Una vez más he decidido buscar en mis carpetas los contratos de compraventa y las escrituras de la propiedad de mis inmuebles. Fueron adquisiciones realizadas en su día con afán inversor, ya que eran gangas; si bien, por mi precaria situación financiera, eran operaciones arriesgadas, pues necesitaría fuertes sumas de dinero para reformarlas y poder sacar beneficio. En el fondo, eran especulaciones: sabía que, si no realizaba las obras oportunas, podría desprenderme de ellas con facilidad y sacar más dinero del que había pagado.
La
compra más grandiosa fue un palacio renacentista. La fachada
armoniosa se conservaba impoluta. Me encanta situarme en el extremo
del patio y contemplarla entera: esas líneas limpias y el equilibrio
de sus elementos arquitectónicos me causan un placer que se prolonga
después en el recuerdo. Me parece imposible que ese edificio, visto
por fuera, sufra la ruina que reina por doquier en el interior. Cada
vez que lo visito, atravieso el umbral y una penumbra quejumbrosa me
hiere mientras avanzo, pisando con cuidado el pavimento, entre losas
sueltas y huecos donde algunas han desaparecido. No hay tabiques: es
una estancia enorme, un salón sin sentido. Solo una escalera oscura
y vencida invita a ascender a la primera planta. El suelo es de
madera podrida y polvorienta. En cualquier oquedad se prenden
telarañas. La luz que proviene de la fachada hiere por su intensidad
y resalta el deterioro y el abandono del sitio; en cambio, la del
patio es macilenta y fría. No me atrevo a adentrarme por miedo a
caer al vacío. Es cuando estoy en el interior cuando me asaltan las
mayores dudas sobre si procedí con prudencia al comprar este
edificio. No me dedico a la hostelería, pero doy vueltas a la
posibilidad de que yo o alguien del sector pueda sacar provecho de
este espacio con las reformas oportunas: podría transformarse en un
alojamiento de lujo. De todas maneras, no tengo prisa, por si llega
el momento en que yo mismo pueda emprender la rehabilitación.
Incluso me lo imagino convertido en mi hogar y distribuyo las
dependencias a mi gusto: la biblioteca y mi escritorio; el
salón-comedor donde reuniría a los míos; los dormitorios... No
quepo de felicidad pensando solo en esta posibilidad remota.
Las
otras propiedades son de menos enjundia. Me refiero a un chalet de
planta baja, ubicado en medio de un parque urbano. Está vacío, pero
habitable. Tan solo es necesario adquirir los muebles para
acondicionarlo. Me lo imagino amueblado y me parece un lugar
increíble. Recibe el sol a raudales, aunque también se resguarda
del sol bajo la sombra de los altos pinos que rodean la parcela.
Desde las ventanas se divisan los edificios de las calles
circundantes. El ruido del tráfico se amortigua por la vegetación y
el arbolado del recinto. Si el tiempo acompaña, el jardín público
anima a salir y a confundirse con los niños que juegan, las parejas
que charlan, ríen y se besan, y los ancianos que reciben agradecidos
los rayos de sol que les llegan. Sin embargo, hay dos inconvenientes.
Cuando me encuentro en el parque, no deseo que los que merodean por
allí descubran que soy el propietario de ese chalé: temo ser objeto
de envidia y no me agrada. Por eso, entro y salgo con precaución
para que nadie me relacione con esa vivienda. Hasta ahora lo he
conseguido y me tranquiliza que, gracias a mi discreción, ninguna
persona me haya identificado como su propietario. En cambio, la otra
pega es más difícil de solventar. El espacio es amplio, demasiado
para ser una casa unifamiliar. Hay una dependencia que sobra. Es una
habitación recóndita, perdida en el conjunto. No sé qué uso se le
podría dar. Sin embargo, lo peor es que a partir de ella se accede a
una concavidad oscura. No la he inspeccionado a fondo, aunque no creo
que sea muy grande. Puede tratarse de una bodega, pero estoy
convencido de que no lo es. No soy capaz de explorar aquella
oscuridad en toda su amplitud porque no hay luz y, con una linterna,
tan solo descubro lo que hay a poca distancia. Pospongo el momento en
que me atreva a penetrar para averiguar qué se esconde allí. Tal
vez no me haya animado a cambiar de residencia por la presencia de
este habitáculo secreto.
Adquirí las dos últimas
propiedades con el ánimo de especular, aunque todavía no me he
decidido a sacarlas a la venta. La posesión más valiosa está
formada por dos naves dispuestas en ángulo recto. Son antiguos
almacenes que hoy ya no tienen sentido dedicar al mismo fin. Se
hallan en una zona urbana, por lo cual están destinadas a ser
demolidas para dividir el espacio en parcelas donde se podrán
construir casas hasta formar una pequeña colonia o urbanización.
Cualquier promotor compraría este terreno, por lo menos el que ocupa
la nave que se extiende a lo largo de la calle. El problema se
plantea con la otra nave, que da a un espacio inservible o, por lo
menos, con vistas mucho peores. Lo más lógico, cuando llegue el
momento de llevar a cabo el proyecto, es tirar esta última y dejar
el espacio libre. No obstante, no desisto de pensar en una solución
alternativa que pudiera paliar esa condena a la nada. Por eso, cuando
me acerco por allí, siempre entro en esta nave sentenciada al
ostracismo por si se me ocurre una solución para ella. Abro la
puerta y, nada más hallarme dentro, el suelo se inclina
paulatinamente hacia el fondo. No entiendo por qué la construyeron
en pendiente ni a qué la destinaron. Miro las paredes en busca de
algún indicio que me ayude a hacerme una idea, pero soy incapaz de
imaginar para qué sirvió. Me voy melancólico, incapaz de decidirme
de una vez por todas a ponerlas en venta y dejar que el comprador
decida el uso de esa nave deforme.
La última propiedad es una
parcela pequeña, quizá la más apropiada para levantar mi propia
casa. Se halla en una urbanización situada en un altozano. El propio
terreno es ondulado y, si al final me animo a hacer algo allí,
tendré que llevar una máquina para allanarlo. Está bien situada
entre la maraña de viviendas que se reparten por el cerro. Tal vez
lo que menos me convence es la orientación. Lo más lógico es que
la fachada dé a la calle más amplia, pero no me gusta que por la
tarde no reciba los rayos de sol. En efecto, los recibe por la mañana
y la vivienda sería muy alegre la primera parte del día, pero esas
horas las paso en el trabajo, no en casa. Por la tarde agradecería
más la iluminación cálida del sol. También le doy vueltas con
bastante asiduidad a ver si termino de ver clara la orientación,
pero no termino de convencerme de que en ese sitio pueda llegar a
construir la casa en la que me gustaría vivir el resto de mi vida.
No tengo mucha paciencia cuando revuelvo mis pertenencias:
procedo sin sistema, pues mi atención se desvía cuando hallo algo
inesperado que no era lo que buscaba en primer lugar. Tal vez por eso
no logro dar con esos documentos que demuestran que esas propiedades
son mías, pero sé con certeza que deben de estar por alguna parte.
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