04/01/26

9 Editorial


Disturbio o destrozos

Los diversos incidentes que ocurren en nuestra ciudad son inadmisibles. Lejos de atenuarse, se repiten sin que las autoridades logren restablecer la paz social deteniendo a los responsables. La población observa atónita cómo los ataques a comercios, empresas y edificios se repiten sin comprender cuál es la motivación que mueve a los alborotadores. Es probable que detrás de estos incidentes se hallen miembros de partidos o agrupaciones radicales que con sus actos intentan alterar el orden y buscan enrolar a nuevos adeptos para conseguir sus ideales utópicos. La reciente instauración del sistema democrático en nuestro país da la oportunidad a todos de expresar sus ideas y perseguir sus objetivos mediante los cauces establecidos, pero nunca con la violencia. Por otra parte, los responsables del mantenimiento del orden deben investigar con más ahínco estos sucesos hasta lograr aclararlos y poner a los culpables ante la ley para que juzgue sus desmanes. Es deber de todos, como ciudadanos concienciados con el bien común, colaborar con las autoridades denunciando o prestando testimonio acerca de cualquier detalle relacionado con los sucesos que repetidamente y por desgracia viene difundiendo este periódico. Una sociedad cohesionada no puede permitir que individuos aislados atenten contra la convivencia. Esperamos la detención de los responsables.



También había guardado este artículo de opinión de El Día Abulense que expresaba la preocupación de los dirigentes civiles por el asunto, pues dudaba de que ese malestar generalizado, al que se refería el autor del texto, fuera cierto en la población normal. Más bien era una llamada para que los ciudadanos se responsabilizaran de tareas que son propias de la policía, pues no me cabía en la cabeza que la gente tuviera la obligación de señalar a sospechosos.

De todas maneras, llegó un momento en el que yo mismo coincidí con Agapito, el comisario, en que los sucesos no eran tan graves como para preocupar ni a las autoridades ni mucho menos a la población; más bien era algún grupo de presión el que hostigaba con los medios a su alcance con el propósito de que cuanto antes se detuviera a los responsables. Sabiendo esto, me tranquilicé. Si no había peligro para las personas, los daños materiales eran asumibles y, en todo caso, no debían suponer un fardo opresivo que me acabara por agobiar y obligara a dar pasos en falso.

Volví a colocar en las anillas del archivador el papel del periódico. Revisaba cada uno de esos documentos como si fueran reliquias, por el estado en el que se encontraban, sin embargo, emocionalmente me transportaban a los dos o tres meses en los que mi cometido principal fue desentrañar el enigma y explicar tal cúmulo de incidentes.

Otro suceso llamativo del que me enteré extraoficialmente fue el acoso al que se sometió a un mando de la Academia de Intendencia Militar, situada en la zona de El Pradillo. Como en el caso anterior, mi informante fue Hermógenes. Había aceptado la invitación de visitar su estudio. Residía en la avenida de Portugal, una de las calles de estructura moderna con más vida de la ciudad. Nada más entrar en su piso comprendí la razón por la cual había elegido ese domicilio. En las otras ocasiones en las que hablamos nunca me había mencionado que, además del trabajo para el periódico, también ejercía de fotógrafo comercial. Ya en el pequeño vestíbulo, a mi izquierda, en lo que podía ser el salón de la vivienda, podían verse, repartidos por todo el espacio trípodes, focos, pantallas, distintas cámaras fotográficas…

¡Parece que no has visto nunca un estudio! —me dijo al darse cuenta de que me llamaban la atención los artilugios repartidos en la pieza—. Hay que buscarse las habichuelas como sea.

Me explicó que compatibilizaba las dos actividades con la ayuda de su mujer, asegurándome que los ingresos más importantes procedían de las fotos de carnet y de familia numerosa, o de los reportajes de bodas, no de lo que le pagaban por su labor en la redacción del periódico.

Dejamos a un lado el cuarto en el que revelaba las fotos sin que se dignara explicarme cómo ocurría el proceso mágico de transformar la luz en imagen impresa en papel y me llevó a su despacho. Me quedé boquiabierto al comprobar la colección de fotos que mantenía ordenadas en los cajones de varias cómodas metálicas. Por encima del agarrador había una etiqueta incrustada en una ranura que marcaba un año; y dentro, separadas unas de otras con cartulina, los grupos de fotografías referidas a acontecimientos, personas, lugares, monumentos, fiestas populares, eventos deportivos… Las de mayor tamaño las había archivado en carpetas azules con gomas en las solapas. Me mostraba estas imágenes cuando, al pasar una en la que aparecían unos reclutas posando con sus fusiles delante de un cuartel, me refirió el asunto del teniente Romualdo.

¿Te han contado lo que pasó en Intendencia? —me sondeó mi anfitrión.

Como en el caso del cura desvestido, nadie me había referido detalles de este episodio.

Yo me acabé de enterar por unos soldados que vinieron a sacarse un retrato para enviárselo a las novias —continuó sin esperar mi respuesta, anticipando que tampoco sabía nada—. Uno de los chavales, abulense de la capital, tenía razones para hablar mal del mando. Era el que había llevado a los otros a mi estudio. Estaba cumpliendo el servicio militar voluntario, por lo cual, aunque permanecía más tiempo en filas, podía elegir destino. Disfrutaba de un pase pernocta que le permitía dormir en casa y salir del cuartel los fines de semana que no le habían encomendado ningún servicio…

No me acuerdo del nombre del chaval, pero, cuando más adelante me llegó a los oídos la movida que hubo en el cuartel, me vino a la memoria lo que esa tarde me relató ese muchacho mientras preparaba a sus amigos para posar.

No sabía si a continuación me reproduciría la conversación con los militares o concretaría lo que le había pasado al mando. Creyendo que era de mayor interés lo acontecido al militar, lo orienté para que lo relatara.

Tampoco ha sido nada del otro mundo, pero está claro que el anónimo autor que ha escrito cartas contra él pretendía llamar su atención para que reflexionara sobre su forma de tratar a sus subordinados y, al mismo tiempo, alertar a sus mandos y ponerlos al corriente del proceder arbitrario del oficial.

Pero ¿cómo ha sido el asunto? —le pedí que concretara con más detalle el devenir de los acontecimientos.

Me explicó varias cuestiones para que comprendiera el contexto en el que se produjeron los hechos y cómo se había enterado él. Comenzó con este último asunto, asegurándome que Ávila era un pueblo en el que todos se conocían. Saber dónde vive una persona y los pasos que da a lo largo del día es sencillo. Tampoco es difícil enterarse de cuáles son los problemas o conflictos de sus habitantes. La voz se corre con suma facilidad y en poco tiempo es patrimonio común lo que sucede a cualquier persona, sobre todo si desempeña algún cargo o es un representante cualificado de un sector social relevante, como era en este caso. Así, me explicó que en el cuartel hubo compañeros suyos que supieron que había llegado una carta sin remitente dirigida al comandante en jefe en la que se denunciaba el proceder de su subordinado.

No me explicó, por ser innecesario, la identidad de su informante, pero no dudé de que la fuente era solvente.

No había pasado una semana, cuando me enteré de que en el Gobierno Militar se había recibido otra carta redactada en los mismos términos —continuó Hermógenes con su relato—. Es más, aunque esto no se ha confirmado, hay quien afirma que el propio teniente recibió una similar en el buzón de su casa.

¿Y qué se cuenta de él como militar? —quise saber a continuación para acabar de formarme una idea.

En este sentido, mi conocimiento es limitado, ya que los militares se tapan entre sí. Me imagino que no habrá mucha diferencia entre uno y otro en su forma de tratar a la tropa y ninguno estará seguro de que ellos mismos no podrían haber sido los destinatarios de esa carta.

Es probable —coincidí con él para que no prolongara más la opinión que mantenía del estamento militar.

Lo que me comentó este paisano es que a él lo castigó el teniente Romualdo dos semanas en Prevención por firmar, siendo cabo de cuartel, un cambio de guardia sin reflejar en el libro de incidencias el mal estado del machete del imaginaria.

Puse cara de lelo para que detallara con más precisión.

Al chico abulense le había afectado mucho ese castigo injusto que recibió. Me explicó el proceder arbitrario e incomprensible del teniente Romualdo, con el cual, hasta ese momento, nunca había tenido problemas…

Los detalles que me proporcionó del asunto desencadenaron en mí una oleada de recuerdos inquietantes. Sabía de qué me hablaba por haberlo sufrido en mis carnes durante los interminables quince meses que duró mi servicio militar. Nadie puede comprender la desolación que se siente durante ese tiempo perdido en el que lo único que se aprende es a escaquearse para eludir el control de los mandos, y a evitar conductas que sean penadas con castigos que agravan más la humillación de los reclutas a los que se les roba uno de los mejores años de su vida. Había entrado en filas con el entusiasmo del que se sabe predestinado a servir a su nación como agente policial, ya que además era requisito para poder acceder al cuerpo. Pero mi decepción con la experiencia fue absoluta. La anécdota del soldado, que me contó Hermógenes, me hizo recordar los malos ratos que pasé y el mal sabor de boca que me dejaron las desagradables experiencias castrenses. La del cabo consistió en firmar en el libro de incidencias un cambio de guardia rutinario. El susodicho teniente seguramente llegaría al dormitorio de la tropa. El soldado imaginaria se cuadraría y se mantendría en posición de firme mientras el oficial comprobaba la limpieza y el orden del pabellón. Le habría pedido al soldado el machete que llevaba colgando del cinturón.

¿Quién es el cabo saliente? —El cuartelero se quedaría perplejo, sin anticipar en qué movida se vería involucrado.

El cabo se presentaría sin saber por dónde le sorprendería el mando.

¿Cómo es que has firmado el cambio de guardia sin reflejar el estado del machete?

Por un momento el interpelado se habría quedado sin palabras, sin comprender con exactitud a qué se refería su superior.

¿No ves las melladuras y que la hoja está despuntada?

El subordinado miraría con detenimiento el arma para verificar si se había producido algún desperfecto durante el tiempo de su guardia y al no ver nada que no se encontrara ya allí desde cuarenta años atrás, en los tiempos en que la bayoneta hubiera estado calada en algún fusil quizá durante la Guerra Civil, miraría perplejo y suspirando al mando para que concretara la observación que le hacía.

¡Quince días en prevención! —le habría sentenciado el oficial.

Pero mi teniente, si los desperfectos no son recientes, no ve que no hay ningún rasguño que brille. El arma siempre ha estado tal cual —le habría dicho el cabo conteniendo con dificultad las lágrimas.

El soldado se quedaría parado en medio del patio que precedía la entrada del dormitorio, mientras el mando se alejaba sin responder a sus razonables objeciones.

Se podía poner en el cuerpo del cabo y revivir lo que hubo de pasar. Soportar la injusticia de un castigo por una falta no cometida. Era como asumir la responsabilidad de los desperfectos del arma cuarenta años después, y de los daños que sus portadores realizaran con ellas: heridas a los enemigos, golpes contra puertas y ventanas para derribarlas… No salir del cuartel durante dos semanas. Estar encerrado en el cuerpo de guardia desde las cinco de la tarde hasta el desayuno del día siguiente. Dormir tirado en el suelo, en el dormitorio en el que los soldados de guardia esperaban su turno para repartirse por las garitas. Oír los gritos de los cabos al despertar a los que debían dar el relevo; o los suspiros de los que se acostaban después de haber pasado dos horas a la intemperie. Ir a cenar escoltado por sus propios compañeros, que lo vigilarían con el Cetme calado con uno de esos mismos machetes roñosos por cuya culpa él se dirigía al comedor sintiéndose un criminal… No conciliar el sueño. Levantarse con el cuerpo dolorido y sin haber aliviado la fatiga de la jornada anterior. Encarar un nuevo día sin la esperanza de poder salir del cuartel y regresar con los suyos. No encontrar unas palabras de consuelo de los mandos. Mientras, él y sus compañeros contendrían la rabia, sabiendo que el castigo tenía un límite y que podría recuperar la libertad y dejar las altas tapias del acuartelamiento cuando se licenciara…

A partir de ese momento, el sufrimiento contenido se transformaría en una furia contra el estamento militar que no desaparecería ya nunca en su vida.

Lo menos conocido es que, además de estas cartas anónimas, su casa sufrió un ataque —continuó Hermógenes, que se complacía en ir completando el cuadro con más detalles.

Por un momento permanecí callado, procurando mostrar en mi rostro la admiración que sentía por los conocimientos acumulados que demostraba el fotógrafo sobre la sociedad abulense.

Sí, de esto solo se han enterado muy pocos —Y no me quiso concretar quién fue su confidente, aunque, por las explicaciones que me proporcionó, me hice a la idea de que hubo de ser algún vecino del militar que mantenía relación con el fotógrafo—. Reaccionó con rapidez para que nadie fuera testigo de la afrenta que había sufrido.

¿A qué te refieres? —me interesé con el fin de mostrarle que no le seguía el hilo de su explicación.

Alguien espetó contra la fachada de su casa una muestra significativa de lo que se puede comprar en las casquerías del mercado de abastos. Sesos, vísceras, sadurillas y sangre se repartían entre las piedras y ventanas de su casa. Aún frescas, de un manguerazo limpió la fachada. Sin embargo, no me creo que sea verdad lo que también me contó: que otro vecino, que no contempló la limpieza de los restos pegados en la pared, había oído una explosión por la noche, un petardazo potente.

Analizamos la posibilidad de que la detonación estuviera relacionada con el hecho precedente o si se había tratado de un cohete lanzado por algún trasnochador con ganas de jarana. Me explicó (y después, lo comprobé) que la casa se hallaba separada de la calle por un jardín de unos veinte metros lineales y que había una valla de piedra rematada con una barandilla construida con ladrillos formando aspas que se convertía en un obstáculo considerable. Por tanto, dedujimos que los lanzadores habían saltado la tapia para acercarse a su objetivo, o debían tener mucha fuerza para disparar los pesados proyectiles desde la calle, o bien que usaran una bazuca artesanal cargado con todos los despojos de una carnicería y la explosión escuchada por el vecino estuviera relacionada con el ataque.







 

8. Vivir como un cura

 

No sé por qué motivos a Severino no le interesaban estos sucesos que, aunque no denunciados, me parecían muy significativos, cuando me daba por considerar la posibilidad de que hubiera un nexo común entre todos ellos. En cambio, aunque no llegó a formular una hipótesis firme, él intuía que era un conjunto de hechos que se habían producido en un momento dado, producto de un azar enloquecido, y que cada uno de ellos tenía unos protagonistas diferentes. Lo cierto es que pasó bastante tiempo hasta que los dos abordamos esta cuestión. Me atreví a sugerir que detrás de los acontecimientos que investigábamos podía haber una motivación política, pues eran años convulsos en la recién estrenada democracia. Él no la contradijo, del mismo modo que tampoco defendió una tesis diferente. Los dos, no muy proclives a discusiones especulativas, pospusimos el dilema, esperando que la investigación de los hechos nos aclarara la incógnita. Le pregunté por Carapico. No aprecié ninguna reacción adversa, pero tampoco se interesó por conocer el nombre de mi informador. De sobra sabía que no podía ser otro que Hermógenes. Me extrañó el tono neutro (nada que ver con la emotividad del fotógrafo) con el que me contó los hechos, algo que me sorprendió, ya que no era moco de pavo lo referido.

Aunque no se ha llegado a hablar de ello en los medios de comunicación, es algo extraordinario. El escarmiento al cura ha sido sonado y solo se menciona en voz baja con los más allegados —desgranaba soltando cada palabra como si las fuera numerando de una en una para que no se atropellaran al salir por la puerta de su boca.

Hasta ese momento no había reparado con atención en mi compañero y no sé por qué tuvo que ser en esa conversación en la que me contaba las desgracias de Carapico, pero mi curiosidad se desvió al fijarme en la forma en la que Severino se dirigía a mí. Su altura era considerable. Su ropa, sin ser elegante, le sentaba muy bien. Vestía de sport, pero con una pulcritud que hacía pensar en que unas manos femeninas examinaban la ropa que llevaba puesta. Su pelo era rubio lacio, con un flequillo largo que le permitía disimular las entradas. Este, a veces, se le caía y dejaba ver los claros de la calvicie, algo que no siempre sucedía ya que con rapidez los cubría de nuevo por ser consciente de que su imagen desmejoraba si eran visibles. Mi conversación con él había sido cordial, como es de suponer entre colegas, pero no recordaba que esta se hubiera producido de frente, mirándonos a la cara, sino compartiendo los asientos de un coche o contemplando al camarero en la barra de un bar. Por eso, en ese instante en el que los dos hablábamos de frente, me sorprendió que, aunque fijaba la vista sin pestañear, su mirada no se dirigía a mis ojos o al rostro, sino al hombro, como si en él estuviera posada una mosca o, incluso, a la cadera como si una araña recorriera mi costado. Me hizo sentir extraño.

¿Le han agredido? —anticipé poniéndome ya en lo peor.

No, tanto no, pero quizá hubiera sido menos humillante.

Me explicó que habían esparcido las octavillas por los alrededores de la catedral un domingo por la noche, no solo por la entrada, sino por las calles adyacentes. Se trataba de papeles muy pequeños, que pasaron desapercibidos entre la suciedad acumulada durante el fin de semana sin servicio de limpieza por parte de los barrenderos, pero que, una vez descubiertos, la voz se corrió y todos se afanaron por encontrar uno con los denigratorios mensajes contra Carapico. Lo que más llamó la atención es que también se hallaron papelitos dentro de la misma seo catedralicia. No parece claro si estos los diseminaron los repartidores de la publicidad o personas que los recogieron de las calles y, colaborando con los alborotadores, los introdujeron pensando que no decían ninguna mentira. En este sentido, las especulaciones fueron numerosas. Unos afirmaban que había sido uno de los feligreses habituales; otros, algún turista gamberro que hubiera visitado el templo. Incluso, aunque con todas las reservas necesarias, que el sospechoso podía ser algún compañero eclesiástico, pues se habían encontrado papelitos en el mismo confesionario utilizado por don Honorio para impartir el sacramento de la penitencia, detalle que con probabilidad desconocían los posibles colaboradores de tal gamberrada.

Con todo, lo peor no fue lo de los papeles, sino lo que le tocó pasar al pobre hombre, algo que pocos saben —continuó Severino bajando el volumen de su alocución.

Por un instante me pareció que titubeaba o se arrepentía de haberse ido de la lengua con esa introducción que presentaba otro suceso que no estaba seguro de si era pertinente que yo lo supiera. Terminó posando la mirada en mis zapatos. Me sentí del mismo modo que cuando cumplía el servicio militar y el sargento de guardia nos formaba antes de salir de paseo para pasar revista al traje y el lustre del calzado.

¡Un acto… miserable! —dudó en la elección del adjetivo preciso para calificar el hecho que iba a relatar.

Sentí alivio al percatarme de que era digno de su confianza y, al mismo tiempo, liberación por haber pasado sin reproche la inspección de todo mi atuendo—. Lo desnudaron.

¡No me lo puedo creer! —expresé mi perplejidad al interpretar literalmente las palabras.

No está muy claro cómo fue la cosa, pero hay testigos que afirman que esa mañana de domingo vieron a don Honorio sin su sotana. De seglar, decían.

Me tranquilicé al saber que no le habían quitado los calzoncillos, pero seguía sin comprender la gravedad del suceso, hasta que Severino me concretó, para que pudiera entender lo sucedido, que nadie había visto en público al religioso sin su hábito talar. Incluso en su piso, si recibía visitas, siempre llevaba su sotana.

Esto le sentó peor que lo de los papeles—especuló mi compañero—. Cuentan que no sabía dónde poner las manos y que se dirigió a su casa corriendo con el ropaje hecho un revoltijo debajo de los brazos.

Entonces, ¿alguien lo asaltó? —indagué.

No hay ninguna persona que sepa lo ocurrido, excepto él mismo. Tampoco ha querido interponer una denuncia.

Me quedé pensativo durante unos instantes.

Creo que ha hecho bien —acabé por reconocer—. ¿Cómo va a airear un suceso así?

Además, ¿quién no va a especular que pueda haber algún compañero que esté detrás de esto?

Me explicó que la calle donde lo desnudaron era un callejón estrecho y muy poco concurrido, a pesar de que yendo por él se acortaba mucho para llegar a la catedral, por lo cual, los acosadores ejecutaron su fechoría con suma facilidad y sin más testigos, que la propia víctima.

¡Ya me extraña que esto que me cuentas se vaya a dejar pasar!

A nosotros, desde luego, no nos ha llegado nada de forma oficial y ya sabes cuál es mi parecer sobre los hechos no denunciados… —me repitió mi compañero para reafirmar su intención de no indagar el asunto.

Con todo, me has de reconocer que en este caso hay gato encerrado. ¡Cuánto me extraña que la Iglesia cierre los ojos y otorgue el perdón sin saber quiénes son los responsables!

Eso es cosa suya, ¡allá penas!

No quise insistir, porque a esas alturas ya me había convencido de que Severino era un policía poco versátil, pero a mí me entró curiosidad por indagar más el asunto.

No tardé en presentarme en la calle donde el cura había sufrido el asalto. Se llamaba Cruz Vieja. Supuse que el nombre hacía referencia a la cruz de madera protegida con un pequeño tejadillo que se hallaba colgada de una pared de bloques de sillería de granito. Se entraba a ese callejón desde una vía central de la ciudad, la que llevaba de El Grande hasta El Chico. Como había afirmado Severino, era sombría, húmeda y maloliente, pues debido a su escaso tránsito, algunos aprovechaban para miccionar. Hacia la mitad, torcía a la izquierda, formando un ángulo recto perfecto. Desde ese rincón, en el que la orina había originado pequeños charcos, hasta desembocar en la misma plaza de la catedral, la calle giraba levemente a la derecha, y al final, se perdía siguiendo la línea de la pared exterior del claustro. Me pareció el lugar ideal para una emboscada y no me extrañó que no hubiera testigos de lo acontecido. Sin embargo, saqué la conclusión de que, para perpetrar el asalto con garantías de impunidad, eran necesarias tres personas; dos, como mínimo, si querían guardar ante testigos inoportunos su identidad.

Entré en el único local abierto en ese callejón, un bar que servía comidas. Después regresé en varias ocasiones con la intención de ganarme la confianza de los trabajadores; además del prurito profesional, me pareció un lugar ideal para reponer fuerzas descansando de mis correrías por la ciudad, ya que se encontraba en el centro de los lugares por donde me movía. A pesar de mi empeño por sacar información sin presentarme como agente policial, pocos datos más pude sumar a lo que ya sabía del suceso. No tardé en entrar en la conversación, pues el asunto de los papelillos seguía trayendo cola y allí mismo guardaban algún ejemplar. En cambio, la otra vertiente del suceso no salió a colación, con lo cual hube de creer a mi compañero cuando afirmaba que el asalto sufrido por Carapico no era conocido por la opinión pública. No me fue difícil corroborar que el local ya estaba abierto en el momento en que asaltaron al cura; en cambio, no pude comprobar la presencia de clientes que hubieran visto u oído algo, lo cual reafirmaba con más contundencia lo dicho antes. Pregunté si entraban curas y se rieron de mí al oír tal cuestión; sin embargo, sabían quién era el personaje y dónde vivía, en la calle de los Comercios, justo al doblar la esquina, por lo cual pasaba con frecuencia por delante del negocio cuando corría porque llegaba tarde a sus obligaciones en la catedral. Si no había premura, paseaba por la calle comercial, bordeando la manzana por la parte más larga hasta desembocar en la puerta principal de la iglesia.



7. Carapico

 









Observé esta octavilla que se resbaló entre los papeles cayéndose al suelo. Enseguida me acordé de Carapico, un canónigo doctoral de la catedral. ¡Menudo personaje!…

En el transcurso de mis investigaciones entablé amistad con un fotógrafo de El Día Abulense llamado Hermógenes. Creí que las posibilidades de avanzar en el esclarecimiento de los hechos solo se producirían si sobrepasaban los estrictos límites que marcaba Severino. Tuve la suerte de encontrarme con este tipo cuando me interesé por alguno de los sucesos que no se habían denunciado.

El más preocupante fue el del cura. Se llamaba Honorio, aunque, si no estaba delante, todos se referían a él con el mote de Carapico.

A Hermógenes lo conocí de casualidad. Fue el propio Severino el que me lo presentó refiriéndose a él como un periodista. Tuvimos la oportunidad de entablar conversación mientras tomábamos un café. Dio la casualidad de que, aunque en años distintos, pues él era mayor, habíamos cumplido el servicio militar en el mismo cuartel. Esa coincidencia fue un acicate que nos permitió congeniar, al compartir unas pocas experiencias comunes.

Me preguntó por el cometido de mi misión en la ciudad. No mostré ningún reparo en referírselo después de esos lazos castrenses.

¿Te habrás enterado de la historia del cura? —se refería a Carapico

Fue él quien me contó el caso, pues Severino, aunque me había pormenorizado bastantes asuntos más, no me habló de este. Con todo, no quise dar una mala imagen del cuerpo policial y me hice el despistado.

Tal vez me haya dicho algo, pero… —respondí, dejando claro que si no recordaba el asunto era culpa mía y no de mi colega por no referírmelo.

Eso no lo publicamos. ¡Cómo para atrevernos!

Hermógenes era un profesional experimentado y consciente de lo que podía aparecer en el periódico y lo que era mejor atesorar en su memoria. No es que fuera cobarde ni que no hubiera libertad de prensa, en teoría, pero trabajaba para un periódico con unos principios claros, y cualquier asunto que atentara contra ellos debía ser obviado.

Él fue quien me aportó ese libelo unos días después.

Lo que no recuerdo —continué para darle pie a que me informara— es por qué se metían con él…

Me miró con sus agudos ojos marrones como si profesionalmente, al contemplar mi rostro, midiera la intensidad de la luz de mi sinceridad. Pude darme cuenta de que casi siempre enfocaba la mirada igual que si esta fuera una cámara de fotos. Antes de responderte, había una mínima porción de tiempo, en la que más que pensar en la respuesta, calibraba la composición, siendo la persona con la que hablaba el punto central de la imagen que se formaba.

¿No te han contado nada de ese pájaro? —se extrañaba al tiempo que se expresaba como si fuera una carga excesiva el describir a ese cura.

Admití que no sabía nada o, si me habían comentado algo, lo había olvidado.

Mirándome ahora muy de cerca a los ojos y apuntándome con su puntiaguda nariz, con expresión áspera, pero sin elevar el tono me dijo:

Es un acosador de tres pares de huevos… A la que puede, le mete mano. ¡Menudo pájaro!

Después, sin restar importancia, pero atenuando un poco la falta en comparación a la anterior, añadió que también camelaba a viudas para que él les administrara sus bienes y testaran a su favor.

Cuando me lo comunicó, no quise ahondar mucho más en el asunto, porque noté cierta fatiga en él después del esfuerzo que había realizado para contarme estos sucesos. Además, aunque no lo conocía lo suficiente, Hermógenes me pareció un extremista en algunos temas e intuí que su aprecio y respeto hacia la Iglesia eran escasos. Pensé que, aunque fuera cierto lo que afirmaba, no podía tener la gravedad con la que él presentaba esos cargos y, además, era consciente de que bastantes veces en los hechos en los que los curas son protagonistas había más de fábula que de verdad fehaciente.

Notó reservas, ya que no reaccioné alarmándome ni mostré demasiado entusiasmo con lo que me contaba de Carapico. Creo que este escepticismo fue un acicate para que él profundizase en la historia con el propósito de convencerme de que no exageraba lo que decía, sino que era la más cruda verdad. Su reacción me reafirmó en la idea que me había formado de él: a su fanatismo se añadía su obstinación por convencer a los demás de sus posturas.

¡No sabes cómo son los curas! —Ya comenzaba generalizando…— El pajarraco aprovecha cualquier situación para atrapar a alguna, lo mismo da que esté casada o soltera o que sea una niña. Se vale del confesionario para saber las intimidades; también, acosa a las catequistas, o las chicas de un colegio de monjas en que es confesor. No muestra ningún reparo. Todos conocen que es un depravado. Los más valientes intentan proteger o advertir a las más incautas del peligro que corren. ¡A cuántas no se habrá cepillado este cabrón!

¿Nadie lo ha denunciado? —le pregunté no tanto por estar alarmado oyéndole, sino presentando la interrogación a modo de contraargumento a la retahíla de vicios que describía.

Se rio al oír la objeción, como si yo estuviera desubicado y no fuera consciente del lugar en el que me encontraba.

Pero, ¿no sabes cómo son los curas?… Además, estás en Ávila, tierra de santos y cantos.

Sin venir a cuento de lo que hablábamos, tomó un periódico y comenzó a hojearlo sin que a mí me diera tiempo a leer los titulares de las noticias ni ver las fotografía y sin saber qué se proponía.

¿No te das cuenta?

No —respondí sin intuir por dónde me quería llevar.

¡Pues está más claro que el agua! Un tercio de las noticias que aparecen todos los días en el periódico hace referencia a cuestiones ligadas con la iglesia: procesiones, misas, congresos de misticismo, presentación de libros, visitas pastorales, obras de caridad… Ávila es como una parroquia dirigida por curas, monjas, frailes… Casi todo lo que sucede en esta ciudad gira en torno a la Iglesia. ¿Quién se atreve a meterse con ellos? ¡Hacen lo que les sale de los huevos! Lo peor es que la gente les sigue la corriente y están entusiasmados con el olor a incienso.

Aunque no conocía lo suficiente el entorno en el que me desenvolvía, otorgué credibilidad a las apreciaciones del fotógrafo. Además, sin ser consciente de por qué, estas consideraciones me recordaron las reservas o quejas encubiertas que noté en el comisario la primera vez que me entrevisté con él. Si bien aquellas parecían más relacionadas con la opresión civil que con la eclesiástica.

De todas maneras, ya sabes lo que dice el refrán: Cuando el río suena, agua lleva… Lo que no te quepa duda es que es un acaparador de herencias… —Otra vez, ahora cambiando de tercio, seguía Hermógenes presentando al sacerdote como un ser malvado—. Ya sabes cómo viven los curas… ¡A cuerpo de rey!

¡Hay que ver lo que le gustaba denigrar! Disfrutaba zahiriendo a los religiosos. Tan solo por no haber ningún representante eclesiástico que pudiera salvaguardar de las calumnias a la institución que con tanta vehemencia criticaba mi interlocutor (pues yo en ningún momento quise ser un dique de contención de su perorata), seguí creyendo que la información que me proporcionaba había de tamizarla con un cernedor de armadura muy fina.

¡Menudo bicho malo! —Continuaba refiriéndose a Carapico—. ¡Qué buen olfato tiene!

Sabía que se refería a su inclinación por amasar dinero, pero ahora sí sentía curiosidad por conocer la otra cara del personaje, pues no me hacía a la idea de que un hombre entregado a su vocación religiosa se dejara tentar por algo tan rastrero y material como el dinero.

¿Qué se dice de él en este asunto? —quise saber, pero creo que Hermógenes tomó la cuestión como si lo que había dicho antes fueran habladurías sin fundamento.

Guardó silencio durante unos instantes sin atreverse a recriminarme mi escepticismo sobre su profesionalidad. Por momentos, es verdad, olvidé que hablaba con un periodista.

Sin ser capaz de expresar unas palabras que atenuaran la impresión injusta que me había formado de él, esperé a que buscara la solución al cortocircuito de nuestro diálogo.

En este caso mis fuentes no solo son periodísticas, sino personales —reanudó su relato el fotógrafo—. Un compañero de profesión que trabaja en Barcelona me ha contado lo que este hombre pretendía conseguir de su madre. Vive sola y es muy mayor; su padre murió hace unos años. Tanto él, que es soltero, como su hermana, cargada de hijos y residente en Valencia, encuentran pocas ocasiones para venir a verla. De momento, no necesita la ayuda de ninguna persona que la auxilie, pero notan que su cabeza no rula muy bien. Una amiga de la hermana levantó la sospecha de que estaba bajo las garras de Carapico. Se pasaba bastante tiempo en la catedral y el cura la visitaba con más frecuencia de la necesaria para atender a sus necesidades espirituales. También, bajo excusas difusas, junto a otras parroquianas, tomaban algo en una cafetería por las tardes… No eran conscientes del peligro que corría. Mi amigo me llamó, no tanto con el fin de ampliar la información alarmante que les llegaba, sino para desahogarse y convencerse de la certeza de las murmuraciones. Me contó que ya la notaba rara cuando hablaba por teléfono con ella. Más que detalles concretos, eran las evasivas con las que respondía a cuestiones cotidianas y la prisa por acabar la conversación… Cuando por fin pudo venir, comprobó que lo que le habían contado era verdad. Examinó las cartillas del banco y se extrañó de movimientos de retirada de cantidades considerables que su madre no justificaba ni quería explicar. No fue complicado enterarse de que el menda figuraba como autorizado para retirar dinero. Lo peor no fue eso, sino que, después de mucho presionar a la mujer sobre si existía algún testamento otorgado recientemente, confirmó que había depositado uno en una notaría… ¿Quieres oír más?

No me cupo ninguna duda de que lo que me contaba ahora era cierto, porque más que exageración por su parte, advertí una rabia que controlaba con dificultad.

Me hubiera gustado que Hermógenes me acabara de completar las acechanzas del cura, sin embargo, no quise exprimirlo más por temor a que se formara una imagen negativa de la diligencia policial. Me interesé con admiración por su oficio. Le dije que era un lector habitual de prensa y que respetaba y envidiaba a los periodistas.

En realidad, yo soy fotógrafo, aunque mi visión de los hechos de los que informamos es más amplia que la de mis colegas. Yo voy al lugar, lo observo y en mis imágenes aparecen las palabras que no están escritas en el texto. Los retratos son más expresivos que los simples nombres de los protagonistas de los reportajes…

Estaba seguro de que era así. Me convencí de que una persona como él me podía venir muy bien, por lo que procuré ganarme su confianza y seguir manteniendo contacto mientras se prolongara mi estancia en la ciudad.

Si quieres, pásate un rato por mi estudio —me terminó invitando para que conociera con más detalle el trabajo que hacía.


















03/01/26

6. Es Paradis

 

El club se hallaba en una de las calles altas de la ciudad. Era un lugar discreto y podía ser confundido con uno más de los muchos pubs que se abrieron por esos años. El nombre resultaba enigmático, tanto para la mayoría del público que acudía con regularidad, como para los vecinos o transeúntes.

El local era un prostíbulo de mucha solera, tanta que la decoración, las chicas y los clientes eran solo un vestigio de sus años de más éxito; sin embargo, aún conservaba una cartera de usuarios considerable, muchos de ellos mozos viejos de los pueblos próximos a la capital. El local les quedaba muy cerca de la estación de ferrocarril, por lo cual aprovechaban el intervalo entre el tren de llegada y el de salida, para realizar las compras necesarias y, de paso, entrar en el «club», palabra que pronunciaban bien, aunque con engolamiento.

Los desperfectos sufridos en el local eran semejantes a los perpetrados por los gamberros en la oficina de la empresa constructora, daños menores en la puerta blindada, en cuya cerradura habían aplicado silicona con la idea de inutilizarla para que no se pudiera acceder. Además, al coche del dueño del puticlub, un tal Genaro, le habían desinflado las ruedas, y en el parabrisas, escribieron con un espray de color rojo: «Repollo, hijo puta». En la luneta trasera, la inscripción era «Chulo de mierda». Los clientes y trabajadores lo conocían por ese apodo verdulero. En realidad, el coche no era el suyo particular, sino el de un conductor encargado de mover a las chicas de un local a otro cada cierto tiempo.

A pesar de la dudosa licitud de su actividad, el dueño había puesto la correspondiente denuncia, ofendido porque alguien dudara de la forma honrada que tenía de ganarse la vida, contrariando los consejos de algunos policías conocidos para que olvidara el asunto. Al comisario no le quedó más remedio que ordenar que se realizaran unas indagaciones mínimas con el fin de cubrir las apariencias. Según Severino, este incidente pesó en el seno del cuerpo policial, pues, a partir de ese momento, mermó su confianza en Repollo. El garito era un lugar en el que de vez en cuando recalaban sospechosos de delitos, que hacían gala de los beneficios logrados en sus fechorías y se les escapaba la lengua. No faltaban oídos dispuestos a grabar sus bravuconadas para contárnoslas a los policías.

De nuevo, Severino y yo visitamos al dueño de Es Paradis, con el propósito de profundizar en la denuncia.

Repollo seguía preocupado por el asunto, pese haber transcurridos unos meses desde que se produjeron los desperfectos. El interpelado no dejó pasar mucho tiempo antes de expresar sus sospechas acerca de quiénes eran los responsables de los ataques. Según él, se trataba de otros personajes de la zona con negocios similares. Nos contó las rivalidades y los tejemanejes que se daban entre ellos por el control de las chicas, del tiempo que pasaban en cada local y de la calidad de la mercancía que entre ellos se repartía…

¿Y no habrá algún cliente despechado o al que hayáis tratado mal? —le sugirió Severino.

El hombre, con una barriga prominente en un cuerpo más bien delgado, de tez pálida, se quedó paralizado unos instantes, como si esa posibilidad no la hubiera sopesado.

No, no… —Aunque no demostró una firmeza rotunda, la consideraba improbable.

¿Y alguna persona del barrio que esté harta del ruido y jaleo? —añadí yo.

En esta cuestión fue más rotunda su negativa. En todos los años de funcionamiento del pub, nunca se habían producido conflictos ni incidentes reseñables que pudieran vincularse con la actividad.

Desde el principio tuve claro que tenía que llevarme bien con los vecinos. Cuando adquirí el local donde instalé este bar, también compré los dos pisos que hay encima para evitar que los colindantes se quejaran —zanjó.

Más tarde mi compañero pudo comprobar que decía la verdad, ya que en esas viviendas se alojaban las chicas que ejercían la prostitución o «las camareras», como él siempre las llamaba.

Comentamos la hipótesis que manejaba el dueño de que los responsables de los desperfectos fueran de la competencia, pero no la consideramos verosímil. No parecía el proceder usual de hampones. Lo más lógico es que hubiera sido algún vecino, aunque tampoco nos convenció demasiado, ya que la trayectoria del club de alterne en el barrio era larga y nunca se habían producido incidentes que alteraran la convivencia. Como fue algo puntual y no se repitieron los ataques, la policía abulense dejó la denuncia en un cajón, una más de las que se interponían en la comisaría y que a final de año contabilizaba en las estadísticas de la delincuencia de la ciudad.

Poco a poco, fui examinando los sucesos que se habían producido en los últimos meses. No todos figuraban en los archivos, pues los perjudicados no siempre habían dado cuenta a la policía. Severino me puso al corriente de las denuncias interpuestas y, aunque no me ocultó otros hechos no registrados, me pareció que no le agradaba investigarlos, no por escaso celo profesional, sino por pensar que tanto los denunciados en comisaría, como los que no, eran similares en cuanto a su enjundia y que, por consiguiente, abrir el abanico de averiguaciones no aportaría más información sobre los causantes.

Mi compañero era un hombre práctico. No llevaba demasiado tiempo de servicio en su tierra natal; antes ejerció en Madrid y había pedido el traslado buscando un destino más tranquilo y cercano a su familia. Me pareció que este cambio de residencia no le había resultado tan positivo como él esperaba. Sin entrar a detallarme los motivos de su frustración, y teniendo en cuenta sus alusiones a los años en la capital, destacando la buena relación que mantenía con los colegas y los servicios que había prestado, me convencí de que añoraba esta etapa.

La única investigación conjunta que realizamos los dos desde sus inicios fue la interpuesta por un taxista de nombre Baudelio. Se presentó desencajado en comisaría y vociferando contra todo el mundo. Se quejaba de la delincuencia y de la poca resolución de la policía. Una vez que firmó la correspondiente denuncia, nos encargamos de la averiguación Severino y yo.

Nos dirigimos a la calle en la que su coche había sufrido desperfectos. Mi acompañante me perfiló al taxista mientras conducía. Se trataba de un bravucón de cuidado. Muchos compañeros de profesión habían tenido roces con él a consecuencia de sus malas artes y de un carácter insoportable.

Llegamos a una calle con leve pendiente en la que había una gran chatarrería de la que salían camiones Pegaso con la caja llena de hierros retorcidos. Lo vimos en la puerta de acceso a su garaje con cara de malas pulgas. Aparcamos en el hueco de un vado. En las ventanas de algunas viviendas se asomaba gente que observaba con curiosidad el curso de las investigaciones emprendidas por otros compañeros de uniforme. Nos incorporamos de incógnito dejando hacer a nuestros colegas. Los desperfectos eran más graves en esta ocasión, pues alguien había rajado las cuatro ruedas al taxi del afectado; además, como en los otros sucesos, la cerradura de la puerta de acceso a lo que parecía un pequeño taller o almacén había sido atascada aplicando silicona. Los compañeros sacaron fotografías del coche y de la puerta. Esta vez no hubo pintadas con los motivos de los autores. Vimos llegar un camión grúa que, con maniobras complicadas por ser la calle estrecha y haber vehículos aparcados a ambos lados, consiguió izar al coche siniestrado camino del taller.

Una vez solos, nos reunimos con los camaradas que habían soportado al denunciante, confirmándonos su insolencia. Severino les aconsejó que no pusieran mucho celo en el caso para castigarlo y que se comiera solito el agravio.

Entramos en el único bar que había en la calle con la intención de pegar la oreja.

¡No le está mal empleado a este espabilao!

¡El que a hierro mata, a hierro muere!

Eran las expresiones que oímos nada más entrar a un grupo de jubilados que, sentados en una mesa junto a la entrada, habían observado desde esta improvisada garita la actuación policial.

Severino me hizo una seña para que nos sentáramos en una mesa contigua.

¿Qué ha sucedido? —se interesó dirigiéndose a ellos.

Repararon en que no éramos conocidos del barrio, pero, fijándose solo en mi compañero, al que consideraron con seguridad abulense de pro, le otorgaron la confianza suficiente para que los hombres se convirtieran en reporteros de sucesos.

Le han rajado las ruedas…

Mira que ha sido casualidad que no metiera el coche en el taller.

Pues sí, porque lo mima más que a un hijo.

¡Qué hijo ni niño muerto va a tener este desgraciado!

Bueno, hombre, es un decir…

Ya, ¡quién va a querer a ese ogro!

Ahora, te digo, se lo tiene bien empleado.

Ya lo creo que sí

Y el que se lo haya hecho los tiene que tener muy bien puestos.

Anda, a ver, si no...

Conociéndole se ha arriesgado mucho, porque, si por una casualidad lo descubre con la navaja en las manos, le estampa los sesos contra la pared…

No te quepa la menor duda.

¡Ese animal es capaz de cualquier cosa!

—…

¿Y quién puede quererlo tan mal para causar estos desperfectos? —intervino Severino, buscando que abordaran otro asunto diferente de la crónica.

¡Vete tú a saber!

¡Es tan malo!

¡A cuántos no ha hecho él lo mismo!

A muchos.

Los que lo conocían no se atrevían a dejar el coche en la entrada de su garaje.

Ya, sí, pero no todos conocían la calaña de este sinvergüenza.

De todas maneras, él nunca acuchilló las ruedas.

No, pero desinflarlas, sí.

Pero, si las quitaba el aire, no podría salir del garaje —Severino seguía el hilo narrativo, aunque no acababa de entender el asunto.

¡Toma ya! ¡Pues claro!

¡Tan tonto no es!

Se quedaba con la matrícula y cuando le parecía bien, si encontraba en la misma calle el coche que le habían puesto delante, se la armaba entonces.

¡Demasiado le han aguantado y le han dejado hacer!

Pues sí, pero siempre llega un día que…

Abandonamos el bar y observamos con detenimiento la calle. El primer detalle del que nos percatamos era que en la puerta del garaje no había ninguna chapa de prohibido estacionar expedida por el ayuntamiento; tan solo, el rótulo NO APARCAR. No nos extrañó que cualquiera pudiera dejar el coche pensando que no incumplía ninguna ordenación municipal. Por otra parte, como bien pudimos comprobar nosotros, era difícil estacionar en la zona por carecer los edificios de aparcamientos propios.

Con estas dos consideraciones dedujimos que este suceso no lo podíamos relacionar con otros que estaban ocurriendo en la ciudad. Sin embargo, tampoco lo descartamos porque todos ellos parecían casos sin aparente conexión.



























5. El mercado de ganados

 

No me sentó bien que me encargaran esta misión. Lo primero, porque a mi mente vinieron los inconvenientes del desplazamiento, un recorrido de dos horas en trenes de cercanías o de casi el mismo tiempo si optaba por ir en automóvil. Sin embargo, pronto asumí que esas exigencias forman parte de nuestro cometido. Pero el caso no me gustaba porque lo consideraba de escasa transcendencia. No se habían producido desgracias personales y eran sucesos locales de poca enjundia, asuntos de periódicos de provincia sin demasiados hechos a los que agarrarse para llenar las hojas de información.

Nada, nada…—Sin llegar a formular un pero por mi parte, el comisario me despachó abortando desde el inicio una discusión que, en todo caso, se habría dado en planos jerárquicos muy distintos.

Frustrado por su desdén, me levanté de la silla. Además, esperaba algo más: datos, directrices a seguir… o, por lo menos, unas palabras de ánimo que alentaran a mi espíritu desfallecido.

Mañana mismo te vas y te organizas como quieras: si prefieres hacer noche allí, te hospedas en un hotel. Tú verás lo que es mejor. Y si te cansas, te vienes a dar una vuelta por aquí y me cuentas…

Me alargó, tirando por el aire hasta quedar al otro lado de la mesa que ocupaba yo, el dosier que unos días antes le llevé. Me entraron dudas de si lo había examinado o me lo entregaba sin haberle echado un vistazo, pues no se dignó tampoco comentar conmigo las impresiones personales de la entrevista que mantuve con el comisario abulense, que le relaté como complemento a la documentación incluida en esa carpeta, por lo cual, incluso, sospeché que no se acordaba de nada de lo que le referí.

Al abandonar el despacho, noté miradas y muecas irónicas de mis compañeros que no quise interpretar como mofas para no verme obligado a enfrentarme a ellos. La carpetilla se quedó sobre mi mesa, sin que osara examinarla durante esa larga jornada.

Son estos los documentos que conservo en mi archivo, pues nunca me los reclamaron ni yo pensé en devolverlos, ya que llegó un día en el que el caso se desvaneció sin que nadie tomara la decisión de cerrarlo. Es por eso que no recordaba haber devuelto el expediente, y se puede decir que está tal igual que cuando lo archivé.



«…debido a que el avance de la investigación de los sucesos antes referidos se encuentra bloqueada al no haber indicios suficientes para conseguir el esclarecimiento de estos y, como la alarma de nuestra ciudad no cesa de aumentar, pongo en su conocimiento este asunto por si en sus manos está la posibilidad de aportar personal experimentado en la investigación de actos vandálicos…»



Era un extracto del documento de presentación que se hallaba al comienzo del expediente. No me pareció un lenguaje propio de la comunicación entre el comisario de Ávila y mi jefe, por lo que supuse que a lo mejor aprovecharon algún párrafo del oficio de una autoridad superior, como el gobernador de la provincia, dirigido al ministerio, para pegarlo en la primera hoja del expediente. ¡Así que él era el hombre experimentado que Madrid destinaba a investigar…! Me reí de lo ridículo del asunto. ¡Yo, que por aquellos años era un simple subinspector que me afanaba por ir adquiriendo la experiencia necesaria para ser un buen policía, era la persona que destinaban a socorrer a unos compañeros que con seguridad detentaban una trayectoria profesional con más prestigio del que llegaría a conseguir yo…! Sentí que el sistema, como yo mismo, era un fraude, una apariencia vana, un decorado detrás del cual no había nada verdadero.

La percepción indescriptible de decepción que me había causado el viejo del banco aumentó al acabar de leer este párrafo. No sabía por qué, pero me sentí mal, como si el dolor y la frustración que debería haber padecido en aquellos momentos por no aclarar el asunto regresaran muchos años después con más virulencia de la estrictamente debida a la gravedad de los hechos que se quedaron sin aclarar. Un prurito irracional me impulsó a curiosear hojas, recortes de prensa y a leer un diario inmaculado desde el momento en que anoté las impresiones de la experiencia de mis días en Ávila. Todo este material esparcido en mi escritorio me abrumó, al igual que los recuerdos que acudieron a mí sin que yo los llamara a mi presencia. Mi indecisión me paralizó. No sabía si recoger todo y colocarlo en el archivador, o mejor, deshacerme de ello quemándolo, e ir a dar un paseo para olvidar unos remordimientos con los que no contaba…

Salí al pequeño jardín situado delante de la puerta de nuestra casa. Miré al cielo gris. Había nubes medias. La temperatura era agradable y se notaba una humedad relajante que calmaba la zozobra anterior. Recorrí el perímetro de nuestra vivienda. Anotaba mentalmente cada una de las tareas pendientes del jardín: «He de podar los rosales; han salido una mata de cardo en el pequeño prado que he de arrancar de cuajo para que no se extienda; he de escardar la mala hierba que hay entre los puerros; tal vez sea ya un buen momento de poner unas cebollas…» Al mismo tiempo, respiré profundamente, sintiendo cómo las bocanadas de aire tibio relajaban mi interior y alejaban por un momento mis malos pensamientos.



«Lo que peor llevo de mi profesión son las investigaciones relacionadas con el mundo de la prostitución. Entrar en los tugurios en los que las mujeres son manoseadas y expuestas, como si fueran bestias en un mercado de ganado, me produce una repulsión que difícilmente logro disimular y después me queda un recuerdo de escenas opresivas que se prolonga durante mucho tiempo…»



Leí en el diario este extracto en una de las entradas en las que hacía referencia a mis vivencias en la ciudad abulense. Al leerlas entendí la imagen que había utilizado para expresar la rabia que siento por la explotación que sufren esas pobres mujeres. No sé por qué motivo nos hallábamos Severino y yo siguiendo a uno de los sospechosos, aunque, en principio, no estaba relacionado con los destrozos sufridos en un club de prostitución… Un joven, de no más de diecisiete años, acompañaba a su padre en el mercado de ganados, que se celebraba los viernes a las afueras de la ciudad, enfrente de las murallas. Vendían una vaca recién parida. A la pobre se le escurría la leche de los pezones. A la inmensa ubre se le notaban las venas hinchadas. Sujeta con un cabezal, el animal era expuesto para que los chalanes se fijaran en él. Los compradores pasaban y, más que mirar, echaban una maldición. Le levantaban el rabo. Con una vara de avellano la señalaban, hincándosela sobre la panza o recorriendo con ella el espinazo.

¿Cuánto pides…? —preguntó con cara de desprecio un comprador ataviado con un sombrero de fieltro y chaqueta y pantalón de pana nueva.

El padre no respondió de inmediato, sino que, considerando la pregunta como el inicio de una negociación, procuraba desviar la cuestión concreta del valor del animal con palabras referidas a su capacidad lechera o a su lustre, señal de su salud.

¿Cuánto…? —volvía a preguntar el comprador, como si el corolario de cualidades cantadas por el dueño no viniese a cuento.

Se marchó al oír el precio, negándose a entablar conversación.

El tiempo transcurría y los interesados en comprar eran pocos. Al final, el tratante se dio otro paseo y casi sin poner los ojos ni en el animal ni en el dueño, apoyada la vara en el testuz y levantado su cara un poco, en la que humeaba un Farias, sin pronunciar siquiera una palabra, dio a entender al vendedor si seguía en sus trece o, después de la escasa demanda, se humillaba bajando el importe.

El muchacho intervino observando cómo apabullaba a su padre y, sin andar con zalamerías, le exigió el precio que consideraba justo, reprochándole con su insolencia que dejara de hacer teatro. El chalán se quitó de los labios el puro y estaba a punto de responder al mocoso por romper la liturgia del mercado y no respetar a sus venerables profesionales, pero, mirándole a los ojos y viendo en ellos una determinación nunca antes contemplada en un vendedor, la respuesta se frustró en un carraspeo que se transformó en una sonrisa, que el joven no supo interpretar en ese instante, si bien el trato se cerró en el precio por él exigido, sin la necesidad de regateos ni del rito final de darse la mano en presencia de terceros que fueran testigos del acuerdo…


















Los comeladrillos

Los viejos del pueblo donde nací planteaban guasonamente a los niños un enigma para el cual ya sabían la respuesta; sin embargo, lo formula...