21/12/23

LOCUS AMOENUS

LOCUS AMOENUS

 

Como perro vagabundo que husmea en busca de alimento o de una mano que lo acaricie, salía antes de finalizar la hora de siesta y deambulaba por las calles solitarias buscando la sombra de las casas. No eran muchos los destinos o puertas a las que llamar, so pena de que lo despacharan con cajas destempladas por no respetar las horas de descanso en las largas jornadas estivales. Remoloneaba molestando con un palo a las lagartijas que se torraban en los poyos, o escarbando en busca de algún ermitaño caracol en las partes húmedas de las cunetas. Tardaba en acercarse, pero sabía con certeza que sus pasos indecisos lo remitirían a la casa de la Teodora. Llegaba cuando los vecinos se desperezaban y arrojaban el agua de la palangana con la que se acababan de espabilar de la somnolencia insatisfecha con la corta siesta que reconfortaba sus castigados cuerpos en esa temporada en la que las canteras eran un infierno y las jornadas en el campo recolectando la cosecha no tenía principio ni final. Los veía alejarse, temeroso de que alguno lo agarrara y lo arrastrara a esos trabajos infames. Cuando las calles volvían a la cansina rutina de las tardes luminosas, se animaba a cruzar el umbral de la puerta entreabierta.

—¿Está Ramiro? —preguntaba al corro de chicas sentadas con su costura.

No sabía lo que quería: si que estuviera su amigo o que hubiera desaparecido. En realidad, lo que deseaba era que no se encontrara en casa; si se hallaba tendría que jugar con él y lo cierto es que se aburría porque no se involucraba en el divertimento. Sin embargo, también temía que le dijeran que había salido, ya que entonces no le quedaría más remedio que enfrentarse a sus deseos: estar en compañía de las tres chicas mayores que él. Dos eran primas; la otra, Puri, una vecina. Un detalle que admiraba era que, como le sucedía a él, no sentían la irremisible fuerza del sueño en esas horas de digestión. Su madre le ordenaba que se acostara en la alcoba para no interrumpir el descanso del padre, pero meterse en la oscura habitación era como enterrarse vivo en la penumbra en el momento más luminoso del día. Su mente no paraba de dar vueltas porque no le entraba sueño y acababa por escabullirse en silencio hasta la calle solitaria en la que él se sentía el monarca de un reino deshabitado.

—Pasa, Pedrín —le respondió Casilda, la hermana de su amigo.

Su temor se cumplía. En casa solo estaban ellas. No era necesario que dijeran dónde se encontraban los demás. Se adentraba en el portal fresco. Las tres no levantaban la mirada de la labor.

—¿Qué pasa? ¿Te da miedo? —lo seguía animando Irene, la prima, a que no se quedara en medio de la puerta.

Se coló hasta situarse en el centro de la habitación. Las vio en escorzo concentradas en su tarea y silenciosas, como si hubiera interrumpido la conversación que mantenían. No sabía qué decir. Miró alrededor, percatándose por primera vez de lo que había en el portal: la cantarera y el largo escaño donde el padre acostumbraba a echarse la siesta arropado con una manta de Béjar que había sido doblada. Se sentó en la esquina contraria a donde se encontraba el ropaje.

—¿Te ha comido la lengua un gato? —le reprochaba Irene, la más lenguaraz de las tres.

Puri sonreía levantando la mirada de las agujas con las que tejía para volverla a fijar en las varillas, temerosa de confundirse con las cuentas de las puntadas.

Irene cosía unos corchetes a una falda colorida. Conocía bien esa prenda. Su mano había explorado los muslos de la muchacha en alguna ocasión apartando esa prenda. Todas las noches le mandaba su madre al caño. Tomaba el carretillo de madera con cuatro huecos para los cántaros y se dirigía a la fuente. Esta tarea le suponía no poder jugar a la malla en las eras, o perderse la tertulia con los amigos, y por eso renegaba de la mala suerte de ser el mayor y tener que asumir muchas responsabilidades en la familia. Mientras iba a la fuente le albergaba el mismo temor que le asaltaba cuando se dirigía a la casa de la Antonia: sufría con la expectativa de no encontrar allí a Irene o de que hubiera otras personas esperando a llenar sus cacharros; pero también temía si estaba, porque sabía que, si la ocasión era propicia, se dejaría meter mano. Disfrutaba acariciando sus tetas y sus muslos, pero acababa cansándose pronto y no sabía qué hacer después ni qué decir. En todo caso, le gustaba más palpar sus mulos; el pecho descomunal le infundía temor y tenía la impresión de que era inabarcable. Lo tentaba un poco por abajo, sin embargo, la gravedad de la masa era demasiada para su mano pequeña. Por eso, abandonaba esa parte del cuerpo y aproximaba la mano a sus muslos suaves. No osaba rozar las bragas. Si, por casualidad, sus dedos tocaban la tela de algodón, los apartaba como si recibiera una corriente eléctrica. En ese instante retiraba la mano de la pierna. También, cuando alguien paseaba por la carretera, desarmaban la unión y aparentaban una charla trivial para entretenerse mientras los cántaros se llenaban con el minúsculo caudal del caño. Una vez pasado el peligro, Irene se ofrecía para continuar dejándose magrear, pero llegaba un momento en el que ya no encontraba deseo. Por no parecer descortés volvía a buscar entre su falda los muslos blandos y calientes, pero pronto su mano sudaba y ya no le parecía tan agradable. Cuando los dos regresaban con la carga de agua, la muchacha saludaba con energía a los vecinos, sentados en sus poyos, que tomaban el fresco. El chico llevaba la cabeza echa un lío: no sabía si se sentía satisfecho, o si el remordimiento no le acarrearía pesar, por creer que lo que acababan de hacer no estaba del todo bien.

Esa ambivalencia permanecía en esos momentos en los que sentado en el escaño observaba a las tres muchachas aplicadas en sus puntadas, jaretas, fruncidos…

—Parece que estás muy callado hoy… —continuaba indagando Casilda sobre su mutismo.

Un no débil se escabulló entre sus dientes mellados.

—Algo te pasa... —Le molestaba que se metieran con él.

Las otras sonreían y también lo azuzaban para que les diera conversación. Con timidez se aproximó a ellas. Las tres vestían faldas y blusas. El escote de Casilda permitía al muchacho observarle el pecho. Lo contemplaba con disimulo.

—¡Pero será atrevido el niño! —exclamó Casilda al estar segura de que no paraba de mirarle las tetas.

Se puso colorado, pero negó la conducta que le atribuía.

Casilda hacía como que se sorprendía, no obstante, su cara era divertida, al igual que la de las otras. Las tres se lo pasaban bien con el mocoso. En vez de recatarse, provocativa, Casilda lo animaba a que se acercara y posara sus manos en el seno. Irene aparentaba escandalizarse con el atrevimiento del muchacho sin desanimarlo al decir ¡Ay, Jesús, María y José! ¡Diablo de chico! Puri dejó de hacer punto y con los ojos muy abiertos contemplaba la escena al tiempo que esbozaba una alargada sonrisa. Casilda lo atrajo hacia sí agarrándolo del brazo. Él ponía una resistencia insuficiente para que al final acabara pegado a su cuerpo. El chico contemplaba su pecho desde arriba. Veía el canal que separaba cada una de las mamas permitiendo imaginar en el fondo del valle el ombligo. Una de las manos de ella se dirigió a la pelambrera pelirroja del muchacho y se la revolvió.

—¿Te atreves hacerlo? —lo desafió.

Irene se alborotaba más aún con el espectáculo. La mirada de Puri, un poco ajena, sin embargo, denotaba interés en que continuara la escena. El muchacho no sabía cómo interpretar la invitación. Intuía que podía estar de chufla para reírse de su inocencia, pero lo que no consentía era que lo tomaran por un cobarde.

—¿Vamos a la alcoba? —La hermana de su amigo se había levantado de la silla y tiraba de él hacia la sala donde se hallaban los dormitorios, tan solo separados del resto del espacio por una cortina.

Por un instante resistió el embate al pensar en el lugar en el que se iba a encerrar con la muchacha. En la sala había una mesa de madera barnizada con un tapete central de ganchillo y cuatro sillas repartidas en cada uno de los lados. La estancia, a pesar de que las cortinas de encaje se hallaban corridas, estaba más iluminada que el portal. Conocía la casa. Se imaginaba las dos alcobas situadas al entrar en la pared de la izquierda. En ellas había dos camas altas. En la primera dormía su amigo y en la del fondo, en una grande, la hermana. Había visto esa cama femenina grandiosa: limpia y con aroma a mujer. Era allí donde lo quería llevar Casilda.

—No, ¡vamos a la pocilga!

Casilda se sentó al oír la contraoferta y las otras estallaron en carcajadas. Para él, el disentimiento era incomprensible, porque, convencido ahora sí de que quería hacerlo con la muchacha, era la prueba de que la propuesta de acostarse con ella no iba en serio.

—Pero, ¡cómo vamos a meternos en la pocilga! ¡Tú estás tonto! —seguía reprochándole—. Vamos a la alcoba, que allí estamos mejor.

Todas eran excusas para él. No imaginaba ver a la muchacha con esa luz de la sala iluminando su desnudez. No podría soportarla.

—No, no, en la pocilga —insistía convencido de que allí se saciarían por completo ambos deseos.

También conocía el corral de la casa de las ocasiones en las que jugaba con su amigo. Hacía muchos años que no cebaban un marrano. La pocilga se encontraba debajo del gallinero y estaba seca y limpia, pero con un aroma animal que despertaba su pasión. La daba el sol de la tarde y por su tosca puerta de madera, por alargadas rendijas, se colaban los rayos tenues que creaban la atmósfera etérea de locura amorosa que encandilaría el ansia de que el cuerpo de Casilda fuera suyo.

Los dos se pusieron tercos durante un poco más de tiempo; sin embargo, al final, las tres estaban de acuerdo en que la pretensión del muchacho era una cabezonería ridícula y, a pesar de su insistencia, retomaron la costura. Por un momento, se le pasó reconsiderar la invitación de entrar en la alcoba y ceder, pero no se atrevió.

Desde esa tarde ya no volvió a buscar su compañía, aunque cuando pensaba en Casilda se arrepentía de la oportunidad que había perdido de estar con ella, si bien, no era una desazón inquietante. Lo siguieron queriendo como el muchacho vivo que era. Con el tiempo, la prima se marchó del pueblo. La hermana de su amigo, pasados unos años, se casó. Nunca sus experiencias amatorias fue un impedimento en el trato normal entre ellos. Seguramente, Casilda pensaría que el muchacho era aún un niño que no recordaría esas experiencias. Él contribuía a que creyera eso cerrándolas en un blindado olvido que sellaba con placer y hastío. Sin embargo, cuando se cruza con Puri, la amiga de las primas, los dos bajan la mirada y se ruborizan.

18/12/23

CANTERO, CAPÍTULO III (Primera parte)

 

Estaba ya más que harto de tabernas. Los días se le pasaban apoyado en un mostrador. Desde que se levantaba hasta que se acostaba, salvo el inciso de la comida, compartía el tiempo con los amigos. Almorzaba y, no bien había acabado de sorber la leche, su hermano mayor le urgía para que fueran a dar una vuelta a ver a quién se encontraban. «¿A quién vas a ver?», lo interrogaba con la mirada. Siempre la misma rutina. Comenzaba a odiar la nieve. No había conocido un año así en su vida: tres semanas sin ir a la cantera, sin hacer nada: limpiar la moto, engrasarla y revisar con mimo las piezas de su armadura para al final no descubrir ninguna anomalía. Su hermano, en cambio, disfrutaba con esos días en balde compartidos con las amistades; a él, sin llegar a ser un misántropo, cuando, como entonces, eran más de una las jornadas festivas, le cansaban. Muy bien un rato los domingos después de misa y por la tarde, pero oír dos días seguidos idénticas conversaciones y encontrarse los mismos rostros, le ponía de mal humor. A sus colegas, por el contrario, el mal tiempo les parecía el culmen de lo que debía ser una buena vida: no dar golpe y andar todo el día en el bar. Le molestaba esa visión tan holgazana de lo que era disfrutar. Tal vez fuera por esta razón, por esa felicidad bobalicona que mostraban sus colegas, por la que se sintiera mal. Una congoja nerviosa lo invadía poniéndolo de mal humor. Quizá era envidia o anhelo de una sencillez de la que carecía, pero esa idea acrecentaba su malestar.

Después de acompañar a su hermano al bar los primeros días, cuando las jornadas seguían transcurriendo sin que hubiera el menor síntoma de mejoría climatológica, dejó de acudir a las llamadas que irremisiblemente le lanzaba la ociosidad. Se levantaba más tarde, pues en el sopor de la cama hallaba consuelo a su desasosiego. Encendía la lumbre y, acurrucado en la banqueta contemplando crepitar la hojarasca y la paja, esperaba sin moverse la hora de la comida. A la madre le pareció estupendo que no saliera a la taberna, no como el otro, que todos los días realizaba gastos que el diablo se llevaba y encima lo que haría sería el tonto y que los demás se rieran de él.

Cuando terminaba de comer, se marchaba a dar un paseo por el campo. No se alejaba mucho del casco urbano. Bajaba hasta Las Entrehuertas y por allí vagaba sin rumbo fijo. Un silencio frío embargaba a la solitaria tarde. La claridad del cielo se reflejaba en la nieve y sobre esta blancura pura resaltaba el musgo que abrigaba a las piedras. Por encima de su cabeza cruzaba veloz algún grajo que con prontitud se refugiaba en las grietas de los peñascos más recónditos. Por lo demás, ningún ruido perturbaba su paso prieto y pesado en la nieve pétrea. Ascendía a duras penas sobre un montículo y desde allí observaba el declive de la montaña. El campo recubierto de una espesura blanca que cegaba la vista era monocromo y no permitía una recreación minuciosa en los matices. Descendía la cumbre con solemnidad y lentitud. La luz desprendida del suelo blanco iluminaba entonces un cielo mucho más cálido. Un frente de oscuridad fue cubriendo la parte más elevada del pueblo, la estación de tren, el camino que transcurría hasta los corrales de las afueras, la casa de los funcionarios con sus dos pisos y, por fin, la torre. Desde allí, el avance de la sombra nocturna fue vertiginoso: el ayuntamiento, el barrio de la iglesia, el cementerio, las pozas de lavar, los prados y huertos, el arroyo, hasta que muy cerca la veía ascender por la elevación del montón de piedras en las que se había sentado. Le gustó este espectáculo, como si la naturaleza le otorgara un don que a los demás negaba. Sus ojos —se imaginaba— eran tal vez los únicos testigos de la muerte de la luz y del parto del frío y de la oscuridad, mientras los demás no levantarían la mirada del abanico de naipes.   

Siguió dándose este paseo varios días. Su hermano ya no lo conminaba a que se fuera con él. Al dejar la casa, su madre no le preguntaba dónde iba. Salía y no decía nada. Era un ser en el que nadie se fijaba; podía hacer lo que le viniera en gana. Si se encontraba con alguien, lo saludaba ladeando un poco la cabeza, pero sin despegar los labios. Al dejar el pueblo, miraba hacia atrás: las chimeneas vomitaban con dificultad un humo de paja y chaparros. Llegando al monte bajo, merodeaba entre el arroyuelo y los pequeños huertos escalonados: solo había troncos de berzas con hojas plegadas sobre sí mismas. Los ciruelos escuálidos tiritaban de soledad con sus ramas inclinadas hacia la tierra como si buscaran refugio en sus entrañas…

En un recoveco, entre dos piedras que protegían del viento, chiscaba lo que encontrara y, engurruñado, veía consumir la vegetación que se resistía a arder ante lo incomprensible de la mutación de un estado de hielo al fungible del fuego y de la nada. Cuando conseguía rescoldo, arrojaba troncos de chopo carcomido y mohoso y negrillo retorcido y duro como el hielo y las piedras. Un espeso humo asfixiante revocaba en la bóveda pétrea, resbalaba y se desperdigaba en todas las direcciones. No albergaba temor de que alguien descubriera la humareda e indagara quién era el tonto que a esas horas se dedicaba a poner lumbre en el campo. El terreno era favorable al hallarse en una hondonada y no permitir desde una posición más alta su visión. Podía estar tranquilo que nadie molestaría su ensimismamiento. Desde allí, cuando la tarde estaba más serena, podía escuchar el balar de las ovejas en las cijas húmedas y chorreantes de orín, el mugir de las vacas al salir de las cuadras al abrevadero; el ladrido de los perros ateridos por la ausencia de sangre en sus cuerpos y por la rabia que se les acumulaba en sus dientes; las voces de los pastores, de los vaqueros insultando a sus animales… Voces que nunca musitaban una plegaria, sino que maldecían a Dios y a sus criaturas; voces que no emergían de su garganta, sino con fuerza telúrica del abismo; voces que desterraban el silencio; voces unánimes y firmes como única forma de expresión que aprendieron de niños y no supieron olvidar; voces que eran fuerza y violencia; voces que eran una lucha a muerte; voces guerreras; voces anárquicas en su expresión; voces potentes como sus pisadas y sus cantazos; voces que no encontraban una distancia corta; voces resistentes al viento, al frío, a la lluvia, a la nieve, al hielo, a la tormenta, al nublado, a los que desafiaban; voces en la noche, en el día y, sobre todo, en el ocaso mortecino; voces que eran gritos…

Con más potencia y nitidez llegaba el silbido mohoso del tren de las cinco. El primer pitido era el de la entrada en el túnel. Al salir, se podía escuchar la fatiga cochambrosa de la máquina trepando por los Vallares. Se observaba una espesa nube de humo negro que ascendía con dificultad al cielo, como el avanzar lento y penoso del convoy hasta alcanzar la estación. El segundo, al arrancar, que más bien era una bocanada de oxígeno para continuar con el esfuerzo gimnástico hasta coronar la cima imprecisa de un terreno que nunca se adivinaba cuándo era propicio y cuándo desfavorable.

Por último, escuchaba el toque del rosario, sin hora fija, dependiendo de la duración de la tertulia acompañada de café y varias copas de chinchón y del julepe del cura, el sacristán, el sargento de la guardia civil y el alguacil. El sacerdote se asomaría a la puerta y avisaría a los monaguillos de turno, que estarían jugando en la plazuela de la iglesia tras su jornada escolar, para que fueran iniciando el toque de campanas mientras se aseaba un poco. La primera, después la segunda y la última, con el esquilín nervioso. Este era el postrer sonido que llegaba hasta el refugio donde se encontraba. Después todo era silencio, aunque percibiera el breve lloriqueo de las primeras estrellas.     

Al regresar a casa, subía por el camino del huerto de Los Cacharros, antigua vía medieval en uso hasta hacía poco más de un siglo, conocida por los vecinos por ser el paso por donde transcurrieron las andanzas de la Santa en sus primeros escarceos como impulsora de una nueva orden religiosa. El camino casi abandonado solo era transitable a pie o en un burro de toda confianza. El agua que descendía por su lecho la mayor parte del año, había terminado por horadar la argamasa de tierra, y los cantos, aunque firmes e hincados en el suelo, eran bolas que emergían sin contornos, constituyendo un trazado demasiado accidentado como para permitir la circulación de ningún carruaje. Por eso resultaba difícil hacerse a la idea de que esa hubiera sido la vía de comunicación entre la llanura y la montaña. Era estrecho por la pujanza de las encinas que desbordaban las paredes de ambos lados, y oscuro por el abrazo solemne y perpetuo de las ramas. Siempre le había gustado el trazado del camino y ese paraje. Le recordaba su infancia. Se preguntaba por qué elegiría, con sus amigos, ese lugar para jugar estando tan alejado de las últimas casas del pueblo. Ninguno de sus compañeros poseía por ese paraje prados, huertos ni había motivo que los obligara a ir por esos contornos.  Desde luego, era un sitio estupendo.

¿Tal vez era la soledad y tranquilidad que proporcionaba este falso valle? Recordaba, como si solo hubieran transcurrido unos días, los juegos con los que se entretenían, en especial, la maya. Cuando llegaban, se sentaban en la piedra de Peñalba. Este era el punto desde el que mejor perspectiva se obtenía de los parajes de alrededor. Se preguntaban cómo pasarían la tarde, aunque era obvio que acabarían jugando al escondite. Antes de comenzar, repasaban las normas que había que respetar, casi siempre haciendo referencia a los límites hasta los que se podían esconder o a los lugares prohibidos para el ocultamiento –que no se podía bajar hasta la arboleda, pues era mucha distancia; que si meterse en aquella cueva no; que más allá de la tierra del tío Miguel tampoco, porque, si no, no terminarían en toda la tarde…, pequeños regateos que el que había acabado mal parado en la tarde precedente procuraba imponer a los otros, como compensación a una frustración no asumida. Se echaban suertes. Al que le tocaba, renegaba de su mala ventura y, una vez aceptado el desastre, les recordaba los acuerdos anteriores, mientras los demás ya pensaban dónde se esconderían. Contaba, en voz alta, diez números por cada componente, ni muy deprisa para que los demás no lo regañaran, ni muy despacio para limitar el tiempo de esconderse y adivinar por el vibrar de algún chaparro la dirección que habían seguido sus contrincantes. Uuuno, dos, tres, cuatro… Contaría más bajo el resto de números cavilando dónde se ocultarían: ¿elegirían el escondite de la última vez u otro nuevo? Echaba cuentas de quién se habría guardado solo o en compañía. Los peores eran los solitarios, nunca se podía saber por dónde saldrían y se desplazaban de un recoveco a otro sigilosamente. Las parejas eran más fáciles de descubrir por la jarana que armaban, aunque eran peligrosos en la carrera, pues se animaban mutuamente… Treinta y ocho, treinta y nueve y cuarenta, el que no se haya escondido que se esconda. Entonces era el silencio de la soledad e incertidumbre. El sol cegaba los ojos recién abiertos. Comenzaba a buscar. Lo más seguro era que no se encontraran en los lugares más próximos, pero era casi obligado darse una vuelta por si las moscas.

Primero visitaba el pilón seco situado más arriba. Nadie se escondía en él en los lances iniciales del juego, pero a todos les gustaba ir a ver ese abrevadero que siempre conocieron vacío. Tenía un no sé qué que los atraía. Tal vez lo visitarían por ver si de la noche a la mañana había cogido agua. En sus paredes se sentaban a dejar pasar el tiempo… Era estúpido subir al monte en seguida; hasta que no transcurriera media hora deambularía de un sitio a otro sin afán de buscar. En ese lapso de tiempo nadie se movería del hueco en el que se hubiese metido. Era el momento para tumbarse con tranquilidad y pensar si se estaba solo o de hablar si se hallaba con un compañero; tal vez fueran los únicos pensamientos y conversaciones transcendentes de toda la infancia, no por el contenido, sino por el carácter serio y ceremonial que de vez en cuando adoptan los niños. Eran momentos en los que se revelaban secretos que no se podían comunicar a toda la pandilla. La amistad se consolidaba con esos lazos de sinceridad y confianza.

En realidad, el que buscaba lo único que debía hacer era dejar transcurrir el tiempo, que concluyera el ensimismamiento de sus compañeros para que dieran muestras de que estaban vivos. Cuando volvieran a la realidad de la tarde y del juego, levantarían la cabeza para averiguar por dónde andaba el que buscaba. En ese momento comenzaría la acción. La pareja se separaría con una estrategia simple: uno se dirigiría por la izquierda, el otro, por la derecha. Poco a poco, avanzarían posiciones hasta divisar el pilón y controlar al amigo encargado de descubrirlos, que muy bien, a su vez, se podría haber ocultado esperando los movimientos que acababan de iniciar. Incluso, es posible que este hubiera retrocedido hasta las posiciones iniciales sabiendo de antemano que toda la batalla se establecería en las inmediaciones del lugar de partida. En esos momentos se buscaba el colorido de una camisa o de unos pantalones en movimiento fugaz y misterioso para adivinar quién era y salir corriendo con la seguridad de realmente haberlo visto y darle la maya. Era desagradable ser descubierto el primero, aunque se albergaba la esperanza de que lo salvaran; además, todavía se disfrutaba de la partida, ya que sus compañeros no se ocultarían de él y podría adivinar la posición de cada uno y los movimientos indagatorios del acorralado. Si se descubría a otro, el que restaba de aparecer, seguramente el que se ocultó solo, al final, con suerte y después de un rato de angustia por el acercamiento hasta su escondite o de alegría por el alejamiento en dirección contraria, saldría como una bala hasta la piedra donde había comenzado la búsqueda y daría la maya por él y por sus compañeros. La rabia sería incontenible para el que le hubiera tocado hacer de guardia esa tarde, pero todos los demás lo consolarían diciéndole que otras veces habían sido ellos los perdedores.

El frío de la noche próxima rodaba monte abajo. A su paso petrificaba en hielo el aire, las encinas, las casas y el agua ya congelada. Al llegar a su altura, se detuvo y le impregnó de su aroma gélido. Se subió el cuello de la camisa. Metió las manos en los bolsillos en busca de calor. Mirando el suelo y con el cuerpo encogido por los escalofríos, avanzaba lo más a prisa posible. En esos momentos fue consciente de lo largo de sus paseos. Al salir de casa, con la bonanza de la luz del sol, no se percataba de que se alejaba tanto, pero, de regreso, el camino se hacía interminable. A medida que sus pasos lo acercaban al pueblo, contemplaba cómo la noche robaba el humo a las chimeneas. La estela de su blancura prodigaba con antelación un calor seco y era el acicate que azuzaba su andar en busca de la lumbre. Todos se habían recogido en sus casas. Solo, a lo lejos, adivinaba la fragua en la que el herrero golpeaba el yunque con ímpetu melómano y por el afán de iluminar la oscuridad de la noche con sus chispas de fuego. De la taberna, salían los gritos ebrios y enaltecidos de guerreros celebrando los ritos iniciáticos en su combate contra el frío y la soledad amorosa.

Antes de entrar, se sacudió el barro de las botas contra el poyo. La hoja superior de la puerta se hallaba entreabierta. Retiró la aldaba de la hoja inferior y la entornó con un pequeño empujón; cerró la de arriba y saludó a la madre. De la cocina, una voz cavernosa le espetó «si eran horas de andar por ahí con lo malo que hace». Fue hasta la entradilla y tomó un buen tarugo para echarlo a la lumbre.  «Dónde vas con tanto, si donde mejor se está dentro de nada es en la cama», le refunfuñó la vieja. Colgó la chaqueta de pana detrás de la puerta y atizó el rescoldo acercando palos pequeños. Sopló y una llamarada tenue pero enérgica nació de los tizones. Con el fuelle avivó la llama hasta que prendió la corteza de la madera. La madre apartó la banqueta al sentir el calor en las piernas. Él se acurrucó y extendió las manos en medio de las llamas. Algunos pelos se chamuscaron; las retiró y se las frotó varias veces para extender el calor. Las volvió a introducir entre las llamas en posición contraria. Repitió varias veces la maniobra hasta que sintió que recuperaban una temperatura agradable. Sin quitarse el calzado, repitió la operación con los pies. Del material de las botas comenzó a salir la humedad en una nube de vapor. Hasta que no sintió el calor en la piel helada de los pies los estuvo alternativamente colocando en la cresta de la llama. Calientes las extremidades, el resto del cuerpo se relajó. La madre, mientras se entonaba el hijo, recogió el cesto de la costura: enredó el ovillo, tapó la caja de los botones, buscó el huevo de remendar, tanteó con las manos la repisa en captura de las tijeras y, cuando se levantó, cazó al vuelo los calzoncillos que había estado remendando echándolos encima del cesto. Lo dejó en el sillón y del aparador tomó un puchero. Fue al portal a buscar agua de la cantarera y lo arrimó al fuego.  «Que se vaya calentando a ver si mientras tanto llega tu hermano». Le entregó una cabeza de ajos para que pelara unos dientes. Arrimó las trébedes y acercó tizones para calentar la sartén. La madre le trajo una cucharada de manteca y la esparció sobre la superficie negra de la pieza. Al comenzar a bullir, echó el ajo picado. Añadió pimiento y lo sofrió. Cuando estuvo a punto, lo vertió en el puchero. Ella había troceado el pan mientras tanto. Acercó una mesa baja a la chimenea y dispuso la cazuela con el pan en el centro. Esperaron un poco a ver si portaba el hermano, pero se cansaron y comenzaron la cena. Cuando acabaron las sopas, frieron unos huevos en la misma sartén y terminaron de comer. La madre recogió la mesa y dejó las sobras arrimadas a la lumbre. Puso la leche a cocer.

 

CANTERO, CAPÍTULO II (Primera parte)

 

El mal tiempo continuaba. Algunos días no nevaba, pero la nieve acumulada hacía imposible regresar a las canteras. Helaba mucho y las piedras seguían congeladas. La gente estaba ya harta de tanto ocio, pero los cantos eran intocables en esas condiciones. A veces, a media mañana, los canteros se daban una vuelta por los cortes y limpiaban de rajos los talleres o prendían lumbre para probar si deshelaba algo la piedra y podían hacer unas cuñeras. Era una pérdida de tiempo. Cuando las picaban, clapaban sin cortar y regresaban a casa hartos y renegando del clima. Sus mujeres les decían que no se enfadasen y que aprovecharan para realizar algunas hazanas de casa o que se fueran a cortar leña, o que hiciesen cisco. Con seguridad tendrían multitud de tareas pendientes que el trabajo cotidiano en la cantera iba relegando, pero en esas jornadas de abulia se sentían menos dispuestos a realizar otros menesteres que los distrajeran del deseo de bonanza y de regresar a los frentes abiertos. Fruto de la convivencia obligada con sus parejas surgían disputas matrimoniales que acababan en voces y en el abandono del hogar por parte del marido para irse a la taberna y regresar con una borrachera, que a su vez propiciaba nuevos enfrentamientos.

Con la proximidad de la fiesta patronal, los enfados se fueron apaciguando y cambió el semblante de los paisanos.  «Total —decían— ya, aunque derrita, no vamos a ir para un par de días». Así que regresaron a la cantera a recoger la herramienta y llevarla a casa. Cuando agarraron el mango se observaron las manos: los callos comenzaban a reblandecerse. De este modo las vísperas empezaron aquel año dos días antes. Prepararon la fiesta a conciencia, sobre todo los solteros, quienes contagiaron a las mozas ese ímpetu festivo. Unos y otras se pusieron en marcha para lograr unas fiestas por todo lo alto. Hasta las casadas, olvidando los enfados recientes con sus maridos, y el cura, catador de los estados de ánimo de sus feligreses y hábil manipulador de los mismos, participaron en el regocijo popular reinante. Las mujeres engalanaron las calles. El cura las apremiaba para que acabasen esos trabajos de tijeras, papel y trapos y se apresuraran a barrer la iglesia y a ensayar algunos cánticos, al tiempo que prevenía a las solteras de los peligros del baile y aconsejaba la decencia a las comprometidas y, en un estado de transposición mística —escapando de sus comisuras unas gotas de salivilla—, se regocijaba con la imagen de verlas comulgar el día de la patrona.

Dispusieron una programación festiva que muchos años después todos recordarían. Prepararon carreras de caballos y juegos de anillas y gallos… Compraron vasijas de barro e introdujeron en ellas todo lo que encontraron, animal u objeto. La calle de Los Carros estaba dispuesta para acoger las distintas actividades preparadas con tanto entusiasmo por la juventud. El ayuntamiento, que solía ser parco en sus dádivas, ese año fue generoso y junto a las aportaciones económicas de los mozos, se formó un fondo público para afrontar los gastos surgidos en la organización de los festejos. Por toda la comarca, tierra de labradores, ociosos en esa época invernal, se corrió la voz y se acercaron a observar los preparativos, dispuestos a participar en el jolgorio.

Los casados, que tenían prohibido tomar parte en las jaranas juveniles, se rebelaron contra la marginación que sufrían y por su cuenta —y riesgo del qué dirán—, armados de un valor desconocido hasta para ellos mismos, que, a la postre, era un grito de queja ante la posición supuestamente placentera que el himeneo les proporcionaba, se pusieron de acuerdo para celebrar los carnavales, que coincidían con los días de la fiesta de la santa. Se juntaron en pandillas, según las amistades que habían mantenido en su soltería, y formaron charangas disfrazadas con habilidad y con un criterio o motivo idéntico. No debió resultar mal la iniciativa, porque al final el baile lo animaron ellos. A partir de esa fecha ya no se vio con malos ojos que en ciertas ocasiones los casados, olvidando su recato marital, se divirtieran por su cuenta. 

CANTERO, CAPÍTULO I (Primera parte)


 SINOPSIS: Cantero es una novela emotiva, con un ritmo lento en el desarrollo. En el transcurso de la transformación de un pueblo como consecuencia del abandono de las ocupaciones tradicionales, el protagonista rememora ese pasado que desaparece a través de las vivencias personales de un presente que ve atónito desvanecerse. En ese mundo cambiante vive su propio drama convencido de que él no tiene las fuerzas suficientes para buscar otra forma distinta de ganarse la vida que no sea con el oficio que lleva ejerciendo desde que era un niño. La soledad de sus paseos por el campo, la cantera y el trayecto en moto de vuelta a su casa las vísperas de la festividad local propician la creación de un mundo personal que se intensifica cuando conoce a Andrea, la única mujer que lo ha querido.

Varias adolescentes y niñas de diez o doce años bailan entre sí, mientras los chavales se persiguen y se zarandean entre las parejas. Plantados al borde de la pista, formando una masa oscura, un grupo de hombres algo mayores observan en silencio. Todos rondan los treinta años, llevan boina y visten traje oscuro, pasado de moda. Como impulsados ​​por la tentación de participar en el baile, avanzan a veces y estrechan el espacio reservado a las parejas que bailan. No ha faltado ni uno de los solteros, todos están allí. Los hombres de su edad que ya están casados ​​han dejado de ir al baile. O solo van por la Fiesta Mayor o por la feria: ese día todo el mundo acude al Paseo y todo el mundo baila, hasta los viejos. Los solteros no bailan nunca, y ese día no es una excepción, pero entonces llaman menos la atención, porque todos los hombres y las mujeres del pueblo han acudido, ellos para tomarse unas copas con los amigos y ellas para espiar, cotillear

Bourdieu, Pierre. El baile de los solteros

PRIMERA PARTE

I

El invierno venía con retraso. La gente aventuraba la posibilidad de un año sin nieve. En las vísperas de las fiestas de febrero aún no se había posado ningún copo blanco en sus negras boinas. Había comenzado a llover en noviembre, a caer agua todos los días, y el cielo permaneció encapotado hasta el fin del año. Muchos hicieron la matanza por san Martín, como de costumbre, a pesar de que no acompañara la climatología. Antes de finalizar el verano se habían vaciado las latas de longaniza y los marranos ya no pintaban nada en las pocilgas. Sin preocuparse mucho, sacrificaron los cochinos esperando que las heladas se presentarían sin tardar. Al destazar, comprobaron que las carnes estaban blandas y el sebo engomado. Adobaron el chorizo. Los más confiados colgaron las tripas en las varas del sobrado; los más prudentes pusieron lumbre de paja en la cocina para ahumarlo bien. Cada día, al levantarse, oían llover y decían: «Otro día». Cuando se preguntaban unos a otros por sus respectivos apaños, se consolaban pensando que para los jamones era un tiempo ideal. Continuó lloviendo, lloviendo todos los días. La tierra rezumaba humedad por cada poro. Fuentes secas durante muchos años manaban como en las mejores épocas. La otoñada por fin producía más hierba que la primavera. Se escrutaba el cielo buscando señales que anunciaran el fin de ese ciclo de agua. Se visitaba a los más ancianos para conocer sus vaticinios y saber si en alguna ocasión había sucedido otro diluvio igual.  «Ya dejará; siempre que llueve, escampa», decían sin la convicción necesaria para calmar la angustia. El cielo encapotado continuó durante las Navidades.

Por la noche no se oía ladrar a los perros; por el día, andaban perezosos. Hasta que alguien se percató de su lozanía y de sus abultadas barrigas. Eso no era habitual. Lo normal era encontrárselos husmeando de puerta en puerta en busca de los restos putrefactos del agua de fregar arrojada a la calle, o bien pululando por los muladares hurgando entre la ceniza y el estiércol hasta encontrar un hueso pelado. Cuando encontraron a un animal con un chorizo en la boca, se dieron cuenta de que muchas matanzas se habían echado a perder. Era difícil de creer, pero ¡por fin se pudo ver a los perros atados con longaniza!

Llegó la nieve, tarde pero con ganas. Nevaba y no dejó de caer durante dos semanas. La nieve se acumulaba sobre las techumbres, sobre los corrales, cubría la carretera y las callejuelas y se colaba en los portales. A veces deshelaba al mediodía, cuando el sol dejaba libre alguno de sus tímidos rayos que descendían ya desvaídos, pero enseguida el cielo volvía encapotarse y se iniciaba el cribado de gruesos copos que semejaban chichipanes. La nevada era ya de un metro y no sabían cuándo acabaría. Abrieron estrechos pasillos que comunicaban las casas con los establos y los muladares y con una vereda principal despejada comunalmente que se dirigía a la plaza. Hasta entonces había caído espaciada, sin rachas violentas de viento, permitiendo y promoviendo una convivencia fraternal entre los canteros, como consecuencia del periodo vacacional impuesto por una climatología que procuraba el descanso de unos hombres que, de no haber sido por estas inclemencias, nunca habrían abandonado el tajo. Durante estos días de asueto se quedaban en la cama hasta tarde y los niños no acudían a la escuela. Al levantarse, después de almorzar, paleaban la nieve caída por la noche fuera de los pasillos. Mientras llegaba la hora de la comida, acudían a las tabernas a tomarse unos chatos y, si salía, a jugar a la brisca. Se juntaban en la de Seve. Si se formaba partida, permanecían allí; si no, hacían un recorrido por los demás bares. Eran días de concordia que se aceptaban con gratitud. Ni los domingos por la tarde, cuando los matrimonios salían con sus hijos a tomar algo, se lograba una unión tan intensa. Las esposas y las madres, incluso, perdonaban los retrasos y hasta alguna media chispa alegre de sus maridos o de sus hijos. A ninguno parecía importarle que en esos días no corriera el jornal. Estaban felices y mucho más comunicativos de lo habitual. Por las tardes los casados jugaban a las cartas y, de vuelta al hogar, llevaban unos caramelos o unas pipas para los niños y la mujer. Estas chucherías resultaban más apetitosas si el padre había ganado la partida y no había gastado dinero. Los mozos, y algún recién casado incitado por sus antiguos amigos solteros, continuaban la jarana después de finalizar el juego de las cartas. Cuando los mayores se recogían, el bar quedaba a su entera disposición, sabiendo que a partir de ese momento nadie los molestaría ni les reprocharía sus gamberradas. Lo que pasara entonces, lo que dijeran alrededor del mostrador, quedaría entre ellos. Si algún chisme salía de las paredes sagradas de la taberna, sería después de transcurridos unos meses. Entonces, el relato de lo acaecido alcanzaría una magnitud épica en los anales de la historia local. Por otra parte, los allegados de los protagonistas juzgarían los comportamientos con la objetividad necesaria y otorgarían el perdón que solo el tiempo concede. De esta forma, el asunto se examinaría más en su vertiente lúdica que con la carga moralizante o, incluso, cívica con la que se juzga los comportamientos de los demás.

Durante esa variada gama de momentos en los que era necesario divertirse, los integrantes de las pandillas iban asumiendo distintas funciones. Lo más curioso es que no siempre era el líder el que tomaba la iniciativa, más bien, con frecuencia, adoptaba una postura rayana en la pasividad, aunque después retomara su función. Solía ser uno que habitualmente no tomaba decisiones o proponía actividades. En estos momentos de pasividad, encontraba la oportunidad y la manera de demostrar su valía. Aprovechaba la ocasión para irrumpir con una propuesta provocadora que rompiera el tedio. La forma más común de comenzar era retando a otro compañero del mismo escalafón con una apuesta lo más inverosímil posible. La ocurrencia del provocador perseguía el objetivo de escalar en la jerarquía. Por eso no retaba a alguien superior, sino a quien estaba en su mismo nivel con el fin de sobrepasarlo. En esta lucha interna, además, era necesaria la presencia de testigos que avalasen el resultado de la contienda. De ahí que fuera normal, en esas tardes interminables, el desafiarse unos a otros en apuestas sobre todo escatológicas, retos cruzados entre Niñodepecho, Pirnete, Flequillos, Bocasdeespanto..., los protagonistas de aquellas horas interminables en tabernas en penumbras. El resultado de esos enfrentamientos era un empate entre Niñodepecho y Bocasdeespanto, no porque las victorias fueran similares, sino porque a menudo las disputas quedaban reducidas a un empate descorazonador: el número de botellas de ginebra que bebía uno, las tomaba el otro; el peso que uno levantaba, el otro también; lo que a uno le medía la picha, el otro lo igualaba; si repartían en partes iguales una plasta de vaca o asno, los dos se la comían, sentados uno frente a otro. Era una situación desesperante para los implicados en la competición y también para los espectadores, por lo que durante un tiempo dejaron de cruzar apuestas. Esa igualdad se rompió ese invierno de nevada descomunal. Fue Bocasdeespanto el que propuso el desafío: «A ver quién se atreve a comer una ensalada de pelos de burro». Se oyeron voces recriminándole lo bestia que era y a la misma vez mostrando incredulidad ante la apuesta, aunque con estudiada astucia para propiciar la provocación. Pronto Niñodepecho recogió el guante. «Yo me atrevo», dijo con seguridad sin enterarse de los entresijos del reto planteado. Bocasdeespanto lo miró con respeto como contrincante de sobra conocido, pero a la vez le brillaron los ojos y las comisuras de sus enormes belfos se alargaron en clara expresión de astucia, aunque muy bien podrían haber sido estos síntomas consecuencia de los cuartillos de vino bebidos.

—No hay cojones —le espetó a Niñodepecho.

Se miraron a los ojos mientras se insultaban. En este momento intervinieron los demás, pero no para imponer conciliación, sino para aclarar los términos, medios y reglas de la disputa. No había ningún problema. Alguien salió del bar en busca de un montón de pelos, no de buche —los de la intendencia eran peores que los guerreros—, sino de burra vieja y pelona. Después de discusiones vanas, se llegó al acuerdo de que era innecesario un reglamento o norma alguna. Se trataba de engullir la ensalada de pelos y la podían aderezar como mejor les viniera; incluso, no había apremio de tiempo en la degustación. Mientras llegaba la vianda, Niñodepecho y Bocasdeespanto se situaron en lugares separados de la barra tomando abundante vino blanco y cerveza respectivamente, meditando ensimismados en las posibilidades propias y en las del compañero. De vez en cuando se aproximaban unos u otros para darles ánimos y recordarles ocasiones similares en las que habían salido airosos sin dificultades aparentes. Mientras tanto, el tabernero había conseguido de su consorte, después de voces y de un variado surtido de insultos y con el imperativo de que no se asomara, un par de platos y tenedores, además de, por iniciativa de la resignada mujer, una rodilla a manera de servilleta común. Dispusieron la vajilla en el mostrador, un plato de porcelana con su tenedor, uno junto al otro y, en medio, el trapo para limpiarse. En posición central, también el aceite y la botella de vinagre añeja, bajada de la garrafa del sobrado. Así dispuesto, parecía que lo que se iba a servir era una suculenta merienda. Se iba formando corro y todos comentaban el desafío. Cuando llegaron los pelos introducidos en un talego, se fueron repartiendo a puñados en cada plato. Una vez servido, los dos se acercaron. Bocasdeespanto cedió con amabilidad el asiento a Niñodepecho, que con dificultad se sostenía de pie a esas horas. Este, con relamida cortesía, con una inclinación de cabeza, le agradeció la caballerosidad. Ante su vista se mostraba un plato con pelos arrancados a puñados de las nalgas de una burra vieja en los que aún se podía adivinar restos de cascarria reseca. La altura de la montaña peluda comenzó a descender una vez rociada con granitos de sal gorda y regada con un aceite denso y un vinagre recio que, al contacto con aquel, lo diluía en pequeñas balsas pardas. Comenzaron a removerla con esmero, pero, pronto, ante la imposibilidad de terminar la maniobra con elegancia culinaria, introdujeron los dedos, como instrumento más preciso para la operación de amasado. Una vez aderezado el revoltijo, con un volumen más compacto, observaron la masa peluda. No debió presentar un aspecto muy apetecible, ya que Niñodepecho pidió que si se podía añadir unos trozos de cebolla y unas aceitunas barranqueñas. Bocasdeespanto desconfió con rapidez de la iniciativa protestando con energía, pero los jueces no encontraron objeción a esta petición, aunque no le obligaron a seguir el ejemplo. Se negó a añadir nuevos ingredientes pensando que ese ruego del contrincante era la primera muestra de flaqueza. El primer bocado lo dio Bocasdeespanto que, sin tiempo que perder y sin masticar, lo engulló. Se detuvo y observó al otro comensal. Este había introducido también la primera picada, pero la empezó a salivar y, en el momento de tragar, le vino una arcada que le hizo escupir lo mascado. Se puso pálido y un sudor frío empapó la gorra que llevaba puesta. Esta reacción inesperada desterró la modorra en la que se encontraba sumido. Pidió una botella de vino blanco y se arremangó. Bocasdeespanto, observando este renovado impulso, se dedicó a lo suyo y en menos de tres minutos deglutió su plato y se sumó al corrillo que contemplaba a su competidor. Este, ya en el centro de atención, intentó llevarse el tenedor a la boca; no obstante, cada vez que lo acercaba, le venían continuas arcadas que le impedían culminar el movimiento. Bebía vaso tras vaso para olvidarse el asco, pero no podía. Algunas voces compasivas le pedían que abandonara, pero Bocasdeespanto lo picaba llamándole cojonazos. Consiguió ingerir un bocado, sin embargo, antes de que se posara en el estómago, regurgitó todo el vino bebido con anterioridad. Una vez repuesto, admitió la derrota con humildad y dijo: «Cualquier cosa, antes que una ensalada de pelos de burra».

 

 

 

 

 

 

 

LA GORRA

 La gorra

 

El niño esperaba un momento de intimidad con su madre. Sus hermanos dormitaban; su padre se hallaba en el trabajo. Le pedía que le enseñara los recuerdos, que le mostrara la cubertería de plata que les regalaron al casarse, que le sacara las fotografías del viaje de novios, que rescatara del baúl la gorra de cuando su padre cumplió filas. La tiraba de la falda con insistencia para apartarla de la cocina; pataleaba para que no se fuera a lavar o a atender a los animales al corral. Siempre con la misma persistencia por parte de él y con igual negativa por parte de ella. Encontraba la disculpa oportuna para desviar su atención o para postergar el cumplimiento de su deseo, esperando en vano que su obsesión desapareciera.

La desesperación del niño era desconsoladora. Cada vez que se quedaba al cuidado de su hermano, una vez que lo sentaba sobre la manta extendida en el suelo y lo rodeaba de juguetes con el fin de que se entretuviera solo, se dirigía al armario. Sacaba con cuidado las ropas amontonadas para llegar a los rincones oscuros en busca de las fotografías o de la gorra. No encontraba nada. Volvía a colocar la ropa con cuidado para que la madre no se percatara de que había estado hurgando. Después del sofoco causado por la operación, si el hermano continuaba sin reclamar su atención, regresaba a la alcoba y volvía a abrir la puerta del armario y a sacar de nuevo la ropa dudando de que con anterioridad hubiera mirado en todos los recovecos. Se aseguraba de que no estuvieran escondidas entre las prendas. Desesperado por no encontrar nada, recolocaba lo que había sacado. Su madre se percataría de que había revuelto el armario. ¿En busca de qué? Mentiría diciendo que él no había sido, o aceptaría la fácil explicación de la madre de que había rebuscado caramelos.

Otra tarde, en vez de revolver el armario, subiría al desván a buscar la cubertería de plata. El arca que inspeccionaba era vieja y estaba llena de mantas y ropones en desuso. El polvo la cubría y de sus esquinas se asían telarañas. Alzaba la tapa con cuidado de que no se desvencijara. La sujetaba con una mano, mientras con la otra levantaba las sucesivas capas de tejidos. Llegaba al final sin dar con la cubertería. Estaba seguro de que su madre le había dicho que se hallaba allí, sin embargo, no era capaz de encontrarla. La tapa se quedaba peor encajada cada vez que buscaba en su interior, pero no temía que su madre se percatara de la manipulación, pues no subía por el sobrado con frecuencia. Había ascendido las escaleras con la ilusión de que esa vez sí que descubriría los cubiertos, pero bajaba decepcionado, no sabía si a causa de su ceguera o a la mentira de su madre. Muchas veces le pidió que en días señalados sacara las cucharas y tenedores de plata para olvidar por unos momentos los que utilizaban a diario, opacos, grises y deformados. Nunca lo complació. Siempre había alguna justificación para seguir comiendo con los desgastados cubiertos que se apilaban en el cajón de la mesa de la cocina.

Con todo, lo que más excitación le causaba era cuando su exploración se dirigía al baúl negro remachado con latón dorado, donde su madre le aseguraba que reposaban las prendas que el padre había traído como recuerdo del tiempo del servicio militar. Al baúl de la alcoba se aproximaba temeroso porque, en realidad, lo que más ilusión le hacía era encontrar estas reliquias. Era el mueble en el que había buscado con más desesperación y donde había cosechado los mayores fracasos. Era el espacio más laberíntico para encontrar lo que perseguía. Lo había intentado tantas veces, que no comprendía cómo era posible no haber dado con ello.

Le preguntaba a su madre qué donde había hecho el padre la mili, si guardaba la gorra o una camisa caqui. Ella respondía que sí, sin entrar en muchos detalles, siempre con la esperanza de que algún día se le olvidase la cantinela.

El muchacho se conformaba con calarse la gorra de aviador que le había regalado su tío. Le gustaba esa prenda azul que, sin embargo, le resultaba extraña en esa tierra alta. Se la calaba en casa, pero nunca salió con ella a jugar a la calle para que se la vieran sus amigos. La colgaba de un clavo en la subida al sobrado. La observaba suspendida de la larga punta y se la calaba en la cabeza unos minutos, pero otra vez la colocaba en su sitio. Más que un consuelo, era un acicate para conseguir la gorra de su padre, que su madre le repetía debía andar por el baúl dorado de la alcoba. Confiado en su palabra, esperaba con paciencia la tarde en que la madre saliera a lavar, para una vez más indagar en la ciega habitación. Esperaba que esa vez sí daría con la prenda, pero no aparecía confundida entre retales, sabanas remendadas, chaquetones, jerséis viejos, camisas descoloridas, fajas flojas, calcetines de basta lana…

Era tanta su obsesión, que soñaba con sus mismos afanes. Lo que no hallaba en la realidad mísera de su infancia, lo encontraba en sus devaneos nocturnos. Por fin daba con la caja con su tapa de terciopelo en la que se inscribía con letras doradas unas palabras que aludían a la felicidad celestial. Dentro se hallaba la cubertería brillante protegida por un paño gris perla. La gorra militar se mostraba con la visera tersa y la hebilla de la correa reluciente, como si nunca hubiera sido usada en las faenas militares. La tomaba nueva y se la calaba durante unos instantes. Salía con ella en dirección a la luna del armario para mirarse. Se la ladeaba para que su figura no pareciera tan seria, o se la echaba hacia atrás para que luciera su frente. Saludaba llevando la mano derecha hasta la sien en posición de firme y la bajaba con una sacudida marcial. Satisfecho con haberla encontrado, la devolvía al baúl dorado donde su madre la escondía. Durante unos días la felicidad le colmaba de paz, no sabiendo si su dicha era consecuencia de haber encontrado realmente la prenda o por haberlo soñado. No preguntaba a la madre por los recuerdos, con la certidumbre de que los localizaría con seguridad sin que necesitara su confirmación. Sin embargo, llegado el momento de su indagación, la incertidumbre de si volvería a hallar la gorra le devoraba la quietud, mientras revolvía entre las prendas tan bien conocidas sin descubrirla. El fracaso era mayor porque se sentía engañado por sus propios sueños y por su madre.

Se le pasó por la cabeza preguntar a su padre. ¿Dónde había hecho la mili? Suponía que había servido en el ejército de tierra. ¿Si se había traído la gorra de recuerdo? No le había oído hablar de sus experiencias castrenses; nunca se atrevió a sacar el tema. Era un secreto paterno que solo podía descifrar por mediación de la madre. Y esta le daba largas, esperando que algún día creciera y se olvidara de la gorra y de dónde hizo su padre la mili.

Siguió soñando que encontraba la gorra y por unos momentos saboreaba con orgullo las hazañas militares de su padre y él mismo se imaginaba con un fusil marchando junto a otros soldados formando una gran tropa que avanzaba abarcando un ancho frente y levantando polvo al desfilar y lanzando gritos de exaltación. Después, exhausto, depositaba la prenda en el baúl dorado en el que no la encontraría cuando con ahínco acudía despierto a buscarla.

Acabó por no preguntar a su madre por la gorra ni por las fotografías de la mili de su padre; tampoco volvió a insistir en que le dijera dónde escondía la cubertería de plata, pues un día la descubrió olvidada en un basar. La caja de terciopelo rojo estaba llena de polvo y los cubiertos morroños se habían desencajado del hueco en el que las gomas ya rotas los habían sujetado.

 


16/12/23

9. EL ALTO, EL BAJO Y EL GORDO

 9. El alto, el bajo y el gordo

 

Eran las doce pasadas. Entraron en el despacho del decano y en ese momento sonó el teléfono. Severino se sentó en un sillón frailuno y los otros en sillas de madera noble, un tanto incómodas, en opinión de Ambrosio, como si las hubieran dispuesto delante de la mesa del mandatario con el ánimo de que los visitantes abreviaran sus exposiciones y demandas.

La estancia era bastante oscura, teniendo en cuanta la luminosidad de los pasillos. Las únicas ventanas por las que entraba la luz se situaban casi al borde del techo y su presencia no lograba iluminar las apagadas paredes en las que colgaban sombríos cuadros que Ambrosio consideró decimonónicos; sin embargo, al acostumbrarse sus ojos a las tinieblas, comprobó que sus motivos eran abstractos. La mesa del despacho se asemejaba, por sus dimensiones, a la de un billar. Pese a su amplitud, a Severino le parecía faltar sitio donde ubicar todo el material. La pared frontal estaba ocupada por una gran biblioteca, cuyos anaqueles, cajones, vidrieras y estantes se expandían por toda la superficie.

—… si puede llamar en otro momento, discutiremos el asunto de una forma más sosegada porque ahora no puedo extenderme en la conversación al encontrarme reunido —acabó por atajar el decano la charla al cabo de unos minutos al no poder cortar al anónimo interlocutor—. Perdonad el ínterin —continuó dirigiéndose a los tres—. Aquí nos tienes a tu disposición para lo que gustes, aunque, como te he comentado antes, hemos hablamos con los de Salamanca y ellos te pueden informar de sus pesquisas en la facultad. Arturo y Celestino son profesores que comparten departamento y son compañeros desde hace algún tiempo…

En el silencio claustral, la voz de Seve llegaba con nitidez, si bien no lograba borrar la opacidad de su timbre. Hasta se puso más formal y erguido. Resguardado detrás de la mesa, apoyados los brazos en el borde labrado y con la mirada repartida por cada uno de sus interlocutores, aunque se detenía especialmente en Escaleras, se parapetaba tras la formalidad para defenderse del interrogatorio del inspector. Sabía muy bien distinguir los dos momentos o los dos papeles que interpretaba en su profesión: el de los actos institucionales y el del trato amistoso con el resto de los compañeros y, por qué no, hasta con los alumnos. Y no dijo nada a partir de ese instante.

«Por fin —pensó Escaleras— puedo iniciar mi trabajo».

—Bueno, la verdad es que siento mucho volver a interrogarlos porque comprendo que no debe de ser un plato de gusto para ustedes y me imagino que no andarán sobrados de tiempo, como todo el mundo, pero resulta que los que llevamos la investigación somos nosotros, la Brigada Central de Madrid, que es el lugar donde se cometió el crimen y, por tanto, los trámites judiciales, exactamente igual que las investigaciones correspondientes, debemos llevarlas nosotros. Así que si quieren comenzamos y cuanto antes acabemos mejor.

Nadie contestó, dando a entender que todos estaban dispuestos a colaborar y terminar con el asunto cuanto antes.

—¿Se llamaba Eustaquio? —preguntó por iniciar por cualquier punto las averiguaciones.

—Sí —respondieron al unísono—. Gil de P… —se cortó Celestino, que se situaba en el medio de los tres e impartía la asignatura de Historia del Arte—. Eustaquio Gil de P… No me acuerdo del segundo apellido.

—Es igual —intervino Escaleras.

—Si a mí no me resulta raro…; es Gil de Peñala… —salió en ayuda el que ocupaba la tercera silla, Arturo Arriero de las Heras, profesor de Dibujo.

—No os preocupéis —atajó inmediatamente Severino—, ahora mismo busco su expediente personal y salimos de dudas.

—… de Peñalba —dijo el inspector para salvar las vacilaciones, viendo que iban a convertir en asunto primordial del interrogatorio dilucidar cuál era el segundo apellido.

—Sí, es verdad. Eso es, Eustaquio Gil de Peñalba.

El rector se levantó y de un fichero extrajo una cartulina color caramelo y leyó: «Eustaquio Gil de Peñalba, hijo de Sergio Gil Hidalgo y de Joaquina de Peñalba Sarnosa, con documento nacional de identidad 15987384 Ñ, nacido en Verín, provincia de Orense, el día 16 de enero de 1940».

—Muy bien —dijo Escaleras—. Aquí, en esta facultad, ¿cuántos años llevaba dando clase?

—Yo, cuando llegué, ya estaba. Probablemente desde que se abriera o inmediatamente después; es decir, la facultad se inauguró en el curso 81/82…, diez a once años, como mínimo.

—Lo puedo comprobar en un instante en sus hojas de servicio —anunció Seve.

—No es necesario; no tiene mucha importancia ese dato. Ya me hago la idea de que llevaba aquí varios años. ¡Muy bien! ¿Y siempre enseñó la misma materia?

—Desde que lo conozco ha impartido Teoría y me da la sensación de que, más o menos, entré cuando él.

—Me parece que sí —corroboró Arturo.

Escaleras Arriba no sabía por dónde comenzar a preguntar sin ser indiscreto. Los profesores se fueron relajando, excepto el decano que, aunque había encendido un cigarrillo, seguía al acecho, como si temiera una encerrona y lo pudieran pillar fuera de juego. En cambio, los otros dos, observó el policía, comenzaron a desperezarse y a rebullir en las frailunas sillas. El más pequeñín, Celestino, una vez que chascó la lengua, mostró unas ansias indomables de meter baza. El otro, más gordo pero igual de nervioso, esperaba pacientemente para intervenir moviendo una media melena en la que las canas eran visibles, mas, cuando tomaba la palabra, entre sonreír y repetir lo que decía muchas veces, no finalizaba nunca.

Intentó una estrategia aproximativa intermedia con el deseo de no entrar de sopetón en los temas clave y de acabar de ganarse la confianza de los profesores.

—¿Cómo de simpático era Eustaquio? ¿Trataba con todo el mundo o, por el contrario, no era muy bien visto?

Celestino y Arturo se miraron y se sonrieron. El rector permanecía tan inmutable como al principio, pero puso cara de asco ante tal pregunta, aunque enseguida hizo una mueca y se encogió de hombros adentrándose en los desfiladeros larguísimos de su cuerpo, que lo condujeron a la abstracción.

—¡Hombre! ¿Qué quieres que te diga? Aquí, en la facultad, seremos unos cien profesores…

Rescatado con garabatos de las profundidades sinuosas en las que se hallaba inmerso el rector por alguna palabra mágica que había resonado en el despacho, se despertó y, apretando fuertemente los labios, corrigió la cifra aportada por el anterior, como si de esa rectificación dependiera el dominio de la verdad.

—… ciento uno.

Sin tomar en cuenta la aclaración de su superior, Celestino retomó lo que parecía iba a ser un discurso de cierta envergadura.

—… No hay centro de trabajo, con un colectivo tan numeroso, en el que todos se lleven bien. Sería algo excepcional que yo hasta este momento, en mi largo deambular por la enseñanza, no he encontrado. Sin embargo, el caso de Eustaquio era una sorpresa, porque era un hombre sin enemigos. Con unos tienes más trato que con otros; y siempre, por mil razones que no es cuestión de abordar en esta conversación, hay personas que no se hablan. Para mí es absolutamente normal y no por eso vamos a imaginar que esas pequeñas insidias sean la causa de males graves. Simplemente no se hablan o se critican mutuamente, pero sin llegar a enfrentamientos mayores. De Eustaquio podríamos casi asegurar que escaparía de estos conflictos internos: hablaba con todo el claustro de profesores.

Arturo, que no paraba de mirar atentamente a Celestino, aunque no lo escuchara con detenimiento, no dejaba de espiar el más breve silencio perdido por el pequeño y vivaz profesor en la perorata para introducir él la suya. Sonriendo con todo, limpiándose gotas de sudor de la frente y ajustándose continuamente las gafas en la pequeña nariz, al fin encontró el hueco que andaba buscando.

—Bueno, Eustaquio no tenía problemas con nadie. Se enrollaba con todo el mundo. Con todos se paraba y charlaba. Se interesaba por cualquier asunto que se le comentara. Tanto que a veces yo me preguntaba de dónde sacaba el tiempo para estar con la gente con la multitud de ocupaciones que cargaba en las espaldas. Y, si con alguien se llevaba mal, jamás se le oía comentar y menos criticar a su contrincante. La verdad es que tampoco mostraba mucho apego a la facultad. Con los numerosos asuntos más interesantes que traía entre manos, no se sabe cómo no la dejaba. De dinero le rebosaban los bolsillos, no era ese el aliciente.

—No digas eso, porque nadie puede jactarse de que no le hace falta dinero —intervino cortante y de forma vehemente Celestino, como si la opinión de Arturo fuera un sentir arbitrario.

Se alteró y se levantó de la silla de la misma manera que si lo hubieran azuzado con un punzón en su pequeño trasero. Arturo ni se inmutó mientras Celestino le soltaba la regañina; se sonreía y, cuando el otro dejaba de mirarlo porque hacía ademán de retirarse, aunque se sentaba de inmediato, miraba al policía y con una socarrona sonrisa le señalaba al compañero, alegrándose de haberlo sacado de sus casillas y disfrutando de verlo enojado. En un momento, Celestino se sosegó y se sentó, aun cuando no renunciara a los aspavientos.

Sonriendo y como si la tormenta pasada no hubiera dejado ni charcos, Arturo continuó sin parar de reír mientras hablaba:

—Está claro que lo de la facultad no lo hacía por dinero. Si con lo que le pagaban de diputado y sus negocios de anticuario ganaba un montón de pasta. Tenías que comprobar qué colecciones y qué antigüedades poseía… Él mismo reconocía que andaba bien de caudales. ¿Y los libros que había publicado? Los derechos de autor le proporcionaban unas rentas anuales considerables.

Hablando de antigüedades, a Arturo los ojos le hacían chiribitas de envidia porque, como el finado, era también coleccionista y amante de ellas. Los otros se dieron cuenta de ello y Celestino no pudo por menos que soltar:

—Si la envidia fuera tiña, cuántos tiñosos habría. Si los dos erais iguales en este aspecto.

—No le hagas caso —contestó Arturo mirando al policía sin dejar de sonreír, pareciendo estar de guasa.

Eran cerca de las dos de la tarde y la facultad estaba a punto de cerrar. Intervino el silencioso decano para recordar que debían ir concluyendo. A Escaleras le parecían muy interesantes las aportaciones que revelaban los dos profesores casi sin formular preguntas y sintió mucho que finalizara esa reunión. No obstante, tanto Celestino como Arturo le propusieron que se fuera a comer con ellos y al inspector se le presentó una oportunidad que no pudo rechazar para indagar sobre la vida del catedrático. Severino se disculpó por no poder acompañarlos.


 

Mis propiedades

  Una vez más he decidido buscar en mis carpetas los contratos de compraventa y las escrituras de la propiedad de mis inmuebles. Fueron adq...