La
llanura se difumina en una cadena que bien puede ser una cordillera o
montones de piedras al borde de las inmensas parcelas. Un aura
vibrante brilla en ese límite lejano. Entre tú y esa frontera
irreal, la superficie amarillenta. Es un espacio incandescente que se
queja con los chirridos intermitentes de las chicharras y los aleteos
súbitos de los saltamontes, sonidos que se confunden con el rugido
de los motores de las aeronaves. Miras esa panorámica y te
sorprendes de encontrarte con un inmenso puesto de libros viejos,
atendido por un hombre mayor que se mueve por los pasillos que ha
abierto entre cajas a rebosar de volúmenes desvencijados y
polvorientos. Alguno está descuadernado, con las tripas expuestas al
aire seco y asfixiante. Te preguntas qué hace ese vendedor en ese
paraje yermo. Piensas que es el primero en instalarse en un rastro al
que acudirán después otros comerciantes para exponer sus productos.
Se acerca a ti creyendo que te interesas por su mercancía. No le
dices que tu vista se pierde en ese paisaje desnudo y reseco, no en
sus libros.
—Puedes entrar y mirar lo que quieras.
Continúas
sin abrir la boca. Te fijas con más detalle en el hombre. Es mayor,
pero se le nota una vitalidad envidiable, aunque tal vez sea ansiedad
por desprenderse de su mercancía.
—¡Por ochenta mil euros son
todos tuyos! —Te deja perplejo con la oferta—. No tengas apuro,
date una vuelta…
No te mueves del sitio. Los libros viejos o de
otras personas te dan asco o respeto. Tan solo entrarías en ese
laberinto bibliófilo si supieras que ibas a hallar títulos
especiales, como las Cartas de San Jerónimo. Aun
así, aunque esa posibilidad fuera cierta, no te mueves del
sitio.
—¡Ochenta mil euros y son todos tuyos!
Insiste para
convencerte de que es una ganga. No te molesta su perseverancia. Te
dan igual su presencia y aquel montón de libros.
Mientras tanto
ha surgido una oportunidad más atractiva. Una muchacha muy linda se
besa con un chico. Los dos se acarician entregados el uno al otro.
Ella es morena, con el pelo largo y muy fino. Levanta los ojos y fija
la mirada en ti. Continúa acariciando a su pareja y parece sentir
gozo cuando las manos de él recorren su piel. No te dan envidia. Tan
solo disfrutas contemplando tanta hermosura. Contemplas esa orografía
sensible, sus palpitaciones, sus movimientos lentos y suaves. Estás
excitado, pero no sientes deseo de ocupar el puesto del amante. Sin
embargo (no te lo crees al principio), ella, con delicadeza, se
separa del otro, le retira sus manos y se aparta para dirigirse hacia
ti. Desnuda, excitada, te abraza por el cuello y te besa en los
labios. Te quedas quieto, sin comprender lo que sucede. Ella está
contigo, te mira con unos ojos profundos, desde la hondura de su
alma, y tú te adentras en esa sima cálida y acogedora hasta
perderte en ella. Os acariciáis, como antes has visto.
—Despacio,
no tengas prisa —te susurra.
Intentas controlar tu ímpetu,
pero no eres capaz de remansar la corriente sanguínea que arrastra
tu deseo. Ella misma, con sus caricias, aviva esa fuerza incontenible
hasta que te desbordas. Sabes que el contacto con ella y la
profundidad de sus ojos encenderán de nuevo tu pasión. Sin embargo,
el hechizo se diluye hasta hasta perderse en una conciencia difusa.
En ese momento, mientras la chica aún se encuentra pegada a tu
cuerpo, prestas atención a los últimos compases de una negociación
de tus amigos con el vendedor de libros. Le compran toda la mercancía
por el precio que mencionó desde el principio: ochenta mil euros.
Estás a punto de intervenir para abortar esa operación, pero no vas
a tener ocasión. Te montas en una estrecha y plana canoa que se
desliza muy lentamente. Al poco tiempo, la embarcación se adentra en
una cueva. Avanza tan despacio que apenas percibes el movimiento en
ese túnel iluminado con pequeñas fuentes de luz que crean una
atmósfera acogedora. Notas el dulce olor de rosas y lirios, que te
embriaga, y, cuando tus sentidos, extasiados, se adormecen, tus manos
acarician a la primera mujer tendida junto al canalillo por el que se
desliza ese lecho mullido y cálido. Besas su rostro risueño; ella
posa las manos en tu pecho y lo exprime. Antes de alejarte, desde la
ribera opuesta, otra chica se monta en ti y corona el mástil
doliente que sobresale en mitad de tu geografía, mientras otras
manos exploran parcelas de placer nuevas. Hábiles buscadoras, todas
las chicas hallan su tesoro. Tú también sientes el ímpetu de tomar
de los racimos que te ofrecen los más selectos de sus jugos. Sin
embargo, no te embriagas en ese banquete amoroso. Cuando acaba el
recorrido, dejas posados tus ojos en la última muchacha que te mira
con pena al salir a la luz cegadora de ese páramo ardiente.
Te
parece imposible. Mientras has estado ausente, tus amigos han
desarrollado un trabajo ingente: han confeccionado un inmenso globo
con retales que también divisaste entre las cajas de libros. El
resultado es tosco, si bien la aeronave flota en el aire gracias al
fuego de la hoguera en la que se queman los libros. Ya quedan pocos
que arrojar, pero consiguen que la cesta en la que va el vendedor se
eleve lentamente y ascienda. Saluda alegre a los que se quedan en
tierra. Tan contento está que es el último en percatarse del
peligro. Un avión que despega impacta contra el globo. De inmediato
arde el globo y se transforma en una gran nube negra, que flota sin
moverse en el punto donde se originó. Su negrura resalta más cuando
bajas la mirada y compruebas la aspereza del suelo de los rastrojos
crujientes.
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