22/01/25

34. La sinfonía del amor

 

No anduvieron mucho trecho antes de entrar en otro bar con el simple nombre de Tal Cual. Allí se encontraron de nuevo con Bárbara y Paloma. Seve se había marchado o le habían dado esquinazo. Se saludaron entusiasmados, aunque no se sumaron a su corrillo por estar acompañadas por un numeroso grupo de estudiantes, entre los que sobresalía un mozo alto con una pelirroja barba que se hallaba concentrado en el ritual de liar un canuto.

El Tal Cual era un bar montado apresuradamente aprovechando el momento en el que toda la movida nocturna se trasladó a esa plazuela. Se abrió con lo imprescindible, sin cuidar para nada la decoración, como si esta fuera algo superfluo y de poca importancia, sabiendo sus propietarios que no necesitarían ningún gancho especial para que el público sediento entrara a su barra en ángulo recto. Incluso, el local en forma de estrecho embudo no era muy adecuado para el negocio de las copas, pero no mostraron reparos en comprarlo, dispuestos a hacerse con parte de la incalculable masa de noctámbulos que se movían noche tras noche. Los dueños, no teniendo remilgos en inaugurarlo rápidamente, lo denominaron con esa locución tan expresiva.

Se situaron en el lado más corto del mostrador, que les quedaba a la altura de los muslos. Era una posición privilegiada al divisarse desde allí tanto lo que sucedía en el bar como el espectáculo de la gente procesionando por la calle.

La cara del camarero que los atendió le resultó familiar, aunque no sabía dónde lo había visto.

Sí, hombre. Es Paco, el del Macondo, el bar donde nos conocimos —le ayudó a recordar Chus.

Este le explicó que tanto el Macondo como el Tal Cual eran de un grupo de socios. En realidad, estos empresarios de la marcha habían sido estudiantes que se sintieron más atraídos por el mundo del negocio que por los libros. Perspicaces, se percataron de que podrían acumular un pequeño capital con bares casi pensados exclusivamente para universitarios y se lanzaron a la aventura comercial. De todos modos, era habitual que algunos universitarios que andaban mal de dinero se ganaran la vida sirviendo copas los fines de semana o trabajaran en lo que fuera, especialmente en verano, para ganarse unas perrillas con las que costear la estancia en la ciudad universitaria, sobre todo cuando los padres no tenían muchos posibles.

¿Tú llegaste a conocer a Eustaquio, el profesor y diputado? —dejó caer la pregunta con toda naturalidad el inspector.

Chus, pensativo, permaneció en silencio unos instantes que se le hicieron una eternidad al policía, al creer que no era muy oportuna la cuestión.

Sí —contestó tomando aliento—. Pero no lo conocía de la facultad. A decir verdad, lo he visto innumerables veces por allá arriba, aunque nunca he mantenido contacto con él. En cambio, no creo que él me reconociera a mí. Por tanto, no puedo afirmar que lo que sé se deba a un conocimiento directo. No sé si sabes lo que quiero decir… En alguna ocasión he coincidido, aunque la idea que me he formado de él es más por lo que me han contado otras personas que sí lo conocían.

Escaleras se rompía la cabeza tratando de hallar el mecanismo idóneo para que el muchacho fuera desgranando datos. Advertía que el confidente presentaba buena voluntad en contar lo que sabía, mas no encontraba la forma de romper. Por otra parte, consideraba que mostraba cierto pudor en sincerarse y que lo examinaba para cerciorarse de que él era lo suficientemente discreto como para sentirse comprendido y a salvo. Estaba inquieto, se frotaba las manos, se mesaba el pelo y su mirada se perdía en el oscuro local. Descubrió dos sitios libres en un banco pegado a la pared y se sentaron. Aún continuaron un buen rato sin menear los labios. Chus, con las piernas cruzadas, no cesaba de balancear la que colgaba. Echaba de continuo pequeños sorbos del Martini, pero este no menguaba, como si solo se mojara sus rojos belfos.

Seguramente te habrás enterado de que era un poco mujeriego —volvió a hablar, como si la impaciencia le rebosara—. Pues es verdad solo a medias y casi me atrevería a desmentirlo.

Y miró al policía para comprobar el efecto de la afirmación, sin embargo, Escaleras se había hecho una idea tan imprecisa del personaje que no llegó a inmutarse.

Esa es la fama de la que disfrutaba entre sus colegas y alumnos. Otros, que lo conocían con mayor profundidad, no pensaban igual. Es cierto que era muy simpático y que estaba rodeado de alumnas y otras que no lo eran, pero de ese dato verdadero sacar la conclusión de que ligaba lo que quería o que se acostaba con la mayoría es absolutamente falso. Las chicas no son tan tontas como para meterse en la cama con cualquiera. De esto tampoco deduzcas que era casto, pues, a decir verdad, alguna sí que se enrolló con él. Son, en todo caso, muchas menos de las que se creen. Él, en intimidad con algún camarada, se quejaba de su mala sombra y asumía con estoicismo el papel de donjuán, que no le resultaba de gran ayuda. Le solía pasar algo que es muy frecuente: que la que le interesaba le daba calabazas y otras que lo amaban a él no le hacían gracia. En concreto, me han dicho que llevaba mucho tiempo detrás de una alumna, y esta, aunque no venga al caso, lo rechazaba descaradamente. Zósimo (así lo llamaban en el círculo de amistades íntimas) era un hombre encantador, de esos de los que toda mujer tiene necesidad en ciertos momentos de su vida, pero no como amante, sino como confidente. En ocasiones, ellas se desahogan mejor con tales hombres que con amigas. Estos sujetos (el diputado podría ser uno de ellos), deberían ser patrimonio de todas y permanecer solteros, no comprometerse con ninguna en concreto y estar dispuestos a acompañar a esas atormentadas muchachas durante uno, dos, tres días, hasta que ellas se sintieran reconciliadas consigo mismas. No es fácil para ellas encontrar a un aliado dispuesto a comprenderlas y entregarse sin cortapisas a un encuentro de esta condición. En este sentido, las mujeres son bastante prácticas y nada egoístas y, del mismo modo que saben agradecer la existencia de estos amigos íntimos, no son acaparadoras y no tienen dificultades en compartirlos, porque acertadamente asimilan que estos compañeros no encierran su amor en el pecho de una sola fémina; sería desnaturalizarlos.

Ambrosio entendía la prolija teoría que acababa de exponer, más que nada, porque le daba la vuelta, y meditaba que, del mismo modo, para los hombres debía suceder algo parecido. Es decir, aunque parezca mentira, ellos se pueden sincerar mejor con una buena amiga, especialmente en cuestiones amorosas, que con otros de su mismo sexo. La sensación de que la comunicación con la mujer o la novia es un coloquio de sordos en ciertas ocasiones y con respecto a algún asunto en concreto es muy usual. La frustración es fortísima y poco sencilla de expresar si, además, surge después de una relación de muchos años. Esta circunstancia quizá sea la más difícil de asumir al creer improbable que se produzca una situación de incomunicación y de desavenencia con la persona de tus sueños. De buenas a primeras, cuando se cree que la vida es perfecta y que se mantiene una armonía indeleble y para siempre, ante el menor detalle sin importancia estalla una discusión imposible de encauzar, nace la desconfianza, la inseguridad se adueña y no se atina con la solución. Todo se pone patas arriba, no solo ya el hecho detonante de la trifulca, sino otros cimientos más sólidos que se creían inamovibles… Son crisis muy profundas que atosigan la paz y no se sabe cómo solventar. Uno es incapaz de propiciar la conversación, pero, al mismo tiempo, siente la urgencia de concretar su incomprensión confesándose con alguien que sepa de lo que se habla. No obstante, el expulsar todos los malos pensamientos acumulados no es el fin de la interlocución, pues el conflicto ha de resolverse entre los implicados. Es probable el entendimiento si el deseo de dialogar es férreo y urgente el perdón y, además, se duda de las convicciones propias. Si alguno de los dos es fuerte para dar este paso, el restablecimiento de la paz afianzada en nuevos postulados es casi seguro. Ahora bien, si el ofuscamiento pertinaz es la baza que se juega y si se prolonga la testarudez reforzando la trinchera del amor propio, es probable que se produzca una lucha perenne, sin visos de que ninguno de los dos sea el vencedor y, en conclusión, cualquiera pueda retirarse solapadamente para encontrar un nuevo aliado con el que disfrutar la paz armoniosa de otro vínculo amoroso.

No hace falta incidir en la desgracia que supone tanto para el que sale huyendo en busca de un otro amante como para el que, armado de razones hasta los dientes, se topa con que ya no tiene un adversario al que disparar su ira. Por eso Escaleras llegaba a la conclusión de que la sinfonía del afecto, por muy bella y deliciosa que sea, produce hastío y cansancio en el transcurso de los años y, en conclusión, los amantes, músicos veleidosos, deben esforzarse por escribir partituras novedosas para que la facultad de composición afectiva no se anquilose.

Personas así, como el diputado, no me producen ni pizca de envidia, más bien las tengo por desgraciadas e incomprendidas. Si, de alguna manera, sus éxitos amorosos fueran más numerosos y resultaran una recompensa a sus desvelos, me sentiría muy aliviado, porque creo que se lo merecen. Lo malo es que, aunque en ocasiones sean el moquero del soliviantado género femenino, estos donjuanes pecan de elitismo, actitud que es crudamente humana. Se sienten magnéticamente atraídos por la belleza, sobre todo de la de las lolitas. Enseguida detectan la candidez virginal a su alrededor y mendigan babeando el infantil juego de las sonrisas y de los devaneos más tiernos. Llegan hasta un punto que chochean. No hay nada más asqueroso que ver una barriga asfixiando unos pantalones de pinzas en los que flotan unas piernas flacas, junto al ceñido talle del voluptuoso cuerpo de una adolescente —expresó con evidente desprecio Chus.

Los silencios reflexivos inevitablemente seguían a sentencias tan solemnes, como si ambos necesitaran mascullar los pensamientos que se vertían en la conversación. El ensimismamiento de la conversación construía una campana de silencio en la que solo se oían las palabras rotundas y las ideas que a la vez se rebelaban en la cabeza. La música, las conversaciones y el inaudible murmullo rebotaban en su diálogo. Casi no se percataron de que el numeroso grupo en el que iban Bárbara y Paloma había pasado delante de sus narices camino a otro bar.

Las consumiciones calientes todavía mediaban. En silencio las apuraron lo antes posible. Escaleras comprendió que la fluidez del intercambio verbal —mejor dicho, de los soliloquios de Chus— no se reanudaría hasta pasar a un nuevo local. El chaval no quiso acabar el Martini y lo invitó a levantarse.

32. El mundo de la droga

 

Nada más salir a la calle de la caliginosa madriguera en la que se encontraban, al quedarse solo con Chus —Seve, Paloma y Bárbara se habían despedido simplemente dejando caer el nombre del ignoto bar al que se dirigían—, pronto se percató el servidor del Estado de que rozaba los límites del abismo nocturno que se cernía sobre su espíritu, y se sentía desamparado y perplejo de la mano de un personaje turbio y escurridizo en esas lides. Escaleras se hallaba frente a la persona que podría revelar la solución a ese intríngulis, sin temor de que nadie los pudiera interrumpir; no obstante, cierto pavor lo embargaba. Si una ciudad, aunque sea relativamente pequeña como Salamanca, es un laberinto para el forastero, por la noche se transforma, con la oscuridad y las desfiguraciones de la iluminación escasa, en un caos peligroso en el que el foráneo se ve envuelto en un mar de temores, pero, si además tu guía es un explorador de las cloacas, entonces el pánico es un aliado vigilante que convierte la atención en atalaya donde se otea todo lo desconocido y se analizan los menores ruidos.

La noche persistía en su serenidad, perezosa de despertar a sus hijos, el viento y el hielo. No obstante, un pequeño pariente revoltoso, una brisilla, cortaba con su gélido filo la cara de los noctámbulos al doblar algunas esquinas, penetrando en las profundas entrañas y anidando en sus vísceras.

Chus se abrigó bien, sin dejar resquicio por el que pudiera abrirse paso el helado vientecillo, y Escaleras, más desafiante en su postura erguida, bloqueaba el frío adoptando una gallardía sobrehumana. Especulaba sobre el antro al que se dirigirían, doblegando su voluntad a los deseos turbios del confidente. El camino, bajando callejuelas inhóspitas en las que los únicos seres vivos que aparecían eran los perros husmeando en los cubos de basura, se le hizo una eternidad hasta que fueron a parar a una plazuela con escuálidos arbustos y unos bancos podridos y llenos de carcoma donde se concentraba una docena de bares de los que salían unas vibraciones musicales que se amortiguaban en la noche. El policía se tranquilizó al regresar a un lugar en el que volvía a encontrarse con jóvenes que pululaban entre un bar y otro con tranquilidad.

Por cortesía, Chus le preguntó si quería ir a donde había quedado con sus amigos, cualidad distintiva de su esmerada educación, aunque él dejaba entrever que no era lugar de su devoción.

No. Adonde tú quieras. Vamos adonde suelas ir.

Vamos a la Bastilla, que está aquí al lado —eligió el pueblano sin mostrar tampoco un gran entusiasmo, como si le diera lo mismo uno que otro.

En el antro escaseaba la iluminación. Las paredes eran de ladrillo visto y la decoración medieval. Ballestas, espadas, escudos nobiliarios y otras armas pendían de la pared. Del mostrador al alto artesonado ascendían viejas columnas de madera y entre una y otra colgaban pesados faldones de terciopelo negro. Las cortinas, marrones, oscuras y mugrientas, estaban deshilachadas y agujereadas por quemaduras de cigarrillos. El suelo de baldosas rojas se encontraba encharcado y recubierto de vidrios provenientes de vasos y botellas rotos que no se habían molestado en recoger. El artilugio más llamativo era una desguazada guillotina que noche tras noche era esquilmada por los parroquianos y de la que quedaba ya solo el armazón de listones carcomidos. No había mucha gente en el local, los pocos clientes se hallaban desperdigados por los rincones, sentados en bancos frailunos y arcones desequilibrados. Nadie atendía en la barra y solo un disyóquey desgalichado con una carlanca en el cuello, subido en un púlpito y concentrado en su tarea de seleccionar la música, parecía de la casa. Esperaron en silencio hasta que una muchacha vestida de riguroso luto que arrastraba sus vestimentas por los suelos se situó a su altura con una mirada incapaz de centrarse en ellos. Su estado era deprimente y a duras penas se mantenía erguida a causa de su fragilidad. Repitieron las mismas consumiciones, pues, según explicó el estudiante, solo bebía Martinis. La camarera punki se demoró en servirlos, ya que no encontraba la botella y era incapaz de coordinar su mente con las destrezas simples de cortar una rodaja de limón y añadir hielo al vaso. Ambrosio no la perdía de vista y sintió una profunda lástima. Cuando pagó con un billete de mil y ella le dio la vuelta de cinco mil, se los reintegró sin que la chica tuviera la suficiente fuerza expresiva de agradecerle su honradez.

La Charo anda muy colgada —le explicó Chus, como si supiera todas las flaquezas de la muchacha—. Es una pena encontrarse con personas tan degradadas física y psicológicamente, pero el mundo de la heroína conduce a estos estados sin remedio.

Se refería a ella como si ya no fuera posible su redención y estuviera condenada prematuramente a un final trágico. En el fondo, de su juicio se desprendía un respeto religioso hacia su opción vital. Era una mártir de la colectividad, de la juventud, del éxtasis inalcanzable del placer y de la evasión de la prosaica cotidianidad. ¿Por qué no sentir, incluso, cierta veneración por alguien que ha apostado por algo sublime? Aquellos drogatas eran el modelo equivocado que la sociedad exponía como paradigma de lo que no era una solución a la hora de despreciar la cruda realidad y como tal cumplían a la perfección su rol.

Es muy difícil mantener el tipo en el universo de la droga si te relacionas con personas que se mueven en ese entorno. Al principio, las alucinaciones y el bienestar son evidentes. Es el sumun de la libertad, sobre todo cuando los alicientes y las metas por los que todos luchan en este mundo se devalúan o se pierden; entonces, la juventud y la vida no ofrecen posibilidades y es indiferente el riesgo ante la felicidad momentánea que, como un canto de sirena, se insinúa en un pico. Si con anterioridad la búsqueda de deleites menores o de evasión ante las pequeñas frustraciones de la vida se ha realizado con el alcohol o con los simples canutos, es presumible que se dé un paso más allá, cabalgando sobre un mítico Pegaso que trasladará al jinete a paraísos fabulosos. Y es fácil sumirse en la incertidumbre del futuro cuando los desengaños afloran pronto —se explayó con un tono depresivo y sincero el joven.

Parece que conoces bien este ambiente de la droga —reconoció Escaleras.

Ya ves. Como creo que podrás conocerlo tú por tu oficio.

Efectivamente, no se extrañaba de nada Escaleras, aunque para él el enfoque del problema fuera diferente. En cierta medida, no comulgaba con la visión del estudiante. Para él, hablar del mundo de los estupefacientes era hablar de violación de la ley, y consideraciones como las del alumno de Psicología eran pamplinas. Por su oficio y por su trato cotidiano con los drogadictos, le resultaba inconcebible dar la menor importancia a esas circunstancias atenuantes, ya que no le merecían ninguna conmiseración, sino el desprecio más absoluto. Se había forjado la opinión clara de que eran unos vagos y unos maleantes que procuraban no dar ni golpe y que traficaban con componentes ilícitos o robaban y asaltaban a individuos decentes y trabajadores para juntar el dinero necesario para sus dosis. De todos modos, no le quedaba más remedio que reconocer varias verdades irrefutables que se afianzaban de modo evidente: transgresión de las leyes y drogas eran dos elementos inseparables desde hacía una década, y las estadísticas cantaban, si se consideraba que la inmensa mayoría de los reclusos estaban privados de libertad por delitos relacionados con los narcóticos.

Otra idea se iba abriendo paso de manera contundente y era que resultaba una tarea infructuosa su erradicación al verse desbordados por la avalancha de nuevos maleantes. Las cárceles no eran suficientes y, sin embargo, el enfado de la población con el aumento de la delincuencia resultaba cada vez más opresivo para el estamento policial, que se veía entre dos frentes: la presión política y el descontento social con su labor. Para colmo, no siempre los jueces apoyaban las actuaciones de la policía. Tampoco los estimulaba la deficiente legislación al respecto, al no permitir procedimientos eficientes para combatirla, temiendo bagatelas constitucionales. Otro aspecto era que no contaban con muchos efectivos para su lucha, así que, mientras hubiera demanda de drogas, existirían narcotraficantes sin escrúpulos y mafias dispuestas a forrarse para ofrecerlas. Y en esta vertiente el desánimo era generalizado porque, si ya la contienda contra el tirado drogadicto era imposible de erradicar, la persecución de los grandes contrabandistas era algo perdido de antemano. Ahí la investigación se detenía ante el poder y los mecanismos de protección de los ricos capos del negocio.

No consideraba el detective una pérdida de tiempo esa charla. Vislumbraba que era un intercambio de impresiones positivo a través del cual fructificarían revelaciones más concretas sobre la investigación. Dejaba que Chus se explayara, reafirmando sus comentarios con gestos que, sin manifestar una opinión semejante, daban a entender que le eran muy esclarecedores. Del mismo modo, la postura condescendiente de Ambrosio era una demostración sincera del interés con el que apreciaba la vida del joven, pues intuía que él mismo no se libraba de ese mundo turbulento. Otras cualidades no adornarían al inspector, pero sí podía presumir de la capacidad de escuchar con atención y de sentir curiosidad enseguida por las vidas ajenas. El conflicto surgía cuando las confesiones que le hacían eran excesivamente personales y sinceras, ya que entonces se veía obligado a contar sus propias intimidades, como si le urgiera demostrar a su confidente que él no se encontraba exento de angustias y problemas similares. Aunque, cuando llegaba a confesarlas, se sentía defraudado al comprobar que con frecuencia no lo escuchaban. Por eso era muy cauto en esas circunstancias y, a pesar de no saber muy bien cómo reaccionar, prefería no abrir la boca al sospechar que lo que realmente querían esos atormentados interlocutores era que se los atendiera de manera egoísta para que se pudieran desahogar a sus anchas.

Lo único que era como Dios mandaba en el local era la música, con un sonido perfecto a pesar del exagerado volumen. La mayoría de las composiciones le eran desconocidas y se prodigaban grupos musicales españoles que también le resultaban absolutamente ignotos. De todos modos, no le molestaban. Las canciones eran idénticas a un cortafuegos de armonía que aislaba la conversación íntima que mantenían, limitando su charla a un ámbito personal, aunque a su lado estuvieran otras personas. Chus le hablaba a gritos y se le secaba la garganta, que suavizaba dulcemente con pequeños sorbos del Martini.

31. Expectativas de la carrera de Psicología

 

No acababa de apreciar con claridad las demostraciones de cariño de Bárbara y se torturaba con el titubeo de si simplemente se las prodigaba como consuelo o si eran imperceptibles señales de que sentía alguna atracción por él. Se había entregado al destino de lo inmediato y, aunque la duda persistía, había dejado en manos de la muchacha la iniciativa; si a ella le apetecía algo con él, de sobra sabía que no la rechazaría. Se puso de pie y se movió con torpeza al ritmo de una música excesivamente trepidante para sus gustos. A partir de ese momento, la estrategia sería la de no manifestar sus intenciones, incluso la de presentarse como víctima que ha sufrido tanto que ya solo es capaz de reflejar indiferencia ante el sádico torturador, pensando que hipotéticamente este podría arrepentirse de los sufrimientos infligidos. Miraba cómo el decano había abierto brecha en su batalla por acercarse y abordar a Bárbara. De la trinca le llegaba una abstrusa conversación que consiguió unirlos, a la que él no quiso incorporarse. Quizá Paloma había decidido permitir, viendo que no conseguía interesar por sí sola al decano, que se sumara su amiga y en confrontación parlamentaria dejarla por los suelos para demostrar palpablemente a Seve cuál era más interesante de las dos y si llegado el caso no surtía efecto este plan, pasar a zaherirla sin compasión sacando inoportunamente a la luz asuntillos no muy favorecedores de la personalidad de su contrincante. En el amor todo vale si se consigue a la persona que se quiere. Escaleras no deseaba pensar mal, pero, para él, Paloma era una de esas mujeres que primero sopesan la posición del hombre y luego se dejan embriagar por el atractivo de su carácter, no mostrando muchos escrúpulos en cazarlo si los dones y los parabienes que esperan disfrutar con su dinero son seguros. Le daba asco. Casi todo es perdonable; ahora bien, actuar fríamente de ese modo con el único afán de pillar un buen partido le parecía una conducta de lo más perversa y reprochable. Solo con especular con que a él lo pudieran asediar de ese modo se le ponía la carne de gallina, pues ¿qué se podría esperar de una mujer así?

La natural simpatía que sentía hacia la sensual Bárbara se transformaba en animadversión hacia Paloma. Ambrosio cavilaba acerca de cómo nos forjamos una opinión sobre las personas tan rápidamente, sin conocer los datos fundamentales de su vida y de su temperamento. Nos aventuramos y afirmamos que fulano nos cae bien, a mengano no lo podemos tragar y zutano nos es indiferente, ni fu ni fa. Es posible que en las comunicaciones humanas existan unas fluctuaciones de energía que se armonizan cuando las características son similares o complementarias, mientras que, con otros individuos, esos intercambios no se producen o simplemente se repelen.

No reparó en que Chus se le había acercado subrepticiamente y le había rozado levemente el brazo. En un primer momento creyó que se trataba de otra muestra de cariño de Bárbara, por ser el roce tan leve y cálido.

¿Ya no te acuerdas de mí o es que no quieres nada conmigo? —le susurró dolido el chivato. Escaleras se vio tan desconcertado que no supo cómo enfocar la situación para no parecer desconsiderado y mostrarse al mismo tiempo felizmente sorprendido—. Veo que tienes amigas que son colegas mías de la facultad.

Y saludó agitando la mano a las dos compañeras. Ellas no mostraron intención de corresponder, como si no quisieran mezclarse con él. A Ambrosio le pareció que se podía establecer una relación embarazosa, sin embargo, no deseaba despachar a Chus después de haber anhelado el encuentro. Lo invitó a tomar algo para granjearse su confianza y para retenerlo a su lado y él aceptó con sumo gusto. Se pidió un azucarado Martini. Los amigos con los que había estado pasaron delante y le dijeron al bar al que se dirigían por si más tarde se sumaba a ellos. El inspector reparó en que Chus no mostró mucho interés por los derroteros que iban a seguir sus colegas, por lo que coligió que el muchacho tenía ganas de hablar y permanecer con él. Incluso, cuando descaradamente dio la espalda al grupo de Seve y lo acorraló junto al rincón de la barra, supo que su intención era desentenderse también de ellos. Escaleras no lo iba a impedir. Notó cómo de nuevo su curiosidad profesional se anteponía ante cualquier otra consideración.

¡Vaya amiguito que tienes! —inició su deshago Chus—. ¡Cómo se las gasta! Es un maleducado y un bruto. ¡Persona más basta no he conocido! Se cree muy hombre y con derecho a hacer lo que le dé la gana. No le importan los demás. Ya estoy harto de tanta prepotencia. Cualquier día lo voy a mandar a la mierda. ¿Qué se habrá creído?

Ambrosio no sabía cómo disculpar el carácter tan atrabiliario de su colega y, al mismo tiempo, empatizar con Chus. Tampoco creía que mostrarse demasiado condescendiente con el chivato le fuera a dar buenos resultados, pero por todos los medios debía buscar la manera para que le cantara la información que Chomín le había ocultado y hasta, si era posible, indagar más profundamente en ese personaje.

Tienes toda la razón, pero debes disculparlo por sus modales. Estamos un poco atascados y la información que te solicitaba es de capital importancia para un problema que se nos escapa de las manos. Yo tampoco estoy de acuerdo con esa arrogancia que exhibe, no obstante, cada uno es como es. ¿Qué le vamos a hacer?

Chus saboreaba como un triunfo las explicaciones que a modo de disculpa le acababa de dar Escaleras. Degustaba con fruición la roja bebida dando pequeños sorbos, al mismo tiempo que no paraba de mover el vaso para que los gruesos dados de hielo se fueran deshaciendo.

Pues yo pienso que hablando se entiende la gente, pero, cuando alguien te viene amenazando e insultando, muy poco puedes colaborar. Él se lo pierde —dijo satisfecho con las explicaciones.

El policía percibía que los ademanes y los sentimientos que exhibía Chus eran contradictorios. Sin querer adoptaba hacia él una actitud sobreprotectora. A pesar de lo que había oído sobre su tendencia sexual, se resistía a tratarlo como tal. Prefería más bien alternar de hombre a hombre. En cambio, su conducta era femenina. También se puso en alerta al considerar la posibilidad remota de que se le insinuara. Los homosexuales le resultaban molestos y, sin llegar a despreciarlos, los rechazaba. No le cabía en la mente que alguien con apariencia de hombre se comportara igual que una mujer. Se salía de los esquemas previsibles y tendía a considerarlos muestras defectuosas o enfermas de la especie humana. Merecían el respeto y la atención que podría requerir una persona con cáncer o un ciego, pero, cuanto más alejados estuvieran de la sociedad, mejor. Aunque aislarlos en guetos tampoco creía que fuera una solución muy solidaria. Posiblemente la respuesta ideal sería admitirlos y no sorprenderse ni rechazarlos, nuestra cultura era como era y no había vuelta de hoja. Con todo, los españoles les iban haciendo hueco dentro de su seno y, tal vez con el tiempo, veríamos pasear a dos muchachos de la mano y besarse sin causar extrañeza. Era cuestión de mentalidad. Al fin y al cabo, la capacidad de adaptación del género humano no tiene límites y, si en otros tiempos y en otras culturas eran normales las relaciones entre seres del mismo sexo, ¿por qué no podía volver a suceder? Menos asumible consideraba la homosexualidad femenina; ahí opinaba que existía vicio y hasta cierto regodeo. Indudablemente, para el inspector, estos asuntos era mejor soslayarlos, pues a veces le producían vértigo y pánico. Pensar demasiado en estos temas era peligroso y era preferible no excavar en las miserias humanas. Argüía que ojos que no ven, corazón que no siente. Por eso no se atrevía a emitir una sentencia condenatoria contundente sobre ellos. En realidad, ante los mensajes que a manera de argumento de su condición lanzaban esos grupos marginales de que existen muchas más personas homosexuales que las que lo confiesan abiertamente y que muchas celebridades lo han sido y son, quién no se ha planteado en alguna ocasión la contingencia de serlo. A él, sin ir más lejos, en una época que no funcionaba con su esposa, buscando razones a su apatía sexual, se le vinieron a la cabeza ideas extrañísimas, como que si no conseguía la erección era porque era del otro barrio. Claro, que la comprobación de si lo atraían y se excitaba con los hombres fue totalmente negativa. Su vista se dirigía a las Bárbaras y no detrás de los Chus o de los larguiruchos Seve.

Escaleras ignoraba si el confidente sabía por qué Chomín le pedía su colaboración. Maquinaba si era oportuno proporcionarle detalles del caso para que el soplón se concienciara de la importancia de su trabajo. Quizá el estudiante se percatara de su relevancia y colaborara abiertamente. No obstante, las dudas se esfumaron por ser él mismo quien le preguntó para confirmar si realizaban pesquisas sobre el profesor de Bellas Artes asesinado. Para Escaleras fue un alivio.

Conocía bastante bien a Taqui. Sí, al profesor y diputado. Los íntimos lo conocían por Taqui. —Escaleras se mostró sorprendido ante la desenvoltura con la que se refería al asesinado.

Chus deseaba cantar; eso lo vio claro. Era cuestión de tino y de tiempo. Casi suponía que no sería necesario preguntar demasiado. Él mismo hablaría, aunque lo haría poco a poco, según el grado de confianza que le inspirara. La declaración, a modo de desahogo, se iría desnudando de los ropajes más externos hasta llegar a las prendas más íntimas; entonces, solo se vería la crudeza —o la belleza sublime— de la verdad primigenia. Por eso, Ambrosio, comportándose más como un colega que como un inspector, se relajó haciéndole notar que no había prisa. Se interesó por la procedencia de Chus.

Soy de un pueblecito de Toledo que seguro que no conoces, a pesar de ser muy famoso porque en él nació Fernando de Rojas, el autor de La Celestina. Se llama La Puebla de Montalbán. Es un lugar encantador, aunque cada vez lo piso menos. Mis padres se trasladaron a vivir a la capital, y allí solo permanecen unos parientes lejanos. De todas maneras, aun cuando solo sea una vez al año, me doy una vueltecita, sobre todo en las fiestas del verano. Tengo muy buenos recuerdos de mi pueblo, si bien ya no me quedan amigos.

El otro aspecto por el que creyó oportuno mostrar algún interés eran sus estudios, aunque Ambrosio pensó que era muy arriesgado curiosear en la marcha de esos asuntos, ante el temor de que no fueran muy favorables.

No me ha ido mal hasta ahora, a pesar de haber repetido primero. Ahora estoy en tercero. La psicología me gusta; bueno, la verdad es que cada vez me voy desanimando más, porque la carrera no cumple las expectativas que yo me había hecho antes de empezar. Con todo, es muy interesante y me ha servido personalmente en muchos aspectos. No ha resuelto mis grandes dudas transcendentales, pero me ha brindado una metodología adecuada para analizar mis problemas y una herramienta práctica de la que siempre puedo echar mano cuando la necesite, aparte de que, claro, todavía me faltan los cursos superiores, que serán los más interesantes. De lo que no me cabe duda es de que, desde el punto de vista profesional, no me va a servir de mucho en el futuro, pues, aunque hay pocas salidas, no valdría para ejercer como terapeuta. De todas maneras, ya que he comenzado voy a terminarla, un título universitario es un título y hoy día, si no llevas uno bajo el brazo, no puedes ir a ninguna parte.


20/01/25

Arena en los ojos

 

Cuando alguien es capaz de dormir en la arena a plena luz del día, con el sol mostrando con ímpetu su brío provocador y el bullicio multitudinario aturdiendo el alma de todos, ese ser humano ha de estar poseído de una fatiga infinita, y su único consuelo ha de ser el sueño profundo. Solo, tendido sobre la toalla, rodeado de padres que vigilan que sus hijos no se pierdan, de jóvenes alegres que irradian vida por todos sus poros, de ancianos ansiosos de una conversación interminable. Solo, sin pensar; solo, atrapado en las alucinaciones oníricas que crean un mundo diverso e incontrolado, tan perturbador como la vida que espera nada más que despiertes. Solo, con el ronquido profundo de un mar que se aleja y que vuelve. Solo, notando los espasmos en las piernas, la picazón de unos rayos ardientes en tu piel. Solo, incapaz de despegar los párpados, cuando sientes que el mundo que te rodea te exige que vuelvas a él y le rindas cuentas.

Solo, desesperado por no querer salir de ese sueño profundo, aprietas sufriendo los ojos, deseando hundir la rutina y las obligaciones en lo más insondable de tu mente… Es una granizada ardiente de arena sobre tu iris, como un latigazo áspero, el que te devuelve a la realidad. Llevas las manos para aliviar el dolor y tratar de apartar esas minúsculas partículas de sílice que se han adherido en el globo ocular y las pupilas. Las presentiste antes de que impactaran, pero no te fue posible bloquear del todo tus párpados, cuando el animal impetuoso se acercó a ti a coger la pelota levantando con su frenada en seco un alud de arena. Te restriegas sin parar, consciente de que a lo mejor tú mismo te provocas heridas, sin lograr apartar las partículas.

Perdona, es un animal muy juguetón —alguien se disculpa.

No puedes mirarla. Sigues con los ojos cerrados. Es una mujer la que está a tu lado. Se percata de que te encuentras en un aprieto. Se va y vuelve con un pañuelo de papel. Te lo entrega para que lo utilices en vez de tus manos.

¡Cuánto lo siento!… ¡Cuántas veces te he dicho que no corras como un loco! ¡Mira lo que pasa! —Te quedas perplejo con la regañina de la dueña al animal, que sientes más tú que el perro, como si la culpa hubiera sido tuya por no estar atento a lo que sucede alrededor.

No te preocupes —le dices para que se aleje y te deje en paz.

Al irse, recuperando la vista momentáneamente, la acechas cuando te da la espalda, hasta que se detiene y te mira de nuevo. Los dos os quedáis observando. Ella se desentenderá; ya ha hecho lo que tenía que hacer: ha sujetado a su animal y te ha socorrido. Lo que suceda a partir de ahora no es de su incumbencia. Tú la sigues observando con insistencia, pese a las molestias. Primero te alegras de haberla alejado, pues por el contacto mantenido, su reacción te parece repulsiva. Pero no eres capaz de quitarle los ojos. Hay algo en ella que te resulta conocido. No puedes estar seguro. Con la visión distorsionada, escrutas sus rasgos caricaturizados intentando encontrar unos anteriores idealizados que el paso del tiempo ha transformado en grotescos esperpentos. Crees identificar un brillo a punto de extinguirse en sus ojos que te evocan a alguien, pero esa persona era muy diferente. Ha transcurrido mucho tiempo entre el recuerdo que conservas de esa chica de poco más de dieciséis años y esta mujer de piernas hinchadas y un cuerpo desbordado y unos mofletes ridículos y un cabello seco. Cierras los ojos, porque con los párpados cerrados, mitigas el dolor, pero, sobre todo, porque aprovechas para recordar a esa chica que con el paso del tiempo puede haberse transformado en esa mujer que se dirige al perro, que, si hubieras continuado con ella, de igual modo te hablaría a ti. Te asustas de que sea posible. No lo puedes aceptar. Sería admitir que todo es vana apariencia. ¿No queda nada de lo que fuimos? Podrías asumir las consecuencias de la erosión del tiempo en nuestros cuerpos. Tú mismo no eres ajeno a ese desgaste, porque el deterioro, aunque no lo aceptes, está en ti. No te importa mirarte en el espejo, pero no quieres ver las fotografías en las que tu imagen se quedó fija en el papel. Esa sucesión de instantáneas que recogen a cámara lenta la película de tu vida son una prueba de tu decadencia. Sin embargo, no puedes aceptar que el espíritu alegre, divertido y entusiasta de esos jóvenes que fuisteis, con el paso del tiempo haya desaparecido en esa mujer que aún persiste en mostrar curiosidad por tu persona.

Sí, ella también te observa. Tal vez solo esté preocupada por la lesión ocular de la que aún te resientes, pero es posible que además te haya reconocido y realice un análisis similar al que tú efectúas. ¿Cómo saldrás parado? Quizá recupere la imagen espigada, atrevida y vitalista de tu juventud y te vea ahora postrado, incapaz de enfocar la vista, y tal vez con la sensación de que tienes miedo a enfrentarte a lo que te queda de vida. Es posible que se haya dado cuenta de que llevas dormido a plena luz del día mucho tiempo, que estás solo.

Te atemorizas de que sea veraz que ella se forme esta imagen de ti, como te abate a ti la posibilidad de que la dueña del perro sea esa chiquilla con la que compartiste la ilusión de un amor durante unos instantes.

Mientras la ves que sale corriendo detrás del perro, llamándolo y regañándolo por ser desobediente, y el animal la mire intentando adivinar en sus ojos y por el tono de su voz lo que le quiere decir, recoges la toalla y tomas las sandalias sin calzártelas y te retiras huyendo de un presente aterrador sin mirar atrás.


El callejón La Sardina

 

Al Comisario le costaba subir la tanda de escaleras por la que se accedía a ese callejón empinado, antro de prostitución y gula marinera. Hacía mucho tiempo que no acudía allí, aunque ese barrio había sido su ojo mimado.

Desde que soy comisario, nadie podrá afirmar que en La Sardina se ha cometido un delito, ni tan siquiera un insignificante hurto —se vanagloriaba el prestigioso policía.

Era verdad. Todos lo veneraban. Él les había establecido los principios por los que se habían de regir, asegurándoles que, siempre que los respetaran, la policía no metería sus largas narices entre esos edificios enfrentados, que compartían cuerdas atadas a los balcones en las que tendían sábanas y toallas, muchas sábanas y toallas, y trapos de cocina, muchísimos trapos de cocina. Las primeras, porque las camas se utilizaban; los segundos, porque se manchaban de tanto servir sardinas.

Era un distrito pobre, cuyas fauces amenazaban a la ciudad moderna en su mismo corazón, enfrente del ayuntamiento. Era un barrio marinero que no quería oír el oleaje del mar, sino la respiración febril de la ciudad. Repartidas en cada fachada había tabernas, donde servían sardinas asadas, y pensiones, en las que un enjambre de mujeres se ganaban la vida ejerciendo la prostitución. Eran dos focos de atracción que conseguían llenar el callejón de clientes que saciaban el apetito a primeras horas de la mañana. Una ración de sardinas con una frasca de vino; una mujer, o un mancebo, si el frenesí obnubilaba la mente. La satisfacción de dos placeres juntos era infinita. No importaba el orden: primero, las sardinas; después, el magreo. O, al revés, después de la cama, las sardinas.

El callejón era una fiesta de olores. Predominaba el de las sardinas asadas, ya que las humaredas se quedaban adheridas a las paredes y a esas mismas prendas colgadas. Pero también se percibían las emanaciones sutiles del trabajo del sexo. Confundidos ambos efluvios, embriagan los sentidos de los concurrentes.

Hacía tiempo que el comisario no levantaba sus posaderas de la silla frailera. Como el director de un banco que desde su despacho controla el movimiento del dinero entre las manos de sus empleados, él dirigía a sus hombres como si se tratara de marionetas que él manejaba aflojando o apretando los casi invisibles hilos que eran sus etéreas órdenes. Pero en esta ocasión supo que tenía que hacer acto de presencia. Necesitaba enterarse de quién había osado saltarse los principios por los que se habían regido durante cuatro lustros.

El coche se había aproximado al barrio a velocidad moderada, como si en él viajara una autoridad que no admitía brusquedades en sus desplazamientos. Se subió a la acera, donde la policía municipal había creado un espacio expedito delimitado por vallas herrumbrosas. Le habían tenido que ayudar mientras ascendía. No le importaba que le tendieran el brazo y que la gente lo contemplara cómo levantaba el pie con dificultad para salvar el desnivel. Era consciente de que los vecinos lo observaban. Quería que supieran el esfuerzo que estaba realizando para llegar hasta ese apestoso callejón. No iba de mal humor, pero prefería que se imaginaran que difícilmente contenía su enojo. Superado el tramo de escaleras, apareció la subida adoquinada, en la mitad de la cual se arremolinaban sus hombres. Antes de continuar, se detuvo, para coger aire y mirar las ventanas, en las que había mujeres asomadas, y las puertas de los bares, desde donde los clientes ponían sus ojos en su figura inmóvil. Los portales permanecían cerrados. Suponía que habían echado la llave para que nadie pudiera acceder. Cuando sus hombres se percataron de su presencia, abandonaron el cadáver que custodiaban y acudieron a auxiliarlo para que pudiera avanzar. De repente notó un brío que le impulsó a sacudir las manos que se prestaban a servir de apoyo. Quería recorrer solo esos metros. Se detenía delante de cada grupo de personas y los miraba. Antes de desviar sus ojos, ellos se metían en los bares y ellas cerraban los postigos. No quería testigos de su encuentro con ese cadáver. Sus compañeros se apartaron y lo observaron cómo meditaba delante ese hombre con un disparo en la nuca. No había charco de sangre a su alrededor.

Levantó la cabeza y fue posando su mirada en cada una de esas puertas y ventanas cerradas. ¿En cuál de ellas lo habrían disparado? Sabía que sería difícil averiguarlo. Allí, donde lo hubieran sorprendido, habrían borrado las huellas del crimen. Tampoco sería esencial saber en qué garito, y no merecería la pena perder tiempo en realizar esas pesquisas. Podía haber sido en cualquier tasca o burdel, sin que el dueño del local tuviera responsabilidad. Y un muerto trae mala reputación; mejor que lo maten en la calle, que no es de nadie y es de todos. Nadie ha sido testigo y todos han visto cómo el asesino se ha acercado a él y a escasa distancia ha disparado su arma. Lo mismo da que haya cuatro testigos o doscientos, seguro que nadie reconocerá al atacante.

Un estibador —le respondieron al leve movimiento del mentón de El Comisario dirigido al tendido—. Un mal tipo, dedicado al tráfico de personas…

Esperó sin estar seguro de qué es lo que debía hacer ya allí. No quería marcharse tal como vino, todos ocultándose de él, igual que hijos que esquivan la presencia de un padre autoritario, avergonzados de una falta imperdonable.

Dejó el centro de la calle y descendió con lentitud por la pequeña acera de la derecha. Se detenía en cada umbral, esperando que alguien saliera y lo saludara. Estuvo tentado él mismo de empujar para comprobar si la puerta estaba trancada, pero no se atrevió. Detuvo con la mirada a los suyos, que parecían dispuestos a forzarlas. No deseaba ninguna violencia. No le importaba que sus hombres contemplaran su impotencia y se convencieran de que ya no era nadie en el barrio.

Buscó el apoyo de su auxiliar, pero antes de emprender la bajada, se volvió para llevarse un último recuerdo de la callejón de La Sardina; todo seguía igual: las sábanas, las toallas, los trapos de cocina tendidos, pero el callejón estaba vacío y esa mañana no olía a pescado. En ese momento, se convenció de que había llegado al final, de que no merecía la pena continuar arrastrándose en un mundo que estaba cambiando y que no entendía.

Nada más sentarse en su dura silla de madera, rellenó la solicitud de retiro y uno de sus hombres la llevó al Gobierno Civil.


EL JERSEY

 

Se enredó. Llevaba las llaves de la puerta en una mano, un manojo numeroso. Intentó sacarse el jersey por la cabeza, que ya tenía dentro, pero los brazos se atascaban en los pliegues y dobladuras que impedían que se deslizaran y se desprendieran de la prenda. Ni uno ni el otro. Ninguno podía prestar ayuda al compañero. Mientras, agobiado, sintió que el aire le falta. Suspiró porque estaba en un doble aprieto: atorado por no ser capaz de sacarse el jersey y por no ser sorprendido con algo que no era suyo.

En el último instante, nada más salir de una casa ajena, se percató de que estaba cometiendo una tontería de imprevisibles consecuencias. Lucía un jersey que no era suyo. Lo había tomado del armario de su anfitriona sin pedirle permiso, impulsado por el deseo pretencioso de lucirlo. En el momento en que se lo puso no calculó las consecuencias de esta apropiación no autorizada. Salió a dar una vuelta con él puesto.

Cuando tomó la decisión de cogerlo, estimó que lo podría devolver a la balda del armario antes de que su dueña le sorprendiera, pero no se hubo alejado mucho y, de súbito, cambió de idea: no era imposible. Alguna contingencia podría llevarla a regresar a casa anticipadamente. Se alarmó de que esto pudiera ocurrir y presa del pánico se dio media vuelta. Para ganar tiempo, mientras abría la puerta, comenzó a sacarse el jersey, pero la maniobra, en vez ser ventajosa creyendo que ganaría tiempo, se había convertido en una trampa arácnida. Mientras, ya con brusquedad, intentaba desembarazarse, creía que en vez de dos brazos eran muchos los que salían de su cuerpo y las mismas llaves se habían transformado en uñas afiladas que se enredaban en esa enmarañada zarza de lana.

Era imposible que en el transcurso de pocos minutos ella se hubiera presentado. Nadie podía haber en casa. Por eso se tranquilizó y pensó que sacarse un jersey no debería ser un laberinto del que no encontrara la salida. Era cuestión de calma y de actuar con un poco más de tino, y no a lo loco, como había procedido hasta ese momento.


Al fin y al cabo, si ahora se encontraba en ese atolladero, no era culpa suya. Fue su propia prima la que se empeñó en que se lo pusiera. Era cierto que no había metido ropa de abrigo en la maleta, pero se hubiera apañado sin él. Sin embargo, ella insistió en buscarle uno en cuanto notó sus escalofríos. Demasiadas molestias estaba causando ya por haberlo hospedado, como para que además tuviera que prestarle ropa. Se acordó de su madre, y no precisamente en buenos términos. Las madres siempre terminan metiéndose en los asuntos de sus hijos más allá de lo estrictamente necesario.

Se presentaba a unas oposiciones en una brumosa ciudad a orillas del Ebro, y dio la casualidad de que allí residía una conocida de su madre. Fue ella la que se empeñó en ponerse en contacto por teléfono. La prima, al enterarse de que iría, ofreció su casa. Entonces no le pareció del todo mala idea, sobre todo porque su madre se ilusionó mucho con la posibilidad de restablecer los vínculos familiares a través de él. Además, le venía bien ahorrarse el dinero, que no le sobraba, en un alojamiento.

Reconoció que, a pesar de sus escrúpulos iniciales por enfundarse una prenda femenina, no se veía mal. El diseño era original, y el color grana le sentaba bien. Se lo dejó puesto esa tarde, en la que había refrescado, pero no quiso abusar de la confianza de su prima y se lo devolvió.

Lo que consideraba irresoluble, a pique de destrozar la prenda, al final se resolvió. La mano libre se deslizó con suavidad hasta aparecer por una de las bocas de la gruta plegada. Luego ayudó a dar la vuelta al jersey y liberar a la cabeza. Por último, como si se desollara, el brazo derecho y la mano con el revuelto manojo de llaves. Mientras se dirigiera a la habitación, le daría la vuelta y lo doblaría con esmero posado en la cama.

Era el momento de abrir la puerta. Se relajó aún más, convencido de que era imposible que su prima hubiera llegado en tan breve espacio de tiempo entre su salida y vuelta. Miró a ambos lados para asegurarse de que nadie le sorprendía manipulando la cerradura. La calle estaba desierta. Con decisión introdujo la llave, pero no pudo hacerla entrar hasta el fondo. La sacó y se aseguró de que era la correcta. Lo era. De nuevo lo intentó, mas no llegó en su recorrido hasta el final. La movió a los lados para comprobar si giraba. Estaba a punto de aumentar la fuerza con la que realizaba la operación, pero, de repente, la puerta se abrió lentamente. Antes de quedar a la vista del todo, se deshizo del jersey arrojándolo sobre el seto que bordeaba las escaleras de acceso. Sin embargo, no pudo evitar que su prima segunda notara la descomposición de sus facciones, así como el nerviosismo patente en sus gestos y en el titubeo de su voz. Al mismo tiempo puso cara de sorpresa al comprobar que su jersey grana se hallaba desbarajustado sobre las ramas del arbusto.

Contemplando su asombro, se acordó de su madre y sus ocurrencias, y se arrepintió de no haberse hospedado en una pensión.


16/01/25

Las permanencias

 

No le importó echarle una mano a Adelardo, porque su madre se lo exigió. La madre de él habló con la suya y se lo pidió como un favor para su hijo. Adelardo era un muchacho despistado y juguetón al que los deberes que el maestro ponía, le parecían una tarea tediosa, si se comparaba con los juegos con los amigos que se perdía hasta que no los acabara. A la madre se le ocurrió que, con la presencia de otro muchacho más aplicado y con menos pájaros en la cabeza, su hijo se animaría a acometer la tarea sin protestar tanto y con visos de realizarla tal cual la exigía el docente.

El alumno aplicado aceptó el encargo de su madre con la misma resignación que accedía a cuidar de sus hermanos pequeños, o a echar una mano en las tareas del hogar. Aceptaba esa responsabilidad que la vida le había asignado por ser el primero en venir al mundo. Al fin, lo de ir un rato a ayudar a Adelardo, era algo nuevo y podía resultar interesante.

—Ve en casa de tu amigo, Marcolino —le ordenó sin que él se hubiera acordado del encargo que había aceptado con anterioridad.

No le sentó bien lo de «amigo». Adelardo era compañero de escuela, pero no amigo. No le caía bien; tampoco, mal: ninguno de los dos sentía especial simpatía por el otro. Es un bocazas y un descarado, siempre inclinado a protagonizar las travesuras más arriesgadas y a liderar a otros con tan pocas luces como él. Con estos prejuicios, Marcolino ni sentía admiración ni afinidad con Adelardo.

Sabía dónde vivía —no muy lejos de su calle—, pero nunca había entrado en su casa. Le abrió la puerta su hermana. Su madre se encontraba en la cocina y le recibió allí mismo, mientras Margarita buscaba a su hermano. Al atravesar el portal, pudo fijarse bien en ella: era guapa, muy guapa, una moza como había pocas en el pueblo. No es que no supiera que Adelardo tenía una hermana mayor, es que nunca había estado tan cerca ni se había fijado con tanto detalle.

—Muchas gracias, Marcolino, por venir. Este Adelardo es una calamidad. No podemos con él —Se quejaba la madre.

Escuchó la retahíla de reproches, pero ya no los prestó atención. Únicamente se quedó con la idea de que la hermana también era responsable de su hermano pequeño. Solo sería cuestión de estar un rato, y luego, irse, había pensado, pero, después de observar el panorama en esos momentos, se hizo a la idea de que había descubierto una mina, cuyas galerías para extraer placer serían infinitas.

—¡Alelado!, que ha venido tu amigo a echarte una mano… —Margarita entraba en casa regañando a Adelardo.

Ahora sí que le gustó que su hermana lo considerara su amigo. Se fijó en los dos: Adelardo lo miraba con desprecio, y sin llegar a abrir la boca, todos entendieron que se sorprendía de ver a Marcolino en su casa; y se fijó en lo hermosa que estaba enfadada su hermana. Le costaba disimular la fuerza que le determinaba a no apartar la mirada de ella.

La madre, comprobando que su hijo ya estaba en casa, dejó a Margarita su custodia. Esta arrimó tres sillas al arca que había pegado a una de las paredes del portal. Cogió la cartera y la dejó sobre la improvisada mesa. A Adelardo le ordenó que se sentara en medio. Ella se situó a su izquierda y Marcolino, a la derecha. Los tres se quedaron mirando la cartera cerrada.

—¡Alelado! ¡A ver qué deberes te ha puesto el maestro! —le sacó de la modorra en la que se hallaba sumido su hermano.

Adelardo, decidido, abrió la cartera y extrajo el cuaderno. Había cuentas de dividir y de multiplicar; también problemas. Además, una redacción, cuyo tema a desarrollar era El buen tiempo. Marcolino se sintió aliviado al comprobar que la tarea era fácil y que no quedaría mal ante Margarita. En cambio, se decepcionó un poco con ella, porque no comprendía cómo una chica tan guapa, a la que asignaba la perfección también desde el punto de vista intelectual, no supiera corregir a su hermano las operaciones ni resolver los problemas.

Se relamía de placer comprobando cómo su superioridad se imponía sobre ambos hermanos. Adelardo era un negado; Margarita, inculta, le resultaba aún más atractiva. Era como si su ignorancia fuera una puerta por la que podía acceder a ella. Se relamía igual que gato que está a punto de zamparse un descuidado y desvalido pajarillo que picotea entre la hierba delante de su verdugo.

Marcolino procuraba no abrir la boca si no era para explicar los errores y aclarar los razonamientos seguidos para dar con la respuesta correcta, mientras los hermanos se enzarzaban en una bronca cada vez más encrespada. Margarita le llamaba burro redomado, y Adelardo estaba a punto de rebelarse contra ella dándole un manotazo, pero fue la hermana la que se adelantó y le zurció la cara.

—¡Tarado! ¡Que eres un tarado! ¡No te da envidia de tu amigo! ¡Sinvergüenza!

—Tonta el haba, tú sí que eres retrasada —le replicaba Adelardo.

Disfrutaba, pero temía que la trifulca acabara por abortar la relación tan animada que había comenzado.

Margarita, enfadada, también era irresistible. Enzarzada con su hermano, perdía el recato y, entre los manotazos que se arreaban, podía observar los vaivenes de su pecho, más al descubierto, porque uno de los botones de su blusa se había soltado. Descuidada por el enfrentamiento con Adelardo, podía fijar su mirada libre de los reproches que podría recibir, si la muchacha fuera más consciente de su decoro.

No temía a la hermana, temía a Adelardo. Sabía que la poca camaradería entre ellos, a partir de esos momentos dejaría de existir. No le quedaría más remedio que aceptar la imposición de su madre y hermana a que lo ayudara, pero fuera de su casa, no lo miraría a la cara.

Le era indiferente: lo mismo me da que me preste atención que no, es un podenco. Soportaré con gusto su desprecio, en todo caso si es necesario, con tal de estar al lado de su hermana. Marcolino asumía con descaro los riesgos de ayudar. Por lo que luchaba era por que Adelardo no descubriera el fin último por el que acudía a su casa a auxiliarlo con los deberes. No le importaba que se formara la idea de que era un tonto que aceptaba de buen grado ir a perder el tiempo con él; incluso, que la difundiera entre sus amigos. Me es indiferente lo que diga de mí. No me importa ni él, ni sus colegas. Sé lo que quiero. Quiero estar todas las tardes al lado de Margarita: que esté contenta, que esté enfada, me da igual. Siempre será una belleza a la que no me podré resistir. Eso era lo que le daría fuerzas para soportar su desprestigio.

—Venid a que os dé la merienda —indicó la madre, cuando intuyó que habían acabado.

Ambos se dirigieron a la cocina. Entró Adelardo antes; Marcolino, se retrasó a propósito para no perder de vista a Margarita. La muchacha se abrochaba la chaqueta y se recomponía la camisa y el pelo. Se la notaba sofocada, como si la lucha con su hermano le hubiera fatigado de tal modo, que necesitara tumbarse en la cama para descansar. Se metió en una de las habitaciones y ya no la volvió a ver esa tarde. Los dos atravesaron el portal con una rebanada de pan y una onza de chocolate.

—Ahora a jugar —Animaba la madre a los dos para que se distrajeran después del tremendo esfuerzo realizado.

Pero, una vez fuera, Adelardo tiró hacia arriba y Marcolino hacia abajo, sin dirigirse la palabra. Este, mientras saboreaba el chocolate, se regodeaba con los recuerdos que le había dejado Margarita. Sabía dónde se hallaría su panda, pero no quiso juntarse con ellos para alargar la felicidad que le proporcionaba pensar en ella.

Aunque al día siguiente, al acabar la escuela por la tarde, el maestro puso pocos deberes, Marcolino acudió a casa de Adelardo. Le abrió la puerta Margarita, que se sorprendió de su presencia, como si se le hubiera olvidado el objetivo de su venida.

—Vengo a ayudar a Adelardo con los deberes.

En ese momento reaccionó. Estaban lo dos solos. No se amilanó delante de ella: la miró descaradamente, sorprendiéndose de cómo esa chica era tan guapa, de cómo podía tener un cuerpo tan esbelto.

—Voy a ver si lo encuentro en el corral —dijo para escurrirse de la mirada fija de Marcolino.

Arrimó al arca las tres sillas. Adelardo sacó el cuaderno de la cartera. Eran más cuentas, pero no había redacción. Comprobando que la faena no era mucha y que se trataba de lo que ella no controlaba, retiró su asiento y los dejó solos. Adelardo estaba más concentrado que la tarde anterior y se dispuso con mejor ánimo a quitarse de encima las cuentas. Para sorpresa de Marcolino, las solucionó bien a la primera y él solo pudo certificar que así era, aunque las repasó con esmero, deseando encontrar algún fallo para alargar su presencia e, incluso, provocar a su compañero para que su hermana interviniera para poner orden. Sin embargo, todas estaban bien.

—He acabado —Avisó Adelardo a su hermana.

Solo pudo asentir para confirmar que decía la verdad. Sin recoger el cuaderno ni meterlo en la cartera, Adelardo se perdió por la entradilla camino al corral a continuar con lo que estuviera haciendo antes. Margarita apartó las sillas y metió el cuaderno en la cartera.

—Muchas gracias por venir, Marcolino.

Sin que lo acompañara a la puerta ni le diera la merienda, se marchó. Hoy ha estado más serena. También es bellísima cuando la calma ilumina su rostro, pero hoy ha sido poco el tiempo que he disfrutado de su presencia. Ante ella soy un mueble o un objeto que sirve para lo que está diseñado, pero que no despierta emociones. Eso creo que soy para ella: el muchacho que echa una mano a su hermano a cambio de nada. Esta decepción lo atormentó las horas que quedaban del día. Tampoco acudió a las eras donde sus amigos estarían jugando a la maya.

Esperaba que don Alderico, que durante la mañana había estado muy enfadado con ellos por portarse mal y no parar de hablar, se vengara cargándoles de tareas, pero, pese a ser viernes y disponer de más tiempo para realizar los deberes durante los dos días siguientes, los despachó hasta el lunes sin encomendar ninguna tarea, no siendo repasar las tablas de multiplicar.

¡Qué podía hacer! No puedo presentarme en su casa y ser yo el que le pida que me cante las tablas. No podré ver, con suerte, a Margarita hasta que no pasen unos días. Se desesperaba con este revés. Tantas horas sin estar cerca de ella era una travesía interminable en el más horrible de los desiertos, que se prolongaría lentamente pensando tan solo en sus ojos y en su boca fresca.

No la pudo ver hasta el domingo en la entrada de misa. Llegó junto a su madre. Las dos vestían elegantemente. La hija seguía mostrando la misma hermosura, pero no era igual: era patrimonio de todos los vecinos fijarse en ella y admirar su lindo cuerpo, que quedaba desposeído de su magnetismo particular al mostrarse a la luz del día. En casa, con ropas de diario, en la penumbra del portal, era solo para él.

Ninguna vergüenza mostró en merodear cerca suyo a la salida del acto religioso, cuando se demoró en un corrillo con otras muchachas. Intentaba hacerse notar, pero Margarita no le dijo nada, no sabía si por no percatarse de su presencia, o a propósito.

Esperó con impaciencia a que se acabara el domingo. Se recogió en casa antes de la hora habitual y revisó la cartera para comprobar que tenía todo lo necesario para el día siguiente.

Por la mañana, no fue preciso que su madre le metiera prisa para prepararse y llegó a la escuela de los primeros. Cuando apareció el maestro, le notó que traía mala cara. Se alegró. Esperaba que su enfado continuara a lo largo de la mañana, pero no fue así. Sus compañeros, además, tal vez por ser lunes, estaban con muy pocas ganas de armar jaleo, así que no fue necesario reconvenirlos en exceso. Por la tarde hubo algo más de animación, pero don Alderico no se enfadó más de lo acostumbrado y, cuando los despidió, no les puso deberes para realizar en casa. Todos se miraron sorprendidos y pensaron que tal vez se había olvidado. Marcolino, contrariado, no daba crédito a lo que sucedía. No poder ir a casa de Adelardo era una desgracia dolorosa. Otro día más sin estar cerca de Margarita era insoportable. Su ánimo decaído fue una alarma para su madre, pero no consintió en sincerarse con ella. ¡Sería ridículo confesar que echo de menos a esa chica! Además, tampoco deseo que nadie sepa mis sentimientos hacia ella. Era una sensación íntima y más gozosa por ser exclusiva de Margarita y de él.

Durante esa semana don Alderico no mandó ninguna tarea para realizar fuera del horario escolar. Pronto los alumnos se olvidaron de esa tediosa obligación. Tan solo se sorprendieron el viernes, cuando el maestro les entregó una cuartilla para que se la dieran a sus padres. En ella anunciaba que, a partir del lunes, primer día lectivo del mes, con horario de dos a tres, comenzarían las permanencias. El precio era de veinticinco pesetas por alumno. Justificaba la necesidad de esa hora más de escuela porque muchos no realizaban las tareas que encomendaba a diario y los que las hacían, las traían mal.

Marcolino dejó de mala gana ese papel en la mesa de la sala. Sabía que su madre accedería a que acudiera. No le importaba, lo que sentía era que ya no podría ir más a casa de Margarita.

Ese primer lunes de mes, después de comer apresuradamente, Marcolino y Adelardo se encontraron sin dirigirse la palabra entre el grupo de alumnos que se había apuntado. Don Alderico les mandó entrar en la escuela. Como sobraban mesas, les ordenó que se sentaran en las que se hallaban más próximas a la suya. Adelardo se situó justo enfrente de él. Mejor tenerlo lejos, al menos, que no le recordara a su hermana. Ahora era quien estaba enojado y no deseaba que nadie le dijera nada.

El maestro puso la lección y todos los alumnos comenzaron aplicados a trabajar, menos Adelardo, que se quedó mirándolo y riendo descaradamente. No había vez que levantara la vista del cuaderno, que no hallara a Adelardo con esa actitud insolente. En toda la hora que duró la permanencia, no fue capaz de desafiarlo manteniendo su mirada fija en él para averiguar de qué se reía.



09/01/25

El largo camino a Extremadura

 

Ahora quiero comunicar a mis amigos la verdad. No me importó que os fuerais sin mí. Estoy seguro de que no lo hicisteis a propósito. La duda me surge sobre las cavilaciones que mantuvisteis cuando mi ausencia se materializó. Quién de vosotros propuso dar la vuelta, quién se negó, independientemente de los argumentos que unos y otros esgrimisteis. No me importa, porque soy plenamente consciente de que la amistad que nos ha unido, a partir de ahora, ya no podrá llamarse así. No siento amargura ni resentimiento; solo tengo la certeza de que os convertiréis en un recuerdo que no me causará dolor. Seréis, más bien, un conjunto de anécdotas simpáticas, aunque, si la ocasión lo permite, quizá mencione también algunas de vuestras conductas reprobables.

En conjunto, los cuatro erais unos amigos estupendos; uno a uno, los comentarios sobre vosotros no serían unánimes. Sin embargo, no es mi intención personalizar, resaltando lo bueno y lo malo de cada uno. Prefiero conservar la armonía del grupo por encima de las discordancias individuales, porque yo mismo no soy ajeno a ellas y podríais señalarme contrapuntos que quizá se intercalaban en la partitura, generando esas mismas discordancias.

Sucedió, y ya está. Incluso cuando fui consciente de mi soledad, se presentaron perspectivas halagüeñas, impensables hasta que me encontré solo en la calle, esperando vuestra improbable llegada. Miraba a izquierda y derecha, tratando de descubrir las posibilidades que la noche me ofrecía. Eran tantas que me sentí afortunado por ser libre y por albergar esperanzas de satisfacerlas. Si tardé más en decidirme a comenzar la aventura nocturna, no fue por aferrarme a la certeza de que no daríais marcha atrás, sino por saborear anticipadamente los placeres que estaban por llegar.

He de reconocer que el viaje me ilusionaba, a pesar del largo trayecto y las incomodidades del pequeño vehículo en el que tendríamos que acomodarnos cinco jóvenes de considerable tamaño. Tal vez fuera esta circunstancia la que, al final, me privó de viajar junto a vosotros, mis compañeros de piso. Mi estrategia cuidadosamente calculada consistía en subir el último para asegurarme el asiento del copiloto, que era más amplio. Por eso, después de pasar varias horas en el pub tomando cervezas, cuando todos os dirigisteis al coche para acomodaros, yo decidí ir a los servicios.

Pensé que no tendríais que esperar mucho mientras os acomodabais en las plazas traseras y que, en cuanto llegara y me sentara en el asiento delantero, con el motor ya en marcha, estaríamos listos para salir. Sin embargo, al salir a la calle, no había ni coche ni nadie.

Me quedé mirando hacia la derecha, a la calle por la que pensaba que volveríais a buscarme, convencido de que no pasarían más de cinco minutos antes de que alguien se diera cuenta de que no estaba en el coche. Sin embargo, al no aparecer el vehículo, decidí extender mi espera un poco más antes de considerar otras posibilidades.

Más que la preocupación por que no volvierais, me azoré cuando algunos viandantes comenzaron a fijarse en mí. Parado al borde de la acera parecía un pasajero que esperaba la llegada de un autobús fantasma. Comencé a dar breves paseos antes de que alguien me avisara de que allí no se encontraba ninguna parada de transporte.

Calculaba la distancia que llevaríais recorrida en el supuesto de que todavía no hubierais notado mi ausencia. Un coche corre mucho y cada kilómetro que deja atrás era una probabilidad menos de que tomarais la dirección opuesta. Poco podía hacer y me hubiera ido si no se me ocurriera que, si me marchaba y daba la casualidad de que volvíais y ya no me hallabais, vuestro enfado sería doble. Consideré la posibilidad de entrar de nuevo en el pub a tomar otra cerveza y controlar la calle desde dentro, pero, después de estar allí varias horas en vuestra compañía, los camareros me mirarían con unos ojos inquisitivos. No había escaparates en los que curiosear, ni un banco donde descansar, solo la acera ancha y detrás el pub.

El tráfico cada vez menos denso fue otro aviso de que el tiempo transcurría, pero aguantaba, ya no considerando volver a veros, sino analizando lo que podría hacer a partir de ese momento. La vida nocturna, animada por una multitud de estudiantes con ganas de aprovechar su juventud y por numerosos bares y discotecas, era un generoso vergel oscuro donde libar. Eran tantas las flores que no me decidía por cuál comenzar. Me imaginaba de pie delante de la barra de uno de los muchos garitos, tomándome una cerveza, entablando conversación con el camarero y, de improviso, con cualquier excusa, terminaba hablando con una chica que había admirado mi noble soledad. A partir de ese momento, la conversación habría sido fluida, como si ambos continuáramos una amistad inmemorial, reanudada en ese instante sin necesidad de explicaciones sobre el largo tiempo transcurrido. ¿Por qué esa afinidad? ¿Qué corriente circuló entre nuestras simas? Sería imposible averiguarlo. O también consideré que podría ser una oportunidad para sumergirme sin miedo en un burdel. Solo, sin testigos de los tratos ni necesidad de dar explicaciones sobre la satisfacción o decepción obtenidas. Solo, audaz, con la mirada convincente y exponiendo mis irrenunciables apetencias con aplomo durante la negociación. Al final, anticipaba la insatisfacción, pero la asumía con resignación.

Me costaba decidirme cuál de ellas sería finalmente la elegida, la amiga del alma o la ramera. Esta indecisión me impedía moverme del lugar en el que debería haber subido al coche.

Por eso, os repito, no penséis que mi parálisis era consecuencia del abandono, sino de no saber con cuál de los dos placeres disfrutaría con más fruición. No era capaz de tomar una decisión.

Me puse en movimiento sin pensar. Cuando quise percatarme, estaba llegando al piso vacío que compartía con vosotros.

A esas horas estaríais en Extremadura.

Tabernas

  — Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve; cuarenta y cinco; uno, dos, tres; trescientas. Y cincuenta. — Muy bien. — Bue...