05/06/26

El vuelo de la navaja

 

En la plaza rectangular, delimitada por edificios con balconadas mirando a su interior, hay un ruedo portátil de madera roja. Consta de dos burladeros, uno enfrente del otro. En la parte baja se ha instalado una grada corrida desde la que el público contempla el espectáculo. También se asoman espectadores en las ventanas, terrazas y balcones de los edificios que bordean el espacio, adornados con madera calada y tallada, tanto en la parte superior como en la inferior a modo de faldones.

El sol impacta sobre mis ojos y hay ocasiones en las que pierdo de vista lo que ocurre. Es una luz plateada e hiriente, como el destello de la hoja de la navaja que vuela por el recinto. Me he situado en una empalizada formada por maderos separados a una distancia que solo permite cruzarlos de costado. Sin embargo, no me siento seguro: el arma puede pasar entre esos espacios o sorprenderme desde el cielo.

Conmigo hay otros mirones tan timoratos como yo. Permanecemos en silencio, procurando no perder de vista la trayectoria de la navaja. El público de las gradas portátiles se protege con paraguas vistosos, amarillos y rojos. Estos colores son los mismos que los de las banderas con las que se cubren las barandillas de las terrazas de las galerías y de los balcones.

Los participantes son sobre todo jóvenes. Hay algún espontáneo solitario, pero la mayoría forman cuadrillas. Entre ellos se saludan y se gastan bromas: parecen conocerse de festejos de otras poblaciones. Se muestran sonrientes, despreocupados, como si fuera una diversión habitual, un ritual al que se someten en las fiestas locales donde se conserva esa tradición. Se saben el circuito veraniego y, si han faltado a algún evento, preguntan por él. Mientras conversan, no pierden de vista a la imprevisible daga que los sobrevuela. Dicen de ella que su hoja es pequeña en comparación con la de otras plazas, pero aseguran que es igual de peligrosa, por ser más corta e invisible. Su fino acero se confunde con los rayos del sol y, cuando menos te lo esperas, se clava en una pierna o en la espalda. Se desplaza en silencio, sibilina, a sorprender al incauto que pierde de vista las cachas negras.

Cuidado —advierte un muchacho con el torso desnudo, al mismo tiempo que aparta con un empujón a un compañero.

Recoge el pequeño puñal de la tierra amarilla. Lo pone sobre la palma de la mano y se lo muestra a sus amigos. Ha perdido parte del filo, pero su lomo es un espejo donde distingue su rostro con una mueca grotesca. Uno de sus compañeros se lo arrebata.

Ahí va —dice, y lo arroja al cielo, mientras contempla su vuelo persistente hasta que, cuando cree perderlo de vista, se cubre los ojos a modo de visera.

El pérfido cuchillo se clava en la puerta de toriles. Varios jóvenes intentan desclavarlo. Al final, el que se hace con el arma lo muestra, contento al principio de ser el afortunado que lo ha conseguido; sin embargo, de inmediato transforma la alegría en ira y amenaza. Los demás se replegan buscando distancia.

¿A qué esperas? Lánzala de una vez —le conminan, recordándole que transgrede las normas del juego.

El joven, robusto aunque más bien bajo, se queda mirándolos. Los del palco presidencial se han incorporado, porque desde sus asientos solo ven el grupo de los que increpan y no al que porta el arma. El tiempo pasa y el corredor no desiste. Cuando un atrevido se acerca a él con el propósito de arrebatarle la navaja, con un movimiento certero se la clava por encima del corazón y la vuelve a sacar. Intenta mirar la herida que se ha producido, pero solo ve un pequeño reguero de sangre que corre despacio sobre su piel morena. Es en ese instante cuando lanza el arma con energía. La parábola se cierra hasta topar con el albero y dar breves tumbos. Tres de los participantes se abalanzan sobre ella.

Me desagrada el espectáculo y analizo las posibilidades de abandonar la plaza sin que me pase nada. No estoy seguro de estar a salvo, pues la daga volandera describe vuelos de golondrina. Los participantes se desplazan también en olas imprevisibles y temo que una de ellas me arrastre. Me quedo quieto, más alerta si cabe. Uno de los lanzamientos acaba a unos metros de la empalizada donde me encuentro. La ha tomado un chico que viste un llamativo chándal dorado, con simbología oriental en la espalda. Agarra la daga y amenaza; acomete al grupo más próximo, que huye despavorido.

Eh, eh, eh —le abuchean.

Pero no parece escuchar las recriminaciones del público ni las protestas de los demás participantes. Levanta ambos brazos con la navaja en la mano izquierda e incita a que alguien vaya a por él.

¿Qué pasa? A ver, ¿qué pasa? —le oigo perfectamente.

El presidente está a punto de llevarse una mano a la chaqueta en busca del pañuelo, gesto inequívoco de que va a amonestarlo si no desiste. Antes de que se consuma la amenaza, el del chándal dorado se descubre el hombro derecho.

Mirad, mirad —y cuando todos tenemos los ojos fijos en él, se clava el cuchillo por debajo de la clavícula. Es una puñalada de media hoja y la navaja se queda vibrando unos instantes. Cuando se detiene, se extrae la punta y la limpia primero en el albero y a continuación en la pernera. Se dispone ahora sí a lanzarla al gentío que lo ha ido rodeando, por lo cual el corro se deshace. Los que se habían encaramado a la barrera para ver lo que sucedía se bajan, alerta ante los movimientos que están a punto de producirse. Sin embargo, observo que el joven del chándal dorado sonríe alevosamente, satisfecho de haberlos engañado. Su rostro es el de un chico que sobrepasa poco los veinte años. Sus labios finos están enmarcados por un leve embozo de pelusa rubia. Su mirada se empaña con unas sorprendentes lágrimas turbias que surcan su cara curtida por el sol. Seguramente soy el primero que se percata de que no va a lanzar el minúsculo machete y ahogo un grito, porque antes se ha herido de nuevo en el mismo boquete.

Quieto, para, no te muevas —le ordenan cuando cae al suelo.

Parte del público se pierde lo que está sucediendo; yo no. Desde mi posición privilegiada lo oigo decir:

¡Que nadie se acerque! Si no, acuchillo al primero que venga —les dice con un brío que me parece inhumano después de la sangre vertida.

Se incorpora y se tambalea, pero sigue infundiendo un pavor que impide que se acerquen a él. De nuevo se hiere en el mismo sitio y cae al suelo. El más atrevido se acerca corriendo antes de que reaccione. No es de los más jóvenes, sino un veterano con una calva semicircular rodeada por un pelo azabache. Saca la navaja con determinación y, sin pensar en la dirección, la lanza a lo alto. Recibe una ovación viva con la que el público reconoce su valentía. Estoy a punto de aplaudir, pero me reprimo.

Se llevan a los heridos. El gordinflón con tirantes que preside el evento se limpia la frente con el pañuelo blanco con el que dirige los compases del espectáculo. No pierde de vista a los camilleros hasta que abandonan el coso. Se reinicia el vuelo de la navaja. Los lanzamientos son dinámicos y nadie transgrede la normativa. El juego se hace repetitivo. Tal vez por eso hay un momento en el que el minúsculo cuchillo desaparece. Lo buscan por la arena en la zona en la que se presupone que ha caído, pero nadie da con él. En ese tiempo muerto, dos empleados de la plaza, protegidos con gorras a cuadros azules, acuden con rastrillos a remover la tierra ya sucia y reseca. El intento por encontrarlo resulta vano. El público del graderío de la parte baja de la plaza pliega los paraguas y se incorpora para marcharse. Creo que es un buen momento para escapar de ese peligroso recinto. Abandono la empalizada y atravieso parte de esa moqueta de arena en dirección a la salida. Aunque el juego está en suspenso, mi miedo no desaparece. Miro al grupo que busca el arma por si aparece y reanuda el vuelo. Cuando estoy a punto de alcanzar la salida, se produce un griterío ensordecedor y vuelvo la mirada al palco presidencial, adornado con la gran bandera y pañoletas de vistosos colores. El presidente gordinflón, ahora con un sombrero cordobés, a todas luces pequeño para su inmensa cabeza, tiene entre sus manos un estuche de terciopelo rojo. Lo abre con suma delicadeza y muestra su contenido a la concurrencia. Sujeta con dos gomas, brilla otra pequeña golondrina plateada a punto de emprender su primer vuelo. Me parece similar a la que se ha perdido. El director del espectáculo extrae de sus ataduras el arma, besa la hoja y realiza un lanzamiento torpe. Se ríe y extiende las manos en demanda de indulgencia por su torpeza. Esta nueva faca vuela más rápida que la primera. Sus alados movimientos semejan los destellos del sol cuando atraviesan las nubes: deslumbran y asombran por su brillo cegador. El público admira tanto la belleza del arma como la destreza de quienes logran hacerse con ella. Cuando todos estamos pendientes de sus deslumbrantes acrobacias, vemos que de nuevo vuela la desastrosa chaira que se había dado por perdida. Las cabriolas torpes de la vieja navaja se interponen entre las piruetas elegantes de su compañera recién estrenada. El riesgo se duplica: ahora dos hojas cruzan el aire. La gente que permanece en el ruedo es menos, pues no todos disponen de los reflejos necesarios para sortear a estas dos pequeñas bestias de acero.

No soporto más el espectáculo. Cruzo la barrera que separa la plaza de las callejuelas que desembocan en ella. Ya fuera oigo el inicio del repertorio de pasodobles de la banda municipal. Esta sinfonía repetitiva me acompaña mientras recorro las calles vacías. Las casas, bajas y pequeñas, están cerradas. La música se va quedando atrás, pero la escucho hasta llegar a mi coche. Cuando cierro la puerta, me envuelve un silencio vergonzoso. Entorno los ojos e intento dejar mi mente en blanco.



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