27/07/26

Turra

 

Cuando regreso a mi lugar de origen, me siento como si nunca me hubiera apartado de él. Aunque haya estado ausente más de tres cuartas partes de mi vida, me siento como si nunca me hubiera marchado. Con solo dar un paseo por sus calles o dirigirme a cualquier paraje, recobro la esencia que mamé de él hasta la adolescencia. Si intercambio unas palabras con la familia o con un vecino, mi habla recupera poco a poco sus mismas cadencias y, cuando regreso a esta tierra siempre verde, han de pasar varios días hasta que mi dicción se va normalizando. Cuando me dirijo al lugar donde nací, me asalta el temor de no reconocer el paisaje ni el rostro de las personas con las que conviví hace ya muchos años. Respiro con ansiedad, pero, nada más ver las encinas, los campos pardos y las paredes maltrechas que delimitan las parcelas, recobro la calma y siento que mi alma se acomoda a esa tierra alta donde el sol es el supremo monarca que impone un clima exigente tanto en verano como en invierno. En esos días procuro empaparme de las personas y del paisaje para volver a la orilla del mar llevando conmigo una parte de ese mundo. Al igual que el viajero que visita lugares nuevos y se lleva algún recuerdo para saborearlo después, cuando regresa a casa, procuro traerme algo que durante unos días prolongue la esencia de aquel entorno. La mayoría de las veces es la familia quien me proporciona ese recuerdo; otras, soy yo quien busca con ahínco algo que me recuerde el lugar donde vine al mundo. No pocas veces me he traído plantas olorosas originarias de sus campos pobres y sencillos. En mi jardín florecen matas de cantuesos, lavanda y, sobre todo, una clase de tomillo que rememora el olor de mi padre. Se trata de una planta con el mismo color que toda la escueta vegetación que cubre los peñascos y las famélicas tierras que solo existen en la lejanía del cielo alto. Es de un color espartano, pardo, desde que nace hasta que muere. Leves brotes verdes pálidos surgen de ella con la suavidad de la primavera, mas, breves y soñados, porque pronto se transforma en la tonalidad general de la planta. Despunta muy poco, siendo su tamaño el de media cúpula vegetal que se eleva unos centímetros del suelo. Su floración pasa inadvertida por las diminutas flores blanquecinas que muestra. Se camufla entre plantas más soberbias de tomillo o se confunde con otras similares, pero con una emanación repulsiva. Dar con una turra supone acariciarla y comprobar si su olor es agradable o repulsivo. Voy preparado para arrancar unas con sumo cuidado con la pretensión de conservar el máximo número de raíces con su correspondiente terrón. Las tomo con cariño, les dirijo palabras de consuelo para que sepan que me van a acompañar, que van a vivir como yo en las tierras bajas que se orientan al norte, que el paisaje va a ser diferente, mucho más fértil, que van a sufrir menos las variaciones de temperatura. Me las llevo con remordimiento, culpándome por esclavizarlas, aunque procuro tomar dos o tres para que no estén solas y el cambio no les resulte cruel. Además, procuro llevar a cabo el expolio lo más cerca posible de la fecha de vuelta. Cuando regresamos, antes de bajar el equipaje, las planto a su nueva casa. Las arropo bien y las riego por primera vez con el agua que las acompañará desde ese momento. Aquí no soportarán el infierno del calor, ni el frío de las heladas profundas; aquí no oirán las maldiciones de los canteros; aquí no correrán peligro de ser devoradas por hambrientas vacas de pasto; aquí no serán orinadas por los traviesos gazapos… Aquí solo recibirán las caricias de mis manos. Sin embargo, a pesar de todo el amor que les profeso, su espíritu es tibio y su ánimo débil, aunque se desarrollan y florecen con hermosas coronas más blancas. Mi único empeño es revitalizarlas. Las he agrupado con tomillos hermanos, con cantuesos familiares y con otras plantas de su mismo color para que les hicieran compañía. También he acabado juntando en un gran brocal de piedra todas las matas de turra para que sintieran el consuelo del contacto. Fue entonces cuando sus pequeñuelas ramitas han estado más enhiestas y el cuerpo vegetal ha crecido. No hay día que al salir al jardín no me pase a ver cómo se encuentran. Les quito la asfixiante hierba que se empeña en oprimirlas; remuevo un poco la tierra para retirar las raíces que ahogan su leve existencia o para secar la invasora humedad que intenta pudrir sus delicados hilos vitales subterráneos. Una vez recibidos mis cuidados, las acaricio deslizando la mano sobre ellas para inspirarles confianza. Desprenden un perfume que me devuelve al mundo de berceas, chaparros, encinas y piornos; me hace revivir la soledad y el silencio de los días de campo; evoca los juegos de mi niñez, saltando de piedra en piedra u ocultándome en las oquedades que estas formaban caprichosamente; trae a mi memoria las leyendas de mi abuela; rescata, incluso sin yo quererlo, las frustraciones más amargas de mi vida y, sobre todo, me hace sentir la presencia de mi padre cuando regresaba exhausto de la cantera o de segar la mies ajena.

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