El club se hallaba en una de las calles altas de la ciudad. Era un lugar discreto y podía ser confundido con uno más de los muchos pubs que se abrieron por esos años. El nombre resultaba enigmático, tanto para la mayoría del público que acudía con regularidad, como para los vecinos o transeúntes.
El local era un prostíbulo de mucha solera, tanta que la decoración, las chicas y los clientes eran solo un vestigio de sus años de más éxito; sin embargo, aún conservaba una cartera de usuarios considerable, muchos de ellos mozos viejos de los pueblos próximos a la capital. El local les quedaba muy cerca de la estación de ferrocarril, por lo cual aprovechaban el intervalo entre el tren de llegada y el de salida, para realizar las compras necesarias y, de paso, entrar en el «club», palabra que pronunciaban bien, aunque con engolamiento.
Los desperfectos sufridos en el local eran semejantes a los perpetrados por los gamberros en la oficina de la empresa constructora, daños menores en la puerta blindada, en cuya cerradura habían aplicado silicona con la idea de inutilizarla para que no se pudiera acceder. Además, al coche del dueño del puticlub, un tal Genaro, le habían desinflado las ruedas, y en el parabrisas, escribieron con un espray de color rojo: «Repollo, hijo puta». En la luneta trasera, la inscripción era «Chulo de mierda». Los clientes y trabajadores lo conocían por ese apodo verdulero. En realidad, el coche no era el suyo particular, sino el de un conductor encargado de mover a las chicas de un local a otro cada cierto tiempo.
A pesar de la dudosa licitud de su actividad, el dueño había puesto la correspondiente denuncia, ofendido porque alguien dudara de la forma honrada que tenía de ganarse la vida, contrariando los consejos de algunos policías conocidos para que olvidara el asunto. Al comisario no le quedó más remedio que ordenar que se realizaran unas indagaciones mínimas con el fin de cubrir las apariencias. Según Severino, este incidente pesó en el seno del cuerpo policial, pues, a partir de ese momento, mermó su confianza en Repollo. El garito era un lugar en el que de vez en cuando recalaban sospechosos de delitos, que hacían gala de los beneficios logrados en sus fechorías y se les escapaba la lengua. No faltaban oídos dispuestos a grabar sus bravuconadas para contárnoslas a los policías.
De nuevo, Severino y yo visitamos al dueño de Es Paradis, con el propósito de profundizar en la denuncia.
Repollo seguía preocupado por el asunto, pese haber transcurridos unos meses desde que se produjeron los desperfectos. El interpelado no dejó pasar mucho tiempo antes de expresar sus sospechas acerca de quiénes eran los responsables de los ataques. Según él, se trataba de otros personajes de la zona con negocios similares. Nos contó las rivalidades y los tejemanejes que se daban entre ellos por el control de las chicas, del tiempo que pasaban en cada local y de la calidad de la mercancía que entre ellos se repartía…
—¿Y no habrá algún cliente despechado o al que hayáis tratado mal? —le sugirió Severino.
El hombre, con una barriga prominente en un cuerpo más bien delgado, de tez pálida, se quedó paralizado unos instantes, como si esa posibilidad no la hubiera sopesado.
—No, no… —Aunque no demostró una firmeza rotunda, la consideraba improbable.
—¿Y alguna persona del barrio que esté harta del ruido y jaleo? —añadí yo.
En esta cuestión fue más rotunda su negativa. En todos los años de funcionamiento del pub, nunca se habían producido conflictos ni incidentes reseñables que pudieran vincularse con la actividad.
—Desde el principio tuve claro que tenía que llevarme bien con los vecinos. Cuando adquirí el local donde instalé este bar, también compré los dos pisos que hay encima para evitar que los colindantes se quejaran —zanjó.
Más tarde mi compañero pudo comprobar que decía la verdad, ya que en esas viviendas se alojaban las chicas que ejercían la prostitución o «las camareras», como él siempre las llamaba.
Comentamos la hipótesis que manejaba el dueño de que los responsables de los desperfectos fueran de la competencia, pero no la consideramos verosímil. No parecía el proceder usual de hampones. Lo más lógico es que hubiera sido algún vecino, aunque tampoco nos convenció demasiado, ya que la trayectoria del club de alterne en el barrio era larga y nunca se habían producido incidentes que alteraran la convivencia. Como fue algo puntual y no se repitieron los ataques, la policía abulense dejó la denuncia en un cajón, una más de las que se interponían en la comisaría y que a final de año contabilizaba en las estadísticas de la delincuencia de la ciudad.
Poco a poco, fui examinando los sucesos que se habían producido en los últimos meses. No todos figuraban en los archivos, pues los perjudicados no siempre habían dado cuenta a la policía. Severino me puso al corriente de las denuncias interpuestas y, aunque no me ocultó otros hechos no registrados, me pareció que no le agradaba investigarlos, no por escaso celo profesional, sino por pensar que tanto los denunciados en comisaría, como los que no, eran similares en cuanto a su enjundia y que, por consiguiente, abrir el abanico de averiguaciones no aportaría más información sobre los causantes.
Mi compañero era un hombre práctico. No llevaba demasiado tiempo de servicio en su tierra natal; antes ejerció en Madrid y había pedido el traslado buscando un destino más tranquilo y cercano a su familia. Me pareció que este cambio de residencia no le había resultado tan positivo como él esperaba. Sin entrar a detallarme los motivos de su frustración, y teniendo en cuenta sus alusiones a los años en la capital, destacando la buena relación que mantenía con los colegas y los servicios que había prestado, me convencí de que añoraba esta etapa.
La única investigación conjunta que realizamos los dos desde sus inicios fue la interpuesta por un taxista de nombre Baudelio. Se presentó desencajado en comisaría y vociferando contra todo el mundo. Se quejaba de la delincuencia y de la poca resolución de la policía. Una vez que firmó la correspondiente denuncia, nos encargamos de la averiguación Severino y yo.
Nos dirigimos a la calle en la que su coche había sufrido desperfectos. Mi acompañante me perfiló al taxista mientras conducía. Se trataba de un bravucón de cuidado. Muchos compañeros de profesión habían tenido roces con él a consecuencia de sus malas artes y de un carácter insoportable.
Llegamos a una calle con leve pendiente en la que había una gran chatarrería de la que salían camiones Pegaso con la caja llena de hierros retorcidos. Lo vimos en la puerta de acceso a su garaje con cara de malas pulgas. Aparcamos en el hueco de un vado. En las ventanas de algunas viviendas se asomaba gente que observaba con curiosidad el curso de las investigaciones emprendidas por otros compañeros de uniforme. Nos incorporamos de incógnito dejando hacer a nuestros colegas. Los desperfectos eran más graves en esta ocasión, pues alguien había rajado las cuatro ruedas al taxi del afectado; además, como en los otros sucesos, la cerradura de la puerta de acceso a lo que parecía un pequeño taller o almacén había sido atascada aplicando silicona. Los compañeros sacaron fotografías del coche y de la puerta. Esta vez no hubo pintadas con los motivos de los autores. Vimos llegar un camión grúa que, con maniobras complicadas por ser la calle estrecha y haber vehículos aparcados a ambos lados, consiguió izar al coche siniestrado camino del taller.
Una vez solos, nos reunimos con los camaradas que habían soportado al denunciante, confirmándonos su insolencia. Severino les aconsejó que no pusieran mucho celo en el caso para castigarlo y que se comiera solito el agravio.
Entramos en el único bar que había en la calle con la intención de pegar la oreja.
—¡No le está mal empleado a este espabilao!
—¡El que a hierro mata, a hierro muere!
Eran las expresiones que oímos nada más entrar a un grupo de jubilados que, sentados en una mesa junto a la entrada, habían observado desde esta improvisada garita la actuación policial.
Severino me hizo una seña para que nos sentáramos en una mesa contigua.
—¿Qué ha sucedido? —se interesó dirigiéndose a ellos.
Repararon en que no éramos conocidos del barrio, pero, fijándose solo en mi compañero, al que consideraron con seguridad abulense de pro, le otorgaron la confianza suficiente para que los hombres se convirtieran en reporteros de sucesos.
—Le han rajado las ruedas…
—Mira que ha sido casualidad que no metiera el coche en el taller.
—Pues sí, porque lo mima más que a un hijo.
—¡Qué hijo ni niño muerto va a tener este desgraciado!
—Bueno, hombre, es un decir…
—Ya, ¡quién va a querer a ese ogro!
—Ahora, te digo, se lo tiene bien empleado.
—Ya lo creo que sí
—Y el que se lo haya hecho los tiene que tener muy bien puestos.
—Anda, a ver, si no...
—Conociéndole se ha arriesgado mucho, porque, si por una casualidad lo descubre con la navaja en las manos, le estampa los sesos contra la pared…
—No te quepa la menor duda.
—¡Ese animal es capaz de cualquier cosa!
—…
—¿Y quién puede quererlo tan mal para causar estos desperfectos? —intervino Severino, buscando que abordaran otro asunto diferente de la crónica.
—¡Vete tú a saber!
—¡Es tan malo!
—¡A cuántos no ha hecho él lo mismo!
—A muchos.
—Los que lo conocían no se atrevían a dejar el coche en la entrada de su garaje.
—Ya, sí, pero no todos conocían la calaña de este sinvergüenza.
—De todas maneras, él nunca acuchilló las ruedas.
—No, pero desinflarlas, sí.
—Pero, si las quitaba el aire, no podría salir del garaje —Severino seguía el hilo narrativo, aunque no acababa de entender el asunto.
—¡Toma ya! ¡Pues claro!
—¡Tan tonto no es!
—Se quedaba con la matrícula y cuando le parecía bien, si encontraba en la misma calle el coche que le habían puesto delante, se la armaba entonces.
—¡Demasiado le han aguantado y le han dejado hacer!
—Pues sí, pero siempre llega un día que…
Abandonamos el bar y observamos con detenimiento la calle. El primer detalle del que nos percatamos era que en la puerta del garaje no había ninguna chapa de prohibido estacionar expedida por el ayuntamiento; tan solo, el rótulo NO APARCAR. No nos extrañó que cualquiera pudiera dejar el coche pensando que no incumplía ninguna ordenación municipal. Por otra parte, como bien pudimos comprobar nosotros, era difícil estacionar en la zona por carecer los edificios de aparcamientos propios.
Con estas dos consideraciones dedujimos que este suceso no lo podíamos relacionar con otros que estaban ocurriendo en la ciudad. Sin embargo, tampoco lo descartamos porque todos ellos parecían casos sin aparente conexión.
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