Investigué a otro estudiante de Magisterio, un tal Tomás, un chico que residía en la misma ciudad. La razón de seleccionarlo fue quizá la más infundada. Daba la sensación de ser un muchacho modoso y bien hablado, aunque a veces se le entendía mal lo que decía, pues el sonido de su voz procedía de una cavidad profunda que, cuando llegaba a la luz, se diluía como si ya hubiera consumido toda su potencia antes de salir de la boca. Por otra parte, siempre las primeras palabras aparecían titubeantes, imprimiendo en los interlocutores la incertidumbre de si se volvería a repetir el atoramiento. Miraba al que le escuchaba reclamando un auxilio tácito para que ayudara a desenredar el atasco de vocablos que no hallaban la forma de desasirse unos de otros y de seguir la vereda bucal para fluir en solitario hasta hacerse comprensibles. Por lo demás, era un Casanova por su elegancia, pulcritud y hechuras corporales. Sin ser muy alto, un cuerpo proporcionado, un rostro perfecto y un pelo negro con tupé, le hacían muy atractivo. No obstante, a pesar de las gracias que había recibido, un defecto afeaba su personalidad, pues, no sé si con justicia o por mala suerte, lo pillaron con algo que no era suyo. En cualquier caso, bien porque la acusación no fuera del todo cierta, o porque el afectado consideraba que no era merecedor de una mala fama perenne por un desliz ocasional, se desenvolvía como si no llevara esa mancha sobre su frente. Sus más allegados, en cualquier caso, lo habían perdonado. La nota más llamativa de él y de su círculo de amistades era ser muy regionalistas y folklóricos. Se sentían castellanos por los cuatro costados y la jota castellana era su himno de guerra. No entendí bien este entusiasmo pues no comprendía cómo estos motivos podían enfebrecer el ánimo y servir como fortín identitario que defender contra personas de otras regiones. Uno del grupo tocaba la dulzaina y otro lo acompañaba con un tambor y los demás cantaban o bailaban.
Tuve ocasión de conocerlos en un ambiente único, en el Día de Castilla o la Fiesta de los Comuneros, que se celebra el 23 de abril. No sé con exactitud si se trataba de la primera edición o de la segunda. El componente político infundido por los partidos de izquierda a esta efeméride proporcionaba a estos grupos la oportunidad de tomar como bandera una causa que se apartaba de las reivindicaciones sociales para centrarse en la propia esencia de las personas, sobre todo teniendo en consideración que los partidos conservadores por entonces renegaban de lo que no fuera el estado central.
Mi presencia en el festejo fue producto del azar. Merodeaba cerca de la comisaría y de la Escuela Normal, cuando descubrí en la plaza de Santa Ana a Tomás y su grupo de amigos. Me percaté de que llevaban los instrumentos (la dulzaina en su estuche; el tambor, colgado del cuello, como si se tratara de un gran medallón) y que subían a uno de los autobuses que se encontraban aparcados enfrente del edificio de Sindicatos. Me quedé perplejo y sin saber qué hacer. Esa vez me había desplazado en coche y lo tenía aparcado en la misma plazuela. Me subí a él y desde allí no perdí ojo de lo que sucedía. No tardaron en llenarse de viajeros los vehículos y de arrancar a un destino incierto. Por un momento dudé si seguirlos u olvidarlos. Lo primero que se me ocurrió es que acudirían a un festival de música y consideré que tal vez pudiera atisbar algún comportamiento u oír algo relevante para el caso que llevábamos entre manos. Sin dar cuenta a nadie de mi propósito, me puse en marcha y seguí a los dos autobuses. Salieron por la parte alta de la ciudad. Dejamos el cementerio y tomaron la carretera a Valladolid. Comprobé que el tráfico era bastante denso en la dirección que seguíamos. El día estaba plomizo y presagiaba lluvia. Antes de salir de la provincia y de adentrarnos por la Nacional VI, una espesa y húmeda niebla envolvió a los coches que circulaban. Procuré mantener la distancia con la intención de no perder de vista a los autobuses, aunque a esas alturas del trayecto me había convencido de que la mayor parte de los que nos encontrábamos en la carretera nos dirigíamos a un mismo destino, desconocido para mí. En la autovía los coches adelantaban a la flota de camiones y autobuses. Yo adapté la velocidad para continuar la vigilancia. Pasamos Medina del Campo. Hacía casi una hora que habíamos emprendido la marcha y seguíamos sin parar. No contaba con un viaje tan largo ni tan tenebroso. La niebla me desorientaba y me hacía sentir desubicado, pues a mi alrededor solo divisaba fugazmente las luces de los que se aproximaban por detrás y luego con prudencia me adelantaban. No quería poner ni la radio para ir concentrado en la conducción. A los veinte minutos dejamos a la izquierda el pueblo de Tordesillas y, cuando menos me lo esperaba, distinguí la intermitencia derecha del autobús, que aminoró la velocidad y abandonó la autopista girando para continuar por una carretera local. Mi asombro aumentaba sin cesar. La niebla engullía cualquier atisbo luminoso. A los lados divisaba lo que parecían parcelas sembradas de cereal. Avanzábamos muy despacio. Formábamos una abigarrada caravana de automóviles repletos de viajeros, menos en el mío, en el que en solitario sentía la humedad acuosa de la tierra próxima. Al llegar a un punto, nos desviaron a un camino con charcos hasta desembocar en una gran explanada donde los conductores aparcaron. Seguí a los autobuses para detenerme lo más cerca posible de ellos. Los viajeros se apearon y, en grupos, cargando con botas de vino o garrafas enteras, se dirigieron a un pequeño pueblo. Pronto el desfile de personas se convirtió en una gran muchedumbre. En unas eras se había formado una multitudinaria acampada. El barro llenaba los pasillos entre las tiendas de campaña. Algunas, con las telas de las puertas apoyadas en las paredes, dejaban ver a los ocupantes rodeados de bebida y con cara de haber pasado la noche en vela y de jarana. Pronto perdí de vista a los estudiantes de Magisterio y me sentí extraviado en una multitud en la que era un extraño. Un temor incomprensible se apoderó de mí. Notaba que los demás me miraban como un ser que desentonaba en el ambiente festivalero o como si me moviera buscando a un hipotético grupo de amigos a los que no encontraba.
La villa era pequeña. Las casas de las afueras eran de una sola planta. Extensos tapiales bordeaban la calle por la que se desenvolvía la muchedumbre en todas las direcciones con una dinámica perturbadora, ya que ninguno parecía alcanzar una meta definida. Apoyados en los vanos de las puertas carreteras, en los poyos y en las aceras, se encontraban algunos peregrinos a punto de perder la conciencia de la borrachera que llevaban. Los que estaban solos acababan tumbados en el mojado pavimento; los emparejados, se agarraban pasando un brazo por el hombro del compañero, formando una frágil postura que les permitía descansar por unos momentos. ¿Dónde me he metido?, me preguntaba una y otra vez. Mi temor al absurdo de la situación se producía no por ser testigo de un espectáculo esperpéntico, sino también por albergar la sospecha de que no volvería a ver a mis estudiantes. Por otra parte, era tal la ingente cantidad de personas concentradas en ese lugar, que calculé que sería complicado abandonarlo hasta que alguien fuera capaz de organizar el retorno con unos criterios imposibles de adivinar a esas horas de la mañana.
Me dejé arrastrar por la muchedumbre sin saber a dónde me llevaría. La visión de la iglesia me reconfortó por un momento, pues en mí se estaba originando la sensación de que me hallaba en un gran campo de batalla, rodeado, sin saber muy bien si por aliados o por furibundos enemigos. Recorriendo el perímetro del recinto eclesiástico, vi tenderetes que emitían música. Lo que sonaba era una amalgama de canciones diversas: unas populares, que también me proporcionaron cierta tranquilidad, y otras más turbadoras, pues predominaban las guitarras eléctricas y las voces de cantantes endemoniados. Sin pretenderlo, la fuerza incontrolable de los cuerpos que me rodeaban me llevó hasta el borde de algunas mesas atendidas por jóvenes barbudos y chicas con trenzas y una cinta pegada a la frente y ataviadas con amplios vestidos. Lo que ofrecían a los concurrentes eran libros, revistas, casetes, insignias, pegatinas o simplemente panfletos en los que difundían el ideario de partidos contestatarios… Me percaté de que el tumulto originado en el lugar era de cariz político y entonces sí que me alarmé por el temor a los desórdenes de las masas y la posibilidad de intervención de los antidisturbios. Esperaba no verme implicado en ninguno de los fregados que con seguridad se producirían y entonces sí fui consciente de mi irresponsabilidad y de haber procedido a tontas y locas. Esa misma fuerza ignota me continuó trasladando hasta llegar a lo que parecía la plaza del pueblo, pues un edificio de dos plantas que se extendía por uno de los lados presidía el recinto y en su corrida balconada ondeaban una serie de banderas. Sin embargo, lo emblemático del sitio era el monolito colocado en el centro. Un monumento pétreo en el que no se veía tallado escudo o figura o leyenda que explicara su razón de ser. El único detalle que resaltaba el significado del mismo eran las ofrendas florales depositadas a sus pies. No me dio tiempo a investigar en ese momento la razón de su existencia, porque la misma energía exterior procedente de la masa humana me impulsaba a seguir avanzando hasta bordear la plaza cuadrangular y retroceder por el mismo lugar por el que accedí. Sin embargo, no tardé en enterarme de lo que sucedía a mi alrededor. Me encontraba en Villalar de los Comuneros, en la provincia de Valladolid, y se celebraba el día de la Comunidad de Castilla y León. La razón de la festividad en ese lugar era que allí, hacía muchos años, hubo una batalla en la que los comuneros fueron derrotados por las fuerzas imperiales. No me parecieron muy convincentes los motivos para tanta algarabía, pero tampoco era una cuestión que me importara demasiado.
Perdido entre la masa de asistentes, me sentía un ser desvalido y anticipé unas horas horribles. Sin embargo, esa impresión inicial no sería cierta. Me apoyé en un muro de lo que parecía un corral para salir de la corriente humana que me movía como un frágil palo en un río. Alguien se detuvo a mi lado.
—Toma compañero, échate un trago. ¡Ya verás que bueno te sabe! —Me invitó un mozo ya pasada la mayoría de los años de juventud.
—Gracias —contesté y bebí, aunque no me apetecía—. Está muy bueno.
—¿De dónde eres?
Le iba a responder que de Madrid, pero me percaté de que entonces no tendría razón de ser mi presencia en el evento.
—De Ávila. ¿Y tú?
—De Valladolid, de un pueblo llamado Curiel de los Ajos, cerca de Peñafiel.
Nos pusimos a hablar. Me dijo que era agricultor. Sembraba un poco de todo, incluidas unas parcelas de viñedo.
Al interesarse por mi actividad, me vi en un aprieto. Uno de los aspectos de mi profesión que me desagrada es que no puedo mencionar con sinceridad que soy policía. Me cuesta mucho mentir.
—Camarero —le terminé por decir.
Se le notaba que era una persona con ganas de conocer gente. Aunque yo no me mostraba muy comunicativo, me animó a acompañarlo en busca de sus amigos, ya que yo le dije que había perdido el contacto con los míos.
Tardamos en encontrarlos, pero, al final, los divisamos. Se hallaban en una tienda de campaña y, sentados, se disponían a comer. Me presentó, y me invitaron a compartir con ellos el chorizo y el queso de oveja que estaban partiendo. Pronto fui entablando comunicación con unos y otros y, a medida que bebía, casi sin ser consciente de ello, me di cuenta de que el vino se me subía a la cabeza. Con mucho esfuerzo intenté controlar, pensando que tendría que conducir de vuelta a Ávila.
El ambiente se animó con la actuación de distintos grupos de música. La interacción entre los concurrentes aumentaba a medida que el alcohol iba haciendo efecto. A pesar del frío, de la humedad, del fango, el estrecho contacto humano y el entusiasmo vencían todas las inclemencias. Yo mismo, en esa vorágine de tragos, charlas, bailes, cantos… me lo estaba pasando bien y, cuando me quise percatar, al consultar la hora, comprobé cómo la tarde llegaba a su fin. Me propuse orientarme para buscar dónde había aparcado el coche. Fui consciente de mi ebriedad y de lo que me constaría vencer la modorra en esa tarde cada vez más fría. La niebla bajaba y pronto se arrastró por la llanura embarrada. Al atontamiento se sumó una vez más la desorientación. Cuando más perdido me encontraba, oí el sonido de una dulzaina familiar. No me equivoqué: eran los estudiantes de Magisterio. Me mezclé con ellos, no por afán de aprovechar en esos momentos lo que no había hecho en el resto del día, sino de seguirlos para dar con el paradero del coche. Tras ellos, alegres y ya con cara de fatiga, llegamos a los autocares y yo observé mi vehículo salpicado de barro en el capó y los cristales. Los autobuses arrancaron. Esperé un poco; ya no tenía sentido ir detrás y mi propósito era aguardar a que se despejara la zona y a que se me pasaran los efluvios del alcohol. Estando así, divisé a Tomás. No había reparado en él cuando siguió a los compañeros. Lo vi buscar el autobús hasta que un conductor le dijo que el suyo ya había partido. Por un momento, dudé si salir del vehículo y ofrecerme para que regresara conmigo. No me dio tiempo, porque se subió a otro autobús. En esos momentos, arranqué y los seguí. Antes de incorporarme a la autovía, en el atasco que se formó, contemplé cómo el chico descendía y echaba a correr para alcanzar el autocar perdido que lo conduciría otra vez a Ávila.
Me alegré de que al final lograra regresar sin incidentes.
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