No sé cómo conseguí regresar a Ávila. La modorra había dejado paso al miedo a la oscuridad, la desorientación y el desconocimiento de la carretera por la que circulaba. Si el viaje de ida fue largo, el de regreso me resultó una eternidad. El temor a una colisión me impedía a aventurarme a adelantar al camión que circulaba delante de mí en la carretera local con destino a la capital abulense. Hasta que no llegué al extrarradio, no destensé la mayoría de los músculos.
Con el cuerpo aterido y engurruñado de la humedad impregnada en lo más profundo de mi alma, llegué al hotel Continental. Miré al recepcionista esperando que me tuviera que dar algún recado, sin embargo, a pesar de mi ausencia durante todo el día, nadie de la comisaría local me había echado de menos.
Se encontraba atendiendo en el mostrador el dueño del establecimiento. La mayoría de los turnos de noche eran de su incumbencia. Se llamaba Venancio. Desde el primer día en que lo conocí me hice a la idea de que era un hombre muy abierto, tanto para contar aspectos de su vida, como para interesarse por la de los demás. Siempre había una sonrisa en su cara ancha. Unas enormes gafas de concha hacían que sus ojos parecieran encontrarse detrás del cristal de una vitrina. A veces, si el vidrio estaba limpio, adivinaba la chispa burlona de su mirada, pero, si se hallaba como agua turbia, solo creía vislumbrar una melancolía profunda de la que nunca me dijo nada, pese a su locuacidad. Esas noches largas, en las que se hallaba solo en el mostrador del amplio vestíbulo, eran el momento de conocer las vicisitudes de los demás, al tiempo que rememoraba los años pasados de su vida. En el transcurso de esas horas, dependiendo del día de la semana, desfilaban por delante de recepción viajantes insomnes que buscaban su compañía para desahogarse de la dureza de su vida itinerante, del dolor de la separación de sus seres queridos, de las dificultades de la venta, de las tentaciones que debían vencer…; o parejas de amantes ocasionales que solicitaban una habitación por unas horas para culminar las ansias de su pasión amorosa, u hombres solitarios que a duras penas habían logrado reunir el dinero suficiente para dormir entre sábanas aunque solo fuera una noche… Observaba la azarosa vida de las personas desde su cubículo. No profundizaba en la descripción de los detalles debido a la discreción impuesta a la actividad que realizaba. Sin embargo, entre sus suspiros y frases entrecortadas, se podían entrever más verdaderas tragedias, miserias, sinvergonzonerías y trapisondas que las relatadas en algunas de las novelas que ocupaban los anaqueles del mueble estantería situado a sus espaldas.
Me dijo que pasara al comedor a cenar. Sin subir a la habitación, y entendiendo su invitación como una recomendación a que me diera prisa por ser ya tarde, me senté en una mesa. Otros dos huéspedes solitarios comían mientras veían la televisión situada en una balda colocada a una considerable altura, como si fuera el púlpito de una gran seo catedralicia.
Un camarero diligente, ataviado de pantalones negros con zapatos bien lustrados y una amplia chaqueta blanca, me sirvió un consomé de una sopera que llevaba apoyada en una bandeja. Después, sin haber terminado el plato de cuchara, me trajo otro con un lenguado acompañado por un pequeño montón de ensalada. En el centro de la mesa, desde el principio, había un frutero con una muestra de manzanas, peras y naranjas para que eligiera la pieza que quisiera de postre. El espacio desangelado, el sermón desvaído procedente de la televisión a medio volumen y la mirada perdida de los compañeros de mesa, obligaban a estar solo el tiempo justo para comer. El camarero, desde el ojo de buey de la puerta que separaba la cocina del comedor, vigilaba las necesidades de los comensales y estaba atento para, cuando se levantaran de la mesa, salir a recoger y dejar listo el comedor para el desayuno de la mañana. Miró con disimulo al muchacho que atendía y no le resultó desconocida su cara.
—¿Qué tal el día? —se interesó Venancio cuando pasé por delante de él sin saber si me apetecía pegar hebra o subirme a descansar.
Por supuesto, no se me ocurrió relatarle la odisea de la jornada, porque me avergonzaba haber gastado un día sin descubrir nada en absoluto.
No sé cómo me las apañé, y con seguridad forzaría mucho la conversación, para acabar interesándome por el camarero, no por un afán profesional, sino simplemente por satisfacer mi curiosidad y evaluar mi capacidad de observación.
—Un chaval majo y muy buen camarero. Muy trabajador. Estudia y, ya ves, a la vez, encuentra tiempo para ganarse un dinero.
Se notaba que el empresario estaba contento con él, no solo por la diligencia con la que desempeñaba su trabajo, sino por contar con un empleado que en un futuro tendría un oficio respetable.
—¿Qué estudia? —me interesé, aunque ya anticipaba que sería Magisterio, pues en la ciudad no había más centros universitarios.
—Para maestro.
En ese momento, até los hilos que me faltaban para comprender por qué me resultaba conocida la cara. Se trataba de uno de los amigos de los de la bota. Eran de la misma localidad, aunque este último se hospedaba en el hotel en el que trabajaba.
Me fijé en los papeles esparcidos en la mesa que Venancio leía o escribía.
—¿Te gusta la poesía? —me interrogó, al notar mi curiosidad, pensando que yo adivinaba de qué se trataba.
Me quedé perplejo. Nunca me habían planteado tal cuestión. Se suponía que la poesía debía gustar a cualquiera. Era como si se preguntara si agradan las flores, o el sol, o la pasión amorosa… La respuesta no podía ser otra que sí, aunque me avergonzara. Sin embargo, en el mismo instante, me percaté de que mentiría si le respondía afirmativamente, ya que, con sinceridad, nunca leía poesía ni escuchaba recitales.
—Pues yo soy aficionado —me confesó siendo consciente del compromiso en el que me había metido. Removió las hojas y seleccionó unos cuantos poemas que me entregó—. ¿A ver qué te parecen?
Cogí los folios con el mismo respeto que si me hubiera otorgado el testamento en el que se encontraba el reparto de sus bienes entre sus herederos. Mi intención, una vez que me hallé en mi habitación, fue no leer lo escrito, porque me daba pudor desentrañar intimidades que no me incumbían. Pensé que saldría del paso con decir cualquier vaguedad al devolverle las hojas. Así lo hice cuando a la noche siguiente me lo encontré de nuevo en la recepción.
—Me han gustado mucho. Se te da bien escribir —le dije para halagarlo.
Alargó los finos labios en una larga sonrisa silenciosa y los ojos le brillaron de emoción.
Viéndole tan feliz, me sentí un miserable por engañarlo y remordimiento por no haber dedicado, aunque solo hubieran sido unos minutos para leer el poema más corto, para hablar con él de ese contenido concreto.
—Te regalo el que quieras —me dijo, mostrándome el abanico de pliegos con los poemas mecanografiados.
Intenté resistirme al ofrecimiento siendo consciente de que no merecía tal detalle y que un nuevo agravio caería sobre mi conciencia, pero insistió tanto que hube de elegir uno. Tomé la hoja en la que el texto era más breve, no exclusivamente pensando en el menor esfuerzo que tendría que realizar para entenderlo, sino considerando que sería la poesía en la que el autor habría dedicado menos tiempo en escribirla y que, por lo tanto, no me sentiría tan culpable por robarle su esfuerzo creativo.
Recuerdo que guardé el poema como si se tratara de un suvenir más de mi estancia abulense.
Busqué entre los documentos y recortes de mi archivo a ver si encontraba la poesía de Venancio. Apareció adherida a una hoja. Las letras mecanografiadas se habían diluido del negro de la tinta al gris de la erosión del tiempo y la humedad. Los contornos de los caracteres tipográficos se hallaban difuminados; los versos se habían desvaído en su linealidad, sucumbiendo al abismo de la caída; algunas palabras, incomprensiblemente, estaban embarradas, como si las letras hubieran entrado en batalla y solo quedaran de ellas la sangre derramada.
Solo en la noche escucho
el rumor de los coches solitarios
que recorren sin rumbo las calles.
A mí vienen amantes criminales,
peregrinos de la noche tenebrosa
en busca de un refugio que los aleje
de la oscura realidad de sus almas.
Yo salgo de mi espacio
y los acompaño en sus pasiones,
en sus traiciones,
en sus mentiras,
en su soledad,
en sus atormentados desvelos…
La luz de la mañana,
sin remisión,
les abofeteará con cruda impiedad
y yo no podré hacer nada.
Después del tiempo transcurrido y estando solo en mi despacho, las palabras de Venancio me llegaron de manera más directa al alma. El poeta se presentaba como un samaritano que, comprendiendo las necesidades de sus huéspedes, les daba cobijo sin pedir nada a cambio. Me imagino que era una fórmula poética para dar un sentido transcendental a su modo de ganarse la vida y que la realidad era muy distinta, pues, al lado de ese conjunto de poemas, recuerdo que también había planos de edificios, como si, al mismo tiempo que daba rienda suelta a su pluma, planificara futuras reformas de su establecimiento. De todos modos, me pareció muy digna su afición, pues consideré que escribir poesía era una manera de plasmar los sentimientos mucho más efectiva que el relato de los aconteceres cotidianos que yo anotaba en mi diario, ya que, en este, rara vez dejaba constancia de las emociones que jalonaban mi vida.
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