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3. El señor de Toledo

 

3. El señor de Toledo

Vandalismo en la capital

Causan desperfectos en las oficinas de una inmobiliaria

Pintadas, huevos estrellados contra la fachada y desperfectos en la puerta de acceso a la sede de la empresa Promociones Jacinto.

Personas desconocidas han atacado la noche pasada el edificio de la empresa en la calle Pilón de nuestra ciudad. Cuando los empleados han acudido a su puesto de trabajo en la mañana del lunes se han percatado de que la cerradura de la puerta de acceso había sido forzada. Los desperfectos se extendían a la fachada en la que figuraban pintadas contra el dueño de la empresa. Además, sobre la pared y los cristales de las ventanas habían impactado varios huevos.

La calle donde se ubica la sede empresarial es una zona administrativa y comercial escasamente ocupada por vecinos residentes, por lo que la policía no ha encontrado testigos que pudieran aclarar la hora del ataque ni el número de personas que han participado en el suceso.

Este nuevo incidente se suma a los que de manera regular se producen en nuestra ciudad desde hace un año. Son sucesos aislados que de momento solo causan desperfectos menores sobre diversas instalaciones, y no permiten descubrir si los provocadores reivindican algo o son simples gamberradas.

La empresa, dedicada a la promoción de vivienda nueva, lleva ejerciendo su actividad desde hace quince años. Su promotor, Jacinto Buenviento Suárez, es un prestigioso empresario con diferentes negocios en nuestra ciudad. Este es el primer ataque vandálico que sufre su empresa.



La noticia aparecía en uno de los recortes relacionados con el caso que recopilé. El papel amarilleaba y desprendía una humedad inaprensible y uno de los agujeros para introducirlo en las anillas del archivador se había rasgado. A fin de cuentas, por mucho que nos empeñemos en ayudar a la memoria a almacenar las vivencias con medios materiales, estos son fungibles, al igual que los recuerdos que se desvanecen. Sin embargo, recordaba suficientes detalles de este suceso, uno más de los que formaban ese caso. El periódico refería lo más llamativo, pero detrás de ese ataque había más que destrozos.

Junto a mi acompañante de la comisaría de Ávila, un tal Severino, profundizamos en este asunto no demasiado complejo de explicar, aunque fue imposible concretar quiénes fueron los autores de los desperfectos, pues eran numerosas las personas que por un motivo u otro podrían haberse tomado la justicia por su mano para escarmentar al empresario. Tanto Severino como yo nos inclinamos a relacionar lo sucedido con su actividad de constructor, pues, aunque mal pagador y jefe autoritario, los empleados de sus otros negocios, pensábamos, no estaban armados de tantas razones como para sentirse impulsados a acometer un ataque. En todo caso, lo normal, además, hubiera sido que el atentado se realizara en los centros de trabajo de los asalariados.

Por aquel entonces, el constructor estaba a punto de acabar una promoción de viviendas en la zona sur. En algunas ya había gente viviendo. Nos acercamos hasta el lugar en un Renault 12 camuflado. Unos operarios acababan los últimos remates. Por la puerta de acceso y un patio central pululaban personas con la cara desencajada presas de una angustia que no encontraba consuelo. Entramos como si fuéramos propietarios que se dirigían a su nuevo hogar. Severino había sacado un juego de llaves y las llevaba en la mano haciéndolas sonar igual que un sonajero. Saludó al grupo con la intención de presentarse como futuro vecino y con rapidez pegó hebra con ellos.

Parece que tiene cara de disgusto —le dijo Severino a uno de los que contenía con más esfuerzo su enfado.

¿Y qué cara quiere que tenga? ¡Menuda nos la ha preparado este mamón! —le respondió con una vehemencia áspera.

Se trataba de un señor alto, enjuto, que rondaría unos sesenta años. Era propietario de dos pisos del complejo. Residía en Toledo.

¿Usted ha comprado la vivienda directamente a este pistolero? —indagó el señor de Toledo a Severino.

Sí, sí —contestó titubeando el agente local ante una pregunta que consideraba absurda.

¡Pues tenga cuidado con este pájaro! —le aconsejó el vecino deseoso de prevenir a otros para que nadie más fuera engañado como lo había sido él.

¿A qué se refiere? —intervine yo sin presentarme, aunque demostrando que el consejo me podía convenir también.

¿No sabéis cómo se las gasta este ladrón?

Nos acabó contando su drama, semejante al de dos engañados más.

El terreno —se refería a la parcela en la que se habían levantado los edificios— era de nuestra propiedad, mía y de otros. Eran varias casas con sus patios; todas pequeñas. En muchas no vivía nadie… Nos convencieron para venderlas ofreciéndonos un buen precio. A los menos, los pagó en efectivo; otros acordamos intercambiar el terreno por un piso o, como es mi caso, por dos. Nos pareció una operación ventajosa hasta que han llegado los problemas.

¿Cuáles? ¿No os ha entregado las viviendas? —preguntó Severino.

Sí, ya nos ha dado las llaves —respondió alelado el propietario—. La cuestión es que ahora no quiere escriturar.

Nos miramos y comprobamos que se nos había quedado una cara de pánfilos al no entender muy bien el conflicto. Tardamos en descifrar el embrollo originado al finalizar la obra y querer legalizar las viviendas. A algunos de los antiguos propietarios del terreno los estaba extorsionando sin misericordia. El señor que en ese momento vivía en Toledo había vendido a su vez a otro comprador uno de los pisos que le correspondía. La idea era que la escritura primera se realizara entre el promotor y este nuevo adquiriente, sin que figurara en ninguna parte el acuerdo inicial del propietario de terreno con el constructor con el fin de ahorrar los impuestos derivados al escriturar.

Ahora me encuentro en una situación límite —continuó compungido el pobre hombre—. Esperaba poder cerrar este asunto y cobrar los millones que me tiene que pagar el comprador, pero hasta que no firme las escrituras, como es lógico, no suelta una peseta más de la cantidad que me entregó de entrada.

¡Menuda papeleta! —exclamó Severino cuando intuyó por donde iban los tiros…

¿Porque devolver el dinero de la entrada al que le ha comprado el piso no le conviene? —indagué yo en esta posible solución por si no se lo había ocurrido al hombre.

¡Ya! ¡En ese caso le tendría que devolver el doble de la cantidad que entregó de señal en el trato que hicimos!

Eso suponía que debería pagar dos millones, pues recibió uno en el momento de formalizar el acuerdo de compraventa entre particulares que habían firmado.

¡Lo peor no es esto! Ese dinero ya no lo tengo, lo he empleado a su vez para comprar un piso en Toledo…

¡Apaga y vámonos! —exclamó Severino.

¡Y ese cabrón —se refería el apesadumbrado hombre a Jacinto, el constructor— no da la cara! Con el único que podemos hablar es con un administrador que se disculpa con la excusa de que él no tiene autoridad y que nadie sabe dónde se halla ese mal nacido…

¿No han denunciado a este hombre? —sugerí de nuevo sin darme cuenta de que nosotros mismos éramos agentes del orden.

Se encogió de hombros y se quedó sin palabras, lleno de una rabia difícil de contener… Me di cuenta de que ni ese camino podía seguir para reclamar lo que era suyo.

No acaba el problema ahí —dijo ya desfallecido, a punto de escapársele las lágrimas—. El muy hijo de puta ha terminado por hipotecar mi mismo piso para conseguir un préstamo, con lo cual ya no puedo disponer de él hasta que lo devuelva. ¿A ver qué hago yo ahora? Porque, además, contaba con el dinero que iba cobrar para pagar el que me he comprado en Toledo…

Severino le dio unas palmadas en la espalda y me arrastró hasta la calle sin despedirnos.

No supuso ningún problema confirmar lo que el apesadumbrado propietario nos confesó. Uno de los compañeros de Severino corroboró la calaña del tal Jacinto, no solo en sus negocios inmobiliarios, sino en sus otras actividades. Para asegurarnos del todo nos entrevistamos con el notario donde se había formalizado la escritura de hipoteca de préstamo bancario solicitado por el constructor. Confirmó las operaciones descritas por el señor de Toledo.

No es mala persona —apostilló el notario al terminar la conversación, cuando nos levantábamos de las sillas dispuestas delante de su escritorio.

Me quedé paralizado durante un instante, sin saber si acabar de salir o de encararme con el carcamal que se atrevía a disculpar a un ladrón. Se impuso la contención y el respeto que siempre he sentido por la autoridad, o por el papel que los funcionarios desempeñan en el país, pero no me recuperé durante mi estancia en Ávila del impacto emocional que me causaron esas palabras en boca de una persona que debería ser modelo de ecuanimidad y justicia.

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