14/08/26

19. Horario de misas

 

Una de las ocasiones en las que me encontré con Hermógenes, mientras andaba de un lado a otro con el mismo ánimo desfallecido de costumbre, aprovechamos para tomar un café en una de las terrazas de la esquina del Mercado Grande. Recuerdo que fue uno de los momentos más placenteros de mi estancia en la ciudad. Protegidos de los vientos y acariciados por el joven sol de primavera, nuestra mirada se extasiaba en la amplia plaza, muy poco concurrida en ese momento. Algún que otro transeúnte la recorría a lo largo o la atravesaba en dirección a los barrios del sur. La muralla, no estando tan próximo a ella, me parecía más humana, dejando de lado la altivez y robustez de cuando uno se situaba a sus pies. La iglesia de San Pedro, con su pequeña fortaleza rodeando la entrada, estaba custodiada por una pareja de leones que más que fiereza mostraba sumisión a un hábil domador, como era el tiempo, que suaviza a la más adusta y cruel figura. Yo me quejaba con resignación de la tarea sin sentido que me habían encomendado, como cumplidor funcionario atado a la Administración. A esas alturas, mi ritmo se había acomodado a las leves vibraciones místicas de los abulenses. Mi mujer me decía, cuando llevaba dos o tres días sin aparecer por casa, que me había cambiado el tono de voz y que le resultaban extrañas algunas de las palabras que utilizaba en la conversación y me recriminaba mi facilidad para contagiarme de la forma de hablar de las personas con las que convivía. No era consciente de ello, pero creo que no le faltaba razón. Así era cómo la ciudad y sus habitantes me impregnaban el aire seco de su trato. Sospecho que ese ánimo desvaído, esa fe en lo inevitable que ha de suceder porque Dios así lo quiere, se sobrepuso a mi de por sí escaso emprendimiento. La letanía de misas, rezos, plegarias, jaculatorias, sermones que se desprendían de las innumerables iglesias y conventos de la ciudad me hacía sentirme cansino y paralizaba mi inspiración policial. No es que el fotógrafo hubiera logrado escapar a esa atmósfera oprimente, pero se notaba que su profesión (y considero que su misma personalidad nerviosa) y sus múltiples compromisos le habían dotado de unas invisibles alas que le permitían moverse con una grácil agitación en ese rancio ambiente provinciano.

—¿Quién es ese? —le pregunté a mi amigo reconociendo al hombretón que había visto no hacía mucho con los chicos de Fuentelavía.

Venía hacia nosotros por el lado más estrecho de la plaza; me pareció que había salido de la iglesia.

—¡Don Daniel! —me respondió como si fuera el único habitante de la ciudad que no lo conocía.

Cruzó la plaza delante de nosotros y saludó a Hermógenes.

—¡Cómo lo pasáis, desgraciados! —se dirigió a los dos con un entusiasmo desbordante.

—¡Adiós!, ¡salao! —le devolvió la cortesía mi acompañante.

Se le quedó media sonrisa hasta que desapareció por la calle San Millán. En esos escasos metros de recorrido se entretuvo hablando a dos o tres conocidos más.

—¡Vaya personaje! ¡Qué majo es!

Esperé a que se le pasara la subyugación admirativa a ver si se dignaba proporcionarme datos de tal celebridad.

—¡Don Daniel es demasiado! Mira que yo a los curas ni fu ni fa, pero don Daniel es que es una persona arrolladora.

Si me hubiera dicho que tal personaje era torero, me lo habría creído con más facilidad que saber que era sacerdote; además, ¡en una ciudad tan católica! Ya era llamativo que vistiera de seglar, cuando todos sus colegas eclesiásticos lucían con orgullo su hábito talar negro, señal de respeto y pleitesía por parte de los feligreses, pero que hablara con ese desparpajo, me parecía inaudito.

Me explicó que era especialmente querido entre la juventud. En cambio, aunque no quiso perderse por esos derroteros, percibí cierta conflictividad, por lo menos con las autoridades eclesiásticas, si no era con algún que otro religioso. Ejercía de párroco de la iglesia de la Santa Familia.

—Es un cura comprometido con el barrio y con los jóvenes. Todos lo quieren mucho y no paran de reírse con él. Es campechano y alterna con cualquiera. Comparte lo que tiene y está dispuesto a echar una mano a quien sea. Anima a la gente, en especial a los obreros, con sus reivindicaciones. En los locales de la parroquia hay siempre un sitio para cualquiera que necesite auxilio. Ha creado una red de personas que colaboran con él y, entre todos, constituyen el grupo más dinámico de la ciudad. Además, anima a la gente joven a divertirse. Les deja el local parroquial para guateques o reunirse a hablar. Entre todos se ayudan y, si alguien necesita algo, puede estar seguro de que encontrará una persona que le eche una mano.

Me entró curiosidad por enterarme quién era la mujer con la que lo había visto la noche que vigilaba a los chicos de la bota de Fuentelavía. Sabiendo el jaez del personaje, hasta no me extrañaba que tuviera descaradamente pareja.

—Ahora que dices… Su cara me suena. Creo que lo he visto no hace mucho en compañía de una mujer…

—Su hermana —me cortó inmediatamente Hermógenes—. Viven los dos juntos. Son inseparables y se llevan muy bien. Ella es profesora de la Normal.

—¡Ah, sí! —Me sorprendí, no porque no fuera monja, como me la había imaginado cuando la seguí, sino porque, una vez más, me encontraba con otra persona relacionada con el centro universitario.

—Sí, es profesora de Lengua. Lleva bastantes años dando clases…

Pensé que mi acompañante se extendería en la biografía de Paca (me había quedado con su nombre del encuentro de esa noche) hasta llegar el punto en que me desentrañara que había colgado los hábitos monjiles, pero no me aportó ningún detalle extra de su reseña biográfica, con lo cual me quedó la duda de si mis sospechas eran ciertas o simplemente se trataba de una persona modosa cuya esfinge fue modelada por la idiosincrasia propia de una familia muy religiosa. En esos momentos comprendí que los chicos a los que seguí la trataran con cierto distanciamiento, algo normal si eran sus alumnos. De todas maneras, quedaba claro que nada tenía que ver la personalidad de ella con respecto a la de su hermano: eran contrapuestas, sin embargo, tal vez, complementarias.

Una tarde que vagaba sin un plan definido sentí curiosidad por conocer las inmediaciones de la parroquia del padre Daniel. Se encontraba al norte, no muy alejada de la estación de autobuses y, por tanto, de la escuela Normal. En la zona se mezclaban bloques de pisos recientemente construidos y barriadas más antiguas con casas de dos plantas cuya fachada era de piedra.

Esperaba encontrar una iglesia, pero no distinguí torre alguna ni ninguna nave alta, propia de las construcciones religiosas, por lo que, después de deambular por el barrio, hube de preguntar. Me señalaron un edificio que más bien parecía una escuela o instituto de enseñanza media. El inmueble alargado lo constituían dos alturas. En la segunda había unos grandes ventanales con la estructura metálica cruzada propia de inmensas vidrieras que inundaban de luz el recinto, como comprobaría después. También me sorprendió la pobre puerta de entrada protegida por una amplia estructura metálica que ocupaba el hueco. Rodeé todo el edificio sin hallar ningún elemento externo que identificara al recinto como sagrado, hasta llegar a la parte de atrás. Justo en el mismo punto de esa otra fachada, se hallaba una puerta más pequeña abierta a lo que parecía el sótano, pues esta calle se encontraba en un nivel inferior. Oí el trasiego propio de un bar con una cafetera en funcionamiento y platillos y tazas chocando entre sí. No había ningún rótulo que anunciara el nombre del establecimiento público, pero asomándome un poco me percaté de que, por lo menos, lo parecía. Venciendo mi vergüenza entré picado de curiosidad, no porque me apeteciera tomar nada. La barra la atendía una mujer con la cara chupada y muy delgada, que se movía con cierta desenvoltura. Se me quedó observando y reaccioné acercándome para pedir un café. Su mirada había sido breve y de ella había desaparecido el deseo de preguntar qué hacía yo, un extraño, en un local para feligreses. Me sirvió un negro y amargo café torrefacto portugués en un pequeño vaso panzudo, cuyo perímetro estaba señalado con dos rayas paralelas que permitían empuñarlo sin que resbalara de la mano. En vez de un azucarillo, me arrimó una azucarera con su correspondiente cucharilla para echarme a mi gusto. Una vez servido, se afanó por mantener en orden y limpio el recinto en el que se movía. Aunque no vestía ninguna prenda negra que me diera que pensar que guardaba luto, sin un fundamento sólido, me hice a la idea de que era viuda y que se encargaba del bar para ganar un dinero que con seguridad le hacía falta.

Me di la vuelta con la intención de escrutar los pocos clientes que había en el amplio y más bien frío salón. Unos jubilados echaban la partida; dos mujeres tomaban el mismo oscuro café que yo mientras departían y, de repente, en la parte más alejada, descubrí a mis dos amigos de Fuentelavía que merendaban comiéndose el bocadillo que habían traído de casa, pues aún se conservaba el papel de aluminio encima de la mesa. Los dos bebían cerveza de dos botellines de un tercio. Até cabos y deduje que no siempre se llevaban la bota a la escuela y, lo más importante, pude establecer ya un vínculo entre los chavales y el cura que los había invitado a un cubata en la discoteca Liberty. Permanecieron el tiempo necesario para terminar su merienda y salir raudos a continuar sus clases. Por un momento, dudé seguirlos, pero no me arriesgué, no fuera que se hubieran percatado de mi presencia, aunque lo consideraba bastante improbable, y me sorprendieran siguiéndolos.

Sobre el mostrador se encontraba El Día Abulense. Lo tomé para leer la información de la ciudad y la provincia en esa jornada ya a punto de acabar. No sé si fue por encontrarme en un recinto religioso o por las noticias que ofrecía, pero sus páginas me parecieron una hoja parroquial. No es de extrañar que, al final, lo que más me llamara la atención fue el amplio horario de misas. Pude comprobar que la última era la de la parroquia de La Sagrada Familia, a las ocho de la tarde.

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