26/07/26

El camión del carnicero

 

Las vacas pacen indiferentes a cuanto sucede a su alrededor. Con la testa baja, arrancando bocados de hierba con sus largas lenguas blancas, pocas veces levantan los ojos hacia las verdes praderas y las aguas azules que rodean su existencia. No miran al caminante que circula por las veredas que dividen las praderías, distraído en sus pensamientos, observando algún detalle vegetal que pasó inadvertido en paseos anteriores o intentando atraer la atención de los animales que se aproximan a las alambradas que delimitan el terreno donde han de alimentarse.

Su existencia transcurre en los cercados: avanzan y retroceden, giran de un lado a otro hasta que no queda comida. Entonces, el amo las traslada a otra heredad donde la hierba está en su punto para ser pastada. Solo cuando, sedientas, esperan a que sus dueños rellenen los bebederos vacíos o complementen la menguada dieta que el prado ya no puede proporcionar, se acercan a las portillas con la esperanza de que sus necesidades sean cubiertas. Miran anhelantes la incursión de cualquiera, pero se desalientan al no reconocer en el caminante al amo que ha de satisfacer sus penurias. Es inútil que el extraño se dirija a ellos con palabras tiernas para lograr su confianza y que se acerquen a olisquearlo. Más bien se sienten importunadas en su angustiante necesidad de beber o de comer. Si la vaca está criando, mira con recelo a quien llama su atención y, con el rabillo de su ojo ovalado y tierno, vigila a su cría para comprobar que nada amenaza su tranquilidad. Tan solo los aburridos asnos enhiestan las puntiagudas orejas para escuchar palabras que escapan a su limitada comprensión. Si se les ofrece un manojo de hierbas diferentes a las que están al alcance de sus belfos, estiran el pescuezo para oler si se trata de una dulce golosina o son hierbajos malolientes.

Ellas viven en su mundo de soledad y silencio, concentradas en satisfacer su apetito insaciable. En su diario acontecer no hay tiempo para el respiro, salvo cuando rumian, ni para el juego ni para el sueño reparador. Solo en las ocasiones en las que se asean a sí mismas o a sus vástagos con lentos lengüetazos parece que el hambre pertinaz les concede una breve tregua para la relajación.

Los días transcurren en la plácida tranquilidad del campo a orillas del mar. Disfrutan cuando sus terneros se aproximan a sus ubres siempre repletas de leche caliente. Les dejan que se las estrujen y bamboleen con sus belfos tiernos hasta que su vientre se hincha de satisfacción. Ahítos de nata maternal, los terneros crecen con rapidez. Llega el día en que, más por curiosidad que por necesidad, mordisquean los tallos y las hierbas que despuntan, hasta que descubren que esos mordiscos también satisfacen su hambre. Las madres se sienten compensadas al comprobar cómo los pequeños van alcanzando su independencia; sin embargo, les permiten seguir mamando siempre que quieran de sus reconfortantes ubres.

Con la placidez de Arcadia olvidan el temor. Saben que su descendencia se acabará separando de ellas, pero, cuando ese momento llegue, se sentirán seguras de que podrán existir sin que su presencia sea necesaria. Además, otros ímpetus conmoverán sus inquietudes: la esperanza de un nuevo ser que crece dentro de ellas.

Los únicos en alerta son los insatisfechos toros que que viven cada día olfateando a sus compañeras y a los vientos del interior, que los sumen en una incertidumbre sempiterna. Sus compañeras los olvidan y los dejan, sin prestarles atención, en su permanente angustia. Atemorizados, ni las crías se acercan a ellos para conocer su desasosiego. Los ven levantando el morro y olfateando el infinito y los imaginan indefensos en sus tormentos interiores. Sus mugidos pasan inadvertidos en el silencio verde. Tan solo cuando los observan trotando firmes en dirección a la portilla, se convencen de que su miedo es el de toda la manada. En lo alto de la colina, a partir de la cual descienden en suave cadencia las lomas hasta los acantilados pétreos, aparece la silueta del camión. El ruido del motor inunda la inmensa pradera hasta que el tintineo de los cencerros cesa por completo. Con la cabeza levantada, todos los animales miran el lento avance del vehículo. El toro no cesa de mugir y escarbar el terreno blando junto a la entrada, donde aguarda el primero para enfrentarse a la vara del carnicero. A medida que se hace evidente la dirección que sigue el monstruo, las bestias que se quedan atrás se relajan y vuelven a la indefinición de su tranquila normalidad, pero aquellos que divisan cómo el cortejo fúnebre se aproxima a su posición, tiemblan resignados asumiendo un destino irremediable. El camión finalmente se detiene en un cercado. De él desciende el gigante carnicero, junto al esmirriado dueño de los animales. Al lado del matarife, es un acólito insignificante. Señala con la larga vara de avellano a la víctima. Antes de acorralarla, debaten durante unos instantes el precio de la res. La muerte es barata y es el matarife el que impone su criterio. Una vez que se dan la mano, señal del acuerdo final que determina el destino de la víctima, comienza el acoso hasta que forzada y azuzada sube a trompicones a la caja del camión. El vehículo se aleja hacia el interior deshaciendo la ruta. El amo se ha quedado con sus animales. Entra en el prado y camina entre ellos. Levantan la testuz a su paso, pero ninguno se aproxima a lamerlo. El hombre siente una confusa mezcla de arrepentimiento y desconsuelo. Nota su alma deshaciéndose en miles de fibras que se tensionan hasta dejarle el cuerpo dolorido. Su mente es incapaz de pensar en nada. Camina sin propósito, con una determinación ciega que no llega a traducirse en ningún gesto. Esta vez ha sido La Vieja, una vaca seca que ya había criado ocho terneros… Pero mira alrededor y ve cómo, despreocupados y ajenos a la tragedia, los novillos de un año vuelven a pastar sin saber que su destino está cada vez más cerca.

Cuando echa la portera en la entrada y se dirige cabizbajo a su hogar, anticipa que esa noche no podrá conciliar el sueño.

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