13/10/26

La asamblea

 

Te has sentado en el fondo del salón. Has sido de los últimos en sumarte a la reunión y has recorrido ese inmenso espacio, estrecho pero muy alargado, que alberga la asamblea multitudinaria que se celebra para reivindicar vuestros derechos. Los asistentes han ocupado todos los asientos de manera ordenada, como si asistieran a una ceremonia religiosa; nadie permanece de pie en los pasillos que hay a ambos lados. Al llegar a los últimos bancos creíste que tendrías dificultades para seguir los discursos, pero te equivocaste, como compruebas cuando comienzan. Los oradores son numerosos; están en un estrado no muy alto. Te sorprende que no guarden la compostura que mantiene el público: levantados, departen en corrillos. No los oyes, pero, por sus ademanes, estás seguro de que discuten. Cuando comienza el acto, estos dirigentes intervienen desordenadamente, se quitan la palabra y arengan al público. Parece que riñen y no se ponen de acuerdo entre ellos, pero consiguen exaltar el ánimo de la concurrencia. Pese al acaloramiento, permanecéis disciplinadamente sentados; sin embargo, el enardecimiento bulle en vuestro interior. Miras a tus compañeros de asiento; ellos también se fijan en ti. Su semblante es tranquilo, aunque sus pupilas están dilatadas.

La luz exterior inunda por completo el espacio y os molesta. Tal vez, por esta incomodidad, estalla el arrebato. Unos cuantos salís del salón, mientras la asamblea continúa. Sois un piquete bastante numeroso. La tranquilidad de momentos antes se ha transformado en una rabia incontenible y os movéis como una jauría de canes rabiosos en busca de la delegada. De forma subrepticia, los líderes os han asegurado que se halla visitando la feria que se celebra en el parque de exposiciones. A esas horas, a punto de comer, el sol tortura esa explanada de asfalto. Como manada enajenada, entráis en los pabellones. No tardáis en dar con la comitiva que acompaña a la delegada: asesores, directivos, empresarios y guardaespaldas con gafas de sol, que escrutan el rostro del numeroso público merodeando entre los estands. Esos desconocidos depredadores y tú os observáis un instante antes de atacar. Con la mirada confirmáis que estáis dispuestos a ir hacia la víctima. Es tal la avalancha y la sorpresa que vuestra estampida causa en el círculo de seguridad de la delegada que, en un primer momento, se paraliza y, después, es incapaz de reaccionar para proteger a la mujer. La delegada, sin perder la entereza, se camufla, aparentando ser una más de las mujeres que curiosean entre los expositores, pero no os dejáis engañar: la habéis identificado y os abalanzáis sobre ella. Al verse descubierta, la mujer parece encogerse bajo las miradas de odio que la cercan. Se siente aturdida, como si estuviera a punto de enfrentarse a un tribunal anárquico que le reprochará su intransigencia ante vuestras justas reclamaciones de hombres simples, pero dispuestos a defender vuestros derechos con las únicas armas que podéis usar contra ella: el acoso verbal, si no la violencia. Eres consciente de su situación emocional. Sabes que está a punto de ser linchada. Tú mismo estás dispuesto a ser el primero en levantar el brazo para agredirla. Sin embargo, en el último instante, te apenas por esa mujer. No te parece de justicia el acto violento que está a punto de sufrir y, sin pensarlo, te acercas el primero y la proteges de tus propios compañeros de reivindicación. No piensas en lo que estás haciendo ni en las consecuencias que este acto te puede acarrear. Solo te preocupas por la delegada y por ti. Ambos corréis la misma suerte. En apuros, con habilidad, lográis evadiros. Tu corpachón oculta la diminuta figura de la mujer. Retrocedéis, camuflados en la masa, hasta que conseguís salir del hangar. El sol vuelve a cegaros en un primer momento, pero estimas que esa luminosidad puede ser una aliada en la huida. Has conseguido despistar a tus camaradas. En cambio, los guardaespaldas os tienen controlados: os siguen a distancia, como si consideraran preferible que su protegida continuara contigo. Tu objetivo es sacarla del recinto ferial hasta la enorme rotonda del exterior, donde el peligro será menor.

—Vete por el margen izquierdo —le ordenas con autoridad cuando encaráis la gran avenida de la salida.

Incluso en esos momentos, la escolta os deja hacer.

Sigues pendiente de evitar el peligro que corréis. En la explanada, estás seguro de que esa mujer podría ser identificada, sobre todo cuando recorráis el alargado pabellón donde la asamblea continúa. Eres consciente de que, desde el interior, a través de las enormes cristaleras, alguien puede identificar a la delegada. Tú te interpones, caminando paralelo a ella, cada uno por una orilla distinta de la gran avenida, para que tu cuerpo tape la figura diluida de la mujer que sigue confiando en ti.

La detienes con un gesto enérgico y autoritario cuando intenta acercarse a ti.

—Continúa caminando recto hacia la salida, sin titubear —le ordenas, transmitiéndole confianza.

Sobrepasado el enorme pabellón de la asamblea, divisas las tres puertas abiertas que dan al exterior. No te atreves a desviar la vista atrás para comprobar si hay peligro. Estás seguro de que los guardaespaldas siguen a distancia y que, ahora sí, intervendrían si se produjera alguna agresión. Estáis a un paso de lograr escapar. Podría ser una oportunidad para acabar tu misión y dejar que fueran sus hombres de confianza quienes se encargaran de protegerla, pero continúas hasta el final. Una vez traspasado el umbral de esas grandes puertas de metal, te detienes. Los guardianes se agrupan en torno a ella, al mismo tiempo que un coche oficial se aproxima a recogerla. En un instante, la mujer se recompone: vuelve a ser la delegada con toda su autoridad. Transforma su semblante timorato en el rostro autoritario del poderoso. En esa metamorfosis, esperas una mirada de agradecimiento, pero no la encuentras. Los titanes trajeados que la rodean te escrutan desafiantes.

Te das la vuelta y regresas al interior por el mismo borde de la calzada. Ahora el sol te da de espaldas. Bajas la mirada hacia el asfalto caliente, lleno de pequeños residuos que todos vamos dejando sin ser conscientes de ello. Tu mente quiere recuperar su capacidad analítica, pero te impones distraerte con detalles insignificantes. Al llegar al salón alargado, compruebas que la asamblea no ha acabado. No te interesa averiguar lo que sucede dentro. Cuando llegas a la puerta, antes de reincorporarte a esa reunión, entras en los lavabos. En el espejo se refleja tu cara contrariada. No eres capaz de adivinar lo que te pasa. Solo bebes largos tragos de agua del grifo, mientras el chorro fluye salpicando tus pantalones.



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