04/01/26

9 Editorial


Disturbio o destrozos

Los diversos incidentes que ocurren en nuestra ciudad son inadmisibles. Lejos de atenuarse, se repiten sin que las autoridades logren restablecer la paz social deteniendo a los responsables. La población observa atónita cómo los ataques a comercios, empresas y edificios se repiten sin comprender cuál es la motivación que mueve a los alborotadores. Es probable que detrás de estos incidentes se hallen miembros de partidos o agrupaciones radicales que con sus actos intentan alterar el orden y buscan enrolar a nuevos adeptos para conseguir sus ideales utópicos. La reciente instauración del sistema democrático en nuestro país da la oportunidad a todos de expresar sus ideas y perseguir sus objetivos mediante los cauces establecidos, pero nunca con la violencia. Por otra parte, los responsables del mantenimiento del orden deben investigar con más ahínco estos sucesos hasta lograr aclararlos y poner a los culpables ante la ley para que juzgue sus desmanes. Es deber de todos, como ciudadanos concienciados con el bien común, colaborar con las autoridades denunciando o prestando testimonio acerca de cualquier detalle relacionado con los sucesos que repetidamente y por desgracia viene difundiendo este periódico. Una sociedad cohesionada no puede permitir que individuos aislados atenten contra la convivencia. Esperamos la detención de los responsables.



También había guardado este artículo de opinión de El Día Abulense que expresaba la preocupación de los dirigentes civiles por el asunto, pues dudaba de que ese malestar generalizado, al que se refería el autor del texto, fuera cierto en la población normal. Más bien era una llamada para que los ciudadanos se responsabilizaran de tareas que son propias de la policía, pues no me cabía en la cabeza que la gente tuviera la obligación de señalar a sospechosos.

De todas maneras, llegó un momento en el que yo mismo coincidí con Agapito, el comisario, en que los sucesos no eran tan graves como para preocupar ni a las autoridades ni mucho menos a la población; más bien era algún grupo de presión el que hostigaba con los medios a su alcance con el propósito de que cuanto antes se detuviera a los responsables. Sabiendo esto, me tranquilicé. Si no había peligro para las personas, los daños materiales eran asumibles y, en todo caso, no debían suponer un fardo opresivo que me acabara por agobiar y obligara a dar pasos en falso.

Volví a colocar en las anillas del archivador el papel del periódico. Revisaba cada uno de esos documentos como si fueran reliquias, por el estado en el que se encontraban, sin embargo, emocionalmente me transportaban a los dos o tres meses en los que mi cometido principal fue desentrañar el enigma y explicar tal cúmulo de incidentes.

Otro suceso llamativo del que me enteré extraoficialmente fue el acoso al que se sometió a un mando de la Academia de Intendencia Militar, situada en la zona de El Pradillo. Como en el caso anterior, mi informante fue Hermógenes. Había aceptado la invitación de visitar su estudio. Residía en la avenida de Portugal, una de las calles de estructura moderna con más vida de la ciudad. Nada más entrar en su piso comprendí la razón por la cual había elegido ese domicilio. En las otras ocasiones en las que hablamos nunca me había mencionado que, además del trabajo para el periódico, también ejercía de fotógrafo comercial. Ya en el pequeño vestíbulo, a mi izquierda, en lo que podía ser el salón de la vivienda, podían verse, repartidos por todo el espacio trípodes, focos, pantallas, distintas cámaras fotográficas…

¡Parece que no has visto nunca un estudio! —me dijo al darse cuenta de que me llamaban la atención los artilugios repartidos en la pieza—. Hay que buscarse las habichuelas como sea.

Me explicó que compatibilizaba las dos actividades con la ayuda de su mujer, asegurándome que los ingresos más importantes procedían de las fotos de carnet y de familia numerosa, o de los reportajes de bodas, no de lo que le pagaban por su labor en la redacción del periódico.

Dejamos a un lado el cuarto en el que revelaba las fotos sin que se dignara explicarme cómo ocurría el proceso mágico de transformar la luz en imagen impresa en papel y me llevó a su despacho. Me quedé boquiabierto al comprobar la colección de fotos que mantenía ordenadas en los cajones de varias cómodas metálicas. Por encima del agarrador había una etiqueta incrustada en una ranura que marcaba un año; y dentro, separadas unas de otras con cartulina, los grupos de fotografías referidas a acontecimientos, personas, lugares, monumentos, fiestas populares, eventos deportivos… Las de mayor tamaño las había archivado en carpetas azules con gomas en las solapas. Me mostraba estas imágenes cuando, al pasar una en la que aparecían unos reclutas posando con sus fusiles delante de un cuartel, me refirió el asunto del teniente Romualdo.

¿Te han contado lo que pasó en Intendencia? —me sondeó mi anfitrión.

Como en el caso del cura desvestido, nadie me había referido detalles de este episodio.

Yo me acabé de enterar por unos soldados que vinieron a sacarse un retrato para enviárselo a las novias —continuó sin esperar mi respuesta, anticipando que tampoco sabía nada—. Uno de los chavales, abulense de la capital, tenía razones para hablar mal del mando. Era el que había llevado a los otros a mi estudio. Estaba cumpliendo el servicio militar voluntario, por lo cual, aunque permanecía más tiempo en filas, podía elegir destino. Disfrutaba de un pase pernocta que le permitía dormir en casa y salir del cuartel los fines de semana que no le habían encomendado ningún servicio…

No me acuerdo del nombre del chaval, pero, cuando más adelante me llegó a los oídos la movida que hubo en el cuartel, me vino a la memoria lo que esa tarde me relató ese muchacho mientras preparaba a sus amigos para posar.

No sabía si a continuación me reproduciría la conversación con los militares o concretaría lo que le había pasado al mando. Creyendo que era de mayor interés lo acontecido al militar, lo orienté para que lo relatara.

Tampoco ha sido nada del otro mundo, pero está claro que el anónimo autor que ha escrito cartas contra él pretendía llamar su atención para que reflexionara sobre su forma de tratar a sus subordinados y, al mismo tiempo, alertar a sus mandos y ponerlos al corriente del proceder arbitrario del oficial.

Pero ¿cómo ha sido el asunto? —le pedí que concretara con más detalle el devenir de los acontecimientos.

Me explicó varias cuestiones para que comprendiera el contexto en el que se produjeron los hechos y cómo se había enterado él. Comenzó con este último asunto, asegurándome que Ávila era un pueblo en el que todos se conocían. Saber dónde vive una persona y los pasos que da a lo largo del día es sencillo. Tampoco es difícil enterarse de cuáles son los problemas o conflictos de sus habitantes. La voz se corre con suma facilidad y en poco tiempo es patrimonio común lo que sucede a cualquier persona, sobre todo si desempeña algún cargo o es un representante cualificado de un sector social relevante, como era en este caso. Así, me explicó que en el cuartel hubo compañeros suyos que supieron que había llegado una carta sin remitente dirigida al comandante en jefe en la que se denunciaba el proceder de su subordinado.

No me explicó, por ser innecesario, la identidad de su informante, pero no dudé de que la fuente era solvente.

No había pasado una semana, cuando me enteré de que en el Gobierno Militar se había recibido otra carta redactada en los mismos términos —continuó Hermógenes con su relato—. Es más, aunque esto no se ha confirmado, hay quien afirma que el propio teniente recibió una similar en el buzón de su casa.

¿Y qué se cuenta de él como militar? —quise saber a continuación para acabar de formarme una idea.

En este sentido, mi conocimiento es limitado, ya que los militares se tapan entre sí. Me imagino que no habrá mucha diferencia entre uno y otro en su forma de tratar a la tropa y ninguno estará seguro de que ellos mismos no podrían haber sido los destinatarios de esa carta.

Es probable —coincidí con él para que no prolongara más la opinión que mantenía del estamento militar.

Lo que me comentó este paisano es que a él lo castigó el teniente Romualdo dos semanas en Prevención por firmar, siendo cabo de cuartel, un cambio de guardia sin reflejar en el libro de incidencias el mal estado del machete del imaginaria.

Puse cara de lelo para que detallara con más precisión.

Al chico abulense le había afectado mucho ese castigo injusto que recibió. Me explicó el proceder arbitrario e incomprensible del teniente Romualdo, con el cual, hasta ese momento, nunca había tenido problemas…

Los detalles que me proporcionó del asunto desencadenaron en mí una oleada de recuerdos inquietantes. Sabía de qué me hablaba por haberlo sufrido en mis carnes durante los interminables quince meses que duró mi servicio militar. Nadie puede comprender la desolación que se siente durante ese tiempo perdido en el que lo único que se aprende es a escaquearse para eludir el control de los mandos, y a evitar conductas que sean penadas con castigos que agravan más la humillación de los reclutas a los que se les roba uno de los mejores años de su vida. Había entrado en filas con el entusiasmo del que se sabe predestinado a servir a su nación como agente policial, ya que además era requisito para poder acceder al cuerpo. Pero mi decepción con la experiencia fue absoluta. La anécdota del soldado, que me contó Hermógenes, me hizo recordar los malos ratos que pasé y el mal sabor de boca que me dejaron las desagradables experiencias castrenses. La del cabo consistió en firmar en el libro de incidencias un cambio de guardia rutinario. El susodicho teniente seguramente llegaría al dormitorio de la tropa. El soldado imaginaria se cuadraría y se mantendría en posición de firme mientras el oficial comprobaba la limpieza y el orden del pabellón. Le habría pedido al soldado el machete que llevaba colgando del cinturón.

¿Quién es el cabo saliente? —El cuartelero se quedaría perplejo, sin anticipar en qué movida se vería involucrado.

El cabo se presentaría sin saber por dónde le sorprendería el mando.

¿Cómo es que has firmado el cambio de guardia sin reflejar el estado del machete?

Por un momento el interpelado se habría quedado sin palabras, sin comprender con exactitud a qué se refería su superior.

¿No ves las melladuras y que la hoja está despuntada?

El subordinado miraría con detenimiento el arma para verificar si se había producido algún desperfecto durante el tiempo de su guardia y al no ver nada que no se encontrara ya allí desde cuarenta años atrás, en los tiempos en que la bayoneta hubiera estado calada en algún fusil quizá durante la Guerra Civil, miraría perplejo y suspirando al mando para que concretara la observación que le hacía.

¡Quince días en prevención! —le habría sentenciado el oficial.

Pero mi teniente, si los desperfectos no son recientes, no ve que no hay ningún rasguño que brille. El arma siempre ha estado tal cual —le habría dicho el cabo conteniendo con dificultad las lágrimas.

El soldado se quedaría parado en medio del patio que precedía la entrada del dormitorio, mientras el mando se alejaba sin responder a sus razonables objeciones.

Se podía poner en el cuerpo del cabo y revivir lo que hubo de pasar. Soportar la injusticia de un castigo por una falta no cometida. Era como asumir la responsabilidad de los desperfectos del arma cuarenta años después, y de los daños que sus portadores realizaran con ellas: heridas a los enemigos, golpes contra puertas y ventanas para derribarlas… No salir del cuartel durante dos semanas. Estar encerrado en el cuerpo de guardia desde las cinco de la tarde hasta el desayuno del día siguiente. Dormir tirado en el suelo, en el dormitorio en el que los soldados de guardia esperaban su turno para repartirse por las garitas. Oír los gritos de los cabos al despertar a los que debían dar el relevo; o los suspiros de los que se acostaban después de haber pasado dos horas a la intemperie. Ir a cenar escoltado por sus propios compañeros, que lo vigilarían con el Cetme calado con uno de esos mismos machetes roñosos por cuya culpa él se dirigía al comedor sintiéndose un criminal… No conciliar el sueño. Levantarse con el cuerpo dolorido y sin haber aliviado la fatiga de la jornada anterior. Encarar un nuevo día sin la esperanza de poder salir del cuartel y regresar con los suyos. No encontrar unas palabras de consuelo de los mandos. Mientras, él y sus compañeros contendrían la rabia, sabiendo que el castigo tenía un límite y que podría recuperar la libertad y dejar las altas tapias del acuartelamiento cuando se licenciara…

A partir de ese momento, el sufrimiento contenido se transformaría en una furia contra el estamento militar que no desaparecería ya nunca en su vida.

Lo menos conocido es que, además de estas cartas anónimas, su casa sufrió un ataque —continuó Hermógenes, que se complacía en ir completando el cuadro con más detalles.

Por un momento permanecí callado, procurando mostrar en mi rostro la admiración que sentía por los conocimientos acumulados que demostraba el fotógrafo sobre la sociedad abulense.

Sí, de esto solo se han enterado muy pocos —Y no me quiso concretar quién fue su confidente, aunque, por las explicaciones que me proporcionó, me hice a la idea de que hubo de ser algún vecino del militar que mantenía relación con el fotógrafo—. Reaccionó con rapidez para que nadie fuera testigo de la afrenta que había sufrido.

¿A qué te refieres? —me interesé con el fin de mostrarle que no le seguía el hilo de su explicación.

Alguien espetó contra la fachada de su casa una muestra significativa de lo que se puede comprar en las casquerías del mercado de abastos. Sesos, vísceras, sadurillas y sangre se repartían entre las piedras y ventanas de su casa. Aún frescas, de un manguerazo limpió la fachada. Sin embargo, no me creo que sea verdad lo que también me contó: que otro vecino, que no contempló la limpieza de los restos pegados en la pared, había oído una explosión por la noche, un petardazo potente.

Analizamos la posibilidad de que la detonación estuviera relacionada con el hecho precedente o si se había tratado de un cohete lanzado por algún trasnochador con ganas de jarana. Me explicó (y después, lo comprobé) que la casa se hallaba separada de la calle por un jardín de unos veinte metros lineales y que había una valla de piedra rematada con una barandilla construida con ladrillos formando aspas que se convertía en un obstáculo considerable. Por tanto, dedujimos que los lanzadores habían saltado la tapia para acercarse a su objetivo, o debían tener mucha fuerza para disparar los pesados proyectiles desde la calle, o bien que usaran una bazuca artesanal cargado con todos los despojos de una carnicería y la explosión escuchada por el vecino estuviera relacionada con el ataque.







 

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