Nada más entrar en el comedor, descubrí a Joaquina. Era
una mujer que sin duda captaría la atención de muchos hombres; yo me sentí
hipnotizado. Me acerqué todo lo que pude hasta sentarme en una mesa vacía
próxima a la que ella ocupaba con su pareja. Los dos desayunaban en el bar del
hotel donde yo me alojaba; suponía que eran clientes. Mientras echaba un
vistazo a la carta, no la perdía de vista. También ella desviaba sus ojos hacia
mí. Quizás se había dado cuenta de que la observaba con atención.
Era una mujer joven; no parecía tener más de treinta
años. Lucía una rizada melena negra. El escaso vestido dejaba al descubierto
sus hombros, gran parte de su pecho, los brazos y sus largas piernas morenas.
Sus pies, elegantes y delicados, con las uñas sin pintar, calzaban unas
minúsculas sandalias.
Sus labios eran carnosos, aunque no exageradamente. Con
todo, lo que más me atraía era su mirada viva y luminosa, que parecía
escudriñar sin perder detalle de lo que la rodeaba. Sonreía como si lo que le
decía su pareja le hiciera gracia; sin embargo, cuando desviaba la vista hacia
mí, la sonrisa desaparecía de su rostro. Sus ojos seguían moviéndose, sintiendo
curiosidad por saber quién era yo.
Mientras el camarero me traía el desayuno, me dirigí al
baño con la idea de pasar delante de ellos para observar más de cerca la
belleza singular de esta mujer. Ella fue consciente de la maniobra, pero no
enfrentó sus ojos a los míos. El hombre no se percató de mi cercanía ni de la
curiosidad de su pareja. De regreso, otra vez escruté a la mujer y me pude
hacer una idea de cómo era él. Se trataba de un buen maromo, un hombre
atlético, también moreno y muy guapo. Pensé en la imagen típica de un playboy de
discoteca, ya que el pelo lo llevaba engominado y del pico de la camisa,
colgaban unas gafas de sol.
Cuando se levantaron, pude contemplar con plenitud la
exuberancia de su cuerpo proporcionado. El vestido ceñido marcaba sus caderas y
el busto moderado. No era tan alta como él, pero le faltaba poco. Tal vez por
eso no llevase tacones.
Pensar que se alojaban en el mismo hotel me turbó, pues
esa mujer me inquietaba y sabía que me alteraría las vacaciones que acaba de
comenzar.
Mi intención era relajarme unos días. Mi vida suponía un
continuo esfuerzo en la que las horas de esparcimiento no cabían. El estrés y
ese ritmo frenético estaban cobrando sus tributos en mi salud y no fue
necesario que nadie me recomendara que debía hacer un alto en el camino. Sin
tener en cuenta todas mis responsabilidades, decidí tomarme unos días de
descanso lejos de Madrid. Entré en una agencia de viajes y reservé un hotel en
primera línea de playa. Era junio; pensé que la presencia de bañistas no sería
muy numerosa y que podría relajarme tumbado al sol o paseando por la orilla del
agua. El viaje era un paquete con pensión completa, incluyendo los traslados de
ida y vuelta. No quise conducir ni disponer de mi coche para evitar la
tentación de poner las llaves en el contacto y realizar excursiones por las
cercanías. Ya conocía Valencia y los alrededores, pero disponer de coche era
una invitación a moverme con él.
Antes de levantarme de la mesa, descubrí la piscina del
hotel. Me asomé y me pareció un buen lugar para pasar la mañana. Me eché en una
tumbona con el propósito de, si el sueño acudía a mí, no desaprovechar la
oportunidad de dormir mientras el sol acariciaba mi cuerpo. No había niños, y
los pocos clientes pereceaban del mismo modo que yo.
Por la tarde, después de comer y echarme la siesta,
decidí recorrer los escasos metros que separaba el complejo hotelero de la
playa. La presencia de bañistas era más abultada de lo que había calculado,
pero entre unos y otros se podía extender la toalla dejando una distancia de
seguridad de por lo menos veinte metros. Al poco de estar tumbado, una pelota
amarilla cayó a mi lado. Antes de que pudiera incorporarme para devolvérsela a
su dueño, llegó mi querida vecina del desayuno. No me había vuelto a acordar de
ella, y de repente, al descubrirla a mi lado, me sobresalté.
—Gracias —me dijo comprobando que me había incorporado
con la intención de devolver la pelota.
No fui capaz de contestar, ya que mi cara se puso de mil
colores al contemplar de nuevo a esa deidad a tan solo un metro de distancia.
Ella no apartó de mí los ojos en el breve encuentro y pudo percibir mi
azoramiento. Cuando me dio la espalda, de regreso al campo de juego, se colocó
la braguilla del bikini de manera simétrica, como si ella también sintiera
pudor por mostrar esa breve isla blanca de piel que había dejado descubierta la
minúscula tela de la prenda.
Mi desasosiego no cesó a partir de ese instante. Me
fastidió ese encuentro fortuito, especialmente cuando ya me había hecho a la
idea de que su presencia durante esos días se había diluido, ya que en la
comida no los había visto.
Continuaron con el partido. Los dos eran unos consumados
jugadores y despertaban la admiración de los privilegiados espectadores que
contemplábamos su destreza y, sobre todo, su atractiva belleza. Yo me fijaba en
ella, pero las mujeres que había por allí no perdían ocasión de admirar el
cuerpo atlético de él.
Consideré que era demasiado sufrimiento devorar con la
mirada a la muchacha sin poder disfrutar de su cercanía. Dejé la toalla en mi
pequeña parcela y me metí en el agua. Al salir, sin secarme, paseé hasta el
final de la playa. De regreso, cuando la proximidad me permitió mirar y
apreciar con detalle su cuerpo, disminuí la velocidad para deleitarme con la
belleza de esa deidad.
—Lo siento —me dijo, cuando otra vez la pelota amarilla
fue rodando hasta llegar a mis pies, como si su disculpa tuviera que ver con el
fallo que acababa de cometer.
Esta vez fui más rápido y me agaché a por la pelota para
dársela en la mano.
—No pasa nada —le respondí y mostré un semblante
receptivo a cualquier otra palabra que ella quisiera dirigirme.
No dijo nada, pero me sonrió de una manera personal y
distinta a cualquier otra persona que le hubiera entregado la pelota. Estaba
seguro de que esa sonrisa era especial, y que tardó una milésima de segundo más
en volver la cara antes de comenzar a caminar hacia donde la esperaba su
compañero, como si también ella apreciara algo en mí que llamaba su atención.
Tomé la toalla y regresé al hotel. No hice lo que en
realidad deseaba, que era seguir cerca de esa mujer pletórica, pero preferí no
tenerla delante para evitar la desazón que sentía por no poder estar más cerca
y hablar con ella.
Me duché y me afeité deleitándome con el placer de
realizar el aseo con tranquilidad. Después, bajé a la cafetería a tomar una
cerveza, mientras abrían las puertas del comedor para servir la cena. No hablé
con nadie. No me habría importado entablar conversación con alguien, incluso si
solo hubiera sido para hablar de trivialidades, pero no tuve la oportunidad.
Así que, cuando vi entrar a los primeros clientes a cenar, también me uní. Me
senté y tomé una bandeja para servirme un filete, unas patatas fritas y un poco
de ensalada de la variada selección de platos cocinados que había a disposición
de los clientes. Paulatinamente, se fue llenando el comedor. Me entretenía
observando a las personas que deambulaban entre las mesas, pero no pude
anticipar el acercamiento de la pareja que me intrigaba. Fueron ellos los que
me saludaron.
—¿Te importa que nos sentemos contigo? —Fue una pregunta
que no podía imaginar.
Recogí un poco mi bandeja para que ellos tuvieran más
espacio para colocar las suyas.
—¿No te molestará, de verdad? —volvió a preguntar ella
antes de sentarse.
—No, por supuesto que no… —pero estas palabras no me
salieron con espontaneidad.
—¿Qué tal has pasado el día? —quiso saber también ella.
Era obvio que deseaba entablar conversación, pues de
sobra conocía lo que había hecho, por lo menos, la segunda mitad de la jornada.
Le dije que había estado tranquilo, algo totalmente
falso, pues ella era la causante del azoramiento que me invadía cuando estaba
ante mí. Fruto de ese nerviosismo, terminé contándole en pocos minutos las
razones que me habían impulsado a pasar unos días de desconexión en tierras
valencianas. Esperaba que, después de esta confesión íntima, ellos compartieran
algo sobre sus propias vidas, quizás sobre estar también de vacaciones, pero
ninguno de los dos mencionó nada al respecto.
No me hizo falta preguntarles sobre el tipo de relación
que mantenían, ya que ambos llevaban una alianza matrimonial en sus respectivos
dedos anulares.
—¿A qué te dedicas? —quiso saber él, después de haber
dicho que el estrés me afectaba a la salud.
—Buf, a muchas cosas —le respondí, con la idea clara de
no detallárselas, habiendo comprobado que ellos preguntaban demasiado, pero no
compartían nada de sus vidas.
La conversación continuó por derroteros consabidos: si
era nuestra primera vez en Valencia, cuánto tiempo íbamos a estar, los planes…
Mientras charlábamos de estos asuntos, paulatinamente me
fui tranquilizando. Al mismo tiempo, interiorizaba la belleza de Joaquina,
acomodándola en un espacio de mi espíritu que me permitía tenerla controlada
sin que me llegara a perturbar.
La verdad es que ambos eran buenos conversadores y se
comportaban con cordialidad conmigo. Era consciente de que había tenido suerte
de haberlos conocido, ya que, de lo contrario, mi soledad habría terminado por
agobiarme. Creo que a ellos les sucedía lo mismo. Hablar con alguien era un
aliciente para romper la monotonía de la relación de pareja.
Antes de retirarnos a nuestras respectivas habitaciones,
tomamos algo en el bar. Fue idea de Isidoro, el marido. Él y yo nos pedimos un
gin-tonic y Joaquina, una infusión. En la velada continuó la conversación sin
que ella apenas interviniera. Las palabras de él era una invitación a que yo
añadiera las mías en un río interminable de temas abordados que no resultaban
muy interesantes. Ella contemplaba la corriente de nuestra conversación como
si, absorta, viera el curso verbal apoyada en el pretil de un puente. Quise
invitarlos a otra ronda, pero Joaquina pospuso la oferta para el día siguiente.
—¿Qué planes tienes para mañana? —quiso saber Isidoro.
—Ninguno. He venido con la intención de descansar.
Me propusieron que los acompañara a una excursión a
Valencia capital que iban a realizar, pero no quise apuntarme. Mi propósito
seguía siendo relajarme y tampoco quería estar todo el tiempo compartiendo mis
vacaciones con extraños.
Al día siguiente no me encontré con ellos hasta la hora
de la cena, pero fue cuando yo ya había acabado. Los saludé. Tenían cara de
fatiga, así que me despedí recordándoles la invitación pendiente de otra ronda
de gin-tonics. Salí del hotel a darme una vuelta por el paseo marítimo mientras
hacía la digestión. Estar unas horas sin ver a Joaquina me habían venido bien,
ya que su recuerdo se había ido extinguiendo.
Estaba disfrutando de los días. No me importaba estar
solo. Había establecido una rutina que me complacía. Madrugaba y me daba un
paseo por la playa solitaria. Antes de regresar, compraba el periódico y tomaba
un café en la terraza próxima a la piscina. Allí transcurría el tiempo hasta la
hora de comer. Por la tarde, después de una siesta en cama, regresaba a la
playa y me tumbaba en la toalla hasta que consideraba que había hecho la
digestión. Fue precisamente en ese momento, mientras estaba echado, cuando la
pelota amarilla rodó hasta chocar con mi cuerpo. Había vuelto a coger el sueño
y fue un sobresalto la presencia de Joaquina como si fuera una gigante y yo un
lilliputiano. Ese plano contrapicado me dejó cohibido. Mis ojos se
transformaron en una lupa con la que pude observar los poros de su piel y las
oquedades más íntimas, lo que me aturdió. Seguro que Joaquina pensó que mi
mirada enajenada era producto de un despertar abrupto.
—Si te apetece echar unas palas con Isidoro…
—No, no, ni mucho menos —la interrumpí.
—Siento de nuevo haberte molestado.
Regresó con la bola amarilla. Me quedé contemplando cómo
caminaba. Al instante juzgué que no había sido muy amable y que me debería
disculpar. No tardó la pelota en venir a mí. Antes de que llegara ella, la
recogí y se la di en la mano. Aproveché la ocasión para acercarme a saludar a
Isidoro. El juego no debía estar siendo de mucho interés, porque enseguida me
di cuenta de que querían pegar hebra. Cuando ya me iba a retirar, Joaquina me
propuso que esa noche fuera a cenar con ellos a un restaurante del puerto. Dije
que no, pero entre los dos me acabaron convenciendo de que me sumara.
Quedamos en el bar del hotel a las nueve. Elegí el
pantalón y la camisa más elegante que había metido en la maleta. Estuve en el
lugar de la cita un cuarto de hora antes. Cuando llegaron, sin tomar nada
ellos, me sugirieron salir de inmediato, ya que la reserva era para las nueve y
media. Joaquina me cedió el asiento del copiloto, pero no lo acepté. Detrás de
ella me llegaban los efluvios asombrosos de su perfume. Se había puesto un
vestido más recatado. Con él conseguía refrenar la pasión que despertaba en mí;
era como la diosa que se viste para presidir la ceremonia con la que se le
rinde pleitesía: a mí me gustaba cuando tan solo llevaba los vestidos playeros
que dejaban libre la expresión de la voluptuosidad. Isidoro también había
aprovechado la ocasión para lucir un atuendo mucho más elegante que el mío, por
lo cual me sentí incómodo el resto de la noche, ya que era consciente de que
desentonaba a su lado. Aunque me consultaron lo que nos podíamos pedir, fueron
ellos los que al final seleccionaron el menú: un arroz con bogavante, que les
habían recomendado algún conocido. Menos mal que en esa velada fue Joaquina la
catalizadora de la conversación y que yo casi no participé. Agradecí que mi
protagonismo se atenuara; sin embargo, aunque hablaban mucho, no aportaban
ninguna información de ellos. Incluso, no era capaz de evaluar su relación
sentimental. No había observado que se prodigaran caricias ni otras muestras de
afecto, tan solo un respeto que no me aventuraba a catalogar. Quizá mi mutismo
y que su vestido fuera una coraza que protegía su pecho de mi vista, propició
que mi mirada se centrara en su rostro. Me llamaron la atención unas pecas que
tan solo se podían discernir estando muy cerca. No creo que las ocultara con
maquillaje. Eran muy pocas y se situaban por debajo de la órbita ocular y
extendiéndose por el puente nasal. Tal vez la razón por la cual pasaban
desapercibidas era las inmensas cejas negras y unos párpados marcados con un
trazo del mismo color que alargaban sus ojos marrones, que focalizaban la
atención cuando se la contemplaba. Al fijar su mirada en mí, sentía unos rayos
que penetraban en mi interior, tratando de descubrir mis deseos. Entornaba los
ojos para interrumpir ese análisis, consciente de que, si continuaba, revelaría
una verdad que, de poder, la devoraría. Como se empeñaron en no dejar que
pagara, los invité a una copa en una terraza. Los dos parecían disfrutar de la
noche en mi compañía. Yo no podía decir lo mismo. Durante todo el tiempo estuve
alerta para impedir que se dieran cuenta de la atracción que sentía por
Joaquina. Tal vez no se percataran de eso, pero sí debieron notar que me iba
apagando hasta sospechar que tal vez me estuviera aburriendo. En un momento,
cuando nos dirigíamos en busca del coche aparcado, ella me cogió del brazo y se
apoyó en mí, en un gesto amistoso para infundirme ánimo. Solo fueron unos
segundos, porque ella debió considerar que era un gesto de demasiada confianza
para el poco trato que habíamos mantenido. Antes de retirarlo, mi codo rozó su
pecho y no lo retiré. Lo noté tan delicado y terso que me estremecí de placer,
sintiendo cómo una descarga eléctrica recorría todo mi cuerpo.
No pude dejar de pensar en Joaquina cuando me metí en la
cama. Intentaba recuperar las sensaciones placenteras causadas por ese roce,
pero era una experiencia imposible de repetir. Este esfuerzo de mi imaginación
desembocó en insomnio, y los pensamientos que rondaban mi mente durante ese
prolongado desvelo me causaban tal sufrimiento que me aconsejaron romper la
relación que mantenía con la pareja, pues solo me esperaban sinsabores para el
poco tiempo que duraba la admiración placentera que esa mujer me despertaba.
Sin embargo, no dependía de mí, aunque me propuse moverme con cálculos precisos
para no coincidir, adelantando o retrasando mi entrada en el salón a las horas
de las comidas. También dejé mis visitas a la cafetería del hotel; incluso,
acudí a algún restaurante de la localidad para evitar las coincidencias.
Durante un par de días dio resultado la estrategia de alejamiento, pero no pude
impedir que me localizaran.
—Está visto que nuestras vidas se cruzan —escuché que me
decían a mi espalda. Por un momento, me enfadé conmigo mismo por tardar unas
milésimas de segundo en reconocer la voz de Joaquina.
Nos dimos dos besos en las mejillas.
—¿Dónde está Isidoro?
Me sonrió e hizo un mohín de disgusto por la pregunta,
algo así como un reproche por considerar yo que ella no podía moverse sola con
libertad. Intenté ocultar la alegría de que por fin pudiera mantener una
conversación sin la presencia de su marido, por lo cual me resultó imposible
hallar palabras para disculpar mi torpeza al plantear esa cuestión. Me dijo que
se había quedado en la cafetería del hotel viendo un partido de fútbol que
debía ser transcendental: la final de una competición o un encuentro de la
selección. Se disculpó de sus imprecisiones por no ser aficionada a este
deporte. Yo tampoco lo soy y no sabía que hubiera tal evento.
Los dos nos encontrábamos parados, uno frente al otro.
Ella portaba varias bolsas con compras efectuadas en ese rato en el que se
habían separado. Consideré muy atrevido por su parte que me propusiera
acompañarla. El escaparate de una boutique le llamó la atención y, sin decirme
nada, entró, por lo que fui detrás. Me pidió que le sujetara las bolsas,
mientras se sobreponía un vestido y se miraba en un espejo.
—¿Qué te parece? —quiso saber mi opinión.
Me quedé pensando y como no era capaz de expresarla, se
dirigió al probador. Me aproximé a él por no estar igual que un pasmarote en el
medio. No era mi pretensión espiar a Joaquina, pero la cortina que la protegía
no llegaba a la pared y comprobé que por esa apertura podía contemplar sus
piernas morenas hasta una altura que no había gozado antes. Abrió la cortina
para que viera cómo le sentaba, mientras ella se lo terminaba de colocar, sin
dejar de mirarse en el espejo del probador. No creo que le interesara mucho mi
veredicto y si me preguntaba era por costumbre: seguro que procedía de igual
manera con su marido cuando la acompañara a comprarse ropa.
—Está bien —le terminé de decir, por no permanecer con la
boca cerrada.
Lo que pensaba es que con el cuerpo y la cara que tenía
cualquier vestido le quedaría bien.
Me pidió que le subiera la cremallera de la espalda, para
terminar de comprobar cómo le caía. Dejé en el suelo las bolsas y con
deliberada torpeza la corrí aprovechando para acariciar su piel y apartar su
melena rizada.
La dependienta la terminó de convencer de que le sentaba
bien y de nuevo me pidió que las descorriera, ocasión que aproveché para
explorar sus hombros y dejar por un instante mi mano izquierda en su cadera. El
vestido le quedaba muy ajustado y su culo era una tentación para que mi mano se
posara en él para adaptarse a su curvatura, sin embargo, no me propasé.
Me preguntó si regresaba con ella al hotel. No era mi
intención, pero ya que aún tenía un rato para estar en su compañía, acepté. Los
dos avanzábamos despacio. Ella era capaz de mantener la conversación y examinar
los escaparates. Al pasar por una heladería, se antojó de un helado.
—¿Me invitas? —me preguntó como si ella se hubiera
quedado sin dinero.
Nos sentamos en la terraza para comérnoslo. Joaquina lo
saboreaba con deleite, proporcionándome un espectáculo erótico que seguía con
aparente serenidad, aunque en realidad estaba conteniendo la pasión desbocada.
Su lengua recorría la bola helada de chocolate, o con los labios apretados
proporcionaba pequeños bocados a la masa marrón, o extendía media lengua para
atrapar unas gotas a punto de caer. Sus piernas entreabiertas también eran una
provocación que no desperdiciaba para ver si mi mirada escalaba una cota mayor
de sus muslos. Sus dedos con algunos anillos sujetaban el cucurucho y también
despertaban mi admiración por su finura y delicadeza. Esas manos acariciándome
eran un sueño imposible de alcanzar que me atormentaba. Hubo un momento en el
que miró el reloj de pulsera y se alarmó al comprobar la hora, como si su paseo
libre se hubiera extendido más de la cuenta. Se levantó antes de acabar el
helado y me propuso que nos fuéramos. Como ya estaba cerca el hotel, le dije
que me quedaba otro rato más. No me apetecía llegar al vestíbulo y encontrarnos
con Isidoro y que ella se fuera con él y yo, alelado, viendo cómo se alejaban.
Tuve suerte de no coincidir con ellos los dos últimos
días de mi estancia. Mi estrategia para evitarlos parecía estar dando
resultados: no aparecía en el comedor a las horas punta, en la playa me
apartaba a una zona alejada del hotel y mis paseos por el centro transcurrían
descartando las aceras más concurridas. Tal vez por ser la última noche y creer
que el peligro se había atenuado, bajé la guardia y fui a cenar cuando ellos se
encontraban en el comedor. Como era habitual en nuestra extraña relación, me divisaron
antes de que yo me percatara de su presencia. Fue Isidoro el que me ordenó que
me sentara en su mesa. Me iba a disculpar por no aceptar, porque comprobé que
ya estaban con los postres, pero recordé que les debía una invitación en la
cafetería del hotel. Procuré cenar lo más rápido posible para que no se
prolongara mucho su espera. A punto de finalizar, les comenté que me había
comprometido a pagar una ronda de gin-tonics.
—Las promesas hay
que cumplirlas —sentenció él.
Ni ellos ni yo mostrábamos pena por el final de nuestras
vacaciones; ellos también regresaban a Madrid al día siguiente. Durante el
tiempo que permanecimos sentados consumiendo la bebida, la conversación no
fluyó como en ocasiones anteriores. Quizá pensábamos que la amistad que
habíamos establecido no podía alcanzar un desarrollo mayor y tan solo era
cuestión de cerrar esa experiencia dejando transcurrir los minutos. Por eso,
cuando ya habíamos comenzado el ritual de despedida, me sorprendió la propuesta
de Isidoro:
—¿Por qué no vienes con nosotros en vez del autobús?
Una vez más, falto de reflejos —lo primero que pensé fue
que era una propuesta tentadora, ya que viajar en autocar no era muy cómodo—,
tardé en rechazar la invitación. Este retraso fue interpretado como una duda,
lo que aprovecharon ambos para insistir. Ahora, ante su insistencia, comprendía
que me estaba metiendo irremediablemente en un atolladero del que debía
escapar, pero no fui lo suficientemente convincente ni asertivo para denegar su
invitación. Nos pusimos de acuerdo para salir después de desayunar.
Quizá fuera que al ser la última noche estuviera
nervioso, o que sentía remordimientos por no saber evitar los problemas, no
descansé bien. Bajé a desayunar. Me extrañó ver sola a Joaquina.
—Isidoro no quiere comer nada. No sabe qué le sentó mal,
si la cena o el gin-tonic que se tomó, pero no ha pegado ojo —me explicó.
Me culpé de su malestar en la parte que me correspondía;
es decir, en la de haberlo animado a beber en el bar después de cenar. Joaquina
quitó importancia al asunto, como si fuera normal que de vez en cuando sufriera
una crisis de esta naturaleza.
Al terminar, quedamos que nos encontraríamos en quince
minutos en el aparcamiento. El portón del maletero estaba levantado; metí la
maleta. Al abrir la puerta lateral, me extrañó ver a Isidoro allí y al volante
a su mujer. También me sorprendió su postura descompuesta: una mano posaba
sobre su pecho intentando calmar unos latidos desbocados. Su camisa se
encontraba desabrochada, dejando a la vista una camiseta blanca. Esa ropa
interior me lo representaba como si estuviera en su cama convaleciente.
Joaquina arrancó. A los pocos minutos, le pregunté si
podía acomodarme en el asiento del copiloto, pues al lado de su marido era como
si estuviera compartiendo su mismo lecho. Paró sorpresivamente y me apeé con
prontitud, pues el lugar donde nos habíamos detenido interrumpía el tráfico.
Conducía con soltura y de prisa, como si la vida de su marido peligrara.
Concentrada en la carretera, no daba muestras de querer entablar conversación.
Yo miraba hacia el pasajero de atrás y lo notaba tan compungido que pensé que
emprender un viaje tan largo hasta Madrid era una temeridad, pero no quise
meterme donde no me llamaban. Al poco tiempo, el GPS nos llevó por una senda
sin asfaltar. Nos extrañó, mas Joaquina aceptó la ruta creyendo que era el
camino más corto, pero pronto, al atravesar entre vides, nos dimos cuenta de
que nos habíamos perdido. La conductora metió la marcha atrás para deshacer el
último tramo recorrido hasta hallar un sitio en el que dar la vuelta. Sin
embargo, entre las plantas descubrí que el camino seguía y aparentaba mejor
firme. Así que reanudamos la marcha. Superado este pequeño tramo lleno de
vegetación, la carretera se presentaba negra y limpia para seguir circulando.
El estado de Isidoro me preocupaba; no daba señales de que se relajara y su
cara reflejaba un sufrimiento contenido.
—Quizá deberíamos pasar por Urgencias para que valoraran
el estado de Isidoro —terminé de proponer.
Él no decía nada; incluso, dudaba de que estuviera en
condiciones de tomar una decisión. Joaquina tardó en reaccionar, pero, al
final, estimó que era lo mejor. Me explicó que, sabiendo su estado, los dos se
habían propuesto llegar a Madrid para que lo atendieran en una clínica de
confianza, pero que tenía razón yo en que era mucho riesgo continuar el viaje.
Hasta ese momento en el que cambiaron nuestros planes,
tan solo había mirado por los ojos del enfermo. Sin embargo, una vez que nos
dirigíamos al hospital más cercano, mi mente emprendió una fabulación maligna.
Lo más inmediato era que otra vez me iba a quedar a solas con Joaquina,
mientras examinaban a su marido, y sabiendo los protocolos meticulosos y la
saturación de urgencias, eso nos concedería varias horas de absoluta libertad.
Y, llegados al extremo, si su marido fallecía, yo podría ser el próximo compañero
de Joaquina. Las dos ideas tenían sus pros y sus contras. En el primer caso, si
se trataba de una leve indisposición, podía declarar abiertamente mi pasión y
esperar, a pesar de las circunstancias adversas, que ella sintiera lo mismo y
aprovecháramos esas horas para satisfacer nuestras ansias amorosas. En la
segunda posibilidad, si su marido no mejoraba, consideraba que era preferible
no expresar mis deseos y permanecer junto a ella durante la desgracia. Luego,
pasados unos días, me lanzaría a bocajarro para decirle que la quería.
Como había previsto, la sala de espera se hallaba
atestada de gente desesperada por la lentitud con la que atendían. Isidoro,
tendido en la camilla, mostraba un semblante más vivo, pero continuaba con la
mano en el corazón para intentar calmarlo. Nos ordenaron que permaneciéramos a
la espera de información. Los que llevaban tiempo aguardando nos aseguraron que
pasarían por lo menos tres horas hasta que supiéramos algo por primera vez del
estado del paciente. Nos quedamos unos minutos indecisos.
—Te apetece que salgamos de aquí un rato —le propuse a
Joaquina.
Mi idea era ir a la cafetería del hospital, pero ella
optó por dirigirnos al coche, con la excusa de que no lo había dejado bien
aparcado. Lo movió de sitio y, echa la maniobra, los dos nos quedamos mirando
la sucia vegetación que bordeaba el complejo hospitalario.
—¡Vaya contratiempo! —dije por decir algo.
—Siento que te hayamos complicado el regreso.
—No pasa nada. Lo mismo me da llegar un poco antes o un
poco después.
Podía haberle preguntado si esta dolencia de su marido la
había sufrido con anterioridad, pero ya, en esos momentos, mi mente lo único
que maquinaba era cómo y en qué preciso instante mi deseo reprimido se
manifestaba. Sin ser plenamente consciente de lo que hacía, pasé mi mano por
encima de la palanca de cambios y la posé sobre su pierna. Allí permaneció
quieta durante unos segundos, hasta comprobar cómo reaccionaba. Al no apreciar
ningún estímulo, la desplacé unos centímetros hacia la rodilla y, en un cambio
brusco de dirección, la deslicé acariciando su tersa piel hacia arriba.
Joaquina se removió, primera muestra negativa de que mi roce no era bien
recibido. Como paré, pero no retiré la mano, posó ella la suya sobre la mía, y
estuvo quieta unos segundos antes de agarrarla y apartarla hasta colocarla en
la bola de la palanca de cambios. Me hubiera gustado que la tierra me tragara,
no tanto por el rechazo, sino por lo ridículo que me sentía. Creo que Joaquina
se percató de esto último e intentó que no me hundiera. Extendió el brazo hasta
llegar con su mano a mi cuello y lo apretó levemente y lo sacudió con el fin de
espantar la desazón. No se dirigió a mí para excusar su negativa, pero su
mirada era igual de expresiva que las palabras no pronunciadas. Entendí que su
oposición no se debía a que a ella no le apeteciera dejarse llevar por unos
deseos similares a los míos, sino a algo que estaba sobre los instintos: su
conciencia. Esta le recordaba la lealtad a su compañero, más en esas
circunstancias.
Debería haber tomado un taxi para que me llevara a coger
un tren o un autobús, pues seguía sintiéndome avergonzado y desde ese momento,
mi libido, en presencia de Joaquina, se había desvanecido. Sin embargo, cuando
se lo sugerí, no me permitió hacer tal cosa.
—Me sentiría muy mal, si te vas de esa manera…
Una vez más, me sometí a su dictamen. Fuimos a la
cafetería y luego a la sala de espera. Le informaron que el paciente estaba
reaccionando muy bien y que no tardarían en darle el alta. Isidoro se asomó,
apartando las hojas batientes como si le hubiesen insuflado una dosis de hierro
en su torrente sanguíneo, dispuesto a comerse el mundo y a continuar en
compañía de su esposa.
Cuando me dejaron en Madrid, él me extendió su tarjeta
personal y me rogó que lo llamara para quedar a tomar algo. Mientras la cogía
vislumbré una sonrisa maliciosa en la conductora.
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