24/06/26

Erasmus, por decir algo

 



La residencia es un compendio de dependencias provenientes de todos los colegios en los que he estado. Me levanto por la noche y me dirijo a los servicios a lo largo de un pasillo levemente iluminado. Los baños son amplios. Hay unos pocos internos que también se han levantado, pese a ser las dos de la mañana. Miro los habitáculos: en la mayoría faltan las tazas, y en los que quedan, estas están sucias o atascadas. Me desespero porque no hallo ninguno decente donde pueda estar a gusto. Salgo sin haber hecho mis necesidades. En el pasillo me encuentro con un fraile con el hábito desceñido, con el cíngulo flojo, y sin calzar. Me pregunta por la salida del colegio para comprar tabaco. Me sorprende que me pregunte eso a esas horas, cuando es improbable encontrar un bar abierto. Le respondo que son muchos los vericuetos hasta la puerta y que quizá no halle la salida, ni tampoco a nadie que pueda orientarlo. Desilusionado, se da la vuelta y regresa a la estancia de donde ha venido, situada al final del corredor. Desde donde estoy descubro que se trata de un dormitorio común iluminado que me resulta desconocido. Movido por la curiosidad, camino hasta allí detrás del religioso que acaba de hablarme. Hay otros monjes en los jergones, pero sentados, hablando entre ellos. Es una estancia de planta cuadrada, con una altura propia de un torreón. Puede que haya unas quince personas. También se interesan por la salida. Aunque es complicado encontrarla, intento esta vez ofrecerle algunas indicaciones. Mientras hablo, observo esa comunidad de curas ortodoxos. Todos son barbudos, con caras y cabezas redondeadas. Sus ojos saltones son propios de bebedores empedernidos. En sus cuerpos rechonchos sobresalen unas barrigas oblongas. Sus sotanas están sucias, como si hubieran llegado allí después de recorrer caminos polvorientos. Se han acostado sin asearse. Están sudorosos y fatigados hasta el punto de que el cansancio no les permite conciliar el sueño. Sus equipajes se reparten en desorden al lado de las literas, esparcidos por el suelo.
Me pregunto qué pintan en el colegio, pero no me atrevo a planteárselo directamente a ellos. Supongo que son una delegación que llega para participar en un congreso del colegio del que no he oído hablar. Tengo la sensación de que pasarán el resto de la noche con la luz encendida y sin acostarse, como si esperasen el amanecer, tal vez para reemprender su camino.
Ya no pinto nada allí, pues se han convencido de que no les puedo ayudar. No obstante, no me voy. Doy vueltas sobre mí mismo, ensimismado, observando las paredes blancas y las escasas ventanas de esa torre cuadrada, y las caras barbudas y los ojos saltones de ese grupo de monjes de los que oigo retazos de conversación en un idioma que no identifico, aunque puede tratarse de ruso o ucranio. En esos momentos, pienso en mi habitación y en que debería regresar y meterme en la cama para conciliar el sueño y sentirme reconfortado mañana. Sin embargo, soy incapaz de iniciar la marcha. Nadie me retiene, pero me asalta la duda de si, al salir de este habitáculo, sabré encontrar la ruta hasta mi cuarto. En esta incertidumbre permanezco quieto, girando lentamente, fijándome en la blancura algo amarillenta del encalado de los muros y en la oscura techumbre de madera, desde donde las palomas, con su leve zureo, y una lechuza, con su ululato, observan imperturbables a la comunidad de frailes descompuestos. Intento descifrar esas miradas lejanas y enigmáticas de las aves, como si ellas fueran la clave que me permitiera comprender qué hace este grupo de mugrientos cofrades en el mismo edificio de mi residencia; es más, me pregunto si ellas pueden explicarme la incapacidad que siento de salir de ese torreón níveo. Sin embargo, no vislumbro con nitidez el hilo comunicativo. Tal vez no me miren ni estén pendientes de quienes nos hallamos allí, sino que estén meditando, extasiadas en la luminiscencia que se desprende de los paramentos. Así estoy yo, cada vez más perdido en la blancura, sin hallar manchas que rompan la uniformidad del color. En esa contemplación obsesiva, me olvido de que tengo un aposento para mí solo y no me inquieta la cuestión de por qué no salgo de esa prisión sin puertas. Intento rebelarme contra la pasividad, porque no puedo afirmar que allí sea feliz, ni siquiera levemente. Pero no hallo ninguna razón que me proporcione fuerzas que me impulsen a huir. Lo único de lo que soy capaz es de mirar la hilera de camas por si hay alguna libre para tenderme y seguir esperando no sé qué.


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