04/01/26

7. Carapico

 









Observé esta octavilla que se resbaló entre los papeles cayéndose al suelo. Enseguida me acordé de Carapico, un canónigo doctoral de la catedral. ¡Menudo personaje!…

En el transcurso de mis investigaciones entablé amistad con un fotógrafo de El Día Abulense llamado Hermógenes. Creí que las posibilidades de avanzar en el esclarecimiento de los hechos solo se producirían si sobrepasaban los estrictos límites que marcaba Severino. Tuve la suerte de encontrarme con este tipo cuando me interesé por alguno de los sucesos que no se habían denunciado.

El más preocupante fue el del cura. Se llamaba Honorio, aunque, si no estaba delante, todos se referían a él con el mote de Carapico.

A Hermógenes lo conocí de casualidad. Fue el propio Severino el que me lo presentó refiriéndose a él como un periodista. Tuvimos la oportunidad de entablar conversación mientras tomábamos un café. Dio la casualidad de que, aunque en años distintos, pues él era mayor, habíamos cumplido el servicio militar en el mismo cuartel. Esa coincidencia fue un acicate que nos permitió congeniar, al compartir unas pocas experiencias comunes.

Me preguntó por el cometido de mi misión en la ciudad. No mostré ningún reparo en referírselo después de esos lazos castrenses.

¿Te habrás enterado de la historia del cura? —se refería a Carapico

Fue él quien me contó el caso, pues Severino, aunque me había pormenorizado bastantes asuntos más, no me habló de este. Con todo, no quise dar una mala imagen del cuerpo policial y me hice el despistado.

Tal vez me haya dicho algo, pero… —respondí, dejando claro que si no recordaba el asunto era culpa mía y no de mi colega por no referírmelo.

Eso no lo publicamos. ¡Cómo para atrevernos!

Hermógenes era un profesional experimentado y consciente de lo que podía aparecer en el periódico y lo que era mejor atesorar en su memoria. No es que fuera cobarde ni que no hubiera libertad de prensa, en teoría, pero trabajaba para un periódico con unos principios claros, y cualquier asunto que atentara contra ellos debía ser obviado.

Él fue quien me aportó ese libelo unos días después.

Lo que no recuerdo —continué para darle pie a que me informara— es por qué se metían con él…

Me miró con sus agudos ojos marrones como si profesionalmente, al contemplar mi rostro, midiera la intensidad de la luz de mi sinceridad. Pude darme cuenta de que casi siempre enfocaba la mirada igual que si esta fuera una cámara de fotos. Antes de responderte, había una mínima porción de tiempo, en la que más que pensar en la respuesta, calibraba la composición, siendo la persona con la que hablaba el punto central de la imagen que se formaba.

¿No te han contado nada de ese pájaro? —se extrañaba al tiempo que se expresaba como si fuera una carga excesiva el describir a ese cura.

Admití que no sabía nada o, si me habían comentado algo, lo había olvidado.

Mirándome ahora muy de cerca a los ojos y apuntándome con su puntiaguda nariz, con expresión áspera, pero sin elevar el tono me dijo:

Es un acosador de tres pares de huevos… A la que puede, le mete mano. ¡Menudo pájaro!

Después, sin restar importancia, pero atenuando un poco la falta en comparación a la anterior, añadió que también camelaba a viudas para que él les administrara sus bienes y testaran a su favor.

Cuando me lo comunicó, no quise ahondar mucho más en el asunto, porque noté cierta fatiga en él después del esfuerzo que había realizado para contarme estos sucesos. Además, aunque no lo conocía lo suficiente, Hermógenes me pareció un extremista en algunos temas e intuí que su aprecio y respeto hacia la Iglesia eran escasos. Pensé que, aunque fuera cierto lo que afirmaba, no podía tener la gravedad con la que él presentaba esos cargos y, además, era consciente de que bastantes veces en los hechos en los que los curas son protagonistas había más de fábula que de verdad fehaciente.

Notó reservas, ya que no reaccioné alarmándome ni mostré demasiado entusiasmo con lo que me contaba de Carapico. Creo que este escepticismo fue un acicate para que él profundizase en la historia con el propósito de convencerme de que no exageraba lo que decía, sino que era la más cruda verdad. Su reacción me reafirmó en la idea que me había formado de él: a su fanatismo se añadía su obstinación por convencer a los demás de sus posturas.

¡No sabes cómo son los curas! —Ya comenzaba generalizando…— El pajarraco aprovecha cualquier situación para atrapar a alguna, lo mismo da que esté casada o soltera o que sea una niña. Se vale del confesionario para saber las intimidades; también, acosa a las catequistas, o las chicas de un colegio de monjas en que es confesor. No muestra ningún reparo. Todos conocen que es un depravado. Los más valientes intentan proteger o advertir a las más incautas del peligro que corren. ¡A cuántas no se habrá cepillado este cabrón!

¿Nadie lo ha denunciado? —le pregunté no tanto por estar alarmado oyéndole, sino presentando la interrogación a modo de contraargumento a la retahíla de vicios que describía.

Se rio al oír la objeción, como si yo estuviera desubicado y no fuera consciente del lugar en el que me encontraba.

Pero, ¿no sabes cómo son los curas?… Además, estás en Ávila, tierra de santos y cantos.

Sin venir a cuento de lo que hablábamos, tomó un periódico y comenzó a hojearlo sin que a mí me diera tiempo a leer los titulares de las noticias ni ver las fotografía y sin saber qué se proponía.

¿No te das cuenta?

No —respondí sin intuir por dónde me quería llevar.

¡Pues está más claro que el agua! Un tercio de las noticias que aparecen todos los días en el periódico hace referencia a cuestiones ligadas con la iglesia: procesiones, misas, congresos de misticismo, presentación de libros, visitas pastorales, obras de caridad… Ávila es como una parroquia dirigida por curas, monjas, frailes… Casi todo lo que sucede en esta ciudad gira en torno a la Iglesia. ¿Quién se atreve a meterse con ellos? ¡Hacen lo que les sale de los huevos! Lo peor es que la gente les sigue la corriente y están entusiasmados con el olor a incienso.

Aunque no conocía lo suficiente el entorno en el que me desenvolvía, otorgué credibilidad a las apreciaciones del fotógrafo. Además, sin ser consciente de por qué, estas consideraciones me recordaron las reservas o quejas encubiertas que noté en el comisario la primera vez que me entrevisté con él. Si bien aquellas parecían más relacionadas con la opresión civil que con la eclesiástica.

De todas maneras, ya sabes lo que dice el refrán: Cuando el río suena, agua lleva… Lo que no te quepa duda es que es un acaparador de herencias… —Otra vez, ahora cambiando de tercio, seguía Hermógenes presentando al sacerdote como un ser malvado—. Ya sabes cómo viven los curas… ¡A cuerpo de rey!

¡Hay que ver lo que le gustaba denigrar! Disfrutaba zahiriendo a los religiosos. Tan solo por no haber ningún representante eclesiástico que pudiera salvaguardar de las calumnias a la institución que con tanta vehemencia criticaba mi interlocutor (pues yo en ningún momento quise ser un dique de contención de su perorata), seguí creyendo que la información que me proporcionaba había de tamizarla con un cernedor de armadura muy fina.

¡Menudo bicho malo! —Continuaba refiriéndose a Carapico—. ¡Qué buen olfato tiene!

Sabía que se refería a su inclinación por amasar dinero, pero ahora sí sentía curiosidad por conocer la otra cara del personaje, pues no me hacía a la idea de que un hombre entregado a su vocación religiosa se dejara tentar por algo tan rastrero y material como el dinero.

¿Qué se dice de él en este asunto? —quise saber, pero creo que Hermógenes tomó la cuestión como si lo que había dicho antes fueran habladurías sin fundamento.

Guardó silencio durante unos instantes sin atreverse a recriminarme mi escepticismo sobre su profesionalidad. Por momentos, es verdad, olvidé que hablaba con un periodista.

Sin ser capaz de expresar unas palabras que atenuaran la impresión injusta que me había formado de él, esperé a que buscara la solución al cortocircuito de nuestro diálogo.

En este caso mis fuentes no solo son periodísticas, sino personales —reanudó su relato el fotógrafo—. Un compañero de profesión que trabaja en Barcelona me ha contado lo que este hombre pretendía conseguir de su madre. Vive sola y es muy mayor; su padre murió hace unos años. Tanto él, que es soltero, como su hermana, cargada de hijos y residente en Valencia, encuentran pocas ocasiones para venir a verla. De momento, no necesita la ayuda de ninguna persona que la auxilie, pero notan que su cabeza no rula muy bien. Una amiga de la hermana levantó la sospecha de que estaba bajo las garras de Carapico. Se pasaba bastante tiempo en la catedral y el cura la visitaba con más frecuencia de la necesaria para atender a sus necesidades espirituales. También, bajo excusas difusas, junto a otras parroquianas, tomaban algo en una cafetería por las tardes… No eran conscientes del peligro que corría. Mi amigo me llamó, no tanto con el fin de ampliar la información alarmante que les llegaba, sino para desahogarse y convencerse de la certeza de las murmuraciones. Me contó que ya la notaba rara cuando hablaba por teléfono con ella. Más que detalles concretos, eran las evasivas con las que respondía a cuestiones cotidianas y la prisa por acabar la conversación… Cuando por fin pudo venir, comprobó que lo que le habían contado era verdad. Examinó las cartillas del banco y se extrañó de movimientos de retirada de cantidades considerables que su madre no justificaba ni quería explicar. No fue complicado enterarse de que el menda figuraba como autorizado para retirar dinero. Lo peor no fue eso, sino que, después de mucho presionar a la mujer sobre si existía algún testamento otorgado recientemente, confirmó que había depositado uno en una notaría… ¿Quieres oír más?

No me cupo ninguna duda de que lo que me contaba ahora era cierto, porque más que exageración por su parte, advertí una rabia que controlaba con dificultad.

Me hubiera gustado que Hermógenes me acabara de completar las acechanzas del cura, sin embargo, no quise exprimirlo más por temor a que se formara una imagen negativa de la diligencia policial. Me interesé con admiración por su oficio. Le dije que era un lector habitual de prensa y que respetaba y envidiaba a los periodistas.

En realidad, yo soy fotógrafo, aunque mi visión de los hechos de los que informamos es más amplia que la de mis colegas. Yo voy al lugar, lo observo y en mis imágenes aparecen las palabras que no están escritas en el texto. Los retratos son más expresivos que los simples nombres de los protagonistas de los reportajes…

Estaba seguro de que era así. Me convencí de que una persona como él me podía venir muy bien, por lo que procuré ganarme su confianza y seguir manteniendo contacto mientras se prolongara mi estancia en la ciudad.

Si quieres, pásate un rato por mi estudio —me terminó invitando para que conociera con más detalle el trabajo que hacía.


















No hay comentarios:

Publicar un comentario

Pelotón de cola 6

  Tú sufriste las desgracias que acaecieron a los demás. Primero el accidente de moto de tu hermano. ¡Mala suerte! Se le topó él. No fue en...