Antes he mencionado la facilidad con la que olvido los cometidos profesionales y asumo comportamientos que no son los más apropiados en un policía, ya que me identifico con suma sencillez con los vaivenes emocionales de las personas con las que trato. Los chicos de la bota de Fuentelavía fueron otros que me acarrearon preocupaciones distintas a las propias del oficio. En mis seguimientos, el afán investigador pronto se quedaba relegado, dejando paso a una casi responsabilidad paterna. Observando su comportamiento, me ponía malo y, como ya dije, más de una vez estuve tentado de intervenir para darles dos guantazos por las tonterías que hacían. Por supuesto, no las mencioné en el informe que redacté, porque hubiera hecho la risión.
Una tarde que se quedaron solos los dos del pueblo, en vez de tirar a la Casa de la Cultura o la taberna de Teodorillo, se dirigieron a una discoteca que se llamaba Los Caballeros, situada en la calle Estrada, que partía de los soportales de El Grande. La sala se ubicaba en el subterráneo de una galería. Antes de entrar, había un bar con el mismo nombre que estaba repleto de clientes. Muchos tomaban algo aprovechando que los precios de las bebidas eran más baratos en la barra de arriba que los de la sala de fiesta. No tardé en enterarme de la razón por la cual la afluencia era tan masiva en un día de diario. Las marmotas, es decir, las chicas que servían internas en las casas, disfrutaban libres la tarde de los jueves hasta la hora de acostarse en la que debían regresar a dormir con la familia a la que servían. Tanto las que estaban emparejadas, como las que no, acudían a la discoteca. Las primeras, para bailar con sus novios; las segundas, a ver si se echaban uno. Asistían mecánicos, camareros, albañiles, despachadores…, todos ellos muchachos jóvenes. En cambio, había pocos estudiantes, por no disponer del dinero suficiente para pagar la entrada. Me fue fácil confundirme en el ambiente y aproximarme sin que ellos fueran conscientes de que los observaba. Entraron en el bar y se pidieron dos cañas acompañadas de un pincho. Yo hice lo mismo situándome unos metros a la derecha, dejando entre medias a otros clientes. Los noté quizá nerviosos, pues estaban pendientes, a través de las grandes cristaleras que hacían de separación entre el local y el hall, del trasiego de entrada y salida de la discoteca. Apuraron la cerveza y marcharon por la puerta que daba acceso hacia la bajada a la sala de fiestas. Aunque no había acabado la bebida, fui detrás de ellos y desde el vestíbulo comprobé que hablaban con el portero. No pude oír bien los términos de la conversación, pero viendo su rostro adusto y cómo el empleado señalaba el reloj de pulsera, comprendí que les negaba el acceso. Aunque insistieron para ablandarlo, no cedió y regresaron al vestíbulo apesadumbrados. Entré de nuevo en el bar y ocupé la parte del mostrador en la que aún continuaba mi vaso. Ellos se quedaron arriba de las escaleras. Hablaban los dos con cara de disgusto. Se dirigían a aquellos que ascendían para preguntarles algo. Les respondían que no y entraban en la parte del bar. No tardé en darme cuenta de que lo que pretendían era conseguir dos pases de los que abandonaban la discoteca. Necesitaron un poco de tiempo para obtener las dos entradas que les franquearían el acceso. De nuevo fui detrás de ellos. El portero, aun sabiendo las artes utilizadas, les dejó entrar como si fueran dos clientes más que habían salido y regresaban.
Los seguí de nuevo. Sacaba ya la cartera para abonar el tique, pero el portero me dejó pasar sin darme más explicaciones. En la oscuridad absoluta, los perdí de vista por unos minutos hasta que vislumbré la silueta de los dos en la cabina del disyóquey. En esos momentos en la pista había algunas personas bailando suelto con una música movida. Las luces de los focos del techo los enfocaban por todos lados. En cambio, las butacas y asientos de alrededor se hallaban en una casi completa oscuridad. Estaban ocupados por parejas y grupos que hablaban animadamente. Me acerqué a ver qué tramaban con el encargado de pinchar los discos. El joven que se encontraba en la cabina era muy alto y desgarbado. Me dio la sensación de que tenía un poco de chepa. Con todo, lo más llamativo de él era el distinto grosor de los labios. El inferior era mucho más abultado, no sé si por ser una deformidad congénita o por un hábito gestual. De manera sorprendente, este se sobreponía al superior, resaltando como consecuencia un mentón pronunciado y sinuoso. A veces meneaba la cabeza para oponerse a las peticiones de los chicos de la bota; otras, el labio superior se aproximaba hasta las fosas nasales y se quedaba mirándolos sin abrir la boca. Insistían y volvían a insistir, sabiendo con seguridad que la paciencia del pinchadiscos no era infinita. Como si no estuvieran delante, el pincha se giró al estante de discos y extrajo un vinilo sencillo y lo colocó en uno de los dos tocatas. Se puso los auriculares y dejó caer la aguja en el plato. Cambió el canal de audio y comenzó a sonar una música cuyos primeros acordes fueron reconocidos por la audiencia, ya que de inmediato la pista se llenó de parejas que se abrazaron para bailar agarrados lentamente al son de la canción. Por un momento, los chicos de Fuentelavía se enfadaron y mandaron a hacer puñetas al de la cabina. Los seguí en su deambular entre los apartados con tresillos y butacas que rodeaban la pista circular donde la mitad de la concurrencia se había concentrado. No sabía muy bien qué se proponían deambulando de un lado a otro, hasta que observé cómo se aproximaban a una mesa alrededor de la cual no había nadie por estar bailando en la pista. Con una naturalidad y rapidez inauditas agarraron dos vasos de tubo que estaban mediados y se alejaron del lugar sin que nadie se percatara. Regresaron a las inmediaciones de la cabina. En el pequeño estrado un poco elevado, dando la espalda al disyóquey, observaban, removiendo con el vaso los hielos del cubata, como si fueran dos chulos de discoteca, a las parejas embelesadas que se abrazaban más que bailaban.
Después del lote de los emparejados, como despedida de la sesión vespertina, pusieron algo de música de pachanga para ir anunciando que en poco se encenderían las luces. Los dos permanecieron merodeando de mesa en mesa, rescatando del fregadero aquellos vasos en los que aún había bebida. Fue en ese momento, cuando, harto de presenciar tantas barrabasadas, me hube de contener y no decirles «si eran tan tontos como para babosear los restos de los demás».
Salieron de los últimos, dejando en la esquina de la barra los vasos que habían arramblado para que el portero se percatara de que consumían, despidiéndose de él como si hubieran sido los que más dinero habían gastado durante la noche. Serían las nueve y media y pensé que ya se dirigirían a la zona de la Casa de Cultura a buscar al vecino del pueblo con el que regresaban. Sin embargo, tomaron una dirección opuesta, dirigiéndose a la plaza Italia. Desde allí, por callejuelas cortas, desembocaron en la calle ancha y moderna donde vivía Hermógenes, el fotógrafo de El Día Abulense. Al terminar la avenida, torcieron a la izquierda en una pequeña calle en bajada, dedicada a uno de los ases locales del ciclismo, Julio Jiménez. Con prontitud comprendí que se dirigían a otra discoteca cuyo letrero vertical anunciaba su nombre: Liberty. En torno a las grandes puertas de acero se agolpaba una multitud de gente joven que esperaba a que los porteros los dejara pasar a medida que otros abandonaban el local. En un momento de despiste, los perdí de vista, confundidos entre la muchedumbre. Cuando me quise dar cuenta ascendían acompañados de dos personas adultas. Se detuvieron justo enfrente de un paso de peatones y charlaron durante unos minutos. Me acerqué para ver quiénes eran sus camaradas. Se trataba de un hombre como de cuarenta años; la mujer parecía más joven y menuda que su corpulento acompañante.
—¿Qué hacéis a estas horas?, ¡desgraciaos! —les preguntaba con una cara de alegría que me sorprendió, pues en esos momentos no sabía qué relación mantenían.
A pesar de su edad, el individuo parecía ser una persona muy jovial y con una vitalidad que superaba a la de los dos chavales, a uno de los cuales había agarrado por la espalda y no lo soltó mientras permanecieron hablando. Recuerdo que me dejó bastante perplejo su actitud vital en contraposición al atuendo moderadamente selecto que llevaba. Su compañera también vestía muy formal. Era más bien baja y delgada, sobre todo si se la comparaba con la estatura y corpulencia de su acompañante. Lucía una falda de cuadros cruzados y una rebeca azul oscura, con una trenca crema de la que colgaba un gran gorro. El pelo era muy corto y en su cara bastante agraciada llevaba caladas unas gafas con los cristales redondos. Mi primera impresión fue que podía tratarse de una monja sin su hábito. Desde luego, sin saber el parentesco exacto, supuse que los dos no formaban un matrimonio.
—Vamos a ver si nos dejan entrar en la discoteca —respondió el chico pelirrojo de Fuentelavía.
—Pero ¿dónde vais?, desgraciados. ¿Cómo os van a dejar pasar con esas pintas? —les recriminó burlonamente el grandullón.
Agarró con el brazo libre a su compañera.
—Mira, Paca, voy a acompañar a estos pobres desgraciados y a invitarlos a una copa.
Los chicos se despidieron de la mujer. Me pareció que, aunque la confianza no era tanta, se conocían.
Me quedé parado cuando el trío bajó a la puerta del local de ocio y ella siguió avanzado por la prolongación de la avenida. Sin un criterio claro y casi arrepentido de haber optado por esa elección, seguí a la mujer sin saber con qué propósito. Caminaba decidida y segura hasta llegar a la estación de autobuses y se adentró en la parte inicial del parque de San Antonio para pasar a la calle por la que salían los autocares, en dirección a la clínica Santa Teresa. Entró en el portal de un bloque moderno de pisos. En ese instante tuve la certeza de mi insensatez habiendo elegido seguir a la monja y no al grupo que entró en la discoteca. Con el ánimo resuelto a paliar lo antes posible mi yerro, retrocedí con prontitud hasta el punto en el que los dejé. Cuando me dispuse a entrar, la aglomeración había desaparecido y para mi sorpresa nadie se hallaba al cuidado de la puerta. Dudé si pasar o aguardar a que el portero me expidiera la correspondiente entrada. Alguien que me vio indeciso me animó a adentrarme sin el beneplácito del cancerbero. Incomprensiblemente, el local no se encontraba tan atiborrado como esperaba. Incluso, en la barra, desde la cual se podía contemplar todo el local, había espacio para estar. Los vi a los tres de pie, en el centro, mirando hacia los espejos y botelleros, sin prestar atención a lo que ocurría a sus espaldas. Me arriesgué a situarme lo más cerca posible a ellos para oír la conversación, pero, en vez de mirar a los camareros, me recosté en la barra y me dispuse a aparentar que observaba el panorama. La música era más rítmica y moderna que la que escuché en Los Caballeros; situado en la pequeña elevación, sus vibraciones no me impedían captar la conversación. Sin embargo, a pesar de las óptimas condiciones para escudriñar los secretos de su comunicación, no saqué nada de sustancia.
—¡A ver!, desgraciados, ¿cuándo nos visitáis, que hace mucho que no os veo el pelo?
No tardaron en abandonar la discoteca. El hombre siguió el trayecto recorrido por la mujer y mis chavales de Fuentelavía, ahora sí, se dirigieron a las inmediaciones de la Casa de Cultura, donde ya los esperaba el amigo con coche para regresar juntos al pueblo.
En el corto trayecto de la plaza de la catedral hasta mi hotel, recapacité una vez más en mi misión, que con mayor intensidad me parecía absurda. Los chicos no hacían otra cosa que divertirse. No obstante, hubo dos detalles desconcertantes que me inquietaron. El primero era que los estudiantes mantenían relación con esas dos personas adultas, pero no sabía de qué tipo. Es más, sin conocer con qué frecuencia, acudían a su piso, porque les habían recriminado que hacía tiempo que no los visitaban. La siguiente cuestión se relacionaba con el hombre. Me chocaba la confianza que mantenía con ellos, pues de continuo los llamaba «desgraciados». Era un vocablo comodín: de cada cinco palabras que decía, una de ellas era esa. Y, sobre todo, era llamativo el garbo y poderío con los que llenaba el espacio.
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