03/01/26

4. Fernandito en la comisaría

 

Cuando regresamos a la comisaría, ya nos estaban esperando. La llegada de un agente de la capital con su sobrino no se producía con frecuencia, así que todos nos sonreían al pasar, no sé si de forma cordial o con sorna.

Nos acompañaron hasta la puerta del despacho del comisario y esperamos sentados en un banco de madera.

Mira, tío, ¡unas esposas!

Y acto seguido metió la mano por uno de los dos círculos metálicos, el que quedaba libre, pues el otro estaba sujeto al travesaño superior que hacía de respaldo. Los compañeros las tenían para amarrar a los detenidos mientras esperaban a que se les tomara declaración. Salió el comisario y, sacándome de la duda sobre cómo proceder con el muchacho mientras despachaba con él, alguien se ofreció a hacerse cargo de Fernandito. Al salir, la excitación le desbordaba.

¡Tío, no sabes cuántas metralletas tienen en un armario!

Y muy serio, como si fuera un secreto:

¡He visto el calabozo!

No me extrañó que el niño estuviera emocionado con tantas novedades, pues el policía uniformado que le recogió le había calado la gorra reglamentaria sobre su cabeza y todos trataban de captar su atención con distracciones diferentes.

Mi entrevista fue rápida. De antemano me habían preparado un dosier en el que se incluían varios documentos. El comisario no se entretuvo en detallar los sucesos que no eran capaces de aclarar, como si le costara reconocer su fracaso, quizá resentido por la poca confianza que sus superiores depositaban en él y su grupo de hombres.

Espero que ustedes sean capaces de desenredar este asunto —intentó conciliar conmigo, a pesar de que yo debía representar para él un inquisidor de sus capacidades.

No encontré palabras con las que aliviar el sentimiento de frustración del comisario, un hombre ya a punto de jubilarse.

A ver si vosotros veis lo que nosotros no vemos —señaló de manera que a mí me pareció que el asunto era un enigma.

De nuevo no fui capaz de reconfortarlo, en parte por el engreimiento que empezaba a sentir al notar cómo el abatimiento cubría casi por completo al venerable policía. Sin embargo, en ese momento, dejando de lado la parte de mi ser dispuesta a aceptar la farsa con tal de ganar autoestima y haciendo caso a la otra que me recomendaba humildad y sinceridad, el comisario creyó oportuno hablar más como un ser humano que como agente del orden.

Es un asunto sin transcendencia desde el punto de vista policial y penal —siguió el hombre al comprobar que se estaba dirigiendo a alguien que desconocía a fondo el asunto que le confiaban y que parecía dispuesto a escuchar—. Estas menudencias no habrían tenido cabida en otros sitios, y menos en Madrid, pero Ávila, es mucho Ávila…

Me quedé perplejo ante estas aclaraciones cuyo significado era patrimonio exclusivo de mi interlocutor.

¿Qué quiere decir, señor comisario?

Me miró, y pienso que en ese instante se percató de que yo no participada de la idiosincrasia propia de los abulenses.

Tontadas, cosas mías —respondió intentado evadirse de una explicación ardua a un alumno desaventajado.

Si no desea nada más de mí… —comencé el ritual de despedida notando que mi presencia le importunaba.

No te ofendas. No tengo ningún resquemor contra ti ni me desagrada compartir con vosotros, los de Madrid, la investigación de este asunto, pero a veces me da rabia vivir en un ambiente tan remilgado y someterme a unos superiores tan intransigentes con la moralidad y lo que ellos entienden por orden.

Las palabras del comisario continuaban siendo enigmáticas, pero percibí con nitidez en él un malestar que lo desalentaba y que —intuí en esa entrevista— bloqueaba la clarividencia necesaria para guiar una investigación. Me quedé con las ganas de indagar más sobre las causas de su desazón; sin embargo, era consciente de que sería muy arriesgado por su parte abrir su corazón a alguien desconocido que acababa de llegar a la ciudad a recibir el testigo de unas averiguaciones que él tenía atascadas.

No me haga caso —Terminó por desechar las cavilaciones y, arrojando de su mente las preocupaciones, sacudió la mano derecha con ímpetu como si las frustraciones fueran una masa gelatinosa adherida que arrojaba por un hipotético túnel de evacuación de desperdicios—. ¡Vaya sobrino más simpático que tiene!

Me despidió, auxiliado por la alusión a la anecdótica visita de Fernandito, para desterrar definitivamente la nube de pesadumbre que lo impregnaba.

El muchacho salió de comisaría más contento que unas pascuas. Durante el tiempo que permaneció en manos de mis colegas, el niño pudo saciar la curiosidad que lo acuciaba desde hacía mucho tiempo sobre todo lo referente al mundo policial. Yo, que nunca había querido enseñarle una pistola, que no creía oportuno relatarle los entresijos de la delincuencia por mucho que me preguntara si había disparado a alguien o a cuántos asesinos había detenido, había sido desautorizado para el resto de mi vida. Percibí, al estar en la calle y caminar a su lado, que en esa media hora había dado un estirón; o, tal vez, yo había encogido.

¡Vámonos ya! —me ordenó para que nos dirigiéramos a la estación a tomar el tren de vuelta, como si ya hubiera alcanzado todas las aspiraciones relacionadas con ese viaje.

¿No tienes hambre? —Intenté retarlo con un nuevo aliciente para que no sintiera tanta prisa en regresar—. Además, nos falta de ver las murallas.

La suma de los dos estímulos despertó de nuevo el interés del niño por prolongar nuestra estancia. Continuamos por la avenida de edificios modernos hasta llegar a la zona histórica. El centro de la ciudad de Ávila es el modelo ideal de población provinciana: tiendas de ultramarinos, comercios de ropa, droguerías, ferreterías, librerías… ¡Todo tipo de establecimientos se puede uno encontrar entre El Grande y El Chico, las dos plazas de referencia para los vecinos! Por sus calles pulula la gente que se desplaza desde los pueblos cercanos a comprar. También la que, con sus carpetas de cartón azul bajo el brazo, y el volante correspondiente, acude a la consulta de los médicos especialistas, o la que, con su fajo de billetes bien custodiado, llega al banco para depositar el dinero ahorrado con tanto esfuerzo… Los dos nos dejamos contagiar por el bullicio y la vitalidad de las calles a esas horas.

¡Las murallas, tío! —Efectivamente, fue Fernandito el que las divisó al desembocar en El Grande.

Se soltó de mi mano y echó a correr para aproximarse a la puerta del Alcázar. El muchacho miraba hacia las almenas y se quedaba alelado comprobando la solidez y majestuosidad de la construcción. Cruzamos la puerta para entrar dentro del recinto amurallado. Él miraba al techo, como con miedo de que se pudiera derrumbar el forjado de piedras. En el otro lado, a la parte izquierda, había un pequeño jardín desde el que salía la escalera de subida a la fortaleza, pero no se permitía el acceso, por lo cual nos sentimos defraudados.

¡Mira, tío! ¡Un animal de piedra!

Y me señalaba un toro de granito que no supe muy bien qué pintaba allí. Después, cuando descubrí otro durante mis sucesivas estancias en la ciudad, me enteré de que eran verracos procedentes de un castro llamado Las Cogotas, situado en el pueblo cercano de Cardeñosa.

Fernandito se empeñó en subirse en sus lomos. Dudé si permitírselo o impedírselo. Miré alrededor como si una cosa o la otra dependiera de alguien que nos observara dándonos su anuencia o advirtiendo de una reprimenda. No vi a nadie que me sacara de dudas y de un empujón que le di, el muchacho se sentó a horcajadas en el lomo del animal aguijoneándolo para que se pusiera en marcha.

Aún recorrimos durante un poco más de tiempo las calles céntricas de la ciudad hasta alcanzar El Chico y volvimos a salir del recinto amurallado por otra puerta para divisar desde un paseo que trascurría por el lienzo sur una extensísima explanada que se perdía en el espacio. Sin embargo, el cansancio comenzó a notarse en los dos. Antes de regresar a la estación, entramos en un bar de nombre Casa Patas, que le llamó la atención a Fernandito, situado en una pequeña calle que partía de El Grande.

¡Qué rico me ha sabido el chorizo, tío! —me dijo nada más salir de la taberna.

La verdad es que a mí también me gustaron los huevos con longaniza y patatas fritas que nos habían servido. La sensación de una comida degustada con fruición se alargó durante la tarde.

Llegamos a la estación sin saber con exactitud a qué hora pasaría un tren en dirección a Madrid. Una vez sacado el billete nos sentamos en los bancos del amplio vestíbulo ferroviario. El sol entraba a raudales por la fachada toda acristalada. A nuestro lado había más ancianos disfrutando de la agradable temperatura y de los rayos solares que impactaban de lleno sobre sus negras boinas, que viajeros esperando el tren.

¡Mira, tío, el viejo de esta mañana! —me advirtió mi sobrino al mismo tiempo que lo apuntaba sin pudor con el índice.

¡Calla, Fernandito!... Y no se señala a las personas —le corregí, no preocupado por la falta de urbanidad, sino con miedo de que se percatara de nuestra presencia y de nuevo lo tuviéramos de compañero en el caso de que entabláramos conversación.

Cuando anunciaron la entrada del tren por el andén dos, como si nos faltara tiempo para llegar, nos apresuramos a cruzar al otro lado de las vías por el subterráneo.

¿Por dónde va a venir el tren, tío?

Por la derecha —le respondí después de orientarme.

De nuevo lo sujeté de la mano por temor a que su nerviosismo lo llevara a caer a las vías. No cesaba de mirar en la dirección que le había señalado.

Lo tuve que detener para permitir que se apearan los viajeros. Una vez en el suelo el último, subió con dificultad los escalones y se aposentó en unos asientos desocupados y se puso a contemplar cómo el resto de viajeros buscaban acomodo.

¡El viejo! —me dijo tirándome de la chaqueta.

Me temí que al pobre hombre le tocaría soportar por segunda vez la tabarra que intuía que el muchacho estaba dispuesto a darle durante el viaje.

¡Buenas tardes! ¡Qué casualidad! —intenté con amabilidad mentalizarlo de las incomodidades que sufriría.

El hombre miró al muchacho con una sonrisa picarona sin decir palabra. Para evitar en lo posible las molestias, cambié de sitio con el chico, de tal modo que yo me quedé de frente. Absorto en el paisaje monótono de los primeros kilómetros del recorrido, apoyado en el cristal, después del madrugón y las vivencias de la jornada, se quedó dormido. Respiré con alivio al saber que durante una parte del trayecto podría relajarme y respirar con sosiego; sin embargo, cuando el tren se detuvo en Robledo de Chavela, el muchacho se despertó. En el intervalo que me dejó tranquilo pude intercambiar unas palabras con el viejo. Le pregunté que si trabajaba en Ávila. Hablaba muy bajo y sus frases eran raquíticas, al igual que toda su figura.

Soy profesor de Dibujo en La Normal.

Me quedé perplejo porque nunca habría acertado cuál sería su ocupación, si en algún momento hubiera especulado sobre tal cuestión. De todas maneras, lo que no me cuadraba era el hecho de que viajara en tren, pues yo suponía que lo lógico era que residiera en la ciudad.

¿Y tú?

Me sorprendió pues no esperaba que se interesara por las motivaciones que me llevaban a viajar con mi sobrino. Le aclaré, por si lo pensaba, que el muchacho no era mi hijo y no se me ocurrió otra respuesta que decir que habíamos ido a conocer la ciudad.

¿De turismo?

Sí, el chico no tiene escuela estos días y mi hermana no sabía qué hacer con él.

Sonrió con una mueca escéptica, como si no se hubiera creído lo que acaba de oír.

No recuerdo haber intercambiado muchas más palabras con este personaje en ese segundo viaje.




3. El señor de Toledo

 

3. El señor de Toledo

Vandalismo en la capital

Causan desperfectos en las oficinas de una inmobiliaria

Pintadas, huevos estrellados contra la fachada y desperfectos en la puerta de acceso a la sede de la empresa Promociones Jacinto.

Personas desconocidas han atacado la noche pasada el edificio de la empresa en la calle Pilón de nuestra ciudad. Cuando los empleados han acudido a su puesto de trabajo en la mañana del lunes se han percatado de que la cerradura de la puerta de acceso había sido forzada. Los desperfectos se extendían a la fachada en la que figuraban pintadas contra el dueño de la empresa. Además, sobre la pared y los cristales de las ventanas habían impactado varios huevos.

La calle donde se ubica la sede empresarial es una zona administrativa y comercial escasamente ocupada por vecinos residentes, por lo que la policía no ha encontrado testigos que pudieran aclarar la hora del ataque ni el número de personas que han participado en el suceso.

Este nuevo incidente se suma a los que de manera regular se producen en nuestra ciudad desde hace un año. Son sucesos aislados que de momento solo causan desperfectos menores sobre diversas instalaciones, y no permiten descubrir si los provocadores reivindican algo o son simples gamberradas.

La empresa, dedicada a la promoción de vivienda nueva, lleva ejerciendo su actividad desde hace quince años. Su promotor, Jacinto Buenviento Suárez, es un prestigioso empresario con diferentes negocios en nuestra ciudad. Este es el primer ataque vandálico que sufre su empresa.



La noticia aparecía en uno de los recortes relacionados con el caso que recopilé. El papel amarilleaba y desprendía una humedad inaprensible y uno de los agujeros para introducirlo en las anillas del archivador se había rasgado. A fin de cuentas, por mucho que nos empeñemos en ayudar a la memoria a almacenar las vivencias con medios materiales, estos son fungibles, al igual que los recuerdos que se desvanecen. Sin embargo, recordaba suficientes detalles de este suceso, uno más de los que formaban ese caso. El periódico refería lo más llamativo, pero detrás de ese ataque había más que destrozos.

Junto a mi acompañante de la comisaría de Ávila, un tal Severino, profundizamos en este asunto no demasiado complejo de explicar, aunque fue imposible concretar quiénes fueron los autores de los desperfectos, pues eran numerosas las personas que por un motivo u otro podrían haberse tomado la justicia por su mano para escarmentar al empresario. Tanto Severino como yo nos inclinamos a relacionar lo sucedido con su actividad de constructor, pues, aunque mal pagador y jefe autoritario, los empleados de sus otros negocios, pensábamos, no estaban armados de tantas razones como para sentirse impulsados a acometer un ataque. En todo caso, lo normal, además, hubiera sido que el atentado se realizara en los centros de trabajo de los asalariados.

Por aquel entonces, el constructor estaba a punto de acabar una promoción de viviendas en la zona sur. En algunas ya había gente viviendo. Nos acercamos hasta el lugar en un Renault 12 camuflado. Unos operarios acababan los últimos remates. Por la puerta de acceso y un patio central pululaban personas con la cara desencajada presas de una angustia que no encontraba consuelo. Entramos como si fuéramos propietarios que se dirigían a su nuevo hogar. Severino había sacado un juego de llaves y las llevaba en la mano haciéndolas sonar igual que un sonajero. Saludó al grupo con la intención de presentarse como futuro vecino y con rapidez pegó hebra con ellos.

Parece que tiene cara de disgusto —le dijo Severino a uno de los que contenía con más esfuerzo su enfado.

¿Y qué cara quiere que tenga? ¡Menuda nos la ha preparado este mamón! —le respondió con una vehemencia áspera.

Se trataba de un señor alto, enjuto, que rondaría unos sesenta años. Era propietario de dos pisos del complejo. Residía en Toledo.

¿Usted ha comprado la vivienda directamente a este pistolero? —indagó el señor de Toledo a Severino.

Sí, sí —contestó titubeando el agente local ante una pregunta que consideraba absurda.

¡Pues tenga cuidado con este pájaro! —le aconsejó el vecino deseoso de prevenir a otros para que nadie más fuera engañado como lo había sido él.

¿A qué se refiere? —intervine yo sin presentarme, aunque demostrando que el consejo me podía convenir también.

¿No sabéis cómo se las gasta este ladrón?

Nos acabó contando su drama, semejante al de dos engañados más.

El terreno —se refería a la parcela en la que se habían levantado los edificios— era de nuestra propiedad, mía y de otros. Eran varias casas con sus patios; todas pequeñas. En muchas no vivía nadie… Nos convencieron para venderlas ofreciéndonos un buen precio. A los menos, los pagó en efectivo; otros acordamos intercambiar el terreno por un piso o, como es mi caso, por dos. Nos pareció una operación ventajosa hasta que han llegado los problemas.

¿Cuáles? ¿No os ha entregado las viviendas? —preguntó Severino.

Sí, ya nos ha dado las llaves —respondió alelado el propietario—. La cuestión es que ahora no quiere escriturar.

Nos miramos y comprobamos que se nos había quedado una cara de pánfilos al no entender muy bien el conflicto. Tardamos en descifrar el embrollo originado al finalizar la obra y querer legalizar las viviendas. A algunos de los antiguos propietarios del terreno los estaba extorsionando sin misericordia. El señor que en ese momento vivía en Toledo había vendido a su vez a otro comprador uno de los pisos que le correspondía. La idea era que la escritura primera se realizara entre el promotor y este nuevo adquiriente, sin que figurara en ninguna parte el acuerdo inicial del propietario de terreno con el constructor con el fin de ahorrar los impuestos derivados al escriturar.

Ahora me encuentro en una situación límite —continuó compungido el pobre hombre—. Esperaba poder cerrar este asunto y cobrar los millones que me tiene que pagar el comprador, pero hasta que no firme las escrituras, como es lógico, no suelta una peseta más de la cantidad que me entregó de entrada.

¡Menuda papeleta! —exclamó Severino cuando intuyó por donde iban los tiros…

¿Porque devolver el dinero de la entrada al que le ha comprado el piso no le conviene? —indagué yo en esta posible solución por si no se lo había ocurrido al hombre.

¡Ya! ¡En ese caso le tendría que devolver el doble de la cantidad que entregó de señal en el trato que hicimos!

Eso suponía que debería pagar dos millones, pues recibió uno en el momento de formalizar el acuerdo de compraventa entre particulares que habían firmado.

¡Lo peor no es esto! Ese dinero ya no lo tengo, lo he empleado a su vez para comprar un piso en Toledo…

¡Apaga y vámonos! —exclamó Severino.

¡Y ese cabrón —se refería el apesadumbrado hombre a Jacinto, el constructor— no da la cara! Con el único que podemos hablar es con un administrador que se disculpa con la excusa de que él no tiene autoridad y que nadie sabe dónde se halla ese mal nacido…

¿No han denunciado a este hombre? —sugerí de nuevo sin darme cuenta de que nosotros mismos éramos agentes del orden.

Se encogió de hombros y se quedó sin palabras, lleno de una rabia difícil de contener… Me di cuenta de que ni ese camino podía seguir para reclamar lo que era suyo.

No acaba el problema ahí —dijo ya desfallecido, a punto de escapársele las lágrimas—. El muy hijo de puta ha terminado por hipotecar mi mismo piso para conseguir un préstamo, con lo cual ya no puedo disponer de él hasta que lo devuelva. ¿A ver qué hago yo ahora? Porque, además, contaba con el dinero que iba cobrar para pagar el que me he comprado en Toledo…

Severino le dio unas palmadas en la espalda y me arrastró hasta la calle sin despedirnos.

No supuso ningún problema confirmar lo que el apesadumbrado propietario nos confesó. Uno de los compañeros de Severino corroboró la calaña del tal Jacinto, no solo en sus negocios inmobiliarios, sino en sus otras actividades. Para asegurarnos del todo nos entrevistamos con el notario donde se había formalizado la escritura de hipoteca de préstamo bancario solicitado por el constructor. Confirmó las operaciones descritas por el señor de Toledo.

No es mala persona —apostilló el notario al terminar la conversación, cuando nos levantábamos de las sillas dispuestas delante de su escritorio.

Me quedé paralizado durante un instante, sin saber si acabar de salir o de encararme con el carcamal que se atrevía a disculpar a un ladrón. Se impuso la contención y el respeto que siempre he sentido por la autoridad, o por el papel que los funcionarios desempeñan en el país, pero no me recuperé durante mi estancia en Ávila del impacto emocional que me causaron esas palabras en boca de una persona que debería ser modelo de ecuanimidad y justicia.

2. Mi sobrino pelirrojo

 

2. Mi sobrino pelirrojo

Cuando salí del trabajo y tomé el tren de vuelta a mi casa, en Villalba, me encontraba enojado conmigo mismo. Excepto el encuentro con el anciano, ningún otro asunto me trastocaba el estado de ánimo.

Con el paso de los años, me había apartado de las investigaciones a pie de calle y mis superiores me destinaban a labores administrativas: cotejaba datos, redactaba informes, indagaba en los archivos, preparaba la logística necesaria para que mis compañeros más jóvenes siguieran sobre el terreno el itinerario previsible de las averiguaciones. A veces tomaba declaración a los investigados, pero siempre en las dependencias de la comisaría. Era ese un momento de la vida profesional que la mayoría de los policías esperaban: algunos postergaban el paso a retaguardia arriesgando su integridad física, pero otros, aún vigorosos, anhelaban este destino menos peligroso. Yo di el paso cuando por edad y años de servicios me correspondía, aunque, aparte del estado físico, en mi caso influyó mucho el desánimo y la frustración acumulada hasta ese momento por el descrédito de los principios que me animaron a entrar en la institución. No estoy amargado, porque la acritud se manifiesta en la denigración pública, y nunca por mi boca ha salido palabra de crítica contra mis compañeros; más bien todo lo contrario, defiendo la labor policial sin apasionamiento, pero dejando claras las razones de nuestro trabajo, tanto cuando alcanzamos el éxito, como cuando fracasamos. Sin embargo, al decidir apartarme de la primera línea de fuego, lo hice pensando que lo que no hubiera alcanzado hasta ese momento desde un punto de vista profesional, ya nunca lo lograría. No había razón para continuar y ser un obstáculo para que otros compañeros más jóvenes e impetuosos demostraran su competencia en la profesión. La convicción de que había llegado el momento de dar un paso atrás me proporcionó una serenidad que todavía hoy conservo. No obstante, hay momentos en los que la desazón se apodera de mí, y la soporto mal porque no logro saber el origen de ella o, sospechando cuál es, considero este de tan poca entidad que me acrecienta una congoja que se prolonga mucho más que el recuerdo de cualquier error o fallo que haya cometido en la gestión de algo concreto.

Llegué a nuestro chalet desfallecido. Mi mujer no se hallaba en casa. Trabajaba a turnos, por lo cual había jornadas en las que solo nos veíamos al levantarnos y a última hora de la noche. Todas las dependencias estaban ordenadas. La limpieza de nuestro hogar me infundió una brisa de tranquilidad. El caos, a veces excesivo, de la comisaría y la ausencia de aire puro perjudicaban el bienestar de los que allí trabajábamos y hacía que la entrada en el ámbito doméstico resultara más reconfortante.

Después de reposar la comida, más apaciguado, en vez de salir a caminar o de ponerme la ropa de trabajo para cuidar el jardín o el pequeño huerto de nuestra parcela, me senté en mi despacho. Al no tener descendencia, nos sobraban habitaciones y habíamos acondicionado dos de ellas como gabinetes, a los que trasladamos las pertenencias más exclusivas de cada uno de nosotros. En las estanterías no solo lucían libros y objetos decorativos, sino que también me había acostumbrado a ordenar en archivadores los documentos o anotaciones sobre los casos en los que había colaborado. En verdad, esta dedicación nunca había sido rigurosa ni completa, pues, a lo largo de los años, me he sentido inseguro respecto a la oportunidad de esta recopilación; incluso, desde un punto de vista legal o deontológico, dudo de si se puede considerar lícita.

Sospechaba que algo encontraría acerca de esta investigación en Ávila, pues fue también por aquella época cuando comencé a escribir un diario que complementaba la recopilación de materiales del archivo. En estas anotaciones, manuscritas en cuadernos escolares, no solo me refería a mi actividad profesional, sino que también escribía sobre acontecimientos familiares y reflexiones que me permitían abordar de forma tranquila las preocupaciones cíclicas con las que siempre he litigado. Casi nunca los he vuelto a releer esos materiales. Me da pudor e intuyo que me voy a avergonzar de lo que escribí hace ya mucho tiempo, o del material recopilado a lo largo del ejercicio de mi profesión. Con todo, siempre he vuelto a borronear mi diario cuando he necesitado aclararme. Cada preocupación salvaje que conseguía domesticar al anotarla en mi cuaderno me infundía aliento para continuar ordenando mi vida, de modo que siempre lo he considerado un procedimiento eficaz para resolver las inquietudes cotidianas, con independencia de que más tarde leyera o no lo que anotaba.

De inmediato localicé el archivador, el primero, al igual que el cuaderno con el que inicié el diario, cuyos registros se prolongaban hasta completar casi dos años de mi vida. Las primeras fechas, como había calculado, eran de enero de 1980. Pensé que quizá comenzara a escribirlo como propósito de Año Nuevo. Al hojear sus páginas me asaltaron recuerdos del piso de Vallecas donde comenzamos nuestra vida en común mi mujer y yo, hasta que más adelante, hastiados de los inconvenientes de una gran urbe y creyendo que debíamos rentabilizar los ahorros, nos hipotecamos para comprar nuestra actual residencia en esta localidad de Villalba. Con el paso de los años, sin embargo, en mi memoria solo perduran con suavidad las vivencias placenteras que una gran ciudad ofrece a sus habitantes, si es que estos son capaces de disfrutar de ellas. Recuerdo el dominio de las calles caminando por sus aceras, la rica vida multicultural en El Rastro, las visitas a los interesantes museos, a la Biblioteca Nacional, a locales llenos de un encanto que solo se adquiere cuando han sido varias las generaciones que lo han regentado…

No quise perderme en la dulce nostalgia del pasado para centrarme en el asunto que me había llevado a remover cuadernos y archivadores. Cada una de las entradas del diario, se iniciaba con un titular periodístico referente al asunto que a continuación desarrollaba, de modo que, en muy poco tiempo, leyendo estos epígrafes, comprobé que las anotaciones referentes a la investigación de Ávila eran escasas y que ninguno se refería al viejecito de la plaza del Museo Reina Sofía, por lo que supuse que no encontraría referencias a él. Sin embargo, aunque aquella mañana tardé en caer en la cuenta de quién se trataba, una vez identificado, vinieron a mi cabeza detalles de su persona y de los sucesivos encuentros que mantuve con él. El primero se produjo cuando viajé a Ávila en compañía de mi sobrino para recoger información de los sucesos inescrutables que acaecían en la ciudad. Coincidimos en la agrupación de cuatro asientos enfrentados, en los que los pasajeros viajaban en los trenes de cercanías, con lo cual durante todo el trayecto nos estuvimos mirando la cara. No creo que en ese primer viaje habláramos demasiado, porque mi preocupación era que Fernandito no molestara a los viajeros. El niño resultó ser más carga que solaz. Antes de montar en Atocha, la espera se le hizo eterna porque no le permitía subir a los trenes que pasaban por nuestro andén, como si pensara que lo estaba engañando y que ya no viajaríamos.

¿Es este, tío? —me interrogaba al aproximarse un nuevo convoy.

No, aún faltan diez minutos. Tú mira al panel luminoso y cuando aparezca «A Ávila» el primero de la lista, ese es el nuestro —le explicaba para que él mismo controlara sus nervios.

Con eso logré apaciguar su impaciencia. Consciente de mi responsabilidad, lo sujetaba de la mano con miedo de que se cayera a las vías. Él espiaba a los ágiles viajeros que ascendían y bajaban de los convoyes. Los observaba como si nunca hubiera contemplado caras de tedio y fatiga ya a esas horas tan tempranas. Quizá por eso y por la penumbra lúgubre de los túneles infernales, por momentos desapareció de su cara la expectación del que vive una experiencia infantil nueva y emocionante.

Sin embargo, ya en el tren y una vez dejados atrás los corredores subterráneos de las tripas de la ciudad, cuando la luz nos dio de pleno en los ojos, la chispa de la curiosidad regresó a sus pupilas. Un maremágnum de raíles entretejía las vías misteriosas por las que los trenes se deslizaban para llegar a o abandonar la estación de Chamartín. Más tarde, la vista se perdía en los encinares de la Casa de Campo.

Mira, Fernandito, mira… —Y le señalaba los cervatillos que se alejaban asustados por el estruendo del tren.

¿Dónde?, ¿dónde?

El muchacho, sin reflejos a consecuencia de la ansiedad con la que observaba todo, se perdió la carrera rápida de los animales.

Mira, tío, un conejo.

Subiendo las trincheras abiertas para trazar las vías, un gazapillo se alejaba burlándose de los viajeros agitando su blanca cola.

¿Dónde?, ¿dónde? —le preguntaba simulando que no lo había visto.

Allí, allí… —me respondía volviendo la cabeza al punto que se iba quedando atrás.

Era un conejo —repetía Fernandito, frustrado porque no corroborara su descubrimiento.

Durante un rato se mantuvo atento mirando por los sucios cristales de la ventana con el afán de un cazador, pero, cuando pasaron los minutos y no vio ningún animal más, perdió interés.

Poco tiempo permaneció sentado. De pie, oteaba a un lado y otro del vagón.

Siéntate —le ordenaba en voz baja para no molestar a los viajeros.

Apoyaba el culo en el borde del asiento, pero, en el momento en que se atenuaba mi vigilancia, incorporándose con cuidado y, evitando las piernas del viejo, se desplazó hasta el pasillo para desde ese sitio escrutar el panorama. Nuestro compañero de asiento sonreía ante la inquietud del muchacho y al notar mi propia desesperación cuando este no me obedecía. Sin decir nada, yo intentaba con la mirada que comprendiera que las incomodidades eran originadas por un niño. El viejecito del sombrero no cesaba de reír con una actitud desconcertante, ya que no estaba seguro de lograr su complicidad.

Aumentando el radio de acción, Fernandito acabó aproximándose a todos los viajeros. A algunos les hacía gracia; a otros seguramente les fastidiaría y reprocharían sin que a mis oídos llegara, la despreocupación del supuesto padre del niño por permitirlo andar como Pedro por su casa. La idea de que la gente creyera que era hijo mío me llenó de una satisfacción ridícula.

Tío, tengo sed —me dijo después de explorar todos los asientos cuando ya habíamos pasado la estación de El Escorial.

Me quedé sin saber qué decirle. Abría la boca y jadeaba levemente mostrando una concavidad bucal deshidratada.

Aguanta un poco, que enseguida llegamos.

¿Cuánto falta?

¿Quieres un caramelo?

El ofrecimiento de nuestro acompañante me sorprendió porque hasta ese momento no se había dignado pronunciar palabra y me sacó de un apuro, pues no sabía cómo distraer a mi sobrino para que se olvidara del agua. Extrajo un caramelo del bolsillo de su ajada gabardina. Me resultó llamativo el brillo y blancura del envoltorio, como si fuera inaudito que de una prenda gris y gastada pudiera salir algo tan limpio y dulce. Fernandito no hizo ascos y quitando el papel se lo metió en la boca. Pensé que saboreando la golosina se entretendría un rato, pero, en un abrir y cerrar de ojos, comprobé que no lo chupaba, sino que lo partía y trituraba con las muelas, chascando la dentadura sin ningún miramiento.

¿Cuánto falta? —siguió preguntando una vez ingerida toda la masa machacada del caramelo.

¡Mira! ¡Un túnel!

Por un instante reaccionó ante la sorpresa, al encenderse la luz en el convoy, al mismo tiempo que éramos devorados por la oscuridad. Los sucesivos corredores subterráneos que atravesamos poco antes de llegar a nuestro destino lo mantuvieron expectante hasta detenernos en la estación de Ávila.

¡Vaya sobrino que tiene! ¡Parece el rabo del diablo! —Me quedé estupefacto con las palabras de despedida del viejo.

No sabía si el muchacho le había servido de distracción o había sido un incordio. Lo vi atravesar el vestíbulo de la estación caminando con pequeños pasos inarmónicos y balanceando con un recorrido circular breve el portafolios que agarraba con su mano derecha.

Vamos a beber agua —le dije a mi sobrino antes de abandonar la sala de espera.

Me miró sorprendido.

No tengo sed —me respondió animándome a marchar de allí y enfrentarnos a una ciudad desconocida para los dos.

El sol lucía con un brillo metálico al salir de la estación.

Había embaucado a mi sobrino diciéndole que Ávila era muy bonita y que estaba rodeaba de una inmensa muralla de piedra, como si temiera su aburrimiento mientras realizaba las gestiones que me llevaban a la ciudad.

Pregunté dónde se ubicaba la comisaría.

No hay pérdida. Baje por la acera y, antes del cruce, a la derecha, en la misma esquina, tiene el Gobierno Civil y allí está —me aclaró uno de los jubilados que merodeaban por la estación—. Si quiere, lo acompaño.

Me agradó la disponibilidad del hombre y le agradecí su ofrecimiento, pero no llevábamos prisa y deseaba realizar mi primer contacto con la capital abulense sin la interferencia de nadie. No recuerdo si esa primera impresión me agradó o me defraudó. En todo caso, las viviendas más inmediatas eran más propias de una aldea que de una pequeña urbe, con sus casas de una sola planta y sus minúsculas tabernas. Un poco más adelante, sin embargo, la ciudad moderna se erigía a modo de presentación con unos edificios altos pero anodinos. Esa mezcolanza de construcciones fue lo que me encontré por casi toda la geografía urbana, como si la pugna por la modernización se mantuviera en un punto de equilibrio consistente.

Descendí por la avenida hasta llegar al cruce que me había señalado mi guía. Un edificio de piedra impoluta y fría albergaba la sede del Gobierno Civil y en una de sus dependencias anejas, la comisaría provincial.

Mira, tío, lleva una metralleta —me dijo Fernandito al ver cómo el policía de puertas vigilaba la entrada.

Me presenté ante él y aclaré cuál era mi propósito.

Es mejor que toméis algo por aquí, en alguno de los bares cercanos, porque el comisario ha salido hace media hora camino del juzgado… —me respondió el compañero para evitarnos la espera sentados en un incómodo banco de madera.

Cruzamos a la acera contraria y entramos en un local muy distinto al de las primeras tascas que nos habíamos encontrado al salir de la estación. La barra estaba bien surtida de aperitivos elaborados todos ellos con carne de cerdo: morros, callos, orejas, hígado… y patatas revolconas. Me llamó la atención este pincho cuando se lo vi comer a un grupo de parroquianos y me entraron ganas de probarlo.

¿Qué quieres tomar? —le pregunté a mi sobrino.

¡Una Fanta!

Aparte de la bebida, le pusieron un cestillo con un montón de patatas fritas.

¿Te apetece probar mi aperitivo? —le invité antes de comenzar a comer.

Las miró y negó con la cabeza. Me habían llenado un cuenco con las patatas machadas y encima dos torreznos.

¡Cómo pican! —dije soplando para aliviar la picazón, y acto continuo bebí un sorbo de cerveza.

Mi sobrino se reía viéndome, colorado, realizar tantos aspavientos. Él, entre tanto, dio cuenta de su bebida en un santiamén.

Pero ¿ya te la has acabado? —le reproché cuando lo vi apurando la botella en el segundo trago.

El chaval no dijo nada y continuó devorando las patatas moviendo las piernas con un balanceo incesante. El camarero, atento a los dos clientes no habituales y, quizá a la llamativa presencia de mi sobrino pelirrojo, oyendo mi reproche le trajo un vaso de agua, que ya no bebió con tanto ímpetu.

Nada más salir, el compañero de puertas nos dio a entender con señas que aún no había regresado el comisario, de modo que emprendimos un paseo por los alrededores. Continuamos por la avenida en dirección al centro. Nos detuvimos en el escaparate de una ferretería que se llamaba Peralta. Me gustan estos establecimientos y siempre que entro o veo sus vitrinas, siento el impulso de adquirir alguna de las herramientas en venta. Me entran ganas de trabajar viendo esos utensilios nuevos y me imagino lo fácil y cómodo que tiene que ser emprender cualquier tarea con ellos.

¿Qué miras, tío? —indagó Fernandito viéndome absorto ante el escaparate.

Seguro que mi sobrino no me imaginaba manipulando esas herramientas, sino exhibiendo la pistola a cada momento. Desistí de explicarle lo bien que me sentía cuando me enfundaba un mono y me calzaba unas botas de Segarra para ir al pequeño huerto ubicado en la misma escasa parcela que rodeaba nuestro chalet.

Enfrente había un edificio inmenso que ocupaba toda la manzana. Una verja y una puerta metálica cerrada no impedían ver el gran patio de la entrada. Había porterías de balonmano y canastas de baloncesto. Pensé en esos momentos que se trataba de un colegio religioso o de un seminario de curas; unos días más tarde, durante el transcurso de mis indagaciones, me enteré de que albergaba muchas dependencias escolares y administrativas, aunque la más significativa era la Escuela Normal de Magisterio.





1. El viejo en el banco

 

COMANDO LECH WALESA

«La venganza es una confesión de dolor, no hay espíritu que doblegue la injuria. El que te hirió, o es más poderoso o más débil; si es más débil, perdónalo, si es más poderoso, perdónate» [De Ira, III, 5: 7-8] de Lucio Anneo Séneca, filósofo, (4 a.C. y el 65 d.C.)


1. El viejo en el banco

Chis, chis…

No sabía si me llamaban a mí. Como no me apetecía entablar contacto con nadie creí que, desentendiéndome, podría dar esquinazo al desconocido.

Había salido de la comisaría a la hora del café sin compañía, pues procuraba disfrutar del descanso de media mañana en soledad. Las conversaciones de los colegas terminaban versando siempre sobre asuntos de trabajo y abordando las rencillas que inevitablemente surgían entre compañeros, o lamentando los sinsabores causados por los roces de la convivencia. Un paseo solitario, sin pensar en nada, me despejaba la mente y regresaba a la comisaría oxigenado para continuar la jornada de trabajo.

Chis, chis…

La segunda llamada me perturbó aún más. Estaba convencido de que se dirigían a mí, pero era incapaz de identificar a nadie, por lo que continué hacia mi objetivo, que no era otro que acceder al Museo Reina Sofía. Por recónditas razones regresaba con frecuencia a este lugar, sabiendo que, al finalizar su recorrido, un extraño malestar me acompañaría durante el resto de la jornada. Las exposiciones que se exhibían allí eran todas de arte moderno, difícil de asimilar para un espectador medio; no obstante, el afán por descubrir nuevas manifestaciones artísticas me llevaba cada cierto tiempo a recorrer las salas del remodelado hospital, que, con el paso de los años, había perdido el olor de los fármacos y se impregnaba de la limpieza estéril de las obras de arte una vez alejadas de los atelieres caóticos donde fueron creadas. No comentaba con nadie la sorpresa o la decepción que la visita me causaba. Me resultaba admirable observar cómo los escultores erigían sus obras con desechos recogidos en vertederos o en desguaces, de los que rescataban piezas que presentaban con una nueva cara, y cómo, colocadas en el sacro templo del arte, adquirían una nobleza de la que nunca antes gozaron en el uso para el que fueron concebidas. El mayor sobresalto me lo llevé cuando descubrí, en una sala, una colección de cuadros elaborados sobre arpillera en vez de lienzo. El pintor que utilizaba este material se llamaba Manolo Millares. Los sacos, pintados de cualquier manera, los había arrugado o agujereado y recosido burdamente con gruesos hilos de esparto. Los colores eran pardos, ocres, grises, negros… La colección parecía no tener fin. Era original, pero a medida que iba avanzando notaba en mi cuerpo el prurito del recuerdo del tacto de ese basto material.

Chis, chis… —Esta vez la onomatopeya estuvo acompaña del golpe seco y metálico de un bastón contra el asiento de un banco de la plaza.

Me acerqué al viejecito que reclamaba mi atención para persuadirlo de que me confundía con otra persona. No obstante, por la forma de mirarme y por la sonrisa socarrona que luchaba por manifestarse en su cara, juzgué que, o me conocía, o era un enajenado.

Con el bastón, y sin levantarse de su asiento, me propinó una serie de golpecillos, a modo de caricia, en una pantorrilla. Comprobando que no me acordaba de él, amagó con irritarse. Ante esta reacción inesperada, me esforcé por encontrar en mi memoria los nexos necesarios para llegar a identificarlo. Hizo ademán de incorporarse, pero yo, viendo las dificultades con las que realizaba la maniobra, acabé por sentarme con él. En la distancia corta, por fin, con los garabatos de mis recuerdos, recuperé el esbozo de los ojos de un profesor con el que coincidí en varias ocasiones, hacía ya unos años, en el trayecto de tren a Ávila.

Ah, ya sé quién es usted…

Me detuve para despejar la bruma que se interponía entre la imagen de este pequeño hombre mal afeitado que se encaraba conmigo y la de aquel viajero, que portando un ajado maletín de cuero en la mano derecha y un gran sombrero que se encajaba en su cabeza hasta rozar las diminutas cejas, compartió asiento conmigo en algunos de los viajes que tuve que realizar hasta la ciudad amurallada con ocasión de unas investigaciones que no llegaron a buen puerto. Sin embargo, su mirada insultante me hizo desconfiar de mis recuerdos y no me atreví a expresar con palabras mis indagaciones mentales.

¡Coño! ¡Sí que tienes mala memoria!

No me quedó más remedio que arriesgarme a hablar, viendo que el malestar del viejo aumentaba.

Me parece que usted era profesor en Ávila…

A pesar del declive físico del hombre, su lucidez aparentaba ser mayor que la mía.

Y tú, policía.

Se dirigía a mí con contadas palabras que podrían ser interpretadas como puñales hirientes por su ironía, aunque lo cierto es que debía esforzarme por oírlas para saber qué decía, ya que su voz era casi imperceptible, tanto por el bajo tono que utilizaba, como por su pronunciación difusa. Farfullaba más que hablaba moviendo apenas una boca en la que el hilo de su aliento fluía sin obstáculos dentales ni la oclusión de unos labios tersos. Me armé de paciencia para aguantar los improperios y soportar el mal genio del anciano.

¿De qué daba usted clase?

Desde lo más profundo de su pupila vi brillar un luminoso punto verde que me hería en mi autoestima. Me decía que era un atolondrado y que parecía imposible que siendo tan joven tuviera tan mala memoria.

Dibujo.

En el momento en que dijo la especialidad, se apagó el puntito luminoso de su mirada.

Cada vez con menos presencia de ánimo, simplemente por alargar más la conversación, le pregunté en qué centro impartía clase.

En la Normal.

Con un poco de esfuerzo, uní su persona a los recuerdos del viajero del tren de cercanías con el que coincidí años antes. Era verdad que me había contado algo de su vida, pero su forma de expresarse ya por aquellos años era similar a la actual y, entre los traqueteos del convoy y los silbidos de la máquina cada vez que se adentraba en y salía de los numerosos túneles del recorrido, no estaba seguro de que los datos recopilados por entonces y dados como válidos se correspondieran con lo expresado por el pequeño profesor. No recordaba si me había concretado los años que llevaba en la profesión, pero sí que no residía en la ciudad y que había llegado a un acuerdo con la directora del centro universitario para concentrar sus clases en dos días, lo cual le permitía continuar viviendo en Madrid.

¿Y qué es de su vida? ¿Sigue viajando a Ávila?

Meneó la cabeza sin pronunciar palabra. Me seguía mirando fijamente a los ojos sin pudor, lo cual me hacía sentir incómodo. Además, si ya por aquel entonces su laconismo era llamativo, ahora parecía que se había acrecentado. Me alarmé al pensar que el hombre hubiera sufrido un ictus y, a consecuencia de ello, hubiese perdido el habla o la capacidad de hilvanar varios vocablos sucesivos.

¿Vive usted por aquí? —Seguía buceando en mi baúl de preguntas para encontrar algún asunto con el que el hombre pudiera explayarse o que, al menos, me permitiera no ser descortés y permanecer junto a él los minutos mínimos de rigor de una conversación de compromiso.

Hizo un gesto de desprecio, como si me dijera que qué me importaba a mí si vivía por allí o no, aunque al final se le escapó un diminuto adverbio de afirmación.

Miré los edificios que circundaban la plaza como si no conociera la zona, con la intención de ponderar la ubicación privilegiada de su vivienda y así prolongar la conversación, aunque lo cierto es que lo envidié con sinceridad pensando que a mí también me encantaría vivir allí, en el centro, al lado de la comisaría, y no en el pueblo dormitorio de Villalba.

¿Le gusta el museo? —Me sorprendí de mi agilidad mental al relacionar el centro de arte con la especialidad que impartía en su faceta docente creyendo que, por fin, hallaría un asunto que necesitaría unas cuantas frases para acabar de abordarlo.

Levantó la cara y miró durante unos instantes el edificio con expresión neutra, como si fuera la primera vez que reparaba en él y levantó los desiguales hombros para mostrar desprecio.

No he entrado.

No esperaba escuchar esta respuesta y, aunque no me gusta hablar del tiempo, me acercaba sin remedio al manido tema.

¡Tenemos una primavera espléndida!

Traté de insuflar ánimo al alicaído hombre, pero me arrepentí nada más acabar de pronunciar la exclamación, porque en ese mismo instante me percaté de que, a pesar de la temperatura agradable, él iba arropado con un gabán descomunal, desproporcionado para el reducido tamaño de su cuerpo, y que producía el efecto de empequeñecerlo todavía más.

Me disponía a dejarlo en su banco, ante la imposibilidad de mantener un diálogo y porque no se me ocurría ya ningún tema de conversación, sin embargo, al incorporarme, me puso el bastón en los muslos para bloquear el movimiento.

¿Y el sobrino?

Me quedé perplejo al oír la pregunta y tardé en descubrir por qué se interesaba por Fernandito, el hijo de mi hermana Antonia. Le sonreí sin responder, ya que, además, me resultaba evidente la intención burlesca. Recordé que la primera vez que coincidimos en el tren viajaba con mi sobrino. Aunque llevo casado muchos años, aún no tengo descendencia. No sé si en estos momentos puedo decir que lamento que no nos haya llegado un hijo, pero en aquel entonces el deseo de descendencia animaba la vida de mi matrimonio. Cada vez que podía, visitaba a mi hermana y disfrutaba de sus dos hijos. Fernandito era el mayor, andaría por los siete años y la pequeña Silvia tendría dos o tres. Antonia y mi cuñado estaban estresados con el trabajo y con sacar adelante a su prole. Cuando se me presentaba la oportunidad, acudía a su casa no solo para disfrutar de los niños, también para echar una mano. Fernandito me acompañó en ese viaje, creo recordar, porque que no tenía escuela y sus padres no sabían qué hacer con él. Me llamaron por si ese día libraba. Les respondí que no, pero, sopesando lo arriesgado de la idea que se cruzó por mi mente, les dije que me podría encargar de él si le permitían viajar conmigo hasta Ávila. Les expliqué que me desplazaba por un mero trámite administrativo, que sería cosa de llegar a la comisaría y recabar información para mis superiores de un caso sin importancia y que regresaríamos por la tarde. Aceptaron y al día siguiente quedé con ellos en la estación de Atocha, desde donde partiríamos…

¡Qué espabilado! —El jubilado se refería a mi sobrino. Se le quedó una sonrisa que se alargó durante unos instantes.

Ya es un hombre. Está cumpliendo la mili en Canarias. ¡Menudo mozo! Ha crecido como un mayo —me explayaba al ponderar la transformación de su persona en los años transcurridos desde ese viaje, aunque lamentaba al mismo tiempo no poder disfrutar de la gracia infantil del muchacho, que llamaba la atención de todos aquellos que trataban con él.

Pelirrojo, con pecas en la cara y una sonrisa permanente que mostraba unos paletos separados (uno de ellos mellado a consecuencia de una caída en las lanchas de la puerta de su tía abuela Sonsoles, al tener la mala suerte de caer de bruces sobre la piedra), Fernandito era un niño inquieto. Mi padre decía del nieto que parecía que tenía alparabanes, porque no paraba quieto en ningún lado. Yo me sentía orgulloso de él y disfrutaba mucho en su compañía, aunque ese día acabó con mi paciencia.

Mi hermana llegó con el niño bastante tiempo antes de que saliera el tren para poder incorporarse a tiempo al trabajo. Me había advertido de ello y me encontraba en el vestíbulo cuando los vi entrar corriendo. El muchacho tiraba de su madre, que a duras penas podía seguir su trote, y la conminó a no entretenerse mucho con el fin de quedarse conmigo cuanto antes. Faltaban unos minutos para las ocho de la mañana y nuestro tren no salía hasta media hora después. El niño se quedó inmóvil, mirándome expectante para saber qué es lo que íbamos a hacer. Lo agarré de la mano y nos dirigimos a los comercios, la mayoría cerrados, por lo que nos entretuvimos viendo los escaparates. No había transcurrido unos minutos a mi cargo y viendo su energía, me entraron dudas de si había sido buena la ocurrencia de responsabilizarme de él durante buena parte de la jornada…

No recuerdo si hablé con el viejecillo de mi trabajo, pero es evidente que sí, que le debí mencionar mi profesión, ya que me preguntó por ella con un interés que me desconcertó.

Voy tirando…, como siempre —le respondí con vaguedades, no porque no quisiera entrar en detalles inoportunos con un desconocido, sino porque era cierto.

Mi profesión me gustaba, aunque no estaba seguro de que fuera con la intensidad suficiente como para sentirme orgulloso. En realidad, no solía hablar con nadie de los entresijos del trabajo. Mi mujer rara vez me habrá oído quejarme por los servicios prolongados, ni por los desplazamientos fuera de Madrid, ni por la frustración ante los escasos frutos de alguna de las indagaciones, ni por tener que soportar la indignidad de los maleantes con los que debo tratar, ni de la falta de resolución con la que mis superiores encaran muchos casos… Tampoco soy dado a propagar mis pequeños logros o satisfacciones cuando consigo aclarar alguno de los delitos que investigo y puedo llevar ante el juez a delincuentes de muy distinta ralea para que den cuenta de sus fechorías. Cuando esto sucede, juzgo que ese es mi trabajo y que no hay que ponderar lo que es el cumplimiento estricto de mi deber, aunque, a veces, me dejo empalagar con las palabras de admiración de cualquiera que esté dispuesto a reconocer mis logros. Cierta monotonía se ha apoderado de mi espíritu, aletargándolo y llevándolo a un estado de semiconsciencia que me permite cumplir con mis obligaciones sin disfrutar en exceso con ellas, pero que tampoco me lleva a arrastrarme con lentitud en el transcurso de los días de trabajo anhelando que lleguen las libranzas para evadirme del tedio de unas tareas que casi siempre son repetitivas. Haciendo balance de lo que ha sido mi vida profesional hasta este momento, los platillos se equilibran en el centro del fiel; sin embargo, por mi carácter pusilánime, guardo más recuerdos de los fracasos que de los éxitos. Por otra parte, mi mayor decepción tiene que ver con el desvanecimiento de la idea mágica que en mi juventud se fraguó de lo que era el cuerpo policial. Ingresé pensando que con mi trabajo contribuiría a establecer el orden justo en la sociedad, persiguiendo a aquellas personas egoístas que anteponen siempre sus deseos y apetitos sobre el resto de sus congéneres. Y que no lo haría con afán de venganza, sino de justicia. Sin embargo, después de casi veinte años persiguiendo este ideal, me he percatado de que no es ese el principal cometido del cuerpo. No me atrevo a difundir lo que veo ni a reconocer los fracasos de la institución, pero son frustraciones a las que cada día me he de enfrentar.

Noté que el viejecito no se atrevía a formular una pregunta, pero que se quedaba con las ganas y que no la planteaba por recato, o por no salirle las palabras de la boca.

¿Y el caso aquel? —acabó de soltar después de varias tentativas.

Me sorprendí de que se interesase por los motivos que me llevaron a Ávila, no porque se acordara del asunto, sino por mi indiscreción. Estaba claro que en cierto momento acabé tomándolo como mi confidente y que le hablé de alguna cuestión relativa a las investigaciones, aunque no era capaz de fijar en ese momento la cantidad de información que le pude haber proporcionado.

A pesar de que habían transcurridos ya muchos años, mirando al hombre con más atención, me percaté de que el paso del tiempo no había dejado su huella en él. Si no fuera por su dificultad mucho más acentuada para hablar, habría dicho que su presencia actual no difería tanto de la del hombre que viajaba conmigo en el tren a Ávila. Tal vez por estar sentado, daba la sensación de que había encogido un poco más, pero ya por aquel entonces su estatura era baja.

El caso por el que preguntaba fue un galimatías de mucho cuidado. No fue un suceso normal. En realidad, no se trataba de una, sino de varias incidencias acumuladas en una ciudad minúscula para las cuales los mandos policiales de la localidad no encontraban explicación. Por otra parte, el periódico provincial las difundió, aunque no todas, y las autoridades civiles y religiosas presionaron al gobernador para que se aclarara lo que estaba sucediendo. Me mandaron a mí con el fin de recabar información de lo que ocurría, lo que me confirmó la impresión repetida a lo largo de mi carrera de que me encargaban siempre misiones secundarias que no me permitirían demostrar mi valía a mis superiores y, por tanto, subir en el escalafón. A esa visita primera le sucedieron otras, porque me terminaron encargando que echara una mano en las investigaciones.

Nada, no fuimos capaces de saber lo que pasó —le dije en plural para no cargar con toda la responsabilidad, aunque en mi fuero interno el fracasado era yo, si bien puedo decir que, con el paso del tiempo, muchos detalles de ese asunto se han diluido en el marasmo de los múltiples casos que he investigado.

¡No! —exclamó apesadumbrado y con una cara de disgusto que me llamó la atención, ya que no comprendía en qué medida le importaba el caso.

Hizo un gesto de desprecio, y con el bastón extendido me señaló un punto indefinido de la plaza instándome a marchar hacia él, para que lo dejara solo a partir de ese momento. Me incorporé estupefacto por la reacción del viejo y, sin capacidad de sobreponerme, aunque tratando de ser cortés incluso en esa tensa situación, me despedí de él.

En un primer momento, me encaminé al museo sin ser consciente de que el tiempo de descanso para comer el bocadillo estaba a punto de acabar, por lo cual, cambié de rumbo hacia la comisaría.

Ese estado de bloqueo se prolongó durante un rato y ya todo el día me dejó pensativo. No comprendía qué es lo que había sucedido para que el viejo reaccionara así y eso llevó a que mi mente, sin desearlo, se dedicara muchos momentos muertos de esa misma jornada a meditar sobre alguna de las personas con las que me entrevisté para saber qué había ocurrido en la ciudad de Ávila hacía casi quince años, en torno a mil novecientos ochenta.























































































Mis propiedades

  Una vez más he decidido buscar en mis carpetas los contratos de compraventa y las escrituras de la propiedad de mis inmuebles. Fueron adq...