07/08/24

GROZNI

 


Dejamos la ciudad inmersa en una neblina cenicienta y fría. Un olor químico nos empujaba a la estación de ferrocarril a partir de la cual podríamos huir de la catástrofe que bramaba en las entrañas de Grozni a punto de desmoronarse. Muchos habíamos elegido esta vía de escape, pero, en todo caso, solo éramos una parte de la población, por lo que deduje que a mucha gente no le había dado tiempo a escapar. Las cunetas de la larga carretera que nos condujo hasta allí estaban negras y aún humeaban restos de una quema indeterminada. El asfalto se resquebrajaba y los socavones eran tan frecuentes que hacían impracticable la conducción de vehículos por la calzada.

El edificio que albergaba las dependencias ferroviarias no superaba las dimensiones de una simple casa familiar: dudé de que se tratara de la estación. Cuando la sobrepasamos, nadie entró, sino que todos descendimos realizando equilibrios para no resbalar por un terraplén terroso. La plataforma se extendía paralela al trazado de las dos vías, una por cada sentido: hacia la derecha, la dirección era el centro urbano; a la izquierda, la salida de la ciudad. Nadie se encontraba en el andén de enfrente. En cada lado de la estación había dos puentes situados a una distancia desigual desde el punto en el que esperábamos el convoy. En el que quedaba a mi derecha, los raíles formaban una cuerva bastante pronunciada. Cuando llegó el primer tren, solo lo pude ver en el momento en el que ya casi alcanzaba la zona central donde esperábamos. En cambio, el puente de la izquierda era la boca de un túnel recto, desde la cual la máquina aceleraba para desaparecer con una velocidad pasmosa.

Cuando apareció despacio ese primer convoy, sentí alivio y pensé que la suerte nos acompañaba a mi hija y a mí, por no tener que esperar, pero, para mi asombro, cuando ya parecía que se produciría el frenado, siguió avanzando sin llegar a parar. Me hice a la idea de que ya no cabían más pasajeros y el maquinista había desistido de detenerse para que subieran más viajeros, o que habitualmente ese tren no realizaba parada en ese apeadero. Sin embargo, la decepción fue en aumento porque los siguientes repetían la misma entrada lenta sin detenerse.

Más gente había ido llegando y ya no cabíamos más. No perdí la esperanza de que pudiéramos huir, sin embargo, en esa desesperante espera de un tren que se detuviera y nos sacara de Grozni, me dio tiempo a pensar que el viaje que íbamos a emprender lo realizábamos sin billete. Miré a las personas más próximas para salir de la duda de si era preciso pasar por taquilla. No percibí ninguna preocupación en sus rostros relacionada con esta cuestión. Simplemente esperaban con estoicismo. Me hubiera gustado preguntarles por la duda que en esos momentos me preocupaba, pero no hablaba su lengua y todos permanecían en un respetuoso silencio. Viendo que la secuencia de convoyes se alargaba y que, además, no se detenían, opté por perder el lugar privilegiado en primera fila para ascender con dificultad el terraplén hasta alcanzar la puerta que daba a un pequeño vestíbulo en la que, efectivamente, había una ventanilla donde despachaban billetes. Me alegré de que así fuera para viajar con la suficiente tranquilidad y que el revisor no nos molestara. La persona a la que atendían en el momento de llegar se alejó al instante. Miré hacia el interior de la oficina y vi a una mujer al cargo. Estaba sentada en un taburete alto. Solo se le veía el pecho. Me agaché para poder vislumbrar su rostro, pues sabía que para hacerme entender necesitaba que me viera la cara de dificultad que había de tener por no poder expresarme en su idioma. Sin que yo pronunciara palabra ni tan siquiera hubiera realizado ningún gesto, me preguntó por lo que yo deduje eran los dos destinos para los cuales despachaba billetes. Creí entender la ciudad a la cual queríamos llegar y repetí a mi manera su nombre, sin embargo, pese a todos mis esfuerzos por pronunciar bien para que me entendiera, me seguía repitiendo los dos destinos. Al final, intenté extendiendo el brazo y apuntando con la mano señalar la dirección por la cual queríamos salir. Creo que más bien por desesperación que porque me hubiera entendido, me extendió los dos billetes que le había señalado con los dedos de la mano. Mientras me despachaba, había escuchado la entrada de un tren, pero supuse que no se había detenido al igual que los primeros. Sin embargo, al salir de la estación contemplé cómo en esos instantes arrancaba. Me contuve para no maldecir mi mala sombra y me arrepentí de la decisión que había tomado de alejarme del andén. Por otra parte, percibí la maniobra tan absurda que había hecho, pues, aunque ya disponía de billetes, no estaba seguro de que me sirvieran para el trayecto que queríamos realizar. Me consolé pensando que, en el caso de que nos los solicitaran en el viaje y no fueran los adecuados, me podría disculpar por mi ignorancia, pero, por lo menos, demostraría que no había habido mala fe en nuestro proceder.

Otra vez en la plataforma, mirábamos a ese oscuro túnel que nos quedaba a la derecha, esperando la aparición de la poderosa máquina que movía los vagones. Más viajeros descendieron por la ladera, aunque no en un número tan alto como cuando llegamos. Contrariamente a la idea de que la espera sería eterna, no tardó en aparecer la tan ansiada cabeza de la monstruosa serpiente negra, y se detuvo. La revisora, una chica joven y rubia, se apeó para asegurarse de que todos subíamos. Ya sin prisa y aliviada la opresión de la espera, cedimos el turno para que los otros viajeros accedieran primero. Costaba mucho subir, pues el suelo del coche estaba a una altura mayor que la nuestra y, además, la escalerilla se quedaba corta. Por ello, para poner el pie en el primer escalón había que levantar mucho la pierna y ayudarse con un tirón agarrándose a las barras pasamanos de sujeción ancladas a ambos lados de la puerta. Cuando nos tocó el turno, empiné a mi hija hasta situarla en el suelo. En ese momento, el tren emprendió la salida, cuando yo aún no había comenzado mi ascensión. Me extrañé de la premura, sobre todo, porque no esperaba que el maquinista pusiera en marcha el tren sin subir la empleada, pero esta no se hallaba detrás de mí. Me agarré a las barras de acero y el impulso de levantar la pierna para alcanzar la escalerilla me hizo casi perder el equilibrio, aunque con mala postura logré erguirme y situar los dos pies en los escalones. Cuando llegamos a la altura del túnel suspiré aliviado por haber conseguido subir, pero se me quedó el cuerpo con un tembleque que procuré disimular para que ni mi hija ni los demás pasajeros lo notaran. Cuando recuperé el aliento y me tranquilicé al haber pasado lo peor, examiné el vagón en el que nos encontrábamos. Me quedé perplejo, pues yo esperaba una multitud de viajeros; en cambio, los que iban no eran muchos y se hallaban sentados en bancos corridos a lo largo del coche, por lo cual quedaba un espacio central muy amplio. Deduje que a lo mejor era un vagón de carga. Mi hija no tuvo problemas en sentarse en un cojín vacío que había debajo de una de las pocas ventanas por la que entraba una luz sucia. Yo me quedé a su altura, mirando con más detenimiento a ver si hallaba al fondo un banco en el que nos pudiéramos sentar los dos. Volví la vista hacia un asiento vacío que me permitía estar cerca de mi hija para no perderla de vista, pero, cuando lo iba a ocupar, entró la revisora rubia y se sentó en el espacio al que había echado el ojo. Observando con más detenimiento, me percaté de que los otros compañeros era también trabajadores del ferrocarril y comenzaban una tertulia despreocupándose del acomodo y control de los viajeros. Me quedé de pie sin decidirme a nada, a la espera de saber si el viaje que comenzábamos terminaría en el destino que anhelábamos.

Tarjeta personal


Nada más entrar en el comedor, descubrí a Joaquina. Era una mujer que sin duda captaría la atención de muchos hombres; yo me sentí hipnotizado. Me acerqué todo lo que pude hasta sentarme en una mesa vacía próxima a la que ella ocupaba con su pareja. Los dos desayunaban en el bar del hotel donde yo me alojaba; suponía que eran clientes. Mientras echaba un vistazo a la carta, no la perdía de vista. También ella desviaba sus ojos hacia mí. Quizás se había dado cuenta de que la observaba con atención.

Era una mujer joven; no parecía tener más de treinta años. Lucía una rizada melena negra. El escaso vestido dejaba al descubierto sus hombros, gran parte de su pecho, los brazos y sus largas piernas morenas. Sus pies, elegantes y delicados, con las uñas sin pintar, calzaban unas minúsculas sandalias.

Sus labios eran carnosos, aunque no exageradamente. Con todo, lo que más me atraía era su mirada viva y luminosa, que parecía escudriñar sin perder detalle de lo que la rodeaba. Sonreía como si lo que le decía su pareja le hiciera gracia; sin embargo, cuando desviaba la vista hacia mí, la sonrisa desaparecía de su rostro. Sus ojos seguían moviéndose, sintiendo curiosidad por saber quién era yo.

Mientras el camarero me traía el desayuno, me dirigí al baño con la idea de pasar delante de ellos para observar más de cerca la belleza singular de esta mujer. Ella fue consciente de la maniobra, pero no enfrentó sus ojos a los míos. El hombre no se percató de mi cercanía ni de la curiosidad de su pareja. De regreso, otra vez escruté a la mujer y me pude hacer una idea de cómo era él. Se trataba de un buen maromo, un hombre atlético, también moreno y muy guapo. Pensé en la imagen típica de un playboy de discoteca, ya que el pelo lo llevaba engominado y del pico de la camisa, colgaban unas gafas de sol.

Cuando se levantaron, pude contemplar con plenitud la exuberancia de su cuerpo proporcionado. El vestido ceñido marcaba sus caderas y el busto moderado. No era tan alta como él, pero le faltaba poco. Tal vez por eso no llevase tacones.

Pensar que se alojaban en el mismo hotel me turbó, pues esa mujer me inquietaba y sabía que me alteraría las vacaciones que acaba de comenzar.

Mi intención era relajarme unos días. Mi vida suponía un continuo esfuerzo en la que las horas de esparcimiento no cabían. El estrés y ese ritmo frenético estaban cobrando sus tributos en mi salud y no fue necesario que nadie me recomendara que debía hacer un alto en el camino. Sin tener en cuenta todas mis responsabilidades, decidí tomarme unos días de descanso lejos de Madrid. Entré en una agencia de viajes y reservé un hotel en primera línea de playa. Era junio; pensé que la presencia de bañistas no sería muy numerosa y que podría relajarme tumbado al sol o paseando por la orilla del agua. El viaje era un paquete con pensión completa, incluyendo los traslados de ida y vuelta. No quise conducir ni disponer de mi coche para evitar la tentación de poner las llaves en el contacto y realizar excursiones por las cercanías. Ya conocía Valencia y los alrededores, pero disponer de coche era una invitación a moverme con él.

Antes de levantarme de la mesa, descubrí la piscina del hotel. Me asomé y me pareció un buen lugar para pasar la mañana. Me eché en una tumbona con el propósito de, si el sueño acudía a mí, no desaprovechar la oportunidad de dormir mientras el sol acariciaba mi cuerpo. No había niños, y los pocos clientes pereceaban del mismo modo que yo.

Por la tarde, después de comer y echarme la siesta, decidí recorrer los escasos metros que separaba el complejo hotelero de la playa. La presencia de bañistas era más abultada de lo que había calculado, pero entre unos y otros se podía extender la toalla dejando una distancia de seguridad de por lo menos veinte metros. Al poco de estar tumbado, una pelota amarilla cayó a mi lado. Antes de que pudiera incorporarme para devolvérsela a su dueño, llegó mi querida vecina del desayuno. No me había vuelto a acordar de ella, y de repente, al descubrirla a mi lado, me sobresalté.

—Gracias —me dijo comprobando que me había incorporado con la intención de devolver la pelota.

No fui capaz de contestar, ya que mi cara se puso de mil colores al contemplar de nuevo a esa deidad a tan solo un metro de distancia. Ella no apartó de mí los ojos en el breve encuentro y pudo percibir mi azoramiento. Cuando me dio la espalda, de regreso al campo de juego, se colocó la braguilla del bikini de manera simétrica, como si ella también sintiera pudor por mostrar esa breve isla blanca de piel que había dejado descubierta la minúscula tela de la prenda.

Mi desasosiego no cesó a partir de ese instante. Me fastidió ese encuentro fortuito, especialmente cuando ya me había hecho a la idea de que su presencia durante esos días se había diluido, ya que en la comida no los había visto.

Continuaron con el partido. Los dos eran unos consumados jugadores y despertaban la admiración de los privilegiados espectadores que contemplábamos su destreza y, sobre todo, su atractiva belleza. Yo me fijaba en ella, pero las mujeres que había por allí no perdían ocasión de admirar el cuerpo atlético de él.

Consideré que era demasiado sufrimiento devorar con la mirada a la muchacha sin poder disfrutar de su cercanía. Dejé la toalla en mi pequeña parcela y me metí en el agua. Al salir, sin secarme, paseé hasta el final de la playa. De regreso, cuando la proximidad me permitió mirar y apreciar con detalle su cuerpo, disminuí la velocidad para deleitarme con la belleza de esa deidad.

—Lo siento —me dijo, cuando otra vez la pelota amarilla fue rodando hasta llegar a mis pies, como si su disculpa tuviera que ver con el fallo que acababa de cometer.

Esta vez fui más rápido y me agaché a por la pelota para dársela en la mano.

—No pasa nada —le respondí y mostré un semblante receptivo a cualquier otra palabra que ella quisiera dirigirme.

No dijo nada, pero me sonrió de una manera personal y distinta a cualquier otra persona que le hubiera entregado la pelota. Estaba seguro de que esa sonrisa era especial, y que tardó una milésima de segundo más en volver la cara antes de comenzar a caminar hacia donde la esperaba su compañero, como si también ella apreciara algo en mí que llamaba su atención.

Tomé la toalla y regresé al hotel. No hice lo que en realidad deseaba, que era seguir cerca de esa mujer pletórica, pero preferí no tenerla delante para evitar la desazón que sentía por no poder estar más cerca y hablar con ella.

Me duché y me afeité deleitándome con el placer de realizar el aseo con tranquilidad. Después, bajé a la cafetería a tomar una cerveza, mientras abrían las puertas del comedor para servir la cena. No hablé con nadie. No me habría importado entablar conversación con alguien, incluso si solo hubiera sido para hablar de trivialidades, pero no tuve la oportunidad. Así que, cuando vi entrar a los primeros clientes a cenar, también me uní. Me senté y tomé una bandeja para servirme un filete, unas patatas fritas y un poco de ensalada de la variada selección de platos cocinados que había a disposición de los clientes. Paulatinamente, se fue llenando el comedor. Me entretenía observando a las personas que deambulaban entre las mesas, pero no pude anticipar el acercamiento de la pareja que me intrigaba. Fueron ellos los que me saludaron.

—¿Te importa que nos sentemos contigo? —Fue una pregunta que no podía imaginar.

Recogí un poco mi bandeja para que ellos tuvieran más espacio para colocar las suyas.

—¿No te molestará, de verdad? —volvió a preguntar ella antes de sentarse.

—No, por supuesto que no… —pero estas palabras no me salieron con espontaneidad.

—¿Qué tal has pasado el día? —quiso saber también ella.

Era obvio que deseaba entablar conversación, pues de sobra conocía lo que había hecho, por lo menos, la segunda mitad de la jornada.

Le dije que había estado tranquilo, algo totalmente falso, pues ella era la causante del azoramiento que me invadía cuando estaba ante mí. Fruto de ese nerviosismo, terminé contándole en pocos minutos las razones que me habían impulsado a pasar unos días de desconexión en tierras valencianas. Esperaba que, después de esta confesión íntima, ellos compartieran algo sobre sus propias vidas, quizás sobre estar también de vacaciones, pero ninguno de los dos mencionó nada al respecto.

No me hizo falta preguntarles sobre el tipo de relación que mantenían, ya que ambos llevaban una alianza matrimonial en sus respectivos dedos anulares.

—¿A qué te dedicas? —quiso saber él, después de haber dicho que el estrés me afectaba a la salud.

—Buf, a muchas cosas —le respondí, con la idea clara de no detallárselas, habiendo comprobado que ellos preguntaban demasiado, pero no compartían nada de sus vidas.

La conversación continuó por derroteros consabidos: si era nuestra primera vez en Valencia, cuánto tiempo íbamos a estar, los planes…

Mientras charlábamos de estos asuntos, paulatinamente me fui tranquilizando. Al mismo tiempo, interiorizaba la belleza de Joaquina, acomodándola en un espacio de mi espíritu que me permitía tenerla controlada sin que me llegara a perturbar.

La verdad es que ambos eran buenos conversadores y se comportaban con cordialidad conmigo. Era consciente de que había tenido suerte de haberlos conocido, ya que, de lo contrario, mi soledad habría terminado por agobiarme. Creo que a ellos les sucedía lo mismo. Hablar con alguien era un aliciente para romper la monotonía de la relación de pareja.

Antes de retirarnos a nuestras respectivas habitaciones, tomamos algo en el bar. Fue idea de Isidoro, el marido. Él y yo nos pedimos un gin-tonic y Joaquina, una infusión. En la velada continuó la conversación sin que ella apenas interviniera. Las palabras de él era una invitación a que yo añadiera las mías en un río interminable de temas abordados que no resultaban muy interesantes. Ella contemplaba la corriente de nuestra conversación como si, absorta, viera el curso verbal apoyada en el pretil de un puente. Quise invitarlos a otra ronda, pero Joaquina pospuso la oferta para el día siguiente.

—¿Qué planes tienes para mañana? —quiso saber Isidoro.

—Ninguno. He venido con la intención de descansar.

Me propusieron que los acompañara a una excursión a Valencia capital que iban a realizar, pero no quise apuntarme. Mi propósito seguía siendo relajarme y tampoco quería estar todo el tiempo compartiendo mis vacaciones con extraños.

Al día siguiente no me encontré con ellos hasta la hora de la cena, pero fue cuando yo ya había acabado. Los saludé. Tenían cara de fatiga, así que me despedí recordándoles la invitación pendiente de otra ronda de gin-tonics. Salí del hotel a darme una vuelta por el paseo marítimo mientras hacía la digestión. Estar unas horas sin ver a Joaquina me habían venido bien, ya que su recuerdo se había ido extinguiendo.

Estaba disfrutando de los días. No me importaba estar solo. Había establecido una rutina que me complacía. Madrugaba y me daba un paseo por la playa solitaria. Antes de regresar, compraba el periódico y tomaba un café en la terraza próxima a la piscina. Allí transcurría el tiempo hasta la hora de comer. Por la tarde, después de una siesta en cama, regresaba a la playa y me tumbaba en la toalla hasta que consideraba que había hecho la digestión. Fue precisamente en ese momento, mientras estaba echado, cuando la pelota amarilla rodó hasta chocar con mi cuerpo. Había vuelto a coger el sueño y fue un sobresalto la presencia de Joaquina como si fuera una gigante y yo un lilliputiano. Ese plano contrapicado me dejó cohibido. Mis ojos se transformaron en una lupa con la que pude observar los poros de su piel y las oquedades más íntimas, lo que me aturdió. Seguro que Joaquina pensó que mi mirada enajenada era producto de un despertar abrupto.

—Si te apetece echar unas palas con Isidoro…

—No, no, ni mucho menos —la interrumpí.

—Siento de nuevo haberte molestado.

Regresó con la bola amarilla. Me quedé contemplando cómo caminaba. Al instante juzgué que no había sido muy amable y que me debería disculpar. No tardó la pelota en venir a mí. Antes de que llegara ella, la recogí y se la di en la mano. Aproveché la ocasión para acercarme a saludar a Isidoro. El juego no debía estar siendo de mucho interés, porque enseguida me di cuenta de que querían pegar hebra. Cuando ya me iba a retirar, Joaquina me propuso que esa noche fuera a cenar con ellos a un restaurante del puerto. Dije que no, pero entre los dos me acabaron convenciendo de que me sumara.

Quedamos en el bar del hotel a las nueve. Elegí el pantalón y la camisa más elegante que había metido en la maleta. Estuve en el lugar de la cita un cuarto de hora antes. Cuando llegaron, sin tomar nada ellos, me sugirieron salir de inmediato, ya que la reserva era para las nueve y media. Joaquina me cedió el asiento del copiloto, pero no lo acepté. Detrás de ella me llegaban los efluvios asombrosos de su perfume. Se había puesto un vestido más recatado. Con él conseguía refrenar la pasión que despertaba en mí; era como la diosa que se viste para presidir la ceremonia con la que se le rinde pleitesía: a mí me gustaba cuando tan solo llevaba los vestidos playeros que dejaban libre la expresión de la voluptuosidad. Isidoro también había aprovechado la ocasión para lucir un atuendo mucho más elegante que el mío, por lo cual me sentí incómodo el resto de la noche, ya que era consciente de que desentonaba a su lado. Aunque me consultaron lo que nos podíamos pedir, fueron ellos los que al final seleccionaron el menú: un arroz con bogavante, que les habían recomendado algún conocido. Menos mal que en esa velada fue Joaquina la catalizadora de la conversación y que yo casi no participé. Agradecí que mi protagonismo se atenuara; sin embargo, aunque hablaban mucho, no aportaban ninguna información de ellos. Incluso, no era capaz de evaluar su relación sentimental. No había observado que se prodigaran caricias ni otras muestras de afecto, tan solo un respeto que no me aventuraba a catalogar. Quizá mi mutismo y que su vestido fuera una coraza que protegía su pecho de mi vista, propició que mi mirada se centrara en su rostro. Me llamaron la atención unas pecas que tan solo se podían discernir estando muy cerca. No creo que las ocultara con maquillaje. Eran muy pocas y se situaban por debajo de la órbita ocular y extendiéndose por el puente nasal. Tal vez la razón por la cual pasaban desapercibidas era las inmensas cejas negras y unos párpados marcados con un trazo del mismo color que alargaban sus ojos marrones, que focalizaban la atención cuando se la contemplaba. Al fijar su mirada en mí, sentía unos rayos que penetraban en mi interior, tratando de descubrir mis deseos. Entornaba los ojos para interrumpir ese análisis, consciente de que, si continuaba, revelaría una verdad que, de poder, la devoraría. Como se empeñaron en no dejar que pagara, los invité a una copa en una terraza. Los dos parecían disfrutar de la noche en mi compañía. Yo no podía decir lo mismo. Durante todo el tiempo estuve alerta para impedir que se dieran cuenta de la atracción que sentía por Joaquina. Tal vez no se percataran de eso, pero sí debieron notar que me iba apagando hasta sospechar que tal vez me estuviera aburriendo. En un momento, cuando nos dirigíamos en busca del coche aparcado, ella me cogió del brazo y se apoyó en mí, en un gesto amistoso para infundirme ánimo. Solo fueron unos segundos, porque ella debió considerar que era un gesto de demasiada confianza para el poco trato que habíamos mantenido. Antes de retirarlo, mi codo rozó su pecho y no lo retiré. Lo noté tan delicado y terso que me estremecí de placer, sintiendo cómo una descarga eléctrica recorría todo mi cuerpo.

No pude dejar de pensar en Joaquina cuando me metí en la cama. Intentaba recuperar las sensaciones placenteras causadas por ese roce, pero era una experiencia imposible de repetir. Este esfuerzo de mi imaginación desembocó en insomnio, y los pensamientos que rondaban mi mente durante ese prolongado desvelo me causaban tal sufrimiento que me aconsejaron romper la relación que mantenía con la pareja, pues solo me esperaban sinsabores para el poco tiempo que duraba la admiración placentera que esa mujer me despertaba. Sin embargo, no dependía de mí, aunque me propuse moverme con cálculos precisos para no coincidir, adelantando o retrasando mi entrada en el salón a las horas de las comidas. También dejé mis visitas a la cafetería del hotel; incluso, acudí a algún restaurante de la localidad para evitar las coincidencias. Durante un par de días dio resultado la estrategia de alejamiento, pero no pude impedir que me localizaran.

—Está visto que nuestras vidas se cruzan —escuché que me decían a mi espalda. Por un momento, me enfadé conmigo mismo por tardar unas milésimas de segundo en reconocer la voz de Joaquina.

Nos dimos dos besos en las mejillas.

—¿Dónde está Isidoro?

Me sonrió e hizo un mohín de disgusto por la pregunta, algo así como un reproche por considerar yo que ella no podía moverse sola con libertad. Intenté ocultar la alegría de que por fin pudiera mantener una conversación sin la presencia de su marido, por lo cual me resultó imposible hallar palabras para disculpar mi torpeza al plantear esa cuestión. Me dijo que se había quedado en la cafetería del hotel viendo un partido de fútbol que debía ser transcendental: la final de una competición o un encuentro de la selección. Se disculpó de sus imprecisiones por no ser aficionada a este deporte. Yo tampoco lo soy y no sabía que hubiera tal evento.

Los dos nos encontrábamos parados, uno frente al otro. Ella portaba varias bolsas con compras efectuadas en ese rato en el que se habían separado. Consideré muy atrevido por su parte que me propusiera acompañarla. El escaparate de una boutique le llamó la atención y, sin decirme nada, entró, por lo que fui detrás. Me pidió que le sujetara las bolsas, mientras se sobreponía un vestido y se miraba en un espejo.

—¿Qué te parece? —quiso saber mi opinión.

Me quedé pensando y como no era capaz de expresarla, se dirigió al probador. Me aproximé a él por no estar igual que un pasmarote en el medio. No era mi pretensión espiar a Joaquina, pero la cortina que la protegía no llegaba a la pared y comprobé que por esa apertura podía contemplar sus piernas morenas hasta una altura que no había gozado antes. Abrió la cortina para que viera cómo le sentaba, mientras ella se lo terminaba de colocar, sin dejar de mirarse en el espejo del probador. No creo que le interesara mucho mi veredicto y si me preguntaba era por costumbre: seguro que procedía de igual manera con su marido cuando la acompañara a comprarse ropa.

—Está bien —le terminé de decir, por no permanecer con la boca cerrada.

Lo que pensaba es que con el cuerpo y la cara que tenía cualquier vestido le quedaría bien.

Me pidió que le subiera la cremallera de la espalda, para terminar de comprobar cómo le caía. Dejé en el suelo las bolsas y con deliberada torpeza la corrí aprovechando para acariciar su piel y apartar su melena rizada.

La dependienta la terminó de convencer de que le sentaba bien y de nuevo me pidió que las descorriera, ocasión que aproveché para explorar sus hombros y dejar por un instante mi mano izquierda en su cadera. El vestido le quedaba muy ajustado y su culo era una tentación para que mi mano se posara en él para adaptarse a su curvatura, sin embargo, no me propasé.

Me preguntó si regresaba con ella al hotel. No era mi intención, pero ya que aún tenía un rato para estar en su compañía, acepté. Los dos avanzábamos despacio. Ella era capaz de mantener la conversación y examinar los escaparates. Al pasar por una heladería, se antojó de un helado.

—¿Me invitas? —me preguntó como si ella se hubiera quedado sin dinero.

Nos sentamos en la terraza para comérnoslo. Joaquina lo saboreaba con deleite, proporcionándome un espectáculo erótico que seguía con aparente serenidad, aunque en realidad estaba conteniendo la pasión desbocada. Su lengua recorría la bola helada de chocolate, o con los labios apretados proporcionaba pequeños bocados a la masa marrón, o extendía media lengua para atrapar unas gotas a punto de caer. Sus piernas entreabiertas también eran una provocación que no desperdiciaba para ver si mi mirada escalaba una cota mayor de sus muslos. Sus dedos con algunos anillos sujetaban el cucurucho y también despertaban mi admiración por su finura y delicadeza. Esas manos acariciándome eran un sueño imposible de alcanzar que me atormentaba. Hubo un momento en el que miró el reloj de pulsera y se alarmó al comprobar la hora, como si su paseo libre se hubiera extendido más de la cuenta. Se levantó antes de acabar el helado y me propuso que nos fuéramos. Como ya estaba cerca el hotel, le dije que me quedaba otro rato más. No me apetecía llegar al vestíbulo y encontrarnos con Isidoro y que ella se fuera con él y yo, alelado, viendo cómo se alejaban.

Tuve suerte de no coincidir con ellos los dos últimos días de mi estancia. Mi estrategia para evitarlos parecía estar dando resultados: no aparecía en el comedor a las horas punta, en la playa me apartaba a una zona alejada del hotel y mis paseos por el centro transcurrían descartando las aceras más concurridas. Tal vez por ser la última noche y creer que el peligro se había atenuado, bajé la guardia y fui a cenar cuando ellos se encontraban en el comedor. Como era habitual en nuestra extraña relación, me divisaron antes de que yo me percatara de su presencia. Fue Isidoro el que me ordenó que me sentara en su mesa. Me iba a disculpar por no aceptar, porque comprobé que ya estaban con los postres, pero recordé que les debía una invitación en la cafetería del hotel. Procuré cenar lo más rápido posible para que no se prolongara mucho su espera. A punto de finalizar, les comenté que me había comprometido a pagar una ronda de gin-tonics.

 —Las promesas hay que cumplirlas —sentenció él.

Ni ellos ni yo mostrábamos pena por el final de nuestras vacaciones; ellos también regresaban a Madrid al día siguiente. Durante el tiempo que permanecimos sentados consumiendo la bebida, la conversación no fluyó como en ocasiones anteriores. Quizá pensábamos que la amistad que habíamos establecido no podía alcanzar un desarrollo mayor y tan solo era cuestión de cerrar esa experiencia dejando transcurrir los minutos. Por eso, cuando ya habíamos comenzado el ritual de despedida, me sorprendió la propuesta de Isidoro:

—¿Por qué no vienes con nosotros en vez del autobús?

Una vez más, falto de reflejos —lo primero que pensé fue que era una propuesta tentadora, ya que viajar en autocar no era muy cómodo—, tardé en rechazar la invitación. Este retraso fue interpretado como una duda, lo que aprovecharon ambos para insistir. Ahora, ante su insistencia, comprendía que me estaba metiendo irremediablemente en un atolladero del que debía escapar, pero no fui lo suficientemente convincente ni asertivo para denegar su invitación. Nos pusimos de acuerdo para salir después de desayunar.

Quizá fuera que al ser la última noche estuviera nervioso, o que sentía remordimientos por no saber evitar los problemas, no descansé bien. Bajé a desayunar. Me extrañó ver sola a Joaquina.

—Isidoro no quiere comer nada. No sabe qué le sentó mal, si la cena o el gin-tonic que se tomó, pero no ha pegado ojo —me explicó.

Me culpé de su malestar en la parte que me correspondía; es decir, en la de haberlo animado a beber en el bar después de cenar. Joaquina quitó importancia al asunto, como si fuera normal que de vez en cuando sufriera una crisis de esta naturaleza.

Al terminar, quedamos que nos encontraríamos en quince minutos en el aparcamiento. El portón del maletero estaba levantado; metí la maleta. Al abrir la puerta lateral, me extrañó ver a Isidoro allí y al volante a su mujer. También me sorprendió su postura descompuesta: una mano posaba sobre su pecho intentando calmar unos latidos desbocados. Su camisa se encontraba desabrochada, dejando a la vista una camiseta blanca. Esa ropa interior me lo representaba como si estuviera en su cama convaleciente.

Joaquina arrancó. A los pocos minutos, le pregunté si podía acomodarme en el asiento del copiloto, pues al lado de su marido era como si estuviera compartiendo su mismo lecho. Paró sorpresivamente y me apeé con prontitud, pues el lugar donde nos habíamos detenido interrumpía el tráfico. Conducía con soltura y de prisa, como si la vida de su marido peligrara. Concentrada en la carretera, no daba muestras de querer entablar conversación. Yo miraba hacia el pasajero de atrás y lo notaba tan compungido que pensé que emprender un viaje tan largo hasta Madrid era una temeridad, pero no quise meterme donde no me llamaban. Al poco tiempo, el GPS nos llevó por una senda sin asfaltar. Nos extrañó, mas Joaquina aceptó la ruta creyendo que era el camino más corto, pero pronto, al atravesar entre vides, nos dimos cuenta de que nos habíamos perdido. La conductora metió la marcha atrás para deshacer el último tramo recorrido hasta hallar un sitio en el que dar la vuelta. Sin embargo, entre las plantas descubrí que el camino seguía y aparentaba mejor firme. Así que reanudamos la marcha. Superado este pequeño tramo lleno de vegetación, la carretera se presentaba negra y limpia para seguir circulando. El estado de Isidoro me preocupaba; no daba señales de que se relajara y su cara reflejaba un sufrimiento contenido.

—Quizá deberíamos pasar por Urgencias para que valoraran el estado de Isidoro —terminé de proponer.

Él no decía nada; incluso, dudaba de que estuviera en condiciones de tomar una decisión. Joaquina tardó en reaccionar, pero, al final, estimó que era lo mejor. Me explicó que, sabiendo su estado, los dos se habían propuesto llegar a Madrid para que lo atendieran en una clínica de confianza, pero que tenía razón yo en que era mucho riesgo continuar el viaje.

Hasta ese momento en el que cambiaron nuestros planes, tan solo había mirado por los ojos del enfermo. Sin embargo, una vez que nos dirigíamos al hospital más cercano, mi mente emprendió una fabulación maligna. Lo más inmediato era que otra vez me iba a quedar a solas con Joaquina, mientras examinaban a su marido, y sabiendo los protocolos meticulosos y la saturación de urgencias, eso nos concedería varias horas de absoluta libertad. Y, llegados al extremo, si su marido fallecía, yo podría ser el próximo compañero de Joaquina. Las dos ideas tenían sus pros y sus contras. En el primer caso, si se trataba de una leve indisposición, podía declarar abiertamente mi pasión y esperar, a pesar de las circunstancias adversas, que ella sintiera lo mismo y aprovecháramos esas horas para satisfacer nuestras ansias amorosas. En la segunda posibilidad, si su marido no mejoraba, consideraba que era preferible no expresar mis deseos y permanecer junto a ella durante la desgracia. Luego, pasados unos días, me lanzaría a bocajarro para decirle que la quería.

Como había previsto, la sala de espera se hallaba atestada de gente desesperada por la lentitud con la que atendían. Isidoro, tendido en la camilla, mostraba un semblante más vivo, pero continuaba con la mano en el corazón para intentar calmarlo. Nos ordenaron que permaneciéramos a la espera de información. Los que llevaban tiempo aguardando nos aseguraron que pasarían por lo menos tres horas hasta que supiéramos algo por primera vez del estado del paciente. Nos quedamos unos minutos indecisos.

—Te apetece que salgamos de aquí un rato —le propuse a Joaquina.

Mi idea era ir a la cafetería del hospital, pero ella optó por dirigirnos al coche, con la excusa de que no lo había dejado bien aparcado. Lo movió de sitio y, echa la maniobra, los dos nos quedamos mirando la sucia vegetación que bordeaba el complejo hospitalario.

—¡Vaya contratiempo! —dije por decir algo.

—Siento que te hayamos complicado el regreso.

—No pasa nada. Lo mismo me da llegar un poco antes o un poco después.

Podía haberle preguntado si esta dolencia de su marido la había sufrido con anterioridad, pero ya, en esos momentos, mi mente lo único que maquinaba era cómo y en qué preciso instante mi deseo reprimido se manifestaba. Sin ser plenamente consciente de lo que hacía, pasé mi mano por encima de la palanca de cambios y la posé sobre su pierna. Allí permaneció quieta durante unos segundos, hasta comprobar cómo reaccionaba. Al no apreciar ningún estímulo, la desplacé unos centímetros hacia la rodilla y, en un cambio brusco de dirección, la deslicé acariciando su tersa piel hacia arriba. Joaquina se removió, primera muestra negativa de que mi roce no era bien recibido. Como paré, pero no retiré la mano, posó ella la suya sobre la mía, y estuvo quieta unos segundos antes de agarrarla y apartarla hasta colocarla en la bola de la palanca de cambios. Me hubiera gustado que la tierra me tragara, no tanto por el rechazo, sino por lo ridículo que me sentía. Creo que Joaquina se percató de esto último e intentó que no me hundiera. Extendió el brazo hasta llegar con su mano a mi cuello y lo apretó levemente y lo sacudió con el fin de espantar la desazón. No se dirigió a mí para excusar su negativa, pero su mirada era igual de expresiva que las palabras no pronunciadas. Entendí que su oposición no se debía a que a ella no le apeteciera dejarse llevar por unos deseos similares a los míos, sino a algo que estaba sobre los instintos: su conciencia. Esta le recordaba la lealtad a su compañero, más en esas circunstancias.

Debería haber tomado un taxi para que me llevara a coger un tren o un autobús, pues seguía sintiéndome avergonzado y desde ese momento, mi libido, en presencia de Joaquina, se había desvanecido. Sin embargo, cuando se lo sugerí, no me permitió hacer tal cosa.

—Me sentiría muy mal, si te vas de esa manera…

Una vez más, me sometí a su dictamen. Fuimos a la cafetería y luego a la sala de espera. Le informaron que el paciente estaba reaccionando muy bien y que no tardarían en darle el alta. Isidoro se asomó, apartando las hojas batientes como si le hubiesen insuflado una dosis de hierro en su torrente sanguíneo, dispuesto a comerse el mundo y a continuar en compañía de su esposa.

Cuando me dejaron en Madrid, él me extendió su tarjeta personal y me rogó que lo llamara para quedar a tomar algo. Mientras la cogía vislumbré una sonrisa maliciosa en la conductora. 

04/08/24

Errores nocturnos


Las tardes festivas en Laviá consisten en pasear por sus calles peatonales y por el lienzo sur de sus murallas. Lo más normal es caminar despacio charlando y algunos, comiendo pipas Vocal, la marca emblemática de la ciudad. Después se entra en un bar a tomar algo o, en verano, se deleitan con un apetitoso helado. Nosotros y la familia de mi hermana también seguimos estas rutinas. El recorrido por sus calles me permite recordar los lugares vinculados a mi pasado como estudiante de Magisterio y las esporádicas correrías que el grupo de amigos del pueblo realizábamos en la ciudad: bares donde tomábamos algo, y aún recuerdo la especialidad del aperitivo que acompañaba a la consumición. Con menos frecuencia, me doy de bruces con otros lugares, como los cines, a los que solo acudíamos si la película era muy buena; o las discotecas, en las que no podíamos entrar por carecer del dinero suficiente para pagar la entrada y solo nos colábamos cuando el portero estaba ya muy borracho y le fallaban los reflejos, o en los últimos momentos de la primera sesión, que finalizaba a las nueve, cuando la luz del local era más intensa y los primeros asistentes desalojaban la sala…

Esa tarde fuimos a un bar más lujoso y caro, pensando que merecía la pena gastarnos un poco más y disfrutar de placeres reservados para otros. El salón era espacioso y la altura, palaciega. Al entrar de la calle había un inmenso recibidor que servía de distribuidor a dependencias ocultas. Nosotros subimos por una amplia escalera ondulada que desembocaba en el enorme bar, una estancia abierta en uno de sus lados, que, con una gran barandilla protegiéndola, daba al espacioso hall. Desde allí se podía contemplar el ir y venir de clientes que se movían en todas las direcciones, al igual que los viajeros de una gran estación central de ferrocarril.

Del grupo, unos se dirigieron a ocupar una mesa en un lugar privilegiado y yo, después de haber preguntado la consumición que querían, me quedé en la extensa barra atendida por una camarera que por su atuendo desentonaba con la exclusividad del negocio. Su cara denotaba cansancio y aburrimiento. Los clientes que esperábamos a ser atendidos nos habíamos colocado en cuatro filas, dejando espacio entre las hileras. Todos tapábamos el rostro con una mascarilla, con lo cual resultábamos irreconocibles los unos para los otros. Con la ansiedad del que espera a ser atendido, aguardé a que la camarera acabara de despachar a los que se encontraban delante. Mientras, me entretenía viendo a los demás, sin perder de vista a mis acompañantes.

Mi hermana se había pedido un café con leche; mi cuñado, un descafeinado; mi hijo, una coca cola y repasando, cuando me tocó el turno, me percaté de que mi mujer no me había dicho lo que deseaba o no me acordaba. Pidiendo disculpas al que me seguía en la cola, me acerqué a preguntarla. La vi de pie saludando a mis tíos. La interrumpí para averiguar lo que deseaba. Me sorprendió que se pidiera una Coca-Cola light, refresco que nunca antes le había visto beber. Regresé lo más rápidamente posible para no entorpecer el trabajo de la camarera y, pidiendo de nuevo disculpas al que me seguía en la hilera de clientes, pedí.

Ya sentados, nos sirvieron y, de inmediato, me levanté para pagar la cuenta. La chica que me atendió me presentó, en un trozo de papel mal recortado, la suma de las cantidades correspondientes a cada bebida, escrita con bolígrafo azul. En total importaba veintitrés y pico euros; no me paré a mirar con precisión los décimos, aunque sí que me fijé en el precio de las Coca-Colas, a cinco euros, y los cafés, a tres. Me pareció excesivo el importe, pero, como sabía de antemano que el local era caro, pagué con resignación aportando veinticinco euros esperando la vuelta. Esta tardaba en llegar y observé que la camarera que me tenía que cobrar hablaba o discutía con una compañera, como si la cuenta que me habían presentado no estuviera bien. Vino a mí otra vez sin saber explicarme con claridad lo que sucedía, pero no me daba la vuelta. Entendí que había sumado mal las cantidades o que no había incluido alguna en la operación. Primero repasamos los dos la cuenta y estaba bien. Sin embargo, la chica continuaba aturullada sin ver clara la solución. Mencionó que el importe ascendía a más de treinta euros. Pacientemente, con la seguridad de que no podía alcanzar esa cifra, porque mentalmente había calculado el importe al saber el precio de cada una de las consumiciones, le propuse que comenzara de nuevo a realizar la cuenta repasando lo que habíamos pedido. No aceptó mi sugerencia y, después de unos instantes de vacilación, me devolvió el cambio según la suma inicial presentada.

Regresé sin comprender el proceder de la camarera y resignado por perder un tiempo que bien podría haber aprovechado para deleitarme con el ambiente del palaciego establecimiento. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue el espíritu contrariado con el que me recibió mi familia. Sin haber escuchado mis explicaciones, todos pusieron cara de fastidio culpabilizándome a mí del percance. Me quedé boquiabierto y sin fuerzas para convencerlos de mi inocencia, esperando que una vez transcurridos unos minutos hubieran olvidado el incidente. Así fue, cuando salimos, parecía haberse borrado de su mente el inexplicable episodio. Sin embargo, a mí me creó más incertidumbre, pues ya no solo me resultaba incomprensible el atoramiento de la camarera, sino también la estupefacción con la que me recibió mi familia.

Chaises longues

 Llegamos con prisa al muelle. Las avenidas asfaltadas del puerto resultan interminables hasta dar con el edificio con planchas metálicas en el que despachan los billetes. Menos mal que no hay mucha cola, por lo cual me convenzo de que el barco debe estar a punto de zarpar. Meto prisa a mi mujer para embarcar lo antes posible. Corremos al embarcadero en el que se halla el buque. Se trata de un enorme barco negro del que solo se divisa el lado de babor y una gran boca también oscura por la que entran vehículos y camiones cargados con contenedores. A pie del buque, se encuentra una plataforma con escalones por los que hemos de ascender para embarcarnos. En lo alto hay un interventor que controla el acceso de los viajeros. Se trata de un viejo lobo de mar relegado ya a tareas auxiliares. La larga barba blanca le confiere solemnidad. Le enseño los billetes. Estos corresponden a toda la familia y están separados unos de los otros por dos líneas cruzadas de agujeros perforados que permite con facilidad rasgar cada una de las cuatro partes. Se los enseño extendidos y él los dobla con cuidado, sin llegar a cortarlos, y me los devuelve.

¿Y el título de viaje? —me lo pide en el momento en el que ya nos habíamos vuelto para entrar en el barco.

No me extraña su petición, pero me hago el desentendido, como si no supiera a lo que se refería.

Lo tiene que sacar en la oficina. Para viajar no solo es necesario el billete, sino que hay que tener un título que habilite —me explica innecesariamente porque sé que es obligatorio, algo que es sencillo de conseguir por tratarse de un mero trámite burocrático.

Hago ademán de retroceder para obtenerlo en las taquillas, pero me detiene y haciendo la vista gorda me permite seguir adelante.

Muchas gracias —le digo con sinceridad, agradeciendo que no sea muy severo, y añado: «La próxima vez que viajemos lo habré sacado».

Sabiendo que faltan escasos minutos para zarpar, buscamos la entrada.

No sé el destino del barco ni dónde nos dirigimos nosotros, pero lo tomamos con cierta frecuencia.

Las mismas carreras por llegar con el tiempo justo para que el navío no nos deje en tierra; la misma sensación de andar perdidos por los hangares y dársenas hasta dar con el pabellón donde se halla la estación marítima; la misma angustia de cavilar con la posibilidad de que no hubiera mucha gente esperando para sacar billetes para que nos diera tiempo a subir antes de que partiera… Llegamos y los consigo. En taquilla me despachan sin prisas y no me alertan de que me queda poco tiempo para embarcar, por lo que supongo que no andamos tan apurados como pienso; sin embargo, animo a mi mujer a que nos echemos una carrera hasta la plataforma de embarque. Cuando estoy a punto de alcanzar la cima metálica en la que se encuentra el viejo marino de las largas barbas, me acuerdo de que no había tramitado el título de viajero. Dudo por un momento si retroceder para ir a sacarlo, pero mi mujer, también subida en la escalera, me entorpece descender y, por otra parte, estoy seguro de que si regreso a las oficinas, perderíamos el barco. Me acerco titubeando al viejo y le muestro los billetes. Me sonríe con afabilidad.

¿Y el título de viaje?

Me doy un manotazo en la frente. ¡Cómo podía ser tan olvidadizo! ¡Qué cabeza la mía!

Percibo con claridad que el controlador sabe que mis aspavientos son mera comedia y que estoy echando mucho morro para disculpar mi despiste.

Pase, pase… —me dice como si le estuviera resultando cargante mi representación.

La verdad es que se me queda muy mal cuerpo, no solo por la vergüenza que acabo de pasar, sino también por mí mismo, por no planificar con tiempo las obligaciones que he de cumplir. Me repito mentalmente la necesidad sin dilación de sacar el título, como grabándolo en mi memoria, para que no me vuelva a suceder lo mismo.

No sé tampoco a dónde se dirige el barco, pero soy consiciente antes de embarcar de que el trayecto me resultará tormentoso por los remordimientos a causa de mi despiste.

Es siempre la llegada al puerto; las prisas por no perder la embarcación; la misma desorientación hasta dar con las oficinas portuarias; la misma soledad de recorrer los muelles solitarios sin que nadie nos pudiera orientar hasta dar con ellas… Siempre se produce una sorpresa cuando paso de la claridad deslumbrante del exterior a la penumbra de la gran nave en la que despachan. Temo llamar la atención de los empleados por llegar todas las veces con la misma agitación, por lo que intento tranquilizarme sabiendo que me expenderán los billetes. Siempre cuatro, aunque solo veo a mi mujer, pues nuestros hijos se supone que deben embarcar con nosotros, pero, al final, los que subimos a bordo somos mi mujer y yo. Miro alrededor esperando hallarlos despistados para urgirlos a que se unan a nosotros para subir, pero no logro divisarlos por ninguna parte. Me hago a la idea de que a lo mejor ya se han adelantado y se encuentran en el navío. Con estas preocupaciones y prisas llegamos a la escalera de embarque. En el momento de extender mi brazo para mostrar los billetes, me percato de nuevo de que no he cumplido mi palabra de sacar el título de viajero. Aunque sé que cualquier disculpa que exponga es ridícula, no por eso intento explicarle atropelladamente que esta sí que será la última vez que nos hace el favor de dejarnos entrar sin cumplir las formalidades reglamentarias. Es tanta mi rabia que estoy a punto de sollozar. Al verme así, el viejo y yo nos fundimos en un fuerte abrazo y él me consuela dándome palmaditas en el hombro y, después, empujándome para que me dirija al barco.

Por la misma plataforma por la que accedimos, bajamos hasta llegar al portón de popa, que se ha ajustado al muelle, por la que entramos vehículos y pasajeros. Las entrañas del barco son oscuras y la vista tarda en acostumbrarse hasta vislumbrar el parking repleto de camiones y furgonetas. Huele a humo quemado y a alquitrán caliente. Desde la bodega subimos por otra escalerilla estrecha y muy empinada hacia los habitáculos reservados a los viajeros. La baja intensidad de la luz es mayor en esta parta alta, por lo cual es difícil ver la cara de las personas que allí se encuentran. Avanzamos con cuidado, no solo por no saber dónde ponemos los pies, sino por el propio bamboleo del mastodonte amarrado. Consigo dar con dos asientos vacíos. Se trata de chaises longs en los que temo acomodarme por anticipar que no me encontraré a gusto; en cambio, mi mujer, sin pensárselo, se echa a lo largo y me mira preguntándome a qué espero a tumbarme junto a ella. Me quedo de pie, indeciso, sin decidirme a seguir buscando un asiento más natural o tenderme en el que allí, frente a mí, se halla. Me pongo de rodillas y antes de dejar caer todo el peso de mi cuerpo sobre la alargada hamaca, comprendí que era verdad, que el viaje que estábamos a punto de emprender sin saber cuál era nuestro destino no sería cómodo.


24/07/24

Antes de que el paisaje cambie

 

Abilio pastoreaba sus ovejas por esos tesos secos y ralos de pastos. Rara vez los animales escalaban las laderas hasta llegar a las sucesivas cotas sucias. Preferían permanecer en las cárcavas que formaban las torrenteras que recogían las aguas de las escasas nubes preñadas de lluvia que descargaban en ese terreno baldío. Muchas veces, cuando el rebaño enfilaba hasta ese paraje, intentaba variar el careo, apartándolo de esas torrenteras, pero otras veces se encomendaba a los designios del destino.

—¡Que sea lo que Dios quiera!

Sus temores se disipaban pronto cuando la rueda del tiempo corría sin que nada alterara la monotonía. Hasta conseguía olvidar las discusiones sobre el mojón que separaba los cercados de Anastasio y Máximo. Sin embargo, cuando menos lo esperaba, alrededor de la una de la tarde, cuando el sol de justicia se enseñoreaba en esos cerros, divisó la figura erguida de Anastasio sobre la montura grisácea. Arreaba a la borriquilla hincándole los calcañares en las ingles. Esta traía un trote permanente, como si al amo le urgiera llegar lo antes posible. De propósito, aparentando que no se había percatado, y con disimulo, tiró una piedra a la perra para que cambiara la dirección que llevaban las ovejas. Él mismo, con un tono de voz más bajo de lo normal, las llamó con la intención de que lo siguieran, intentando no encontrarse con él.

—¡Abilio! ¡Abilio!

Sus tripas se retorcieron y el vino que había tomado se le agrió en el estómago. Se detuvo. Aparentó que las voces le sorprendían y que no divisaba a nadie pese al esfuerzo de su mirada de focalizar al que lo llamaba por su nombre, pues se colocó la mano izquierda a modo de visera sobre los ojos para que el sol no lo deslumbrara. Lo peor que le podía suceder es que el anciano creyera que lo evitaba.

La burra no perdió el paso hasta el último instante, cuando Anastasio estuvo a su altura.

—¿No habrás visto por el contorno a ese desgraciado?

Sabía quién era ese que se le atravesaba a su interlocutor.

—No, hace mucho que no se deja ver.

—No seas calandrias, Abilio, que nos conocemos.

—No, te digo que no, que hace mucho que no coincido con él.

Dejó caer el ramal en el punto en que se había detenido y sin decir nada comenzó a caminar. El pastor sabía dónde se dirigía. El animal, alejado su amo, mordisqueó las puntas de una junquera que milagrosamente verdeaba aún. El muy perro dejó la montura a cargo del pastor para que no se retirara. Con todo este se apartó lo que pudo, cuando lo observó pateando la pequeña columna de piedras sobrepuestas, mientras no cesaba de injuriar a un invisible Máximo, al que conjuraba para que apareciera en ese momento con el deseo de lanzarle a su dura cabeza las cuatro piedras del hito. Le oía toda clase de insultos: le deseaba los males más insufribles del mundo al malnacido ladrón que le robaba el esquinazo de su parcela.

—Ojalá te parta un rayo ese melón —decía también figurándose que lo tenía delante.

Con más calma y en silencio, erigió el hito en su lugar, en el punto que separaba su tierra de la del otro.

—Cuando veas a ese tozudo miserable le das recuerdos de mi parte y le dices que el día en que me le eche a la cara se va a acordar toda su jodida vida: se va a comer esas piedras si las vuelve a mover del sitio donde ahora se encuentran.

—Pero, hombre, no seas así…

—Soy como me sale de los cojones.

Abilio se calló. La burra irguió las orejas para estar atenta a las órdenes. La acercó del ramal a una piedra para ayudarse a montar. Sin mirarlo, cuando estaba a punto de desaparecer de su vista, levantó la mano en la que portaba la vara. A Abilio le quedó la duda de si era su forma de despedirse o de jalear al asno para que aumentara el trote.




Aún se aguantaba pastando sin necesidad de recoger a los animales en la red durante las horas del mediodía. A veces las ovejas se paraban y metían la cabeza en la sombra que el cuerpo de alguna compañera proyectaba, o buscaban el mismo frescor en los chaparros ralos que se desperdigaban cada poco trecho. El pastor no necesitaba ese asueto. Se sentaba y se conformaba para aliviar la temperatura con la brisa que de vez en cuando serpenteaba como culebra de aire. Sacaba la petaca y liaba un cigarro. Lo encendía y echaba una calada. Al poco, levantaba la bota de vino y la apretaba para que cayera un hilo blanco por la comisura derecha de los labios. La miaja de almuerzo que portaba en las alforjas era suficiente para él y para dar de comer a la perrilla negra. El tabaco y el vino le volvían inapetente. Ese día ya no le quedaría ganas de nada. El asunto no iba con él, mas le salpicaba sin ser parte interesada en la discusión. Allá penas, se decía. Que con su pan se lo coman. Pero tenía la desgracia de que lo cogían por medio.

Ni por casualidad pensó que los quebraderos de cabeza iban a continuar y hasta que no lo tuvo delante no se convenció de que no era una aparición portentosa. Miró a la perra echándole en cara que no se hubiera dado cuenta antes de su presencia, pero el animal dormitaba.

—A la paz de Dios —saludó y le pareció que venía calmoso.

—Así sea, Máximo.

No le preguntó los motivos por los cuales se dejaba caer por esos parajes para no mentar la soga en casa del ahorcado.

—Va entrando el calor.

—Cada día se nota más. No tardaré en poner la red.

—¿No habrá aparecido por los contornos la mala sombra de Anastasio?

—No.

El pastor se encogió de hombros al mismo tiempo y más que negar categóricamente, el otro interpretó el gesto como que a él no le importaba si iba o venía.

—Seguro que ya ha movido el mojón. ¡Qué malo es!

Abilio estuvo a punto de decirle que no era así, que la señal permanecía donde él la había dejado la última vez, pero no tuvo la determinación suficiente para detenerlo cuando se alejó hacia la esquina en conflicto. Esta vez fue tras él, intentando razonar, con la idea de que de una vez por todas pusieran fin a esa discusión vana.

El hombre, al ver al pastor detrás de él, esperó a que llegara.

—¡No te lo decía yo! ¡Qué condición! ¡No hay quien pueda con él!

Abilio, comprobando que, aunque estaba disgustado, se mantenía en sus cabales, intentó razonar.

—No es que a mí me importe, y ya sabes que el aprecio que siento por los dos es igual, pero no te parece que el asunto no es para que os disgustéis el uno con el otro por un esquinazo que no vale nada.

Máximo estaba dispuesto a dejarle hablar todo lo que quisiera.

—¿Cuánto hace que no cogéis una gavilla de centeno malo? A lo mejor todavía eras un niño cuando tu abuelo Lorenzo sembraba estos ribazos. Hace años que no valen nada las dos tierras, que están perdidas y que no sirven ni para pastarlas por mucho coto que os empeñéis en poner.

El pastor, al no abrir la boca el otro, creía que lo convencía.

—¿Tengo razón o no? —concluyó, como si lo que acabara de decir fuera irrebatible.

—Sabes que te aprecio con todo el corazón, Abilio. Siempre hemos sido como de la familia y tus padres y los míos, casi hermanos. Tienes muy buen corazón y soy consciente de que lo que buscas es lo mejor para los dos. Pero, ¿si es mío, por qué se lo tengo que ceder a ese cretino orgulloso?

—Vamos a ver, que por lo que os peleáis no vale nada, que los dos vais a seguir igual de pobres. ¿Por qué no os ponéis de acuerdo de alguna manera? Ni para ti ni para él, por la mitad.

—Mi abuelo Lorenzo siempre dijo que las lindes que separaban las tierras estaban señaladas siguiendo la línea entre el hito de la segunda piedra que se veía viniendo desde el pueblo, no la primera, como se empeña Anastasio.

—Pero si no llega a tres pasos la distancia entre una y otra.

—Lo que es mío no tiene que ser de otro.

Trasladó las cuatro piedras que se hallaban en la roca semienterrada de escaso medio metro de altura hasta volver a erigir el hito en la segunda piedra de similar tamaño.

—Algún día os va a pesar. No se sabe lo que puede ocurrir.

No respondió. Se colocó la chaqueta que se había quitado para realizar el traslado de los cantos y se despidió de Abilio.

—Ya sabes que tienes el permiso para entrar con las ovejas en mi parcela —le dijo antes de alejarse.

Ni aunque fuera el último forraje de la tierra pisaría con mi rebaño esos surcos deformes que conducen al infierno, juró para sus adentros el pastor.





Una oportuna lluvia a mediados de septiembre hizo verdear las tierras sembradas de cereal. Entre el grano y la paja dejada al segar, y la fina hierva recién nacida, habían conseguido que las ovejas estuvieran lustrosas. Su mirada era más limpia de lo habitual, fruto del hartazgo. Sin embargo, antes de noviembre comenzaron a labrar la tierra y hubo de cambiar las rutinas de los últimos dos meses en los que se perdió por Las Carreras. No fue malo el otoño, pues el campo en general se refrescó y el pasto se hizo más tierno. Las pisadas al caminar eran más mullidas. No tenía necesidad de cambiar el careo por el campo abierto en la parte alta del término, pero el pastor necesitaba romper la monotonía de los días cada vez más cortos de esa temporada final del año. Esta fue la razón por la cual desvió la salida hacia Los Carcabones, no por indagar con morbosidad sobre el conflicto del mojón. Sabía el porqué de su querencia. Desde esas lomas contemplaba la inmensidad del encinar, que como lobo hambriento extendía más sus contornos. Lo habían mantenido dentro de los límites de las dehesas, pero ya casi nadie cortaba leña. También ellos, los pastores y los vaqueros, eran responsables de su desbocamiento. Cada vez quedaban menos y los que aún se dedicaban a estos menesteres eran viejos y con poca fuerza para emprender marchas que requerían mucha energía. Antes fueron los agricultores los que abandonaron las tierras de labor. En esos campos en barbecho, nacían chaparreras que nadie comía o quemaba. Los ratones y los pájaros eran los nuevos labradores del encinar al desparramar las bellotas. Era ley de vida. ¡Tanto que habían bregado sus abuelos y padres por conseguir una cosecha en esas tierras perdidas! Si se levantaran de las sepulturas, los harían avergonzar por no haber mantenido a raya a esa fiera contumaz que acabaría por borrar toda su obra.

En la lejanía divisó una cabalgadura. Parecía que se dirigía a esa parte del término. El animal avanzaba lento, por lo que tardó en identificar al jinete. Era Anastasio, pero no era la carrera habitual de su burra. Hasta que no se aproximaron no pudo explicarse la causa. Acompañando al viejo, montados ambos en el lomo, venía alguno de sus nietos. Se trataba de un muchacho espigado de poco más de doce años. Era un mocoso pelirrojo, lleno de pecas. Traía mala cara, como si no se hubiera recuperado de un enfado pasado.

—¡Jodido de muchacho! ¡Baja, que ya hemos llegado! —le advirtió Anastasio. No valen para nada —esto se lo dijo a Abilio.

—¡Son chavales! ¡Qué quieres que sean!

—Vamos, espabila —le continuó reconviniendo el abuelo.

Anastasio le dio el ramal al niño para que lo siguiera. Él se adelantó, impaciente por inspeccionar el hito.

Abilio, a la altura del muchacho, los acompañó.

—¡Qué mal genio se gasta el abuelo! —le dijo para confraternizar.

—¡No puede ser! ¡Otra vez este cabrón ha hecho de las suyas! ¡Y tú no eres capaz de advertirme!

—¡Pero qué quieres que diga, si yo no he visto nada!

—¡Mira, no vengas con esas! Que de sobra sabes quién va y quién viene. Lo que pasa es que eres un tirillas que no te casas con nadie.

—Hombre, qué quieres que diga…

—Suelta la burra, que no se va a escapar, y échame una mano —le ordenó al muchacho, sin comprender el enfado del abuelo ni la conversación de los dos mayores.

Anastasio arreó una patada a la columna de piedras. Le ordenó al nieto que cargara con la más gorda y la colocara en la pequeña roca que emergía. A continuación le trajo las demás, siendo el viejo el que las asentaba una encima de la otra. Quedó satisfecho con la obra y porque la línea imaginaría que marcaba el mazacote pétreo demarcaba lo que él consideraba los límites de su parcela.

—A ver, jodido casta, atiende bien lo que te voy a decir: este hito que hemos puesto tiene que ir en la primera piedra que vemos cuando venimos, no en la segunda, como se empeña Máximo, ese mal nacido, que dice que su abuelo Lorenzo le dejó bien claro que el límite de nuestras dos tierras debía estar en la segunda. ¡Eso es un embuste!

Anastasio se lo dijo dos veces más para que lo grabara en su mente. El muchacho asentía, pero a Abilio no le cupo ninguna duda de que no le prestaba atención y que el que unas piedras fueran unos metros más allá o acá, le daba exactamente igual. Lo importante era aparentar que había captado lo dicho por el abuelo.

Con más agilidad el viejo que el joven, al que Abilio le tuvo que dar un pie para que se empinara hasta la grupa, montaron sobre la burra y se alejaron.

De nuevo, el asunto del mojón le alteró. No comprendía el empeño de los litigantes por una porción de terreno que ninguno de los dos aprovechaba. No sabía lo que se dirían cuando los dos se cruzaran, pero temía que pudieran acabar pasando de las palabras a las manos. Le daba coraje la miseria por la que peleaban los dos, que decía muy poco de la sabiduría de la condición humana. También le molestaba que ambos le eligieran a él juez de una contienda en la que solo podía aportar la voluntad mediadora que ninguno de los dos reconocía, pues se situaba en el centro de los dos límites que se disputaban. Se alejó no queriendo contemplar más esas laderas ásperas que mostraban una faz violenta.




No hacía mucho que la cija estaba vacía. Había dejado unos borregos para no desprenderse por completo del hato cuando le llegó la edad de retirarse, pero, a la postre, no tardó también en venderlos porque los animales, siendo tan pocos, rezumaban humedad de soledad y tristeza. No había anhelado la llegada de su jubilación, pero una vez cumplidos los años, entendió que ya había bregado mucho en la vida y que se merecía un descanso. No gastaba casi nada y con lo que le daban de pensión se arreglaba bien. A las tabernas solo acudía en días muy señalados y cuando tenía que comprar tabaco, ocasión en la que se tomaba un chato de vino por hacer algo más de gasto. Tampoco en comida era mucho su derroche. Preparó un pequeño huerto en el corral para entretenerse. Todos los que dejaban de trabajar lo hacían. No aprovechaba mucho lo recolectado, no siendo las patatas, las cebollas y, llegado el caso, unos cuantos tomates. No se quejaba de la vida que le tocaba llevar. Sin embargo, no salir de casa y del corral le oprimía en ocasiones, pero entonces pensaba que ya había andado toda la vida por esos mundos de Dios y que ahora era el momento de descansar de las fatigas de andar de un lado a otro con el rebaño. En ocasiones, contraviniendo los principios por los que se regía, salía a hurtadillas por la puerta trasera a perderse por el término en busca de los recuerdos de los días en que pastoreaba. Esta necesidad de andar la sentía sobre todo cuando en el huerto solo quedaban los cuatro tronchos de las berzas en invierno. No poder salir ni tan siquiera a destripar terrones con el azadón le terminaba desazonando. Los días ventosos y las temperaturas heladas lo aletargaban, pero cuando se ponía a nevar y el suelo quedaba oculto por una capa blanca profunda, se veía impelido a salir en busca de la inmensidad de un paisaje que le embrujaba hasta el punto que lo envalentonaba. Se calzaba las botas de goma y merodeaba por los alrededores, sabiendo que las posibilidades de encontrarse con alguien eran muy pocas. Caminar dejando sus huellas en la nieve en la tierra campa le empujaba a alejarse y sus pasos libres lo condujeron hasta Los Carcabones.

Hacía mucho tiempo que no vagaba por esos contornos; incluso, durante los últimos años antes de retirarse, había dejado de acudir al reclamo del paisaje que desde allí se contemplaba. Era que el rebaño fue menguando y no necesitaba buscar mucho pasto para sus animales; era también por los disgustos que soportaba a consecuencia del jodido hito, pues estaba condenado a ser testigo de la disputa de lindes de esos dos cabezotas irredentos que no eran capaces de ponerse de acuerdo de una vez por todas de lo que era de uno y del otro y que amenazaban con dejar su litigio a las generaciones venideras. Por eso, ese día, se propuso no acercarse al punto de conflicto. Ascendió hasta lo más alto que le permitió su resuello. Fue suficiente. Se contemplaba la torre de la iglesia; también, a lo lejos, la meseta cerealista huyendo de los parajes yermos y, sobre todo, el ejército de encinas a punto de asaltar esos tesos hasta hace unos años desnudos e imberbes, en los que ahora afloraban chaparreras de las que destacaban ejemplares robustos que acabarían desarrollando un fuerte tronco y una frondosa copa. La cruzada silenciosa del encinar estaba a punto de culminar su hazaña. No sintió pena porque ese paisaje nuevo contradijera para siempre los recuerdos del poco tiempo que también a él le quedaba de vivir. Era el asombro por el ímpetu de esa maraña de raíces avanzando en silencio hasta llegar a las alturas. Su fuerza había desdibujado los límites de las parcelas consiguiendo borrar las líneas que servían para diferenciar lo de unos y lo de otros. Él mismo, que se había pasado toda la vida pateando el término, fue incapaz de reconocer las propiedades que tan bien antes conocía. El monte desheredaba. Suyo era todo, y también de las alimañas que se enseñoreaban en sus dominios. Se quedó alelado, aun habiendo anticipado hacía mucho tiempo lo que ahora contemplaba. Se metió las manos en los bolsillos y con la cabeza baja desanduvo el camino. Antes de alejarse, quiso comprobar si el hito continuaba de pie. Con dificultad, ya que ese laberinto arbóreo le impedía seguir una dirección con certeza, creyó encontrar dos pedruscos en los que una vez en uno, otra vez en otro, se erigía la pequeña columna de piedras indicadora de la universal estupidez humana. No había rastro del mojón. Sin saber cómo, se vio silbando una alegre tonada que fue repitiendo una vez tras otra hasta estar de vuelta en casa.

Enánagos

  La llegada a un lugar nuevo conlleva el descubrimiento de realidades desconocidas. Ya son muchos los años transcurridos desde que llegamo...