09/06/24

23. El divorcio

 

Ambrosio Escaleras, el sabueso que había enviado la Dirección General de la Policía, según las cábalas que se habrían formado los salmantinos y el propio Chomín, se encontraba más perdido que un pulpo en un garaje. Ciertamente, ese tipo de investigaciones o, mejor dicho, interrogatorios, solían ser vacuos en cuanto a resultados. Buscar pistas a través de preguntas a testigos precavidos de antemano, seguros de no verse inculpados en el asunto, era perder el tiempo y estar abocado al fracaso más rotundo que le puede suceder a un policía: perderse en los vericuetos de los cuestionarios indagatorios y no entrar en acción. No era ni levemente parecido enfrentarse a un delincuente o a un inculpado al que se le ha pillado con las manos en la masa que a esos leguleyos de la ocultación y la mentira más hipócrita. Los allegados del finado no se oponían a que los entrevistaran, pero nadie soltaba prenda que pudiera dañar la buena imagen del diputado y profesor. En esas circunstancias, el inspector escuchaba las contestaciones de los correligionarios del congresista del mismo modo que el que oye el ruido del tráfico en una gran ciudad: siempre presente, pero sin prestar atención.

Las palabras se desgranaban entre los afilados y blancos dientes y los belfos carnosos de los declarantes y, bien por saber el tedio que le iban a producir las respuestas, bien por ser hora de agasajar a los estómagos como era de ley, según las costumbres de Chomín, Escaleras las dejaba escapar por el espacio invisible de la habitación. Su concentración se atenuaba cuando las interpelaciones eran sobrepasadas con pértiga, sin entrar a desmenuzarlas. Así las cosas, el interrogatorio se perfilaba como algo formulario y monótono, no como el medio policial por antonomasia para descubrir a los arcanos del crimen y del delito. El investigador de la capital era a ráfagas consciente de su debilitamiento en la contienda verbal; luchaba por espabilar una modorra galopante que le daba vueltas en el cerebro, como si su voluntad estuviera siendo trillada por una pareja de burros perezosos; mas el sopor del confort y de la alocución aséptica y bien modulada vencía sus ánimos devaluados. Quizá porque al final el sentido de responsabilidad y cumplimiento del deber derrotan a la desgana en la lid, a Escaleras se le hizo patente la necesidad de preguntar lo que fuera para lograr que la luz despejara las tinieblas de ese caso tan hermético. La persistencia es la segunda gran cualidad que debe adornar al buen policía en su investigación y estar preparado para cuando surja la sorpresa. Con dicha premisa, notando la revivificación de sus energías, miró de cara, uno a uno, a los dos diputados y sin llegar a ser una muestra de enfado manifiesto, sí que se convirtió en un acceso del que se siente tratado como si fuera tonto.

¡Bien! Miren. Vamos a dejar las cosas claras, que el que más y el que menos aquí está muy ocupado. No sé si ustedes se hacen una idea del asunto que hay entre manos. Un diputado, elegido por esta provincia, compañero suyo, ha sido asesinado en un museo madrileño en circunstancias raras, por denominarlo de alguna manera. El caso es intrincado, porque ya de por sí el lugar que el asesino eligió para liquidarlo no es habitual en un crimen. Móviles aparentes como el robo no existieron en la mente del que se lo llevó por delante… Todo es muy extraño, como el hecho de que a un salmantino se lo vayan a cargar en Madrid. ¡Seamos claros! En una ciudad pequeña la gente se conoce. No me vengan, igual que los profesores, con remilgos de ningún tipo, ¡joder!, ¡que no somos tontos! Aquí no se habla claro.

Chomín, sorprendido por la inesperada reacción de su colega, lo apoyó mirando con la misma firmeza a los dos diputados.

Seamos claros, como dice mi colega —metió baza el barbudo policía—, nadie se cree que por razones políticas y por motivos escolares apuñalen a un hombre, pero la vida de Eustaquio se centraba en estas dos actividades primordialmente y aquí es donde investigaremos con ahínco hasta dar con la clave que nos explique este desagradable acontecimiento. Por eso, aunque sea doloroso para ustedes y para su partido, deben colaborar con nosotros de la manera más diáfana para clarificar cuanto antes este crimen, porque si no las dudas y las medias verdades comenzarán a pulular en boca de todos.

El asunto no sabemos cómo se solucionará, pero que a nadie quepa duda de que se esclarecerá como sea, con su colaboración o sin ella, aunque mi consejo es que deben mostrarse más abiertos y menos desconfiados —dijo resueltamente Escaleras, deduciéndose de sus palabras una firmeza ignota.

En la amplia sala, aséptica y funcional, por unos breves instantes reinó un silencio amenazante. Las bocas permanecían selladas y las miradas se perdían en detalles insignificantes que decoraban las paredes: el retrato de Pablo Iglesias, el de Felipe González o los insípidos cuadros de motivos ornitológicos que colgaban desperdigados en las pálidas paredes.

Seamos francos —volvió a imprecar Chomín—; estamos interesados en resolver el caso como sea, pero me imagino que al partido le sucederá tres cuartos de lo mismo. Y, cuanto antes brille la luz en este trágico suceso, mayor será el beneficio para ambas partes, para el partido y para la policía… Despejad los problemas entre vosotros y comunicadnos lo que nos puede servir en las investigaciones. Si no, los acontecimientos se pueden desbordar. No hablo en parábolas; me refiero a que, si no se ve colaboración, quizá la prensa, con cuatro conjeturas, formalice hipótesis escandalosas sobre vuestro grupo político.

Estas intervenciones se transformaron en una puya que los diputados captaron como provocación descarada y sin fundamento; no obstante, no osaron reaccionar violentamente. Asumieron la reprimenda, reflexionando que era lógico que los policías sospecharan que no eran imparciales y hasta que creyeran que no contaban lo que sabían. Sus frases hirientes se podían interpretar como una técnica de provocación necesaria para aguijonear su amor propio e incitarlos a hablar de forma más desinhiba. Por todo ello el diputado nacional, más sereno y capeado que el provincial, dijo que, aunque les parecieran evasivas, sus respuestas no lo eran ni mucho menos.

Casi me imagino cómo se sentirán ustedes en estas pesquisas, pero les aseguro honradamente que las informaciones, pocas o muchas, que les hemos ofrecido son sinceras y que no ocultamos nada… Por lo menos, nada conscientemente —confesó con sinceridad, como si se excusara por no ser más útil.

Ambos policías permanecieron en silencio mientras evaluaban si las palabras del diputado nacional podían ser ciertas. En rigor, era muy comprometido pensar que los estaban engañando, aunque por la naturaleza de los sospechosos —para un policía cualquiera lo puede ser— debían andar con cuidado, pues esa ralea de personas son unos artistas del lenguaje y unos actores excelentes que despistan al más enterado. Sin embargo, llegar a una conclusión sobre el particular era harto difícil. Por eso, una vez que habían arriesgado su actuación apostando por un tono agrio, pujante y agresivo, no les quedó más remedio que continuar en esa línea, aun sabiendo que era muy aventurado y que podían meter la pata hasta el fondo.

Por cierto —intervino Escaleras, cambiando de tercio inesperadamente, cuando los diputados esperaban una continuación de la reprimenda—, no sabemos casi nada de su vida familiar. ¿Nos pueden poner un poco al corriente?

El diputado provincial, más ducho en cuestiones domésticas, fue el que dio cumplida cuenta de dichos pormenores. El profesor vivía solo, estaba divorciado desde hacía por lo menos siete años. Recordaba perfectamente a su mujer, pues en alguna ocasión habían coincidido, aunque no eran amigos. En ese momento le pareció oportuno proporcionar un dato para justificar que él y su pareja no fueran amigos del profesor y de su esposa: ellos pasaban los sábados y los domingos en un pueblo que no llegó a nombrar, porque era muy raro y totalmente desconocido, si bien aseguró que se hallaba próximo a las Batuecas. Amplió la información afirmando que no solo disfrutaba allí de los fines de semana, sino también de las vacaciones navideñas y de las estivales. No había vuelto a ver a la exmujer del diputado, pues cuando se separaron se trasladó a vivir a Madrid con las dos hijas habidas en el matrimonio. Ni él ni el compañero se acordaban con seguridad de cómo se llamaba. Pronunciaron varios nombres: Alicia, Berta, Amelia, Antonia… El diputado provincial creía seguir una pista que irremediablemente lograría éxito. Este rastro no era otro que su nombre comenzaba por una de las dos primeras letras del abecedario. El profesor mantenía excelentes relaciones con su exmujer. Se sabía, aunque él nunca realizara ningún comentario de esos asuntos, que siempre que viajaba a Madrid visitaba a su familia. Hasta era probable, añadió, que en muchas ocasiones se hospedara en su vivienda, en vez de en el hotel reservado para los diputados. Es más, incluso se iba allí bastantes festivos. Eso sí, bien el domingo a última hora, bien el lunes a primera, regresaba a Salamanca. Quizá esa relación tan amistosa que mantenían se debía a que ella era una persona muy inteligente y la fractura matrimonial la llevaron de una manera tan civilizada que prácticamente no rompieron, sino que quedaron como amigos con una responsabilidad común: la educación de sus dos hijas. La causa de su ruptura era desconocida, aunque era fácil de adivinar, sabiendo la condición de calavera del profesor. Fue su mujer, por supuesto, la que dio el paso para largarse. Ella lo quería, pero no soportaba sus continuas trapisondas y aventuras amorosas. Debió de ser bastante discreta, aunque no lo tan tonta como para soportar por mucho tiempo las debilidades de él; probablemente, se concedió un plazo, no porque creyera en la capacidad de regeneración de su marido, sino por esperar a que las hijas, en una edad crítica, habidas una de detrás de la otra, superasen esa etapa en la que la ausencia de la figura paterna podría resultar más traumática. Debieron de tener muy clara la situación, ya que consiguieron el divorcio en un abrir y cerrar ojos. Ella regresó a Madrid, se instaló en un piso de soltera de su propiedad y se puso a trabajar de nuevo. El diputado creía que era una prestigiosa decoradora de alto nivel.

A Escaleras le apareció una mueca de contrariedad en el rostro. Era una pena que la esposa, que debía conocer tan bien al asesinado, se encontrara en Madrid. Al apreciar a los inspectores pensativos, el diputado provincial detuvo su pormenorizado relato. Tuvo la vaga sensación de que examinaban demasiado sus sinceras palabras.

¿Dónde vivía Eustaquio? —preguntó Escaleras, como si acabara de descender de una nube misteriosa en la que se hubiera aislado durante un tiempo indefinido.

A Chomín le sentó mal que formulara esa pregunta a los políticos, pues quedaba en entredicho el prestigio y la valía de la policía salmantina. Antes de que los diputados dijeran la dirección, le guiñó un ojo al madrileño y este rectificó rápidamente.

Bueno, es igual. Ya nos apañaremos nosotros… De momento creo que es suficiente. Si tuviéramos necesidad de hablar con ustedes, ya nos pondríamos en contacto.


22. Buscar cinco pies al gato

 —… en realidad, solo los molestaremos unos momentos para formularles unas preguntas.

A la faz de Escaleras regresaron la serenidad y el equilibrio muscular proporcionados in extremis por el hallazgo súbito de la palabra y la expresión justa, que lo ayudaron a huir del atolladero por el que se dirigía, fruto de la inconsistencia y la turbiedad de sus intenciones. El dominio del lenguaje, la fiera indomable, era para él una batalla permanente que le llevaba a desear lograr coherencia y luminosidad en su discurso. Momentos había en los que por su boca solo fluían oraciones simétricas y redondas, con una naturalidad y una claridad mental digna del más elocuente orador. Eran instantes que saboreaba con fruición. Orgulloso, olvidaba las veces en las que se atascaba, en las que las palabras, cuyo perfil significativo era inseguro, huían de la pronunciación, retirándose al reino del olvido, como duendes que se dejan ver cuando desean y, si no, se ocultan juguetones. Con ser harto incomprensibles para él mismo estas contradicciones lingüísticas, mucho más lo eran para los íntimos, sobre todo para su mujer, que cuando lo oía farfullar ininteligiblemente se desesperaba. Él recibía esas reprimendas matrimoniales resignado, sabiendo que su mujer estaba más cargada de razón que un santo. Se callaba y evitaba poner mala cara, aunque era inevitable enfurruñarse. Le servían de poco las regañinas y las correcciones pacientes y repetidas de su mujer. Casi eran contraproducentes, porque al contestar lo hacía con engolamiento, vocalizando en demasía, como si solo se centrara en la sonoridad de los vocablos, olvidando por completo otras facetas, como las sintácticas, semánticas o, incluso, de sentido. Entonces, hasta los refranes y las frases hechas las decía al revés o con otros términos, próximos a los de los aforismos que deseaba expresar. «Buscaba cinco pies al gato», «diferenciaba de la mañana al día»… Eran segundos angustiosos, pues Ambrosio creía que su lengua de trapo era un castigo o un grave defecto físico, similar al sentimiento que puede acompañar a un ciego, a un manco o a un cojo. Sin embargo, pasados esos instantes de apabullamiento y conmiseración, una fuerza desconocida brotaba de sus entrañas para proponerse corregir esos errores y luchar con esa bestia indómita hasta conseguir amaestrarla. En esa etapa, hasta se alegraba de que junto a él permaneciera su consorte, como bastión firme al que asirse en su pugna por aproximarse al arte de la elocuencia.

Él es un inspector de la Brigada Central de Madrid y yo soy un compañero de aquí, de Salamanca —intervino Chomín, como si de repente se hubiera dado cuenta de que no se habían presentado y, también, para que los diputados se hicieran cargo de la oficialidad y legalidad de los trámites que se veían obligados a cumplir.

Por cierto, ¿quién es el máximo dirigente de un partido político a nivel provincial? —preguntó a tontas y a locas Escaleras, recordando las dudas que hacía poco habían surgido entre Chomín y él.

Los diputados, puestos en una posición ya fortificada y preparada para el acoso verbal, sin percatarse de la inocencia de la pregunta y de su puerilidad, contestaron que el máximo responsable del Partido Socialista era precisamente, hasta que se convocara una asamblea de afiliados para la elección del cargo, el difunto.

¡Ah! Preguntan por… Sí, hombre, el dirigente con más autoridad en el escalafón es el secretario. —Y rio nerviosamente al saber que un proyectil verbal, aparentemente inofensivo, había abierto boquete en sus defensas—. En realidad, la organización política de la provincia es un reflejo de la del partido a nivel nacional y regional. —Alargó el discurso para disimular el efecto un tanto perturbador de su desliz y recomponer su compostura fría e inaccesible.

Así que el que llevaba el partido en Salamanca era don Eustaquio —entró de lleno Escaleras.

Sí, efectivamente era así —intervino el de la Diputación, no dispuesto a adoptar un papel secundario en el interrogatorio—. En teoría… No obstante, en el día a día, en la práctica de la acción política y social, podríamos decir que el profesor, como era conocido entre nosotros, se había desentendido desde hacía bastante tiempo, delegando las cuestiones meramente locales en manos de gentes humildes dentro del partido. En parte era obligado, porque sus compromisos políticos en el Congreso eran tantos que difícilmente podía compatibilizar todos los asuntos. ¡Claro!, por si fuera poco, cuando se encontraba en Salamanca le interesaba más la docencia que la organización del grupo. Su oficina casi siempre estaba vacía. Si venía por la sede, hablaba con cualquiera que se encontrara sin entrar en muchas profundidades y saludaba a los afiliados con simpatía, sin apenas sentarse en su despacho. A veces, ni se acordaba de recoger la correspondencia que se le acumulaba en la mesa.

En parte es así —continuó el representante a nivel nacional, aprovechando que el provincial se había quitado las gafas para empaparse con un pañuelo primorosamente bordado un sudor frío que le fluía de la nariz, impaciente y receloso de que su homólogo menor desempeñara y asumiera explicaciones que le eran propias por ser compañeros de fatigas en el Congreso—, pero la estructura y la organización de los partidos no es la más viable para estar en contacto con todos los problemas que aquejan a nuestro país. Lo que está muy claro es que, si eres diputado, pasas más tiempo en Madrid que en tu circunscripción. Esto es indudable y no vale darle muchas vueltas, a no ser que queramos remodelar todo este tinglado. E inevitablemente conlleva un alejamiento de las bases. Sin embargo, el caso del profesor, como puede ser el mío, no lo voy a negar, no son los que más claman al cielo. En otras provincias, los diputados electos ni son, ni viven, ni tienen puñetera idea de lo que se cuece a su alrededor. Eustaquio y yo somos helmánticos de pura cepa y residentes aquí desde siempre.

Chomín había retirado levemente el sillón en el que se aposentaba, como si su mente estuviera más pendiente de las cañas que en toda regla debería estar tomándose en esos momentos que de lo que se guisaba en esa entrevista; sin embargo, cuando los diputados mencionaron el hecho de considerarse salmantinos, los miró con descaro y no ocultó una expresión de escepticismo.

Entonces, ¿el profesor no se enteraba demasiado de lo que sucedía dentro de su propio partido aquí, en Salamanca? —ahondó el inspector de Madrid.

No, no es eso exactamente —comenzó contestando el delegado provincial, sin tener muy en cuenta la presencia de su compañero—. No. El profesor, desde que se afilió (y hay que indicar que era uno de los militantes más veteranos de la organización), lo ha controlado. Primero localmente y después, también, cuando dio el paso a nivel nacional; es decir, que, incluso siendo diputado, siempre ha tenido en un puño a los afiliados en Salamanca. Tal vez en los últimos tiempos se hacía patente un cierto desinterés, pero a lo mejor era un espejismo que alguno de nosotros interpretamos erróneamente. Lo que es evidente es que, aunque no viniera mucho por la sede, el profesor, a través de sus fieles, estaba informado hasta de los menores detalles.

El diputado nacional añadió, como si la información de su compañero reflejara una visión peyorativa de la organización que representaban, que, aun diciendo la verdad, no significaba que dentro del partido hubiera luchas personales por dominarlo. Allí, a pesar de las discusiones ideológicas y de las interpretaciones de tácticas de acción, lo que primaba al final era el compañerismo. En ese sentido, el profesor había sido un líder carismático por sus dotes de organizador y por sus derroches de simpatía no solo en Salamanca, sino también en toda España gracias a su tarea en el Congreso.

¿Qué papel jugaba el profesor dentro del partido a nivel nacional? —continuó con el interrogatorio Escaleras.

Bueno, pues era transcendental. Era nada menos que miembro de la ejecutiva nacional. —Ante la cara de duda de los policías el diputado creyó oportuno dar alguna información adicional—. Sí, es bastante sencillo. La ejecutiva es el máximo órgano colegiado. Son unos cuantos militantes, creo que no llegan a veinte, que se encargan de dirigir la organización en las cuestiones primordiales. El profesor ha sido uno de esos privilegiados desde que el partido llegó al poder en 1982… No es preciso encarecer su personalidad. A pesar del papel tan relevante de su cargo, jamás se le conoció comportamiento ni detalle que significara arrogancia y orgullo, más bien todo lo contrario: sobriedad y humildad eran las notas características de su trato con nosotros.

Notando que los elogios del difunto borraban la visión más realista y concreta, que era la que más jugo tendría para sus pesquisas, Escaleras los interrogó sobre posibles rencillas entre los afiliados, sobre todo entre aquellos que tuvieran mando.

Estas luchas existen hasta en las mejores familias —intervino de nuevo el diputado provincial, como si los asuntos caseros fueran más de su incumbencia—. Las que nos acechan aquí, en Salamanca, son parejas a las que dominan en las altas esferas del partido y son conocidas, puesto que son difundidas por los medios de comunicación. Fundamentalmente hay dos tendencias enfrentadas desde hace bastante tiempo, que los periodistas llaman, según los casos, oficialistas o felipistas y renovadores o guerristas. Si bien los líderes nacionales intentan en las declaraciones de las ruedas de prensa negar el enfrentamiento de las dos corrientes, este no se puede ocultar porque clama al cielo. Los roces son continuos, pese a que se procura que el asunto quede soterrado. Entre nosotros sucede exactamente igual. Aunque esté mal decirlo, estos enfrentamientos han dejado de producirse por cuestiones o concepciones ideológicas y se gestan sobre todo por el ansia de poder, materializado a través de puestos del control o de capacidad de influencia en los gobiernos, tanto a nivel nacional y regional como a nivel local. A nadie debe sorprender esta verdad, ya que es conocida por el pueblo llano y puesta también de manifiesto en los periódicos…

Miraba a su colega de partido indagando si confirmaba sus asertos o, por el contrario, los rebatía. Como si a él no le concerniera esa confesión un tanto vergonzante, el diputado sonreía indolentemente mirando sin demasiada fijeza a los dos inspectores, alegando sin rechistar que las opiniones de su compañero eran desmesuradas, pero sin atreverse a negarlas, pues supondría entrar en un debate agrio delante de extraños. Buscaba la anuencia de los dos sabuesos para que perdonaran los exabruptos del otro y su propio silencio.

Entonces, ¿qué papel desempeñaba el profesor en este conflicto? —intervino Chomín, animado al abordarse temas que afectaban a Salamanca.

Sin ser un acérrimo defensor de las posturas oficialistas, él las defendía. Procuraba que sus decisiones no se vieran como una consecuencia de su perfil, pero es inevitable que, al estar enrolado en unas filas, no beneficies a los que son tus prójimos y, por ende, no perjudiques a los otros. Eso es lo que no pudo evitar el profesor.

21. La sede provincial del PSOE

La mañana se desperezaba lentamente en esa ciudad del centro de la península. Las nubes, cuando no las nieblas, la arropaban en una asfixiante sensación de enmohecimiento. El aire era irrespirable y el menor esfuerzo físico exigía captar a bocanadas el oxígeno. La desidia y el aburrimiento, tanto como la niebla y la humedad, caían del mismo modo que una losa sobre las empresas que sus habitantes intentaban sacar adelante. Salamanca era una localidad chorreante, gris y oscura esos días. Estos condicionantes atmosféricos afectan tanto al cuerpo como a la mente: no hay espíritu de lucha. En cambio, se defiende el modus vivendi devenido de las rentas de los bienes pasivos. Con poco se vive: no hay ni se crean grandes necesidades. El transcurrir diario es el gran aliado; no hay prisas. Dichas impresiones, para un originario de la ciudad, serían consideradas apreciaciones pintorescas de turista extranjero del siglo xix al que no habría que criticar, sino más bien agradecer por las molestias que se había tomado para venir desde tan lejos a contemplar algo tan sencillo y corriente como era su forma de vivir, por lo cual se mostrarían simpáticos y afectuosos con él, pero al mismo tiempo, en su fuero interno, considerarían al autor de esas notas descriptivas una persona un poco tocada de la cabeza.

Para Chomín, por las horas que corrían, que se aproximaban a las doce, era el momento más oportuno para tomarse unas cañas. Con un poco que jarrearan se les haría la hora de comer y la mañana habría concluido. Si hubiera estado de servicio con otro colega de la comisaría, no habría dudado proponérselo, pero con el madrileño titubeaba, porque no sabía qué costumbres se regían en la capital.

¿Por dónde seguimos? —le interrogó muy bajito como si fuera una pregunta absurda, porque no iba a aceptar sugerencia alguna.

Ambrosio Escaleras, buen observador de los menores temblores anímicos de sus interlocutores que reflejaran sus intenciones y deseos, no prestó la debida atención a esas vibraciones secretas. Consideraba que el policía salmantino le había comido terreno en la dirección de las investigaciones y que era el momento oportuno para dar un relevo y situarse en cabeza de pelotón, aprovechándose de la situación de incertidumbre de su compañero.

Pues si no está muy lejos la sede del PSOE, nos podíamos acercar a dar una vuelta por allí a ver qué nos cuentan.

A Chomín se le enturbió el alma y el estómago respingó al oír esa salida por peteneras. Él, que empezaba a segregar saliva pensando en el picante de los callos que pediría de aperitivo con la caña… Sacó un pitillo para calmar el ansia de esa imagen frustrada. Bien pensado, lo lógico era eso: dar una vuelta por la sede, pero ¡a esas horas!…

Una vez aparcado el coche en una calle que desembocaba en la avenida Canalejas, el que iniciaba la marcha era Escaleras: las zancadas eran superiores a las de Chomín y el movimiento de avance más enérgico y suelto que los pasos remolones del otro, que lo seguía casi con dificultad.

Se encuentra allí, a la izquierda, una vez vuelta la esquina —indicó para que el de Madrid tuviera clara la meta de tanto apresuramiento.

La sede provincial del Partido Socialista guardaba por aquel entonces el aire provisional de los locales pertenecientes al patrimonio sindical de la República, devueltos por el Estado a raíz del restablecimiento de la democracia. Todavía se percibía el tufillo proletario. En los ventanales había adosados grandes carteles reivindicativos del sector obrero y de protestas antiguas. Se parecían a los inmensos estandartes de un buque armado, botado para defenderse de opresores capitalistas. En otras ventanas, esos pósteres se asemejaban a titulaciones académicas, enmarcadas con el propósito de dejar patente su valía en la defensa de los oprimidos, como el médico u otros profesionales exponen en las salas de espera sus títulos universitarios para tranquilizar a sus pacientes o clientes y darles la necesaria seguridad de que van a ser tratados por un profesional con un prestigio reconocido y avalado por el renombre de las instituciones donde cursaron los estudios. No eran pegados con un afán decorativo ni tan siquiera informativo —para eso habían situado encima de la marquesina un letrero que incluso se iluminaba por la noche—, sino para recordar manifestaciones o huelgas pasadas en las que el grupo político había desempeñado un protagonismo decisivo en las conquistas sociales. Todo ese ornato ya no era adecuado para el papel que representaban los socialistas en esos momentos. Era como si una compañía de actores actuara en un escenario en el que la decoración perteneciera a otra función y los decoradores y tramoyistas hubieran olvidado cambiarla.

Algo llamó la atención de Ambrosio Escaleras cuando desde la acera contraria contempló el amplio edificio. En esa gris y casi mugrienta pared, con sus banderas emblemáticas ondeando según la brisa que venía avenida abajo, con sus carteles y pósteres, con sus pegatinas adhesivas pegadas en las paredes, había señales chocantes. Era obvio que, además de esa profusa decoración, la fachada mostraba las secuelas de una contienda, como si se hubiera transformado en una barricada. Los impactos amarillos y resecos de los huevos, rojos de los tomatazos, secos y podridos de los patatazos y contundentes y demoledores de las pedradas se esparcían por el muro, sin dejar ni puerta, ni ventana, ni cristal sin mancha o agujero.

Han sido los estudiantes —le aclaró Chomín al observar perplejo a Escaleras—. No sé adónde iremos a parar, aunque tampoco me extraña el comportamiento de los universitarios. Hace años el enemigo y el agente de la opresión era la policía, ahora, tanto ellos como nosotros pasamos los unos de los otros. Si hay manifestaciones, antes de cargar dialogamos amigablemente y casi nunca hay que intervenir porque nosotros también cedemos y dejamos que se desahoguen un poco y hagan alguna trastada y todos contentos. Pero ahora, ¡sorpresas te da la vida! A quien atacan es a sus antiguos valedores, los socialistas y comunistas. ¡Claro que estos pesoístas tienen de izquierda lo que yo de cura!

La sede del partido era un hervidero de afiliados que deambulaban velozmente por los pasillos y dependencias como si se tratara de un hormiguero. Pasaron delante de la garita acristalada del que parecía ser un conserje, pero este, sumido en la lectura de La Gaceta Regional, no les prestó atención.

Era difícil decidir a quién interpelar en una cuestión como la que se traían entre manos. Por otra parte, los dos investigadores desconocían la jerarquía de cargos dentro de un partido político. Así que, cuando sobrepasaron la zona de vigilancia del recepcionista, reflexionaron y, rectificando, volvieron hasta el pequeño kiosco para informarse por medio del portero. Se presentaron como policías que querían entrevistarse con algún responsable del grupo en la provincia. No especificaron que era por lo del caso del diputado, mas el conserje, que no tenía un pelo de tonto, comprendió al instante por qué estaban esos señores allí. Los acompañó hasta una pequeña oficina en cuya puerta colgaba un cartel que rezaba «Relaciones Públicas». La ausencia inesperada de la persona al cargo supuso una contrariedad para el bedel, al que no le quedó más remedio que acompañarlos hasta el piso superior por medio de una sucia escalera donde se prodigaban las colillas junto a acumulaciones de polvo y arenilla en las esquinas de los peldaños. Antes de que el ujier siguiera avanzando, alguien lo llamó por su nombre de pila y le preguntó a quién buscaban los dos caballeros. Mediante una breve y enigmática mueca dio a entender lo que deseaban.

Está bien; si son tan amables de esperar aquí sentados un instante, enseguida los atenderemos.

Y, señalando con la palma extendida unos sillones rígidos que se hallaban pegados a la pared del pasillo, desaparecieron al unísono: el conserje, al piso inferior, y el desconocido, en el laberinto enmarañado de dependencias. El ambiente era denso a consecuencia de la acumulación de humo y de la poca ventilación. La mayoría de los que pululaban por allí llevaban en la mano o en la boca un cigarrillo encendido. Estimulado por el olor a tabaco, el mismo Chomín prendió otro.

Los dos se miraron expresando la misma incertidumbre sobre cómo deberían llevar adelante el interrogatorio. No se habían puesto de acuerdo ni habían previsto una estrategia mínima común. Y quizá lo que más los atormentaba era que no sabían con quién se las tendrían que ver. Los dos confiaban en la soltura y la iniciativa del otro para remediar y solventar esa situación.

No tardaron en presentarse dos caballeros que se prestaron para servirlos en lo que fuera necesario.

Yo soy Eusebio Montero, senador por la provincia, y él, Roberto Láinez, responsable de finanzas del Partido y miembro de la Diputación Provincial.

Se dieron la mano y los dirigieron a un despacho que los inspectores no imaginaban que pudiera albergar tal edificio y tales dependencias. Era un oasis de paz y buen gusto dentro del barullo obrero reinante. El mobiliario, sin ser clásico, proporcionaba a la sala una escenografía llamativa, fruto tal vez de la ordenación de los elementos decorativos por algún profesional en la materia. Con todo, lo más innovador en esa atmósfera era la luz del habitáculo, una luz clara sin ser deslumbrante que resaltaba el perfil de los rostros y las aristas de los muebles. En ese ambiente, la personalidad de los dos políticos, con sus trajes de marca y con sus cutis morenos que parecían habían sido rociados con una loción para después del afeitado, anonadaba a los pobres policías, deslumbrados tanto por la estancia como por el pergeño de los diputados.

Volvieron a intercambiar miradas temerosas los dos servidores públicos. Un pequeño intervalo de silencio surgió después de la presentación y fue el momento en el que Escaleras inició el interrogatorio.

Muy amables. Sabrán con certeza el motivo de nuestra presencia aquí…

Nadie le contestó ni sí ni no, ni tan siquiera con la anuencia de un movimiento gestual.

—… incluso ya habrán recibido alguna otra visita de colegas nuestros.

Tampoco abrieron la boca. Simplemente se miraron a los ojos para comprobar si era verdad lo que aseguraba el inspector y ambos expresaron la incertidumbre del que no conoce nada.

Sabrán que su compañero ha sido asesinado en Madrid hace…

Las miradas que se cruzaron en ese instante se interrogaban sobre la coherencia y la compostura del policía.

Escaleras percibía con demasiada nitidez que sus tentativas de discurso fracasaban cada vez que abría la boca. Le echó una mirada furibunda al charro para que le tendiera una mano en esa situación tan embarazosa; pero el otro, en un segundo plano, se desentendió.


03/05/24

Segunda carrera

 

Viajaba contento y muy excitado en un Renault 4 camino de Salamanca, donde había estudiado en su renombrada universidad. Estaba eufórico porque era viernes, día laborable a todos los efectos, y tenía la sensación de estar escaqueándose del trabajo, si bien su ausencia era justificada: se examinaba de una asignatura de la nueva carrera que había iniciado. Sí, a sus treinta y pico años, después de unos cuantos dedicados a la docencia, sentía nostalgia de su época estudiantil y había decidido reemprender su antigua actividad comenzando los estudios de Psicología, ahora con el propósito de aprender por placer. Aunque le pareciera a veces un espejismo, pensaba, por las asignaturas que había ido aprobando, que era un alumno brillante. Sin lugar a dudas, las notas hasta el presente confirmaban esa realidad, no obstante, intermitentemente, se acordaba de que el expediente de su anterior licenciatura había sido mediocre. Pero en esa etapa de su vida era distinto: creía ser una persona madura e inteligente. Cuando en sus clases sus alumnos se quejaban del gran número de lecciones que entraban en los exámenes, les respondía: «Yo también soy estudiante y sé lo que es estudiar, así que no me vengáis con disculpas. Hincad los codos y ya veréis como aprobáis».

Iba seguro al examen. Llevaba estudiando dos meses y a su edad, se animaba, no iba a ponerse nervioso. Quizá para no caer en la tentación de echar un último vistazo a los apuntes, se le ocurrió pasar por el piso donde vivió de estudiante. El barrio había cambiado; no así su bloque. Observándolo le parecía imposible que hubieran transcurrido tantos años desde que lo abandonó. No pudo reprimir su curiosidad por saber quiénes vivían ahora. Iba a llamar al portero automático, cuando se dio cuenta de que el portal estaba abierto. Lo pensó un momento y creyó conveniente cerciorarse previamente de los inquilinos en los buzones. ¡Sorpresa! En el papelito se encontraba escrito aún su nombre: Llonte Reinoso y el de sus antiguos compañeros. Presionó el botón del panel y al poco una voz de mujer contestó.

¡Hola! Soy Llonte Reinoso. No creo que me conozcas. Estuve viviendo hace cuatro años en este piso. Tengo curiosidad por saber si aún permanece alguno de mis antiguos compañeros Ricardo y Fermín.

Sube.

Abrió la puerta una joven cuyo rostro no pudo escudriñar bien. Intentó repetir la presentación, pero ella, con deseo de despacharlo pronto, lo interrumpió inmediatamente.

Sí. Ya sé quién eres. He oído hablar de ti. Fermín ya no vive aquí. Está trabajando en Santander. Solo queda Ricardo.

Lo pasó a su habitación y le continuó explicando que su antiguo compañero no se encontraba en esos momentos. Le informó que había terminado la carrera hacía dos años y que seguía allí preparando oposiciones.

Encima de la mesa de estudio vio una carta que estaba dirigida a él.

De vez en cuando te llega aún correspondencia.

Lo llevó a la conocida cocina y de un armario sacó un fajo inmenso de cartas y revistas. Pensó que sería propaganda. Le dio las gracias y no queriendo entretenerla más, —se imaginó que ella también tenía un examen inminente—, le tendió la mano para despedirse.

No le había parecido bien abrir la olvidada correspondencia delante, pero al llegar al coche, lo primero que hizo fue dar un vistazo a ese amasijo de papeles. Entre las cartas de banco, las revistas, la propaganda de distintas casas comerciales, le llamó la atención dos sobres amarillos. Le dio un vuelco el corazón al observar que el membrete era del Palacio de Justicia. Abrió nerviosamente la primera: era un auto de citación; la segunda contenía también la imperiosa orden. Resopló y se le nubló la vista. En su cabeza comenzaron a bullir multitud de temores. Las releyó. Sí, eran dos citaciones judiciales. La primera, para el 1 de septiembre, y la otra, para el 15 de octubre, fechas ambas de hacía dos años. El mensaje no era explícito; únicamente le ponían un día, una hora, y un lugar: el Juzgado Número Cinco. Reaccionó rápidamente al comprobar que casi eran la dos de la tarde y estarían a punto de cerrar los juzgados. Arrancó el R-4 y fue como una exhalación hasta las mismas puertas del tribunal. Al tiempo que procuraba sortear el tráfico, caviló que quizá erraba yéndose a meter en la boca del lobo. Si habían pasado dos años sin que nadie lo hubiera molestado, ¿por qué iba a preocuparse él de acudir? No creía que tuviera la obligación de vivir siempre en la misma dirección postal. Así, si en algún momento lo acusaban de no haberse presentado, podría disculparse diciendo que había dejado de residir en la ciudad hacía ya mucho tiempo. Pero enseguida se imaginó siendo detenido y esposado mientras impartía una clase. Esa hipotética vergüenza lo determinó a asumir la responsabilidad de resolver el problema cuanto antes, fuera lo que fuera.

Los largos pasillos, las encaracoladas escaleras, la penumbra de descansillos, los portalazos y ruidos de llaves que atrancaban puertas, los gestos de ponerse el abrigo mientras salían las oficinistas de sus despachos, le angustiaron ante la contingencia de no llegar a encontrar en su puesto al personal encargado del juzgado de lo Penal Número Cinco. Miraba los letreros situados encima de los dinteles, mas no era capaz de atinar con el destino con las imprecisas y desganadas indicaciones del sordo bedel al que preguntó. Iba a inquirir a un corrillo de hombres trajeados luciendo unas llamativas corbatas, pero, sólo con mirarlos, desistió ante la posibilidad de que desde ese instante se le ofrecieran por si necesitaba los servicios de un abogado.

Por fin dio con la puerta. Se encontraba cerrada. Era opaca, sin una mala cristalera que permitiera vislumbrar la estancia interior. Acercó el oído y no oyó nada. Imperceptiblemente golpeó con los nudillos en medio del madero, que resonó compactamente. Sintió miedo de que no hubiera nadie y, a la vez, también de la presencia de alguien que lo despachara con cajas destempladas por la hora que era. Una voz meliflua, como si fuera el último hilillo de energía después de una agotadora jornada, le dio permiso para entrar. Iba a dar una explicación que justificara su presentación a tales horas, sin embargo, la chica, al fijarse en las dos hojas con la citación, sin levantar las gafas de un tomo grueso y alargado que se salía de los bordes de la mesa, agarró las dos cuartillas y hojeó con un inmenso esfuerzo el mazacote de papel garabateado. Las piernas le temblaban; era incapaz de emitir una palabra. Enigmáticamente, sin abrir la boca, sin mirarlo, la diligente y silenciosa secretaria repasaba sus registros. Se levantó y desplazó una escalera de mano hacia el anaquel de una alta estantería. El joven se percató de que difícilmente podría sacar el archivador y estuvo a punto de ofrecerse para ayudarla, pero su timidez y recato se lo impidieron, al creer que ese auxilio lo consideraría un soborno. A pesar del mal momento que estaba pasando, no pudo por menos que fijarse en las bien configuradas pantorrillas apoyadas en los peldaños y en el culo, un trasero ancho, amplio, de pasar sentado mucho tiempo.

Aquí está.

Por fin abrió la boca. Satisfecha con sus habilidades detectivescas, le mostró un expediente como si fuera el trofeo obtenido en una ardua competición, o la presa agitada frenéticamente por el cazador después de una larga persecución.

El expediente, que desparramó en la mesa, estaba desordenado y, aunque las hojas aún no amarilleaban, daba la sensación de haber sido manoseado por multitud de funcionarios antes de terminar en esa balda inaccesible.

Se puso nerviosísimo. ¿Qué sería ese montón de papeles? Iba a preguntarle si todos esos documentos se referían a él, pero era tan evidente que se abstuvo de formular esa impertinencia.

¡Qué curioso! ¿Usted es Llonte Reinoso?

No fue capaz de abrir la boca. Le parecía imbécil la muchacha. Ladeó la cara en señal de fastidio.

Se lo pregunto para asegurarme. Porque, si usted es Llonte Reinoso, se encuentra en buen lío. Tiene una orden de busca y captura.

¿Cómo va a ser eso posible? Si yo no he hecho nada. Si yo no he tenido en mi vida un problema con la justicia…, ni con nadie.

Se encogió de hombros y, como si con ella no fuera nada, le dijo que era buscado por las fuerzas policiales por varios asuntos: asalto a mano armada, robo en distintos establecimientos y otras menudencias menores.

Procuró serenarse; sin embargo, no controlaba sus emociones. Resoplaba, no paraba de patalear y de refunfuñar diciendo que era imposible. No obstante, trató de tranquilizarse, pues le entró el temor de que pudiera asustar a la muchacha: era un delincuente y ella, una pobre mujer indefensa. No quería huir e intentaba comunicarle que era buena persona, que había cometido esos delitos y, sobre todo, que no la atacaría y mucho menos huiría. Iba a meterse las manos en los bolsillos, pero desistió al considerar que ese movimiento podría interpretarse como una maniobra sospechosa para sacar alguna arma.

Sin poder evitar el primer sollozo y contener las lágrimas, observaba a la señorita, quien con la mayor naturalidad del mundo, como si estuviera acostumbrada a tratar constantemente con gente de esa calaña, lo miró por primera vez a los ojos y, con gesto de enfado, temiendo que el acusado se echara a llorar y ella tuviera que consolarlo, le ordenó imperiosamente:

Siéntate y no lagrimees. ¡Sois peores que los niños! Luego dicen de las mujeres… Cualquier contratiempo os desborda. Cálmate. Tú, a simple vista está, no eres un ladrón y menos capaz de llevar con soltura un arma… Dices que tú no sabes nada de esto. Pues, muy bien, serénate y trata de demostrarlo. No tienes por qué preocuparte, si realmente estás limpio. Voy a llamar a los guardias que están abajo para que vengan, pero tú no te asustes. Será cuestión de poco tiempo…, mientras se aclara este entuerto. Entre tanto, debes estar custodiado por las fuerzas del orden.

Antes de poder realizar la llamada telefónica, de nuevo lo tuvo que consolar porque ahora sí que lloraba a lágrima viva.

Bueno, qué lo vamos a hacer. ¡Hale! Gimotea todo lo que te dé la gana. Desahógate. ¡Vaya hombre!

Mientras lo confortaba, no perdía el tiempo y ordenaba la mesa de trabajo recogiendo el material esparcido, dejándolo preparado para el día siguiente. Unos golpes de nudillo en la puerta le interrumpieron el llanto. Al aparecer la Guardia Civil, ya no le quedó la menor duda de que se encontraba ante un buen aprieto. Como le dijo la muchacha, lo mejor era serenarse y pensar para no cometer ninguna tontería. Lo que le tuviera que pasar ya sucedería. Sin embargo, en el momento en el que los guardias le fueron a esposar, se vino abajo de verdad. Las piernas no le aguantaban de pie y no oía nada de lo que le decían. Casi estuvieron a punto de darle dos cachetes para que reaccionara. Esta operación la realizaban ya los guardias, pues la secretaria se había desentendido. Cuando volvió a ser él, la vio ya con el abrigo puesto y la bufanda enrollada en el cuello.

Llevadlo al juez de vigilancia y le entregáis este informe.

Y a él, como forma de despedida, pero sin disculparse, le dijo que no tuviera miedo, que no le pasaría nada, mientras miraba a su reloj y comprobaba con cara de disgusto lo tarde que era.

Lo bajaron al primer piso escoltado en ambos flancos por sendos guardias. No lo miraban a la cara, pero el trayecto se hacía demasiado largo como para no sentir cierta tensión por las dos partes, y le preguntaron con desidia de qué le acusaban.

No lo sé. Esta mañana fui a la casa donde viví hace unos años...

Ellos esperaban una respuesta rápida y cuando vieron que se enrollaba, lo dejaron de atender. Notó su desinterés y se defraudó porque necesitaba desahogarse con alguien, de contar la verdad.

Llegaron a las dependencias del Juzgado de Guardia. Llamaron de nuevo golpeando la puerta con el puño. Abrió una joven cuya primera reacción fue mirar fijamente la cara del reo, como si intentara escudriñar los delitos por los que estaba preso solo a través de las facciones de su rostro y la luminosidad de sus ojos.

El señor juez aún no se ha incorporado. ¿Le habéis tomado declaración? Si queréis os lo lleváis vosotros y adelantáis trabajo.

Él dejaba hacer. Incluso, había perdido interés. Era una marioneta en manos de los guardias. Estos se miraron y sin decirse palabra se pusieron de acuerdo para llevarlo al cuartelillo. En sus ojos vio cómo trataban de quitárselo de en medio. Seguramente, si se quedaban esperando al juez, no comerían hasta muy tarde… Dejaron la documentación a la diligente y regordeta muchacha que los recibió para que fuera estudiándola.

Lo sacaron por la puerta de atrás y lo subieron a un coche celular. Mientras se dirigían al cuartelillo, sin considerar su inoportuna presencia, los dos guardias hablaron de problemas laborables internos y se quejaron y criticaron a sus compañeros y de que el sargento siempre les ponía los peores servicios. Afirmaron que eso era una casa de putas y que cada cual se las arreglaba como podía. Ni tan siquiera se dignaron mirar hacia dentro para comprobar lo que hacía el detenido.

Cuando llegaron al cuartel, lo desposaron y lo sentaron en un banco de madera con respaldo. El mueble parecía más bien propio de un coro catedralicio o de un salón de audiencia, que de una sala de espera de un cuartelillo. Le ordenaron que se sentara allí. Nadie se quedó vigilándolo. Los que pasaban delante lo miraban y se extrañaban al reparar en una nueva cara por sus dependencias. Por su parte, él observaba a través de una cristalera el monótono y desganado ajetreo de la oficina de la cual esperaba que surgiera el encargado de interrogarlo. Sin embargo, no fue así. Alguien vestido de paisano se le acercó y mirando un papel le preguntó si él era Llonte Reinoso. Le dijo educadamente, como si no estuviera retenido, que si podía acompañarlo. Su interlocutor fumaba una larga y gruesa tagarnina a la que propinaba unas chupadas profundas y pausadas. Lo llevó, según leyó en un cartel incrustado en la puerta, al gabinete de identificación. Este sí que tenía ganas de conversación y le dejó hablar y contar toda su historia, mientras, casi sin darse cuenta, lo fue retratando de frente y de perfil y le tomó huellas digitales. Después de referir sin interrupción su versión de los hechos, su paciente oyente le aconsejó a modo de conclusión:

Hay que tener cuidado; a veces la gente hace cosas que piensa que no son ominosas, pero están fuera de la ley. El otro día trajeron a un buen hombre detenido que lo único que había hecho era comprar un casete robado…

Alguien entró e interrumpió al buen hombre.

¿Está listo ya? Pues venga, que lo están esperando para interrogarlo.

Un tipo estaba sentado delante de una máquina de escribir dispuesto a teclear con avidez. Le preguntaron si tenía abogado; si no, se lo designarían de oficio. Llonte no conocía a ninguno y optó por aceptar la propuesta de ese letrado que no cobraba. Este no tardó en llegar. Cuando se presentó, ni se dignó hablar con él a solas. Se sentó a la mesa y pacientemente aguardó a que el sargento comenzara a desgranar las preguntas.

Nombre, apellidos, natural, hijo de, residencia, edad, D.N.I., profesión...

Profesor de Instituto.

¿Cómo? Usted, ¿es maestro? ¿Cómo es esto?

Eso mismo me pregunto yo: ¿por qué me tienen detenido, me han esposado, me han retratado y me han tomado las huellas dactilares y…?

Con desgana relató su desgracia. En un reloj de pared comprobó que eran ya las cinco. En ese instante comenzaría el examen. Ni se había vuelto a acordar. ¡En la hora que me dio por estudiar de nuevo! Como si ese afán intelectual fuera el origen de lo que le estaba pasando.

A medida que avanzaba el interrogatorio, se dieron cuenta de que algo no cuadraba. A pesar de que el autor de una serie de infracciones era supuestamente un tal Llonte Reinoso, natural de…, la personalidad de ese detenido no correspondía con la de un delincuente reincidente. Lo tenían muy claro, no obstante, su deber era seguir los cauces reglamentarios. Así se lo dieron a entender con su buena voluntad, aunque, en definitiva, cuando firmó la declaración que le habían tomado, lo volvieron a esposar.

Otra vez lo llevaron al juzgado. El coche celular lo tenían aparcado en la calle. El día estaba consumido; aún había una menguada luz que iluminada tamizadamente el perfil de las personas que pululaban por las frías avenidas. Las miraba con el propósito de comprobar que no las conocía. ¡Solo faltaba que alguien lo hubiera reconocido para colmo de males!

Cuando llegaron al juzgado, ya era de noche. Se percató de que llevaba todo el día en ayunas, pero no se atrevió a pedir de comer, con la esperanza de que el juez lo pusiera en libertad; entonces podría hartarse.

Una vez más, aunque esta vez se trataba de otros guardias, se encontró frente a la misma puerta y con la cara redonda de la joven rolliza, que no apartaba la mirada de su rostro, intentando discernir su verdadera calaña. No sabía por qué motivos ocultos había depositado toda su esperanza en la razonabilidad del juez. Creía que este lo soltaría y comprendería y le aclararía el entuerto formado… Incluso, había aventurado la posibilidad de reclamar a la justicia por los malos momentos padecidos. A pesar de todo, se dijo a sí mismo que, con tal de ser liberado, estaba dispuesto a perdonar y olvidarse del asunto.

En el instante que le quitaron las esposas, respiró aliviado y de alguna manera afianzó las posibilidades de que lo liberaran. Pero se decepcionó cuando le volvieron a tomar declaración y vio que la que le preguntaba era la chicuela achaparrada que aún lo seguía mirando inquisitivamente.

Desea usted declarar ante el juez o se reafirma en lo dicho a la Guardia Civil.

El abogado de oficio ya había desaparecido. Le hubiera gustado consultarle esa cuestión. Se le pasó por la cabeza contar otra vez la historia, pero pensar solo en tener que repetírsela a esa muchacha que esperaba sonriente con un mohín sardónico, le ponía malo. Lo que deseaba era salir lo más rápido posible de allí.

No. Lo que he dicho a la Guardia Civil lo vuelvo a repetir y no sé nada de lo que me acusan. Soy Llonte Reinoso, pero no he cometido delito alguno, por lo menos ninguno de esos que se citan en ese montón de papeles. Si puede ser, querría hablar con el señor juez.

La secretaria regordeta lo miró sonriente.

Firme usted aquí.

Esas funcionarias le caían fatal. Estaba pasando la experiencia más amarga y dolorosa de su existencia y las oficinistas y los guardias que lo atendían y vigilaban lo miraban como si el drama que vivía fuera moneda de uso común en el trajín cotidiano de su profesión. Esa insensibilidad lo exasperaba.

Los guardias civiles le pidieron nuevamente que los acompañara. Entre las cábalas pensadas, estaba que, como mucho, el juez lo dejara libre con una fianza, mientras las turbias aguas judiciales se aclaraban. En sus planes no entraba que lo metieran en la cárcel; así, cuando vio que lo bajaban a los sótanos, preguntó casi con desesperación que si se encaminaban a los calabozos.

Eso es lo que nos han ordenado. De todas formas, no se preocupe usted. Es, como si dijéramos, la sala de espera de los detenidos, mientras estiman si entran en prisión o se les suelta. No se asuste al entrar; está un poco oscuro; después de unos instantes, la vista se acostumbra.

El portón era de hierro forjado. Solo un agarradero retorcido y el agujero de la cerradura eran indicios de que aquella lámina férrea impedía la salida de los presos y franqueaba la entrada a los detenidos. El color era un gris traslúcido y frío. Se abrió este portón. Después, un corto descansillo, con una pelada bombilla de cuarenta bujías, daba a otra puerta semejante a la primera, pero con un ventanuco a la altura de los ojos y una abertura con una portezuela o trampilla hacia la mitad que servía para introducir las bandejas de la comida.

¡Qué sea lo que Dios quiera! Se animó a hablar claro una vez que advirtió lo ineludible de su situación. Preguntó:

¿Hay servicio ahí dentro? Porque llevo desde a mediodía sin comer y sin entrar en el váter.

Ya se te podía haber ocurrido antes.

No les sentó bien. Sin embargo, la cara de seguridad y de desprecio con la cual lo solicitó, no les dejó dudar. Entró y orinó abundantemente y se echó un trago de agua del grifo. Notaba el estómago vacío y se sentía medio desmayado. Insistió en la segunda demanda, pero esta ya no era de su incumbencia, añadiendo una mirada con la que le parecían advertir que no se pasara, que lo poco y lo mucho desagrada.

No lo empujaron, pero debido al traspié que dio al no ver dos escalones de bajada, podría decirse que lo forzaron a entrar.

Rozó con unas piernas. Pensaba que iba a estar solo.

Perdón. He tropezado.

Ya lo he visto. Es la primera vez que pisas la trena, ¿verdad?

No era una interpelación, más bien era una acusación imperiosa. Además, el tono de la pregunta era una recriminación, como si estuviera en un lugar íntimo que acababa de violar al introducirse sin pedir consentimiento a sus huéspedes.

Lo siento. De verdad que no lo había visto, ni a usted ni al escalón.

Vale, tío, no hace falta que te confieses.

Pensó que solo estaban él y su desconocido interlocutor, pero al ir acostumbrándose a la oscuridad, descubrió que el local estaba lleno hasta los topes. El silencio era sepulcral. Alguno dormitaba en diluidos sueños. Se sintió angustiado y comprometido, cuando ese mismo con el que había tropezado se apartó y le dejó sitio. Era un chaval, no tendría más de veinte años.

¿Tú de qué vas?

Llonte Reinoso trataba de establecer un vínculo afectivo con el joven, pero las palabras y, sobre todo, el tono lo intimidaban. No sabía cómo responder y comportarse. Esa jerga, ese léxico y ese deje le eran antipáticos. No obstante, su apariencia y jaez le resultaban agradables. Hubiera agradecido mantener una conversación con él para ganarse su aprecio, como si ese muchacho, en caso de apuro, le pudiera echar una mano. Sin embargo, siguió silencioso y ensimismado.

Un rato antes de que llegara un carrito con las bandejas de comida, los reos se impacientaron. Se movían de un lado a otro, insultaban a la pasma, maldecían su suerte, juraban venganza, echaban pestes de colegas, se cagaban en sus muertos, se lamentaban de ser ellos los que se estaban comiendo el marrón…, expresiones que levantaban a la vez la curiosidad y el temor en Llonte Reinoso. ¡Quién le hubiera dicho a él que iría a parar a un calabozo! Ya tendría anécdotas para contar y ganarse la admiración de sus nietos. Este pensamiento, en el que se vislumbraba un final feliz como si todo hubiera sido una pesadilla, le levantó el ánimo. Sería solo cuestión de tiempo.

Poco después se oyó el chirrido de los goznes de la primera puerta. Una voz ronca y enérgica anunció:

¡El comedero!

Y comenzó a nombrar a cada retenido por su sobrenombre, como si fueran comensales habituales de esa casa:

¡Tito! ¡Chirlas! !Peñalbuto! ¡Bocas! ¡Fitipaldi!

Acudían y recogían cada uno su bandeja. En las dos concavidades había un caldo a modo de sopa y un escalope. No sabía cómo lo nombrarían. Deseaba que no le llamaran Llonte Reinoso, por miedo a que todos lo miraran. No lo nombraron. Cuando se quiso dar cuenta, se oyó de nuevo el chirrido de las bisagras.

Corre, tío, que te quedas sin papear.

Se levantó apresuradamente e intentó llamar al carcelero, pero no fue capaz. Abatido y casi lloroso se sentó de nuevo.

Despídete hasta mañana. ¡Ese cabrón se ha olvidado de ti! Son unos hijos de la gran puta. Seguro que no han dado parte de que estás aquí. La cocina manda solo los justos. ¿Tienes hambre? Toma la mitad del filete.

Gracias, muchas gracias. Te lo agradezco en el alma, pero cómetelo tú.

Venga, colega, no andes con tantos cumplidos.

Sin darle opción a negarse, partió el filete y el bollo de pan en dos mitades y preparó dos pequeños bocadillos.

Venga, que tienes caras de hambre; no te cortes.

De verdad que está rico. Estoy en ayunas desde esta mañana. Te lo agradezco.

¡Qué pesado eres! Jama, y tú, tranqui.

Cuando se acabaron el bocadillo, seccionó por la mitad también la manzana y se la ofreció. Hacía tiempo que no degustaba unos manjares tan exquisitos como los que acababa de ingerir. Cavilando que el caritativo compañero no iniciaría una conversación fluida, estuvo a punto de tomar la delantera él preguntándole las causas de su detención. No obstante, aunque a él solo le interesaba el mero hecho de conversar, no lo hizo por miedo a violar su intimidad.

Procura sobar lo que puedas. Hasta mañana ya no podrás resolver nada y cuanto menos lo des vueltas, mucho mejor.

Tenía razón. La gente, una vez que terminó de cenar, apiló las bandejas en un vasar. Paulatinamente, los rumores de las conversaciones se fueron amortiguando y los reclusos buscaron acomodo en el espacio disponible. Su compañero se hizo un ovillo. Enseguida comenzaron a oírse ronquidos. Le recordó los dormitorios de la mili. Buscó con la mirada un lugar donde recostarse, mas fue incapaz de moverse: le parecía imposible llegar a dormirse. Sin embargo, apoyando los codos en las rodillas y sujetando el rostro con las manos, se le iban cerrando los párpados y una somnolencia persistente se apoderó de él hasta rendirlo. Se puso de medio lado, apoyando aún los pies en el suelo, pero recostado el tronco sobre el estrado o tarima de cemento en el que había estado sentado. Todavía, entre sueños, oyó abrirse la puerta; alguien los iluminó con una linterna, como si estuviera realizando un recuento o reconocimiento. Durmió profundamente. El cuerpo, a pesar de la postura y de la dureza del firme, descansó. En el sueño, reparaba en el frío que se incrustaba en los riñones. En la quimera onírica, se echaba en cara, él mismo, la relajación en la que se había sumergido. ¡Cómo es posible que puedas dormir en una situación tan estresante como la que estás sufriendo!, se repetía una y otra vez. Se sentía abismalmente fatigado; su cuerpo no era capaz de reaccionar a estos estímulos intimidatorios que le enviaba el cerebro. Sus piernas eran columnas pesadas y sus brazos estaban igual que si hubieran sido atados o crucificados…

Cuando se despertó, alguien lo zarandeaba y lo miraba con una expresión burlesca.

¡Duermes bien, macho! ¡Hale! ¡Despiértate! ¡Tienes que presentarte ante el juez! ¡Suerte!

Miró hacia su silencioso compañero y le dio las gracias. El encargado del calabozo seguía con su sonrisa socarrona cuando terminó de cerrar las puertas. Se puso él en cabeza y comenzaron a subir empinadas escaleras. Llonte Reinoso caminaba soñoliento detrás del carcelero, como un perro dócil tras su amo. Al llegar a la planta principal, se fijó en los guardianes que lo observaban con cara de asombro, profiriendo jocosos comentarios que no lograba descifrar. Al entrar en los despachos, los administrativos mostraron la misma curiosidad que los anteriores. Se dirigieron a él con amabilidad.

Tome usted asiento, enseguida lo recibe el Señor Juez.

Allí continuaba la secretaria de cara redonda. Ya no lo miraba, simplemente lo evitaba. Entonces reparó que no estaba custodiado y tampoco esposado. Se puso de malhumor.

Al poco rato, un hombre alto y delgado, con gafas de concha y cara chupada, elegantemente vestido, le rogó que pasara a su despacho. Enseguida averiguó que se trataba del juez, con quien no pudo entrevistarse cuando llegó detenido al juzgado. No se sentó hasta que Llonte Reinoso lo hizo. Lo estaban camelando, haciéndole la pelota, lo percibió con claridad. Comenzaba a comprender las reacciones de todos. ¡Por fin!, se dijo. Estuvo tentado de putearlos. Ahora le tocaba a él. Le hubiera gustado ser capaz de despreciarlos con la serenidad equilibrada que proporciona el aplomo. Lo intentó.

Soy el Juez de Guardia y le pido disculpas por las molestias que le hayamos podido causar. El sistema judicial comete a veces errores en el desempeño de sus labores. Siempre estamos atentos y celosos en el ejercicio de nuestra profesión para evitar estas anomalías, ajenas a la voluntad de los que servimos a la Justicia, sin embargo, ...

Con la cabeza ladeada observaba los cortinajes que impedían el paso de la oscuridad de la calle; eran horribles. El mobiliario era austero, recto, sencillo y barnizado de un color muerto. Incluso, percibía un olor a humedad proveniente de las paredes desnudas. En esa atmósfera, las palabras del juez le resultaban abovedadas y lejanas.

...claro, que la Justicia dispone de inherentes mecanismos de protección contra las deficiencias inseparables a su funcionamiento y esto, usted, por su profesión, lo comprenderá. Y, es más, en aras de la verdad, el sistema judicial, si se llega a las últimas causas desencadenantes de los traspiés jurídicos, nunca…

La perorata continuaba en boca del magistrado, mientras la desesperación de Llonte Reinoso se manifestaba en la persistente frialdad ante la vehemencia del juez.

Algo de culpa tiene usted. Sí, no se sorprenda. Por haber perdido su D.N.I. Han estado utilizando su identidad.

Lo miró asombrado. Así que era eso. Alguien le robó la cartera y no solo le interesó su dinero, sino también sus documentos. ¡Vaya gracia que le hicieron!

El juez se dirigía a él con tono conminatorio, como si la culpa de todo lo que había pasado lo hubiera tenido él.

Para otra vez, a ver si tiene más cuidado. ¿De acuerdo? Puede usted irse cuando desee.

El juez le tendió la mano, Llonte lo miró fijamente a los ojos; se levantó parsimoniosamente de la silla y salió del despacho sin decir nada.

Eran las tres de la mañana. Anduvo por la acera y en el primer hotel que encontró, pidió habitación. Mientras le tomaban los datos, se deleitó saboreando un café con leche extraído de una máquina dispensadora, sin pensar en nada, con una paz como no había sentido en mucho tiempo. Durmió de un tirón.

Nada más despertar, el enfado que aún persistía, como una nube cargada de agua dirigiéndose hacia él, lo llevó a tomar una decisión irrevocable: abandonaría Psicología y pasaría mucho tiempo antes de volver a poner los pies en Salamanca.



Enánagos

  La llegada a un lugar nuevo conlleva el descubrimiento de realidades desconocidas. Ya son muchos los años transcurridos desde que llegamo...