27/07/26

10. Los secretas

 







La nómina de personas que habían sufrido un ataque era amplia. Comerciantes, trabajadores de Renfe, profesores universitarios, médicos y hasta un concejal del ayuntamiento. La mayoría de estos profesionales habían puesto la correspondiente denuncia en comisaría. El modus operandi no siempre era idéntico, pero los daños sufridos por todos ellos eran de una naturaleza similar y de carácter menor. Nadie padeció ningún daño personal; más bien fueron estropicios en sus negocios, o libelos —también pintadas— en los que se recordaba a los afectados la conveniencia de que rectificaran ciertas conductas juzgadas como injustas por los atacantes.

Mientras revisaba en mi despacho los documentos recopilados hacía ya tantos años sobre esta investigación, me entró la duda de si no me habría equivocado; incluso, de si no me había contagiado de la abulia rutinaria de mis colegas abulenses, al acabar por reconocer que los episodios descritos no merecían un plus de celo por mi parte. A pesar del tiempo transcurrido, me entró una zozobra absorbente al pensar que no había procedido con acierto durante esa investigación. Lo que no vi entonces, se me presentaba en esos momentos con una clarividencia cegadora; incluso sin vislumbrar cuál era el quid de aquellos sucesos, supe con absoluta certeza que no habían sido hechos aislados, como todos los mandos policiales consideramos.

Revisé el diario buscando anotaciones sobre los sentimientos con los que afronté esta misión y la mayor parte de ellas reflejaban cuestiones menores relativas a la impresión que la ciudad y sus habitantes me causaron cada vez que me acercaba desde Madrid a Ávila, comentarios pueriles sobre monumentos, santos o escritores relacionados con la ciudad, pero en ninguna de esas notas figuraba la motivación con la que me enfrenté a esa misión. Hallé, incluso, la narración de alguno de los episodios objeto de mi investigación, sin saber por qué en esos días anoté unos y no otros. Tal vez fuera un procedimiento para profundizar en la naturaleza de los sucesos con el propósito de que la memoria los amarrara con mayor detalle por miedo a que se diluyeran en el olvido.


«Hoy, nada más llegar a comisaría, Severino me ha agarrado del brazo y, sin entrevistarme con Agapito, el comisario, nos hemos dirigido a visitar una tienda de discos que se encuentra cerca de una de las iglesias más representativas de la ciudad, la de San Pedro, situada en uno de los lados de la plaza mayor. Daba gusto pasear por las calles luminosas y vírgenes a esas horas de la mañana. El día recién estrenado invitaba a saborearlo con optimismo. Mi compañero me comentó que el dueño del negocio había interpuesto denuncia porque alguien se estaba dedicando a estropear los discos y las cintas que vendía. No se trataba de robos, sino de hacer el mal por el mal. El buen hombre, desquiciado, pensaba que había alguien que intentaba boicotear su negocio, pero no sabía con certeza quién podía estar detrás de este acoso. Yo me extrañé al oír el relato de mi compañero y lo expresé preguntando que si el negocio tenía tanta afluencia de clientes como para no controlar lo que sucedía en su tienda. Severino me dijo que el deterioro del material se producía siempre la mañana de los viernes, cuando la ciudad se llenaba de vida por los distintos mercados que había ese día. La gente de los pueblos se acerca a la capital a disfrutar de la alegría que siempre reina entre la multitud.

El dueño de la tienda se extrañó cuando nos presentamos como inspectores. Ya había interpuesto denuncia y con bastante seguridad creyó que el asunto se olvidaría en el limbo administrativo. Por otra parte, me dio la sensación de que su visita a la comisaría se había producido en un momento de acaloramiento y con necesidad de desahogarse y que, en ese instante, nuestra presencia en la tienda era inoportuna, aunque no había ningún cliente. Nos mostró el material estropeado. Tan solo eran tres discos grandes, LPs, y un casete al que habían cortado la cinta. No me ha quedado claro si ese era todo el material afectado o una muestra, aunque me inclino a considerar, viendo su actitud, que los estropicios no son más que los que nos ha enseñado. Le he preguntado cómo podía estar seguro de que eran daños causados por alguien y no simples muestras defectuosas llegadas directamente del fabricante. Supongo que ha pensado que desconfiaba de su versión. Me ha explicado que tanto los discos como las casetes vienen plastificados y que son muy pocos los clientes que solicitan oírlos antes de adquirirlos, por lo cual los salteadores tuvieron que retirar el envoltorio para acceder a las fundas. No me ha quedado más remedio que reconocer que era probable la manipulación con el fin de estropear el material. Con una pequeña navaja se podía rasgar el plástico, cortar la cinta y rayar el vinilo. Mi compañero se ha interesado por las sospechas en cuanto a la autoría. El dueño se ha quedado reflexionando unos instantes, no con la mente en blanco, sino como si pasara lista a los candidatos, por lo cual temo que tiene una corte de enemigos suficientes para que alguien lo quiera fastidiar. Sin embargo, no ha sido capaz de nombrar a nadie. Pronto la conversación ha tomado otros rumbos y nos ha comentado los problemas de los comerciantes: los impuestos que soportan, el escaso dinero que tiene la gente, la competencia desleal de los mercadillos.

Después de salir de la tienda, tomamos una caña en uno de los bares que hay en El Grande. Comentando la impresión que nos había causado la visita, los dos hemos coincidido en que nuestra intervención nos parecía ridícula y que perdíamos el tiempo husmeando en asuntos menores no propios de inspectores del cuerpo policial».



Sin embargo, llegó un momento en el que Severino y yo nos hubimos de plantear, aunque solo desde un punto teórico, la posibilidad de que los malhechores siempre fueran las mismas personas. La primera objeción era que no había nexos de ninguna clase entre los afectados. No se conocían, sus negocios eran distintos, no se organizaban en una asociación, no compartían afiliación común a un partido político, no vivían en un idéntico barrio… En el supuesto de que el grupo atacante hubiera sido único, ¿con qué fin lo harían? No encontrábamos una respuesta, mientras que, si considerábamos la autoría individual, en todos los casos intuíamos que había candidatos para atacar los negocios, viviendas y bienes de las víctimas.

A no ser que haya una mano negra que se mueva con una motivación política, no acierto a plantear ninguna otra hipótesis que explique todo esto —acabó por decir Severino.

No profundizó en esta línea de investigación, porque enseguida noté que nada más mencionar la palabra «política» se ponía malo y su cuerpo se removía como si sufriera las molestias de una urticaria. No manifestó las razones por las cuales rehuía el tema, pero sí dejó patente que, en la medida de sus posibilidades, en cuanto a los casos en los que trabajaba, prefería delegar en otros compañeros los asuntos con trasfondo ideológico.

¿Hay mucho jaleo político en Ávila? —le terminé por preguntar a sabiendas del asco que le producían estos asuntos.

Como en todos los sitios…

Entendí que no era buen momento para continuar hablando de esta cuestión. El bar se había llenado y escaseaban los huecos en la barra para que los clientes se acercaran, por lo cual esperaban en una segunda fila a que el camarero los atendiera o que alguno de los privilegiados con hueco en el mostrador se retirara

Al salir, en vez de encaminarnos a la comisaría, mi acompañante me llevó hacia el paseo del Rastro. Me dejé arrastrar sin saber por qué se dirigía hasta allí. La panorámica magnífica del Valle Amblés a la derecha y la espadaña del Convento de Nuestra Señora de Gracia a la izquierda, eran razones suficientes para pasear por esa parte de la ciudad en un día tan luminoso como el que disfrutábamos. Las campanas del monasterio comenzaron a tañer llenando de un sonido metálico y vibrante la amplia avenida.

Severino se disculpó por si su comportamiento en el bar había sido brusco y me explicó que no le gustaba hablar en las barras de los bares de ninguna cuestión profesional.

Uno de los inconvenientes de ejercer en una ciudad pequeña es que te conoce mucha gente. Cuando te das media vuelta, dicen con misterio: «Es un secreta o son secretas». Por eso nuestro trabajo no es tan eficaz como en una gran ciudad donde el anonimato es más sencillo.

Acepté su disculpa, aunque en realidad no me había molestado, y seguí insistiendo en la cuestión. No me interesaba en sí misma la pugna entre partidos por conseguir el poder, o las desavenencias de los recién legalizados con el orden establecido, sino si la policía abulense tenía fichados a individuos de carácter violento que pudieran ser responsables de desmanes semejantes a los que investigábamos. La cuestión alteró el talante sereno de Severino. Daba la sensación de que el asunto se les había pasado por alto.

¡Los dirigentes de los partidos de izquierda nos son más conocidos que la tarara! —Intuí que no quería entrar en el meollo, no obstante, lo dejé seguir— Son individuos que antes de que se legalizaran sus formaciones políticas ya daban la tabarra, pero todos ellos son personas mayores, con la vida hecha, y no creo que aguanten mucho en primera fila en el actual panorama.

¿Y jóvenes con ganas de jarana? —seguí aguijoneando con el mismo tono desenfadado.

No sé —acabó reconociendo la dejadez en este punto de los integrantes de la comisaría abulense.

Mostré mi cara de contrariedad con una insolencia desacostumbrada a mi talante conciliador.

De todas maneras, no será complicado enterarnos con rapidez de si hay jóvenes de la nueva hornada.

No le quedó más remedio a Severino que analizar los distintos sectores con implicaciones políticas. Desde el punto de vista sindical, aseguró que no existían conflictos, por ser la industria un sector minoritario en la economía abulense. Tan solo había una fábrica de furgonetas con una plantilla numerosa, pero aseguró que la mayoría de los trabajadores procedían de los pueblos cercanos y habían ingresado en la empresa por medio de apadrinamiento, por lo cual rehuían cualquier contacto con los enlaces sindicales y eran leales a las personas que les dieron trabajo.

¿Y los estudiantes? —preferí orientarlo en el análisis del panorama político por si pasaba por alto a los universitarios.

Mi pregunta lo dejó hipnotizado mirando un punto indeterminado de la cercana Sierra de Ávila.

No se me había ocurrido y eso que somos vecinos. La Escuela Normal está al otro lado de la calle donde se ubica la comisaría. Sin embargo, me extraña mucho que haya estudiantes con preocupaciones políticas.

También describió el perfil de los futuros maestros. La mayoría eran jóvenes que, después de acabar COU en los dos institutos de la ciudad, prolongaban su etapa estudiantil cursando la única diplomatura que había en la población, muchas veces sin una vocación clara por la docencia. No todas las familias podían sufragar la estancia de sus hijos en Salamanca o Madrid, las ciudades con más relumbre universitario.

Por el perfil de los chicos y chicas que cursan estas carreras, me extraña que haya alguno que tenga inquietudes políticas hasta el punto de comprometerse con causas sociales. La mayoría procede de los pueblos y su mayor preocupación es sacar los estudios y ponerse a trabajar cuanto antes para independizarse.

A veces, Severino me deprimía. Su análisis de la realidad y de los sucesos que traíamos entre manos me desalentaba y creo que, en parte, una de las razones del fracaso de mi investigación fue que me contaminó (no sé si la palabra es la más oportuna) su desánimo clarividente. Reconocía que sus puntos de vista eran acertados y que yo no podía ofrecer otros distintos que contrarrestaran sus conclusiones, pero más que nada era su tono decadente y resignado el que acababa por inocular la apatía en mi ánimo y la atrofia en mi intuición.




No hay comentarios:

Publicar un comentario

14. Jesucristo Superestar

  La vida de un policía va más allá de la parte del día que dedica a sus menesteres profesionales. Vive, sufre y se ilusiona con los aconte...