12/07/26

Atracción

 

La llanura se difumina en una cadena que bien puede ser una cordillera o montones de piedras al borde de las inmensas parcelas. Un aura vibrante brilla en ese límite lejano. Entre tú y esa frontera irreal, la superficie amarillenta. Es un espacio incandescente que se queja con los chirridos intermitentes de las chicharras y los aleteos súbitos de los saltamontes, sonidos que se confunden con el rugido de los motores de las aeronaves. Miras esa panorámica y te sorprendes de encontrarte con un inmenso puesto de libros viejos, atendido por un hombre mayor que se mueve por los pasillos que ha abierto entre cajas a rebosar de volúmenes desvencijados y polvorientos. Alguno está descuadernado, con las tripas expuestas al aire seco y asfixiante. Te preguntas qué hace ese vendedor en ese paraje yermo. Piensas que es el primero en instalarse en un rastro al que acudirán después otros comerciantes para exponer sus productos. Se acerca a ti creyendo que te interesas por su mercancía. No le dices que tu vista se pierde en ese paisaje desnudo y reseco, no en sus libros.
—Puedes entrar y mirar lo que quieras.
Continúas sin abrir la boca. Te fijas con más detalle en el hombre. Es mayor, pero se le nota una vitalidad envidiable, aunque tal vez sea ansiedad por desprenderse de su mercancía.
—¡Por ochenta mil euros son todos tuyos! —Te deja perplejo con la oferta—. No tengas apuro, date una vuelta…
No te mueves del sitio. Los libros viejos o de otras personas te dan asco o respeto. Tan solo entrarías en ese laberinto bibliófilo si supieras que ibas a hallar títulos especiales, como las Cartas de San Jerónimo. Aun así, aunque esa posibilidad fuera cierta, no te mueves del sitio.
—¡Ochenta mil euros y son todos tuyos!
Insiste para convencerte de que es una ganga. No te molesta su perseverancia. Te dan igual su presencia y aquel montón de libros.
Mientras tanto ha surgido una oportunidad más atractiva. Una muchacha muy linda se besa con un chico. Los dos se acarician entregados el uno al otro. Ella es morena, con el pelo largo y muy fino. Levanta los ojos y fija la mirada en ti. Continúa acariciando a su pareja y parece sentir gozo cuando las manos de él recorren su piel. No te dan envidia. Tan solo disfrutas contemplando tanta hermosura. Contemplas esa orografía sensible, sus palpitaciones, sus movimientos lentos y suaves. Estás excitado, pero no sientes deseo de ocupar el puesto del amante. Sin embargo (no te lo crees al principio), ella, con delicadeza, se separa del otro, le retira sus manos y se aparta para dirigirse hacia ti. Desnuda, excitada, te abraza por el cuello y te besa en los labios. Te quedas quieto, sin comprender lo que sucede. Ella está contigo, te mira con unos ojos profundos, desde la hondura de su alma, y tú te adentras en esa sima cálida y acogedora hasta perderte en ella. Os acariciáis, como antes has visto.
—Despacio, no tengas prisa —te susurra.
Intentas controlar tu ímpetu, pero no eres capaz de remansar la corriente sanguínea que arrastra tu deseo. Ella misma, con sus caricias, aviva esa fuerza incontenible hasta que te desbordas. Sabes que el contacto con ella y la profundidad de sus ojos encenderán de nuevo tu pasión. Sin embargo, el hechizo se diluye hasta hasta perderse en una conciencia difusa. En ese momento, mientras la chica aún se encuentra pegada a tu cuerpo, prestas atención a los últimos compases de una negociación de tus amigos con el vendedor de libros. Le compran toda la mercancía por el precio que mencionó desde el principio: ochenta mil euros. Estás a punto de intervenir para abortar esa operación, pero no vas a tener ocasión. Te montas en una estrecha y plana canoa que se desliza muy lentamente. Al poco tiempo, la embarcación se adentra en una cueva. Avanza tan despacio que apenas percibes el movimiento en ese túnel iluminado con pequeñas fuentes de luz que crean una atmósfera acogedora. Notas el dulce olor de rosas y lirios, que te embriaga, y, cuando tus sentidos, extasiados, se adormecen, tus manos acarician a la primera mujer tendida junto al canalillo por el que se desliza ese lecho mullido y cálido. Besas su rostro risueño; ella posa las manos en tu pecho y lo exprime. Antes de alejarte, desde la ribera opuesta, otra chica se monta en ti y corona el mástil doliente que sobresale en mitad de tu geografía, mientras otras manos exploran parcelas de placer nuevas. Hábiles buscadoras, todas las chicas hallan su tesoro. Tú también sientes el ímpetu de tomar de los racimos que te ofrecen los más selectos de sus jugos. Sin embargo, no te embriagas en ese banquete amoroso. Cuando acaba el recorrido, dejas posados tus ojos en la última muchacha que te mira con pena al salir a la luz cegadora de ese páramo ardiente.
Te parece imposible. Mientras has estado ausente, tus amigos han desarrollado un trabajo ingente: han confeccionado un inmenso globo con retales que también divisaste entre las cajas de libros. El resultado es tosco, si bien la aeronave flota en el aire gracias al fuego de la hoguera en la que se queman los libros. Ya quedan pocos que arrojar, pero consiguen que la cesta en la que va el vendedor se eleve lentamente y ascienda. Saluda alegre a los que se quedan en tierra. Tan contento está que es el último en percatarse del peligro. Un avión que despega impacta contra el globo. De inmediato arde el globo y se transforma en una gran nube negra, que flota sin moverse en el punto donde se originó. Su negrura resalta más cuando bajas la mirada y compruebas la aspereza del suelo de los rastrojos crujientes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

BOSTON 19,25

  La ciudad se agita como un animal a punto de morir. Por sus calles borbotean sus habitantes arropados con abrigos superpuestos para alivi...