se hundían hasta rozar con la ubre la superficie blanca y, en ocasiones, cuando caía en un barranco, había de ayudarse con el hocico, haciendo de palanca, para salir del atolladero. La tarde declinaba. Al mirar ladera abajo, divisó toda la hondonada oscura.

Escuchaba los aullidos cada vez más cerca; alguno, incluso, provenía de una cota inferior al lugar donde se encontraba. De repente, cesaron. A unos pasos de ella, apareció el mismo animal con el que se había encarado la noche anterior. Casi extenuado, su cuerpo blanco y empapado presentaba un aspecto lamentable. En cualquier momento, daba la sensación de que se podría tambalear y rodar. El otro animal se le fue acercando con lentitud hasta ponerse enfrente. Se dio media vuelta y le empezó a oler con delicadeza su natura. Lúa permanecía sin moverse. El otro le lamió el lomo y ella se dejó acariciar las orejas. Luego, los dos animales juntaron sus hocicos. Los compañeros del clan también se aproximaron y repitieron el mismo ritual. Incluso, dos cachorros comenzaron a jugar con ella, mordiéndole los pezones y el hocico y saltando por encima. Lúa, a su vez, les pasó su sonrosada lengua por el pelaje suave y les hurgó la cabeza.

El que parecía ser el mayoral del grupo empezó a caminar y todos le siguieron, no siendo las crías, que animaban a Lúa a jugar. Permaneció quieta unos instantes, mas enseguida se juntó a ellos emprendiendo un trote, que imitaron los jóvenes que la escoltaban. Al llegar a la cumbre, la comitiva se adentró en una madriguera cuya boca, pequeña y bien camuflada, pasaba casi desapercibida. La cavidad descendía bajo el nivel del suelo, ocultándose en las profundidades. Lúa dudó, pero, animada por los más pequeños, no se quedó en la puerta. Tardó en acostumbrarse a la oscuridad, sin embargo, a pesar de la poca luz, pudo entrever los rasgos faciales de sus anfitriones. Se trataba de un gran macho, que ejercía de jefe del grupo, y otros cinco, contando a la madre, todos hermanos, aunque de distinta camada. La primera en mostrarse más comunicativa fue ella. Se echaron sobre el suelo, menos el macho, que permaneció próximo a la entrada de la cueva. Los dos más pequeños, que fueron amamantados nada más acercarse a su madre, pronto se quedaron dormidos con el pezón en la boca. Lúa sintió envidia: nunca lo pudo evitar, los cachorros eran su punto débil.




IX.

Las dos hembras continuaban su comunicación. La zorra informó a Lúa de su situación personal. Había criado dos veces. Los más pequeños habían nacido hacía poco más de un mes, mientras que los mayores rondaban el año de edad. Su macho también era joven, pues estaba a las puertas de su cuarta primavera…

Se sinceró con ella y le contó que detectaron su presencia en el monte nada más adentrarse, cuando hallaron los restos de un hombre destrozado por unos jabalíes, ya que, aparte del olor a sangre, distinguieron otro desconocido. Le confesó que, al producirse el encuentro de la noche anterior, ellos también se sorprendieron al descubrirla y comprobar su semejanza con los de su especie. No le faltaba razón. Lúa se parecía bastante, aunque era más pequeña. Sin embargo, la cola y el hocico eran similares. La perrilla, a su vez, reconoció que la sorpresa fue doble, pues ella nunca antes se había encontrado con un zorro. Aunque no los pudo contemplar con detenimiento, intuyó que esos seres no diferían demasiado de su propia naturaleza. Se trataba de algo insólito. Había conocido muchas clases de perros, pero ninguno se parecía a ella. Incluso, aunque había alumbrado varias veces, no transmitió a los hijos sus rasgos más personales.

A los cachorrillos se les cayó la teta de la boca y ahora se acurrucaron junto a la madre. Las dos hembras continuaban despiertas; el macho, permanecía en la entrada, aunque, en esos momentos, dormitaba. Después de un breve silencio, Lúa continuó la comunicación con su compañera. Creía haber encontrado una posible explicación a sus parecidos. Oyó contar a Carlitos, sin entender todas sus palabras, que el amo de su abuela fue un cabrero que pastoreaba a sus cabras durante los meses de verano por un paraje apartado del término que llamaban La Lobera. El rebaño y el hombre permanecían varios días por esos lugares, sin regresar a la cija para evitar un camino largo. Cuando parió su perra, el cabrero comentó que había visto a un zorro preñarla. Lúa especulaba con la posibilidad de que fuera cierto, pues, como consecuencia del aislamiento, su abuela no hallaría ningún perro con el que aparearse y lo hiciera con un zorro, o que, simplemente, fuera de acuerdo mutuo. El caso es que, de la camada, solo quedó su madre, pues el pastor se deshizo de los demás y de ella heredó la inmensa cola y el hocico alargado.

Cuando fue el turno de la zorra, le dijo que no había visto antes un perro. Toda su vida había transcurrido en El Encinar y en una parcela concreta, dentro de la gran extensión del monte. En él habitaban muchas familias, cada una, en una porción que constituía su territorio. Con algunas mantenían contacto; con otras, no. Y, con el mundo extraño allende a las montañas donde vivía, la zorra confesó que había oído relatos referidos a los humanos, pero sin mostrar demasiado interés ni por ellos ni por nada que no estuviera relacionado con su territorio y la prole que había de sacar adelante. Sin embargo, se extendió en la descripción de El Encinar, diciendo que, aunque todo el espacio parecía uno, no era así, sino que se dividía en dehesas, en alguna de las cuales existían explotaciones ganaderas, aunque la mayoría solo se utilizaban para solaz de los humanos. Su tamaño era tal que permitía el aislamiento completo de los inquilinos, dada la ausencia de vías de comunicación. Alguno de los suyos se habían sentido atraído por la civilización humana y buscaron alimentos que en el monte no hay. No todos regresaron de esas incursiones y los que volvieron contaron acongojados los peligros que se corrían si se entraba en sus dominios. Se referían a los hombres como seres extremadamente astutos, que engañaban a los animales capturándolos y matándolos. Hablaban de artilugios en los que colocaban carne como cebo para que los intrusos quedaran atrapados, así como de lazos en los senderos para inmovilizar a quienes los cruzaban. Pero lo peor eran unas armas de fuego que disparaban balas de plomo capaces de causar heridas mortales. Los supervivientes de esas expediciones concluían que no ninguno de los suyos serían bien recibidos en esos oasis.

El diálogo entre ambas se extinguió y pronto el sueño venció a las dos. En la madriguera, la temperatura era confortable a pesar de que la noche, sin la presencia de la luna, era oscura y muy fría. Había dejado de nevar, aunque nubarrones negros se desplazaban en formación por las alturas. De vez en cuando, se abría un claro en el cielo en el que se vislumbraban algunas estrellas lejanas. A través de estos espacios despejados, descendía un frío polar.




X.

La mañana despuntó con los mismos síntomas de la jornada anterior. El sol mostraba su cara con vergüenza, escondiéndose de vez en cuando detrás de oscuras y desgarradas nubes. Al despertar, Lúa sintió dolorido su cuerpo y la pesadumbre dejada por los malos sueños. En la madriguera solo se encontraban los cachorros. Se acercó a ellos y los lamió. Abrieron los ojos, pero, enseguida, se durmieron formado los dos una bola suave. Estaban gordos.

Se asomó a la puerta y vio las huellas de los zorros que descendían monte abajo. Siguió el rastro, pero se alejaban demasiado, por lo que decidió darse la vuelta explorando los alrededores. Desde un peñasco contempló la panorámica de El Encinar. Nevado, su grandeza era mayor. Se sintió perdida y muy triste. ¿Qué hacía allí? Se acordó de Carlitos y de sus vacas, de la altiva Vítor y del perezoso pero fuerte Farias, los dos perros con los que convivía. Los añoraba y echaba de menos el establo. Ahora se daba cuenta de que no había sabido valorar lo que tenía. Fuera poco o mucho, era algo. En cambio, en esa fría mañana, se hallaba sola, recogida por unos pobres zorros en su madriguera. ¡Con lo orgullosa que era ella para dejarse que la hospedaran! ¡Qué triste era la vida!

Saltó de la roca y se dirigió a la cueva. Otra vez nevaba. Caminaba con pesadumbre, sin embargo, una pequeña esperanza nacía en su interior: tal vez, los zorros podrían ayudarla a salir de El Encinar, o, por lo menos, indicarle el camino de vuelta. Se animó con esa posibilidad, pero, en seguida, desechó la idea. No obstante, esa obsesión luchaba para que se la tuviera en cuenta, si bien Lúa la intentaba ignorar. ¿No sabía que aquel que entraba en ese territorio ya no regresaba? ¿Por qué obsesionarse con una posibilidad inaudita? Debía aceptar los designios de la naturaleza. Además, quién le aseguraba que los zorros supieran orientarla.

Cuando llegó a la madriguera, se encontró con los cachorros en la puerta. Salieron a recibirla con una carrera graciosa que le alegró. Casi no podían avanzar con sus cortas patas que se hundían en la nieve. Lúa los devolvió al cubil empujándolos con el hocico. Una vez dentro, los pequeños se aproximaron a su ubre para mamar, pero de sus pezones no manaba ni una gota de leche. Les permitió que se consolaran, pese al dolor. Cuando se cansaron de chupar, los aseó buscándoles impurezas en su cuerpo, aunque no paraban de moverse. Lo que querían era jugar, así que Lúa se tumbó, y ellos comenzaron a subirse encima, mordisqueándole las orejas y el hocico. Eran muy fieras y, a veces, le hacían daño con sus afilados dientecillos. Cuando se cansaron, se acurrucaron junto a Lúa y se quedaron dormidos otra vez. Ella los recogió entre sus patas para darles calor. A medida que los pequeños se quedaban profundamente dormidos, a ella también la invadió una plácida somnolencia.




XI.

Un aullido la despertó, a la vez que a los cachorros, que se lanzaron corriendo hacia la entrada. Lúa no pudo calcular el tiempo de duermevela transcurrido. Ahora, se sentía bastante mejor que cuando despertó hacía un rato. Al asomar la cabeza del cubículo, comprobó que continuaba nevando. De nuevo, otro aullido fue la señal para que los hijos salieran a recibir a sus padres y hermanos. Lúa intentó detenerlos, pero no hubo manera de disuadirlos. Pronto apareció la manada. La madre se adelantó. Cuando se produjo el encuentro con sus crías, se sacudió la nieve y se aproximó a la boca de entrada y se tumbó para amamantar a sus hijos. Los lactantes daban pequeñas patadas sobre la ubre y la bamboleaban para estimular la producción de leche. El padre portaba en la boca un enorme conejo y uno de los jóvenes, un gazapillo, que le dejaron a los pies de la invitada. La perra no se decidía a comer, pese al hambre que sentía. El macho insistió ayudándola a desgarrar la piel.

Los zorros volvían agotados. La caza no había sido difícil, pues las huellas de sus víctimas se marcaban claramente en el suelo blanco. Sin embargo, la persecución, al igual que el simple hecho de caminar sobre la nieve, había resultado extremadamente agotadora. Se tumbaron para descansar. La madre, después de dar de mamar a los cachorros, los aseó con más fortuna que Lúa. Una vez listos, visitaron a su padre, a los hermanos y a la invitada, pero, enseguida, regresaron al regazo de la madre. Esta permaneció junto a ellos hasta que se quedaron transpuestos. Cuando salió a la puerta a alimentarse, Lúa la acompañó. Una espesa niebla ocultaba la vegetación; poco a poco, iba ascendiendo hasta la guarida. Ahora no era nieve lo que se desprendía del cielo, sino unas minúsculas gotas transparentes.

La zorra se percató de la tristeza reflejaba en el rostro de su compañera. Le dijo que los inviernos eran duros e interminables. Lo peor no era la nieve ni ese tiempo húmedo, sino el hielo y el viento, que como un cuchillo penetraba en el cuerpo y en las piedras. Todavía quedaban jornadas de intenso frío y era de esperar que las temperaturas fueran más severas, pues las estaciones anteriores habías sido secas y la probabilidad de que se produjeran heladas intensas era muy alta. Con estas previsiones, la zorra intentaba convencer a la perrilla de que debían estar agradecidas de que la situación no fuera peor, ya que, con nieve, la vida aún resultaba llevadera.




XII.

En lo más profundo de la cueva, Lúa sollozaba. Su alma no podía soportar más pena. Los zorros se percataron de su estado y se acercaron a lamerla. No pudo contener por más tiempo los gemidos. La hembra les ordenó que se alejaran para que se desahogara con libertad. Ella permaneció a su lado y con su mirada tranquila intentaba transmitirle consuelo y animarla a superar la congoja que dificultaba su respiración. Ella se encontraba en su casa, y ellos eran sus hermanos y amigos. No debería sentirse extraña. Su presencia no sería ninguna carga, más bien, lo contrario, estaban contentos de poder acogerla en su familia; ya formaba parte de ella. Se sentían afortunados por haberla encontrado.

El macho, desde su posición, confirmaba todo lo que su compañera le decía.

Lúa seguía acongojada y se sentía en ridículo por el espectáculo tan lamentable que estaba dando. No pensó que podría llegar a estos extremos. Le hubiera gustado darles las gracias y, a su vez, tranquilizarlos para que no se preocuparan por ella. No se atrevía a plantearles cuestiones relacionadas con su futuro, o las ideas que por su cabeza habían pasado sobre la posibilidad de regresar a su antiguo hogar. Su angustia la ahogaba y no era capaz de transmitir ningún mensaje coherente, pues se aturullaba y de nuevo comenzaba a gimotear con más fuerza.

La pareja de zorros intentaba tranquilizarla, diciéndole que no se preocupara por nada, que ya habría tiempo de hablar. Lo importante era que ahora descansara.

Lúa pudo percibir la cordialidad sincera. Se retiraron. Continúo cavilando por un tiempo más, pero sus lamentaciones se fueron haciendo más pausadas hasta que se quedó profundamente dormida.

El padre salió de la madriguera, deambuló por los alrededores y orinó en varios puntos para demarcar una línea infranqueable para los extraños.




XIII.

La niebla cubría ya todo El Encinar, una niebla que había ayudado a la noche a caer sobre la tierra. Cuando entró en la madriguera, esta era un remanso de paz; todos dormían. En contra de su costumbre, el padre se echó al lado de su hembra y entre los dos taparon a los cachorros, que esa noche durmieron casi sin aire para respirar.

Al amanecer, solo quedaron jirones aislados de neblina y colchones grises de nubes bajas sobre el lecho de los diminutos valles. Al recibir el macho los primeros rayos de luz, se desperezó. Se incorporó y salió fuera. Los pequeños se escurrieron hasta quedar tapados por su madre. El sol parecía que iba a lucir todo el día y la nieve comenzaría a derretir. El macho, a pesar de que ya era día entrado, no se entretuvo mucho tiempo en el exterior y remoloneando, regresó a la madriguera y se acurrucó otra vez al lado de la hembra. Esperó con paciencia a que despertaran los demás. Al sentir la presencia del padre, los cachorrillos se espabilaron y se apresuraron a encontrar cada uno su respectiva teta. Sin embargo, al poco tiempo, cayeron de nuevo en un sueño profundo. Los hermanos mayores, con el jaleo, se habían espabilado y salieron al exterior. Fuera se estiraron para desentumecer sus músculos y, después, orinar. Se pusieron a correr sin sentido y a jugar y a morderse entre ellos. Ante el escándalo que organizaron, tuvo que ser el padre el que pusiera un poco de orden. Lúa continuaba durmiendo sin enterarse de nada. Estaban dispuestos a emprender una cacería, cuando la madre sugirió que podían invitar a Lúa a que se sumara a la batida. Todos asintieron, en especial, los mozuelos, que vieron una novedad en el trajín diario.

La zorra se acercó a Lúa y, después de lamerla, le propuso acompañarlos. La perrilla asintió con gusto, aunque anticipó que no era buena cazadora. Nada más salir, los dos zorros más jóvenes comenzaron a saltar sobre ella y a encabritarse para darle ánimos.




XIV.

Cuando llegaron abajo, el zorro aligeró la marcha. Remontaron un regato. Se movían con sumo cuidado para evitar ser detectados por sus presas, pues, en caso contrario, la huida se produciría a los lados del cauce, haciendo fracasar la planificación previa de ataque. Se encontraban numerosas huellas de conejos que no se hallarían lejos de ellos, pero el joven macho continuaba obstinado en su avance en línea recta. Lúa le dejaba la iniciativa. Un poco más adelante se echaron sobre la esponjosa nieve. Cuando el joven zorro se incorporó, ordenó a la perrilla que ella permaneciera allí sin moverse y que estuviera con mucha atención a sus movimientos. Él ascendió más y luego, ambos reiniciaron la subida al monte: Lúa a la izquierda, un poco más retrasada, y el zorro, a la derecha, por delante, para cortar la huida de los conejos, en el caso de que eligieran como escapatoria la vertiente sureste. De repente, el macho se detuvo más tiempo que en paradas anteriores. Lúa lo observó, a la vez que percibió el intenso olor de sus presas. Ambos se miraron, confirmando que estaban listos para atacar. Se levantaron y, después de unos pasos, iniciaron una carrera veloz. La perra corría sin ver ningún conejo, aunque oía el roce de matorrales al ser traspasados. Tal como habían previsto, los animalillos buscaron escapatoria monte arriba. Parecía que conseguían dejar a atrás a sus atacantes, pero, al poco tiempo, cuando la fatiga comenzaba a hacerse presente, aparecieron los otros zorros, que atraparon a sus presas sin dificultad alguna. El joven zorro acompañante de Lúa, incluso, capturó a uno. Lúa, por un momento, se sintió frustrada por no llevar un trofeo, pero, de repente, un gazapillo se dio de bruces con ella. Reaccionó con prontitud y fue capaz de sujetarlo con la boca. La cacería había sido un éxito. Todos se mostraban satisfechos por la recompensa lograda, a pesar de que la perrilla resultó herida en un ojo, fruto del encontronazo. La zorra madre le aconsejó que se restregara el ojo en la nieve para consolar la irritación; por lo demás, le aseguró que no revestía gravedad.

Se reunieron en un lanchar, donde el sol había logrado derretir la nieve. Allí mismo despedazaron dos piezas para almorzar y recuperar las fuerzas gastadas. Reposaron la comida, mientras plácidamente eran reconfortados por las caricias de la suave e invisible mano del astro luminoso. No sería mucho más allá de medio día. No había temor de que el cielo despejado se cubriera de nubes y la temperatura cada vez era más suave. El macho pensó que sería mejor aprovechar la jornada e intentar conseguir más presas para tener bien repleta la despensa, en previsión de que por imprevisibles nevadas no pudieran cazar en un tiempo prolongado. La madre y Lúa regresaron a la madriguera, cada una con un conejo en la boca. El que restaba, lo escondieron en el hueco de unas piedras del berrocal, con la intención de recogerlo a la tarde, cuando el macho y los dos jóvenes pusieran fin a la cacería.



XV.

Antes de llegar a la madriguera, la hembra aulló para comunicar a sus hijos que se aproximaba. Estos salieron a su encuentro en busca de la ubre, pero la madre no se detuvo. Los cachorros la escoltaron al mismo tiempo que mordisqueaban las orejas y las patas de la presa que portaba en su boca. Nada más soltar el conejo, la madre los amamantó allí mismo, sobre la nieve. Ya no le quedaba mucha leche; sus mamas menguaban y se arrugaban. Los cachorrillos deberían empezar a comer algo sólido, ya que se quedaban con hambre. De todas maneras, iban siendo grandecitos y tenían unos colmillos bien afilados. Los dos conejos permanecieron en la entrada, por lo que los dos zorros infantes, después de mamar, se pusieron a jugar con ellos mordiéndolos. Era el momento oportuno de empezar a saborear y acostumbrarse a la carne. Su madre los ayudó a partir las orejas para que pudieran probarlas. Las masticaban, pero no se atrevían a tragarlas; sin embargo, en medio del juego, sin querer, dieron el primar bocado. Cuando se cansaron de jugar con los conejos, mordieron la nieve hasta que se aburrieron y se metieron en la madriguera.

Lúa y la zorra subieron a una piedra en busca del sol. Allí se tumbaron disfrutando de la placidez de la bonanza del día. La roca aún estaba fría, pero enseguida la atemperaron con la temperatura de su propio cuerpo y se sintieron a gusto. Comentaron la cacería que acababan de terminar. La madre aseguró que a partir de ahora deberían repetirlas con más frecuencia, pues se avecinaba el tiempo malo y habría muchos días que no podrían salir de la madriguera. Era imprescindible tener la despensa repleta. Además, los cachorros, dentro de nada, serían dos bocas más a alimentar. Lúa se dio por aludida por ser una carga más. La zorra se percató de que podía haberla herido y continuó afirmando que la caza no era un problema, ya que era muy abundante. Ese año se habían criado muchos conejos, pero, si estos faltaban, existían otras posibilidades para completar la dieta. Los pájaros eran abundantes, así como roedores, lagartijas… Si la situación era de absoluta penuria, se podían atrever con algún jabato desperdigado, pero esto era el último recurso, ya que era muy peligroso acometer a un jabalí y de la confrontación, siempre acababan heridos. Además, añadió, somos fuerte, sobre todo, los dos jovenzuelos. Aseguró que estaban hechos unas fieras y que habían desarrollado destrezas increíbles para cazar.

Lúa pensó que era mejor plantear todas sus congojas a su compañera para desahogarse. Ella había sido la que más confianza le había inspirado y, ahora, era una buena oportunidad de hablar las dos solas. Incluso, pareció estar esperando una explicación de por qué razones había abandonado su mundo para dirigirse a El Encinar. No se equivocaba la perrilla con sus especulaciones, aunque no era esta cuestión la que estaba presente en la mente de la zorra, pues la razón de su presencia en el bosque era una cosa que más o menos daba por sabida. En alguna ocasión, El Encinar mostraba despojos de seres que no habitaban allí, pero los zorros no les prestaban atención. Lo que no comprendía era la incertidumbre y desasosiego de la perra. Esta le espetó, como si quisiera quitarse peso de encima, todo lo que deseaba. Se había equivocado en el camino emprendido, de esto estaba segura, pero en lo que no dudaba era en su intención de regresar con los suyos. La zorra bajó la cabeza y su cara cambió de expresión. Lúa continuó sin saber cómo había sentado su deseo. Estaba muy contenta con la acogida que le habían dispensado y se lo agradecía. Si no hubiera sido por ellos, ya no viviría, pero les pedía, por favor, que la ayudaran a encontrar el camino de vuelta. No podía aceptar compartir con ellos su madriguera. Eran muchos y sería una carga. No podría vivir sola en El Encinar. Lo dijo y lo repitió numerosas veces para que la zorra reaccionara y se pusiera de su parte. Sin embargo, calló y tardó en responder. Ella era joven, aunque ya había parido dos veces; el macho era casi de la misma edad. Lo que la quería decir no sabía muy bien cómo, era que ellos no eran nadie y que lo que pedía era algo que estaba lejos del alcance de su mano.




XVI.

Querían ayudarla, devolverla con los suyos, pero, ¿cómo? ¿De dónde venía ella? Ellos no conocían nada, solo el Encinar y para eso, no muy bien. Era algo que no estaba en sus manos.

Lúa se puso nerviosa, a revolverse, a pegarse latigazos con el rabo. La zorra la trató de tranquilizar, pero, como un poco antes, cuando Lúa no había encontrado el cauce más adecuado para exponer sus ideas, ahora su compañera no hallaba el modo de consolarla y ayudarla. Sería mejor esperar, esperar a que las dos se serenaran. Así la zorra comenzó de nuevo. El Encinar, le decía, es muy grande. No sabemos de dónde procedes, por tanto, no podemos guiarte a un sitio que nos es desconocido. Es más, no conocemos otro lugar que no sea este, donde estamos. Si nos pusiéramos a caminar, no llegaríamos a ninguna parte. Nuestro mundo es esta piedra y un poco más. El resto no nos importa. Tenemos resueltas las necesidades. Con estos berrocales, arbustos y encinas y cuatro conejos y poco más, nos sobra. Nuestra felicidad es tan solo esto, no tenemos necesidad de buscar nada más. No es que nos neguemos a saber lo que hay fuera de aquí, porque nos gusta escuchar historias, pero ha llegado un momento que ya no distinguimos la realidad, de las antiguas fábulas de nuestros antepasados. Nosotros somos los amos de este paraje. Tal vez haya otros animales que también se sientan los señores de esta tierra, pero nos respetamos dentro de los límites que nos exigen nuestras necesidades. Es un sitio olvidado. Desde que nací, no he conocido otro paisaje que este que divisamos. La única sorpresa que nos hemos llevado ha sido cuando te encontramos. Los más viejos, que quizá estén locos, cuentan historia que contradicen la realidad que nosotros estamos viviendo ahora, pero, si te digo la verdad, prefiero esta soledad a los sobresaltos de antaño.

También, cuentan los ancianos, el paisaje era diferente. Comentan que la vegetación y los árboles se han multiplicado. Antes había más claros y el terreno era transitable. Había seres humanos que vivían aquí. Cortaban leña, cazaban conejos, recolectaban hierbas… Es posible que no mientan, pero, a nosotros, qué nos importa… Hay más leyendas, muchas, y todas tan extrañas como esas. Cuentan que, a veces, nos veíamos obligados a buscar comida donde vivían los hombres. Los conejos no debían ser tan abundantes y nosotros éramos muchos. Por esta razón, comenzaron a perseguirnos y, también, porque querían quitarnos nuestra piel. ¿Te lo puedes creer? Es difícil imaginarse esas historias. Sin embargo, hay zorros a los que les gusta recrearlas… No sé por qué te cuento esto. Lo que quiero que sepas es que es un problema que no se puede resolver ahora. Debes tener paciencia. Se podría consultar con esos viejos. Si alguien es capaz de orientarte, son ellos, pero será improbable que nos acompañen en la búsqueda de la salida. Son muy viejos y están cargados de achaques…




XVII.

La zorra bajó de la piedra y acudió a comprobar cómo se encontraban sus cachorrillos, a los que había oído lloriquear. Regresó de nuevo a acompañar a Lúa. Se tumbaron tal cual estaban antes. La perrilla se sentía incómoda. Se había ido calmando, pero, a la vez, surgió un remordimiento por no ser consciente de todo el apoyo que los zorros le prestaban. Lúa se trató de dárselo a entender, excusándose por ser demasiado egoísta al pensar solo en sus problemas. Los nervios la habían cegado, no sabiendo comprender la realidad. La zorra también se había tranquilizado y, a su vez, se disculpó por no haber encontrado un modo más dulce de comunicarse. Sin embargo, una cosa era segura: hasta que no transcurriera un tiempo, tal vez hasta la primavera, no se podría tomar ninguna iniciativa. El invierno paralizaba la vida y El Encinar se encerraba sobre sí mismo resultando hermético, incluso, para sus habitantes. No le quedaba más remedio que convivir con ellos hasta que llegara ese momento.

Lúa parecía ir comprendiendo todo de forma inevitable. No le quedaba más remedio que esperar con paciencia…

En su cara surgió una arruga que denotaba una duda. ¿Estarían dispuestos a acogerla durante ese tiempo sin que fuera una carga?

La zorra se percató de su zozobra y enseguida la tranquilizó. Sí, estarían dispuestos a acogerla, a compartir todo lo que tuvieran. No era una decisión suya; la habían pactado como pareja. Estaban encantados con la idea de alojarla. Al fin y al cabo, era uno de ellos.

Después de esta aclaración, sintieron enormes deseos de continuar con la conversación, de contarse más detalles de sus vidas y así comenzaron la dos a hablar al mismo tiempo. Se cedieron el turno mutuamente y mostraron una faz risueña. En esos momentos, callaron. Un aullido del macho las sacó de ese estado feliz. Volvían de la cacería.

El sol se estaba poniendo y comenzaba a hacer frío.




SEGUNDA PARTE: VIDA NUEVA

I.

El invierno se asentó sin pudor en El Encinar. Sus habitantes se resignaron a convivir con el mal tiempo. La luz diurna era escasa y las horas de oscuridad transcurrían lentas. El sol lucía a veces, sin lograr erradicar la temperatura gélida de todo el entorno. El hielo aprisionaba con fuerza las piedras; colgaba de las ramas de las encinas; abatía la caña de las berceas y sacaba punta afilada a los brotes más jóvenes de las retamas. Toda la vegetación se encontraba petrificada. Los únicos focos de calor eran las guaridas de los animales. Estos, si se aventuraban a salir, no se alejaban mucho por miedo a convertirse en témpanos. El silencio cubría el paisaje nevado con un duro manto , tan solo sacudido por brisas polares que se abrían paso hasta llegar a cada uno de los recónditos rincones para asegurarse de que todos los seres que allí vivían estaban subyugados a los rigores decretados por el señor Invierno. A veces, este monarca se alejaba de sus súbditos para permanecer en su trono majestuoso en el reino apartado del vórtice polar. En esas ocasiones el sol lucía con más ánimo y dejaba días morosos. Sus rayos repartían caricias a los animales más necesitados de calor. Pero era tal estrago causado, que los seres vivos reaccionaban con pereza. Salían de sus agujeros y estiraban sus miembros ateridos. Esos breves periodos de solaz concedidos por el severo rey invernal duraban poco y, cuando regresaba, llegaba más impertinente y con deseos más exacerbados de aplastar con su lluvia de hielo a aquellos que se habían atrevido a sacudirse la capa blanca con la que prohibía cualquier destello vital.

La familia de los zorros y Lúa pasaban los días en la madriguera sin apenas sacar el hocico al exterior. Echados, descansaban en el confortable habitáculo. La temperatura era agradable. Eran días a ratos divertidos, a veces, melancólicos. Dormían, soñaban y se relataban anécdotas. El macho, tan silencioso habitualmente, contaba historias de El Encinar y rememoraba a sus antepasados, de cómo vivían, de la caza, de otros habitantes del lugar que habían desaparecido. La familia escuchaba con interés. La hembra también contribuía con otras historias más cotidianas, rememorando travesuras de sus hijos y de cómo conoció a su compañero. Lúa intervenía con relatos referidos a su convivencia con otros perros y con los hombres. Se refería a sus costumbres y recordaba con especial cariño a su amo Carlitos; también echaba de menos a los gatos con los que convivía en el establo. Los zorros la escuchaban absortos e incrédulos del mundo que refería su huésped. Eran charlas con explicaciones larguísimas, pues no comprendían lo que la perra les relataba. Pero cada aclaración era una fuente de conocimiento y un punto de encuentro y de admiración mutua. A veces, reían con las costumbres de esos dos mundos tan distintos; otras, lloraban por las desgracias desagradables que también existían en cada uno ellos.




II.

La despensa se encontraba repleta de piezas, sin embargo, los días en los que el tiempo acompañaba, salían a cazar con la idea de reponer lo que consumían. Lúa aprovechaba estas ocasiones para conocer el entorno del monte donde vivían. A veces, los zorros jóvenes también la llevaban a lugares insólitos en los que el paisaje era llamativo. Los dos habían completado su desarrollo y eran igual de fuertes que su padre. Sus hermanos pequeños también habían dado un estirón considerable. La madre los había destetado y no les quedaba más remedio que comer la carne con la que todos se alimentaban. Al principio, añoraban la teta, pero, pronto, devoraban las piezas con ferocidad. Su pelaje claro se había ido oscureciendo hasta parecerse al pardo de la familia. Cada vez con más frecuencia acompañaban a la madre por los alrededores de la madriguera. Las primeras veces no querían alejarse demasiado, pero, poco a poco, fueron perdiendo el miedo.

Un día el macho le planteó a Lúa la posibilidad de conocer a otros congéneres. No supo qué responder. Casi había olvidado que existían más habitantes en El Encinar. Tuvo miedo de romper la convivencia idílica que disfrutaban. Pensó decir que no, pero se acordó de que, si quería regresar con los suyos, era precisa la información que pudieran aportar los zorros viejos sobre el camino para salir. Era curioso, cada vez se acordaba menos de su mundo y, lo que era más difícil de explicar, ya no daba vueltas a la forma de volver a casa. Se encontraba a gusto con los zorros. El macho no insistió más.

No obstante, pronto la soledad del grupo se alteró. Uno de los pocos días en los que la temperatura permitía moverse por el monte, los dos zorros jóvenes regresaron acompañados por otro. Antes de dejarse ver, aullaron con alegría. La hembra le comunicó a Lúa que el que llegaba era un hermano del macho. Le aconsejó que se ocultara para darle una sorpresa. Cuando se juntaron, después de saludarse, exigieron la presencia de la perrilla. Lúa se mostró dejando paralizado al zorro invitado. No se lo creía. Lo que más le sorprendió fue su pelo negro y la poca altura; en cambio, se percató de que estaba gorda y fuerte. Lúa se aproximó para saludarlo y ambos se olieron y se lamieron. Todos se mostraban contentos y los cachorros no cesaban de correr uno detrás del otro.

Pasó con ellos la noche. Antes de dormir, el invitado no dejó de plantear preguntas a Lúa para que le explicara todo sobre su vida. Al día siguiente, al amanecer, se despidió. Nada más partir, mientras contemplaban cómo se alejaba, la hembra comentó a la perrilla que la noticia de su presencia sería conocida de inmediato. Lo decía con pesar, como si no le complaciera compartir la compañía de Lúa con otros.




III.

El macho pensó que sería conveniente realizar una visita a sus padres. El viaje podía ser una buena oportunidad para que Lúa conociera a fondo El Encinar y a sus otros hermanos, además de presentarla a más miembros de la comunidad vulpina. A todos les pareció estupenda la propuesta. Así decidieron que, cuando llegara la ocasión propicia, emprenderían el viaje. Ese mismo día, después de la partida del hermano del macho, comenzaron los preparativos y, como el tiempo acompañaba, decidieron salir a cazar para que la reserva de alimentos fuera abundante mientras durase su ausencia. Cuando regresaron al atardecer, el tiempo había cambiado. Un viento intenso azotaba el bosque. Se había levantado un poco después de medio día. Al principio no era muy frío, pero cambió la dirección hasta quedar en noreste. Los zorros regresaban exhaustos, sin embargo, la caza fue excelente y portaban una pieza cada uno. La ascensión hasta la madriguera les resultaba más dura que en otras ocasiones. El vendaval los balanceaba y su caminar era lento. El frío penetraba por sus bocas semiabiertas en las que portaban las piezas. Su saliva se congelaba y a sus mandíbulas les faltaba la fuerza necesaria para que no se les cayeran. Al final, cuando se aproximaban a su destino, no les quedó más remedio que soltarlas y arrastrarlas subiendo a reculas. Todos tiritaban y el sudor se había transformado en pequeñas partículas de hielo. Cuando por fin llegaron, comenzaron a restregarse y se juntaron para calentarse, hasta quedar dormidos.

Las ráfagas continuaron durante dos días más y cada vez parecían más gélidas. La comunidad de zorros permaneció casi todo el tiempo dentro de la madriguera, no siendo las ocasiones en las que se vieron obligados a recoger pasto y berceas, con el fin de que sus camas resultaran más calientes, y ramaje para tapar bien la boca de su refugio. Cuando el viento dejó arrasado todo El Encinar, una nueva nevada tendió otra gruesa capa más blanca sobre las anteriores. La entrada de la cueva quedó por completo tapada y supieron que el terreno estaría impracticable durante varios días.




IV.

El invierno estaba ya mediado. Lúa se había ido acomodando a la vida de la familia que la acogió, aunque solo llevara con ellos dos lunas. Ya no estaba tan gorda como cuando entró en El Encinar; sin embargo, se notaba más fuerte y ágil; incluso, consiguió aumentar la velocidad de sus carreras. Había aprendido bastante de los zorros, sobre todo de su actividad cinegética. No era tan buena cazadora como ellos, pues la mayor edad de la perrilla se hacía notar, al igual que su menor tamaño. No obstante, cobraba algunas piezas. Su astucia era semejante. Con esta cualidad conseguía trofeos que difícilmente hubiese alcanzado sin ella. Incluso, no perdía la esperanza de mejorar todavía, ya que tampoco había convivido tanto tiempo con ellos como para pensar que ya había desarrollado todo su potencial.

Conocía el entorno más próximo por el que deambulaban los zorros y se permitía la libertad de salir ella sola donde quería. En estas correrías en solitario cazaba algún pájaro que llevaba de regalo a los glotones de los cachorros.

En una de las salidas, Lúa se percató de que uno de los zorros jóvenes la seguía. Aún perduraba la nieve, pero un cálido sol alegraba la mañana. Pronto se puso a su nivel y deambularon sin mucho sentido por los alrededores. El joven macho no cesaba de olisquearla, hasta que se percató de que estaba en celo. Había creído que su etapa reproductora había llegado a su fin cuando en la pasada primavera tuvo una cría, después de costarla mucho quedarse preñada. Hasta esa mañana, su acompañante la había considerado una compañera, pero ahora se dejaba llevar por sus instintos. Se puso nervioso y la acometió. La olía y lamía su natura. Gemía lastimeramente y trataba de enternecerla. Lúa no opuso resistencia y a su vez correspondió al macho, uniéndose en un apareamiento prolongado. El resto de la jornada continuaron perdidos disfrutando de su enlace. Al atardecer, buscaron refugio en medio de un carrascal, donde ambos podrían continuar a solas con su ritual amoroso durante la noche.

Una vez pasada la jornada siguiente, regresaron a la madriguera familiar. Ninguno de los suyos mostró cara de preocupación por su ausencia, más bien se alegraron al notar el rictus de felicidad de los amantes.

Esa noche, todos se recogieron antes en la cálida caverna para que los enamorados se pudieran recuperar. El joven macho se tendió junto a compañera. La ternura de la nueva pareja fue un nexo más de unión entre Lúa y la familia de zorros.




V.

El invierno coleteaba con sus últimos estertores, si bien aún perduraban jornadas de un frío extremo. En estas circunstancias, el macho y Lúa emprendieron el viaje para visitar al abuelo. Su marcha se inició antes de despuntar el sol y se alargó durante toda su trayectoria. La ruta desde la madriguera hasta la morada del padre seguía esa línea lumínica. Lúa tuvo la sensación de que se adentraban en el corazón de El Encinar. La vegetación cada vez era más agreste. Sin embargo, los grandes berrocales fueron quedando atrás. Viejísimas encinas se enseñoreaban en el espacio, luchando unas con otras por expandir su ramaje. La presencia de seres vivos era innumerable: grandes aves rapaces, enormes jabalíes, manadas de conejos, gatos monteses… Incluso, según comentarios de su acompañante, se multiplicaban las familias de zorros. Antes de llegar a la guarida del padre, se encontraron con varios, que parecían avisados del cruce de los viajantes por sus territorios. Todos sentían curiosidad por conocer a la perra. Cuando se producía el encuentro, los zorros los acompañaban un trecho. En ese espacio de tiempo, mostraban interés por conocer las razones de la presencia de Lúa con la familia del macho. Este satisfacía su curiosidad. La perra observaba también a esos nuevos zorros. Sin llegar a sentir temor, porque iba acompañada por un animal fuerte, pudo percibir que no todos mostraban la misma faz de amabilidad que vio cuando por primera vez se encontró con la familia que la había acogido.

El padre ocupaba una cueva mucho más pequeña que en la que ellos vivían, pero no se hallaba aislado, ya que había otros zorros en las inmediaciones que le proporcionaban alimento suficiente para subsistir.

El viejo era un animal decrépito e inválido. Arrastraba una pata que había perdido la movilidad. El hijo lo encontró en mucho peor estado que la última vez que lo visitó. La parálisis se había extendido más deprisa de lo previsto y lo más alarmante era que se estaba corriendo a la otra extremidad, por lo que muy pronto se convertiría en un paralítico completo que tendría que arrastrar el cuerpo igual que una culebra. Además, cada día se mostraba más inapetente, por los esfuerzos que le suponían masticar y tragar.

El abuelo zorro no se sorprendió de ver a Lúa. La noticia de su presencia era conocida, no la visita de su hijo acompañado por ella. No era la primera vez que había visto perros, sin embargo, se quedó en silencio observándola y comprobando las similitudes con los de su especie. La perrilla le contó el posible origen de ese parecido y el viejo asentía confirmando la teoría. Como animal prudente, tan solo escuchaba las novedades que su hijo le transmitía de su hembra y de su prole, aunque, de vez en cuando, desviaba la mirada hacia la perra como si se complaciera de que fuera compañera de su hijo y sus nietos.

El macho decidió prolongar la estancia unos días más de los previstos, alarmado por el deterioro de su padre, con la intención de cuidarlo y hacerle compañía. Se hizo a la idea que sería la última ocasión que dispondría de estar con él, porque la enfermedad parecía irreversible.

Esa noche, el macho y Lúa hicieron compañía al anciano. Se tumbaron junto a él y pronto los visitantes se quedaron dormidos, mientras el viejo insomne pensaba.




VI.

No tardó en despertarse el zorro macho y se quedó desvelado el resto de la noche. Cambiaba de postura, pero en ningún lado se hallaba cómodo. Oía la respiración dificultosa de su padre: seguramente él también estaría despierto. En cambio, Lúa dormía con placidez.

Un fuerte viento serrano se fue levantando y se hizo a la idea de que escarcharía. Pero no fue así. Cambió de dirección al poco rato y se quedó en una suave brisa de Levante que dejó una temperatura templada. La tierra estaba blanda y en algunos recovecos, húmeda. Un sol limpio iluminaba El Encinar. El anciano zorro seguía con la respiración tranqueante y parecía que no hubiera dormido nada en toda la noche. Cuando el hijo se había quedado traspuesto, su padre, adivinando la bonanza del día, le propinó un coletazo para despertarlo. Hubo de repetir los latigazos hasta que se incorporó. Lúa también se puso en pie y ambos salieron a saludar al nuevo día. El viejo les siguió arrastrando la pata inválida. Su rostro denotaba los síntomas propios de no haber pegado ojo en toda la noche, pero los rayos del sol reanimaron sus ojos acuosos, que brillaron con destellos cristalinos. Su hijo y Lúa decidieron dedicar la mañana a cazar. El semblante del anciano se entristeció al sentir envidia: a él también le hubiese gustado acompañarlos.

Algo después de mediodía regresaron. En poco tiempo habían logrado atrapar dos buenas piezas que ofrecer al venerable anciano. Lúa le presentó una sorpresa, un pequeño gorrión. La perra se había ido acomodando a su nueva vida en el bosque, pero nunca olvidó su antigua costumbre de perseguir a los pájaros. Al anciano le gustó el obsequio y se lo agradeció.

VII

Después de comer, les invadió una placentera felicidad, sobre todo, al anciano, que se mostró muy locuaz. Poco a poco, como si hubieran sido convocados, se concentraron otros zorros, formándose una tertulia presidida por el tullido. Entre ellos, alguno era igual de respetable que el padre del macho. Los jóvenes les dejaban los lugares prominentes para escucharlos con veneración. Todos esperaban el instante de la conversación en el que se abordara la presencia de la perrilla en El Encinar, por eso se acortó el tiempo de los saludos y las preguntas de rigor sobre la salud de los mayores. Hasta el anciano padre del macho dejó sus cuitas de enfermo crónico para dar paso a lo que los congregados anhelaban. Nadie se atrevía a mencionar el tema; todas las miradas se dirigían hacia la perra y el macho que la acompañaba, esperando que ellos mismos tomaran la iniciativa de presentarse. Ambos permanecían tumbados, ajenos a las expectativas que recaían sobre ellos. La que menos Lúa, que ya había olvidado su pretensión de regresar a su lugar de origen, aunque todavía no se lo había comunicado a la familia de zorros con la que vivía. Por eso, cuando quisieron que aportara datos de su procedencia, le cogieron desprevenida las cuestiones que le planteaban. No es que hubiera olvidado su origen, pero este, cada día que pasaba, se alejaba más de la realidad en la que vivía. En ese instante, viendo los rostros inquisidores de la comunidad cánida, se inquietó, porque no le parecía justo ser ella el centro de interés. Mientras repasaba esa galería de hocicos husmeadores, intentaba encontrar una mirada comprensiva, al tiempo que farfullaba mensajes incomprensibles para ella misma. «Carlitos, vacas, la Vitor, el Farias…»

El zorro macho, compañero de la perrilla, acudió en su ayuda y les explicó a sus congéneres lo que Lúa quería expresar. Se sorprendieron. No obstante, lo que deseaban oír, sobre todo, los más ancianos, eran detalles del lugar de donde procedía. La interpelada se tranquilizó al percatarse de que lo que buscaban era una información no personal. Entonces se extendió en detalles que satisficieron su curiosidad. Fue consciente, al terminar, que el motivo principal de los ancianos, era que les ayudara a recordar su vida. Ella había sido la excusa para que ellos comenzaran a recitar sus vivencias o las leyendas escuchadas a sus mayores. Toda esta retahíla de historias carecía de interés para Lúa. Se concentró y se sintió feliz al notar la cría que mantenía en sus entrañas.




IX

Escuchó muchas historias sin prestarles demasiada atención, no así los zorros, que estaban absortos. Únicamente despertó de su agradable modorra, cuando mencionaron el sitio de su procedencia. Ninguno de los presentes lo conocía, pero los más ancianos podían decir la ruta para dar con él. El camino no era muy largo y sin pérdida posible: seguir la trayectoria del sol en sentido contrario hasta llegar a los límites de El Encinar. Después, torcer a la izquierda y descender hasta encontrar en la mitad de la pendiente el lugar: unas indicaciones muy generales que a Lúa le quitaron las escasas ganas que ya tenía de emprender el camino de vuelta. A poco más prestó atención la perrilla, aunque los ancianos dijeron que sus padres les habían hablado de unos hombres que habitaron en el mismo seno del monte. Vivían en casas inexpugnables, con unas paredes de piedra muy altas, a las que, cuando escaseaba la caza, acudían sin remedio en busca de cualquier animal doméstico perteneciente a estos hombres para no morir de hambre. Eran incursiones muy arriesgadas, porque, además de tener encerrados a los animales, disponían de perros feroces muy peligrosos, entrenados para defender toda propiedad humana. Era un suicidio aventurarse en sus dominios. Más allá de las fronteras de El Encinar se hallaba la población de la que había salido Lúa. También se vieron obligados a visitarla en busca de algo de comida que llevarse a la boca. Allí los hombres se dedicaban a partir piedras, cuidaban a otros animales domesticados y arañaban la tierra con un gran tronco para sembrar granos de los que brotaban plantas que espigaban…

Cuando el sol se escondió detrás de las cumbres cubiertas de encinas, los zorros más viejos comenzaron a impacientarse: ellos eran los primeros en notar la bajada de la temperatura. La conversación fue languideciendo hasta acabar con las despedidas. El anciano inválido, dando razón a los de su tiempo, cerró la asamblea, agradeciendo a todos su presencia y deseándoles salud. Los más jóvenes repartieron las presas que habían preparado con anterioridad como obsequio para sus mayores y con ella en la boca acompañaron a cada uno de ellos a sus respectivas madrigueras.

Dos jornadas más permanecieron Lúa y el macho con su procreador. Al tercer día, cuando el tiempo daba muestras de empeorar, regresaron a su territorio. Padre e hijo se lamieron largamente antes de separarse. Ambos eran conscientes de que sería la última vez que se verían y estaban muy tristes, mas el anciano obligó a su hijo a partir.

El regreso fue más rápido. Los dos avanzaban absortos en sus pensamientos. Sin embargo, pronto dejaron atrás la melancolía al saber que no tardarían en hallarse de nuevo con los suyos. Llegaron cuando los últimos rayos del sol estaban a punto de desaparecer. Al encontrarse finalmente, se saludaron como si hubiera pasado mucho tiempo desde su separación.




X

El estado de gestación de Lúa avanzaba. La zorra madre también estaba preñada y esperaba dar a luz en primavera; la perrilla, un poco más tarde, quizá para los primeros días del verano. Todos en el clan conocían estas dos novedades y estaban muy contentos.

Lúa, cuando supo que esperaba descendencia, mostró su deseo de permanecer en El Encinar, de reiniciar una nueva vida con los zorros, pues había alcanzado una felicidad nunca antes vislumbrada.

Ya había explorado los alrededores para buscar una madriguera donde vivir con su camada. Era una cueva no muy alejada, que se encontraba en una cota inferior. Poco a poco la fue acondicionando. Se trataba de un antiguo vivar que adaptó con paciencia. Encima de la boca del agujero había unas piedras no muy grandes. La perrilla fue ensanchando y limpiando las antiguas galerías. Su morada estaba rodeada de maleza que camuflaba el enclave, evitando la exposición a potenciales depredadores. Para llegar a la entrada había que atravesar esa tupida red de ramas y berceas por una disimulada vereda que la perrilla fue despejando cuando se adentraba en el habitáculo. Al zorro consorte le costaba sortear los obstáculos y desenvolverse por ese trazado minúsculo apropiado al tamaño de Lúa, pero pronto se acostumbró a avanzar arrastrándose.

El invierno dio las últimas bocanadas y, aunque el frío se hacía notar durante las noches, ya no helaba. El sol se mostraba remolón y permanecía más tiempo en la esfera celeste.

Cada día que pasaba, la zorra madre tenía más dificultades para cazar. Su tripa se abultaba y la ubre se inflamaba. La última semana antes del parto ya no pudo salir en busca de alimentos. Fue en el momento en el que diminutas flores amarillas despuntaban sobre las matas más pequeñas, cuando alumbró a cinco zorrillos muy hermosos, aunque no muy grandes. Necesitaría alimentarse bien para amamantar y sacar adelante esa prole. Menos mal, que el año venía con abundancia de comida y podrían abastecerse sin dificultades. Por falta de cazadores tampoco sería. Sus anteriores hijos habían crecido mucho y pronto mostraron una aptitud óptima para buscar presas: su padre les había enseñado la disciplina necesaria para saber sobrevivir a los peligros y para sorprender a otros animales que eran el sustento de su alimentación.

Era a comienzos de verano. El sol brillaba y tenía trazas de convertirse en el nuevo tirano que subyugaría sin piedad a El Encinar. Un día caluroso, Lúa desapareció. Habían pasado dos jornadas sin que la familia de los zorros supiera nada de ella. El consorte se aproximó a la madriguera excavada por su compañera. Antes de llegar a la entrada, oyó las lamentaciones infantiles. El alma le dio un vuelco y, sin reponerse, apareció su hembra. Ambos se acariciaron. Lúa lo condujo hasta la cámara. Cuando el macho vio a sus hijos, los olisqueó y lamió su ombligo. Los padres se tumbaron dejando en medio a los recién nacidos. Permanecieron en silencio, contemplándolos y mirándose, hasta que percibieron la presencia de los otros zorros. Los abuelos, adivinando el parto, se acercaron a felicitar a los padres y a conocer a los nuevos miembros de la familia.

Lúa era una buena madre. Poseía abundante leche, por lo que crio con mimo a los dos cachorrillos, que rápidamente se pusieron gordinflones, como si fueran dos globos inflados. Le sobraba leche, por lo que también amamantó a los hijos de la zorra, cuando, sin estar preparados para el destete, a esta le mermó. Tanto las crías de una como de la otra permanecieron juntas durante las primeras semanas, desarrollando una relación fraternal.

Aquel verano calentó como hacía tiempo.

08/08/24

EL QUINTO INFIERNO

 

De las recreaciones que era capaz de formar en mi mente del cielo y del infierno, las de este último eran más vívidas y coloridas que de las del primero. En el cielo predominaban las tonalidades suaves y difuminadas y me sentía como una oveja amodorrada y ensimismada contemplando al Divino Cordero. En cambio, el infierno era trepidante, con subidas y bajadas, cruces de personas que no paraban de ir de un sitio a otro. Todos lucían coloridos vestidos rojos y amarillos y muchos llevaban calados sombreros o gorras, quizá para protegerse de un sol negro. Si no me hubiera asegurado don Macario, el cura bonachón de mi pueblo, que en el cielo se gozaba de la presencia del Señor y que en el infierno uno estaba rodeado de llamas, y que estos estados eran para toda la eternidad, quizá habría probado, aunque solo fueran unos instantes, la vitalidad que reinaba en el infierno. Algo parecido me repitieron los hermanos maristas cuando me reclutaron para comprobar si tenía vocación religiosa. La idea que nos inculcaban era que merecía vivir en la tierra con sufrimiento y soportando las exigencias estrictas impuestas por la fe, porque, después, gozaríamos para siempre del cielo. Sus enseñanzas me parecían asumibles: no era demasiado soportar las condiciones de una doctrina estricta de privaciones y de sumisión a la voluntad de Dios, si después lo iba a pasar divinamente en el cielo. Sin embargo, no lograba imaginar con claridad la alegría y las dichas que disfrutaría. Aun así, sumiso, acepté la opinión de los demás, quienes, como si ya hubieran experimentado esos placeres, aseguraban que no había nada comparable a la felicidad que reinaba allí.

Los escasos momentos de libertad en el riguroso horario del internado se daban durante los paseos vespertinos de los domingos. Disponíamos de dos horas para salir del colegio y hacer lo que quisiéramos. Todos bajábamos hasta la estación de ferrocarril. A mí me gustaba contemplar la entrada del tren de Salamanca que pasaba por mi pueblo y me llevaba al colegio tras las vacaciones, y en el que partía de nuevo cuando llegaban las de Navidad o verano, una vez concluido el curso escolar. Tenía la esperanza de ver algún paisano para mandar recuerdos a mis padres y hermanos y, al mismo tiempo, ver una cara conocida. Casi siempre volvía decepcionado por no encontrar a nadie, y con una profunda congoja, pues mi anhelo insatisfecho era haberme subido al tren y regresar con mi familia. La pena que me acompañaba la procuraba mitigar con la dulzura de los caramelos comprados en el quiosco.

De todos modos, no era la angustia por estar en un lugar extraño y lejos de los míos lo que más me perturbaba y me hacía regresar al colegio triste y sin las fuerzas necesarias para soportar otros siete días de disciplina y vigilancia por parte de los hermanos, quienes, en cuanto se convencían de que no tenías futuro en su congregación, te despedían sin contemplaciones. Lo que más me dejaba aturdido era pasar por una discoteca a medio camino entre el colegio y la estación de tren, cuyo nombre era El Quinto Infierno.

El letrero, que se encontraba por encima del dintel de la puerta de acceso, me producía escalofríos. La rotulación estaba confeccionada con los colores rojos y amarillos y con la electricidad con la que yo me imaginaba el infierno. Tanto a la bajada, como a la subida de regreso, estaba cerrada, aunque ya de vuelta hubiera algún coche aparcado que yo creía que era de los camareros que preparaban la barra para servir las bebidas. Invariablemente mis zancadas se aminoraban al pasar por allí, pues me fijaba en el nombre, como si fuera una provocación que me resultaba sorprendente por ser permitida por las autoridades civiles y religiosas. También albergaba la esperanza de que alguna vez la discoteca estuviera abierta y en pleno funcionamiento para complacerme observando el trasiego de la gente que acudía a divertirse. Nunca había entrado en un antro así, pero me lo imaginaba a partir de los bailes que se celebraban en el salón del tío Baturro de mi pueblo. Sabía con seguridad que la luz de las bombillas a la fuerza no debería ser tan sucia ni tan descarada como la iluminación del salón local. Tampoco era probable que el encargado del establecimiento mirara por la moral con la que los jóvenes regían sus relaciones, como hacía mi paisano. Pero, sobre todo, estaba seguro de que las chicas y chicos que allí se divertían eran por completo diferentes a los mozos y mozas de mi pueblo. Me los imaginaba más guapos y altos y más abiertos en la expresión de sus sentimientos, por lo cual, bailar y abrazarse y besarse era pan comido. Con todo, estas recreaciones las efectuaba con la zozobra de que llegara el hermano director en su Renault 4 y me sorprendiera en el momento en el que con más intensidad veía dentro de mí lo que sucedería unas horas después, cuando todos estuviéramos durmiendo en el inmenso dormitorio común. No me quedaba más remedio que mirar de vez en cuando a la carretera para asegurarme de que ningún coche blanco se aproximaba; después, con rapidez, volvía a representar todo el ambiente que se originaría en el local de desenfreno. Cuando cruzaba el puente que sorteaba la autopista, antes de perder de vista la discoteca, me daba la vuelta para contemplarla una última vez y así llevarme un grato recuerdo con el que seguir imaginando las sesiones que allí se celebrarían y que yo nunca vería…

Esa fue mi obsesión durante los tres primeros años de Bachillerato. Después pasamos a otro colegio en la provincia de Guadalajara. A esas alturas, más de la mitad de los compañeros iniciales nos habían abandonado, la mayoría expulsados por no ser aptos para la vida religiosa, expresión en la que cabía todo tipo de conductas intolerables para los hermanos. Mi convicción era que yo tampoco tenía vocación religiosa, pero me mentalicé de que si quería abandonar los barrancos de las canteras de mi pueblo, en los que me habría de ganar el pan de cada día, me convenía aplicarme y procurar que no me pillaran cometiendo una falta que supusiera la expulsión. Mi lucha para estar mentalizado durante los tres siguientes años no sufrió merma, pese a ser consciente de que las pulsiones sexuales me podían jugar una mala pasada. El Quinto Infierno ya no era la discoteca en la que imaginaba una diversión que compensaba las calamidades, sino la búsqueda incansable en la propia Biblia de historias libidinosas ocultas en sus páginas. En la hora de lectura piadosa o en la soledad de mi habitación, me dedicaba con fruición a releer los versículos en los que se desgranaban historias de rameras, de hijas que se acostaban con su padre, de esposas que ansiaban la presencia de sus maridos, de ciudades que se entregan a la lujuria… Reflexionaba que la vida con su plenitud está presente en todas partes: en el libro sagrado; incluso, en las altas paredes de la finca en la que se encontraba el colegio, y que necesariamente todos debíamos enfrentarnos al impulso sexual, que al igual que el infierno, nos atraía irremediablemente con su poderosa vitalidad.

Fui uno de los pocos que terminamos sexto. Al final, yo mismo me despedí al comunicar al hermano director que mi vida no se encaminaba por la senda religiosa. Lo dije con serenidad y sin miedo y, en cierta medida, orgulloso de que no hubieran sido capaces de detectar que los había estado engañando durante esos años.

ZAPOTASTRO


Intento recordar el nombre de esta ciudad polaca a la que queremos ir, por eso mi mente asocia la palabra a uno de los personajes de Pic—Nic, obra de teatro de Fernando Arrabal, cuyo nombre es Zapo: Cepo y Zapo, los soldados enemigos… Hemos conseguido los billetes en el último momento. Se trata de unas cartulinas alargadas en las que aún está fresca la tinta de impresión. Uno para cada uno de nosotros cuatro, pero soy yo el que los llevo. Con ellos en la mano, siento cierta satisfacción por haberlos conseguido a tiempo. La parada se halla situada en una explanada con una ligera ondulación por donde transcurre la vía. De frente se divisa una leve loma que muy poco a poco va ganando en altura. En el campo las plantas de cereal están a punto de alcanzar una cuarta y se mecen con una ligera brisa cálida, pese a la luz cenicienta. Cuando aparece la enorme cabeza tractora por la izquierda, me percato de que mi hija no se encuentra con nosotros. La veo a mi derecha siguiendo las líneas discontinuas de un paso de cebra estrecho que cruza las vías. Me alarmo no solo por no estar en nuestra compañía, sino porque la veo despistada, como si fuera escuchando música con auriculares, y temo que no se percate de que el tren avanza y se la puede llevar por delante. Salgo corriendo para evitar el accidente y consigo empujarla cuando está punto de que la máquina se la lleve por delante. Se sorprende de mi ímpetu y de mi cara de enfado sin percatarse de que la acabo de salvar la vida. La agarro de la mano con la intención de reunirnos con el resto de la familia. Mientras tanto, el convoy se ha detenido y los viajeros se arriman al primer vagón de cuya puerta desciende un revisor gordinflón. Advierte que solo quedan doce plazas libres, por lo cual se improvisa una cola. Aunque tengo a la vista a mi mujer y a mi hijo, calculo que no van a entrar, mientras mi hija y yo sí lo podríamos lograr, pero, en el momento de indecisión, otras personas se adelantan.

—Ya no pueden entrar más, el vagón está lleno —dice el revisor.

Nos quedamos sin saber qué hacer, al igual que otros desafortunados, pero, después de unos segundos paralizados, la gente intenta coger el tren desobedeciendo al interventor.

—Vamos, hay que subir —les ordeno a los míos.

Se produce un alboroto y pierdo de vista a todos, pero estoy casi seguro de que mi familia ha logrado montarse: mi hija, por la misma puerta vetada por el revisor, y mi mujer y mi hijo en los vagones segundo o tercero. Es verdad que los pasillos se hallan repletos de viajeros y que parece que ya nadie más cabe, pero, viendo el andén vacío, me convenzo de que han logrado abrirse paso entre esa barrera humana apretada que parecía imposible franquear. Solo quedo yo sin subir. Voy recorriendo la línea de coches. Oigo al revisor detrás de mí voceando y muy enfadado por haber sido incapaz de impedir el acceso a los otros viajeros. Intentará, por último, frustrar mi subida. Continuo la línea de vagones y veo tan llenas las entradas, que desisto de ascender, no solo por no hallar espacio para una persona más, sino porque me alarmo del peligro que van a correr cuando comience la marcha, ya que no se podrá cerrar la puerta y la posibilidad de caer por los terraplenes era considerable.

Apurando mis probabilidades recorro los siguientes vagones. Todos están cerrados, como si el maquinista hubiera bloqueado su apertura por estar ya completos. Intento desbloquear las puertas, pero se resisten. Lo consigo con una de ellas, que se mueve lentamente. Me parece milagroso moverla. Cuando estoy en medio de las escalerillas, miro al andén. Ya no oigo al revisor; también compruebo que no queda nadie, por lo cual me tranquilizo una vez más pensando que mi familia ha conseguido subir. El tren se pone en marcha, aunque yo no la percibo hasta que veo cómo el paisaje de árboles y llanuras verdes pasa por una de las ventanillas. Seguro de que avanzamos, me dirijo al interior del vagón. Los asientos están ocupados, sin embargo, viendo cómo la gente se apelotonaba en los anteriores compartimentos, creo que voy a viajar con mucha holgura. No tomo la decisión de acomodarme en ningún sitio, pues me asaltan una serie de preocupaciones. No estoy seguro de que el revisor no me busque para sancionarme por viajar cuando ya no cabían más viajeros. Intento tranquilizarme confiando en que no sea capaz de identificarme, ya que era improbable que me hubiera visto la cara. Por otra parte, en este vagón hay plazas suficientes, aunque recordaba sus advertencias anteriores a los que se quedaban en tierra de que también había que pensar en los viajeros de las siguientes estaciones. De todas maneras, lo más acuciante era saber lo sucedido con los míos. Cavilé si era oportuno pasar de un vagón a otro hasta dar con ellos. Iba a ser una empresa complicada sabiendo lo apretado que iba la gente; por otra parte, el temor a cruzarme con el revisor seguía atenazándome. Confiaba en que cuando llegáramos a Zopotastro nos reuniríamos, mientras tanto no podía tranquilizarme dando vueltas a que, con probabilidad, mi hija viajaba sola en un vagón y mi mujer y mi hijo lo hacían en otro. Aunque el tren avanzaba rápido y sin parar en ninguna otra estación, y con seguridad no tardaríamos en alcanzar nuestro destino, a medida que pasaban los minutos, mi inquietud aumentaba, sin ser capaz de comenzar a indagar dónde paraban. Por eso, cuando me tocaron en el hombro y comprobé que mis hijos y mi mujer estaban delante, sentí alivio, al tiempo que fui consciente de mi pusilanimidad. No intenté disimular mi frustración. Me acomodaron en un sitio en el que pude descansar y realizar el resto del viaje hasta llegar Zapotastro.



 

07/08/24

GROZNI

 


Dejamos la ciudad inmersa en una neblina cenicienta y fría. Un olor químico nos empujaba a la estación de ferrocarril a partir de la cual podríamos huir de la catástrofe que bramaba en las entrañas de Grozni a punto de desmoronarse. Muchos habíamos elegido esta vía de escape, pero, en todo caso, solo éramos una parte de la población, por lo que deduje que a mucha gente no le había dado tiempo a escapar. Las cunetas de la larga carretera que nos condujo hasta allí estaban negras y aún humeaban restos de una quema indeterminada. El asfalto se resquebrajaba y los socavones eran tan frecuentes que hacían impracticable la conducción de vehículos por la calzada.

El edificio que albergaba las dependencias ferroviarias no superaba las dimensiones de una simple casa familiar: dudé de que se tratara de la estación. Cuando la sobrepasamos, nadie entró, sino que todos descendimos realizando equilibrios para no resbalar por un terraplén terroso. La plataforma se extendía paralela al trazado de las dos vías, una por cada sentido: hacia la derecha, la dirección era el centro urbano; a la izquierda, la salida de la ciudad. Nadie se encontraba en el andén de enfrente. En cada lado de la estación había dos puentes situados a una distancia desigual desde el punto en el que esperábamos el convoy. En el que quedaba a mi derecha, los raíles formaban una cuerva bastante pronunciada. Cuando llegó el primer tren, solo lo pude ver en el momento en el que ya casi alcanzaba la zona central donde esperábamos. En cambio, el puente de la izquierda era la boca de un túnel recto, desde la cual la máquina aceleraba para desaparecer con una velocidad pasmosa.

Cuando apareció despacio ese primer convoy, sentí alivio y pensé que la suerte nos acompañaba a mi hija y a mí, por no tener que esperar, pero, para mi asombro, cuando ya parecía que se produciría el frenado, siguió avanzando sin llegar a parar. Me hice a la idea de que ya no cabían más pasajeros y el maquinista había desistido de detenerse para que subieran más viajeros, o que habitualmente ese tren no realizaba parada en ese apeadero. Sin embargo, la decepción fue en aumento porque los siguientes repetían la misma entrada lenta sin detenerse.

Más gente había ido llegando y ya no cabíamos más. No perdí la esperanza de que pudiéramos huir, sin embargo, en esa desesperante espera de un tren que se detuviera y nos sacara de Grozni, me dio tiempo a pensar que el viaje que íbamos a emprender lo realizábamos sin billete. Miré a las personas más próximas para salir de la duda de si era preciso pasar por taquilla. No percibí ninguna preocupación en sus rostros relacionada con esta cuestión. Simplemente esperaban con estoicismo. Me hubiera gustado preguntarles por la duda que en esos momentos me preocupaba, pero no hablaba su lengua y todos permanecían en un respetuoso silencio. Viendo que la secuencia de convoyes se alargaba y que, además, no se detenían, opté por perder el lugar privilegiado en primera fila para ascender con dificultad el terraplén hasta alcanzar la puerta que daba a un pequeño vestíbulo en la que, efectivamente, había una ventanilla donde despachaban billetes. Me alegré de que así fuera para viajar con la suficiente tranquilidad y que el revisor no nos molestara. La persona a la que atendían en el momento de llegar se alejó al instante. Miré hacia el interior de la oficina y vi a una mujer al cargo. Estaba sentada en un taburete alto. Solo se le veía el pecho. Me agaché para poder vislumbrar su rostro, pues sabía que para hacerme entender necesitaba que me viera la cara de dificultad que había de tener por no poder expresarme en su idioma. Sin que yo pronunciara palabra ni tan siquiera hubiera realizado ningún gesto, me preguntó por lo que yo deduje eran los dos destinos para los cuales despachaba billetes. Creí entender la ciudad a la cual queríamos llegar y repetí a mi manera su nombre, sin embargo, pese a todos mis esfuerzos por pronunciar bien para que me entendiera, me seguía repitiendo los dos destinos. Al final, intenté extendiendo el brazo y apuntando con la mano señalar la dirección por la cual queríamos salir. Creo que más bien por desesperación que porque me hubiera entendido, me extendió los dos billetes que le había señalado con los dedos de la mano. Mientras me despachaba, había escuchado la entrada de un tren, pero supuse que no se había detenido al igual que los primeros. Sin embargo, al salir de la estación contemplé cómo en esos instantes arrancaba. Me contuve para no maldecir mi mala sombra y me arrepentí de la decisión que había tomado de alejarme del andén. Por otra parte, percibí la maniobra tan absurda que había hecho, pues, aunque ya disponía de billetes, no estaba seguro de que me sirvieran para el trayecto que queríamos realizar. Me consolé pensando que, en el caso de que nos los solicitaran en el viaje y no fueran los adecuados, me podría disculpar por mi ignorancia, pero, por lo menos, demostraría que no había habido mala fe en nuestro proceder.

Otra vez en la plataforma, mirábamos a ese oscuro túnel que nos quedaba a la derecha, esperando la aparición de la poderosa máquina que movía los vagones. Más viajeros descendieron por la ladera, aunque no en un número tan alto como cuando llegamos. Contrariamente a la idea de que la espera sería eterna, no tardó en aparecer la tan ansiada cabeza de la monstruosa serpiente negra, y se detuvo. La revisora, una chica joven y rubia, se apeó para asegurarse de que todos subíamos. Ya sin prisa y aliviada la opresión de la espera, cedimos el turno para que los otros viajeros accedieran primero. Costaba mucho subir, pues el suelo del coche estaba a una altura mayor que la nuestra y, además, la escalerilla se quedaba corta. Por ello, para poner el pie en el primer escalón había que levantar mucho la pierna y ayudarse con un tirón agarrándose a las barras pasamanos de sujeción ancladas a ambos lados de la puerta. Cuando nos tocó el turno, empiné a mi hija hasta situarla en el suelo. En ese momento, el tren emprendió la salida, cuando yo aún no había comenzado mi ascensión. Me extrañé de la premura, sobre todo, porque no esperaba que el maquinista pusiera en marcha el tren sin subir la empleada, pero esta no se hallaba detrás de mí. Me agarré a las barras de acero y el impulso de levantar la pierna para alcanzar la escalerilla me hizo casi perder el equilibrio, aunque con mala postura logré erguirme y situar los dos pies en los escalones. Cuando llegamos a la altura del túnel suspiré aliviado por haber conseguido subir, pero se me quedó el cuerpo con un tembleque que procuré disimular para que ni mi hija ni los demás pasajeros lo notaran. Cuando recuperé el aliento y me tranquilicé al haber pasado lo peor, examiné el vagón en el que nos encontrábamos. Me quedé perplejo, pues yo esperaba una multitud de viajeros; en cambio, los que iban no eran muchos y se hallaban sentados en bancos corridos a lo largo del coche, por lo cual quedaba un espacio central muy amplio. Deduje que a lo mejor era un vagón de carga. Mi hija no tuvo problemas en sentarse en un cojín vacío que había debajo de una de las pocas ventanas por la que entraba una luz sucia. Yo me quedé a su altura, mirando con más detenimiento a ver si hallaba al fondo un banco en el que nos pudiéramos sentar los dos. Volví la vista hacia un asiento vacío que me permitía estar cerca de mi hija para no perderla de vista, pero, cuando lo iba a ocupar, entró la revisora rubia y se sentó en el espacio al que había echado el ojo. Observando con más detenimiento, me percaté de que los otros compañeros era también trabajadores del ferrocarril y comenzaban una tertulia despreocupándose del acomodo y control de los viajeros. Me quedé de pie sin decidirme a nada, a la espera de saber si el viaje que comenzábamos terminaría en el destino que anhelábamos.

Tarjeta personal


Nada más entrar en el comedor, descubrí a Joaquina. Era una mujer que sin duda captaría la atención de muchos hombres; yo me sentí hipnotizado. Me acerqué todo lo que pude hasta sentarme en una mesa vacía próxima a la que ella ocupaba con su pareja. Los dos desayunaban en el bar del hotel donde yo me alojaba; suponía que eran clientes. Mientras echaba un vistazo a la carta, no la perdía de vista. También ella desviaba sus ojos hacia mí. Quizás se había dado cuenta de que la observaba con atención.

Era una mujer joven; no parecía tener más de treinta años. Lucía una rizada melena negra. El escaso vestido dejaba al descubierto sus hombros, gran parte de su pecho, los brazos y sus largas piernas morenas. Sus pies, elegantes y delicados, con las uñas sin pintar, calzaban unas minúsculas sandalias.

Sus labios eran carnosos, aunque no exageradamente. Con todo, lo que más me atraía era su mirada viva y luminosa, que parecía escudriñar sin perder detalle de lo que la rodeaba. Sonreía como si lo que le decía su pareja le hiciera gracia; sin embargo, cuando desviaba la vista hacia mí, la sonrisa desaparecía de su rostro. Sus ojos seguían moviéndose, sintiendo curiosidad por saber quién era yo.

Mientras el camarero me traía el desayuno, me dirigí al baño con la idea de pasar delante de ellos para observar más de cerca la belleza singular de esta mujer. Ella fue consciente de la maniobra, pero no enfrentó sus ojos a los míos. El hombre no se percató de mi cercanía ni de la curiosidad de su pareja. De regreso, otra vez escruté a la mujer y me pude hacer una idea de cómo era él. Se trataba de un buen maromo, un hombre atlético, también moreno y muy guapo. Pensé en la imagen típica de un playboy de discoteca, ya que el pelo lo llevaba engominado y del pico de la camisa, colgaban unas gafas de sol.

Cuando se levantaron, pude contemplar con plenitud la exuberancia de su cuerpo proporcionado. El vestido ceñido marcaba sus caderas y el busto moderado. No era tan alta como él, pero le faltaba poco. Tal vez por eso no llevase tacones.

Pensar que se alojaban en el mismo hotel me turbó, pues esa mujer me inquietaba y sabía que me alteraría las vacaciones que acaba de comenzar.

Mi intención era relajarme unos días. Mi vida suponía un continuo esfuerzo en la que las horas de esparcimiento no cabían. El estrés y ese ritmo frenético estaban cobrando sus tributos en mi salud y no fue necesario que nadie me recomendara que debía hacer un alto en el camino. Sin tener en cuenta todas mis responsabilidades, decidí tomarme unos días de descanso lejos de Madrid. Entré en una agencia de viajes y reservé un hotel en primera línea de playa. Era junio; pensé que la presencia de bañistas no sería muy numerosa y que podría relajarme tumbado al sol o paseando por la orilla del agua. El viaje era un paquete con pensión completa, incluyendo los traslados de ida y vuelta. No quise conducir ni disponer de mi coche para evitar la tentación de poner las llaves en el contacto y realizar excursiones por las cercanías. Ya conocía Valencia y los alrededores, pero disponer de coche era una invitación a moverme con él.

Antes de levantarme de la mesa, descubrí la piscina del hotel. Me asomé y me pareció un buen lugar para pasar la mañana. Me eché en una tumbona con el propósito de, si el sueño acudía a mí, no desaprovechar la oportunidad de dormir mientras el sol acariciaba mi cuerpo. No había niños, y los pocos clientes pereceaban del mismo modo que yo.

Por la tarde, después de comer y echarme la siesta, decidí recorrer los escasos metros que separaba el complejo hotelero de la playa. La presencia de bañistas era más abultada de lo que había calculado, pero entre unos y otros se podía extender la toalla dejando una distancia de seguridad de por lo menos veinte metros. Al poco de estar tumbado, una pelota amarilla cayó a mi lado. Antes de que pudiera incorporarme para devolvérsela a su dueño, llegó mi querida vecina del desayuno. No me había vuelto a acordar de ella, y de repente, al descubrirla a mi lado, me sobresalté.

—Gracias —me dijo comprobando que me había incorporado con la intención de devolver la pelota.

No fui capaz de contestar, ya que mi cara se puso de mil colores al contemplar de nuevo a esa deidad a tan solo un metro de distancia. Ella no apartó de mí los ojos en el breve encuentro y pudo percibir mi azoramiento. Cuando me dio la espalda, de regreso al campo de juego, se colocó la braguilla del bikini de manera simétrica, como si ella también sintiera pudor por mostrar esa breve isla blanca de piel que había dejado descubierta la minúscula tela de la prenda.

Mi desasosiego no cesó a partir de ese instante. Me fastidió ese encuentro fortuito, especialmente cuando ya me había hecho a la idea de que su presencia durante esos días se había diluido, ya que en la comida no los había visto.

Continuaron con el partido. Los dos eran unos consumados jugadores y despertaban la admiración de los privilegiados espectadores que contemplábamos su destreza y, sobre todo, su atractiva belleza. Yo me fijaba en ella, pero las mujeres que había por allí no perdían ocasión de admirar el cuerpo atlético de él.

Consideré que era demasiado sufrimiento devorar con la mirada a la muchacha sin poder disfrutar de su cercanía. Dejé la toalla en mi pequeña parcela y me metí en el agua. Al salir, sin secarme, paseé hasta el final de la playa. De regreso, cuando la proximidad me permitió mirar y apreciar con detalle su cuerpo, disminuí la velocidad para deleitarme con la belleza de esa deidad.

—Lo siento —me dijo, cuando otra vez la pelota amarilla fue rodando hasta llegar a mis pies, como si su disculpa tuviera que ver con el fallo que acababa de cometer.

Esta vez fui más rápido y me agaché a por la pelota para dársela en la mano.

—No pasa nada —le respondí y mostré un semblante receptivo a cualquier otra palabra que ella quisiera dirigirme.

No dijo nada, pero me sonrió de una manera personal y distinta a cualquier otra persona que le hubiera entregado la pelota. Estaba seguro de que esa sonrisa era especial, y que tardó una milésima de segundo más en volver la cara antes de comenzar a caminar hacia donde la esperaba su compañero, como si también ella apreciara algo en mí que llamaba su atención.

Tomé la toalla y regresé al hotel. No hice lo que en realidad deseaba, que era seguir cerca de esa mujer pletórica, pero preferí no tenerla delante para evitar la desazón que sentía por no poder estar más cerca y hablar con ella.

Me duché y me afeité deleitándome con el placer de realizar el aseo con tranquilidad. Después, bajé a la cafetería a tomar una cerveza, mientras abrían las puertas del comedor para servir la cena. No hablé con nadie. No me habría importado entablar conversación con alguien, incluso si solo hubiera sido para hablar de trivialidades, pero no tuve la oportunidad. Así que, cuando vi entrar a los primeros clientes a cenar, también me uní. Me senté y tomé una bandeja para servirme un filete, unas patatas fritas y un poco de ensalada de la variada selección de platos cocinados que había a disposición de los clientes. Paulatinamente, se fue llenando el comedor. Me entretenía observando a las personas que deambulaban entre las mesas, pero no pude anticipar el acercamiento de la pareja que me intrigaba. Fueron ellos los que me saludaron.

—¿Te importa que nos sentemos contigo? —Fue una pregunta que no podía imaginar.

Recogí un poco mi bandeja para que ellos tuvieran más espacio para colocar las suyas.

—¿No te molestará, de verdad? —volvió a preguntar ella antes de sentarse.

—No, por supuesto que no… —pero estas palabras no me salieron con espontaneidad.

—¿Qué tal has pasado el día? —quiso saber también ella.

Era obvio que deseaba entablar conversación, pues de sobra conocía lo que había hecho, por lo menos, la segunda mitad de la jornada.

Le dije que había estado tranquilo, algo totalmente falso, pues ella era la causante del azoramiento que me invadía cuando estaba ante mí. Fruto de ese nerviosismo, terminé contándole en pocos minutos las razones que me habían impulsado a pasar unos días de desconexión en tierras valencianas. Esperaba que, después de esta confesión íntima, ellos compartieran algo sobre sus propias vidas, quizás sobre estar también de vacaciones, pero ninguno de los dos mencionó nada al respecto.

No me hizo falta preguntarles sobre el tipo de relación que mantenían, ya que ambos llevaban una alianza matrimonial en sus respectivos dedos anulares.

—¿A qué te dedicas? —quiso saber él, después de haber dicho que el estrés me afectaba a la salud.

—Buf, a muchas cosas —le respondí, con la idea clara de no detallárselas, habiendo comprobado que ellos preguntaban demasiado, pero no compartían nada de sus vidas.

La conversación continuó por derroteros consabidos: si era nuestra primera vez en Valencia, cuánto tiempo íbamos a estar, los planes…

Mientras charlábamos de estos asuntos, paulatinamente me fui tranquilizando. Al mismo tiempo, interiorizaba la belleza de Joaquina, acomodándola en un espacio de mi espíritu que me permitía tenerla controlada sin que me llegara a perturbar.

La verdad es que ambos eran buenos conversadores y se comportaban con cordialidad conmigo. Era consciente de que había tenido suerte de haberlos conocido, ya que, de lo contrario, mi soledad habría terminado por agobiarme. Creo que a ellos les sucedía lo mismo. Hablar con alguien era un aliciente para romper la monotonía de la relación de pareja.

Antes de retirarnos a nuestras respectivas habitaciones, tomamos algo en el bar. Fue idea de Isidoro, el marido. Él y yo nos pedimos un gin-tonic y Joaquina, una infusión. En la velada continuó la conversación sin que ella apenas interviniera. Las palabras de él era una invitación a que yo añadiera las mías en un río interminable de temas abordados que no resultaban muy interesantes. Ella contemplaba la corriente de nuestra conversación como si, absorta, viera el curso verbal apoyada en el pretil de un puente. Quise invitarlos a otra ronda, pero Joaquina pospuso la oferta para el día siguiente.

—¿Qué planes tienes para mañana? —quiso saber Isidoro.

—Ninguno. He venido con la intención de descansar.

Me propusieron que los acompañara a una excursión a Valencia capital que iban a realizar, pero no quise apuntarme. Mi propósito seguía siendo relajarme y tampoco quería estar todo el tiempo compartiendo mis vacaciones con extraños.

Al día siguiente no me encontré con ellos hasta la hora de la cena, pero fue cuando yo ya había acabado. Los saludé. Tenían cara de fatiga, así que me despedí recordándoles la invitación pendiente de otra ronda de gin-tonics. Salí del hotel a darme una vuelta por el paseo marítimo mientras hacía la digestión. Estar unas horas sin ver a Joaquina me habían venido bien, ya que su recuerdo se había ido extinguiendo.

Estaba disfrutando de los días. No me importaba estar solo. Había establecido una rutina que me complacía. Madrugaba y me daba un paseo por la playa solitaria. Antes de regresar, compraba el periódico y tomaba un café en la terraza próxima a la piscina. Allí transcurría el tiempo hasta la hora de comer. Por la tarde, después de una siesta en cama, regresaba a la playa y me tumbaba en la toalla hasta que consideraba que había hecho la digestión. Fue precisamente en ese momento, mientras estaba echado, cuando la pelota amarilla rodó hasta chocar con mi cuerpo. Había vuelto a coger el sueño y fue un sobresalto la presencia de Joaquina como si fuera una gigante y yo un lilliputiano. Ese plano contrapicado me dejó cohibido. Mis ojos se transformaron en una lupa con la que pude observar los poros de su piel y las oquedades más íntimas, lo que me aturdió. Seguro que Joaquina pensó que mi mirada enajenada era producto de un despertar abrupto.

—Si te apetece echar unas palas con Isidoro…

—No, no, ni mucho menos —la interrumpí.

—Siento de nuevo haberte molestado.

Regresó con la bola amarilla. Me quedé contemplando cómo caminaba. Al instante juzgué que no había sido muy amable y que me debería disculpar. No tardó la pelota en venir a mí. Antes de que llegara ella, la recogí y se la di en la mano. Aproveché la ocasión para acercarme a saludar a Isidoro. El juego no debía estar siendo de mucho interés, porque enseguida me di cuenta de que querían pegar hebra. Cuando ya me iba a retirar, Joaquina me propuso que esa noche fuera a cenar con ellos a un restaurante del puerto. Dije que no, pero entre los dos me acabaron convenciendo de que me sumara.

Quedamos en el bar del hotel a las nueve. Elegí el pantalón y la camisa más elegante que había metido en la maleta. Estuve en el lugar de la cita un cuarto de hora antes. Cuando llegaron, sin tomar nada ellos, me sugirieron salir de inmediato, ya que la reserva era para las nueve y media. Joaquina me cedió el asiento del copiloto, pero no lo acepté. Detrás de ella me llegaban los efluvios asombrosos de su perfume. Se había puesto un vestido más recatado. Con él conseguía refrenar la pasión que despertaba en mí; era como la diosa que se viste para presidir la ceremonia con la que se le rinde pleitesía: a mí me gustaba cuando tan solo llevaba los vestidos playeros que dejaban libre la expresión de la voluptuosidad. Isidoro también había aprovechado la ocasión para lucir un atuendo mucho más elegante que el mío, por lo cual me sentí incómodo el resto de la noche, ya que era consciente de que desentonaba a su lado. Aunque me consultaron lo que nos podíamos pedir, fueron ellos los que al final seleccionaron el menú: un arroz con bogavante, que les habían recomendado algún conocido. Menos mal que en esa velada fue Joaquina la catalizadora de la conversación y que yo casi no participé. Agradecí que mi protagonismo se atenuara; sin embargo, aunque hablaban mucho, no aportaban ninguna información de ellos. Incluso, no era capaz de evaluar su relación sentimental. No había observado que se prodigaran caricias ni otras muestras de afecto, tan solo un respeto que no me aventuraba a catalogar. Quizá mi mutismo y que su vestido fuera una coraza que protegía su pecho de mi vista, propició que mi mirada se centrara en su rostro. Me llamaron la atención unas pecas que tan solo se podían discernir estando muy cerca. No creo que las ocultara con maquillaje. Eran muy pocas y se situaban por debajo de la órbita ocular y extendiéndose por el puente nasal. Tal vez la razón por la cual pasaban desapercibidas era las inmensas cejas negras y unos párpados marcados con un trazo del mismo color que alargaban sus ojos marrones, que focalizaban la atención cuando se la contemplaba. Al fijar su mirada en mí, sentía unos rayos que penetraban en mi interior, tratando de descubrir mis deseos. Entornaba los ojos para interrumpir ese análisis, consciente de que, si continuaba, revelaría una verdad que, de poder, la devoraría. Como se empeñaron en no dejar que pagara, los invité a una copa en una terraza. Los dos parecían disfrutar de la noche en mi compañía. Yo no podía decir lo mismo. Durante todo el tiempo estuve alerta para impedir que se dieran cuenta de la atracción que sentía por Joaquina. Tal vez no se percataran de eso, pero sí debieron notar que me iba apagando hasta sospechar que tal vez me estuviera aburriendo. En un momento, cuando nos dirigíamos en busca del coche aparcado, ella me cogió del brazo y se apoyó en mí, en un gesto amistoso para infundirme ánimo. Solo fueron unos segundos, porque ella debió considerar que era un gesto de demasiada confianza para el poco trato que habíamos mantenido. Antes de retirarlo, mi codo rozó su pecho y no lo retiré. Lo noté tan delicado y terso que me estremecí de placer, sintiendo cómo una descarga eléctrica recorría todo mi cuerpo.

No pude dejar de pensar en Joaquina cuando me metí en la cama. Intentaba recuperar las sensaciones placenteras causadas por ese roce, pero era una experiencia imposible de repetir. Este esfuerzo de mi imaginación desembocó en insomnio, y los pensamientos que rondaban mi mente durante ese prolongado desvelo me causaban tal sufrimiento que me aconsejaron romper la relación que mantenía con la pareja, pues solo me esperaban sinsabores para el poco tiempo que duraba la admiración placentera que esa mujer me despertaba. Sin embargo, no dependía de mí, aunque me propuse moverme con cálculos precisos para no coincidir, adelantando o retrasando mi entrada en el salón a las horas de las comidas. También dejé mis visitas a la cafetería del hotel; incluso, acudí a algún restaurante de la localidad para evitar las coincidencias. Durante un par de días dio resultado la estrategia de alejamiento, pero no pude impedir que me localizaran.

—Está visto que nuestras vidas se cruzan —escuché que me decían a mi espalda. Por un momento, me enfadé conmigo mismo por tardar unas milésimas de segundo en reconocer la voz de Joaquina.

Nos dimos dos besos en las mejillas.

—¿Dónde está Isidoro?

Me sonrió e hizo un mohín de disgusto por la pregunta, algo así como un reproche por considerar yo que ella no podía moverse sola con libertad. Intenté ocultar la alegría de que por fin pudiera mantener una conversación sin la presencia de su marido, por lo cual me resultó imposible hallar palabras para disculpar mi torpeza al plantear esa cuestión. Me dijo que se había quedado en la cafetería del hotel viendo un partido de fútbol que debía ser transcendental: la final de una competición o un encuentro de la selección. Se disculpó de sus imprecisiones por no ser aficionada a este deporte. Yo tampoco lo soy y no sabía que hubiera tal evento.

Los dos nos encontrábamos parados, uno frente al otro. Ella portaba varias bolsas con compras efectuadas en ese rato en el que se habían separado. Consideré muy atrevido por su parte que me propusiera acompañarla. El escaparate de una boutique le llamó la atención y, sin decirme nada, entró, por lo que fui detrás. Me pidió que le sujetara las bolsas, mientras se sobreponía un vestido y se miraba en un espejo.

—¿Qué te parece? —quiso saber mi opinión.

Me quedé pensando y como no era capaz de expresarla, se dirigió al probador. Me aproximé a él por no estar igual que un pasmarote en el medio. No era mi pretensión espiar a Joaquina, pero la cortina que la protegía no llegaba a la pared y comprobé que por esa apertura podía contemplar sus piernas morenas hasta una altura que no había gozado antes. Abrió la cortina para que viera cómo le sentaba, mientras ella se lo terminaba de colocar, sin dejar de mirarse en el espejo del probador. No creo que le interesara mucho mi veredicto y si me preguntaba era por costumbre: seguro que procedía de igual manera con su marido cuando la acompañara a comprarse ropa.

—Está bien —le terminé de decir, por no permanecer con la boca cerrada.

Lo que pensaba es que con el cuerpo y la cara que tenía cualquier vestido le quedaría bien.

Me pidió que le subiera la cremallera de la espalda, para terminar de comprobar cómo le caía. Dejé en el suelo las bolsas y con deliberada torpeza la corrí aprovechando para acariciar su piel y apartar su melena rizada.

La dependienta la terminó de convencer de que le sentaba bien y de nuevo me pidió que las descorriera, ocasión que aproveché para explorar sus hombros y dejar por un instante mi mano izquierda en su cadera. El vestido le quedaba muy ajustado y su culo era una tentación para que mi mano se posara en él para adaptarse a su curvatura, sin embargo, no me propasé.

Me preguntó si regresaba con ella al hotel. No era mi intención, pero ya que aún tenía un rato para estar en su compañía, acepté. Los dos avanzábamos despacio. Ella era capaz de mantener la conversación y examinar los escaparates. Al pasar por una heladería, se antojó de un helado.

—¿Me invitas? —me preguntó como si ella se hubiera quedado sin dinero.

Nos sentamos en la terraza para comérnoslo. Joaquina lo saboreaba con deleite, proporcionándome un espectáculo erótico que seguía con aparente serenidad, aunque en realidad estaba conteniendo la pasión desbocada. Su lengua recorría la bola helada de chocolate, o con los labios apretados proporcionaba pequeños bocados a la masa marrón, o extendía media lengua para atrapar unas gotas a punto de caer. Sus piernas entreabiertas también eran una provocación que no desperdiciaba para ver si mi mirada escalaba una cota mayor de sus muslos. Sus dedos con algunos anillos sujetaban el cucurucho y también despertaban mi admiración por su finura y delicadeza. Esas manos acariciándome eran un sueño imposible de alcanzar que me atormentaba. Hubo un momento en el que miró el reloj de pulsera y se alarmó al comprobar la hora, como si su paseo libre se hubiera extendido más de la cuenta. Se levantó antes de acabar el helado y me propuso que nos fuéramos. Como ya estaba cerca el hotel, le dije que me quedaba otro rato más. No me apetecía llegar al vestíbulo y encontrarnos con Isidoro y que ella se fuera con él y yo, alelado, viendo cómo se alejaban.

Tuve suerte de no coincidir con ellos los dos últimos días de mi estancia. Mi estrategia para evitarlos parecía estar dando resultados: no aparecía en el comedor a las horas punta, en la playa me apartaba a una zona alejada del hotel y mis paseos por el centro transcurrían descartando las aceras más concurridas. Tal vez por ser la última noche y creer que el peligro se había atenuado, bajé la guardia y fui a cenar cuando ellos se encontraban en el comedor. Como era habitual en nuestra extraña relación, me divisaron antes de que yo me percatara de su presencia. Fue Isidoro el que me ordenó que me sentara en su mesa. Me iba a disculpar por no aceptar, porque comprobé que ya estaban con los postres, pero recordé que les debía una invitación en la cafetería del hotel. Procuré cenar lo más rápido posible para que no se prolongara mucho su espera. A punto de finalizar, les comenté que me había comprometido a pagar una ronda de gin-tonics.

 —Las promesas hay que cumplirlas —sentenció él.

Ni ellos ni yo mostrábamos pena por el final de nuestras vacaciones; ellos también regresaban a Madrid al día siguiente. Durante el tiempo que permanecimos sentados consumiendo la bebida, la conversación no fluyó como en ocasiones anteriores. Quizá pensábamos que la amistad que habíamos establecido no podía alcanzar un desarrollo mayor y tan solo era cuestión de cerrar esa experiencia dejando transcurrir los minutos. Por eso, cuando ya habíamos comenzado el ritual de despedida, me sorprendió la propuesta de Isidoro:

—¿Por qué no vienes con nosotros en vez del autobús?

Una vez más, falto de reflejos —lo primero que pensé fue que era una propuesta tentadora, ya que viajar en autocar no era muy cómodo—, tardé en rechazar la invitación. Este retraso fue interpretado como una duda, lo que aprovecharon ambos para insistir. Ahora, ante su insistencia, comprendía que me estaba metiendo irremediablemente en un atolladero del que debía escapar, pero no fui lo suficientemente convincente ni asertivo para denegar su invitación. Nos pusimos de acuerdo para salir después de desayunar.

Quizá fuera que al ser la última noche estuviera nervioso, o que sentía remordimientos por no saber evitar los problemas, no descansé bien. Bajé a desayunar. Me extrañó ver sola a Joaquina.

—Isidoro no quiere comer nada. No sabe qué le sentó mal, si la cena o el gin-tonic que se tomó, pero no ha pegado ojo —me explicó.

Me culpé de su malestar en la parte que me correspondía; es decir, en la de haberlo animado a beber en el bar después de cenar. Joaquina quitó importancia al asunto, como si fuera normal que de vez en cuando sufriera una crisis de esta naturaleza.

Al terminar, quedamos que nos encontraríamos en quince minutos en el aparcamiento. El portón del maletero estaba levantado; metí la maleta. Al abrir la puerta lateral, me extrañó ver a Isidoro allí y al volante a su mujer. También me sorprendió su postura descompuesta: una mano posaba sobre su pecho intentando calmar unos latidos desbocados. Su camisa se encontraba desabrochada, dejando a la vista una camiseta blanca. Esa ropa interior me lo representaba como si estuviera en su cama convaleciente.

Joaquina arrancó. A los pocos minutos, le pregunté si podía acomodarme en el asiento del copiloto, pues al lado de su marido era como si estuviera compartiendo su mismo lecho. Paró sorpresivamente y me apeé con prontitud, pues el lugar donde nos habíamos detenido interrumpía el tráfico. Conducía con soltura y de prisa, como si la vida de su marido peligrara. Concentrada en la carretera, no daba muestras de querer entablar conversación. Yo miraba hacia el pasajero de atrás y lo notaba tan compungido que pensé que emprender un viaje tan largo hasta Madrid era una temeridad, pero no quise meterme donde no me llamaban. Al poco tiempo, el GPS nos llevó por una senda sin asfaltar. Nos extrañó, mas Joaquina aceptó la ruta creyendo que era el camino más corto, pero pronto, al atravesar entre vides, nos dimos cuenta de que nos habíamos perdido. La conductora metió la marcha atrás para deshacer el último tramo recorrido hasta hallar un sitio en el que dar la vuelta. Sin embargo, entre las plantas descubrí que el camino seguía y aparentaba mejor firme. Así que reanudamos la marcha. Superado este pequeño tramo lleno de vegetación, la carretera se presentaba negra y limpia para seguir circulando. El estado de Isidoro me preocupaba; no daba señales de que se relajara y su cara reflejaba un sufrimiento contenido.

—Quizá deberíamos pasar por Urgencias para que valoraran el estado de Isidoro —terminé de proponer.

Él no decía nada; incluso, dudaba de que estuviera en condiciones de tomar una decisión. Joaquina tardó en reaccionar, pero, al final, estimó que era lo mejor. Me explicó que, sabiendo su estado, los dos se habían propuesto llegar a Madrid para que lo atendieran en una clínica de confianza, pero que tenía razón yo en que era mucho riesgo continuar el viaje.

Hasta ese momento en el que cambiaron nuestros planes, tan solo había mirado por los ojos del enfermo. Sin embargo, una vez que nos dirigíamos al hospital más cercano, mi mente emprendió una fabulación maligna. Lo más inmediato era que otra vez me iba a quedar a solas con Joaquina, mientras examinaban a su marido, y sabiendo los protocolos meticulosos y la saturación de urgencias, eso nos concedería varias horas de absoluta libertad. Y, llegados al extremo, si su marido fallecía, yo podría ser el próximo compañero de Joaquina. Las dos ideas tenían sus pros y sus contras. En el primer caso, si se trataba de una leve indisposición, podía declarar abiertamente mi pasión y esperar, a pesar de las circunstancias adversas, que ella sintiera lo mismo y aprovecháramos esas horas para satisfacer nuestras ansias amorosas. En la segunda posibilidad, si su marido no mejoraba, consideraba que era preferible no expresar mis deseos y permanecer junto a ella durante la desgracia. Luego, pasados unos días, me lanzaría a bocajarro para decirle que la quería.

Como había previsto, la sala de espera se hallaba atestada de gente desesperada por la lentitud con la que atendían. Isidoro, tendido en la camilla, mostraba un semblante más vivo, pero continuaba con la mano en el corazón para intentar calmarlo. Nos ordenaron que permaneciéramos a la espera de información. Los que llevaban tiempo aguardando nos aseguraron que pasarían por lo menos tres horas hasta que supiéramos algo por primera vez del estado del paciente. Nos quedamos unos minutos indecisos.

—Te apetece que salgamos de aquí un rato —le propuse a Joaquina.

Mi idea era ir a la cafetería del hospital, pero ella optó por dirigirnos al coche, con la excusa de que no lo había dejado bien aparcado. Lo movió de sitio y, echa la maniobra, los dos nos quedamos mirando la sucia vegetación que bordeaba el complejo hospitalario.

—¡Vaya contratiempo! —dije por decir algo.

—Siento que te hayamos complicado el regreso.

—No pasa nada. Lo mismo me da llegar un poco antes o un poco después.

Podía haberle preguntado si esta dolencia de su marido la había sufrido con anterioridad, pero ya, en esos momentos, mi mente lo único que maquinaba era cómo y en qué preciso instante mi deseo reprimido se manifestaba. Sin ser plenamente consciente de lo que hacía, pasé mi mano por encima de la palanca de cambios y la posé sobre su pierna. Allí permaneció quieta durante unos segundos, hasta comprobar cómo reaccionaba. Al no apreciar ningún estímulo, la desplacé unos centímetros hacia la rodilla y, en un cambio brusco de dirección, la deslicé acariciando su tersa piel hacia arriba. Joaquina se removió, primera muestra negativa de que mi roce no era bien recibido. Como paré, pero no retiré la mano, posó ella la suya sobre la mía, y estuvo quieta unos segundos antes de agarrarla y apartarla hasta colocarla en la bola de la palanca de cambios. Me hubiera gustado que la tierra me tragara, no tanto por el rechazo, sino por lo ridículo que me sentía. Creo que Joaquina se percató de esto último e intentó que no me hundiera. Extendió el brazo hasta llegar con su mano a mi cuello y lo apretó levemente y lo sacudió con el fin de espantar la desazón. No se dirigió a mí para excusar su negativa, pero su mirada era igual de expresiva que las palabras no pronunciadas. Entendí que su oposición no se debía a que a ella no le apeteciera dejarse llevar por unos deseos similares a los míos, sino a algo que estaba sobre los instintos: su conciencia. Esta le recordaba la lealtad a su compañero, más en esas circunstancias.

Debería haber tomado un taxi para que me llevara a coger un tren o un autobús, pues seguía sintiéndome avergonzado y desde ese momento, mi libido, en presencia de Joaquina, se había desvanecido. Sin embargo, cuando se lo sugerí, no me permitió hacer tal cosa.

—Me sentiría muy mal, si te vas de esa manera…

Una vez más, me sometí a su dictamen. Fuimos a la cafetería y luego a la sala de espera. Le informaron que el paciente estaba reaccionando muy bien y que no tardarían en darle el alta. Isidoro se asomó, apartando las hojas batientes como si le hubiesen insuflado una dosis de hierro en su torrente sanguíneo, dispuesto a comerse el mundo y a continuar en compañía de su esposa.

Cuando me dejaron en Madrid, él me extendió su tarjeta personal y me rogó que lo llamara para quedar a tomar algo. Mientras la cogía vislumbré una sonrisa maliciosa en la conductora. 

04/08/24

Errores nocturnos


Las tardes festivas en Laviá consisten en pasear por sus calles peatonales y por el lienzo sur de sus murallas. Lo más normal es caminar despacio charlando y algunos, comiendo pipas Vocal, la marca emblemática de la ciudad. Después se entra en un bar a tomar algo o, en verano, se deleitan con un apetitoso helado. Nosotros y la familia de mi hermana también seguimos estas rutinas. El recorrido por sus calles me permite recordar los lugares vinculados a mi pasado como estudiante de Magisterio y las esporádicas correrías que el grupo de amigos del pueblo realizábamos en la ciudad: bares donde tomábamos algo, y aún recuerdo la especialidad del aperitivo que acompañaba a la consumición. Con menos frecuencia, me doy de bruces con otros lugares, como los cines, a los que solo acudíamos si la película era muy buena; o las discotecas, en las que no podíamos entrar por carecer del dinero suficiente para pagar la entrada y solo nos colábamos cuando el portero estaba ya muy borracho y le fallaban los reflejos, o en los últimos momentos de la primera sesión, que finalizaba a las nueve, cuando la luz del local era más intensa y los primeros asistentes desalojaban la sala…

Esa tarde fuimos a un bar más lujoso y caro, pensando que merecía la pena gastarnos un poco más y disfrutar de placeres reservados para otros. El salón era espacioso y la altura, palaciega. Al entrar de la calle había un inmenso recibidor que servía de distribuidor a dependencias ocultas. Nosotros subimos por una amplia escalera ondulada que desembocaba en el enorme bar, una estancia abierta en uno de sus lados, que, con una gran barandilla protegiéndola, daba al espacioso hall. Desde allí se podía contemplar el ir y venir de clientes que se movían en todas las direcciones, al igual que los viajeros de una gran estación central de ferrocarril.

Del grupo, unos se dirigieron a ocupar una mesa en un lugar privilegiado y yo, después de haber preguntado la consumición que querían, me quedé en la extensa barra atendida por una camarera que por su atuendo desentonaba con la exclusividad del negocio. Su cara denotaba cansancio y aburrimiento. Los clientes que esperábamos a ser atendidos nos habíamos colocado en cuatro filas, dejando espacio entre las hileras. Todos tapábamos el rostro con una mascarilla, con lo cual resultábamos irreconocibles los unos para los otros. Con la ansiedad del que espera a ser atendido, aguardé a que la camarera acabara de despachar a los que se encontraban delante. Mientras, me entretenía viendo a los demás, sin perder de vista a mis acompañantes.

Mi hermana se había pedido un café con leche; mi cuñado, un descafeinado; mi hijo, una coca cola y repasando, cuando me tocó el turno, me percaté de que mi mujer no me había dicho lo que deseaba o no me acordaba. Pidiendo disculpas al que me seguía en la cola, me acerqué a preguntarla. La vi de pie saludando a mis tíos. La interrumpí para averiguar lo que deseaba. Me sorprendió que se pidiera una Coca-Cola light, refresco que nunca antes le había visto beber. Regresé lo más rápidamente posible para no entorpecer el trabajo de la camarera y, pidiendo de nuevo disculpas al que me seguía en la hilera de clientes, pedí.

Ya sentados, nos sirvieron y, de inmediato, me levanté para pagar la cuenta. La chica que me atendió me presentó, en un trozo de papel mal recortado, la suma de las cantidades correspondientes a cada bebida, escrita con bolígrafo azul. En total importaba veintitrés y pico euros; no me paré a mirar con precisión los décimos, aunque sí que me fijé en el precio de las Coca-Colas, a cinco euros, y los cafés, a tres. Me pareció excesivo el importe, pero, como sabía de antemano que el local era caro, pagué con resignación aportando veinticinco euros esperando la vuelta. Esta tardaba en llegar y observé que la camarera que me tenía que cobrar hablaba o discutía con una compañera, como si la cuenta que me habían presentado no estuviera bien. Vino a mí otra vez sin saber explicarme con claridad lo que sucedía, pero no me daba la vuelta. Entendí que había sumado mal las cantidades o que no había incluido alguna en la operación. Primero repasamos los dos la cuenta y estaba bien. Sin embargo, la chica continuaba aturullada sin ver clara la solución. Mencionó que el importe ascendía a más de treinta euros. Pacientemente, con la seguridad de que no podía alcanzar esa cifra, porque mentalmente había calculado el importe al saber el precio de cada una de las consumiciones, le propuse que comenzara de nuevo a realizar la cuenta repasando lo que habíamos pedido. No aceptó mi sugerencia y, después de unos instantes de vacilación, me devolvió el cambio según la suma inicial presentada.

Regresé sin comprender el proceder de la camarera y resignado por perder un tiempo que bien podría haber aprovechado para deleitarme con el ambiente del palaciego establecimiento. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue el espíritu contrariado con el que me recibió mi familia. Sin haber escuchado mis explicaciones, todos pusieron cara de fastidio culpabilizándome a mí del percance. Me quedé boquiabierto y sin fuerzas para convencerlos de mi inocencia, esperando que una vez transcurridos unos minutos hubieran olvidado el incidente. Así fue, cuando salimos, parecía haberse borrado de su mente el inexplicable episodio. Sin embargo, a mí me creó más incertidumbre, pues ya no solo me resultaba incomprensible el atoramiento de la camarera, sino también la estupefacción con la que me recibió mi familia.

Chaises longues

 Llegamos con prisa al muelle. Las avenidas asfaltadas del puerto resultan interminables hasta dar con el edificio con planchas metálicas en el que despachan los billetes. Menos mal que no hay mucha cola, por lo cual me convenzo de que el barco debe estar a punto de zarpar. Meto prisa a mi mujer para embarcar lo antes posible. Corremos al embarcadero en el que se halla el buque. Se trata de un enorme barco negro del que solo se divisa el lado de babor y una gran boca también oscura por la que entran vehículos y camiones cargados con contenedores. A pie del buque, se encuentra una plataforma con escalones por los que hemos de ascender para embarcarnos. En lo alto hay un interventor que controla el acceso de los viajeros. Se trata de un viejo lobo de mar relegado ya a tareas auxiliares. La larga barba blanca le confiere solemnidad. Le enseño los billetes. Estos corresponden a toda la familia y están separados unos de los otros por dos líneas cruzadas de agujeros perforados que permite con facilidad rasgar cada una de las cuatro partes. Se los enseño extendidos y él los dobla con cuidado, sin llegar a cortarlos, y me los devuelve.

—¿Y el título de viaje? —me lo pide en el momento en el que ya nos habíamos vuelto para entrar en el barco.

No me extraña su petición, pero me hago el desentendido, como si no supiera a lo que se refería.

—Lo tiene que sacar en la oficina. Para viajar no solo es necesario el billete, sino que hay que tener un título que habilite —me explica innecesariamente porque sé que es obligatorio, algo que es sencillo de conseguir por tratarse de un mero trámite burocrático.

Hago ademán de retroceder para obtenerlo en las taquillas, pero me detiene y haciendo la vista gorda me permite seguir adelante.

—Muchas gracias —le digo con sinceridad, agradeciendo que no sea muy severo, y añado: «La próxima vez que viajemos lo habré sacado».

Sabiendo que faltan escasos minutos para zarpar, buscamos la entrada.

No sé el destino del barco ni dónde nos dirigimos nosotros, pero lo tomamos con cierta frecuencia.

Las mismas carreras por llegar con el tiempo justo para que el navío no nos deje en tierra; la misma sensación de andar perdidos por los hangares y dársenas hasta dar con el pabellón donde se halla la estación marítima; la misma angustia de cavilar con la posibilidad de que no hubiera mucha gente esperando para sacar billetes para que nos diera tiempo a subir antes de que partiera… Llegamos y los consigo. En taquilla me despachan sin prisas y no me alertan de que me queda poco tiempo para embarcar, por lo que supongo que no andamos tan apurados como pienso; sin embargo, animo a mi mujer a que nos echemos una carrera hasta la plataforma de embarque. Cuando estoy a punto de alcanzar la cima metálica en la que se encuentra el viejo marino de las largas barbas, me acuerdo de que no había tramitado el título de viajero. Dudo por un momento si retroceder para ir a sacarlo, pero mi mujer, también subida en la escalera, me entorpece descender y, por otra parte, estoy seguro de que si regreso a las oficinas, perderíamos el barco. Me acerco titubeando al viejo y le muestro los billetes. Me sonríe con afabilidad.

—¿Y el título de viaje?

Me doy un manotazo en la frente. ¡Cómo podía ser tan olvidadizo! ¡Qué cabeza la mía!

Percibo con claridad que el controlador sabe que mis aspavientos son mera comedia y que estoy echando mucho morro para disculpar mi despiste.

—Pase, pase… —me dice como si le estuviera resultando cargante mi representación.

La verdad es que se me queda muy mal cuerpo, no solo por la vergüenza que acabo de pasar, sino también por mí mismo, por no planificar con tiempo las obligaciones que he de cumplir. Me repito mentalmente la necesidad sin dilación de sacar el título, como grabándolo en mi memoria, para que no me vuelva a suceder lo mismo.

No sé tampoco a dónde se dirige el barco, pero soy consiciente antes de embarcar de que el trayecto me resultará tormentoso por los remordimientos a causa de mi despiste.

Es siempre la llegada al puerto; las prisas por no perder la embarcación; la misma desorientación hasta dar con las oficinas portuarias; la misma soledad de recorrer los muelles solitarios sin que nadie nos pudiera orientar hasta dar con ellas… Siempre se produce una sorpresa cuando paso de la claridad deslumbrante del exterior a la penumbra de la gran nave en la que despachan. Temo llamar la atención de los empleados por llegar todas las veces con la misma agitación, por lo que intento tranquilizarme sabiendo que me expenderán los billetes. Siempre cuatro, aunque solo veo a mi mujer, pues nuestros hijos se supone que deben embarcar con nosotros, pero, al final, los que subimos a bordo somos mi mujer y yo. Miro alrededor esperando hallarlos despistados para urgirlos a que se unan a nosotros para subir, pero no logro divisarlos por ninguna parte. Me hago a la idea de que a lo mejor ya se han adelantado y se encuentran en el navío. Con estas preocupaciones y prisas llegamos a la escalera de embarque. En el momento de extender mi brazo para mostrar los billetes, me percato de nuevo de que no he cumplido mi palabra de sacar el título de viajero. Aunque sé que cualquier disculpa que exponga es ridícula, no por eso intento explicarle atropelladamente que esta sí que será la última vez que nos hace el favor de dejarnos entrar sin cumplir las formalidades reglamentarias. Es tanta mi rabia que estoy a punto de sollozar. Al verme así, el viejo y yo nos fundimos en un fuerte abrazo y él me consuela dándome palmaditas en el hombro y, después, empujándome para que me dirija al barco.

Por la misma plataforma por la que accedimos, bajamos hasta llegar al portón de popa, que se ha ajustado al muelle, por la que entramos vehículos y pasajeros. Las entrañas del barco son oscuras y la vista tarda en acostumbrarse hasta vislumbrar el parking repleto de camiones y furgonetas. Huele a humo quemado y a alquitrán caliente. Desde la bodega subimos por otra escalerilla estrecha y muy empinada hacia los habitáculos reservados a los viajeros. La baja intensidad de la luz es mayor en esta parta alta, por lo cual es difícil ver la cara de las personas que allí se encuentran. Avanzamos con cuidado, no solo por no saber dónde ponemos los pies, sino por el propio bamboleo del mastodonte amarrado. Consigo dar con dos asientos vacíos. Se trata de chaises longs en los que temo acomodarme por anticipar que no me encontraré a gusto; en cambio, mi mujer, sin pensárselo, se echa a lo largo y me mira preguntándome a qué espero a tumbarme junto a ella. Me quedo de pie, indeciso, sin decidirme a seguir buscando un asiento más natural o tenderme en el que allí, frente a mí, se halla. Me pongo de rodillas y antes de dejar caer todo el peso de mi cuerpo sobre la alargada hamaca, comprendí que era verdad, que el viaje que estábamos a punto de emprender sin saber cuál era nuestro destino no sería cómodo.


38. El Rivendel

  La noche continuaba su transcurso hasta el amanecer sin importunar con su oscuridad la vigilia de los noctámbulos, para quienes el tiemp...