30/07/26

Ni libros ni revistas ni cintas de música

Estábamos llegando al cruce de las Eras. Venía charlando con Galiana desde la plaza. Me acompañaba Pierpio, mi hijo veinteañero, que caminaba detrás y oía lo que hablábamos. La conversación era banal, la propia de dos personas que en su juventud fueron amigas, aunque nunca íntimas. Cuando estábamos a punto de despedirnos, noté que a Galiana le costaba soltar lo que tenía en mente. Después de vacilar unos instantes, me dijo:

-¿Por qué tú y yo no compartimos ningún objeto cultural cuando éramos amigos?
Tardé unas milésimas de segundo en comprender que se refería a libros, revistas, tebeos, cintas de música… Antes de responder, también me planteé a dónde quería ir a parar con esa pregunta. Habíamos formado parte de la misma pandilla, pero nunca hubo demasiada confianza entre nosotros. Es más, no me caía simpática y tampoco creo que yo le interesara lo más mínimo. Por eso me dejó estupefacto, aunque procuré reaccionar con naturalidad. Galiana me observaba mientras cavilaba.
-Lo podemos hablar con más tranquilidad la próxima vez que nos veamos —le respondí agradeciendo que llegáramos al punto donde nos separábamos.
Respiré aliviado y caminé junto a mi hijo hasta casa. Olvidé por completo el asunto. Creía que las posibilidades de que ambos coincidiéramos durante ese verano eran pocas, ya que no iba a permanecer mucho tiempo en el pueblo y, por tanto, no abordaríamos esa cuestión. Sin embargo, ese asunto continuó espoleando mi conciencia. No tanto la pregunta en sí como el hecho de que fuera Galiana quien me la planteara.
La relación con los amigos de juventud se había ido apagando con el paso del tiempo y las distintas circunstancias personales. Tan solo nos encontrábamos en el pueblo en contadas ocasiones. Nos saludábamos y la charla que manteníamos tenía poca trascendencia. Sabíamos que nuestra vida actual no se asemejaba en nada a la amistad que habíamos compartido durante la juventud. Tal vez coincidiera con Galiana más a menudo que con otros amigos, pero la conversación no duraba nada más que unos minutos y abordábamos temas recurrentes.
Me costó recordar. Galiana y Sabina eran las dos chicas del pueblo con las que mantuve más contacto. De las dos, a mí me gustaba la segunda. Galiana no me atraía nada. Además, su carácter áspero no me inspiraba confianza a la hora de tratar con ella, pero las dos eran amigas inseparables. Si quería encandilar a Sabina tenía que lidiar con la compañía de la otra. Esto, al final, no supuso un obstáculo insalvable, ya que otro amigo se interesó por Galiana y me permitió abordar a Sabina sin tantas cortapisas. Esa fue la primera conclusión a la que llegué al repasar mis recuerdos. No obstante, sabía que había algo más. Aunque me costó admitirlo, comprendí que Galiana se había interesado por mí mientras yo buscaba la forma de aproximarme íntimamente a Sabina. Me costó reconocerlo en su momento, al igual que ahora, porque mi ceguera por la otra me impedía ser consciente de lo que sucedía a mi alrededor. Pero una vez convencido de que era posible, poco a poco fui recuperando vivencias pasadas.
Aunque los jóvenes nos reuníamos en la plaza o en alguna solanera, aún tibia durante las noches de verano, la mayor parte del tiempo lo pasábamos hablando los tres. Es posible que no deseara reconocer que de las dos chicas la que más se interesaba por mí era Galiana. Dio alguna muestra, pero no las quise tener en cuenta. Fingí no enterarme para no ofenderla y, sobre todo, para poder continuar mi acercamiento a Sabina. Era consciente de que si quería intentar algo con ella debía tratar con ambas, pues estaba convencido de que si Galiana descubría mi inclinación por Sabina, me podía despedir de la compañía de las dos. Andaba con pies de plomo para no desairarla. Mientras escribo estas líneas recuerdo la inquietud y los malabarismos que debía ejecutar noche tras noche para poder permanecer junto a Sabina, mientras soportaba la presencia de Galiana. Antes de hablar, meditaba si lo que iba a decir podía herir o soliviantar a Galiana, al tiempo que cuidaba cada matiz para agradar a Sabina.
Soporté dos veranos su presencia. Cada vez me resultaba más desagradable. Cuando veía la oportunidad de hablar con Sabina, mi alma se regocijaba, pero, al comprobar a su lado a Galiana, se esfumaba toda mi alegría. Llegó un momento en el que sospeché que si mi relación con Sabina no avanzaba era porque la misma Galiana hablaba mal de mí a su amiga. No había manera de que Sabina y yo nos quedáramos solos. Al poco tiempo, ella no tardaba en irrumpir en nuestra intimidad con el mayor descaro. Me acostumbré a soportarla, como si fuera la penitencia que debía pagar por disfrutar del encanto de Sabina. En ocasiones, cuando me iba a acostar, antes de dormir, todo aquello me ponía de muy mal humor y me impedía conciliar el sueño. Repasaba cómo había ido la noche y llegaba a la conclusión de que había hablado más tiempo con Galiana que con Sabina, y de que con la primera había bailado tres piezas agarradas y con la segunda solo dos.
Al final, después de mucha paciencia, conseguí salir durante un tiempo con Sabina, con la que sí compartí libros, revistas y cintas de música. Nuestra relación fue muy breve. Nunca me atreví a culpar de la ruptura a Galiana. Dejé de hablar con ambas.
Espero no encontrarme con Galiana durante los días que permanezca en el pueblo. En todo caso, si la casualidad nos vuelve a juntar, no se me ocurrirá entrar en conversación con ella para responderle por qué nunca intercambiamos libros, revistas ni cintas de música.

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