20/01/25

Arena en los ojos

 

Cuando alguien es capaz de dormir en la arena a plena luz del día, con el sol mostrando con ímpetu su brío provocador y el bullicio multitudinario aturdiendo el alma de todos, ese ser humano ha de estar poseído de una fatiga infinita, y su único consuelo ha de ser el sueño profundo. Solo, tendido sobre la toalla, rodeado de padres que vigilan que sus hijos no se pierdan, de jóvenes alegres que irradian vida por todos sus poros, de ancianos ansiosos de una conversación interminable. Solo, sin pensar; solo, atrapado en las alucinaciones oníricas que crean un mundo diverso e incontrolado, tan perturbador como la vida que espera nada más que despiertes. Solo, con el ronquido profundo de un mar que se aleja y que vuelve. Solo, notando los espasmos en las piernas, la picazón de unos rayos ardientes en tu piel. Solo, incapaz de despegar los párpados, cuando sientes que el mundo que te rodea te exige que vuelvas a él y le rindas cuentas.

Solo, desesperado por no querer salir de ese sueño profundo, aprietas sufriendo los ojos, deseando hundir la rutina y las obligaciones en lo más insondable de tu mente… Es una granizada ardiente de arena sobre tu iris, como un latigazo áspero, el que te devuelve a la realidad. Llevas las manos para aliviar el dolor y tratar de apartar esas minúsculas partículas de sílice que se han adherido en el globo ocular y las pupilas. Las presentiste antes de que impactaran, pero no te fue posible bloquear del todo tus párpados, cuando el animal impetuoso se acercó a ti a coger la pelota levantando con su frenada en seco un alud de arena. Te restriegas sin parar, consciente de que a lo mejor tú mismo te provocas heridas, sin lograr apartar las partículas.

Perdona, es un animal muy juguetón —alguien se disculpa.

No puedes mirarla. Sigues con los ojos cerrados. Es una mujer la que está a tu lado. Se percata de que te encuentras en un aprieto. Se va y vuelve con un pañuelo de papel. Te lo entrega para que lo utilices en vez de tus manos.

¡Cuánto lo siento!… ¡Cuántas veces te he dicho que no corras como un loco! ¡Mira lo que pasa! —Te quedas perplejo con la regañina de la dueña al animal, que sientes más tú que el perro, como si la culpa hubiera sido tuya por no estar atento a lo que sucede alrededor.

No te preocupes —le dices para que se aleje y te deje en paz.

Al irse, recuperando la vista momentáneamente, la acechas cuando te da la espalda, hasta que se detiene y te mira de nuevo. Los dos os quedáis observando. Ella se desentenderá; ya ha hecho lo que tenía que hacer: ha sujetado a su animal y te ha socorrido. Lo que suceda a partir de ahora no es de su incumbencia. Tú la sigues observando con insistencia, pese a las molestias. Primero te alegras de haberla alejado, pues por el contacto mantenido, su reacción te parece repulsiva. Pero no eres capaz de quitarle los ojos. Hay algo en ella que te resulta conocido. No puedes estar seguro. Con la visión distorsionada, escrutas sus rasgos caricaturizados intentando encontrar unos anteriores idealizados que el paso del tiempo ha transformado en grotescos esperpentos. Crees identificar un brillo a punto de extinguirse en sus ojos que te evocan a alguien, pero esa persona era muy diferente. Ha transcurrido mucho tiempo entre el recuerdo que conservas de esa chica de poco más de dieciséis años y esta mujer de piernas hinchadas y un cuerpo desbordado y unos mofletes ridículos y un cabello seco. Cierras los ojos, porque con los párpados cerrados, mitigas el dolor, pero, sobre todo, porque aprovechas para recordar a esa chica que con el paso del tiempo puede haberse transformado en esa mujer que se dirige al perro, que, si hubieras continuado con ella, de igual modo te hablaría a ti. Te asustas de que sea posible. No lo puedes aceptar. Sería admitir que todo es vana apariencia. ¿No queda nada de lo que fuimos? Podrías asumir las consecuencias de la erosión del tiempo en nuestros cuerpos. Tú mismo no eres ajeno a ese desgaste, porque el deterioro, aunque no lo aceptes, está en ti. No te importa mirarte en el espejo, pero no quieres ver las fotografías en las que tu imagen se quedó fija en el papel. Esa sucesión de instantáneas que recogen a cámara lenta la película de tu vida son una prueba de tu decadencia. Sin embargo, no puedes aceptar que el espíritu alegre, divertido y entusiasta de esos jóvenes que fuisteis, con el paso del tiempo haya desaparecido en esa mujer que aún persiste en mostrar curiosidad por tu persona.

Sí, ella también te observa. Tal vez solo esté preocupada por la lesión ocular de la que aún te resientes, pero es posible que además te haya reconocido y realice un análisis similar al que tú efectúas. ¿Cómo saldrás parado? Quizá recupere la imagen espigada, atrevida y vitalista de tu juventud y te vea ahora postrado, incapaz de enfocar la vista, y tal vez con la sensación de que tienes miedo a enfrentarte a lo que te queda de vida. Es posible que se haya dado cuenta de que llevas dormido a plena luz del día mucho tiempo, que estás solo.

Te atemorizas de que sea veraz que ella se forme esta imagen de ti, como te abate a ti la posibilidad de que la dueña del perro sea esa chiquilla con la que compartiste la ilusión de un amor durante unos instantes.

Mientras la ves que sale corriendo detrás del perro, llamándolo y regañándolo por ser desobediente, y el animal la mire intentando adivinar en sus ojos y por el tono de su voz lo que le quiere decir, recoges la toalla y tomas las sandalias sin calzártelas y te retiras huyendo de un presente aterrador sin mirar atrás.


El callejón La Sardina

 

Al Comisario le costaba subir la tanda de escaleras por la que se accedía a ese callejón empinado, antro de prostitución y gula marinera. Hacía mucho tiempo que no acudía allí, aunque ese barrio había sido su ojo mimado.

Desde que soy comisario, nadie podrá afirmar que en La Sardina se ha cometido un delito, ni tan siquiera un insignificante hurto —se vanagloriaba el prestigioso policía.

Era verdad. Todos lo veneraban. Él les había establecido los principios por los que se habían de regir, asegurándoles que, siempre que los respetaran, la policía no metería sus largas narices entre esos edificios enfrentados, que compartían cuerdas atadas a los balcones en las que tendían sábanas y toallas, muchas sábanas y toallas, y trapos de cocina, muchísimos trapos de cocina. Las primeras, porque las camas se utilizaban; los segundos, porque se manchaban de tanto servir sardinas.

Era un distrito pobre, cuyas fauces amenazaban a la ciudad moderna en su mismo corazón, enfrente del ayuntamiento. Era un barrio marinero que no quería oír el oleaje del mar, sino la respiración febril de la ciudad. Repartidas en cada fachada había tabernas, donde servían sardinas asadas, y pensiones, en las que un enjambre de mujeres se ganaban la vida ejerciendo la prostitución. Eran dos focos de atracción que conseguían llenar el callejón de clientes que saciaban el apetito a primeras horas de la mañana. Una ración de sardinas con una frasca de vino; una mujer, o un mancebo, si el frenesí obnubilaba la mente. La satisfacción de dos placeres juntos era infinita. No importaba el orden: primero, las sardinas; después, el magreo. O, al revés, después de la cama, las sardinas.

El callejón era una fiesta de olores. Predominaba el de las sardinas asadas, ya que las humaredas se quedaban adheridas a las paredes y a esas mismas prendas colgadas. Pero también se percibían las emanaciones sutiles del trabajo del sexo. Confundidos ambos efluvios, embriagan los sentidos de los concurrentes.

Hacía tiempo que el comisario no levantaba sus posaderas de la silla frailera. Como el director de un banco que desde su despacho controla el movimiento del dinero entre las manos de sus empleados, él dirigía a sus hombres como si se tratara de marionetas que él manejaba aflojando o apretando los casi invisibles hilos que eran sus etéreas órdenes. Pero en esta ocasión supo que tenía que hacer acto de presencia. Necesitaba enterarse de quién había osado saltarse los principios por los que se habían regido durante cuatro lustros.

El coche se había aproximado al barrio a velocidad moderada, como si en él viajara una autoridad que no admitía brusquedades en sus desplazamientos. Se subió a la acera, donde la policía municipal había creado un espacio expedito delimitado por vallas herrumbrosas. Le habían tenido que ayudar mientras ascendía. No le importaba que le tendieran el brazo y que la gente lo contemplara cómo levantaba el pie con dificultad para salvar el desnivel. Era consciente de que los vecinos lo observaban. Quería que supieran el esfuerzo que estaba realizando para llegar hasta ese apestoso callejón. No iba de mal humor, pero prefería que se imaginaran que difícilmente contenía su enojo. Superado el tramo de escaleras, apareció la subida adoquinada, en la mitad de la cual se arremolinaban sus hombres. Antes de continuar, se detuvo, para coger aire y mirar las ventanas, en las que había mujeres asomadas, y las puertas de los bares, desde donde los clientes ponían sus ojos en su figura inmóvil. Los portales permanecían cerrados. Suponía que habían echado la llave para que nadie pudiera acceder. Cuando sus hombres se percataron de su presencia, abandonaron el cadáver que custodiaban y acudieron a auxiliarlo para que pudiera avanzar. De repente notó un brío que le impulsó a sacudir las manos que se prestaban a servir de apoyo. Quería recorrer solo esos metros. Se detenía delante de cada grupo de personas y los miraba. Antes de desviar sus ojos, ellos se metían en los bares y ellas cerraban los postigos. No quería testigos de su encuentro con ese cadáver. Sus compañeros se apartaron y lo observaron cómo meditaba delante ese hombre con un disparo en la nuca. No había charco de sangre a su alrededor.

Levantó la cabeza y fue posando su mirada en cada una de esas puertas y ventanas cerradas. ¿En cuál de ellas lo habrían disparado? Sabía que sería difícil averiguarlo. Allí, donde lo hubieran sorprendido, habrían borrado las huellas del crimen. Tampoco sería esencial saber en qué garito, y no merecería la pena perder tiempo en realizar esas pesquisas. Podía haber sido en cualquier tasca o burdel, sin que el dueño del local tuviera responsabilidad. Y un muerto trae mala reputación; mejor que lo maten en la calle, que no es de nadie y es de todos. Nadie ha sido testigo y todos han visto cómo el asesino se ha acercado a él y a escasa distancia ha disparado su arma. Lo mismo da que haya cuatro testigos o doscientos, seguro que nadie reconocerá al atacante.

Un estibador —le respondieron al leve movimiento del mentón de El Comisario dirigido al tendido—. Un mal tipo, dedicado al tráfico de personas…

Esperó sin estar seguro de qué es lo que debía hacer ya allí. No quería marcharse tal como vino, todos ocultándose de él, igual que hijos que esquivan la presencia de un padre autoritario, avergonzados de una falta imperdonable.

Dejó el centro de la calle y descendió con lentitud por la pequeña acera de la derecha. Se detenía en cada umbral, esperando que alguien saliera y lo saludara. Estuvo tentado él mismo de empujar para comprobar si la puerta estaba trancada, pero no se atrevió. Detuvo con la mirada a los suyos, que parecían dispuestos a forzarlas. No deseaba ninguna violencia. No le importaba que sus hombres contemplaran su impotencia y se convencieran de que ya no era nadie en el barrio.

Buscó el apoyo de su auxiliar, pero antes de emprender la bajada, se volvió para llevarse un último recuerdo de la callejón de La Sardina; todo seguía igual: las sábanas, las toallas, los trapos de cocina tendidos, pero el callejón estaba vacío y esa mañana no olía a pescado. En ese momento, se convenció de que había llegado al final, de que no merecía la pena continuar arrastrándose en un mundo que estaba cambiando y que no entendía.

Nada más sentarse en su dura silla de madera, rellenó la solicitud de retiro y uno de sus hombres la llevó al Gobierno Civil.


EL JERSEY

 

Se enredó. Llevaba las llaves de la puerta en una mano, un manojo numeroso. Intentó sacarse el jersey por la cabeza, que ya tenía dentro, pero los brazos se atascaban en los pliegues y dobladuras que impedían que se deslizaran y se desprendieran de la prenda. Ni uno ni el otro. Ninguno podía prestar ayuda al compañero. Mientras, agobiado, sintió que el aire le falta. Suspiró porque estaba en un doble aprieto: atorado por no ser capaz de sacarse el jersey y por no ser sorprendido con algo que no era suyo.

En el último instante, nada más salir de una casa ajena, se percató de que estaba cometiendo una tontería de imprevisibles consecuencias. Lucía un jersey que no era suyo. Lo había tomado del armario de su anfitriona sin pedirle permiso, impulsado por el deseo pretencioso de lucirlo. En el momento en que se lo puso no calculó las consecuencias de esta apropiación no autorizada. Salió a dar una vuelta con él puesto.

Cuando tomó la decisión de cogerlo, estimó que lo podría devolver a la balda del armario antes de que su dueña le sorprendiera, pero no se hubo alejado mucho y, de súbito, cambió de idea: no era imposible. Alguna contingencia podría llevarla a regresar a casa anticipadamente. Se alarmó de que esto pudiera ocurrir y presa del pánico se dio media vuelta. Para ganar tiempo, mientras abría la puerta, comenzó a sacarse el jersey, pero la maniobra, en vez ser ventajosa creyendo que ganaría tiempo, se había convertido en una trampa arácnida. Mientras, ya con brusquedad, intentaba desembarazarse, creía que en vez de dos brazos eran muchos los que salían de su cuerpo y las mismas llaves se habían transformado en uñas afiladas que se enredaban en esa enmarañada zarza de lana.

Era imposible que en el transcurso de pocos minutos ella se hubiera presentado. Nadie podía haber en casa. Por eso se tranquilizó y pensó que sacarse un jersey no debería ser un laberinto del que no encontrara la salida. Era cuestión de calma y de actuar con un poco más de tino, y no a lo loco, como había procedido hasta ese momento.


Al fin y al cabo, si ahora se encontraba en ese atolladero, no era culpa suya. Fue su propia prima la que se empeñó en que se lo pusiera. Era cierto que no había metido ropa de abrigo en la maleta, pero se hubiera apañado sin él. Sin embargo, ella insistió en buscarle uno en cuanto notó sus escalofríos. Demasiadas molestias estaba causando ya por haberlo hospedado, como para que además tuviera que prestarle ropa. Se acordó de su madre, y no precisamente en buenos términos. Las madres siempre terminan metiéndose en los asuntos de sus hijos más allá de lo estrictamente necesario.

Se presentaba a unas oposiciones en una brumosa ciudad a orillas del Ebro, y dio la casualidad de que allí residía una conocida de su madre. Fue ella la que se empeñó en ponerse en contacto por teléfono. La prima, al enterarse de que iría, ofreció su casa. Entonces no le pareció del todo mala idea, sobre todo porque su madre se ilusionó mucho con la posibilidad de restablecer los vínculos familiares a través de él. Además, le venía bien ahorrarse el dinero, que no le sobraba, en un alojamiento.

Reconoció que, a pesar de sus escrúpulos iniciales por enfundarse una prenda femenina, no se veía mal. El diseño era original, y el color grana le sentaba bien. Se lo dejó puesto esa tarde, en la que había refrescado, pero no quiso abusar de la confianza de su prima y se lo devolvió.

Lo que consideraba irresoluble, a pique de destrozar la prenda, al final se resolvió. La mano libre se deslizó con suavidad hasta aparecer por una de las bocas de la gruta plegada. Luego ayudó a dar la vuelta al jersey y liberar a la cabeza. Por último, como si se desollara, el brazo derecho y la mano con el revuelto manojo de llaves. Mientras se dirigiera a la habitación, le daría la vuelta y lo doblaría con esmero posado en la cama.

Era el momento de abrir la puerta. Se relajó aún más, convencido de que era imposible que su prima hubiera llegado en tan breve espacio de tiempo entre su salida y vuelta. Miró a ambos lados para asegurarse de que nadie le sorprendía manipulando la cerradura. La calle estaba desierta. Con decisión introdujo la llave, pero no pudo hacerla entrar hasta el fondo. La sacó y se aseguró de que era la correcta. Lo era. De nuevo lo intentó, mas no llegó en su recorrido hasta el final. La movió a los lados para comprobar si giraba. Estaba a punto de aumentar la fuerza con la que realizaba la operación, pero, de repente, la puerta se abrió lentamente. Antes de quedar a la vista del todo, se deshizo del jersey arrojándolo sobre el seto que bordeaba las escaleras de acceso. Sin embargo, no pudo evitar que su prima segunda notara la descomposición de sus facciones, así como el nerviosismo patente en sus gestos y en el titubeo de su voz. Al mismo tiempo puso cara de sorpresa al comprobar que su jersey grana se hallaba desbarajustado sobre las ramas del arbusto.

Contemplando su asombro, se acordó de su madre y sus ocurrencias, y se arrepintió de no haberse hospedado en una pensión.


16/01/25

Las permanencias

 

No le importó echarle una mano a Adelardo, porque su madre se lo exigió. La madre de él habló con la suya y se lo pidió como un favor para su hijo. Adelardo era un muchacho despistado y juguetón al que los deberes que el maestro ponía, le parecían una tarea tediosa, si se comparaba con los juegos con los amigos que se perdía hasta que no los acabara. A la madre se le ocurrió que, con la presencia de otro muchacho más aplicado y con menos pájaros en la cabeza, su hijo se animaría a acometer la tarea sin protestar tanto y con visos de realizarla tal cual la exigía el docente.

El alumno aplicado aceptó el encargo de su madre con la misma resignación que accedía a cuidar de sus hermanos pequeños, o a echar una mano en las tareas del hogar. Aceptaba esa responsabilidad que la vida le había asignado por ser el primero en venir al mundo. Al fin, lo de ir un rato a ayudar a Adelardo, era algo nuevo y podía resultar interesante.

—Ve en casa de tu amigo, Marcolino —le ordenó sin que él se hubiera acordado del encargo que había aceptado con anterioridad.

No le sentó bien lo de «amigo». Adelardo era compañero de escuela, pero no amigo. No le caía bien; tampoco, mal: ninguno de los dos sentía especial simpatía por el otro. Es un bocazas y un descarado, siempre inclinado a protagonizar las travesuras más arriesgadas y a liderar a otros con tan pocas luces como él. Con estos prejuicios, Marcolino ni sentía admiración ni afinidad con Adelardo.

Sabía dónde vivía —no muy lejos de su calle—, pero nunca había entrado en su casa. Le abrió la puerta su hermana. Su madre se encontraba en la cocina y le recibió allí mismo, mientras Margarita buscaba a su hermano. Al atravesar el portal, pudo fijarse bien en ella: era guapa, muy guapa, una moza como había pocas en el pueblo. No es que no supiera que Adelardo tenía una hermana mayor, es que nunca había estado tan cerca ni se había fijado con tanto detalle.

—Muchas gracias, Marcolino, por venir. Este Adelardo es una calamidad. No podemos con él —Se quejaba la madre.

Escuchó la retahíla de reproches, pero ya no los prestó atención. Únicamente se quedó con la idea de que la hermana también era responsable de su hermano pequeño. Solo sería cuestión de estar un rato, y luego, irse, había pensado, pero, después de observar el panorama en esos momentos, se hizo a la idea de que había descubierto una mina, cuyas galerías para extraer placer serían infinitas.

—¡Alelado!, que ha venido tu amigo a echarte una mano… —Margarita entraba en casa regañando a Adelardo.

Ahora sí que le gustó que su hermana lo considerara su amigo. Se fijó en los dos: Adelardo lo miraba con desprecio, y sin llegar a abrir la boca, todos entendieron que se sorprendía de ver a Marcolino en su casa; y se fijó en lo hermosa que estaba enfadada su hermana. Le costaba disimular la fuerza que le determinaba a no apartar la mirada de ella.

La madre, comprobando que su hijo ya estaba en casa, dejó a Margarita su custodia. Esta arrimó tres sillas al arca que había pegado a una de las paredes del portal. Cogió la cartera y la dejó sobre la improvisada mesa. A Adelardo le ordenó que se sentara en medio. Ella se situó a su izquierda y Marcolino, a la derecha. Los tres se quedaron mirando la cartera cerrada.

—¡Alelado! ¡A ver qué deberes te ha puesto el maestro! —le sacó de la modorra en la que se hallaba sumido su hermano.

Adelardo, decidido, abrió la cartera y extrajo el cuaderno. Había cuentas de dividir y de multiplicar; también problemas. Además, una redacción, cuyo tema a desarrollar era El buen tiempo. Marcolino se sintió aliviado al comprobar que la tarea era fácil y que no quedaría mal ante Margarita. En cambio, se decepcionó un poco con ella, porque no comprendía cómo una chica tan guapa, a la que asignaba la perfección también desde el punto de vista intelectual, no supiera corregir a su hermano las operaciones ni resolver los problemas.

Se relamía de placer comprobando cómo su superioridad se imponía sobre ambos hermanos. Adelardo era un negado; Margarita, inculta, le resultaba aún más atractiva. Era como si su ignorancia fuera una puerta por la que podía acceder a ella. Se relamía igual que gato que está a punto de zamparse un descuidado y desvalido pajarillo que picotea entre la hierba delante de su verdugo.

Marcolino procuraba no abrir la boca si no era para explicar los errores y aclarar los razonamientos seguidos para dar con la respuesta correcta, mientras los hermanos se enzarzaban en una bronca cada vez más encrespada. Margarita le llamaba burro redomado, y Adelardo estaba a punto de rebelarse contra ella dándole un manotazo, pero fue la hermana la que se adelantó y le zurció la cara.

—¡Tarado! ¡Que eres un tarado! ¡No te da envidia de tu amigo! ¡Sinvergüenza!

—Tonta el haba, tú sí que eres retrasada —le replicaba Adelardo.

Disfrutaba, pero temía que la trifulca acabara por abortar la relación tan animada que había comenzado.

Margarita, enfadada, también era irresistible. Enzarzada con su hermano, perdía el recato y, entre los manotazos que se arreaban, podía observar los vaivenes de su pecho, más al descubierto, porque uno de los botones de su blusa se había soltado. Descuidada por el enfrentamiento con Adelardo, podía fijar su mirada libre de los reproches que podría recibir, si la muchacha fuera más consciente de su decoro.

No temía a la hermana, temía a Adelardo. Sabía que la poca camaradería entre ellos, a partir de esos momentos dejaría de existir. No le quedaría más remedio que aceptar la imposición de su madre y hermana a que lo ayudara, pero fuera de su casa, no lo miraría a la cara.

Le era indiferente: lo mismo me da que me preste atención que no, es un podenco. Soportaré con gusto su desprecio, en todo caso si es necesario, con tal de estar al lado de su hermana. Marcolino asumía con descaro los riesgos de ayudar. Por lo que luchaba era por que Adelardo no descubriera el fin último por el que acudía a su casa a auxiliarlo con los deberes. No le importaba que se formara la idea de que era un tonto que aceptaba de buen grado ir a perder el tiempo con él; incluso, que la difundiera entre sus amigos. Me es indiferente lo que diga de mí. No me importa ni él, ni sus colegas. Sé lo que quiero. Quiero estar todas las tardes al lado de Margarita: que esté contenta, que esté enfada, me da igual. Siempre será una belleza a la que no me podré resistir. Eso era lo que le daría fuerzas para soportar su desprestigio.

—Venid a que os dé la merienda —indicó la madre, cuando intuyó que habían acabado.

Ambos se dirigieron a la cocina. Entró Adelardo antes; Marcolino, se retrasó a propósito para no perder de vista a Margarita. La muchacha se abrochaba la chaqueta y se recomponía la camisa y el pelo. Se la notaba sofocada, como si la lucha con su hermano le hubiera fatigado de tal modo, que necesitara tumbarse en la cama para descansar. Se metió en una de las habitaciones y ya no la volvió a ver esa tarde. Los dos atravesaron el portal con una rebanada de pan y una onza de chocolate.

—Ahora a jugar —Animaba la madre a los dos para que se distrajeran después del tremendo esfuerzo realizado.

Pero, una vez fuera, Adelardo tiró hacia arriba y Marcolino hacia abajo, sin dirigirse la palabra. Este, mientras saboreaba el chocolate, se regodeaba con los recuerdos que le había dejado Margarita. Sabía dónde se hallaría su panda, pero no quiso juntarse con ellos para alargar la felicidad que le proporcionaba pensar en ella.

Aunque al día siguiente, al acabar la escuela por la tarde, el maestro puso pocos deberes, Marcolino acudió a casa de Adelardo. Le abrió la puerta Margarita, que se sorprendió de su presencia, como si se le hubiera olvidado el objetivo de su venida.

—Vengo a ayudar a Adelardo con los deberes.

En ese momento reaccionó. Estaban lo dos solos. No se amilanó delante de ella: la miró descaradamente, sorprendiéndose de cómo esa chica era tan guapa, de cómo podía tener un cuerpo tan esbelto.

—Voy a ver si lo encuentro en el corral —dijo para escurrirse de la mirada fija de Marcolino.

Arrimó al arca las tres sillas. Adelardo sacó el cuaderno de la cartera. Eran más cuentas, pero no había redacción. Comprobando que la faena no era mucha y que se trataba de lo que ella no controlaba, retiró su asiento y los dejó solos. Adelardo estaba más concentrado que la tarde anterior y se dispuso con mejor ánimo a quitarse de encima las cuentas. Para sorpresa de Marcolino, las solucionó bien a la primera y él solo pudo certificar que así era, aunque las repasó con esmero, deseando encontrar algún fallo para alargar su presencia e, incluso, provocar a su compañero para que su hermana interviniera para poner orden. Sin embargo, todas estaban bien.

—He acabado —Avisó Adelardo a su hermana.

Solo pudo asentir para confirmar que decía la verdad. Sin recoger el cuaderno ni meterlo en la cartera, Adelardo se perdió por la entradilla camino al corral a continuar con lo que estuviera haciendo antes. Margarita apartó las sillas y metió el cuaderno en la cartera.

—Muchas gracias por venir, Marcolino.

Sin que lo acompañara a la puerta ni le diera la merienda, se marchó. Hoy ha estado más serena. También es bellísima cuando la calma ilumina su rostro, pero hoy ha sido poco el tiempo que he disfrutado de su presencia. Ante ella soy un mueble o un objeto que sirve para lo que está diseñado, pero que no despierta emociones. Eso creo que soy para ella: el muchacho que echa una mano a su hermano a cambio de nada. Esta decepción lo atormentó las horas que quedaban del día. Tampoco acudió a las eras donde sus amigos estarían jugando a la maya.

Esperaba que don Alderico, que durante la mañana había estado muy enfadado con ellos por portarse mal y no parar de hablar, se vengara cargándoles de tareas, pero, pese a ser viernes y disponer de más tiempo para realizar los deberes durante los dos días siguientes, los despachó hasta el lunes sin encomendar ninguna tarea, no siendo repasar las tablas de multiplicar.

¡Qué podía hacer! No puedo presentarme en su casa y ser yo el que le pida que me cante las tablas. No podré ver, con suerte, a Margarita hasta que no pasen unos días. Se desesperaba con este revés. Tantas horas sin estar cerca de ella era una travesía interminable en el más horrible de los desiertos, que se prolongaría lentamente pensando tan solo en sus ojos y en su boca fresca.

No la pudo ver hasta el domingo en la entrada de misa. Llegó junto a su madre. Las dos vestían elegantemente. La hija seguía mostrando la misma hermosura, pero no era igual: era patrimonio de todos los vecinos fijarse en ella y admirar su lindo cuerpo, que quedaba desposeído de su magnetismo particular al mostrarse a la luz del día. En casa, con ropas de diario, en la penumbra del portal, era solo para él.

Ninguna vergüenza mostró en merodear cerca suyo a la salida del acto religioso, cuando se demoró en un corrillo con otras muchachas. Intentaba hacerse notar, pero Margarita no le dijo nada, no sabía si por no percatarse de su presencia, o a propósito.

Esperó con impaciencia a que se acabara el domingo. Se recogió en casa antes de la hora habitual y revisó la cartera para comprobar que tenía todo lo necesario para el día siguiente.

Por la mañana, no fue preciso que su madre le metiera prisa para prepararse y llegó a la escuela de los primeros. Cuando apareció el maestro, le notó que traía mala cara. Se alegró. Esperaba que su enfado continuara a lo largo de la mañana, pero no fue así. Sus compañeros, además, tal vez por ser lunes, estaban con muy pocas ganas de armar jaleo, así que no fue necesario reconvenirlos en exceso. Por la tarde hubo algo más de animación, pero don Alderico no se enfadó más de lo acostumbrado y, cuando los despidió, no les puso deberes para realizar en casa. Todos se miraron sorprendidos y pensaron que tal vez se había olvidado. Marcolino, contrariado, no daba crédito a lo que sucedía. No poder ir a casa de Adelardo era una desgracia dolorosa. Otro día más sin estar cerca de Margarita era insoportable. Su ánimo decaído fue una alarma para su madre, pero no consintió en sincerarse con ella. ¡Sería ridículo confesar que echo de menos a esa chica! Además, tampoco deseo que nadie sepa mis sentimientos hacia ella. Era una sensación íntima y más gozosa por ser exclusiva de Margarita y de él.

Durante esa semana don Alderico no mandó ninguna tarea para realizar fuera del horario escolar. Pronto los alumnos se olvidaron de esa tediosa obligación. Tan solo se sorprendieron el viernes, cuando el maestro les entregó una cuartilla para que se la dieran a sus padres. En ella anunciaba que, a partir del lunes, primer día lectivo del mes, con horario de dos a tres, comenzarían las permanencias. El precio era de veinticinco pesetas por alumno. Justificaba la necesidad de esa hora más de escuela porque muchos no realizaban las tareas que encomendaba a diario y los que las hacían, las traían mal.

Marcolino dejó de mala gana ese papel en la mesa de la sala. Sabía que su madre accedería a que acudiera. No le importaba, lo que sentía era que ya no podría ir más a casa de Margarita.

Ese primer lunes de mes, después de comer apresuradamente, Marcolino y Adelardo se encontraron sin dirigirse la palabra entre el grupo de alumnos que se había apuntado. Don Alderico les mandó entrar en la escuela. Como sobraban mesas, les ordenó que se sentaran en las que se hallaban más próximas a la suya. Adelardo se situó justo enfrente de él. Mejor tenerlo lejos, al menos, que no le recordara a su hermana. Ahora era quien estaba enojado y no deseaba que nadie le dijera nada.

El maestro puso la lección y todos los alumnos comenzaron aplicados a trabajar, menos Adelardo, que se quedó mirándolo y riendo descaradamente. No había vez que levantara la vista del cuaderno, que no hallara a Adelardo con esa actitud insolente. En toda la hora que duró la permanencia, no fue capaz de desafiarlo manteniendo su mirada fija en él para averiguar de qué se reía.



09/01/25

El largo camino a Extremadura

 

Ahora quiero comunicar a mis amigos la verdad. No me importó que os fuerais sin mí. Estoy seguro de que no lo hicisteis a propósito. La duda me surge sobre las cavilaciones que mantuvisteis cuando mi ausencia se materializó. Quién de vosotros propuso dar la vuelta, quién se negó, independientemente de los argumentos que unos y otros esgrimisteis. No me importa, porque soy plenamente consciente de que la amistad que nos ha unido, a partir de ahora, ya no podrá llamarse así. No siento amargura ni resentimiento; solo tengo la certeza de que os convertiréis en un recuerdo que no me causará dolor. Seréis, más bien, un conjunto de anécdotas simpáticas, aunque, si la ocasión lo permite, quizá mencione también algunas de vuestras conductas reprobables.

En conjunto, los cuatro erais unos amigos estupendos; uno a uno, los comentarios sobre vosotros no serían unánimes. Sin embargo, no es mi intención personalizar, resaltando lo bueno y lo malo de cada uno. Prefiero conservar la armonía del grupo por encima de las discordancias individuales, porque yo mismo no soy ajeno a ellas y podríais señalarme contrapuntos que quizá se intercalaban en la partitura, generando esas mismas discordancias.

Sucedió, y ya está. Incluso cuando fui consciente de mi soledad, se presentaron perspectivas halagüeñas, impensables hasta que me encontré solo en la calle, esperando vuestra improbable llegada. Miraba a izquierda y derecha, tratando de descubrir las posibilidades que la noche me ofrecía. Eran tantas que me sentí afortunado por ser libre y por albergar esperanzas de satisfacerlas. Si tardé más en decidirme a comenzar la aventura nocturna, no fue por aferrarme a la certeza de que no daríais marcha atrás, sino por saborear anticipadamente los placeres que estaban por llegar.

He de reconocer que el viaje me ilusionaba, a pesar del largo trayecto y las incomodidades del pequeño vehículo en el que tendríamos que acomodarnos cinco jóvenes de considerable tamaño. Tal vez fuera esta circunstancia la que, al final, me privó de viajar junto a vosotros, mis compañeros de piso. Mi estrategia cuidadosamente calculada consistía en subir el último para asegurarme el asiento del copiloto, que era más amplio. Por eso, después de pasar varias horas en el pub tomando cervezas, cuando todos os dirigisteis al coche para acomodaros, yo decidí ir a los servicios.

Pensé que no tendríais que esperar mucho mientras os acomodabais en las plazas traseras y que, en cuanto llegara y me sentara en el asiento delantero, con el motor ya en marcha, estaríamos listos para salir. Sin embargo, al salir a la calle, no había ni coche ni nadie.

Me quedé mirando hacia la derecha, a la calle por la que pensaba que volveríais a buscarme, convencido de que no pasarían más de cinco minutos antes de que alguien se diera cuenta de que no estaba en el coche. Sin embargo, al no aparecer el vehículo, decidí extender mi espera un poco más antes de considerar otras posibilidades.

Más que la preocupación por que no volvierais, me azoré cuando algunos viandantes comenzaron a fijarse en mí. Parado al borde de la acera parecía un pasajero que esperaba la llegada de un autobús fantasma. Comencé a dar breves paseos antes de que alguien me avisara de que allí no se encontraba ninguna parada de transporte.

Calculaba la distancia que llevaríais recorrida en el supuesto de que todavía no hubierais notado mi ausencia. Un coche corre mucho y cada kilómetro que deja atrás era una probabilidad menos de que tomarais la dirección opuesta. Poco podía hacer y me hubiera ido si no se me ocurriera que, si me marchaba y daba la casualidad de que volvíais y ya no me hallabais, vuestro enfado sería doble. Consideré la posibilidad de entrar de nuevo en el pub a tomar otra cerveza y controlar la calle desde dentro, pero, después de estar allí varias horas en vuestra compañía, los camareros me mirarían con unos ojos inquisitivos. No había escaparates en los que curiosear, ni un banco donde descansar, solo la acera ancha y detrás el pub.

El tráfico cada vez menos denso fue otro aviso de que el tiempo transcurría, pero aguantaba, ya no considerando volver a veros, sino analizando lo que podría hacer a partir de ese momento. La vida nocturna, animada por una multitud de estudiantes con ganas de aprovechar su juventud y por numerosos bares y discotecas, era un generoso vergel oscuro donde libar. Eran tantas las flores que no me decidía por cuál comenzar. Me imaginaba de pie delante de la barra de uno de los muchos garitos, tomándome una cerveza, entablando conversación con el camarero y, de improviso, con cualquier excusa, terminaba hablando con una chica que había admirado mi noble soledad. A partir de ese momento, la conversación habría sido fluida, como si ambos continuáramos una amistad inmemorial, reanudada en ese instante sin necesidad de explicaciones sobre el largo tiempo transcurrido. ¿Por qué esa afinidad? ¿Qué corriente circuló entre nuestras simas? Sería imposible averiguarlo. O también consideré que podría ser una oportunidad para sumergirme sin miedo en un burdel. Solo, sin testigos de los tratos ni necesidad de dar explicaciones sobre la satisfacción o decepción obtenidas. Solo, audaz, con la mirada convincente y exponiendo mis irrenunciables apetencias con aplomo durante la negociación. Al final, anticipaba la insatisfacción, pero la asumía con resignación.

Me costaba decidirme cuál de ellas sería finalmente la elegida, la amiga del alma o la ramera. Esta indecisión me impedía moverme del lugar en el que debería haber subido al coche.

Por eso, os repito, no penséis que mi parálisis era consecuencia del abandono, sino de no saber con cuál de los dos placeres disfrutaría con más fruición. No era capaz de tomar una decisión.

Me puse en movimiento sin pensar. Cuando quise percatarme, estaba llegando al piso vacío que compartía con vosotros.

A esas horas estaríais en Extremadura.

09/11/24

El laberinto del páramo


Absorto, fijó su mirada en el camino blanco que ascendía por el valle. La empinada cuesta le supuso un intenso esfuerzo al comienzo. La mañana amenazaba lluvia. Solo pretendía dar un paseo para estirar las piernas. Cauto, se armó de un paraguas por si arreciaba el aguacero. Antes de alcanzar la cota más alta, a su izquierda se presentó el camino real, cuyo cauce estaba despejado de la maleza que habitualmente lo invadía. Cambió de plan: ya no cruzaría la llanura en línea recta hasta alcanzar la fuente. Pensó que, si torcía a la izquierda por la ruta que normalmente no estaba libre, el recorrido sería circular y se adecuaría al tiempo que deseaba dedicar a realizar ejercicio. Siguiendo esa senda, esperaba hallar el camino que unía el pueblo bajo con el pueblo alto. Como era previsible, hubo de abrir el paraguas para protegerse de la lluvia. De momento, en esa dirección, le daba de espaldas.

El cielo era gris; solo se adivinaba, en su blancura, el algodón de alguna nube que parecía mecerse a ras del suelo. Toda la bóveda celeste dejaba caer una llovizna fría. La temperatura descendió, aunque con el movimiento, no le molestaba. La humedad de las semanas anteriores había propiciado una otoñada muy exuberante; las parcelas verdeaban como praderas. A ambos lados del camino surgían viñas plantadas no hacía muchos años y los montones de piedras que los labriegos levantaban al arar. Hierbajos desmesuradamente altos a ambos lados del camino contemplaban al viajero. El silencio era absoluto; la lluvia leve caía sobre la tierra mullida y los pájaros se habían refugiado en los valles bajos.

Esperaba encontrarse a alguien: un cazador, otro caminante, quizá algún labrador, si bien no era momento de realizar ninguna labor hasta que el terreno no se oreara. Silencio. Dejó de pensar y su imaginación se contrajo hasta desaparecer. Solo él, andando, hasta alcanzar el cruce donde tomaría el camino de vuelta. No tenía prisa, no iría a misa. Hasta la hora de la comida había tiempo. Pero ese cruce de caminos tardaba en aparecer. Las rodadas de los tractores dejaban un trazado de hierbas, unas secas, otras aún vivas, por las que pisaba para evitar el barro pegajoso que se iba originando en las partes desnudas.

Miraba a lo lejos. No descubría si no eran las muertas torretas del cableado eléctrico que cruzaba el páramo. Otras parcelas en barbecho exponían con temor su desnudez; en ellas, el frío y el silencio se acrecentaban. Las matas aisladas transmitían una sensación de abandono, como si el labrador se hubiera olvidado de meter el arado en ellas, o estuvieran castigadas en un irremediable purgatorio. Por fin consiguió entrever un espacio blanco en el que suponía se encontraba el cruce. Sí, allí, dos caminos. Se cambió al otro. Una falsa percepción le hizo creer que descendía con suavidad y que no tardaría en llegar al pueblo bajo. En esos momentos, hubo de inclinar el paraguas hacia adelante para que el agua no le diera en la cara. Sin ser la lluvia de mucha intensidad, a fuerza de caer había conseguido que toda la tierra se convirtiera en un barrizal. Ya no era fácil hallar dónde pisar sin que las botas se hundieran en el fango. Ahora, el esfuerzo para avanzar era mayor. El paraguas abierto era una pared contra la que había que luchar. Lo aportaba para comprobar si aparecían señales de que el pueblo bajo se hallaba cerca. Pese a creer que ya había transcurrido un tiempo razonable para conseguir completar la vuelta, el castillo, testigo aislado que marcaba la altura en el valle, no aparecía. Continuó un poco más. Nada, la fortaleza se había hundido en la honda laguna verde del páramo. Se detuvo. Miró en todas las direcciones. Desconcierto. ¿Seguro que había tomado la ruta correcta para regresar? No, se convence de que se ha equivocado. Mira la parte dejada atrás, a los lados y también a la meta a la que se dirigía. ¿Cuál era la dirección correcta? No lo sabe. Está perdido, solo. No hay nadie, ni un cazador, ni un agricultor que le puedan ayudar a orientarse. ¿Se da media vuelta hasta encontrar el cruce y regresa por el camino ya recorrido, o se aventura a continuar en la misma dirección, o desviarse a la izquierda o la derecha?

Mira el cielo gris cercano en busca de un resplandor dorado para orientarse con el sol. No halla el menor destello en esa densa masa que envuelve la llanura. Hasta entonces, el hambre no se había despertado, pero en medio de esa incertidumbre, proclama con aullidos su presencia. Acalla ese temor, convenciéndose de que es pronto para notar su amenaza. Continúa avanzando en la dirección que llevaba. Se pone nervioso cuando en un punto surgen dos caminos. El de la derecha da la sensación de que se desvía; el de la izquierda se adentra en una zona en declive en el que la maleza y los arbustos abundantes dificultan avanzar. Este es el camino que elige.

Ahora, a sus botas se adhieren unos mazacotes de barro que le impiden levantar los pies. La densa vegetación del que parece un antiguo camino le puede herir la piel de las manos y la cara, pero si sube a las tierras que lo bordean, quedará atrapado en el fango de los surcos… No deja de levantar la mirada en busca del castillo del anhelado valle del pueblo bajo. No cree posible lo que está sucediendo. Él, que tantas veces se ha vanagloriado de su buen sentido de la orientación, tanto en el espacio, como en la vida… Ahora, perdido. Sin nadie que le eche una mano. Solo en su desesperación, asfixiado en su propio sudor, empapado con esa lluvia pertinaz que cala en silencio. Sucio de arriba a abajo…

Sí, allí, entre la neblina, parecen ser las almenas de la torre de homenaje. Avanza unos metros y, poco a poco, la silueta de la fortaleza emerge ante sus ojos. 



06/11/24

Habitación interior

 

—¡Fóllatela! ¡No seas tonto!

Me dejó perplejo el consejo de C., el colega al que le conté que había quedado varias veces con M., la novia de otro amigo llamado P. No esperaba que utilizara palabras tan groseras. Era la primera vez que le oía algo tan soez, después de haber convivido con él durante dos años en el pasado.

—No, no puedo.

En ese momento, supe que nunca más podría confiar en él ni sincerarme contándole lo que me sucedía. Apenas había pasado un año y medio desde que me hube de ir de la ciudad para cumplir el servicio militar, pero él ya no era el mismo. Supuse que los primeros años de universidad lo habían curtido en el ambiente estudiantil y de ahí, su grosería.

No es que no se me hubiera ocurrido la idea. Estaba claro que M. buscaba algo. Tan solo era cuestión de que yo dijera que sí, que tomara la iniciativa de atraerla a mis brazos y besarla. Otro en mi lugar no se habría cortado. Yo no estaba pudiendo. Desde el primer encuentro en mi habitación, quedó claro que M. era una osada. Sin embargo, como un caballero, aguanté imperturbable su cercanía fingiendo no notar su sonrisa insinuante. Su visita se me hizo eterna. No parecía tener prisa, pese a decirle cuando entró que estaba estudiando y de ver sobre la mesa los apuntes esparcidos. Le ofrecí una infusión. No sé si porque no era de su agrado o por estar muy caliente, tardó una eternidad en apurarla. No se levantó de la cama en la que había tomado asiento hasta que llegó la hora de la cena.

—Espero no haberte aburrido, y disculpa por la visita.

—No, ni mucho menos —mentí, por no ser descortés.

—Vuelve cuando quieras —la animé sabiendo que con bastante probabilidad me tomaría la palabra, aunque albergaba la esperanza de que se hubiera percatado de que solo era un cumplido.

Me había topado con ella de casualidad cerca del piso en el que había encontrado habitación libre después de retomar mis estudios. Me parecía imposible que llegara ese momento tras someterme quince meses a la disciplina militar. M. vivía cerca, y fue una sorpresa agradable descubrir que éramos casi vecinos. Su novio también estaba realizando la mili. Me imaginé que se sentía sola y aburrida. Se interesó por conocer la dirección de mi piso. Le proporcioné esa información creyendo que tan solo era para hacerse una idea exacta de mi ubicación. Por eso, cuando mis compañeros me llamaron a la puerta de la habitación para comunicarme que una chica preguntaba por mí, no supe quién era hasta que la vi entrar.

—Me he acordado de ti y me he dicho: voy a verlo. Espero que no te moleste.

—No, ni mucho menos.

No podía darle otra respuesta. Me parecía un acto de caridad hacer compañía al solitario. Me vino también a la mente el refrán que decía mi madre: «Mal está el que se mete en una casa, pero peor el que le echa». Era comprensible que, acostumbrada a P., después de varias semanas de ausencia, necesitara pasar el rato con alguien.

M. no estaba mal. Era una chica bastante agraciada, de rostro atractivo y un cuerpo voluptuoso. Quizá me habría sentido más cautivado, si no fuera la novia de P. No es que no disfrutara de su presencia, ni que no ideara acariciarla y juntar mi cuerpo al de ella. Pero un mandato solemne y pesado, como puerta de acero de una fortaleza, me impedía tomar su mano. Y no es que no tuviera necesidad de estar con una mujer tras tan largo periodo de abstinencia sexual encerrado entre los infranqueables muros del acuartelamiento militar. Más bien todo lo contrario. Ninguna mujer se me había acercado mientras tuve la cabeza rapada y vestí el uniforme caqui.

Quizás ella habría entendido mi situación si se lo hubiera contado. Seguro que no era nada extraño, ya que esa necesidad urgente la sentirían tanto ella, como su novio, cuando este obtuviera un permiso. Pero me callé, y me esforcé por contener la tensión sexual, más al saber que se moría de ganas.

Sí. En el análisis que realicé después de marcharse, no solo me convencí de que me buscaba para liarse, sino que me asusté de su ímpetu. Temí que, si me entregaba, me anegaría en su cuerpo. Que ejercería una fuerza gravitatoria hacia su interior hasta hacerme desaparecer. Que su coraje y entrega exigirían de mí una respuesta similar. Me dio miedo de que esto pudiera producirse. Además, supe que, en el caso de que llegara a ocurrir ese encuentro sexual, no me enamoraría y ella también continuaría la relación con P. ¿Cómo si no hubiera sucedido nada entre nosotros? No estaba seguro. Más bien sostenía lo contrario. Antes o después, M. contaría a P. que nos habíamos visto y que acabamos intimando. Lo diría como lo más natural del mundo. No podría soportar si en algún momento se iba de la lengua. ¿Con qué cara los miraría, sobre todo, a P., cuando me encontrara con ellos? Para M. seguro que no supondría una incomodidad, pero me convencí de que P. no lo aceptaría sin planear una venganza. No estaba dispuesto a vivir esperando el momento en el que él decidiera tomarse la justicia por su mano. No era miedo a una agresión, sino a una venganza sutil y corrosiva que sería imposible soportar. Lo que más me molestaba es que cuando esto sucediera, M. pondría una cara angelical, como si no hubiera roto un plato. No lo podía soportar. Por eso aguanté estoicamente todas las embestidas de M. en las sucesivas visitas. Le propuse que tomáramos una copa en algún pub. Dijo que no. O un café a media tarde en un bar. Me sonrió y me respondió que no bebía café. Así que terminábamos encerrados en mi habitación. No volví a ofrecerle una infusión. Charlábamos. Ella se reía y se acercaba. Me halagaba todo lo que yo la permitía. Le notaba cómo se le iluminaban los ojos y cómo, a veces, le temblaba la voz. Fingía no darme cuenta y cambiaba de tema de conversación cuando estaba a punto de confesar sus sentimientos y propósitos. Si se acercaba y nuestros cuerpos se rozaban, procuraba controlar mi excitación. Siempre lo logré, aunque no tenía todas conmigo de que más pronto o más tarde acabara sucumbiendo a sus insinuaciones. Por esto, y porque la habitación daba a un patio interior y no se aireaba lo suficiente, determiné buscar otro piso lo más alejado de M. Nunca más me encontré con ella, si no era compañía de P.



Enánagos

  La llegada a un lugar nuevo conlleva el descubrimiento de realidades desconocidas. Ya son muchos los años transcurridos desde que llegamo...