Como ya he contado en otras ocasiones, la localidad aislada donde resido ofrece pocas oportunidades para la comunicación humana; a cambio, brinda un contacto continuo con la naturaleza. Nuestra vivienda se abre al mundo por los cuatro lados de la planta rectangular. Por cualquier hueco por el que me asome contemplo casas a lo lejos y, en primer término, nuestro prado y las plantas que jalonan el perímetro de la parcela. Abro la puerta o la ventana y mi mirada se posa en el cielo para comprobar la evolución de las nubes y saber la dirección del viento. Al mismo tiempo, observo a los animales que conviven con nosotros como huéspedes advenedizos. Entre ellos hay muchas aves; algunas se cobijan en nuestra propia casa, como la colonia de gorriones que se refugia en los huecos de las tejas de la vertiente sur de la cubierta. Puedo afirmar con rotundidad que son muy pocas las veces que miro al exterior sin descubrir algún pájaro posado en las ramas de los árboles, en los muros o en los cables de la luz; correteando por el prado, saltando de matorral en matorral o surcando el aire. La mayoría de estos seres son una fuente de placer y de entretenimiento gracias a la afición que despiertan en mí, seguramente, como consecuencia de la falta de estímulos alternativos. A algunas de estas criaturas plumíferas las soporto con espíritu estoico, mientras que a otras las odio y combato con el mayor arrojo que nace en mis entrañas. Esta dualidad de emociones —amor y odio, placer y sufrimiento, comprensión e incomprensión…— no deja de ser un reflejo de lo que les sucede a los seres humanos en su trato con sus semejantes y en cualquier otra experiencia de su existencia. Con el tiempo, fruto de la meditación sobre nuestra condición, he conseguido forjar una personalidad apaciguadora y comprensiva incluso con los seres desagradables, especialmente cuando la repugnancia que me inspiran es de carácter ético. No son estas líneas para hablar de esos seres despreciables, sino de otros: mis amigos los mirlos, de los que deseo dejar constancia de mi admiración y gratitud.
Los mirlos —a los que en esta parte del mundo llaman miruellos— son las aves que durante toda mi vida anterior conocí con el nombre de tordos, animales no muy del agrado de los niños del pueblo donde nací. No estoy seguro de que los tordos de entonces sean los mirlos de ahora. De niño los veíamos como unos pájaros sucios y asquerosos; por eso intentábamos abatirlos con el tirachinas. En cambio, desde que hace ya muchos años nos mudamos a vivir en estos parajes del norte, estos pájaros han sido una feliz revelación. Nunca pensé que un ave fuera capaz de entonar unas melodías tan hermosas. Su cántico, tanto por la mañana como por la tarde, me sigue pareciendo un regalo inmerecido de la naturaleza; por eso les perdono comportamientos que me ocasionan verdaderos quebraderos de cabeza.
Primero fueron sus trinos; después, todo lo demás. Comencé a observarlos y comprobé cómo interactuaban entre sí, con los demás seres de nuestro jardín y conmigo.
Uno de los primeros descubrimientos fue diferenciarlos externamente por el sexo; después, comprobé el distinto papel que cada miembro de la pareja adoptaba en su vida en común. Siempre están juntos; no necesariamente uno al lado del otro, pero interactúan manteniendo cierta distancia y persiguiendo un fin común, sobre todo cuando están criando. Para alguien que no es muy detallista y que presenta infinitas dificultades para identificar y determinar los colores, como es mi caso, este hallazgo supuso un estímulo en mi batalla cotidiana contra el daltonismo, por percatarme de detalles aparentemente inapreciables. Así reparé en la distinta coloración: la de él, negra; la de ella, parduzca, con un minúsculo delantal rojizo. Además de la diferencia de tamaño —los machos son mayores que las hembras—, el pico de cada uno es de distinto color, pues el del macho es amarillo.
La pareja de mirlos que convive en nuestro jardín pocas veces sobrepasa el límite de la finca. Desde antes de que amanezca ya se los observa revolotear cambiándose de una mata de plantas a otra. Son vuelos muy cortos y no siempre aterrizan sobre una rama, sino en el suelo, junto al ramillete de varas de la planta elegida. Creo que pasan buena parte del tiempo ocultos entre la maleza. No sé qué harán, si dormitar, descansar o escarbar buscando alguna larva o gusano. Me inclino a pensar que están meditando, absortos en un mundo arcano para los humanos, porque tienen otras maneras de buscar comida, que me son más fáciles de seguir en su deambular por el prado. Pasan mucho tiempo en la parte norte —los observo a mis anchas desde la ventana de la cocina mientras preparo la comida, sin que ellos sepan que son objeto de mi curiosidad—, en la zona verde a la que el sol solo cubre por la mañana, al amanecer. El prado en esa porción guarda todo el día humedad y la tierra está más blanda. Aquí, dando saltos, picotean el suelo en busca de lombrices.
Sin embargo, su alimentación no siempre perjudica mis cultivos. Con certeza comerán más frutos, insectos e invertebrados que productos de mi huerto; pero, aunque, como he dicho antes, me he resignado a aceptar su competencia con espíritu deportivo, no puedo ni debo dejar que se apoderen de lo que me pertenece. Por eso, aceptando las reglas impuestas por una convivencia inevitable y respetando la inteligencia de cada uno (espero que ellos comprendan que no se enfrentan a un pusilánime, de la misma manera que yo conozco sus artimañas y sé que su vida está orientada exclusivamente a la subsistencia), la contienda con ellos es uno de los asuntos a los que debo prestar atención en este apartado rincón de la extensa tierra del norte. Por suerte, los roces no se producen durante todo el año; comienzan en primavera y duran, como mucho, dos meses. El resto del año, los mirlos son esos pájaros encantadores que me hacen compañía sin pedir nada a cambio. Al escribir este pequeño tratado, reconozco que, por el momento, vivimos un armisticio que me temo se prolongará durante mucho tiempo. He aceptado la derrota en algunos enfrentamientos; otros conflictos del pasado han dejado de existir simplemente porque he renunciado a ser parte opuesta. Sin embargo, no siempre fue así. Pienso que dice mucho de mí saber cuándo no debo enfrentarme a alguien más fuerte o más listo que yo; en ningún caso espero que nadie me considere un cobarde por dejarme amilanar por un pájaro que apenas supera el tamaño de mi puño. Sin ánimo de justificar mi claudicación, contaré algunos de los lances de esa pugna soterrada que se ha prolongado durante buena parte de nuestra convivencia. La derrota más difícil de digerir ha sido la de las fresas, aunque en esta batalla los enemigos no eran solo los mirlos, sino también los caracoles y las repugnantes babosas. Tengo repartidas estas plantas por distintos rincones del jardín. Si digo que en muy rara ocasión he logrado recolectar un tazón de fresas, os lo creeréis. No lo dudéis. Con suerte, si está bien escondido el fruto o he tenido la dicha de cortarlo adelantándome a ellos, he podido disfrutar con fruición del jugoso producto. Las lavo y me las llevo directamente a la boca, saboreándolas con la satisfacción de haberme adelantado por una vez a mis rivales. Incluso si descubro una fresa que empieza a enrojecer, la corto y la dejo madurar, pues sé que, si no, se la comerán ellos. No sé si adivinarán la satisfacción y el placer de saborear mi fresa cuando me contemplan, no muy alejados, posados en los cables de la luz. Les lanzo una mirada desafiante para intentar humillarlos, aunque estoy convencido de que no logro infundir el temor necesario para minar su moral…
Antes de claudicar, llevé a cabo varios planes para proteger mis fresas, siempre con resultados negativos. Recubrí las matas con una red cuyos agujeros eran lo suficientemente pequeños para que no cupiera la cabeza del pájaro. Sin embargo, mientras me centraba en mi lucha contra los miruellos, olvidé a los caracoles y, especialmente, a las babosas, para las que la malla no supone ninguna barrera. Al ver el resultado, mi mal humor se volvió contra estos últimos animalejos y los castigué rociando con ceniza la tierra próxima a las plantas, sabiendo que no se arrastran por ella. Sin embargo, ni con esas fui capaz de proteger mis bienes. La última ocurrencia fue ocultar las fresas con ramas de romero, confiando en que su olor y el carácter punzante de sus hojas, a modo de agujas, ahuyentaran a aquellos animales y ocultaran los frutos maduros de la aguda vista de los mirlos. Todas estas estratagemas han sido inútiles. Año tras año, cosecha tras cosecha, sigo sin poder disfrutar de un tazón de fresas. No las he arrancado; me conformo con disfrutar de alguna que queda a salvo de la voracidad de mis obligados invitados: las he despojado de redes y de ramas protectoras de romero, dejando que crezcan y se expandan con libertad.
Hay un segundo desafío, aunque de consecuencias menores y, en todo caso, reparables. Me refiero a la siembra de alubias para cultivar judías verdes. Son unas plantas muy agradecidas cuando han logrado arraigar y crecer, pero hasta alcanzar ese estado deben tener la suerte de librarse de la avidez de los enemigos del hortelano. Tardé tiempo en descubrir cómo las alubias que yo sembraba desaparecían. ¿Quién era el randa que se las comía? Me atrevo a asegurar que ya lo habrán adivinado. Desde su atalaya aérea, posados en los cables negros del tendido eléctrico, estaban pendientes de la labor que realizaba. En el momento oportuno, seguramente después de esperar unos días a que la semilla germinara, descendían hasta el lugar señalado por la humedad del agua con la que yo las había regado para facilitar su desarrollo.
—¡Ah, ratero pertinaz, te pillé! —exclamé cuando lo descubrí picoteando la siembra—. ¡Así que eres tú, malandrín!
Me resulta muy difícil expresar la satisfacción que sentí cuando los detecté picoteando mis alubias. Creo que el mirlo fue consciente no de su falta, sino de la imprudencia de dejarse descubrir en plena truhanería. Mi alegría tenía además otra explicación porque no consideré que fuera complicado proteger mis alubias. Así empecé a probar distintas alternativas que no siempre resultaron totalmente efectivas, pero sí lo bastante satisfactorias como para considerar que, en esta confrontación con mis amigos los mirlos, el vencedor he sido yo: riego todo el surco y no solo la porción donde está la simiente, para no dejar esa señal mojada donde se halla; protejo el lugar donde están enterradas las alubias con un recipiente de plástico hasta que nacen…
Tras claudicar en mi lucha por el único motivo de disputa entre ambos y dejar atrás las viejas rivalidades, coexistimos en plena armonía. Me siguen pareciendo unas aves fascinantes, aunque quizá me gustaría que demostraran un destello de confianza conmigo, una vez que saben que nunca los perturbaré, pero no creo que pueda disfrutar de una mínima amistad. Por eso me conformo con observarlos y congratularme de su felicidad. A veces creo que son un poco descorteses. Cuando los descubro en la tenada donde guardo la leña, antes de acercarme hago un poco de ruido para alertarlos de mi llegada, ya sea para darles tiempo a salir antes, ya sea para que sepan que soy yo quien va a entrar y no se asusten mientras tiendo la colada en las cuerdas sujetas de viga a viga. Me alegraría observar en ellos una mirada de gratitud por mi sensibilidad, pero hasta esa falta de cortesía les perdono.
El momento de mayor regocijo es cuando están criando. Pocas veces he descubierto el nido donde realizan la puesta, pero, por la zona donde se mueven y rondan, podría emprender una búsqueda más minuciosa hasta hallarlo. Sin embargo, me privo del placer de admirar la perfección constructiva de la cuna donde reposan los polluelos, coretos y feos, con su desmesurado pescuezo y su desequilibrada armadura corporal, porque estoy convencido de que, si los padres saben que he descubierto su recóndito lecho, existen muchas probabilidades de que no saquen adelante a su nidada: en esas semanas de crianza están muy sensibles y vigilantes, especialmente cuando los hijos abandonan la morada en la que se han ido desarrollando. No hay una sola vez que me aproxime a su territorio —y son muchas a lo largo de la jornada— sin que me controlen. El macho negro, en su mirador en los altos cables de la luz, a una distancia media de la secreta cama donde posan sus descendientes, está atento a lo que sucede en su territorio, que es mi jardín. En cuanto me percibe, sin moverse de esa elevación, comienza a emitir su voz de alarma anunciando a su compañera el posible peligro para ella y la prole. Si la hembra está en el nido incubando, no se moverá y soportará la tensión en soledad; si los huevos ya han eclosionado y los polluelos han crecido un poco, será ella, no muy lejos del nido, la que comenzará una retahíla de avisos de alarma a sus hijos, cuyas onomatopeyas son difíciles de transcribir, pero que yo identifico con el mensaje repetido de “no te muevas”, “no te muevas”, “no te muevas”, “no te muevas” … No cesará en sus advertencias hasta que, en el último instante antes de que yo llegue a su altura, levante el vuelo. Una vez que me retiro, regresa a consolar y aliviar la soledad de su progenie.
Mientras los polluelos permanecen en el nido, pocas veces corren peligro, a no ser que el ave más miserable del contorno, el cuclillo, lo descubra y realice la puesta en cama ajena con la pérfida intención de que sea otra madre la que incube su huevo y los hijos legítimos sean devorados por el feroz pollo del cuco cuando la incubación haya concluido. No obstante, la madre tendría que ser muy despistada para que esto ocurriera, pues ha aprendido a diferenciar su huevada de la del intruso y arroja fuera de su colchón de plumas y ramitas lo que no es suyo.
El riesgo mayor, la época más peligrosa, es cuando los mirlos jóvenes abandonan el nido, invitados por la madre. Les cuesta mucho dar el primer salto desde el lugar donde se han criado hasta el suelo. La madre los llama constantemente, aunque siempre hay alguno más miedoso al que le cuesta abandonar su cuna. Esta etapa es muy estresante para los padres, ya que es frecuente que el más miedica no se vea con fuerzas para impulsarse y realizar el primer vuelo y, por tanto, permanezca en su conocido refugio más tiempo que el resto de los hermanos, que son más precoces. Los mirlos han de desvivirse en este complejo proceso: uno de ellos, normalmente el macho, se quedará próximo al hijo débil, mientras que la madre conducirá al resto de la prole hasta los arbustos más tupidos para ocultarla. De nuevo, extenuada, volverá junto a su pollito a infundirle el valor que necesita para abrirse camino en una nueva vida, hasta que, empujado con cariño, consiga dar un torpe brinco aterrizando inestable al pie del arbusto donde sus padres erigieron la casa donde nació. Contento por haber superado la experiencia, con mucho más brío al comprobar que no era tanto el esfuerzo, seguirá a su madre hasta llegar donde se hallan ocultos sus hermanos.
Los enemigos más temibles en estas complejas maniobras del abandono del nido y de la posterior etapa en la que los mirlos pequeños han de aprender a desenvolverse para crecer y madurar son los siempre inoportunos felinos que forman parte de los animales que habitan el jardín. Su alimento preferido son los ratones de campo, pero no renuncian en primavera a cambiar de dieta. Los mirlos padres, con su coraje y su permanente vigilancia, se ven impelidos a moverse en un medio en el que sus hijos corren muchos peligros, pues no son capaces de levantar el vuelo y simplemente efectúan leves saltos o corretean detrás de ellos, sin saber ocultarse por sí mismos de la mirada siempre acechante de los gatos. Cualquier descuido o imprudencia se paga con la muerte. Por eso el traslado de la prole debe ser coordinado por ambos progenitores: el macho que vigila los movimientos de los enemigos y la madre que los arrastra tras de sí moviéndolos de mata en mata buscando el espacio más recóndito donde sus hijos no corran peligro.
Pocas muertes me resultan más dolorosas que las de aves. Rara vez he presenciado el deceso a consecuencia de los zarpazos de los gatos, pero, en numerosas ocasiones, me he encontrado los despojos de sus víctimas: plumaje descompuesto, como un colchón de lana desarmado de sus vellones. Impreco a esos bigotudos animales con los peores deseos que en esos momentos se me vienen a la cabeza… No obstante, la víctima que más me ha impresionado durante el tiempo transcurrido desde que habitamos en estos parajes de soledad y tranquilidad es la de una madre mirlo echada sobre su nido. Su cuerpo estaba como momificado en la postura incubadora en la que se produjo el fallecimiento. El nido se encontraba en una gran mata de jazmín que estaba sujeta a una columna de la tenada. Era un sitio ideal porque el viento del norte no la castigaba. Durante varias primaveras realizaron allí la puesta. Sabiendo que estaban criando, nunca se me ocurrió apartar las ramas para descubrir la huevada o la pollada. Me conformaba, y me satisfacía, con verlos salir o regresar a su refugio de crianza…
Pasado el verano, suelo recortar la planta ya que se expande en todas las direcciones. En esta operación, al abrir un claro, pude observar que en el nido había un animal inmóvil. Me subí a una escalera para poder saber con certeza de cuál se trataba. Con sumo cuidado lo extraje y me quedé de piedra al percatarme de que era una hembra echada sobre el fondo. Inspeccioné el nido y pude comprobar que no existían desperfectos ni señales de que hubiera sido atacado por otro animal. Nunca pude determinar la causa de su muerte, aunque todavía hay momentos en que el suceso vuelve a mi memoria. La única hipótesis que se me ocurre es que la hembra, mientras incubaba, quedó encerrada en su propio lecho, convertido en féretro, cuando los numerosos tallos del jazmín crecieron y tejieron una intrincada red vegetal de la que ya no pudo escapar, muriendo de inanición mientras su compañero la llamaba con gritos de desesperación.
Allí, en la mata de jazmín, continúa el nido, más desbaratado cada primavera que pasa, pero los mirlos nunca han vuelto a anidar en ese arbusto.
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