Estábamos llegando al cruce de las Eras. Venía charlando con Galiana desde la plaza. Me acompañaba Pierpio, mi hijo veinteañero, que caminaba detrás y oía lo que hablábamos. La conversación era banal, la propia de dos personas que en su juventud fueron amigas, aunque nunca íntimas. Cuando estábamos a punto de despedirnos, noté que a Galiana le costaba soltar lo que tenía en mente. Después de vacilar unos instantes, me dijo:
-¿Por qué tú y yo no compartimos
ningún objeto cultural cuando éramos amigos?
Tardé unas
milésimas de segundo en comprender que se refería a libros,
revistas, tebeos, cintas de música… Antes de responder, también
me planteé a dónde quería ir a parar con esa pregunta. Habíamos
formado parte de la misma pandilla, pero nunca hubo demasiada
confianza entre nosotros. Es más, no me caía simpática y tampoco
creo que yo le interesara lo más mínimo. Por eso me dejó
estupefacto, aunque procuré reaccionar con naturalidad. Galiana me
observaba mientras cavilaba.
-Lo podemos hablar con más
tranquilidad la próxima vez que nos veamos —le respondí
agradeciendo que llegáramos al punto donde nos separábamos.
Respiré
aliviado y caminé junto a mi hijo hasta casa. Olvidé por completo
el asunto. Creía que las posibilidades de que ambos coincidiéramos
durante ese verano eran pocas, ya que no iba a permanecer mucho
tiempo en el pueblo y, por tanto, no abordaríamos esa cuestión. Sin
embargo, ese asunto continuó espoleando mi conciencia. No tanto la
pregunta en sí como el hecho de que fuera Galiana quien me la
planteara.
La relación con los amigos de juventud se había ido
apagando con el paso del tiempo y las distintas circunstancias
personales. Tan solo nos encontrábamos en el pueblo en contadas
ocasiones. Nos saludábamos y la charla que manteníamos tenía poca
trascendencia. Sabíamos que nuestra vida actual no se asemejaba en
nada a la amistad que habíamos compartido durante la juventud. Tal
vez coincidiera con Galiana más a menudo que con otros amigos, pero
la conversación no duraba nada más que unos minutos y abordábamos
temas recurrentes.
Me costó recordar. Galiana y Sabina eran las
dos chicas del pueblo con las que mantuve más contacto. De las dos,
a mí me gustaba la segunda. Galiana no me atraía nada. Además, su
carácter áspero no me inspiraba confianza a la hora de tratar con
ella, pero las dos eran amigas inseparables. Si quería encandilar a
Sabina tenía que lidiar con la compañía de la otra. Esto, al
final, no supuso un obstáculo insalvable, ya que otro amigo se
interesó por Galiana y me permitió abordar a Sabina sin tantas
cortapisas. Esa fue la primera conclusión a la que llegué al
repasar mis recuerdos. No obstante, sabía que había algo más.
Aunque me costó admitirlo, comprendí que Galiana se había
interesado por mí mientras yo buscaba la forma de aproximarme
íntimamente a Sabina. Me costó reconocerlo en su momento, al igual
que ahora, porque mi ceguera por la otra me impedía ser consciente
de lo que sucedía a mi alrededor. Pero una vez convencido de que era
posible, poco a poco fui recuperando vivencias pasadas.
Aunque los
jóvenes nos reuníamos en la plaza o en alguna solanera, aún tibia
durante las noches de verano, la mayor parte del tiempo lo pasábamos
hablando los tres. Es posible que no deseara reconocer que de las dos
chicas la que más se interesaba por mí era Galiana. Dio alguna
muestra, pero no las quise tener en cuenta. Fingí no enterarme para no ofenderla y, sobre todo, para poder continuar mi acercamiento
a Sabina. Era consciente de que si quería intentar algo con ella
debía tratar con ambas, pues estaba convencido de que si Galiana
descubría mi inclinación por Sabina, me podía despedir de la
compañía de las dos. Andaba con pies de plomo para no desairarla.
Mientras escribo estas líneas recuerdo la inquietud y los
malabarismos que debía ejecutar noche tras noche para poder
permanecer junto a Sabina, mientras soportaba la presencia de
Galiana. Antes de hablar, meditaba si lo que iba a decir podía herir
o soliviantar a Galiana, al tiempo que cuidaba cada matiz para
agradar a Sabina.
Soporté dos veranos su presencia. Cada vez me
resultaba más desagradable. Cuando veía la oportunidad de hablar
con Sabina, mi alma se regocijaba, pero, al comprobar a su lado a
Galiana, se esfumaba toda mi alegría. Llegó un momento en el que
sospeché que si mi relación con Sabina no avanzaba era porque la
misma Galiana hablaba mal de mí a su amiga. No había manera de que
Sabina y yo nos quedáramos solos. Al poco tiempo, ella no tardaba en
irrumpir en nuestra intimidad con el mayor descaro. Me acostumbré a
soportarla, como si fuera la penitencia que debía pagar por
disfrutar del encanto de Sabina. En ocasiones, cuando me iba a
acostar, antes de dormir, todo aquello me ponía de muy mal humor y
me impedía conciliar el sueño. Repasaba cómo había ido la noche y
llegaba a la conclusión de que había hablado más tiempo con
Galiana que con Sabina, y de que con la primera había bailado tres
piezas agarradas y con la segunda solo dos.
Al final, después de
mucha paciencia, conseguí salir durante un tiempo con Sabina, con la
que sí compartí libros, revistas y cintas de música. Nuestra
relación fue muy breve. Nunca me atreví a culpar de la ruptura a
Galiana. Dejé de hablar con ambas.
Espero no encontrarme con
Galiana durante los días que permanezca en el pueblo. En todo caso,
si la casualidad nos vuelve a juntar, no se me ocurrirá entrar en
conversación con ella para responderle por qué nunca intercambiamos
libros, revistas ni cintas de música.
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