Algunas de las experiencias vividas en Ávila se han quedado como recuerdos personales que no he osado contar a nadie, mucho menos a mis superiores, pues se hubieran reído. Ni me avergüenzo de ello ni creo que, con la poca motivación que tenía, mis alternativas para desarrollar la investigación fueran demasiadas. En esas circunstancias, sabiendo mi facilidad para apartarme de lo que debo hacer, sentí curiosidad por conocer con más profundidad a los dos hermanos. He de decir que nunca procedí movido ya por desentrañar los arcanos de los sucesos que habían ocurrido en la ciudad, motivo por el cual yo estaba allí, sino arrastrado por mi malsana curiosidad que se siente agitada por sucesos triviales y personas con un don singular o una aureola única que solo yo aprecio.
Cambié los planes previstos para esa tarde y me quedé a oír misa en la parroquia de La Sagrada Familia. Hice tiempo hasta que llegaron las ocho paseando por el barrio y por el inmenso y frondoso jardín de San Antonio. Unos minutos antes de la hora prevista para el comienzo de la misa, regresé al mismo lugar del que me había alejado. Al entrar me llamó la atención el gentío que acudía a la iglesia para ser un día laborable. Entré arrastrado por los feligreses. También estos me sorprendieron porque no eran mujeres y ancianos, sino que la concurrencia era representativa de todas las edades y sexos, menos niños. En especial me llamaron la atención los numerosos jóvenes, algunos de los cuales, acompañados de guitarras y bongos, se sentaron en los primeros bancos. Había una leve agitación en todos ellos, muestra tal vez del nerviosismo con el que esperaban a que comenzara la ceremonia. Antes de que don Daniel apareciera vestido para oficiar, el grupo de músicos interpretó una de esas dulces y eucarísticas canciones de iglesia. Todos nos pusimos de pie para recibir al sacerdote. Los cantores animaban con su letra a dejar las fatigas del día y a liberar a nuestra alma de las ataduras terrestres por las que nos afanamos para entregarnos en aquel acto con plenitud a Dios, del que recibiríamos colmados goces, adelanto de los que en el futuro disfrutaremos cuando nos unamos para siempre con Él.
Don Daniel, vestido con su alba, estola y casulla, no se parecía al que conocí con ropa de calle. Los movimientos ceremoniosos, sin ser los habituales de un cura normal, suavizaban el temperamento extraordinario que se podía apreciar con tan solo estar en presencia de él. De hecho, sentí cierta frustración hasta llegar el sermón, pues el desarrollo de la misa seguía las pautas ordinarias. Pronto me olvidé de él y mi atención se dirigió al espacio en el que me encontraba. Si no fuera por la composición escultórica de corte moderno de la Virgen, San José y el Niño, que presidían el frente del recinto, podría afirmar que me encontraba en un pabellón de usos múltiples. El presbiterio estaba rodeado por un zócalo de madera, que ocupaba algo más de un tercio de la altura de ese espacio en el que confluían todas las miradas de las personas. Los paramentos restantes eran de ladrillo de cara vista. Busqué el confesionario, pero o no lo tenía o no estaba visible. El resto de decoración tradicional de una iglesia había desaparecido, no siendo el ambón cubierto por un inmaculado lienzo blanco y el viacrucis, aunque en este último caso me hube de asegurar de que realmente se trataban de las catorce cruces del recorrido hacia el calvario, pues mi primera impresión fue que eran escuetos apliques de las luces laterales.
El culto continuaba y yo musitaba las letanías que los demás declamaban a voz en grito e imitaba sus posturas erguidas o sedentes según las partes del rito. De repente se hizo un silencio cuando de nuevo todos se sentaron. Mi atención se puso en alerta al comprobar que el sacerdote dejaba el ara sagrada y se dirigía hacia el atril donde con anterioridad dos voluntarios habían leído las lecturas correspondientes al día. No esperaba que en una misa ordinaria el oficiante echara sermón, pero me percaté de que así era. Don Daniel llevaba lo que parecía una cuartilla con el esquema de la disertación.
Me hubiera gustado que el discurso lo comenzara con su apostilla favorita: «Queridos desgraciados míos». Me llevé un chasco monumental, porque la fórmula fática empleada fue la tradicional, eso sí, acompañada de una amplia sonrisa que se extendió por cada uno de los rincones de la nave eclesial y por lo más recóndito de los corazones de todos sus seguidores. Escuché con suma atención el discurso muy bien dispuesto que había preparado. No recuerdo sus palabras literales, pero sí el tono melódico y cálido con el que se dirigía a sus feligreses, a los que no trataba como tales, sino igual que si fueran sus hermanos o amigos. Posaba su mirada en los ojos de cada una de las personas que lo escuchaban. Siempre mantenía contacto visual con los asistentes y sabía si lo comprendían o bien se evadían a otros mundos. La idea que transmitió era muy simple, pero con un mensaje directo que hacía referencia a las preocupaciones de la gente. Había una parte espiritual que atañía a la relación de cada uno con Dios por medio de la oración, y otra más bien con un carácter social (así lo entendí yo; no sé si al resto le llegaron las mismas ideas, aunque pienso que así fue, teniendo en cuenta que conocían la idiosincrasia del oficiante). Decía algo así como que Dios no escucha las plegarias que le dirigen aquellos en los que anida la iniquidad; tampoco, las de los orgullosos; ni las de los que no practican la caridad con su prójimo y, por supuesto, las de los que no escuchan la palabra de Dios manifestada en las sagradas escrituras. De nada servía rezar, ser cumplidor de rituales externos asociados a la práctica religiosa, si no se era bueno, humilde y se ayudaba a los semejantes. Dios hablaba muy claro. No valía engañarnos y buscar disculpas: todos sabíamos realmente lo que teníamos que hacer… «Dios siente predilección y atiende con sumo respeto las oraciones de los humildes, las de los rectos, las de los desamparados y afligidos y las de aquellos que se debaten en sus dudas existenciales».
Se retiró del atril para regresar al altar, dejándome con la boca abierta y sin saber qué pensar. Su sermón me había embrujado. ¡Qué manera de hablar! ¡Qué bien se le entendía! Ese atolondramiento beatífico creo que fue general. Durante varios minutos permanecí deleitándome con su recuerdo. Después de los efervescentes efluvios espirituales, tardé en concretar el tema de lo hablado (por eso, aun habiendo pasado tantos años, recuerdo con cierta claridad el asunto abordado) y distanciarme de sus palabras para comprobar su eficacia pragmática. El primer pero que encontré es que una vez más el sermón hacía referencias a cuestiones demasiado abstractas. Emociones, conceptos dogmáticos, creencias… que no se concretaban en hechos palpables que atestiguaran fehacientemente lo pensado, creído, soñado o rezado. Eran palabras, palabras de las que se lleva el viento y revolotean siempre de un lado para otro sin concretarse en hechos, actos, reivindicaciones, justicia…
Me quedé reflexionando sobre lo dicho por don Daniel mientras se vaciaban los bancos. Al salir, pude ver al cura departiendo con un grupo de jóvenes y despidiendo a los feligreses que pasaban a su lado.
—¡Hasta mañana, desgraciadas! ¡A estudiar! —despedía a dos chicas que se retiraban apresuradamente con el deber inexcusable de hincar los codos porque al día siguiente tenían un examen.
De nuevo me sorprendió la facilidad con la que cambiaba de registro. Me parecía mentira que ese ser campechano y socarrón acabara de pronunciar el sermón que tanto me había impactado.
Me alejé del extrarradio para regresar al hotel. Durante el trayecto, seguí dándo vueltas de manera caótica a las ideas vertidas por el cura y a su personalidad tan estrafalaria.
No había nadie en recepción, aunque, desde el comedor, Venancio, que estaba cenando, controlaba el escaso trasiego del vestíbulo. Al verme, se levantó dejando encima de la mesa la servilleta y me dio la llave.
—Te han venido a buscar.
—¿Quién? ¿Algún compañero? —Pensé que podía tratarse de Severino o de alguien de la comisaría.
—No, es fotógrafo del periódico. Ha dicho que volvería a pasar.
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