04/01/26

8. Vivir como un cura

 

No sé por qué motivos a Severino no le interesaban estos sucesos que, aunque no denunciados, me parecían muy significativos, cuando me daba por considerar la posibilidad de que hubiera un nexo común entre todos ellos. En cambio, aunque no llegó a formular una hipótesis firme, él intuía que era un conjunto de hechos que se habían producido en un momento dado, producto de un azar enloquecido, y que cada uno de ellos tenía unos protagonistas diferentes. Lo cierto es que pasó bastante tiempo hasta que los dos abordamos esta cuestión. Me atreví a sugerir que detrás de los acontecimientos que investigábamos podía haber una motivación política, pues eran años convulsos en la recién estrenada democracia. Él no la contradijo, del mismo modo que tampoco defendió una tesis diferente. Los dos, no muy proclives a discusiones especulativas, pospusimos el dilema, esperando que la investigación de los hechos nos aclarara la incógnita. Le pregunté por Carapico. No aprecié ninguna reacción adversa, pero tampoco se interesó por conocer el nombre de mi informador. De sobra sabía que no podía ser otro que Hermógenes. Me extrañó el tono neutro (nada que ver con la emotividad del fotógrafo) con el que me contó los hechos, algo que me sorprendió, ya que no era moco de pavo lo referido.

Aunque no se ha llegado a hablar de ello en los medios de comunicación, es algo extraordinario. El escarmiento al cura ha sido sonado y solo se menciona en voz baja con los más allegados —desgranaba soltando cada palabra como si las fuera numerando de una en una para que no se atropellaran al salir por la puerta de su boca.

Hasta ese momento no había reparado con atención en mi compañero y no sé por qué tuvo que ser en esa conversación en la que me contaba las desgracias de Carapico, pero mi curiosidad se desvió al fijarme en la forma en la que Severino se dirigía a mí. Su altura era considerable. Su ropa, sin ser elegante, le sentaba muy bien. Vestía de sport, pero con una pulcritud que hacía pensar en que unas manos femeninas examinaban la ropa que llevaba puesta. Su pelo era rubio lacio, con un flequillo largo que le permitía disimular las entradas. Este, a veces, se le caía y dejaba ver los claros de la calvicie, algo que no siempre sucedía ya que con rapidez los cubría de nuevo por ser consciente de que su imagen desmejoraba si eran visibles. Mi conversación con él había sido cordial, como es de suponer entre colegas, pero no recordaba que esta se hubiera producido de frente, mirándonos a la cara, sino compartiendo los asientos de un coche o contemplando al camarero en la barra de un bar. Por eso, en ese instante en el que los dos hablábamos de frente, me sorprendió que, aunque fijaba la vista sin pestañear, su mirada no se dirigía a mis ojos o al rostro, sino al hombro, como si en él estuviera posada una mosca o, incluso, a la cadera como si una araña recorriera mi costado. Me hizo sentir extraño.

¿Le han agredido? —anticipé poniéndome ya en lo peor.

No, tanto no, pero quizá hubiera sido menos humillante.

Me explicó que habían esparcido las octavillas por los alrededores de la catedral un domingo por la noche, no solo por la entrada, sino por las calles adyacentes. Se trataba de papeles muy pequeños, que pasaron desapercibidos entre la suciedad acumulada durante el fin de semana sin servicio de limpieza por parte de los barrenderos, pero que, una vez descubiertos, la voz se corrió y todos se afanaron por encontrar uno con los denigratorios mensajes contra Carapico. Lo que más llamó la atención es que también se hallaron papelitos dentro de la misma seo catedralicia. No parece claro si estos los diseminaron los repartidores de la publicidad o personas que los recogieron de las calles y, colaborando con los alborotadores, los introdujeron pensando que no decían ninguna mentira. En este sentido, las especulaciones fueron numerosas. Unos afirmaban que había sido uno de los feligreses habituales; otros, algún turista gamberro que hubiera visitado el templo. Incluso, aunque con todas las reservas necesarias, que el sospechoso podía ser algún compañero eclesiástico, pues se habían encontrado papelitos en el mismo confesionario utilizado por don Honorio para impartir el sacramento de la penitencia, detalle que con probabilidad desconocían los posibles colaboradores de tal gamberrada.

Con todo, lo peor no fue lo de los papeles, sino lo que le tocó pasar al pobre hombre, algo que pocos saben —continuó Severino bajando el volumen de su alocución.

Por un instante me pareció que titubeaba o se arrepentía de haberse ido de la lengua con esa introducción que presentaba otro suceso que no estaba seguro de si era pertinente que yo lo supiera. Terminó posando la mirada en mis zapatos. Me sentí del mismo modo que cuando cumplía el servicio militar y el sargento de guardia nos formaba antes de salir de paseo para pasar revista al traje y el lustre del calzado.

¡Un acto… miserable! —dudó en la elección del adjetivo preciso para calificar el hecho que iba a relatar.

Sentí alivio al percatarme de que era digno de su confianza y, al mismo tiempo, liberación por haber pasado sin reproche la inspección de todo mi atuendo—. Lo desnudaron.

¡No me lo puedo creer! —expresé mi perplejidad al interpretar literalmente las palabras.

No está muy claro cómo fue la cosa, pero hay testigos que afirman que esa mañana de domingo vieron a don Honorio sin su sotana. De seglar, decían.

Me tranquilicé al saber que no le habían quitado los calzoncillos, pero seguía sin comprender la gravedad del suceso, hasta que Severino me concretó, para que pudiera entender lo sucedido, que nadie había visto en público al religioso sin su hábito talar. Incluso en su piso, si recibía visitas, siempre llevaba su sotana.

Esto le sentó peor que lo de los papeles—especuló mi compañero—. Cuentan que no sabía dónde poner las manos y que se dirigió a su casa corriendo con el ropaje hecho un revoltijo debajo de los brazos.

Entonces, ¿alguien lo asaltó? —indagué.

No hay ninguna persona que sepa lo ocurrido, excepto él mismo. Tampoco ha querido interponer una denuncia.

Me quedé pensativo durante unos instantes.

Creo que ha hecho bien —acabé por reconocer—. ¿Cómo va a airear un suceso así?

Además, ¿quién no va a especular que pueda haber algún compañero que esté detrás de esto?

Me explicó que la calle donde lo desnudaron era un callejón estrecho y muy poco concurrido, a pesar de que yendo por él se acortaba mucho para llegar a la catedral, por lo cual, los acosadores ejecutaron su fechoría con suma facilidad y sin más testigos, que la propia víctima.

¡Ya me extraña que esto que me cuentas se vaya a dejar pasar!

A nosotros, desde luego, no nos ha llegado nada de forma oficial y ya sabes cuál es mi parecer sobre los hechos no denunciados… —me repitió mi compañero para reafirmar su intención de no indagar el asunto.

Con todo, me has de reconocer que en este caso hay gato encerrado. ¡Cuánto me extraña que la Iglesia cierre los ojos y otorgue el perdón sin saber quiénes son los responsables!

Eso es cosa suya, ¡allá penas!

No quise insistir, porque a esas alturas ya me había convencido de que Severino era un policía poco versátil, pero a mí me entró curiosidad por indagar más el asunto.

No tardé en presentarme en la calle donde el cura había sufrido el asalto. Se llamaba Cruz Vieja. Supuse que el nombre hacía referencia a la cruz de madera protegida con un pequeño tejadillo que se hallaba colgada de una pared de bloques de sillería de granito. Se entraba a ese callejón desde una vía central de la ciudad, la que llevaba de El Grande hasta El Chico. Como había afirmado Severino, era sombría, húmeda y maloliente, pues debido a su escaso tránsito, algunos aprovechaban para miccionar. Hacia la mitad, torcía a la izquierda, formando un ángulo recto perfecto. Desde ese rincón, en el que la orina había originado pequeños charcos, hasta desembocar en la misma plaza de la catedral, la calle giraba levemente a la derecha, y al final, se perdía siguiendo la línea de la pared exterior del claustro. Me pareció el lugar ideal para una emboscada y no me extrañó que no hubiera testigos de lo acontecido. Sin embargo, saqué la conclusión de que, para perpetrar el asalto con garantías de impunidad, eran necesarias tres personas; dos, como mínimo, si querían guardar ante testigos inoportunos su identidad.

Entré en el único local abierto en ese callejón, un bar que servía comidas. Después regresé en varias ocasiones con la intención de ganarme la confianza de los trabajadores; además del prurito profesional, me pareció un lugar ideal para reponer fuerzas descansando de mis correrías por la ciudad, ya que se encontraba en el centro de los lugares por donde me movía. A pesar de mi empeño por sacar información sin presentarme como agente policial, pocos datos más pude sumar a lo que ya sabía del suceso. No tardé en entrar en la conversación, pues el asunto de los papelillos seguía trayendo cola y allí mismo guardaban algún ejemplar. En cambio, la otra vertiente del suceso no salió a colación, con lo cual hube de creer a mi compañero cuando afirmaba que el asalto sufrido por Carapico no era conocido por la opinión pública. No me fue difícil corroborar que el local ya estaba abierto en el momento en que asaltaron al cura; en cambio, no pude comprobar la presencia de clientes que hubieran visto u oído algo, lo cual reafirmaba con más contundencia lo dicho antes. Pregunté si entraban curas y se rieron de mí al oír tal cuestión; sin embargo, sabían quién era el personaje y dónde vivía, en la calle de los Comercios, justo al doblar la esquina, por lo cual pasaba con frecuencia por delante del negocio cuando corría porque llegaba tarde a sus obligaciones en la catedral. Si no había premura, paseaba por la calle comercial, bordeando la manzana por la parte más larga hasta desembocar en la puerta principal de la iglesia.



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