En el pueblo de pocos habitantes, los animales se convierten en vecinos a los que observas sin dirigir la palabra, como sucede en las grandes urbes, en las que los caminantes se cruzan sin intercambiar ni tan siquiera un saludo. En la localidad donde vivo, contando personas y bestias, no llegamos a cien. Una diferencia entre unos y otros es que estos últimos pasan la mayor parte del día en la calle, casi siempre en la más transitada, seguramente porque ellos también buscan el contacto.
Hace ya un tiempo que desapareció Duque, un cocker spaniel inglés. Se esfumó de la misma manera que apareció; es decir, sin que nadie supiera de su final ni de su origen. La presencia de animales que vagan, al igual que peregrinos, es frecuente, pero, como estos, su paso es fugaz. En cambio, Duque se quedó para siempre, pues he de suponer que su destino final no fue otro que la muerte natural, debido a su edad, ya que fueron muchos los años que convivió con nosotros. A veces era entrañable; otras, odioso, sobre todo, cuando estaba tumbado en el asfalto en la mitad de la carretera; lo divisaba a cien metros y ya disminuía la velocidad para darle tiempo a que con su parsimonia habitual se incorporara y se desplazara a la acera. Desde el momento en que oía el ruido del coche, se quedaba mirando hacia él y, cuando el vehículo se aproximaba, fijaba la vista en el conductor, pero con una mirada torpe y miope, de tal modo que hasta que no paraba delante y notaba mi cara de enfado, no hacía ademán de levantarse. En alguna ocasión estuve tentado de no esperar, abrir de repente la puerta y apartarlo de un empujón con la pierna. Nunca fue necesario llegar a tanto, porque tenía el don de incorporarse en el último instante y apartarse unos pasos de la calzada. Una vez reanudaba la marcha, lo primero que me venía a la mente era cómo ese animal, con ese comportamiento, no había sufrido ningún accidente. La verdad es que los conductores habituales —los esporádicos eran escasos— conocíamos el peligro de la carretera que dividía en dos el barrio, no por la presencia de viandantes, sino por la libertad con que perros, gatos, gallinas, patos y ocas circulaban por ella, o incluso la usaban como cama caliente para dormitar los días soleados.
He mencionado que el animal se pasaba buena parte de su existencia recorriendo la carretera, que hacía las veces de calle mayor. No obstante, en realidad poco sabíamos de su vida más íntima. Todos podíamos observar que el rostro de Duque transmitía sosiego, pero también un aire de melancolía resignada. Rara vez observé un cambio en el rictus permanente de seriedad eclesiástica. Esta nostalgia era más llamativa en un ser hermoso: su pelo color canela, sus ojos acuosos, las grandes orejas colgantes con la flacidez de las ramas de un sauce, sus extremidades y su cuerpo cubiertos con unas greñas brillantes y sedosas… No solo era hermosa su figura, sino también su forma siempre armónica de trotar o caminar, nunca de correr juguetonamente. Solo le descubrí alguna chispa de alegría cuando le hacía compañía Lúa, su amiga del alma, una perrita negra, más viva y lista que el hambre. Pero Lúa no era libre; su vida dependía de un amo que solo de vez en cuando le daba rienda suelta para salir a la calle. Con frecuencia Duque merodeaba la casa de Lúa esperando el milagro de la breve libertad. Otras veces, los dos se juntaban, aunque separados por la puerta de barrotes. Primero se olían y, después, se tumbaban mirándose separados por el obstáculo metálico. Cuando Lúa acompañaba a Duque, los dos subían y bajaban por la acera con un andar alegre, curioseando las novedades que podían suceder en un lugar apartado. Cuando se cansaban, se echaban, pero nunca en sitio peligroso, pues Lúa era una perrita mucho más juiciosa.
Algunos vecinos, al cruzarse con el animal o al pasar este delante de sus viviendas, lo llamaban para acariciarlo u ofrecerle algún alimento, pero rara vez prestaba atención a a aquellas muestras de cariño. Eso no quiere decir que rehusara la proximidad de los seres humanos, sino que por razones indescifrables Duque los elegía. Todas las casas del pueblo tienen delante un pequeño jardín o simplemente de un patio sin puerta que impida el paso. Duque entraba y se sentaba, bien a los pies de la puerta, si el hambre lo apretaba, esperando a que le ofrecieran algo de comer; bien en el sillón o en la alfombra, si solo necesitaba descansar un poco. No entraba por voluntad propia en el interior; tampoco se oponía ostensiblemente a hacerlo; sin embargo, enseguida buscaba la salida. Sé que muchos lo pretendieron adoptar; no quiero decir que lo amarraran para que no huyera; no, solo intentaron que no durmiera al raso una noche de viento y lluvia o, en vez de comer fuera, que comiera en la cocina, con la intención de hacer ver al perro que su vida sería más confortable en ese hogar que en la inclemencia del barrio. No digo que nunca conviviera unos días con alguna familia, pero siempre Duque acababa por elegir la libertad y, a la menor oportunidad, volvía a deambular por el barrio. Con el tiempo todos comprendieron que el animal era dueño de sí mismo, que no necesitaba la protección de nadie, que su tristeza y su continua añoranza de algo incierto eran parte de su existencia y que nada ni nadie podía paliar esa indefinible e insoportable melancolía. Nos costó a todos aceptarlo tal como era, como a mí me costó admitir su derecho a interrumpir el paso de mi vehículo. Con el tiempo he aprendido a añorar su presencia, ahora que ya hace tanto que desapareció, como también lo hizo la pequeña Lúa… Aún hay veces en que me encuentro, en la calzada, gallinas o incluso patos cruzando el puente para dirigirse al segundo tramo del arroyo, pero ninguno de ellos impone esa parada obligatoria que solo Duque sabía exigir.
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