27/07/26

10. Los secretas

 







La nómina de personas que habían sufrido un ataque era amplia. Comerciantes, trabajadores de Renfe, profesores universitarios, médicos y hasta un concejal del ayuntamiento. La mayoría de estos profesionales habían puesto la correspondiente denuncia en comisaría. El modus operandi no siempre era idéntico, pero los daños sufridos por todos ellos eran de una naturaleza similar y de carácter menor. Nadie padeció ningún daño personal; más bien fueron estropicios en sus negocios, o libelos —también pintadas— en los que se recordaba a los afectados la conveniencia de que rectificaran ciertas conductas juzgadas como injustas por los atacantes.

Mientras revisaba en mi despacho los documentos recopilados hacía ya tantos años sobre esta investigación, me entró la duda de si no me habría equivocado; incluso, de si no me había contagiado de la abulia rutinaria de mis colegas abulenses, al acabar por reconocer que los episodios descritos no merecían un plus de celo por mi parte. A pesar del tiempo transcurrido, me entró una zozobra absorbente al pensar que no había procedido con acierto durante esa investigación. Lo que no vi entonces, se me presentaba en esos momentos con una clarividencia cegadora; incluso sin vislumbrar cuál era el quid de aquellos sucesos, supe con absoluta certeza que no habían sido hechos aislados, como todos los mandos policiales consideramos.

Revisé el diario buscando anotaciones sobre los sentimientos con los que afronté esta misión y la mayor parte de ellas reflejaban cuestiones menores relativas a la impresión que la ciudad y sus habitantes me causaron cada vez que me acercaba desde Madrid a Ávila, comentarios pueriles sobre monumentos, santos o escritores relacionados con la ciudad, pero en ninguna de esas notas figuraba la motivación con la que me enfrenté a esa misión. Hallé, incluso, la narración de alguno de los episodios objeto de mi investigación, sin saber por qué en esos días anoté unos y no otros. Tal vez fuera un procedimiento para profundizar en la naturaleza de los sucesos con el propósito de que la memoria los amarrara con mayor detalle por miedo a que se diluyeran en el olvido.


«Hoy, nada más llegar a comisaría, Severino me ha agarrado del brazo y, sin entrevistarme con Agapito, el comisario, nos hemos dirigido a visitar una tienda de discos que se encuentra cerca de una de las iglesias más representativas de la ciudad, la de San Pedro, situada en uno de los lados de la plaza mayor. Daba gusto pasear por las calles luminosas y vírgenes a esas horas de la mañana. El día recién estrenado invitaba a saborearlo con optimismo. Mi compañero me comentó que el dueño del negocio había interpuesto denuncia porque alguien se estaba dedicando a estropear los discos y las cintas que vendía. No se trataba de robos, sino de hacer el mal por el mal. El buen hombre, desquiciado, pensaba que había alguien que intentaba boicotear su negocio, pero no sabía con certeza quién podía estar detrás de este acoso. Yo me extrañé al oír el relato de mi compañero y lo expresé preguntando que si el negocio tenía tanta afluencia de clientes como para no controlar lo que sucedía en su tienda. Severino me dijo que el deterioro del material se producía siempre la mañana de los viernes, cuando la ciudad se llenaba de vida por los distintos mercados que había ese día. La gente de los pueblos se acerca a la capital a disfrutar de la alegría que siempre reina entre la multitud.

El dueño de la tienda se extrañó cuando nos presentamos como inspectores. Ya había interpuesto denuncia y con bastante seguridad creyó que el asunto se olvidaría en el limbo administrativo. Por otra parte, me dio la sensación de que su visita a la comisaría se había producido en un momento de acaloramiento y con necesidad de desahogarse y que, en ese instante, nuestra presencia en la tienda era inoportuna, aunque no había ningún cliente. Nos mostró el material estropeado. Tan solo eran tres discos grandes, LPs, y un casete al que habían cortado la cinta. No me ha quedado claro si ese era todo el material afectado o una muestra, aunque me inclino a considerar, viendo su actitud, que los estropicios no son más que los que nos ha enseñado. Le he preguntado cómo podía estar seguro de que eran daños causados por alguien y no simples muestras defectuosas llegadas directamente del fabricante. Supongo que ha pensado que desconfiaba de su versión. Me ha explicado que tanto los discos como las casetes vienen plastificados y que son muy pocos los clientes que solicitan oírlos antes de adquirirlos, por lo cual los salteadores tuvieron que retirar el envoltorio para acceder a las fundas. No me ha quedado más remedio que reconocer que era probable la manipulación con el fin de estropear el material. Con una pequeña navaja se podía rasgar el plástico, cortar la cinta y rayar el vinilo. Mi compañero se ha interesado por las sospechas en cuanto a la autoría. El dueño se ha quedado reflexionando unos instantes, no con la mente en blanco, sino como si pasara lista a los candidatos, por lo cual temo que tiene una corte de enemigos suficientes para que alguien lo quiera fastidiar. Sin embargo, no ha sido capaz de nombrar a nadie. Pronto la conversación ha tomado otros rumbos y nos ha comentado los problemas de los comerciantes: los impuestos que soportan, el escaso dinero que tiene la gente, la competencia desleal de los mercadillos.

Después de salir de la tienda, tomamos una caña en uno de los bares que hay en El Grande. Comentando la impresión que nos había causado la visita, los dos hemos coincidido en que nuestra intervención nos parecía ridícula y que perdíamos el tiempo husmeando en asuntos menores no propios de inspectores del cuerpo policial».



Sin embargo, llegó un momento en el que Severino y yo nos hubimos de plantear, aunque solo desde un punto teórico, la posibilidad de que los malhechores siempre fueran las mismas personas. La primera objeción era que no había nexos de ninguna clase entre los afectados. No se conocían, sus negocios eran distintos, no se organizaban en una asociación, no compartían afiliación común a un partido político, no vivían en un idéntico barrio… En el supuesto de que el grupo atacante hubiera sido único, ¿con qué fin lo harían? No encontrábamos una respuesta, mientras que, si considerábamos la autoría individual, en todos los casos intuíamos que había candidatos para atacar los negocios, viviendas y bienes de las víctimas.

A no ser que haya una mano negra que se mueva con una motivación política, no acierto a plantear ninguna otra hipótesis que explique todo esto —acabó por decir Severino.

No profundizó en esta línea de investigación, porque enseguida noté que nada más mencionar la palabra «política» se ponía malo y su cuerpo se removía como si sufriera las molestias de una urticaria. No manifestó las razones por las cuales rehuía el tema, pero sí dejó patente que, en la medida de sus posibilidades, en cuanto a los casos en los que trabajaba, prefería delegar en otros compañeros los asuntos con trasfondo ideológico.

¿Hay mucho jaleo político en Ávila? —le terminé por preguntar a sabiendas del asco que le producían estos asuntos.

Como en todos los sitios…

Entendí que no era buen momento para continuar hablando de esta cuestión. El bar se había llenado y escaseaban los huecos en la barra para que los clientes se acercaran, por lo cual esperaban en una segunda fila a que el camarero los atendiera o que alguno de los privilegiados con hueco en el mostrador se retirara

Al salir, en vez de encaminarnos a la comisaría, mi acompañante me llevó hacia el paseo del Rastro. Me dejé arrastrar sin saber por qué se dirigía hasta allí. La panorámica magnífica del Valle Amblés a la derecha y la espadaña del Convento de Nuestra Señora de Gracia a la izquierda, eran razones suficientes para pasear por esa parte de la ciudad en un día tan luminoso como el que disfrutábamos. Las campanas del monasterio comenzaron a tañer llenando de un sonido metálico y vibrante la amplia avenida.

Severino se disculpó por si su comportamiento en el bar había sido brusco y me explicó que no le gustaba hablar en las barras de los bares de ninguna cuestión profesional.

Uno de los inconvenientes de ejercer en una ciudad pequeña es que te conoce mucha gente. Cuando te das media vuelta, dicen con misterio: «Es un secreta o son secretas». Por eso nuestro trabajo no es tan eficaz como en una gran ciudad donde el anonimato es más sencillo.

Acepté su disculpa, aunque en realidad no me había molestado, y seguí insistiendo en la cuestión. No me interesaba en sí misma la pugna entre partidos por conseguir el poder, o las desavenencias de los recién legalizados con el orden establecido, sino si la policía abulense tenía fichados a individuos de carácter violento que pudieran ser responsables de desmanes semejantes a los que investigábamos. La cuestión alteró el talante sereno de Severino. Daba la sensación de que el asunto se les había pasado por alto.

¡Los dirigentes de los partidos de izquierda nos son más conocidos que la tarara! —Intuí que no quería entrar en el meollo, no obstante, lo dejé seguir— Son individuos que antes de que se legalizaran sus formaciones políticas ya daban la tabarra, pero todos ellos son personas mayores, con la vida hecha, y no creo que aguanten mucho en primera fila en el actual panorama.

¿Y jóvenes con ganas de jarana? —seguí aguijoneando con el mismo tono desenfadado.

No sé —acabó reconociendo la dejadez en este punto de los integrantes de la comisaría abulense.

Mostré mi cara de contrariedad con una insolencia desacostumbrada a mi talante conciliador.

De todas maneras, no será complicado enterarnos con rapidez de si hay jóvenes de la nueva hornada.

No le quedó más remedio a Severino que analizar los distintos sectores con implicaciones políticas. Desde el punto de vista sindical, aseguró que no existían conflictos, por ser la industria un sector minoritario en la economía abulense. Tan solo había una fábrica de furgonetas con una plantilla numerosa, pero aseguró que la mayoría de los trabajadores procedían de los pueblos cercanos y habían ingresado en la empresa por medio de apadrinamiento, por lo cual rehuían cualquier contacto con los enlaces sindicales y eran leales a las personas que les dieron trabajo.

¿Y los estudiantes? —preferí orientarlo en el análisis del panorama político por si pasaba por alto a los universitarios.

Mi pregunta lo dejó hipnotizado mirando un punto indeterminado de la cercana Sierra de Ávila.

No se me había ocurrido y eso que somos vecinos. La Escuela Normal está al otro lado de la calle donde se ubica la comisaría. Sin embargo, me extraña mucho que haya estudiantes con preocupaciones políticas.

También describió el perfil de los futuros maestros. La mayoría eran jóvenes que, después de acabar COU en los dos institutos de la ciudad, prolongaban su etapa estudiantil cursando la única diplomatura que había en la población, muchas veces sin una vocación clara por la docencia. No todas las familias podían sufragar la estancia de sus hijos en Salamanca o Madrid, las ciudades con más relumbre universitario.

Por el perfil de los chicos y chicas que cursan estas carreras, me extraña que haya alguno que tenga inquietudes políticas hasta el punto de comprometerse con causas sociales. La mayoría procede de los pueblos y su mayor preocupación es sacar los estudios y ponerse a trabajar cuanto antes para independizarse.

A veces, Severino me deprimía. Su análisis de la realidad y de los sucesos que traíamos entre manos me desalentaba y creo que, en parte, una de las razones del fracaso de mi investigación fue que me contaminó (no sé si la palabra es la más oportuna) su desánimo clarividente. Reconocía que sus puntos de vista eran acertados y que yo no podía ofrecer otros distintos que contrarrestaran sus conclusiones, pero más que nada era su tono decadente y resignado el que acababa por inocular la apatía en mi ánimo y la atrofia en mi intuición.




Turra

 

Cuando regreso a mi lugar de origen, me siento como si nunca me hubiera apartado de él. Aunque haya estado ausente más de tres cuartas partes de mi vida, me siento como si nunca me hubiera marchado. Con solo dar un paseo por sus calles o dirigirme a cualquier paraje, recobro la esencia que mamé de él hasta la adolescencia. Si intercambio unas palabras con la familia o con un vecino, mi habla recupera poco a poco sus mismas cadencias y, cuando regreso a esta tierra siempre verde, han de pasar varios días hasta que mi dicción se va normalizando. Cuando me dirijo al lugar donde nací, me asalta el temor de no reconocer el paisaje ni el rostro de las personas con las que conviví hace ya muchos años. Respiro con ansiedad, pero, nada más ver las encinas, los campos pardos y las paredes maltrechas que delimitan las parcelas, recobro la calma y siento que mi alma se acomoda a esa tierra alta donde el sol es el supremo monarca que impone un clima exigente tanto en verano como en invierno. En esos días procuro empaparme de las personas y del paisaje para volver a la orilla del mar llevando conmigo una parte de ese mundo. Al igual que el viajero que visita lugares nuevos y se lleva algún recuerdo para saborearlo después, cuando regresa a casa, procuro traerme algo que durante unos días prolongue la esencia de aquel entorno. La mayoría de las veces es la familia quien me proporciona ese recuerdo; otras, soy yo quien busca con ahínco algo que me recuerde el lugar donde vine al mundo. No pocas veces me he traído plantas olorosas originarias de sus campos pobres y sencillos. En mi jardín florecen matas de cantuesos, lavanda y, sobre todo, una clase de tomillo que rememora el olor de mi padre. Se trata de una planta con el mismo color que toda la escueta vegetación que cubre los peñascos y las famélicas tierras que solo existen en la lejanía del cielo alto. Es de un color espartano, pardo, desde que nace hasta que muere. Leves brotes verdes pálidos surgen de ella con la suavidad de la primavera, mas, breves y soñados, porque pronto se transforma en la tonalidad general de la planta. Despunta muy poco, siendo su tamaño el de media cúpula vegetal que se eleva unos centímetros del suelo. Su floración pasa inadvertida por las diminutas flores blanquecinas que muestra. Se camufla entre plantas más soberbias de tomillo o se confunde con otras similares, pero con una emanación repulsiva. Dar con una turra supone acariciarla y comprobar si su olor es agradable o repulsivo. Voy preparado para arrancar unas con sumo cuidado con la pretensión de conservar el máximo número de raíces con su correspondiente terrón. Las tomo con cariño, les dirijo palabras de consuelo para que sepan que me van a acompañar, que van a vivir como yo en las tierras bajas que se orientan al norte, que el paisaje va a ser diferente, mucho más fértil, que van a sufrir menos las variaciones de temperatura. Me las llevo con remordimiento, culpándome por esclavizarlas, aunque procuro tomar dos o tres para que no estén solas y el cambio no les resulte cruel. Además, procuro llevar a cabo el expolio lo más cerca posible de la fecha de vuelta. Cuando regresamos, antes de bajar el equipaje, las planto a su nueva casa. Las arropo bien y las riego por primera vez con el agua que las acompañará desde ese momento. Aquí no soportarán el infierno del calor, ni el frío de las heladas profundas; aquí no oirán las maldiciones de los canteros; aquí no correrán peligro de ser devoradas por hambrientas vacas de pasto; aquí no serán orinadas por los traviesos gazapos… Aquí solo recibirán las caricias de mis manos. Sin embargo, a pesar de todo el amor que les profeso, su espíritu es tibio y su ánimo débil, aunque se desarrollan y florecen con hermosas coronas más blancas. Mi único empeño es revitalizarlas. Las he agrupado con tomillos hermanos, con cantuesos familiares y con otras plantas de su mismo color para que les hicieran compañía. También he acabado juntando en un gran brocal de piedra todas las matas de turra para que sintieran el consuelo del contacto. Fue entonces cuando sus pequeñuelas ramitas han estado más enhiestas y el cuerpo vegetal ha crecido. No hay día que al salir al jardín no me pase a ver cómo se encuentran. Les quito la asfixiante hierba que se empeña en oprimirlas; remuevo un poco la tierra para retirar las raíces que ahogan su leve existencia o para secar la invasora humedad que intenta pudrir sus delicados hilos vitales subterráneos. Una vez recibidos mis cuidados, las acaricio deslizando la mano sobre ellas para inspirarles confianza. Desprenden un perfume que me devuelve al mundo de berceas, chaparros, encinas y piornos; me hace revivir la soledad y el silencio de los días de campo; evoca los juegos de mi niñez, saltando de piedra en piedra u ocultándome en las oquedades que estas formaban caprichosamente; trae a mi memoria las leyendas de mi abuela; rescata, incluso sin yo quererlo, las frustraciones más amargas de mi vida y, sobre todo, me hace sentir la presencia de mi padre cuando regresaba exhausto de la cantera o de segar la mies ajena.

26/07/26

El camión del carnicero

 

Las vacas pacen indiferentes a cuanto sucede a su alrededor. Con la testa baja, arrancando bocados de hierba con sus largas lenguas blancas, pocas veces levantan los ojos hacia las verdes praderas y las aguas azules que rodean su existencia. No miran al caminante que circula por las veredas que dividen las praderías, distraído en sus pensamientos, observando algún detalle vegetal que pasó inadvertido en paseos anteriores o intentando atraer la atención de los animales que se aproximan a las alambradas que delimitan el terreno donde han de alimentarse.

Su existencia transcurre en los cercados: avanzan y retroceden, giran de un lado a otro hasta que no queda comida. Entonces, el amo las traslada a otra heredad donde la hierba está en su punto para ser pastada. Solo cuando, sedientas, esperan a que sus dueños rellenen los bebederos vacíos o complementen la menguada dieta que el prado ya no puede proporcionar, se acercan a las portillas con la esperanza de que sus necesidades sean cubiertas. Miran anhelantes la incursión de cualquiera, pero se desalientan al no reconocer en el caminante al amo que ha de satisfacer sus penurias. Es inútil que el extraño se dirija a ellos con palabras tiernas para lograr su confianza y que se acerquen a olisquearlo. Más bien se sienten importunadas en su angustiante necesidad de beber o de comer. Si la vaca está criando, mira con recelo a quien llama su atención y, con el rabillo de su ojo ovalado y tierno, vigila a su cría para comprobar que nada amenaza su tranquilidad. Tan solo los aburridos asnos enhiestan las puntiagudas orejas para escuchar palabras que escapan a su limitada comprensión. Si se les ofrece un manojo de hierbas diferentes a las que están al alcance de sus belfos, estiran el pescuezo para oler si se trata de una dulce golosina o son hierbajos malolientes.

Ellas viven en su mundo de soledad y silencio, concentradas en satisfacer su apetito insaciable. En su diario acontecer no hay tiempo para el respiro, salvo cuando rumian, ni para el juego ni para el sueño reparador. Solo en las ocasiones en las que se asean a sí mismas o a sus vástagos con lentos lengüetazos parece que el hambre pertinaz les concede una breve tregua para la relajación.

Los días transcurren en la plácida tranquilidad del campo a orillas del mar. Disfrutan cuando sus terneros se aproximan a sus ubres siempre repletas de leche caliente. Les dejan que se las estrujen y bamboleen con sus belfos tiernos hasta que su vientre se hincha de satisfacción. Ahítos de nata maternal, los terneros crecen con rapidez. Llega el día en que, más por curiosidad que por necesidad, mordisquean los tallos y las hierbas que despuntan, hasta que descubren que esos mordiscos también satisfacen su hambre. Las madres se sienten compensadas al comprobar cómo los pequeños van alcanzando su independencia; sin embargo, les permiten seguir mamando siempre que quieran de sus reconfortantes ubres.

Con la placidez de Arcadia olvidan el temor. Saben que su descendencia se acabará separando de ellas, pero, cuando ese momento llegue, se sentirán seguras de que podrán existir sin que su presencia sea necesaria. Además, otros ímpetus conmoverán sus inquietudes: la esperanza de un nuevo ser que crece dentro de ellas.

Los únicos en alerta son los insatisfechos toros que que viven cada día olfateando a sus compañeras y a los vientos del interior, que los sumen en una incertidumbre sempiterna. Sus compañeras los olvidan y los dejan, sin prestarles atención, en su permanente angustia. Atemorizados, ni las crías se acercan a ellos para conocer su desasosiego. Los ven levantando el morro y olfateando el infinito y los imaginan indefensos en sus tormentos interiores. Sus mugidos pasan inadvertidos en el silencio verde. Tan solo cuando los observan trotando firmes en dirección a la portilla, se convencen de que su miedo es el de toda la manada. En lo alto de la colina, a partir de la cual descienden en suave cadencia las lomas hasta los acantilados pétreos, aparece la silueta del camión. El ruido del motor inunda la inmensa pradera hasta que el tintineo de los cencerros cesa por completo. Con la cabeza levantada, todos los animales miran el lento avance del vehículo. El toro no cesa de mugir y escarbar el terreno blando junto a la entrada, donde aguarda el primero para enfrentarse a la vara del carnicero. A medida que se hace evidente la dirección que sigue el monstruo, las bestias que se quedan atrás se relajan y vuelven a la indefinición de su tranquila normalidad, pero aquellos que divisan cómo el cortejo fúnebre se aproxima a su posición, tiemblan resignados asumiendo un destino irremediable. El camión finalmente se detiene en un cercado. De él desciende el gigante carnicero, junto al esmirriado dueño de los animales. Al lado del matarife, es un acólito insignificante. Señala con la larga vara de avellano a la víctima. Antes de acorralarla, debaten durante unos instantes el precio de la res. La muerte es barata y es el matarife el que impone su criterio. Una vez que se dan la mano, señal del acuerdo final que determina el destino de la víctima, comienza el acoso hasta que forzada y azuzada sube a trompicones a la caja del camión. El vehículo se aleja hacia el interior deshaciendo la ruta. El amo se ha quedado con sus animales. Entra en el prado y camina entre ellos. Levantan la testuz a su paso, pero ninguno se aproxima a lamerlo. El hombre siente una confusa mezcla de arrepentimiento y desconsuelo. Nota su alma deshaciéndose en miles de fibras que se tensionan hasta dejarle el cuerpo dolorido. Su mente es incapaz de pensar en nada. Camina sin propósito, con una determinación ciega que no llega a traducirse en ningún gesto. Esta vez ha sido La Vieja, una vaca seca que ya había criado ocho terneros… Pero mira alrededor y ve cómo, despreocupados y ajenos a la tragedia, los novillos de un año vuelven a pastar sin saber que su destino está cada vez más cerca.

Cuando echa la portera en la entrada y se dirige cabizbajo a su hogar, anticipa que esa noche no podrá conciliar el sueño.

Parada obligatoria

 

En el pueblo de pocos habitantes, los animales se convierten en vecinos a los que observas sin dirigir la palabra, como sucede en las grandes urbes, en las que los caminantes se cruzan sin intercambiar ni tan siquiera un saludo. En la localidad donde vivo, contando personas y bestias, no llegamos a cien. Una diferencia entre unos y otros es que estos últimos pasan la mayor parte del día en la calle, casi siempre en la más transitada, seguramente porque ellos también buscan el contacto.

Hace ya un tiempo que desapareció Duque, un cocker spaniel inglés. Se esfumó de la misma manera que apareció; es decir, sin que nadie supiera de su final ni de su origen. La presencia de animales que vagan, al igual que peregrinos, es frecuente, pero, como estos, su paso es fugaz. En cambio, Duque se quedó para siempre, pues he de suponer que su destino final no fue otro que la muerte natural, debido a su edad, ya que fueron muchos los años que convivió con nosotros. A veces era entrañable; otras, odioso, sobre todo, cuando estaba tumbado en el asfalto en la mitad de la carretera; lo divisaba a cien metros y ya disminuía la velocidad para darle tiempo a que con su parsimonia habitual se incorporara y se desplazara a la acera. Desde el momento en que oía el ruido del coche, se quedaba mirando hacia él y, cuando el vehículo se aproximaba, fijaba la vista en el conductor, pero con una mirada torpe y miope, de tal modo que hasta que no paraba delante y notaba mi cara de enfado, no hacía ademán de levantarse. En alguna ocasión estuve tentado de no esperar, abrir de repente la puerta y apartarlo de un empujón con la pierna. Nunca fue necesario llegar a tanto, porque tenía el don de incorporarse en el último instante y apartarse unos pasos de la calzada. Una vez reanudaba la marcha, lo primero que me venía a la mente era cómo ese animal, con ese comportamiento, no había sufrido ningún accidente. La verdad es que los conductores habituales —los esporádicos eran escasos— conocíamos el peligro de la carretera que dividía en dos el barrio, no por la presencia de viandantes, sino por la libertad con que perros, gatos, gallinas, patos y ocas circulaban por ella, o incluso la usaban como cama caliente para dormitar los días soleados.

He mencionado que el animal se pasaba buena parte de su existencia recorriendo la carretera, que hacía las veces de calle mayor. No obstante, en realidad poco sabíamos de su vida más íntima. Todos podíamos observar que el rostro de Duque transmitía sosiego, pero también un aire de melancolía resignada. Rara vez observé un cambio en el rictus permanente de seriedad eclesiástica. Esta nostalgia era más llamativa en un ser hermoso: su pelo color canela, sus ojos acuosos, las grandes orejas colgantes con la flacidez de las ramas de un sauce, sus extremidades y su cuerpo cubiertos con unas greñas brillantes y sedosas… No solo era hermosa su figura, sino también su forma siempre armónica de trotar o caminar, nunca de correr juguetonamente. Solo le descubrí alguna chispa de alegría cuando le hacía compañía Lúa, su amiga del alma, una perrita negra, más viva y lista que el hambre. Pero Lúa no era libre; su vida dependía de un amo que solo de vez en cuando le daba rienda suelta para salir a la calle. Con frecuencia Duque merodeaba la casa de Lúa esperando el milagro de la breve libertad. Otras veces, los dos se juntaban, aunque separados por la puerta de barrotes. Primero se olían y, después, se tumbaban mirándose separados por el obstáculo metálico. Cuando Lúa acompañaba a Duque, los dos subían y bajaban por la acera con un andar alegre, curioseando las novedades que podían suceder en un lugar apartado. Cuando se cansaban, se echaban, pero nunca en sitio peligroso, pues Lúa era una perrita mucho más juiciosa.

Algunos vecinos, al cruzarse con el animal o al pasar este delante de sus viviendas, lo llamaban para acariciarlo u ofrecerle algún alimento, pero rara vez prestaba atención a a aquellas muestras de cariño. Eso no quiere decir que rehusara la proximidad de los seres humanos, sino que por razones indescifrables Duque los elegía. Todas las casas del pueblo tienen delante un pequeño jardín o simplemente de un patio sin puerta que impida el paso. Duque entraba y se sentaba, bien a los pies de la puerta, si el hambre lo apretaba, esperando a que le ofrecieran algo de comer; bien en el sillón o en la alfombra, si solo necesitaba descansar un poco. No entraba por voluntad propia en el interior; tampoco se oponía ostensiblemente a hacerlo; sin embargo, enseguida buscaba la salida. Sé que muchos lo pretendieron adoptar; no quiero decir que lo amarraran para que no huyera; no, solo intentaron que no durmiera al raso una noche de viento y lluvia o, en vez de comer fuera, que comiera en la cocina, con la intención de hacer ver al perro que su vida sería más confortable en ese hogar que en la inclemencia del barrio. No digo que nunca conviviera unos días con alguna familia, pero siempre Duque acababa por elegir la libertad y, a la menor oportunidad, volvía a deambular por el barrio. Con el tiempo todos comprendieron que el animal era dueño de sí mismo, que no necesitaba la protección de nadie, que su tristeza y su continua añoranza de algo incierto eran parte de su existencia y que nada ni nadie podía paliar esa indefinible e insoportable melancolía. Nos costó a todos aceptarlo tal como era, como a mí me costó admitir su derecho a interrumpir el paso de mi vehículo. Con el tiempo he aprendido a añorar su presencia, ahora que ya hace tanto que desapareció, como también lo hizo la pequeña Lúa… Aún hay veces en que me encuentro, en la calzada, gallinas o incluso patos cruzando el puente para dirigirse al segundo tramo del arroyo, pero ninguno de ellos impone esa parada obligatoria que solo Duque sabía exigir.

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25/07/26

El nido maldito de los mirlos

 

Como ya he contado en otras ocasiones, la localidad aislada donde resido ofrece pocas oportunidades para la comunicación humana; a cambio, brinda un contacto continuo con la naturaleza. Nuestra vivienda se abre al mundo por los cuatro lados de la planta rectangular. Por cualquier hueco por el que me asome contemplo casas a lo lejos y, en primer término, nuestro prado y las plantas que jalonan el perímetro de la parcela. Abro la puerta o la ventana y mi mirada se posa en el cielo para comprobar la evolución de las nubes y saber la dirección del viento. Al mismo tiempo, observo a los animales que conviven con nosotros como huéspedes advenedizos. Entre ellos hay muchas aves; algunas se cobijan en nuestra propia casa, como la colonia de gorriones que se refugia en los huecos de las tejas de la vertiente sur de la cubierta. Puedo afirmar con rotundidad que son muy pocas las veces que miro al exterior sin descubrir algún pájaro posado en las ramas de los árboles, en los muros o en los cables de la luz; correteando por el prado, saltando de matorral en matorral o surcando el aire. La mayoría de estos seres son una fuente de placer y de entretenimiento gracias a la afición que despiertan en mí, seguramente, como consecuencia de la falta de estímulos alternativos. A algunas de estas criaturas plumíferas las soporto con espíritu estoico, mientras que a otras las odio y combato con el mayor arrojo que nace en mis entrañas. Esta dualidad de emociones —amor y odio, placer y sufrimiento, comprensión e incomprensión…— no deja de ser un reflejo de lo que les sucede a los seres humanos en su trato con sus semejantes y en cualquier otra experiencia de su existencia. Con el tiempo, fruto de la meditación sobre nuestra condición, he conseguido forjar una personalidad apaciguadora y comprensiva incluso con los seres desagradables, especialmente cuando la repugnancia que me inspiran es de carácter ético. No son estas líneas para hablar de esos seres despreciables, sino de otros: mis amigos los mirlos, de los que deseo dejar constancia de mi admiración y gratitud.

Los mirlos —a los que en esta parte del mundo llaman miruellos— son las aves que durante toda mi vida anterior conocí con el nombre de tordos, animales no muy del agrado de los niños del pueblo donde nací. No estoy seguro de que los tordos de entonces sean los mirlos de ahora. De niño los veíamos como unos pájaros sucios y asquerosos; por eso intentábamos abatirlos con el tirachinas. En cambio, desde que hace ya muchos años nos mudamos a vivir en estos parajes del norte, estos pájaros han sido una feliz revelación. Nunca pensé que un ave fuera capaz de entonar unas melodías tan hermosas. Su cántico, tanto por la mañana como por la tarde, me sigue pareciendo un regalo inmerecido de la naturaleza; por eso les perdono comportamientos que me ocasionan verdaderos quebraderos de cabeza.

Primero fueron sus trinos; después, todo lo demás. Comencé a observarlos y comprobé cómo interactuaban entre sí, con los demás seres de nuestro jardín y conmigo.

Uno de los primeros descubrimientos fue diferenciarlos externamente por el sexo; después, comprobé el distinto papel que cada miembro de la pareja adoptaba en su vida en común. Siempre están juntos; no necesariamente uno al lado del otro, pero interactúan manteniendo cierta distancia y persiguiendo un fin común, sobre todo cuando están criando. Para alguien que no es muy detallista y que presenta infinitas dificultades para identificar y determinar los colores, como es mi caso, este hallazgo supuso un estímulo en mi batalla cotidiana contra el daltonismo, por percatarme de detalles aparentemente inapreciables. Así reparé en la distinta coloración: la de él, negra; la de ella, parduzca, con un minúsculo delantal rojizo. Además de la diferencia de tamaño —los machos son mayores que las hembras—, el pico de cada uno es de distinto color, pues el del macho es amarillo.

La pareja de mirlos que convive en nuestro jardín pocas veces sobrepasa el límite de la finca. Desde antes de que amanezca ya se los observa revolotear cambiándose de una mata de plantas a otra. Son vuelos muy cortos y no siempre aterrizan sobre una rama, sino en el suelo, junto al ramillete de varas de la planta elegida. Creo que pasan buena parte del tiempo ocultos entre la maleza. No sé qué harán, si dormitar, descansar o escarbar buscando alguna larva o gusano. Me inclino a pensar que están meditando, absortos en un mundo arcano para los humanos, porque tienen otras maneras de buscar comida, que me son más fáciles de seguir en su deambular por el prado. Pasan mucho tiempo en la parte norte —los observo a mis anchas desde la ventana de la cocina mientras preparo la comida, sin que ellos sepan que son objeto de mi curiosidad—, en la zona verde a la que el sol solo cubre por la mañana, al amanecer. El prado en esa porción guarda todo el día humedad y la tierra está más blanda. Aquí, dando saltos, picotean el suelo en busca de lombrices.

Sin embargo, su alimentación no siempre perjudica mis cultivos. Con certeza comerán más frutos, insectos e invertebrados que productos de mi huerto; pero, aunque, como he dicho antes, me he resignado a aceptar su competencia con espíritu deportivo, no puedo ni debo dejar que se apoderen de lo que me pertenece. Por eso, aceptando las reglas impuestas por una convivencia inevitable y respetando la inteligencia de cada uno (espero que ellos comprendan que no se enfrentan a un pusilánime, de la misma manera que yo conozco sus artimañas y sé que su vida está orientada exclusivamente a la subsistencia), la contienda con ellos es uno de los asuntos a los que debo prestar atención en este apartado rincón de la extensa tierra del norte. Por suerte, los roces no se producen durante todo el año; comienzan en primavera y duran, como mucho, dos meses. El resto del año, los mirlos son esos pájaros encantadores que me hacen compañía sin pedir nada a cambio. Al escribir este pequeño tratado, reconozco que, por el momento, vivimos un armisticio que me temo se prolongará durante mucho tiempo. He aceptado la derrota en algunos enfrentamientos; otros conflictos del pasado han dejado de existir simplemente porque he renunciado a ser parte opuesta. Sin embargo, no siempre fue así. Pienso que dice mucho de mí saber cuándo no debo enfrentarme a alguien más fuerte o más listo que yo; en ningún caso espero que nadie me considere un cobarde por dejarme amilanar por un pájaro que apenas supera el tamaño de mi puño. Sin ánimo de justificar mi claudicación, contaré algunos de los lances de esa pugna soterrada que se ha prolongado durante buena parte de nuestra convivencia. La derrota más difícil de digerir ha sido la de las fresas, aunque en esta batalla los enemigos no eran solo los mirlos, sino también los caracoles y las repugnantes babosas. Tengo repartidas estas plantas por distintos rincones del jardín. Si digo que en muy rara ocasión he logrado recolectar un tazón de fresas, os lo creeréis. No lo dudéis. Con suerte, si está bien escondido el fruto o he tenido la dicha de cortarlo adelantándome a ellos, he podido disfrutar con fruición del jugoso producto. Las lavo y me las llevo directamente a la boca, saboreándolas con la satisfacción de haberme adelantado por una vez a mis rivales. Incluso si descubro una fresa que empieza a enrojecer, la corto y la dejo madurar, pues sé que, si no, se la comerán ellos. No sé si adivinarán la satisfacción y el placer de saborear mi fresa cuando me contemplan, no muy alejados, posados en los cables de la luz. Les lanzo una mirada desafiante para intentar humillarlos, aunque estoy convencido de que no logro infundir el temor necesario para minar su moral…

Antes de claudicar, llevé a cabo varios planes para proteger mis fresas, siempre con resultados negativos. Recubrí las matas con una red cuyos agujeros eran lo suficientemente pequeños para que no cupiera la cabeza del pájaro. Sin embargo, mientras me centraba en mi lucha contra los miruellos, olvidé a los caracoles y, especialmente, a las babosas, para las que la malla no supone ninguna barrera. Al ver el resultado, mi mal humor se volvió contra estos últimos animalejos y los castigué rociando con ceniza la tierra próxima a las plantas, sabiendo que no se arrastran por ella. Sin embargo, ni con esas fui capaz de proteger mis bienes. La última ocurrencia fue ocultar las fresas con ramas de romero, confiando en que su olor y el carácter punzante de sus hojas, a modo de agujas, ahuyentaran a aquellos animales y ocultaran los frutos maduros de la aguda vista de los mirlos. Todas estas estratagemas han sido inútiles. Año tras año, cosecha tras cosecha, sigo sin poder disfrutar de un tazón de fresas. No las he arrancado; me conformo con disfrutar de alguna que queda a salvo de la voracidad de mis obligados invitados: las he despojado de redes y de ramas protectoras de romero, dejando que crezcan y se expandan con libertad.

Hay un segundo desafío, aunque de consecuencias menores y, en todo caso, reparables. Me refiero a la siembra de alubias para cultivar judías verdes. Son unas plantas muy agradecidas cuando han logrado arraigar y crecer, pero hasta alcanzar ese estado deben tener la suerte de librarse de la avidez de los enemigos del hortelano. Tardé tiempo en descubrir cómo las alubias que yo sembraba desaparecían. ¿Quién era el randa que se las comía? Me atrevo a asegurar que ya lo habrán adivinado. Desde su atalaya aérea, posados en los cables negros del tendido eléctrico, estaban pendientes de la labor que realizaba. En el momento oportuno, seguramente después de esperar unos días a que la semilla germinara, descendían hasta el lugar señalado por la humedad del agua con la que yo las había regado para facilitar su desarrollo.

¡Ah, ratero pertinaz, te pillé! —exclamé cuando lo descubrí picoteando la siembra—. ¡Así que eres tú, malandrín!

Me resulta muy difícil expresar la satisfacción que sentí cuando los detecté picoteando mis alubias. Creo que el mirlo fue consciente no de su falta, sino de la imprudencia de dejarse descubrir en plena truhanería. Mi alegría tenía además otra explicación porque no consideré que fuera complicado proteger mis alubias. Así empecé a probar distintas alternativas que no siempre resultaron totalmente efectivas, pero sí lo bastante satisfactorias como para considerar que, en esta confrontación con mis amigos los mirlos, el vencedor he sido yo: riego todo el surco y no solo la porción donde está la simiente, para no dejar esa señal mojada donde se halla; protejo el lugar donde están enterradas las alubias con un recipiente de plástico hasta que nacen…

Tras claudicar en mi lucha por el único motivo de disputa entre ambos y dejar atrás las viejas rivalidades, coexistimos en plena armonía. Me siguen pareciendo unas aves fascinantes, aunque quizá me gustaría que demostraran un destello de confianza conmigo, una vez que saben que nunca los perturbaré, pero no creo que pueda disfrutar de una mínima amistad. Por eso me conformo con observarlos y congratularme de su felicidad. A veces creo que son un poco descorteses. Cuando los descubro en la tenada donde guardo la leña, antes de acercarme hago un poco de ruido para alertarlos de mi llegada, ya sea para darles tiempo a salir antes, ya sea para que sepan que soy yo quien va a entrar y no se asusten mientras tiendo la colada en las cuerdas sujetas de viga a viga. Me alegraría observar en ellos una mirada de gratitud por mi sensibilidad, pero hasta esa falta de cortesía les perdono.

El momento de mayor regocijo es cuando están criando. Pocas veces he descubierto el nido donde realizan la puesta, pero, por la zona donde se mueven y rondan, podría emprender una búsqueda más minuciosa hasta hallarlo. Sin embargo, me privo del placer de admirar la perfección constructiva de la cuna donde reposan los polluelos, coretos y feos, con su desmesurado pescuezo y su desequilibrada armadura corporal, porque estoy convencido de que, si los padres saben que he descubierto su recóndito lecho, existen muchas probabilidades de que no saquen adelante a su nidada: en esas semanas de crianza están muy sensibles y vigilantes, especialmente cuando los hijos abandonan la morada en la que se han ido desarrollando. No hay una sola vez que me aproxime a su territorio —y son muchas a lo largo de la jornada— sin que me controlen. El macho negro, en su mirador en los altos cables de la luz, a una distancia media de la secreta cama donde posan sus descendientes, está atento a lo que sucede en su territorio, que es mi jardín. En cuanto me percibe, sin moverse de esa elevación, comienza a emitir su voz de alarma anunciando a su compañera el posible peligro para ella y la prole. Si la hembra está en el nido incubando, no se moverá y soportará la tensión en soledad; si los huevos ya han eclosionado y los polluelos han crecido un poco, será ella, no muy lejos del nido, la que comenzará una retahíla de avisos de alarma a sus hijos, cuyas onomatopeyas son difíciles de transcribir, pero que yo identifico con el mensaje repetido de “no te muevas”, “no te muevas”, “no te muevas”, “no te muevas” … No cesará en sus advertencias hasta que, en el último instante antes de que yo llegue a su altura, levante el vuelo. Una vez que me retiro, regresa a consolar y aliviar la soledad de su progenie.

Mientras los polluelos permanecen en el nido, pocas veces corren peligro, a no ser que el ave más miserable del contorno, el cuclillo, lo descubra y realice la puesta en cama ajena con la pérfida intención de que sea otra madre la que incube su huevo y los hijos legítimos sean devorados por el feroz pollo del cuco cuando la incubación haya concluido. No obstante, la madre tendría que ser muy despistada para que esto ocurriera, pues ha aprendido a diferenciar su huevada de la del intruso y arroja fuera de su colchón de plumas y ramitas lo que no es suyo.

El riesgo mayor, la época más peligrosa, es cuando los mirlos jóvenes abandonan el nido, invitados por la madre. Les cuesta mucho dar el primer salto desde el lugar donde se han criado hasta el suelo. La madre los llama constantemente, aunque siempre hay alguno más miedoso al que le cuesta abandonar su cuna. Esta etapa es muy estresante para los padres, ya que es frecuente que el más miedica no se vea con fuerzas para impulsarse y realizar el primer vuelo y, por tanto, permanezca en su conocido refugio más tiempo que el resto de los hermanos, que son más precoces. Los mirlos han de desvivirse en este complejo proceso: uno de ellos, normalmente el macho, se quedará próximo al hijo débil, mientras que la madre conducirá al resto de la prole hasta los arbustos más tupidos para ocultarla. De nuevo, extenuada, volverá junto a su pollito a infundirle el valor que necesita para abrirse camino en una nueva vida, hasta que, empujado con cariño, consiga dar un torpe brinco aterrizando inestable al pie del arbusto donde sus padres erigieron la casa donde nació. Contento por haber superado la experiencia, con mucho más brío al comprobar que no era tanto el esfuerzo, seguirá a su madre hasta llegar donde se hallan ocultos sus hermanos.

Los enemigos más temibles en estas complejas maniobras del abandono del nido y de la posterior etapa en la que los mirlos pequeños han de aprender a desenvolverse para crecer y madurar son los siempre inoportunos felinos que forman parte de los animales que habitan el jardín. Su alimento preferido son los ratones de campo, pero no renuncian en primavera a cambiar de dieta. Los mirlos padres, con su coraje y su permanente vigilancia, se ven impelidos a moverse en un medio en el que sus hijos corren muchos peligros, pues no son capaces de levantar el vuelo y simplemente efectúan leves saltos o corretean detrás de ellos, sin saber ocultarse por sí mismos de la mirada siempre acechante de los gatos. Cualquier descuido o imprudencia se paga con la muerte. Por eso el traslado de la prole debe ser coordinado por ambos progenitores: el macho que vigila los movimientos de los enemigos y la madre que los arrastra tras de sí moviéndolos de mata en mata buscando el espacio más recóndito donde sus hijos no corran peligro.

Pocas muertes me resultan más dolorosas que las de aves. Rara vez he presenciado el deceso a consecuencia de los zarpazos de los gatos, pero, en numerosas ocasiones, me he encontrado los despojos de sus víctimas: plumaje descompuesto, como un colchón de lana desarmado de sus vellones. Impreco a esos bigotudos animales con los peores deseos que en esos momentos se me vienen a la cabeza… No obstante, la víctima que más me ha impresionado durante el tiempo transcurrido desde que habitamos en estos parajes de soledad y tranquilidad es la de una madre mirlo echada sobre su nido. Su cuerpo estaba como momificado en la postura incubadora en la que se produjo el fallecimiento. El nido se encontraba en una gran mata de jazmín que estaba sujeta a una columna de la tenada. Era un sitio ideal porque el viento del norte no la castigaba. Durante varias primaveras realizaron allí la puesta. Sabiendo que estaban criando, nunca se me ocurrió apartar las ramas para descubrir la huevada o la pollada. Me conformaba, y me satisfacía, con verlos salir o regresar a su refugio de crianza…

Pasado el verano, suelo recortar la planta ya que se expande en todas las direcciones. En esta operación, al abrir un claro, pude observar que en el nido había un animal inmóvil. Me subí a una escalera para poder saber con certeza de cuál se trataba. Con sumo cuidado lo extraje y me quedé de piedra al percatarme de que era una hembra echada sobre el fondo. Inspeccioné el nido y pude comprobar que no existían desperfectos ni señales de que hubiera sido atacado por otro animal. Nunca pude determinar la causa de su muerte, aunque todavía hay momentos en que el suceso vuelve a mi memoria. La única hipótesis que se me ocurre es que la hembra, mientras incubaba, quedó encerrada en su propio lecho, convertido en féretro, cuando los numerosos tallos del jazmín crecieron y tejieron una intrincada red vegetal de la que ya no pudo escapar, muriendo de inanición mientras su compañero la llamaba con gritos de desesperación.

Allí, en la mata de jazmín, continúa el nido, más desbaratado cada primavera que pasa, pero los mirlos nunca han vuelto a anidar en ese arbusto.


12/07/26

BOSTON 19,25

 

La ciudad se agita como un animal a punto de morir. Por sus calles borbotean sus habitantes arropados con abrigos superpuestos para aliviar las temperaturas gélidas. El cielo opaco parece a punto de aplastar los edificios apagados. El humo de los fuegos repartidos por doquier en las aceras está en suspensión, como ropa andrajosa entre las fachadas. El silencio reina a consecuencia del agotamiento de sus habitantes. Ha sido demasiado tiempo pasando hambre y no queda la última esperanza del grito y de la maldición, solo el silencio adocenado como norma aceptada por todos. No hay nada que decir, sino hacer, si se puede; si no, lo mejor es permanecer lo más arrimado posible a uno de los fuegos para no morir de frío.

Marx atraviesa las arterias adormecidas intentando llegar a su bloque de viviendas. Avanza a buen ritmo sorteando las fogatas y los grupos repartidos alrededor. Lleva motivos para albergar una ilusión y el tiempo es fundamental para conseguir lo que se ha propuesto. De momento, porta una bolsa de plástico blanca, que transparenta la sangre fresca de una liebre. Necesita llegar a casa cuanto antes para saciar el apetito. Se recrea imaginando su preparación: aprovechará los últimos granos de arroz y los añadirá al rehogado de la carne sin lavar para que la sangre dé sabor al cereal. Invitará a su amigo Ton, ya que este será su último festín en la ciudad. Cuando sacie el hambre y se despida de su antiguo compañero de taller, intentará salir, más bien, huir de esa ciudad asediada por las inclemencias de un cielo castigador. No hay ningún motivo para permanecer. Si tiene que morir prefiere hacerlo buscando una esperanza.

Su marcha se acelera al acercarse a su destino. Deja las avenidas y se adentra en las cuadrículas de manzanas más pequeñas. Las calles son más estrechas y las aceras, diminutas, en esa ciudad caótica. El olor a sangre de animal endulza el ambiente. Pronto descubrirá su procedencia. En un callejón sin salida cuelgan de travesaños encastrados en las fachadas una colección de animales desollados. Parecen cerdos pequeños, pero cuando observa la piel peluda a punto de ser sacada por el morro de uno de ellos, comprueba que son jabalíes. Se detiene y se adentra en ese matadero improvisado, donde las gentes se afanan en extraer las vísceras malolientes. Un pequeño reguero evacua lentamente la sangre que chorrea de los cuerpos colgados. Solo observa el espectáculo de la carne caliente, de los vahos que se desprenden y de la suavidad de los humores que rodean los órganos internos y los destellos de las mantecas. Mira cada uno de esos animales y el brillo en los ojos de sus descuartizadores. Compara la liebre ensangrentada que porta en la bolsa y la abundancia de magro, y se siente pequeño, desvalido. No es envidia, es incomprensión de una realidad desigual: unos se van a dejar morir lentamente acurrucados al lado de una hoguera que cesará de arder cuando ya no haya más madera que arrojar; otros, como los moradores de ese callejón, se lanzan en busca de lo que sea con tal de llevarse algo a la boca. Él no es como ninguno de ellos. Quiere huir y va a aprovechar ahora que ha conseguido esa larga y delgada liebre para saciar el hambre.

A escasos metros del portal, comprueba que las ventanas se iluminan. No solo es en su edificio, hay algunos más en los que ha vuelto la luz eléctrica. Sin embargo, la corriente va y viene. Al entrar en el vestíbulo de su bloque de apartamentos, se fija en la bombilla amarilla del cuarto del portero que pende iluminando un espacio vacío. Mira alrededor a ver si encuentra al empleado. Al no verlo se dirige al ascensor. Abre la puerta y antes de introducirse, aparece el hombre y se cuela en el habitáculo como si se hubiera transformado en una lombriz que saliera del suelo. Le dice a Marx que solo va al primer piso y que rápidamente puede utilizarlo él. Se queda con la boca abierta por su descaro. Se lamenta de haber perdido la ocasión de comunicarle que abandonará su apartamento y que a lo largo del día le entregará la llave. Al instante reflexiona que era una formalidad absurda dados los acontecimientos extraordinarios que viven. El ascensor vuelve al portal y cuando Marx se dispone a entrar, se adelanta un hombre mayor y los dos se quedan atascados en el marco de la puerta. Ambos se enfrentan. Marx espera que el viejo se disculpe; él era el que estaba primero, pero no lo hace y lo mira mal, como si él fuera un joven irrespetuoso. Se trata de un hombretón, con mal jetuño, que le saca más de una cabeza, pero Marx no se amilana. Los dos terminan entrando al mismo tiempo en la cabina. Se deben apretar para que quepa la que parece su señora, que tiene cara también de mal humor. Consiguen acomodarse y cerrar la puerta. Marx se dirige al cuarto piso; ellos han presionado el botón del sexto. Se alegra de bajarse primero y no compartir planta con unas personas tan desagradables y mal educadas. Sale sin bloquear la puerta del ascensor, para que sean ellos los que se molesten en cerrarla.

El pasillo largo que conduce hasta su apartamento termina en un ventanal por el que aparenta colarse una claridad más intensa que la que había en la calle. Marx se pregunta si será un síntoma de que las condiciones atmosféricas están a punto de cambiar, pero, a medida que se acerca al final, comprueba que es una falsa percepción. A esa altura el cielo sigue siendo exactamente igual de turbio que en la superficie.

En su apartamento siente el mismo frío que en el exterior, por lo que no se quita uno de sus abrigos. Se frota las manos para entrar en calor, también para darse ánimos en el momento en que comienza a cocinar. Espera que el combustible que le queda sea suficiente para terminar la cocción del guisado. Pone agua en la cazuela para que se vaya calentando, mientras trocea la pieza. Termina con las manos manchadas y el suelo con gotas de sangre que siguen cayendo de la liebre. Cuando el guiso comienza a cocer, decide salir en busca de su amigo. Ton vive en la misma planta, pero a la otra punta del edificio circular. No quiere dejar sola su vivienda mucho tiempo, no sea que alguien, guiado por el olor, entre a apropiarse de la comida. Antes de echar a correr, comprueba que la luz que se cuela por la ventana ha disminuido con respecto hacía unos instantes. Pese a no ser más de la una de la tarde, parece que está a punto de anochecer. La luz eléctrica se ha vuelto a ir, por lo que parte del recorrido lo hace casi a oscuras. Golpea la puerta de Ton. Le tranquiliza diciéndole que es él, Marx. Le oye cómo arrastra los pies. Comprueba por la mirilla que se trata de su amigo. Le abre la puerta. Los dos se abrazan sin decirse nada. Al verlo con un solo jersey gordo, Marx se percata de que estaba acostado en la cama. La bola de mantas y abrigos es una pesada lápida en la que Ton se ha enterrado antes de dejar de respirar. Ya no espera nada, pero Marx le insufla ánimo. Ha conseguido carne y aún hay tiempo para luchar. Él lo va a intentar, no piensa quedarse en Boston a que un milagro les devuelva la ilusión y el deseo de vivir. Él quiere ser el promotor de su propia salvación. Le anima a que se una a él, que los dos, como hermanos, busquen una salida. Ton lo escucha y envidia la desconocida energía de su amigo, pero él ya está en un estado de postración y apatía que le impide valorar la vida. No le importa dejarse ir lentamente. No tiene prisa por que la muerte se retrase, por eso acepta la invitación de Marx a trasladarse a su vivienda. No cree que pueda comer ese guiso de carne dura y salvaje, pero acompañará a su amigo antes de que los dos se separen.

Marx se ha propuesto que esa comida no solo sea para saciar el hambre de ambos, quiere que sea una celebración para conmemorar el comienzo de su salvación: pueden salir de la ciudad, si se lo proponen. Ton le deja que se ilusione; sabe que, si su amigo está seguro de que los dos emprenderán la huida, es más probable que él consiga salvarse. Mientras, Marx dispone dos platos y cubiertos sobre la mesa y arrima sillas para disfrutar de la comida relajadamente. ¡Cuánto hace que no se deleita con una comida sentado! Por eso, aunque el guiso sea sencillo, quiere que su degustación sea una invitación a volver a las buenas maneras a la hora de comer. Le sirve a Marx un plato caldoso con arroz y las piezas de carne más jugosas y espera a que lo pruebe antes que él. Su colega, con asco a cualquier bocado, intenta complacerlo. Sorbe un poco de caldo. Contra todo pronóstico no le desagrada. Marx parte una de las patas para comprobar cómo ha quedado la carne. Como supone, está dura. La liebre necesita mucha cocción, pero no hay tiempo para postergar el hambre ni la partida. Anima a Ton, mas su amigo no es capaz de triturar el amasijo fibroso que ha extraído de una costilla. Para no decepcionarlo, intenta masticar los granos de arroz. Marx recoge los suyos del plato y de la cazuela para que, por lo menos, coma el cereal.

Al ver la inapetencia de su compañero, Marx olvida el hambre y deja en la cazuela más de la mitad del guiso. Pese a casi a no haber comido, mete prisa a Ton para que recoja de su apartamento lo más preciso y salir aún que había una tibia luz. No puede, le gustaría acompañarlo, pero ya no le quedan fuerzas y desea disfrutar de la calma serena con la que espera el final. No puede ser, le desafía Marx; tienes que realizar un último esfuerzo. Pero Ton solo camina hasta llegar a su apartamento. Marx lo acompaña y lleva en jarras la cazuela con los restos de liebre para que su amigo pueda comer si se arrepiente y es capaz de salir de su desfallecimiento. Los dos se abrazan. No será por última vez, le promete Marx. Ton acepta la propuesta para insuflarle fuerzas y sea capaz de huir.

Tan solo ha tomado las prendas de abrigo y una navaja antes de abandonar su apartamento. Baja de prisa las escaleras. El hall está a oscuras. Llama al portero para entregarle las llaves, pero nadie responde. Se acerca despacio a su habitáculo. Tiene la puerta abierta; vuelve a pronunciar su nombre. Al no aparecer nadie, deja sobre su mesa las llaves.

Vagamente había ideado un plan de fuga alternativo al que suponía realizaría la mayoría de los que querían escapar. No saldría por alguna de las carreteras que partían de la ciudad. Su plan era buscar una vía de tren y huir siguiendo los raíles. No tiene idea de por qué esta opción es mejor que la de ir por alguna carretera, pero su determinación es firme.

Anda por una ciudad interminable. No se atreve a preguntar para que le orienten, no sea que quisieran saber los motivos por los cuales se encamina allí. Hasta ese momento no había visto cadáveres, pero en esos aledaños encuentra cuerpos abandonados que nadie se molesta en retirar. Ese olor pútrido le impele a alejarse y a acelerar el paso. Al divisar las primeras señales de los descampados, siente alivio. Y pronto da con las vías. Cuando está sobre las traviesas, en el medio de ese camino férreo, mira a uno y otro lado. Detrás queda Boston, al que ya no ve, porque la masa polar lo está a punto de devorar; de frente, un horizonte negro que no puede vislumbrar. En el medio, él. Por primera vez siente la compañía despiadada del pánico. No es nada perdido en la oscuridad, enfilándose a un destino incierto, pero debe comenzar a caminar. Antes de ponerse en marcha, siente también una fatiga que hasta el momento lo había engañado, creyendo que sus fuerzas estaban intactas. El desaliento se manifiesta en la sequedad de su boca y labios, pese a la pegajosa niebla. Se sienta e inclina la cabeza hasta tocar con la oreja el helado acero. Está inerte. No transmite ninguna vibración que denote la marcha de algún convoy. De pie, comienza el viaje. Para asegurarse de que no se despeña, camina por el medio de los dos raíles, procurando que su ritmo se adapte a la distancia entre los maderos a los que están ancladas las largas barras de hierro. Su caminar es titubeante porque esa frecuencia no se amolda a su paso natural, lo que le supone una concentración que lo irrita. Avanza con la sensación de que la distancia que recorre es muy pequeña.

No vislumbra nada a ambos lados. Solo oye el tenue rumor de una corriente de agua, por lo que supone que se halla atravesando un puente. No quiere confirmarlo, no vaya a precipitarse al vacío. De vez en cuando, se detiene un instante y se sienta en un raíl. Antes de incorporarse testa el hierro frío con su oído, pero no hay indicio de que se aproxime una locomotora. Cada paso que da es producto de un esfuerzo que lastra las reservas de energía, pero no puede detenerse ni echarse a reparar el sueño, que cada vez resulta más irresistible. Solo cuando un amanecer tardío ilumina tenuemente las cercanías, desciende del terraplén en busca de un abrigo donde cobijarse para dormir.

Se acurruca para mantener el calor y consigue dormir un rato, pero el entumecimiento de brazos y piernas le produce un dolor que lo despierta. Se estira. La iluminación aparenta ser más intensa, mas, después de unos instantes, se convence de que no difiere a la de días pasados: una minúscula luz que desorienta en el espacio y en el tiempo. Supone que debe haber entrado bien la mañana, pero no lo puede confirmar.

De nuevo asciende el terraplén hasta alcanzar la plataforma artificial por donde transcurre el trazado ferroviario y reanuda la marcha. No lleva mucho tiempo caminando cuando se detiene de repente. ¿En qué dirección avanza? ¿Se aleja de Boston o retrocede al punto de partida? No está seguro de que cada uno de sus pasos le conduzca a un anhelado destino en el que el sol brille. La línea es por completo llana; no recuerda ningún detalle del paisaje, en el supuesto de que retrocediera. Solo el breve rumor de una corriente de agua. Si bien, puede que su sentido del oído le hubiera jugado una mala pasada y fuera fruto de su imaginación. Considerando la cuestión con objetividad, era bastante infundada la sospecha de que el agua corriese y no estuviera todo el curso helado.

Reanuda la marcha, ya sin la ilusión de saber que huye. Solo confía en la buena suerte, pero su ánimo no le confirma que esté de su lado.

El hambre gatea en su estómago causándole pinchazos dolorosos. No se detiene creyendo que el movimiento consigue mecer ese animal que lo devoraba por dentro. Con todo, lo peor es la sed. Da bocados al aire tratando de tragar esa humedad gélida que lo presiona, pero solo consigue meter una corriente cortante que lo hincha.

Camina, camina… Intenta distraerse para aliviar sus penurias. Las fantasías placenteras no logran plasmarse en sus pensamientos; tampoco las desgracias y el sufrimiento que ha dejado en la ciudad. Solo ese presente tortuoso que encarcela su imaginación.

Camina, camina… Ha logrado transmitir esa orden a sus piernas y estas obedecen igual que el animal cegado que sigue moviéndose alrededor de la noria. No es capaz de detenerse, aunque quiera. Sus pies siguen atravesando maderos, esquivando los cantos salientes sobre los que se asienta el trazado de raíles y traviesas.

Camina, camina… Con la cabeza caída, mirando ese burdo mosaico caótico de piedras y desperdicios tirados por los viajeros o por los propios operarios de la compañía ferroviaria. Ese puzle informe se difumina poco a poco, y entonces levanta la mirada. El cielo ennegrece y se asemeja a ese negro azulado de los raíles, de los restos de carbón que también se encuentran esparcidos por la ancha senda férrea. Pero continúa, no puede parar hasta llegar a algún sitio.

Ya, a oscuras por completo, cree percibir un muro a uno de los lados. Lo inspecciona y grita no de alegría, sino de desesperación. Ha logrado llegar a una estación. Asciende al andén y mira a uno y otro lado. No hay nadie. Con mucha dificultad, palpando las paredes del edificio va avanzando hasta llegar a un vano grande. Supone que esa es la puerta de acceso al vestíbulo, pero en él no hay nadie. De repente, un tictac le hace levantar la vista. Se trata del gran reloj central; marca las 19,25. Se dirige a las vías y se da media vuelta. Acercándose un poco, con mucho esfuerzo, deletrea en el panel de azulejos amarillos el nombre en azul de BOSTON.

Se deja caer. La fatiga se duplica al saber que su esfuerzo por salir de la ciudad ha sido baldío. Sentado, con la espalda apoyada en la pared, mira al abismo neblinoso que lo succiona. Necesita ser consciente del aplomo de su cuerpo sobre el frío suelo para no dejarse ir. Cansancio, sueño, desánimo, todo lo aplasta e intenta no tenderse, porque es consciente de que como ceda, ya nunca más se levantará y será uno más de esos despojos humanos repartidos por las aceras o en los círculos alrededor de los fuegos extintos. Pero sus ojos no hallan un punto fijo donde posar la mirada, solo la etérea niebla pegajosa.

No se percata de la presencia de alguien que lo observa hasta que se sitúa delante. Intenta averiguar de quién se trata por los rasgos de su cara, pero le es imposible. Un bozo le cubre el rostro y los ojos se ocultan detrás de un parpadeo constante. Comprobando su anquilosamiento, se le pasa por la cabeza que crea que está muerto. Le agarra del pantalón.

Me llamo Marx. ¿Quién eres tú?

Tarda en responder y cree que imposta la voz, o que le cuesta desentumecer las cuerdas vocales, pues le sale una voz más grave de lo que corresponde al talle y perfil afeminado de su cabeza.

Andreas.

Y se agacha hasta aproximar su cara a la de Marx, como si intuyera que su voz no le llegaba diáfana a sus oídos. Le pasa la mano por el rostro. Con los dedos va reconociendo sus ojos, nariz, labios, orejas.

¿Cómo has llegado hasta aquí? No te he visto entrar. Solo he escuchado tus gemidos desesperados.

Marx le señala las vías.

¿Qué vienes a buscar a Boston?

Marx se echa a llorar en ese momento.

Huía de la ciudad y el destino me ha conducido de nuevo a ella.

Andreas se separa y llega al límite del andén y pierde la mirada por ambos lados de la vía. Anhela con poca fe la entrada de un tren que lo saque de esa ciudad sitiada por el frío caliginoso que ahoga a todos y congela sin piedad cualquier atisbo de vida. Andreas y Marx son extraños supervivientes.

¿Y tú? —quiere saber Marx.

¿Yo? No sé dónde voy. Solo quiero huir como tú, pero no hay esperanza.

Marx no tiene fuerzas para consolar a Andreas. A ninguno de los dos les sobra la compasión, mas son conscientes de que se necesitan.

¿Te puedes incorporar?

Sin responder, Marx apoya en el suelo una mano para soportar el peso de su cuerpo y retorciéndose consigue erguirse. Andreas le sujeta por un brazo para ayudarlo a mantener el equilibrio.

No podemos quedarnos aquí —le conmina Andreas.

Con pasos lentos y arrastrados, salen del vestíbulo. La noche les infunde la sensación de que la niebla ha disminuido, pero la falta de un resplandor supone avanzar a oscuras por completo. Ambos sitúan por delante una de las manos para detectar los obstáculos.

¿A dónde nos dirigimos? —quiere saber Marx.

Llegamos enseguida.

Andreas empuja una puerta metálica ancha. Una rampa no muy pronunciada conduce a lo que parece un sótano. La poca luz del exterior se extingue cuando descienden unos metros. Marx no teme que su acompañante le cause ningún mal; Andreas sabe que al que conduce a su refugio no le sobran fuerzas para atentar contra su persona. Son seres indefensos. Ninguno es consciente de los motivos por los que ambos confían en el otro. No hay nadie más en la ciudad de Boston donde encontrar ayuda o simplemente compañía. Habrá más gente en sus mismas condiciones, pero probablemente estén solas, aisladas en su zona de seguridad, sin querer que otro se aproxime a ellos.

Se detienen y Andreas abre la puerta de un automóvil.

Ten cuidado; levanta la pierna para subir.

Marx obedece las indicaciones. Cuando Andreas está dentro, cierra y echa un pestillo que parece servir para bloquear la puerta impidiendo que nadie pueda entrar.

Tenemos que dormir —le urge Andreas.

Los dos se tumban hasta quedar pegados sus cuerpos. Andreas tiende una prenda que parece una manta, ya que les tapa los pies.

¿Cómo has sobrevivido? —quiere saber Marx antes de que el agotamiento lo rinda.

Con nueces, pero las existencias se acabaron hoy por la mañana, cuando me comí la última. Encontré en esta furgoneta un saco lleno y con ella llevo sobreviviendo durante más de dos meses. Solo alimentándome con este fruto seco.

Me hubiera gustado una nuez en estos momentos… ¡Cuánto daría por una nuez!

Andreas se gira hasta ponerse de lado y abraza el cuerpo de su compañero. Como si tuviera más calor que él, intenta transferirle la temperatura que le sobra.

Cuando Marx despierta, supone que tiene que ser de día. Andreas ha permanecido abrazado a él durante todo el tiempo. Teme separarse, porque el dulce confort que los dos se proporcionan desaparecerá de inmediato. Se rebulle despacio hasta que su acompañante comienza desperezarse. Su sueño ha sido reparador y tranquilo, sin las pesadillas que últimamente acuden a atormentarlo. No se hace a la idea de en qué parte de la ciudad se hallan, pero intuye que allí, junto a Andreas, no habrá demasiadas oportunidades de salvarse. Así se lo dice cuando se ha despejado. Le propone que lo acompañe a su antiguo apartamento. No existe una razón clara de por qué debe regresar allí. Lo único que ronda en su mente es Ton y los restos de liebre que con seguridad su amigo no habría sido capaz de consumir. Por otra parte, aunque las esperanzas de que algún atisbo de vida esté surgiendo en las entrañas de la ciudad son pocas, quiere explorar esa posibilidad. Anima a Andreas a seguirlo. No se opone. No tiene nada que lo retenga allí, no siendo ese refugio seguro, pero ya sin víveres. Además la salida de la ciudad en tren era improbable, después de semanas sin circulación. No podía pasarse la jornada deambulando por el andén esperando un convoy.

Se llevan la manta con la que se han arropado. Nada más. Esas son todas las pertenencias de Andreas.

¿No tienes agua potable? —le pregunta Marx.

Espero que algo quede.

Los dos, evitando los pilares de hormigón del garaje, llegan a un grifo cuya tubería está sujeta a la pared con abrazaderas. No hay mucho caudal, pero mana un chorro del que beben hasta saciar la sed. No sienten el hambre, sin embargo, echan de menos el agua. Beben otro trago, conscientes de que pasarán horas hasta que de nuevo hallen otra fuente.

Una lejana claridad por occidente se devana por abrirse paso en esa masa gelatinosa de niebla fría. Los ojos se acostumbran después de unos minutos a distinguir las calles y los edificios. Están desorientados, pero Marx confía en que finalmente hallará el modo de guiarse. Miran a todos lados con inquietud. Es improbable que alguien los pueda sorprender con el ánimo de asaltarlos, pero este temor no desaparece. Es una manera de estar vigilantes. Caminan sin hablar y, si se dicen algo, lo hacen en voz baja por precaución.

No tarda Marx en hallar una arteria reconocible. Sin estar por completo seguro, se determina a seguir una dirección. No sabe cuánto tiempo tardará en dar con su edificio de apartamentos, pero tiene la certeza de que lo encontrará. Ninguno de los dos se detiene a examinar los cuerpos tendidos ni a espantar los perros que husmean alrededor. No son los únicos animales que pululan por las aceras. Es mejor no prestarles atención. La posibilidad de encontrar comida es mínima. Todas las tiendas y restaurantes se hallan arrasados. Quizás quedara algún alimento sin consumir en las viviendas, pero era improbable encontrarlo, después de su saqueo. Ese temor ronda a Marx, que su apartamento, o el de Tom, hubiera sido invadido en busca de migajas. Por eso su afán de avanzar sin desfallecer. Menos mal que la dirección que siguen es la correcta. Está seguro y la confianza en su buena orientación les permite andar con firmeza, aunque continúa la luz mortecina.

No puede calcular cuántas horas han tardado en llegar al edificio, pero el esfuerzo ha sido demoledor. El debilitamiento es palpable. Andreas da la sensación de estar más apurado que Marx, pero es una falsa apreciación. Marx quiere mostrarse más fuerte, pues se siente responsable de la cruzada a la que ha arrastrado a Andreas, mas no podrá aparentar esa fortaleza por demasiado tiempo.

Hallar la llave en el mostrador donde él la dejó es un alivio. Era improbable que el apartamento hubiera sido desvalijado. Llama en vano al portero. Nadie responde. El miedo aumenta al subir las escaleras. La electricidad era de suponer que habría dejado de funcionar desde la última vez que le permitió utilizar el ascensor. Al llegar a la primera planta, inspeccionan las viviendas próximas: algunas puertas están cerradas, otras abiertas de par en par. No entran para no llevarse desagradables sorpresas. Regresan a las escaleras y despacio, sintiendo el dolor de las articulaciones, llegan al cuarto piso. Marx abre el apartamento con la llave recuperada. Después de una inspección ágil, se convence de que todo permanece tal cual él lo dejó. Andreas recorre con la vista el inmueble, como si se sorprendiera de su confortabilidad. Era bastante más cómodo que el coche donde había permanecido las últimas semanas. Por instinto, abre el grifo de la cocina y corre el agua. Ambos sacian la sed.

Quiero comprobar si un amigo se encuentra en su apartamento —le comunica Marx a Andreas para justificar que va a salir.

Desea ir a ver a Ton sin compañía. Confía en que no le haya pasado nada en esas poco más de veinticuatro horas desde la última vez que estuvo con él, pero, por si había acaecido alguna desgracia, no quería que Andreas fuera testigo. Llama a su puerta con los nudillos, al principio con suavidad, para no despertarlo abruptamente en el caso de que durmiera. Como no abre ni oye ruidos, aumenta la firmeza y la frecuencia de los ya puñetazos sobre la madera. No da señales de vida. No puede quedarse sin saber lo que le ocurre a su amigo. Era poco factible que hubiera abandonado la vivienda en el estado en el que lo dejó, aunque antes de derribar la puerta con un fuerte empujón, por un momento, se ilusiona con esa posibilidad. No es así, Ton se halla tendido en el camastro que lo dejó, pero su cuerpo inerte está igual de frío que la temperatura ambiente. No quiere ver el rostro de la muerte. Llorando por Ton, por él, por Andreas, por la ciudad muerta, le echa la manta sobre la cabeza. La cazuela con el guiso de liebre continúa en la mesa tal cual se la dejó. Con ella debajo del brazo, siente que comete un hurto al llevarse la misma comida que él había aderezado, como si, en un momento incierto, el fallecido tuviera la posibilidad de incorporarse y llevarse una tajada a la boca.

¿Qué tal tu amigo?

No está en casa. He encontrado esta comida en un apartamento sin puerta —miente Marx.

No quiere que Andreas sepa que Ton ha fallecido y que esa liebre la había capturado y cocinado él.

Con una cuchara intenta remover el amasijo.

No nos quedará más remedio que calentarlo —aduce Marx como si fuera un trámite sin importancia.

Aún conserva fósforos, y no les resulta difícil encontrar madera rompiendo muebles ya del todo inservibles. Prende una de las revistas de automóviles que coleccionaba, y pronto logran que la hoguera arda.

A Andreas, aunque hace tiempo que no se lleva nada a la boca, le sucede lo mismo que a Ton: le resulta imposible engullir esa carne negra y prieta.

Está dura, pero en buen estado. Seguro que no hace mucho que la han guisado.

Marx trata de dar ejemplo y de infundir confianza en su amigo para que coma, pero tampoco lo quiere obligar al comprobar que tan solo con acercar una tajada a la boca le provoca arcadas. Él se contiene de continuar ingiriendo el guiso. Le resulta ofensivo masticar viendo lo revuelto que está Andreas.

No se molestan en mirar si ya es de noche. La persistente oscuridad transforma el huso horario en una entelequia. No obstante, Marx se percata de que hace mucho tiempo que no oye el ronquido lejano del oleaje y abre la puerta del balcón para salir a comprobarlo. La ciudad se encuentra en completo silencio. ¡Cuánto hubiera dado por oír un grito o una blasfemia! Solo la calma precursora de la muerte murmura una cuenta atrás indefectible. Lo sabe en ese instante. De nada sirven las vanas ilusiones que aún perduran en su ánimo de que aún es factible una segunda huida.

Andreas ya se ha tendido en su lecho y él se acurruca a su lado, buscando su tibio calor y dispuesto a compartir el suyo con su compañero. Le echa el brazo hasta rodearlo. Abrazado a él, advierte que su pecho turgente es el de una mujer. Se queda paralizado y a punto está de hablar, pero se contiene. Andreas duerme y su respiración es suave. Sintiendo la dulzura y la paz que le transmite su compañera, acaba rendido, en paz consigo mismo.




Seis pares de calcetines

  Los visitantes al pueblo solitario llegan de forma regular, con un calendario ignoto para los vecinos, pero aseguraría que muy bien organi...