03/01/26

5. El mercado de ganados

 

No me sentó bien que me encargaran esta misión. Lo primero, porque a mi mente vinieron los inconvenientes del desplazamiento, un recorrido de dos horas en trenes de cercanías o de casi el mismo tiempo si optaba por ir en automóvil. Sin embargo, pronto asumí que esas exigencias forman parte de nuestro cometido. Pero el caso no me gustaba porque lo consideraba de escasa transcendencia. No se habían producido desgracias personales y eran sucesos locales de poca enjundia, asuntos de periódicos de provincia sin demasiados hechos a los que agarrarse para llenar las hojas de información.

Nada, nada…—Sin llegar a formular un pero por mi parte, el comisario me despachó abortando desde el inicio una discusión que, en todo caso, se habría dado en planos jerárquicos muy distintos.

Frustrado por su desdén, me levanté de la silla. Además, esperaba algo más: datos, directrices a seguir… o, por lo menos, unas palabras de ánimo que alentaran a mi espíritu desfallecido.

Mañana mismo te vas y te organizas como quieras: si prefieres hacer noche allí, te hospedas en un hotel. Tú verás lo que es mejor. Y si te cansas, te vienes a dar una vuelta por aquí y me cuentas…

Me alargó, tirando por el aire hasta quedar al otro lado de la mesa que ocupaba yo, el dosier que unos días antes le llevé. Me entraron dudas de si lo había examinado o me lo entregaba sin haberle echado un vistazo, pues no se dignó tampoco comentar conmigo las impresiones personales de la entrevista que mantuve con el comisario abulense, que le relaté como complemento a la documentación incluida en esa carpeta, por lo cual, incluso, sospeché que no se acordaba de nada de lo que le referí.

Al abandonar el despacho, noté miradas y muecas irónicas de mis compañeros que no quise interpretar como mofas para no verme obligado a enfrentarme a ellos. La carpetilla se quedó sobre mi mesa, sin que osara examinarla durante esa larga jornada.

Son estos los documentos que conservo en mi archivo, pues nunca me los reclamaron ni yo pensé en devolverlos, ya que llegó un día en el que el caso se desvaneció sin que nadie tomara la decisión de cerrarlo. Es por eso que no recordaba haber devuelto el expediente, y se puede decir que está tal igual que cuando lo archivé.



«…debido a que el avance de la investigación de los sucesos antes referidos se encuentra bloqueada al no haber indicios suficientes para conseguir el esclarecimiento de estos y, como la alarma de nuestra ciudad no cesa de aumentar, pongo en su conocimiento este asunto por si en sus manos está la posibilidad de aportar personal experimentado en la investigación de actos vandálicos…»



Era un extracto del documento de presentación que se hallaba al comienzo del expediente. No me pareció un lenguaje propio de la comunicación entre el comisario de Ávila y mi jefe, por lo que supuse que a lo mejor aprovecharon algún párrafo del oficio de una autoridad superior, como el gobernador de la provincia, dirigido al ministerio, para pegarlo en la primera hoja del expediente. ¡Así que él era el hombre experimentado que Madrid destinaba a investigar…! Me reí de lo ridículo del asunto. ¡Yo, que por aquellos años era un simple subinspector que me afanaba por ir adquiriendo la experiencia necesaria para ser un buen policía, era la persona que destinaban a socorrer a unos compañeros que con seguridad detentaban una trayectoria profesional con más prestigio del que llegaría a conseguir yo…! Sentí que el sistema, como yo mismo, era un fraude, una apariencia vana, un decorado detrás del cual no había nada verdadero.

La percepción indescriptible de decepción que me había causado el viejo del banco aumentó al acabar de leer este párrafo. No sabía por qué, pero me sentí mal, como si el dolor y la frustración que debería haber padecido en aquellos momentos por no aclarar el asunto regresaran muchos años después con más virulencia de la estrictamente debida a la gravedad de los hechos que se quedaron sin aclarar. Un prurito irracional me impulsó a curiosear hojas, recortes de prensa y a leer un diario inmaculado desde el momento en que anoté las impresiones de la experiencia de mis días en Ávila. Todo este material esparcido en mi escritorio me abrumó, al igual que los recuerdos que acudieron a mí sin que yo los llamara a mi presencia. Mi indecisión me paralizó. No sabía si recoger todo y colocarlo en el archivador, o mejor, deshacerme de ello quemándolo, e ir a dar un paseo para olvidar unos remordimientos con los que no contaba…

Salí al pequeño jardín situado delante de la puerta de nuestra casa. Miré al cielo gris. Había nubes medias. La temperatura era agradable y se notaba una humedad relajante que calmaba la zozobra anterior. Recorrí el perímetro de nuestra vivienda. Anotaba mentalmente cada una de las tareas pendientes del jardín: «He de podar los rosales; han salido una mata de cardo en el pequeño prado que he de arrancar de cuajo para que no se extienda; he de escardar la mala hierba que hay entre los puerros; tal vez sea ya un buen momento de poner unas cebollas…» Al mismo tiempo, respiré profundamente, sintiendo cómo las bocanadas de aire tibio relajaban mi interior y alejaban por un momento mis malos pensamientos.



«Lo que peor llevo de mi profesión son las investigaciones relacionadas con el mundo de la prostitución. Entrar en los tugurios en los que las mujeres son manoseadas y expuestas, como si fueran bestias en un mercado de ganado, me produce una repulsión que difícilmente logro disimular y después me queda un recuerdo de escenas opresivas que se prolonga durante mucho tiempo…»



Leí en el diario este extracto en una de las entradas en las que hacía referencia a mis vivencias en la ciudad abulense. Al leerlas entendí la imagen que había utilizado para expresar la rabia que siento por la explotación que sufren esas pobres mujeres. No sé por qué motivo nos hallábamos Severino y yo siguiendo a uno de los sospechosos, aunque, en principio, no estaba relacionado con los destrozos sufridos en un club de prostitución… Un joven, de no más de diecisiete años, acompañaba a su padre en el mercado de ganados, que se celebraba los viernes a las afueras de la ciudad, enfrente de las murallas. Vendían una vaca recién parida. A la pobre se le escurría la leche de los pezones. A la inmensa ubre se le notaban las venas hinchadas. Sujeta con un cabezal, el animal era expuesto para que los chalanes se fijaran en él. Los compradores pasaban y, más que mirar, echaban una maldición. Le levantaban el rabo. Con una vara de avellano la señalaban, hincándosela sobre la panza o recorriendo con ella el espinazo.

¿Cuánto pides…? —preguntó con cara de desprecio un comprador ataviado con un sombrero de fieltro y chaqueta y pantalón de pana nueva.

El padre no respondió de inmediato, sino que, considerando la pregunta como el inicio de una negociación, procuraba desviar la cuestión concreta del valor del animal con palabras referidas a su capacidad lechera o a su lustre, señal de su salud.

¿Cuánto…? —volvía a preguntar el comprador, como si el corolario de cualidades cantadas por el dueño no viniese a cuento.

Se marchó al oír el precio, negándose a entablar conversación.

El tiempo transcurría y los interesados en comprar eran pocos. Al final, el tratante se dio otro paseo y casi sin poner los ojos ni en el animal ni en el dueño, apoyada la vara en el testuz y levantado su cara un poco, en la que humeaba un Farias, sin pronunciar siquiera una palabra, dio a entender al vendedor si seguía en sus trece o, después de la escasa demanda, se humillaba bajando el importe.

El muchacho intervino observando cómo apabullaba a su padre y, sin andar con zalamerías, le exigió el precio que consideraba justo, reprochándole con su insolencia que dejara de hacer teatro. El chalán se quitó de los labios el puro y estaba a punto de responder al mocoso por romper la liturgia del mercado y no respetar a sus venerables profesionales, pero, mirándole a los ojos y viendo en ellos una determinación nunca antes contemplada en un vendedor, la respuesta se frustró en un carraspeo que se transformó en una sonrisa, que el joven no supo interpretar en ese instante, si bien el trato se cerró en el precio por él exigido, sin la necesidad de regateos ni del rito final de darse la mano en presencia de terceros que fueran testigos del acuerdo…


















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