17/09/26

Mis propiedades

 

Una vez más he decidido buscar en mis carpetas los contratos de compraventa y las escrituras de la propiedad de mis inmuebles. Fueron adquisiciones realizadas en su día con afán inversor, ya que eran gangas; si bien, por mi precaria situación financiera, eran operaciones arriesgadas, pues necesitaría fuertes sumas de dinero para reformarlas y poder sacar beneficio. En el fondo, eran especulaciones: sabía que, si no realizaba las obras oportunas, podría desprenderme de ellas con facilidad y sacar más dinero del que había pagado.

La compra más grandiosa fue un palacio renacentista. La fachada armoniosa se conservaba impoluta. Me encanta situarme en el extremo del patio y contemplarla entera: esas líneas limpias y el equilibrio de sus elementos arquitectónicos me causan un placer que se prolonga después en el recuerdo. Me parece imposible que ese edificio, visto por fuera, sufra la ruina que reina por doquier en el interior. Cada vez que lo visito, atravieso el umbral y una penumbra quejumbrosa me hiere mientras avanzo, pisando con cuidado el pavimento, entre losas sueltas y huecos donde algunas han desaparecido. No hay tabiques: es una estancia enorme, un salón sin sentido. Solo una escalera oscura y vencida invita a ascender a la primera planta. El suelo es de madera podrida y polvorienta. En cualquier oquedad se prenden telarañas. La luz que proviene de la fachada hiere por su intensidad y resalta el deterioro y el abandono del sitio; en cambio, la del patio es macilenta y fría. No me atrevo a adentrarme por miedo a caer al vacío. Es cuando estoy en el interior cuando me asaltan las mayores dudas sobre si procedí con prudencia al comprar este edificio. No me dedico a la hostelería, pero doy vueltas a la posibilidad de que yo o alguien del sector pueda sacar provecho de este espacio con las reformas oportunas: podría transformarse en un alojamiento de lujo. De todas maneras, no tengo prisa, por si llega el momento en que yo mismo pueda emprender la rehabilitación. Incluso me lo imagino convertido en mi hogar y distribuyo las dependencias a mi gusto: la biblioteca y mi escritorio; el salón-comedor donde reuniría a los míos; los dormitorios... No quepo de felicidad pensando solo en esta posibilidad remota.
Las otras propiedades son de menos enjundia. Me refiero a un chalet de planta baja, ubicado en medio de un parque urbano. Está vacío, pero habitable. Tan solo es necesario adquirir los muebles para acondicionarlo. Me lo imagino amueblado y me parece un lugar increíble. Recibe el sol a raudales, aunque también se resguarda del sol bajo la sombra de los altos pinos que rodean la parcela. Desde las ventanas se divisan los edificios de las calles circundantes. El ruido del tráfico se amortigua por la vegetación y el arbolado del recinto. Si el tiempo acompaña, el jardín público anima a salir y a confundirse con los niños que juegan, las parejas que charlan, ríen y se besan, y los ancianos que reciben agradecidos los rayos de sol que les llegan. Sin embargo, hay dos inconvenientes. Cuando me encuentro en el parque, no deseo que los que merodean por allí descubran que soy el propietario de ese chalé: temo ser objeto de envidia y no me agrada. Por eso, entro y salgo con precaución para que nadie me relacione con esa vivienda. Hasta ahora lo he conseguido y me tranquiliza que, gracias a mi discreción, ninguna persona me haya identificado como su propietario. En cambio, la otra pega es más difícil de solventar. El espacio es amplio, demasiado para ser una casa unifamiliar. Hay una dependencia que sobra. Es una habitación recóndita, perdida en el conjunto. No sé qué uso se le podría dar. Sin embargo, lo peor es que a partir de ella se accede a una concavidad oscura. No la he inspeccionado a fondo, aunque no creo que sea muy grande. Puede tratarse de una bodega, pero estoy convencido de que no lo es. No soy capaz de explorar aquella oscuridad en toda su amplitud porque no hay luz y, con una linterna, tan solo descubro lo que hay a poca distancia. Pospongo el momento en que me atreva a penetrar para averiguar qué se esconde allí. Tal vez no me haya animado a cambiar de residencia por la presencia de este habitáculo secreto.
Adquirí las dos últimas propiedades con el ánimo de especular, aunque todavía no me he decidido a sacarlas a la venta. La posesión más valiosa está formada por dos naves dispuestas en ángulo recto. Son antiguos almacenes que hoy ya no tienen sentido dedicar al mismo fin. Se hallan en una zona urbana, por lo cual están destinadas a ser demolidas para dividir el espacio en parcelas donde se podrán construir casas hasta formar una pequeña colonia o urbanización. Cualquier promotor compraría este terreno, por lo menos el que ocupa la nave que se extiende a lo largo de la calle. El problema se plantea con la otra nave, que da a un espacio inservible o, por lo menos, con vistas mucho peores. Lo más lógico, cuando llegue el momento de llevar a cabo el proyecto, es tirar esta última y dejar el espacio libre. No obstante, no desisto de pensar en una solución alternativa que pudiera paliar esa condena a la nada. Por eso, cuando me acerco por allí, siempre entro en esta nave sentenciada al ostracismo por si se me ocurre una solución para ella. Abro la puerta y, nada más hallarme dentro, el suelo se inclina paulatinamente hacia el fondo. No entiendo por qué la construyeron en pendiente ni a qué la destinaron. Miro las paredes en busca de algún indicio que me ayude a hacerme una idea, pero soy incapaz de imaginar para qué sirvió. Me voy melancólico, incapaz de decidirme de una vez por todas a ponerlas en venta y dejar que el comprador decida el uso de esa nave deforme.
La última propiedad es una parcela pequeña, quizá la más apropiada para levantar mi propia casa. Se halla en una urbanización situada en un altozano. El propio terreno es ondulado y, si al final me animo a hacer algo allí, tendré que llevar una máquina para allanarlo. Está bien situada entre la maraña de viviendas que se reparten por el cerro. Tal vez lo que menos me convence es la orientación. Lo más lógico es que la fachada dé a la calle más amplia, pero no me gusta que por la tarde no reciba los rayos de sol. En efecto, los recibe por la mañana y la vivienda sería muy alegre la primera parte del día, pero esas horas las paso en el trabajo, no en casa. Por la tarde agradecería más la iluminación cálida del sol. También le doy vueltas con bastante asiduidad a ver si termino de ver clara la orientación, pero no termino de convencerme de que en ese sitio pueda llegar a construir la casa en la que me gustaría vivir el resto de mi vida.
No tengo mucha paciencia cuando revuelvo mis pertenencias: procedo sin sistema, pues mi atención se desvía cuando hallo algo inesperado que no era lo que buscaba en primer lugar. Tal vez por eso no logro dar con esos documentos que demuestran que esas propiedades son mías, pero sé con certeza que deben de estar por alguna parte.


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