14/08/26

17. El robo del equipaje

 

Pese al oficio que detento, no he logrado crear el callo suficiente como para no impresionarme con el sufrimiento que algunas personas pueden causar a otras. En la comisión de delitos distingo aquellos en los que hay o no una ética en el proceder del delincuente, o si los ejecutores padecen algún trastorno patológico. Mi trabajo es mucho más simple si contemplo una rectitud o un proceso que se obliga a seguir el malhechor. No puedo decir, en este último caso, que la perpetración de un acto delictivo sea inevitable, pues creo en la capacidad del individuo de sobreponerse a sus condicionantes inherentes, pero, para mí, la debilidad es una atenuante que me permite juzgar con más conmiseración a estos individuos. Por el contrario, cuando el delincuente antepone solo su egoísmo, sin muestras de compasión por sus víctimas, mi desprecio por él es absoluto y he de reconocer que, a pesar de las tablas que he ido adquiriendo en mi profesión, he de controlarme para no sobrepasarme verbalmente, porque me gustaría llamarlos de todo y, si creyera en el poder de convicción de la palabra, los sermonearía para ponerles delante las normas éticas y morales que deberían haber tenido presentes antes de realizar sus fechorías. No soporto la cara de desprecio, la mirada fría y neutra con la que afrontan su responsabilidad. En esas circunstancias, mi lucha es para contenerme y no arrearles dos tortas a ver si cambian esa cara de pánfilos.

No quiero continuar por estos derroteros, porque mi labor como policía se detiene en el momento en que pongo al arrestado bajo la custodia del juzgado de turno y el trato que el sistema dispensa después a estos malnacidos no es de mi incumbencia, pero, a veces, me gustaría ocuparme de alguno de ellos para probar mis procedimientos de corrección.

Los policías también pensamos y hemos de luchar con nuestras propias contradicciones en el ejercicio de la profesión. Aceptamos órdenes que no nos gustan y las ejecutamos mientras soportamos un nudo permanente en nuestros estómagos que nos comprime y nos hace llevar un rostro adusto, que es la forma en la que, a modo de presa, contenemos la rabia y la frustración que nos inunda por dentro. Esto también es parte de nuestro trabajo, quizá una de las más desagradables. En mi caso, me resultan a veces insoportables, porque no contaba con ella cuando toda mi ilusión en la vida se centraba en formar parte del cuerpo policial.

Reflexiono de tal manera, al recordar lo que me contó Venancio una de las noches en las que se alargó la conversación. No es que me relatara nada del otro mundo; quizá me impresionó por encontrarme yo también fuera de casa, o porque el narrador, un poeta, me lo relatara recalcando la parte emotiva, pero, aun siendo policía, me puse en el lugar de los afectados y, al final, padecí como si yo mismo hubiera sido la víctima. Me dijo que no hacía mucho tiempo que había entrado en el hotel una familia sin equipaje. Se extrañó al verlos sin tan siquiera una bolsa. Se trataba de unos portugueses: un matrimonio con dos hijos adolescentes. Habían llegado a la ciudad por la parte norte, rodeando las murallas hasta estacionar el coche en la subida a San Vicente. Embobados con la altura de la fortificación y la luz del medio día, recorrieron la línea defensiva hasta entrar en la ciudad por el primer arco. Tomaron algo en un bar para aprovechar a ir al baño. No tardaron mucho en regresar al automóvil. El padre, el primero de la comitiva, llevaba ya las llaves en la mano para abrir, pero, antes de llegar, se percató de que un pequeño cristal de la puerta de atrás estaba reventado. Se puso en lo peor. Abrió el maletero y comprobó que habían robado todo el equipaje. Se habían quedado con lo que llevaban puesto. Miraron por los alrededores a ver si veían a los ladrones o recuperaban parte de sus pertenencias, una vez saqueados los objetos de más valor. No hallaron nada. Una patrulla de la policía llegó a su altura. Cuando les relataron en portugués lo que les había pasado, los agentes pusieron una cara cuyo mensaje, sin utilizar palabras, era "olvidaros del asunto: no recuperaréis nada". Acompañaron a la familia a dejar el coche en un taller para que repusieran el cristal roto y, después, llevaron al padre junto a la hija a comisaría para que interpusieran la denuncia por el robo. Allí confirmaron las expectativas que les ofrecieron los dos compañeros que los socorrieron en primer lugar. La posibilidad de recobrar lo sustraído y de detener a los culpables era mínima. El objeto de la denuncia era facilitar la gestión para solicitar la renovación de los documentos oficiales que también se hubieran llevado. El padre intentó colaborar, aportando datos que en el transcurso de los minutos había recuperado. Confesó su imprudencia al haber abierto el maletero para sacar algunas pertenencias personales y para aplicarse crema protectora. Hasta creyó haber visto a los sospechosos: dos hombres sentados en los asientos delanteros de otro coche que escuchaban rumbas, mientras dos niños pequeños jugaban alrededor en una parcela de hierba que llegaba a los pies de la muralla. Los habían estado contemplando cómo se preparaban sin apartar por un momento la mirada. Para el padre, ellos habían sido los asaltantes. El agente que los atendió, sin palabras, le dio a entender que así era, pero con una cara de impotencia supina, como si un obstáculo o razón incomprensible impidiera su detención, les dijo que no se hicieran ilusiones.

—Me dieron mucha pena —continuó Venancio—. Todo el encanto de la ciudad desapareció y la alegría propia de los turistas que se quedan deslumbrados por lo que acaban de conocer se había transformado en preocupación. Los dos días que estuvieron en la ciudad los dedicaron a comprar lo más esencial: nuevas maletas, ropas, artículos de higiene… ¡Tiene que ser desesperante quedarte con lo puesto estando tan lejos de casa! Aunque la catedral la tenían delante, nada más salir del hotel, no la visitaron… Su curiosidad desapareció y todos los monumentos habían perdido su magia y poder atractivo. Hasta creo que miraban mal a los abulenses, pensando que quizá cualquiera de ellos había sido el ladrón de sus pertenencias.

Sin saber por qué, como policía, me sentí responsable de la frustración de la familia portuguesa. He pensado muchas veces que, si no somos capaces de resolver estos pequeños delitos, no es de extrañar la poca consideración que merecemos por parte de la población. La gente normal quiere que tengamos a raya la delincuencia más próxima, la que le afecta a él. De nada sirven las grandes operaciones de las que la prensa se hace eco, si no puede salir tranquilo de casa a comprar o ir al cine. La sensación de que el cuerpo policial está más al servicio del poder y de los ricos que para proteger al ciudadano normal es generalizada. No es que nosotros no seamos conscientes del problema, pero siempre acabamos reconociendo nuestras limitaciones al no poder actuar, si no es cumpliendo las órdenes que recibimos de los superiores.

Pregunté a Severino si habían averiguado algo del robo a los portugueses.

—No hace falta investigar mucho: son siempre los mismos, pero, ya sabes lo listos que son. No pillándolos con las manos en la masa, no hay tu tía. Los miras y te sonríen como diciendo «Esta te la chupas» —me reconoció mi compañero abulense—. Les das el alto, registras el coche y no encuentras nada…

—¿Y no los podéis asustar? —le recriminé con más impotencia que ponderación.

Severino me miró como diciendo: «De dónde sale este y a cuento de qué esa objeción».

—Quiero decir que si no es posible vigilarlos…

Oyéndome las sugerencias que le efectuaba, su mirada de estupefacción continuaba. He de reconocer que me había ofuscado y no paraba de soltar impertinencias. Sin saber lo que me sucedía, percibí que mi colega optaba por no hacerme caso y esperar a que volviera a mi ser normal.

—De todas formas, a cada cerdo le llega su San Martín —Me quedé mirándole sin comprender a qué se refería—. Y el que a hierro mata, a hierro muere… Nos hemos enterado de que alguien se ha tomado la justicia por su mano y que a estos julais los han dado un buen escarmiento. No fue mucho después del asalto a los portugueses. ¡Se la prepararon cojonuda! Les quemaron el coche y un pequeño trastero en un corral, donde suponemos almacenaban todo lo que robaban.

—¿No habrán denunciado? —A medida que me concretaba los detalles de la venganza sentía cómo la desazón inicial se transformaba en satisfacción, por eso le pedía que pormenorizara el suceso con la misma inocencia que hacía un instante.

—Ni por pienso… —Con ganas se quedaba Severino de replicarme: «¿Pero de dónde te has caído tú hoy?»— No tenemos ni idea de los autores. ¡Allá se lo coman ellos solos! Lo más seguro es que tengan cuentas pendientes con alguno de sus compinches… ¡Allá penas!

Notaba en Severino una satisfacción parecida a la que sentía yo al saber que, aunque los pobres extranjeros ya no recuperarían sus pertenencias, al menos los sustractores no se habían aprovechado de ellas y, a lo mejor, ¡Dios lo quiera!, a partir del escarmiento, se plantearan ganarse la vida de forma distinta. Sé que a veces soy un iluso, pero, de verdad, que en esos instantes se me ocurrían mil maneras honradas de sobrevivir sin la necesidad de dar el palo a una familia inocente.
























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