Viajaba
contento y muy excitado en un Renault 4 camino de Salamanca, donde
había estudiado en su renombrada universidad. Estaba eufórico
porque era viernes, día laborable a todos los efectos, y tenía la
sensación de estar escaqueándose del trabajo, si bien su ausencia
era justificada: se examinaba de una asignatura de la nueva carrera
que había iniciado. Sí, a sus treinta y pico años, después de
unos cuantos dedicados a la docencia, sentía nostalgia de su época
estudiantil y había decidido reemprender su antigua actividad
comenzando los estudios de Psicología, ahora con el propósito de
aprender por placer. Aunque le pareciera a veces un espejismo,
pensaba, por las asignaturas que había ido aprobando, que era un
alumno brillante. Sin lugar a dudas, las notas hasta el presente
confirmaban esa realidad, no obstante, intermitentemente, se acordaba
de que el expediente de su anterior licenciatura había sido
mediocre. Pero en esa etapa de su vida era distinto: creía ser una
persona madura e inteligente. Cuando en sus clases sus alumnos se
quejaban del gran número de lecciones que entraban en los exámenes,
les respondía: «Yo también soy estudiante y sé lo que es
estudiar, así que no me vengáis con disculpas. Hincad los codos y
ya veréis como aprobáis».
Iba
seguro al examen. Llevaba estudiando dos meses y a su edad, se
animaba, no iba a ponerse nervioso. Quizá para no caer en la
tentación de echar un último vistazo a los apuntes, se le ocurrió
pasar por el piso donde vivió de estudiante. El barrio había
cambiado; no así su bloque. Observándolo le parecía imposible que
hubieran transcurrido tantos años desde que lo abandonó. No pudo
reprimir su curiosidad por saber quiénes vivían ahora. Iba a llamar
al portero automático, cuando se dio cuenta de que el portal estaba
abierto. Lo pensó un momento y creyó conveniente cerciorarse
previamente de los inquilinos en los buzones. ¡Sorpresa! En el
papelito se encontraba escrito aún su nombre: Llonte Reinoso y el de
sus antiguos compañeros. Presionó el botón del panel y al poco una
voz de mujer contestó.
—¡Hola!
Soy Llonte Reinoso. No creo que me conozcas. Estuve viviendo hace
cuatro años en este piso. Tengo curiosidad por saber si aún
permanece alguno de mis antiguos compañeros Ricardo y Fermín.
—Sube.
Abrió
la puerta una joven cuyo rostro no pudo escudriñar bien. Intentó
repetir la presentación, pero ella, con deseo de despacharlo pronto,
lo interrumpió
inmediatamente.
—Sí.
Ya sé quién eres. He oído hablar de ti. Fermín ya no vive aquí.
Está trabajando en Santander. Solo queda Ricardo.
Lo
pasó a su habitación y le continuó explicando que su antiguo
compañero no se encontraba en esos momentos. Le informó que había
terminado la carrera hacía dos años y que seguía allí preparando
oposiciones.
Encima
de la mesa de estudio vio una carta que estaba dirigida a él.
—De
vez en cuando te llega aún correspondencia.
Lo
llevó a la conocida cocina y de un armario sacó un fajo inmenso de
cartas y revistas. Pensó que sería propaganda. Le dio las gracias y
no queriendo entretenerla más, —se imaginó que ella también
tenía un examen inminente—, le tendió la mano para despedirse.
No
le había parecido bien abrir la olvidada correspondencia delante,
pero al llegar al coche, lo primero que hizo fue dar un vistazo a ese
amasijo de papeles. Entre las cartas de banco, las revistas, la
propaganda de distintas casas comerciales, le llamó la atención dos
sobres amarillos. Le dio un vuelco el corazón al observar que el
membrete era del Palacio de Justicia. Abrió nerviosamente la
primera: era un auto de citación; la segunda contenía también la
imperiosa orden. Resopló y se le nubló la vista. En su cabeza
comenzaron a bullir multitud de temores. Las releyó. Sí, eran dos
citaciones judiciales. La primera, para el 1 de septiembre, y la
otra, para el 15 de octubre, fechas ambas de hacía dos años. El
mensaje no era explícito; únicamente le ponían un día, una hora,
y un lugar: el Juzgado Número Cinco. Reaccionó rápidamente al
comprobar que casi eran la dos de la tarde y estarían a punto de
cerrar los juzgados. Arrancó el R-4 y fue como una exhalación hasta
las mismas puertas del tribunal. Al tiempo que procuraba sortear el
tráfico, caviló que quizá erraba yéndose a meter en la boca del
lobo. Si habían pasado dos años sin que nadie lo hubiera molestado,
¿por qué iba a preocuparse él de acudir? No creía que tuviera la
obligación de vivir siempre en la misma dirección postal. Así, si
en algún momento lo acusaban de no haberse presentado, podría
disculparse diciendo que había dejado de residir en la ciudad hacía
ya mucho tiempo. Pero enseguida se imaginó siendo detenido y
esposado mientras impartía una clase. Esa hipotética vergüenza lo
determinó a asumir la responsabilidad de resolver el problema cuanto
antes, fuera lo que fuera.
Los
largos pasillos, las encaracoladas escaleras, la penumbra de
descansillos, los portalazos y ruidos de llaves que atrancaban
puertas, los gestos de ponerse el abrigo mientras salían las
oficinistas de sus despachos, le angustiaron ante la contingencia de
no llegar a encontrar en su puesto al personal encargado del juzgado
de lo Penal Número Cinco. Miraba los letreros situados encima de los
dinteles, mas no era capaz de atinar con el
destino con las imprecisas y desganadas indicaciones del sordo bedel
al que preguntó. Iba a inquirir a un corrillo de hombres trajeados
luciendo unas llamativas corbatas, pero, sólo con mirarlos, desistió
ante la posibilidad de que desde ese instante se le ofrecieran por si
necesitaba los servicios de un abogado.
Por
fin dio con la puerta. Se encontraba cerrada. Era opaca, sin una mala
cristalera que permitiera vislumbrar la estancia interior. Acercó el
oído y no oyó nada. Imperceptiblemente golpeó con los nudillos en
medio del madero, que resonó compactamente. Sintió miedo de que no
hubiera nadie y, a la vez, también de la presencia de alguien que lo
despachara con cajas destempladas por la hora que era. Una voz
meliflua, como si fuera el último hilillo de energía después de
una agotadora jornada, le dio permiso para entrar. Iba a dar una
explicación que justificara su presentación a tales horas, sin
embargo, la chica, al fijarse en las dos hojas con
la
citación, sin levantar las gafas de un tomo grueso y alargado que se
salía de los bordes de la mesa, agarró las dos cuartillas y hojeó
con un inmenso esfuerzo el mazacote de papel garabateado. Las piernas
le temblaban; era incapaz de emitir una palabra. Enigmáticamente,
sin abrir la boca, sin mirarlo, la diligente y silenciosa secretaria
repasaba sus registros. Se levantó y desplazó una escalera de mano
hacia el anaquel de una alta estantería. El joven se percató de que
difícilmente podría sacar el archivador y estuvo a punto de
ofrecerse para ayudarla, pero su timidez y recato se lo impidieron,
al creer que ese auxilio lo consideraría un soborno. A pesar del mal
momento que estaba pasando, no pudo por menos que fijarse en las bien
configuradas pantorrillas apoyadas en los peldaños y en el culo, un
trasero ancho, amplio, de pasar sentado mucho tiempo.
—Aquí
está.
Por
fin abrió la boca. Satisfecha con sus habilidades detectivescas, le
mostró un expediente como si fuera el trofeo obtenido en una ardua
competición, o la presa agitada frenéticamente por el cazador
después de una larga persecución.
El
expediente, que desparramó en la mesa, estaba desordenado y, aunque
las hojas aún no amarilleaban, daba la sensación de haber sido
manoseado por multitud de funcionarios antes de terminar en esa balda
inaccesible.
Se
puso nerviosísimo. ¿Qué sería ese montón de papeles? Iba a
preguntarle si todos esos documentos se referían a él, pero era tan
evidente que se abstuvo de formular esa impertinencia.
—¡Qué
curioso! ¿Usted es Llonte Reinoso?
No
fue capaz de abrir la boca. Le parecía imbécil la muchacha. Ladeó
la cara en señal de fastidio.
—Se
lo pregunto para asegurarme. Porque, si usted es Llonte Reinoso, se
encuentra en buen lío. Tiene una orden de busca y captura.
—¿Cómo
va a ser eso posible? Si yo no he hecho nada. Si yo no he tenido en
mi vida un problema con la justicia…, ni con nadie.
Se
encogió de hombros y, como si con ella no fuera nada, le dijo que
era buscado por las fuerzas policiales por varios asuntos: asalto a
mano armada, robo en distintos
establecimientos
y otras menudencias menores.
Procuró
serenarse; sin embargo, no controlaba sus emociones. Resoplaba, no
paraba de patalear y de refunfuñar diciendo que era imposible. No
obstante, trató de tranquilizarse, pues le entró el temor de que
pudiera asustar a la muchacha: era un delincuente y ella, una pobre
mujer indefensa. No quería huir e intentaba comunicarle que era
buena persona, que había cometido esos delitos y, sobre todo, que no
la atacaría y mucho
menos
huiría. Iba a meterse las manos en los bolsillos, pero desistió al
considerar que ese movimiento podría interpretarse como una maniobra
sospechosa para sacar alguna arma.
Sin
poder evitar el primer sollozo y contener las lágrimas, observaba a
la señorita, quien con la mayor naturalidad del mundo, como si
estuviera acostumbrada a tratar constantemente con gente de esa
calaña, lo miró por primera vez a los ojos y, con gesto de enfado,
temiendo que el acusado se echara a llorar y ella tuviera que
consolarlo, le ordenó imperiosamente:
—Siéntate
y no lagrimees. ¡Sois peores que los niños! Luego dicen de las
mujeres… Cualquier contratiempo os desborda. Cálmate. Tú, a
simple vista está, no eres un ladrón y menos capaz de llevar con
soltura un arma… Dices que tú no sabes nada de esto. Pues, muy
bien, serénate y trata de demostrarlo. No tienes por qué
preocuparte, si realmente estás limpio. Voy a llamar a los guardias
que están abajo para que vengan, pero tú no te asustes. Será
cuestión de poco tiempo…, mientras se aclara este entuerto. Entre
tanto, debes estar custodiado por las fuerzas del orden.
Antes
de poder realizar la llamada telefónica, de nuevo lo tuvo que
consolar porque ahora sí que lloraba a lágrima viva.
—Bueno,
qué lo vamos a hacer. ¡Hale! Gimotea todo lo que te dé la gana.
Desahógate. ¡Vaya hombre!
Mientras
lo confortaba, no perdía el tiempo y ordenaba la mesa de trabajo
recogiendo el material esparcido, dejándolo preparado para el día
siguiente. Unos golpes de nudillo en la puerta le interrumpieron el
llanto. Al aparecer la Guardia Civil, ya no le quedó la menor duda
de que se encontraba ante un buen aprieto.
Como le dijo la muchacha, lo mejor era serenarse y pensar para no
cometer ninguna tontería. Lo que le tuviera que pasar ya sucedería.
Sin embargo, en el momento en el que los guardias le fueron a
esposar, se vino abajo de verdad. Las piernas no le aguantaban de pie
y no oía nada de lo que le decían. Casi estuvieron a punto de darle
dos cachetes para que reaccionara. Esta operación la realizaban ya
los guardias, pues la secretaria se había desentendido. Cuando
volvió a ser él, la vio ya con el abrigo puesto y la bufanda
enrollada en el cuello.
—Llevadlo
al juez de vigilancia y le entregáis este informe.
Y
a él, como forma de despedida, pero sin disculparse, le dijo que no
tuviera miedo, que no le pasaría nada, mientras miraba a su reloj y
comprobaba con cara de disgusto lo tarde que era.
Lo
bajaron al primer piso escoltado en ambos flancos por sendos
guardias. No lo miraban a la cara, pero el trayecto se hacía
demasiado largo como para no sentir cierta tensión por las dos
partes, y le preguntaron con desidia de qué le acusaban.
—No
lo sé. Esta mañana fui a la casa donde viví hace unos años...
Ellos
esperaban una respuesta rápida y cuando vieron que se enrollaba, lo
dejaron de atender. Notó su desinterés y se defraudó porque
necesitaba desahogarse con alguien, de contar la verdad.
Llegaron
a las dependencias del Juzgado de Guardia. Llamaron de nuevo
golpeando
la puerta con el puño. Abrió una joven cuya primera reacción fue
mirar fijamente la cara del reo, como si intentara escudriñar los
delitos por los que estaba preso solo a través de las facciones de
su rostro y la luminosidad de sus ojos.
—El
señor juez aún no se ha incorporado. ¿Le habéis tomado
declaración? Si queréis os lo lleváis vosotros y adelantáis
trabajo.
Él
dejaba hacer. Incluso, había perdido interés. Era una marioneta en
manos de los guardias. Estos se miraron y sin decirse palabra se
pusieron de acuerdo para llevarlo al cuartelillo. En sus ojos vio
cómo trataban de quitárselo de en medio. Seguramente, si se
quedaban esperando al juez, no comerían hasta muy tarde… Dejaron
la documentación a la diligente y regordeta muchacha que los recibió
para que fuera estudiándola.
Lo
sacaron por la puerta de atrás y lo subieron a un coche celular.
Mientras se dirigían al cuartelillo, sin considerar su inoportuna
presencia, los dos guardias hablaron de problemas laborables internos
y se quejaron y criticaron a sus compañeros y de que el sargento
siempre les ponía los peores servicios. Afirmaron que eso era una
casa de putas y que cada cual se las arreglaba como podía. Ni tan
siquiera se dignaron mirar hacia dentro para comprobar lo que hacía
el detenido.
Cuando
llegaron al cuartel, lo desposaron y lo sentaron en un banco de
madera con respaldo. El mueble parecía más bien propio de un coro
catedralicio o de un salón de audiencia, que de una sala de espera
de un cuartelillo. Le ordenaron que se sentara allí. Nadie se quedó
vigilándolo.
Los que pasaban delante lo miraban y se extrañaban al reparar en una
nueva cara por sus dependencias. Por su parte, él observaba a través
de una cristalera el monótono y desganado ajetreo de la oficina de
la cual esperaba que surgiera el encargado de interrogarlo. Sin
embargo, no fue así. Alguien vestido de paisano se le acercó y
mirando un papel le preguntó si él era Llonte Reinoso. Le dijo
educadamente, como si no estuviera retenido, que si podía
acompañarlo. Su interlocutor fumaba una larga y gruesa tagarnina a
la que propinaba unas chupadas profundas y pausadas. Lo llevó, según
leyó en un cartel incrustado
en
la puerta, al gabinete de identificación. Este sí que tenía ganas
de conversación y le dejó hablar y contar toda su historia,
mientras, casi sin darse cuenta, lo fue retratando de frente y de
perfil y le tomó huellas digitales. Después de referir sin
interrupción su versión de los hechos, su paciente oyente le
aconsejó a modo de conclusión:
—Hay
que tener cuidado; a veces la gente hace cosas que piensa que no son
ominosas, pero están fuera de la ley. El otro día trajeron a un
buen hombre detenido que lo único que había hecho era comprar un
casete robado…
Alguien
entró e interrumpió al buen hombre.
—¿Está
listo ya? Pues venga, que lo están esperando para interrogarlo.
Un
tipo estaba sentado delante de una máquina de escribir dispuesto a
teclear con avidez. Le preguntaron si tenía abogado; si no, se lo
designarían de oficio. Llonte no conocía a ninguno y optó por
aceptar la propuesta de ese letrado que no cobraba. Este no tardó en
llegar. Cuando se presentó, ni se dignó hablar con él a solas. Se
sentó a la mesa y pacientemente aguardó a que el sargento comenzara
a desgranar las preguntas.
—Nombre,
apellidos, natural, hijo de, residencia, edad, D.N.I., profesión...
—Profesor
de Instituto.
—¿Cómo?
Usted, ¿es maestro? ¿Cómo es esto?
—Eso
mismo me pregunto yo: ¿por qué me tienen detenido, me han esposado,
me han retratado
y me han tomado las huellas dactilares y…?
Con
desgana relató su desgracia. En un reloj de pared comprobó que eran
ya las cinco. En ese instante comenzaría el examen. Ni se había
vuelto a acordar. ¡En la hora que me dio por estudiar de nuevo! Como
si ese afán intelectual fuera el origen de lo que le estaba pasando.
A
medida que avanzaba el interrogatorio, se dieron cuenta de que algo
no cuadraba. A pesar de que el autor de una serie de infracciones era
supuestamente un tal Llonte Reinoso, natural de…, la personalidad
de ese detenido no correspondía con la de un delincuente
reincidente.
Lo tenían muy claro, no obstante, su deber era seguir los cauces
reglamentarios. Así se lo dieron a entender con su buena voluntad,
aunque, en definitiva, cuando firmó la declaración que le habían
tomado, lo volvieron a esposar.
Otra
vez lo llevaron al juzgado. El coche celular lo tenían aparcado en
la calle. El día estaba consumido; aún había una menguada luz que
iluminada tamizadamente el perfil de las personas que pululaban por
las frías avenidas.
Las miraba con el propósito de comprobar que no las conocía. ¡Solo
faltaba que alguien lo hubiera reconocido para colmo de males!
Cuando
llegaron al juzgado, ya era de noche. Se percató de que llevaba todo
el día en ayunas, pero no se atrevió a pedir de comer, con la
esperanza de que el juez lo pusiera en libertad; entonces podría
hartarse.
Una
vez más, aunque esta vez se trataba de otros guardias, se encontró
frente a la misma puerta y con la cara redonda de la joven rolliza,
que no apartaba la mirada de su rostro, intentando discernir su
verdadera calaña. No sabía por qué motivos ocultos había
depositado toda su esperanza en la razonabilidad del juez. Creía que
este lo soltaría y comprendería y le aclararía el entuerto
formado… Incluso, había aventurado la posibilidad de reclamar a la
justicia por los malos momentos padecidos. A pesar de todo, se dijo a
sí mismo que, con tal de ser liberado, estaba dispuesto a perdonar y
olvidarse del asunto.
En
el instante que le quitaron las esposas, respiró aliviado y de
alguna manera afianzó las posibilidades de que lo liberaran. Pero se
decepcionó cuando le volvieron a tomar declaración y vio que la que
le preguntaba era la chicuela achaparrada que aún lo seguía mirando
inquisitivamente.
—Desea
usted declarar ante el juez o se reafirma en lo dicho a la Guardia
Civil.
El
abogado de oficio ya había desaparecido. Le hubiera gustado
consultarle esa cuestión. Se le pasó por la cabeza contar otra vez
la historia, pero pensar solo en tener que repetírsela a esa
muchacha que esperaba sonriente con un mohín sardónico, le ponía
malo. Lo que deseaba era salir lo más rápido posible de allí.
—No.
Lo que he dicho a la Guardia Civil lo vuelvo a repetir y no sé nada
de lo que me acusan. Soy Llonte Reinoso, pero no he cometido delito
alguno, por lo menos ninguno de esos que se citan en ese montón de
papeles. Si puede ser, querría hablar con el señor juez.
La
secretaria regordeta lo miró sonriente.
—Firme
usted aquí.
Esas
funcionarias le caían fatal. Estaba pasando la experiencia más
amarga y dolorosa de su existencia y las oficinistas y los guardias
que lo atendían y vigilaban lo miraban como si el drama que vivía
fuera moneda de uso común en el trajín cotidiano de su profesión.
Esa insensibilidad lo exasperaba.
Los
guardias civiles le pidieron nuevamente que los acompañara. Entre
las cábalas pensadas, estaba que, como mucho, el juez lo dejara
libre con una fianza, mientras las turbias aguas judiciales se
aclaraban. En sus planes no entraba que lo metieran en la cárcel;
así, cuando vio que lo bajaban a los sótanos, preguntó casi con
desesperación que si se encaminaban a los calabozos.
—Eso
es lo que nos han ordenado. De todas formas, no se preocupe usted.
Es, como si dijéramos, la sala de espera de los detenidos, mientras
estiman si entran en prisión o se les suelta. No se asuste al
entrar; está un poco oscuro; después de unos instantes, la vista se
acostumbra.
El
portón era de hierro forjado. Solo un agarradero retorcido y el
agujero de la cerradura eran indicios de que aquella lámina férrea
impedía la salida de los presos y franqueaba la entrada a los
detenidos. El color era un gris traslúcido y frío. Se abrió este
portón. Después, un corto descansillo, con una pelada bombilla de
cuarenta bujías, daba a otra puerta semejante a la primera, pero con
un ventanuco a la altura de los ojos y una abertura con una
portezuela o trampilla hacia la mitad que servía para introducir las
bandejas de la comida.
¡Qué
sea lo que Dios quiera! Se animó a hablar claro una vez que advirtió
lo ineludible de su situación. Preguntó:
—¿Hay
servicio ahí dentro? Porque llevo desde a mediodía sin comer y sin
entrar en el váter.
—Ya
se te podía haber ocurrido antes.
No
les sentó bien. Sin embargo, la cara de seguridad y de desprecio con
la cual lo solicitó, no les dejó dudar. Entró y orinó
abundantemente y se echó un trago de agua del grifo. Notaba el
estómago vacío y se sentía medio desmayado. Insistió en la
segunda demanda, pero esta ya no era de su incumbencia, añadiendo
una mirada con la que le parecían advertir que no se pasara, que lo
poco y lo mucho desagrada.
No
lo empujaron, pero debido al traspié que dio al no ver dos escalones
de bajada, podría decirse que lo forzaron a entrar.
Rozó
con unas piernas. Pensaba que iba a estar solo.
—Perdón.
He tropezado.
—Ya
lo he visto. Es la primera vez que pisas la trena, ¿verdad?
No
era una interpelación, más bien era una acusación imperiosa.
Además, el tono de la pregunta era una recriminación, como si
estuviera en un lugar íntimo que acababa de violar al introducirse
sin pedir consentimiento a sus huéspedes.
—Lo
siento. De verdad que no lo había visto, ni a usted ni al escalón.
—Vale,
tío, no hace falta que te confieses.
Pensó
que solo estaban él y su desconocido interlocutor, pero al ir
acostumbrándose a la oscuridad, descubrió que el local estaba lleno
hasta los topes. El silencio era sepulcral. Alguno dormitaba en
diluidos sueños. Se sintió angustiado y comprometido, cuando ese
mismo con el que había tropezado se apartó y le dejó sitio. Era un
chaval, no tendría más de veinte años.
—¿Tú
de qué vas?
Llonte
Reinoso trataba de establecer un vínculo afectivo con el joven, pero
las palabras y, sobre todo, el tono lo intimidaban. No sabía cómo
responder y comportarse. Esa jerga, ese léxico y ese deje le eran
antipáticos. No obstante, su apariencia y jaez le resultaban
agradables. Hubiera agradecido mantener una conversación con él
para ganarse su aprecio, como si ese muchacho, en caso de apuro, le
pudiera echar una mano. Sin embargo, siguió silencioso y
ensimismado.
Un
rato antes de que llegara un carrito con las bandejas de comida, los
reos se impacientaron. Se movían de un lado a otro, insultaban a la
pasma, maldecían su suerte, juraban venganza, echaban pestes de
colegas, se cagaban en sus muertos, se lamentaban de ser ellos los
que se estaban comiendo el marrón…, expresiones que levantaban a
la vez la curiosidad y el temor en Llonte Reinoso. ¡Quién le
hubiera dicho a él que iría a parar a un calabozo! Ya tendría
anécdotas para contar y ganarse la admiración de sus nietos. Este
pensamiento, en el que se vislumbraba un final feliz como si todo
hubiera sido una pesadilla, le levantó el ánimo. Sería solo
cuestión de tiempo.
Poco
después se oyó el chirrido de los goznes de la primera puerta. Una
voz ronca y enérgica anunció:
—¡El
comedero!
Y
comenzó a nombrar a cada retenido por su sobrenombre, como si fueran
comensales habituales de esa casa:
—¡Tito!
¡Chirlas! !Peñalbuto! ¡Bocas! ¡Fitipaldi!
Acudían
y recogían cada uno su bandeja. En las dos concavidades había un
caldo a modo de sopa y un escalope. No sabía cómo lo
nombrarían. Deseaba que no le llamaran Llonte Reinoso, por miedo a
que todos lo miraran. No lo nombraron. Cuando se quiso dar cuenta, se
oyó de nuevo el chirrido de las bisagras.
—Corre,
tío, que te quedas sin papear.
Se
levantó apresuradamente e intentó llamar al carcelero, pero no fue
capaz. Abatido y casi lloroso se sentó de nuevo.
—Despídete
hasta mañana. ¡Ese cabrón se ha olvidado de ti! Son unos hijos de
la gran puta. Seguro que no han dado parte de que estás aquí. La
cocina manda solo los justos. ¿Tienes hambre? Toma la mitad del
filete.
—Gracias,
muchas gracias. Te lo agradezco en el alma, pero cómetelo tú.
—Venga,
colega, no andes con tantos cumplidos.
Sin
darle opción a negarse, partió el filete y el bollo de pan en dos
mitades y preparó dos pequeños bocadillos.
—Venga,
que tienes caras de hambre; no te cortes.
—De
verdad que está rico. Estoy en ayunas desde esta mañana. Te lo
agradezco.
—¡Qué
pesado eres! Jama, y tú, tranqui.
Cuando
se acabaron el bocadillo, seccionó por la mitad también la manzana
y se la ofreció. Hacía tiempo que no degustaba unos manjares tan
exquisitos como los que acababa de ingerir. Cavilando que el
caritativo compañero no iniciaría una conversación fluida, estuvo
a punto de tomar la delantera él preguntándole las causas de su
detención. No obstante, aunque a él solo le interesaba el mero
hecho de conversar, no lo hizo por miedo a violar su intimidad.
—Procura
sobar lo que puedas. Hasta mañana ya no podrás resolver nada y
cuanto menos lo des vueltas, mucho mejor.
Tenía
razón. La gente, una vez que terminó de cenar, apiló las bandejas
en un vasar. Paulatinamente, los rumores de las conversaciones se
fueron amortiguando y los reclusos buscaron acomodo en el espacio
disponible. Su compañero se hizo un ovillo. Enseguida comenzaron a
oírse ronquidos. Le recordó los dormitorios de la mili. Buscó con
la mirada un lugar donde recostarse, mas fue incapaz de moverse: le
parecía imposible llegar a dormirse. Sin embargo, apoyando los codos
en las rodillas y sujetando el rostro con las manos, se le iban
cerrando los párpados y una somnolencia persistente se apoderó de
él hasta rendirlo. Se puso de medio lado, apoyando aún los pies en
el suelo, pero recostado el tronco sobre el estrado o tarima de
cemento en el que había estado sentado. Todavía, entre sueños, oyó
abrirse la puerta; alguien los iluminó con una linterna, como si
estuviera realizando un recuento o reconocimiento. Durmió
profundamente. El cuerpo, a pesar de la postura y de la dureza del
firme, descansó. En el sueño, reparaba en el frío que se
incrustaba en los riñones. En la quimera onírica, se echaba en
cara, él mismo, la relajación en la que se había sumergido. ¡Cómo
es posible que puedas dormir en una situación tan estresante como la
que estás sufriendo!, se repetía una y otra vez. Se sentía
abismalmente fatigado; su cuerpo no era capaz de reaccionar a estos
estímulos intimidatorios que le enviaba el cerebro. Sus piernas eran
columnas pesadas y sus brazos estaban igual que si hubieran sido
atados o crucificados…
Cuando
se despertó, alguien lo zarandeaba y lo miraba con una expresión
burlesca.
—¡Duermes
bien, macho! ¡Hale! ¡Despiértate! ¡Tienes que presentarte ante el
juez! ¡Suerte!
Miró
hacia su silencioso compañero y le dio las gracias. El encargado del
calabozo seguía con su sonrisa socarrona cuando terminó de cerrar
las puertas. Se puso él en cabeza y comenzaron a subir empinadas
escaleras. Llonte Reinoso caminaba soñoliento detrás del carcelero,
como un perro dócil tras su amo. Al llegar a la planta principal, se
fijó en los guardianes que lo observaban con cara de asombro,
profiriendo jocosos comentarios que no lograba descifrar. Al entrar
en los despachos, los administrativos mostraron la misma curiosidad
que los anteriores. Se dirigieron a él con amabilidad.
—Tome
usted asiento, enseguida lo recibe el Señor Juez.
Allí
continuaba la secretaria de cara redonda. Ya no lo miraba,
simplemente lo evitaba. Entonces reparó que no estaba custodiado y
tampoco esposado. Se puso de malhumor.
Al
poco rato, un hombre alto y delgado, con gafas de concha y cara
chupada, elegantemente vestido, le rogó que pasara a su despacho.
Enseguida averiguó que se trataba del juez, con quien
no pudo entrevistarse cuando llegó detenido al juzgado. No se sentó
hasta que Llonte Reinoso lo hizo. Lo estaban camelando, haciéndole
la pelota, lo percibió con claridad. Comenzaba a comprender las
reacciones de todos. ¡Por fin!, se dijo. Estuvo tentado de
putearlos. Ahora le tocaba a él. Le hubiera gustado ser capaz de
despreciarlos con la serenidad equilibrada que proporciona el aplomo.
Lo intentó.
—Soy
el Juez de Guardia y le pido disculpas por las molestias que le
hayamos podido causar. El sistema judicial comete a veces errores en
el desempeño de sus labores. Siempre estamos atentos y celosos en el
ejercicio de nuestra profesión para evitar estas anomalías, ajenas
a la voluntad de los que servimos a la Justicia, sin embargo, ...
Con
la cabeza ladeada observaba los cortinajes que impedían el paso de
la oscuridad de la calle; eran horribles. El mobiliario era austero,
recto, sencillo y barnizado de un color muerto. Incluso, percibía un
olor a humedad proveniente de las paredes desnudas. En esa atmósfera,
las palabras del juez le resultaban abovedadas y lejanas.
— ...claro,
que la Justicia dispone de inherentes mecanismos de protección
contra las deficiencias inseparables a su funcionamiento y esto,
usted, por su profesión, lo comprenderá. Y, es más, en aras de la
verdad, el sistema judicial, si se llega a las últimas causas
desencadenantes de los traspiés jurídicos, nunca…
La
perorata continuaba en boca del magistrado, mientras la desesperación
de Llonte Reinoso se manifestaba en la persistente frialdad ante la
vehemencia del juez.
—Algo
de culpa tiene usted. Sí, no se sorprenda. Por haber perdido su
D.N.I. Han estado utilizando su identidad.
Lo
miró asombrado. Así que era eso. Alguien le robó la cartera y no
solo le interesó su dinero, sino también sus documentos. ¡Vaya
gracia que le hicieron!
El
juez se dirigía a él con tono conminatorio, como si la culpa de
todo lo que había pasado lo hubiera tenido él.
—Para
otra vez, a ver si tiene más cuidado. ¿De acuerdo? Puede usted irse
cuando desee.
El
juez le tendió la mano, Llonte lo miró fijamente a los ojos; se
levantó parsimoniosamente de la silla y salió del despacho sin
decir nada.
Eran
las tres de la mañana. Anduvo por la acera y en el primer hotel que
encontró, pidió habitación. Mientras le tomaban los datos, se
deleitó saboreando un café con leche extraído de una máquina
dispensadora, sin pensar en nada, con una paz como no había sentido
en mucho tiempo. Durmió de un tirón.
Nada
más despertar, el enfado que aún persistía, como una nube cargada
de agua dirigiéndose hacia él, lo llevó a tomar una decisión
irrevocable: abandonaría Psicología y pasaría mucho tiempo antes
de volver a poner los pies en Salamanca.