28/07/26

Seis pares de calcetines

 

Los visitantes al pueblo solitario llegan de forma regular, con un calendario ignoto para los vecinos, pero aseguraría que muy bien organizado por ellos. Siempre aparecen en la puerta de la vivienda cuando creías que ya habían regresado a su país de origen, en el caso de los extranjeros que venían vendiendo artículos variopintos; o los padres con hijos pequeños a su cargo habían logrado salir de la indigencia gracias a la bondad de algún empresario que los había contratado; o los gitanos habían dejado de pedir para ejercer de vendedores ambulantes en los mercadillos; o los minusválidos vendedores de lotería habían sido agraciados ellos mismos en el sorteo para el cual vendían boletos; o los testigos de Jehová habían dejado de predicar por haber perdido la fe. Por este motivo, cuando se los veía, la primera sensación era de desazón por haber errado con la hipótesis planteada sobre su ausencia.

Otra razón para sentirse a disgusto con estas visitas es que, como todas las llegadas sin avisar, casi siempre coincidían en el peor momento posible de la rutina diaria: o estabas pendiente de alguna fritura en la cocina; o aún no te habías quitado el pijama; o estabas inmerso en una riña familiar; o planchabas; o atendías una llamada telefónica. No es de extrañar que lo primero que se te pasara por el caletre fuera mandarlos a hacer puñetas por interrumpir en el momento más inoportuno; la segunda, como he apuntado antes, la de admitir que la explicación que uno se había dado sobre su ausencia era errónea.

La manera de tratar a estos visitantes sigue siendo hoy día motivo de controversia entre nosotros. Mientras yo soy partidario de despacharlos sin contemplaciones, mi mujer se deja enredar por los discursos que hábilmente zurcen con la consiguiente apelación a la caridad cristiana, no siempre planteada en términos teológicos. La negociación entre nosotros para lograr una solución satisfactoria para las dos partes no ha sido sencilla, porque nuestras posturas eran muy contrapuestas, aunque la voluntad de llegar a un acuerdo ha estado siempre presente. Mi postura ha sido contribuir esporádicamente con algún donativo; para mi mujer, en cambio, despedir con cajas destempladas a alguien sin el correspondiente donativo es imposible. Es un asunto irresoluble. Esta es la razón por la cual, cuando vemos a algunos de estos peticionarios merodeando por nuestra casa, nos despistamos para no ser el uno o la otra los que nos enfrentemos al visitante. Como última concesión, le he propuesto, ya que le es imposible despedirlos sin más, que les dé la propina que estime oportuna, pero que, por favor, no les compre nada. Se calla, lo cual es señal de que no la convence.

Si nosotros hemos ido conociendo a nuestros visitantes, estos también nos han ido calando. Ya saben dónde deben insistir en sus pretensiones porque anteriormente obtuvieron lo que pedían; de igual modo, aunque llaman invariablemente a todas las puertas, ya conocen a los vecinos que los han desairado. Teniendo presentes estas variables, se presentan ciertos días y a determinadas horas, esperando que les abran la puerta las personas que suelen atenderlos. Por supuesto, hay ocasiones en las que yerran y se dan de bruces con quien no esperaban que les abriera. Recitan su retahíla de argumentos emotivos para conseguir un donativo o vender el producto que ofrecen, mas lo hacen con bastante menos entusiasmo y convicción. Si la sorpresa es monumental, se quedan casi sin palabras o tan solo alcanzan a decir: «¿No está tu mamá?», si es un hijo quien les abre; o «¿No está tu esposa?», si es el marido malencarado quien los interroga con su mirada furibunda.

Aunque llevamos viviendo muchos años en esta localidad apartada, la cuestión de cómo atendemos a estas personas que recorren nuestras calles pidiendo sigue sin resolverse. Ha pasado a ser uno de los pequeños conflictos de pareja que se amontonan y terminan olvidándose porque ya se les ha tratado de zanjar de tantas maneras y en tantos momentos diferentes que, al final, aburridos, se dejan por imposibles. Sin embargo, de vez en cuando, hay un asunto que me perturba. Hay un marroquí taimado —lo digo convencido— al que no conozco porque nunca aparece cuando estoy yo; o, si estoy, evita aparecer por miedo —qué sé yo— a una reacción incontrolada por mi parte. Este joven norteafricano llama a mi mujer su amiga porque siempre le compra. Sé que es así porque he oído a mi hija darle el recado de que había ido a verla su amigo. Por eso digo que estoy deseando contactar con tal individuo, a ver si a mí también me llama amigo. Diréis que soy un maniático y espero que no penséis que soy un racista de mierda. No soy, ni mucho menos, ni una cosa ni la otra. Pero del mismo modo que digo una cosa, digo la otra. No puedo soportar y me lleva el diablo y no dejo de echar pestes cada vez que abro la puerta del armario y me encuentro otros seis pares de calcetines. Aunque viviera doscientos años, no creo que llegara a desgastar todos los pares de calcetines de hombre que ese maricón le ha encasquetado a mi mujer durante los años que llevamos viviendo en esta localidad, donde nadie se pierde, salvo ese cabrón.

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