15/08/26

Los comeladrillos


Los viejos del pueblo donde nací planteaban guasonamente a los niños un enigma para el cual ya sabían la respuesta; sin embargo, lo formulaban simplemente por el placer de vaticinar al despistado chaval, si no acertaba, un futuro poco halagüeño –en otras palabras, que acabaría de bruces en una cantera, picando piedra. La pregunta se las traía: ¿Qué es lo que Dios no pudo hacer? No añadían «cuando se afanaba en la creación de este universo», aunque todos sobreentendían esa parte de la pregunta. El incauto muchacho, quizá demasiado confiado en sus luces intelectuales, en vez de salir corriendo, aceptaba el desafío, si bien temeroso de abordar cuestiones teológicas. El examen no era ecuánime, pues, mientras se devanaba los sesos buscando distintas tareas, fenómenos y objetos que el supremo Hacedor no pudiera modelar, ellos jaleaban al niño con frases poco alentadoras que acababan minando la moral del chiquillo. ¡Bruto! ¡Qué va a ser! ¡Una cuesta arriba sin una cuesta abajo! Se reían satisfechos, no de la ignorancia, sino de saber que otro más estaba destinado a seguir sus tortuosos pasos de canteros

Muchas veces me acuerdo de aquella respuesta, cuya esencia está presente en casi todos los aspectos de la vida, en las personas y en nosotros mismos: todos tenemos una cara y una cruz. No siempre gozamos de una felicidad inmensa; también sufrimos ante cualquier contratiempo.

En el tranquilo aislamiento de la localidad donde vivo, los pájaros son una amena compañía que capta mi atención a lo largo del día. Los veo por el campo y la costa cuando paseo y, sobre todo, desde cualquiera de las ventanas de mi casa que dan al prado. Mis compañeros son numerosos y variados: los fieles miruellos, los confiados colorines, las andadoras pajaritas de la nieve, los esquivos y crueles cucos, las aventureras gaviotas, las exploradoras garcillas y cigüeñas, las veraniegas golondrinas, los lejanos aguiluchos… Todos ellos son los pájaros que observo a lo largo de la jornada; sin embargo, hoy los gorriones son mi obsesión. Estos animales me obligan a vivir en un permanente dilema entre el amor y el odio que siento por ellos. Son los más abundantes; los demás aparecen solos o en pareja, como la familia de mirlos. Los gurriatos forman una nutrida colonia. Nunca he podido contabilizar el número exacto, pero calculo que pueden ser unos quince. Su refugio se encuentra en la doble cornisa de la vertiente sur de la cubierta. Los albañiles que la construyeron olvidaron tapar el hueco de las primeras tejas del alero, y allí quedó una oquedad ideal para estos animalitos. Por la mañana, cuando me levanto, los veo saltar desde el canalón que recoge las aguas de la techumbre hasta el gran cerezo que está debajo. Desde allí se posan en los arbustos o en los manzanos; van, vienen, cambian de rama. Me entretengo un instante observando sus alegres movimientos, sus juegos aéreos, sus alborotadoras disputas... He de reconocer que me impulsan a iniciar la jornada con más alegría de la que tenía al levantarme. Es una invitación a ponerme a trajinar. Hasta casi les perdono la escandalera, los píos agudos y los revuelcos en el canalón de cobre con los que me habían sacado del reparador sueño. Aunque no los vea, hay veces que me acuerdo de ellos. Siempre les echo en la acera perimetral de la casa, debajo de sus cuevas-nido, las migajas de pan, sobre todo si el tiempo es desapacible y compruebo que no han salido del refugio y pienso en el hambre que han de padecer. En el momento en el que me retiro, descienden y hacen desaparecer el alimento que les dejé. También, en verano, me gusta ponerles un cuenco con agua en el alféizar de la ventana que está en frente de mi escritorio; acuden al bebedero, se posan en el borde y alguno se sumerge para darse un refrescante chapuzón. Me acerco con cuidado y los observo, tan solo separado por el cristal de la ventana, sin que ellos se percaten. Es un placer morboso en el que caigo y por el que a veces me siento culpable, como un curioso impertinente que espía a unos seres cuyos derechos a la intimidad son semejantes a los míos. Pero es una inclinación indomesticable e irremisible que me lleva a observar su conducta; a veces incluso creo que la suerte me acompaña cuando descubro alguno de sus hábitos.

Otro placer insuperable es contemplarlos en los revolcaderos donde se dan baños de tierra. Los han creado en la parte alta del jardín, en una zona seca y soleada, al abrigo de la inmensa pared de la casa del vecino. Yo los observo desde un chamizo en el que guardo la herramienta de jardinería y donde me pongo la ropa de trabajo. Sentado en un taburete, cuando los descubro posándose en el hueco a modo de bañera, me quedo paralizado, con una prenda a medio poner, y los veo revolcarse, frotando el cuerpo contra el suelo y las paredes del hoyo, extendiendo las alas y apartando la tierra… hasta que, una vez sacudido el polvo, levantan el vuelo. Acabo de vestirme y me dispongo a comenzar con entusiasmo el mantenimiento del huerto, contento por el placer disfrutado y sin acordarme de las pestes que les echo cuando voy a usar el coche y contemplo estupefacto las defecaciones y los restos de pajuelas y plumaje desparramados por la luna, convertida en su particular estercolero, acordándome de los despistados albañiles y de los sucios gorrioncillos.

He mencionado que la suerte me acompaña al descubrir comportamientos íntimos, mas no siempre ha sido así: alguna de sus acciones las he dilucidado después de no pocas cavilaciones. Uno de los materiales de construcción que elegimos para nuestra vivienda fueron los ladrillos de barro cocido. Los hemos utilizado, combinándolos con la piedra, en paredes, alrededor de las ventanas y en las aceras… Disponemos de un porche abierto orientado al oriente, que recibe los primeros rayos del sol por la mañana. El suelo de este espacio está separado de la acera por un reborde de medios ladrillos de barro. Al poco tiempo de acabar la obra, comencé a observar que los lados se erosionaban, redondeándose y perdiendo buena parte de sus ángulos. Deduje que el desgaste se debía a la debilidad del material o al rozamiento de nuestras pisadas, aunque la explicación no acababa de convencerme: otros ladrillos no presentaban ese defecto. Por otra parte, la pasta de relleno de las juntas de las piedras más próximas a los cimientos también comenzaba a ahuecarse. Se trataba de restos de la construcción antigua que habían quedado intactos durante la reforma de nuestra casa. El material de relleno de esas hendiduras era barro mezclado con cal, lo bastante blando como para que las hormigas lo horadaran y se adentraran en las galerías de sus hormigueros; Eso pensé al descubrir aquellas fallas, aunque el hueco me parecía demasiado ancho y completamente innecesario para el tamaño de las hormigas. Acepté estos desperfectos como consustanciales al envejecimiento que afecta a cualquier ser o cosa de este mundo, hasta el día en que descubrí a uno de mis amigos picoteando, como laborioso minero, la pasta de rejuntado. ¡Ay, mameluco! ¡Ya os pillé! No solo ellos eran los artífices del desmantelamiento de la argamasa: también lo eran los comeladrillos… ¡Qué rabia y qué impotencia me entraron! Hasta el punto de que cada vez estoy más convencido de que, a pesar de mi edad, tendré que subirme a una escalera —con el riesgo inasumible que ello supone— y clausurar las bocas de las tejas de la techumbre que los despistados albañiles dejaron sin tapar en su día, para que los pájaros busquen otro lugar donde anidar y se alejen de mi propiedad.

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