La
residencia es un compendio de dependencias provenientes de todos los
colegios en los que he estado. Me levanto por la noche y me dirijo a
los servicios a lo largo de un pasillo levemente iluminado. Los baños
son amplios. Hay unos pocos internos que también se han levantado,
pese a ser las dos de la mañana. Miro los habitáculos: en la
mayoría faltan las tazas, y en los que quedan, estas están sucias o
atascadas. Me desespero porque no hallo ninguno decente donde pueda
estar a gusto. Salgo sin haber hecho mis necesidades. En el pasillo
me encuentro con un fraile con el hábito desceñido, con el cíngulo
flojo, y sin calzar. Me pregunta por la salida del colegio para
comprar tabaco. Me sorprende que me pregunte eso a esas horas, cuando
es improbable encontrar un bar abierto. Le respondo que son muchos
los vericuetos hasta la puerta y que quizá no halle la salida, ni
tampoco a nadie que pueda orientarlo. Desilusionado, se da la vuelta
y regresa a la estancia de donde ha venido, situada al final del
corredor. Desde donde estoy descubro que se trata de un dormitorio
común iluminado que me resulta desconocido. Movido por la
curiosidad, camino hasta allí detrás del religioso que acaba de
hablarme. Hay otros monjes en los jergones, pero sentados, hablando
entre ellos. Es una estancia de planta cuadrada, con una altura
propia de un torreón. Puede que haya unas quince personas. También
se interesan por la salida. Aunque es complicado encontrarla, intento
esta vez ofrecerle algunas indicaciones. Mientras hablo, observo esa
comunidad de curas ortodoxos. Todos son barbudos, con caras y cabezas
redondeadas. Sus ojos saltones son propios de bebedores empedernidos.
En sus cuerpos rechonchos sobresalen unas barrigas oblongas. Sus
sotanas están sucias, como si hubieran llegado allí después de
recorrer caminos polvorientos. Se han acostado sin asearse. Están
sudorosos y fatigados hasta el punto de que el cansancio no les
permite conciliar el sueño. Sus equipajes se reparten en desorden al
lado de las literas, esparcidos por el suelo.
Me pregunto qué
pintan en el colegio, pero no me atrevo a planteárselo directamente
a ellos. Supongo que son una delegación que llega para participar en
un congreso del colegio del que no he oído hablar. Tengo la
sensación de que pasarán el resto de la noche con la luz encendida
y sin acostarse, como si esperasen el amanecer, tal vez para
reemprender su camino.
Ya no pinto nada allí, pues se han
convencido de que no les puedo ayudar. No obstante, no me voy. Doy
vueltas sobre mí mismo, ensimismado, observando las paredes blancas
y las escasas ventanas de esa torre cuadrada, y las caras barbudas y
los ojos saltones de ese grupo de monjes de los que oigo retazos de
conversación en un idioma que no identifico, aunque puede tratarse
de ruso o ucranio. En esos momentos, pienso en mi habitación y en
que debería regresar y meterme en la cama para conciliar el sueño y
sentirme reconfortado mañana. Sin embargo, soy incapaz de iniciar la
marcha. Nadie me retiene, pero me asalta la duda de si, al salir de
este habitáculo, sabré encontrar la ruta hasta mi cuarto. En esta
incertidumbre permanezco quieto, girando lentamente, fijándome en la
blancura algo amarillenta del encalado de los muros y en la oscura
techumbre de madera, desde donde las palomas, con su leve zureo, y
una lechuza, con su ululato, observan imperturbables a la comunidad
de frailes descompuestos. Intento descifrar esas miradas lejanas y
enigmáticas de las aves, como si ellas fueran la clave que me
permitiera comprender qué hace este grupo de mugrientos cofrades en
el mismo edificio de mi residencia; es más, me pregunto si ellas
pueden explicarme la incapacidad que siento de salir de ese torreón
níveo. Sin embargo, no vislumbro con nitidez el hilo comunicativo.
Tal vez no me miren ni estén pendientes de quienes nos hallamos
allí, sino que estén meditando, extasiadas en la luminiscencia que
se desprende de los paramentos. Así estoy yo, cada vez más perdido
en la blancura, sin hallar manchas que rompan la uniformidad del
color. En esa contemplación obsesiva, me olvido de que tengo un
aposento para mí solo y no me inquieta la cuestión de por qué no
salgo de esa prisión sin puertas. Intento rebelarme contra la
pasividad, porque no puedo afirmar que allí sea feliz, ni siquiera
levemente. Pero no hallo ninguna razón que me proporcione fuerzas
que me impulsen a huir. Lo único de lo que soy capaz es de mirar la
hilera de camas por si hay alguna libre para tenderme y seguir
esperando no sé qué.
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